SEGUNDA PARTE
Pedro Pedraza y Páez translation
I.
Raskolnikoff estuvo mucho tiempo acostado. A veces salía de su somnolencia y observaba que la noche estaba muy avanzada; pero no se le ocurría la idea de levantarse. Luego notó que empezaba a amanecer. Echado boca arriba en el sofá, no había podido recobrarse de la especie de letargo en que se hallaba sumido. De pronto oyó gritos terribles y desesperados que sonaban en la calle: eran las mismas voces que daba todas las noches a las dos, bajo sus ventanas, la gente que salía de las tabernas.
Aquel ruido le despertó.
—¡Ah, son borrachos!—pensó—. Las dos—y sintió un brusco sobresalto, como si le hubiesen levantado con violencia del sofá—. ¡Cómo! ¡Las dos ya!—Se sentó en el diván y lo recordó todo.
En el primer momento creyó que se volvía loco. Sentía mucho frío, que procedía, sin duda, de la fiebre que le había asaltado durante el sueño. Ahora tiritaba de tal modo que le castañeteaban los dientes. Abrió la puerta y se puso a escuchar; todo dormía en la casa. Echó una mirada sobre su persona y en derredor suyo. ¿Cómo, el día antes, al entrar en su habitación, se le olvidó de cerrar la puerta con el pestillo? ¿Por qué se había echado en el sofá, no solamente sin desnudarse, sino hasta con el sombrero puesto? Este había rodado por el suelo. «Si alguno entrase aquí, qué pensaría? De seguro me creería borracho; pero...»
Se acercó a la ventana. Era ya día claro. El joven se examinó de pies a cabeza para ver si tenía alguna mancha en la ropa; pero no se podía fiar de una inspección hecha de aquel modo; siempre temblando, se desnudó y miró de nuevo su ropa con el mayor cuidado. Por exceso de precaución repitió este examen tres veces seguidas. No descubrió nada, excepto algunas gotas de sangre coagulada en la parte baja del pantalón, cuyos bordes estaban rotos y deshilachados. Tomó un cuchillo, y doblando los bordes de aquella prenda hizo dos tiras. De repente se acordó de que la bolsa y los objetos que había tomado del cofre de la vieja seguían en sus bolsillos. No había pensado en sacarlos ni en ocultarlos en cualquier parte. No se le ocurrió tampoco momentos antes cuando examinaba su ropa. «¡Si parece imposible!»
En un abrir y cerrar de ojos se vació los bolsillos y puso su contenido sobre la mesa. Después de haberlos registrado bien, a fin de asegurarse de que no quedaba nada en ellos, lo llevó todo a un rincón del cuarto. En aquel sitio, la tapicería destrozada se destacaba de la pared, y allí fué, bajo el papel, donde metió las alhajas y la bolsa.
—Así, ni visto ni conocido—pensó con alegría, medio incorporándose; y, mirando como atontado el ángulo en que la tapicería estaba desgarrada, bostezaba más aún.
De pronto, el terror agitó sus miembros.
—¡Dios mío!—murmuró con desesperación—. ¿Qué es lo que me pasa? ¿Está eso bien oculto? ¿Es así como se esconden estas cosas?
A la verdad, no era aquél el botín de que había esperado apoderarse; su intento era apropiarse del dinero de la vieja; así es que la necesidad de ocultar las alhajas le pillaba desprevenido.
—¿Pero ahora tengo yo motivos para alegrarme?—se decía—. ¿Es éste el modo de ocultar lo robado? Creo que me abandona la razón.
Falto de fuerzas, extenuado, se sentó en el diván, acometido de fuerte temblor.
Maquinalmente tomó un gabán viejo de invierno hecho jirones, que se encontraba en una silla, y se tapó con él; le invadió inmediatamente un sueño mezclado de delirio y perdió la conciencia de sí mismo.
Cinco minutos después se despertó sobresaltado, y su primer movimiento fué examinar de nuevo sus vestidos.
—¿Cómo he podido volver a dormirme sin haber hecho nada?; el nudo corredizo está en el sitio en que yo lo cosí. ¡Y no haber pensado en ello! ¡Semejante pieza de convicción!
Arrancó la venda de tela, la redujo a trozos pequeños y los confundió con la ropa que tenía debajo de la almohada.
—Me parece que estos trapos no pueden en caso ninguno despertar sospechas; por lo menos así lo creo—repetía en pie, en medio de la sala, con una atención que el esfuerzo hacía dolorosa, y miraba en derredor suyo para cerciorarse de que no había olvidado nada.
Le atormentaba cruelmente el convencimiento de que todo, la razón, hasta la más elemental prudencia, le abandonaba.
—¡Cómo! ¿Comienza ya el castigo? Sí, sí... así es, en efecto.
Los hilachos que había cortado del pantalón estaban en el suelo en medio de la sala, expuestos a la vista del primero que llegase.
—¿Pero dónde tengo yo la cabeza?—exclamó como anonadado.
Entonces le asaltó una idea extraña; pensó que su traje estaba todo ensangrentado, y que, a causa de la debilidad de sus facultades, no se había enterado de las manchas.
De repente se acordó de que la bolsa estaba también manchada de sangre.
Debe de haberse manchado el bolsillo, porque la bolsa estaba húmeda cuando la guardé.
En seguida dió la vuelta al bolsillo, y en efecto, encontró manchas en el forro.
—La razón no me ha abandonado por completo; soy capaz todavía de reflexionar, puesto que he podido hacer esta observación—pensó gozoso, lanzando un suspiro de satisfacción—; todo ello ha sido un instante de fiebre que me ha privado momentáneamente del juicio.
Arrancó inmediatamente todo el forro del bolsillo izquierdo del pantalón. En aquel momento un rayo de sol fué a dar en la punta de la bota izquierda: al joven le pareció que había allí indicios reveladores. Se descalzó.
—¡En efecto, son indicios! Toda la punta de la bota está llena de sangre. Sin duda puse imprudentemente el pie en aquel charco... ¿Pero qué hacer ahora de tales cosas? ¿Cómo deshacerme de esta bota, de estos trapajos y del forro del bolsillo?
Estaba en pie en medio de la sala, teniendo en la mano aquellos objetos que le denunciaban y le comprometían.
—Si los echase en la chimenea... Pero precisamente donde registrarán primero será en la chimenea. Si los quemase... ¿pero con qué? No tengo ni cerillas. Es mejor tirarlo todo en cualquier parte. Sí, lo mejor será tirarlo—repetía sentándose nuevamente en el diván—; pero en seguida, sin pérdida de tiempo.
Mas en vez de ejecutar esta resolución dejó caer la cabeza en las manos; empezó de nuevo el temblor, pero transido de frío se envolvió en su gabán de invierno. Durante muchas horas, esta misma idea estuvo presente en su espíritu: «Es preciso arrojar esto cuanto antes en cualquier parte». Varias veces se agitó bajo el gabán, quiso levantarse y no pudo conseguirlo. Al cabo de un rato, varios golpes violentos dados a la puerta le sacaron de su abstracción. Era Anastasia quien llamaba.
—¡Abre si no te has muerto!—gritó la criada—. ¡Se pasa la vida durmiendo, tendido como un perro! ¡Sí, como un perro! ¡Abreme, te digo; son ya las diez dadas!
—Puede que no esté—dijo una voz de hombre.
—Es la voz del dvornik...—se dijo Raskolnikoff, y temblando se sentó en el sofá.
Le latía el corazón hasta hacerle daño.
—¿Por qué habrá cerrado la puerta con el pestillo?—dijo Anastasia—. Se cree, sin duda, un bicho raro y teme acaso que alguien se lo lleve. Abre, despiértate...
—¿Qué querrán? ¿Por qué habrá subido el dvornik? Todo se ha descubierto. ¿Debo resistir o abrir desde luego? ¡Malditos sean!
Se medio incorporó, inclinóse hacia adelante y quitó el picaporte. La habitación era tan pequeña, que el joven podía abrir la puerta sin levantarse del sofá. Anastasia y el dvornik aparecieron en el umbral. La criada contempló a Raskolnikoff con extrañeza. Por su parte el joven miró con audacia desesperada al portero, que silenciosamente le alargó un papel ceniciento plegado en dos partes y sellado con cera basta.
—Es una citación. Procede de la comisaría—dijo el dvornik.
—¿De qué comisaría?
—¡De cuál ha de ser! De la de policía.
—¿Se me llama ante la policía?... ¿Por qué?
—¿Cómo he de saberlo yo? Se le llama a usted, pues obedezca y punto en boca.
El portero examinó atentamente al inquilino, después miró en derredor suyo y se dispuso a retirarse.
—Parece que estás peor—observó Anastasia, que no separaba los ojos de Raskolnikoff.
El dvornik volvió la cabeza.
—Desde ayer tiene fiebre—añadió la criada.
El joven no respondió, seguía con el pliego en la mano sin abrirlo.
—Quédate acostado—prosiguió la sirvienta compadecida de él al ver que se disponía a levantarse—. Estás enfermo, no vayas. No es cosa urgente. ¿Qué tienes en las manos?
El joven miró: tenía en la derecha las tiras del pantalón, la bota, y el forro de bolsillo. Se había dormido con aquellos objetos. Más tarde, tratando de explicarse el hecho, se acordó de que medio despierto, en un acceso febril, apretó fuertemente todo aquello contra su pecho quedándose luego dormido sin aflojar los dedos.
—¡Ha tomado esos andrajos y se duerme con ellos como si fueran un tesoro!...
Al decir estas palabras, Anastasia se retorcía con la risa nerviosa que le era habitual.
Raskolnikoff ocultó rápidamente bajo su abrigo todo lo que tenía en las manos y fijó una penetrante mirada en la criada. Aunque no se encontraba en estado de reflexionar, comprendía que no se busca así a un hombre cuando se intenta prenderle. «¿Pero la policía?»
—¿Tomarás te?, ¿quieres que te lo traiga? Queda algo...
—No, voy allá, voy en seguida—balbuceó.
—¿Pero podrás bajar la escalera?
—Quiero ir.
—Allá tú.
Anastasia salió detrás del dvornik. Raskolnikoff se puso en seguida a examinar a la luz la bota y las tiras. «Hay manchas, pero no son muy visibles; el barro y el roce han hecho desaparecer el color. El que no sospeche no advertirá nada; por consiguiente, Anastasia, desde el sitio donde estaba, no ha podido notar nada, ¡gracias a Dios!»
Después, con mano temblorosa, abrió el pliego y comenzó a leer; pero tuvo que leerlo varias veces antes de darse cuenta del contenido. Era una citación redactada en la forma ordinaria. El comisario de policía del distrito invitaba a Raskolnikoff a presentarse en su oficina a las nueve y media de aquel mismo día.
—¿Para qué se me cita? Yo no tengo que ver nada con la policía... ¡Y hoy precisamente!—se dijo, presa de la más viva ansiedad—. ¡Señor, haced que esto acabe lo más pronto posible!
En el momento en que iba a arrodillarse para rezar, se echó a reír, no de la oración, sino de sí mismo, y empezó a vestirse rápidamente.
—Voy yo mismo a meterme en la boca del lobo... Pues bien, tanto peor, me es igual... me pondré esta bota... La verdad es que, gracias al polvo de la calle, se advertirán menos las manchas.
Pero apenas se la hubo calzado se la quitó de repente con temor y disgusto. Después reflexionó que no tenía otra y se la volvió a poner riéndose otra vez.
—Todo esto es circunstancial, todo relativo; lo único que puede haber son conjeturas, suposiciones y nada más.
Esta idea, a la cual se aferraba con convicción, no le impedía temblar.
—¡Vamos! Ya estoy calzado; he acabado por hacerlo.
Al abatimiento siga la hilaridad.
—No, esto es superior a mis fuerzas... las piernas se me doblan... ¡Esto es miedo!
Le dolía la cabeza a causa del calor.
—Es un lazo que se me tiende, lo sé. Se valen de la astucia para atraerme, y cuando esté allí descubrirán de repente sus baterías—continuaba diciéndose al tiempo que se aproximaba a la escalera—. Lo peor es que estoy como loco y puedo cometer alguna tontería.
Ya en la escalera pensó que los objetos robados en casa de la usurera estaban mal ocultos en el sitio que los había puesto.
—Quizá me llamen con objeto de hacer un registro durante mi ausencia.
Pero tan desesperado estaba, aceptaba su perdición, por decir así, con tal cinismo, que esta preocupación le detuvo apenas un minuto.
—¡Con tal de que se acabe pronto!
Al llegar a la esquina de la calle que había doblado la víspera, dirigió furtivamente una mirada inquieta a la casa; pero al punto volvió la vista.
—Si me interrogan quizá confiese—pensaba al aproximarse a la oficina.
Desde poco tiempo antes, estaba instalada la comisaría en el cuarto piso de una casa situada a corta distancia de la de Raskolnikoff. Antes de que la policía se hubiese trasladado a este nuevo local, el joven había sido llamado por ella; pero entonces se trataba de una cosa sin importancia, y de esto había transcurrido ya mucho tiempo. Al entrar en el patio vió a un mujick con un libro en la mano, que bajaba una escalera situada a la derecha.
—Debe de ser un dvornik; por consiguiente, es aquí donde se encuentra la oficina.
Subió al azar; no quería preguntar a nadie.
—Entraré, me pondré de rodillas y lo confesaré todo—pensaba mientras subía al cuarto piso.
La escalera era estrecha, empinada y rezumaba por todas partes agua sucia. En los cuatro pisos las cocinas de todos los cuartos daban a la escalera y estaban abiertas de par en par casi todo el día, lo cual hacía que el calor fuera sofocante. Subían y bajaban los dvorniks con sus cuadernos debajo del brazo, varios agentes de policía e individuos de uno u otro sexo, que sin duda tenían asuntos en la oficina. La puerta de la comisaría estaba también abierta de par en par.
Raskolnikoff entró y se detuvo en la antesala donde esperaban algunos mujicks. Allí, como en la escalera, el calor era asfixiante. Además, el local, recientemente pintado, exhalaba un olor a aceite de linaza que daba náuseas. Después de una corta espera decidióse a entrar en el departamento contiguo, compuesto de una serie de habitaciones pequeñas y bajas. El joven estaba cada vez más impaciente por saber a qué atenerse. Nadie hacía caso de él. En la segunda habitación trabajaban varios escribientes, vestidos poco más o menos como él estaba. Todos tenían extraño aspecto. Raskolnikoff se dirigió a uno de ellos.
—¿Qué se le ofrece?
El joven mostró la citación enviada por la comisaría.
—¿Es usted estudiante?—preguntó el escribiente después de haber ojeado el papel.
—Sí, antiguo estudiante.
El empleado examinó a su interlocutor sin ninguna curiosidad. Era un hombre de cabellos rizados que parecía dominado por una idea fija.
—De éste nada he de saber, porque todo le es igual—pensó Raskolnikoff.
—Diríjase usted al jefe de la Cancillería—añadió el escribiente señalando con la mano la última dependencia.
Raskolnikoff entró en ella. Aquel despacho, el cuarto, era estrecho y estaba lleno de gente que vestía algo mejor que las otras personas que acababa de ver. Entre ellas había dos señoras. Una, vestida de luto, denotaba pobreza. Sentada delante del jefe de la Cancillería escribía lo que este funcionario le dictaba.
La otra señora tenía formas exuberantes, la cara roja, un tocado elegante y llevaba en el pecho un broche de dimensiones extraordinarias. Permanecía en pie, un poco separada, en actitud expectante.
Raskolnikoff entregó el papel al jefe de la Cancillería, el cual echó sobre él una rápida ojeada y dijo:
—Espere usted un poco—y siguió dictando a la señora de luto.
El joven respiró con más libertad.
—Indudablemente no se me llama para aquello. Poco a poco recobraba valor; por lo menos hacía todo lo posible para recobrarlo.
—La menor tontería, la más pequeña imprudencia, puede perderme... es un mal que no haya aire aquí—añadió—; se ahoga uno y mi razón vacila...
Sentía un malestar indefinible en todo su ser, y temía que le faltara la serenidad en presencia de aquel funcionario. Trataba de buscar algún objeto en que fijar su atención, pero no podía conseguirlo. Toda su atención estaba concentrada en el jefe de la Cancillería; hacía esfuerzos para descifrar la fisonomía de este empleado. Era un joven de veintidós años, cuyo rostro, moreno y móvil, representaba más edad; vestía con la elegancia peculiar del lechuguino y llevaba el pelo partido con una raya artísticamente hecha. Ostentaba en las manos, muy cuidadas, muchas sortijas y le serpenteaba por el chaleco una cadena de oro. Dijo a un extranjero que se encontraba allí dos palabrejas en francés y se quedó tan satisfecho.
—Tome usted asiento, Luisa Ivanovna—dijo a la señora lujosa, que permanecía en pie, sin atreverse a sentarse, aunque tenía una silla al lado.
—Itch danke—respondió la señora sentándose y ahuecando con un ligero roce sus faldas impregnadas de perfume.
Desplegado en derredor de la silla su traje de seda azul claro, guarnecido de encajes blancos, ocupaba más de la mitad del despacho; pero a la señora parecía que le daba vergüenza oler tan bien y ocupar tanto sitio. Sonreía de una manera a la vez temblorosa y descarada; sin embargo, era visible su inquietud. Una vez terminado su asunto, la señora de luto se levantó. En aquel momento entró haciendo ruido un oficial de modales muy desenvueltos, que puso sobre la mesa su gorra galoneada y se sentó en una butaca.
Al verle, la señora lujosamente vestida se levantó con prontitud e inclinóse con mucho respeto ante el oficial, pero éste no hizo el menor caso de ella y la mujer no se atrevió a volver a sentarse.
Era este personaje el ayudante del comisario de policía; tenía largos bigotes rojizos y retorcidos y facciones extremadamente finas, pero no expresivas y que denotaban cierta impudencia. Miró a Raskolnikoff de reojo y con algo de indignación; porque aunque era muy modesto el aspecto de nuestro héroe, su actitud contrastaba con la pobreza de su traje. Olvidando toda prudencia, el joven sostuvo tan atrevidamente la mirada del oficial, que éste se ofendió.
—¿Qué se te ofrece?—dijo, asombrado, sin duda, al ver que semejante desharrapado no bajaba los ojos ante su centelleante mirada.
—Se me ha hecho venir... He sido citado—balbució Raskolnikoff.
—Es el estudiante a quien se le reclama el pago de una deuda—se apresuró a decir el jefe de la Cancillería, dejando por un momento sus papelotes—. Entérese usted—y presentó un cuaderno a Raskolnikoff señalándole una parte de lo escrito—. Lea usted.
—¿Dinero? ¿Qué dinero?—pensó el joven sorprendido y alegre al mismo tiempo—. ¿De modo que no es por aquello por lo que me han hecho venir aquí?
Experimentaba un alivio inmenso, inexpresable...
—¿A qué hora, señor mío, se le ha mandado a usted venir?—le preguntó el ayudante, cuyo mal humor iba en aumento—. Se le cita a usted a las nueve y son más de las once.
—Me han entregado ese papel hace un cuarto de hora—replicó vivamente Raskolnikoff, invadido también de repentina cólera, a la cual se abandonaba con placer—; estoy enfermo, tengo fiebre, y sin embargo, aquí me tienen ustedes.
—¡No grite usted!
—No grito, hablo con naturalidad; usted es quien levanta la voz. Soy estudiante y no permito que se me hable de este modo.
Esta respuesta irritó de tal manera al oficial, que en el primer momento no pudo articular ni una sola frase, dejando en cambio escapar de sus labios sonidos inarticulados. De repente dió un salto en su asiento y dijo:
—¡Cállese usted! ¡Está usted en la sala de audiencia! ¡no sea usted insolente!
—También lo está usted—replicó Raskolnikoff con violencia—, y no contento con gritar, está usted fumando; por consiguiente, nos falta usted a todos al respeto.
Pronunció estas palabras con indecible satisfacción.
El jefe de la Cancillería miraba sonriendo a los dos interlocutores. El fogoso ayudante se quedó con la boca abierta.
—Eso no le importa a usted—respondió levantando aún más la voz a fin de ocultar su cortedad—; preste la declaración que se le pide. Dígaselo usted, Alejandro Grigorievitch. Hay queja contra usted, porque no paga sus deudas. ¡He aquí un viejo zorro!
Raskolnikoff no le escuchaba; había tomado vivamente el papel, impaciente para descubrir la clave de este enigma. Lo leyó, una, dos veces, sin comprender nada.
—¿Qué es esto?—preguntó al jefe de la Cancillería.
—Es un documento en que se le reclama el pago de una deuda: tiene usted que saldarlo con todas las costas, o declarar por escrito en qué fecha podrá usted pagar. Es preciso, al mismo tiempo, que se comprometa usted a no abandonar la capital y a no vender ni ocultar lo que usted posea, hasta que haya liquidado su deuda. En cuanto al acreedor, es libre de vender los bienes de usted y tratarle según el rigor de las leyes.
—¡Si no debo nada a nadie!
—Eso no es cuenta nuestra. Se nos presenta una letra de cambio, protestada, de ciento quince rublos, que usted firmó hace nueve meses a la señora Zarnitzin, viuda de un asesor de colegio, letra que la viuda Zarnitzin ha traspasado al consejero Tchebaroff, y hemos llamado a usted para tomarle declaración.
—Pero desde el momento que se trata de mi patrona...
—¿Qué importa que sea la patrona de usted?
El jefe de la Cancillería contemplaba con cierta sonrisa de indulgente piedad, y al mismo tiempo de triunfo, a aquel novato que iba a aprender a sus expensas el procedimiento que suele emplearse con los deudores. ¿Pero qué le importa ahora a Raskolnikoff la letra de cambio? La reclamación de su patrona le tenía sin cuidado. ¿Valía aquello la pena de inquietarse ni de fijar siquiera la atención en semejantes futesas? Estaba allí leyendo, escuchando, respondiendo algunas veces, pero todo ello lo hacía maquinalmente. La felicidad de sentirse a salvo, la satisfacción de haber escapado a un peligro inminente, llenaba en aquel momento todo su ser.
En aquel instante habíanse desvanecido todas sus preocupaciones y cuidados; fué para Raskolnikoff un momento de alegría absoluta, inmediata, puramente instintiva.
De improviso estalló una tempestad en el despacho de la comisaría. El ayudante, que no había podido digerir aún la afrenta hecha a su prestigio y a su amor propio, buscaba evidentemente el desquite; así es que se puso a apostrofar rudamente a la lujosa señora que, desde la entrada del oficial, no cesaba de mirarle, sonriendo con estúpida sonrisa.
—Y di tú, bribona—gritó el ayudante (la señora de luto se había retirado ya)—, ¿qué es lo que ha sucedido en tu casa la noche pasada? ¡Otra vez escandalizando al barrio! ¡Siempre riñas y borracheras! ¡Estás empeñada en dar con tus huesos en la cárcel! Te he advertido ya diez veces, y a la undécima va la vencida. ¡Eres incorregible y se me agota la paciencia!
El mismo Raskolnikoff dejó caer el papel que tenía en las manos y miró con asombro a la elegante señora que era tratada con tan poca consideración. No tardó, empero, en comprender de lo que se trataba, y prestó atención a aquella escena que le divertía hasta el punto que tenía que hacer sobrehumanos esfuerzos para no soltar el trapo a reír.
—Ilia Petrovitch—comenzó a decir el jefe de la Cancillería; pero comprendiendo en seguida que su intervención en aquel momento sería inoportuna, se detuvo.
Sabía por experiencia que cuando el fogoso oficial se disparaba nada podía contenerlo.
En cuanto a la señora, la tempestad que se había desencadenado sobre su cabeza le hizo temblar en el primer momento; pero, cosa extraña, a medida que aumentaban los insultos a ella dirigidos, tomaba una expresión más amable y ponía más seducción en las sonrisas y en las miradas en que envolvía al terrible ayudante. Hacía continuas reverencias y esperaba que se la dejase hablar.
—En mi casa no hay escándalos ni riñas, ni borracheras, señor capitán—se apresuró a decir en cuanto le permitieron meter baza (se expresaba en ruso pero con marcado acento alemán)—. No, señor, no hubo ningún escándalo. Aquel hombre entró en mi casa ebrio, pidió tres botellas y en seguida se puso a tocar el piano con los pies, cosa que, como usted comprende, no se había de permitir en una casa como la mía. No contento con esto, rompió las cuerdas. Le hice observar que no era aquel el modo conveniente de conducirse; pero él, sin hacer caso, tomó una botella y comenzó a pegar a todos. Llamé a Carlos, el dvornick, y pegó a Carlos una bofetada; lo mismo hizo con Enriqueta, y tampoco yo escapé a sus bofetones. Es innoble portarse de esa manera en una casa respetable, señor capitán. Pido socorro, y el hombre se acerca a la ventana que da al canal y se pone a gritar como un loco. ¿No es eso vergonzoso? ¿Le parece a usted que está bien asomarse a la ventana y ponerse a imitar el gruñido del cerdo? Carlos tiró de él por detrás para quitarle de la ventana, y a fuerza de tirar, es verdad, le desgarró el gabán, y ahora reclama quince rublos en indemnización del daño causado a su ropa. Le entregué de mi propio bolsillo cinco rublos, señor capitán. Ese visitante mal educado, señor capitán, es el que ha armado todo el escándalo.
—¡Ea, basta! Te tengo dicho y vuelvo a repetir...
—¡Ilia Petrovitch!—volvió a decir en tono significativo el jefe de la Cancillería.
El oficial echó sobre él una rápida mirada y le vió mover ligeramente la cabeza.
—Pues bien, en lo que a ti se refiere, escucha mi última palabra, respetable Luisa Ivanovna: si en lo sucesivo vuelve a armarse otro escándalo en tu respetable casa, te meto en chirona, como se dice en estilo elevado. ¿Me entiendes? Ahora, lárgate cuanto antes, y no olvides que te tengo echada la vista. ¡Mucho ojo!
Con exagerada amabilidad, Luisa Ivanovna saludó a un lado y otro; pero en tanto que se dirigía a la puerta andando hacia atrás haciendo reverencias, dió un golpe con la espalda a un apuesto oficial de rostro fresco y abierto y de magníficas patillas rubias muy espesas y bien cuidadas. Era el comisario de policía Nikodim Fomitch en persona. Luisa Ivanovna se apresuró a inclinarse hasta el suelo y salió del despacho dando saltitos.
—¡Siempre el trueno, la tempestad, el rayo, los relámpagos, la tromba, el huracán!—dijo, en tono amistoso, el recién llegado, dirigiéndose a su ayudante—. Se te ha alborotado la bilis y, como de costumbre, te has disparado. Te he oído desde la escalera.
—¿Y quién no se sulfura con lo que pasa?—repuso negligentemente Ilia Petrovitch, trasladándose con sus papeles a otra mesa—. Ese caballerito, ese estudiante, o, mejor dicho, ex estudiante, que no paga sus deudas, que firma letras de cambio y rehusa dejar su habitación, es citado ante el comisario y se escandaliza porque enciendo un cigarro en su presencia. Antes de advertir que se le falta al respeto, debería respetarse más a sí mismo. Ahí le tiene usted, mírele. A la vista está. ¿Le parece a usted que su aspecto puede inspirar consideración alguna?
—Pobreza no es vicio, amigo mío—replicó Nikodim Fomitch—. Sabemos perfectamente que la pólvora se inflama con facilidad. Sin duda le habrá chocado a usted algo de su manera de ser y usted tampoco ha podido contenerse—prosiguió, volviéndose hacia Raskolnikoff—; pero se ha equivocado usted: el señor oficial es un hombre excelente, se lo aseguro; tiene un carácter arrebatado, se excita, se exalta, pero en cuanto se le pasa el mal humor es un corazón de oro. En el regimiento le llamábamos «el oficial pólvora...»
—¡Qué regimiento aquél!—exclamó Ilia Fomitch lisonjeado por las delicadas adulaciones de su superior, pero todavía enfurruñado.
Raskolnikoff quiso súbitamente decir algo muy agradable para todos.
—Perdóneme usted, capitán—comenzó a decir en tono melifluo, dirigiéndose a Nikodim Fomitch—. Póngase usted en mi lugar. Estoy pronto a darle mis excusas a este señor, si es que por mi parte he cometido alguna falta. Soy un estudiante enfermo, pobre, agobiado por la miseria; he tenido que dejar la Universidad, porque carezco de medios de subsistencia, pero voy a recibir dinero... Mi madre y mi hermana viven en la provincia de***. Me envían fondos, y pagaré. Mi patrona es una buena mujer; pero como desde hace cuatro meses no doy lecciones, no le pago y se incomoda y hasta rehusa darme de comer. La verdad es que no comprendo... Ahora exige que yo le pague esa letra de cambio; ¿pero cómo podré hacerlo? Juzgue usted por sí mismo.
—Eso no es de mi incumbencia—observó de nuevo el jefe de la Cancillería.
—Es verdad; pero permítanme ustedes que les explique—...replicó Raskolnikoff, dirigiéndose siempre a Nikodim Fomitch y no a su interruptor, procurando atraer también la atención de Ilia Petrovitch, aunque éste afectase desdeñosamente no escucharle, como si estuviera absorto en sus papeles—. Permítanme ustedes que les diga que vivo en casa de esa mujer desde que vine de mi país, y que entonces... ¿por qué no he de decirlo?... me comprometí a casarme con su hija; hice mi promesa verbalmente... Era una muchacha joven, me gustaba, aunque no estuviese enamorado de ella... En una palabra: soy joven, mi patrona me abrió crédito... Hice una vida... Vamos, he sido algo ligero.
—No se le pide a usted que entre en esos pormenores íntimos, que no tenemos tiempo de escuchar—interrumpió groseramente Ilia Petrovitch; pero Raskolnikoff prosiguió con calor, aunque le costaba mucho trabajo hablar.
—Permítanme ustedes, sin embargo, que les cuente cómo han pasado las cosas, aunque comprenda que es completamente inútil que lo refiera a ustedes. Hace un año, la señorita de que he hablado, murió del tifus; yo seguía a pupilo en casa de la señora Zarnitzin, y cuando mi patrona se trasladó a la casa en que hoy vive, me dijo amistosamente que tenía confianza en mí; pero que, sin embargo, deseaba que le firmase un pagaré de ciento quince rublos, cantidad en que calculaba el importe de mi deuda. Me aseguró que, una vez en posesión de ese documento, continuaría concediéndome tanto crédito como me fuese necesario, y que jamás, jamás (tales fueron sus propias palabras), sacaría a relucir ese documento. ¡Y ahora que he perdido mis lecciones, ahora que no tengo un pedazo de pan que llevarme a la boca, me exige el pago de esa suma! ¿Qué les parece a ustedes?
—Todos esos pormenores patéticos no nos interesan—replicó con insolencia Ilia Petrovitch—. Tiene usted que prestar la declaración y firmar el compromiso que se le pide. En cuanto a la historia de sus amores y a todos esos trágicos lugares comunes, nada tenemos que ver con ellos.
—¡Oh, qué cruel eres!—murmuró Nikodim Fomitch, que se había sentado delante de su escritorio y se ocupaba en firmar papelotes. Parecía avergonzado.
—Escriba usted—dijo a Raskolnikoff el jefe de la Cancillería.
—¿Qué es lo que tengo que escribir?—preguntó el joven brutalmente.
—Lo que yo le dicte.
Raskolnikoff creyó advertir, que, después de su confesión, el jefe de la Cancillería le trataba con mayor desprecio; pero, ¡cosa extraña! se sentía indiferente a la opinión que podía tenerse de él, cambio que se había apoderado en su espíritu instantáneamente.
Si hubiese podido reflexionar un poco, habríase asombrado de que un minuto antes hubiera podido hablar de aquel modo con los funcionarios de policía y aun obligarles a oír sus confidencias. Ahora, por el contrario, si en lugar de estar lleno de agentes el despacho se hubiese ocupado de repente con sus más queridos amigos, no habría encontrado probablemente una sola palabra cortés que decirles; de tal manera se había vaciado su corazón.
Experimentaba la dolorosa impresión de un inmenso aislamiento; no era la confusión de haber hecho a Ilia Petrovitch testigo de sus expansiones, ni tampoco era la insolencia del oficial lo que había producido tal revolución en su alma. ¡Oh! ¿Qué le importaba su propia bajeza? ¿Qué le importaban las altanerías de los oficiales, los pagarés, los despachos de policía, etc., etc.? Si en aquel momento lo hubiesen condenado a ser quemado vivo, ni siquiera hubiese pestañeado. Apenas habría oído su sentencia hasta el fin.
Se realizaba en él un fenómeno completamente nuevo, sin precedentes hasta entonces. Comprendía, o más bien, cosa cien veces peor, sentía que en lo sucesivo estaría separado para siempre de la comunión humana, que toda expansión sentimental como la que había tenido un momento antes, más todavía, que toda la conversación le estaba prohibida, no sólo con los empleados de la comisaría, sino hasta con los parientes más próximos. Jamás había experimentado sensación tan cruel.
El jefe de la Cancillería comenzó a dictarle la fórmula de la declaración acostumbrada en tales casos: «No puedo pagar, liquidaré mi deuda en tal fecha, no saldré de la ciudad, ni haré cesión de lo que poseo, etc.»
—No puede usted escribir, le tiembla la mano—dijo el jefe de la Cancillería mirando con curiosidad a Raskolnikoff—. ¿Está usted enfermo?
—Sí; se me va la cabeza. Siga usted.
—Ya está todo; firme usted.
El jefe de la Cancillería tomó el papel y se dirigió a otros visitantes.
Raskolnikoff dejó la pluma, pero en lugar de irse se puso de codos en la mesa y apoyó la cabeza en las manos. Parecíale que le hincaban un clavo en el cerebro. En aquel momento recordó los dos asesinatos que había cometido y se le ocurrió la extraña idea de acercarse a Nikodim Fomitch, y contarle el crimen hasta en sus ínfimos detalles y llevarle en seguida a su casa y mostrarle los objetos ocultos en el agujero de la tapicería. De tal modo se apoderó esta idea de su espíritu, que hasta llegó a levantarse para ponerlo en práctica.
—¿No sería mejor reflexionar un instante?—pensó—. No, más vale dejarse llevar de la inspiración, sacudir lo más pronto posible esta carga.
Pero, de repente, se quedó como clavado en su sitio: entre Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, se acababa de entablar una conversación animada que llegaba hasta los oídos de Raskolnikoff.
—¡No es posible! soltarán a los dos por falta de pruebas. Si hubiesen cometido ellos el delito, ¿habrían llamado al dvornick para denunciarse a sí mismos? ¿Se puede considerar esto como un ardid? No, eso hubiera sido demasiada astucia. Además, los dos dvorniks y una vecina vieron al estudiante Pestriakoff cerca de la puerta cochera en el momento en que éste iba a entrar en la casa. Le acompañaban tres amigos que le dejaron en la puerta, y éstos, antes de alejarse le oyeron preguntar a los dvorniks dónde vivía la vieja. ¿Hubiera hecho tal pregunta de haber ido con el propósito de cometer un doble asesinato? Kosch, por su parte, estuvo durante media hora en casa del platero del piso bajo antes de subir a casa de la pobre vieja Alena Ivanovna; eran justamente las ocho menos cuarto cuando subió a las habitaciones de las víctimas. Además, se ha de tener en cuenta...
—Perdone usted; hay en sus declaraciones algo que no se explica. Afirman que llamaron y que la puerta estaba cerrada; tres minutos después, cuando volvieron con el dvornik, estaba abierta.
—Ahí está el busilis; es indudable que el asesino se encontraba en el cuarto de la vieja cuando ellos llegaron; y que había echado el cerrojo: de seguro que no se habría escapado a no cometer Kosch la simpleza de bajar en busca del dvornik. Sin duda el asesino aprovechó ese momento para deslizarse por la escalera dejándolos con un palmo de narices. Kosch no cesa de santiguarse diciendo: «¡Si llego a quedarme allí, de fijo sale de repente el criminal y me mata de un hachazo!» Quiere mandar que canten un Te Deum. ¡Je, je, je!
—¿Y nadie vió al asesino?
—¿Cómo habían de verle si aquella casa es el arca de Noé?—dijo el jefe de la Cancillería, que escuchaba desde su puesto la conversación.
—La cosa es clara, la cosa es clara—repitió vivamente Nikodim Fomitch.
—Antes digo yo que es muy obscura—repitió Ilia Petrovitch.
Raskolnikoff tomó su sombrero y se dirigió a la puerta; pero al llegar a ella cayó desvanecido. Cuando recobró el sentido, estaba sentado en una silla. Uno le sostenía por la derecha; otro, por la izquierda, le ofrecía un vaso amarillo, lleno de un licor también amarillo. Nikodim Fomitch, en pie, delante del joven, le miraba atentamente. Raskolnikoff se levantó.
—¿Está usted enfermo?—le preguntó con tono bastante seco el comisario de policía.
—Hace poco, cuando extendió su declaración, apenas podía sostener la pluma—dijo el jefe de la Cancillería volviendo a sentarse delante de su escritorio y poniéndose de nuevo a examinar sus papelotes.
—¿Hace mucho tiempo que está usted malo?—dijo desde su sitio Ilia Petrovitch.
—Desde ayer—balbució el joven.
—¿Ayer salió usted de casa?
—Sí.
—¿A qué hora?
—Entre siete y ocho de la tarde.
—¿Y a dónde fué usted?
—A la calle.
Breve y compendioso, pálido como la cera, Raskolnikoff dió nerviosamente las anteriores respuestas, sin bajar sus inflamados ojos ante la mirada del oficial.
—Puede apenas tenerse en pie, y tú...—empezó a decir Nikodim Fomitch.
—No importa—respondió enigmáticamente Ilia Petrovitch.
El comisario de policía quiso replicar algo; pero al dirigir los ojos al jefe de la Cancillería, encontró la mirada del funcionario fija en él y guardó silencio.
—Está bien—dijo Ilia Petrovitch—; puede usted retirarse.
Raskolnikoff salió, pero aun no estaba en la sala inmediata cuando ya habían reanudado su conversación los dos funcionarios de policía con mayor animación y viveza. Por encima de todas las otras voces se elevaba la de Nikodim Fomitch como preguntando...
En la calle, el joven recobró todos sus ánimos.
—Sin duda van a hacer una indagatoria, una indagatoria sin pérdida de tiempo—repetía, dirigiéndose a buen paso hacia su casa—. ¡Los bribones! ¡Sospechan!
Volvió a asaltarle el terror.
II.
—¿Y si hubiesen empezado ya la indagatoria? ¿Si al entrar los encontrase en mi casa? He aquí mi habitación. Todo está en orden, nadie ha venido. Anastasia tampoco ha tocado nada. Pero, Señor, ¿cómo he podido dejar todos aquellos objetos en semejante escondite?
Corrió al rincón, e introduciendo la mano bajo la tapicería, sacó las alhajas, que en junto eran ocho.
Dos estuches contenían pendientes o algo parecido, no sabía qué; había además cuatro estuches pequeños de piel. Envuelta en un trozo de periódico una cadena de reloj; en otro papel un objeto que debía de ser una condecoración. Raskolnikoff se metió todo aquello en los bolsillos procurando que no hiciese mucho bulto; tomó también la bolsa y salió, dejando la puerta abierta de par en par.
Andaba con paso rápido y firme, y aunque se sentía quebrantado, no le faltó la serenidad. Temía que se le persiguiese, y que antes de media hora, de quince minutos quizá, se abriese un sumario contra él; por consiguiente era preciso que desaparecieran en seguida las piezas de convicción. Debía despachar cuanto antes, aprovechando la poca fuerza y sangre fría que le quedaba... ¿Pero a dónde ir?
Esta cuestión estaba ya resuelta tiempo hacía. «Lo tiraré todo al canal, y con ello irá también mi secreto al agua.» Así lo había decidido la noche precedente en los momentos de delirio, durante los cuales muchas veces sintió impulsos de levantarse y de ir a arrojarlo todo en seguida. Mas no era de fácil ejecución este proyecto.
Durante media hora, o acaso más, anduvo vagando a lo largo del canal Catalina, examinando, a medida que llegaba a ellas, las diversas escaleras que terminaban al borde del agua. Desgraciadamente, siempre se oponía algún obstáculo a la realización de su proyecto; aquí un barco de lavanderas, allí lanchas amarradas a la orilla. Por otra parte, el muelle estaba lleno de paseantes, que no hubieran podido menos de notar un hecho tan insólito; no era posible, sin infundir sospechas, descender expresamente hasta el nivel de la corriente para arrojar un objeto al canal. ¿Y si, como era de suponer, los estuches sobrenadaban en vez de desaparecer bajo el agua? Cualquiera de los paseantes los vería. Aun sin que esto ocurriese, Raskolnikoff creía que era objeto de la atención general; le parecía que todo el mundo se ocupaba en él.
Por último, el joven pensó que quizá sería lo mejor tirar todos aquellos objetos al Neva: en sus orillas era menos numerosa la concurrencia, menor el peligro de llamar la atención, y, consideración importante, estaría más lejos de su barrio.
—¿En qué consiste—se preguntó, con asombro Raskolnikoff—, que desde hace media hora vago ansiosamente por lugares peligrosos para mí? Estas objeciones que ahora me hago, ¿no pude hacérmelas antes? Si he perdido media hora en un proyecto tan sensato, es sin duda porque tomé mi resolución en un momento de delirio.
Sentíase singularmente distraído y olvidadizo. Decididamente era preciso apresurarse.
Se dirigió al Neva por la perspectiva de V***; pero, conforme iba andando, se le ocurrió otra idea.
—¿Para qué ir al Neva? ¿Por qué arrojar estos objetos al agua? ¿No sería mejor ir a cualquier parte, muy lejos, a una isla, por ejemplo? Buscaría un paraje solitario, un bosque, y enterraría las joyas al pie de un árbol, teniendo cuidado de señalarlo bien, a fin de poder reconocerlo más tarde.
Aunque comprendía que no se encontraba en estado de tomar una determinación juiciosa, le pareció práctica su última idea, y resolvió llevarla a cabo.
Pero la casualidad lo dispuso de otro modo. Al desembocar, por la perspectiva V***, en la plaza, Raskolnikoff advirtió a la izquierda la entrada de un corral rodeado por todas partes de altas paredes y cuyo suelo estaba cubierto de polvo negro. En el fondo había un cobertizo que pertenecía, sin duda, a un taller cualquiera.
No viendo a nadie en el corral, Raskolnikoff franqueó el umbral, y después de haber mirado atentamente en derredor suyo, pensó que ningún otro lugar ofrecería más facilidades para la realización de su plan. Precisamente, al pie del muro, o más bien de la valla de madera que lindaba con la calle, había adosada una piedra enorme, sin labrar, que lo menos pesaría sesenta libras.
Del otro lado de la cerca estaba la acera y el joven oía las voces de los transeuntes, siempre bastante numerosos en este sitio; pero desde fuera nadie podía verle; para ello hubiera sido necesario penetrar en el corral, cosa que, a la verdad, nada tenía de imposible. Por consiguiente, le convenía apresurarse.
Se inclinó sobre la piedra; la aferró con ambas manos por arriba, y, reuniendo todas sus fuerzas, consiguió darle vuelta. El suelo ocupado por el sillar estaba algo hundido; echó en el agujero todo lo que llevaba en los bolsillos, y colocó la bolsa encima de las alhajas; sin embargo, el agujero no quedó completamente lleno. En seguida levantó la piedra y consiguió colocarla en el mismo sitio en que estaba antes; lo más que podía advertirse, fijándose mucho, era que estaba un poco removida; pero apisonó con el pie la tierra alrededor de los bordes y nada podía notarse.
Hecho esto, se dirigió a la plaza. Como poco antes en el despacho de policía, se apoderó de él por un momento una alegría intensa, casi imposible de soportar.
—Las piezas de convicción están enterradas. ¿A quién se le podría ocurrir la idea de ir a buscarlas bajo aquella piedra? Está, sin duda, ahí desde que se construyó la casa inmediata y Dios sabe cuándo la quitarán. Y aun cuando alguien las encontrase, ¿quién podría sospechar que soy yo el que las ha ocultado? ¡Todo acabó! ¡No hay pruebas!
Y se echó a reír. Sí, se acordó más tarde que había atravesado la plaza riendo con risa nerviosa, muda y prolongada. Pero cuando llegó a la avenida de K*** su hilaridad cesó súbitamente.
Todos sus pensamientos giraban alrededor de otro principal, de cuya importancia se daba él exacta cuenta. Comprendía que por la primera vez, después de dos meses, se encontraba en presencia de esta cuestión.
—¡Vaya al diablo todo ello!—se dijo en un repentino acceso de cólera—. ¡Ea, el baile ha comenzado y es preciso danzar! ¡Malhaya sea la nueva vida! ¡Qué tonto es todo esto, Señor!... ¡Cuánto he mentido y cuántas bajezas he tenido que cometer hoy! ¡Cuántas vergonzosas tonterías para captarme poco ha la benevolencia de ese estúpido Ilia Petrovitch! ¿Pero qué me importa? ¡Me burlo de todos ellos y de mis simplezas! ¡No se trata de esto! ¡No, en modo alguno!
Se detuvo de repente, despistado, absorbido por una nueva cuestión hasta entonces inesperada y excesivamente simple.
—Si realmente has obrado en este asunto como hombre inteligente y no como un imbécil; si tenías trazado un fin y lo has perseguido derechamente, ¿cómo se explica que no hayas mirado siquiera lo que contenía la bolsa? ¿Cómo ignoras todavía lo que te ha aprovechado un acto, por el cual no has temido arrostrar peligros e infamias? ¿No querías, hace un momento, arrojar al agua esas alhajas y esa bolsa, a las cuales apenas si has echado una ojeada? ¿Qué significa esto?
Al llegar al muelle del pequeño Neva, en la plaza de Basilio Ostroff, se detuvo cerca del puente.
—¿Qué es esto? No parece sino que las piernas me han conducido por sí mismas al alojamiento de Razumikin. ¡La misma historia que el otro día! ¡Es curioso!... Marchaba sin objeto, y el azar me conduce aquí. No importa. ¿No decía yo anteayer que iría a verle al día siguiente del golpe? Pues bien, voy a verle. ¿No podré hacer ahora yo ni una visita?
Y subió al quinto piso en que vivía su amigo.
Estaba éste en una habitación muy reducida y se disponía a escribir; él mismo abrió la puerta; los dos jóvenes no se habían visto desde hacía cuatro meses. Envuelto en una bata toda desgarrada y mugrienta, en zapatillas y sin calcetines, con los cabellos enmarañados, Razumikin estaba sin afeitar y sin lavar. En su rostro se pintó el más vivo estupor.
—¡Caramba! ¿Tú por aquí?—exclamó, mirándole de pies a cabeza, e interrumpiéndose empezó a silbar—. ¿Es posible que tan mal vayan los negocios? La verdad es que aventajas en elegancia a este servidor—continuó después de haber echado una ojeada sobre los harapos de su compañero—. Vamos, siéntate, pues observo que estás cansado.
Cuando Raskolnikoff se hubo dejado caer en un diván más estropeado que el suyo, Razumikin se hizo cargo de la tristeza de su amigo.
—¿Sabes que estás enfermo de verdad?
Quiso tomarle el pulso, pero Raskolnikoff apartó vivamente la mano.
—Es inútil—dijo—. He venido porque... no tengo lecciones... y quisiera... ¿Pero qué necesidad tengo yo de lecciones?
—¿Sabes una cosa? Que estás disparatando—observó Razumikin mirando atentamente a su amigo.
—No, no disparato—repuso levantándose Raskolnikoff.
Cuando subía a casa de Razumikin no había pensado en que iba a encontrarse frente a frente con su compañero. Una entrevista, con quienquiera que fuese, le repugnaba, y rebosando de hiel, estaba a punto de estallar de cólera contra sí mismo desde que hubo franqueado el umbral de Razumikin.
—¡Adiós!—dijo bruscamente, y se dirigió hacia la puerta.
—¡Pero, ven acá, hombre! ¡Cuidado que eres raro!
—Es inútil—replicó el otro, retirando la mano que su amigo le había tomado.
—Entonces, ¿por qué has venido? ¿Has perdido la cabeza? Esto es casi una ofensa y no te dejaré marchar.
—Pues bien, escucha. He venido a tu casa porque no conozco a nadie más que a ti que pueda ayudarme a comenzar... Pero ahora veo que no me hace falta nada, ¿entiendes?, absolutamente nada... No tengo necesidad de los servicios ni de las simpatías de nadie; me basto a mí mismo. ¡Que me dejen en paz es lo que deseo!
—¡Pero ven acá, loco de atar! Tendrás que escucharme mal que te pese. Tampoco yo tengo lecciones, ni las quiero; pero en cambio he descubierto un editor, Kheruvimoff, que, en su género, es toda una lección. No lo cambiaría por cinco lecciones en casas de comerciantes. Publica libritos sobre ciencias naturales, que se pelea la gente por comprarlos. El toque está en encontrar los títulos. Tú solías decir que yo era tonto; pues ahí tienes, hay quien es más tonto que yo. Mi editor, que no conoce siquiera el silabario, se ha puesto al tono del día. Por supuesto que yo le animo... Aquí tienes estas dos hojas y media de una revista alemana; me parecen de la charlatanería más necia que puedas imaginarte. El autor estudia la cuestión de averiguar si la mujer es un hombre, y claro está, se decide por la afirmación y la demuestra de una manera incontestable. Estoy traduciendo este folleto para Kheruvimoff, que lo juzga de actualidad ahora que tan en boga está la cuestión feminista. Publicaremos seis hojas con las dos hojas y media del original alemán, le pondremos un título rimbombante que ocupará media página, y lo venderemos a cincuenta kopeks. ¡Será un éxito! La traducción se me paga a razón de seis rublos por hoja, lo que hace un total de quince rublos; he cobrado seis por adelantado. Vamos a ver, ¿quieres traducir la segunda hoja? Si quieres, toma el original, pluma y papel, todo ello corre de cuenta del Estado, y permíteme que te ofrezca tres rublos. Como yo he recibido seis, por la primera y segunda hoja, te corresponden tres, y cobrarás otros tantos cuando hayas terminado la traducción. No me lo agradezcas. En cuanto te he visto he pensado en utilizarte. En primer lugar, yo no estoy muy fuerte en ortografía y además conozco muy superficialmente el alemán; de modo que a menudo todo lo que escribo es de mi cosecha. Me consuelo con la idea de que de ese modo añado bellezas al texto; pero, ¿quién sabe? quizá me hago ilusiones. Vamos a ver, ¿aceptas?
Raskolnikoff tomó en silencio las hojas del folleto alemán y los tres rublos y salió sin decir palabra. Razumikin le siguió con una mirada de asombro; pero apenas Raskolnikoff hubo llegado a la primera esquina, volvió sobre sus pasos, subió a casa de su amigo, depositó en la mesa las páginas del folleto y los tres rublos y salió de nuevo sin despegar los labios.
—¡Tú estás loco!—vociferó Razumikin, ya colérico—. ¿Qué comedia estás representando? ¡Me haces salir de mis casillas! ¿A qué demonios has venido?
—No tengo necesidad de traducciones—murmuró Raskolnikoff empezando ya a bajar la escalera.
—Entonces, ¿de qué tienes necesidad?—le gritó Razumikin desde el rellano de su puerta.
El otro, callado, siguió bajando.
—Dime siquiera dónde vives.
Tampoco esta pregunta obtuvo respuesta.
—¡Ea! ¡vete a freír espárragos!
Raskolnikoff estaba ya en la calle.
El joven llegó a su casa al anochecer, sin que pudiera recordar por dónde había ido. Temblando como un caballo fatigado se desnudó, se echó en el diván y después de haberse cubierto con el sobretodo se quedó dormido...
Era ya completa la obscuridad cuando le despertó un estrépito horrible. ¡Qué escena tan espantosa debía desarrollarse cerca de él! Eran gritos, gemidos, rechinar de dientes, lágrimas, golpes, injurias como nunca había oído. Asustado, se sentó en el lecho; su terror crecía por momentos, porque a cada instante el ruido de los porrazos, las quejas, los insultos, llegaban más distintamente a sus oídos. Con extraordinaria sorpresa reconoció la voz de su patrona.
La pobre mujer gemía, suplicaba con tono doliente. ¡Imposible comprender lo que decía, pero sin duda suplicaba que no le pegasen más! La estaban maltratando implacablemente en la escalera. El hombre brutal que le pegaba gritaba de tal modo, con voz sibilante entrecortada por la cólera, que sus palabras eran ininteligibles. De repente, Raskolnikoff empezó a temblar como la hoja en el árbol; acababa de reconocer aquella voz; era la de Ilia Petrovitch.
—¡Ilia Petrovitch ha venido y está pegando a la patrona! ¡Le da puntapiés y coscorrones contra los peldaños de la escalera! Es seguro, no me engaño; el ruido de los golpes, los gritos de la víctima lo indican bien a las claras, dicen lo que está pasando; pero, ¿por qué? El mundo está revuelto.
De todos los pisos acudían a la escalera; se oían voces y exclamaciones. La gente subía, las puertas se abrían violentamente o se cerraban con estrépito.
—Pero, ¿qué pasa? ¿Cómo es posible...?—decía creyendo seriamente que la locura tomaba posesión de su cerebro.
Mas no, percibía distintamente aquellos ruidos...
—Si es así, van a venir a mi casa, porque todo ello seguramente es por lo de ayer... ¡Oh Señor!
Intentó echar el picaporte, pero no tuvo fuerzas para levantar el brazo; por otra parte, comprendía que de nada le serviría cerrar la puerta; el terror le helaba el alma...
Al cabo de diez minutos cesó poco a poco el estrépito: la patrona gemía, Ilia Petrovitch continuaba vomitando injurias y amenazas. Finalmente, se calló también y no se oyó más.
—¿Se había marchado? Sí. También se va la patrona; todavía llora, pero la puerta de su habitación se cierra violentamente... Los inquilinos dejan la escalera para retirarse a sus respectivos cuartos; lanzan exclamaciones; se llaman unos a otros; tan pronto gritan como hablan en voz baja. Debían de ser muchos... Han tenido que acudir todos los vecinos. Pero, Dios mío, ¿es todo esto posible? ¿Por qué, por qué ha venido aquí ese hombre?
Raskolnikoff se dejó caer sin fuerzas en el diván, pero ya no pudo dormir; durante media hora se sintió acometido de un espanto como nunca lo había sentido. De pronto, viva luz iluminó su estancia. Anastasia entraba con una bujía y un plato de sopa. La criada le miró atentamente, y convencida de que no dormía, colocó la luz sobre la mesa y fué poniendo en ésta, pan, sal, un plato y una cuchara.
—Creo que no has comido desde ayer. Andas vagando por esas calles de Dios a pesar de la fiebre...
—Anastasia, ¿por qué han pegado a la patrona?
La criada le miró fijamente.
—¿Que han pegado a la patrona?
—Hace poco... cosa de media hora. Ilia Petrovitch, el ayudante del comisario de policía le ha pegado, en la escalera... ¿Por qué la ha maltratado de este modo? ¿Por qué ha venido?
Anastasia frunció el entrecejo, y sin decir palabra contempló durante largo rato al pupilo. Ante aquella mirada inquisitiva el joven se quedó turbado.
—Anastasia, ¿por qué no me contestas?—preguntó tímida y débilmente.
—Es la sangre—murmuró la sirvienta como hablando consigo misma.
—¡La sangre!... ¿Qué sangre?—balbució Raskolnikoff poniéndose más pálido aún de lo que estaba y andando hacia atrás hasta la pared.
Anastasia continuaba observándole sin despegar los labios.
—Nadie ha pegado a la patrona—dijo, al fin, con sequedad.
El joven la miró, respirando apenas.
—Si lo he oído... Si no dormía... Estaba sentado en el diván—repuso con voz más temblorosa aún—. He escuchado durante largo rato... Ha venido el ayudante de policía. Ha salido la gente de todos los cuartos a la escalera...
—Nadie ha venido. Es la sangre la que grita en ti. Cuando no tiene salida se cuaja y uno delira, tiene alucinaciones... ¿Vas a comer?
El joven no respondió, y Anastasia, sin salir de la habitación, le miraba con ojos furiosos.
—Dame agua.
La sirvienta bajó, y dos minutos después volvía a subir con un jarro lleno de agua. A partir de este momento se interrumpieron los recuerdos de Raskolnikoff. Se acordaba únicamente de que había bebido un buche de agua fría desmayándose en seguida.
III.
Sin embargo, todo el tiempo que duró su enfermedad, nunca estuvo privado por completo del sentido: hallábase en un estado febril semi-inconsciente y solía delirar. Más tarde se acordó de muchas cosas: ora le parecía que varios individuos estaban reunidos en torno suyo; querían apoderarse de él y llevarle a alguna parte, y con este motivo disputaban vivamente; ora se veía de repente solo en su habitación; todo el mundo se había marchado, tenían miedo de él. De vez en cuando la puerta se abría, y le miraban disimuladamente, le amenazaban, reían y se consultaban, y él se ponía colérico, se daba cuenta a menudo de la presencia de Anastasia a su cabecera; veía también a un hombre que debía de serle muy conocido, pero, ¿quién era? Jamás conseguía dar un nombre a aquella figura, y esto le entristecía hasta el punto de arrancarle lágrimas. A veces se figuraba que estaba en cama hacía un mes; en otros momentos le parecía que todos los incidentes de su enfermedad habían ocurrido en un solo día; pero aquello, aquello lo había olvidado por completo. Cierto que a cada instante pensaba que se había olvidado de algo de que hubiera debido acordarse, y se atormentaba, hacía penosos esfuerzos de memoria, gemía, se ponía furioso o sentía un terror invencible. Entonces se incorporaba en su lecho, quería huir, pero alguien le retenía a la fuerza. Estas crisis le debilitaban y terminaban en un desvanecimiento. Al fin recobró por completo el uso de sus sentidos.
Eran las diez de la mañana. Cuando hacía buen tiempo, el sol entraba en la habitación a esa hora, proyectando una ancha faja de luz por el muro de la derecha alumbrando el rincón próximo a la puerta. Anastasia se hallaba delante del lecho del enfermo, acompañada de un individuo a quien él no conocía, y que le observaba con mucha curiosidad. Era un joven de barba naciente, vestido con un caftán, y que parecía ser un artelchtchit[13].
Por la puerta entreabierta miraba la patrona. Raskolnikoff se incorporó un poco.
—¿Quién es, Anastasia?—preguntó, señalando al joven.
—¡Ha vuelto en sí!—dijo la criada.
—¡Ha vuelto en sí!—repitió el artelchtchit.
Al oír estas palabras, la patrona cerró la puerta y desapareció. A causa de su timidez, evitaba siempre entrevistas y explicaciones. Aquella mujer, que contaba ya cuarenta años, tenía cejas y ojos negros, curvas muy pronunciadas, y el conjunto de su persona resultaba bastante agradable. Buena como suelen ser las personas gruesas y perezosas, era, además, excesivamente pudorosa.
—¿Quién es usted?—preguntó Raskolnikoff dirigiéndose al artelchtchit.
En aquel momento se abrió la puerta, dando paso a Razumikin, que penetró en la habitación, inclinándose un poco a causa de su alta estatura.
—¡Vaya un camarote de barco!—exclamó al entrar—. Siempre doy con la cabeza en el techo. ¡Y a esto se llama una habitación! ¡Vamos, amigo mío, has recobrado ya el sentido, según me acaban de decir!
—Sí, ha recobrado el sentido—repitió como un eco el dependiente, sonriéndose.
—¿Quién es usted?—interrogó bruscamente Razumikin—. Yo me llamo Razumikin, soy estudiante, hijo de noble familia; el señor es amigo mío. ¡Vamos, ahora dígame usted quién es!
—Estoy empleado en casa del comerciante Chelopaief, y vengo aquí para cierto asunto...
—Siéntese usted en esta silla—dijo Razumikin ocupando él otra al lado opuesto de la mesa—. Has hecho muy bien en recobrar el conocimiento—añadió, volviéndose hacia Raskolnikoff—. Cuatro días hace, puede decirse, que no has comido ni bebido nada; apenas tomabas un poco de te, que te daban a cucharaditas. He traído aquí dos veces a Zosimoff. ¿Te acuerdas de Zosimoff? Te ha examinado muy atentamente, y ha dicho que no tenías nada. Afirma que tu enfermedad es una simple debilidad nerviosa, resultado de la mala alimentación, pero no reviste gravedad ninguna.
—¡Es famoso ese Zosimoff! ¡Hace curas asombrosas! Pero no quiero abusar de su tiempo—añadió Razumikin, dirigiéndose de nuevo al empleado—. ¿Quiere usted decirnos el motivo de su visita? Advierte, Rodia, que es la segunda vez que vienen ya de esa casa; pero no fué el señor el que vino. ¿Quién es el que estuvo el otro día?
—El que vino anteayer fué Alejo Semenovitch, también empleado de la casa.
—Tiene la lengua más expedita que usted, ¿verdad?
—Sí. Es un hombre de más capacidad.
—¡Modestia digna de elogio! Vamos, siga usted.
—Pues bien; por orden de la madre de usted, Anastasio Ivanovitch Vakruchin, de quien, sin duda, habrá oído hablar más de una vez, envía a usted dinero que nuestra casa tiene el encargo de entregarle—dijo el empleado encarándose ya directamente con Raskolnikoff—. Si posee usted la cédula de reconocimiento, hágase usted cargo de estos treinta y cinco rublos que Semenovitch ha recibido para usted de Anastasio Ivanovitch, por orden de su madre. Ha debido usted tener aviso del envío de esa cantidad.
—Sí; me acuerdo... Vakruchin...—dijo Raskolnikoff, procurando hacer memoria.
—¿Quiere usted firmarme el recibo?
—Sí, va a firmar. ¿Tiene usted ahí su libro?—dijo Razumikin.
—Sí, aquí está.
—Démelo usted. Vamos, Rodia; un esfuerzo, trata de incorporarte. Yo te sostendré; toma la pluma, y pon aquí tu nombre; en nuestros tiempos, el dinero es la miel de la humanidad.
—Yo no tengo necesidad de dinero—dijo Raskolnikoff, rechazando la pluma.
—¡Cómo! ¿Que no tienes necesidad de dinero?
—No firmo.
—¡Pero si tienes que dar un recibo!
—No tengo necesidad de dinero.
—¿No tienes necesidad de dinero?—repitió Razumikin—. Amigo mío, faltas a la verdad, doy fe. No se impaciente usted, se lo ruego; no sabe lo que dice... Está todavía en el país de los sueños... Cierto es, sin embargo, que suele ocurrirle lo mismo cuando está despierto... Usted es un hombre de buen sentido; le llevaremos la mano y firmará. Vamos, ayúdeme usted.
—No; puedo volver otra vez.
—De ningún modo. ¿Por qué se ha de molestar? Usted es un hombre razonable... Ea, Raskolnikoff, no detengas por más tiempo a este señor... ya ves que te espera.
Y Razumikin se dispuso a llevar la mano a Raskolnikoff.
—Deja; lo haré yo solo—dijo éste.
Tomó la pluma, y firmó en el libro. El dependiente entregó el dinero y se marchó.
—¡Bravo! Y ahora, amigo mío, ¿quieres comer?
—Sí—respondió Raskolnikoff.
—¿Hay sopa?
—Algo queda de ayer—respondió Anastasia que no había salido de la habitación durante toda esta escena.
—¿Sopa de arroz con patatas?
—Sí.
—Estaba seguro de ello. Ve a buscar la sopa, y danos también te.
—Bueno.
Raskolnikoff miraba a su amigo con profunda sorpresa y terror estúpido. Resolvió callarse y esperar.
—Me parece que no deliro—pensaba—; todo esto es muy real.
Al cabo de diez minutos Anastasia volvía con la sopa y anunció que serviría después el te. Trajo también dos cucharas, dos platos y el servicio correspondiente de mesa: sal, mostaza para tomarla con la carne, etc.; nunca había estado tan bien puesta la mesa desde hacía largo tiempo; hasta el mantel era limpio.
—Anastasia—dijo Razumikin—, Praskovia Pavlovna no haría mal en enviarnos un par de botellas de cerveza. Asegúrale que no quedará ni gota.
—De nada te privas—murmuró la criada y fué a hacer el encargo.
El enfermo continuaba observándolo todo con inquieta atención. Razumikin se sentó a su lado en el diván. Con la gracia de un oso sostenía, apoyada en el brazo izquierdo, la cabeza de Raskolnikoff, que no tenía ninguna necesidad de este auxilio, y con la mano derecha le llevaba a la boca cucharadas de sopa, después de soplarlas muchas veces para que su amigo no se quemase al tragarlas, a pesar de que la sopa estaba bastante fría. Raskolnikoff tomó con avidez tres cucharadas; pero Razumikin suspendió bruscamente la comida de su amigo, declarando que para tomarla era preciso consultar con Zosimoff.
En aquel momento entró Anastasia llevando las dos botellas de cerveza.
—¿Quieres te?
—Sí.
—Ve en seguida a buscar te, Anastasia, porque en lo tocante a esta infusión, opino que no hace falta el permiso de la Facultad. Aquí está la cerveza.
Se volvió a sentar en su silla, se acercó la sopera y la carne y se puso a devorar con tanto apetito como si no hubiese comido en tres días.
—Ahora, amigo Rodia, como todos los días en esta casa—murmuró con la boca llena—. Praskovia, tu amable patrona, me trata a cuerpo de rey; me tiene mucha consideración, y, es claro, yo me dejo querer. ¿Para qué protestar? Aquí está Anastasia con el te. Es lista esta muchacha. Anastasia, ¿quieres cerveza?
—¿Te burlas de mí?
—¿Pero un poco de te sí tomarás?
—Eso sí.
—Sírvete, o más bien, no, espera; yo te serviré. Siéntate a la mesa.
Haciendo de anfitrión, llenó sucesivamente dos tazas, después dejó su almuerzo y fué a sentarse otra vez en el sofá. Lo mismo que cuando la sopa, Razumikin empleó todo género de atenciones delicadas para que Raskolnikoff tomara el te. Este último se dejaba mimar sin decir palabra, aunque se sentía en estado de permanecer sentado en el diván sin el auxilio de nadie, de tener en la mano la taza y la cuchara y hasta de andar; pero con cierto maquiavelismo extraño y casi instintivo, se había decidido súbitamente a fingirse débil y simular cierta imbecilidad, teniendo, sin embargo, los ojos y los oídos en acecho. Al cabo, su disgusto fué más fuerte que su resolución; después de haber tomado diez cucharadas de te, el enfermo apartó la cabeza con un brusco movimiento, rechazó caprichosamente la cuchara y se dejó caer sobre la almohada. Esta palabra no era ya una metáfora. Raskolnikoff tenía ahora bajo la cabeza una buena almohada de plumas, con una funda muy limpia. Este detalle habíalo advertido el joven y no dejaba de preocuparle.
—Es preciso que Praskovia nos envíe conserva de frambuesa para preparar la bebida a Raskolnikoff—dijo Razumikin volviendo a sentarse en su sitio y reanudando su interrumpido almuerzo.
—¿Y dónde va a buscar la frambuesa?—preguntó Anastasia que, teniendo el platillo entre sus dedos separados, tomaba sorbos de te «al través del azúcar».
—Querida, tu ama la comprará en una tienda. Tú no sabes, Rodia: ha pasado aquí toda una historia. Cuando te escapaste de mi casa como un ladrón sin decirme dónde vivías, me incomodé tanto, que resolví encontrarte para tomar de ti una venganza ejemplar. Aquel mismo día me puse en campaña. ¡Lo que tuve que correr y preguntar! Se me habían olvidado tus nuevas señas, por la sencilla razón de que no las había sabido nunca. En cuanto a tu antiguo alojamiento, sólo me acordaba de que habitabas en los Cinco Rincones, en casa de Kharlamoff. Me lancé sobre esta pista, descubrí la casa de Kharlamoff, que no es la casa de Kharlamoff sino la de Bukh. Y ahí tienes cómo se embrolla uno con los nombres propios. Estaba furioso; al día siguiente, fuí a la oficina de Direcciones, sin confiar nada en el resultado de esta diligencia. Pues bien, figúrate mi asombro cuando en dos minutos me dieron la indicación de tu domicilio. Estás inscrito allí.
—¿Que estoy inscrito?
—¡Ya lo creo! Y, sin embargo, no pudieron dar las señas del general Kobeleff a uno que las pedía. Apenas llegué aquí cuando me enteré de todos tus asuntos, sí, amigo mío, de todos. Lo sé todo; Anastasia te lo dirá: he trabado conocimiento con Nikodim Fomitch; he sido presentado a Ilia Petrovitch, he entrado en relaciones con el dvornik, con Alejandro Grigorievitch Zametoff, jefe de la Cancillería, y, en fin, con la misma Pashenka; ése ha sido el golpe final. Pregúntaselo a Anastasia.
—Por fuerza la has embrujado—murmuró la criada con una sonrisa maliciosa.
—Fué una lástima, querido amigo, que desde el principio no te entendieses con ella. No debías haber procedido de este modo con Pashenka. Tiene un carácter muy extraño... pero ya hablaremos otro día de su carácter. Dime, ¿qué hiciste para que te cortase los víveres? ¿y eso del pagaré? Por fuerza estabas loco cuando lo firmaste. ¡Y el proyecto de matrimonio cuando vivía su hija Natalia Egorovna!... Estoy al corriente de todo. Pero veo que toco una cuerda muy delicada y que soy un burro. Perdóname. Mas, a propósito de tonterías, ¿no te parece que Praskovia Pavlovna es menos tonta de lo que a primera vista parece?
—Sí—balbuceó, mirándole de reojo, Raskolnikoff.
No comprendía que hubiera sido mejor seguir la conversación.
—¿Verdad que sí?—exclamó Razumikin—. ¿No es una mujer muy inteligente? Es un tipo muy original. Te aseguro, querido Rodia, que no la entiendo. Ha entrado ya en los cuarenta y no confiesa más que treinta y seis... Cosa que puede hacer sin temor a que la desmientan. Te aseguro que sólo puedo juzgarla desde el punto de vista intelectual, porque nuestras relaciones son las más singulares que puedes imaginarte. Repito que no la entiendo. Volviendo a nuestro asunto, ha sabido que dejaste de ir a la Universidad y que estás sin lecciones ni vestidos. Además, desde la muerte de su hija no había motivo para que te considerase como de su familia; en tales condiciones le ha asaltado cierta inquietud. Tú, por tu parte, en lugar de conservar con ella las relaciones de otro tiempo, vivías retirado en tu rincón, y, naturalmente, quería que te marchases. Pensaba desde hacía tiempo en eso; pero como le habías firmado un pagaré, asegurándole, además, que tu madre pagaría...
—He cometido una bajeza al decirle tal cosa... Mi madre está en la miseria. Yo mentía para que me siguiesen dando hospedaje y comida—dijo Raskolnikoff con voz entrecortada y vibrante.
—Tenías razón al hablar como hablaste; pero la intervención de Tchebaroff, curial y hombre de negocios, lo ha echado todo a rodar. Si no hubiera sido por éste, Pashenka no hubiera emprendido nada contra ti. Es demasiado tímida para hacer eso. En cambio, el hombre de negocios no es tímido y en seguida ha entablado la demanda. ¿El firmante de la letra es persona solvente? Respuesta: sí, porque su madre, aunque no posee más que una pensión de ciento veinticinco rublos, se quedaría sin comer con tal de sacar a Rodión de semejante apuro, y tiene además una hermana que se vendería como esclava por su hermano. El señor Tchebaroff se ha fundado en este cálculo. ¿Por qué te agitas? Adivino, amigo mío, lo que estás pensando; no tenías inconveniente en refugiarte en el seno de Pashenka cuando podía ver en ti un futuro yerno; pero, ¡ay!, en tanto que el hombre honrado y sensible se abandona a las confidencias, el hombre de negocios las recoge y hace su agosto. En suma; le entregó la letra a ese Tchebaroff, que no se ha andado por las ramas. Cuando lo supe, quise, para la tranquilidad de mi conciencia, tratar también al hombre de negocios por la electricidad; pero, entretanto, se ha establecido perfecta armonía entre Pashenka y yo, y he suspendido el procedimiento respondiendo de tu deuda. ¿Te enteras, amigo mío? He salido fiador por ti. He hecho venir a Tchebaroff, se le ha tapado la boca con diez rublos y ha devuelto el papel que tengo el honor de presentarte. Ahora, no eres más que un deudor bajo tu palabra. Tómalo.
—¿Eres tú a quien no conocía cuando deliraba?—preguntó Raskolnikoff, después de una pausa.
—Sí, y aun mi presencia te ha ocasionado alguna crisis violenta, sobre todo cuando he venido con Zametoff.
—¡Zametoff! ¿El jefe de la Cancillería?... ¿Por qué lo has traído?...
Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff cambiaba de posición y fijó los ojos en Razumikin.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué te alteras? Deseaba conocerte y quiso venir porque habíamos hablado mucho de ti. ¿Cómo, de otra manera, hubiera sabido yo tantas cosas acerca de ti? Es un buen muchacho, amigo mío; maravilloso, claro que en su género; ahora somos amigos; nos vemos todos los días porque acabo de transportar mis penates a ese barrio. ¿Aun no lo sabías? Me he mudado recientemente. He ido dos veces con él a casa de Luisa. ¿Te acuerdas de Luisa? Luisa Ivanovna...
—¿He disparatado mucho durante mi delirio?
—Ya lo creo. No te lo puedes imaginar.
—¿Qué es lo que decía?
—¿Que qué decías? Ya se sabe lo que puede decir un hombre que no está en sus cabales... Pero no estamos aquí para perder el tiempo, sino para ocuparnos en nuestros asuntos.
Y así diciendo se levantó tomando su gorra.
—¿Qué es lo que decía?
—¿Quieres que te lo cuente? ¿Temes haber dejado escapar algún secreto? tranquilízate; de tus labios no ha salido ninguna palabra acerca de la cuestión, pero has hablado mucho de un bulldog, de pendientes, de cadenas de reloj, de la isla de Krestovsky, de un dvornik... ¡qué sé yo! Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, el ayudante, salían a relucir en tu delirio. Además hablabas mucho de una de tus botas, no cesabas de decir llorando: ¡dámela! Zametoff la estuvo buscando por todos los rincones, y cuando encontró esa alhaja, no tuvo inconveniente en tomarla con sus blancas manos cubiertas de sortijas y tan perfumadas... Entonces fué cuando te calmaste, no soltándola durante veinticuatro horas. Imposible quitártela. Aun debe estar ahí, debajo de la colcha. También pedías las tiras del pantalón, ¡y con qué lágrimas! Hubiéramos deseado saber qué interés tenían para ti esas tiras; pero no entendíamos ni una sola de tus palabras. Ahora vamos a nuestro asunto. Aquí tienes treinta y cinco rublos; tomo diez y dentro de dos horas volveré y te daré cuenta del empleo que habré hecho de ellos. De paso entraré en casa de Zosimoff; ya debería estar aquí, porque son las once dadas. Durante mi ausencia, cuida tú, Anastasia, de que a éste no le falte nada y procura prepararle algo para beber... Ahora voy a dar por mí mismo instrucciones a Pashenka. Hasta la vista.
—¡La llama Pashenka! ¿Habráse visto un bribón como ése?—dijo la sirvienta cuando el joven, girando sobre sus talones, abandonó el cuarto, y saliendo también ella, se puso a escuchar detrás de la puerta; pero al cabo de un instante no pudo permanecer allí y descendió muy apresuradamente, deseosa de saber qué hablaba Razumikin con la patrona. Era evidente que Anastasia sentía verdadera admiración por el estudiante.
Apenas la criada había cerrado la puerta, el enfermo, echando a un lado la colcha, saltó del lecho como loco. Había esperado con impaciencia febril para poner mano a la obra. ¿A qué obra? Era el caso que, en aquel instante, no se acordaba de nada. «¡Señor! ¡Dime solamente una cosa! ¿Lo saben todo, o aun lo ignoran? Quizá ya estén enterados, pero fingen ignorarlo, porque me ven enfermo. Esperarán a que esté restablecido para quitarse la máscara: me dirán entonces que lo sabían todo desde hace largo tiempo... Pero, ¿qué es lo que tengo que hacer ahora? Si era una cosa urgente... la he olvidado y pensaba en ella hace un minuto.»
Estaba en pie en medio de la habitación, presa de dolorosa perplejidad. Se acercó a la puerta, la abrió y aplicó el oído; mas, ¿para qué? De repente pareció que recobraba la memoria; acudió al rincón en que la tapicería estaba desgarrada, introdujo la mano en el agujero y lo escudriñó. Mas no era tampoco aquello de lo que quería acordarse; abrió la estufa y estuvo escarbando las cenizas; los bordes cortados del pantalón y el forro del bolsillo se encontraban allí, conforme los echó antes el joven; de modo que nadie había hurgado en la estufa. Se acordó entonces de la bota, de la que le había hablado Razumikin. La bota estaba en el sofá, bajo la colcha, pero, desde el crimen había sufrido tantos frotamientos y manchádose con tanto lodo, que sin duda Zametoff no había podido notar nada.
—¡Bah!... ¡Zametoff!... ¡La oficina de policía! Pero, ¿por qué se me cita a esa oficina? ¿Dónde está la citación?... ¡Ah, sí, estoy confundido! Fué el otro día cuando se me hizo ir; examiné entonces también la bota; pero ahora, ahora he estado enfermo. Mas, ¿por qué ha venido aquí Zametoff? ¿Por qué lo ha traído Razumikin?—murmuraba Raskolnikoff, sentándose fatigado en el sofá—. ¿Qué pasa? ¿Estoy delirando, o veo las cosas como son? Me parece que no sueño. ¡Oh! ahora recuerdo... Es preciso partir, partir en seguida; no hay más remedio que alejarse. Pero ¿a dónde ir? ¿Y dónde está mi ropa? No tengo botas. Se las han llevado o las han escondido. ¡Ah! Comprendo. Aquí está mi gabán. No se han fijado en él. ¡Dinero aquí, sobre la mesa! ¡Gracias a Dios! La letra de cambio aquí también... Voy a tomarlo y a salir. Alquilaré otro cuarto y no me encontrarán... Pero, ¿y la oficina de Direcciones? Acabarán por descubrirme... Sí... Razumikin sabrá dar conmigo. Mejor será expatriarme, irme lejos, a América: allí me reiré de ellos. Tengo que llevarme la letra de cambio... Me servirá. ¿Que más necesito? Me creen enfermo, piensan que no me encuentro en estado de andar, ¡ja, ja! He leído en sus ojos que lo saben todo. No tengo más que bajar la escalera. Pero, ¿y si la casa estuviese vigilada, si abajo me encontrase con los agentes de policía?... ¿Qué es esto?... ¿Te...? También ha quedado algo de cerveza. Esto me refrescará.
Tomó la botella que aun contenía lo bastante para llenar un gran vaso y lo vació de un trago con verdadero placer, porque tenía ardiendo el estómago. Pero un minuto después prodújole la cerveza zumbidos en las sienes y un ligero escalofrío no del todo desagradable en la espina dorsal. Se acostó y tapó con la colcha. Sus ideas vagas e incoherentes se embrollaban cada vez más. Bien pronto sintió gran pesadez en los párpados, apoyó con placer la cabeza en la almohada, se tapó muy bien con la blanca colcha que había reemplazado y su harapiento gabán y se quedó profundamente dormido.
Se despertó al oír ruido de pasos y vió a Razumikin que acababa de abrir la puerta, pero que dudaba si penetrar o no en la habitación y permanecía de pie en el umbral.
Raskolnikoff se levantó vivamente y miró a su amigo con la expresión de un hombre que trata de recordar algo.
—Puesto que no duermes, aquí me tienes. Anastasia, sube el paquete—gritó Razumikin a la criada que estaba abajo—; voy a darte mis cuentas.
—¿Qué hora es?—preguntó el enfermo, dirigiendo en torno suyo una mirada inquieta.
—¡Buena siesta, amigo mío! Van a dar las seis y eran las doce cuando te dormiste. Así, tu sueño ha durado seis horas.
—¡Señor! ¡Cómo he podido dormir tanto rato!
—¿De qué te quejas? Este sueño te sentará bien. ¿Tenías algún negocio urgente? ¿Una cita quizás? Ahora todo el tiempo nos pertenece. Tres horas hace que esperaba a que te despertases. Dos veces he entrado y tú duerme que duerme. Otras dos veces he estado en casa de Zametoff; había salido; pero no importa, vendrá. Además he tenido que ocuparme en mis asuntos. He cambiado hoy de domicilio y he mudado todos mis trastos, incluso mi tío, porque te advierto que tengo al presente a un tío en mi casa... Pero basta, volvamos a nuestro asunto. Trae acá el paquete, Anastasia. Vamos en seguida a... Ante todo, ¿cómo estás?
—Me siento bien, ya no estoy enfermo. ¿Hace mucho tiempo que estás aquí, Razumikin?
—Acabo de decirte que he estado tres horas esperando a que te despertases.
—No hablo de ahora sino de antes.
—¿Cómo de antes?
—¿Desde cuándo vienes a esta casa?
—Ya te lo dije otra vez. ¿No te acuerdas?
Raskolnikoff hizo un llamamiento a su memoria. Se le presentaban los incidentes de aquel día como si los hubiera soñado, y viendo que en vano pretendía recordar, interrogó con una mirada a Razumikin.
—¡Hum!—dijo éste—; lo has olvidado. Ya me hacía yo cargo de que, la otra vez, no estabas en tu juicio. Ahora el sueño te ha sentado bien. Tienes mucho mejor cara. Ya recobrarás la memoria. Ahora, mira, querido amigo—y se puso a deshacer el paquete, que era evidentemente el objeto de todas sus preocupaciones—. Esto, amigo mío, es lo que más me interesaba. Hay que hacer de ti un hombre. ¡Vamos a ver! Comencemos por arriba. ¿Ves esta gorra?—dijo, sacando del envoltorio una muy decente, aunque ordinaria y de poco valor—. ¿Me dejas que te la pruebe?
—No, ahora no, más tarde—contestó Raskolnikoff rechazando a su amigo con un gesto de impaciencia.
—Tiene que ser ahora mismo, amigo Rodia; tú déjame a mí. Después sería demasiado tarde. Además, la inquietud me tendría en vela toda la noche, porque he comprado estas prendas al buen tun tun, sin tener la medida. ¡Te está perfectamente!—exclamó con aire de triunfo después de haberle probado la gorra—. Cualquiera diría que te la han hecho a la medida. ¿A que no aciertas, Nastachiuska, lo que me ha costado?—dijo encarándose con la criada, viendo que su amigo guardaba silencio.
—¿Dos grivnas?—respondió Anastasia.
—¡Dos grivnas! ¿Estás loca?—gritó Razumikin—. Ahora por dos grivnas no se podría comprar siquiera tu personita. ¡Ocho grivnas y eso porque está usada! Vamos a ver ahora el pantalón; te advierto que estoy orgulloso de él—y presentó a Raskolnikoff un pantalón de color ceniza de ligera tela de verano—. Ni un agujero, ni una mancha, y todavía muy llevable, aunque esté ya usado. El chaleco es del mismo color que el pantalón, como lo exige la moda. Por lo demás, estas prendas son mejores que nuevas, porque con el uso han adquirido suavidad, son más flexibles. Soy de parecer, amigo Rodia, de que para andar por el mundo es preciso arreglarse según la estación: las personas razonables no comen espárragos en el mes de enero; en mis compras, he seguido ese principio... Como estamos en verano, he comprado un vestido de verano. Que viene el otoño, te harán falta vestidos de más abrigo y abandonarás éstos... con tanta más razón, cuanto que de aquí allá habrán tenido tiempo de estropearse... Bueno, a ver si aciertas lo que han costado. ¿Cuánto te parece? Dos rublos y veinticinco kopeks. Ahora hablemos de las botas. ¿Qué tal? se ve que están usadas, es verdad, pero desempeñarán muy bien su papel durante dos meses; han sido hechas en el extranjero; eran de un secretario de la embajada británica que las vendió la semana pasada y que no las ha llevado más que seis días; sin duda andaría mal de dinero. Precio: un rublo y cincuenta kopeks: son de balde.
—Pero acaso no le vengan—observó Anastasia.
—¿Que no le vendrán? ¿Para qué sirve esto, entonces?—replicó Razumikin, sacando del bolsillo una bota vieja de Raskolnikoff, sucia y agujereada—. Había tomado mis precauciones. Todo ello se ha hecho muy concienzudamente. En cuanto a la ropa blanca ha habido mucho regateo con la revendedora; en fin, aquí tienes tres camisas con la pechera de moda. Y ahora recapitulemos: gorra, ocho grivnas; pantalón y chaleco, dos rublos y veinticinco kopeks; ropa blanca, cinco rublos; botas, un rublo cincuenta kopeks. Tengo que devolverte cuarenta y cinco kopeks. Toma, guárdalos; de esta suerte cátate ya emperifollado, porque, según mi juicio, tu paletó, no solamente puede servir aún, sino que conserva mucha distinción: se ve que ha sido hecho en casa de Charmer; en cuanto a los calcetines, etc... te dejo el cuidado de que los compres tú. Nos quedan veinticinco rublos y no tienes que inquietarte, ni de Pashenka ni del pago de inquilinato. Ya te lo he dicho: se te ha abierto un crédito ilimitado, y ahora es necesario que te mudes de ropa blanca, porque tu enfermedad está en tu camisa...
—Déjame, no quiero—respondió rechazándole Raskolnikoff, cuyo rostro había permanecido triste durante el festivo relato de Razumikin.
—Es preciso, amigo mío; ¿por qué me he destalonado yo por esas calles? Natachiuska, no te la eches de vergonzosa, ayúdame—y a pesar de la resistencia de Raskolnikoff, logró mudarle de ropa interior.
El enfermo se dejó caer sobre la almohada y no dijo una palabra durante dos minutos.
—¿No me dejarán tranquilo?—pensaba—. ¿Y con qué dinero se ha comprado todo esto?—preguntó en seguida, mirando a la pared.
—¡Vaya una pregunta! ¿Con qué dinero ha de haber sido? Con el tuyo. Tu madre te ha enviado por medio de Vakruchin treinta y cinco rublos que te trajeron hace poco. ¿Lo has olvidado, quizá?
—Sí, ya me acuerdo—dijo Raskolnikoff después de haberse quedado pensativo y sombrío.
Razumikin, fruncidas las cejas, le miraba con inquietud. Se abrió la puerta y entró en la habitación un hombre de alta estatura. Su manera de presentarse indicaba la costumbre de visitar la casa de Raskolnikoff.
—¡Zosimoff! ¡Por fin!—gritó alegremente Razumikin.
IV.
El recién venido era un mocetón de veintisiete años, alto y grueso, de rostro un poco abotargado, pálido y afeitado cuidadosamente. Tenía el cabello de color rubio, casi blanco y cortado en forma de cepillo. Usaba lentes y en el índice de su carnosa mano brillaba un grueso anillo de oro. Se comprendía que le gustaba usar cómodos vestidos que no carecían de cierta elegancia. Llevaba un ancho gabán de verano y pantalón claro. La pechera, los puños y cuello eran irreprochables, y brillaba sobre su chaleco pesada cadena de oro. Sus modales tenían algo de lentos y de flemáticos, aunque hacía esfuerzos para darse aire de desenvuelto. Por lo demás, a despecho de su cuidado, se advertía en sus maneras algo de afectación. Cuantos le conocían le encontraban insoportable; pero le tenían en grande estima como médico.
He estado dos veces en tu casa... ¿Lo estás viendo? Ha recobrado ya los sentidos.
—Ya veo, ya veo; ¿cómo nos sentimos hoy?—preguntó Zosimoff a Raskolnikoff, mirándole atentamente.
Y al mismo tiempo se sentaba en el extremo del sofá, a los pies del enfermo, esforzándose por encontrar un sitio para su enorme persona.
—¡Siempre hipocondríaco!—continuó Razumikin—; hace poco, cuando le hemos mudado de ropa interior, casi se ha echado a llorar.
—Se comprende, lo mismo hubiera sido mudarle luego; no era necesario contrariarle... El pulso es excelente, seguimos con un poco de dolor de cabeza, ¿no es verdad?
—Estoy perfectamente—dijo Raskolnikoff irritado.
Y al pronunciar estas palabras se incorporó de repente en el sofá y brillaron sus ojos. Pero un instante después se dejó caer sobre la almohada, volviéndose del lado de la pared. Zosimoff le miraba atentamente.
—¡Muy bien! Nada de particular—dijo con cierta indiferencia—. ¿Has tomado algo?
Se le dijo lo que había comido el enfermo y se le preguntó qué podía dársele.
—Puede tomar lo que quiera, sopa, te... Claro es que quedan prohibidos los cohombros y las setas; no conviene tampoco que coma carne... aunque esta advertencia es ociosa.
Cambió una mirada con Razumikin y prosiguió:
—Nada de pociones ni medicamentos; mañana veremos... Hoy se hubiera podido... de todos modos está bien.
—Mañana por la tarde le sacaré a dar un paseo—dijo Razumikin—, iremos juntos al jardín Yusupoff y después al Palacio de Cristal.
—Mañana sería demasiado pronto; pero un paseíto corto... En fin, mañana veremos.
—Lo que siento es que precisamente hoy inauguro mi nueva vivienda, que está a dos pasos de aquí, y desearía que fuese uno de los nuestros, aunque tuviese que estar tendido en un sofá. ¿Vendrás tú?—preguntó Razumikin al doctor—; lo has prometido, no faltes a tu palabra.
—Bueno, no podré ir hasta bastante tarde. ¿Das un convite?
—¡Nada de convite! Te, aguardiente, arenques y pastas... Una reunión de amigos.
—¿Y quiénes son tus huéspedes?
—Compañeros jóvenes y mi tío, un viejo que ha venido a no sé qué negocios a San Petersburgo; llegó ayer. Sólo nos vemos una vez cada cinco años.
—¿En qué se ocupa?
—En vegetar en un distrito. Es maestro de postas, cobra una pensioncilla y tiene sesenta y cinco años. No hablemos más de él, aunque le quiero. Estará también Porfirio Petrovitch, juez de instrucción del distrito... un notable jurisconsulto. Tú le conoces.
—¿Es también pariente tuyo?
—Muy lejano. Mas, ¿por qué arrugas el entrecejo? ¿Crees que porque un día tuvisteis no sé qué disputa estás en el caso de no venir?
—¡Oh! ¡Me río de él!
—Es lo más cuerdo que puedes hacer. Habrá también estudiantes, un profesor, un empleado, un músico y un oficial, Zametoff.
—Dime, te lo ruego, lo que tú o éste—Zosimoff señaló con un movimiento de cabeza a Raskolnikoff—tenéis de común con ese Zametoff.
—Pues bien, ya que quieres que te lo diga, entre Zametoff y yo hay algo común; traemos cierto negocio entre manos.
—Me gustaría saber qué negocio es ése.
—A propósito del pintor decorador. Trabajamos porque se le ponga en libertad. Creo que lo conseguiremos. El asunto es perfectamente claro; nuestra intervención tiene por único objeto apresurar el desenlace.
—¿A qué pintor te refieres?
—¿No te he hablado ya de él? ¡Ah! es verdad. No te he contado más que el principio... Se trata del asesinato de la vieja prestamista sobre prendas. Pues bien, el pintor fué detenido como autor del doble crimen.
—Sí, antes que me contaras todo eso ya había oído yo hablar de esos asesinatos, y, a decir verdad, la cosa me interesa hasta cierto punto... He leído algo en los periódicos.
—También mataron a Isabel—dijo, de pronto Anastasia, dirigiéndose a Raskolnikoff.
—¡Isabel!—murmuró el enfermo con voz casi ininteligible.
—Sí, Isabel, la revendedora. ¿No la conocías? Venía a casa de la patrona. Por cierto que te hizo una camisa.
Raskolnikoff se volvió del lado de la pared y se puso a contemplar con gran atención una de las florecillas blancas de que estaba sembrado el papel que tapizaba su habitación. Sentía que se le entumecían los miembros, pero no se atrevía a moverse y continuaba con la mirada fija en la florecilla de papel.
—¿Luego resultan cargos contra ese pintor?—preguntó Zosimoff interrumpiendo con manifiesto enojo a la criada, que suspiró y guardó silencio.
—Sí; pero esos cargos, en rigor, no son tales, y eso es precisamente lo que se trata de demostrar. La policía sigue una pista falsa, como la siguió al principio cuando sospechó de Koch y Pestriakoff. Por poco interés que se tenga en la cuestión, se siente uno indignado al ver una sumaria tan neciamente conducida. Pestriakoff vendrá probablemente esta noche a mi casa; y, a propósito, Rodia, tú tienes noticia de ese crimen; ocurrió el día antes que cayeras enfermo, la víspera de tu desmayo en la oficina de policía, precisamente cuando se estaba hablando de él.
El médico miró curiosamente a Raskolnikoff.
—Será preciso que yo no te quite el ojo de encima, Razumikin—le dijo—; te interesas demasiado por un asunto que no te va ni te viene.
—Es posible, pero no importa. Arrancaremos a ese desgraciado de las garras de la justicia—exclamó Razumikin, descargando un puñetazo sobre la mesa—. Mas no son los errores de esa gente lo que me irritan; cualquiera se equivoca. Además, el error es cosa excusable, puesto que por medio de él se llega a la verdad; no, lo que me molesta es que estando engañados continúan creyéndose infalibles. Yo estimo a Porfirio; pero... ¿Sabes lo que en un principio los ha despistado? La puerta estaba cerrada; y cuando Koch y Pestriakoff subieron con el portero estaba abierta: luego Koch y Pestriakoff son los asesinos. ¡Vaya una lógica que me gastan!
—No te acalores. Los han detenido porque no tenían más remedio que detenerlos. Y a propósito, he visto de nuevo a Koch; creo que estaba en relaciones de negocios con la vieja. ¿Le compraba los objetos empeñados después del vencimiento?
—Sí, es un camastrón. Negocia también letras de cambio. El mal rato que ha pasado no me importa un comino. Pero me sublevo contra los sistemas estúpidos de un procedimiento anticuado... Tiempo es ya de emprender un nuevo camino y de renunciar a viejas rutinas. Unicamente los datos psicológicos pueden arrojar luz en estos procesos. «Tenemos hechos», dicen; pero los hechos no son todo; la manera de interpretarlos contribuye por lo menos en una mitad al éxito de un sumario.
—¿Sabes tú interpretar los hechos?
—Mira, es imposible callarse cuando se siente, cuando se tiene la íntima convicción de que se puede contribuir al descubrimiento de la verdad... ¿Conoces los pormenores de ese asunto?
—Me habías hablado no sé qué de un pintor decorador, pero no me has contado el suceso.
—Pues bien, oye. Dos días después de cometido el asesinato, por la mañana, en tanto que la policía procedía contra Koch y Pestriakoff, a pesar de las explicaciones perfectamente categóricas dadas por ellos, surgió un incidente completamente inesperado. Cierto Dutchkin, campesino que tiene una taberna enfrente de la casa del crimen, llevó a la comisaría un estuche que encerraba unos pendientes de oro, y con tal motivo contó su historia: «Anteayer tarde, poco después de las ocho (fíjate en esta coincidencia), Mikolai, un obrero pintor, parroquiano de mi establecimiento, fué a suplicarme que le prestase dos rublos por los pendientes que contenía el estuche. A mi pregunta: «¿Dónde has encontrado esto?», me respondió que en la calle. No le pregunté más (es Dutchkin quien habla), y le di un billetito, es decir, un rublo, porque dije para mis adentros: si no tomo este objeto lo tomará otro, y mejor es que esté en mis manos; si lo reclaman y sé que ha sido robado, iré a entregarlo a la policía.» Bien mirado, al hablar de este modo—prosiguió Razumikin—, mentía descaradamente; conozco a ese Dutchkin, es un encubridor, y cuando tomó de Mikolai una alhaja que valía treinta rublos, no tenía intención de entregarla a la policía. Se decidió a ello bajo la influencia del miedo. Pero dejemos a Dutchkin continuar su relato: «Desde niño conozco a ese campesino que se llama Mikolai Dementieff; es, como yo, del gobierno de Riazan y del distrito de Zaraisk. Sin ser un borracho, bebe algunas veces demasiado. Sabíamos que estaban trabajando con Mitrey, que es de su país. Después de haber recibido el billetito, Mikolai apuró dos copas, cambió su rublo para pagar y se marchó, llevándose el cambio de la moneda. No vi a Mitrey con él. Al día siguiente, oímos decir que habían matado a hachazos a Alena Ivanovna y a su hermana Isabel Ivanovna. Nosotros las conocíamos y entonces nacieron nuestras sospechas a propósito de los pendientes, porque sabíamos que la vieja prestaba dinero sobre alhajas. Para aclarar mis dudas, me dirigí a casa de las interfectas haciéndome el ignorante, y lo primero que hice fué averiguar si estaba allí Mikolai. Mitrey me dijo que su camarada andaba de picos pardos, Mikolai entró borracho en su casa por la mañana temprano y diez minutos después salió de ella. Desde entonces Mitrey no le había vuelto a ver, y, como es consiguiente, trabajaba solo. La escalera que conduce a la habitación de las víctimas, es también la del cuarto en que trabajan los dos obreros; este cuarto está situado en el segundo piso. Habiendo sabido esto, no dije palabra a nadie (es Dutchkin el que habla); pero recogí muchas noticias acerca del asesinato y me volví a mi casa preocupado siempre con la misma duda. Esta mañana, a las ocho (es decir, a las dos horas del crimen, ¿comprendes?), he visto a Mikolai entrar en mi establecimiento. Estaba algo bebido, pero no del todo borracho, de modo que podía comprender lo que se le dijera. El hombre se sentó silenciosamente en un banco. Cuando llegó Mikolai no había en la taberna más que un parroquiano que dormía en otro banco; sin contar, por supuesto, los dos mozos. «¿Has visto a Mitrey?», pregunté a Mikolai. «No, dijo, no le he visto.» «¿Y no has ido a trabajar?» «No he ido desde anteayer», respondióme. «¿En dónde has dormido esta noche?» «En las Arenas, en casa de los Kolomensky.» «¿Y de dónde has sacado los pendientes que me trajiste el otro día?» «Los encontré en la acera», dijo con aire sospechoso, evitando mirarme. «¿Has oído decir que esa misma tarde y a la misma hora ha ocurrido algo en el edificio en que trabajas?» «No, me contestó, nada sé.» Le cuento todo el suceso, y él me escucha abriendo desmesuradamente los ojos. De repente, se pone más blanco que la pared, toma la gorra y se levanta. Traté entonces de detenerle. «Espera un poco, Mitchka, le digo. Echa otra copa». Al mismo tiempo hago señas a uno de los mozos para que se ponga delante de la puerta, mientras yo me aparto del mostrador. Pero adivinando, sin duda, mis intenciones, se lanza fuera de la casa, echa a correr y desaparece por una bocacalle. Desde aquel momento no tengo la menor duda de que es el culpable.
—¡Ya lo creo!—dijo Zosimoff.
—Espera. Escucha hasta el fin. Naturalmente, la policía se puso a buscar por todas partes a Mikolai. Detuvo a Dutchkin y Mitrey e hizo varios registros en sus casas; pero hasta anteayer no se ha logrado capturar a Mitka, a quien se encontró en una posada del arrabal de***, en circunstancias bastante raras. Una vez en esa posada, se quitó su cruz que era de plata, la entregó al posadero y pidió un shkalik[14] de aguardiente. Minutos después, una campesina que acababa de ordeñar las vacas, mirando por la rendija del establo, vió al pobre hombre haciendo preparativos para ahorcarse. Tenía hecho un nudo corredizo a su cinturón, lo había atado a una viga del techo; y, subido en una pila de madera, trataba de echarse al cuello la lazada. A los gritos de la mujer acudió la gente: «¡Vaya un entretenimiento el tuyo!» «Conducidme, dijo, a la oficina de policía; lo confesaré todo.» Se accedió a su demanda, y con todos los honores debidos a su clase, se le condujo a la comisaría de nuestro barrio, donde se le sometió a un detenido interrogatorio. «¿Quién eres tú? ¿Qué edad tienes?» «Veintidós años, etc.» Pregunta: «Mientras estabas trabajando con Mitrey, ¿no vieron ustedes a nadie en la escalera entre tal y cual hora?» Respuesta: «Quizá pasó alguien, pero no reparamos.» «¿Y no oyeron ustedes nada?» «Nada.» «¿Y tú, Mikolai, no supiste que aquel día y a tal hora habían asesinado y robado a la vieja y a su hermana?» «Nada absolutamente sabía de eso; tuve la primera noticia anteayer, en la taberna; me la dió Atanasio Papritch.» «¿Y en dónde encontraste los pendientes?» «En la calle.» «¿Por qué al día siguiente no fuiste a trabajar con Mitrey?» «Porque quise holgar.» «¿En dónde estuviste?» «En diferentes sitios.» «¿Por qué escapaste de casa de Dutchkin?» «Porque tenía miedo.» «¿De que tenías miedo?» «De la justicia.» «¿Y por qué tenías miedo de la justicia no siendo culpable de nada?»