CUARTA PARTE (continued 2)
Pedro Pedraza y Páez translation
Al decir esto, Porfirio Petrovitch guiñó los ojos y dió a su cara, por un instante, cierta expresión de alegría maliciosa, se borraron las leves arrugas de su frente, se le pusieron los ojos todavía más pequeños de lo que eran, se dilataron sus facciones, y mirando fijamente a Raskolnikoff, se echó a reír de un modo nervioso y prolongado, que agitó toda su persona. El joven se echó a reír también, aunque haciendo un violento esfuerzo. La hilaridad de Porfirio Petrovitch redobló de tal modo, que el rostro del juez de instrucción se puso de color carmesí. Raskolnikoff experimentó entonces un disgusto que le hizo olvidar toda prudencia; cesó de reír, frunció el entrecejo, y durante todo el tiempo en que siguió riendo Porfirio con aquella alegría que parecía un poco fingida, clavó en él unas miradas preñadas de odio. El juez, por su parte, se cuidaba muy poco del descontento de Raskolnikoff. Esta última circunstancia dió mucho que pensar al joven; creyó comprender que su llegada no había interrumpido lo más mínimo al juez de instrucción; era, por el contrario, él, Raskolnikoff, el que había caído en una trampa. Evidentemente había allí algún lazo, alguna emboscada que él no conocía; la mina estaba cargada quizá, e iba a reventar de un momento a otro.
Yéndose derecho al asunto, se levantó y tomó su gorra.
—Porfirio Petrovitch—dijo con tono resuelto, pero en el que se descubría bastante irritación—, ayer manifestó usted el deseo de hacerme sufrir un interrogatorio. (Subrayó la palabra interrogatorio.) He venido a ponerme a disposición de usted; si tiene preguntas que dirigirme, pregúnteme usted, si no, permítame que me retire. No puedo perder el tiempo aquí; tengo otra cosa que hacer. He de asistir al entierro de ese funcionario que ha sido atropellado por un coche y de quien ha oído usted hablar...—añadió, y en seguida se arrepintió de haber dicho esta frase—. Después—prosiguió con cólera creciente—, todo eso me fastidia, ¿entiende usted? hace mucho tiempo que dura todo esto, y en parte ha sido causa de mi enfermedad... En una palabra—continuó con voz cada vez más irritada porque comprendía que la frase acerca de su enfermedad era aún más inoportuna que la otra—, en una palabra, o me interroga usted, o permita que me marche ahora mismo... Pero si usted me interroga, que sea en la forma establecida por el procedimiento legal; de otro modo no se lo permitiré a usted, y hasta entonces, adiós, puesto que por el momento nada tenemos que hacer juntos.
—¡Señor! ¿Pero, qué está usted diciendo? ¿Acerca de qué he de interrogar a usted?—replicó el juez de instrucción, que cesó instantáneamente de reír—; no se inquiete usted, se lo suplico.
Incitó a Raskolnikoff a que se sentara, en tanto que él iba y venía de un lado a otro de la habitación.
—Tenemos tiempo, tenemos tiempo, y todo eso carece de importancia. Por el contrario, estoy tan contento de que haya usted venido a nuestra casa... Recibo a usted como a un visitante... En cuanto a ese maldito reír, batuchka Rodión Romanovitch, perdóneme usted... soy muy nervioso y me ha hecho mucha gracia la agudeza de la observación de usted; a veces, le aseguro que me pongo a saltar como una pelota de goma y estoy así durante media hora... Me gusta reír. Mi temperamento me hace temer una apoplejía. Pero siéntese usted, ¿por qué sigue en pie?... Se lo ruego, batuchka, de lo contrario creeré que está usted enfadado.
Raskolnikoff, con el entrecejo fruncido, se callaba, escuchaba y observaba; sin embargo, se sentó.
—Por lo que a mí toca, batuchka Rodión Romanovitch, diré a usted una cosa que servirá para explicarle mi carácter—repuso Porfirio Petrovitch, que continuaba yendo y viniendo por la habitación, y seguía evitando el cruzar la mirada con la del joven—. Yo vivo solo, ¿sabe usted? No voy a ninguna parte; soy desconocido. Añada usted que estoy en la decadencia ya acabado... y... ¿ha advertido usted, Rodión Romanovitch, que entre nosotros, es decir, en Rusia, y sobre todo en nuestros círculos de San Petersburgo, cuando se encuentran dos hombres inteligentes que no se conocen aún bien, pero que recíprocamente se estiman, como usted y yo, por ejemplo, en este momento, no pueden decirse una palabra durante media hora y permanecen como petrificados, el uno frente al otro? Todo el mundo tiene materia de conversación; las señoras, la gente de mundo, las personas de alta sociedad... en todos estos ambientes hay de qué hablar, es de rigor; pero las personas de la clase media, como nosotros, son hurañas y taciturnas. ¿De qué procede esto, batuchka? ¿No tenemos nosotros intereses sociales, o es que somos demasiado honrados para engañarnos unos a otros? No lo sé. Vamos a ver, ¿cuál es su opinión? Pero deje la gorra; cualquiera diría que desea usted irse, y eso me causa pena... yo, por el contrario, tengo tanto gusto...
Raskolnikoff dejó su gorra. No salía de su mutismo, y con las cejas fruncidas seguía oyendo la vana charla de Porfirio.
«Sin duda dice todas estas tonterías para distraer mi atención.»
—No le ofrezco a usted café, porque éste no es lugar para ello; pero, ¿no será posible pasar cinco minutos con un amigo para procurarle una distracción?—prosiguió el inagotable Porfirio—. Ya sabe usted cuántas son las obligaciones del servicio. No se enoje usted, batuchka, porque siga paseándome; perdóneme usted, sentiría mucho molestarle; ¡pero me es tan necesario el movimiento!... Estoy siempre sentado y es para mí un verdadero placer poder pasearme durante cinco minutos... padezco de hemorroides. He tenido siempre intención de tratarme por la gimnasia; el trapecio es, se dice, muy provechoso para los consejeros del Estado, y aun para los consejeros íntimos. En nuestros días, la gimnástica ha venido a ser una verdadera ciencia... En cuanto a los deberes de nuestro cargo, a estos interrogatorios y todo este formalismo, usted mismo, batuchka, hablaba hace poco... ¿Sabe usted, en efecto, batuchka Rodión Romanovitch, que estos interrogatorios despistan más al magistrado que al reo?... Usted lo ha hecho notar hace un momento, con tanto ingenio como exactitud. (Raskolnikoff no había hecho semejante observación.) Se embrolla uno, pierde el hilo. En cuanto a nuestras costumbres jurídicas, estoy plenamente de acuerdo con usted. ¿Cuál es, dice usted, el acusado, aunque sea el más obtuso mujik, que ignore que ha de comenzarse por hacérsele preguntas extrañas para aletargarle, según la feliz expresión de usted, a fin de asestarle después, bruscamente, un hachazo en medio de la coronilla (sirviéndome de la feliz metáfora de usted)? ¡Je, je! De modo que ha pensado que hablándole de la habitación, yo trataba... ¡je, je! Es usted muy cáustico... vamos, ya no insisto. ¡Ah! Sí, una palabra llama a otra; los pensamientos se atraen mutuamente. Hace un momento hablaba usted de la forma en lo que concierne al magistrado. ¿Pero, qué es la forma? Ya sabe usted que, en muchos casos, una simple conversación amistosa conduce más seguramente a ciertos resultados. La forma no desaparecerá jamás, permítame usted que se lo asegure; ¿pero qué es, en el fondo, la forma? No se puede obligar al juez de instrucción a que la traiga siempre a cuestas. La necesidad del investigador es, en su género, un arte liberal o alguna cosa por el estilo. ¡Je, je!
Porfirio Petrovitch se detuvo un instante para tomar aliento. Hablaba sin interrupción, tan pronto diciendo tonterías, como deslizando, en medio de estas necedades, frasecillas enigmáticas, después de las cuales comenzaba de nuevo con sus trivialidades. Su paseo ahora por la habitación se parecía a una carrera; movía sus gruesas piernas cada vez con más viveza y continuaba con los ojos bajos, la mano derecha metida en el bolsillo, en tanto que con la izquierda hacía incesantemente ademanes que no tenían ninguna relación con sus palabras. Raskolnikoff advirtió, o creyó advertir, que al ir y venir por la habitación, el juez se había detenido dos veces cerca de la puerta como para escuchar un instante... «Sin duda espera algo.»
—Tiene usted completa razón—siguió diciendo alegremente Porfirio, mirando al joven con una candidez que puso a éste en nueva desconfianza—; nuestras costumbres jurídicas merecen, en efecto, las burlas ingeniosas de usted. ¡Je, je! Estos procedimientos, inspirados, según se pretende, por una profunda psicología, son muy ridículos y aun a menudo estériles. Volviendo de nuevo a la forma: Supongamos que yo me encargo de la instrucción de un proceso; yo sé, o más bien creo saber, que el culpable es cierto señor... ¿No estaba usted siguiendo la carrera de Derecho, Rodión Romanovitch?
—Sí; la estudiaba.
—Pues bien, he aquí un ejemplo que podrá servirle a usted más adelante; no vaya a creer que trato de echármelas de profesor con usted; no permita Dios que pretenda yo enseñar una cosa a un hombre que trata en los periódicos las cuestiones de criminalidad; no, me tomo solamente la libertad de citarle un hecho a título de ejemplo. Supongo, pues, que he creído descubrir al culpable; dígame usted ahora: ¿había de inquietarle prematuramente, aunque poseyera pruebas contra él? Acaso a otro que no tuviese el mismo carácter, le haría detener en seguida; pero a éste, ¿por qué no dejarle que se pasee un poco por la ciudad? ¡Je, je! No, veo que usted no me comprende bien; voy a explicarme más claramente. Si, por ejemplo, me apresuro a dictar un auto de prisión contra él, merced a este solo hecho le suministro, por decirlo así, un punto de apoyo moral. ¡Je, je! ¿Se ríe usted? (Raskolnikoff no pensaba en reírse; tenía los labios apretados y no apartaba su ardiente mirada de los ojos de Porfirio Petrovitch.) Sin embargo, así se hace, porque las personas son muy diversas, aunque, desgraciadamente, el procedimiento sea el mismo para todas. Pero desde el momento que tiene usted pruebas, podrá decirme usted, ¿para qué todas esas precauciones? ¡Ah, Dios mío! Batuchka, ¿sabe usted lo que son pruebas? Las tres cuartas partes de las veces, las pruebas son armas de dos filos, y, yo, juez de instrucción, soy hombre y, por consiguiente, sujeto a error. Así, pues, quisiera dar a mis investigaciones el rigor absoluto de una demostración matemática y desearía que mis conclusiones fuesen tan claras, tan indiscutibles, como dos y dos son cuatro. De modo que si yo hago detener a ese señor antes del tiempo oportuno, estando bien convencido de que es él, me privo de los medios ulteriores de establecer su culpabilidad. ¿Y por qué? Pues porque le doy, en cierto modo, una situación definida; al ponerle en la cárcel le tranquilizo, le coloco en su verdadero equilibrio psicológico; entonces se me escapa, se repliega sobre sí mismo, y comprende que es un detenido. Si por el contrario, dejo perfectamente tranquilo al presunto culpable, si no le detengo y si no le inquieto, pero a todas horas está preocupado de que lo sé todo, de que no le pierdo de vista ni de día ni de noche, de que es objeto por mi parte de una infatigable vigilancia, ¿qué es lo que sucederá en semejantes condiciones? Que infaliblemente se sentirá acometido del vértigo, vendrá él mismo a mi casa, me suministrará buen número de armas contra él, y me pondrá en el caso de dar a las conclusiones de mi investigación un carácter de evidencia matemática que no carece de encantos. Si este procedimiento puede dar resultados eficaces con un mujik inculto, es también muy eficaz cuando se trata de un hombre muy ilustrado, inteligente, y en cierto modo distinguido. Porque lo importante, mi querido amigo, es adivinar en qué sentido está desarrollado un hombre. Supongamos que se trata de uno inteligente, pero que tiene nervios, nervios que están excitados, que son enfermizos... ¡Y la bilis! La bilis que no se tiene en cuenta, ¡qué papel, sin embargo, tan importante desempeña en todas esas personas! Se lo repito a usted: hay en esto una verdadera mina de indicios. ¿Qué me importa que se pasee en libertad por la ciudad? Puedo dejarle gozar un poco más, seguro de que la presa no se me escapará. Y, en efecto, ¿a dónde podría ir? ¿Al extranjero? Un polaco huiría al extranjero, pero él no; tanto más, que yo le vigilo, y tengo, por consiguiente, tomadas mis medidas. ¿Se retirará al interior del país? Allí habitan mujiks groseros, rusos primitivos, desprovistos de civilización; este hombre ilustrado querrá mejor estar preso que vivir en tal ambiente. ¡Je, je! Por otra parte, esto no significa nada todavía; es lo accesorio, el lado exterior de la cuestión. No huirá, no solamente porque no sabría dónde ir, sino porque, y sobre todo, me pertenece psicológicamente. ¡Je, je, je! ¿Qué le parece a usted de esta expresión? En virtud de una ley natural, no huirá, aunque pueda hacerlo. ¿Ha visto usted la mariposa delante de la luz? Pues bien: él dará sin cesar vueltas en derredor mío, como ese insecto en torno de la llama. Para él no tendrá goces la libertad, cada vez estará más inquieto, cada vez más trastornado; si le doy tiempo, se entregará a actos tales que su culpabilidad aparecerá clara como dos y dos son cuatro... y siempre, siempre, dará vueltas en derredor mío, describiendo círculos cada vez más pequeños, hasta que, por último, ¡paf! se meterá él mismo en la boca y me lo tragaré. Es esto muy divertido. ¡Je, je, je! ¿No le parece a usted?
Raskolnikoff guardaba silencio. Pálido e inmóvil, continuaba observando el rostro de Porfirio con un penoso esfuerzo de atención.
«La lección es buena—pensaba aterrado—; no es, como ayer, el gato jugando con el ratón. Sin duda, al hablarme así, no es solamente por placer de mostrarme su fuerza; es demasiado inteligente para eso. Debe de tener otro objeto. ¿Cuál es? ¡Bah! amigo mío, cuanto dices es para asustarme. No tienes pruebas, y el hombre de ayer no existe. Tratas sencillamente de desconcertarme, quieres encolerizarme y dar el gran golpe cuando me veas en ese estado; pero te engañas; pierdes el tiempo y la saliva. Mas, ¿por qué hablas con palabras encubiertas? Cuentas con la excitación de mi sistema nervioso... No, amiguito, no sucederá lo que tú piensas; sea lo que quiera lo que hayas preparado... Ahora veremos qué lazo me tiendes.»
Y se dispuso animosamente a afrontar la terrible catástrofe que preveía. De vez en cuando sentía deseos de lanzarse sobre Porfirio y de estrangularle sobre la marcha. Desde su entrada en el despacho del juez de instrucción, su principal temor era el de no poder dominar su cólera. Sentía los latidos violentos del corazón, se le secaban los labios y le brotaba espuma de ellos. Resolvió, sin embargo, callarse comprendiendo que, en su posición, el silencio era la mejor táctica. De esta suerte, en efecto, no sólo no se comprometería, sino que quizá conseguiría irritar a su enemigo y arrancarle alguna palabra imprudente. Por lo menos, tal era la esperanza de Raskolnikoff.
—No, bien veo que usted no lo cree. Supone usted que me burlo—prosiguió Porfirio, que cada vez estaba más alegre sin dejar su risita, y había reanudado sus paseos por la sala—. Tal vez tenga usted razón; me ha dado Dios una cara que despierta en los que me ven ideas cómicas; soy un bufón; pero perdone usted el lenguaje de un viejo: usted, Rodión Romanovitch, está en la flor de la juventud, y, como todos los de su edad, aprecia sobre todo la inteligencia humana. La agudeza del ingenio y las deducciones abstractas de la razón le seducen. Volviendo al caso particular del que veníamos hablando, diré a usted que es preciso contar con la realidad, con la naturaleza. Es una cosa muy importante. ¡Oh! ¡Cómo triunfa muchas veces de la habilidad! ¡Escuche usted a un viejo! Hablo seriamente, Rodión Romanovitch—al pronunciar estas palabras, el juez, que escasamente tenía treinta y cinco años, parecía, en efecto, que había envejecido de improviso; en su persona y hasta en su voz habíase producido una repentina metamorfosis—. Además, yo soy muy franco... ¿Qué le parece a usted? ¿soy o no soy franco? Creo que no se puede ser más; le confío a usted todas estas cosas sin pedirle nada en cambio. ¡Je, je, je! Pues bien—continuó—: la agudeza de ingenio es, en mi opinión, una cosa excelente; es, por decirlo así, el ornamento de la naturaleza, el consuelo de la vida, y con ella solamente parece que se puede echar la zancadilla a un pobre juez de instrucción, que, por otra parte, suele ser engañado por su propia imaginación, porque, en resumidas cuentas, es hombre. Pero la naturaleza viene en ayuda del pobre juez. En esto es en lo que no piensa la juventud, fiando demasiado en su inteligencia, la juventud que «salta por encima de todos los obstáculos», como dijo usted ayer de una manera tan fina e ingeniosa. En el caso particular de que tratamos, el culpable, yo lo admito, mentirá de una manera asombrosa; pero cuando crea que no tiene más que recoger el fruto de su habilidad, ¡paf! se desmayará en el sitio mismo en que tal accidente ha de ser objeto de mayores comentarios. Supongamos que puede explicar su desmayo por hallarse enfermo, por la atmósfera sofocante de la sala; eso no obstante, nacerán sospechas. Ha mentido de una manera asombrosa; pero no ha sabido tomar precauciones contra la naturaleza. Ahí tiene usted dónde está el verdadero lazo. Otra vez, impulsado por su carácter burlón, se divertirá embromando a alguno que sospecha, y, como por juego, fingirá ser el criminal a quien busca la policía; pero entrará demasiado bien en el ánimo de su modelo, representará su fingida comedia con demasiada naturalidad, y éste será otro indicio. De momento, su interlocutor podrá ser juguete de lo que dice; pero, si este último no es un zoquete, rectificará al siguiente día. Nuestro hombre se comprometerá a cada instante, ¡qué digo! vendrá por sí mismo donde no ha sido llamado, se explayará con palabras imprudentes, se extenderá en alegorías cuyo sentido no se escapará a nadie... ¡Je, je, je! Hasta preguntará por qué no se le ha detenido aún. ¡Je, je, je! Y esto puede ocurrir a un hombre muy suspicaz, a un psicólogo, a un literato. ¡No hay espejo tan transparente como la naturaleza! basta con contemplarla... pero, ¿por qué se pone usted tan pálido, Rodión Romanovitch? Quizá hace demasiado calor. ¿Quiere usted que abra la ventana?
—No se moleste usted, se lo ruego—contestó Raskolnikoff, echándose a reír.
El juez se detuvo enfrente de él, esperó un momento, y, de repente, soltó también una carcajada. Raskolnikoff, cuya hilaridad habíase calmado súbitamente, se levantó.
—Porfirio Petrovitch—dijo con voz ruda y fuerte, y manteniéndose con dificultad en pie, a causa del temblor de sus piernas—, no tengo duda: usted sospecha que yo he asesinado a esa vieja y a su hermana Isabel. Por mi parte le declaro que estoy ya hasta la coronilla. Si usted cree que tiene el derecho de perseguirme o de hacerme detener, persígame usted y métame en la cárcel; pero no permito que se burle nadie de mí, ni de que se me martirice.
De pronto comenzaron a temblarle los labios, sus ojos despidieron llamas, y su voz, hasta entonces contenida, alcanzó el diapasón más elevado.
—¡No lo permito!—gritó bruscamente, y dió un vigoroso puñetazo sobre la mesa—. ¿Lo ha oído usted, Porfirio Petrovitch? ¡No lo permito!
—¡Ah! ¡Dios mío! ¿Pero qué le pasa a usted?—dijo el juez de instrucción en apariencia muy inquieto—. ¡Batuchka! Rodión Romanovitch, amigo mío, ¿qué está usted diciendo?
—¡No lo permito!—repitió Raskolnikoff.
—¡Batuchka, un poco más bajo! Van a oírle. Vendrán, y, entonces, ¿qué diremos? Piense usted un poco en ello—murmuró como asustado Porfirio Petrovitch, que había acercado su cara a la del visitante.
—¡No lo permito! ¡No lo permito!—prosiguió maquinalmente Raskolnikoff; pero hablaba bajando el tono, de modo que sólo podía ser oído por Porfirio.
Este corrió a abrir la ventana.
—Es menester airear la sala. ¿Por qué no bebe usted un poco de agua, querido amigo? Eso no es más que un acceso sin importancia.
Se dirigía ya a la puerta para dar órdenes a un criado, cuando vió en un rincón una jarra de agua.
—¡Beba usted, batuchka!—murmuró, aproximándose vivamente al joven con una jarra—. Esto le sentará a usted muy bien.
El susto, y aun la misma solicitud de Porfirio Petrovitch, parecían tan poco fingidos, que Raskolnikoff se calló y se puso a examinarle con tétrica curiosidad; pero rehusó el agua que se le ofrecía.
—¡Rodión Romanovitch! ¡querido amigo! ¡Si usted continúa así, va a volverse loco, se lo aseguro! Beba usted, beba usted, aunque sea un sorbo.
Y le puso casi a la fuerza el vaso en la mano. Maquinalmente, Raskolnikoff se lo llevó a los labios; pero de repente mudó de parecer, y lo dejó con disgusto sobre la mesa.
—Eso no ha sido más que un acceso insignificante. Tanto hará usted, mi querido amigo, que acabará por recaer de nuevo—observó con tono afectuoso el juez de instrucción, que parecía muy afectado—. Señor, ¿pero es posible que se cuide usted tan poco? Lo mismo pasó con Demetrio Prokofitch, que estuvo ayer en mi casa. Reconozco que tengo el genio cáustico, que mi carácter es horrible... pero, ¡señor! ¿qué significación se da a mis inofensivas salidas? Vino ayer después de la visita de usted; íbamos a ponernos a comer y empezó a hablar. Me contenté con apartar los brazos: ¡Ah Dios mío!... Fué usted quien lo envió, ¿verdad? ¡Siéntese usted; batuchka; siéntese usted, por el amor de Cristo!
—No, no le mandé yo; pero sabía que estaba en casa de usted y por qué hacía esa visita—respondió sarcásticamente Raskolnikoff.
—¿Usted lo sabía?
—Sí. ¿Qué deduce usted de eso?
—Deduzco, batuchka, que conozco, además, otros muchos hechos y excursiones de usted; estoy informado de todo. Sé que a la caída de la tarde fué usted a alquilar el cuarto; que se puso a tirar del cordón de la campanilla; que hizo una pregunta acerca de la sangre, y que el aspecto de usted asombró a los obreros y a los dvorniks. ¡Oh! comprendo la situación moral en que usted se encontraba entonces; pero no es menos cierto que todos estos trastornos acabarán por volverle loco. En el alma de usted hierve una noble indignación; tiene usted motivos para quejarse de su destino, en primer término, y en segundo, de la policía. Va usted también de aquí para allá forzando, en cierto modo, a la gente para que formule en voz alta sus acusaciones. Estas chismografías estúpidas le son insoportables, y quiere usted acabar con todo ello. ¿No es así? ¿No he adivinado alguno de los sentimientos a que usted obedece? Pero el caso es que no se contenta usted con devanarse los sesos, sino que hace perder también la cabeza al pobre Razumikin, y es verdaderamente una lástima volver loco a tan buen muchacho. Su misma bondad le expone más que a cualquier otro a sufrir el contagio de la enfermedad de usted... Cuando usted se calme, batuchka, yo le contaré... Pero, siéntese, ¡por el amor de Cristo! Se lo suplico. Recobre sus ánimos; está usted trastornado; siéntese.
Raskolnikoff se sentó. Un temblor febril agitaba todo su cuerpo. Escuchaba con sorpresa profunda a Porfirio, que le prodigaba demostraciones de amistad; pero no daba ningún crédito a las palabras del juez de instrucción, aunque sentía una propensión extraña a creerlas. Le había impresionado mucho el oír a Porfirio hablarle de su visita al cuarto de la vieja. «¿Cómo sabe esto, y por qué me lo cuenta él mismo?», pensaba el joven.
—Sí, se ha producido en nuestra táctica judiciaria un caso psicológico casi análogo, un caso morboso—continuó Porfirio—. Un hombre se acusó de un homicidio que no había cometido. Contó una historia completa, una alucinación de que él había sido juguete; y su relato era tan verosímil, parecía tan de acuerdo con los hechos, que desafiaba toda contradicción. ¿Cómo explicarse esto? Sin haber intervenido en él, este individuo había sido, en parte, causa de un asesinato. Cuando supo que él había, sin saberlo, facilitado el crimen, se sobrecogió de tal manera, que su razón se alteró e imaginó que él era el verdadero criminal. Al fin y a la postre, el Senado examinó la causa y descubrió que el desgraciado era inocente. Sin el Senado, ¿qué hubiera sido de este pobre diablo? He aquí lo que se arriesga, batuchka. Puede uno convertirse en monomaníaco cuando va por la noche a tirar de los cordones de las campanillas y a hacer preguntas acerca de la sangre. En el ejercicio de mi profesión, he tenido ocasión de estudiar toda esta psicología. Es ése de que hablo un atractivo semejante al que impulsa a un hombre a tirarse por una ventana de lo alto de una torre... Usted está enfermo, Rodión Romanovitch, y hace mal en descuidar tanto su enfermedad. Debiera usted consultar un médico experimentado, en vez de hacerse asistir por ese gordinflón de Zosimoff. Todo esto es en usted el efecto del delirio...
Durante un instante, Raskolnikoff creyó ver que todos los objetos daban vueltas en derredor suyo. «¿Es posible que siga mintiendo en este momento?», se preguntaba; y esforzábase para desechar esta idea, presintiendo el exceso de rabia loca a que podía impulsarle.
—Yo no deliraba. Me encontraba en el pleno uso de mi razón—gritó, en tanto que ponía su espíritu en tortura para comprender el juego de Porfirio—. Era dueño de todas mis facultades, ¿entiende usted?
—Sí; comprendo, comprendo. Ya me dijo usted ayer que no deliraba, e insistió particularmente sobre este punto. Comprendo todo lo que puede usted decir. ¡Je, je!... Pero permítame usted que someta a su juicio una observación, querido Rodión Romanovitch: Si en efecto, fuese usted el culpable, o hubiese tomado parte en ese maldito asunto, yo le pregunto: ¿hubiera sostenido que había hecho usted todas esas cosas, no delirando, sino con plena conciencia de sus actos? Supongo que habría usted hecho todo lo contrario. Si creyese usted que su causa estaba prejuzgada, debería precisamente sostener con tenacidad que obró bajo la influencia del delirio; ¿no es así?
El tono de la pregunta hacía sospechar que se le tendía un lazo. Al pronunciar estas últimas palabras, el juez se inclinó hacia Raskolnikoff. Este se recostó en el diván y miró silenciosamente en la cara a su interlocutor.
—Y lo mismo digo respecto de la visita del señor Razumikin. Si usted fuese culpable, debería decir que nuestro amigo vino a mi casa por su propia iniciativa, y ocultar que había dado este paso por instigación de usted. Por el contrario, lejos de ocultarlo, asegura que fué usted quien lo mandó.
Raskolnikoff no había afirmado nada de esto, y sintió, al oírlo, un escalofrío en la espina dorsal.
—Usted sigue mintiendo—dijo con voz lenta y débil, esbozando una sonrisa—. Quiere usted suponer que lee en mi interior y que sabe de antemano todas las respuestas—continuó, comprendiendo que ya no pesaba sus palabras como debía—; usted quiere meterme miedo... o simplemente burlarse de mí.
Hablando de este modo, Raskolnikoff no cesaba de mirar fijamente al juez de instrucción. De repente brillaron de nuevo en sus ojos relámpagos de cólera violenta.
—No hace usted más que mentir—gritó—. Sabe usted perfectamente que la mejor táctica para un culpable es confesar lo que no le es posible tener oculto. Yo no le creo a usted.
—¡Qué listo es usted para ver las cosas!—dijo Porfirio sonriéndose—. Pero en este asunto, batuchka, está engañado; es el efecto de la monomanía. ¡Ah! ¿Conque usted no me cree? Pues yo le digo que me crea un poco, y me arreglaré de manera que acabe por creerme del todo; porque yo le quiero a usted sinceramente, y le miro con singular interés.
Los labios de Raskolnikoff comenzaron a temblar.
—Sí; yo le quiero a usted—prosiguió Porfirio asiendo amistosamente el brazo del joven por algo más arriba del codo—; vuelvo a repetírselo a usted: cuídese su enfermedad. Además, la familia de usted se encuentra ahora en San Petersburgo; piense algo en ella. Debería usted hacer la felicidad de sus parientes y, por el contrario, sólo les acarrea inquietudes.
—Y a usted, ¿qué le importa? ¿Cómo sabe usted eso? ¿Por qué se mezcla en mis asuntos? ¿De modo que usted me vigila, y además, me lo dice?
—Pero, batuchka. ¡Si es usted mismo quien me lo ha contado! No advierte que, en su agitación, habla usted espontáneamente de sus asuntos a mí y a los demás. Ayer Razumikin me comunicó también muchas particularidades interesantes acerca de usted. Iba a decirle que, a pesar de todo su genio, ha perdido la vista exacta de las cosas, a consecuencia de su carácter suspicaz. Vea usted, el incidente del cordón de la campanilla. Ese es un hecho precioso, un hecho inapreciable para un magistrado observador; yo se lo entrego a usted cándidamente; yo, juez de instrucción. Y esto, ¿no le abre a usted los ojos? Pero si yo le creyera culpable, ¿hubiera procedido de esa suerte? En tal caso, mi línea de conducta estaba perfectamente trazada: hubiera debido, por el contrario, desviar la atención de usted hacia otro punto. Después, bruscamente, le hubiera asestado, según la expresión de usted, sobre la coronilla, la siguiente pregunta: «¿Qué fué usted a hacer a tal hora de la noche al domicilio de la víctima? ¿Por qué tiró usted del cordón de la campanilla? ¿Por qué hizo usted preguntas acerca de la sangre? ¿Por qué aturdió usted a los dvorniks pidiendo que le condujesen a la oficina de policía?» De esta manera hubiera procedido si hubiese tenido alguna sospecha acerca de usted. Hubiera debido someter a usted a un interrogatorio en regla, ordenar una investigación y detenerle. Puesto que he obrado de otro modo, es señal evidente de que no sospecho de usted. Ha perdido el sentido exacto de las cosas, y está ciego, se lo repito.
Raskolnikoff temblaba, lo cual pudo fácilmente advertir Porfirio Petrovitch.
—Sigue usted mintiendo—vociferó el joven—. No sé cuáles son sus intenciones; pero estoy cierto de que miente... Hace poco no hablaba usted en ese sentido y sobre ello no me hago ilusiones... Miente usted.
—¿Que miento?—replicó Porfirio con apariencias de vivacidad. Por lo demás, el juez de instrucción conservaba su aspecto jovial, y parecía no dar importancia alguna a la opinión que Raskolnikoff pudiera tener de él—. ¿Que miento? ¿Pero usted no recuerda cómo acabo de tratarle? Yo, juez de instrucción, le he sugerido los argumentos psicológicos que usted podía emplear: «La enfermedad, el delirio, los sufrimientos del amor propio, la hipocondría, la afrenta recibida en el despacho de policía», etc. ¿No es así? ¡Je, je, je! Verdad es, dicho sea de paso, que estos medios de defensa no siempre dan el resultado apetecido; son armas de dos filos y podría cortarse el que las empleara. Si usted dice: «Yo estaba enfermo, yo deliraba, no sabía lo que hacía, no me acuerdo de nada», podrá respondérsele: «Todo eso está muy bien, batuchka, pero, ¿cómo es que el delirio toma siempre en usted el mismo carácter?» Debería manifestarse en otras formas, ¿verdad? ¡Je, je, je!
Raskolnikoff se levantó, y mirándole despreciativamente, dijo:
—En resumen: quiero saber de una manera concreta si sospecha usted o no de mí. Hable usted, Porfirio Petrovitch. Explíquese usted sin ambages ni rodeos; y en seguida, al instante.
—¡Ah, Dios mío! Se parece usted a los niños que piden la luna—replicó Porfirio siempre con su tono zumbón—. ¿Qué necesidad tiene usted de saber nada, si se le deja a usted perfectamente tranquilo? ¿Por qué se altera de ese modo? ¿Por qué viene a mi casa cuando nadie le llama? ¿Cuáles son las razones de usted? ¡Je, je, je!
—Le repito—gritó Raskolnikoff furioso—que ya no me es posible soportar...
—¿Qué? ¿La incertidumbre?—interrumpió el juez de instrucción.
—No me exaspere usted más... No quiero, digo a usted que no quiero... no puedo ni quiero... ¿oye usted?—gritó con voz de trueno Raskolnikoff, descargando un nuevo puñetazo sobre la mesa.
—Más bajo, más bajo; van a oírle a usted, se lo advierto seriamente. Tenga cuidado—murmuró Porfirio.
El juez de instrucción no tenía ya aquel aire de campesino que comunicaba a su rostro cierta candidez; fruncía las cejas, hablaba como amo y estaba a punto de quitarse la careta; pero esta nueva actitud no duró más que un instante. Aunque al punto Raskolnikoff se entregó a un arrebato de cólera, sin embargo, cosa extraña, esta vez, como antes, aunque estaba en el colmo de la exasperación, obedeció la orden de bajar la voz; comprendía, además, que no podía menos de hacerlo, y este pensamiento contribuyó a aumentar su irritación.
—No me dejaré martirizar—murmuró—; deténgame usted, regístreme, haga cuantas investigaciones quiera; pero proceda usted en debida forma, y no juegue conmigo. No tenga usted la audacia...
—No se inquiete usted por la forma—interrumpió Porfirio con su acento sardónico, mientras contemplaba a Raskolnikoff con cierto júbilo—; es familiarmente, batuchka, como amigo, como he invitado a usted a que viniera a verme.
—No quiero la amistad de usted; la desprecio. ¿Entiende usted? Y ahora tomo la gorra y me voy. Usted dirá si tiene intención de detenerme.
En el momento en que se acercaba a la puerta, Porfirio Petrovitch le asió de nuevo del brazo, por un poco más arriba del codo.
—¿No quiere usted que le dé una pequeña sorpresa?—dijo, riendo, el juez de instrucción, que cada vez parecía más burlón, lo que acabó de poner a Raskolnikoff fuera de sí.
—¿Qué pequeña sorpresa? ¿Qué quiere usted decir?—preguntó el joven, deteniéndose de repente y mirando con inquietud a Porfirio.
—Una pequeña sorpresa que hay detrás de esa puerta. ¡Je, je, je!—y mostraba con un dedo la puerta cerrada que daba acceso a su habitación, situada detrás del tabique—. Yo mismo la he cerrado con llave para que no se vaya.
—¿Qué es? ¿qué es? ¿Qué hay?
Raskolnikoff se acercó a la puerta; quiso abrirla, pero no pudo.
—Está cerrada. He aquí la llave—y diciendo esto, el juez de instrucción sacó la llave del bolsillo y se la enseñó al joven.
—¡Mientes! ¡Sigues mintiendo!—aulló éste, que ya no era dueño de sí—. ¡Mientes, maldito pulchinela!
Al mismo tiempo hizo ademán de arrojarse sobre Porfirio, el cual se retiró hacia la puerta, pero sin demostrar ningún temor.
—¡Lo comprendo todo!—vociferó Raskolnikoff—. ¡Mientes, mientes para que yo me venda!...
—Pero, ¿por qué ha de venderse usted? ¡Vea en qué estado se encuentra, Rodión Romanovitch! No grite, o llamo.
—¡Mientes, no hay nada! ¡Llama a tu gente! Sabías que estaba enfermo y has querido exasperarme, ponerme en el disparador para arrancarme una confesión; ése era tu objeto. Exhibe tus pruebas. Te he comprendido. No tienes pruebas; no tienes más que suposiciones, las conjeturas de Zametoff. Conocías mi carácter y has querido exasperarme, a fin de hacer en seguida que se presentaran bruscamente los popes y delegados. Los esperas, ¿eh? ¿A quién esperas? ¿A ellos? Hazlos entrar.
—¿Qué habla usted de delegados, batuchka? ¡Vaya unas ideas! La misma forma para emplear el mismo lenguaje de usted, no permite proceder de este modo; usted conoce el procedimiento, mi querido amigo... pero será observada la forma, usted lo verá—murmuró Porfirio, que se había puesto a escuchar junto a la puerta.
Sonaba, en efecto, cierto ruido en la pieza contigua.
—¡Ah! ¿Vienen?—gritó Raskolnikoff—. ¿Los has enviado a buscar? Habías contado... Pues bien, introdúcelos a todos, delegados y testigos; haz entrar a quien quieras. Estoy pronto.
Pero entonces ocurrió un incidente muy extraño, tan fuera del curso ordinario de las cosas, que sin duda Raskolnikoff ni Porfirio Petrovitch hubieran podido preverlo.
VI.
He aquí el recuerdo que esta escena dejó en el espíritu de Raskolnikoff:
El ruido que sonaba en la habitación inmediata aumentó de repente, y la puerta se entreabrió.
—¿Qué es eso?—gritó Porfirio Petrovitch encolerizado.
No hubo respuesta; pero la causa del ruido se dejaba adivinar en parte: alguna persona quería penetrar en el despacho del juez y trataban de impedírselo.
—¿Qué es lo que sucede?—repitió Porfirio.
—Es el procesado Mikolai, que ha sido conducido aquí.
—No tengo necesidad de él. No quiero verle; llevadle. Esperad un poco. ¿Por qué le han traído? ¡Qué desorden!—murmuró Porfirio lanzándose hacia la puerta.
—El es quien...—replicó la misma voz; y se detuvo de repente.
Durante dos minutos se oyó el ruido de una lucha entre dos hombres; después, uno de ellos rechazó al otro con fuerza, y penetró bruscamente en el despacho.
El recién venido tenía un aspecto muy extraño. Parecía no ver a nadie. En sus ojos llameantes se leía una firme resolución, y al propio tiempo su rostro estaba lívido como el de un condenado a quien se conduce al cadalso. Temblábanle ligeramente los labios, exangües.
Era un hombre muy joven todavía, delgado, de mediana estatura y vestido como un obrero. Tenía el cabello cortado al rape y sus facciones eran finas y angulosas. El que acababa de ser rechazado por él, se lanzó en persecución suya dentro del gabinete y le agarró por un brazo: era un gendarme. Mikolai logró de nuevo soltarse.
En el umbral se agruparon muchos curiosos, algunos de los cuales tenían vivos deseos de entrar. Todo ello había pasado en menos tiempo del que se tarda en referirlo.
—¡Vete! Es todavía pronto; espera a que se te llame... ¿Por qué te han traído tan pronto?—preguntó Porfirio Petrovitch tan irritado como sorprendido; pero de repente Mikolai se puso de rodillas.
—¿Qué haces?—gritó el juez de instrucción cada vez más asombrado.
—¡Perdón! ¡Soy culpable! ¡Yo soy el asesino!—dijo bruscamente Mikolai, con voz bastante fuerte, a pesar de la emoción que le ahogaba.
Pasaron diez segundos en un silencio profundo como si todos los asistentes hubiesen sido acometidos de un ataque de catalepsia. El gendarme no trató de sujetar de nuevo al preso, y dirigiéndose maquinalmente hacia la puerta, se quedó inmóvil en el umbral.
—¿Qué estás diciendo?—exclamó Porfirio Petrovitch cuando el asombro le permitió hablar.
—Yo soy el asesino...—repitió de nuevo Mikolai.
—¿Cómo? ¿Qué? ¿Que tú has asesinado...?
El juez de instrucción estaba visiblemente desconcertado. El preso tardó un instante en responder.
—Yo he asesinado... a hachazos... a Alena Ivanovna y a su hermana Isabel Ivanovna. Estaba trastornado—añadió bruscamente.
Se calló, pero continuaba de rodillas. Después de haber oído esta respuesta, Porfirio Petrovitch pareció reflexionar profundamente, y luego, con un ademán violento, mandó a los testigos que se retirasen. Estos obedecieron al punto y la puerta volvió a cerrarse.
Raskolnikoff, en pie, contemplaba a Mikolai con aire extraño. Durante algunos instantes las miradas del juez de instrucción fueron del detenido al visitante y viceversa. Después se dirigió a Mikolai sin tratar de disimular su cólera.
—Espera a que se te interrogue antes de decirme que estabas trastornado. Yo no te preguntaba eso. Habla ahora: ¿Has matado...?
—Yo soy el asesino... lo confieso—respondió Mikolai.
—¿Oh? ¿Con qué arma has matado?
—Con una hacha. La llevaba prevenida.
—¡Eh, qué apresuramiento! ¿Solo?
Mikolai no comprendió la pregunta.
—¿No tienes cómplices?
—No. Mitka es inocente. No ha tomado la menor parte en el crimen.
—No te apresures tanto para disculpar a Mitka. ¿Acaso te he preguntado acerca de él?... Sin embargo, ¿cómo se explica que los dvorniks os hayan visto bajar corriendo la escalera?
—Corrí adrede detrás de Mitka porque de ese modo pensé evitar sospechas—respondió el preso.
—Está bien. Basta—gritó Porfirio encolerizado—; no dice la verdad—murmuró en seguida como aparte, y de pronto sus ojos se encontraron con los de Raskolnikoff, cuya presencia había evidentemente olvidado durante este diálogo con Mikolai.
Al fijarse en su visitante pareció que se turbaba el juez de instrucción y dirigiéndose a él le dijo:
—Rodión Romanovitch, batuchka, perdóneme usted, se lo suplico... Nada tiene usted que hacer aquí... yo mismo... ya ve qué sorpresa...
Tomó al joven por el brazo y le señaló la puerta.
—Según se ve, no esperaba usted tal cosa—observó Raskolnikoff.
Naturalmente, lo que acababa de suceder era para él un enigma. Sin embargo, había recobrado en gran parte su serenidad.
—Tampoco usted lo esperaba, batuchka. Vea usted cómo le tiembla la mano. ¡Je, je, je!
—También está usted temblando, Porfirio Petrovitch—observó Raskolnikoff.
—Es verdad... no esperaba esto...
Se encontraban ya en el umbral de la puerta. El juez de instrucción tenía prisa porque se marchase el joven.
—¿De modo que no me enseña usted la «pequeña sorpresa» que me tenía preparada?—preguntó éste bruscamente.
—Apenas si tiene fuerzas para hablar y ya se muestra irónico, ¡je, je, je! ¡Ea, hasta la vista!
—Creo que sería más propio decir ¡adiós!
—Será lo que Dios quiera—balbuceó Porfirio con risa forzada.
Al atravesar la Cancillería, Raskolnikoff advirtió que muchos de los empleados le miraban fijamente. En la antesala reconoció en medio de la gente a los dvorniks de aquella casa, a los que había propuesto la tarde de la extraña visita que le condujesen a la comisaría de policía. Parecía que estaban esperando allí algo, pero apenas hubo llegado al rellano de la escalera, cuando oyó de nuevo la voz de Porfirio Petrovitch. El joven se volvió y vió al juez de instrucción que, todo sofocado, acudía a llamarle.
—Una palabra todavía, Rodión Romanovitch. Dios sabe lo que pasará en este asunto; pero, para la cuestión de forma, tengo que pedirle a usted algunos datos, de modo que nos volveremos a ver de seguro.
Porfirio se detuvo sonriendo delante del joven.
—De seguro—repitió.
Parecía que iba a decir alguna otra cosa; pero nada añadió.
—Perdone usted mi proceder de antes, Porfirio Petrovitch... Me he alterado un poco—comenzó a decir Raskolnikoff, que había recobrado ya toda su serenidad y sentía grandes deseos de burlarse del magistrado.
—¡Bah! Eso no tiene importancia—replicó el juez con tono casi jovial—. También yo tengo un carácter insoportable, lo reconozco. Ya nos veremos; si Dios quiere, nos veremos a menudo.
—Y entonces nos conoceremos a fondo—repuso Raskolnikoff.
—Muy a fondo—repitió como un eco Porfirio Petrovitch, y guiñando un ojo, miró con mucha gravedad a su interlocutor—. ¿Y ahora va usted a comer a una fiesta?
—A un entierro.
—¡Ah! Está bien. Tenga usted cuidado de su salud.
—Por mi parte, no sé qué votos hacer por usted—respondió Raskolnikoff, y comenzó a bajar la escalera; pero de repente se volvió hacia Porfirio—. ¡Ah! Le deseo a usted de todo corazón mejor éxito del que ha conseguido hasta ahora, vea usted, sin embargo, qué cómicas son sus funciones.
Al oír estas palabras, el juez de instrucción, que se disponía a volver a su despacho, aguzó el oído.
—¿Qué es lo que tienen de cómicas?—preguntó.
—Mucho. Ahí tiene a ese pobre Mikolai; ¡cuánto ha debido usted atormentarle! ¡Cuánto lo habrá usted fatigado para arrancarle su confesión! Día y noche, sin duda, le habrá usted repetido en todos los tonos: «¡Tú eres el asesino, tú eres el asesino!» Le habrá usted perseguido sin tregua, según su método psicológico, y ahora, cuando él se reconoce culpable, usted empieza con la cantata en otro tono de «¡Mientes! ¡Tú no eres el asesino! ¡No puedes serlo, no dices la verdad!» Pues bien, después de esto, ¿no tengo derecho para encontrar cómicas las funciones de usted?
—¡Je, je, je! ¿De modo que ha reparado usted que hace poco rato he hecho observar a Mikolai que no decía la verdad?
—¿Cómo no había de observarlo?
—¡Je, je, je! Tiene usted mucho ingenio; nada se le escapa. Además, le da a usted por lo chistoso. Posee usted la cuerda humorística. ¡Je, je, je! Ese era, según dicen, el rasgo distintivo de Cogol.
—Sí, de Cogol.
—En efecto, de Cogol, ¡Hasta la vista!...
—Hasta la vista.
El joven se fué directamente a su casa. Cuando llegó a su domicilio, se echó en el diván y durante un cuarto de hora intentó ordenar algún tanto sus ideas, que eran muy confusas. No trató siquiera de explicarse la conducta de Mikolai, comprendiendo que había allí un misterio cuya clave buscaría en vano por el momento. Por lo demás, no se hacía ilusiones sobre las consecuencias probables del incidente. No tardaría en comprenderse que eran mentirosas las confesiones del obrero, y entonces las sospechas recaerían de nuevo sobre él. Pero, en tanto, era libre y podía tomar sus medidas en previsión del peligro que juzgaba inminente.
¿Hasta qué punto, empero, estaba amenazado? La situación comenzaba a esclarecerse. El joven temblaba aún al acordarse de su reciente entrevista con el juez de instrucción. No podía penetrar todas las intenciones de Porfirio, pero lo que adivinaba era más que suficiente para hacerle comprender de qué terrible peligro acababa de escapar. Un poco más y se hubiera perdido sin remedio. Conociendo la irritabilidad nerviosa de su visitante, el juez se había apoyado sólidamente sobre este dato, y había descubierto con exceso de atrevimiento su juego; pero jugaba sobre seguro. Ciertamente, Raskolnikoff se había comprometido demasiado; sin embargo, las imprudencias de que él se acusaba no constituían todavía una prueba en contra suya: esto no tenía más que un carácter relativo. ¿No se engañaba, sin embargo, al pensar así? ¿Cuál era el proyecto de Porfirio? ¿Habría éste maquinado algo aquel día, y si tenía preparado un golpe, en qué consistía éste? Sin la aparición inesperada de Mikolai, ¿cómo hubiera acabado esta entrevista?
Raskolnikoff estaba sentado en el sofá con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza en las manos. Un temblor nervioso agitaba todo su cuerpo. Al fin se levantó, tomó la gorra y después de haber reflexionado un momento, se dirigió hacia la puerta.
—Por hoy, al menos—se dijo—, no tengo nada que temer.
De repente experimentó una especie de alegría y se le ocurrió la idea de dirigirse lo más pronto posible a casa de Catalina Ivanovna. Ya era tarde para asistir al entierro, pero llegaría a tiempo para comer y allí vería a Sonia. Se detuvo, reflexionó, y en sus labios se dibujó una triste sonrisa.
«¡Hoy! ¡Hoy!—repitió—. Sí, hoy mismo. Es preciso.»
En el momento en que se dirigía a la puerta, ésta se abrió por sí misma. El joven retrocedió espantado viendo aparecer al enigmático personaje de la víspera, al hombre salido de debajo de la tierra.
El recién venido se detuvo en el umbral, y después de haber mirado silenciosamente a Raskolnikoff, dió un paso en la habitación. Vestía exactamente como el día anterior, pero su rostro no era el mismo.
—¿Qué quiere usted?—preguntó Raskolnikoff pálido como un muerto.
El hombre, en vez de responder, se inclinó casi hasta el suelo. Por lo menos le tocó con el anillo que llevaba en la mano derecha.
—¿Quién es usted?—preguntó Raskolnikoff.
—Pido a usted perdón—dijo el hombre en voz baja.
—¿De qué?
—De mis malos pensamientos.
Los dos hombres se miraron.
—Estaba ciego de ira. Cuando usted fué el otro día, teniendo, sin duda, la razón perturbada por la bebida, hizo preguntas acerca de la sangre y pidió a los dvorniks que lo condujesen a la oficina de policía, vi con disgusto que no hacían caso de las palabras de usted, tomándole por un borracho; esto me contrarió de tal modo, que no pude dormir; pero me acordaba de las señas de usted y vine ayer aquí...
—¿Fué usted quien vino?—interrumpió Raskolnikoff.
Comenzaba a comprender.
—Sí; yo le he insultado a usted.
—¿Estaba usted en aquella casa?
—Sí, me encontraba junto a la puerta cochera cuando la visita de usted. ¿Lo ha olvidado usted? Vivo allí desde hace mucho tiempo. Soy peletero...
Raskolnikoff se acordó súbitamente de toda la escena de la antevíspera. En efecto: independientemente de los dvorniks había en la puerta cochera muchas personas, hombres y mujeres. Uno de ellos había propuesto que se le condujese a la comisaría de policía. No podía acordarse del rostro del que emitió esta idea; tampoco le reconoció en este momento; pero sí se acordaba de haberle respondido algo y de haberse vuelto a mirarle.
Así se explicaba de la manera más sencilla del mundo el terrible misterio de la víspera. ¡Y bajo la impresión de la inquietud que le causaba una circunstancia tan insignificante, había estado a punto de perderse! Aquel hombre no podía contar nada sino que Raskolnikoff se presentó a alquilar el cuarto de la vieja y que preguntó acerca de la sangre. Aparte de esta excursión de un enfermo en delirio, salvo esa psicología de dos filos, Porfirio no sabía nada. No tenía ningún hecho, nada positivo. «Por consiguiente—pensaba el joven—, si no surgen nuevos cargos (y no surgirán, estoy seguro de ello), ¿qué pueden hacerme? Aunque me detuvieran, ¿cómo demostrarían definitivamente mi culpabilidad?»
Otra conclusión se desprendía para Raskolnikoff de las palabras de su visitante: hacía muy pocas horas que Porfirio tuvo noticia de su visita al cuarto de la víctima.
—¿Usted le ha dicho hoy a Porfirio que estuve yo allí?—preguntó el joven asaltado por súbita idea.
—¿A qué Porfirio?
—Al juez de instrucción.
—Yo se lo he dicho. Como los dvorniks no habían ido, fuí yo.
—¿Hoy?
—Llegué un minuto antes que usted; lo he oído todo y sé que le ha hecho pasar a usted un mal rato.
—¿Dónde? ¿Qué? ¿Cuándo?
—Yo estaba allí, en la pieza contigua a su gabinete, en donde he permanecido todo el tiempo que ha durado la entrevista.
—¿Cómo? ¿De modo que era usted la sorpresa? ¿Cómo ha sido eso? Cuéntemelo usted todo, se lo ruego.
—Viendo—dijo el menestral—que los dvorniks rehusaban avisar a la policía, a pretexto de que era demasiado tarde y de que encontrarían la oficina cerrada, experimenté una viva contrariedad y resolví enterarme por mí mismo; al día siguiente, es decir, ayer, tomé datos y me he presentado al juez de instrucción. La primera vez que estuve en la oficina no se encontraba allí; volví una hora después y no fuí recibido; en fin, la última vez se me hizo entrar. Conté punto por punto cuanto había pasado; al oírme el juez saltaba en la habitación y se daba golpes en el pecho diciendo: «¿De ese modo cumplís, bribones, con vuestra obligación? Si yo hubiese sabido esto antes, le hubiera hecho buscar por la gendarmería.» En seguida salió precipitadamente, llamó a no sé quién y estuvo hablando con él en un rincón; se dirigió otra vez a mí y se puso de nuevo a interrogarme, profiriendo fuertes imprecaciones. No le he ocultado nada; le he dicho que usted no se atrevió a contestar a mis palabras de ayer y que no me había reconocido. Continuaba dándose golpes en el pecho, vociferando y saltando por la habitación. Entonces le anunciaron a usted. «Retírese detrás del tabique—me dijo dándome una silla—, y estése ahí sin chistar, oiga lo que oiga; puede que le interrogue otra vez.» Después cerró la puerta. Cuando condujeron a Mikolai, despidió a usted y me hizo salir a mí. «Tendré aún que interrogarle», me dijo.
—¿Preguntó a Mikolai delante de ti?
—Yo salí inmediatamente después de usted, y entonces fué cuando comenzó el interrogatorio de Mikolai.
Terminado su relato, el menestral se inclinó de nuevo hasta el suelo.
—Perdóneme usted por mi denuncia y por el error en que he incurrido.
—¡Que Dios te perdone!—respondió Raskolnikoff.
«Nada de inculpaciones precisas, nada más que pruebas de dos filos», pensó Raskolnikoff renaciendo a la esperanza, y salió de la habitación. «Todavía podemos luchar», se dijo con sonrisa colérica, mientras bajaba la escalera.
Estaba irritado contra sí mismo y sentíase humillado.