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El crimen y el castigo

TERCERA PARTE (continued 2)

Pedro Pedraza y Páez translation

Razumikin, por su parte, se hallaba más confuso que al principio, a causa de haber tirado el velador y roto el vaso. Después de haber contemplado con aire sombrío las consecuencias de su arrebato, se dirigió a la ventana, y allí, dando la espalda al público, se puso a mirar por ella, mas sin ver nada. Porfirio Petrovitch se reía por cortesía; pero, evidentemente, aguardaba explicaciones. En un rincón, sentado en una silla, estaba Zametoff. Al entrar los visitantes se había levantado a medias, tratando de sonreír; sin embargo, no parecía engañado por esta escena, y observaba a Raskolnikoff con curiosidad particular. Este último no había esperado encontrar allí al polizonte, y su presencia le causó una desagradable sorpresa.

«He ahí una cosa con la que no contaba»—pensó.

—Perdóneme usted, se lo suplico—dijo alto, con cortedad fingida, Raskolnikoff.

—¡Bah! Me proporcionan ustedes un placer. Han entrado de un modo tan divertido... Ese no quiere dar los buenos días—añadió Porfirio Petrovitch, indicando con un movimiento de cabeza a Razumikin.

—No sé por qué se ha enfurecido conmigo. Le he dicho solamente en la calle que se parecía a Romeo... se lo he demostrado... y no ha pasado más.

—¡Imbécil!—gritó Razumikin, sin volver la cabeza.

—Ha debido de tener motivos más graves, para tomar tan a mal una burla insignificante—observó, riendo, Porfirio Petrovitch.

—Ya pareció el juez de instrucción... Siempre investigador. ¡Todos al diablo!—replicó Razumikin, y echándose a reír y recobrando súbitamente su buen humor, se acercó a Porfirio Petrovitch—. Basta de tonterías, y a nuestro asunto. Te presento a mi amigo Rodión Romanovitch Raskolnikoff, que ha oído hablar mucho de ti y desea conocerte; tiene, además, que hablarte de una cosa. ¡Eh, Zametoff! ¿Por qué diantre estás aquí? De modo que os conocíais, ¿y desde cuándo?

«¿Qué quiere decir esto?»—se preguntó con inquietud Raskolnikoff.

La pregunta de Razumikin pareció molestar algo a Zametoff; sin embargo, se repuso en seguida.

—Fué ayer, en su casa, cuando nos conocimos—dijo con desenvoltura.

—¡Vamos! Entonces ha sido la mano de la Providencia la que ha arreglado todo esto. Figúrate, Porfirio, que la semana pasada me había manifestado vivos deseos de que te lo presentase; pero, según se ve, no habéis tenido necesidad de mí. ¿Tienes tabaco?

El juez estaba en traje de la mañana. Batín de casa, pantuflas en chancleta y camisa muy limpias. Era hombre de treinta y cinco años, más bien bajo que alto, grueso y ligeramente panzudo. No llevaba barba ni bigote, y tenía los cabellos cortados al rape. Su cabeza, gruesa y redonda, presentaba una redondez particular en la región de la nuca. Su rostro gordinflón también redondo y un poco aplastado, no carecía ni de vivacidad ni de alegría, aunque la tez, de un color amarillento obscuro, estaba lejos de indicar buena salud. Se hubiera podido encontrar en él hasta cierta candidez, si no hubiera sido por los ojos que, velados por pestañas casi blancas, parecían estar siempre guiñados, como si hicieran signos de inteligencia a alguien. La mirada de estos ojos daba un extraño mentís al resto de la fisonomía. A primera vista, el físico del juez de instrucción ofrecía cierta semejanza con el de un campesino; pero esta ilusión no engañaba por mucho tiempo al observador inteligente.

En cuanto oyó que Raskolnikoff tenía que tratar con él de un negocio, Porfirio Petrovitch le invitó a que se sentase en el diván, tomando él asiento en el otro extremo, y poniéndose con gran celo a su disposición. De ordinario nos sentimos un poco molestos cuando un hombre, a quien apenas conocemos, manifiesta una gran curiosidad por oírnos, y nuestra cortedad aumenta cuando el objeto de que vamos a hablarle es a nuestros propios ojos de poca importancia.

Sin embargo, Raskolnikoff pudo, en cortas y precisas palabras, exponer su deseo y observar al mismo tiempo, mientras hablaba, a Porfirio Petrovitch. Este, por su parte, no le quitaba los ojos de encima. Razumikin, sentado enfrente de él, escuchaba con impaciencia, y sus miradas iban sin cesar de su amigo al juez de instrucción y viceversa, cosa que pasaba los linderos de lo natural.

«¡Ese imbécil!»—decíase interiormente Raskolnikoff.

—Es preciso hacer una declaración a la policía—respondió con indiferencia Porfirio Petrovitch—. Expondrá usted que, informado de tal acontecimiento, es decir, de ese asesinato, desea manifestar al juez de instrucción encargado del proceso, que tales o cuales objetos le pertenecen a usted, y que quiere desempeñarlos... Por lo demás, ya se le escribirá a usted.

—Desgraciadamente—replicó Raskolnikoff con fingida cortedad—no estoy en fondos... y mis medios no me permiten desempeñar esas baratijas... ¿Ve usted?... Quisiera limitarme a declarar que esos objetos son míos, y que, en cuanto tenga dinero...

—Eso no importa—replicó Porfirio Petrovitch, que acogió fríamente esta explicación financiera—; por lo demás, puede usted, si quiere, escribirme directamente, declarando que, enterado de lo ocurrido, desea usted decirme que tales objetos le pertenecen y que...

—¿Y puedo escribir esa carta en cualquier papel?—interrumpió Raskolnikoff afectando siempre no preocuparse de otra cosa que del aspecto pecuniario de la cuestión.

—¡Oh! en cualquier papel.

Porfirio Petrovitch pronunció estas palabras con aire francamente burlón, haciendo un guiño a Raskolnikoff. Por lo menos, el joven hubiera jurado que aquel movimiento de ojos se dirigía a él y que encubría mal una segunda intención. Quizás después de todo se engañaba, porque aquello duró apenas el espacio de un segundo.

«Ese lo sabe»—se dijo instantáneamente.

—Perdóneme usted haberle molestado por tan poca cosa—añadió bastante desconcertado—. Esos objetos valen en junto cinco rublos, pero tienen para mí especial valor, y confieso que tuve mucha inquietud cuando supe...

—Por esto te pusiste tan alterado ayer al oírme decir a Zosimoff, que Porfirio Petrovitch interrogaba a los propietarios de los objetos empeñados—recalcó con intención evidente Razumikin.

Era demasiado. Raskolnikoff no pudo contenerse y lanzó sobre aquel inadvertido hablador una mirada relampagueante de cólera; mas, comprendiendo en seguida que acababa de cometer una imprudencia, trató de repararla.

—Parece que te burlas de mí, amigo mío—dijo a Razumikin, con aire ofendido—. Reconozco que me preocupo, quizá demasiado, de cosas muy insignificantes a tus ojos; pero esto no es una razón para mirarme como un hombre egoísta y avaro; estas miserias pueden tener valor para mí. Como te decía hace un momento, ese reloj de plata, que apenas vale un groch, es lo único que me queda de mi padre. Búrlate cuanto quieras, pero mi madre ha venido a verme—y al decir esto se volvió hacia el juez—, y si supiese—continuó de nuevo dirigiéndose a Razumikin poniendo la voz todo lo temblorosa que pudo—, si supiese que no tengo el reloj, te aseguro que la pobre sentiría un nuevo disgusto. ¡Oh, las mujeres!

—¿Pero, qué dices? No me has entendido. Has interpretado mal mi pensamiento—protestaba Razumikin todo acongojado.

—¿Habré hecho bien? ¿Habré forzado demasiado la nota?—se preguntaba ansiosamente Raskolnikoff—. ¿Por qué habré dicho yo «las mujeres»?

—¡Ah! ¿Ha venido su madre de usted?—preguntó Porfirio Petrovitch.

—Sí.

—¿Cuándo ha llegado?

—Ayer noche.

El juez de instrucción se quedó callado un momento como si reflexionase.

—Los objetos que le pertenecen no hubieran podido extraviarse jamás—repuso con tono tranquilo y frío—. Desde hace tiempo, esperaba yo la visita de usted.

Al decir esto aproximó vivamente el cenicero a Razumikin que sacudía implacablemente sobre el tapete su cigarro. Raskolnikoff se estremeció; pero el juez de instrucción no pareció advertirlo, ocupado como estaba en preservar el tapete.

—¿Cómo? ¿Esperabas su visita? ¿De modo que sabías que había empeñado algunas cosas?

Sin responder, Porfirio Petrovitch se dirigió a Raskolnikoff.

—Las alhajas de usted, una sortija y un reloj, se encontraban en casa de la víctima envueltas en un pedazo de papel en el cual estaba completamente legible, escrito con lápiz, el nombre de usted con la indicación del día en que se habían empeñado esos objetos.

—¡Qué memoria tiene usted para todas estas cosas!—dijo Raskolnikoff con sonrisa forzada, procurando sobre todo mirar con serenidad al juez de instrucción; no pudo, sin embargo, contenerse, y añadió bruscamente—: digo esto, porque deben de ser muchos, sin duda, los dueños de objetos empeñados y debe de costarle a usted, me parece a mí, mucho trabajo recordarlos a todos... Pero veo, por el contrario, que no olvida usted ni a uno... y... y...

«¡Estúpido! ¡Idiota! ¿qué necesidad tenías de añadir esto?»

—Es que casi todos se han dado ya a conocer y usted no se había presentado aún—respondió Porfirio con un dejo casi imperceptible de burla.

—No me encontraba muy bien.

—Lo he oído decir. Se me ha dicho que estaba usted muy enfermo. Todavía está usted pálido.

—No, no estoy pálido... al contrario, me siento muy bien—respondió Raskolnikoff con tono brutal y violento.

Sentía hervir en él una cólera que no podía dominar.

«El arrebato va a hacerme cometer alguna tontería—pensó—. Pero, ¿por qué me exasperan?»

—Que no se sentía muy bien, ¡vaya un eufemismo!—exclamó Razumikin—. La verdad es que hasta ayer ha estado casi sin conocimiento. ¿Lo creerías, Porfirio? Ayer, pudiendo apenas sostenerse sobre las piernas, aprovechando un momento en que Zosimoff y yo acabábamos de dejarle, se vistió, salió de su casa y estuvo vagando hasta media noche, Dios sabe por dónde... y estando en completo delirio; ¿puedes imaginarte una cosa semejante? Es un caso de los más notables.

—¡Bah! ¿En estado completo de delirio?—dijo Petrovitch con el movimiento de cabeza propio de los campesinos rusos.

—Es absurdo, ¿verdad? Por lo demás, yo no tengo necesidad de decirle a usted esto. La convicción de usted está formada—dejó escapar Raskolnikoff cediendo a un arrebato de cólera; pero Porfirio Petrovitch no pareció fijarse en estas extrañas palabras.

—¿Cómo habías de haber salido tú, si no hubieses estado delirando?—dijo exaltándose Razumikin—. ¿Para qué semejante salida? ¿Con qué objeto? Y sobre todo, ¿por qué escapar así, ocultándote? Has de convenir conmigo en que tenías perturbadas tus facultades mentales. Te lo digo así, muy clarito, ahora que el peligro ha pasado.

—Me habían fastidiado tanto ayer...—dijo Raskolnikoff dirigiéndose al juez de instrucción con una sonrisa que parecía un desafío—, y queriendo librarme de ellos salí para alquilar un cuarto en que no pudiesen descubrirme; había tomado para este efecto cierta cantidad. El señor Zametoff me vió el dinero en la mano; dígame usted, señor Zametoff, si deliraba yo ayer o si estaba en mi sano juicio. Sea usted el árbitro de nuestra disputa.

En aquel momento de buena gana hubiera estrangulado al polizonte que le irritaba por su mutismo y la expresión de su mirada.

—Me pareció que hablaba usted muy sensatamente y con mucha sutileza; pero le encontré a usted demasiado irascible—declaró secamente Zametoff.

—Y hoy—añadió Porfirio—me ha dicho Nikodim Fomitch que había encontrado a usted ayer, a hora muy avanzada de la noche, en casa de un funcionario que acababa de ser atropellado por un carruaje...

—Eso mismo viene en apoyo de lo que yo decía—dijo Razumikin—. ¿No te has conducido como un loco en casa de un funcionario? ¿No te despojaste de todo tu dinero para pagar el entierro? Comprendo que quisieses socorrer a la viuda; pero podías haberle dado quince rublos, veinte, si quieres, pero siempre reservándote algo para ti. Por el contrario, lo diste... te desprendiste de tus veinticinco rublos.

—Pero, ¿qué sabes tú? Tal vez he encontrado un tesoro. Ayer estaba yo en vena de ser generoso... El señor Zametoff, aquí presente, sabe que he encontrado un tesoro... Pido a ustedes perdón de haberles molestado durante media hora en mi insubstancial palabrería—prosiguió con los labios temblorosos dirigiéndose a Porfirio—. He importunado a ustedes, ¿no es eso?

—¿Qué dice usted? Todo al contrario; si usted supiese cuánto me interesa y lo curioso que resulta oírle... Confieso a usted que estoy encantado de haber recibido su visita.

—¡Vamos, danos te! Tenemos el gaznate seco—exclamó Razumikin.

—¡Excelente idea!, pero antes del te querrás tomar algo más sólido, ¿eh?

—¡Caracoles! ¡Algo más sólido! ¿A qué esperas?

Porfirio Petrovitch salió para encargar el te.

En el cerebro de Raskolnikoff, hervían multitud de pensamientos. Estaba por extremo excitado.

—Ni siquiera se toman el trabajo de fingir, no usan muchas precauciones; este es el punto principal. Puesto que Porfirio no me conocía, ¿por qué ha hablado de mí con Nikodim Fomitch? No se cuidan de ocultar que husmean mis huellas como traílla de perros. ¡Me escupen en la cara desfachatadamente!—decía temblando de rabia—. Id derechamente contra mí, pero no juguéis conmigo como el gato con el ratón. Eso es una descortesía, Porfirio Petrovitch, y yo no lo tolero... Me levantaré y os arrojaré la verdad a la cara y veréis entonces cuánto os desprecio.

Respiró con ansia y continuó pensando:

—¿Pero si todo esto no existiese más que en mi imaginación, si fuese un espejismo, si hubiese interpretado mal las cosas?... Tratemos de sostener nuestro feo papel y no vayamos a perdernos como un imbécil por un arrebato de cólera. Quizá les atribuyo intenciones que no tienen. Sus palabras carecen en rigor de malicia, nada de particular tienen; pero deben de encerrar una segunda intención. ¿Por qué Zametoff ha observado que yo le hablé con mucha sutileza? ¿por qué me han hablado con ese tono? Sí; me han hablado con un tono particular... ¿Cómo todo esto no le ha chocado a Razumikin? Ese estúpido no se entera jamás de nada. Creo que tengo otra vez fiebre. ¿Me hizo Porfirio hace un poco un guiño con los ojos, o acaso me he engañado? No pienso más que absurdos; ¿por qué había de guiñarme los ojos? ¿Se proponen irritar mis nervios para empujarme hasta el fin? todo esto es pura fantasmagoría o saben... Zametoff ha estado insolente; tiempo ha tenido desde ayer de reflexionar. Ya presumía yo que cambiaría de opinión. Está aquí como en su casa, y eso que ha venido hoy por primera vez. Porfirio no le trata como a un extraño y hasta se sienta volviéndole la espalda. Estos dos se han hecho amigos y sin duda por mi causa han comenzado sus relaciones. Seguro estoy de que hablaban de mí cuando he llegado. ¿Tienen noticia de mi visita al cuarto de la vieja? Desearía saberlo... Cuando he dicho que había salido para alquilar un cuarto, Porfirio se ha hecho el desentendido... pero he hecho bien en decirlo; más tarde me podrá servir; en cuanto al delirio, el juez de instrucción no parece darle crédito. «Sabe perfectamente lo que hice yo aquella noche... Ignoraba la llegada de mi madre... ¡Y aquella bruja que había apuntado con lápiz la fecha del empeño!... No, no, la seguridad que afectáis no me engaña; hasta ahora no tenéis hechos; os fundáis solamente en vagas conjeturas. Citadme un hecho, si podéis alegar uno solo en contra mía. La visita que hice a la vieja nada prueba; se puede explicar por un delirio. Me acuerdo de lo que dije a los dos obreros y al dvornik... ¿Saben que estuve allí? No me iré hasta que me cerciore de que lo saben o no. ¿Por qué he venido? Pero he aquí que ahora me encolerizo y esto sí que es de temer. ¡Ah, qué irritable soy! Después de todo más vale quizá que sea así: sigo representando un papel de enfermo. Parece que va a interrogarme... Esto me va a hacer vacilar y perder la cabeza. ¿Por qué he venido?»

Todas estas ideas atravesaron su espíritu con la rapidez del relámpago. Al cabo de un instante volvió Porfirio Petrovitch. Parecía de muy buen humor.

—Ayer, al salir de tu casa, amigo mío, no estaba yo muy bien de cabeza—comenzó a decir dirigiéndose a Razumikin con una alegría que no había demostrado hasta entonces—; pero yo estoy bien. ¿Y qué tal? ¿la velada fué interesante? Os dejé en el momento más animado. ¿Por quién quedó la victoria?

—Como es natural, por nadie: todos argumentaron a más y mejor en pro de sus viejas tesis. Figúrate que la discusión versaba ayer sobre lo siguiente—agregó, volviéndose hacia Raskolnikoff—: ¿hay crímenes o no los hay? ¡Cuántas tonterías dijeron con tal motivo!

—¿Qué hay en eso de extraordinario? Es una cuestión social que ni siquiera tiene el mérito de la novedad—respondió distraídamente Raskolnikoff.

—La cuestión no se planteó en esos términos—observó el juez.

—Es verdad, no fué precisamente en esos términos—repuso Razumikin con su insistencia de costumbre—. Escucha, Rodia, y dinos tu opinión. Ayer me hicieron perder la paciencia; te esperaba porque me habías prometido tu visita. Los socialistas comenzaron por exponer su teoría. Sabido es en qué consiste: el crimen es una protesta contra un orden social mal organizado; nada más. Con eso creen haberlo dicho todo; no admiten otro móvil para los actos criminales; según ellos, el hombre es lanzado al crimen únicamente por el ambiente. Es su frase favorita.

—A propósito de crimen y de ambiente—dijo Porfirio Petrovitch, dirigiéndose a Raskolnikoff—; recuerdo un trabajo de usted que me interesó vivamente; hablo de su artículo sobre el Crimen... no me acuerdo bien del título. Tuve el gusto de leerlo hace dos meses en La Palabra Periódica.

—¡Un artículo mío en La Palabra Periódica!—exclamó Raskolnikoff, sorprendido—. Recuerdo que, hace seis meses, cuando salí de la Universidad, escribí un artículo a propósito de un libro; pero lo llevé a La Palabra Semanal y no a La Palabra Periódica.

—Pues fué publicado en esta última.

—Como La Palabra Semanal suspendió su publicación, mi artículo no pudo salir.

—Pero como esa revista se fundió con La Palabra Periódica, hace dos meses que apareció en ésta el artículo a que me refiero. ¿No lo sabía usted?

—No.

—Pues bien, puede usted ir a cobrar su importe. ¡Qué raro es usted! Ni siquiera se entera de lo que directamente le interesa.

—¡Muy bien, Rodia!—exclamó Razumikin—. Tampoco yo lo sabía. Hoy mismo voy a pedir el número en el gabinete de lectura. ¿Hace dos meses que se publicó? ¿En qué fecha? No importa, lo encontraré. ¡Y qué callado se lo tenía!

—¿Cómo ha sabido usted que el artículo era mío? Yo no lo había firmado.

—Lo he sabido recientemente por una mera casualidad. El redactor jefe es amigo mío, y me descubrió el secreto. Ese trabajo me interesó sobremanera.

—Examinaba yo en él, lo recuerdo perfectamente, el estado psicológico del delincuente en el momento de cometer el crimen.

—Sí, y procuraba usted demostrar que en ese momento el criminal es un enfermo. Me parece una teoría muy original; pero no fué ésa la parte de su artículo que más me interesó; me fijé especialmente en un pensamiento que se encontraba en el mismo, y que, por desgracia, explicaba usted con demasiada concisión. En una palabra, como sin duda recordará usted, parece que quería dar a entender que existen en la tierra hombres que pueden, o por mejor decir, que tienen el derecho absoluto de cometer todo género de acciones culpables y criminales; hombres, en fin, para quienes en cierto modo no rezan las leyes.

Al oír esta pérfida interpretación de su pensamiento, Raskolnikoff se sonrió.

—¿Cómo? ¿Qué? ¿El derecho al crimen? No; lo que quiso decir es que el criminal se ve impulsado al delito por la influencia irresistible del ambiente. ¿No es eso?—preguntó Razumikin con inquietud.

—No, no se trata de eso—replicó Porfirio—. En dicho artículo se clasifica a los hombres en ordinarios y extraordinarios. Los primeros deben vivir en la obediencia y no tienen derecho a violar la ley; los segundos poseen el derecho de cometer todos los crímenes y de saltar por encima de todas las leyes, precisamente porque son hombres extraordinarios: si no me engaño, esto es lo que usted dijo.

—¡Eh! ¿Como? ¡Es imposible que sea eso!—balbució Razumikin estupefacto.

Raskolnikoff volvió a sonreír. Había comprendido en seguida que se trataba de arrancarle una declaración de principios, y acordándose de su artículo no vaciló en explicarlo.

—No es eso—comenzó a decir con tono sencillo y modesto—. Confieso, no obstante, que ha reproducido usted con bastante exactitud mi pensamiento, y hasta, si usted quiere, diré que con mucha exactitud (pronunció estas últimas palabras con cierta satisfacción); lo que yo no he dicho, como usted me lo hace decir, es que las personas extraordinarias tengan absoluto derecho para cometer en todo caso cualesquiera acciones criminales. Supongo que la censura no habría dejado pasar un artículo concebido en tales términos. He aquí sencillamente lo que yo me he permitido decir: el hombre extraordinario tiene el derecho, no oficialmente, sino por sí mismo, de autorizar a su conciencia a franquear ciertos obstáculos; pero sólo en el caso en que se lo exija la realización de su idea, la cual puede ser a veces útil a todo el género humano. Usted pretende que mi artículo no es claro y voy a tratar de explicarlo: quizá no me engañe al suponer que tal es el deseo de usted. Según mi parecer, si los inventos de Kleper y de Newton, a causa de ciertas circunstancias no hubieran podido darse a conocer sino mediante el sacrificio de uno, de diez, de ciento o de un número mayor de vidas que hubiesen sido obstáculos a esos descubrimientos, Newton habría tenido el derecho, más aún, habría tenido el deber de suprimir a esos diez, a esos cien hombres, a fin de que sus descubrimientos fuesen conocidos por el mundo entero. Esto no quiere decir, como usted comprenderá, que Newton tuviese el derecho de asesinar a quien se le antojase ni de robar a quien le viniese en gana. En mi artículo insisto, me acuerdo de ello, sobre esta idea, a saber: que todos los legisladores y guías de la humanidad, comenzando por los más antiguos y pasando por Licurgo, Solón y Mahoma hasta llegar a Napoleón, etc., todos sin excepción han sido delincuentes, porque en el hecho de dar nuevas leyes han violado las antiguas, que eran observadas fielmente por la sociedad y transmitidas a las generaciones futuras; indudablemente no retrocedían ellos ante el derramamiento de sangre en cuanto les podía ser útil. Es también de notar que todos estos bienhechores y guías de la humanidad han sido terriblemente sanguinarios. Por consiguiente, no sólo los grandes hombres sino todos aquellos que se elevan sobre el nivel común y que son capaces de decir alguna cosa nueva, deben, en virtud de su naturaleza propia, ser necesariamente delincuentes, en mayor o menor grado, según los casos. De otro modo, sería imposible salir de la rutina; y quedarse en ella, es cosa en que no pueden consentir, pues, a mi manera de ver, su propio deber se lo prohibe. En resumen, ya ve usted que aquí no hay nada de particular y nuevo en mi artículo. Esto ha sido dicho e impreso mil veces. En cuanto a mi clasificación de personas en ordinarias y extraordinarias, reconozco que es un poco caprichosa, pero dejo a un lado la cuestión de cifras, a la que doy poca importancia. Creo únicamente que en el fondo mi pensamiento es justo. Este pensamiento se resume diciendo que la Naturaleza divide a los hombres en dos categorías: la una inferior, la de los hombres ordinarios, cuya sola misión es la de reproducir seres semejantes a sí mismos; la otra, superior, que comprende los hombres que poseen el don o el talento de hacer oír una palabra nueva. Claro es que las subdivisiones son innumerables; pero las dos categorías presentan rasgos distintivos bastante determinados. Pertenecen a la primera, de una manera general, los conservadores, los hombres de orden que viven en la obediencia y que la aman. En mi opinión están obligados a obedecer, porque tal es su destino, y porque esto no tiene nada de humillante para ellos. El segundo grupo se compone exclusivamente de hombres que violan la ley o tienden, según sus medios, a violar; sus delitos son naturalmente relativos y de una gravedad variable. La mayor parte reclama la destrucción de lo que es, en nombre de lo que debe ser. Mas si por su idea deben verter la sangre y pasar por encima de cadáveres, pueden en conciencia hacer ambas cosas en interés de su idea, por supuesto. En ese sentido, mi artículo reconocía el derecho al crimen (¿recuerda usted que nuestro punto de partida ha sido una cuestión jurídica?). Por otra parte, no hay que inquietarse mucho; casi siempre la masa les niega ese derecho, los decapita o los cuelga, y obrando de esta suerte, cumple con mucha justicia su misión conservadora hasta el día, si bien es verdad que esta misma masa erige estatuas a los supliciados y los venera alguna que otra vez. El primer grupo es siempre dueño del presente, el segundo lo es del porvenir. El uno conserva el mundo y multiplica los habitantes; el otro, mueve al mundo y lo conduce a su objeto. Estos y aquéllos tienen absolutamente el mismo derecho a la existencia y ¡viva la guerra eterna! Hasta la nueva Jerusalén, por supuesto...

—De modo que usted cree en la nueva Jerusalén.

—Sí que creo—respondió enérgicamente Raskolnikoff, que durante su largo discurso había tenido los ojos bajos mirando obstinadamente un punto del tapete.

—¿Y cree usted en Dios? Perdóneme usted esta curiosidad.

—Sí que creo—repitió el joven mirando a Porfirio.

—¿Y en la resurrección de Lázaro?

—Sí. ¿Por qué me lo pregunta usted?

—¿Y cree usted al pie de la letra?

—Al pie de la letra.

—Dispense usted que le haga estas preguntas, esto me interesaba; pero, permítame, vuelvo al asunto de que hablábamos antes; no se ejecuta siempre a esos hombres extraordinarios; hay algunos, por lo contrario, que...

—¿Que triunfan en vida? ¡Oh, sí! esto ocurre, y entonces...

—Son ellos los que llevan al suplicio a los otros.

—Cuando es preciso. Y a decir verdad, ése es el caso más frecuente. En general, la observación es muy exacta.

—Muchas gracias. Pero, dígame usted, ¿cómo pueden distinguirse los hombres extraordinarios de los ordinarios? ¿Traen al nacer alguna señal? Soy de parecer que convendría un poco más de exactitud, una limitación en cierto modo más clara. Dispense usted esta inquietud natural en un hombre práctico y bien intencionado; pero, ¿no podrían llevar un traje particular, un emblema cualquiera? Porque, figúrese usted... si se produce una confusión, si un individuo de una categoría se figura que es de otra, y se pone, según la expresión feliz de usted, «a suprimir todos los obstáculos...»

—Eso ocurre con mucha frecuencia; esa observación es más sutil aún que la primera.

—Muchas gracias.

—No hay de qué darlas. Pero considere usted que el error sólo es posible en la primera categoría, es decir, en aquellos que he llamado quizá con impropiedad «hombres ordinarios». No obstante su tendencia innata a desobedecer, muchos de ellos, por efecto de un juego de la Naturaleza, se consideran hombres de la vanguardia, «demoledores», y se creen llamados a hacer oír la palabra «nueva», y esta ilusión es en ellos muy sincera. Al mismo tiempo no conocen de ordinario a los verdaderos innovadores y los desprecian como a gentes atrasadas y sin elevación de espíritu. Pero yo creo que no hay en eso un verdadero peligro y que no debe usted inquietarse, porque ellos no van muy lejos; sin duda se podría azotarlos como castigo a su error y volverlos de nuevo a su puesto; pero de todos modos, no hay necesidad de molestar al ejecutor: ellos mismos se aplican la disciplina, porque son personas muy morales y unas veces se prestan los unos a los otros estos servicios y otras veces se azotan ellos por sus propias manos... Ocasiones hay en que ellos mismos se imponen diversas penitencias públicas, lo que no deja de ser edificante; no debe usted preocuparse por ellos.

—¡Vamos! Por esta parte al menos, me ha tranquilizado usted; pero hay una cosa que todavía me preocupa: dígame usted, si le place, ¿hay muchas personas «extraordinarias que tienen el derecho de asesinar a las otras»? Pronto estoy a inclinarme ante ellas; pero si son muchas, confiese usted que la cosa será bastante desagradable.

—Tampoco por eso se debe usted inquietar—prosiguió en el mismo tono Raskolnikoff—. En general, nace un número muy escaso de hombres con una idea nueva, ni aun capaces de darse cuenta de lo que es nuevo. Es evidente que el reparto de los nacimientos en las diversas categorías y subdivisiones de la especie humana, debe de estar estrictamente determinado por una ley de la Naturaleza. Claro es que esta ley nos es desconocida; pero yo creo que existe y que llegará a descubrirse algún día. Una enorme masa de gente sólo ha venido a la tierra para dar al mundo, después de largos y misteriosos cruzamientos de razas, un hombre que, entre mil, poseerá alguna independencia; a medida que va aumentando el grado de independencia no se encuentra más que un hombre por cada diez mil, o por cada cien mil (son cifras aproximadas). Se cuenta un genio entre muchos millones de individuos, y quizá pasan millares de millones de hombres sobre la tierra, antes de que surja una de esas altas inteligencias que renuevan la faz del mundo. En una palabra, yo no he ido a mirar en la retorta en que todo eso se opera; pero hay, debe de haber una ley fija. En esto no puede existir el azar.

—Pero, ¿qué es eso? ¿Os estáis burlando los dos?—gritó Razumikin—. Esto es una comedia. ¡Se están divirtiendo el uno a costa del otro! ¿Hablas con formalidad, Rodia?

Sin responderle, Raskolnikoff levantó hacia él su rostro pálido en el que se pintaba cierta expresión de sufrimiento. Al observar la fisonomía tranquila y triste de su amigo, Razumikin encontró extraño el tono cáustico, provocador y descortés que había tomado Porfirio. Luego dijo:

—Sí, amigo mío, en efecto, esto es serio... Sin duda tiene razón al decir que no es nuevo y que se parece a todo lo que hemos oído y leído mil veces; pero lo que hay en ello verdaderamente original y que te pertenece realmente es, siento decirlo, eso del derecho de derramar sangre que concedes o prohibes, perdóname, con tanto fanatismo... He aquí, por consiguiente, el pensamiento principal de tu artículo. Esa autorización moral de matar es, a mi entender, más espantosa que lo sería la autorización legal, oficial...

—Exacto, más espantosa—afirmó Porfirio.

—No. La expresión ha ido más allá de tu pensamiento; no es eso lo que has querido decir; yo leeré tu artículo. Sucede, que hablando suele ir uno más lejos de lo que se proponía. Tú no puedes pensar tal cosa; yo lo leeré.

—No hay nada de eso en mi artículo; apenas he tocado esa cuestión—dijo Raskolnikoff.

—Sí, sí—repuso el juez—; ahora comprendo sobre poco más o menos la manera que tiene usted de considerar el crimen; pero... perdone usted mi insistencia. Si un joven se imagina ser un Licurgo o un Mahoma... futuro, no hay que decir que comenzará por suprimir cuantos obstáculos le impidan cumplir su misión. Este tal me diría: «Yo emprendo una larga campaña, y para una campaña hace falta dinero...» Esto supuesto, se procuraría recursos... Ya adivina usted de qué manera...

Al oír estas palabras, Zametoff refunfuñó, no sabemos qué, en su rincón. Raskolnikoff no le miró siquiera.

—Obligado estoy a reconocer—respondió éste con calma—que, en efecto, existirán algunos de estos casos. Eso es un lazo que el amor propio tiende a los vanidosos y a los tontos. Los jóvenes, sobre todo, se dejan cazar con él.

—¿Lo está usted viendo?

—¿Y qué? Yo no tengo la culpa: sucede y sucederá siempre. Hace un momento, este amigo nuestro me reprendía por autorizar el asesinato—añadió señalando a Razumikin—; ¿qué importa? ¿Acaso no está la sociedad suficientemente protegida por las deportaciones, las cárceles, los jueces de instrucción y los presidios? ¿Por qué inquietarse? ¡Buscad al ladrón!

—¿Y si le encontramos?

—Peor para él.

—Por lo menos usted es lógico; ¿pero qué le diría su conciencia?

—¿Y a usted qué le importa eso?

—Es una cuestión que interesa al sentimiento humano.

—El que tiene conciencia sufre reconociendo su error; ése es su castigo, independientemente del presidio.

—¿De modo—preguntó Razumikin, frunciendo el entrecejo—, que los hombres de genio, aquellos a quienes les es concedido el derecho de matar, no deben experimentar ningún sufrimiento al derramar sangre?

—¿Qué quiere decir eso de «no deben»? El sufrimiento no se permite ni se prohibe. Que sufran si tienen piedad de su víctima... El sufrimiento acompaña siempre a una conciencia amplia y a un corazón profundo. Los hombres verdaderamente grandes, deben, me parece a mí, experimentar honda tristeza en la tierra—añadió Raskolnikoff, acometido de súbita melancolía, que formaba contraste con la conversación precedente.

Levantó los ojos, miró a todos los que estaban en la sala con aire soñador, sonrió y tomó su gorra. Estaba muy tranquilo, con la comparación, con la actitud que tenía cuando entró, y se daba cuenta de ello.

Todos se levantaron.

Porfirio Petrovitch volvió a la carga.

—Puede usted injuriarme o incomodarse o no conmigo; pero mi deseo es más fuerte que yo y es menester que le dirija todavía una pregunta. Verdaderamente me avergüenza abusar de usted de este modo... En tanto que pienso en esto, y para no olvidarla, quisiera comunicar a usted una idea que se me ha ocurrido...

—¡Bueno!... diga usted su idea—respondió Raskolnikoff en pie, pálido y serio, frente al juez de instrucción.

—Verá usted... verdaderamente no sé cómo expresarme... es una idea muy extraña, psicológica... Al escribir su artículo, es muy probable... que se considerase usted como uno de esos hombres «extraordinarios» de quienes hablaba hace poco... ¿No es así?

—Es muy posible—respondió desdeñosamente Raskolnikoff.

Razumikin hizo un movimiento.

—Si eso fuese así, ¿no estaría usted decidido, ya para triunfar de dificultades materiales, ya para facilitar el progreso de la humanidad, no se decidiría usted repito, a franquear el obstáculo, por ejemplo... a matar y a robar?

Al mismo tiempo guiñaba el ojo izquierdo y se reía silenciosamente como antes.

—Si estuviese decidido a eso, no lo diría a usted—replicó Raskolnikoff con acento altanero de desafío.

—Mi pregunta no tenía más objeto que el de una curiosidad literaria; la he hecho únicamente con el fin de penetrar el sentido del artículo de usted.

«¡Oh qué lazo tan grosero! ¡Qué malicia prendida con alfileres!»—pensó Raskolnikoff con algo de desprecio.

—Permítame usted que le diga—respondió secamente—que yo no me creo ni un Mahoma, ni un Napoleón, ni ningún otro personaje de este género: por consiguiente, no puedo explicarle a usted lo que yo haría si estuviese en lugar de ellos.

—¿Quién hay ahora en Rusia que no se crea un Napoleón?—dijo con brusca familiaridad el juez instructor.

Esta vez también la entonación de su voz delataba un segundo fin.

—¿Será acaso un futuro Napoleón el que ha matado a Alena Ivanovna esta semana última?—saltó, de repente, desde su rincón Zametoff.

Sin pronunciar una palabra, Raskolnikoff fijó en Porfirio una mirada fría y penetrante. Las facciones de Razumikin se contrajeron. Un rato hacía ya que parecía dudar de algo. Paseó en torno suyo una mirada irritada. Durante un minuto reinó sombrío silencio. Raskolnikoff se dispuso a salir.

—¿Se marcha usted ya?—dijo cariñosamente Porfirio tendiendo la mano al joven con extrema amabilidad—. Estoy encantado de haberle conocido. En cuanto a su solicitud, esté usted tranquilo. Escriba en el sentido que le he dicho. O más vale que venga usted a verme uno de estos días... mañana, por ejemplo. Estaré aquí sin falta a las once. Lo arreglaremos todo y hablaremos un poco... Como usted es uno de los últimos que ha estado allí, podrá quizá decirnos algo—añadió en tono de campesino el juez de instrucción.

—¿Trata usted de interrogarme en toda regla?—preguntó secamente Raskolnikoff.

—De ninguna manera. No se trata de tal cosa en este momento. No me ha comprendido usted. Yo aprovecho todas las ocasiones, y... he hablado ya con todos los que tenían objetos empeñados en casa de la víctima... Muchos me han suministrado datos interesantes... y como usted es el último que estuvo... A propósito—exclamó con súbita alegría—, es una suerte que haya pensado... ya se me olvidaba... (al decir esto se volvió hacia Razumikin); el otro día me mareaba a propósito de ese Mikolai... pues mira, estoy cierto, convencido de su inocencia—prosiguió dirigiéndose a Raskolnikoff—. Pero, ¿qué hacer? Ha sido preciso también molestar a Mitka. He aquí lo que yo quería preguntar a usted: Al subir la escalera de la casa... permítame usted que se lo pregunte, ¿era entre siete y ocho cuando estuvo allí?

—Sí—respondió, y en seguida sintió haber dado esta respuesta, que no tenía necesidad de dar.

—Bueno. Al subir la escalera entre siete y ocho, ¿no vió usted en el segundo piso, en un cuarto cuya puerta estaba abierta, ¿no recuerda usted?, a dos obreros, o por lo menos uno de ellos, que estaba pintando la habitación? ¿No reparó usted? Eso es muy importante para los dos obreros.

—¿Pintores? No, no los vi...—respondió lentamente Raskolnikoff, como si tratase de recordar.

Durante un segundo, puso en tensión violenta todos los resortes de su espíritu para descubrir con claridad qué lazo ocultaba la pregunta hecha por el juez de instrucción.

—No, no los vi ni advertí tampoco si estaba abierto el cuarto—continuó muy contento de haber descubierto la trampa—; de lo que sí me acuerdo es que del cuarto piso el empleado que vivía enfrente de Alena Ivanovna estaba de mudanza. Lo recuerdo muy bien, porque tropecé con dos soldados que llevaban un sofá y tuve necesidad de arrimarme a la pared... Pero lo que es pintores, no recuerdo haberlos visto, ni tampoco de si alguna puerta estaba abierta. No, no lo vi...

—¡Pero qué estás diciendo!—gritó de repente Razumikin, que hasta entonces había estado como reflexionando—: Si fué el mismo día del asesinato cuando los pintores trabajaban en ese cuarto y Rodia estuvo dos días antes en la casa, ¿por qué le haces esa pregunta?

—¡Calle! pues es verdad, he confundido las fechas—exclamó Porfirio dándose una palmada en la frente—. ¡Qué diablos! este asunto me hace perder la cabeza—añadió a modo de excusa dirigiéndose a Raskolnikoff—. Es tan importante saber si alguno los ha visto en el cuarto entre siete y ocho, que sin pararme a reflexionar he creído obtener de usted esta aclaración... He confundido los días.

—Pues convendría fijarse más—gruñó Razumikin.

Estas últimas palabras fueron dichas en la antesala. Porfirio acompañó amablemente a sus visitantes hasta la puerta. Estos estaban tristes y sombríos cuando salieron de la casa y anduvieron muchos pasos sin cambiar una palabra. Raskolnikoff respiraba como hombre que acababa de atravesar por una prueba penosa.

VI.

—No lo creo. No puedo creerlo—repetía Razumikin, que hacía toda clase de esfuerzos para rechazar las conclusiones de Raskolnikoff.

Estaban ya cerca de la casa Bakalaieff en donde hacía largo tiempo los esperaban Pulkeria Alexandrovna y Dunia.

En el calor de la discusión, Razumikin se detenía a cada instante en medio de la calle; estaba muy agitado, porque era la primera vez que los dos jóvenes hablaban de aquello sin valerse de palabras encubiertas.

—No lo creas si no quieres—respondió con fría e indiferente sonrisa Raskolnikoff—. Tú, según tu costumbre, nada has advertido; pero yo, yo he pesado cada palabra.

—Tú eres desconfiado; por eso descubres en todas partes segundas intenciones. ¡Hum!... Reconozco, en efecto, que el tono de Porfirio era bastante extraño y sobre todo el de ese bribón de Zametoff... Tienes razón, se advertía en él no sé qué... ¿pero cómo puede ser esto?

—Habrá cambiado de opinión desde ayer.

—No, te engañas. Si tuviesen tan estúpida idea, habrían, por el contrario, puesto mucho cuidado en disimularla; habrían ocultado su juego a fin de inspirarte una engañosa confianza, esperando el momento oportuno para descubrir sus baterías... En la hipótesis en que te colocas, su manera de proceder hoy sería tan torpe como desvergonzada...

—Si tuviesen pruebas, hablo de pruebas serias o de presunciones un tanto fundadas, cierto que sin duda se esforzarían en ocultar su juego con la esperanza de obtener nuevas ventajas sobre mí. (Además, habrían hecho un registro en mi domicilio.) Pero no tienen pruebas, ni una sola; todo se reduce a conjeturas gratuitas, a suposiciones que no se apoyan en nada real, y por eso proceden descaradamente. Quizá no haya en todo ello más que el despecho de Porfirio, que rabia por no tener pruebas. Puede también que tenga intenciones... Parece inteligente; acaso haya querido asustarme... Por lo demás, es repugnante ocuparse en estas cosas. Dejémoslas.

—¡Es odioso, odioso! Te comprendo. Pero... puesto que tratamos francamente de este asunto (y creo que hemos hecho bien), no vacilo en confesarte que desde hace mucho tiempo había advertido en ellos esa idea. Cierto que no se atrevían a formularla, que este pensamiento flotaba en su espíritu en el estado de duda vaga; pero demasiado es ya que hayan podido acogerla, aun bajo tal forma. ¿Y qué es lo que ha podido despertar en ellos tan abominables sospechas? ¡Si supieras cuánto furor me han hecho sentir! ¡Cómo! Un pobre estudiante agobiado por la miseria y la hipocondría, en vísperas de enfermedad grave que existía ya en él; un joven desconfiado, lleno de amor propio, que tiene la conciencia de su valer, encerrado desde hace seis meses en su habitación sin ver a nadie; que se presenta vestido de harapos, calzado con botas sin suela, ante miserables polizontes, cuya insolencia soporta, a quien se reclama a quema ropa el pago de una letra de cambio protestada, en una sala llena de gente y en donde hace un calor de treinta grados Réamur y cuyo aire está impregnado de olor insoportable de la pintura reciente... porque el desgraciado se desmaya al oír hablar de una persona en cuya casa ha estado la víspera y porque además tiene el estómago vacío... ¿hay motivos para sospechar de él? En tales condiciones, ¿cómo no había de desmayarse? ¡Y pensar que tales suposiciones caen sobre este desmayo! Tal es el punto de partida de la acusación. ¡Váyanse al diablo! Comprendo que todo esto te será mortificante; pero yo, en tu lugar, Rodia, me reiría de ellos en sus barbas, o mejor aún, les lanzaría al rostro mi desprecio en forma de salivazos; de este modo acabaría yo con ellos. ¡Valor! ¡Escúpeles! ¡Es vergonzoso!

«Se ha despachado, convencido de lo que dice»—pensó Raskolnikoff.

—¡Escupirles al rostro!... Es fácil decirlo. ¡Pero mañana otro interrogatorio!—respondió tristemente—; será menester que yo me rebaje hasta dar explicaciones. Ya consentí ayer en hablar con Zametoff en el traktir.

—¡Que se vayan al infierno! Iré a casa de Porfirio. Es mi pariente, y de esta circunstancia me aprovecharé para meterle los dedos en la boca; tendrá que hacerme su confesión completa. En cuanto a Zametoff... ¡Espera!—gritó Razumikin, asiendo de repente a su amigo por el brazo—¡espera! Divagabas hace poco. Después de reflexionar, estoy convencido de que divagabas. ¿En dónde ves la astucia? ¿Dices que la pregunta relativa a los obreros ocultaba un lazo? Razona un poco. Si tú hubieras hecho eso, ¿habrías sido tan estúpido de decir que habías visto a los pintores trabajando en el cuarto del segundo piso? Por el contrario, aunque los hubieses visto, lo habrías negado. ¿Quién a sabiendas hace confesiones que pueden comprometerle?

—Si yo hubiese hecho tal cosa, no habría dejado de decir que había visto a los obreros—repuso Raskolnikoff, que parecía sostener aquella conversación con violento disgusto.

—¿Para qué decir cosas perjudiciales a los propios intereses?

—Porque solamente los mujiks y las personas más limitadas lo niegan todo sistemáticamente. Un acusado, por poco inteligente que sea, confiesa en lo posible todos los hechos materiales cuya vanidad trataría en vano de destruir; se contrae a explicarlos de otra manera, modifica su significación y los presenta bajo un nuevo aspecto. Según todas las probabilidades, Porfirio contaba con que yo respondería sí; creía que, para dar mayor verosimilitud a mis confesiones, declararía haber visto a los obreros, aunque explicando en seguida el hecho en un sentido favorable a mi causa.

—Pero él hubiera respondido en seguida que la antevíspera del crimen los obreros no estaban allí, y que, por consiguiente, tú habías estado en la casa el día mismo del asesinato entre seis y siete.

—Porfirio contaba que yo no tendría tiempo de reflexionar, y con que obligado a responder de la manera más verosímil habría olvidado esa circunstancia: la imposibilidad de la presencia de los obreros en la casa dos días antes del crimen.

—¿Pero, cómo olvidarlo?

—Nada más fácil. Estos pormenores son el escollo de los maliciosos; respondiendo a ellos es como se da un traspiés en los interrogatorios. Cuanto más agudo es un hombre, menos sospecha de las preguntas insignificantes. Porfirio lo sabe. Es mucho más listo de lo que tú supones.

—Eso quiere decir que es un pillo.

Raskolnikoff no pudo menos de reírse; pero en el mismo instante se asombró de haber dado la misma explicación con verdadero placer, él, que hasta entonces había seguido la conversación a regañadientes y porque no podía menos.

«¿Habré tomado yo gusto a estas cuestiones?»—pensaba.

Pero casi al mismo tiempo sintióse acometido de súbita inquietud, que bien pronto llegó a ser intolerable.

Los dos jóvenes encontrábanse ya a la puerta de la casa Bakalaieff.

—Entra solo—dijo bruscamente Raskolnikoff—; vuelvo en seguida.

—¿A dónde vas? ¿Hemos llegado ya?

—Tengo una cosa que hacer... Estaré aquí dentro de media hora... Tú les dirás...

—Bueno, te acompaño.

—¿Pero has jurado también tú perseguirme hasta la muerte?

Lanzó esta exclamación con tal acento de furor y con tono tan desesperado, que Razumikin no se atrevió a insistir. Permaneció un rato en el umbral siguiendo con mirada sombría a Raskolnikoff, que caminaba aceleradamente en dirección a su domicilio. Por último, después de haber rechinado los dientes apretó los puños y prometiéndose a sí mismo estrujar aquel mismo día a Porfirio como un limón, subió a casa de las señoras para tranquilizar a Pulkeria Alexandrovna, inquieta ya por tan largo retraso.

Cuando Raskolnikoff llegó a su casa tenía las sienes húmedas de sudor, y respiraba penosamente. Subió los escalones de cuatro en cuatro, entró en su habitación, que había quedado abierta y la cerró con el pestillo. En seguida, todo aterrorizado, corrió al escondite, metió la mano bajo la tapicería y exploró el agujero en todos sentidos. No habiendo encontrado nada después de registrarlo cuidadosamente, se levantó y lanzó un suspiro de satisfacción. Poco antes, en el momento en que se aproximaba a la casa Bakalaieff, le asaltó la idea de que alguno de los objetos robados habría podido deslizarse en las hendiduras de la pared: si llegaban a encontrar allí una cadena de reloj, un gemelo o algunos de los papeles que envolvían las alhajas y que tenían anotaciones escritas por mano de la vieja, ¡qué prueba de convicción entonces en contra suya!

Y quedó sumido en un vago sueño, mientras aparecía en sus labios una sonrisa extraña y casi estúpida. Al cabo tomó su gorra y salió sin ruido de la casa. Bajó pensativo la escalera y llegó a la puerta de la calle.

—Ahí lo tiene usted—gritó una voz.

El joven levantó la cabeza. El portero, en pie en el umbral de su habitación, señalaba a Raskolnikoff, mostrándoselo a un hombre de baja estatura y de aspecto burgués. Este individuo iba vestido con una especie de khalat y un chaleco; de lejos hubiera podido tomársele por un campesino. Llevaba una gorra muy grasienta y andaba muy encorvado. A juzgar por las arrugas de su marchito rostro, debía de tener más de cincuenta años. Sus ojillos expresaban dureza y disgusto.

—¿Qué es eso?—preguntó acercándose al dvornik.

El burgués le miró de soslayo, lo examinó atentamente sin decir una palabra, volvió la espalda y se alejó de la casa.

—Pero, ¿qué significa esto?—gritó Raskolnikoff.

—Es un hombre que ha venido aquí a ver si vivía un estudiante. Ha dicho el nombre de usted y ha preguntado qué cuarto ocupaba usted. En esto ha bajado usted y le he dicho «ése es» y se ha ido.

El dvornik estaba también un poco asombrado; pero no con exceso. Después de haber reflexionado un poco, entró en su cochitril.

Raskolnikoff se lanzó tras de las huellas del burgués. Apenas salió de la casa tomó el otro lado de la calle. El desconocido andaba con paso lento y regular, los ojos bajos y aire pensativo. El joven hubiera podido alcanzarle en seguida; pero durante algún tiempo se limitó a ir al mismo paso que él; al fin se colocó a su lado y le miró oblicuamente el rostro. El burgués lo advirtió en seguida, le dirigió una rápida ojeada y bajó los ojos; durante un minuto caminaron juntos de esta suerte sin decir una palabra.

—Usted ha preguntado por mí al dvornik...—comenzó a decir Raskolnikoff sin levantar la voz.

El burgués no respondió, ni miró siquiera al que le hablaba. Hubo un nuevo silencio.

—Usted ha venido a preguntar por mí... y ahora se calla. ¿Qué quiere decir esto?—añadió Raskolnikoff con voz entrecortada: parecía que las palabras salían con trabajo de sus labios.

Esta vez el burgués levantó los ojos y miró al joven con expresión siniestra.

—¡Asesino!—dijo bruscamente en voz baja, pero clara y distinta.

Raskolnikoff, que marchaba a su lado, sintió que sus piernas se doblaban y que un frío estremecimiento le corría por la espalda. Durante un segundo su corazón desfalleció; después se puso a latir con extraordinaria violencia.

Los dos hombres anduvieron cosa de un centenar de pasos, sin proferir una sola palabra. El burgués no miraba a su compañero.

—¿Pero qué es lo que usted dice?... ¿quién es un asesino?—balbuceó Raskolnikoff con voz casi ininteligible.

—Tú eres el asesino—replicó el otro recalcando sus palabras con más precisión y energía que antes, al mismo tiempo que en sus labios se dibujaba la sonrisa del odio triunfante y miraba fijamente el pálido rostro de Raskolnikoff, cuyos ojos se habían puesto vidriosos.

Se aproximaban en aquel momento a una encrucijada. El burgués tomó por una calle a la derecha y continuó su camino sin volver la vista atrás.

Raskolnikoff le dejó alejarse, pero le siguió largo tiempo con la mirada. Después de haber andado cincuenta pasos el desconocido se volvió para observar al joven que continuaba como clavado en el mismo sitio. La distancia no le permitía ver bien; sin embargo, Raskolnikoff creyó advertir que aquel individuo le miraba todavía sonriendo con expresión de odio frío y triunfante.

Helado de espanto, con las piernas temblorosas, volvió como pudo a su casa y subió a su cuarto. Cuando hubo dejado la gorra sobre la mesa, permaneció de pie inmóvil durante diez minutos. Luego, extenuado, se echó en el sofá y se extendió lánguidamente lanzando un débil suspiro. Al cabo de media hora sonaron pasos apresurados, y al mismo tiempo Raskolnikoff oyó la voz de Razumikin; el joven cerró los ojos y se hizo el dormido. Razumikin abrió la puerta y durante algunos minutos permaneció irresoluto en el umbral. En seguida entró suavemente en la sala y se aproximó con precaución al sofá.

—¡No le despiertes! ¡déjale dormir tranquilo! Comerá más tarde—dijo en voz baja Anastasia.

—Tienes razón—respondió Razumikin.

Salieron andando de puntillas y empujaron la puerta. Pasó otra media hora, al cabo de la cual Raskolnikoff abrió los ojos, se tendió con brusco movimiento boca arriba y colocó las manos debajo de la cabeza.

—¿Quién es, quién es ese hombre salido de debajo de la tierra? ¿Dónde estaba y qué ha visto? Lo ha visto todo, es indudable. ¿Dónde se encontraba y desde qué sitio pudo ver aquella escena? ¿Cómo se explica que no haya dado más pronto señales de vida? ¿Cómo ha podido ver...? ¿Es esto posible?—continuó Raskolnikoff, presa de un frío glacial—. Y el encontrar Mikolai el estuche debajo de la puerta, ¿era también cosa que no podía suponerse?

Comprendía que las fuerzas le abandonaban y experimentaba un violento disgusto de sí mismo.

—¡Yo debía suponer esto!—pensó con amarga sonrisa—. ¿Cómo me he atrevido, conociéndome, previendo lo que ocurriría, cómo me he atrevido a empuñar un hacha y a verter sangre? Estaba obligado a saber de antemano lo que iba a acontecerme... ¡y lo sabía!...—murmuró desesperado.

A veces se detenía ante este pensamiento.

—No, los hombres extraordinarios no están hechos como yo: el verdadero amo a quien le es permitido todo, cañonea a Tolón, mata en París, olvida un ejército en Egipto, pierde medio millón de hombres en la batalla de Moscou y sale de una situación embarazosa en Vilna merced a un retruécano; después de su muerte, se le erigen estatuas en prueba de que todo le es permitido. No, esas personas no están hechas de carne sino de bronce.

Una idea que se le ocurrió de repente le hizo casi reír.

—¡Napoleón, las Pirámides, Waterloo y una vieja criada de un registrador de colegio, una innoble usurera que tiene un cofre forrado de piel encarnada bajo la cama!... ¿Cómo digeriría Porfirio Petrovitch semejante comparación?... La estética se opone a ello: «¿Por ventura Napoleón se hubiera metido debajo de la cama de una vieja?», preguntaría sin duda. ¡Vaya una tontería!

De tiempo en tiempo sentía que casi deliraba; hallábase en estado de exaltación febril. Después continuaba, interrumpiéndose a cada momento:

—La vieja no significa nada—se decía en un acceso—. Supongamos que su muerte sea un error; no se trata de ella. La vieja no ha sido más que un accidente... yo quería saltar el obstáculo lo más pronto posible... no es una criatura humana lo que yo he matado, es un principio. ¡He matado el principio, pero no he sabido pasar por encima! Me he quedado del lado de acá; no he sabido más que matar. Y tampoco, por lo visto, me ha resultado bien esto... ¡un principio! ¿Por qué hace poco ese estúpido de Razumikin atacaba a los socialistas? Son laboriosos, hombres de negocios, «se ocupan en el bienestar de la humanidad...» No, yo no tengo más que una vida, yo no puedo esperar «la felicidad universal». Yo quiero vivir también; de otro modo, mejor es no existir. Yo no quiero pasar al lado de una madre hambrienta apretando mi rublo en el bolsillo a pretexto de que un día todo el mundo será feliz. «Yo llevo, se dice, mi piedra al edificio universal, y esto basta para poner mi corazón en paz.» ¡Ah, ah! ¿por qué os habéis olvidado de mí? Puesto que yo no tengo más que un período de tiempo para vivir, quiero en seguida mi parte de felicidad... yo soy un gusanillo estético nada más, nada más—añadió riendo de repente como un loco, y se aferró a esta idea, experimentando un agrio placer al sondarla en todos sentidos y a darle vueltas por todos los lados—. Sí, en efecto, yo soy un gusanillo, por el hecho solo de que medito ahora sobre la cuestión de averiguar lo que soy. Además, porque durante un mes he estado fastidiando a la divina Providencia tomándola sin cesar por testigo de que yo me decidía a esta empresa, no para procurarme satisfacciones materiales, sino en vista de un objeto grandioso. ¡Ah! ¡Ah! en tercer lugar, porque en la ejecución he querido proceder con toda justicia; entre todos los gusanos he escogido el más dañino, y al matarle contaba con tomar nada más que lo preciso para asegurar mis comienzos en la vida, ni más ni menos (el resto hubiera ido al monasterio, al cual había legado la vieja su fortuna). ¡Ah! ¡Ah!... Soy definitivamente un gusano—añadió rechinando los dientes—, porque soy más vil y más innoble que el gusano que he matado, y porque presentía que después de haberlo matado, diría lo que estoy diciendo. ¿Hay algo comparable con semejante terror? ¡Oh necedad, oh necedad!... ¡Comprendo al Profeta a caballo, con la cimitarra en la mano! «¡Alá lo quiere! ¡obedece, temblorosa criatura!» ¡Tiene razón, tiene razón el Profeta cuando coloca una tropa al través de la calle y hiere indistintamente al justo y al culpable sin dignarse siquiera dar explicaciones! ¡Obedece, temblorosa criatura, y guárdate de querer, porque eso no es cosa tuya!... ¡Oh, jamás! ¡jamás perdonaría yo a la vieja!

Tenía los cabellos empapados en sudor, sus labios secos se agitaban y su mirada inmóvil no se apartaba del techo.

—¡Cuánto amaba yo a mi madre y a mi hermana! ¿De qué procede que ahora las deteste? ¡Sí, las detesto, las odio físicamente, no puedo soportarlas cerca de mí! Hace poco me he acercado a mi madre y la he besado, bien me acuerdo; ¡abrazarla pensando que si ella supiese...! ¡Oh, cuánto odio ahora a la vieja! ¡Creo que si volviera a la vida la mataría otra vez!... ¡Pobre Isabel!, ¿por qué la llevó allí la casualidad? Es extraño, sin embargo, que piense en ella, como si no la hubiese matado... ¡Isabel! ¡Sonia! ¡Pobres criaturas de ojos azules!... ¿Por qué no lloran? ¿Por qué no gimen?... Víctimas resignadas, todo lo aceptan en silencio... ¡Sonia, Sonia, dulce Sonia!

Perdió la conciencia de sí mismo y con gran sorpresa advirtió que estaba en la calle. Era ya entrada la noche. Aumentaban las tinieblas, la luna llena brillaba con resplandor cada vez más vivo, pero la atmósfera era sofocante. Había mucha gente en las calles; los obreros y los hombres ocupados volvían apresuradamente a sus casas; los otros se paseaban. Flotaba en la atmósfera olor de cal, de polvo, de agua cenagosa. Raskolnikoff andaba disgustado y preocupado. Recordaba perfectamente que había salido de su casa con algún objeto, que tenía que hacer una cosa urgente; ¿pero cual? La había olvidado. Bruscamente advirtió que desde la acera de enfrente un hombre le hacía señas con la mano; cruzó la calle para juntarse con él, pero, de repente, este hombre giró sobre sus talones, y, como si tal cosa, continuó su marcha con la cabeza baja, sin volverse, sin parecer que llamaba a Raskolnikoff. «¿Me habré engañado?»—pensó este último, y se puso a seguirle. Antes de haber andado diez pasos, lo reconoció de improviso y se aterró: era el burgués de antes, encorvado, con el mismo traje. Raskolnikoff, cuyo corazón latía con fuerza, marchaba a alguna distancia; entraron en un pereulok. El hombre no se volvía. «¿Sabe que le sigo?»—se preguntaba Raskolnikoff. El burgués franqueó el umbral de una gran casa. Raskolnikoff avanzó vivamente hacia la puerta y se puso a mirar, pensando que quizá aquel misterioso personaje se volvería para llamarle. En efecto, cuando el burgués estuvo en el zaguán, se volvió bruscamente y pareció llamar con un gesto al joven. Este se apresuró a entrar en la casa; pero cuando estuvo en el patio no vió al burgués. Presumiendo que aquel hombre habría tomado por la primera escalera, Raskolnikoff se puso a subir detrás de él. En efecto, dos pisos más arriba se oían resonar los pasos lentos y regulares en los peldaños. Cosa extraña; le parecía reconocer aquella escalera. He aquí la ventana del primer piso. La luz de la luna misteriosa y triste, se filtraba al través del vidrio; he aquí el segundo piso. «¡Bah! Este es el cuarto en que trabajaban los pintores. ¿Cómo no había reconocido en seguida la casa?» Los pasos del hombre que le precedía cesaron de oírse. «Se ha detenido de seguro u ocultado en alguna parte. He aquí el tercer piso: ¿subiré más arriba? ¡Qué silencio! ¡Este silencio es terrible!» Sin embargo, siguió subiendo la escalera. Le daba miedo el rumor de sus propios pasos. «¡Dios mío! ¡Qué obscuro está! El burgués se ha ocultado seguramente aquí en un rincón. ¡Ah!» El cuarto que daba al rellano estaba abierto de par en par. Raskolnikoff reflexionó un instante; después entró. Halló la antesala completamente vacía y muy obscura. El joven pasó a la sala marchando de puntillas. La luz de la luna daba de lleno sobre esta sala y la iluminaba por completo; el mobiliario no había cambiado. Raskolnikoff encontró en sus antiguos puestos las sillas, el espejo, el sofá amarillo y los cuadros. Por la ventana se veía la luna, cuya enorme faz redonda tenía un color cobrizo. Largo tiempo esperó en medio de un profundo silencio. De repente, oyó un ruido seco, como el de una tabla que se rompe. Después volvió a quedar todo en silencio. Una mosca que se había despertado fué volando a chocar contra el vidrio y se puso a zumbar lastimeramente. En el mismo instante, en un rincón, entre el armarito y la ventana creyó notar que había un manto de mujer colgado en la pared. «¿Por qué está este manto aquí?—pensó—; antes no estaba.» Se aproximó cautelosamente sospechando que tras de aquel vestido debía de haber alguien oculto. Apartando con precaución el manto, vió que había allí una silla, y en esta silla, en el rincón, estaba la vieja. Estaba doblada y de tal modo inclinada tenía la cabeza, que el joven no pudo ver la cara; pero comprendió que era Alena Ivanovna. «¡Tiene miedo!»—se dijo Raskolnikoff. Sacó suavemente el hacha del nudo corredizo y le dió dos golpes en la coronilla; pero, cosa extraña, la vieja no vaciló bajo los golpes: se hubiera dicho que era de madera. Estupefacto el joven, se inclinó hacia ella para examinarla, pero la vieja bajó aún más la cabeza. Entonces él se inclinó hasta el suelo, la miró de abajo arriba y al ver su rostro se quedó espantado: la vieja se reía, sí, reía, con risa silenciosa, haciendo grandes esfuerzos para que no se la oyese. De repente le pareció a Raskolnikoff que la puerta de la alcoba estaba abierta y que allí también se reían y hablaban en voz baja. Se puso entonces rabioso y comenzó a descargar hachazos con toda su fuerza, sobre la cabeza de la vieja; pero a cada hachazo las risas y los cuchicheos de la alcoba se oían más distintamente; en cuanto a la vieja, se retorcía de risa. Quiso huir, mas toda la antesala se había llenado de gente; la puerta que daba sobre el descansillo estaba abierta; en éste y en la escalera había, desde arriba hasta abajo, multitud de individuos. Todos miraban, pero sin pronunciar palabra. Tenía encogido el corazón y parecía que se le habían clavado los pies en el suelo; quiso gritar y se despertó.

Respiró con fuerza; pero creía que aun estaba soñando cuando vió en pie en el umbral de su puerta, abierta del todo, a un hombre a quien no conocía y que le miraba con atención.

Raskolnikoff no había acabado de abrir los ojos cuando los volvió a cerrar en seguida. Tendido como estaba boca arriba no se movió. «Esta es la continuación de mi sueño»—pensó mientras abría casi imperceptiblemente los párpados para fijar una tímida mirada en el desconocido. Este, siempre en el mismo puesto, no cesaba de observarle. Después entró, cerró la puerta detrás de sí, se aproximó a la mesa, y después de haber esperado un minuto, se sentó en una silla cerca del sofá. Durante todo este tiempo no había cesado de mirar a Raskolnikoff. Luego puso el sombrero en el suelo, a su lado, y apoyó ambas manos en el puño del bastón y la barba en las manos, como el que se prepara a una larga espera. Por lo que Raskolnikoff había podido juzgar de él en una mirada furtiva, aquel hombre no era joven; parecía robusto y tenía la barba espesa, de un color rubio casi blanco.

Pasaron así diez minutos. Era aún de día, pero tarde; en la habitación reinaba el más profundo silencio; en la escalera no sonaba tampoco ruido alguno, no se oía más que el ruido de un moscardón que al volar había chocado contra la ventana. Al fin, esta situación se hizo insoportable; Raskolnikoff no pudo más y se sentó de pronto en el sofá.

—Vamos, hable usted; ¿qué es lo que quiere?

—Bien sabía que su sueño no era más que una ficción—respondió el desconocido con sonrisa tranquila—. Permítame usted que me presente: Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff...

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