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El Capitán Veneno

EL CAPITÁN VENENO[4]

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EL CAPITÁN VENENO[4]

PARTE PRIMERA HERIDAS EN EL CUERPO

I

UN POCO DE HISTORIA POLÍTICA

La tarde del 26 de Marzo de 1848[5] hubo tiros y cuchilladas en Madrid entre un puñado de paisanos, que, al expirar, lanzaban el hasta entonces extranjero grito de ¡Viva la República!,[6] el Ejército de la Monarquía española (traído o creado por Ataulfo,[7] reconstituido por D. Pelayo[8] y reformado por Trastamara),[9] de que a la sazón era jefe visible, en nombre de Doña Isabel II,[10] el Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de la Guerra, D. Ramón María Narváez...[11]

Y basta con esto de historia y de política, y pasemos a hablar de cosas menos sabidas y más amenas, a que dieron origen o coyuntura aquellos lamentables acontecimientos.[12]

II

NUESTRA HEROÍNA

En el piso bajo de la izquierda de una humilde pero graciosa y limpia casa de la calle de Preciados, calle muy estrecha y retorcida en aquel entonces, y teatro de la refriega en tal momento, vivían[13] solas, esto es, sin la compañía de hombre ninguno, tres buenas y piadosas[14] mujeres, que mucho se diferenciaban entre sí en cuanto al ser físico y estado social, puesto que éranse que se eran[15] una señora mayor, viuda, guipuzcoana, de aspecto grave y distinguido; una hija suya, joven, soltera, natural de Madrid, y bastante guapa, aunque de tipo diferente al de la madre (lo cual daba a entender que había salido en todo a su padre),[16] y una doméstica,[17] imposible de filiar o describir, sin edad, figura ni casi sexo determinables, bautizada, hasta cierto punto,[18] en Mondoñedo, y a la cual ya hemos hecho demasiado favor (como también se lo hizo aquel señor Cura) con reconocer que pertenecía a la especie humana...

La mencionada joven parecía el símbolo o representación, viva y con faldas,[19] del sentido común: tal equilibrio había entre su hermosura y su naturalidad, entre su elegancia y su sencillez, entre su gracia y su modestia. Facilísimo[20] era que pasase inadvertida por la vía pública, sin alborotar a los galanteadores de oficio, pero imposible que nadie dejara de admirarla[21] y de prendarse de sus múltiples encantos,[22] luego que fijase en ella la atención.[23]

No era, no (o, por mejor decir, no quería ser), una de esas beldades llamativas, aparatosas, fulminantes, que atraen todas las miradas no bien se presentan en un salón, teatro, o paseo, y que comprometen o anulan al pobrete que las acompaña, sea novio, sea marido, sea padre, sea el mismísimo Preste Juan de las Indias...[24] Era un conjunto sabio y armónico de perfecciones físicas y morales, cuya prodigiosa regularidad no entusiasmaba al pronto, como no entusiasman la paz y el orden; o como acontece con los monumentos bien proporcionados, donde nada nos choca ni maravilla hasta que[25] formamos juicio de que,[26] si todo resulta llano, fácil y natural, consiste en que todo es igualmente bello. Dijérase[27] que aquella diosa honrada de la clase media había estudiado su modo de vestirse, de peinarse, de mirar, de moverse, de conllevar, en fin, los tesoros de su espléndida juventud, en tal forma y manera, que no se la creyese pagada[28] de sí misma, ni presuntuosa, ni incitante, sino muy diferente de las deidades por casar que hacen feria de sus hechizos y van por esas calles[29] de Dios diciendo a todo el mundo: Esta casa se vende... o se alquila.

Pero no nos detengamos en floreos ni dibujos,[30] que es mucho lo que tenemos que referir, y poquísimo el tiempo de que disponemos.

III

NUESTRO HEROE

Los republicanos disparaban[31] contra la tropa desde la esquina de la calle de Peregrinos, y la tropa disparaba contra los republicanos desde la Puerta del Sol, de modo[32] y forma que las balas de una y otra procedencia pasaban por delante de las ventanas del referido piso bajo, si ya no era que iban a dar en[33] los hierros de sus rejas, haciéndoles vibrar con estridente ruido e hiriendo de rechazo persianas, maderas y cristales.

Igualmente profundo, aunque vario en su naturaleza y expresión, era el terror que sentían la madre... y la criada. Temía la noble viuda, primero por su hija, después por el resto del género humano, y en último término por sí propia; y temía la gallega, ante todo, por su querido pellejo;[34] en segundo lugar, por su estómago y por el de sus amas, pues la tinaja del agua estaba casi vacía y el panadero no había parecido con el pan de la tarde y, en tercer lugar, un poquitillo por los soldados o paisanos hijos de Galicia[35] que pudieran morir o perder algo en la contienda.—Y no hablamos del terror de la hija, porque, ya lo neutralizase la curiosidad, ya no tuviese acceso en su alma, más varonil que femenina, era el caso que la gentil doncella, desoyendo[36] consejos y órdenes de su madre, y lamentos o aullidos de la criada, ambas escondidas en los aposentos interiores, se escurría de vez en cuando a las habitaciones que daban[37] a la calle, y hasta abría las maderas de alguna reja, para formar exacto juicio del ser y estado de la lucha.

En una de estas asomadas, peligrosas por todo extremo, vio que las tropas habían ya avanzado hasta la puerta de aquella casa, mientras que los sediciosos retrocedían hasta la plaza de Santo Domingo, no sin continuar haciendo fuego[38] por escalones, con admirable serenidad y bravura.—Y vio asimismo que a la cabeza de los soldados, y aun de los oficiales y jefes, se distinguía, por su enérgica y denodada actitud y por las ardorosas frases con que los arengaba a todos, un hombre como de cuarenta años, de porte fino y elegante, y delicada y bella, aunque dura, fisonomía; delgado y fuerte como un manojo de nervios; más bien alto que bajo, y vestido medio[39] de paisano, medio de militar. Queremos decir que llevaba gorra de cuartel con tres galoncillos de la insignia de Capitán; levita y pantalón civiles, de paño negro; sable de oficial de infantería, y canana y escopeta de cazador..., no del Ejército, sino de conejos y perdices.

Mirando y admirando estaba precisamente la madrileña a tan singular personaje, cuando los republicanos hicieron una descarga sobre él, por considerarlo[40] sin duda más temible que todos los otros, o suponerlo general, ministro o cosa así, y el pobre capitán, o lo que fuera, cayó al suelo, como herido de un rayo y con la faz bañada en sangre, en tanto que los revoltosos huían alegremente muy satisfechos de su hazaña, y que los soldados echaban[41] a correr detrás de ellos, anhelando vengar al infortunado caudillo...

Quedó,[42] pues, la calle sola y muda, y, en medio[43] de ella, tendido y desangrándose, aquel buen caballero, que acaso no había expirado todavía, y a quien manos solícitas y piadosas[44] pudieran tal vez librar de la muerte...—La joven no vaciló un punto: corrió adonde estaban su madre y la doméstica; explicoles el caso; díjoles que en la calle de Preciados no había ya tiros; tuvo que batallar, no tanto con los prudentísimos reparos de la generosa guipuzcoana, como con el miedo puramente animal de la informe[45] gallega, y a los pocos minutos las tres mujeres transportaban en peso a su honesta casa, y colocaban en la alcoba de honor de la salita principal, sobre la lujosa cama de la viuda, el insensible cuerpo de aquel que, si no fue el verdadero protagonista de la jornada del 26 de Marzo, va a serlo de nuestra particular historia.

IV

EL PELLEJO PROPIO Y EL AJENO

Poco tardaron en conocer[46] las caritativas hembras que el gallardo Capitán no estaba muerto, sino meramente privado de conocimiento y sentidos por resultas de un balazo[47] que le había dado de refilón en la frente, sin profundizar casi nada en ella. Conocieron también que tenía atravesada[48] y acaso fracturada la pierna derecha, y que no debía descuidarse ni por un momento aquella herida, de la cual fluía mucha sangre. Conocieron, en fin, que lo único verdaderamente útil y eficaz que podían hacer por el desventurado era llamar en seguida a un facultativo...

—Mamá—dijo la valerosa joven,—a dos pasos de acá, en la acera de enfrente, vive el doctor Sánchez... ¡Que Rosa vaya y le haga venir! Todo es asunto de un momento, y sin que en ello se corra ningún peligro...

En esto sonó un tiro muy próximo, al que siguieron cuatro o seis, disparados a tiempo y a mayor distancia. Después volvió a reinar silencio.

—¡Yo no voy!—gruñó la criada.—Esos que oyéronse ahora fueron también tiros, y las señoras no querrán que me fusilen al cruzar la calle.

—¡Tonta! ¡En la calle no ocurre nada!—replicó la joven, quien acababa de asomarse a una de las rejas.

—¡Quítate de ahí, Angustias!—gritó la madre, reparando en ello.[49]

—El tiro que sonó primero—prosiguió diciendo[50] la llamada Angustias,—y a que han contestado las tropas de la Puerta del Sol, debió de dispararlo desde la buhardilla del número 19 un hombre muy feo, a quien estoy viendo volver[51] a cargar el trabuco... Las balas, por consiguiente pasan muy altas,[52] y no hay peligro ninguno en atravesar nuestra calle. ¡En cambio, fuera la mayor de las infamias que dejásemos[53] morir a este desgraciado por ahorrarnos una ligera molestia!

—Yo iré a llamar al médico—dijo la madre, acabando de vendar a su modo la pierna rota del Capitán.

—¡Eso no!—gritó la hija, entrando en la alcoba.—¿Qué se diría de mí?[54] ¡Iré yo, que soy más joven y ando más de prisa! ¡Bastante has padecido tú ya en este mundo con las dichosas[55] guerras!

—Pues, sin embargo, ¡tú no vas!—replicó[56] imperiosamente la madre.

—¡Ni yo tampoco!—añadió la criada.

—¡Mamá, déjame ir! ¡Te lo pido por la memoria de mi padre! ¡Yo no tengo alma para ver desangrarse a este valiente, cuando podemos salvarlo! ¡Mira, mira de qué poco[57] le sirven tus vendas!... La sangre gotea ya por debajo de los colchones.

—¡Angustias! ¡Te he dicho que no vas!

—No iré, si no quieres: pero, madre mía, piensa en que mi pobre padre, tu noble y valeroso marido,[58] no habría muerto,[59] como murió, desangrado, en medio de un bosque,[60] la noche de una acción, si alguna mano misericordiosa hubiese restañado la sangre de sus heridas...

—¡Angustias!

—¡Mamá!... ¡Déjame! ¡Yo soy tan aragonesa como mi padre, aunque he nacido en este pícaro Madrid!—Además, no creo que a las mujeres se nos haya[61] otorgado ninguna bula, dispensándonos de tener tanta vergüenza y tanto valor como los hombres.

Así dijo aquella buena moza; y no se había repuesto su madre del asombro, acompañado de sumisión moral o involuntario aplauso, que le produjo tan soberano arranque, cuando Angustias estaba ya cruzando impávidamente la calle de Preciados.

V

TRABUCAZO

¡Mire usted, señora! ¡Mire qué hermosa[62] va!—exclamó la gallega, batiendo palmas y contemplando desde la reja a nuestra heroína...

Pero, ¡ay!, en aquel mismo instante sonó un tiro muy próximo; y como la pobre viuda, que también se había acercado a la ventana, viera[63] a su hija detenerse y tentarse la ropa, lanzó un grito desgarrador, y cayó de rodillas, casi privada de sentido.

—¡No diéronle![64] ¡No diéronle!—gritaba en tanto la sirvienta.—¡Ya entra en la casa de enfrente! Repórtese la señora...

Pero ésta no la oía. Pálida como una difunta, luchaba con su abatimiento, hasta que, hallando fuerzas en el propio dolor, alzose medio[65] loca y corrió a la calle..., en medio de la cual se encontró con la impertérrita Angustias, que ya regresaba seguida del médico.[66]

Con verdadero delirio se abrazaron y besaron madre e hija, precisamente sobre el arroyo de sangre vertida por el Capitán, y entraron al fin en la casa, sin que[67] en aquellos primeros momentos se enterase nadie de que[68] las faldas de la joven estaban agujereadas por el alevoso trabucazo que le disparó el hombre de la buhardilla al verla atravesar la calle...

La gallega fue quien, no sólo reparó en ello, sino quien tuvo la crueldad de pregonarlo.

—¡Diéronle!—¡Diéronle!—exclamó con su gramática de Mondoñedo.—¡Bien hice yo en no salir! ¡Buenos forados habrían abierto las balas en mis tres refajos!

Imaginémonos un punto el renovado terror de la pobre madre, hasta que Angustias la convenció de que estaba ilesa. Básteos saber que, según iremos viendo, la infeliz guipuzcoana no había de gozar hora de salud desde aquel espantoso día... Y acudamos ahora al malparado Capitán, a ver qué juicio forma de sus heridas el diligente y experto doctor Sánchez.

VI

DIAGNÓSTICO Y PRONÓSTICO

Envidiable reputación tenía aquel facultativo, y justificola[69] de nuevo en la rápida y feliz primera cura que hizo a nuestro héroe, restañando la sangre de sus heridas con medicinas caseras, y reduciéndole y entablillándole la fractura[70] de la pierna sin más auxiliares que las tres mujeres. Pero como expositor de su ciencia, no se lució tanto, pues el buen hombre adolecía del vicio[71] de Pero Grullo.

Desde luego respondió de que el Capitán no moriría, "dado que saliese antes de veinticuatro horas de aquel profundo amodorramiento", indicio de una grave conmoción cerebral causada por la lesión que en la frente le había producido un proyectil oblicuo (disparado con arma de fuego, sin quebrantarle,[72] aunque sí contundiéndole, el hueso frontal), "precisamente en el sitio en que tenía la herida, a consecuencia de nuestras desgraciadas discordias civiles y de haberse mezclado aquel hombre en ellas"; añadiendo en seguida, por vía de glosa, que si la susodicha conmoción cerebral no cesaba dentro del plazo marcado, el Capitán moriría sin remedio, "en señal de haber sido demasiado fuerte el golpe del proyectil; y que, respecto a si cesaría o no cesaría la tal conmoción antes de las veinticuatro horas, se reservaba su pronóstico hasta la tarde siguiente".

Dichas estas verdades de a folio, recomendó muchísimo, y hasta con pesadez (sin duda por conocer[73] bien a las hijas de Eva), que cuando el herido recobrase el conocimiento no le permitieran hablar, ni le hablaran ellas de cosa alguna, por urgente que les pareciese entrar en conversación con él; dejó instrucciones verbales y recetas escritas para todos los casos y accidentes que pudieran sobrevenir; quedó en[74] volver al otro día, aunque también hubiese tiros, a fuer de hombre tan cabal como buen médico y como inocente orador, y se marchó a su casa, por si[75] le llamaban para otro apuro semejante; no, empero, sin aconsejar a la conturbada viuda que se acostara temprano, pues no tenía el pulso en caja, y era muy posible que le entrase una poca fiebre al llegar[76] la noche... (que ya había llegado).

VII

EXPECTACIÓN

Serían las tres de la madrugada,[77] y la noble señora, aunque, en efecto, se sentía muy mal, continuaba a la cabecera de su enfermo huésped, desatendiendo los ruegos de la infatigable Angustias, quien no sólo velaba también, sino que todavía no se había sentado en toda la noche.

Erguida y quieta como una estatua, permanecía la joven al pie del ensangrentado lecho.

Erguida y quieta como una estatua, permanecía la joven al pie del ensangrentado lecho.
Erguida y quieta como una estatua, permanecía la joven al pie del ensangrentado lecho.

Erguida y quieta como una estatua, permanecía la joven al pie del ensangrentado lecho, con los ojos fijos en el rostro blanco y afilado, semejante al de un Cristo de marfil, de aquel valeroso guerrero a quien admiró tanto por la tarde, y de esta manera esperaba con visible zozobra a que el sinventura[78] despertara de aquel profundo letargo, que podía terminar en la muerte.

La dichosísima[79] gallega era quien roncaba,[80] si había que roncar, en la mejor butaca de la sala, con la vacía frente clavada en las rodillas, por no haber[81] caído en la cuenta de que aquella butaca tenía un espaldar muy a propósito para reclinar en él el occipucio.[82]

Varias observaciones o conjeturas habían cruzado[83] la madre y la hija, durante aquella larga velada, acerca de cuál podría ser la calidad originaria del Capitán, cuál su carácter, cuáles sus ideas y sentimientos. Con la nimiedad de atención que no pierden las mujeres ni aun en las más terribles y solemnes circunstancias, habían reparado en la finura de la camisa, en la riqueza del reloj, en la pulcritud de la persona y de las coronitas de marqués de los calcetines del paciente. Tampoco dejaron de fijarse en una muy vieja medalla de oro que llevaba al cuello bajo sus vestiduras, ni en que aquella medalla representaba a la Virgen del Pilar de Zaragoza; de todo lo cual se alegraron sobre manera, sacando en limpio que el Capitán era persona de clase y de buena y cristiana educación. Lo que naturalmente respetaron fue el interior de sus bolsillos, donde tal vez habría cartas o tarjetas que declarasen[84] su nombre y las señas de su casa; declaraciones que esperaban en Dios podría hacerles él mismo cuando recobrase el conocimiento y la palabra, en señal de que le quedaban días que vivir...

Mientras tanto, y aunque la refriega política había concluido por entonces, quedando victoriosa la monarquía, oíase de tiempo en tiempo, ora algún tiro remoto y sin contestación, como solitaria protesta de tal o cual republicano no convertido por la metralla, ora el sonoro trotar de las patrullas de caballería que rondaban, asegurando[85] el orden público; rumores ambos lúgubres y fatídicos, muy tristes de escuchar desde la cabecera de un militar herido y casi muerto.

VIII

INCONVENIENTES DE LA "GUÍA DE FORASTEROS"

Así las cosas, y a poco de sonar las tres y media en el reloj del Buen Suceso, el Capitán abrió súbitamente los ojos; paseó una hosca mirada por la habitación, fijola sucesivamente en Angustias y en su madre, con cierta especie de terror pueril, y balbuceó desapaciblemente:

—¿Dónde diablos estoy?

La joven se llevó un dedo a los labios, recomendándole que guardara silencio; pero a la viuda le había sentado muy mal[86] la segunda palabra de aquella interrogación, y apresurose a responder:

—Está usted en lugar honesto y seguro, o sea en casa de la generala Barbastro, Condesa de Santurce, servidora de usted.

—¡Mujeres! ¡Qué diantre!...—tartamudeó el Capitán, entornando los ojos como si volviese a su letargo...

Pero muy luego se notó que ya respiraba con la libertad y fuerza del que duerme tranquilo.

—¡Se ha salvado!—dijo Angustias muy quedamente.—Mi padre estará contento de nosotros.

—Rezando estaba por su alma...—contestó la madre.—¡Aunque ya ves que el primer saludo de nuestro enfermo nos ha dejado mucho que desear!

—Me sé de memoria—profirió con lentitud el Capitán, sin abrir los ojos—el Escalafón del Estado Mayor General del Ejército español, inserto en la Guía de Forasteros,[87] y en él no figura, ni ha figurado en este siglo ningún general Barbastro.

—¡Le diré a usted!... exclamó vivamente la viuda.—Mi difunto marido...

—No le contestes ahora mamá,—interrumpió la joven, sonriéndose.—Está delirando, y hay que tener cuidado con su pobre cabeza. ¡Recuerda los encargos del doctor Sánchez!

El Capitán abrió sus hermosos ojos; miró a Angustias muy fijamente, y volvió a cerrarlos, diciendo con mayor lentitud:

—¡Yo no deliro nunca, señorita! ¡Lo que pasa es que digo siempre la verdad a todo el mundo, caiga que caiga![88]

Y dicho esto, sílaba por sílaba, suspiró profundamente, como muy fatigado de haber hablado tanto, y comenzó a roncar de un modo sordo, cual si agonizase.

—¿Duerme usted, Capitán?—le preguntó muy alarmada la viuda. El herido no respondió.

IX

MÁS INCONVENIENTES DE LA "GUÍA DE FORASTEROS"

—Dejémosle[89] que repose...—dijo Angustias en voz baja, sentándose al lado de su madre.—Y supuesto que ahora no puede oírnos, permíteme,[90] mamá, que te advierta una cosa... Creo que no has hecho bien en contarle que eres Condesa y Generala...

—¿Por qué?

—Porque..., bien lo sabes, no tenemos recursos suficientes para cuidar y atender a una persona como ésta, del modo que lo harían Condesas y Generalas de verdad.

—¿Qué quiere decir de verdad?—exclamó vivamente la guipuzcoana.—¿También tú vas a poner en duda mi categoría? ¡Yo soy tan Condesa como la del Montijo, y tan Generala como la de Espartero!

—Tienes razón; pero hasta que el Gobierno resuelva en este sentido el expediente de tu viudedad, seguiremos siendo muy pobres...

—¡No tan pobres! Todavía me quedan mil reales de los pendientes de esmeraldas, y tengo una gargantilla de perlas con broches de brillantes, regalo de mi abuelo, que vale más de quinientos duros, con los cuales nos sobra para vivir hasta que se resuelva mi expediente, que será antes de un mes, y para cuidar a este hombre como Dios manda, aunque la rotura de la pierna le obligue a estar acá dos o tres meses... Ya sabes que el Oficial del Consejo opina que me alcanzan los beneficios del artículo 10 del Convenio de Vergara;[91] pues, aunque tu padre murió con anterioridad, consta que ya estaba de acuerdo con Maroto...

—Santurce... Santurce... Tampoco figura este condado en la Guía de Forasteros—murmuró borrosamente el Capitán, sin abrir los ojos.

Y luego, sacudiendo de pronto su letargo, y llegando hasta incorporarse en la cama, dijo con voz entera y vibrante, como si ya estuviese bueno:

—¡Vamos claros, señora! Yo necesito saber dónde estoy y quiénes son ustedes... ¡A mí no me gobierna ni me engaña nadie! ¡Diablo, y cómo me duele esta pierna!

—Señor Capitán, ¡usted nos insulta!—exclamó la Generala destempladamente.

—¡Vaya, Capitán! Estese usted quieto y calle...—dijo al mismo tiempo Angustias con suavidad, aunque con enojo.—Su vida correrá mucho peligro si no guarda usted silencio o si no permanece inmóvil. Tiene[92] usted rota la pierna derecha, y una herida en la frente, que le ha privado a usted de sentido más de diez horas...

—¡Es verdad!—exclamó el raro personaje, llevándose las manos a la cabeza y tentando las vendas que le había puesto el médico.—¡Esos pícaros me han herido!—Pero, ¿quién ha sido el imprudente que me ha traído a una casa ajena, teniendo[93] yo la mía, y habiendo hospitales militares y civiles?—¡A mí no me gusta incomodar a nadie, ni deber favores, que maldito[94] si merezco ni quiero merecer!—Yo estaba en la calle de Preciados...

—Y en la calle de Preciados está usted número 14, cuarto bajo...—interrumpió la guipuzcoana, desentendiéndose de las señas que le hacía su hija para que callase. ¡Nosotras no necesitamos que nos agradezca[95] usted cosa alguna, pues no hemos hecho ni haremos más que lo que manda Dios y la caridad ordena!—Por lo demás, está usted en una casa decente. Yo soy doña Teresa Carrillo de Albornoz y Azpeitia, viuda del general carlista D. Luis Gonzaga de Barbastro, convenido en Vergara...[96] (¿Entiende usted? Convenido en Vergara, aunque fuese de un modo virtual, retrospectivo e implícito, como en mis instancias se dice.) El cual debió su título de Conde de Santurce a un real nombramiento de don Carlos V, que tiene que revalidar doña Isabel II, al tenor del artículo 10 del Convenio de Vergara. ¡Yo no miento nunca, ni uso nombres supuestos, ni me propongo con usted otra cosa que cuidarlo y salvar su vida, ya que la Providencia me ha confiado este encargo!...

—Mamá, no le des cuerda...—observó[97] Angustias.—Ya ves que, en lugar de aplacarse, se dispone a contestarte con mayor ímpetu...

—¡Y es que el pobre está malo... y tiene la cabeza débil! ¡Vamos, señor Capitán! Tranquilízese usted y mire por su vida...

Tal dijo la noble doncella con su gravedad acostumbrada. Pero el Capitán no se amansó por ello, sino que la miró de hito en hito con mayor furia, como acosado jabalí a quien arremete nuevo y más temible adversario, y exclamó valerosísimamente:

X

EL CAPITÁN SE DEFINE A SÍ PROPIO

—¡Señorita!... En primer lugar, yo no tengo la cabeza débil, ni la he tenido nunca, y prueba de ello es que no ha podido atravesármela una bala. En segundo lugar, siento muchísimo que me hable usted con tanta conmiseración y blandura, pues yo no entiendo de suavidades, zalamerías ni melindres. Perdone usted la rudeza de mis palabras, pero cada uno es como Dios lo ha criado, y a mí no me gusta engañar a nadie. ¡No sé por qué ley de mi naturaleza prefiero que me peguen un tiro a que me traten con bondad![98] Advierto a ustedes, por consiguiente, que no me cuiden con tanto mimo, pues me harán reventar en esta cama en que me ha atado mi mala ventura... Yo no he nacido para recibir favores, ni para agradecerlos o pagarlos; por lo cual he procurado siempre no tratar con mujeres, ni con niños, ni con santurrones, ni con ninguna otra gente pacífica y dulzona... Yo soy un hombre atroz, a quien nadie ha podido aguantar, ni de muchacho, ni de joven, ni de viejo, que principio a ser... ¡A mí me llaman en todo Madrid el Capitán Veneno! Conque pueden ustedes acostarse, y disponer, en cuanto sea de día, que me conduzcan en una camilla al Hospital general. He dicho.[99]

—¡Jesús,[100] qué hombre!—exclamó la horrorizada Dª. Teresa.

—¡Así deben ser todos!—respondió el Capitán.—¡Mejor andaría el mundo, o ya se habría parado hace mucho tiempo!

Angustias volvió a sonreírse.

—¡No se sonría usted, señorita; que eso es burlarse de un pobre enfermo, incapacitado de huir para librarla a usted de su presencia!—continuó diciendo el herido con algún asomo de melancolía.—¡Harto sé que les pareceré a ustedes muy mal criado; pero crean que no lo siento mucho! ¡Sentiría, por el contrario, que me estimasen ustedes digno de aprecio, y que luego me acusasen de haberlas tenido en un error! ¡Oh! Si yo cogiera al infame que me ha traído a esta casa, nada más que a fastidiar a ustedes y a deshonrarme...

—Trajímosle en peso yo y la señora y la señorita...—pronunció la gallega, a quien habían despertado y atraído las voces de aquel energúmeno.—El señor estaba desangrándose a la puerta de casa, y entonces la señorita se ha condolido de él. Yo también me condolí algo. Y como también se había condolido[101] la señora, cargamos entre las tres[102] con el señor, que ¡vaya si pesa,[103] tan cenceño como parece!

El Capitán había vuelto a amostazarse[104] al ver en escena a otra mujer; pero la relación de la gallega le impresionó tanto, que no pudo menos de exclamar:

—¡Lástima que no hayan ustedes hecho esta buena obra por un hombre mejor que yo! ¿Qué necesidad tenían de conocer al empecatado Capitán Veneno?

Doña Teresa miró a su hija, como para significarle que aquel hombre era mucho menos malo y feroz de lo que él creía, y se halló con que Angustias seguía sonriéndose con exquisita gracia, en señal de que opinaba lo mismo.

Entretanto, la elegíaca gallega decía lacrimosamente:

—¡Pues más lástima le daría al señor si supiese que la señorita fue en persona a llamar al médico para que curase esos dos balazos, y que, cuando la pobre iba por mitad del arroyo, tiráronle[105] un tiro que... mire usted... le ha agujereado la basquiña!

—Yo no se lo hubiera contado a usted nunca, señor Capitán, por miedo de irritarlo...—expuso la joven, entre modesta y burlona, o sea bajando los ojos y sonriendo con mayor gracia que antes.—Pero como esta Rosa se lo habla todo, no puedo menos de suplicar a usted me perdone[106] el susto que causé a mi querida madre, y que todavía tiene a la pobre con calentura.

El Capitán estaba espantado, con la boca abierta, mirando alternativamente a Angustias, a Dª. Teresa y a la criada, y cuando la joven dejó de hablar, cerró los ojos, dio una especie de rugido y exclamó, levantando al cielo los puños:

—¡Ah, crueles! ¡Cómo siento el puñal en la herida! ¿Conque las tres os[107] habéis propuesto que sea vuestro esclavo o vuestro hazmerreír?[108] ¿Conque tenéis empeño en hacerme llorar o decir ternezas? ¿Conque estoy perdido si no logro escaparme? ¡Pues me escaparé! ¡No faltaba[109] más sino que, al cabo de mis años, viniera yo a ser juguete de la tiranía de tres mujeres de bien! ¡Señora!—prosiguió con gran énfasis, dirigiéndose a la viuda.—¡Si ahora mismo[110] no se acuesta usted, y no toma, después de acostada,[111] una taza de tila con flor de azahar,[112] me arranco todos estos vendajes y trapajos, y me muero en cinco minutos, aunque Dios no quiera![113]—En cuanto a usted, señorita Angustias,[114] hágame el favor de llamar al sereno, y decirle que vaya en casa del Marqués de los Tomillares, Carrera de San Francisco, número...[115] y le participe que su primo D. Jorge de Córdoba le espera en esta casa gravemente herido.—En seguida se acostará usted también, dejándome en poder de esta insoportable gallega, que me dará de vez en cuando agua con azúcar, único socorro que necesitaré hasta que venga mi primo Álvaro.—Conque lo dicho, señora Condesa; principie usted por acostarse.

La madre y la hija se guiñaron, y la primera respondió apaciblemente:

—Voy a dar a usted ejemplo de obediencia y de juicio.—Buenas noches, señor Capitán; hasta mañana.

—También yo quiero ser obediente...—añadió Angustias, después de apuntar el verdadero nombre del Capitán Veneno[116] y las señas de la casa de su primo.—Pero como tengo mucho sueño, me permitirá usted que deje para mañana el enviar[117] ese atento recado al señor Marqués de los Tomillares. Buenos días,[118] señor don Jorge: hasta luego. ¡Cuidadito con no moverse!

—¡Yo no me quedo sola con este señor!—gritó la gallega.—¡Su genio de demonio[119] póneme el cabello de punta,[120] y háceme temblar como una cervata![121]

—Descuida, hermosa...—respondió el Capitán;—que contigo seré más dulce y amable que con tu señorita.

Doña Teresa y Angustias no pudieron menos de soltar la carcajada al oír esta primera salida de buen humor de su inaguantable huésped.

Y véase por qué arte y modo escenas tan lúgubres y trágicas como las de aquella tarde y aquella noche, vinieron a tener por remate y coronamiento un poco de júbilo y alegría. ¡Tan cierto resulta que en este mundo todo es fugaz y transitorio, así la felicidad como el dolor,[122] o, por mejor decir, que de tejas abajo no hay bien ni mal que cien años dure!

PARTE SEGUNDA

VIDA DEL HOMBRE MALO

I

LA SEGUNDA CURA

A las ocho de la mañana siguiente, que, por la misericordia de Dios, no ofreció ya señales de barricadas ni de tumulto (misericordia que había de durar hasta el 7 de Mayo de aquel mismo año, en que ocurrieron las terribles escenas de la Plaza Mayor), hallábase[123] el doctor Sánchez en casa de la llamada Condesa de Santurce poniendo el aparato definitivo en la pierna rota del Capitán Veneno.

A éste le había dado[124] aquella mañana por callar. Sólo había abierto hasta entonces la boca, antes de comenzarse la dolorosa operación, para dirigir dos breves y ásperas interpelaciones a doña Teresa y a Angustias, contestando a sus afectuosos buenos días.

Dijo a la madre:

—¡Por los clavos de Cristo,[125] señora! ¿Para qué se ha levantado usted estando mala? ¿Para que sean mayores mi sofocación y mi vergüenza? ¿Se ha propuesto usted matarme a fuerza de cuidados?

Y dijo a Angustias:

—¿Qué importa que yo esté mejor o peor? ¡Vamos al grano! ¿Ha enviado usted a llamar a mi primo para que me saquen de aquí y nos veamos todos libres de impertinencias y ceremonias?

—¡Sí, señor Capitán Veneno! Hace media hora que la portera le llevó recado...—contestó muy tranquilamente la joven, arreglándole las almohadas.

En cuanto a la inflamable Condesa, excusado es decir que había vuelto a picarse con su huésped al oír aquellos nuevos exabruptos. Resolvió, por tanto, no dirigirle más la palabra, y se limitó a hacer hilas y vendas y a preguntar una vez y otra, con vivo interés, al impasible doctor Sánchez, cómo encontraba al herido (sin dignarse nombrar a éste), y si llegaría a quedarse cojo, y si a las doce podría tomar caldo de pollo y jamón, y si era cosa de enarenar la calle para que no le molestara el ruido de los coches, etcétera, etc.

El facultativo, con su ingenuidad acostumbrada, aseguró que del balazo de la frente[126] nada había ya que temer, gracias a la enérgica y saludable naturaleza del enfermo, en quien no quedaba síntoma alguno de conmoción ni fiebre cerebral; pero su diagnóstico no fue tan favorable respecto de la fractura de la pierna. Calificola nuevamente de grave y peligrosísima, por estar la tibia muy destrozada,[127] y recomendó a D. Jorge absoluta inmovilidad si quería librarse de una amputación, y aun de la misma muerte...

Habló el Doctor en términos tan claros y rudos, no sólo por falta de arte para disfrazar sus ideas, sino porque ya había formado juicio del carácter voluntarioso y turbulento de aquella especie de niño consentido. Pero a fe que no consiguió asustarlo: antes bien le arrancó una sonrisa de incredulidad y de mofa.

Las asustadas fueron las tres buenas mujeres: doña Teresa por pura humanidad; Angustias por cierto empeño hidalgo y de amor propio que ya tenía en curar y domesticar a tan heroico y raro personaje, y la criada por terror instintivo a todo lo que fuera sangre, mutilación y muerte.

Reparó el Capitán en la zozobra de sus enfermeras, y saliendo de la calma con que estaba soportando la curación, dijo furiosamente al doctor Sánchez:

—¡Hombre! ¡Podía usted haberme notificado a solas[128] todas esas sentencias! ¡El ser buen médico no releva de tener buen corazón!—Dígolo, porque ya ve usted qué cara tan larga y tan triste ha hecho poner a mis tres Marías![129]

Aquí tuvo que callar el paciente, dominado por el terrible dolor que le causó el médico al juntarle el hueso partido.

—¡Bah, bah!—continuó luego.—¡Para que yo me quedase en esta casa!... ¡Precisamente no hay nada que me subleve tanto como ver llorar a las mujeres!

El pobre Capitán se calló otra vez, y mordiose los labios algunos instantes, aunque sin lanzar ni un suspiro...

Era indudable que padecía mucho.

—Por lo demás, señora...—concluyó dirigiéndose a Dª Teresa,—¡figúraseme que no hay motivo para que me eche usted esas miradas de odio, pues ya no puede tardar en venir mi primo Álvaro, y las librará a ustedes del Capitán Veneno...! Entonces verá este señor Doctor... (¡cáspita,[130] hombre, no apriete usted tanto!), qué bonitamente, sin pararse en eso de la inmovilidad (¡caracoles, qué mano tan dura tiene usted!), me llevan cuatro soldados a mi casa en una camilla, y terminan todas estas escenas de convento de monjas! ¡Pues no faltaba más! ¡Calditos a mí! ¡A mí sustancia de pollo! ¡A mí enarenarme la calle! ¿Soy yo acaso algún militar de alfeñique, para que se me trate con tantos mimos y ridiculeces?

Iba a responder doña Teresa, apelando al ímpetu belicoso en que consistía su única debilidad (y sin hacerse cargo, por supuesto, de que el pobre D. Jorge estaba sufriendo horriblemente), cuando, por fortuna, llamaron a la puerta, y Rosa anunció al Marqués de los Tomillares.

—¡Gracias a Dios!—exclamaron todos a un mismo tiempo, aunque con diverso tono y significado.

Y era que la llegada del Marqués había coincidido con la terminación de la cura.

Don Jorge sudaba de dolor.

Diole Angustias un poco de agua y vinagre, y el herido respiró alegremente, diciendo:

—Gracias, prenda.

En esto llegó el Marqués a la alcoba, conducido por la Generala.

Era D. Álvaro de Córdoba y Álvarez de Toledo un hombre sumamente distinguido, todo afeitado, y afeitado ya a aquella hora

Era D. Álvaro de Córdoba y Álvarez de Toledo un hombre sumamente distinguido, todo afeitado, y afeitado ya a aquella hora
Era D. Álvaro de Córdoba y Álvarez de Toledo un hombre sumamente distinguido, todo afeitado, y afeitado ya a aquella hora

II

IRIS DE PAZ

Era D. Álvaro de Córdoba y Álvarez de Toledo un hombre sumamente distinguido, todo afeitado, y afeitado ya a aquella hora; como de sesenta años de edad; de cara redonda, pacífica y amable, que dejaba traslucir el sosiego y benignidad de su alma, y tan pulcro, simétrico y atildado en el vestir, que parecía la estatua del método y del orden.

Y cuenta que[131] iba muy conmovido y atropellado por la desgracia de su pariente; pero ni aun así se mostró descompuesto ni faltó en un ápice a la más escrupulosa cortesía. Saludó correctísimamente a Angustias, al Doctor y hasta un poco a la gallega, aunque ésta no le había sido presentada por la señora de Barbastro, y entonces, y sólo entonces, dirigió al Capitán una larga mirada de padre austero y cariñoso, como reconviniéndole y consolándole a la par, y aceptando, ya que no el origen, las consecuencias de aquella nueva calaverada.[132]

Entretanto Dª. Teresa, y sobre todo la locuacísima Rosa (que cuidó mucho de nombrar varias veces a su ama con los dos títulos en pleito), enteraron velis nolis[133] al ceremonioso Marqués de todo lo acontecido en la casa y sus cercanías desde que la tarde anterior sonó el primer tiro hasta aquel mismísimo instante, sin omitir la repugnancia de D. Jorge a dejarse cuidar[134] y compadecer por las personas que le habían salvado la vida.

Luego que dejaron de hablar la Generala y la gallega, interrogó el Marqués al doctor Sánchez, el cual le informó acerca de las heridas del Capitán en el sentido que ya conocemos, insistiendo en que no debía trasladársele a otro punto, so pena[135] de comprometer su curación y hasta su vida.

Por último: el buen D. Álvaro se volvió hacia Angustias en ademán interrogante, o sea explorando si quería añadir alguna cosa a la relación de los demás; y, viendo que la joven se limitaba a hacer un leve saludo negativo, tomó su excelencia las precauciones nasales[136] y laríngeas, así como la expedita y grave actitud de quien se dispusiese a hablar en un senado (era senador), y dijo entre serio y afable...

(Pero este discurso debe ir en pieza separada, por si alguna vez lo incluyen en las Obras completas del Marqués, quien también era literato... de los apellidados "de orden".)

III

PODER DE LA ELOCUENCIA

—Señores: en medio de la tribulación que nos aflige, y prescindiendo de consideraciones políticas acerca de los tristísimos acontecimientos de ayer, paréceme que en modo alguno[137] podemos quejarnos...

—¡No te quejes tú, si es que nada te duele!... Pero ¿cuándo me toca a mí hablar?—interrumpió[138] el Capitán Veneno.

—¡A ti nunca, mi querido Jorge!—le respondió el Marqués suavemente.—Te conozco demasiado para necesitar que me expliques tus actos positivos o negativos. ¡Bástame con el relato de estos señores![139]

El Capitán, en quien ya se había notado el profundo respeto... o desprecio con que sistemáticamente se abstenía de llevar la contraria a[140] su ilustre primo, cruzó los brazos a lo filósofo, clavó la vista en el techo de la alcoba, y se puso a silbar el himno de Riego.[141]

—Decía...—prosiguió el Marqués—que de lo peor ha sucedido lo mejor. La nueva desgracia que se ha buscado mi incorregible y muy amado pariente don Jorge de Córdoba, a quien nadie mandaba echar su cuarto a espadas[142] en el jaleo de ayer tarde (pues que está de reemplazo, según costumbre, y ya podía haber escarmentado[143] de meterse en libros de caballerías), es cosa que tiene facilísimo remedio, o que lo tuvo, felizmente, en el momento oportuno, gracias al heroísmo de esta gallarda señorita, a los caritativos sentimientos de mi señora la generala de Barbastro, Condesa de Santurce, a la pericia del digno doctor en medicina y cirugía Sr. Sánchez, cuya fama érame conocida hace muchos años, y al celo de esta diligente servidora...

Aquí la gallega se echó a llorar.

—Pasemos a la parte dispositiva...—continuó el Marqués, en quien, por lo visto, predominaba el órgano de la clasificación y el deslinde, y que, de consiguiente, hubiera podido ser un gran perito agrónomo.[144]—Señoras y señores[145]: supuesto que, a juicio de la ciencia, de acuerdo con el sentido común, fuera muy peligroso mover de ese hospitalario lecho a nuestro interesante enfermo y primo hermano mío don Jorge de Córdoba, me resigno a que continúe perturbando esta sosegada vivienda hasta tanto que pueda ser trasladado a la mía o a la suya. Pero entiéndase que todo ello es partiendo de la base,[146] ¡oh querido pariente!, de que tu generoso corazón y el ilustre nombre que llevas sabrán hacerte prescindir de ciertos resabios[147] de colegio, cuartel o casino, y ahorrar descontentos y sinsabores[148] a la respetable dama y a la digna señorita que, eficazmente secundadas por su activa y robusta doméstica, te libraron de morir en mitad de la calle...—¡No me repliques! ¡Sabes que yo pienso mucho las cosas antes de proveer,[149] y que nunca revoco mis propios autos! Por lo demás, la señora Generala y yo hablaremos a solas (cuando le sea cómodo, pues yo no tengo nunca prisa) acerca de insignificantes pormenores de conducta, que darán forma natural y admisible a lo que siempre será, en el fondo, una gran[150] caridad de su parte...—Y, como quiera que ya he dilucidado por medio de este ligero discurso, para el cual no venía preparado, todos los aspectos y fases de la cuestión, ceso por ahora en el ejercicio de la palabra. He dicho.

El Capitán seguía silbando el himno de Riego, y aun creemos que el de Bilbao[151] y el de Maella, con los iracundos ojos fijos en el techo de la alcoba, que no sabemos como no principió a arder o no se vino al suelo.

Angustias y su madre, al ver derrotado a su enemigo, habían procurado dos o tres veces llamarle la atención, a fin de calmarlo o consolarlo con su mansa y benévola actitud; pero él les había contestado por medio de rápidos y agrios gestos, muy parecidos a juramentos de venganza, tornando en seguida a su patriótica música, con expresión más viva y ardorosa.

Dijérase que era un loco en presencia de su loquero; pues no otro oficio que este último representaba el Marqués en aquel cuadro.

IV

PREÁMBULOS INDISPENSABLES

Retirose en esto[152] el doctor Sánchez, quien, a fuer de[153] experimentado fisiólogo y psicólogo, todo lo había comprendido y calificado, cual si se tratase de autómatas y no de personas, y entonces el Marqués pidió de nuevo a la viuda que le concediese unos minutos de audiencia particular.

Doña Teresa le condujo a su gabinete, situado al extremo opuesto de la sala, y, una vez establecidos allí en sendas butacas[154] los dos sexagenarios, comenzó el hombre de mundo por pedir agua templada con azúcar, alegando que le fatigaba hablar dos veces seguidas, desde que pronunció en el senado un discurso de tres días en contra de los ferrocarriles y telégrafos; pero, en realidad, lo que se propuso al pedir el agua, fue dar tiempo a que la guipuzcoana le explicase qué generalato[155] y qué condado[156] eran aquellos de que el buen señor no tenía anterior noticia, y que hacían mucho al caso, dado que iban a tratar de dinero.

¡Pueden imaginarse los lectores con cuánto gusto se explayaría la pobre mujer en tal materia, a poco[157] que le hurgó[158] D. Álvaro!... Refirió su expediente de pe a pa, sin olvidar aquello del derecho[159] virtual, retrospectivo e implícito... a tener que comer, que le asistía,[160] con sujeción al artículo 10 del Convenio de Vergara; y cuando ya no le quedó más que decir y comenzó a abanicarse en señal de tregua, apoderose de la palabra el Marqués de los Tomillares, y habló en los términos siguientes:

(Pero bueno será que vaya también por separada su interesante relación, modelo de análisis expositivo, que podrá figurar en la Sección vigésima de sus obras titulada Cosas de mis parientes, amigos y servidores.)

V

HISTORIA DEL CAPITÁN

—Tiene usted, señora Condesa, la mala fortuna de albergar en su casa a uno de los hombres más enrevesados e inconvenientes que Dios ha echado al mundo. No diré yo que me parezca enteramente un demonio; pero sí que se necesita ser de pasta de ángeles,[161] o quererlo, como yo lo quiero, por ley natural y por lástima, para aguantar sus impertinencias, ferocidades y locuras. ¡Bástele a usted saber que las gentes disipadas y poco asustadizas[162] con quienes se reúne en el Casino y en los cafés, le han puesto por mote el Capitán Veneno, al ver que siempre está hecho un basilisco y dispuesto a romperse la crisma[163] con todo bicho viviente por un quítame allá esas pajas![164] Úrgeme, sin embargo, advertir a usted para su tranquilidad personal y la de su familia, que es casto y hombre de honor y vergüenza, no sólo incapaz de ofender el pudor de ninguna señora, sino excesivamente huraño y esquivo con el bello sexo. Digo más: en medio de su perpetua iracundia, todavía no ha hecho verdadero daño a nadie, como no sea[165] a sí propio, y por lo que a mí toca, ya habrá usted visto que me trata con un acatamiento y el cariño debidos a una especie de hermano mayor o segundo padre... Pero, aun así y todo, repito que es imposible vivir a su lado, según lo demuestra el hecho elocuentísimo de que, hallándonos él soltero y yo viudo, y careciendo el uno y el otro de más parientes, arrimos o presuntos y eventuales herederos, no habite en mi demasiado anchurosa casa, como habitaría el muy necio si lo deseare;[166] pues yo, por naturaleza y educación, soy muy sufrido, tolerante y complaciente con las personas que respetan mis gustos, hábitos, ideas, horas, sitios y aficiones. Esta misma blandura de mi carácter es a todas luces lo que nos hace incompatibles en la vida íntima, según han demostrado ya diferentes ensayos; pues a él le exasperan las formas suaves y corteses, las escenas tiernas y cariñosas, y todo lo que no sea rudo, áspero, fuerte y belicoso. ¡Ya se ve![167] Criose sin madre y hasta sin nodriza... (Su madre murió al darlo a luz, y su padre, por no lidiar con amas de leche, le buscó una cabra..., por lo visto montés, que se encargase de amamantarlo.) Se educó en colegios como interno, desde el punto y hora que le destetaron; pues su padre, mi pobre hermano Rodrigo, se suicidó al poco tiempo de enviudar. Apuntole el bozo[168] haciendo la guerra en América, entre salvajes, y de allí vino a tomar partido en nuestra discordia civil de los siete años. Ya sería general, si no hubiese reñido con todos sus superiores desde que le pusieron los cordones de cadete, y los pocos grados y empleos que ha obtenido hasta ahora, le han costado prodigios de valor y no sé cuántas heridas; sin lo cual no habría sido propuesto para recompensa por sus jefes, siempre enemistados con él a causa de las amargas verdades que acostumbra a decirles. Ha estado en arresto diez y seis veces, y cuatro en diferentes castillos; todas ellas por insubordinación. ¡Lo que nunca ha hecho ha sido[169] pronunciarse! Desde que se acabó la guerra, se halla constantemente de reemplazo; pues, si bien he logrado, en mis épocas de favor político, proporcionarle tal o cual colocación en oficinas militares, regimientos, etc., a las veinticuatro horas ha vuelto a ser enviado a su casa. Dos Ministros de la Guerra han sido desafiados por él; y no le han fusilado todavía, por respeto a mi nombre y a su indisputable valor. Sin embargo de todos estos horrores, y en vista de que había jugado al tute, en el pícaro Casino del Príncipe, su escaso caudal, y de que la paga de reemplazo no le bastaba para vivir con arreglo a su clase, ocurrióseme, hace siete años, la peregrina idea de nombrarle Contador de mi casa y hacienda, rápidamente desvinculadas por la muerte sucesiva de los tres últimos poseedores (mi padre y mis hermanos Alfonso y Enrique), y muy decaídas y arruinadas a consecuencia de estos mismos frecuentes cambios de dueño. ¡La Providencia me inspiró sin duda alguna pensamiento tan atrevido! Desde aquel día mis asuntos entraron en orden y prosperidad: antiguos e infieles administradores perdieron su puesto o se convirtieron en santos, y al año siguiente se habían duplicado mis rentas, casi cuadruplicadas en la actualidad, por el desarrollo que Jorge ha dado a la ganadería... ¡Puedo decir que hoy tengo los mejores carneros del Bajo Aragón, y todos están a la orden de usted![170] Para realizar tales prodigios, hale bastado a ese tronera con una visita que giró a caballo por todos mis estados (llevando en la mano el sable, a guisa de bastón), y con una hora que va cada día a las oficinas de mi casa. Devenga allí un sueldo de treinta mil reales; y no le doy más, porque todo lo que le sobra, después de comer y vestir, únicas necesidades que tiene (y esas con sobriedad y modestia), lo pierde al tute el último día de cada mes... De su paga de reemplazo no hablemos, dado que siempre está afecta a las costas de alguna sumaria por desacato a la autoridad... En fin: a pesar de todo, yo le amo y compadezco, como a un mal hijo..., y, no habiendo logrado tenerlos buenos ni malos en mis tres nupcias, y debiendo de ir a parar a él, por ministerio de la ley, mi título nobiliario, pienso dejarle todo mi saneado caudal; cosa que el muy necio no se imagina, y que Dios me libre de que llegue a saber; pues, de saberlo,[171] dimitiría su cargo de Contador, o trataría de arruinarme, para que nunca le juzgara interesado personalmente en mis aumentos. ¡Creerá sin duda el desdichado, fundándose en apariencias y murmuraciones calumniosas, que pienso testar en favor de cierta sobrina de mi última consorte, y yo le dejo en su equivocación, por las razones antedichas!... ¡Figúrese usted, pues, su chasco el día que herede mis nueve milloncejos![172] ¡Y qué ruido meterá con ellos en el mundo! ¡Tengo la seguridad de que, a los tres meses, o es Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de la Guerra, o lo ha pasado por las armas el general Narváez![173] Mi mayor gusto hubiera sido casarlo, a ver si el matrimonio lo amansaba y domesticaba y yo le debía, lateralmente, más dilatadas[174] esperanzas de sucesión para mí título de Marqués; pero ni Jorge puede enamorarse, ni lo confesaría aunque se enamorara, ni mujer ninguna podría vivir con semejante erizo... Tal es, imparcialmente retratado, nuestro famoso Capitán Veneno; por lo que suplico a usted tenga[175] paciencia para aguantarlo algunas semanas, en la seguridad de que yo sabré agradecer todo lo que hagan ustedes por su salud y por su vida, como si lo hicieran por mí mismo.

El Marqués sacó y desdobló el pañuelo, al terminar esta parte de su oración, y se lo pasó por la frente, aunque no sudaba... Volvió en seguida a doblarlo simétricamente, se lo metió en el bolsillo posterior izquierdo de su levita, aparentó beber un sorbo de agua, y dijo así, cambiando de actitud y de tono.

VI

LA VIUDA DEL CABECILLA

—Hablemos ahora de pequeñeces, impropias, hasta cierto punto,[176] de personas de nuestra posición; pero en que hay que entrar forzosamente. La fatalidad, señora Condesa, ha traído a esta casa, e impide salir de ella en cuarenta o cincuenta días, a un extraño para ustedes, y un desconocido, a un don Jorge de Córdoba, de quien nunca habían oído hablar, y que tiene un pariente millonario... Usted no es rica, según acaba de contarme...

—¡Lo soy!—interrumpió valientemente la guipuzcoana.

—No lo es usted...; cosa que la honra mucho, puesto que su magnánimo esposo se arruinó defendiendo la más noble causa... ¡Yo, señora, soy también algo carlista!

—¡Aunque fuera usted el mismísimo[177] don Carlos! ¡Hábleme de otro asunto, o demos por terminada[178] esta conversación! ¡Pues no faltaba más, sino que yo aceptara el dinero ajeno para cumplir con mis deberes de cristiana!

—Pero, señora, usted no es médico, ni boticario, ni...

—¡Mi bolsillo es todo eso para su primo de usted! Las muchas veces que mi esposo cayó herido defendiendo a don Carlos (menos la última, que, indudablemente en castigo de estar ya de acuerdo con el traidor Maroto, no halló quien le auxiliara, y murió desangrado en medio de un bosque), fue socorrido por campesinos de Navarra y Aragón, que no aceptaron reintegro ni regalo alguno... ¡Lo mismo haré yo con don Jorge de Córdoba, y quiera o no quiera su millonaria familia!

—Sin embargo, Condesa, yo no puedo aceptar...—observó el Marqués, entre complacido y enojado.

—¡Lo que no podrá usted nunca es privarme de la alta honra que el cielo me deparó ayer! Contábame mi difunto esposo que, cuando un buque mercante o de guerra descubre en la soledad del mar y salva de la muerte a algún náufrago, se recibe a este a bordo con honores reales, aunque sea el más humilde marinero. La tripulación sube a las vergas; tiéndese rica alfombra en la escala de estribor, y la música y los tambores baten la Marcha Real de España... ¿Sabe usted por qué? ¡Porque en aquel náufrago ve la tripulación a un enviado de la Providencia! ¡Pues lo mismo haré yo con su primo de usted! ¡Yo pondré a sus plantas toda mi pobreza por vía de alfombra, como pondría miles de millones si los tuviese!

—¡Generala!—exclamó el Marqués, llorando a lágrima viva.—¡Permítame usted besarle la mano![179]

—¡Y permite, querida mamá, que yo te abrace llena de orgullo!—añadió Angustias, que había oído toda la conversación desde la puerta de la sala.

Doña Teresa se echó también a llorar, al verse tan aplaudida y celebrada. Y como la gallega, reparando en que otros gemían, no desperdiciara tampoco la ocasión de sollozar (sin saber por qué), armose allí tal confusión de pucheros, suspiros y bendiciones, que más vale volver la hoja, no sea que los lectores salgan[180] también llorando a moco tendido, y yo me quede sin público a quien seguir contando mi pobre historia...

VII

LOS PRETENDIENTES DE ANGUSTIAS

¡Jorge!—dijo el Marqués al Capitán Veneno, penetrando en la alcoba con aire de despedida.—¡Ahí te dejo! La señora Generala no ha consentido[181] en que corran a nuestro cargo ni tan siquiera el médico y la botica; de modo que vas a estar aquí como en casa de tu propia madre, si viviese. Nada te digo de la obligación en que te hallas de tratar a estas señoras con afabilidad y buenos modos, al tenor de tus buenos sentimientos, de que no dudo, y de los ejemplos de urbanidad y cortesía que te tengo dados; pues es lo menos que puedes y debes hacer en obsequio de personas tan principales y caritativas. A la tarde volveré yo por aquí, si mi señora la Condesa me da permiso para ello, y haré que te traigan ropa blanca, las cosas más urgentes que tengas[182] que firmar, y cigarillos de papel. Dime si quieres algo más de tu casa o de la mía.

—¡Hombre!—respondió el Capitán.—Ya que eres tan bueno, tráeme un poco de algodón en rama y unos anteojos ahumados.

—¿Para qué?

—El algodón, para taparme las orejas y no oír palabras ociosas, y las gafas ahumadas, para que nadie lea en mis ojos las atrocidades que pienso.

—¡Vete al diantre!—respondió el Marqués, sin poder conservar su gravedad, como tampoco pudieron refrenar la risa Dª. Teresa ni Angustias.

Y, con esto, se despidió de ellas el potentado, dirigiéndoles las frases más cariñosas y expresivas, cual si llevara ya mucho tiempo de conocerlas y tratarlas.

—¡Excelente persona!—exclamó la viuda, mirando de reojo al Capitán.

—¡Muy buen señor!—dijo la gallega, guardándose una moneda de oro que el Marqués le había regalado.

—¡Un zascandil!—gruñó el herido, encarándose con la silenciosa Angustias.—¡Así es como las señoras mujeres quisieran que fuesen todos los hombres! ¡Ah, traidor! ¡Seráfico! ¡Cumplimentero! ¡Marica! ¡Tertuliano de monjas! ¡No me moriré yo sin que me pague esta mala partida que me ha jugado hoy, al dejarme en poder de mis enemigos! ¡En cuanto me ponga bueno, me despediré de él y de su oficina, y pretenderé una plaza de comandante de presidios, para vivir entre gentes que no me irriten con alardes de honradez y sensibilidad! Oiga usted, señorita Angustias: ¿quiere usted decirme por qué se está riendo de mí? ¿Tengo yo alguna danza de monos en la cara?

—¡Hombre! Me río pensando en lo muy feo que va usted a estar con los anteojos ahumados.

—¡Mejor que mejor![183] Así se librará V. del peligro de enamorarse de mí!—respondió furiosamente el Capitán.

Angustias soltó la carcajada; doña Teresa se puso verde, y la gallega rompió a decir, con la velocidad de diez palabras por segundo:

—¡Mi señorita no acostumbra a enamorarse de nadie! Desde que estoy acá ha dado calabazas a un boticario de la calle Mayor, que tiene coche; al abogado del pleito de la señora, que es millonario, aunque algo más viejo que usted, y a tres o cuatro paseantes del Buen Retiro...

—¡Cállate, Rosa!—dijo melancólicamente la madre.—¿No conoces que esas son... flores que nos echa el caballero Capitán? Por fortuna ya me ha explicado su señor primo todo lo que me importaba saber respecto del carácter de nuestro amabilísimo huésped! Me alegro, pues, de verle de tan buen humor; y ¡así esta pícara fatiga me permitiese[184] a mi bromear también!

El Capitán se había quedado bastante mohino, y como excogitando alguna disculpa o satisfacción que dar a madre e hija. Pero sólo le ocurrió decir, con voz y cara de niño enfurruñado que se viene a razones:

—Angustias,[185] cuando me duela menos esta condenada pierna, jugaremos al tute arrastrado... ¿Le parece a usted bien?

—Será para mí un señalado honor...—contestó la joven, dándole la medicina que le tocaba en aquel instante.—¡Pero cuente usted ahora, señor Capitán Veneno, con que le acusaré a usted las cuarenta!

Don Jorge la miró con ojos estúpidos y sonrió dulcemente por la primera vez de su vida.[186]

PARTE TERCERA

HERIDAS EN EL ALMA

I

ESCARAMUZAS

Entre conversaciones y pendencias por este orden, pasaron quince o veinte días, y adelantó mucho la curación del Capitán. En la frente sólo le quedaba ya una breve cicatriz, y el hueso de la pierna se iba consolidando.

—¡Este hombre tiene carne de perro![187]—solía decir el facultativo.

—¡Gracias por el favor, matasanos[188] de Lucifer!—respondía el Capitán en son de afectuosa franqueza.—¡Cuando salga[189] a la calle, he de llevarlo a usted a los toros y a las riñas de gallos; pues es usted todo un hombre!...[190] ¡Cuidado si tiene hígados para remendar cuerpos rotos![191]

Doña Teresa y su huésped habían acabado por tomarse mucho cariño, aunque siempre estaban peleándose. Negábale todos los días D. Jorge que tuviese hechura la concesión de la viudedad, lo cual sacaba de sus casillas a la guipuzcoana; pero a renglón seguido le invitaba a sentarse en la alcoba, y le decía que, ya que no con los títulos de General ni de Conde, había oído citar[192] varias veces en la guerra civil al cabecilla Barbastro[193] como a uno de los jefes carlistas más valientes y distinguidos y de sentimientos más humanos y caballerosos... Pero, cuando la veía triste y taciturna, por consecuencia de sus cuidados y achaques, se guardaba de darle bromas sobre el expediente, y la llamaba con toda naturalidad Generala y Condesa; cosa que la restablecía y alegraba en el acto; si ya no era que, como nacido en Aragón, y para recordar a la pobre viuda sus amores con el difunto carlista, le tarareaba jotas de aquella tierra, que acababan por entusiasmarla y por hacerla llorar y reír juntamente.

Estas amabilidades del Capitán Veneno, y sobre todo, el canto de la jota aragonesa, eran privilegio exclusivo en favor de la madre; pues tan luego que Angustias se acercaba a la alcoba, cesaban completamente, y el enfermo ponía cara de turco. Dijérase que odiaba de muerte a la hermosa joven, tal vez por lo mismo que nunca lograba disputar con ella, ni verla incomodada, ni que tomase por lo serio las atrocidades que él le decía, ni sacarla de aquella seriedad un poco burlona que el cuitado calificaba de constante insulto.

Era de notar,[194] sin embargo, que cuando alguna mañana tardaba Angustias en entrar a darle los buenos días, el pícaro de D. Jorge[195] preguntaba cien veces en su estilo de hombre tremendo:

—¿Y ésa? ¿Y doña Náuseas? ¿Y esa remolona? ¿No ha despertado aún su señoría? ¿Por qué ha permitido que se levante usted tan temprano, y no ha venido ella a traerme el chocolate? Dígame usted, señora doña Teresa: ¿está mala acaso la joven princesa de Santurce?

Todo esto, si se dirigía a la madre; y, si era a la gallega, decíale con mayor furia:

—¡Oye y entiende, monstruo de Mondoñedo! Dile a tu insoportable señorita que son las ocho y tengo hambre. ¡Que no es menester que venga tan peinada y reluciente como de costumbre! ¡Que de todos modos la detestaré con mis cinco sentidos! ¡Y, en fin, que, si no viene pronto, hoy no habrá tute!

El tute era una comedia, y hasta un drama diario. El Capitán lo jugaba mejor que Angustias; pero Angustias tenía más suerte, y los naipes acababan por salir volando hacia el techo o hacia la sala, desde las manos de aquel niño cuarentón, que no podía aguantar la graciosísima calma con que le decía la joven:

—¿Ve usted, señor Capitán Veneno, cómo soy yo la única persona que ha[196] nacido en el mundo para acusarle a usted las cuarenta?

II

SE PLANTEA LA CUESTIÓN

Así las cosas, una mañana, sobre si debían abrirse o no los cristales de la reja de la alcoba, por hacer[197] un magnífico día de primavera, mediaron entre D. Jorge y su hermosa enemiga palabras tan graves como las siguientes:

El Capitán.—¡Me vuelve loco el que no me lleve usted nunca la contraria, ni se incomode al oírme decir disparates! ¡Usted me desprecia! ¡Si fuera[198] usted hombre, juro que habíamos de andar a cuchilladas!

Angustias.—Pues si yo fuese hombre, me reiría de todo ese geniazo, lo mismo que me río siendo mujer. Y, sin embargo, seríamos buenos amigos.

El Capitán.—¡Amigos usted y yo! ¡Imposible! Usted tiene el don infernal de dominarme y exasperarme con su prudencia; yo no llegaría a ser nunca amigo de usted, sino su esclavo; y, por no serlo, le propondría a usted que nos batiéramos a muerte. Todo esto... siendo usted hombre. Siendo mujer como lo es...

Angustias.—¡Continúe! ¡No me escatime galanterías!

El Capitán.—¡Sí, señora! ¡Voy a hablarle con toda franqueza! Yo he tenido siempre aversión instintiva a las mujeres, enemigas naturales de la fuerza y de la dignidad del hombre, como lo acreditan Eva, Armida, aquella otra bribona que peló a Sansón, y muchas otras que cita mi primo. Pero, si hay algo que me asuste más que una mujer, es una señora, y, sobre todo, una señorita inocente y sensible, con ojos de paloma y labios de rosicler, con talle de serpiente del Paraíso y voz de sirena engañadora, con manecitas blancas como azucenas que oculten garras de tigre, y lágrimas de cocodrilo, capaces de engañar y perder a todos los santos de la corte celestial... Así es que mi sistema constante se ha reducido a huir de ustedes... Porque, dígame qué armas tiene un hombre de mi hechura para tratar con una tirana de veinte abriles, cuya fuerza consiste en su propia debilidad. ¿Es decorosamente posible pegarle a una mujer? ¡De ningún modo! Pues, entonces, ¿qué camino le queda a uno, cuando conozca que tal o cual mocosilla,[199] muy guapa y puesta en sus puntos,[200] lo domina y gobierna, y lo lleva y lo trae como a un zarandillo?

Angustias.—¡Lo que yo hago[201] cuando usted me dice estas atrocidades tan graciosas! ¡Agradecerlas... y sonreír! Porque ya habrá usted observado que yo no soy llorona...; razón por la cual, en su retrato de las Angustias sobra aquello de las lágrimas de cocodrilo...[202]

El Capitán.—¿Está usted viendo? ¡Esa respuesta no la[203] daría Lucifer! ¡Sonreír! ¡Reírse de mí, es lo que hace usted continuamente! ¡Pues bien! Decía, cuando usted me ha clavado ese nuevo puñal, que de todas las damiselas que había temido encontrar en el mundo, la más terrible, la más odiosa para un hombre de mi temple...—perdóneme la franqueza—¡es usted! ¡Yo no recuerdo haber experimentado nunca la ira que siento cuando usted se sonríe al verme furioso! ¡Paréceme como que duda usted de mi valor, de la sinceridad de mis arrebatos, de la energía de mi carácter!

Angustias.—Pues óigame usted a mí, ahora, y crea que le hablo con entera verdad. Muchos hombres he conocido ya en el mundo; alguno que otro me ha solicitado; de ninguno me he prendado todavía... Pero si yo hubiera de enamorarme con el tiempo, sería de algún indio bravo por el estilo de usted. ¡Tiene usted un genio hecho de molde para el mío!

El Capitán.—¡Vaya usted a los mismísimos diablos![204] ¡Generala! ¡Condesa! ¡Llame usted a su hija, y dígale que no me queme la sangre! En fin; ¡mejor es que no juguemos al tute! Conozco[205] que no puedo con usted... Llevo algunas noches de no dormir, pensando en nuestros altercados, en las cosas duras que me obliga usted a decirle, en las irritantes bromas que me contesta, y en lo imposible que es el que usted y yo vivamos en paz, a pesar de lo muy agradecido que estoy a... la casa. ¡Ah! ¡Más me hubiera valido que me dejase usted morir en mitad[206] de la calle!... ¡Es muy triste aborrecer, o no poder tratar como Dios manda a la persona que nos ha salvado la vida exponiendo la suya! ¡Afortunadamente, pronto podré mover esta pícara pierna; me iré a mi cuartito de la calle de Tudescos, a la oficina de mi seráfico pariente y a mi Casino de mi alma,[207] y cesará este martirio a que me ha condenado usted con su cara, su cuerpo y sus acciones de serafín, y con su frialdad, sus bromas y su sonrisa de demonio! ¡Pocos días nos quedan de[208] vernos!... Ya discurriré yo alguna manera de seguir tratando a solas a su mamá de usted, ora sea en casa de mi primo, ora por cartas, ora citándonos para tal o cual iglesia... Pero lo que es a usted, gloria mía, ¡no volveré a acercarme hasta que sepa que se ha casado!... ¿Qué digo? Entonces menos que nunca! En resumen... ¡déjeme usted en paz, o écheme mañana solimán en el chocolate!

El día que D. Jorge de Córdoba pronunció estas palabras, Angustias no se sonrió, sino que se puso grave y triste...

Reparó en ello el Capitán, y diose prisa a taparse el rostro con el embozo[209] de la cama, murmurando para sí mismo:

—¡Me he fastidiado con decir que no quiero jugar al tute! Pero, ¿cómo volverme atrás? ¡Sería deshonrarme! ¡Nada! ¡Trague usted quina, señor Capitán Veneno! ¡Los hombres deben ser hombres!

Angustias, que había salido ya de la alcoba, no se enteró del arrepentimiento y tristeza que se revolcaban bajo las ropas de aquel lecho.

III

LA CONVALECENCIA

Sin novedad alguna que de notar sea, transcurrieron otros quince días, y llegó aquel en que nuestro héroe debía de abandonar el lecho, bien que con orden terminante de no moverse de una silla y de tener extendida sobre[210] otra la pierna mala.

Sabedor de ello el Marqués de los Tomillares, cuya visita no había faltado ninguna mañana a D. Jorge, o, más bien dicho, a sus adorables enfermeras, con quienes se entendía mejor que con su áspero y rabioso primo, le envió a éste, al amanecer, un magnífico sillón-cama,[211] de roble, acero y damasco, que había hecho construir con la anticipación debida.

Aquel lujoso mueble era toda una obra maestra, excogitada y dirigida por el minucioso aristócrata: estaba provisto de grandes ruedas que facilitarían la conducción del enfermo de una parte a otra, y articulado por medio de muchos resortes, que permitían darle forma, ora de lecho militar, ora de butaca más o menos trepada, con apoyo, en este último caso, para extender la pierna derecha, y con su mesilla, su atril, su pupitre, su espejo y otros adminículos de quita y pon, admirablemente acondicionados.

A las señoras les mandó, como todos los días, delicadísimos ramos de flores, y además, por extraordinario, un gran ramillete de dulces y doce botellas de Champagne, para que celebrasen la mejoría de su huésped. Regaló un hermoso reloj al médico y veinticinco duros a la criada, y con todo ello se pasó en aquella casa un verdadero día de fiesta, a pesar de que la respetable guipuzcoana estaba cada vez peor de salud.

Las tres mujeres se disputaron la dicha de pasear al Capitán Veneno en el sillón-cama: bebieron Champagne y comieron dulces, así los enfermos como los sanos,[212] y aun el representante de la Medicina. El Marqués pronunció un largo discurso en favor de la institución del matrimonio, y el mismo D. Jorge se dignó reír dos o tres veces, haciendo burla de su pacientísimo primo, y cantar en público (o sea delante de Angustias) algunas coplas de jota aragonesa.

El Marqués pronunció un largo discurso

El Marqués pronunció un largo discurso
El Marqués pronunció un largo discurso

IV

MIRADA RETROSPECTIVA

Verdad es que desde la célebre discusión sobre el bello sexo, el Capitán había cambiado algo, ya que no de estilo ni de modales, a lo menos de humor... ¡Y quién sabe si de ideas y sentimientos! Conocíase que las faldas le causaban menos horror que al principio, y todos habían observado que aquella confianza y benevolencia que ya le merecía[213] la señora de Barbastro iban trascendiendo a sus relaciones con Angustias.

Continuaba, eso sí, por terquedad aragonesa, más que por otra cosa, diciéndose su mortal enemigo, y hablándole con aparente acritud y a voces, como si estuviera mandando soldados; pero sus ojos la seguían y se posaban en ella con respeto, y, si por acaso se encontraba con la mirada (cada vez más grave y triste desde aquel día) de la impávida y misteriosa joven, parecían inquirir afanosamente qué gravedad y tristura eran aquéllas.

Angustias había dejado por su parte de provocar al Capitán y de sonreírse cuando le veía montar en cólera. Servíalo en silencio, y en silencio soportaba sus desvíos más o menos amargos y sinceros, hasta que él se ponía también grave y triste, y le preguntaba con cierta llaneza de niño bueno:

—¿Qué tiene usted? ¿Se ha incomodado conmigo? ¿Principia ya a pagarme el aborrecimiento de que tanto le he hablado?

—¡Dejémonos de tonterías, Capitán!—contestaba ella.—¡Demasiado hemos disparatado ya los dos..., hablando de cosas muy formales!

—¿Se declara usted, pues, en retirada?

—En retirada... ¿de qué?

—¡Toma! ¡Usted lo sabrá! ¿No me la[214] echó de tan valiente y batalladora el día que me llamó indio bravo?

—Pues no me arrepiento de ello, amigo mío... Pero basta de despropósitos, y hasta mañana.

—¿Se va usted? ¡Eso no vale! ¡Eso es huir!—solía decirle entonces el muy taimado.

—¡Como usted quiera!...—respondía Angustias encogiéndose de hombros.—El caso es que me retiro...

—Y ¿qué voy a hacer ahora aquí, solo, toda la santa[215] noche? ¡Repare usted en que son las siete!

—Ésa no es cuenta mía. Puede usted rezar, o dormirse, o hablar con mamá... Yo tengo que seguir arreglando el baúl de papeles de mi difunto padre... ¿Por qué no pide usted una baraja a Rosa, y hace solitarios?

—¡Sea usted franca!—exclamó un día el impenitente[216] solterón, devorando con los ojos las blanquísimas y hoyosas manos de su enemiga.—¿Me guarda usted rencor porque, desde aquella mañana, no hemos vuelto a jugar al tute?

—¡Muy al contrario! ¡Alégrome de que hayamos dejado también esa broma!—respondió Angustias, escondiendo las manos en los bolsillos de la bata.

—Pues entonces, alma de Dios, ¿que quiere usted?

—Yo, señor don Jorge, no quiero nada.

—¿Por qué no me llama usted ya[217] "Señor Capitán Veneno"?

—Porque he conocido que no merece usted ese nombre.

—¡Hola! ¡Hola! ¿Volvemos a las suavidades y a los elogios?—¿Qué sabe usted cómo soy yo por dentro?

—Lo que sé es que no llegará usted nunca a envenenar a nadie...

—¿Por qué? ¿Por cobardía?

—No, señor; sino porque es usted un pobre hombre, con muy buen corazón, al cual le ha puesto cadenas y mordaza, no sé si por orgullo o por miedo a su propia sensibilidad... Y, si no, que se lo pregunten a mi madre...

—¡Vaya! ¡vaya! ¡doblemos esa hoja![218] ¡Guárdese usted sus celebraciones como se guarda sus manecitas de marfil! ¡Esta chiquilla se ha propuesto volverme del revés!

—¡Mucho ganaría usted en que me lo propusiera y lo lograra, pues el revés de usted es el derecho! Pero no estamos en ese caso... ¿Qué tengo yo que ver en sus negocios?

—¡Trueno de Dios! ¡Pudo usted hacerse esa pregunta la tarde que se dejó fusilar por salvarme la vida!—exclamó D. Jorge con tanto ímpetu como si, en vez del agradecimiento, hubiese estallado en su corazón una bomba.

Angustias le miró muy contenta, y dijo con noble fogosidad:

—No estoy arrepentida[219] de aquella acción: pues si mucho le admiré a usted al verlo batirse la tarde del 26 de Marzo, más le he admirado al oírlo cantar, en medio de sus dolores, la jota aragonesa, para distraer y alegrar a mi pobre madre.

—¡Eso es! Búrlese usted ahora de mi mala voz!

—¡Jesús, qué diantre de hombre!—¡Yo no me burlo de usted, ni el caso lo merece! ¡Yo he estado a punto de llorar, y he bendecido a usted desde lejos, cada vez que le he oído cantar aquellas coplas!...[220]

—¡Lagrimitas!—¡Peor que peor!—¡Ah, señora doña Angustias! ¡Con usted hay que tener mucho cuidado!—¡Usted se ha propuesto hacerme decir ridiculeces y majaderías impropias de un hombre de carácter, para reírse luego de mí, y declararse vencedora!—Afortunadamente, estoy sobre aviso, y tan luego como me vea próximo a caer en sus redes, echaré a correr con la pierna rota y todo, y no pararé hasta Pekín!—¡Usted debe ser lo que llaman una coqueta!

—¡Y usted es un desventurado!

—¡Mejor para mí!

—¡Un hombre injusto, un salvaje, un necio...!

—¡Apriete usted! ¡Apriete usted!—¡Así me gusta!—¡Al fin vamos a pelearnos una vez!

—¡Un desagradecido!

—¡Eso no, caramba![221] ¡Eso no!

—Pues bien: ¡guárdese usted su agradecimiento, que yo, gracias a Dios, para nada lo necesito! Y, sobre todo, hágame el obsequio de no volver a sacarme estas conversaciones...

Tal dijo Angustias, volviéndole la espalda con verdadero enojo.

Y así quedaba siempre, de obscuro y embrollado, el importantísimo punto que, sin saberlo, discutían aquellos dos seres desde que se vieron por primera vez..., y que muy pronto iba a ponerse más claro que el agua.

V

PERIPECIA[222]

El tan celebrado y jubiloso día en que se levantó el Capitán Veneno había de tener un fin asaz lúgubre y lamentable, cosa muy frecuente en la humana vida, según que más atrás, y por razones inversas a las de ahora, dijimos filosóficamente.

Estaba anocheciendo: el médico y el Marqués acababan de retirarse, y Angustias y Rosa habían salido también, por consejo de la muy complacida guipuzcoana, a rezar una Salve a la Virgen del Buen Suceso, que aún tenía entonces su iglesia en la Puerta del Sol, cuando el Capitán, a quien ya habían acostado de nuevo, oyó sonar la campanilla de la calle; y que Dª. Teresa abría el ventanillo y preguntaba: "¿Quién es?" y que[223] luego decía, abriendo la puerta: "¿Cómo había yo de figurarme que viniese usted a estas horas?[224] ¡Pase usted por aquí!"; y que una voz de hombre exclamaba, alejándose hacia las habitaciones interiores: "Siento mucho, señora..."

El resto de la frase se perdió en la distancia, y así quedó todo por algunos minutos, hasta que sonaron otra vez pasos, y oyóse[225] al mismo hombre que decía, como despidiéndose: "Celebraré que usted se mejore y tranquilice...," y a doña Teresa que contestaba: "Pierda usted cuidado..."; después de lo cual volvió a sentirse[226] abrir y cerrar la puerta, y reinó en la casa profundo silencio.

Conoció[227] el Capitán que algún desagrado había ocurrido a la viuda, y hasta esperó que entrase a contárselo; pero al ver que no acontecía así, dedujo que el negocio sería del orden de los secretos domésticos, y abstúvose de interpelarla a voces, aunque le pareció oírla suspirar en el inmediato pasillo...

Volvieron a llamar en esto a la puerta de la calle, e instantáneamente la abrió doña Teresa, lo cual demostraba que no había dado un paso desde que se marchó la visita; y entonces se oyeron estas exclamaciones de Angustias:

—¿Por qué nos aguardabas con el picaporte en la mano?—¡Mamá!—¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¿Por qué no me respondes?—¡Estás mala!—¡Jesús, Dios mío! ¡Rosa! ¡Ve corriendo y llama al doctor Sánchez! ¡Mi mamá se muere!—¡Ven! ¡Espera! Ayúdame a llevarla al sofá de la sala...—¿No ves que se está cayendo?—¡Pobre Madre mía! ¡Madre de mi alma! ¿Qué tienes, que no puedes andar?

Efectivamente: D. Jorge, desde la alcoba, vio entrar en la sala a doña Teresa casi arrastrando, colgada del cuello[228] de su hija y de la criada, y con la cabeza caída sobre el pecho.

Acordose entonces Angustias de que el Capitán estaba en el mundo, y dio un grito furioso, encarose con él, y le dijo:

—¿Qué le ha hecho usted a mi madre?

—¡No! ¡No!... ¡Pobrecito! ¡Él no sabe nada!...—se apresuró a decir la enferma con amoroso acento.—Me he puesto[229] mala yo sola... Ya se me va pasando...[230]

El Capitán estaba rojo de indignación y de vergüenza.

—¡Ya lo está usted oyendo, señorita Angustias!—exclamó al fin en son muy amargo y triste.—¡Me ha calumniado usted inhumanamente! Pero, ¡ah! no... ¡Yo soy quien me he calumniado a mí mismo desde que estoy acá! ¡Merecida tengo esa injusticia de usted! ¡Doña Teresa!... ¡No haga usted caso de esa ingrata, y dígame que ya está buena del todo, o reviento aquí, donde me veo atado por el dolor y crucificado por mi enemiga!

A todo esto, la viuda, había sido colocada en el sofá, y Rosa atravesaba la calle en busca del doctor.

—Perdóneme usted, Capitán—dijo Angustias.—Considere que es mi madre, y que me la he encontrado muriéndose lejos de usted, a cuyo lado la dejé hace quince minutos... ¿Es que ha venido alguien durante mi ausencia?

El Capitán iba a responder que sí, cuando Dª. Teresa había ya contestado apresuradamente:

—¡No! ¡Nadie!... ¿No es verdad que nadie, señor don Jorge? Estas son cosas de nervios..., vapores..., ¡vejeces, y nada más que vejeces! Ya estoy bien, hija mía.

Llegado que hubo[231] el médico, y tan pronto como pulsó a la viuda (a quien media hora antes dejó tan contenta y en casi regular estado), dijo que había que acostarla inmediatamente, y que tendría que guardar cama algún tiempo, hasta que cesase la gran conmoción nerviosa que acababa de experimentar... En seguida manifestó en secreto a Angustias y a D. Jorge que el mal de doña Teresa radicaba en el corazón, de lo cual tenía completa evidencia desde que la pulsó por primera vez la tarde del 26 de Marzo, y que semejantes afecciones, aunque no eran fáciles de curar enteramente, podían conllevarse largo tiempo a fuerza de reposo, bienestar, alegría moderada, buen trato y no sé cuántos otros prodigios..., cuya base principal era el dinero.

—¡El 26 de Marzo!—murmuró el Capitán.—¡Es decir, que yo tengo la culpa de todo lo que ocurre!

—¡La tengo yo!—dijo Angustias, como hablando consigo misma.

—¡No busquen ustedes la causa de las causas!—expuso melancólicamente el doctor Sánchez.—Para que haya culpa, tiene que preceder intención, y ustedes son incapaces de haber querido perjudicar a doña Teresa.

Los dos amnistiados se miraron con angelical[232] asombro, al ver que la ciencia se devanaba los sesos para sacar deducciones tan obvias o tan impías; y, fijando luego su consideración en lo que verdaderamente les importaba entonces, dijéronse a un mismo tiempo:

—¡Hay que salvarla!

Aquello era principiar a entenderse.

VI

Catástrofe

Así que se marchó el médico, y después de largo debate, se tomó el acuerdo de poner la cama de la viuda en el gabinete, que, como ya hemos dicho, estaba situado en un extremo de la sala, frente por frente de la alcoba ocupada por D. Jorge.

—De esta manera—dijo la prudentísima Angustias—podréis veros y charlar los dos enfermicos, y nos será fácil a Rosa y a mí atender a ambos desde la sala, la noche que a cada una nos toque velaros.

Aquella noche se quedó Angustias, y nada ocurrió de particular. Doña Teresa se sosegó mucho a la madrugada, y dormitó cosa de una hora. El médico la encontró muy aliviada a la mañana siguiente; y, como pasó también el día cada vez más tranquila, la segunda noche se retiró Angustias a su cuarto después de las dos, cediendo a las tiernas súplicas de su madre y a las imperiosas órdenes del Capitán, y Rosa se quedó de enfermera... en la misma butaca, en la misma postura y con los mismos ronquidos que veló a D. Jorge la noche que lo hirieron.

Serían las tres y media de la mañana cuando nuestro caviloso héroe, que no dormía, oyó que D. Teresa respiraba muy trabajosamente y lo nombraba con voz entrecortada y sorda.

—Vecina, ¿me llama usted?—preguntó D. Jorge, disimulando su inquietud.

—Sí..., Capitán...—respondió la enferma.—Despierte usted con cuidado a Rosa, de modo que no lo oiga mi hija. Yo no puedo alzar más la voz...

—Pero ¿qué es eso? ¿Se siente usted mal?

—¡Muy mal! Y quiero hablar con usted a solas antes de morirme... Haga usted que Rosa lo coloque en el sillón de ruedas, y lo traiga aquí... Pero procure que no despierte[233] mi pobre Angustias...

El Capitán ejecutó punto por punto lo que le decía Dª. Teresa, y al cabo de pocos instantes se hallaba a su lado.

La pobre viuda tenía una fiebre muy alta, y se ahogaba de fatiga. En su lívido rostro se veía ya impresa la indeleble marca de la muerte.

El Capitán estaba aterrado por la primera vez de su vida.

—Déjanos, Rosa...; pero no despiertes a la señorita Angustias!... ¡Dios querrá dejarme vivir hasta que amanezca,[234] y entonces la llamaré para que nos despidamos!... Oiga usted, Capitán... ¡Me muero!

—¡Qué se ha de morir usted, señora!—respondió D. Jorge, estrechando la ardiente mano de la enferma.—Ésta es una congoja como la de ayer tarde... ¡Y, además, yo no quiero que se muera usted!

—Me muero, Capitán... Lo conozco... Inútil fuera llamar al médico... Llamaremos al confesor..., ¡eso sí!..., aunque se asuste mi pobre hija... Pero será cuando usted y yo acabemos de hablar... ¡Porque lo urgente ahora es que hablemos nosotros dos sin testigos!...

—¡Pues ya estamos hablando!—respondió el Capitán, atusándose los bigotes en señal de miedo.—¡Pídame usted la poca y mala sangre con que entré en esta casa y la mucha y muy rica que he criado en ella, y toda la derramaré con gusto!...

—Ya lo sé... Ya lo sé, amigo mío... usted es muy honrado, y nos quiere... Pues bien, mi querido Capitán; sépalo usted todo...

—Ayer tarde vino mi procurador, y me dijo que el Gobierno había decretado en contra el expediente de mi viudedad.

—¡Demonio! ¿Y por esa friolera se apura usted?—¡Me ha denegado a mí el Gobierno tantas instancias!

—Ya no soy ni Condesa ni Generala...—continuó la viuda.—¡Tenía usted mucha razón cuando me escatimaba esos títulos!

—¡Mejor que mejor! ¡Yo no soy tampoco General ni Marqués, y mi abuelo era lo uno y lo otro! Estamos iguales.

—Bien; pero es el caso que yo... yo... ¡estoy completamente arruinada! Mi padre y mi marido gastaron, defendiendo a D. Carlos, todo lo que tenían... Hasta hoy he vivido con el producto de mis alhajas, y hace ocho días vendí la última...: una gargantilla de perlas muy hermosa... ¡Rubor me causa hablar a usted de estas miserias!...

—¡Hable usted, señora! ¡Hable usted! ¡Todos hemos pasado apuros!—¡Si supiera usted los atranques en que a mí me ha metido el pícaro tute!

—¡Pero es que mi atranque no tiene remedio! Todos mis recursos y todo el porvenir de mi hija estaban cifrados en esa viudedad, que con el tiempo hubiera sido la orfandad de Angustias... Y hoy... la desgraciada no tiene porvenir, ni presente, ni dinero para enterrarme... Porque ha de saber usted que el abogado que me asesoraba, herido en su orgullo, de resultas de haberlo desdeñado la chica,[235] o deseoso de aumentar nuestra desgracia, a fin de rendir la voluntad de Angustias y obligarla a casarse con él..., me envió anteanoche la cuenta de sus honorarios, al mismo tiempo que la fatal noticia... El procurador traía también la relación de los suyos, y me habló un lenguaje tan cruel, de parte del abogado, mezclando las palabras "desconfianza"..., "insolvencia"..., "ejecución", y yo no sé qué otras, que cegué y no vi, tiré de la gaveta, y le entregué todo lo que me pedía; es decir, todo lo que me quedaba, lo que me habían dado por la gargantilla de perlas, mi último dinero, mi último pedazo de pan... por consiguiente, desde anteanoche es Angustias tan pobre como las infelices que piden de puerta en puerta... ¡Y ella lo ignora! ¡Ella duerme tranquila en este instante! ¿Cómo, pues, no he de estar muriéndome?... ¡Lo raro es que no me muriera anteanoche!

—¡Pues no se muera por tan poca cosa!—repuso el Capitán con sudores de muerte, pero con la más noble efusión.—Ha hecho usted muy bien en hablarme... ¡Yo me sacrificaré viviendo entre faldas como un despensero de monjas!—¡Estaría escrito![236]—Cuando me ponga bueno, en lugar de irme a mi casa, traeré aquí mi ropa, mis armas y mis perros, y viviremos todos juntos hasta la consumación[237] de los siglos...

—¡Juntos!—respondió lúgubremente la guipuzcoana.—¿Pues no oye usted que me estoy muriendo? ¿No lo ve usted? ¿Cree usted que yo le hubiera hablado de mis apuros pecuniarios, a no estar segura de que dentro de pocas horas me habré muerto?

—Entonces, señora... ¿qué es lo que quiere usted de mí?—preguntó horrorizado D. Jorge de Córdoba.—Porque dicho se está que para dispensarme el honor y el gusto de pedirme,[238] o de encargarme que le pida a mi primo ese pobre barro que se llama dinero, no estaría usted pasando tanta fatiga, sabiendo lo mucho que estimamos a Vds., y conociéndonos, como creo que nos conoce...—¡Dinero no ha de faltarles a Vds. nunca, mientras yo viva! Por tanto, otra cosa es lo que usted quiere de mí, y le suplico que, antes de decir una palabra más, piense en la solemnidad de las circunstancias y en otras consideraciones muy atendibles.

—No le comprendo a usted, ni yo misma sé lo que quiero...—respondió Dª. Teresa con la sinceridad de una santa.—Pero póngase usted en mi lugar. Soy madre...; adoro a mi hija; voy a dejarla sola en el mundo...; no veo a mi lado en la hora de la muerte, ni tengo sobre el haz de la tierra persona alguna a quien encomendársela,[239] como no sea[240] a usted, que, en medio de todo, le demuestra cariño... En verdad, yo no sé de qué modo podrá usted favorecerla... ¡El dinero solo es muy frío, muy repugnante, muy horrible!... ¡Pero más horrible es todavía que mi pobre Angustias se vea obligada a ganarse con sus manos el sustento, a ponerse a servir, a pedir limosna!...—Justifícase, por consiguiente, que, al sentir que me muero, le haya[241] llamado a usted para despedirme, y que, con las manos cruzadas y llorando por la última vez en mi vida, le diga a usted, desde el borde del sepulcro: "¡Capitán: sea[242] usted el tutor, sea usted el padre, sea usted un hermano de mi pobre huérfana!... ¡Ampárela! ¡Ayúdela! ¡Defienda su vida y su honra! ¡Qué no se muera[243] de hambre ni de tristeza! ¡Qué no esté sola en el mundo!... ¡Figúrese usted que hoy le nace una hija!"

—¡Gracias a Dios!—exclamó D. Jorge, dando palmotadas en los brazos del sillón de ruedas.—¡Haré por Angustias todo eso y mucho más! ¡Pero he pasado un rato cruel, creyendo iba usted a pedirme que me casara con la muchacha!

—¡Señor don Jorge de Córdoba! ¡Eso no lo pide ninguna madre! Ni mi Angustias toleraría que yo dispusiese de su noble y valeroso corazón!—dijo doña Teresa con tal dignidad, que el Capitán se quedó yerto de espanto.

Recobrose al cabo el pobre hombre, y expuso con la humildad del más cariñoso hijo, besando las manos de la moribunda:

—¡Perdón! ¡Perdón, señora! ¡Yo soy un insensato, un monstruo, un hombre sin educación que no sabe explicarse!... Mi ánimo no ha sido ofender a usted ni a Angustias... Lo que he querido advertir a usted lealmente, es que yo haría muy desgraciada a esa hermosa joven, modelo de virtudes, si llegase a casarme con ella; que yo no he nacido para amar ni para que me amen,[244] ni para vivir acompañado, ni para tener hijos, ni para nada que sea dulce, tierno y afectuoso... Yo soy independiente como un salvaje, como una fiera, y el yugo del matrimonio me humillaría, me desesperaría, me haría dar botes que llegaran al cielo.—Por lo demás, ni ella me quiere, ni yo la merezco, ni hay para que hablar de este asunto.—En cambio, ¡hágame usted el favor de creer, por esta primera lágrima que derramo desde que soy[245] hombre, y por estos primeros besos[246] de mis labios, que todo lo que yo pueda agenciar en el mundo, y mis cuidados, y mi vigilancia, y mi sangre, serán para Angustias, a quien[247] estimo, y quiero, y amo, y debo la vida..., y hasta quizá el alma!—Lo juro por esta santa medalla que mi madre llevó siempre al cuello... Lo juro por...—Pero ¡usted no me oye!... ¡Usted no me contesta! ¡Usted no me mira!—¡Señora! ¡Generala! ¡Doña Teresa!... ¿Se siente usted peor? ¡Ah, Dios mío! ¡Si me parece que se ha muerto![248] ¡Diablo y demonio! ¡Y yo sin poder moverme! ¡Rosa! ¡Rosa! ¡Agua! ¡Vinagre! ¡Un confesor! ¡Una cruz, y yo le recomendaré el alma como pueda!... Pero aquí tengo mi medalla... ¡Virgen Santísima! ¡Recibe en tu seno a mi segunda madre! Pues, señor, ¡estoy fresco! ¡Pobre Angustias! ¡Pobre de mí! ¡En buena[249] me he metido por salir a cazar revolucionarios!

Todas aquellas exclamaciones estaban muy en su lugar. Doña Teresa había muerto al sentir en su mano los besos y las lágrimas del Capitán Veneno, y una sonrisa de suprema felicidad vagaba todavía por los entreabiertos labios del cadáver.

VII

MILAGROS DEL DOLOR

A los gritos del consternado huésped, seguidos de lastimeros ayes de la criada, despertó Angustias...—Medio se vistió, llena de espanto, y corrió hacia la habitación de su madre... Pero en la puerta halló atravesada la silla de ruedas de D. Jorge, el cual, con los brazos abiertos y los ojos casi fuera de las órbitas, le cerraba el paso, diciendo:

—¡No entre usted, Angustias! ¡No entre usted, o me levanto, aunque me muera!

—¡Mi pobre mamá! ¡Mi madre de mi alma!—¡Déjeme usted ver a mi madre!...—gimió la infeliz, pugnando por entrar.

—¡Angustias! ¡En el nombre de Dios, no entre ahora! Ya entraremos luego juntos... ¡Deje usted descansar un momento a la que tanto ha padecido!

—¡Mi madre ha muerto!—exclamó Angustias, cayendo de rodillas[250] junto al sillón del Capitán.

—¡Pobre hija mía! ¡Llora[251] conmigo cuanto quieras!—respondió D. Jorge, atrayendo hacia su corazón la cabeza de la pobre huérfana, y acariciándole el pelo[252] con la otra mano.—¡Llora con el que no había llorado nunca, hasta hoy, que llora por ti... y por ella!...

Era tan extraordinaria y prodigiosa aquella emoción en un hombre como el Capitán Veneno, que Angustias, en medio de su horrible desgracia, no pudo menos de significarle aprecio, y gratitud, poniéndole una mano sobre el corazón...[253]

Angustias no pudo menos de significarle aprecio, y gratitud, poniéndole una mano sobre el corazón

Angustias no pudo menos de significarle aprecio, y gratitud, poniéndole una mano sobre el corazón
Angustias no pudo menos de significarle aprecio, y gratitud, poniéndole una mano sobre el corazón

Y así estuvieron abrazados algunos instantes aquellos dos seres que la felicidad nunca hubiera hecho amigos.

PARTE CUARTA

DE POTENCIA A POTENCIA[254]

I

DE CÓMO EL CAPITÁN LLEGÓ A HABLAR SOLO

Quince días después del entierro de doña Teresa Carrillo de Albornoz, a eso de las once de una espléndida mañana del mes de las flores, víspera o antevíspera de San Isidro, nuestro amigo el Capitán Veneno se paseaba muy de prisa por la sala principal de la casa mortuoria, apoyado en dos hermosas y desiguales muletas[255] de ébano y plata, regalo del marqués de los Tomillares; y aunque el mimado convaleciente estaba allí solo, y no había nadie ni en el gabinete ni en la alcoba, hablaba de vez en cuando a media voz, con la rabia y desabrimiento de costumbre.

—¡Nada! ¡Nada!... ¡Está visto!—exclamó por último, parándose en mitad de la habitación.—¡La cosa no tiene remedio! ¡Ando perfectísimamente! ¡Y hasta creo que andaría mejor sin estos palitroques! Es decir, que ya puedo marcharme a mi casa...

Aquí lanzó un gran resoplido,[256] como si suspirase a su manera, y murmuró cambiando de tono:

—¡Puedo! ¡He dicho puedo!... ¿Qué es poder? Antes pensaba yo que el hombre podía hacer todo lo que quería, y ahora veo que ni tan siquiera puede querer lo que le acomoda... ¡Pícaras mujeres![257] ¡Bien me lo había yo temido desde que nací! ¡Y bien me lo figuré en cuanto me vi rodeado de faldas la noche del 26 de Marzo! ¡Inútil fue tu precaución, padre mío, de hacerme amamantar por una cabra! ¡Al cabo de los años mil,[258] he venido a caer en manos de estas sayonas que te obligaron a suicidarte!... Pero ¡ah!, ¡yo me escaparé, aunque me deje el corazón en sus uñas!

En seguida miró el reloj, suspiró de nuevo, y dijo muy quedamente, como reservándose de sí propio:

—¡Las once y cuarto, y todavía no la he visto, aunque estoy levantado[259] desde las seis!... ¡Qué tiempos aquellos en que me traía el chocolate y jugábamos al tute! Ahora siempre que llamo, entra la gallega... ¡Reventada[260] sea "tan digna servidora", que diría el necio de mi primo! Pero, en cambio, luego darán las doce, y me avisarán que está el almuerzo... Iré al comedor, y me encontraré allí con una estatua vestida de luto, que ni habla, ni ríe, ni llora, ni come, ni bebe, ni sabe nada de lo que ocurre, nada de lo que su madre me contó aquella noche, nada de lo que va a suceder, si Dios no lo remedia... ¡Cree la muy orgullosa que está en su casa, y todo su afán es que acabe de ponerme bueno y me marche, para que mi compañía no la desdore en la opinión de las gentes! ¡Infeliz! ¿Cómo sacarla de su error? ¿Cómo decirle que la tengo engañada; que su madre no me entregó ningún dinero; que, desde hace quince días, todo lo que se gasta acá sale de mi propio bolsillo?—¡Ah! ¡Eso nunca! ¡Primero me dejo matar que decirle tal cosa!—Pero ¿qué hago? ¿Cómo no darle, antes o después, cuentas verdaderas o fingidas? ¿Cómo seguir así indefinidamente?—¡Ella no lo consentirá! ¡Ella me llamará a capítulo cuando gradúe que debe de habérseme acabado lo que suponga que poseía su madre, y entonces se armará en esta casa la de Dios es Cristo![261]

Por aquí iba en sus pensamientos don Jorge de Córdoba, cuando sonaron unos golpecitos en la puerta principal de la sala, seguidos de estas palabras de Angustias:

—¿Se puede entrar?[262]

—¡Entre usted con cinco mil[263] de a caballo!—gritó el Capitán, loco de alegría, corriendo a abrir la puerta y olvidando todas sus alarmas y reflexiones.—¡Ya era tiempo de que me hiciese usted una visita como antiguamente!—¡Aquí tiene usted al oso enjaulado y aburrido, deseando tener con quien pelear! ¿Quiere usted que echemos una mano al tute? Pero... ¿qué pasa? ¿Por qué me mira usted con esos ojos?

—Sentémonos[264] y hablemos, Capitán...—dijo gravemente Angustias, cuyo hechicero rostro, pálido como la cera, expresaba la más honda emoción.

Don Jorge se retorció los bigotes, según hacía siempre que barruntaba tempestad, y sentose en el filo de una butaca, mirando a un lado y otro con aire y desasosiego de reo en capilla.

La joven tomó asiento muy cerca de él; reflexionó unos instantes, o bien reunió fuerzas para la ya presentida borrasca, y expuso al fin con imponderable dulzura:

II

BATALLA CAMPAL[265]

—Señor de Córdoba: la mañana en que murió mi bendita madre, y cuando, cediendo a ruegos de usted, me retiraba a mi aposento, después de haberla amortajado, por haberse empeñado usted[266] en quedarse solo a velarla, con una piedad y una veneración que no olvidaré jamás...

—¡Vamos, vamos, Angustias!...—¿Quién dijo miedo?—¡Cara feroz al enemigo!—¡Tenga usted valor para sobreponerse a esas cosas!

—Sabe usted que no me ha faltado hasta hoy...—respondió la joven con mayor calma.—Pero no se trata ahora de esta pena, con la cual vivo y viviré perpetuamente en santa paz, y a cuyo dulce tormento no renunciaría por nada del mundo... Se trata de contrariedades de otra índole, en que por fortuna caben alteraciones, y que van a tener en seguida total remedio...

—¡Quiéralo Dios!—rezó el capitán, viendo cada vez más cerca el nublado.

Notes in this chapter

Note 1 · Veneno, as a nickname, like "Hothead" or "Fire-eater", easily enraged.Note 2 · 1848: Isabel II being queen. She was dethroned in 1868.Note 3 · la República: it was twenty-five years later that Spain became a republic, and then relapsed in one year.Note 4 · Ataulfo, Visigoth king; with Alaric, he overran Italy; died assassinated 415 A.D.Note 5 · Pelayo, called "first king of the Spaniards". Died about 737.Note 6 · Trastamara became king as Henry II. Died 1379.Note 7 · Isabel II: 1830-1904; queen at three; niece of Don Carlos, who always opposed her.Note 8 · Narváez: 1800-1868; general and statesman of great energy.Note 9 · acontecimientos, happenings. Let the student note the ending -imiento, so common with -er and -ir verb stems.Note 10 · vivían: the student must learn to recognize the subject far after the verb, constantly in this text, and commonly.Note 11 · piadosas: any adjective may precede its noun in a complimentary way.Note 12 · éranse que se eran, there were so there were: children's style; que, in such clauses as this, is frequently to be ignored in translation, orNote 13 · salido en todo a su padre, had turned out to look like her father: salirse a, in the sense of parecerse a, to look like.Note 14 · doméstica, servant: this poor girl is abused throughout the story.Note 15 · hasta cierto punto, to a certain extent: not used here seriously, but rather trivially. The author often drops into a coterie style.Note 16 · con faldas, with skirts on: facetious. Cf. hígado con pies y sombrero, 'a liver with feet and hat'. Niña de la Bola, p. 126. Such often in ANote 17 · Facilísimo: Felicísimo in the 10th edition.Note 18 · dejara de, should fail to: preposition echoes the prefix.Note 19 · prendarse de, be taken with: a common construction.Note 20 · luego que fijase en ella la atención, as soon as he observed her; literally, as soon as he fixed his attention on her. Cf. parar atención enNote 21 · Preste Juan, Prester John: anglicized form of the name of a medieval king in Asia, whom missionaries reported as converted. About the name gNote 22 · hasta que, till that [we form an opinion]: note the que for the preposition to lean on; so, following note.Note 23 · de que, of [the fact] that: the preposition needs que.Note 24 · Dijérase, It might be said: Alarcón very often puts the pronoun as an enclitic, at the end of the verb.Note 25 · pagada, paid, satisfied, then self-satisfied. Cf. pagarse de meras palabras, be satisfied with mere words, Bello-Cuervo, Gramática, p. 1.Note 26 · esas calles de Dios: say these blessed streets.Note 27 · detengamos en: cf. second note 6, 7.Note 28 · disparaban, were firing: other words in the text for shoot are tirar, fusilar, hacer fuego, hacer descarga.Note 29 · de modo... que, so that: the student will note how the sense decides for indicative (as here) or subjunctive.Note 30 · dar en = dar golpes en, strike on: dar and echar, verbs very short and very common, are used for many other verbs, just as English uses get Note 31 · pellejo, hide: properly of animals; shows the author's scorn for the poor servant.Note 32 · Galicia: not the Galicia we heard of so often in the first year of the Great War, and later, but the Galicia that forms the northwest cornerNote 33 · desoyendo (des-oír), as though not hearing, i.e. disregarding; so later, desatender and desentendiendo, ignoring. Cf. our ignore, with a speNote 34 · daban a, opened on: cf. note 8, 7 for dar.Note 35 · haciendo fuego: six or eight verbs replace estar and go with -ndo forms; so continuar here, and seguir often in the text.Note 36 · medio, half: one of the adverbs without the ending -mente.Note 37 · por considerarlo = porque lo consideraban, because they regarded him as.Note 38 · echaban a, began: echar a has become almost an auxiliary verb with infinitives, and serves for several other verbs.Note 39 · Quedó, Remained, was [left]: subject follows, as often. For another use of quedar, cf. quedamos en lo dicho, we will leave it that way, or iNote 40 · en medio: as usual without el.Note 41 · piadosas: here the adjective follows, for emphasis.Note 42 · informe, unshapely: complimentary or derogatory sense puts the adjective before its noun.Note 43 · conocer, perceive: shows here the typical (inceptive) meaning of verbs in -cer.Note 44 · balazo, a shot, literally, a blow with a bullet (bala + -azo): lately in Kansas City, a woman entered a saloon (where her husband got drunk)Note 45 · atravesada, pierced; fracturada, broken: the past participle must show gender and number, except with haber.Note 46 · reparando en, noticing: the idea is first stop: so pararse, posarse; cf. also the noun reparos, remarks, objections, where one stops or hesiNote 47 · primero is one of the few adverbs without -mente.Note 48 · volver a (tornar a): again is often expressed as here without an adverb, otra vez, de nuevo, etc.Note 49 · muy altas: note adjective for English adverb, as often.Note 50 · dejásemos morir and (15,4) déjame ir: dejar, to leave, allow, let, becomes an auxiliary verb like may, can, etc., so takes the infinitive: dNote 51 · se diría, would be said: the reflexive form is commoner than the passive. The little bootblacks in Buenos Aires, instead of saying "Shine, MNote 52 · dichosas, literally, happy, but meaning unhappy, awful, accursed. This story is full of the disguised (encubierto) oath, or euphemism, as weNote 53 · no vas, you are not going: the indicative either present or future (cf. the future in the ten commandments) is strong for the imperative. BuNote 54 · de qué poco: de because with servir, how little use are your bandages.Note 55 · tu... marido, thy husband: in plays and novels the author must make sure the reader or hearer gets the point; hence the insistence here uponNote 56 · no habría... si... hubiese: in this text there are many substitutes for this typical or chief form of the condition [si-clause] and conclusiNote 57 · medio (or mitad in the sense of medio) seldom has the article.Note 58 · haya: even such words as creer, ver, saber, verbs that usually have que and the indicative, will take the subjunctive after a negative word Note 59 · hermosa: adjective here for our adverb, as usual with ir, venir, etc. So to a waiter: mi sopa, y ligero [bring] my soup and [bring it] quickNote 60 · viera, saw: here Latin viderat, had seen, with indicative sense survives, as in Portuguese. Common in Spanish along the border of Portugal.Note 61 · ¡No diéronle! and (18, 7) ¡Diéronle!—exclamó con su gramática de Mondoñedo; but Alarcón himself doesn't need to scold Mondoñedo; post-placedNote 62 · medio: This form serves as noun, adjective, or adverb. In line 11 it is adverbial, whereas in line 12 it is substantive.Note 63 · seguida del, followed by: a true passive.Note 64 · sin que... se enterase nadie, without that any one noticed or knew, without any one's noticing.Note 65 · de que, of [the fact] that; so hasta que, till; but según regularly without que.Note 66 · justificola: this order with la at the end is almost a mannerism with Alarcón. Inconsistently, the Academy leaves the marked accent here, buNote 67 · fractura = rotura.Note 68 · vicio de Pero Grullo: a perogrullada is an explanation of something already clear, a definition of self-evident facts, and repeats the thougNote 69 · quebrantarle: the third word for break.Note 70 · por conocer, because he knew.Note 71 · quedó en, agreed: cf. English they left it that way; and German dabei blieb es, so it was settled. The verb quedar means remain, but in the Note 72 · por si, for fear that = por si acaso.Note 73 · al + infinitive, at nightfall: good example of temporal use of this construction.Note 74 · Serían las tres de la madrugada, It must have been about three A.M.: cf. Yo tendría diez años, I was about ten years old. This form in -ría Note 75 · sinventura, one without luck; so una sinvergüenza, a shameless girl; un sinnúmero, a host of, a lot of; so humorously el sin-hueso, the tongNote 76 · dichosísima: like dichosa before: blessed (i.e. confounded).Note 77 · roncaba, si había que roncar, snored if ever there was snoring: cf. nevaba si había que nevar, it snowed if it ever did, in Alarcón's story Note 78 · por no haber, because she had not.Note 79 · occipucio, occiput: Alarcón often playfully throws in an odd or big word, or even slang.Note 80 · habían cruzado, had exchanged: the mother and daughter were discussing the unconscious man. Could observaciones be the subject here?Note 81 · que declarasen, such as might declare: an example of the subjunctive of characteristic; or in a relative clause with an indefinite antecedenNote 82 · asegurando: segurando in the 10th edition.Note 83 · sentado muy mal, had offended: by the manner of it quite as much as by the word itself, for such words are common.Note 84 · Guía de Forasteros, Strangers' Guide or Directory (giving names and titles, like our Red Books and Blue Books).Note 85 · caiga que caiga, come what may; and later quiera o no quiera, whether or no: subjunctives, used optatively or imperatively.Note 86 · Dejémosle: the pronouns -le and -me are unnecessary, but add a personal touch by showing who is the subject of the following verb.Note 87 · permíteme: the pronouns -le and -me are unnecessary, but add a personal touch by showing who is the subject of the following verb.Note 88 · Convenio de Vergara, Treaty of Vergara, i.e. the terms of agreement between General Espartero for the queen, and General Maroto for the CarlNote 89 · Tiene and (21) ha in this same sentence: what is the difference?Note 90 · teniendo... habiendo: let the student note the distinct meanings.Note 91 · que maldito..., accursed, condemned: translate, and blamed if I deserve them.Note 92 · nos agradezca cosa alguna, that you thank us for anything: the construction is nos dative, and cosa alguna accusative, and the subjunctive iNote 93 · convenido, signer, party to: sense of convenirse, fall in with, adjust oneself.Note 94 · des cuerda: the figure is of winding an old-style clock.Note 95 · a que me traten con bondad, to their treating me with kindness: Alarcón admired the Spanish general O'Donnell greatly, and seems to have takNote 96 · He dicho, I have done, or I have spoken: at the end of a speech, like amen at the end of a prayer; it is the dixi of the Roman orators.Note 97 · ¡Jesús...! all the characters of this story use oaths and asseverations, except the servant girl. Translate here: Heavens!Note 98 · condolido: this verb 'pity' repeated becomes comical; poor rhetoric. Like Ormulum's Alls iff þu drunnke waterrdrinnch, As if thou drankest aNote 99 · entre las tres, we three, where entre is losing its prepositional force, as it has in entrambos, entre usted y yo. Rubén Darío says (AutobioNote 100 · ¡vaya si pesa...! my but you are heavy! cf. ¡Vaya que susto me has dado! Oh, what a scare you gave me! Una carta de tu tío, y ¡vaya si es goNote 101 · amostazarse: from mostaza, mustard: cf. pepper, ginger, in familiar parlance.Note 102 · tiráronle un tiro, they shot her a shot: cf. English "killed him dead"; poor rhetoric again.Note 103 · perdone: asking him to pardon her for frightening her mother, seems far-fetched, a false note; but it does inform the captain of the facts iNote 104 · os: this second person plural is not always familiar.Note 105 · hazmerreír, make-me-laugh, laughing-stock; a whole sentence become a word, like hand-me-down for ready-made and like Hoosier (if from "Who-iNote 106 · faltaba = faltaría: a common idiomatic use of the imperfect indicative for the conditional.Note 107 · mismo: in mañana mismo, ahora mismo, the adverb is used as a neuter noun.Note 108 · después de acostada, after you are in bed: very common usage; no suppressed word need be assumed. The form has become idiomatic. Cf. the EngNote 109 · tila con flor de azahar, lime tea and orange flower, a soothing concoction for the nerves.Note 110 · aunque Dios no quiera, even though God be unwilling: an allusion to the usual phrase "God willing", Deo volente. Lorenzo Dow said: "I shall Note 111 · Angustias: he hasn't heard her name yet; not in the story.Note 112 · número...: the dots, puntos suspensivos, are read as tal, so-and-so.Note 113 · Veneno, Venom: about like Spitfire, if it were for a woman.Note 114 · el enviar, the sending: infinitives and past participles are an abundant source of nouns in Spanish.Note 115 · Buenos días, Good day: much more usual at meeting or passing, and by day, than at leaving and at night, although it was of course, by this tNote 116 · de demonio, devilish: this is the nearest Rosa comes to oaths. In the Diario, Alarcón speaks of the mil votos y ternos, thousand oaths and cNote 117 · de punta, on end: a fine example of de used to make an adverb; we use of similarly for time (of a morning, of Sundays); Spanish uses de for Note 118 · cervata: usually only masculine cervato, but Rosa follows the general principle. Her háceme temblar is rather provincial for me hace.Note 119 · como el dolor, as well as sorrow: our style would be rather sorrow as well as happiness. It is notable how often the order is reversed in SpNote 120 · hallábase: Alarcón, as well as Rosa, puts the pronoun last.Note 121 · A éste le había dado... por callar, He had taken to silence, he didn't feel like talking: dar (impersonal) for some other verb as often; cf.Note 122 · Cristo: a strong oath. Usually Cristo is covered by some innocent word beginning with the same sound, as we shall often see. Captain Veneno Note 123 · balazo de la frente, bullet wound in his forehead: in the Diario I, 168, Alarcón tells of a captive Moor who had a terrible scar in his foreNote 124 · por estar la tibia muy destrozada, because the tibia was shattered. The subject of the infinitive is the post-placed noun tibia.Note 125 · a solas, alone, privately: as feminine -mente is universal for the adverb ending, and as cosa is so often understood, it has come about thatNote 126 · tres Marías: reference to the three Marys at the crucifixion, Matthew 27:56. The phrase has become common with the legend that the three MarNote 127 · ¡cáspita...! and (20) ¡caracoles...!: note the disguised [encubierto] oath, how it starts as though to say Cristo and switches off to ca-somNote 128 · Y cuenta que = Tenga usted en cuenta que, And remember or just to think; in Don Quixote, haz cuenta que. Cf. the fuller form Hágase V. cuentNote 129 · calaverada: cf. Aquella calaverada propuesta por la serpiente y aceptada por Eva, That prank proposed by the serpent and accepted by Eve.Note 130 · velis nolis [Latin], whether or no, willy nilly = Spanish quiera o no quiera. Another form is de buen o mal grado, in La Pródiga.Note 131 · dejarse cuidar... por, let [some one] take care of him: se is the object of cuidar, then por following mixes the construction. Cf. English INote 132 · so pena, under penalty: so pretexto, and so capa, under pretext; so, often pronounced jo, gave way to bajo, which is the common word for undNote 133 · precauciones nasales, nasal precautions: facetious, like the expressions of a baseball reporter with us; it is a style of playfulness commonNote 134 · alguno after its word = ninguno.Note 135 · interrumpió: a marked trait of Jorge.Note 136 · señores: includes señoras; cf. los reyes católicos de España, the Catholic king and queen of Spain, i.e. Ferdinand and Isabel.Note 137 · la contraria [razón]: Alarcón uses el contrario, lo contrario, in the same sense.Note 138 · himno de Riego: not so much that he indorsed Riego, as to be mean and pique the marquis. Alarcón would not have a hero too radical. He tellsNote 139 · a quien nadie mandaba echar su cuarto a espadas, whom nobody told to bet his money on spades, i.e. he had no business to get into the fray: Note 140 · podía haber escarmentado, he might have known better.Note 141 · perito agrónomo, land expert, surveyor: agrónomo is an adjective.Note 142 · Señoras y señores: addressed to the same ones he called señores before.Note 143 · partiendo de la base, starting from the basis = taking for granted.Note 144 · resabios, tricks: note the sense flavor, taste, bad taste, of the stem saber, to taste, smack, flavor, here and in sinsabores, desabrimientoNote 145 · ahorrar descontentos y sinsabores, to spare the lady annoyances and offenses.Note 146 · proveer = resolver, deciding.Note 147 · gran: apocopated, instead of grande as usual whether before masculine or feminine noun.Note 148 · Bilbao: one would think first of the famous Chilean patriot, Francisco Bilbao, after mention of Riego; but as there was no man Maella corresNote 149 · en esto, meantime: like en tanto, en cuanto.Note 150 · a fuer de = al tenor de, as a.Note 151 · en sendas butacas, in their respective chairs.Note 152 · generalato: note -ato and -ado, different forms of the same ending.Note 153 · condado: note -ato and -ado, different forms of the same ending.Note 154 · a poco, in a little while, as soon as: cf. al ver, when he saw.Note 155 · hurgó [from furca, fork; cf. stir, prod]: preterit of hurgar, confused with urgió, urged, from urgir.Note 156 · derecho... a tener que comer, the right to have something to eat, i.e. right to live, have a pension.Note 157 · que le asistía, that was present to her or that she had: cf. para sospechar que le asistían razones para no decirlo, to suspect that he had Note 158 · pasta de ángeles, the nature of angels: cf. Soy de la madera de Diógenes, I am of the wood (material) of Diogenes. Escándalo, p. 33.Note 159 · poco asustadizas, not scary: cf. bold, bad man.Note 160 · crisma, the [anointed or sprinkled] head: familiar even from such a dignified man; el bautismo is used in the same sense. Otelo II, 2.Note 161 · quítame allá esas pajas, take away those straws: a common phrase for bagatelle, a mere nothing. Don Quixote says, Parte I, cap. XXIX: en dácNote 162 · como no sea, as it be not = if not, unless.Note 163 · deseare: must be for deseara or desease. All editions have deseare. It is the only instance in Alarcón along with a form in -ría.Note 164 · Ya se ve, It is seen = That is plain, the reason is plain.Note 165 · Apuntole el bozo, His beard started, i.e. At puberty [he was in wars in America].Note 166 · ha hecho ha sido: note even in verbs the tendency to repeat forms after a relative.Note 167 · están a la orden de usted, are at your service, at your disposal: an extreme, but very common, formula of politeness; similarly, a Spaniard,Note 168 · de saberlo = si lo supiese, if he knew it: the condition can be supplied in several ways: si lo supiera, a saberlo, sabiéndolo, si lo sabía,Note 169 · milloncejos: note the diminutive. English would cover the idea by some adjective: my snug nine million, my cool nine million, my little old Note 170 · el general: al in the 10th edition is an error.Note 171 · dilatadas, deferred: cf. ... con aplausos y vivas, de donde resultó que aquella votación fuese muy dilatada, with applause and shouts, whencNote 172 · tenga: verbs of all kinds, even decir,at times omit que; but the que is oftenest omitted with such verbs as suplicar, beg, pray, implore.Note 173 · hasta cierto punto, to a certain extent: here more normal than at 5, 9.Note 174 · mismísimo: three different sounds of i in this word, according to Professor Olmsted.Note 175 · demos por terminada, let us consider it ended: so delo por dicho, you needn't tell me, never mind, or I don't care to hear it.Note 176 · ¡Permítame usted besarle la mano!—¡Y permite... que yo te abrace...! verbs like permitir, dejar, impedir, admit either the infinitive or a qNote 177 · salgan: salir, seguir [continuar, quedar, venir, andar] follow ir and take -ndo forms after them, like estar.Note 178 · consentido en: consentir takes en, con, a, and sometimes sobre, with different senses.Note 179 · que tengas: omitted in 10th edition.Note 180 · Mejor que mejor, Better and better: so peor que peor, dale que dale, etc., where the much used que is only an emphatic y, and; cf. éranse quNote 181 · permitiese: -se and -ra forms are still used in wishes [like exclamations]; cf. Así nos diera Dios grandes políticos, Oh, that God would givNote 182 · Angustias: he omits señorita this time.Note 183 · la primera vez de su vida, the first time in his life; so in Alarcón often: first tears, first smile, last time in his life, and others.Note 184 · carne de perro: a compliment about like strong as a horse. The doctor falls into the captain's style.Note 185 · matasanos, killer of well men: humorous here, but a common type: cf. curaperros, quitasol, parasol, sacamuelas (dentist), perdona-vidas (bulNote 186 · Cuando salga, When I get out: there is hardly a word that occurs oftener with the present subjunctive than cuando.Note 187 · todo un hombre, a whole man: cf. toda una obra maestra, a real masterpiece; todo un capitán, a real captain.Note 188 · ¡Cuidado si tiene hígados para remendar cuerpos rotos! It's a caution what a nerve you have for mending broken bodies: cuidado has become a Note 189 · había oído citar, had heard some one mention.Note 190 · al cabecilla, the leader (cabeza): grammar gender and sex go together when speaking of persons: so el cura, el corneta, unos canallas, some Note 191 · Era de notar, It was noticeable: cf. es de ver, it is worth seeing.Note 192 · el pícaro de D. Jorge, that rogue Don Jorge: so English, that dog of a landlord; but Spanish uses a substantivized adjective so, e.g. la necNote 193 · que ha: after a relative the verb could be the first person he, as in older English (e.g. who art in heaven).Note 194 · por hacer, because it was.Note 195 · Si fuera, If you were (but you are not) ..., habíamos, we should have to.... Note here and in the following two speeches the condition (si-cNote 196 · mocosilla, snotnose: Jorge is not trying to be elegant; not an uncommon word. Spanish uses a moco tendido, tragar saliva, and many such phraNote 197 · puesta en sus puntos, very correct and proper, as though cut to a pattern.Note 198 · hago: this is as near as Spanish comes to our do as an auxiliary. Agradecer and sonreír are infinitives in apposition with the phrase lo queNote 199 · cocodrilo, crocodile: the eager student can find abundant examples in Spanish (and English, too) where r has changed its position in the worNote 200 · respuesta no la: the pronoun is regularly given after a noun (object) standing before the verb; but cf. the rhetorical ¡Rubor me causa hablaNote 201 · mismísimos diablos: just a new kind of emphasis, not parlor language even in Spanish, where oaths are so common as to be largely colorless.Note 202 · Conozco, I see, perceive: an inchoative here.Note 203 · en mitad for en medio, and so, like medio, it has no article. We meet mitad sordo, mitad artista, half deaf, half artist.Note 204 · Casino de mi alma, my darling Casino: a parallel English (Irish) expression is Peg o' my heart.Note 205 · de on account of días: noun needs de before its descriptive infinitive; cf. noches de no dormir.Note 206 · embozo, covers (at the head): cf. verb embozarse, to wrap up neck and face.Note 207 · sobre otra (silla), on another (chair): not one leg over the other.Note 208 · sillón-cama: the adjective element last, as in vagón-cama, bed-wagon, sleeping-car.Note 209 · enfermos como los sanos, the sick the same as the well: the meaning and order for us is: the well the same as the sick.Note 210 · confianza y benevolencia que ya le merecía, the confidence and goodwill which she (la señora) had already won from him: verbs that formerly Note 211 · la, it: the usual feminine for our indefinite it: let it go; now you've done it.Note 212 · santa: euphemism again; the whole blessed night.Note 213 · impenitente: the 10th edition has impertinente.Note 214 · no... ya, no longer.Note 215 · doblemos = volvamos, let us turn.Note 216 · arrepentida, repentant: -ido forms often have -ing sense: dormido, sleeping; colgado, hanging; sufrido, patient; callado, silent. The changeNote 217 · que le he oído cantar, I have heard you sing; hacerme decir, make me say; se dejó fusilar, let himself get shot; notice that in the first, lNote 218 · caramba: this is the commonest oath = heavens; it expresses surprise or anger in various degrees, and often is virtually colorless.Note 219 · Peripecia, Sudden Change in the Situation; mudanza repentina de situación, Diccionario de la Academia.Note 220 · y que, and that: this que is used here after y because the following dependent clause, instead of continuing the infinitive construction sonNote 221 · a estas horas: plural in keeping with a las dos, etc. Common.Note 222 · oyose al mismo: se here is equivalent to "one" as subject: one heard, etc.Note 223 · sentirse: from feel the meaning passes to hear.Note 224 · Conoció, Saw, perceived.Note 225 · del cuello: al cuello in several editions.Note 226 · Me he puesto mala: Spanish has no independent word for become, but uses ponerse, hacerse, volverse, ser, and others.Note 227 · Ya se me va pasando, I am getting over it now.Note 228 · Llegado que hubo, When (the doctor) had come: hubo as auxiliary instead of había, always in this phrase; the sense of exact time is felt morNote 229 · angelical: the double ending -ic-al, so common in English, is little used in Spanish.Note 230 · despierte: subject follows.Note 231 · ¡Dios querrá dejarme vivir hasta que amanezca...! the future used like an imperative: God grant that I may live till morning.Note 232 · la chica, the little one = Angustias. Like esta chiquilla, 86, 14.Note 233 · ¡Estaría escrito! It surely was written: referring to biblical it is written, está escrito. Estaría de Dios, same sense. In La Pródiga: sic Note 234 · hasta la consumación de los siglos, till the end of time.Note 235 · de pedirme, [the pleasure] of having you ask me: the whole sentence is poor rhetoric and syntax (the infinitives are confused); but the meanNote 236 · tengo... a quien encomendársela: cf. tengo algo que hacer, tengo que ir, and English hath not where to lay his head; tener con quien pelear.Note 237 · sea, haya, sea, muera: four differently construed subjunctives.Note 238 · sea, haya, sea, muera: four differently construed subjunctives.Note 239 · sea, haya, sea, muera: four differently construed subjunctives.Note 240 · sea, haya, sea, muera: four differently construed subjunctives.Note 241 · para que me amen = para ser amado: a good example of substitute for the passive. Cf. Escándalo, p. 176: no quiero matarte ni que tú me matesNote 242 · desde que soy, since I have been: good example of Spanish present tense for our present perfect.Note 243 · estos primeros besos: but they are not the first. See back one page. Alarcón often uses a phrase like "for the first time in his life".Note 244 · a quien: direct object of three verbs and indirect object of deber. No wonder that even the grammarians cannot always agree on the cases.Note 245 · ha muerto: thus commonly when the body is still present; murió would not be natural.Note 246 · ¡En buena...! In a pretty fix! feminine form, adverbial = buenamente.Note 247 · de rodillas, on the knees: Spanish de occurs in adverbial expressions of time, place, and manner. English uses the corresponding of in expreNote 248 · ¡Llora [tú] ...! Weep...! English loses here the force of the thou form. In Jorge's last speech, he called her Angustias without the usual sNote 249 · acariciándole el pelo, caressing her hair: the dative of interest, le instead of the possessive adjective.Note 250 · no pudo menos de significarle aprecio, y gratitud, poniéndole una mano sobre el corazón, she could do no less than show him some appreciatioNote 251 · De Potencia a Potencia, Might against Might, or The Final Struggle. Cf. moviéronse ambos campos decididos a perecer o triunfar, y diose la bNote 252 · desiguales muletas, a crutch and a cane.Note 253 · resoplido, a snort: in keeping: Alarcón speaks of resoplido que da su caballo (Diario I, 79) and de la locomotora, and de un toro cuando fenNote 254 · Pícaras: Alarcón in the Diario says: ¡pícaro Alah! roguish Allah!Note 255 · años mil, a thousand years: this order is poetical, and usually occurs with some pleasant word (virtudes mil, gracias mil, vergüenzas mil).Note 256 · estoy levantado: estoy with an -ado form, felt as a present: I am up, have been up; as often with verbs of motion: está llegado, has arrivedNote 257 · ¡Reventada...! a coarse word burst for die, like French crever. We sometimes find this usage imitated in English, where an author knows FrenNote 258 · la de Dios es Cristo: allusion to the fierce old religious disputes as to the character of the Trinity.Note 259 · ¿Se puede entrar? May one enter? May I come in? This use of se is more and more felt as a nominative or subject: se ha dicho, it has been saNote 260 · con cinco mil [diablos] de a caballo, with 5000 [devils] on horseback: Jorge is using up oaths. Later he orders Rosa con cinco mil demonios.Note 261 · Sentémonos for -mos-nos, as always nowadays.Note 262 · Batalla Campal, Pitched Battle: this chapter is the longest in the book, and a good short story of itself.Note 263 · empeñado usted en, (because) you insisted on (sitting up to watch with her): verbs compounded show a tendency to echo the prefix (unless the
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