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El crimen y el castigo

SEGUNDA PARTE (continued 2)

Pedro Pedraza y Páez translation

»Pues bien, tú lo creerás o no lo creerás, Zosimoff; pero la cuestión se ha planteado literalmente en los términos que te he dicho, lo sé de cierto porque se me ha repetido palabra por palabra el interrogatorio. ¿Eh? ¿qué tal? ¿Qué te parece?

—Pero, en fin, ¿hay pruebas?

—No se trata ahora de pruebas, sino de las preguntas hechas a Mikolai y de la manera que tiene la gente de policía de entender la naturaleza humana. Bueno, dejemos esto. Para abreviar: de tal manera atormentaron a ese infeliz, que acabó por confesar que no fué en la calle donde encontró los pendientes, sino en el cuarto en que trabajaba con Mitrey. «¿Cómo los has encontrado?», le preguntan. Y él contesta: «Mitrey y yo estuvimos pintando todo el día; eran las ocho e íbamos a marcharnos, cuando Mitrey tomó un pincel, me lo pasó por la cara y echó a correr, después de haberme untado. Me lancé en su persecución, bajé los escalones de cuatro en cuatro gritando como un loco, y en el momento en que llegaba abajo con toda la velocidad de mis piernas, di un empujón al portero y a unos cuantos señores que se encontraban allí también, no recuerdo cuántos. Entonces el portero me injurió, otro portero le hizo coro, la mujer del primer piso salió de la portería, donde se hallaba, y añadió sus insultos a los que los otros me dirigían. En fin, un señor, que entraba en la casa con una señora, nos reprendió, a Mitka y a mí, porque estábamos derribados en el suelo delante de la puerta e impedíamos el paso; yo tenía asido a Mitka por los cabellos y le pegaba puñetazos. El también me tenía agarrado por el pelo y me daba cuantos golpes podía, aunque estaba debajo de mí. Hacíamos esto sin reñir, en broma, riendo a carcajadas. Luego Mitka logró escapar de mis manos y se escurrió a la calle; yo corrí tras él, pero no pude alcanzarle y volví solo al cuarto en que trabajábamos para recoger los útiles del oficio. Mientras los arreglaba, esperando a Mitka, pues estaba seguro de que volvería, vi en un rincón, al lado de la puerta, una cosa envuelta en un papel. Quité el papel y encontré un estuche que contenía unos pendientes...»

—¿Detrás de la puerta? ¿Estaba detrás de la puerta, detrás de la puerta?—repitió Raskolnikoff mirando espantado a Razumikin y haciendo esfuerzos para incorporarse en el sofá.

—Sí. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones así?—dijo Razumikin, saltando de su asiento.

—No, no es nada—respondió Raskolnikoff con voz débil, dejándose caer de nuevo sobre la almohada y poniéndose de cara a la pared.

Reinó un silencio de algunos minutos.

—Estaba, sin duda, adormilado—dijo Razumikin, interrogando con la mirada a Zosimoff, quien hizo con la cabeza un leve movimiento negativo.

—Continúa—dijo el doctor—; ¿y después?

—Ya sabes lo demás. En cuanto tuvo los pendientes no pensó ni en sus útiles del oficio ni en Mitrey; tomó la gorra y se fué en seguida a la taberna de Dutchkin. Como ya te he dicho, hizo que éste le diera un rublo, diciéndole que había encontrado el estuche en la calle, y en seguida se fué de holgorio. Mas en lo concerniente al asesinato, su lenguaje no varía: «No sé nada, repite constantemente. No tuve noticias del crimen hasta el día después.» «Pero, ¿por qué has desaparecido durante todo ese tiempo?» «Porque temía que me vieran.» «¿Y por qué querías ahorcarte?» «Porque tenía miedo.» «¿De qué tenías miedo?» «De que me procesaran.» Esta es la historia. Ahora bien, ¿qué dirás que sacan en conclusión de todo ello?

—¿Qué quieres que diga? Existe una presunción, discutible, quizá, pero no deja de ser una presunción. ¿Crees tú que debían poner en libertad a ese pintor decorador?

—Sí, pero es el caso que están convencidos de que es el autor del crimen.

—Vamos a ver, y no te exaltes. Te olvidas de los pendientes. El mismo día, pocos instantes después de haberse cometido el crimen, los pendientes, que sin duda se hallaban en el baúl de la víctima, estaban en manos de Mikolai: has de convenir conmigo en que es preciso averiguar cómo llegaron a su poder; es éste un punto que el juez instructor no puede por menos que aclarar.

—¿Que cómo llegaron a su poder?—exclamó Razumikin—. ¿Que cómo llegaron a su poder? Ante todo, doctor, por tu condición de médico has tenido ocasión de estudiar al hombre y profundizar la naturaleza humana. Siendo esto así, ¿es posible que no veas cuál es la de ese Mikolai? ¿Cómo no te haces cargo a priori de que todas las declaraciones prestadas por él en el curso de los interrogatorios son verdaderas? Los pendientes llegaron a sus manos exactamente como él dice: tropezó con el estuche y lo recogió.

—¡Verdaderas!... Sin embargo, él mismo ha confesado que mintió en su primera declaración.

—Escúchame, escúchame atentamente: el portero, la mujer de éste, Koch. Pestriakoff, el otro portero, la inquilina del primer piso que se hallaba a la sazón en la portería, el consejero Krukoff, que en aquel mismo instante acababa de apearse del coche y entraba en la casa con una señora del brazo; todos, es decir, ocho o diez testigos, declaran unánimemente que Mikolai tiró a Mitrey al suelo y que, conforme le tenía debajo, le daba puñetazos, mientras el otro agarraba a su compañero del pelo y procuraba devolverle los golpes recibidos. Estaban tirados delante de la puerta, interceptando el paso; los injurian, y ellos «lo mismo que chiquillos» (es la expresión de los testigos), gritan, se maltratan, lanzan carcajadas y se persiguen en la calle como dos pilluelos. ¿Comprendes? Ahora fíjate en esto: arriba yacen dos cadáveres que no se han enfriado todavía, pues estaban calientes aún cuando los descubrieron. Si hubiesen cometido el crimen los dos obreros o solamente Mikolai, permíteme que te pregunte: ¿Se comprende tal descuido, tal serenidad en personas que acaban de cometer dos asesinatos seguidos de robo? ¿No existe verdadera incompatibilidad entre esos gritos, esas risas, esa lucha infantil y el estado de ánimo en que debieran encontrarse los asesinos? ¡Cómo! ¡A los cinco o diez segundos de haber matado (porque, lo repito, se han encontrado todavía calientes los cadáveres), se van sin cerrar la puerta del cuarto en que yacen sus víctimas, y sabiendo que sube gente al cuarto en donde se ha perpetrado el delito, retozan en el umbral de la puerta cochera, y en lugar de huir apresuradamente interceptan el paso, ríen, atraen la atención de la gente, hasta el punto de que hay diez testigos que declaran unánimemente!

—Es verdad; eso es extraño; parece imposible; pero...

—No hay pero que valga, amigo mío. Reconozco que los pendientes encontrados en poder de Mikolai, poco después de cometido el crimen, constituyen en contra del pintor un hecho grave, hecho por otra parte, explicado de manera plausible por el acusado, y en consecuencia, sujeto a discusión; pero hay que tener también en cuenta los hechos justificativos, tanto más cuanto que éstos están fuera de discusión. Desgraciadamente, dado el espíritu de nuestras leyes, los magistrados son incapaces de admitir que un hecho justificativo, fundado en una pura posibilidad psicológica, pueda destruir cualesquiera cargos materiales. No, no los admitirán, por la única razón de que ha encontrado el estuche y de que el hombre ha querido ahorcarse, «cosa en que no habría pensado si no hubiese sido culpable». Tal es la cuestión capital, y por esta razón me exalto. ¿Comprendes?

—Sí. Veo que te exaltas. Espera un poco. Hay una cosa que me había olvidado preguntarte: ¿Qué prueba que el estuche de los pendientes haya sido robado de casa de la vieja?

—Eso está probado—replicó entre dientes Razumikin—. Koch ha reconocido el objeto y ha indicado la persona que lo había empeñado. Por su parte, esta última persona ha demostrado evidentemente que el estuche le pertenecía.

—Tanto peor. Otra pregunta: ¿No ha visto nadie a Mikolai cuando Koch y Pestriakoff subían al cuarto piso, y, por consiguiente, no puede probarse la coartada?

—El hecho es que nadie le ha visto—respondió con tono malhumorado Razumikin—. Esto es lo que hay de malo. Ni Koch ni Pestriakoff vieron a los pintores al subir la escalera; por otra parte su testimonio no significará gran cosa. «Vimos—dicen—que el cuarto estaba abierto y que sin duda había gente trabajando en él; pero pasamos de largo sin fijarnos, y no podemos asegurar si en aquel momento había allí o no obreros.»

—De modo que toda la justificación de Mikolai descansa sobre la risa y puñetazos que cambiaba con su compañero. Bueno, es una prueba en apoyo de su inocencia; pero permíteme que te pregunte cómo te explicas el hecho: siendo verdadera la versión del acusado, ¿cómo te explicas el hallazgo de los pendientes?

—¿Que cómo me lo explico? ¿Qué hay que explicar aquí? La cosa es clara como la luz meridiana, o a lo menos así se desprende del sumario. El mismo estuche nos da la clave de lo sucedido. El verdadero culpable dejó caer los pendientes. Estaba arriba cuando Koch y Pestriakoff empujaban la puerta, y se había encerrado por dentro con el cerrojo. Koch cometió la insigne torpeza de bajar; entonces el asesino salió del cuarto y empezó a descender, supuesto que no tenía otro medio de escapar. Ya en la escalera, esquivó las miradas de Koch, de Pestriakoff y del portero, refugiándose en la habitación del segundo piso precisamente en el momento en que los obreros acababan de salir. El criminal se ocultó detrás de la puerta en tanto que el portero y los otros subían a casa de las víctimas; esperó a que el ruido de los pasos cesase de oírse y llegó tranquilamente al pie de la escalera en el instante mismo en que Mitrey y Mikolai salían corriendo a la calle. Como todo el mundo se había dispersado, no encontró a nadie en la puerta cochera. Puede que alguien le haya visto; pero nadie se fijó en él: ¿quién se fija en las personas que entran o salen de una casa? El estuche debió de caérsele del bolsillo cuando estaba detrás de la puerta, y no lo advirtió, porque tenía entonces otras muchas cosas en que pensar. El estuche demuestra claramente que el asesino se ocultó en el cuarto desalquilado del segundo piso... Ahí tienes explicado todo el misterio.

—¡Ingenioso, amigo mío, muy ingenioso! Ese relato hace honor a tu imaginación.

—Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene que ver en esto mi imaginación? ¿Por qué dices que es ingenioso mi relato?

—Porque todos los detalles están muy bien calculados y todas las circunstancias se presentan con demasiada oportunidad... Ni más ni menos que en el teatro.

Razumikin iba a protestar de nuevo, cuando la puerta se abrió de repente y los tres jóvenes vieron aparecer un visitante a quien ninguno de los tres conocía.

V.

Era ya de cierta edad, majestuoso, de modales acompasados y de fisonomía reservada y severa. Se detuvo en el umbral dirigiendo miradas a todas partes con sorpresa que no trataba de disimular y que era bastante desagradable. Parecía que se preguntaba: «¿A dónde he venido a meterme?» Contemplaba la habitación estrecha y baja en que se encontraba con desconfianza y con cierta afectación de temor. Su mirada conservó la misma expresión de estupor cuando se posó sobre Raskolnikoff. El joven, con un traje bastante descuidado, estaba tendido en su miserable sofá, y sin hacer movimiento alguno se puso a su vez a contemplar al visitante. Después este último, conservando su aspecto altanero, examinó la inculta barba y los rizados cabellos de Razumikin, el cual, a su vez, sin moverse de su sitio le seguía mirando con impertinente curiosidad. Durante un minuto reinó un silencio molesto para todos. Finalmente, comprendiendo, sin duda, que su arrogancia no imponía a nadie, el buen señor se humanizó un poco, y cortésmente, aunque con cierta sequedad, se dirigió a Zosimoff.

—¿El señor Rodión Romanovitch Raskolnikoff, un joven que es o ha sido estudiante?—preguntó recalcando cada sílaba.

El médico se levantó lentamente y hubiera respondido, si Razumikin, a quien no iba dirigida la pregunta, no se hubiera apresurado a contestar.

—Ahí está en el sofá; ¿pero a usted qué se le ocurre?

El desenfado de estas palabras molestó al caballero de aspecto solemne, que hizo ademán de arrojarse sobre Razumikin, pero se contuvo y volvióse vivamente hacia Zosimoff.

—El señor es Raskolnikoff—dijo negligentemente el doctor, mostrando al enfermo con un ligero movimiento de cabeza.

Después bostezó casi hasta desquijararse, sacó del bolsillo del chaleco un enorme reloj de oro, lo miró, y lo volvió a guardar.

Raskolnikoff, que continuaba echado boca arriba, no apartaba los ojos del recién venido; pero ningún pensamiento reflejaba su mirada después que hubo dejado de contemplar la florecilla del papel, y su rostro, excesivamente pálido, expresó un extraordinario sufrimiento. Hubiérase dicho que el joven acababa de soportar una dolorosa operación quirúrgica o de ser sometido al tormento. Poco a poco, sin embargo, la presencia del visitante despertó en él creciente interés: primero, sorpresa; después, curiosidad, y, finalmente, cierta especie de temor. Cuando el doctor le señaló diciendo: «El señor es Raskolnikoff», nuestro héroe se levantó de repente, se sentó en el sofá, y con voz débil y entrecortada, pero que sonaba a desafío, dijo:

—Sí, yo soy Raskolnikoff. ¿Qué quiere usted?

El señor de aire importante le contempló atentamente y respondió con tono digno:

—Soy Pedro Petrovitch Ludjin; tengo motivo para creer que mi nombre no le es del todo desconocido.

Pero Raskolnikoff, que esperaba, sin duda, otra cosa, se contentó con mirar a su interlocutor silenciosamente y como si el nombre de Pedro Petrovitch hubiese sonado por primera vez en sus oídos.

—¿Cómo? ¿Es posible que no haya usted oído hablar de mí?—preguntó Ludjin un tanto desconcertado.

Por toda respuesta Raskolnikoff se echó lentamente sobre la almohada, se puso las manos bajo la cabeza y fijó los ojos en el techo. Ludjin estaba perplejo. Zosimoff y Razumikin le miraban con curiosidad cada vez mayor, lo que acabó de desconcertarle por completo.

—Pensaba... creía...—balbució—que una carta puesta en el correo hace ocho días o acaso quince...

—Oiga usted; ¿por qué permanece ahí en la puerta?—interrumpió bruscamente Razumikin—. Si tiene algo que decir, siéntese usted. Anastasia y usted no caben los dos en el hueco de la puerta. Es demasiado estrecha. Nastachiuska, apártate y deja pasar a ese señor. Entre usted. Aquí hay una silla. Vamos, venga usted.

Apartó su silla de la mesa, dejó un pequeño espacio libre entre ésta y sus rodillas y esperó en una posición bastante impertinente a que el visitante se le acercase. Pedro Petrovitch se deslizó no sin trabajo hasta la silla, y, después de sentarse, miró con aire de desconfianza a Razumikin.

—Por lo demás, no se incomode usted—dijo el estudiante con voz fuerte—. Rodia hace cinco días que se encuentra enfermo. Durante tres ha estado delirando; ahora ha recobrado el conocimiento y hasta ha comido con apetito; este señor es su médico, y yo un compañero de Rodia, antiguo estudiante como él, y hago las veces de enfermero suyo: no haga usted, pues, caso de nosotros, y hable con él como si no estuviéramos aquí.

—Muchas gracias. Pero mi presencia y mi conversación, ¿no fatigarán al enfermo?—preguntó Pedro Petrovitch dirigiéndose a Zosimoff.

—No, al contrario, así se distraerá—respondió con tono indiferente el médico y volvió a bostezar.

—¡Oh! Ha recobrado el uso de sus facultades hace ya un buen rato, desde esta mañana—añadió Razumikin, cuya familiaridad revelaba tan honrada franqueza, que Pedro Petrovitch comenzó a sentirse menos molesto. Además, aquel hombre incivil y mal vestido se recomendaba por su calidad de estudiante.

—Su madre de usted...

—¡Hum!—exclamó estrepitosamente Razumikin.

Ludjin le miró sorprendido

—No, no es nada, una mala costumbre mía; coutinúe usted.

Ludjin se encogió de hombros y prosiguió:

—Su madre de usted tenía empezada una carta para usted antes de mi partida. Llegado aquí, he diferido de intento mi visita algunos días, a fin de estar bien seguro de que estaba usted perfectamente enterado de todo. Pero ahora veo con asombro que...

—Ya sé, ya sé—interrumpió bruscamente Raskolnikoff, cuyo rostro expresó violenta irritación—. ¿Usted es el futuro...? Está bien, ya lo sé. No hablemos más de eso.

Este lenguaje algo grosero hirió en lo vivo a Ludjin, pero guardó silencio, preguntándose lo que aquello significaba. La conversación se interrumpió momentáneamente.

En tanto, Raskolnikoff, que para responderle se había vuelto un poco hacia él, se puso a contemplarle con marcada atención, como si antes no le hubiese visto o como si le hubiese chocado alguna cosa en el visitante. Se incorporó para mirarle mejor, y la verdad es que el exterior de Ludjin ofrecía no sé qué aspecto particular que justificaba el apelativo de futuro tan caballerescamente aplicado poco antes a aquel personaje.

Desde luego se veía, y quizá se veía demasiado, que Pedro Petrovitch se había apresurado a aprovechar su estancia en San Petersburgo para «embellecerse», en previsión de la próxima llegada de su prometida. Esto, en rigor, era disculpable. Tal vez dejaba adivinar la satisfacción que sentía por haber logrado su propósito; pero también esta debilidad podía ser perdonada a un pretendiente. Iba enteramente vestido de nuevo, y su elegancia no ofrecía a la crítica más que un punto flaco: el de que la ropa estaba demasiado flamante y denunciaba un propósito determinado. ¡De qué respetuosos cuidados rodeaba el elegante sombrero que acababa de comprar! ¡qué miramientos tenía con sus guantes Jouvin, que no se había atrevido a calzarse, contentándose con tenerlos en la mano para muestra! En su traje dominaban los colores claros. Llevaba una graciosa americana de color café claro; pantalón de un color muy delicado y chaleco de la misma tela que el pantalón. La pechera, cuellos y puños eran muy pulcros y finos, y la corbata de batista a listas de color de rosa. Pedro Petrovitch, repitámoslo, presentaba buen aspecto con estos vestidos, parecía mucho más joven de lo que era en realidad.

Su rostro muy fresco y no desprovisto de distinción, ostentaba espesas patillas que hacían resaltar la deslumbrante blancura de una barbilla cuidadosamente afeitada. Tenía pocas canas y su peluquero había logrado rizarle el cabello sin ponerle, como casi siempre sucede, la cabeza tan ridícula como la de un desposado alemán. Si es verdad que en aquella fisonomía seria y bastante bella había algo desagradable y antipático, era por otras causas. Después de haber tratado descortésmente al señor Ludjin, Raskolnikoff sonrió burlonamente, apoyó otra vez la cabeza en la almohada y se puso a contemplar el techo. Pero el señor Ludjin había resuelto no incomodarse por nada, y fingió no reparar en lo extraño de aquel recibimiento. Hasta hizo un esfuerzo para reanudar la conversación.

—Siento muchísimo encontrar a usted en este estado. Si hubiera sabido que se hallaba usted enfermo, habría venido antes; pero ya sabe usted, estoy tan ocupado... Se me ha encargado de un proceso muy importante en el Senado. Esto sin contar con los preparativos y preocupaciones que usted adivinará sin duda. Aguardo de un momento a otro a su familia, es decir, a su madre de usted y a su hermana.

Raskolnikoff quiso decir algo. Su rostro expresó cierta agitación. Pedro Petrovitch se detuvo un instante; espero, pero viendo que el joven guardaba silencio continuó diciendo:

—De un momento a otro. En previsión de su próxima llegada les he buscado hospedaje...

—¿Dónde?—preguntó con voz débil Raskolnikoff.

—Cerca de aquí, en casa de Bakalieff...

—Sí, en el pereulok Vosnesenshy—interrumpió Razumikin—; hay dos pisos amueblados, que los alquila el comerciante Utchin. He estado allí.

—En efecto, en esa casa hay dos cuartos para alquilar. Es aquello un agujero innoblemente sucio y, además, de muy mala fama. Han ocurrido allí sucesos nada limpios... Ni el mismo diablo sabe la gente que la habita. Yo mismo presencié allí cierta aventura escandalosa. ¡Claro! ¡Las habitaciones esas cuestan baratas!

—Como usted comprenderá, yo no podía saber esas cosas, puesto que acababa de llegar de provincias—replicó Ludjin un tanto picado—. De todos modos, las dos habitaciones que he tomado están muy limpias, y como son para tan poco tiempo... Tengo ya apalabrado nuestro futuro alojamiento—añadió dirigiéndose a Raskolnikoff—. Lo están arreglando. Ahora estoy también a pupilo. Vivo a dos pasos de aquí, en casa de la señora Lippevechzel, en el departamento de un joven amigo mío, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, que es quien me ha indicado la casa de Bakalieff.

—Lebeziatnikoff—pronunció lentamente Rodia, como si este nombre le hubiese recordado alguna cosa.

—Sí, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, que es empleado en un ministerio. ¿Usted le conoce?

—Sí, es decir, no—respondió Raskolnikoff.

—Perdone usted. Su pregunta me ha hecho suponer que no le era desconocido su nombre. Fuí en otro tiempo su tutor; es un joven muy agradable y que profesa ideas muy avanzadas. Yo trato con gusto a los jóvenes: por ellos se sabe lo que hay de nuevo.

Al acabar de decir estas palabras, Pedro Petrovitch miró a sus oyentes con la esperanza de encontrar en su fisonomía algún signo de aprobación.

—¿Desde qué punto de vista?—preguntó Razumikin.

—Desde un punto de vista muy serio; quiero decir, desde el punto de vista de la actividad social—respondió Ludjin encantado de que se le hiciese tal pregunta—. Yo no había estado en San Petersburgo desde hace diez años. Todas estas novedades, todas estas reformas, todas estas ideas han llegado hasta nosotros los provincianos; mas para verlo todo claramente, es preciso venir a San Petersburgo. Observando las nuevas generaciones es como se las conoce mejor. Lo confieso, estoy contentísimo.

—¿De qué?

—La pregunta de usted es complicada. Puedo engañarme, pero creo haber notado puntos de vista más concretos, un espíritu crítico, una actividad más razonada.

—Es verdad—dijo negligentemente Zosimoff.

—¿Verdad que sí?—dijo Pedro Petrovitch que recompensó al médico con una amable mirada—. Convendrá usted conmigo—prosiguió dirigiéndose a Razumikin—en que hay progreso, por lo menos en el orden científico y en el económico.

—¡Lugares comunes!

—No, no son lugares comunes. Si a mí, por ejemplo, se me dice: «Ama a tus semejantes», y pongo este consejo en práctica, ¿qué resultará?—se apresuró a responder Ludjin con demasiado calor—. Rasgaría mi capa y daría la mitad a mi prójimo, y los dos nos quedaríamos medio desnudos. Como dice el proverbio ruso: «Si levantáis muchas liebres a la vez, no cazaréis ninguna». La ciencia me ordena no amar a nadie más que a mí, supuesto que todo en el mundo está fundado en el interés personal. Si usted no ama más que a sí mismo, hará usted de un modo conveniente sus negocios y su capa quedará entera. Añade la Economía política que cuantas más fortunas privadas surgen en una sociedad, o en otros términos, cuantas más capas enteras hay, más sólida y felizmente está organizada esa sociedad. Así, pues, al trabajar únicamente para mí, trabajo también para todo el mundo; y resulta en último extremo que mi prójimo recibe un poco más de la mitad de una capa y no solamente gracias a las liberalidades privadas e individuales, sino como consecuencia del progreso general. La idea es sencilla; desgraciadamente ha necesitado mucho tiempo para hacer su camino y para triunfar de la quimera y del sueño. Sin embargo, no es preciso, me parece a mí, mucho ingenio para comprender...

—¡Perdón! pertenezco a la categoría de los imbéciles—interrumpió Razumikin—. No se hable más de eso. Yo tenía un objeto al empezar esta conversación; pero desde hace tres años me zumban los oídos ya con toda esta palabrería y con todas estas vulgaridades, y me da vergüenza hablar y aun oír hablar de ellas. Naturalmente, usted se ha apresurado a darnos a conocer sus teorías... Es cosa muy disculpable y no se la censuro. Solamente deseaba saber quién era usted, porque ya se le alcanza que en estos tiempos hay una porción de embaucadores que han caído sobre los negocios públicos, y, no buscando más que su propio medro, han echado a perder cuanto han tocado con sus manos... y... ¡ea, basta!

—¡Señor!—replicó Ludjin, herido en lo vivo—, ¿eso es decir que yo también...?

—¡Oh! de ninguna manera. ¿Cómo había yo de...? No se hable más—dijo Razumikin, y sin hacer caso del visitante reanudó con Zosimoff la conversación interrumpida con la llegada de Pedro Petrovitch.

Adoptó éste el buen acuerdo de aceptar sin protesta la explicación del estudiante. Tenía, además, la intención de irse en seguida.

—Ahora que ya nos conocemos—dijo, dirigiéndose a Raskolnikoff—, espero que nuestras relaciones continuarán en cuanto se ponga usted bueno del todo, y serán cada vez más íntimas, merced a las circunstancias que ya conoce... Le deseo un pronto restablecimiento.

Raskolnikoff hizo como si no le hubiera entendido. Pedro Petrovitch se levantó.

—De seguro es uno de sus deudores quien ha matado a la vieja—afirmó Zosimoff.

—Seguramente—repitió Razumikin—. Porfirio no dice lo que piensa, pero interroga a los que habían empeñado alhajas en casa de la usurera.

—¿Que los interroga?—preguntó con voz fuerte Raskolnikoff.

—Sí, ¿y qué?

—Nada.

—¿Y cómo los conoce?—preguntó Zosimoff.

—Koch ha designado alguno; se han encontrado los nombres de otros muchos en los papeles que envolvían los objetos. En fin, otros se han presentado en cuanto han tenido noticia del hecho.

—El pillo que ha dado el golpe debe de ser un mozo experimentado. ¡Qué decisión, que audacia!

—No hay tal cosa—replicó Razumikin—. Eso es precisamente lo que te engaña y lo que engaña a todos. Sostengo que el asesino no es ni hábil ni experimentado; ese crimen ha sido probablemente el primero que ha cometido. En la hipótesis de que el criminal fuese un asesino consumado nada explicaría todo un cúmulo de inverosimilitudes... Si, por el contrario, le suponemos novato, habrá que admitir que la casualidad solamente ha sido causa de que pudiera escapar. ¿Quién sabe? Quizá ni ha previsto los obstáculos. ¿Cómo lleva a cabo su empresa? Asesina a dos personas, toma luego alhajas de diez o veinte rublos, y se llena con ellas los bolsillos; revuelve el cofre en que la vieja guardaba sus trapos, no toca el cajón de la cómoda en donde se ha encontrado una cajita que contenía mil quinientos rublos en metálico sin contar los billetes. No, no ha sabido robar, sólo ha sabido matar. Lo repito, es principiante; se aturdió en el momento de cometer el crimen. Si no le han detenido ya, debe dar más gracias al azar que a su destreza.

Pedro Petrovitch iba ya a marcharse, pero antes de salir quiso pronunciar algunas frases profundas. Deseaba dejar buena impresión, y la vanidad le privó de tacto.

—¿Hablan ustedes, sin duda, del asesinato recientemente perpetrado en la persona de una anciana, viuda de un secretario de colegio?—preguntó dirigiéndose a Zosimoff.

—Sí. ¿Usted ha oído hablar de ese crimen?

—¿Cómo no? Si se habla de él en todas partes.

—¿Conoce usted los pormenores?

—No todos; pero este asunto me interesa por la cuestión de carácter general que plantea. No me refiero al aumento de crímenes en la clase baja durante estos cinco últimos años; dejo a un lado la sucesión no interrumpida de robos y de incendios. Lo que más me preocupa es que en las clases elevadas la criminalidad sigue una progresión en cierto modo paralela.

—Pero, ¿de qué se preocupa usted?—dijo bruscamente Raskolnikoff—. Todo eso es el resultado práctico de la teoría de ustedes.

—¿Cómo de nuestra teoría?

—Es la deducción lógica del principio que usted acaba de sentar. Según usted, es lícito matar al prójimo.

—¿Cómo? ¡Yo!—exclamó Ludjin.

—No, no es eso—observó Zosimoff.

Raskolnikoff se puso pálido y respiraba fatigosamente; cierto estremecimiento agitaba su labio superior.

—Todo consiste en los justos medios—prosiguió con tono altanero Pedro Petrovitch—; la idea económica no es aún, que yo sepa, una excitación al asesinato, y de lo que yo he expuesto al principio...

—¿Es verdad—saltó Raskolnikoff con voz temblorosa de cólera—, es verdad que usted dijo a su futura esposa... cuando aceptó la petición de usted, que lo que más le agradaba de ella era su pobreza... porque es mejor casarse con una mujer para dominarla y echarle en cara los beneficios de que se ha colmado?

—¡Caballero!—exclamó Ludjin—, rugiendo de furor—. ¡Caballero! ¡Eso es desnaturalizar mi pensamiento! Dispense usted que le diga que los rumores que han llegado a su conocimiento, o mejor dicho, que han sido puestos en su conocimiento, no tienen ni sombra de fundamento y sospecho que... en una palabra... Ese dardo... en una palabra, que su madre de usted... Ya me había parecido a mí, que, a pesar de sus buenas cualidades, era un poco exaltada y novelesca; sin embargo, estaba a mil leguas de imaginar que pudiese desnaturalizar hasta ese punto el sentido de mis palabras y citarlas alterándolas de tal suerte... En fin...

—¿Sabe usted lo que le digo?—gritó el joven incorporándose y echando lumbre por los ojos—. ¿Sabe usted lo que le digo?

—¿Qué?

Y al decir esta palabra se detuvo Ludjin y esperó con aire de desafío.

Hubo algunos momentos de silencio.

—Pues bien, que si usted se permite decir una sola palabra más de mi madre, le tiro de cabeza por la ventana.

—¿Qué te pasa? ¿Qué arrebato es ése?—exclamó Razumikin.

—¡Ah! ¡Lo haré como lo digo!

Ludjin palideció y se mordió los labios. Se ahogaba de rabia, aunque hacía esfuerzos inauditos para contenerse.

—Escuche usted, caballero—dijo después de una pausa—. La manera como usted me recibió cuando entré, no me dejó ninguna duda acerca de su enemistad; sin embargo, he prolongado mi visita por exceso de cortesía. Hubiera podido perdonar a un enfermo y a un pariente, pero ahora... ¡jamás! ¡jamás!

—¡Yo no estoy enfermo!—gritó Raskolnikoff.

—¡Tanto peor!

—¡Váyase usted al infierno!

Pero Ludjin no tuvo necesidad de esta invitación para marcharse. Se apresuró a salir sin mirar a nadie y sin saludar a Zosimoff, que durante un rato estuvo haciéndole señas de que dejase en reposo al enfermo.

—¿Ese es el modo de portarse?—dijo Razumikin, moviendo la cabeza.

—¡Dejadme! ¡Dejadme todos!—exclamó colérico Raskolnikoff—. ¿Me dejaréis en paz, verdugos? ¡No tengo miedo de vosotros! ¡No temo a nadie, a nadie! Ahora, marchaos. ¡Quiero estar solo, solo, solo!

—Vámonos—dijo Zosimoff haciendo una seña con la cabeza a Razumikin.

—Pero, ¿le vamos a dejar así?

—¡Vámonos!—insistió el médico.

Razumikin reflexionó un instante y se decidió a seguir al doctor, que ya había salido.

—Nuestra resistencia a sus deseos le hubiera sido perjudicial—dijo Zosimoff a su amigo ya en la escalera—. No conviene irritarle.

—¿Qué le pasa?

—Una sacudida que le sacase de sus preocupaciones le haría mucho provecho. Alguna idea fija le atormenta... Eso es lo que más me inquieta.

—El señor Pedro Petrovitch, ¿tendrá algo que ver en esto? Según la conversación que acaban de sostener, parece que ese individuo va a casarle con una hermana de Rodia, y que nuestro amigo ha recibido una carta acerca de este asunto muy pocos días antes de su enfermedad.

—El diablo, sin duda, es quien ha traído de visita a ese señor, que ha podido echarlo todo a perder. Pero, ¿has reparado en que sólo una cosa hace salir al enfermo de su apatía y mutismo? ¡Cómo se excita cuando se habla de ese asesinato!

—Sí, sí, lo he advertido—respondió Razumikin—; presta más atención, se inquieta. Es, sin duda, porque el mismo día que se puso malo le asustaron en la oficina de policía y se desmayó.

—Ya me lo contarás circunstanciadamente en otra ocasión, y a mi vez te diré algo... Me interesa mucho, muchísimo. Dentro de media hora volveré a ver cómo sigue. No es de temer le inflamación...

—Gracias a ti. Ahora voy a entrar un momento en casa de Pashenka, y haré que le cuide Anastasia.

Cuando se quedó solo, Raskolnikoff miró a la criada con impaciencia y disgusto; pero ésta vacilaba antes de irse.

—¿Tomarás ahora el te?—preguntóle la sirvienta.

—Más tarde; quiero dormir. Déjame.

El joven se volvió con un movimiento convulsivo hacia la pared, y la criada salió del aposento.

VI.

Pero en cuanto la criada hubo salido, Raskolnikoff se levantó, cerró la puerta con el picaporte y se puso las prendas que Razumikin le había llevado. Cosa extraña. De repente se trocó en tranquilidad completa el frenesí de antes y el terror pánico que el joven había sentido en los últimos días. Era aquel el primer momento de una tranquilidad extraña y repentina. Precisos y sin vacilación los movimientos del joven, denotaban una resolución enérgica. «Hoy mismo, hoy mismo», murmuraba. Comprendía, sin embargo, que estaba aún débil; pero la extrema tensión moral a que debía su calma, le daban seguridad y confianza; no quería caerse en la calle. Después de haberse vestido por completo, miró el dinero colocado sobre la mesa, reflexionó un poco y se lo metió en el bolsillo.

La cantidad subía a veinticinco rublos. Tomó también todas las monedas de cobre que quedaban de los diez rublos gastados por Razumikin, abrió suavemente la puerta, salió de su habitación y bajó la escalera. Al pasar por delante de la cocina, cuya puerta estaba abierta de par en par, echó una ojeada. Anastasia estaba vuelta de espaldas, ocupada en soplar el samovar de la patrona y no le vió. Por otra parte, ¿quién hubiera podido prever esta fuga? Un instante después estaba en la calle.

Eran las ocho y se había puesto el sol. Aunque la atmósfera era sofocante como el día anterior, Raskolnikoff respiraba con avidez el aire polvoriento emponzoñado por las exhalaciones mefíticas de la gran ciudad. Sentía algunos ligeros vahídos; sus ojos inflamados, su rostro delgado y lívido expresaban salvaje energía. No sabía dónde ir ni tampoco le preocupaba; sabía solamente que era preciso acabar con «aquella historia»; pero de repente y en seguida; que de otro modo no entraría en su casa. «Porque no quería vivir así.» ¿Cómo acabar? No lo sabía y hacía esfuerzos para desechar esta pregunta que le atormentaba. Sólo comprendía que era menester cambiase todo de una manera o de otra, «cueste lo que cueste», repetía con desesperada resolución.

Siguiendo una antigua costumbre se dirigió al Mercado del Heno. Antes de llegar vió en la calzada, frente a una tiendecilla, a un organillero joven, de cabellos negros, que tocaba una melodía muy sentimental. El músico acompañaba con su instrumento a una joven de quince años, que estaba de pie en la acera. La muchacha, vestida como una señorita, llevaba crinolina, manteleta, guantes, chal y sombrero de paja, adornado con una pluma encarnada, todo viejo y arrugado. Con voz cascada, pero bastante fuerte y agradable, cantaba una romanza, esperando que en la tienda le diesen un par de kopeks. Dos o tres personas se habían detenido; Raskolnikoff hizo como ellas, y después de haber escuchado un momento, sacó del bolsillo un piatak y lo puso en la mano de la joven. La muchacha cortó en seco su canto en la nota más alta y conmovedora—. ¡Basta!—gritó la cantora a su compañero y ambos se dirigieron a la tienda de al lado.

—¿Le gustan a usted las canciones de las calles?—preguntó bruscamente Raskolnikoff a un transeunte, ya de cierta edad, que había estado oyendo a su lado a los músicos callejeros y que parecía un paseante desocupado.

El interrogado miró con sorpresa al que le dirigía esta pregunta.

—Yo—prosiguió Raskolnikoff (al verle se hubiera creído que hablaba de otra cosa que de la música de las calles)—, yo gusto de oír cantar al compás del organillo, sobre todo en una tarde fría, sombría y húmeda de otoño, principalmente húmeda, cuando todos los transeuntes tienen cara verdosa o enfermiza, o mejor aún, cuando la nieve cae verticalmente, sin que el viento le desparrame y cuando las luces brillan al través de las nubes...

—Yo no sé. Usted me dispense—balbuceó el señor, aterrado de la pregunta y del extraño aspecto de Raskolnikoff y se pasó a la otra acera.

El joven continuó su camino y llegó al Mercado del Heno, al sitio mismo en que días antes cierto tendero y su mujer hablaban con Isabel; pero no estaban allí. Reconociendo el lugar, se detuvo, miró en derredor suyo y se dirigió a un mozo de camisa roja que bostezaba a la puerta de un almacén de harinas.

—¿Es aquí en este rincón, donde cierto tendero y su mujer se ponen a vender?

—Todo el mundo vende—respondió el mozo, mirando con desdén a Raskolnikoff.

—¿Cómo le llaman?

—Le llaman por su nombre.

—Tú no eres de Zaraisk. ¿De qué provincia eres?

El mozo miró de nuevo a su interlocutor.

—Alteza, nosotros no somos de una provincia, sino de un distrito. Mi hermano ha partido, y yo me he quedado en la casa, de manera que no sé nada. Perdóneme Vuestra Alteza.

—¿Hay arriba un bodegón?

—Es un traktir y un billar. Hasta princesas van ahí... se ve muy favorecido.

Raskolnikoff se dirigió a otro ángulo de la plaza, en donde había un grupo compacto, exclusivamente compuesto de mujiks. Se metió entre la gente, mirando a todas las personas y deseoso de hablar con todo el mundo. Pero los campesinos no fijaban la atención en él, y formando grupos pequeños hablaban en voz alta de sus asuntos. Después de un momento de reflexión, dejó el Mercado del Heno y se entró en el pereulok.

En otras varias ocasiones había pasado por esta callejuela, que forma un recodo y une el mercado con la Sadovia. Desde hace algún tiempo, gustábale ir a pasear por aquellos sitios, cuando comenzaba a aburrirse... «a fin de aburrirse todavía más». Ahora iba allí sin propósito algo determinado. Se encuentra en esta callejuela una gran casa, cuya planta baja está ocupada por tabernas y figones de los que salían continuamente mujeres, sin nada a la cabeza y descuidadamente vestidas. Se agrupaban en dos o tres sitios de la acera, principalmente cerca de las escaleras por las que se baja a una especie de cafetines de mala fama. En uno de ellos, sonaba alegre estrépito: cantaban dentro, tocaban la guitarra y el ruido se extendía de un extremo a otro de la calle. La mayor parte de las mujeres se habían reunido en la puerta de aquel antro; unas estaban sentadas en las escaleras, las otras en la acera, las otras, en fin, hablaban en pie. Un soldado borracho, con el cigarrillo en la boca, golpeaba el suelo profiriendo imprecaciones: hubiérase dicho que quería entrar en alguna parte, pero que no sabía dónde. Dos individuos desharrapados se insultaban. Un hombre completamente ebrio yacía tirado, cuan largo era, en medio de la calle. Raskolnikoff se detuvo cerca del principal grupo de mujeres. Hablaban a voces, todas llevaban vestidos de indiana, calzado de piel de cabra y la cabeza descubierta. Muchas habían pasado ya de los cuarenta años; otras no representaban más de diez y siete. Casi todas tenían amoratadas las orejas.

Los cantos y el ruido que salían de la zahurda, llamaron la atención de Raskolnikoff. En medio de las carcajadas y del barullo, una agria voz de falsete cantaba al son de una guitarra y una persona danzaba furiosamente marcando el compás con los tacones. El joven, inclinado hacia la entrada de la escalera, escuchaba sombrío y pensativo.

Hombrecito de mi alma No me pegues sin razón.

cantaba la voz de falsete. Raskolnikoff no hubiera querido perder palabra de aquella canción, como si el oírla hubiese sido para él cosa de grandísima importancia.

«Si entrase...»—pensaba—. «Se ríen, están borrachos.»

—¿No entras, buen mozo?—le preguntó una de las mujeres con voz bastante bien timbrada y que conservaba aún cierta frescura.

Era una muchacha joven, y la única en el grupo que no daba náuseas.

—¡Oh, bonita muchacha!—respondió el joven levantando la cabeza y mirándola.

Sonrióse la moza, lisonjeada con el requiebro.

—También tú eres muy guapo.

—¡Guapo un tipo semejante!—gruñó en voz baja otra mujer—; de seguro que acaba de salir del hospital.

Bruscamente se aproximó un mujik, medio ebrio, con el capote desabrochado y el rostro resplandeciente de maliciosa alegría.

—Parece que son hijas de generales, lo que no les impide ser chatas—dijo el mujik—. ¡Oh, qué hermosuras!

—Entra, puesto que has venido.

—Entraré, preciosa—y descendió al cafetín.

Raskolnikoff hizo ademán de alejarse.

—Escuche usted, barin[15]—le gritó la joven cuando nuestro héroe volvía ya la espalda.

—¿Qué?

—Querido barin, tendré mucho gusto en pasar una hora con usted; pero en este momento me siento cortada en su presencia. Déme seis kopeks para echar un trago, amable caballero.

Raskolnikoff buscó en el bolsillo y sacó tres piataks.

—¡Ah! ¡Qué bueno es usted!

—¿Cómo te llamas?

—Pregunte usted por Duklida.

—¡Qué desfachatez!—dijo bruscamente una de las mujeres que se encontraban en el grupo, señalando a Duklida, con un movimiento de cabeza—. ¡No sé cómo hay personas que pidan de ese modo! Yo no me atrevería jamás... Creo que antes me moriría de vergüenza.

Raskolnikoff sintió curiosidad por ver a la mujer que hablaba de aquel modo. Era una moza de treinta años, toda llena de equimosis y el labio superior hinchado. Había lanzado su sentencia con toda calma y seriedad.

«¿En dónde he leído yo—pensaba Raskolnikoff alejándose—, que se concede no sé qué a un condenado a muerte una hora antes de su ejecución? Aunque él tuviese que vivir sobre una cima escarpada, en una roca perdida en medio del Océano, donde no hubiese más que el sitio suficiente para colocar los pies, aunque tuviese que pasar así toda su existencia, mil años... una eternidad, derecho en el espacio de un pie cuadrado, solo en las tinieblas, expuesto a todas las intemperies... preferiría aquella vida a la muerte. Vivir, no importa cómo, pero vivir. ¡Qué verdad es, Dios mío, qué verdad es! ¡Qué cobarde es el hombre y qué cobarde también aquel que por ello le llama cobarde!»—añadió al cabo de un instante.

Hacía largo tiempo que andaba al azar, cuando le llamó la atención la muestra de un café: «¡Hola! El Palacio de Cristal. Poco ha me habló de él Razumikin. Pero, ¿qué es lo que yo quiero hacer aquí? ¡Ah! Sí, leer. Zosimoff dice que había leído en los periódicos...»

—¿Tienen ustedes periódicos?—preguntó entrando en un salón muy espacioso y bastante bien decorado, donde había poca gente.

Dos o tres parroquianos tomaban te. En una sala distante, cuatro personas, sentadas a una mesa, bebían Champagne. Raskolnikoff creyó reconocer entre ellos a Zametoff, pero la distancia no le permitía distinguirlo bien.

«Después de todo, ¿qué me importa?» se dijo.

—¿Quiere usted aguardiente?—preguntó el mozo.

—Sírveme te y tráeme también los periódicos, los de los últimos cinco días, te daré buena propina.

—Bueno, aquí tiene usted los de hoy. ¿Quiere usted también aguardiente?

Cuando le sirvieron el te y le dieron los periódicos, Raskolnikoff se puso a buscar.

—Izler. Izler. Los Aztekas. Los Aztekas. Bartola. Máximo. Los Aztekas. Izler... ¡Oh, qué lío! ¡Ah! Aquí están los sucesos: una mujer se ha caído por una escalera... Un comerciante trastornado por el vino. El incendio de las Arenas. El incendio de la Petersburgskaia. Otra vez el incendio de la Petersburgskaia. Izler. Izler. Izler. Izler. Máximo... ¡Ah! Aquí está.

Cuando encontró lo que buscaba, comenzó la lectura; danzaban las letras delante de sus ojos. Pudo, sin embargo, leer «los sucesos» hasta el fin y se puso a buscar ávidamente los «nuevos detalles» en los otros números.

Impaciencia febril le hacía temblar las manos conforme ojeaba los periódicos. De repente se sentó a su lado uno. Raskolnikoff miró. Era Zametoff. Zametoff en persona y con el mismo traje que llevaba en el despacho de policía con sus sortijas, sus cadenas, los negros cabellos rizados y llenos de cosmético, separados elegantemente en medio de la cabeza, con su elegante chaleco, su levita algo usada y algo arrugada la camisa.

El jefe de la Cancillería estaba alegre; por lo menos se sonreía con satisfacción y franqueza. Por efecto del Champagne que había bebido, tenía el moreno rostro bastante enrojecido.

—¡Cómo! ¿Usted aquí?—exclamó con asombro y con el tono que hubiera usado para saludar a un antiguo camarada—. ¡Si ayer mismo Razumikin me dijo que seguía usted sin conocimiento!... Es extraño. He estado en su casa...

Raskolnikoff no creía que el jefe de la Cancillería vendría a hablar con él. Apartó los periódicos y se volvió hacia Zametoff con una sonrisa por la cual se transparentaba viva irritación.

—Me han hablado de su visita—contestó—; usted buscó mi bota. Razumikin está loco con usted. Han ido ustedes juntos, según parece, a casa de Luisa Ivanovna, a quien usted trató de defender el otro día. ¿No se acuerda? Usted hacía señas al ayudante Pólvora, y él no hacía caso de sus guiños. Sin embargo, no era necesaria mucha penetración para comprenderlos. La cosa es clara, ¿eh?

—Es más charlatán...

—¿Quién? ¿Pólvora?

—No, Razumikin...

—Pero usted se lleva la mejor vida, señor Zametoff. Tiene usted entrada gratuita en lugares encantadores. ¿Quién le ha regalado a usted el Champagne?

—¿Por qué me lo habían de regalar?

—A título de honorarios. Usted saca partido de todo—dijo con sorna Raskolnikoff—. No se incomode usted, querido amigo—añadió dando un golpecito en el hombro a Zametoff—. Lo que le digo a usted es sin malicia, en broma, como decía, a propósito de los puñetazos dados por él a Mitka, el obrero detenido por el asunto de la vieja.

—Pero, ¿usted cómo sabe eso?

—Lo sé quizá mejor que usted.

—¡Qué original es usted!... Verdaderamente está algo enfermo. Ha hecho mal en salir...

—¿Me encuentra usted raro?

—Sí. ¿Qué es lo que usted leía?

—Periódicos.

—Ha habido estos días muchos incendios.

—No me importan los incendios—repuso Raskolnikoff mirando a Zametoff con aire singular y con sonrisa burlona—. No, no son los incendios lo que me interesa—continuó guiñando los ojos—. Pero confiese usted, querido joven, que tiene grandes deseos de saber lo que yo leía.

—No, no tengo ninguno; se lo preguntaba a usted por decir algo. ¿Es que no le puedo preguntar a usted...? Porque siempre...

—Escuche. Usted es un hombre instruído, letrado, ¿no es cierto?

—He seguido mis estudios en el Gimnasio hasta el sexto curso inclusive—respondió con cierto orgullo Zametoff.

—Hasta el sexto curso. ¡Ah, pícaro! Tiene buena raya y sortijas. Es un hombre rico y muy guapo.

Al decir esto, Raskolnikoff se echó a reír en las barbas mismas de su interlocutor. Este se retiró un poco; no ofendido, precisamente, pero sí sorprendido.

—¡Qué original es usted!—repitió con tono muy serio Zametoff—. Me parece que sigue usted delirando.

—¿Que deliro? Te burlas, amiguito... ¿Conque soy original, eh? Es decir que parezco un bicho raro, ¿eh? raro, ¿verdad? ¿Que excito la curiosidad?

—Sí.

—¿Usted deseaba saber lo que leía, lo que buscaba en los periódicos? Vea usted cuántos números me han traído. Esto da mucho en que pensar, ¿no es eso?

—Vamos, diga usted.

—Usted cree haber levantado la liebre.

—¿Qué liebre?

—Luego se lo diré a usted; ahora, querido amigo, le declaro... o más bien, «confieso»... no, no es eso: presto una declaración y usted toma nota de ella. Pues bien, yo declaro que he leído, que tenía curiosidad de leer, que he buscado y que he encontrado.... (Raskolnikoff guiñó los ojos y esperó), por eso he venido aquí para saber los detalles relativos al asesinato de la vieja prestamista.

Al pronunciar estas palabras bajó la voz y arrimó la cara a la de Zametoff. Este le miró fijamente sin pestañear y sin apartar la cabeza. Al jefe de la Cancillería le pareció muy extraño que durante un minuto se estuviesen mirando sin decir palabra.

—¿Sabe usted?—continuó en voz baja Raskolnikoff sin hacer caso de la exclamación de Zametoff—se trata de aquella misma vieja de la cual se hablaba en el despacho de policía cuando yo me desmayé. ¿Comprende usted ahora?

—¿Qué quiere decir con eso de comprende usted?—dijo Zametoff casi asustado.

El rostro inmóvil y serio de Raskolnikoff cambió repentinamente de expresión y se echó a reír de un modo nervioso como si no pudiera contenerse. Experimentaba idéntica sensación que el día del asesinato cuando, sitiado en el cuarto de sus víctimas por Koch y Pestriakoff, le había dado ganas de insultarlos, provocarlos y reírse de ellos en sus propias barbas.

—O usted está loco, o...—comenzó a decir Zametoff y se detuvo como si cruzara por su mente una idea repentina.

—O ¿qué? ¿qué iba usted a decir? Acabe la frase.

—No—replicó Zametoff—; todo eso es absurdo.

Ambos guardaron silencio. Después de un súbito acceso de hilaridad, Raskolnikoff se quedó sombrío y pensativo.

De codos en la mesa, con la cabeza entre las manos, parecía haber olvidado por completo la presencia de Zametoff.

—¿Por qué no toma usted el te?—dijo, al fin éste—. Va a enfriarse.

—¿Qué?... ¿el te?... Bueno.

Raskolnikoff se llevó la taza a los labios, comió un bocado de pan, y fijando los ojos en Zametoff recobró su fisonomía la expresión burlona que tenía antes y continuó tomando el te.

—Los delitos de todo género son ahora muy numerosos—apuntó Zametoff—. Precisamente hace poco leí en la Moskovskia Viedomosti que había sido detenida en Moscou una cuadrilla de monederos falsos, toda una sociedad que se dedicaba a la fabricación y expendición de billetes del Banco.

—¡Oh! ¡Eso es ya viejo! ¡Hace un mes que lo he leído!—respondió flemáticamente Raskolnikoff—. ¿De modo que usted supone que son estafadores?

—¿Cómo? ¿Cree usted que no lo son?

—¿Ellos? Chiquillos, novatos infelices, y no estafadores. ¡Se reunen cincuenta para ese objeto! ¿A quién se le ocurre? En semejante caso, tres son ya mucho, y aun es menester que cada miembro de la asociación esté más seguro de sus asociados que de sí mismo. Basta que a uno de ellos un poco bebido se le escape una palabra, y todo se derrumba. ¡Son novatos! Envían a personas de las cuales no pueden responder a cambiar sus billetes en las casas de banca. ¿Es discreto encargar al primero que se presenta de una comisión semejante? Supongamos que, a pesar de todo, hayan conseguido su propósito; supongamos que el negocio ha producido un millón a cada uno de ellos. Helos durante toda la vida en dependencia los unos de los otros. Mejor es ahorcarse que vivir así. Pero no han sabido representar su papel: uno de sus agentes se presenta a este efecto en una oficina, se le entregan cinco mil rublos y sus manos tiemblan. Cuenta los cuatro primeros miles, el quinto lo guarda sin recontarlo; tanto deseo tenía de escapar. De este modo, despierta sospechas y todo el negocio se echa a perder por la falta de un solo imbécil. Esto es verdaderamente inconcebible.

—¿Que le tiemblan las manos?—replicó Zametoff—. Pues me parece muy natural. En ciertos casos, no es uno dueño de sí mismo. Ahí tiene usted, sin ir más lejos, una prueba reciente. El asesino de esa vieja debe ser un bribón muy resuelto para no haber vacilado en cometer su crimen en pleno día y en las condiciones más peligrosas. Milagro es que ya no esté preso. Pues bien, a pesar de esto, sus manos temblaban: no ha sabido robar: le ha faltado la serenidad, como los hechos demuestran claramente.

Aquel lenguaje hirió en lo más vivo a Raskolnikoff.

—¿Usted cree? Pues bien, échele usted el guante, descúbralo usted ahora—exclamó el joven experimentando maligno placer al mortificar al jefe de la Cancillería.

—No tenga usted cuidado, se le descubrirá.

—¿Quién? ¿Usted? ¿Usted va a descubrirle? Perderá usted el tiempo y el trabajo. Para ustedes toda la cuestión es saber si un hombre hace o no hace gastos. Uno que no poseía nada tira el dinero por la ventana; luego es culpable. Ajustándose a esta regla, un chiquillo, si quisiese, escaparía a las investigaciones de ustedes.

—El hecho es que todos se conducen del mismo modo—respondió Zametoff—. Después de haber desplegado a menudo mucha habilidad y astucia en la perpetración del asesinato, se dejan pescar en la taberna. Los denuncian sus gastos, no son tan astutos como usted. Usted, es claro, no iría a la taberna.

Raskolnikoff frunció las cejas y miró fijamente a Zametoff.

—¿Usted quiere saber cómo obraría yo, en caso semejante?—preguntó con tono malhumorado.

—Sí—replicó con energía el jefe de la Cancillería.

—¿Tiene usted mucho empeño?

—Sí.

—Pues bien, he aquí lo que yo haría—comenzó a decir Raskolnikoff, bajando de repente la voz y aproximando de nuevo la cara a la de su interlocutor, a quien miró fijamente. Por esta vez no pudo menos de temblar—. He aquí lo que haría yo. Tomaría el dinero y las joyas, y después, al salir de la casa, iría, sin un minuto de retraso, a un paraje cerrado y solitario, a un corral o un huerto, por ejemplo. Me aseguraría antes de que en un rincón de este corral, al lado de una valla, hubiese una piedra de cuarenta o sesenta libras de peso, levantaría esta piedra, bajo la cual el suelo debía de estar deprimido, y depositaría en el hueco el dinero y las alhajas. Hecho esto volvería a poner la piedra y me iría. Durante uno, dos, o tres años, dejaría allí los objetos robados, y ya podrían ustedes buscarlos.

—Usted está loco—respondió Zametoff.

Sin que podamos decir por qué, pronunció estas palabras en voz baja y se apartó bruscamente de Raskolnikoff. Los ojos de éste relampagueaban. Había palidecido de un modo horrible y un temblor convulsivo agitaba su labio superior. Se inclinó lo más posible hacia el rostro del funcionario y se puso a mover los labios sin proferir una sola palabra. Así pasó medio minuto. Nuestro héroe no se daba cuenta de lo que hacía, pero no podía contenerse. Estaba a punto de escapársele su espantosa confesión.

—¿Y si fuese yo el asesino de la vieja y de Isabel?—dijo de repente; pero se contuvo ante el sentimiento del peligro.

Zametoff le miró con aire extraño y se puso tan blanco como la servilleta, en tanto que en su rostro se dibujaba una forzada sonrisa.

—Pero, ¿es eso posible?—dijo con voz que apenas podía ser entendida.

Raskolnikoff fijó en él una mirada maliciosa.

—Confiese usted que lo ha creído. ¿A que sí? ¿A que lo ha creído usted?

—No, de ninguna manera—se apresuró a decir Zametoff—. Usted me ha asustado para sugerirme esa idea.

—¿Según eso, usted no lo cree? ¿Entonces, de qué se pusieron a hablar el otro día al salir yo de la oficina? ¿Por qué el ayudante Pólvora me interrogó después de mi desmayo? ¡Eh! ¿Cuánto debo?—gritó al mozo levantándose y tomando la gorra.

—Treinta kopeks—respondió éste, acudiendo a la llamada del parroquiano.

—Toma, además, veinte kopeks de propina. Vea usted cuánto dinero tengo—, prosiguió, mostrando a Zametoff unos cuantos billetes—: ¿los ve usted? Rojos, azules, veinticinco rublos. ¿De dónde procede este dinero? ¿Cómo, además, tengo ropa nueva? Usted sabe, en efecto, que yo no tenía ni un kopek. Apuesto cualquier cosa a que ha preguntado usted a mi patrona... ¡Ea! ¡Bastante hemos hablado! Hasta la vista.

Salió tan agitado con cierta extraña sensación, a la cual se unía un acre placer. Estaba, además, sombrío y terriblemente cansado. Semejaba su rostro convulsivo el de un hombre que acababa de sufrir un ataque de apoplejía. Poco antes, bajo la acción de sus emociones, sentía fuerzas; pero cuando aquel estimulante hubo cesado, invadíale intensa emoción.

Cuando se quedó solo, Zametoff permaneció aún largo tiempo sentado en el mismo sitio. El jefe de la Cancillería parecía pensativo. Raskolnikoff acababa de trastornarle inopinadamente todas sus ideas sobre «cierto punto»; estaba despistado.

—Ilia Petrovitch es un imbécil—dijo por último.

Apenas Raskolnikoff abrió la puerta de la calle, se encontró frente a frente en el vestíbulo con Razumikin que entraba. A un paso de distancia los dos jóvenes no se habían visto y poco faltó para que chocasen uno contra otro. Durante un momento se midieron con la mirada. Razumikin se quedó atónito; pero de repente brilláronle en los ojos llamaradas verdaderas de cólera.

—¿De modo que has venido aquí?—dijo con voz tonante—. ¡Pues no se ha escapado de la cama! ¡Y yo que le he buscado hasta debajo del sofá! ¡Hasta el granero se ha revuelto para ver si se daba contigo! Por causa tuya ha faltado poco para que le pegase a Anastasia... ¡Y vea usted dónde estaba metido! ¿Qué significa esto, Rodia? Di la verdad. Confiesa...

—Esto significa que me fastidiáis todos horrorosamente y que quiero estar solo—respondió fríamente Raskolnikoff.

—¡Solo, cuando no puedes aún ni andar, cuando estás pálido como la cera; cuando te falta el aliento! ¡imbécil! ¿Qué has venido a hacer al Palacio de Cristal? Confiésamelo en seguida.

—Déjame pasar—replicó Raskolnikoff, y trató de alejarse.

Esto acabó de poner a Razumikin fuera de sí, y asiendo violentamente a su amigo por el brazo, le dijo:

—¿Y te atreves a decirme que te deje pasar? ¿Que te deje pasar? ¿Sabes lo que voy a hacer ahora mismo? A tomarte debajo del brazo, a llevarte a tu casa, como se lleva un envoltorio y encerrarte allí bajo llave.

—Escucha, Razumikin—dijo sin levantar la voz y con tono en la apariencia muy tranquilo—; ¿qué he de hacer para que comprendas que no necesito de tus beneficios? ¡Qué manía de hacer bien a las personas, en contra de su expresa voluntad! ¿Por qué viniste cuando caí enfermo a instalarte a mi cabecera? ¿Qué sabes tú si yo hubiera sido feliz muriéndome? ¿No te he manifestado hoy con toda claridad que me martirizabas, que me eras insoportable? ¿Qué gusto sacas en mortificar a la gente? Te juro que todo esto impide mi curación, teniéndome en una irritación continua. Ya has visto que Zosimoff se marchó para no martirizarme. ¡Déjame tú también, por amor de Dios!...

Razumikin se quedó un momento pensativo y después soltó el brazo de su amigo.

—Bueno. ¡Vete, con mil diablos!—dijo con voz que no había perdido toda vehemencia.

Pero en cuanto dió un paso Raskolnikoff, con extraordinario arrebato gritó Razumikin:

—¡Espera, escucha! Ya sabes que hoy daré una comida; quizá hayan llegado ya mis convidados; pero he dejado ya allí a mi tío para que los reciba. Si tú no fueses un imbécil, un imbécil rematado, un imbécil incorregible... Escucha, Rodia; reconozco que no te falta inteligencia, pero eres un imbécil. Digo, pues, que si tú no fueses un imbécil, vendrías a pasar la noche en mi casa en vez de estropearte las botas vagando sin objeto por las calles. Puesto que has salido, mejor es que aceptes mi invitación. Haré que te suban un cómodo sofá. Mis patrones lo tienen. Tomarás una taza de te y estarás acompañado. Si no quieres un sofá, te echarás en el catre... Al menos estarás con nosotros; irá Zosimoff... ¿vendrás?

—No.

—Pero esto es absurdo—replicó vivamente Razumikin—. ¿Qué sabes tú? Tú no puedes responder a ti mismo; yo también he escupido mil veces sobre la sociedad, y después de haberme apartado de ella no he tenido más remedio que volver a buscarla. Llega un momento en que se avergüenza uno de su misantropía y procura reunirse con los hombres. Acuérdate, en casa de Potchinkoff, tercer piso.

—No iré, Razumikin—contestó Raskolnikoff alejándose.

—Apuesto que vendrás; de lo contrario, como si no te conociese—le gritó su amigo—. Espera un poco. ¿Está aquí Zametoff?

—Sí.

—¿Te ha visto?

—Sí.

—¿Te ha hablado?

—Sí.

—¿De qué? Vamos, bueno; no lo digas si no quieres decirlo. Casa de Potchinkoff, núm. 47, habitación de Babusckin. Acuérdate.

Raskolnikoff llegó a la Sadovia y dobló la esquina. Después de haberle seguido con la mirada, Razumikin se decidió a entrar en el café, pero en medio de la escalera se detuvo.

—¡Por vida de...!—continuó casi en voz alta—. Habla con lucidez y como... ¡qué imbécil soy!... ¿Acaso los locos disparatan siempre? Zosimoff, por lo que a mí me parece, también teme como yo—y se llevó el dedo a la frente—. ¿Cómo abandonarle ahora? ¡Puede que vaya a ahogarse!... He hecho una tontería. No hay que vacilar—y echó a correr en busca de Raskolnikoff.

Pero no pudo encontrarle y le fué forzoso volverse a grandes pasos al Palacio de Cristal para interrogar cuanto antes a Zametoff.

Raskolnikoff se fué derecho al puente***, y deteniéndose en medio de él, se puso a mirar a lo lejos. Desde que hubo dejado a Razumikin, su debilidad había aumentado, hasta el punto que solamente a duras penas pudo llegar a aquel sitio. Hubiera querido sentarse o acostarse en cualquier parte, aunque fuese en la calle. Inclinado sobre el agua, contemplaba con mirada distraída los últimos rayos del sol poniente y la fila de casas que la noche velaba poco a poco con sus tinieblas.

—Sea, pues—dijo, alejándose del puente y tomando la dirección de la oficina de policía.

Tenía el corazón como vacío: no quería pensar, ni siquiera sentía angustia. Una completa apatía había sucedido a la energía que experimentara cuando salió de casa resuelto «a acabar con todo».

—Después de todo, lo mismo da una solución que otra—pensaba avanzando lentamente por el muelle del canal—. Por lo menos, el desenlace depende de mi voluntad... ¡Qué fin, sin embargo! ¿Es posible que sea esto el fin? ¿Confesaré o no confesaré?... ¡pero si no puedo más!; quisiera acostarme o sentarme en alguna parte. Lo que me causa más vergüenza es la tontería de lo que he hecho. ¡Vamos, es preciso que esto acabe! ¡Qué ideas tan tontas tiene uno algunas veces!...

Para ir a la comisaría, le era preciso seguir todo derecho y tomar por la segunda calle de la izquierda. Una vez allí, estaba a dos pasos del despacho de policía; pero al llegar al primer recodo se detuvo, reflexionó un instante y entró en el pereulok. Después anduvo sin rumbo por otras dos calles, sin duda para ganar un minuto y dar tiempo a sus reflexiones. Andaba con los ojos fijos en tierra. De repente, le parecía que alguien le murmuraba alguna cosa al oído. Levantó la cabeza y advirtió que estaba en la puerta de aquella casa. No había pasado por allí desde el día del crimen.

Cediendo a un deseo tan irresistible como inexplicable, Raskolnikoff entró en ella, se dirigió a la escalera de la derecha y se dispuso a subir al cuarto piso. La empinada y estrecha escalera estaba muy obscura. El joven se detenía en cada descansillo y miraba con curiosidad en torno suyo. En el del primer piso habían puesto un vidrio en la ventana. «Ese vidrio no estaba la otra vez»—pensó el joven—. «He aquí el segundo piso en que trabajaban Mikolai y Mitrey: está cerrado y la puerta recién pintada. Sin duda han alquilado la habitación... He aquí el tercero... y el cuarto. Aquí es». Tuvo un momento de vacilación: la puerta de la casa de la vieja estaba abierta de par en par. Raskolnikoff oía que hablaban dentro. No había previsto aquello; sin embargo, tomó en seguida una resolución: subió los últimos escalones y entró.

Varios obreros lo estaban restaurando, lo que causó un asombro grande a Raskolnikoff. Creyó encontrar el cuarto tal como lo había dejado él; quizá se figuró que yacerían los cadáveres en el suelo. Ahora, con gran sorpresa suya, vió que estaban desnudas las paredes. Se aproximó a la ventana y se sentó en el poyo.

No había más que dos obreros, dos jóvenes, de los cuales uno era bastante mayor que el otro. Se ocupaban en cambiar la antigua tapicería amarilla, que estaba muy usada, por otra blanca sembrada de violetas. Esta circunstancia (ignoramos por qué) desagradó mucho a Raskolnikoff, el cual miraba colérico el papel nuevo, como si le contrariasen en extremo tales variaciones.

Los papelistas se disponían a marcharse, y, sin hacer caso del visitante, continuaron su conversación.

Raskolnikoff se levantó y pasó a la otra habitación, que contenía ante el cofre, la cama y la cómoda; este gabinete sin muebles le pareció muy pequeño. La tapicería no había sido cambiada; se podía señalar aún en el rincón el lugar que ocupaba en otro tiempo el armario de las sagradas imágenes. Después de haber satisfecho su curiosidad, Raskolnikoff volvió a sentarse en el poyo de la ventana.

El mayor de los dos obreros le miró de reojo, y de repente, dirigiéndose a él, le dijo:

—¿Qué hace usted ahí?

En vez de responder, Raskolnikoff se levantó, fué al descansillo y se puso a tirar del cordón. Era la misma campanilla, el mismo sonido. Llamó por segunda y tercera vez, aplicando el oído, reconstituyendo sus recuerdos. La impresión terrible que sintiera ante la puerta de la vieja se produjo con vivacidad y lucidez crecientes; temblaba a cada campanillazo y sentía a cada golpe un placer cada vez mayor.

—¿Qué busca usted aquí? ¿quién es usted?—gritó el obrero encarándose con él.

Raskolnikoff volvió a entrar en el cuarto.

—Quiero alquilar una habitación y he venido a mirar ésta—respondió.

—No se va por la noche a ver cuartos, y además debiera usted haber subido acompañado del dvornik.

—Han fregado el suelo; ¿van a pintarlo?—prosiguió Raskolnikoff—. ¿No hay sangre?

—¿Cómo sangre?

—Aquí fueron asesinadas la vieja y su hermana; había un verdadero mar de sangre.

—¿Quién eres tú?—gritó el obrero asustado.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Quieres saberlo? Vamos a la comisaría y allí te lo diré.

Los dos papelistas le miraron estupefactos.

—Ya es hora de marcharnos. Vamos, Aleshka. Hay que cerrar—dijo el de más edad a su compañero.

—Pues bien, vamos—replicó con tono indiferente Raskolnikoff, y saliendo él primero, precediendo a los dos operarios, bajó lentamente la escalera—. ¡Eh, dvornik!—gritó al llegar a la puerta de la calle donde había reunidas varias personas mirando pasar a la gente: dos porteros, un campesino, un ciudadano en traje de casa y algunos otros individuos.

Raskolnikoff se fué derecho a ellos.

—¿Qué se le ofrece a usted?—preguntóle un portero.

—¿Has estado en la oficina de policía?

—De allí vengo.

—¿Están allí todavía?

—Sí.

—¿El ayudante del comisario también está?

—Estaba hace un momento. ¿Qué es lo que usted desea?

Raskolnikoff no contestó y se quedó pensativo.

—Ha venido a ver el cuarto—dijo uno de los operarios.

—¿Qué cuarto?

—En el que trabajábamos. «¿Por qué se ha lavado la sangre?», nos ha dicho. «Aquí se ha cometido un asesinato y vengo para alquilar el cuarto.» Se puso a tirar de la campanilla. «Vamos a la oficina de policía», añadió después; «allí lo diré todo».

El portero, preocupado, contempló a Raskolnikoff frunciendo las cejas.

—¿Quién es usted?—preguntó, levantando la voz con acento de amenaza.

—Yo soy Rodión Romanovitch Raskolnikoff, antiguo estudiante y vivo cerca de aquí, en el pereulok inmediato, casa de Chill, departamento número 14. Pregunta al portero; me conoce.

Raskolnikoff dijo todo esto con aire indiferente y tranquilo, mirando obstinadamente a la calle y sin fijar la vista una sola vez en su interlocutor.

—¿Y qué ha venido usted a hacer aquí?

—He venido a ver la casa.

—¿Y qué se le ha perdido a usted en ella?

—¿No sería mejor detenerle y conducirle a la comisaría?—propuso de repente el burgués.

Raskolnikoff le miró con atención por encima del hombro.

—Vamos allá—dijo el joven con indiferencia.

—Sí. Es preciso llevarle a la comisaría—siguió diciendo y con mayor seguridad el burgués—. Cuando ha venido aquí, es que algo le pesa en la conciencia.

—¡Dios sabe si estará borracho!—murmuró un obrero.

—¿Pero qué es lo que quieres?—gritó de nuevo el portero, que empezaba a incomodarse de verdad—. ¿Por qué vienes a molestarnos?

—¿Te da miedo ir a la comisaría?—dijo con tono burlón Raskolnikoff.

—¿Por qué he de tener miedo? ¿Sabes que nos estás fastidiando?

—Es un granuja—dijo una campesina.

—¿Para qué disputar con él?—apuntó a su vez el otro portero, un mujick enorme que llevaba un gabán desabrochado y un manojo de llaves pendientes de la cintura—. De seguro es un granuja. ¡Ea! ¡Lárgate en seguida!

Y agarrando a Raskolnikoff por un brazo lo lanzó en medio del arroyo.

El joven estuvo a punto de caer al suelo; sin embargo, pudo sostenerse en pie. Cuando hubo recobrado el equilibrio, miró silenciosamente a todos los espectadores y se alejó silenciosamente.

—¡Vaya un tipo!—observó un obrero.

—Todo el mundo se ha vuelto ahora muy extravagante—dijo la campesina.

—Lo que usted quiera y mucho más—añadió el burgués—; pero hubiera sido conveniente llevarle a la comisaría.

—¿Iré o no iré?—pensaba Raskolnikoff deteniéndose en medio de una encrucijada y mirando en torno suyo, como si hubiese estado esperando un consejo de alguien.

Pero su pregunta no obtuvo respuesta; todo estaba sordo y sin vida, como las piedras de las calles... De pronto, a doscientos pasos de él, distinguió, a través de la obscuridad, un grupo de gente del que partían gritos y palabras animadas... El grupo rodeaba un coche. En el suelo brillaba una débil luz.

—¿Qué pasa ahí?

Raskolnikoff volvió a la derecha y fué a mezclarse con la multitud. Parecía querer aferrarse al menor incidente, y esta pueril predisposición le hacía sonreír, porque ya había tomado su partido y decía para sus adentros:

—De un momento a otro acabará todo esto.

VII.

Detenido en medio de la calle había un elegante coche particular, tirado por dos sudorosos caballos tordos. En el interior no había nadie y el cochero se había bajado del pescante y sujetaba a los caballos por el bocado. En torno del carruaje se apiñaba la multitud, contenida por los agentes de policía. Uno de éstos tenía una linterna pequeña en la mano e inclinado hacia el suelo alumbrado algo que yacía en el arroyo cerca de las ruedas. Todo el mundo hablaba, gritaba y parecía consternado; por su parte, el cochero, aturdido, no cesaba de repetir:

—¡Qué desgracia, Señor! ¡Qué desgracia!

Raskolnikoff se abrió paso a fuerza de codazos al través de los curiosos y logró ver lo que había sido causa de que la gente se reuniese. En medio de la calle yacía ensangrentado y privado del conocimiento un individuo que acababa de ser atropellado por los caballos. Aunque estaba muy mal vestido, su aspecto no era el de un hombre vulgar. Tenía el cráneo y el rostro cubiertos de horribles heridas, por las cuales salía la sangre a borbotones. No se trataba de un incidente sin importancia.

—¡Dios mío!—decía el cochero—; no he podido impedir esta desgracia. Si yo hubiese llevado los caballos al galope, o si no lo hubiese visto y avisado, bueno que se me echase la culpa. Pero no; el coche iba despacio como todo el mundo ha podido ver. Desgraciadamente, sabido es que un borracho no se fija en nada... Le veo atravesar la calle una vez, dos y tres haciendo eses, y le grito: «¡Eh! ¡cuidado!» Refreno los caballos; pero él se va derecho a ellos. ¡Si parecía que lo hacía adrede! Los animales son jóvenes y fogosos, se lanzaron... el hombre gritó y sus gritos los excitaron más... así ha ocurrido esa desgracia.

—Sí, de ese modo ha pasado—afirmó uno que había sido testigo de la escena.

—En efecto—dijo otro—; por tres veces le avisó el cochero.

—Sí, por tres veces, todos le hemos oído—añadió uno del grupo.

Por su parte, el cochero no parecía muy inquieto por las consecuencias de aquel suceso; evidentemente, el propietario del carruaje era un personaje poderoso que esperaba la llegada de su coche. Esta última circunstancia despertaba la cuidadosa solicitud de los agentes de policía. Era, sin embargo, preciso llevar al herido al hospital. Nadie sabía su nombre.

Raskolnikoff, a fuerza de dar codazos, logró aproximarse al herido. De pronto un rayo de luz iluminó el rostro del desgraciado, y el joven lo reconoció.

—Le reconozco, le reconozco—gritó empujando a los que le rodeaban y colocándose en la primera fila del grupo—; es un antiguo funcionario, el consejero titular Marmeladoff. Vive aquí cerca, en casa de Kozel... ¡Pronto! ¡un médico! ¡yo pago!

Sacó dinero del bolsillo y lo mostró a un agente de policía. Revelaba extraordinaria agitación.

Los agentes se alegraron de saber quién había sido el atropellado. Raskolnikoff dió su nombre y dirección e insistió con empeño para que se transportase el herido a su domicilio. Aunque la víctima del accidente hubiese sido su padre, no habría mostrado el joven mayor solicitud.

—Es ahí, tres casas más allá donde vive; en la de Kozel, un alemán rico... Sin duda se retiraba embriagado. Le reconozco... Es un borracho... Vive ahí con su familia, tiene mujer e hijos. Antes de llevarle al hospital, es menester que le vea un médico; alguno habrá por aquí cerca; yo pagaré lo que sea, lo pagaré; su estado exige una cura inmediata. Si no se le socorre en seguida, morirá antes de llegar al hospital.

Raskolnikoff puso disimuladamente algunas monedas en la mano de un agente de policía. Por otra parte, lo que el joven le mandaba era perfectamente lógico, se explicaba bien. Levantaron a Marmeladoff y algunos voluntarios se ofrecieron a transportarle a su casa. La de Kozel estaba situada a treinta pasos del lugar en que había ocurrido el accidente. Raskolnikoff iba detrás sosteniendo con precaución la cabeza del herido, y enseñando el camino.

—¡Aquí, aquí! En la escalera, tened cuidado de que no vaya la cabeza baja: dad la vuelta... eso es, yo pago. Muchas gracias—murmuraba.

En aquel momento Catalina Ivanovna, como de costumbre, cuando tenía un minuto libre, paseaba de un lado a otro de su reducida sala, yendo de la ventana a la chimenea y viceversa, con los brazos cruzados sobre el pecho, charlando sola y tosiendo. Desde algún tiempo hablaba cada vez de mejor gana con su hija mayor Polenka. Aunque esta niña, de diez años de edad, no comprendía aún muchas cosas, se daba, sin embargo, cuenta de la necesidad que su madre tenía de ella, de modo que fijaba siempre sus grandes e inteligentes ojos en Catalina Ivanovna, y en cuanto ésta le dirigía la palabra, la niña hacía todos los esfuerzos imaginables para comprender, o, por lo menos, para hacer ver que comprendía.

Ahora Polenka desnudaba a su hermanito que había estado durante todo el día enfermo y que iba a acostarse. Esperando a que le quitasen la camisa para lavarla por la noche, el niño, con aspecto serio, estaba sentado en una silla silencioso e inmóvil y escuchaba, abriendo mucho los ojos, lo que su mamá decía a su hermana. La niña más pequeña, Lida (Lidotshka), vestida con verdaderos harapos, esperaba a su vez en pie, cerca de la mampara. La puerta que daba al descansillo estaba abierta, a fin de que saliera el humo del tabaco que llegaba de la habitación contigua, y que, a cada instante, hacía toser a la pobre tísica. Catalina Ivanovna estaba peor desde hacía ocho días, y las siniestras manchas de sus mejillas tenían un color más vivo que nunca.

—No puedes imaginarte, Polenka—decía paseándose por la habitación—, qué alegre y brillante vida era la que hacíamos en casa de papá y cuán desgraciados somos todos a causa de este borracho. Papá tenía en el servicio civil un empleo equivalente al grado de coronel. Era casi gobernador y no le faltaba más que un paso para llegar a este puesto; así es que todo el mundo le decía: «Consideramos a usted ya, Ivan Mikhailtch, como gobernador.»

La interrumpió un golpe de tos.

—¡Oh condenada vida!

Escupió y se apretó el pecho con las manos.

—¿Está ya el agua? ¡Ea! dame la camisa y las medias, Lida—añadió, dirigiéndose a la chiquita—. Esta noche dormirás sin camisa. Pon las medias al lado... Se lavará todo al mismo tiempo... ¡Y ese borracho sin venir!... Quisiera lavar también su camisa con todo lo demás, para no tener que fatigarme dos noches seguidas. ¡Señor, Señor!—volvió a toser—. ¡Otra vez! ¿Eh? ¿Qué es eso?—exclamó al ver que el vestíbulo se llenaba de gente, la cual penetraba en la sala con una especie de fardo—. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que traen? ¡Dios mío!

—¿Dónde hay que ponerlo?—preguntó un agente de policía mirando en derredor suyo mientras introducían en la habitación a Marmeladoff ensangrentado y exánime.

—En el sofá. Extenderle en el sofá... La cabeza aquí—indicó Raskolnikoff.

—Es un borracho que ha sido atropellado en la calle—gritó uno desde la puerta.

Catalina Ivanovna, intensamente pálida, respiraba con dificultad. La pequeña Lida corrió gritando hacia su hermana mayor, y toda temblorosa la estrechó en sus brazos.

Después de haber ayudado a colocar a Marmeladoff en el sofá, Raskolnikoff se acercó a Catalina Ivanovna.

—Por el amor de Dios, tranquilícese, cálmese, no se asuste tanto—dijo el joven vivamente—. Atravesaba la calle y un coche le ha atropellado; no se alarme usted, va a recobrar el conocimiento. He mandado que le traigan aquí. Yo ya he venido a esta casa otra vez. Quizá no se acuerde usted. Volverá en si. Yo pagaré...

—No volverá en si, no volverá en si—dijo con desesperación Catalina Ivanovna y se precipitó hacia su marido.

Raskolnikoff echó de ver en seguida que esta mujer no era propensa a desmayos. En un instante colocó una almohada debajo de la cabeza del herido, cosa en que nadie había pensado. Catalina Ivanovna se puso a desnudar a Marmeladoff, a examinar sus heridas y a prodigarle inteligentes cuidados. La emoción no le quitaba la presencia de ánimo; se olvidaba de sí misma, mordíase los labios temblorosos y contenía en su pecho los gritos prontos a escaparse.

Durante este tiempo, Raskolnikoff mandó por un médico que vivía en la vecindad.

—He mandado a buscar un médico—dijo a Catalina Ivanovna—. No se preocupe usted, yo pagaré. ¿No tiene usted agua? Déme una toalla, una servilleta, cualquier cosa, en seguida. No podemos juzgar de la gravedad de las heridas... está herido, pero no muerto; convénzase usted. Ya veremos lo que dice el doctor.

Catalina Ivanovna corrió a la ventana; colocada sobre una mala silla había una cubeta con agua, preparada para lavar durante la noche la ropa del marido y de sus hijos. Catalina Ivanovna solía hacer este lavado nocturno con sus propias manos, dos veces por semana, cuando no más a menudo, porque los Marmeladoff habían llegado a tal extremo de miseria, que les faltaba casi en absoluto ropa para mudarse: cada miembro de la familia no tenía más camisa que la que llevaba puesta, y como Catalina Ivanovna no podía sufrir la suciedad, prefería la pobre tísica, antes que verla reinar en su casa, fatigarse por las noches lavando la ropa de los suyos, para que ellos la encontrasen limpia y repasada al día siguiente al despertar.

Obedeciendo a Raskolnikoff, tomó la cubeta y se la llevó al joven, pero faltó poco para que se cayese con ella. Raskolnikoff logró encontrar una toalla, la empapó de agua y lavó con ella el rostro ensangrentado de Marmeladoff. Catalina Ivanovna, en pie a su lado, respiraba con dificultad y se apretaba el pecho con las manos.

No hubieran estado de más para ella los cuidados facultativos.

—Quizá he hecho mal en traer el herido a su casa—pensaba Raskolnikoff.

El guardia no sabía qué decidir.

—¡Polia!—gritó Catalina Ivanovna—, ve corriendo a casa de Sonia; pronto, dile que su padre ha sido atropellado por un coche, que venga en seguida. Si no la encuentras en casa, se lo dices a los Kapernumoff para que le den el recado en cuanto vaya. ¡Despáchate, Polia; anda, ponte ese pañuelo en la cabeza!

En tanto, la sala se había llenado de tal modo de gente, que no cabía ya ni un alfiler. Los agentes de policía se retiraron; uno solo se quedó momentáneamente y trató de desalojar algo el aposento. Mientras que ocurría esto, por la puerta de comunicación interior penetraron en la sala casi todos los inquilinos de la señora Lippevechzel: primero se detuvieron en el umbral, pero bien pronto invadieron la habitación. Catalina Ivanovna se puso furiosa.

—Deberíais al menos dejarle morir en paz—gritaba a los asaltantes—. Venís aquí como a un espectáculo—y se interrumpió para toser—. Y entráis con el sombrero puesto; marchaos, tened por lo menos respeto a la muerte.

La tos que la ahogaba la impidió seguir; pero su severa admonición produjo efecto. Evidentemente, Catalina Ivanovna inspiraba cierto temor.

Los inquilinos fueron unos tras otros desfilando hacia la puerta, llevándose en sus corazones ese extraño sentimiento de satisfacción que hasta los hombres más compasivos experimentan a la vista de la desgracia ajena. Después que hubieron salido se oyeron las voces del otro lado de la puerta: decían en alta voz que era preciso enviar el herido al hospital, pues no había derecho para turbar la tranquilidad de la casa.

—Ese es el inconveniente de morirse—vociferó Catalina Ivanovna, y ya se preparaba a desahogar en ellos su indignación, cuando se abrió la puerta y apareció la señora Lippevechzel en persona.

La patrona acababa de saber la desgracia y venía a restablecer el orden. Era una alemana intrigante y mal educada.

—¡Ah, Dios mío!—dijo juntando las manos—, ¡su marido de usted, que estaba borracho, se ha dejado aplastar por un coche! Hay que llevarle al hospital, yo soy la propietaria.

—Amalia Ludvigovna, suplico a usted que piense lo que habla—comenzó a decir con tono arrogante Catalina Ivanovna. (Siempre que hablaba a la patrona empleaba el mismo tono para recordarle la debida compostura; y aun en aquel momento no pudo resistir a semejante placer.)—Amalia Ludvigovna.

—Ya se lo he dicho a usted de una vez para siempre, no quiero que se me llame Amalia Ludvigovna; yo soy Amalia Ivanovna.

—Usted no es Amalia Ivanovna sino Amalia Ludvigovna, y como yo no pertenezco al grupo de viles aduladores de usted, tal como el señor Lebeziatnikoff que se está riendo ahora detrás de la puerta. (Ahora se agarran ji, ji—decía en efecto una voz burlona en la pieza inmediata), yo la llamaré a usted siempre Amalia Ludvigovna, aunque no puedo comprender por qué le molesta este nombre. Ya ve usted lo que acaba de ocurrirle a Simón Zakharovitch: está muriéndose. Suplico a usted que cierre la puerta y que no deje entrar nadie aquí. Déjele, al menos, que muera en paz. De lo contrario le juro a usted que mañana mismo daré parte al gobernador general. El príncipe me conoce desde mi juventud y se acuerda muy bien de Simón Zakharovitch, a quien más de una vez ha hecho algún favor. Todo el mundo sabe que mi marido tenía muchos amigos y protectores; como se daba cuenta de su desgraciado vicio, cesó de tratarse con ellos por un sentimiento noble de delicadeza; pero ahora—añadió señalando a Raskolnikoff—hemos encontrado apoyo en este magnánimo joven que es rico, tiene muy buenas relaciones y es amigo desde la infancia de Simón Zakharovitch. Téngalo usted presente, Amalia Ludvigovna.

Todo este discurso fué pronunciado con creciente rapidez, pero la tos interrumpió la elocuencia de Catalina Ivanovna En aquel momento, Marmeladoff, volviendo en sí, lanzó un gemido. Catalina se acercó solícita a su esposo. Este, sin darse aún cuenta de nada, miraba a Raskolnikoff, en pie a su cabecera. Su respiración era débil y penosa, tenía sangre en las comisuras de los labios y la frente empapada en sudor. No reconociendo a Raskolnikoff le miraba con cierta inquietud. Catalina Ivanovna fijó en el herido una mirada afligida, pero severa. Después la pobre mujer rompió a llorar.

—¡Dios mío! ¡Tiene el pecho aplastado! ¡Cuánta sangre!—decía acongojada—. Hay que quitarle la ropa. ¡Vuélvete un poco, si puedes, Marmeladoff!

Marmeladoff la reconoció.

—¡Un sacerdote!—dijo con voz ronca.

Catalina Ivanovna se aproximó a la ventana y apoyando la frente en el marco gritó con desesperación:

—¡Oh vida, mil veces maldita!

—¡Un sacerdote!—repitió el moribundo después de una pausa.

—¡Silencio!—le gritó Catalina Ivanovna.

El herido obedeció y calló. Buscaba a su mujer con ojos tímidos y ansiosos. Catalina fué de nuevo a situarse a su cabecera; Marmeladoff se tranquilizó, pero no por largo tiempo. De repente vió en el rincón a la pequeña Lida (su predilecta), que temblaba como si le fuese a dar una convulsión y que le miraba con ojos enormemente abiertos de niño asombrado.

—¡Ah, ah!—dijo con gran agitación señalando a la chiquilla.

Se comprendía que trataba de decir algo.

—¿Qué?—gritó Catalina Ivanovna.

—¡No tiene calzado!—y sus ojos, como de loco, no se apartaban de los pies desnudos de la niña.

—¡Cállate!—replicó con tono irritado Catalina Ivanovna—: demasiado sabes que no tiene calzado...

—¡Gracias a Dios! ¡Aquí está el médico!—dijo gozosamente Raskolnikoff.

Entró un viejecillo alemán de modales acompasados, que miraba con desconfianza en derredor suyo. Se aproximó al herido, le tomó el pulso, examinó atentamente la cabeza, y después, ayudado por Catalina Ivanovna, desabrochó la camisa, toda ensangrentada, y dejó el pecho al descubierto, que estaba magullado; varias costillas de la derecha rotas, a la izquierda, al lado del corazón, se veía una gran mancha negruzca y amarillenta marcada por una violenta pisada de caballo. El doctor frunció el entrecejo. El agente de policía acababa de contarle que el herido había sido atropellado en una calle y arrastrado en una extensión de treinta pasos.

—Es asombroso que esté todavía vivo—murmuró en voz baja el doctor dirigiéndose a Raskolnikoff.

—¿Qué le parece a usted?—preguntó este último.

—Caso perdido.

—¿No hay esperanza?

—Ninguna. Va a exhalar el último suspiro... Tiene una herida muy peligrosa en la cabeza. Podría sangrársele... pero sería inútil: morirá de seguro dentro de cinco a seis minutos.

—Sángrele usted, sin embargo.

—Sea; pero le advierto que la sangría no servirá absolutamente de nada.

Estando en esto se oyó otra vez ruido de pasos. La multitud, que se agrupaba en el umbral, se abrió, y apareció un eclesiástico de cabellos blancos. Traía la Extremaunción para el moribundo. El doctor cedió el puesto al sacerdote, con el cual cambió una significativa mirada. Raskolnikoff suplicó al médico que se quedase un momento todavía. El médico accedió encogiéndose de hombros.

Todos se apartaron. La confesión duró muy poco tiempo. Marmeladoff no se hallaba en estado de discurrir. Sólo podía lanzar sonidos entrecortados e ininteligibles. Catalina Ivanovna fué a arrodillarse en el rincón inmediato a la chimenea, e hizo que se arrodillasen delante de ella los dos niños. Lidotshka no hacía más que temblar. El pequeñuelo, de rodillas, imitaba los grandes signos de cruz que hacía su madre y se prosternaba dando en el suelo con la frente, lo que parecía divertirle. Catalina Ivanovna se mordía los labios y contenía las lágrimas. Rezaba arreglando al mismo tiempo la camisa del pequeñuelo, sin interrumpir su oración, y sin levantarse consiguió sacar de la cómoda un pañuelo del cuello que echó sobre los hombros desnudos de la niña. En tanto la puerta de comunicación había sido abierta de nuevo por los curiosos vecinos. En el descansillo había también aumentado el grupo de espectadores. Se encontraban en él todos los inquilinos de los diversos pisos; pero sin franquear el umbral de la estancia. Toda esta escena estaba alumbrada por un cabo de vela.

En aquel momento, Polenka, que había ido a buscar a su hermana, atravesó vivamente el grupo formado en el corredor y entró, pudiendo apenas respirar a causa de lo que había ocurrido. Después de quitarse el pañuelo, buscó con los ojos a su madre, y acercándose a ella le dijo:

—Ahí viene; la he encontrado por la calle.

Catalina Ivanovna la hizo arrodillarse a su lado. Sonia se abrió paso tímidamente, y sin ruido, por en medio de la gente. En aquella habitación, que era la imagen de la miseria, de la desesperación y de la muerte, su entrada repentina produjo extraño efecto. Aunque muy pobremente vestida, iba muy ataviada con ese aire llamativo que distingue a las pobres mujerzuelas del arroyo. Al llegar a la entrada del aposento, la joven se detuvo en el umbral y echó al interior una mirada de asombro. Parecía que no tenía conciencia de nada; no se cuidaba de su falda de seda, comprada de lance, cuyo color chillón y cuya cola desmesuradamente larga eran muy impropias de aquel lugar lo mismo que su inmenso miriñaque que ocupaba toda la anchura de la puerta, sus botas provocadoras, la sombrilla que tenía en la mano, aunque no tuviese necesidad de ella, y, en fin, su ridículo sombrero de paja, adornado con una pluma brillantemente roja.

Bajo aquel sombrero picarescamente ladeado, se veía una carita enfermiza, pálida y asustada con la boca abierta e inmóviles de terror los ojos. Sonia tenía diez y ocho años, era rubia, bajita y delgada, pero bastante linda. Llamaban la atención sus ojos claros. Tenía la mirada fija en el lecho y en el sacerdote. Como Polenka, estaba sofocada por lo de prisa que había venido. Por último, algunas palabras, murmuradas por la gente, llegaron sin duda a sus oídos. Bajando la cabeza franqueó el umbral y penetró en la sala, pero se quedó cerca de la puerta.

Cuando el moribundo hubo recibido los Santos Sacramentos, su mujer se acercó a él. Antes de retirarse, el sacerdote creyó de su deber dirigir algunas palabras de consuelo a Catalina Ivanovna.

—¡Qué va a ser de ellos!—interrumpió la mujer con amargura mostrando sus hijos.

—Dios es misericordioso; confíe usted en el socorro del Altísimo—replicó el eclesiástico.

—¡Misericordioso, sí; pero no para nosotros!

—Eso es un pecado, señora, un pecado—observó el sacerdote moviendo la cabeza.

—¿Y esto no es un pecado?—replicó vivamente Catalina Ivanovna mostrando al moribundo.

—Los que le han privado involuntariamente de su sostén le ofrecerán quizá una indemnización para reparar al menos el perjuicio material.

—Usted no me comprende—replicó con tono irritado Catalina Ivanovna—. ¿De qué hay que indemnizarme si ha sido él mismo que, borracho como estaba, se ha arrojado a los pies de los caballos? ¡El mi sostén! ¡Si ha sido siempre para mí causa de disgusto! ¡Si se lo bebía todo! ¡Si nos despojaba para ir a gastarse el dinero de la casa en la taberna! ¡Dios ha hecho bien llevándoselo! ¡Esto es un verdadero alivio para nosotras!

—Hay que perdonar a un moribundo; esos sentimientos son un pecado, señora, un gran pecado.

Mientras hablaba con el sacerdote, Catalina Ivanovna no cesaba de ocuparse del herido: le daba agua, le enjugaba el sudor y la sangre de su cabeza y arreglaba las almohadas. Las últimas palabras del eclesiástico la pusieron hecha una furia.

—¡Eh, batuchka! ¡Esas no son más que palabras! ¡Perdonar! Si hoy no le hubiesen aplastado los caballos, habría entrado en casa, como de costumbre, borracho. Como no tiene más camisa que la que lleva puesta, hubiera tenido yo que lavársela mientras él durmiese, así como la ropa de los niños. Después hubiera necesitado secarlo todo, para repasarlo a la madrugada. Tal es el empleo de mis noches. ¡Y me habla usted de perdón! Además, le he perdonado.

Un violento acceso de tos le impidió seguir adelante. Escupió en un pañuelo y lo extendió ante los ojos del eclesiástico, mientras con la mano izquierda apretaba dolorosamente su pecho. El pañuelo estaba ensangrentado.

El pope bajó la cabeza y no dijo palabra.

Marmeladoff estaba en la agonía; no apartaba los ojos de su mujer, que de nuevo se había inclinado sobre él. Tenía deseos de decirle algo, trataba de hablar, movía los labios con esfuerzo, pero no conseguía otra cosa que prorrumpir en sonidos inarticulados. Catalina Ivanovna, comprendiendo que su marido quería pedirle perdón, le gritó con tono imperioso:

—Cállate. Es inútil... Sé lo que quieres decir...

El herido se calló, pero en aquel instante sus miradas se dirigieron a la puerta y vió a Sonia...

Hasta entonces no había reparado en el rincón sombrío en que la joven se encontraba.

—¿Quién está allí? ¿Quién está allí?—dijo de repente con voz ronca y ahogada mostrando al mismo tiempo con los ojos, que expresaban un gran terror, la puerta frente a la cual estaba en pie su hija.

Marmeladoff trató de incorporarse.

—¡Sigue echado! ¡No te muevas!—gritó Catalina Ivanovna.

Pero, merced a un esfuerzo sobrehumano, logró sentarse en el sofá. Durante algún tiempo contempló a su hija con aire extraño; parecía no reconocerla; era también la vez primera que la veía en aquel traje. Tímida, humillada y avergonzada bajo sus oropeles de mujer pública, la infeliz esperaba humildemente que se le permitiese dar el último beso a su padre. De pronto, éste la reconoció y se pintó en su rostro un sufrimiento inmenso.

—¡Sonia! ¡hija mía!... ¡perdóname!—gritó.

Quiso tender hacia ella la mano, y perdiendo su punto de apoyo rodó pesadamente por el suelo. Se apresuraron a levantarle y le pusieron en el sofá; pero ya todo era inútil. Sonia, casi sin poder sostenerse, lanzó un débil grito, corrió hacia su padre y le besó. El desdichado expiró en los brazos de su hija.

—¡Ha muerto!—exclamó Catalina Ivanovna ante el cadáver de su marido—. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo pagaré el entierro? ¿Cómo daré de comer mañana a mis hijos?

Raskolnikoff se aproximó a la viuda.

—Catalina Ivanovna—le dijo—, la semana pasada me contó su marido toda la vida de usted sin omitir detalle... Puede estar segura de que me habló de usted con verdadero entusiasmo. Desde aquella tarde, al ver cuánto la estimaba, cuánto amaba y honraba a usted, a pesar de su malhadada debilidad, desde aquella tarde, repito, soy su amigo... Permítame, pues, que le ayude a cumplir sus últimos deberes con el difunto. Aquí tiene usted veinte rublos, y si mi presencia puede serle de alguna utilidad... Yo vendré a verla a usted muy pronto... ¡Adiós!

Y salió precipitadamente de la sala; pero al atravesar el descansillo encontró entre el grupo de curiosos a Nikodim Fomitch, que había tenido noticia del accidente e iba a cumplir con los deberes de su cargo llenando las formalidades propias del caso. Desde la escena ocurrida en la oficina de policía, el comisario no había vuelto a ver a Raskolnikoff. Sin embargo, le reconoció en seguida.

—¡Ah! ¿Es usted?—le preguntó.

—Ha muerto—contestó Raskolnikoff—. Le han asistido un médico y un sacerdote; nada le ha faltado. No moleste usted a la pobre viuda; está tísica y su nueva desgracia le será funesta. Consuélela usted... Sé que usted es un hombre muy bueno—añadió sonriendo y mirando frente a frente al comisario.

—Está usted manchado de sangre—dijo Nikodim Fomitch, que acababa de ver algunas manchas recientes en el chaleco de su interlocutor.

—Sí, me ha caído encima... Estoy empapado en sangre—agregó el joven con extraño acento; después, sonrióse, saludó al comisario con un movimiento de cabeza y se alejó.

Bajó la escalera sin apresuramiento. Una especie de fiebre agitaba todo su ser: sentía que una vida potente y nueva brotaba de repente en él. Podía compararse esta sensación a la de un condenado a muerte que recibe a última hora el inesperado indulto. En medio de la escalera se hizo a un lado para dejar pasar al sacerdote que volvía a su domicilio. Lo dos hombres cambiaron un silencioso saludo. Cuando Raskolnikoff bajaba los últimos escalones, oyó pasos presurosos detrás de sí. Alguien trataba de alcanzarle. En efecto, Polenka corría en pos de él gritándole:

—¡Oiga usted, caballero, oiga usted!

Raskolnikoff se volvió. La niña descendió apresuradamente el último tramo y se detuvo enfrente del joven en un escalón por encima de él. Un débil resplandor provenía del patio. Raskolnikoff examinó el rostro demacrado de la niña; Polenka le miraba con alegría infantil que hacía resaltar su delicada belleza. Se le había confiado una misión que, evidentemente, le agradaba mucho.

—Oiga usted, ¿cómo se llama usted?... ¡Ah! ¿Dónde vive usted?—preguntó precipitadamente.

Raskolnikoff le puso las manos en los hombros y la contempló con una especie de felicidad. ¿Por qué experimentaba tal placer mirando a la niña? Ni él mismo lo sabía.

—¿Quién te manda?

—Mi hermana Sonia—respondió la niña sonriendo aún más alegremente.

—Ya suponía yo que venías de parte de tu hermana.

—Sonia me envió primero; pero en seguida mamá me dijo: «Ve corriendo, Polenka.»

—¿Quieres mucho a tu hermana Sonia?

—La quiero más que... a todo el mundo—afirmó con singular energía Polenka, y su sonrisa tomó de repente una expresión seria.

—¿Y a mí me querrás?

En lugar de responder la niña, aproximó la cara a la del joven y presentó cándidamente la boca para besarle. De repente, con sus bracitos delgados como cerillas, estrechó fuertemente a Raskolnikoff, e inclinando la cabeza en el hombro del joven se puso a llorar en silencio.

—¡Pobre papá!—dijo al cabo de un momento, levantando la cabeza y enjugándose las lágrimas con la mano—. Ahora no se ven más que desgracias—añadió sentenciosamente, con esa gravedad particular que afectan los niños cuando quieren hablar como las personas mayores.

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