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El crimen y el castigo

PRIMERA PARTE (continued 2)

Pedro Pedraza y Páez translation

Raskolnikoff no se sentaba ni quería irse, y permanecía en pie frente a ella, sin saber qué resolver. Era más de la una y hacía un calor insoportable; así es que la avenida, que a otras horas suele estar muy concurrida, estaba casi desierta. Sin embargo, a quince pasos de distancia se mantenía apartado, en la cuneta del paseo, un señor que evidentemente deseaba aproximarse a la joven con ciertas intenciones. También, sin duda, la había visto de lejos y puéstose a seguirla; pero la presencia de Raskolnikoff le embarazaba. Echaba, disimuladamente, es verdad, miradas irritadas a este último y esperaba con impaciencia el momento en que aquel «descamisado» le cediese el puesto. Nada más claro. El tal caballero, vestido muy elegantemente, era de unos treinta años, grueso, fuerte, de tez rojiza, de labios rosados y fino bigote. Raskolnikoff, invadido de violenta cólera, y deseoso de insultarle, se apartó un instante de la joven y se aproximó al señor.

—¡Eh, Svidrigailoff!—exclamó el joven apretando los puños y riendo sardónicamente, lo que hacía que los labios se le cubriesen de espuma.

El elegante frunció las cejas, y su fisonomía tomó un aspecto de altanero estupor.

—¿Qué significa esto?—continuó con un tono despreciativo.

—Esto significa que es preciso que se vaya con la música a otra parte.

—¿Cómo te atreves, canalla...?

Y levantó el bastón; pero Raskolnikoff, con los puños cerrados, se lanzó sobre el grueso señor, sin pensar que éste habría dado fácilmente cuenta de dos adversarios como él. Mas en aquel momento alguien asió por detrás a Raskolnikoff: era un guardia que acertó a pasar casualmente junto a ellos.

—¡Calma, señores; no se peguen ustedes en la vía pública! ¿Qué le pasa a usted? ¿Quién es usted?—preguntó severamente a Raskolnikoff, fijándose en su miserable aspecto.

Raskolnikoff miró con atención a quien le hablaba. El guardia, con sus bigotes blancos, tenía cara de soldado veterano; parecía, además, inteligente.

—De usted precisamente tenía necesidad—dijo el joven, y agarró por el brazo al guardia—. Soy un antiguo estudiante; me llamo Raskolnikoff. Usted puede también oírlo—añadió, dirigiéndose al caballero—; venga usted conmigo—y, sin soltar al guardia, le llevó hasta el banco—. Mire usted, esa joven se halla en completo estado de embriaguez; hace un momento se paseaba por la avenida; es difícil averiguar su posición social; pero no parece mujer de vida alegre. Lo más probable es que la hayan emborrachado, y abusado de ella después... ¿Comprende usted?... Luego, ebria como estaba, la han echado a la calle. Vea usted los jirones que tiene el traje; repare usted cómo lo lleva puesto; esta joven no se ha vestido por sí misma, la han vestido manos inexpertas, seguramente manos de hombre. Fíjese usted. Este buen señor, con quien quería agarrarme hace un momento, a quien no conozco, a quien veo por primera vez, advirtiendo que esta muchacha está ebria y que no tiene conciencia de nada, ha querido aprovecharse de su estado para llevarla Dios sabe adónde. Esté usted seguro de que no le engaño; he visto cómo la miraba y la seguía; pero como mi presencia le estropeaba la combinación esperaba que me marchase... Vea usted cómo se ha separado de nosotros, y con qué aire de importancia hace un cigarrillo... ¿Cómo libraremos a esta joven de sus insidias? ¿De qué modo hacer que se vuelva a su casa? Piense usted un poco en esto...

El guardia se hizo cargo inmediatamente de la situación y se puso a reflexionar. No había duda respecto a las intenciones del caballero, pero quedaba la muchacha. El soldado se inclinó hacia ella para examinarla de cerca, y en su semblante se dibujó verdadera compasión.

—¡Ah, qué desgracia!—dijo moviendo la cabeza—. Es todavía una niña. De seguro se la ha tendido un lazo. Escuche, señorita; ¿dónde vive usted?

La joven levantó pesadamente los párpados y miró a los dos hombres con expresión imbécil e hizo un gesto como para rechazarlos.

Raskolnikoff sacó del bolsillo veinte kopeks.

—Tome usted—dijo al guardia—: tome usted un coche y llévela a su casa. Sólo falta que nos dé su dirección.

—¡Señorita, eh, señorita!—dijo de nuevo el guardia, después de tomar el dinero—. Voy a buscar un coche, y yo mismo la conduciré a usted a su casa. ¿Adónde hay que llevarla? ¿Dónde vive usted?

—¡Oh Dios mío!... ¡Me prenden!—murmuró la joven con el mismo movimiento de antes.

—¡Ah! ¡Qué ignominia! ¡Qué infamia!—dijo el soldado, sintiendo a la vez piedad e indignación—. ¡Vaya un apuro!—añadió dirigiéndose a Raskolnikoff, a quien miró de nuevo de pies a cabeza.

Aquel desharrapado tan dispuesto a dar dinero, le parecía enigmático.

—¿La ha encontrado usted muy lejos de aquí?—preguntó.

—Ya le he dicho que iba delante de mí, por la avenida, tambaleándose. Apenas llegó a este banco, se dejó caer en él.

—¡Ah! ¡Qué infamias se cometen en el mundo, señor! ¡Tan joven... y borracha! ¡La han engañado, de seguro! ¡Tiene la ropa desgarrada!... ¡Oh, cuánto vicio hay en el día!... Quizá sean sus padres nobles arruinados. ¡Hay tantos ahora! Parece una señorita de buena familia.

Acaso el guardia era padre de hijas bien educadas, a las cuales pidiera tomarse por muchachas de buena familia.

—Lo esencial—dijo Raskolnikoff—es impedir que caiga en las manos de ese hombre. De fijo que el bribón no ha desistido de su propósito. ¡Allí sigue!

Al decir estas palabras, el joven levantó la voz e indicó con un ademán al caballero. Este, al oír lo que de él se decía, hizo ademán de enfadarse; pero después, pensándolo mejor, se limitó a lanzar a su enemigo una mirada despreciativa y se alejó otros diez pasos, deteniéndose de nuevo.

—No, no se saldrá con la suya ese señor—respondió con aire pensativo el guardia—; si dijese dónde vive... pero no sabiéndolo... Señorita, ¡eh! señorita—añadió dirigiéndose otra vez a la joven.

De repente, la muchacha abrió los ojos y miró atentamente, como si un rayo de luz iluminase su espíritu. Se levantó y echó a andar en dirección opuesta a la que había llevado.

—¡Vaya con los sinvergüenzas! ¡qué manera de asediar a una!—dijo extendiendo de nuevo el brazo como para apartar a alguien.

Iba de prisa; pero con paso siempre poco seguro. El elegante se puso a seguirla, aunque por el otro lado del paseo, sin perderla de vista.

—Esté usted tranquilo; repito que no se saldrá con la suya—dijo resueltamente el guardia, y partió en seguimiento de la joven—. ¡Ah! ¡cuánto vicio hay ahora!—repitió, exhalando un suspiro.

En aquel momento debió operarse un cambio tan completo como repentino en el ánimo de Raskolnikoff, porque dirigiéndose al guardia gritó:

—Escuche usted.

El interpelado se volvió.

—¡Déjela usted! ¿Por qué se ha de mezclar usted en esto? ¡que se divierta (y señalaba al elegante) si quiere! A usted, ¿qué más le da?

El soldado no comprendió este lenguaje, y miró asombrado a Raskolnikoff, que se echó a reír.

—¡Ea!—dijo el guardia agitando el brazo.

Después se alejó detrás del señor elegante y de la muchacha. Probablemente habría tomado a Raskolnikoff por un loco o por algo peor.

—Se me ha llevado mis veinte kopeks—dijo éste con cólera cuando se quedó solo—. Luego el otro le dará también dinero, le abandonará la muchacha y asunto concluído... ¡Qué idea me ha dado a mí de echármelas de bienhechor! ¿Puedo yo acaso ayudar a nadie? ¿Tengo derecho a ello? Que las gentes se devoren unas a otras, ¿qué debe importarme? ¿Y por qué me he permitido regalarle los veinte kopeks? ¿Acaso eran míos?

A pesar de sus extrañas palabras, tenía el corazón angustiado. Se sentó como anonadado en el banco. Sus pensamientos eran incoherentes. Le molestaba en aquel momento pensar en nada. Hubiera querido dormirse profundamente, olvidarlo todo, despertarse después y comenzar una nueva vida.

—¡Pobrecilla!—dijo contemplando el sitio donde poco antes había estado sentada la joven—. Cuando vuelva en sí llorará; su madre sabrá su aventura. Primero la zarandeará; después la dará latigazos para añadir la humillación a su dolor, y quizá la echará de casa... Y aun cuando no la eche, cualquier Daría Frantzovna husmeará la casa y la pobre muchacha irá rodando de una parte a otra hasta que entre en el hospital, lo que no tardará en suceder (siempre pasa lo mismo a las muchachas que hacen a escondidas esa vida, porque tienen madres muy honradas). Una vez curada, volverá a las andadas; después otra vez al hospital... las tabernas... y otra vez al hospital... Al cabo de dos o tres años de esta vida, a los diez y ocho o a los diez y nueve años, será un andrajo. ¡A cuántas que han comenzado como ésta, he visto acabar del mismo modo! Pero, ¡bah! Es necesario, se dice, que así suceda; es un tanto por ciento anual, una prima de seguro público que debe ser pagada... para garantizar el reposo de las otras. ¡Un tanto por ciento! ¡Qué lindas frases! ¡encierran algo científico que tranquiliza! Cuando se dice «tanto por ciento», no hay más que hablar; ya no hay para qué preocuparse. Con otro nombre la cosa nos preocuparía más... ¿Quién sabe si Dunetchka no está comprendida en el «tanto por ciento» del año próximo, o quizás en el de este mismo año?

»Pero, ¿a dónde me proponía ir?—pensó de repente—. Es extraño. Al salir de casa tenía un propósito. Al acabar de leer la carta salí...

»¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Iba a la plaza de Basilio Ostroff, a casa de Razumikin. Mas, ¿para qué? ¿Cómo se me ha ocurrido la idea de visitar a Razumikin?»

No se comprendía él mismo. Razumikin era un condiscípulo suyo de Universidad. Es de advertir que, cuando Raskolnikoff asistía a las clases de Derecho vivía muy aislado; no iba a casa de ninguno de sus condiscípulos, ni recibía sus visitas. Estos, por su parte, le correspondían del mismo modo. Jamás tomaba parte ni en las reuniones ni en las bromas de los estudiantes. Se le estimaba por su ejemplar aplicación; era muy pobre, muy orgulloso y muy reservado; sus compañeros creían que Raskolnikoff los miraba desdeñosamente como si fueran chiquillos, o por lo menos seres muy inferiores a él en conocimientos, en ideas y en desarrollo intelectual.

No obstante, intimó bastante con Razumikin, o mejor dicho, se mostró con él de carácter menos cerrado que con los otros. Verdad es que el genio franco e irreflexivo de Razumikin inspiraba irresistible confianza. Era este joven en extremo alegre, expansivo y bueno hasta la candidez, lo que no impedía que tuviese otras cualidades serias. Sus compañeros más inteligentes reconocían su mérito y todos le apreciaban. No tenía pelo de tonto, aunque pareciese imbécil. A primera vista, llamaba su atención por sus cabellos negros, su rostro siempre mal afeitado, su alta estatura y su excesiva delgadez.

Calavera en ocasiones, se le tenía por un Hércules. Una noche que recorría las calles de San Petersburgo en compañía de algunos amigos, echó a rodar de un solo puñetazo a un guardia municipal que tenía dos archines y doce vechoks[9]. Podía hacer los mayores excesos de bebida, y observaba, cuando se lo proponía, la más estricta sobriedad. Si a veces cometía inexcusables locuras, procedía otras con cordura ejemplar. Lo más notable del carácter de Razumikin era que jamás se descorazonaba ni se dejaba abatir por las contrariedades. Vivía en una guardilla, soportando los horrores del frío y del hambre, sin que por ello perdiera un momento su buen humor. Muy pobre, reducido a procurarse lo necesario para su subsistencia, encontraba medio de ganarse, bien o mal, la vida, porque era sobradamente despreocupado y conocía una porción de sitios en que le era posible encontrar dinero, por supuesto, trabajando.

Pasó todo un invierno sin fuego; aseguraba que éste le agradaba sobremanera porque se duerme mejor cuando se tiene frío. Ultimamente había tenido que dejar la Universidad por falta de recursos; pero confiaba en reanudar en breve sus estudios y tampoco se descuidaba en mejorar su situación pecuniaria.

Raskolnikoff no había estado en su casa desde hacía cuatro meses, y Razumikin ignoraba dónde vivía su amigo. Se habían cruzado en la calle dos meses antes; pero Raskolnikoff se pasó a la otra acera para no ser visto por Razumikin. Este reconoció a Raskolnikoff; pero, no queriendo molestarle, fingió que no le veía.

V.

—En efecto, no hace mucho que me proponía ir a casa de Razumikin a fin de suplicarle que me proporcionase algunas lecciones o cualquier otro trabajo...—se decía Raskolnikoff—. Pero ahora, ¿de qué ha de servirme? supongamos que puede proporcionarme alguna lección; hasta quiero suponer también que hallándose en fondos se quede sin un kopek siquiera para facilitarme medios con que comprar unas botas y el traje decente que necesita un pasante... Bueno, ¿y después? ¿Qué hago yo con unas cuantas piataks[10]? ¿Qué resuelvo con ellos? ¡Bah! sería una necedad ir a casa de Razumikin.

La razón de saber por qué se dirigía entonces a casa de su amigo le causaba tormento mayor de lo que a sí mismo se confesaba; ansiaba dar algún sentido siniestro a esta marcha, en apariencia la más sencilla del mundo.

—¿Es posible que en mi situación haya puesto mis esperanzas todas en Razumikin? ¿Esperaba yo realmente de él remedio?—se preguntaba con estupor.

Reflexionaba, se frotaba la frente, y de repente, después de haber puesto algún tiempo su espíritu en tortura, brotó en su cerebro una extraña idea:

—Sí, iré a casa de Razumikin; pero no ahora; iré a verle al día siguiente, cuando aquello esté hecho y mis negocios tengan otro aspecto...

Apenas hubo pronunciado aquellas palabras, experimentó una brusca conmoción.

—¡Cuando aquello esté hecho!—exclamó con un sobresalto que le hizo levantarse del banco en que estaba sentado—. ¿Sucederá eso? ¿Será posible?

Dejó el banco y se alejó con apresurado paso. Su primer movimiento fué el de dirigirse a su domicilio; mas, ¿para qué? ¡Volver a aquel aposento en que acababa de pasar más de un mes premeditando todo aquello! Al saltarle este pensamiento, se sintió disgustado y se puso a marchar a la ventura. Su temblor nervioso tomó un carácter febril. Se estremeció convulsivamente y, a pesar de la elevación de la temperatura, tenía frío. Casi a su pesar, cediendo a una especie de necesidad interior, se esforzaba en fijar su atención en los diversos objetos que encontraba, para librarse de la obsesión de una idea que le trastornaba. En vano trataba de distraerse; a cada instante caía en su preocupación. Cuando levantaba la cabeza dirigía sus miradas en torno suyo, y olvidaba durante un minuto lo que venía pensando y aun el lugar donde se encontraba. De este modo fué como atravesó toda la plaza de Basilio Ostroff, desembocó en el pequeño Neva, pasó el puente y llegó a las islas. El verdor y la frescura regocijaron sus ojos, acostumbrados al polvo, a la cal, a los montones de arena y de escombros. Allí nada de ahogo, de exhalaciones metíficas, ni de tabernas.

Pero pronto perdieron estas sensaciones nuevas su encanto y dieron lugar a una gran inquietud. A veces el joven se detenía delante de alguna quinta que surgía coquetonamente en medio de una vegetación riente, miraba por la verja y veía en las terrazas y balcones mujeres elegantemente vestidas o niños que correteaban por los jardines. Se fijaba principalmente en las flores; era lo que atraía más sus miradas. De tiempo en tiempo pasaban al lado de él caballeros y amazonas y soberbios carruajes; los seguía con los ojos curiosos y los olvidaba antes de que lo hubiese perdido de vista.

Se detuvo para contar el dinero que llevaba en el bolsillo, y se encontró dueño, aproximadamente, de treinta kopeks. «He dado veinte al guardia y tres a Anastasia por la carta—pensó—; por consiguiente, son cuarenta y tres o cincuenta kopeks los que dejé ayer en casa de Marmeladoff.»

Había tenido motivo para comprobar el estado de su hacienda; pero un instante después ya no se acordaba de la razón por la cual sacó el dinero del bolsillo. A poco rato se acordó de comer, al pasar delante de un figón: su estómago se lo recordaba.

Entró en la taberna, se echó al cuerpo una copa de aguardiente y tomó un bocado. El poco de aguardiente que acababa de tomar le hizo inmediatamente efecto; le pesaban las piernas y le dió sueño. Quiso volverse a su casa, pero al llegar a Petrovsky Ostroff comprendió que no podía dar un paso más. Dejó, pues, el camino, penetró en el soto y se echó en la hierba, durmiéndose en seguida.

Cuando se está algo enfermo, los sueños suelen distinguirse por su relieve extraordinario y por su asombrosa semejanza con la realidad. El cuadro es a veces monstruoso; pero la mise en scéne y todo lo que pertenece a la representación, son, sin embargo, tan verosímiles, los detalles tan minuciosos, y ofrecen por lo imprevisto una combinación tan ingeniosa, que el soñador, aunque sea un artista como Pushkin o Turgueneff, sería incapaz, despierto, de inventarlos tan bien. Estos sueños morbosos dejan siempre un gran recuerdo, y afectan profundamente el organismo, ya quebrantado, del individuo.

Raskolnikoff tuvo un sueño horrible. Se veía niño en la pequeña ciudad en que vivía entonces con su familia. Era un día festivo, y al anochecer, se paseaba extramuros acompañado de su padre. El tiempo era gris, la atmósfera pesada; los lugares exactamente tales como su memoria los recordaba; en su sueño advirtió más de un detalle de que despierto no se acordaba. Veía todo el pueblo; en los alrededores ni un solo sauce blanco; allá, muy lejos, en el confín del horizonte, un bosquecillo formaba una mancha negra. A algunos pasos del último jardín del pueblo había una gran taberna, delante de la cual no podía pasar con su padre ni una sola vez sin experimentar una desagradable impresión y un sentimiento de miedo. Siempre estaba llena de multitud de personas que charlaban, reían, se injuriaban, se pegaban o cantaban con voz ronca cosas repugnantes; por los alrededores siempre se veían hombres borrachos. Al aproximarse Rodión se arrimaba a su padre y temblaba de pies a cabeza. El camino que conducía a la taberna estaba lleno de polvo negro. A trescientos pasos de allí, este camino formaba un recodo y daba vuelta al cementerio de la ciudad. En medio del cementerio se alzaba una iglesia de piedra, cubierta de una cúpula verde, adonde iba el niño dos veces al año a oír misa con su padre y su madre cuando se celebraba el funeral por el eterno descanso de su abuela, muerta hacía mucho tiempo, y a quien no había conocido. Llevaban un pastel de arroz con una cruz encima hecha con pasas. El niño amaba esta iglesia, con sus viejas imágenes, en su mayor parte desprovistas de adornos, y su anciano capellán de cabeza temblona. Al lado de la piedra que marcaba el sitio donde reposaban los restos de la anciana, había una tumba pequeña, la del hermano mayor de Rodión, muerto a los seis meses. Tampoco le había conocido, pero se le había dicho que había tenido un hermanito; así es que cada vez que visitaba el cementerio, hacía piadosamente la señal de la cruz encima de la tumba pequeña, e inclinándose con respeto la besaba.

He aquí ahora su sueño: va con su padre por el camino del campo santo; pasan delante de la taberna; él va asido de la mano de su padre y dirige miradas tenebrosas a la odiosa casa, donde reina mayor animación que de costumbre. Hay allí muchedumbre de campesinas y de mujeres de la clase media, vestidas con sus trajes domingueros, acompañadas de sus maridos y de la hez del pueblo. Todos están ebrios y todos cantan. Delante de la puerta de la taberna hay una de esas enormes carretas que se emplean de ordinario para el transporte de mercancías y toneles de vino, a las que se suelen enganchar vigorosos caballos de gruesas patas y largas crines. A Raskolnikoff le divertía contemplar aquellos robustos animales que arrastraban pesos enormes sin la menor fatiga. Pero ahora a esa pesada carreta estaba enganchado un caballejo flaquísimo, uno de esos escuálidos rocines que los mujiks acostumbran enganchar a grandes carros de madera o de heno y a los que muelen a palos, llegando hasta pegarles en los ojos y en los befos cuando las pobres bestias hacen esfuerzos para arrastrar el vehículo atascado. Este espectáculo, visto varias veces por Raskolnikoff, le llenaba los ojos de lágrimas, y su madre, en tales casos, le apartaba siempre de la ventana. De repente se promueve un gran alboroto; de la taberna salen gritando, cantando y tocando la guitarra varios mujiks completamente ebrios; llevan blusas rojas y azules, y los capottes echados negligentemente sobre los hombros.

—¡Subid, subid todos!—grita todavía un hombre, de robusto cuello y de rostro carnoso, color de zanahoria—. ¡Os llevo a todos, subid!

Estas palabras provocan risas y exclamaciones.

¡Hacer el camino con semejante penco!

—Has perdido el juicio, Mikolka; ¿a quién se le ocurre enganchar ese jamelgo a semejante carro?

—De seguro que este rocín tiene más de veinte años.

—Subid, os llevo a todos—grita de nuevo Mikolka, subiendo al primer carro, y, poniéndose de pie en el pescante del vehículo, aferra las riendas—. El caballo bayo se lo llevó Madviei y este animalucho, amigos míos, es una condenación para mí, debería matarlo: no gana lo que come. Os digo que subáis, ya veréis cómo lo hago galopar. ¡Vaya si galopará!

Y al decir esto, toma el látigo, gozoso con la idea de fustigar al pobre jaco.

—¡Ea, subamos, puesto que dice que vamos a ir al galope!—dijeron, burlándose, los del grupo.

—Apuesto a que hace diez años que no galopa.

—¡Buena marcha llevará!

—No tengáis miedo, amigos míos; tomad cada uno una vara, ¡y duro!

—¡Eso, eso, se le arreará!

Trepan todos al carro de Mikolka riendo y burlándose. Han subido ya seis hombres y queda sitio todavía. Con los que han montado va una gruesa campesina, de rostro rubicundo, vestida con un traje de algodón rojo, en la cabeza una especie de gorro adornado con abalorios y va partiendo avellanas y se ríe de tiempo en tiempo. También se ríe la gente que rodea el carro, y en efecto, ¿cómo no reírse ante la idea de que semejante penco lleve al galope a tantas personas? Dos de los que están en el carro toman látigos para ayudar a Mikolka.

—¡Andando!—grita este último.

El caballo tira con todas sus fuerzas; pero, lejos de galopar, apenas si puede avanzar un paso: patalea, gime y encoge los lomos bajo los golpes copiosos como el granizo que los tres látigos le descargan. Redoblan las risas en el carro y en el grupo; pero Mikolka se incomoda y golpea al jaco con más fuerza como si, en efecto, esperase hacerle galopar.

—Dejadme subir a mí también, amigos míos—grita entre los espectadores un joven que arde en deseos de mezclarse con la alegre pandilla.

—Sube—respondió Mikolka—. Subid todos, que yo le haré correr.

Y sigue, sigue golpeando, y en su furor no sabe ya con qué pegarle al animal.

—Papá, papá—dice el niño a su padre—, ¿qué están haciendo? ¡Pegan al pobre caballejo!

—Vamos, vamos—dice el padre—; son borrachos que se divierten a su modo. ¡Imbéciles! No les hagas caso.

Quiere llevárselo; pero Rodión se desprende de las manos paternales, y sin hacer caso de nada se acerca corriendo al caballo. El desgraciado cuadrúpedo no puede ya más. Resuella fatigosamente, trata de tirar, y poco falta para que no se caiga.

—¡Pegadle, pegadle hasta que reviente!—aúlla Mikolka—. Eso es lo que hay que hacer. Yo os ayudaré.

—¡Tú no eres cristiano, sino lobo!—grita un viejo del grupo.

—¿A quién se le ocurre que un animalejo tan pequeño pueda arrastrar un armatoste como éste?—grita otro.

—¡Bribón!—vocifera un tercero.

—No es tuyo, es mío; hago lo que quiero. ¡Subid aún! ¡Es preciso que galope!

De repente la voz de Mikolka queda ahogada por las carcajadas de la gente; el animal, atormentado por los palos, acaba por perder la paciencia, y a pesar de su debilidad, empieza a tirar coces. Hasta el mismo viejo se echa a reír. Y había, en efecto, motivos de risa: ¡un caballo que no puede sostenerse en pie y que, sin embargo, cocea!

Dos campesinos se destacan del grupo, y armados de látigos la emprenden a palos con el animal. Uno por la derecha y otro por la izquierda.

—¡Dadle en los morros, en los ojos, sí, en los ojos!—vociferaba Mikolka.

—¡Una canción, amigos!—grita uno del corro, e inmediatamente toda la pandilla entona una canción soez al son de una pandereta.

La campesina sigue partiendo avellanas y se ríe.

Rodión se acerca al caballo y ve que le pegan en los ojos, ¡sí, en los ojos! El niño llora; se le subleva el corazón y corren sus lágrimas. Uno de los verdugos le toca el rostro con el látigo, pero él no lo siente. Se retuerce las manos y grita. Después se dirige al viejo de la barba y cabellos blancos, que mueve la cabeza y condena aquellas demasías.

Una mujer toma al niño de la mano y quiere apartarlo de esta escena; pero él se escapa y corre otra vez hacia el caballo. Este, ya casi sin fuerzas, intenta aún cocear.

—¡Ah, maldito!—exclama Mikolka, deja el látigo, se baja, toma del fondo del carro un largo y pesado garrote y lo blande con fuerza con las dos manos sobre el pobre caballo.

—¡Lo va a matar!—gritaban en derredor suyo.

—¡Lo matará!

—¡Es mío!—grita Mikolka, y el garrote, manejado por dos brazos vigorosos, cae con estrépito sobre el lomo del animal.

—¡Fustígalo! ¿Por qué te detienes?—gritan varias voces en el grupo.

De nuevo el garrote se levanta y cae sobre el espinazo de la pobre bestia. Bajo la violencia del golpe, el caballejo está a punto de caerse. Sin embargo, hace un supremo esfuerzo con todas las fuerzas que le quedan; tira, tira en diversos sentidos para escapar de aquel suplicio, mas por todas partes encuentra los seis látigos de sus perseguidores. Mikolka una vez y otra vez golpea a su víctima con el garrote. Está furioso por no poder matarlo de un solo golpe.

—¡No quiere morir!—gritan los del grupo.

—¡No le queda mucho de vida!—observa uno de los que contemplan regocijados el bárbaro espectáculo—. Se acerca su último momento.

—Dale con un hacha; es el medio de acabar con él—apunta un tercero.

—Dejadme—dice Mikolka, y suelta el garrote; busca de nuevo en el carro, y toma una barra de hierro—. ¡Fuera!—grita, y asesta un violento golpe al pobre caballo.

El penco se tambalea; quiere aún tirar, pero un segundo golpe con la barra le tiende en el suelo, como si le hubiesen cortado instantáneamente los cuatro miembros.

—¡Acabemos!—aúlla Mikolka, que, fuera de sí, salta del carro.

Algunos mocetones, rojos y avinados, agarran cada cual lo que tienen más a mano, látigos, palos, el garrote, y corren al caballo expirante. Mikolka, en pie, al lado de la bestia, la golpea sin cesar con la barra de hierro. El caballo extiende la cabeza y muere.

—¡Ha muerto!—gritan en el grupo.

—¿Por qué no quería galopar?

—¡Era mío!—gritó Mikolka, teniendo siempre en la mano la barra.

Tenía los ojos inyectados de sangre. Parecía enfurecido porque la muerte le hubiese quitado su víctima.

—¡La verdad! ¡Tú no eres cristiano!—gritan indignados algunos asistentes.

El pobre niño está fuera de sí. Dando voces se abre paso por entre el grupo que rodea al caballo, levanta la cabeza ensangrentada del cadáver, le besa en el hocico y en los ojos... Después, en un repentino arrebato de cólera, cierra los puños y se arroja sobre Mikolka. En aquel momento su padre, que desde hace un rato le buscaba, lo encuentra al fin y le aparta de la gente.

—¡Vámonos, vámonos!—le dijo—. Volvamos a casa.

—¡Papá! ¿por qué han matado al pobre caballo?—solloza el niño; pero le falta la respiración; de su garganta salen roncos sonidos.

—¡Son barbaridades de gente ebria! ¡Nada tenemos que ver con ellos!—dice el padre.

Rodión le oprime entre sus brazos; pero siente tal fatiga... quiere respirar, grita, y se despierta.

Raskolnikoff se despertó jadeando, con el cuerpo húmedo y los cabellos empapados de sudor; se sentó bajo un árbol y respiró con fuerza.

—¡Gracias a Dios, no ha sido más que un sueño!—dijo—. ¡Cómo! ¿Iré a tener fiebre? No sería extraño, después de un sueño tan horroroso.

Tenía quebrantados los miembros, y el alma llena de obscuridad y de confusión. Apoyó los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza entre las manos.

—¡Dios mío!—exclamó—. ¿Será posible, en efecto, que yo tome un hacha y parta el cráneo de aquella mujer?... ¿Será posible que yo ande por encima de sangre tibia y viscosa, que fuerce la cerradura, robe y me oculte, temblando, ensangrentado, con el hacha?... ¡Señor! ¿Será posible?

Al decir esto temblaba como la hoja en el árbol.

—Pero, ¿por qué pienso en esas cosas?—continuó con profunda sorpresa—. Veamos; sé muy bien que no soy capaz de ello; ¿por qué, pues, me atormenta esa idea? Ayer, ayer ya, cuando fuí a hacer el ensayo, comprendí perfectamente que aquello era superior a mis fuerzas. ¿De dónde procede que siga dando vueltas a la misma idea? Ayer, al bajar la escalera, iba diciendo que era innoble, odioso, repugnante... Solamente pensar en tal cosa me aterraba.

»No, no me atreveré; esto es superior a mis fuerzas. Aunque todos mis razonamientos no dejasen lugar a duda, aunque todas las conclusiones a que he llegado durante un mes fuesen claras como el día, exactas como la Aritmética, no podría decidirme a dar este paso. ¡No soy capaz! ¿Por qué pues, por qué ahora...?

Se levantó, miró en torno suyo, como si se sorprendiese de estar allí, y se encaminó hacia el puente T***. Estaba pálido y le brillaban los ojos. Todo su ser mostraba decaimiento; pero comenzaba a respirar con más libertad. Se sentía ya libre del horrible peso que durante largo tiempo le había oprimido, y su alma recobraba la paz.

—¡Señor!—exclamó—; ¡muéstrame mi camino y renunciaré a este designio maldito!

Al atravesar el puente miró tranquilamente el río, y contempló la resplandeciente puesta de sol. A pesar de su debilidad, no se sentía cansado. Se hubiera dicho que acababa de recobrar repentinamente la salud de su espíritu. Ahora es libre. Estaba roto el encanto. Había cesado de influir sobre él el horrible maleficio.

Más tarde, Raskolnikoff se acordó, minuto por minuto, del empleo de su tiempo durante aquellos días de crisis; entre otras circunstancias, venía a menudo a su pensamiento una que, aun cuando en rigor no tenía nada de extraordinario, le preocupaba como una especie de terror supersticioso, a causa de la acción decisiva que había ejercido sobre su destino.

He aquí el hecho que constituía para él siempre un enigma. ¿Por qué cuando cansado, exhausto, hubiera debido, como era natural, volver a su casa por el camino más corto y más directo, se le había ocurrido pasar por el Mercado de Heno en donde nada, absolutamente nada le llamaba? Verdad era que este rodeo no alargaba mucho su camino; pero resultaba completamente inútil. Se le había ocurrido mil veces volverse a su casa sin fijarse en el itinerario recorrido.

—¿Pero por qué, pues—se preguntaba siempre—, por qué aquel encuentro tan importante, tan decisivo para mí, al mismo tiempo tan fortuito, que tuve en el Mercado del Heno (adonde no tenía para qué ir), se verificó en el momento mismo en que, dadas las disposiciones en que me encontraba, había de tener para mí las más graves y terribles consecuencias?

Tentado estaba de ver en esta fatal coincidencia el efecto de una predestinación.

Cerca eran de las nueve cuando el joven llegó al Mercado del Heno. Los tenderos cerraban sus establecimientos; los vendedores ambulantes se preparaban, lo mismo que los tratantes, a volver a su casa. Obreros y desharrapados de toda especie bullían en los alrededores de los bodegones y tabernas que en el Mercado del Heno ocupaban el piso bajo de la mayor parte de los edificios. Esta plaza y los pereuloks[11] de sus inmediaciones eran los lugares que Raskolnikoff frecuentaba de mejor gana cuando salía sin saber adónde ir. Allá, en efecto, sus harapos no llamaban la atención a nadie y podía, él como cualquiera, pasearse vestido como tuviera por conveniente. En la esquina del pereulok de K***, un mercader que, como los demás, se disponía a volver a su casa, hablaba con su mujer y con una conocida que acababa de aproximarse a ellos. Esta última era Isabel Ivanovna, hermana de Alena Ivanovna, la usurera en cuya casa Raskolnikoff había entrado la víspera a empeñar su reloj y a hacer el ensayo.

De tiempo atrás sabía algo acerca de esta Isabel; ella también le conocía. Era alta y desgarbada solterona de treinta y cinco años, tímida, dulce y casi idiota. Temblaba ante su hermana, que la trataba como esclava, la hacía trabajar día y noche y hasta le pegaba.

En aquel momento su fisonomía expresaba indecisión, en tanto que en pie, con un paquete en la mano, escuchaba atentamente lo que le decían el vendedor y su mujer.

Estos hablaban de algo importante, a juzgar por el calor que ponían en sus palabras.

Cuando Raskolnikoff vió de repente a Isabel, experimentó una sensación extraña parecida a profunda sorpresa, aunque este encuentro no tuviese nada de asombroso.

—Es preciso que esté usted aquí para tratar del negocio, Isabel Ivanovna—dijo con fuerza el vendedor—. Venga usted mañana de seis a siete. También vendrán los otros.

—¿Mañana?—dijo vacilante Isabel, que parecía temerosa de decidirse.

—¿Tiene usted miedo a Alena Ivanovna?—dijo vivamente la vendedora, que era una mujerona enérgica—. No la perderé de vista, porque usted es como una niña. ¿Será posible que se deje usted dominar hasta ese punto por una persona que no es, después de todo, más que su hermanastra?

—No diga usted ahora nada a Alena Ivanovna—dijo el marido—. Se lo aconsejo; venga usted a casa sin consultarla. Se trata de un negocio ventajoso; su hermana se convencerá de ello en seguida.

—¿De modo que tengo que venir?

—Mañana entre seis y siete vendrán también los demás; es preciso que esté usted presente para decidir el asunto.

—Le ofreceremos una taza de te—añadió la vendedora.

—Está bien, vendré—respondió Isabel pensativa, y se dispuso a marcharse.

Raskolnikoff había pasado ya del grupo formado por las tres personas y no oyó más. Había prudentemente acortado el paso, esforzándose por no perder palabra de la conversación. A la sorpresa del primer momento había sucedido en él un vivo terror. Una casualidad imprevista le acababa de dar a conocer que al día siguiente, a las siete de la tarde, Isabel, la hermana, la única compañera de la vieja, estaría fuera, y que, por lo tanto, al día siguiente, a las siete en punto, la vieja se encontraría sola en su casa.

El joven estaba a algunos pasos de su domicilio. Entró en su casa como si lo hubiesen condenado a muerte. No pensó en nada, ni estaba en disposición de pensar; sintió súbitamente en todo su ser que no tenía ni voluntad, ni libre albedrío, y que todo estaba definitivamente resuelto. Ciertamente, hubiera podido esperar años enteros sin una ocasión favorable, aun tratando de hacerla nacer como aquella que acababa de ofrecérsele. En todo caso le habría sido difícil saber la víspera a ciencia cierta y sin correr el menor riesgo, sin comprometerse con preguntas imprudentes, que mañana a tal hora, tal vieja, a quien él quería matar, estaría sola en su casa.

VI.

Raskolnikoff supo después por qué el vendedor y su mujer habían invitado a Isabel a venir a su casa. La cosa era sencillísima: una familia extranjera que, encontrándose muy apurada, quería deshacerse de algunos efectos, que consistían en vestidos y en ropa interior usada de mujer. Estas personas deseaban ponerse en relación con la vendedora. Isabel ejercía este oficio, y tenía una numerosa clientela, porque era muy formal y decía siempre el último precio. Con ella no había regateo; en general hablaba poco, y, como hemos dicho, era muy tímida.

Desde hacía algún tiempo Raskolnikoff se había hecho supersticioso y, por consiguiente, cuando reflexionaba, sobre todo este asunto, se inclinaba siempre a ver en él la acción de causas extrañas y misteriosas. El invierno último, un estudiante conocido suyo, Pokorieff, a punto de volverse a Kharkoff, le había dado, al despedirse, la dirección de la vieja Alena Ivanovna, para caso de que tuviera necesidad de algún préstamo sobre prendas. Pasó mucho tiempo sin ir a casa de la vieja, porque el producto de sus lecciones le permitía ir viviendo. Seis semanas antes de los acontecimientos que vamos refiriendo, se acordó de las señas; poseía dos objetos por los cuales podía prestársele algo: un reloj de plata que conservaba de su padre, y un anillo pequeño de oro con tres piedrecitas rojas, que su hermana le había dado como recuerdo en el momento de separarse.

Raskolnikoff se decidió a llevar la sortija a casa de Alena Ivanovna. Desde el primer momento, y antes de que él supiera nada de particular acerca de ella, la vieja le inspiró una violenta aversión. Después de haber recibido el dinero entró en un mal taklir[12] que encontró al paso. Allí pidió te, se sentó y púsose a reflexionar. Una idea extraña, todavía en estado embrionario en su espíritu, le ocupaba por completo.

Ante una mesa vecina a la suya, un estudiante, a quien no se acordaba de haber visto jamás, estaba sentado con un oficial.

Los dos jóvenes acababan de jugar al billar y se disponían ahora a tomar el te. De repente, Raskolnikoff oyó al estudiante que daba al oficial la dirección de Alena Ivanovna, viuda de un secretario de colegio y prestamista sobre prendas.

Esto sólo pareció ya un poco extraño a nuestro héroe: se hablaba de una persona de cuya casa acababa él de salir. Sin duda, todo ello era pura casualidad; pero en aquel momento hallábase bajo una impresión que no podía dominar, y he aquí que, precisamente en aquel momento, alguien venía a fortificar en él esta impresión. El estudiante comunicaba, en efecto, a su amigo, diversos pormenores acerca de Alena Ivanovna.

—Es un famoso recurso—decía—; siempre hay medio de procurarse dinero en su casa. Rica como un judío, puede prestar cinco mil rublos de una vez, y, sin embargo, acepta objetos que no valen más que un rublo. Es una providencia para muchos de nosotros. Pero, ¡qué horrible arpía!

Se puso a contar que era mala, caprichosa; que no concedía siquiera veinticuatro horas de prórroga, y que toda prenda no retirada en el día fijo, era irrevocablemente perdida por el deudor; prestaba sobre un objeto la cuarta parte de su valor y cobraba el cinco y el seis por ciento de interés mensual, etc. El estudiante, que estaba en vena de hablar hasta por los codos, añadió que esta horrible vieja era pequeñuela, lo que no le impedía pegar a menudo y tener en completa dependencia a su hermana Isabel, que medía, por lo menos, dos archines y ocho verchoks de estatura.

—¡Es un fenómeno!—exclamó, y se echó a reír.

La conversación recayó en seguida sobre Isabel.

El estudiante hablaba de ella con marcado placer y siempre sonriendo. El oficial escuchaba a su amigo con mucho interés y le suplicó que le enviase a aquella Isabel para que le repasase la ropa.

Raskolnikoff no perdió una palabra de esta conversación y supo de esta suerte una multitud de cosas. Más joven que Alena Ivanovna, de la cual no era más que media hermana, Isabel tenía treinta y cinco años y trabajaba día y noche para la vieja. Además de los quehaceres de la cocina, era lavandera, hacía labores de costura, que luego vendía, iba a fregar los suelos a las casas, y todo lo que ganaba se lo entregaba a su hermanastra. No se atrevía a aceptar ningún encargo ni trabajo sin consultar a la usurera, la cual, como Isabel sabía muy bien, había otorgado ya testamento en el cual no dejaba a su hermana más que el mobiliario. Deseosa de tener a perpetuidad sufragios por el eterno descanso de su alma, dejaba toda su fortuna a un monasterio. Isabel pertenecía a la clase media y no al tchin. Era una estantigua, con pies muy grandes y calzados siempre con anchos zapatos; pero, por otra parte, iba limpia como una patena. Lo que particularmente asombraba y hacía reír al estudiante, era que Isabel estaba siempre en cinta.

—¿Pero no dices que es un monstruo?—preguntóle el oficial.

—Realmente, es demasiado trigueña; parece un soldado vestido de mujer; pero de eso a que sea un monstruo, hay mucha diferencia. Su fisonomía revela tanta bondad y tienen sus ojos una expresión tan simpática que... La prueba es que ella agrada a muchas personas. Es tan tranquila, tan dulce, tan paciente, tiene un carácter tan bueno y, además, su sonrisa es tan bondadosa...

—¿Estás enamorado de ella?—interrogóle, sonriendo, el oficial.

—Hombre, tanto como eso, no; pero me gusta, precisamente por lo rara que es. En cambio, a esa maldita vieja te aseguro que la mataría y la despojaría de todo lo que posee sin escrúpulo de conciencia—añadió vivamente el estudiante.

El oficial lanzó una carcajada; pero Raskolnikoff se estremeció. Las palabras que oía encontraban extraño eco en sus propios pensamientos.

—Vamos a ver—prosiguió el estudiante—. Hace un momento me burlaba, pero ahora hablo en serio. Fíjate: de un lado una vieja enfermiza, necia, un ser que no es útil a nadie, y que, por el contrario, perjudica a muchos, que no sabe ella misma por qué vive y que morirá mañana de muerte natural. ¿Comprendes?

—Comprendo—repuso el oficial mirando atentamente a su interlocutor.

—Prosigo. Del otro lado, fuerzas jóvenes, frescas, que se quebrantan, se pierden, faltas de sostén, y esto a millares, por todas partes. Cien mil obras útiles se podrían acometer o mejorar con el dinero legado por esa vieja a un monasterio; centenares de existencias, millones quizá, puestas en el buen camino; docenas de familias salvadas de la miseria, de la disolución, de la ruina, del vicio, de los hospitales... y todo ello con el dinero de esa mujer. Si se la matase y se destinase su fortuna al bien de la humanidad, ¿crees tú que el crimen, si eso fuese un crimen, no estaría largamente compensado por millares de buenas acciones? Por una sola vida, millares de vidas arrancadas a la perdición; por una persona suprimida, cien personas devueltas a la existencia. Se trata de una cuestión aritmética. ¿Qué pesa en las balanzas sociales la vida de una vieja necia y mala? Poco más que la vida de una hormiga o de un escarabajo; me atrevo a decir que menos, porque esta vieja es una criatura perversa. Hace poco, en un acceso de rabia, mordió un dedo a Isabel, y en poco estuvo que no se lo cortase con los dientes.

—Cierto que es indigna de vivir—respondió el oficial—; ¿pero qué quieres? la Naturaleza...

—Amigo mío, a la Naturaleza se la corrige, se la endereza; de lo contrario, viviríamos enterrados en prejuicios, no habría un solo grande hombre. Se habla del deber, de la conciencia. No quiero decir que esté mal, pero, ¿qué sentido damos a estas palabras? Escucha, voy a plantearte otra cuestión.

—No, chico, ahora me toca a mí. Te voy a preguntar una cosa.

—Conforme.

—Verás: tú estás ahora perorando con gran elocuencia; pero, dime: ¿Matarías tú, con tus propias manos, a esa vieja?

—¡Claro que no! pero yo considero esto desde el punto de vista de la justicia... No se trata de mí...

—Pues bien, amigo mío, ¿quieres saber mi opinión? Vas a oírlo: Puesto que no te decidirías a matarla, opino que la cosa no es justa. Vamos a echar otra partida.

Raskolnikoff era presa de una agitación extraordinaria. En rigor, esta conversación no tenía nada de asombroso. Muchas veces había oído a los jóvenes cambiar entre sí análogas ideas; lo único que difería era el tema; mas, ¿por qué el estudiante expresaba precisamente los mismos pensamientos que en aquel instante bullían en el cerebro de Raskolnikoff? ¿Y por qué casualidad éste, al salir de la casa de la vieja, oía hablar de ella? Tal coincidencia le pareció extraña: estaba escrito que esta insignificante conversación de café tuviese en su destino decisiva influencia.

Al volver a su domicilio, se dejó caer en el sofá y permaneció sentado en él, sin moverse, durante una hora entera. La obscuridad era completa; en la habitación no había ni vela, ni Raskolnikoff pensó que era necesaria. No hubiera podido precisar si en esta hora había pensado algo. Por último, le entraron escalofríos febriles, y pensó con satisfacción que podía echarse del todo en el sofá... No tardó en caer en pesado y profundo sueño.

Durmió mucho más tiempo que de costumbre y sin soñar. A Anastasia, que entró en su habitación al día siguiente a las diez, le costó gran trabajo despertarle. La criada le traía pan, y, como la víspera, algo del te que ella acostumbraba a tomar.

—¡Aun no se ha levantado!—exclamó indignada—. ¿Es posible dormir así?

Raskolnikoff se incorporó con dificultad. Le dolía la cabeza. Se puso en pie, dió una vuelta por la habitación y después se dejó caer de nuevo en el sofá.

—¡Otra vez!—gritó Anastasia—. ¿Estás malo?

El joven no respondió.

—¿Quieres tomar te?

—Más tarde—contestó penosamente, y luego cerró los ojos y se volvió del lado de la pared.

Anastasia, en pie, cerca de él, le contempló durante algún tiempo.

—Indudablemente está enfermo—dijo antes de retirarse.

A las dos volvió con la sopa. Encontró a Raskolnikoff acostado aún en el sofá. No había probado el te. La criada se incomodó y se puso a sacudir con fuerza al joven.

—¿Qué te pasa para dormir tanto?—gruñó, mirándole con desprecio.

Raskolnikoff se incorporó, pero no respondió una palabra ni levantó los ojos del suelo.

—¿Estás malo o no lo estás?

Esta pregunta no obtuvo más respuesta que la primera.

—Deberías salir—dijo ella después de una pausa—. El aire libre te sentaría bien. Vas a comer, ¿no es verdad?

—Más tarde—respondió con voz débil—; ¡vete!—y la despidió con un ademán.

La criada se detuvo un momento, miró compasivamente al joven y se marchó.

Al cabo de algunos minutos, Raskolnikoff levantó los ojos, examinó detenidamente el te y la sopa, y se puso a comer.

Tomó tres o cuatro cucharadas sin apetito, casi maquinalmente. El dolor de cabeza se le había calmado algo, y cuando hubo terminado su frugal comida se echó de nuevo en el sofá; pero, aunque no pudo dormir, permaneció inmóvil, con la cara hundida en la almohada. La imaginación le presentaba, sucediéndose sin cesar, los cuadros más extraños. Figurábase a veces estar en Africa; formaba parte de una caravana detenida en un oasis; altas palmeras rodeaban el campamento; los camellos reposaban de sus fatigas; los viajeros se disponían a comer. El, por su parte, apagaba la sed en el chorro de una cristalina fuente; el agua azulada y deliciosamente fresca dejaba ver en el fondo del riachuelo piedrezuelas de diversos colores y arenas de dorados reflejos.

De repente hirió sus oídos el sonido de la campana de un reloj; aquel ruido le hizo temblar, y, adquiriendo nuevamente el sentimiento de la realidad, se levantó de un salto, después de mirar a la ventana y calcular la hora que podría ser. Anduvo en seguida de puntillas, se aproximó a la puerta, la abrió suavemente y se puso a escuchar.

El corazón le latía con violencia. La escalera estaba silenciosa, parecía que todo dormía en la casa.

—¿Cómo me he dejado vencer en el momento decisivo? ¿Cómo desde ayer no he hecho nada, ni preparado nada?—se preguntaba a sí mismo, no comprendiendo su negligencia; y, sin embargo, eran quizá las seis las que acababan de dar.

A su inercia y entorpecimiento siguió bruscamente febril y extraordinaria actividad. Por otra parte, los preparativos no exigían mucho tiempo. Hacía esfuerzos para pensar en todo y no olvidarse de nada, y su corazón latía con tal fuerza que dificultaba la respiración. Primero tenía que hacer un nudo corredizo, y adaptarlo a su gabán; aquello era cosa de un minuto; buscó en la ropa que tenía debajo de la almohada una camisa vieja, sucia e inservible. Después, con trozos arrancados a esta camisa, hizo una especie de trenza de un verchot de ancha y ocho de larga. La dobló en dos partes, se quitó el gabán de verano, que era de una espesa y fuerte tela de algodón (único sobretodo que poseía), y se puso a coser interiormente, bajo el sobaco izquierdo, los dos extremos de la trenza. Al ejecutar este trabajo, le temblaban las manos; pero le quedó tan bien, que cuando volvió a ponerse el gabán no se veía el cosido por la parte de afuera. Se había proporcionado mucho tiempo antes la aguja y el hilo, y no tuvo más que sacar ambas cosas del cajón de su mesa.

En cuanto al nudo corredizo para colgar el hacha, se le había ocurrido un medio muy ingenioso, ya ideado quince días antes. Ir por la calle con un hacha en la mano, era imposible; por otra parte, ocultar el arma bajo el gabán, le obligaba a llevar continuamente la mano debajo, y esto podría llamar la atención, en tanto que con el nudo corredizo le bastaba poner en él el hierro del hacha, y quedaba suspendida bajo el sobaco todo el tiempo de la marcha, sin peligro de que cayera. Podía también impedir que se moviese sin más que oprimir la extremidad del mango con la mano metida en el bolsillo del gabán. Este era muy ancho, un verdadero saco, y la maniobra no podría ser advertida.

Hecho esto, Raskolnikoff metió el brazo bajo la otomana e introduciendo los dedos en una hendidura del suelo, sacó de aquel escondrijo el objeto empeñable de que había tenido cuidado de proveerse con anticipación. Este objeto no era más que una tableta de madera acepillada, del tamaño que suelen tener las cigarreras de plata. En uno de sus paseos el joven había encontrado por casualidad este trozo de madera en el corral de un taller de carpintería. Tomó, además, una plaquita de hierro delgada y pulimentada, pero de menos dimensiones, que había encontrado también en la calle, y después de juntar una cosa con la otra (la tabla y la placa), las ató fuertemente con un hilo, y lo envolvió todo en un trozo de papel blanco.

Este paquetito, al cual el joven había tratado de dar un aspecto todo lo elegante que le fué posible, quedó atado de manera que era muy difícil desatarlo.

Por tal medio se ocuparía momentáneamente la atención de la vieja; mientras ésta estuviese procurando deshacer el nudo, Raskolnikoff podría elegir el momento oportuno. Había juntado con la tabla la placa de hierro para que el supuesto objeto de empeño pesase más, a fin de que en el primer momento, por lo menos, la usurera no sospechase que se le pedía dinero a cambio de un pedazo de madera. Apenas Raskolnikoff acababa de guardarse el hacha en el bolsillo, cuando oyó una voz que le decía en la escalera:

—Ya hace mucho que han dado las seis.

—¡Dios mío! ¿Mucho?

Se dirigió a la puerta, aplicó el oído y se puso a bajar los treinta escalones sin hacer más ruido que un gato. Quedaba lo más importante: ir a la cocina a recoger el hacha con que se había determinado a cometer el crimen. Ya hacía tiempo que tenía pensado valerse de un hacha. Había en su casa una especie de hoz, pero este instrumento no le inspiraba confianza, y además desconfiaba de su destreza para manejarla; así fué que se decidió definitivamente por el hacha. Advirtamos a propósito de esto una particularidad singular; a medida que sus resoluciones tomaban un carácter determinado, más absurdas y horribles le parecían al joven. A pesar de la lucha desesperada que se libraba en su interior, no llegaba a admitir ni por un solo instante que acabaría por no poner en ejecución su sanguinario proyecto.

Si todos los obstáculos hubieran sido vencidos, todas las dudas disipadas, todas las dificultades allanadas, probablemente habría renunciado a su designio por absurdo, monstruoso e imposible. Pero le quedaba todavía multitud de puntos que esclarecer y de problemas que resolver. Lo de hacerse con el hacha no inquietaba en modo alguno a Raskolnikoff, porque esto era muy fácil. Anastasia no estaba casi nunca por la tarde en casa; acostumbraba salir para chismorrear con sus amigas o en las tiendas, y éste solía ser el motivo de las reprimendas de su ama.

No había más que entrar cautelosamente en la cocina cuando llegase el momento oportuno, tomar el hacha y ponerla en el mismo sitio una hora después cuando todo hubiese terminado.

Dudaba, empero, que saliese todo a medida de sus deseos.

—Supongamos—pensaba el joven—que dentro de una hora, cuando yo vuelva a dejar el hacha, haya regresado Anastasia. Naturalmente, en tal caso tendré que aguardar para entrar en la cocina a que salga la criada; ¿pero y si durante este tiempo echa de menos el hacha y se pone a buscarla? Si no la encuentra refunfuñará, y ¡quién sabe! armará un alboroto en la casa. Esto sería una circunstancia que podría ser funesta.

Sin embargo, no quería pensar en tales pormenores; además, no tenía tiempo para ello. Se preocupaba de lo más importante, decidido a desdeñar lo accesorio hasta que hubiese tomado una determinación sobre lo esencial. Esto último, empero, le parecía irrealizable. No podía imaginar que en un momento dado cesaría de pensar, se levantaría e iría allí derechamente... Aun en su reciente ensayo (es decir, en la visita que había hecho para tantear el terreno), había faltado poco para que el joven hubiese ensayado seriamente. Actor sin convicción, no pudo sostener su papel y huyó indignado contra sí mismo.

No obstante, desde el punto de vista moral, la cuestión estaba resuelta. La casuística del joven, afilada como una navaja de afeitar, había cortado todas las objeciones; pero no encontrándolas en su mente se esforzaba en buscarlas fuera. Hubiérase dicho que, arrastrado por una potencia ciega, irresistible, sobrehumana, trataba desesperadamente de encontrar un punto fijo a que agarrarse. Los imprevistos accidentes de la víspera influían sobre él de una manera automática del mismo modo que el hombre a quien el engranaje de la rueda de una máquina le agarra una parte de su traje acaba por ser despedazado por la misma máquina.

La primera cuestión que le preocupaba sobremanera y en la cual había pensado muchas veces, era esta: ¿por qué se descubren tan fácilmente todos los crímenes y por qué se encuentran con tanta facilidad las huellas de casi todos los culpables?

Poco a poco llegó a diversas conclusiones muy curiosas. Según él la principal razón del hecho consistía menos en la imposibilidad material de ocultar el crimen que en la personalidad misma del criminal. Este último experimentaba en el momento de cometer el delito una diminución de la voluntad y de la inteligencia; por esta razón solía proceder con aturdimiento infantil, con ligereza fenomenal, precisamente cuando la circunspección y la prudencia le eran más necesarias.

Raskolnikoff comparaba este eclipse del juicio y este desfallecimiento de la voluntad, a una afección morbosa que se desarrolla por grados, que llega al máximum de intensidad poco antes de la perpetración del crimen, que subsistía en la misma forma durante la comisión de él y aun algunos momentos después (más o menos tiempo según los individuos) para cesar luego como cesan todas las enfermedades. Un punto no esclarecido era el de saber si la enfermedad determina el crimen o si el crimen, por su naturaleza propia, va acompañado siempre de algún fenómeno morboso; pero el joven no se sentía capaz de resolver esta cuestión.

Razonando de esta manera llegó a persuadirse de que él personalmente estaba al abrigo de semejantes trastornos morales, y de que conservaría la plenitud de su inteligencia y de su voluntad, durante la empresa, sencillamente porque «su empresa no era un crimen...» No referiremos la serie de argumentos que le habían conducido a esta última conclusión. Nos limitamos a decir que en sus preocupaciones, al lado práctico, las dificultades puramente materiales de ejecución, quedaban en el segundo término. «Que conserve yo mi presencia de espíritu, mi fuerza de voluntad, y cuando llegue el momento triunfaré de todos los obstáculos...» Pero no ponía manos a la obra. Menos que nunca creía en la persistencia final de sus resoluciones, y al sonar la hora se despertó como de un sueño.

No estaba aún al pie de la escalera cuando una circunstancia insignificante vino a desconcertarle. Llegado al descansillo en que estaba el cuarto de su patrona, encontró, como siempre, abierta de par en par la puerta de la cocina, y miró discretamente: estando ausente Anastasia, ¿no era posible que estuviese allí la patrona? Y aunque no se hallase en la cocina, ¿tendría bien cerrada la puerta de su habitación? ¿No podría verle cuando entrase por el hacha? Era necesario cerciorarse. Pero, ¡cuál no sería su estupor al ver que Anastasia, contra su costumbre, estaba en la cocina! Más todavía: que andaba muy atareada, sacando ropa del cesto y tendiéndola en unas cuerdas. Al aparecer el joven, la criada, interrumpiendo su trabajo, se volvió hacia él y no dejó de mirarle hasta que se hubo alejado.

Raskolnikoff volvió los ojos y pasó como si no se hubiera fijado en nada; pero aquélla era cosa concluída: no tenía hacha. Esta circunstancia fué para él un golpe terrible.

—¿De dónde había sacado yo—pensaba al bajar los últimos peldaños de la escalera—que precisamente en este momento había salido Anastasia? ¿Por qué se me habrá metido tal cosa en la cabeza?

Sentíase como aplastado, como anonadado. Su despecho le impulsaba a burlarse de sí mismo. Hervía en todo su ser una cólera salvaje.

Se detuvo indeciso en la puerta cochera; vagar por las calles, salir sin objeto, no le apetecía; pero aun le era más desagradable volver a subir. «¡Y pensar que he perdido para siempre tan buena ocasión!», murmuró enfrente del cuarto del dvornik, cuarto que estaba también abierto.

De repente se echó a temblar. En la garita del portero, a dos pasos de Raskolnikoff, debajo del banco, brillaba un hacha... El joven miró en derredor suyo. Nadie. Se aproximó suavemente al chiribitil, bajó dos escaloncitos y llamó con voz débil al dvornik: «Vamos, no está en su casa; pero no debe de andar lejos, porque no ha cerrado la puerta.» De pronto, como un rayo, se lanzó hacia el hacha y la sacó de debajo del banco donde estaba entre dos troncos. En seguida pasó el arma por el nudo corredizo, se metió las manos en los bolsillos y salió. Nadie le vió. «No es la inteligencia la que me ayuda, es el diablo», pensó, sonriéndose de un modo extraño. Aquella casualidad contribuyó poderosamente a darle valor.

Caminaba lenta, gravemente, temeroso de despertar sospechas. Apenas miraba a los transeuntes a fin de atraer lo menos posible la atención. De repente pensó en su sombrero. «¡Dios mío! ¡Anteayer tenía dinero y hubiera podido comprarme una gorra!» Del fondo de su alma brotó una imprecación. Una ojeada que por casualidad dirigió a una tienda donde había un reloj colgado de la pared, le hizo saber que eran ya las siete y diez. Urgía el tiempo, y, sin embargo, tenía que dar un rodeo para que no se le viese llegar de aquel lado a la casa.

Entretanto se verificaba en él un extraño fenómeno; en contra de lo que se figuraba, no sentía miedo alguno; así, en vez de preocuparse por el crimen que se disponía a cometer, otros sentimientos ajenos a su empresa ocupaban su espíritu. Al pasar por delante del jardín de Jussupoff pensaba que sería conveniente establecer en todas las plazas públicas fuentes monumentales que refrescasen la atmósfera. Luego, por una serie de transiciones insensibles, comenzó a fantasear que si al jardín de Verano se le diese toda la extensión del campo de Marte y se le añadiese el jardín del palacio Miguel, San Petersburgo ganaría con ello higiénica y artísticamente considerado.

«Del mismo modo, sin duda, las personas que son conducidas al suplicio se fijan en todos los objetos que encuentran en el camino.» Se le ocurrió esta idea; pero se apresuró a desecharla. En tanto se aproximó: vió la casa, vió la puerta. De repente oyó que un reloj daba una sola campanada. «¡Cómo! ¿Serán ya las siete y media? ¡Imposible! Ese reloj adelanta.»

También esta vez la casualidad sirvió a Raskolnikoff. Como si lo hubiera hecho a propósito, en el momento mismo en que llegaba frente a la casa, entraba por la puerta cochera una enorme carreta cargada de heno. El joven pudo franquear el umbral sin ser visto, deslizándose por el espacio que quedaba entre la carreta y la pared. Cuando estuvo en el patio, tomó rápidamente por la derecha. Del otro lado de la carreta disputaban algunos hombres. Raskolnikoff les oía gritar pero ninguno se fijó en él ni él por su parte encontró a nadie. Muchas de las ventanas que daban a aquel inmenso patio cuadrado estaban abiertas: sin embargo, no levantó la cabeza. Su primer movimiento fué ganar la escalera de la vieja que era la de la derecha.

Conteniendo la respiración y con la mano apoyada en el corazón para comprimir sus latidos, se puso a subir los peldaños, cerciorándose antes de que el hacha estaba bien sujeta por el nudo corredizo. A cada minuto se paraba a escuchar; pero la escalera estaba completamente desierta y todas las puertas cerradas. En el segundo piso había un cuarto desalquilado, que estaba abierto, y en donde trabajaban algunos pintores; pero éstos no vieron a Raskolnikoff, que se detuvo un instante para reflexionar, y luego continuó subiendo. «Mejor hubiera sido que no estuviesen; pero por encima de ellos, hay todavía dos pisos.»

Llegó al cuarto piso sin encontrarse con nadie, y se halló ante la puerta de Alena Ivanovna, donde volvió a detenerse para reflexionar. El cuarto de enfrente estaba desocupado. En el tercero, la habitación situada precisamente por debajo de la de la vieja, se hallaba también vacía, según todas las apariencias: la tarjeta que antes había en la puerta, no estaba: los inquilinos se habían ido... Raskolnikoff se ahogaba. Vaciló un momento. «¿No sería mejor que me fuera?» Pero sin responder a esa pregunta, se puso a escuchar; no oyó ningún ruido en casa de la vieja; en la escalera el mismo silencio. Después de haber estado escuchando largo rato, el joven echó una mirada en torno suyo y tentó nuevamente su hacha. «¿No estaré demasiado pálido?—pensó—. ¿No se notará mi agitación? Esa mujer es muy desconfiada. Debiera esperar a que se calmase mi emoción.»

Pero, lejos de calmarse, eran cada vez más violentas las pulsaciones del corazón del joven. No pudo contenerse más, y extendiendo lentamente la mano hacia el cordón de la campanilla, tiró de él. Al cabo de medio minuto llamó de nuevo, con más fuerza. Ninguna respuesta; llamar violentamente hubiera sido inútil y hasta imprudente. La vieja de seguro estaba en su casa; pero como era desconfiada, debía serlo más en este momento en que se encontraba sola. Raskolnikoff conocía en parte las costumbres de Alena Ivanovna. De nuevo aplicó el oído a la puerta. Su excitación desarrollaba en él una agudeza particular de sensaciones (lo que en general es difícil de admitir), o en rigor el ruido era fácilmente perceptible.

Sea como fuere, le pareció oír que una mano se apoyaba con precaución en la cerradura, escuchaba, esforzándose por disimular su presencia. No queriendo parecer que se ocultaba, el joven llamó por tercera vez pero suavemente para no denunciar su impaciencia. Aquel instante dejó a Raskolnikoff un recuerdo imborrable. Cuando después pensaba en ello, no acertaba a explicarse cómo había podido desplegar tanta astucia precisamente en el momento en que su emoción era tal que le quitaba el uso de sus facultades intelectuales y físicas. Al cabo de un instante oyó que descorrían el cerrojo.

VII.

Lo mismo que en su visita anterior, Raskolnikoff vió entreabrirse la puerta lentamente y por la estrecha abertura dos ojos muy brillantes que se fijaban en él con expresión de desconfianza. Entonces le abandonó su sangre fría y cometió una falta que hubiera podido dar al traste con todo.

Temiendo que Alena Ivanovna tuviese miedo de encontrarse sola con un visitante de aspecto poco tranquilizador, tiró de la puerta con violencia hacia sí para que la vieja no procurase cerrarla. La usurera no intentó siquiera hacerlo, pero no quitó la mano de la cerradura, de manera que faltó poco para que cayera de bruces en el descansillo, hacia donde se abría la puerta. Como Alena Ivanovna permanecía de pie en el umbral para no dejar el paso libre, el joven avanzó hacia ella. Aterrada la vieja dió un salto hacia atrás; pero no pudo pronunciar una palabra y miró a Raskolnikoff abriendo los ojos desmesuradamente.

—Buenas tardes, Alena Ivanovna—dijo él con el tono más natural que pudo; pero en vano trataba de fingir; su voz era entrecortada y temblorosa—; traigo un objeto, pero entremos: para examinarlo hay que verlo a la luz...

Y sin esperar a que se le dijera que pasase, penetró en la habitación. La vieja se le acercó vivamente; ya se le había desanudado la lengua.

—¡Señor!... ¿Qué quiere usted, quién es usted, qué se le ofrece?

—¡Vamos, Alena Ivanovna!; usted me conoce muy bien... Raskolnikoff; tenga usted paciencia. Vengo a empeñar esta alhaja de la que le hablé el otro día—y le alargó el paquete.

Alena Ivanovna iba a examinarlo, cuando de repente cambió de idea, y levantando los ojos dirigió una mirada penetrante, irritada y desconfiada sobre aquel importuno que se le metía en casa con tan poca ceremonia. Raskolnikoff hasta creyó advertir cierta especie de burla en los ojos de la vieja, como si ésta lo hubiese adivinado todo. Se daba cuenta el joven de que perdía la serenidad, de que tenía casi miedo, de que si aquella muda investigación se prolongaba medio minuto, iba, sin duda, a echar a correr.

—¿Por qué me mira usted de ese modo, como si no me conociese?—dijo irritándose a su vez—. Si usted quiere eso, lo toma, si no, lo deja; iré a otra parte con ello; es inútil que me haga usted perder el tiempo.

Se le escaparon estas palabras sin que las hubiera premeditado.

El lenguaje resuelto del visitante tranquilizó a la usurera.

—¿Qué prisa hay, batuchka? ¿Qué es eso?—preguntó mirando el paquete.

—Una cigarrera de plata; ya se lo dije a usted la otra tarde.

La vieja extendió la mano.

—¡Qué pálido está usted! ¿Está usted malo, batuchka?

—Tengo fiebre—respondió con voz brusca—. ¿Cómo no he de estar pálido?... Cuando uno no tiene que comer...—acabó de decir, no sin esfuerzo—, le abandonan las fuerzas de nuevo.

La respuesta parecía verosímil; la vieja tomó el paquete.

—¿Qué es esto?—preguntó por segunda vez, y tanteando el peso de la prenda, miró fijamente a su interlocutor.

—Una petaca de plata... mírela usted.

—Cualquiera diría que no es plata... ¡Oh, cómo la han atado!

En tanto que Alena Ivanovna hacía esfuerzos por desatar el hilo, se había aproximado a la luz. (Todas las ventanas estaban cerradas, a pesar del calor sofocante que hacía.) En esta posición daba la espalda a Raskolnikoff, y durante algunos segundos no se ocupó en él. El joven se desabrochó el gabán y separó el hacha del nudo corredizo; pero sin sacarla todavía, se limitó a tenerla con la mano derecha debajo del sobretodo. Sentía una terrible debilidad en todos sus miembros. Comprendía que cada instante que pasaba su debilidad iba en aumento; temía que se le escapase el hacha de la mano, y le parecía que todo le daba vueltas en su derredor.

—¿Pero qué hay aquí dentro?—gritó coléricamente Alena Ivanovna, e hizo un movimiento en dirección a Raskolnikoff.

No había tiempo que perder. Sacó el joven el hacha de debajo del gabán, la levantó con las dos manos casi maquinalmente, porque no tenía fuerzas, y la dejó caer sobre la cabeza de la vieja. De repente, en cuanto hubo dado el golpe, sintió Raskolnikoff que recobraba toda su energía física.

Alena Ivanovna, como de costumbre, no llevaba nada en la cabeza. Sus cabellos, grises y escasos, y, como siempre, untados de aceite, recogíalos, formando trenzas en la nuca con un trozo de peineta de cuerno. El golpe dió precisamente en la coronilla, a lo cual contribuyó la escasa estatura de la víctima. La usurera lanzó un grito débil y cayó desplomada teniendo, sin embargo, todavía fuerzas para llevarse los brazos a la cabeza. En una de las manos conservaba la «prenda». Entonces Raskolnikoff que, como hemos dicho, había recobrado todo su vigor, asestó dos nuevos hachazos en el occipucio de la vieja. La sangre brotó a chorros y el cuerpo quedó exánime. El joven se echó hacia atrás y en cuanto vió a la anciana sin movimiento se inclinó para mirarla: estaba muerta; los ojos, desmesuradamente abiertos, parecían salirse de las órbitas, y las convulsiones de la agonía daban a su rostro la expresión de una horrible mueca.

El asesino dejó el hacha en el suelo e inmediatamente se puso a registrar el cadáver, tomando todo género de precauciones para no mancharse de sangre. Se acordaba de haber visto la última vez a Alena Ivanovna buscar las llaves en el bolsillo derecho de su vestido. Se hallaba en plena posesión de su inteligencia. No experimentaba ni aturdimiento ni vértigos; pero seguían temblándole las manos. Más tarde recordó que había sido muy prudente, y que había puesto mucho cuidado en no mancharse. No tardó en encontrar las llaves. Como el día anterior, estaban todas reunidas en una anilla de acero.

Después de haberse apoderado de ellas, Raskolnikoff entró en la alcoba. Era ésta muy pequeña, y había en ella un estante lleno de imágenes piadosa; en el otro lado una gran cama muy limpia con una colcha de seda almohadillada y hecha de pedazos cosidos. En la otra pared una cómoda. Cosa extraña; apenas hubo comenzado el joven a servirse de las llaves para abrir este mueble, le recorrió todo el cuerpo un escalofrío. Estuvo tentado de renunciar a todo y marcharse; pero esta idea duró sólo un momento; era demasiado tarde para retroceder.

Hasta llegó a sonreírse de haber podido pensarlo, cuando, de repente, sintió una terrible inquietud: ¿Si por acaso la vieja no estuviera muerta y recobrase el sentido? Dejando las llaves en la cómoda, acudió vivamente cerca del cuerpo, tomó el hacha y se dispuso a dar otro golpe a su víctima; pero el arma, ya levantada, no cayó; no había duda de que Alena Ivanovna estaba muerta. Inclinándose de nuevo sobre ella para examinarla más de cerca, Raskolnikoff se convenció de que la mujer tenía el cráneo partido. En el sucio se había formado un lago de sangre. Viendo de improviso que la vieja tenía un cordón al cuello, el joven tiró de él violentamente; pero el cordón ensangrentado era recio y no se rompió.

El asesino trató entonces de quitárselo, haciendo que se deslizase a lo largo del cuerpo; pero no fué más afortunado en esta segunda tentativa; el cordón encontró un obstáculo y no pasaba. Impaciente Raskolnikoff, blandió el hacha, pronto a descargarla sobre el cadáver para cortar con el mismo golpe aquel maldito cordón. Sin embargo, no pudo resolverse a proceder con aquella brutalidad. Al cabo, después de dos minutos de esfuerzos que le pusieron rojas las manos, logró cortar el cordón con el filo del hacha, sin herir el cuerpo de la muerta. Como había supuesto, lo que la vieja llevaba al cuello era una bolsa. También estaban sujetas al cordón una medallita esmaltada y dos cruces, la una de madera de ciprés, la otra de cobre. La bolsa, grasienta (un saquito de piel de camello), estaba completamente llena. Raskolnikoff se la metió en el bolsillo sin mirar lo que contenía; arrojó las cruces sobre el pecho de la vieja, y tomando el hacha volvió a entrar con ella apresuradamente en la alcoba.

La impaciencia le devoraba, y puso mano a la obra de desvalijamiento; pero sus tentativas para abrir la cómoda eran infructuosas, no tanto por el temblor de las manos, como por sus continuas torpezas. Veía, por ejemplo, que tal llave no era de la cerradura y se obstinaba, sin embargo, en hacerla entrar.

De pronto se acordó de una conjetura que había hecho en su anterior visita: aquella gruesa llave que estaba con las otras pequeñas en la anilla de acero, debía de ser no de la cómoda, sino de alguna caja en que acaso la vieja tenía encerrados todos sus valores. Sin ocuparse más en la cómoda, miró bajo la cama, sabiendo que los viejos tienen la costumbre de ocultar en ese sitio sus tesoros. En efecto, había allí un cofre de poco más de una archina de largo y cubierto de cuero rojo. La llave dentellada entraba perfectamente en la cerradura. Cuando Raskolnikoff levantó la tapa, vió colocados sobre un trapo blanco un abrigo forrado de piel de liebre con guarnición roja, debajo del abrigo una falda de seda y después un chal; el fondo parecía contener solamente trapos. El joven comenzó por secarse las manos ensangrentadas en la guarnición roja. «Sobre lo rojo, la sangre se conocerá menos.» De pronto pareció como que volvía en sí: «¡Señor! ¿Me habré vuelto loco?», murmuró con terror.

Pero apenas empezó a registrar aquellas ropas, cuando de debajo de la piel se deslizó un reloj de oro. En vista de esto, revolvió de arriba abajo el contenido del cofre. Entre los vestidos se hallaban objetos de oro, sin duda depositados como empeños, en manos de la usurera, brazaletes, cadenas, pendientes, alfileres de corbata, etc.; los unos encerrados en sus estuches, los otros anudados con una cinta en un pedazo de periódico doblado en dos partes.

Raskolnikoff no vaciló; metió mano a todas estas alhajas y se llenó los bolsillos del pantalón y del gabán sin abrir los estuches ni deshacer los paquetes; pero de pronto fué interrumpido en esta maniobra. En la habitación donde estaba la vieja sonaron pasos. Se detuvo helado de terror. Pero el ruido había cesado, el joven empezaba a creer que había sido engañado por una alucinación de su oído, cuando de súbito percibió, distintamente, un ligero grito o más bien un gemido débil y entrecortado. Al cabo de uno o dos minutos, todo volvió a quedar en un silencio de muerte. Raskolnikoff, sentado en el suelo cerca del cofre, esperaba respirando apenas. De repente dió un salto, tomó el hacha y se lanzó fuera de la alcoba.

En medio de la sala, Isabel, con un gran bulto en las manos, contemplaba aterrorizada el cadáver de su hermana, y, pálida como la cera, parecía no tener fuerzas para gritar ante la brusca aparición del asesino. Comenzó a temblar, trató de levantar el brazo, de abrir la boca; pero no pudo dar ni un grito, y andando hacia atrás lentamente con la mirada fija en Raskolnikoff, fué a refugiarse en un rincón de la sala. La pobre mujer hizo esto sin gritar, como si le faltase el aliento. El asesino se lanzó sobre ella con el hacha levantada; los labios de la infeliz tomaron la expresión lastimera que suelen tomar los de los niños pequeños cuando están espantados.

Tal horror sentía la desdichada, que aunque vió que el hacha se levantaba sobre ella, no pensó ni aun en defender la cara, llevándose las manos a la cabeza con un movimiento maquinal que sugiere en semejantes casos el instinto de conservación. Apenas si levantó el brazo izquierdo extendiéndolo lentamente en dirección del agresor, que descargó sobre Isabel un golpe terrible. El hierro del hacha penetró en el cráneo, hendió toda la parte superior de la frente y llegó casi hasta el occipucio: Isabel cayó rígida, muerta. Sin saber lo que hacía, Raskolnikoff tomó el paquete que la víctima tenía en la mano; después lo tiró y salió al recibimiento.

Estaba aterrado a causa de aquel nuevo asesinato que no había sido premeditado por él. Quería desaparecer cuanto antes. «Si hubiese podido darse mejor cuenta de las cosas; si hubiese calculado todas las dificultades de su posición, si la hubiera previsto tan desesperada, tan horrible, tan absurda, como era; si hubiera comprendido bien los obstáculos que quedaban por vencer, quizá los crímenes que tendría que perpetrar para huir de aquella casa y entrar en la suya... probablemente habría renunciado a la lucha para correr a denunciarse, y no por cobardía, sino por horror de lo que había hecho.» Esta impresión le iba dominando. Por nada del mundo se habría aproximado a la caja ni entrado en la alcoba.

Poco a poco, sin embargo, comenzaron a surgir en su espíritu otros pensamientos, y cayó en una especie de delirio. Por momentos el asesino parecía olvidarse de sí mismo, o más bien, de olvidar lo principal, para fijarse en lo insignificante. Una mirada dirigida a la cocina le hizo descubrir un cubo medio lleno de agua, y se le ocurrió lavarse las manos y limpiar el hacha. A causa de la sangre tenía pegajosas las manos. Después de haber metido el hierro del arma en el agua, tomó un pedazo de jabón que había en el poyo de la ventana y comenzó a refregarse las manos. Cuando se las hubo lavado, enjugó el hierro del hacha y en seguida empleó tres minutos en jabonar el mango, para hacer desaparecer las salpicaduras de sangre. Después lo secó todo con un paño de cocina que estaba colgado en una cuerda. Hecho esto, se aproximó a la ventana, con objeto de examinar atenta y detenidamente el hacha. Las huellas acusadoras habían desaparecido; pero el mango estaba húmedo. Raskolnikoff ocultó cuidadosamente el arma bajo su gabán, colocándola en el nudo corredizo; después hizo una inspección minuciosa de sus vestidos con todo el cuidado que le permitía la débil luz que iluminaba la cocina. A primera vista el pantalón y el gabán no tenían nada de sospechoso; pero en los zapatos observó algunas manchas. El joven las limpió con un trapo humedecido en agua.

No obstante, estas precauciones no le tranquilizaban más que a medias, porque veía mal y comprendía que podían pasarse inadvertidas algunas manchas. Permaneció irresoluto en medio de la sala bajo la influencia de un pensamiento sombrío y angustioso: el pensamiento de que se volvía loco, de que en aquel momento era incapaz de tomar una determinación ni de velar por su seguridad y de que su manera de proceder no era la que convenía en las circunstancias presentes...

—¡Dios mío, debo irme; irme en seguida!—murmuró y se lanzó al recibimiento, en donde le esperaba un susto mayor de los que hasta entonces había experimentado. Se quedó inmóvil, no atreviéndose a dar crédito a sus ojos: la puerta del cuarto, la puerta exterior que daba al descansillo, la misma en que él había llamado hacía poco, por la cual había entrado, estaba abierta: hasta este momento había permanecido entreabierta: acaso por precaución, la vieja, ni había dado vuelta a la llave ni echado el cerrojo. ¡Pero Dios mío! el joven había visto en seguida a Isabel. ¿Cómo no se le ocurrió que la vendedora había entrado por la puerta? No había podido penetrar en el cuarto a través de la pared.

Cerró la puerta y echó el cerrojo.

—Pero no; no es eso lo que debo hacer. Es menester partir, huir inmediatamente.

Descorrió el cerrojo, y después de haber abierto la puerta, se puso a escuchar largo rato en la escalera. Abajo, probablemente en la puerta cochera, dos voces ruidosas se insultaban. Esperó pacientemente. Por último, callaron las voces; los dos alborotadores se habían ido cada cual por su lado. Iba ya el joven a salir cuando en el piso inferior se abrió con estrépito una puerta y alguien empezó a bajar tarareando una canción. ¿Qué les pasaba a esta gente para armar tanto ruido? Cerró de nuevo la puerta, esperando otra vez dentro del cuarto. Finalmente se restableció el silencio; pero en el instante en que Raskolnikoff se disponía a bajar, percibió un nuevo rumor.

Eran pasos todavía distantes, que resonaban en los primeros peldaños de la escalera; sin embargo, en cuanto empezó a oírlos, adivinó la verdad—: Vienen aquí, al cuarto piso, a casa de la vieja.

¿De dónde provenía aquel presentimiento? ¿Qué tenía de significativo el ruido de aquellos pasos? Eran pesados, regulares, y más bien lentos que ligeros...

—Ya él ha llegado al primer piso... se le oye cada vez mejor... resuella como un asmático... ya llega al tercer piso... ¡aquí!

Y Raskolnikoff experimentó súbitamente una parálisis general, como ocurre en una pesadilla cuando uno se cree perseguido por varios enemigos: están a punto de alcanzaros, os van a matar y os quedáis como clavados en el suelo imposibilitados de moveros.

El desconocido comenzaba a subir el tramo del cuarto piso.

Raskolnikoff, a quien el espanto había tenido inmóvil en el descansillo, pudo, por último, sacudir su estupor y entrando apresuradamente en el cuarto cerró la puerta y corrió el cerrojo, teniendo cuidado de hacer el menor ruido posible. El instinto, más bien que el razonamiento, le guió en estas circunstancias.

Armóse después del hacha, se arrimó a la puerta y se puso a escuchar, sin atreverse a esperar siquiera. Ya el visitante estaba en el descansillo.

No había entre los dos hombres más que el espesor de una tabla. El desconocido se encontraba frente a frente de Raskolnikoff en la situación en que éste se había encontrado respecto de la vieja.

El visitante respiró varias veces con fatiga.

«Debe ser grueso y alto», pensó el joven, apretando con la mano el mango del hacha. Todo aquello parecía un sueño. Al cabo de un momento, el visitante dió un fuerte campanillazo. Creyó percibir cierto ruido en la sala. Durante algunos segundos escuchó atentamente; llamó después de nuevo, esperó todavía un poco, y de pronto, perdida la paciencia, se puso a sacudir la puerta con todas sus fuerzas. Raskolnikoff contemplaba con terror el cerrojo que temblaba en su ajuste; temía verlo saltar de un momento a otro. Pensó sujetar el cerrojo con la mano; pero el hombre hubiera podido desconfiar. La cabeza comenzaba a írsele de nuevo. «¡Estoy perdido!», se dijo; sin embargo, recobró súbitamente ánimos, cuando el desconocido rompió el silencio.

—¿Estarán durmiendo o las habrán estrangulado? ¡Malditas mujeres!—murmuraba en voz baja el visitante—. ¡Eh, Alena Ivanovna, vieja bruja! ¡Isabel Ivanovna, belleza indescriptible! ¡Abrid!

Exasperado, llamó diez veces seguidas todo lo más fuerte que pudo. Sin duda aquel hombre tenía confianza en la casa y dictaba en ella la ley.

Así pensaba Raskolnikoff cuando, de improviso, sonaron en la escalera pasos ligeros y rápidos. Era, sin duda, otro que subía al cuarto piso. El joven no se enteró al pronto de la llegada del recién venido.

—¿Es posible que no haya nadie?—dijo una voz sonora y alegre, dirigiéndose al primer visitante, que continuaba tirando de la campanilla—. ¡Buenas tardes, Koch!

Por el timbre de la voz comprendió Raskolnikoff que era un jovenzuelo.

—¡El demonio lo sabe; poco ha faltado para que haya saltado la cerradura!—respondió Koch—; ¿pero usted, cómo me conoce?

—¡Vaya una pregunta! ¿No le gané a usted anteayer en el café Gambrinus tres partidas seguidas de billar?

—¡Ah!

—¿De modo que no están? Es extraño, y además estúpido. ¿A dónde habrá ido la vieja? Tenía que hablarle.

—Yo también.

—¿De modo que no hay más remedio que marcharse? ¿Qué hacer? ¡Y yo que venía a pedirle dinero prestado!—exclamó el joven.

—En efecto; no hay más remedio que marcharse. Pero no comprendo por qué no está la bruja en casa habiéndome dado una cita. ¡Pues hay una buena caminata de aquí a mi casa! ¿Y a dónde demonios habrá ido? Esta bruja no se mueve en todo el año, puede decirse que echa raíces en su casa, tiene malas las piernas... ¡y de repente se va de parranda!

—Podíamos preguntarle al portero.

—¿Para qué?

—¡Toma! para saber a dónde ha ido y cuándo volverá.

—¡Hum... preguntar!... ¡pero si no sale nunca!—y tiró del cordón de la campanilla—. ¡Vaya, es inútil, hay que marcharse!

—¡Espere usted!—gritó de repente el joven—. Fíjese, vea usted cómo resiste la puerta cuando se tira de ella.

—¿Y qué?

—Esto prueba que no está cerrada con llave, sino con cerrojo. ¡Mire usted, mire usted cómo suena!

—¿Y qué?

—¿Pero no comprende usted todavía? Eso prueba que una, por lo menos, está en casa. Si las dos hubieran salido, habrían cerrado la puerta por fuera con llave, y claro es que no hubieran podido echar el cerrojo por dentro. Repare usted el ruido que hace. Es evidente que para pasar el cerrojo tiene que estar en casa. ¿Comprende usted? De modo, que están dentro y no quieren abrir.

—¡Pues es verdad!—exclamó Koch asombrado—. ¿De manera que están ahí?

Y se puso a sacudir furiosamente la puerta.

—No siga usted—dijo el joven—; aquí pasa algo extraordinario... Usted ha llamado... ha sacudido la puerta con todas sus fuerzas y ellas no abren; luego, o están desmayadas o..

—¿Qué?

—Hay que llamar al dvornik para que las despierte.

—¡Buena idea!

Los dos empezaron a bajar.

—Espere usted, quédese aquí; iré yo a buscar al dvornik.

—¿Para qué me he de quedar?

—¡Oh! ¿Quién sabe lo que puede ocurrir?

—Está bien.

—Verá usted; yo me dispongo a ser juez de instrucción. Aquí hay algo que no está claro; esto es evidente, evidentísimo.

Y así diciendo el joven bajó de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera.

Cuando se quedó solo, Koch llamó otra vez, pero suavemente; después se puso con aire distraído a empujar el botón de la cerradura para cerciorarse de que la puerta estaba cerrada nada más que con cerrojo. Luego, resoplando como un fuelle, se bajó para mirar por el ojo de la llave, pero ésta estaba puesta por dentro, de modo que no pudo ver nada.

En pie, del otro lado de la puerta, estaba Raskolnikoff con el hacha en la mano y dispuesto a deshacer el cráneo al primero que osara asomar la cabeza. Más de una vez, oyendo a los dos curiosos hurgar en la puerta y concertarse entre sí, estuvo a punto de acabar de una vez y de interpelarlos, pero sin abrir. Por momentos sentía deseos de injuriarlos, de insultarlos, de abrir la puerta para hacerles entrar y matarlos a ambos. «Mejor será que acabe cuanto antes»—pensaba.

—¡Qué diablo! ¡No sube nadie!—se dijo Koch, comenzando a perder la paciencia—. ¡Qué diablo!—volvió a decir, y fastidiado de esperar abandonó su puesto para bajar en busca del joven.

Poco a poco dejó de oírse el ruido de sus botas, que resonaban pesadamente en la escalera.

—¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer?

Raskolnikoff descorrió el cerrojo y entreabrió la puerta. Tranquilizado por el silencio que reinaba en la casa, y, por otra parte, incapaz de reflexionar en aquel momento, salió, cerró detrás de sí lo mejor que pudo, y empezó a bajar la escalera.

Había descendido ya muchos escalones, cuando se produjo abajo un gran estrépito. ¿Dónde ocultarse? No había medio de esconderse en ninguna parte, y volvió a subir apresuradamente.

—¡Eh, pardiez, espera, aguarda!

El que lanzaba estas voces acababa de salir de un cuarto situado en los pisos inferiores y bajaba a saltos gritando:

—¡Mitka! ¡Mitka! ¡Mitka! ¡El demonio se lleve a ese loco!

La distancia no permitió oír más. El hombre que profería aquellas exclamaciones estaba ya lejos de la casa. El silencio se restableció; pero apenas había cesado esta alarma cuando le sucedió otra. Varios individuos que hablaban entre sí en voz alta subían tumultuosamente la escalera. Eran tres o cuatro. Raskolnikoff reconoció la voz chillona del joven estudiante.

—Son ellos—se dijo, y sin procurar ya escapar, se fué derechamente a su encuentro—. Ocurra lo que quiera—añadió. Si me detienen, todo ha terminado; y si me dejan escapar, también, porque se acordarán de haberme visto en la escalera.

Iba ya a reunirse con ellos, pues sólo les separaba un piso, cuando de repente vió la salvación. A pocos escalones delante de él, a la derecha, había un cuarto desalquilado, completamente abierto, el mismo donde trabajaban los pintores; pero, como si lo hubieran hecho adrede, éstos acababan de dejarlo.

Eran, sin duda, los que un momento antes habían salido vociferando. Se veía que la pintura estaba todavía fresca; en medio de la sala habían dejado los obreros sus útiles, una cubeta, un cacharro con color y una brocha. En un abrir y cerrar de ojos Raskolnikoff se escurrió en el cuarto desalquilado y se arrimó cuanto pudo a la pared. Ya era tiempo: sus perseguidores llegaban al descansillo; pero, sin detenerse, subieron al cuarto piso, hablando ruidosamente. Después de cerciorarse de que se habían alejado un poco, el asesino salió de puntillas y descendió precipitadamente. Nadie en la escalera, nadie en el patio. Atravesó rápidamente el umbral, y una vez en la calle dobló la esquina de la izquierda.

Comprendía perfectamente que los que le buscaban habían llegado en aquel momento a la puerta del cuarto de la vieja, quedándose estupefactos al verla abierta.

—Indudablemente están examinando los cadáveres—se decía—; sin duda les bastará un minuto para adivinar que el asesino ha logrado escapar; sospecharán, quizá, que se ha escondido en el cuarto desalquilado del segundo piso cuando ellos subían al de la usurera.

Pero, a pesar de hacerse estas reflexiones, no se atrevía a apresurar el paso, aunque estaba aún lejos de la primera esquina.

—¿Si me deslizara en un portal, en alguna calle extraviada y esperase allí un momento? No, malo. ¿Si fuese a arrojar el hacha a cualquier parte? ¿si tomara un coche? ¡Malo, malo!

Al cabo se ofreció ante sus ojos un pereulok y se metió en él más muerto que vivo. Allí estaba casi en salvo; así lo comprendió. Era difícil que las sospechas recayeran sobre él. Por otra parte, era fácil no llamar la atención en medio de los paseantes; pero de tal manera aquellas angustias le habían debilitado, que apenas podía sostenerse en pie. Por la cara le corrían gruesas gotas de sudor y tenía empapado el cuello.

—¡Buena la has tomado!—le gritó, al desembocar el canal, uno que le creyó borracho.

No se daba cuenta de nada; cuanto más andaba, más se obscurecían sus ideas. No obstante, cuando llegó al muelle del Neva, se asustó de ver tan poca gente, y temiendo que reparasen en él en un lugar tan solitario, se volvió otra vez al pereulok; y aunque apenas tenía fuerzas para andar, dió un largo rodeo para volver a su domicilio.

Al franquear el umbral no había recobrado aún su presencia de espíritu; a lo menos, hasta que llegó a mitad de la escalera no se acordó de que llevaba todavía el hacha. La cuestión que tenía que resolver era muy grave: se trataba de dejar el hacha donde la había tomado, sin llamar en lo más mínimo la atención. Si hubiera estado más tranquilo habría comprendido, de seguro, que en vez de dejar el arma en su antiguo puesto, hubiera sido mucho mejor deshacerse de ella arrojándola en cualquier corral. Sin embargo, todo le resultó a maravilla: la puerta del dvornik estaba cerrada, pero sin llave, lo cual hacía suponer que el portero no se había ausentado; pero Raskolnikoff, incapaz en aquel instante de discurrir ni de combinar un plan, se fué derecho a la puerta y la abrió. Si el portero le hubiese preguntado: «¿Qué quiere usted?», quizá el joven le habría entregado sencillamente el hacha; pero esta vez, como la anterior, el dvornik había salido, lo que dió facilidad a Raskolnikoff para colocar el hacha debajo del banco, en el sitio donde la había encontrado. En seguida subió la escalera y llegó a su habitación sin tropezarse con nadie: la puerta del cuarto de la patrona estaba cerrada. Cuando entró en su aposento se echó vestido en el diván, y aunque no se durmió, quedó en estado inconsciente. Si hubiese entrado alguien en su habitación, habríase levantado bruscamente gritando despavorido. Mil ideas distintas le hormigueaban en el cerebro.

Notes in this chapter

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