SEXTA PARTE (continued 2)
Pedro Pedraza y Páez translation
—¿De modo que esto era un lazo?—gritó Dunia pálida como una muerta, y se lanzó a un rincón, en donde se parapetó tras de una mesita.
Después se calló; pero sin apartar los ojos de su enemigo, espiando hasta sus más pequeños movimientos. En pie, frente a ella, en el otro extremo de la habitación, Svidrigailoff no se movía de su sitio. Exteriormente, por lo menos, había logrado dominarse. No obstante, su rostro estaba pálido y continuaba sonriendo a la joven con aire burlón.
—Ha pronunciado usted la palabra lazo, Advocia Romanovna. En efecto, la he preparado a usted un lazo, y mis medidas están bien tomadas. Sofía Semenovna no está en su casa; nos separan cinco piezas del cuarto de los Kapernumoff. Además, soy, cuando menos, dos veces más fuerte que usted, e independientemente de esto nada tengo que temer, porque si usted se querella contra mí, su hermano está perdido. Por otra parte, nadie la creerá; todas las apariencias arguyen contra una joven que va sola a la caja de un hombre; y aunque usted se decidiese a sacrificar a su hermano, nada podría usted probar; son muy difíciles las pruebas de una violación, Advocia Romanovna.
—¡Miserable!—dijo la joven en voz baja pero vibrante de indignación.
—Sí, miserable; pero advierta usted que yo he razonado sencillamente desde el punto de vista de su hipótesis. Personalmente opino como usted, que la violación es un delito abominable; cuanto he dicho ha sido para tranquilizar la conciencia de usted en el caso en que consintiese, de buen grado, en salvar a su hermano como yo se lo he propuesto. Podrá usted decirse a sí misma que no ha cedido más que a las circunstancias, a la fuerza, si es preciso emplear esta palabra. Piense que la suerte de su madre y de su hermano está en sus manos. Seré esclavo de usted durante toda mi vida. Voy a esperar aquí.
Se sentó en el diván a ocho pasos de Dunia. La joven conocía muy bien a Svidrigailoff; no tenía la menor duda de que era inquebrantable su resolución.
De repente sacó del bolsillo un revólver, lo montó y lo colocó sobre la mesa, al alcance de su mano.
Svidrigailoff lanzó un gritó de sorpresa e hizo un brusco movimiento hacia adelante.
—¿Esas tenemos?—dijo con maligna sonrisa—. La situación cambia por completo; usted me simplifica singularmente la tarea; pero, ¿dónde se ha procurado usted ese revólver? ¿Se lo ha prestado a usted Razumikin? ¡Calle, si es el mío, lo reconozco! Lo había buscado en vano... Las lecciones de tiro que yo tuve el honor de darle en el campo, no habrán sido inútiles.
—Ese revólver no era tuyo, sino de Marfa Petrovna, a quien has matado tú. ¡Asesino! ¡Nada te pertenecía en su casa! Yo me apoderé de él cuando comencé a sospechar de lo que eras capaz. ¡Si das un solo paso, te juro que te mato!
Dunia, exasperada, se disponía a poner en práctica su amenaza, si llegaba el caso.
—Bueno, ¿y su hermano de usted? Le hago este pregunta por simple curiosidad—dijo Svidrigailoff, que continuaba en pie en el mismo sitio.
—Denúnciale si quieres. No te acerques, o disparo. Has envenenado a tu mujer, lo sé; tú también eres un asesino.
—¿Está usted bien segura de que yo he envenenado a Marfa Petrovna?
—Sí, tú mismo me lo diste a entender; tú me hablaste de veneno... Sé que te lo procuraste... tú, tú, ciertamente, fuiste, infame.
—Aun cuando eso fuese cierto, lo habría hecho por ti... tú habrías sido la causa.
—¡Mientes; yo te he detestado siempre, siempre!
—Parece que ha olvidado usted, Advocia Romanovna, que en su celo por convertirme se inclinaba hacia mí con lánguidas miradas... yo leía en los ojos de usted, ¿no se acuerda?, por la noche, al resplandor de la luna, mientras cantaba el ruiseñor.
—¡Mientes! (la rabia hacía brillar las pupilas de Dunia). ¡Mientes, calumniador!
—¿Que miento? Está bien. Miento; he mentido; las mujeres no gustan que se les recuerden ciertas cosillas—repuso sonriendo—. ¡Sé que tirarás, precioso monstruo; pues bien, anda!
Dunia le apuntó, no esperando más que un movimiento de él para hacer fuego; el rostro de la joven estaba cubierto de mortal palidez. Agitábasele el labio inferior, movido por la cólera, y llameábanle sus grandes y negros ojos. ¡Jamás la había visto tan hermosa Svidrigailoff! Este avanzó un paso, sonó una detonación, la bala le pasó rozando los cabellos, y fué a incrustarse en la pared, detrás de él. Svidrigailoff se detuvo.
—Una picadura de abeja—dijo riéndose—. Apunta a la cabeza... ¿Qué es esto? Tengo sangre.
Sacó un pañuelo del bolsillo para enjugarse la sangre que le corría a lo largo de la sien derecha. La bala le había rozado la piel del cráneo. Dunia bajó el arma y miró a Svidrigailoff con una especie de estupor. Parecía no darse cuenta de lo que acababa de hacer.
—Pues bien; ha errado usted el tiro. Dispare otra vez; espero—prosiguió Svidrigailoff, cuya alegría tenía algo de siniestro—; si tarda usted en disparar, tendré tiempo de agarrarla antes de que pueda usted defenderse.
Temblorosa Dunia, armó rápidamente el revólver y amenazó de nuevo a su perseguidor.
—¡Déjeme usted!—dijo con desesperación—; ¡le juro que voy a disparar otra vez! ¡Le mataré!
—A tres pasos, en efecto, es imposible que usted no haga blanco; pero si no me mata, entonces...
En los brillantes ojos de Svidrigailoff se podía leer el resto de su pensamiento. Dió dos pasos hacia adelante. Dunia disparó: pero falló el tiro.
—No está bien cargada el arma, no importa, eso puede repararse. Tiene ésta aún una cápsula; espero.
En pie, a dos pasos de la joven fijaba en ella una mirada ardiente, que expresaba indomable resolución. Dunia comprendió que aquel hombre moriría antes que renunciar a su designio.
Sin duda le mataría ahora que estaba solamente a dos pasos de ella.
De repente la joven tiró el revólver.
—¡No quiere usted tirar!—dijo Svidrigailoff asombrado, y respiró libremente.
No era quizá el temor de la muerte el peso más grave de que sentía aliviada su alma; sin embargo, no hubiera podido explicarse a sí mismo la naturaleza del alivio que experimentó.
Se acercó a Dunia y la tomó suavemente por el talle. No resistió la joven; pero, toda temblorosa, le miró con ojos suplicantes. Quiso hablar él; pero no pudo proferir ningún sonido.
—¡Suéltame!—suplicó Dunia.
Al oírse tutear con una voz que no era la de antes, Svidrigailoff se echó a temblar.
—¿De modo que no me amas?—preguntó en voz baja.
Dunia hizo con la cabeza un signo negativo.
—¿Y no podrás amarme... nunca...?—continuó él con acento desesperado.
—¡Nunca!—murmuró la joven.
Durante pocos instantes se libró una lucha terrible en el alma de Svidrigailoff. Tenía fijos los ojos en la joven con una expresión indecible. De repente apartó el brazo que había pasado en derredor del talle de Dunia, y alejándose rápidamente de ésta, fué a colocarse delante de la ventana.
—Ahí está la llave—dijo después de una pausa (la sacó del bolsillo izquierdo del gabán y la colocó detrás de él en la mesa sin volverse hacia Dunia)—. Tómela usted, y váyase pronto.
Seguía mirando obstinadamente por la ventana. Dunia se aproximó a la mesa para tomar la llave.
—¡Pronto, pronto!—repitió Svidrigailoff.
No había cambiado de posición, no la miraba; pero aquella palabra «pronto» había sido pronunciada de modo tal, que su significación no dejaba lugar a dudas.
Dunia tomó la llave, dió un salto hacia la puerta y salió rápidamente de la habitación; un instante después corría como loca a lo largo del canal, en la dirección del puente***.
Svidrigailoff permaneció todavía tres minutos cerca de la ventana. Al cabo se volvió con lentitud, dirigió una mirada en derredor suyo, y se pasó la mano por la frente. Sus facciones, desfiguradas por una extraña sonrisa, expresaban tremenda desesperación. Al advertir que tenía sangre en la mano, la miró con cólera, y luego mojó un paño y se lavó la herida. El revólver arrojado por Dunia había rodado hasta la puerta. Svidrigailoff lo levantó y se puso a examinarlo. Era un revólver pequeño de tres tiros, de antiguo sistema. Tenía aún dos cápsulas vacías y una cargada. Después de un momento de reflexión, guardó el arma en el bolsillo, tomó el sombrero y salió.
V.
Hasta las diez de la noche Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff estuvo recorriendo tabernas y traktirs. Habiendo encontrado a Katia le pagó las consumaciones que quiso tomar, y lo mismo al organillero, a los mozos y a dos dependientes de comercio con los cuales tenía extraña simpatía. Había notado que estos dos jóvenes tenían la nariz ladeada, y que la de uno miraba a la derecha y la del otro a la izquierda. Finalmente se dejó llevar por ellos a un «jardín de recreo», donde pagó la entrada a todos. Este establecimiento, que ostentaba pomposamente el nombre de Waus-Hall, era un café cantante de ínfima clase. Los dependientes encontraron allí algunos «colegas» y empezaron a reñir con ellos; poco faltó para que vinieran a las manos. Svidrigailoff fué elegido como árbitro. Después de haber escuchado, durante un cuarto de hora, las recriminaciones confusas de los contendientes, creyó comprender que uno de ellos había robado una cosa, que había vendido a un judío, pero sin querer dar parte a sus camaradas del producto de aquella operación comercial. Por último, se averiguó que el objeto robado era una cucharilla de te perteneciente al Waus-Hall. La cuchara fué reconocida por los mozos del establecimiento, y la cosa hubiera acabado mal si Svidrigailoff no hubiera indemnizado a los que se quejaban. Se levantó y salió del jardín. Eran las diez. Durante toda la noche no había bebido ni una gota de vino. En el Waus-Hall se había limitado a pedir te, y eso porque allí estaba obligado a hacerse servir alguna cosa. La temperatura era sofocante, y negras nubes se amontonaban en el cielo. Próximamente a las diez estalló una violenta tempestad. Svidrigailoff llegó a su casa empapado hasta los huesos. Se encerró en su cuarto, abrió el cajón de su cómoda, sacó de él todo el dinero y desgarró dos o tres papeles. Después de haberse guardado el dinero pensó en mudarse de ropa; pero, como continuaba lloviendo, juzgó que no valía la pena; tomó el sombrero, salió sin cerrar la puerta de su habitación, y se dirigió al domicilio de Sonia.
La joven no estaba sola; tenía en derredor suyo los cuatro niños de Kapernumoff, a quienes servía el te. Sonia acogió respetuosamente al visitante, miró con sorpresa sus vestidos mojados, pero no dijo una palabra. A la vista de un extraño todos los chiquillos huyeron asustados.
Svidrigailoff se sentó cerca de la mesa e invitó a Sonia a que se sentase cerca de él. La joven se preparó tímidamente a escucharlo.
—Sofía Semenovna—empezó a decir—, quizá me vaya a América, y, como según todas las probabilidades, nos vemos por última vez, he venido a fin de arreglar algunos asuntos. ¿Ha ido usted esta tarde a casa de esa señora? Sé lo que le ha dicho usted; es inútil que me lo cuente (Sofía Semenovna hizo un movimiento de cabeza y se ruborizó). Esa gente tiene ciertos prejuicios. Por lo que hace a las hermanas de usted y a su hermano, su suerte está asegurada. El dinero que destinaba yo a cada uno de ellos, ha sido depositado por mí en manos seguras. Aquí tiene usted los recibos. Ahora, para usted, tome estos tres títulos del 5 por 100 que representan una suma de 3.000 rublos. Deseo que esto quede entre nosotros y que nadie sepa nada de ello. El dinero le es necesario, Sofía Semenovna, porque no puede usted continuar viviendo de este modo.
—Ha tenido usted tantas bondades con los huérfanos, con la difunta y conmigo—balbuceó Sonia—, que aunque apenas le haya dado a usted las gracias no crea usted que...
—Bueno, basta; basta...
—En cuanto a este dinero, Arcadio Ivanovitch, yo se lo agradezco mucho, pero no lo necesito ahora. No teniendo que pensar más que en mí, podré ir saliendo; no me considere usted ingrata porque rehuse su ofrecimiento. Puesto que es usted tan caritativo, este dinero...
—Tómelo usted, Sofía Semenovna, se lo suplico; no me haga usted objeciones; no tengo tiempo de oírlas. Raskolnikoff se encuentra entre dos alternativas: o pegarse un tiro o ir a Siberia.
Al oír estas palabras, Sonia se echó a temblar y miró aterrada a su interlocutor.
—No se inquiete usted—prosiguió Svidrigailoff—. Lo he oído todo de sus propios labios; no soy hablador y guardaré el terrible secreto. Ha estado usted inspirada aconsejándole que vaya a denunciarse. Es el mejor partido que puede tomar. Cuando vaya a Siberia, usted le acompañará, ¿no es eso? En tal caso, tendrá usted necesidad de dinero. Le hará a usted falta para él. ¿Comprende ahora? La cantidad que le ofrezco se la doy a él por mediación de usted. Además, usted ha prometido a Amalia Ivanovna pagar lo que se le debe. ¿Por qué asume usted siempre, tan ligeramente, semejantes compromisos? La deudora de esa alemana no era usted, sino Catalina Ivanovna; ha debido usted enviar al diablo a la alemana; es preciso más cálculo en la vida. Si mañana, o pasado mañana, le preguntase alguien por mí, no hable de mi visita, ni diga a nadie que le he dado dinero. Y, ahora, hasta la vista (se levantó). Salude usted de mi parte a Rodión Romanovitch. A propósito: hará usted muy bien, por de pronto, confiando el dinero al señor Razumikin. ¿Conoce usted al señor Razumikin? Es un buen muchacho. Lléveselo usted mañana o... cuando tenga usted ocasión. Pero, de aquí a entonces, tenga cuidado de que no se lo quiten.
Sonia se había levantado y fijaba una mirada inquieta en el visitante. Tenía grandes deseos de decir alguna cosa, de hacer alguna pregunta; pero estaba tan intimidada, que no sabía por dónde empezar.
—¿De modo... de modo... que va usted a ponerse en camino con un tiempo tan malo?
—Cuando se va a América no se preocupa uno de la lluvia. Adiós, mi querida Sofía Semenovna; viva usted, viva usted largo tiempo; sea usted útil a sus semejantes... dé usted mis recuerdos al señor Razumikin; dígale que Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff le saluda. No se olvide usted.
Cuando hubo salido Svidrigailoff, Sonia quedóse oprimida por un sentimiento de temor.
La misma noche Svidrigailoff hizo una visita muy singular y muy inesperada. La lluvia seguía cayendo. A las once y veinte minutos se presentó, todo calado en casa de los padres de su futura, que ocupaban un cuartito en Wasili-Ostroff. Tuvo que llamar muchas veces antes de que le abriesen, y su llegada, a una hora tan intempestiva, causó en el primer momento gran sorpresa. Creyóse al principio que aquélla sería una humorada de hombre ebrio; pero en seguida hubieron de desechar esta suposición, porque, cuando se lo proponía, Svidrigailoff tenía modales por extremo seductores. La inteligente madre acercó la butaca del padre enfermo y entabló la conversación por medio de diferentes preguntas. Aquella mujer no iba nunca derecha al asunto; quería, por ejemplo, saber cuándo le agradaría celebrar a Arcadio Ivanovitch el matrimonio, y comenzaba interrogándole curiosamente acerca de París y sobre la high-life parisiense, para conducirle poco a poco a Wasili-Ostroff.
Otras veces, esta maniobra resultaba bastante bien; pero en las circunstancias presentes, Svidrigailoff se mostró más impaciente que de costumbre, y quiso ver inmediatamente a su futura, a pesar de que se le dijo que estaba ya acostada. Claro es que se apresuraron a satisfacer su deseo. Svidrigailoff dijo a la joven que un negocio urgente le obligaba a ausentarse por algún tiempo de San Petersburgo, y que le traía 15.000 rublos, suplicándole que aceptare aquella bagatela, que desde largo tiempo antes había tenido intención de regalársela en vísperas del matrimonio. Apenas si había relación lógica entre este regalo y el anunciado viaje; no parecía que fuese necesaria para ello una visita nocturna mientras llovía torrencialmente. Sin embargo, por torpes que pudieran ser estas explicaciones, aquella familia se deshizo, por el contrario, en muestras de gratitud sumamente calurosas, a las cuales mezcló sus lágrimas la madre. Svidrigailoff se levantó, besó a su prometida, le dió suaves golpecitos en la mejilla, y aseguró que estaría muy pronto de vuelta. La muchacha le miraba perpleja; se leía en sus ojos algo más que una simple curiosidad infantil. Arcadio Ivanovitch notó aquella mirada, besó de nuevo a su futura, y se retiró, pensando con verdadero despecho que su regalo sería, de seguro, conservado bajo llave por la más inteligente de las madres.
A media noche volvió a entrar en la ciudad por el puente de***. Había cesado la lluvia; pero el viento soplaba con fuerza. Durante cerca de media hora, Svidrigailoff anduvo por la vasta perspectiva***, como si buscase alguna cosa. Poco tiempo antes reparó que al lado derecho de la perspectiva había un hotel que se llamaba, si la memoria no le era infiel, hotel Andrinópolis. Al fin lo encontró. Era un gran edificio de madera, en el cual, a pesar de lo avanzado de la noche, se veía luz. Entró y pidió habitación a un criado harapiento que encontró en el corredor. Después de echar una mirada sobre Svidrigailoff, el criado le condujo a un cuartito situado al extremo del corredor, debajo de la escalera; era el único disponible.
—¿Hay te?—preguntó Svidrigailoff.
—Puede hacerse.
—¿Qué hay además?
—Carne, aguardiente, entremeses.
—Tráeme carne y te.
—¿No quiere usted nada más?—preguntó con algo de vacilación el camarero.
—No.
El hombre harapiento se alejó muy contrariado.
«Esa casa debe ser alguna otra cosa que un hotel—pensó Svidrigailoff—; pero yo también debo tener el aspecto de un hombre que vuelve de un café cantante y que ha tenido una aventura en el camino. Sin embargo, me gustaría saber qué clase de gente viene aquí.»
Encendió la vela y empezó a examinar detenidamente la habitación. Era tan estrecha y baja, que un hombre de la estatura de Svidrigailoff podía apenas estar de pie. El mobiliario se componía de una cama muy sucia, de una mesa de madera barnizada y de una silla. La tapicería destrozada estaba tan polvorienta, que con dificultad se adivinaba su primitivo color. La escalera cortaba diagonalmente el techo, lo que daba a esta habitación el aspecto de una buhardilla. Svidrigailoff puso la bujía sobre la mesa, se sentó en la cama y se quedó pensativo; pero un incesante ruido que se oía en el cuarto inmediato, acabó por atraer su atención. Se levantó, tomó la vela, y fué a mirar por una hendidura del tabique.
En una habitación un poco mayor que la suya vió dos individuos, uno en pie y otro sentado en una silla. El primero estaba en mangas de camisa, era rojo, y tenía el cabello rizado. Reprendía a su compañero con voz plañidera:
—Tú no tenías posición, estabas en la última miseria, te he sacado del fango, y depende de mí el dejarte caer otra vez en él.
El amigo a quien se dirigían estas palabras tenía el aspecto de un hombre que quisiese estornudar y no pudiese; de vez en cuando fijaba una mirada estúpida en el orador; no comprendía una palabra de lo que se le decía; quizá tampoco la entendía el que hablaba. Sobre la mesa en que la bujía estaba a punto de consumirse, había un jarro de aguardiente casi vacío, vasos de diversos tamaños, pan, cohombros y servicio de te. Después de haber contemplado atentamente este cuadro, Svidrigailoff dejó su observatorio y volvió a sentarse en la cama.
Al traer el te y la carne, el mozo no pudo menos de preguntar de nuevo «si el señor quería otra cosa». Al oír una respuesta negativa, se retiró definitivamente. Svidrigailoff se apresuró a beber una taza de te para entonarse; pero le fué imposible comer. La fiebre, que comenzaba a invadirle, le había quitado el apetito. Despojóse del gabán y el saco, se envolvió en la colcha, y se acostó; estaba quebrantado.
«Mejor sería, por esta vez, estar bien»—se dijo sonriendo.
La atmósfera era sofocante. La vela alumbraba débilmente. El viento zumbaba fuera, se oía el ruido de un ratón y llenaba todo el cuarto olor de ratones y de cuero. Tendido en el lecho, Svidrigailoff soñaba más bien que pensaba. Sus ideas se sucedían confusamente, y hubiera querido fijar en algo su imaginación.
«Debe de haber un jardín bajo la ventana; se percibe rumor de hojas y de ramas de árboles. ¡Cuánto detesto este ruido por la noche en medio de la tempestad y de las tinieblas!»
Se acordó de que un momento antes, al pasar junto al parque Petrovsky, había experimentado la misma penosa impresión. En seguida pensó en el pequeño Neva, y se estremeció del mismo modo que antes, cuando, de pie sobre el puente, contemplaba el río.
«En mi vida me ha gustado el agua, ni aun en los paisajes»—pensó, y de repente una idea extraña le hizo sonreír.
«Me parece que ahora debería burlarme de la estética de las comodidades. Sin embargo, heme aquí tan vacilante como el animal que en parecido caso tiene cuidado de elegir su sitio. ¿Si yo hubiese ido hace poco a Petrovsky-Ostroff? La verdad es que he tenido miedo al frío y a la obscuridad... ¡Je, je! Necesito sensaciones agradables... Pero, ¿por qué no apagar la bujía? (la sopló). Mis vecinos están acostados»—añadió al no ver luz por la hendidura del tabique... Poco a poco se irguió ante su imaginación la figura de Dunia, y súbito temblor agitó sus nervios al recuerdo de la entrevista que pocas horas antes había tenido con la joven.
«No, no pensemos en esto. Cosa extraña, yo no he odiado jamás a nadie; jamás tampoco he experimentado vivos deseos de vengarme... esto es mal signo, mal signo. Jamás he sido tampoco ni pendenciero, ni violento; he aquí otro mal signo. ¡Pero qué promesas he hecho hace poco! ¡Quién sabe adónde habría llegado!»
Se calló y apretó los dientes. Su imaginación le mostró a Dunia tal como la había visto, cuando, después de haber dejado el revólver incapaz en adelante de resistencia, fijaba sobre él una mirada de espanto. Acordóse de la piedad que había sentido en aquel momento, y de lo oprimido que tenía el corazón.
«¡Vayan al diablo tales ideas!... ¡No pensemos más en tal cosa!»
Iba ya a adormecerse; su temblor febril había cesado. De pronto le pareció que por debajo de la colcha corría alguna cosa a lo largo del brazo y de la pierna. Se estremeció. «¡Caramba! ¡Es sin duda un ratón! He dejado la carne sobre la mesa.» Por temor al frío no quería destaparse ni levantarse; pero, de repente, un contacto desagradable le rozó el pie. Arrojó la colcha, encendió la vela, y temblando se incorporó en el lecho y no vió nada. Sacudió la colcha y saltó un ratón sobre la sábana. Trató en seguida de pillarlo, pero sin salir del lecho; el animalito describía zigzags rapidísimos y se deslizaba por entre los dedos que querían apresarlo. Finalmente, el ratón se metió debajo de la almohada. Svidrigailoff arrojó al suelo la almohada; pero en el mismo instante sintió que alguna cosa había saltado sobre él y que se le paseaba sobre el cuerpo debajo de la camisa. Un temblor nervioso se apoderó de él y se despabiló. La obscuridad era completa en la habitación; el seguía echado en la cama, envuelto en la colcha; el viento continuaba silbando en el exterior.
«Esto es insoportable»—se dijo con cólera.
Se sentó en el borde del lecho; con la espalda vuelta hacia la ventana.
«Más vale no dormir»—se dijo.
Por la reja entraba un aire húmedo y frío. Svidrigailoff, sin moverse de su sitio, atrajo hacia sí la colcha y se envolvió en ella. No encendió la luz; no pensaba ni quería pensar en nada; pero sueños e ideas incoherentes atravesaban confusos su cerebro. Estaba como sumido en semi-sueño. ¿Era aquello efecto del frío, de las tinieblas, o del viento que agitaba los árboles? Lo cierto es que estos desvaríos tomaban un aspecto fantástico. Le parecía estar viendo un riente paisaje. Era el día de la Trinidad, y hacía un tiempo soberbio... En medio de floridos arriates aparecía una elegante quinta de gusto inglés; plantas trepadoras tapizaban el vestíbulo; a los lados de la escalera, cubierta de una rica alfombra se erguían dos jarrones chinescos que contenían flores exóticas. En las ventanas había vasos medio llenos de agua en que hundían sus tallos ramilletes de jacintos blancos, que se inclinaban esparciendo un perfume embriagador. Aquellos ramilletes atraían particularmente la atención de Svidrigailoff, tanto, que no hubiera querido alejarse de ellos; sin embargo, subió la escalera y entró en una sala grande y alta; allí, como en las ventanas, como cerca de la puerta que daba a la terraza, y en a terraza misma, había flores; por todas partes flores. El pavimento estaba cubierto de hierbas recientemente segadas y que exhalaban suave olor; por las ventanas abiertas penetraba en la habitación una brisa deliciosa, y los pájaros gorjeaban en los alféizares; pero en medio de la sala, sobre una mesa cubierta con un mantel de raso blanco, estaba colocado un féretro. Le rodeaban guirnaldas de flores, y el interior estaba forrado de seda de Nápoles y de encajes blancos; en aquel ataúd reposaba, sobre un lecho de flores, una jovencita vestida de blanco. Tenía los ojos cerrados, y cruzados sobre el pecho los brazos, que parecían los de una estatua de mármol. Sus cabellos, de color rubio claro, estaban despeinados y húmedos; ceñíale la cabeza una corona de rosas. El perfil severo y ya rígido del rostro parecía también de mármol; pero la sonrisa de sus labios pálidos expresaba tan amarga tristeza, una desolación tan grande, que no parecía propia de su edad. Svidrigailoff conocía a aquella jovencita; cerca de su ataúd no había imágenes, ni cirios encendidos, ni oraciones. La difunta era una suicida; a los catorce años tenía el corazón herido por un ultraje que había destrozado su conciencia infantil, llenado su alma de una inmerecida vergüenza y arrancado de su pecho un grito supremo de desesperación, grito ahogado por los mugidos del viento en medio de una húmeda y fría noche de deshielo.
Svidrigailoff se levantó, dejó el lecho y se aproximó a la ventana. Después de haber buscado a tientas la falleba, abrió los cristales, exponiendo la cara y el cuerpo, apenas protegido por la camisa, al rigor del viento glacial que penetraba en la estrecha habitación. Bajo la ventana debía haber, en efecto, un jardín de recreo; allí, sin duda, durante el día, se cantaban canciones y se servía te en mesitas; pero ahora todo estaba sumido en las tinieblas, y los objetos se ofrecían como manchas negras y apenas distintas. Durante cinco minutos, Svidrigailoff, apoyado de codos en la ventana, trataba de horadar la obscuridad con la mirada. En el silencio de la noche retumbaron dos cañonazos.
«¡Ah! ¡es una señal! ¡El Neva sube!—pensó—. Esta madrugada los barrios bajos de la ciudad van a inundarse; las ratas se ahogarán en las cuevas; los inquilinos de los pisos bajos, chorreando de agua y renegando, tratarán, en medio de la lluvia y del viento, de salvar sus cachivaches, transportándolos a los pisos superiores... pero, ¿qué hora es?»
En el momento mismo que se hacía esta pregunta, un reloj vecino dió tres campanadas.
«Dentro de una hora será de día. ¿Para qué esperar? Voy a salir en seguida y a dirigirme a la isla Petrovsky.»
Cerró la ventana, encendió la vela y se vistió; luego, con el candelero en la mano, salió de la habitación para ir a despertar al mozo, pagar la cuenta y dejar en seguida la posada.
«Es éste el momento más favorable; no se puede esperar otro mejor.»
Anduvo mucho tiempo por el corredor largo y estrecho; y como no encontrara a nadie, se puso a llamar en alta voz. De repente, en un rincón sombrío, entre un armario viejo y una puerta, descubrió un objeto extraño, una cosa que parecía viviente. Inclinándose con la luz, reconoció que aquello era una niña de cinco años; temblaba y lloraba. Su ropita estaba empapada como una esponja. La presencia de Svidrigailoff no pareció asustarla; pero fijó en él los ojos con expresión de insensata sorpresa. Sollozaba a intervalos como suelen hacerlo los niños que, después de haber estado llorando largo rato, comienzan a consolarse. Su rostro era pálido y demacrado; estaba transida de frío; mas, «¿por qué casualidad se encontraba allí?» Sin duda se había ocultado en aquel rincón y no había dormido en toda la noche. Svidrigailoff se puso a interrogarla. Animándose de pronto la niña, comenzó, con voz infantil y tartajosa, un relato interminable, repitiendo a cada instante «mamá» «jícara rota». Creyó comprender Svidrigailoff que era aquélla una niña poco amada. Su madre, probablemente una cocinera del hotel, se entregaba, sin duda, a la bebida. La niña había roto una jícara, y temiendo el castigo había huído la noche del día anterior, en medio de la lluvia. Después de haber estado mucho tiempo fuera, habría acabado por entrar furtivamente, ocultándose detrás del armario, pasando allí toda la noche, temblorosa, llorando, asustada de hallarse en la obscuridad, y más asustada aún ante el temor de que sería cruelmente maltratada, tanto por la jícara rota, como por la escapatoria. Svidrigailoff la tomó en sus brazos, y habiéndola depositado en la cama se puso a desnudarla. La niña no llevaba medias y tenía agujereados los zapatos, tan húmedos como si hubiesen estado metidos toda la noche en un charco. Después la desnudó, la acostó y la envolvió con cuidado en la colcha. La pequeñuela se durmió en seguida, y después que todo hubo terminado, Svidrigailoff volvió a caer otra vez en sus pensamientos sombríos.
«¿Qué me importa a mí eso?—se dijo con un movimiento de cólera—.¡Qué tontería!»
En su irritación tomó la vela y buscó al mozo para dejar cuanto antes el hotel.
«¡Bah! ¡una granujilla!»—dijo, lanzando una blasfemia en el instante en que la puerta se abría; pero se volvió para echar una última mirada sobre la niña, a fin de asegurarse que dormía y cómo dormía. Levantó con precaución la colcha que ocultaba la cabeza. La chiquilla dormía con un sueño profundo; había entrado en calor y sus pálidas mejillas se habían coloreado. Sin embargo, cosa extraña: el encarnado de su tez era mucho más vivo que el que se advierte en el estado normal de los niños.
«Es el color de la fiebre—pensó Svidrigailoff—. Cualquiera diría que ha bebido.»
Sus labios purpurinos parecían arder de repente; el hombre creyó advertir que se movían algo las largas pestañas negras de la pequeña durmiente; bajo los párpados medio cerrados se adivinaban unas pupilas maliciosas, cínicas, en modo alguno infantiles.
«¿Estará despierta esta chiquilla y fingirá dormir?»
En efecto, sus labios sonreían, y temblaban como cuando se hacen esfuerzos para no reír, pero he aquí que cesa de contenerse y prorrumpe en una carcajada; algo desvergonzado, provocativo, aparece en aquel rostro que no tiene ya nada de infantil; es la cara de una prostituta, de una cocotte francesa. Los ojos de la niña se abren; envuelven a Svidrigailoff en una mirada lasciva y apasionada; le llaman y ríen... Nada más repugnante que aquella cara de niña cuyas facciones respiraban lujuria.
«¡Cómo! ¿a los cinco años?—murmuraba, preso de un verdadero espanto—. ¿Es posible?»
Pero he aquí que vuelve hacia él la cara inflamada, le tiende los brazos.
«¡Ah, maldita!»—exclamó con horror Svidrigailoff.
Levanta la mano sobre ella, y en el mismo instante se despierta.
Se encontró acostado en la cama, envuelto en la manta; la vela no estaba encendida; amanecía.
«He tenido una pesadilla.»
Al incorporarse advirtió con cólera que estaba cansado y quebrantado. Eran cerca de las cinco; Svidrigailoff había dormido demasiado rato. Se levantó; se puso la ropa, húmeda todavía, y notando que tenía el revólver en el bolsillo, lo sacó para asegurarse de si las cápsulas estaban bien colocadas. Después se sentó, y en la primera página de su librito de notas escribió algunas líneas de gruesos caracteres. Después de haber releído lo escrito, se apoyó de codos en la mesa y se absorbió en sus reflexiones. Las moscas se regalaban con la porción de carne que había quedado intacta. Las miró durante largo tiempo y se puso después a darles caza. Al fin se asombró de aquella ocupación, y recobrando de repente la conciencia de sus actos, salió apresurado de la habitación: un instante después estaba en la calle.
Espesa niebla envolvía la ciudad. Svidrigailoff caminaba en dirección del pequeño Neva. Mientras andaba por el resbaladizo suelo de madera, veía con la imaginación la isla Petrovsky, con sus senderos, sus céspedes, sus árboles y sus bosquecillos... Ni un transeunte, ni un coche en toda la extensión de la perspectiva. Las casitas amarillas, con las ventanas cerradas, tenían triste y sucio aspecto. El frío y la humedad hacían estremecer al madrugador paseante que se distraía leyendo casi maquinalmente las muestras de las tiendas. Llegado al fin del piso de madera, a la altura de la gran casa de piedra, vió un perro muy feo que atravesaba el arroyo apretando la cola entre las piernas. Un hombre ebrio yacía tendido en la acera. Svidrigailoff miró un instante al borracho y siguió adelante. A la izquierda se ofreció a la vista una torre.
«¡Bah!—pensó—; he aquí un buen sitio; ¿para qué ir a la isla Petrovsky? Aquí, a lo menos, la cosa podrá ser confirmada por un testigo.»
Sonriendo ante esta idea, tomó por la calle***.
Allí se encontraba el edificio coronado por la torre. Vió apoyado en la puerta un hombrecillo envuelto en un capote de soldado y con un gorro turco, quien, al notar que se aproximaba Svidrigailoff, le echó de reojo una mirada huraña. Su fisonomía tenía esa expresión de arisca tristeza que es la marca secular de todos los israelitas. Los dos hombres se examinaron un momento en silencio. Al fin le pareció extraño al funcionario que un individuo que no estaba ebrio se detuviese así, a tres pasos de él, y le mirase sin decir una palabra.
—¿Qué quiere usted?—preguntó, siempre arrimado a la puerta.
—Nada, amigo mío; ¡buenos días!—respondió Svidrigailoff.
—Siga usted su camino.
—Voy al extranjero.
—¿Cómo al extranjero?
—A América.
—¿A América?
Svidrigailoff sacó el revólver y lo montó. El soldado arqueó las cejas.
—¡Oiga usted! Este no es sitio de andarse con bromas.
—¿Por qué no?
—Porque éste no es sitio.
—No importa, amigo mío; el lugar es a propósito. Si te preguntan, di que me he ido a América.
Apoyó el cañón del revólver sobre la sien derecha.
—¡Aquí no se puede hacer eso!—replicó el soldado abriendo desmesuradamente los ojos.
Svidrigailoff oprimió el gatillo.
VI.
Aquel mismo día, entre seis y siete de la tarde, Raskolnikoff se dirigió a casa de su madre y de su hermana. Las dos mujeres habitaban ahora en casa Bakalaieff, en el cuarto de que les había hablado Razumikin. Al subir la escalera, Raskolnikoff parecía vacilar aún. Sin embargo, por nada del mundo se hubiera vuelto atrás. Estaba resuelto a hacer aquella visita. «Todavía no saben nada—pensó—y están acostumbradas a ver en mí un ser original.»
Tenía el vestido manchado de lodo y desgarrado; de otra parte, la fatiga física, juntamente con la lucha que se libraba en él desde hacía veinticuatro horas, le había puesto la cara casi desconocida. El joven había pasado la noche en vela. Dios sabe dónde; pero, por lo menos, su partido estaba tomado.
Llamó a la puerta, y su madre salió a abrir. Dunia había salido, y la criada no estaba en aquel momento en la casa. Pulkeria Alexandrovna se quedó muda de sorpresa y de alegría; después, tomando a su hijo por la mano, le llevó a la sala.
—¡Ah! ¿Estás aquí?—dijo con voz temblorosa a causa de la emoción—. No te incomodes, Rodia, porque te recibo llorando. Es la felicidad la que me hace verter lágrimas. ¿Crees que estoy triste? No; estoy alegre, ya lo ves, me río, sólo que tengo la tonta costumbre de llorar. Desde la muerte de tu padre, lloro por cualquier cosa. ¡Ah, qué sucio estás!
—¡Me cayó ayer tanta lluvia encima!—comenzó a decir Raskolnikoff.
—Deja eso—interrumpió vivamente Pulkeria Alexandrovna—. ¿Piensas que iba a preguntarte con curiosidad de anciana? Puedes estar tranquilo; lo comprendo todo; pues ahora estoy algo iniciada en las costumbres de San Petersburgo y, verdaderamente, veo que aquí la gente tiene más inteligencia que en nuestras ciudades. Me he dicho, una vez para todas, que no debo mezclarme en tus negocios ni pedirte cuentas; mientras tienes tú quizás el espíritu preocupado sabe Dios en qué pensamientos, ¿habría de ir a distraerte con preguntas inoportunas?... ¡Ah, Dios mío!... ¿Ves, Rodia? Ahora estaba preparándome a leer, por tercera vez, el artículo que has publicado en una Revista. Demetrio Prokofitch me lo ha traído. Ha sido para mí una verdadera revelación; desde el primer momento lo he comprendido todo y he reconocido lo tonta que he sido. «He aquí lo que le preocupa, me he dicho; da vueltas en su cabeza a ideas nuevas y no gusta que se le aparte de sus reflexiones; todos los grandes talentos son así.» A pesar de la atención con que yo lo leo, hay en tu artículo, hijo mío, muchas cosas que no entiendo; pero, como soy ignorante, no me asombra el no comprenderlo todo.
—Enséñamelo, mamá.
Raskolnikoff tomó el número de la Revista, y echó una rápida ojeada sobre su artículo. Todo autor experimenta siempre un vivo placer al verse impreso por la primera vez, sobre todo cuando no tiene más que veintitrés años. Aunque presa de las más crueles angustias, nuestro héroe no pudo substraerse a esta impresión; pero sólo le duró un instante. Después de haber leído algunas líneas, frunció el entrecejo y sintió que le oprimía el corazón terrible sufrimiento. Esta lectura le trajo de repente a la memoria todas las agitaciones morales de los últimos meses; así es que arrojó con violenta repulsión el periódico sobre la mesa.
—Pero, por tonta que yo sea, Rodia—siguió la madre—, puedo, sin embargo, juzgar que de aquí a poco tiempo ocuparás uno de los primeros puestos, si no el primero, en el mundo de la ciencia. ¡Y se han atrevido a suponer que estabas loco! ¡Ah! ¿No sabes que se les había ocurrido esa idea? ¡Pobre gente! Por lo demás, ¿cómo podrían comprender qué es la inteligencia? ¡Pero decir, sin embargo, que Dunia, sí, la misma Dunia no estaba muy distante de creerlo! ¿Es esto posible? Hace seis o siete días, Rodia, me acongojaba ver cómo estabas instalado, vestido, alimentado; pero ahora reconozco que esto era una tontería mía; en cuanto tú quieras, con tu ingenio y tu talento, llegarás al colmo de la fortuna. Por ahora, sin duda, no tratas de eso, sino que te ocupas en cosas más importantes...
—¿Dunia no está aquí, mamá?
—No, hijo; sale con mucha frecuencia y me deja sola. Demetrio Prokofitch tiene la bondad de venir a verme y me habla siempre de ti. Te ama y te estima, hijo mío. En cuanto a tu hermana, no me quejo de las pocas consideraciones que me guarda; tiene su carácter, como yo tengo el mío. Le agrada que ignore sus cosas; allá ella. Yo, en cambio, no tengo nada oculto para mis hijos. Persuadida estoy de que Dunia es muy inteligente y de que, además, nos tiene mucho cariño a ti y a mí; pero no sé en qué irá a parar todo eso. Siento que no pueda aprovecharse de la visita que me haces. Cuando vuelva le diré: «Durante tu ausencia ha venido tu hermano; ¿dónde estabas tú en tanto?» Tú, Rodia, no me mimes demasiado; ven aquí como puedas, sin desatender tus negocios; no eres libre; no te molestes; tendré paciencia; me contentaré con saber que me quieres. Leeré tus obras; oiré hablar de ti en todas partes, y de vez en cuando recibiré tu visita; ¿qué más puedo desear? Ya veo que hoy has venido a consolar a tu madre.
Pulkeria Alexandrovna se echó a llorar bruscamente.
—¡Otra vez! ¡No me hagas caso; estoy loca! ¡Ah, Dios mío! ¡No pienso nada!—gritó levantándose de pronto—. Hay café, y no te he ofrecido una taza. ¿Ves qué grande es el egoísmo de los viejos? Voy en seguida...
—No vale la pena, mamá; voy a irme; no he venido para eso; escúchame, te lo suplico.
Pulkeria Alexandrovna se aproximó tímidamente a su hijo.
—Mamá, ocurra lo que ocurra, oigas lo que oigas de mí, ¿me amarás como ahora?—preguntó de repente.
Estas palabras brotaron espontáneas del fondo de su corazón, aun antes que hubiera tenido tiempo de medir su alcance.
—¡Rodia, Rodia! ¿qué tienes? ¿Cómo puedes hacerme esa pregunta? ¿Quién se atreverá jamás a hablarme mal de ti? Si alguien se permitiese semejante cosa, me negaría a oírle y le arrojaría de mi presencia.
—El objeto de mi visita era asegurarte que te he querido siempre, y ahora me alegro mucho de que estemos tú y yo solos, y aun de que no esté aquí Dunia—prosiguió con el mismo ímpetu—; quizá seas desgraciada; has de saber que tu hijo te ama ahora más que a sí mismo y que te equivocarías si pusieses en duda mi ternura. Jamás cesaré de quererte... ¡Ea, basta! He creído que debía, ante todo, darte esa seguridad.
Pulkeria Alexandrovna besó a su hijo, le estrechó contra su pecho y lloró silenciosamente.
—No sé lo que te pasa, Rodia—dijo—. Hasta ahora, yo había creído sencillamente que nuestra presencia te fastidiaba; mas en este momento me doy cuenta de que te amenaza una gran desgracia y que vives en la intranquilidad. Ya lo sospechaba, Rodia. Perdóname que te hable de esto; pienso en ello constantemente, hasta cuando duermo. La noche pasada, tu hermana deliraba y repetía constantemente tu nombre. He oído algunas palabras; pero no he entendido nada. Desde esta mañana hasta el momento de tu visita, he estado como el reo que espera la ejecución; tenía no sé qué presentimiento. ¡Rodia, Rodia! ¿A dónde vas? Estás a punto de partir, ¿no es verdad?
—Sí.
—Lo había adivinado. Pero, si tienes que partir, yo puedo ir contigo. Dunia nos acompañará; te quiere mucho. Si es menester, llevaremos también a Sofía Semenovna. Ya lo ves, estoy pronta a aceptarla por hija. Demetrio Prokofitch nos ayudará en nuestros preparativos para el viaje... Pero... ¿a dónde vas?
—Adiós, mamá.
—¡Cómo! ¿hoy mismo?—exclamó, como si se tratase de una separación eterna.
—No puedo quedarme. Es absolutamente preciso que te deje.
—¿Y no puedo ir contigo?...
—No; pero ponte de rodillas y ruega a Dios por mí; Dios oirá acaso tu plegaria.
—¡Ojalá me oiga! Te echaré mi bendición. ¡Oh Dios mío!
Sí, estaba contento de que su hermana no asistiese a aquella entrevista. Para desahogar su ternura, tenía necesidad de estar a solas, y un testigo cualquiera, aunque hubiera sido Dunia, hubiese estorbado. Cayó a los pies de su madre y los besó. Pulkeria Alexandrovna y su hijo se abrazaron llorando; la madre no hizo ninguna pregunta; había comprendido que el joven atravesaba una crisis terrible y que su suerte iba a decidirse en seguida.
—¡Rodia, mi querido primogénito!—dijo la madre sollozando—; hete ahora como eras en tu infancia; de ese modo venías a hacerme caricias y a darme besos. En otro tiempo, cuando tu padre vivía, no teníamos, en medio de nuestra desgracia, otro consuelo que tu presencia, y después que hubo muerto, ¡cuántas veces tú y yo hemos llorado sobre su sepultura abrazados como ahora! Sí, si lloro desde hace tiempo, es porque mi corazón maternal tenía presentimientos siniestros. La tarde en que llegamos a San Petersburgo, desde nuestra primera entrevista, tu cara me lo ha revelado todo; cuando te abrí la puerta pensé, al verte, que había llegado la hora fatal. ¿No te vas en seguida, Rodia?
—No.
—¿Volverás?
—Sí, volveré.
—Hijo, no te enojes; no me atrevo a preguntarte: ¿Te vas muy lejos?
—Muy lejos.
—¿Tendrás allí un empleo, una posición?
—Tendré lo que Dios quiera; ruega solamente por mí.
Raskolnikoff iba a salir; pero su madre se agarró a él y le miró con expresión de desesperado dolor.
—¡Basta, mamá!—dijo el joven, que ante aquella angustia desgarradora sentía profundamente haber venido.
—¿No partes para siempre? ¿No vas a ponerte en camino en seguida? ¿Vendrás mañana?
—Sí, sí; adiós.
Al fin logró escapar.
La tarde era calurosa, aunque no sofocante. Por la mañana, el tiempo había aclarado. Raskolnikoff volvió apresuradamente a su casa. Quería acabarlo todo antes de la puesta del sol; por el momento, cualquier encuentro le hubiese sido muy desagradable. Al subir a su cuarto advirtió que Anastasia, ocupada en preparar el te, había dejado su tarea para mirarle con curiosidad.
«¿Habrá alguien en mi cuarto?» Y, a pesar suyo, pensó en el odioso Porfirio; pero, cuando abrió la puerta de la habitación, vió a Dunia. La joven, pensativa estaba sentada en el sofá. Sin duda esperaba a su hermano hacía mucho tiempo. Raskolnikoff se detuvo en el umbral. Dunia, estremecida, se levantó vivamente y le miró con fijeza. En los ojos de la joven se leía inmensa pesadumbre; una sola mirada probó a Raskolnikoff que la joven lo sabía todo.
—¿Puedo acercarme a ti, o debo retirarme?—le preguntó con voz trémula.
—He pasado el día esperándote en casa de Sofía Semenovna; pensábamos verte allí.
Raskolnikoff entró en la habitación, y se dejó caer desfallecido en una silla.
—Me siento débil, Dunia; estoy muy fatigado, y en este momento, sobre todo, tendría necesidad de todas mis fuerzas.
Fijó en su hermana una mirada de desconfianza.
—¿Dónde has pasado la última noche?
—No me acuerdo bien; quería tomar un partido definitivo, y muchas veces me he aproximado al Neva; de esto sí me acuerdo. Mi intención era acabar así; pero... no he podido resolverme...—dijo en voz baja, tratando de leer en el rostro de Dunia la impresión producida por sus palabras.
—¡Alabado sea Dios! Era precisamente lo que temíamos Sofía Semenovna y yo. ¿Crees en la vida? ¡Alabado sea Dios!
Raskolnikoff se sonrió amargamente.
—No creía en ella; pero hace un momento he estado en casa de nuestra madre, y nos hemos abrazado llorando; soy incrédulo, y, sin embargo, le he pedido que orase por mí. ¡Sólo Dios sabe lo que sucede en este momento! Yo mismo no sé qué pasa por mí.
—¿Que has estado en casa de nuestra madre? ¿Le has hablado?—exclamó Dunia con espanto—. ¿Es posible que hayas tenido valor para decirle aquello?
—No, yo no se lo he dicho, pero sospecha algo. Te ha oído soñar en voz alta la última noche, y creo que ha adivinado la mitad de ese secreto. He cometido un error al ir a verla; no sé por qué lo he hecho, Dunia. Soy un hombre bajo...
—Sí; pero un hombre dispuesto a aceptar la expiación. La aceptarás, ¿verdad?
—Al instante. Para huir de ese deshonor quería ahogarme, Dunia; pero en el momento en que iba a arrojarme al agua, me he dicho que un hombre fuerte no debe tener miedo al oprobio. ¿Es esto orgullo, Dunia?
—Sí, Rodia.
Le brillaron los ojos a Raskolnikoff con una especie de relámpago. Se consideraba feliz al pensar que había conservado su orgullo.
—¿Verdad que no crees que he tenido simplemente miedo al agua?—preguntó sonriendo con tristeza.
—¡Oh, Rodia, basta!—respondió la joven, ofendida por tal suposición.
Ambos guardaron silencio durante diez minutos. Raskolnikoff tenía los ojos bajos. Dunia le miraba con expresión de sufrimiento. De repente el joven se levantó.
—La hora avanza. Hay tiempo de partir. Voy a entregarme; pero no sé por qué lo hago.
Por las mejillas de Dunia corrieron gruesas lágrimas.
—Lloras, hermana mía; pero, ¿puedes tenderme la mano?
—¿Lo dudabas?
La joven lo estrechó contra su pecho.
—¿Acaso aceptando la expiación no borras la mitad de tu crimen?—exclamó, al tiempo que abrazaba a su hermano.
—¡Mi crimen! ¿Qué crimen?—repitió en un acceso de cólera—; ¿el de haber matado a un gusano sucio y malo; a una vieja perversa y perjudicial a todo el mundo; un vampiro que chupaba la sangre a los pobres? Tal asesinato debía servir de indulgencia para cuarenta pecados. No pienso en modo alguno en borrarlo, aunque me griten por todos lados: ¡crimen! ¡crimen! Ahora que me he decidido a afrontar voluntariamente ese deshonor, ahora sólo es cuando el absurdo de mi cobarde determinación se me presenta con toda claridad. Es tan sólo por bajeza y por impotencia por lo que me resuelvo a este acto, a menos que no sea también por interés, como me lo aconsejaba Porfirio.
—¡Hermano, hermano! ¿qué estás diciendo? ¿No te haces cargo de que has vertido sangre?—exclamó Dunia consternada.
—¿Y qué? Todo el mundo la vierte—prosiguió con vehemencia creciente—. Siempre ha corrido a torrentes sobre la tierra; las personas que la derramaron como si fuera Champagne subieron en seguida al Capitolio y fueron declarados protectores de la humanidad. Examina las cosas un poco más cerca para juzgarlas. También trataba yo de hacer bien a los hombres; centenares, millares de buenas acciones hubiesen compensando ampliamente aquella única tontería, o, mejor dicho, torpeza, porque la idea no era tan tonta como lo parece ahora. Cuando el éxito falta, los designios mejor concertados parecen estúpidos. Yo tan sólo trataba de crearme, por medio de aquella tontería, una situación independiente, asegurar mis primeros pasos de la vida, procurarme recursos; después hubiera levantado el vuelo... Pero he fracasado, y por eso soy un miserable. Si hubiese logrado mi objeto, se me hubieran dedicado coronas; al presente no sirvo más que para que se me arroje a los perros.
—No se trata de eso. ¿Qué estás diciendo, hermano mío?
—Es cierto, no he procedido según las reglas de la estética. No sé por qué ha de ser más glorioso lanzar bombas sobre una ciudad sitiada, que asesinar a una persona a hachazos. El temor de la estética es el primer signo de la impotencia. Jamás lo he comprendido tan bien como ahora, ni nunca he comprendido menos cuál es mi crimen. Nunca he sido más fuerte ni he estado más convencido que en este momento.
Su pálido y demudado rostro se había de repente coloreado. Pero cuando acababa de proferir esta última exclamación, su mirada se encontró por casualidad con la de Dunia, y ésta le miraba con tanta tristeza, que su exaltación cayó de repente, no pudiendo menos de pensar que en rigor había hecho la desgracia de aquellas dos pobres mujeres.
—Dunia querida: si soy culpable, perdóname, aunque no merezca ningún perdón, si es que realmente soy culpable. Adiós; no disputemos, ya es tiempo de partir. No me sigas, te lo suplico; tengo aún una visita que hacer... Ve al instante a juntarte con nuestra madre, y no te separes de ella, te lo suplico. Es la última petición que te dirijo. Cuando me he separado de ella estaba muy inquieta, y temo que no pueda soportar su desventura: o morirá, o se volverá loca. Vela por ella. Razumikin no os abandonará; ya le he hablado... No llores por mí; aunque asesino, trataré de ser todavía valeroso y honrado. Quizás oigas hablar de mí alguna vez. No os deshonraré; ya verás; aun he de probar... Ahora, adiós—se apresuró a añadir, advirtiendo, mientras hacía sus promesas, una extraña expresión en los ojos de Dunia—. ¿Por qué lloras de ese modo? No llores; no nos separaremos para siempre... ¡Ah, sí! Espera; me olvidaba...
Tomó de la mesa un grueso libro cubierto de polvo. Lo abrió y sacó una miniatura, pintada en marfil. Era el retrato de la hija de su patrona, la joven a quien había amado. Durante un instante contempló aquel rostro expresivo y triste. Después besó el retrato y se lo dió a Dunia.
—Muchas veces he hablado de aquello con ella—dijo distraídamente—; hice depositario a su corazón del proyecto que debía tener tan lamentable resultado. No te alarmes—continuó, dirigiéndose a Dunia—; ella experimentó tanta repugnancia y tanto horror como tú; ahora me alegro de que haya muerto.
Después, volviendo al objeto principal de sus preocupaciones, dijo:
—Lo esencial ahora es saber si he calculado bien lo que voy a hacer, y si estoy pronto a aceptar todas las consecuencias. Se asegura que me es necesaria esta prueba. ¿Es cierto? ¿Qué fuerza moral habré adquirido cuando salga del presidio, quebrantado por veinte años de sufrimiento? ¿Valdrá entonces la pena de vivir? ¡Y yo he consentido en sobrellevar el peso de semejante existencia! ¡Oh! Esta mañana, al irme a arrojar al Neva, he comprendido que era un cobarde.
Al cabo salieron ambos. Durante esta penosa entrevista Dunia había estado sostenida solamente por el amor de su hermano. Se separaron en la calle. Después de haber marchado unos cuantos pasos, la joven se volvió para ver por última vez a Raskolnikoff. Cuando hubo llegado a la esquina, el joven se volvió también, pero advirtiendo Raskolnikoff que la mirada de su hermana estaba fija en él, hizo un gesto de impaciencia, y aun de cólera, invitándola a que continuase el camino. En seguida dió vuelta a la esquina.
VII.
Comenzaba a caer la noche cuando llegaba a casa de Sonia. Durante la mañana y la tarde, la joven le había esperado con ansiedad. Por la mañana había recibido la visita de Dunia. Esta fué a primera hora, habiendo sabido la víspera por Svidrigailoff que Sofía Semenovna lo sabía todo. No recordaremos minuciosamente la conversación de las dos mujeres; limitémonos a decir que lloraron juntas y se hicieron muy amigas. De esta entrevista sacó Dunia, por lo menos, el consuelo de pensar que no estaría solo su hermano. Era Sonia la primera que había recibido su confesión; a ella se había dirigido cuando sintió la necesidad de confiarse a un ser humano, y ella le acompañaría adondequiera que se le enviase. Sin haber hecho preguntas acerca de tales propósitos, Advocia Romanovna estaba segura de ello. Consideraba a Sonia con una especie de veneración que dejaba a la pobre muchacha toda confusa, porque se creía indigna de levantar los ojos hasta Dunia. Después de su visita a casa de Raskolnikoff, la imagen de la encantadora joven, que la había saludado tan graciosamente aquel día, quedó grabada en su alma como una visión nueva, dulcísima, la más bella de su vida.
Al fin, Dunia se decidió a ir a esperar a su hermano en el domicilio de este último, pensando que Raskolnikoff no podría menos de pasar por allí. En cuanto Sonia se quedó sola, el pensamiento del suicidio probable de Raskolnikoff le quitó todo reposo. Este era también el temor de Dunia; pero al hablar las dos jóvenes se habían dado la una a la otra todo género de razones para tranquilizarse, y lo habían, en parte, conseguido.
Cuando se separaron, volvió la inquietud a apoderarse de cada una de ellas. Sonia se acordó de que Svidrigailoff le había dicho: «Raskolnikoff sólo tiene la elección entre dos alternativas: o ir a Siberia, o...» Además, conocía el orgullo del joven y su carencia de sentimientos religiosos. «¿Es posible que se resigne a vivir solamente por pusilanimidad, por temor a la muerte?»—pensaba con desesperación. No dudaba ya que el desgraciado hubiese puesto fin a sus días, cuando Raskolnikoff entró en su cuarto.
La joven dejó escapar un grito de alegría; pero, cuando hubo observado atentamente el rostro de Raskolnikoff, palideció de pronto.
—Vamos, sí—dijo riendo Raskolnikoff—. Vengo a buscar tus cruces, Sonia. Tú has sido quien me ha impulsado a ir a entregarme; ahora que voy a hacerlo, ¿de qué tienes miedo?
Sonia le miró con asombro. Aquel tono le parecía extraño. Todo su cuerpo se estremeció; pero al cabo de un minuto comprendió que aquella alegría era fingida. Conforme la estaba hablando, Raskolnikoff miraba a un rincón, y parecía tener miedo de fijar los ojos en ella.
—Ya lo ves, Sonia; he pensado que eso es lo mejor. Hay una circunstancia... pero esto sería largo de contar, y no tengo tiempo. ¿Sabes lo que me irrita? Me pone furioso pensar que en un instante me van a rodear todos esos brutos; que todos me asestarán sus miradas, me dirigirán estúpidas preguntas, a las cuales tendré que responder; me señalarán con el dedo... No iré a casa de Porfirio; no puedo aguantar a ese hombre. Prefiero ir a buscar a mi amigo Pólvora. ¡Lo que va a sorprenderse éste! Puedo contar de antemano con un excelente éxito de asombro. Pero me convendría tener más sangre fría. En este último tiempo me he hecho muy irritable. ¿Lo creerás? hace un momento ha faltado muy poco para que amenazase con el puño a mi hermana, porque se había vuelto para verme por última vez. Ya ves lo bajo que he caído. Bueno; ¿dónde están las cruces?
El joven no parecía que se hallase en su estado normal. Ni podía permanecer un minuto en su puesto, ni fijar sus pensamientos en un objeto; sus ideas se sucedían sin transición; por mejor decir, deliraba. Le temblaban ligeramente las manos.
Sonia guardaba silencio. Sacó de una caja de cruces una de madera de ciprés y otra de cobre; después se santiguó, y luego de repetir la misma ceremonia en la persona de Raskolnikoff, le puso al cuello la cruz de ciprés.
—¿Es ésta una manera de expresar que yo cargo con la cruz? ¡Je, je, je! ¡Como si empezase a sufrir ahora! La cruz de ciprés es la de los humildes. La cruz de cobre perteneció a Isabel. Tú la guardas para ti; déjamela ver. ¿De modo que la llevaba... en aquel momento? Conozco otros dos o tres objetos de piedad: una cruz de plata y una imagen. Los eché entonces sobre el pecho de la vieja. Esos son los que debiera colgarme yo ahora al cuello. Pero no digo más que tonterías, y olvido mi asunto. Estoy distraído. He venido, sobre todo, para prevenirte, a fin de que sepas... Pues bien; esto es todo... no he venido más que para eso. (¡Hum! Creía, sin embargo, que tenía que decirle otra cosa.) Vamos a ver: tú misma me has exigido que dé este paso. Voy a entregarme, y tu deseo será satisfecho. ¿Por qué lloras entonces? ¡Tú también! ¡Basta, basta! ¡Oh, qué penoso me es todo esto!
Al ver llorar a Sonia, se angustió el corazón del joven. «¿Qué soy yo para ella?—pensaba—. ¿Por qué se interesa por mí tanto como podría interesarse mi madre o Dunia?»
—Haz la señal de la cruz. Di una oración—suplicó con voz temblorosa la joven.
—Sea. Rezaré cuanto quieras y de buena voluntad, Sonia, de buena voluntad.
El hizo muchos signos de cruz. Ella se puso a la cabeza un pañuelo verde, el mismo, probablemente, de que Marmeladoff había hablado en la taberna, y que servía entonces para toda la familia. Tal pensamiento cruzó por la mente de Raskolnikoff; pero se abstuvo de preguntar nada a este propósito. Comenzaba a advertir que tenía distracciones continuas, y que estaba extremadamente turbado; esto le inquietaba. De repente advirtió que Sonia se preparaba a salir con él.
—¿Qué haces? ¿A dónde vas? ¡Quédate, quédate!—exclamó con risa irritada y se dirigió a la puerta—. ¿Qué necesidad tengo de ir allí con acompañamiento?
Sonia no insistió. El, ni siquiera le dijo adiós; se había olvidado de ella, le preocupaba tan sólo una idea.
«Realmente, ¿está ya hecho todo?—se preguntaba al bajar la escalera—. ¿No habrá medio de volverse atrás, de arreglarlo todo... y de no ir allí?»
Sin embargo, siguió su camino, comprendiendo súbitamente que había pasado la hora de las vacilaciones. En la calle se acordó de que no había dicho adiós a Sonia, que se había detenido en medio de la sala, y de que una orden suya la había como clavado en el suelo. Se planteó entonces otra cuestión, que desde hacía algunos minutos flotaba en su espíritu sin formularse con claridad.
«¿Por qué le he hecho yo esta visita? Le he dicho que venía para un asunto: ¿qué asunto? Ninguno tenía con ella. ¿Para decirle que iba allí? ¡Vaya una necesidad! ¿Para decirle que la amo? ¡Si acabo de rechazarla como a un perro! En cuanto a su cruz, ¿qué necesidad tenía yo de ella? ¡Oh, qué bajo he caído! No; lo que yo buscaba eran lágrimas; lo que yo quería era gozar de los desgarramientos de su corazón. ¡Acaso he buscado, yendo a verla, ganar tiempo, retardar un momento el instante fatal! ¡Y me he atrevido a soñar con altos destinos! ¡Y me he creído llamado a hacer grandes cosas! ¡Yo, tan vil, tan miserable, tan cobarde!»
Caminaba a lo largo del muelle, y no tenía que ir más lejos; pero cuando llegó al puente suspendió un instante su marcha, y se dirigió después bruscamente hacia el Mercado del Heno.
Sus miradas se fijaban con avidez en la derecha y en la izquierda. Se esforzaba en examinar cada objeto que encontraba y en nada podía concentrar su atención.
«Dentro de ocho días, dentro de un mes, volveré a pasar por este puente; un coche celular me llevará yo no sé dónde. ¿Con qué ojos contemplaré este canal? ¿Me fijaré entonces en esa muestra? Ahí está escrita la palabra Compañía. ¿La leeré yo entonces como la leo ahora? ¿Cuáles serán mis sensaciones y mis pensamientos?... ¡Dios mío, qué mezquinas son todas estas preocupaciones! Sin duda es curioso esto en su género. ¡Ja, ja, ja! ¡De qué cosas me preocupo! Hago como los niños: me engaño a mí mismo, porque, en efecto, debería sonrojarme de mis pensamientos. ¡Qué barullo! Ese hombretón, un alemán, según todas las apariencias, que acaba de empujarme, ¿sabe a quién ha dado con el codo? Esa mujer, que lleva un niño en la mano y que pide limosna, me cree, quizá, más feliz que ella. Casualmente llevo cinco kopeks en el bolsillo. Tómalos, matuchka.»
—Dios te lo pague—dijo la mendiga con tono plañidero.
El Mercado del Heno estaba lleno de gente. Esta circunstancia desagradó mucho a Raskolnikoff; sin embargo, se dirigió al sitio en que la multitud era más compacta. Hubiera comprado la soledad a cualquier precio; pero se daba cuenta de que no podría gozar de ella ni un solo instante. Al llegar en medio de la plaza, el joven se acordó de repente de las palabras de Sonia: «Ve a la encrucijada; besa la tierra que has manchado con tu delito, y di en voz alta a la faz del mundo: ¡Soy un asesino!»
Al recordarlo, todo su cuerpo se estremeció. Las angustias de los días anteriores de tal modo habían desecado su alma, que se consideró feliz al encontrarla accesible a una sensación nueva, y se abandonó por completo a ella. Se apoderó de él un enternecimiento dulcísimo y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Se puso de rodillas en medio de la plaza, se inclinó hasta el suelo, y besó con alegría la tierra fangosa. Después de haberse levantado, se arrodilló de nuevo.
—He ahí uno que ha empinado el codo más de lo regular—exclamó un joven que estaba a su lado.
Esta observación provocó muchas carcajadas.
—Es un peregrino que va a Jerusalén, amigos míos. Se despide de sus hijos, de su patria; saluda a todo el mundo, y da el beso de la despedida al suelo de la capital—añadió un menestral que estaba ligeramente ebrio.
—Es todavía muy joven—dijo un tercero.
—Es un noble—observó gravemente otro.
—En la actualidad, no se distingue a los nobles de los que no lo son.
Viéndose objeto de la atención general, Raskolnikoff perdió un poco de su serenidad, y las palabras «Soy un asesino», que iban quizá a salir de su boca, expiraron en sus labios. Las exclamaciones y los gestos de la multitud le dejaron, por otra parte, indiferente, y con mucha calma se encaminó a la comisaría de policía. Conforme iba andando, una sola visión atrajo sus miradas; por lo demás, había esperado encontrarla en la calle, y no se asombró.
En el momento en que acababa de prosternarse en el Mercado del Heno por segunda vez, vió a Sonia a una distancia de cincuenta pasos. La joven trató de substraerse a las miradas de Raskolnikoff, ocultándose detrás de una de las barracas de madera que se encuentran en la plaza. ¡Así le acompañaba cuando él subía este calvario! Desde aquel instante, Raskolnikoff adquirió la convicción de que Sonia era suya para siempre, y de que le seguiría a todas partes, aunque su destino hubiera de conducirle al fin del mundo.
Llegó finalmente al sitio fatal. Entró en el zaguán con paso bastante firme. La oficina de policía estaba situada en el tercer piso. «Antes que llegue arriba tengo tiempo de volverme»—pensaba el joven. En tanto que nada había confesado, se complacía en pensar en que podía cambiar de resolución.
Como en su primera visita, encontró la escalera cubierta de suciedad, impregnada de las exhalaciones que vomitaban las cocinas, abiertas sobre cada descansillo. Mientras subía, se le doblaban las piernas, y tuvo que detenerse un instante para tomar aliento, recobrarse un poco, y preparar su entrada.
«Pero, ¿a qué viene eso? ¿Para qué?—se preguntó de repente—. Puesto que hay que apurar el vaso, poco importa cómo he de beberlo. Más valdrá cuanto más amargo sea.»
Después se ofrecieron a su espíritu las imágenes de Ilia Petrovitch y del oficial Pólvora. «¿Por qué voy a él? ¿No podría dirigirme a otro? ¿A Nikodim Fomitch, por ejemplo? ¿No sería mejor ir a buscar al comisario a su domicilio particular, y contárselo todo en una conversación privada?... No, no; hablaré a Pólvora, y esto se acabará más pronto.»
Con el rostro inundado de frío sudor y casi sin darse cuenta de lo que hacía, Raskolnikoff abrió la puerta de la comisaría. Esta vez no vió en la antesala más que a un dvornik y a un hombre del pueblo. El joven pasó a la otra habitación, donde trabajaban dos escribientes. Zametoff no estaba allí ni Nikodim Fomitch tampoco.
—¿No hay nadie?—dijo Raskolnikoff, dirigiéndose a uno de los empleados.
—¿Por quién pregunta usted?
—A... a...
—Al oír sus palabras, sin ver su rostro, he adivinado la presencia de un ruso... como se dice en no sé qué cuento. Mis respetos—gritó bruscamente una voz conocida.
Raskolnikoff tembló. Pólvora estaba delante de él; acababa de salir de una tercera habitación. «El destino lo ha querido»—pensó el joven.
—¿Usted por aquí? ¿Con qué motivo?—exclamó Ilia Petrovitch, que parecía de muy buen humor y muy animado—. Si ha venido por algún asunto, es aún demasiado pronto. Por una casualidad me encuentro aquí yo... ¿En qué puedo...? Confieso que no le... ¿Cómo, cómo es su nombre?... Perdóneme usted.
—Raskolnikoff.
—¡Ah! Sí; Raskolnikoff. ¡Ha podido usted creer que le había olvidado! Le suplico que no me crea tan... Rodión Ra... Radionitch, ¿no es eso?
—Rodión Romanovitch.
—Sí, sí; Rodión Radiovitch, Rodión Romanovitch; lo tenía en la punta de la lengua. Confieso a usted que siento sinceramente la manera que tuvimos de portarnos con usted hace tiempo. Después me lo explicaron todo y he sabido que era usted un escritor, un sabio... He tenido también noticia de que empezaba usted la carrera de las letras. ¡Oh Dios mío! ¿Cuál es el literato, cuál es el sabio que en sus comienzos no ha hecho más o menos la vida de bohemio? Tanto mi mujer como yo estimamos la literatura; en mi mujer es una pasión. Es loca por las letras y las artes. Excepto el nacimiento, todo lo demás puede adquirirse por el talento, el saber, la inteligencia, el genio. Un sombrero, por ejemplo, ¿qué significa? Un sombrero lo puedo comprar en casa de Zimmermann; pero lo que abriga el sombrero, eso no puedo comprarlo. Confieso que quería ir a casa de usted a darle explicaciones; pero, he pensado que quizá usted... De todos modos, con estas charlas no le he preguntado el objeto de su visita. ¿Parece que la familia de usted está ahora en San Petersburgo?
—Sí, mi madre y mi hermana.
—He tenido el honor y el placer de encontrar a su hermana de usted. Es una persona tan encantadora como distinguida. Verdaderamente deploro con toda mi alma el altercado que tuvimos aquel día. En cuanto a las conjeturas fundadas en el desmayo de usted, se ha reconocido su falsedad. Comprendo la indignación de usted. Ahora que su familia vive en San Petersburgo, ¿va usted, acaso, a cambiar de domicilio?
—No, no por el momento. Había venido a preguntar... Creí encontrar aquí a Zametoff.
—¡Ah! Es verdad. Usted es amigo suyo; lo he oído decir. Pues bien: Zametoff no está ya con nosotros. Sí, lo hemos perdido; nos ha dejado ayer, y antes de su partida ha habido entre él y nosotros un fuerte altercado. Es un galopín sin consistencia; nada más. Había hecho concebir algunas esperanzas; pero ha tenido la desgracia de frecuentar el trato de nuestra brillante juventud, y se le ha metido en la cabeza sufrir exámenes, para poder darse tono y echárselas de sabio. Hay que advertir que Zametoff no tiene nada de común con usted, con usted y con el señor Razumikin. Ustedes han abrazado la carrera de la ciencia, y los reveses de la fortuna no les arredran. Para ustedes los atractivos de la vida no valen nada; hacen la existencia austera, ascética, monacal, del hombre de estudio. Un libro, una pluma detrás de la oreja, una investigación científica, son cosas que bastan para la felicidad de ustedes. Yo mismo, hasta cierto punto... ¿Ha leído usted la correspondencia de Livingstone?
—No.
—Yo sí la he leído. Ahora el número de los nihilistas ha aumentado considerablemente, lo cual no es asombroso en una época como la nuestra. De usted para mí... ¿no es usted nihilista? Respóndame francamente.
—No.
—No tenga usted temor de ser franco conmigo, como lo sería consigo mismo. Una cosa es el servicio y otra cosa... ¿Usted creería que iba a decir la amistad?, pues se engaña. No es la amistad, sino el sentimiento del hombre y del ciudadano, el sentimiento de la humanidad y del amor hacia el Omnipotente. Puedo ser un personaje oficial, un funcionario; pero no por eso debo dejar de sentir en mí el hombre y el ciudadano. ¿Hablaba usted de Zametoff? Pues bien, Zametoff es un muchacho que copia el chic francés, que da ruido en los sitios sospechosos cuando ha bebido un vaso de Champagne o de vino del Don. Ahí tiene usted a Zametoff. Quizá he sido un poco vivo con él, pero si mi indignación me ha llevado demasiado lejos, tuvo su origen en un sentimiento elevado: el celo por los intereses del servicio. Por otra parte, yo poseo un cargo, una posición, cierta importancia social; soy casado y padre de familia, y lleno mi deber de hombre y de ciudadano; en tanto que él, ¿qué es él? Permítame usted que se lo pregunte. Me dirijo a usted como a un hombre favorecido con los beneficios de la educación. Ahí tiene usted; las profesoras en partos, por ejemplo, se han multiplicado de un modo extraordinario.
Raskolnikoff miró al oficial con aire asombrado. Las palabras de Ilia Petrovitch, que violentamente acababa de levantarse de la mesa, produjeron en su ánimo una impresión que él no se explicaba. Sin embargo, algo comprendía. En aquel momento preguntaba con los ojos a su interlocutor e ignoraba cómo acabaría todo aquello.
—Hablo de estas jóvenes que llevan el cabello corto a lo Tito—continuó el inagotable Ilia Petrovitch—. Yo las llamo profesoras en partos, y el nombre me parece muy bien aplicado. ¡Je, je! Siguen cursos de anatomía. Dígame, si me pusiese enfermo, ¿cree usted que me dejaría tratar por una de esas señoritas? ¡Je, je!
Ilia Petrovitch se echó a reír encantado de su chiste.
—Admito la sed de instrucción; pero, ¿no se puede uno instruir sin dar en semejantes excesos? ¿Por qué ser insolente? ¿Por qué insultar a nobles personalidades, como lo hace ese necio de Zametoff? ¿Por qué me ha insultado, le pregunto a usted? Otra epidemia que hace terribles progresos, es la del suicidio. Se gasta uno todo lo que tiene, y en seguida se mata. Muchachas, jovenzuelos, viejos. Hemos sabido últimamente que un señor recién llegado aquí acaba de poner fin a sus días. ¡Nil Pavlitch, eh, Nil Pavlitch! ¿cómo se llama el caballero que se ha matado esta mañana en la Petersburgskeria?
—Svidrigailoff—dijo uno que se encontraba en la habitación inmediata.
Raskolnikoff tembló.
—¡Svidrigailoff! ¡Svidrigailoff se ha levantado la tapa de los sesos!
—¡Cómo! ¿Usted conocía a Svidrigailoff?
—Sí; en efecto, había venido hace poco. Acababa de perder a su esposa; era un libertino. Se ha pegado el tiro en condiciones muy escandalosas. Han encontrado sobre su cadáver un librito de notas en que estaban escritas estas palabras: «Muero en posesión de mis facultades; que no se acuse a nadie de mi muerte.» Este hombre tenía, según se dice, dinero. ¿De qué le conocía usted?
—¿Yo...? Había sido mi hermana institutriz en su casa.
—¡Ah, ah!... Entonces puede usted dar noticias acerca de él. ¿No tenía usted sospechas de su proyecto?
—Le vi ayer. Le encontré bebiendo vino... Nada sospeché.
A Raskolnikoff le parecía que tenía una montaña sobre el pecho.
—¿Qué es eso? Se pone usted pálido. ¡Está tan cargada la atmósfera de esta habitación!
—Sí; ya es tiempo de que me vaya—balbuceó el joven—. Perdóneme usted si le he molestado.
—Nada de eso. Aquí estamos siempre a su disposición. Me ha causado gran placer y me complazco en declararlo.
Al pronunciar estas palabras, Ilia Petrovitch tendió la mano al joven.
—Quería solamente... Tenía un asunto que tratar con Zametoff.
—Comprendo, comprendo. Tanto gusto en haberle visto.
—También yo lo he tenido... Hasta la vista—dijo Raskolnikoff sonriendo.
Salió tambaleándose. Le daba vueltas la cabeza. Apenas podía tenerse en pie, y, al bajar la escalera, le fué forzoso apoyarse en la pared para no caerse. Le pareció que un dvornik, que se dirigía al despacho de policía, tropezaba con él al pasar; que un perro ladraba en una habitación del primer piso, y que una mujer gritaba para hacer callar al animal. Llegado al pie de la escalera, entró en el patio. Erguida, no lejos de la puerta, Sonia, pálida como la muerte, le miraba con asombro. Se detuvo frente a ella. La joven se retorcía las manos; su fisonomía expresaba la más terrible desesperación. Al verla, Raskolnikoff sonrió; pero, ¡con qué sonrisa! Un instante después volvía a entrar en la oficina de policía.
Ilia Petrovitch estaba ojeando unos papeles. Delante de él se hallaba el mismo mujik que un momento antes había tropezado con Raskolnikoff en la escalera.
—¡Ah! ¿Usted aquí otra vez? ¿Se le ha olvidado algo? ¿Qué le pasa?
Con los labios descoloridos, fija la mirada, Raskolnikoff avanzó lentamente hacia Ilia Petrovitch y, apoyándose con la mano en la mesa ante la cual estaba sentado el oficial de policía, quiso hablar, pero no pudo pronunciar más que sonidos ininteligibles.
—¿Está usted enfermo? ¡Una silla! Aquí está. Siéntese usted. ¡Agua!
Raskolnikoff se dejó caer en el asiento que se le ofrecía; pero sus ojos no se apartaban de Ilia Petrovitch, cuyo semblante expresaba una sorpresa muy desagradable. Durante un minuto ambos se miraron en silencio. Trajeron agua.
—Yo soy...—empezó a decir Raskolnikoff.
—Beba usted.
El joven rechazó con un ademán el vaso que le presentaban, y en voz baja pero clara, hizo, interrumpiéndose muchas veces, la siguiente declaración:
—Yo soy quien asesinó a hachazos, para robarlas, a la vieja prestamista y a su hermana Isabel.
Ilia Petrovitch llamó; acudieron de todas partes.
Raskolnikoff repitió su confesión.