LA LOMA DEL ANGEL (continued 9)
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—Quiero acostumbrarle (a su hijo) a estas cosas desde temprano, porque yo mañana o esotro día me muero y él por necesidad habrá de reemplazarme en el manejo del caudal; sobre todo en la administración de esta finca, que por más de un motivo le pertenece. Este ha de ser su mayorazgo.
De aquel mandato imperioso de don Cándido nació el que Leonardo, repugnándole y todo la visita, ya que no le era dado desobedecer, ni excusarse tampoco, pretendiera le acompañasen sus amigas y hermanas. Cedieron éstas sin dificultad, lo mismo que Rosa, tanto más cuanto que se brindaron a ir de la mejor gana Meneses y Cocco. Isabel de pronto se negó; mas instada y reflexionando que tal vez habría ocasión de ejercer en aquella visita uno de los actos de misericordia, cedió también, y cuando salía del brazo con Leonardo, dijo al paso a doña Rosa en tono amable y risueño:—Me llevan.
—Bien hecho, repuso doña Rosa.
—¡Buena pareja! dijo doña Teresa, la mujer del capitán Peña, a tiempo que Leonardo e Isabel descendían por las gradas del pórtico al batey.
—¡Hermosa! dijo doña Nicolasa, la mujer de Moya.
—¿No crees, Rosa, (dijo don Cándido a la suya al paño, concordando mentalmente con la oportuna observación de aquellas dos mujeres), cada vez más acertada la idea de casar cuanto antes a Leonardo con Isabel?
—Sí, contestó doña Rosa distraídamente.
—A ella la tengo por una buena cosa. Y se conoce que está enamorada de Leonardo. Luego el matrimonio es un freno...
No sabía don Liborio contar de cálamo currente[46] más de una decena. Pero tenía feliz memoria y era buen fisonomista; de modo que, exceptuando los siete esclavos prófugos, ocho enfermos en el hospital y los veintiocho adscritos a las diversas dependencias de la finca, carpinteros, albañiles, herreros, mozos de cuadra y sirvientes, los demás, hasta el número de 306, varones, hembras, solteros, casados, grandes y chicos, no le quedó género de duda que uno tras otro habían pasado por delante de sus ojos y entrado en el barracón. Satisfecho sobre este particular cerró la portada, pasó el cerrojo horizontal de figura de T, y le echó la llave; la cual, junto con el látigo colgó de un clavo fijo en la jamba de la puerta de su casa, por la parte fuera, debajo del colgadizo.
Si hubiera leído el Quijote, habría podido decir con el caballero andante: «Nadie las mueva, que estar no pueda con Roldán a prueba.» Porque al pie de esos símbolos del poder señorial cubano, lloviese, ventease, hiciese calor o frío, dormían los feroces alanos del Mayoral y ¡ay del sin ventura que osase acercarse para desprender la llave o el látigo!
Después de comer solo, porque la familia estaba de visita en la estancia, don Liborio a pie, con machete y puñal al cinto, acompañado de sus perros, se dirigió de prisa a reunirse con el médico en el hospital. Para llegar a él, allá en los confines del plano o cuadrado donde se habían erigido todas las fábricas del ingenio, había que pasar por junto al ángulo de un seto de piñones que protegía un cañaveral en flor. Allí los perros se separaron de su amo y en el vano empeño de traspasar el obstáculo, gruñeron, o más bien gimieron de aquel modo que suelen cuando husmean la presa cercana. Pero ya hemos dicho que el Mayoral estaba de prisa, y siguió adelante llamando a sus perros.
Apenas penetró en la enfermería, bajó por la guardarraya al batey un negro a caballo, lo atravesó de un lado a otro, entró en el colgadizo de la casa del Mayoral, observó bien por todas partes, vio que no había luz ni gente, y sin apearse de la yegua flaca y desvencijada que montaba en pelo, cogió la llave, descorrió con ella el pestillo de la cerradura y la volvió a su sitio. Después de esta hazaña, siguió a la casa de vivienda y solicitó ver a sus amos, los cuales, hallándose aún en el pórtico, no tuvieron embarazo en recibirle.
No se desmontó, se deslizó por los costados de la bestia al suelo no teniendo estribo en que apoyar el pie. Su primer cuidado fue quitarse el gorro de lana con que se cubría la cabeza, y hecho todo un arco su cuerpo y tembloso, se echó de rodillas delante de doña Rosa, y en su mal español dijo:
—La bendició, mi suamita.
—¡Ah! exclamó dicha señora algo asustada. ¿Eres tú, Goyo? Dios te haga un santo. ¿Cómo estás?
—Mala, mi suamita.
—¿Qué te duele, Goyo?
Contestó con muchos rodeos y perífrasis ininteligibles las más, que ya le pesaba el cuerpo demasiado; que le faltaban las fuerzas y deseaba descansar en el cementerio; que estaba muy viejo; que el padre de doña Rosa le había sacado del barracón de La Habana cuando esta señora no había nacido; que fue uno de los esclavos fundadores del ingenio La Tinaja, uno de los primeros en derribar los montes con el hacha. Todo esto, que se tenía harto sabido la señora con quien hablaba, para informarla, en medio de aspavientos y circunloquios, que sabía donde se hallaban ocultos algunos de los esclavos prófugos, quienes deseaban presentarse desde que supieron que sus amos habían llegado de La Habana, porque estaban casi seguros que no se les castigaría por la falta cometida, en gracia de ser la primera vez; mayormente si el guardiero, que tan largos servicios había prestado en la finca, pedía perdón para ellos a la señora.
—Bien, dijo doña Rosa habiendo consultado con una mirada la opinión de su marido. Está bien, Goyo. Ve. Di a tus ahijados que pueden presentarse sin miedo; que por ti se les hará justicia... ¿Oyes?
Con dirigirse a doña Rosa para pedirla el perdón de los prófugos, dio a entender el guardiero que a lo menos podía concebir su cerebro dos ideas bien definidas. La una, que juzgaba más capaz de caridad el corazón de doña Rosa, por el hecho de ser mujer, que el de don Cándido; la otra, que siquiera por ama legítima del ingenio, pues le había heredado de su padre, había de ser ella más indulgente con las faltas de sus esclavos que él, quien, aunque señor de hecho, no lo era de derecho.
El pensamiento así expuesto parece demasiado abstruso para caber en la cabeza de un negro doblemente estúpido por sus largos años de esclavitud. Pero fuéralo o no en efecto, de esta manera fue como don Cándido interpretó el discurso del esclavo, hiriéndole en lo vivo, de un lado, que prescindiera de él en su embajada; del otro, la odiosa diferencia que marcó entre ama y amo. Es que llovía sobre mojado, como suele decirse, y cogió la ocasión por los cabellos para vengarse del insulto y recobrar, ante las personas testigos de la escena, la que él creía rebajada dignidad del señor amo. En esta disposición de ánimo, y cuando el anciano todo tembloso hacía los mayores esfuerzos para ganar de nuevo el lomo desnudo de su mansísima yegua, dijo don Cándido:
—Lindos estaríamos si por el primer zopenco que se interpone, hubiésemos de perdonar, no ya sólo las faltas más graves, sino hasta los delitos de nuestros esclavos.
Mirole asombrada doña Rosa, y luego dijo con aparente calma:
—¿Pues no estabas tú de acuerdo con mi decisión?
—Tal vez.
—¿Luego...?
—Luego es preciso que se haga justicia a esos bribones que osaron fugarse cuando más necesidad teníamos de sus servicios.
—¿Qué entiendes, Gamboa, por hacer justicia?
—Entiendo, repuso él con sorna, dar a cada quisque su merecido, castigar cual se debe al que delinque.
—Pero eso no sería hacer justicia.
—¿Cómo que no? pregúntale a tu hijo que estudia leyes, qué se entiende por hacer justicia. Recuerda, si no, cómo rezan los edictos de los fiscales de la comisión militar permanente que publica con frecuencia El Diario. «Yo, Fulano de tal, capitán del ejército por S. M., etc., cito, llamo y emplazo por éste mi primer edicto, a Zutano de Cual, para que se presente en la cárcel pública de esta ciudad dentro del improrrogable plazo de tantos días, a descargarse de la culpa que le resulta en la causa que le sigo por asalto y robo en despoblado o por infidencia; cierto y seguro de que si compareciere dentro del término señalado, se le hará cumplida justicia...» ¿Oíste? Cumplida justicia. Me le sé de memoria.
—No creo yo que la comisión militar, o como se llame, castigue a todo el que cita para hacerle justicia.
—Tienes que creerlo, porque por fas o por nefas, así sucede. ¿Cómo es que por más que le citen, llamen y emplacen, nadie se presenta de motu proprio? Claro, porque lo de hacer justicia no pasa de ser jarabe de pico. Puede ser el emplazado tan inocente como un recién nacido; con todo, si le pillan, de seguro que mamá cárcel por tres o cuatro años, y ya esto es un castigo... que de buena gana le daría a todos los que me quieren mal.
—Bien, Cándido, está bien todo eso; el caso es que yo no hablé en el sentido que dices. En resumidas cuentas, prometí el perdón que Goyo vino a pedirme para sus compañeros.
—Pues ahí está el engaño tuyo, Rosa. Tú no has prometido tal perdón ni calabazas. Ni si hubieras prometido era posible cumplir...
—Pero es que mi palabra está empeñada.
—Ese es el ajo, mi cara Rosa. En pocas palabras, tú no has prometido nada y tal fue lo que me propuse probarte para evitar mayores males. Por el mero hecho de decir se les hará justicia no se deduce que prometiste el perdón, lisa y llanamente... sin condiciones.
—Sí, pero Goyo creerá otra cosa, creerá que le he engañado.
—¿Y qué importa el quedar mal con el negro en la apariencia? Nadie tampoco guardó lealtad con los desleales a nativitate.[47]
—Tal vez no importe mucho por Goyo, que al fin es un negro viejo e ignorante, y de seguro no me entendió. Pero, ¿y mi conciencia, Cándido? Mi intención fue...
—Tu intención fue perdonar, la interrumpió don Cándido. Lo sé. Por lo que respecta a tu conciencia, añadió con exquisita ironía, debe estar más tranquila y serena que una balsa de aceite, en este caso. Y si hay en ello alguna culpa, échala sobre mí. Tú sabes que el diablo las carga. Quien sintió alguna vez escrúpulos de conciencia respecto de lo que dijo o no dijo, hizo o no hizo a los negros, ese santo varón, o esa santa mujer no ha debido tener esclavos jamás. ¡Escrúpulos de conciencia por semejantes bestias! ¡Ja! ¡Ja!
A este tiempo volvieron de la enfermería las señoritas y caballeros. El médico dijo que el negro había recibido varias mordeduras de carácter grave, no peligroso, en los brazos, antebrazos, canillas y carpos de las manos y de los pies. Parecía desgarrada la epidermis de algunos de los dedos de la mano derecha.—Pero por fortuna, agregó en su lenguaje peculiar, los incisivos de la fiera no han interesado lo bastante para romper ningún vaso principal y no hay temor de hematosis, aunque se ha presentado la hemalopia consiguiente a la exasperación física y moral, bajo la cual viene laborando hace tiempo el enfermo. Esto es preciso combatirlo con aplicaciones de sanguijuelas a las sienes; las que, de paso sea dicho, habrá que traer del pueblo, pues faltan en el botiquín de la finca. Por lo que hace al tétano, fácil es que se presente mediante a que el negro se ha mojado después de recibir las heridas. Con este motivo he dispuesto se le den unturas frecuentes de sebo y aceite con unas cabecitas de ajo majadas. Puedo decir, sin embargo, que hasta ahora no aparece dañado ningún nervio...
Leonardo fue más conciso. Hablando con su madre, dijo de manera que lo oyese su padre: que Pedro apenas le había reconocido a él como su amo; que estaba negado a declarar; que nada sabía de sus compañeros; que, como para intimidarle y obligarle a hablar le dijese don Liborio que ahora sí no se escaparía del cepo y que ahí le tendría hasta que doblase el cogote, contestó riendo que no había nacido el hombre capaz de sujetarle en ninguna parte contra su voluntad. Leonardo, lleno de indignación, le había vuelto la espalda; y, cosa extraña, agregó éste, luego que nos retirábamos, me llamó para decirme que deseaba ver a su amo, a papá.
—Lo esperaba, murmuró don Cándido alejándose. Hay tiempo mañana; no me molestaré ahora por su señoría.
Si se hubiera pedido informe a las señoritas sobre lo que habían visto en la enfermería, habrían referido muy diferente historia de la relatada por el médico y Leonardo. Hubieran dicho que el Hércules africano tendido boca-arriba en la dura tarima, con ambos pies en el cepo, con los hoyos cónicos de los dientes de los perros aún abiertos en sus carnes cenizosas, con los vestidos hechos trizas, por toda almohada para descansar la cabeza, las palmas de las manos, a pesar de tener rasgados los dedos y, necesariamente doloridos, Jesucristo de ébano en la cruz, como alguna de ellas observó, era espectáculo digno de conmiseración y de respeto. Su arrepentimiento de haber concurrido a aquel lugar no podía compararse sino con el dolor que experimentaron, singularmente la piadosa Isabel, cuando se desengañaron que no podían hacer nada en alivio de esta otra víctima de la tiranía civil en su desventurada patria.
Capítulo VI
Los negros... ¡Oh! mi lengua se resiste A formular de su miseria el nombre!
D. V. Tejera
Por mostrar celo y actividad a los dueños, o por equivocar la hora precisa, como se guió por el canto de los gallos, el Mayoral del ingenio de La Tinaja, en la mañana de Pascua, puso la gente en pie mucho más temprano de lo acostumbrado.
Con el último solemne tañido de la campana, después de tomar sendas tazas de café, de encender un tabaco y de armarse, descolgó la llave, llamó a sus perros y se encaminó a pie al barracón para abrir la reja de hierro. Metió resueltamente la ponderosa llave en la cerradura, quiso hacerla girar en la guarda y no pudo: ¡Qué demongo! dijo para sí. Aquí han andao. Me parece que voy a dar más cuero... que Dios toca a juicio.
Alumbró con el tabaco el ojo de la llave, dio media vuelta en sentido de cerrar y oyó distintamente correr el pestillo y entrar en el cerradero del cerrojo.—¡Voto a Dios! exclamó. Si estaba abierta la puerta y yo he sío tan caballo que la he cerrao. ¡Va que la dejé abierta anoche! ¿Estaba yo bebió, o loco, o trastornao? ¿O ha habío aquí brujería? ¿Qué pasa, Liborio?
Salían en aquel punto los negros de sus bohíos y fue preciso que don Liborio pensase en lo que había de hacer con ellos. Descorrido el cerrojo, se plantó junto a la jamba de la puerta para verlos desfilar uno a uno, según tenía ordenado. Por eso, aunque hacía bastante oscuro, pudo observar que una negra se parapetaba del compañero y quería pasar desapercibida. Malicioso y vigilante, no necesitó de más para echársele encima, cogerla por un brazo y acercarle la lumbre del tabaco a la cara. Con sorpresa mezclada de alegría vio que era la negra Tomasa suama, prófuga hacía entonces precisamente dos semanas. Mientras sujetaba ésta, apareció recatándose también Cleto gangá, y tras él Julián arará, Andrés bibí y Antonio Macuá, los cuales detuvo y colocó a un lado.
Así que pasaron todos los demás y que formaron en medio del batey, echó por delante a los cinco presos y les ordenó hacer alto frente a frente del centro de la fila, tanto más larga cuanto que era sencilla. Seguidamente empezó el interrogatorio:
—Venga acá, mamá Tomasa, y dígame por vía suyita, ¿de aónde viene la niña ahora?
—De la monte, contestó ella imperturbable.
—¡Oiga! ¿Y qué fue a buscar al monte la niña Tomasa?
—¿Siñó...?
—No lo diga. No se tome ese trabajo la niña; lo sé: fue a pajariar. Yo le daré pajareo. Pero, ¿cómo es que se aparece ahora doña Tomasa suama?
—Venga a presentarse a la suamos.
—¡Bueno! Asina se hace. Pero ¿por aónde dentraron ustedes en el barracón?
—Po la pueta.
—¿Quién abrió la puerta a la niña?
—Naide. Tenía la pueta abieta.
Aquí se remató la paciencia del cómitre.
—Conque estaba abierta la puerta, ¿eh? ¡Ah, pedazo de p...!
Y sin más ni más la pegó tan fuerte bofetón, que la tendió en el suelo aturdida. Mientras ella se ponía en pie, dirigió poco más o menos las mismas preguntas a los cuatro compañeros de la negra y obtuvo poco más o menos idénticas respuestas.
—¡Vírate!,[48] dijo a la esclava echándole garra por un hombro con el objeto de derribarla de bruces.
Mas ella joven, robusta y ya prevenida, se mantuvo firme y dijo:
—Sumecé no me catiga, mi suama mi madrina.
—¡Ja! ¡Ja! déjame reír. ¿La señora tu madrina? Pues dile que se levante de la cama y que venga a salvarte del bocabajo. Mira, negra de Barrabás, vírate o te mato...
—¡Mata! repuso ella con arrogancia.
—Agárrala tú. Túmbala tú, gritó el Mayoral, ya en el paroxismo de la ira, a los compañeros de la esclava.
Tres de éstos obedecieron sin tardanza. Dos la cogieron por un brazo y el otro por un pie, con lo que fue fácil hacerla perder el equilibrio y dar con ella en tierra boca abajo.
De presumir es que la misma ciega obediencia con que los tres se prestaron a ejecutar la orden perentoria del Mayoral, excitara más la cólera de éste respecto a Julián arará, que parecía dispuesto a desobedecer. Midiole don Liborio de alto a bajo con ojos en que se traslucía algo de la rabia que le dominaba, no poco de sorpresa y un mundo de recelos, porque era amenazadora la actitud del negro y, como la mayoría de sus compañeros allí presentes, estaba armado de machete corto o calabozo y azadón. Vino a comprender entonces que había andado algo imprudente, y que estaba perdido como flaquease en el momento crítico. Así que, haciendo de tripas corazón, gritó con más aparente brío que nunca:
—¿Y tú qué haces, perro? ¿Por qué no metes mano? Dobla el lomo... (soltando uno de los ternos que acostumbraba, a falta de mejor expletivo).
Acompañó, además, las palabras con tan fuerte garrotazo con el mango del látigo en la cabeza del esclavo, que le hizo titubear y caer luego de rodillas a los pies de Tomasa. Aun allí, abatido y todo, no dio muestras Julián de que iba a obedecer; antes temiendo el Mayoral que se recobrara del golpe y se pusiera de nuevo en pie, agregó:
—Sujeta por la pata a esa grandísima p... o ¡vive Dios! que te muelo a palos.
Y por vía de apremio le asestó un segundo garrotazo, que no por más fuerte que el primero, sino porque quizás acertó a darle en lugar donde el cabello lanudo no protegía completamente el cráneo, le dividió la piel como con un cuchillo y brotó un chorro de sangre de la herida. Julián a tientas apoyó la mano abierta en la garganta del pie de su compañera, y... empezó el bocabajo.
Tan singular conducta de parte de aquel negro en tales circunstancias, habría llamado la atención imparcial de persona menos estúpida o menos cegada por la pasión que don Liborio; habría inspirado consideración, ya que no respeto, en toda alma noble y generosa; habría excitado siquiera la curiosidad de averiguar el origen de un sentimiento que no dejaba de ser bello porque se abrigase en el pecho de un hombre semi-salvaje.
Varias circunstancias, además, concurrían en el caso del negro y de la negra, que servían para explicar la conducta de ambos en estos momentos de prueba. Y es de creerse que porque estaba al cabo de ellas don Liborio, mostraba tanta saña con la pareja. Julián y Tomasa eran poco más o menos de la misma edad; joven, robusta, agraciada ella; joven, atlético y gallardo él; procedían del mismo país en África; se tenían por paisanos o carabelas, según dicen. ¿Qué extraño sería que se amasen?
Tomasa, por su juventud, alegre humor y buena presencia era la favorita de sus camaradas y de los empleados blancos de la finca. La esclavitud no pesaba tanto para ella, ni tenía motivo para quejarse de su suerte, comparativamente hablando. ¿Por qué se había fugado? Parecía claro: por seguir a Julián, que, arrastrado por Pedro, su padrino de bautismo, el cabecilla del motín, adoptó esa malhadada resolución. Hizo más Tomasa: luego que cayó prisionero Pedro, del modo trágico referido, recabó de Julián el que se presentase y solicitase perdón de los amos por medio de Caimán, que ellos sabían tenía ascendiente en doña Rosa.
Para mayor abrigo, llevaba don Liborio atado a la cabeza un pañuelo de algodón, dos puntas de la lazada del cual le caían por detrás, y encima se había encasquetado el sombrero de paja. Traía la camisa suelta por fuera o faldeta, el puñal en la cinta y el machete en su puesto, asegurado con una faja de lienzo blanco. Apoyó la mano izquierda en la empuñadura, y con la extremidad del mango del látigo arrolló las faldas del vestido de la esclava hasta más arriba de las caderas y soltó la trenza del cuero crudo, que había sujetado en el hueco de la misma mano derecha. Todo esto por su orden, bien calculado con calma y formalidad, como quien no tenía prisa, antes se proponía saborear goce exquisito, a cuyo efecto no debía precipitar los sucesos.
Clareaba el horizonte por el este con las purísimas luces del alba. Descargado el primer latigazo con el aplomo y tino de quien posee brazo experimentado y de hierro, pudo convencerse el Mayoral que la pajuela o punta de cáñamo torcida y nudosa, con chasquido peculiar, había trazado un surco ceniciento en las carnes de la muchacha. Enseguida descargó otros y otros en más rápida sucesión hasta saltar pedazos de la piel y fluir la sangre; sin que a todas éstas la víctima exhalase una queja, ni hiciese otro movimiento que contraer los músculos y morderse los labios.
Así tuvo un desfogue momentáneo la ira del Mayoral, mas el estoicismo de la muchacha le privó en mucha parte del placer que se prometía al azotarla. El dolor, sensación fatal en todo ser animado, no la redujo, como él esperaba, al extremo de pedir perdón a su verdugo. Por eso, y porque deseaba concluir antes de salir el sol, encomendó a los dos contramayorales el castigo de Julián y de sus compañeros, contentándose él con observarlos de cerca para hacerles «apretar la mano» cada vez que por compasión o por otro motivo cualquiera suponía que no daban bastante recio. Tan pronto como se despachaba uno, le hacía lavar la llaga con orines en que se habían echado de antemano unas puntas de tabaco, a fin de evitar el pasmo o tétano, ordenando que los herreros les pusieran los grillos que para eso se hicieron venir de la mayordomía de la finca. Por lo que respecta a Julián, que se había desmayado dos o tres veces, o por el rigor del castigo, o por la pérdida de la sangre, juzgó prudente fuese trasladado a la enfermería para que le curasen la herida de la cabeza. A los demás penados, impedidos por el peso de los grillos y el dolor de los crueles azotes, los obligó a trabajar, junto con los restantes negros, en el chapeo de las guardarrayas alrededor del caserío del ingenio, que fue la fajina que desde el principio se propuso sacar don Liborio.
—¿Escuchas, Cándido? dijo doña Rosa entre sábanas a su marido. Me parece que oigo el cuero. Temprano ha madrugado hoy don Liborio.
Dormía profundamente don Cándido para que le despertase la música de los latigazos de su Mayoral, no obstante que por el vigor con que los descargaba y la calma de la naturaleza, resonaban por millas a la redonda. Pero repetida la pregunta a sus oídos, entre bostezo y bostezo, contestó luego con esta otra:
—¿Qué tengo de oír, Rosa?
—El cuero del Mayoral. Ni que fueras sordo.
—Ya, ya. Como que oigo algo. Sí. Está castigando. ¿Y qué?
—Alabo tu sangre fría. Aparte de otras cosas, ¿te parece poco habernos quitado el sueño tan temprano? De seguro voy a tener hoy un dolor de cabeza de los bravos. Me ha puesto nerviosa ese maldito hombre. Lo peor es que voy creyendo que el tal don Liborio no tiene ni pizca de consideración con nosotros. Nunca me gustó su cara de bandolero.
—¿Y qué querías que hiciera el hombre?
—Lo que toda persona decente hubiera hecho en su lugar. Irse a otra parte, lejos de la casa de vivienda a castigar los negros, si es que han cometido una gran falta y no podía dejar el castigo para luego.
—Quizás no ha podido remediarlo. Los negros a veces se empeñan en que los azoten y fuerza es darles gusto o se expone uno a que se le vayan a las barbas. También suele convenir en muchos casos que la pena siga al delito sobre la marcha para que surta el debido efecto.
—¿Pero tú no sabes mejor que yo la causa de este escándalo tan de madrugada?
—La supongo, Rosa, y es lo mismo. Me basta saber que los negros se le cayeron de las uñas al diablo.
—Sean o no malos los negros en general, y los nuestros en particular, la verdad es que don Liborio no para la mano desde ayer. Y si esto hace estando nosotros aquí, ¿qué no será cuando estamos lejos? Crucifica vivos a los negros.
—Pues tú le celebrabas anoche de hombre recto, y...
—¿Qué querías que dijera delante de la gente? Por dentro estaba que me comía los hígados. También no había él enseñado todas las uñas. Mas ya esto es demasiado. Qué ¿no sabrá el muy bestia que tenemos visitas? ¿Qué dirá Meneses, joven instruido, casi extraño para nosotros, no acostumbrado a estas escenas? Lo menos que se figurará es que éste es un presidio, el Vedado, y que somos de alma negra...
—No te dé cuidado por el mozo, dijo don Cándido. Apostaría cualquier cosa a que duerme a pierna suelta, arrullado con la música de los latigazos...
—Sí, pero ahora que me acuerdo, ¿qué dirá Isabelita si ha despertado? Por fuerza que ha de haber despertado. Deben oírse los cuerazos en el muelle de Tablas. Resuenan en mis oídos como cañonazos. Vea Vd.; y esa muchacha que es tan delicada, tan enemiga de los castigos. No será mucho que de esta hecha rompa con tu hijo, creyendo que sus padres son dos verdugos y que él le ha bebido los vientos. Lo sentiría por ti que estás tan empeñado en que se casen...
—Poco a poco, mi cara Rosa, la interrumpió don Cándido con más viveza que de costumbre. Hablas cual si no aprobaras el matrimonio en proyecto.
—¿De dónde has sacado tú que yo lo apruebo?
—¡Hombre! Hasta habíamos acordado el día de la boda, poco más o menos.
—Tú has arreglado eso, yo no. Si consiento en el matrimonio no es que lo apruebo de corazón, no es que me empeño en que se casen. Por una parte, no podré aprobar nunca que mi hijo querido deje mi abrigo y se vaya a vivir en otra casa. Por otra parte, no conozco mujer bastante buena para mi Leonardo. Ni Isabelita, a quien tengo por una santa, ni la diosa Venus que bajara de nuevo a la tierra, me parecería digna de él. Si consiento en que se casen (todavía puede que se arrepientan) es por ti, es porque no te cansas de repetirme y cantaletearme noche y día que el mozo se va a perder, que tendrá mal fin, que es preciso sujetarlo, que es muy enamorado (el pobrecito hasta ahora no ha mirado sino para Isabel), que asoma inclinaciones bajas... Me pones la cabeza tamaña con tales agüeros, me asustas y digo para mí: no es mal sastre el que conoce el paño: tal padre, tal hijo, y desaprobando, doy el consentimiento. El es un niño todavía, necesita de mis caricias; pero tú eres implacable, quieres casarlo y te saldrás con la tuya. Se casará, si es que la muchacha no se vuelve atrás... A veces creo contigo que el matrimonio es un freno, aunque si hemos de juzgar por ti... las mayores locuras las has cometido después de casado, y sabe Dios...
—En esto había de venir a parar la cerrazón, volvió a interrumpir don Cándido a su mujer. Más vale así. Al fin te has distraído y dejado en paz a don Liborio.
—Lo que es a ese pícaro no pararé hasta botarlo...
—Sería mala política despedir a don Liborio a raíz de haber castigado con mano fuerte las desvergüenzas de los esclavos. ¿A dónde iría a parar el prestigio de la autoridad? El Mayoral representa aquí el mismo papel que el coronel delante de su reglamento, o que el capitán general delante de los vasallos de S. M. en esta colonia. ¿Cómo, si no, se conservarían el orden, la paz ni la disciplina en el ingenio, en el cuartel o en la Capitanía General de la isla de Cuba? Nada, Rosa, el prestigio de la autoridad lo primero.
—¿De manera, repuso doña Rosa con la lógica parda de las mujeres, que por conservar el prestigio de la autoridad de don Liborio vas a dejar que acabe con los negros?
—¡Acabar con los negros! repitió don Cándido fingiendo sorpresa. No hará tal, por la sencilla razón de que de ellos está llena el África.
—Allá se pueden estar todos los negros del mundo; el caso es que cada vez se dificulta más la reposición de los que se pierden por causa de los ingleses.
—Tampoco es eso como suena, Rosa. Aparte de que por un bocabajo más o menos no se muere negro ninguno, ríete de que los ingleses lleguen a impedir la trata al punto de hacer escasear los brazos. Ya ves cómo les pasamos por los bigotes los de la última partida del Veloz, haciéndoles creer que eran ladinos de Puerto Rico.
—Continúa el cuero, Cándido. Es preciso averiguar qué es eso. Haz que venga el Mayordomo. Levántate, dispón alguna cosa.
—Ahí llaman. Dile a Dolores que pregunte entre tanto me visto.
Esta dormía en el cuarto inmediato con las señoritas. A las voces de su ama se asomó a un postigo y dijo:
—Es Tirso, con el café para el amo y para Señorita.
—Pregúntale qué pasa allá por el batey, dijo ésta a la esclava. ¡Qué día de ascuas se nos depara! ¡Y luego la mala noche... y el bochorno! ¡Qué prestigio de autoridad ni qué calabazas! ¡Al infierno con don Liborio!
Informó Tirso, temblando del frío o del miedo, que se habían aparecido los negros fugados, que el Mayoral los estaba castigando y que había matado a Julián porque no había querido virarse.
—¿No te lo decía? dijo doña Rosa. Ni siquiera ha respetado que yo les servía de madrina.
—Probable es que él no lo supiera.
—Ellos han debido decírselo.
—No los ha creído sobre su palabra. Además, Tirso miente como un bellaco. Me levantaré, sin embargo, por darte gusto. Cuando se te pone una cosa en la cabeza, eso ha de ser.
—Me da no sé qué tu santa calma. Te están matando a los negros y no corres. ¡Cómo si no costaran dinero!
—Ahora sí que has hablado como un Salomón, dijo don Cándido saliendo al pórtico.
Según es de suponer, mucho antes que de costumbre estaban en movimiento toda la familia y las visitas en la casa de vivienda del ingenio de La Tinaja. El sitio que ofrecía más desahogo y sombrío era el pórtico, y allá acudieron todos. El sol hería la casa por la espalda, proyectando la sombra por largo trecho adentro del batey donde, entre las ocho y las nueve de la mañana, se hallaba tendida la dotación de esclavos de la finca, en su traje ordinario, sucio y harapiento.
Acercose don Liborio al pórtico a caballo, se desmontó, le ató por el ronzal a la barandilla y ascendió la escalinata hasta situarse en el último escalón. Desde allí, quitándose respetuosamente el sombrero, saludó a la compañía en general, y en particular a doña Rosa, quien, sentada con mucha gravedad en el sillón más conspicuo, cual reina en su trono, y rodeada de sus hijas y amigas, contestó con un murmullo inaudible. No podía perdonarle esta señora a aquel hombre el mal rato, si es que don Cándido se había dado por satisfecho después de oírle el relato parcial de lo sucedido por la madrugada.
Las criadas al inmediato servicio de la familia presenciaban el espectáculo desde la puerta de la sala, y doña Rosa, por conducto de la más anciana, hizo decir al Mayoral que llamara a los dos contramayorales. Venidos, hicieron la genuflexión de costumbre en presencia de sus amos, cruzándose de brazos y permaneciendo en silencio, cual dos estatuas de piedra negra. El aire de dignidad con que se presentaron aquellos dos hombres, indicaba claramente que no eran congos. Eran lucumíes, raza guerrera del África y está dicho todo.
—¿Qué tal les va? fue la primera pregunta que les dirigió doña Rosa.
Se miraron el uno al otro y de soslayo a don Liborio, como si se animaran mutuamente a decir algo, o dar algún desahogo a su espíritu atribulado. Adivinó doña Rosa el motivo del embarazo de sus esclavos: se morían por hablar, mas temerosos de las consecuencias, por la presencia del Mayoral, juzgaron más cuerdo callarse. No necesitó ella de más para hacerles salir de su reserva. Cambió la pregunta.
—¿Tienen bastante comida?
—Sí, siñora, contestaron a una sin titubear.
—¿Mucho trabajo?
—No, siñora.
—¿Están Vds. contentos?
Volvió a sucederse la escena mímica de antes. Después de mirarse el uno al otro, y de reojo al Mayoral, que empezaba a manifestar bastante inquietud, quizás se disponía el más viejo de los dos a hacer la breve cuanto dolorosa relación de sus trabajos y miserias, cuando don Cándido los atajó ordenando en alta voz que les entregaran la ropa nueva traída de La Habana para regalo de Pascua de la dotación del ingenio.
Constaba cada muda para los varones, de camisa de cañamazo o rusia, nada cumplida, pantalón de lo mismo, gorro y frazada de lana; para las hembras, de una como camisa talar llamada túnica, también de rusia, pañuelo de algodón de colores y frazada. Estas piezas constituían lo que en lenguaje marino de Cuba se entendía por la esquifación de los negros que trabajan en el campo.
Buena dosis de soberbia había en el carácter de doña Rosa, no siendo de aquellas mujeres a quienes es fácil desviar de sus propósitos con subterfugios ni sutilezas dialécticas. La mera suposición de que don Cándido, con achaque de proteger el prestigio de la autoridad investida en el Mayoral, tendía a rebajar sus derechos de ama, delante de personas extrañas, bastó a poner espuelas a su deseo de afirmarlos, y de un modo señalado. En tal virtud, no bien se retiraron los contramayorales cargados con las esquifaciones para ellos y sus compañeros, siempre por medio del Mayoral hizo comparecer en su presencia al negro que denominaban Chilala. Acercose despacio y con bastante trabajo, clamando, como le estaba ordenado:—Aquí va Chilala, cimarrón.
Así que depositó la masa de hierro en el piso del pórtico, se arrodilló delante de doña Rosa, cruzó los brazos sobre el pecho, y con gran humildad en su peculiar lenguaje, dijo:
—La bendició, mi suama sumecé.
—Dios te haga un santo, Isidoro, contestó doña Rosa amablemente. Levántate.
—Asi ta mijó mi suama sumecé.
—¿Por qué te huyes, Isidoro? le preguntó el ama en tono compasivo.
Extrema era la flacura de este esclavo. Apenas tenía otra cosa que huesos y nervios. Luego, el color rojizo de sus cabellos, la palidez cenicienta del rostro, su mirar vagaroso e inquieto, comunicaban a su semblante una expresión de azoramiento como de animal montaraz.
—¡Ah, mi suama sumecé! exclamó dando un suspiro. Tlabaja, tlabaja; poco comía; no conuca; no cuchina; no mujé: cuera, cuera, cuera...
—De modo, replicó doña Rosa con mucho reposo y cierta sonrisa de satisfacción, de modo que si te acortan el trabajo y te dan mejor comida y un conuco, y un cochino, y mujer con quien casarte y no te castigan tanto, ¿tú no te huyes más y te portas bien?
—Si, siñó, mi suama sumecé. Chilala no juye ma: Chilala tlabaja; Chilala fino, fino.
—Pues bien, Isidoro, ya que tú me prometes que no te huirás más y que te portarás como hombre formal, haré que no te castiguen tanto, que no te hagan trabajar mucho, que te den bastante comida, y un cochino, y un conuco, y mujer con quien casarte. ¿Estás contento?
—Sí, siñora, mi suama sumecé; Chilala contente, mu contente.
—Más todavía quiero hacer por ti, segura de que no me has de engañar. Don Liborio, añadió en tono alto e imperioso: quítenle ahora mismo los grillos a este negro.
La larga esclavitud, la ignorancia crasa en que había vivido, el durísimo trato del ingenio, nada había podido borrar la sensibilidad, el sentimiento de la gratitud en el pecho del esclavo. Costole trabajo y esfuerzo de imaginación entender lo que su ama le decía; mas tan luego como entendió que iban a quitarle los grillos, faltándole las palabras apeló a las demostraciones para expresar su inmenso agradecimiento. Se echó de bruces a las plantas de doña Rosa, cual lo hiciera delante de un fetiche en su país natal, y con grandes aspavientos y exclamaciones incoherentes de una alegría loca, besó muchas veces el suelo que ella había hollado.
En todo son extremadas las mujeres de la índole de Isabel: o aman, o aborrecen; las medias tintas de sus pasiones se quedan para casos raros. En las pocas horas de su estada en el ingenio, había podido observar cosas que, aunque oídas antes, no las creyó nunca reales y verdaderas. Vio, con sus ojos, que allí reinaba un estado permanente de guerra, guerra sangrienta, cruel, implacable, del negro contra el blanco, del amo contra el esclavo. Vio que el látigo estaba siempre suspendido sobre la cabeza de éste como el solo argumento y el solo estímulo para hacerle trabajar y someterle a los horrores de la esclavitud. Vio que se aplicaban castigos injustos y atroces por toda cosa y a todas horas; que jamás la averiguación del tanto de la culpa precedía a la aplicación de la pena; y que a menudo se aplicaban dos y tres penas diferentes por una misma falta o delito; que el trato era inicuo, sin motivo que le aplacara ni freno que le moderase; que apelaba el esclavo a la fuga o al suicidio en horca como el único medio para librarse de un mal que no tenía cura ni intermitencia. He aquí la síntesis de la vida en el ingenio, según se ofreció a los ojos del alma de Isabel, en toda su desnudez.
Pero nada de esto era lo peor; lo peor, en opinión de Isabel, era la extraña apatía, la impasibilidad, la inhumana indiferencia con que amos o no, miraban los sufrimientos, las enfermedades y aún la muerte de los esclavos. Como si a nadie importara su vida bajo ningún concepto. Como si no fuera nunca el propósito de los amos corregir y reformar a los esclavos, sino meramente el deseo de satisfacer una venganza. Como si el negro fuese malvado por negro y no por esclavo. Como si tratado como bestia se extrañara que se portara a veces como fiera.
¿Cuál podía ser la causa original de un estado de cosas tan opuesto a todo sentimiento de justicia y moralidad? ¿Tendría el hábito o la educación, fuerza bastante para sofocar en el corazón, sobre todo de la mujer, el sentimiento de la piedad? ¿La costumbre de presenciar actos crueles sería capaz de encallecer la sensibilidad natural del hombre y de la mujer ilustrada y cristiana? ¿Tenía algo que ver en el asunto la antipatía instintiva de raza? ¿No estaba en el interés del amo la conservación o la prolongación de la vida del esclavo, capital viviente? Sí lo estaba, a no quedar género de duda; pero eso tenía de perversa la esclavitud, que poco a poco e insensiblemente infiltraba su veneno en el alma de los amos, trastornaba todas sus ideas de lo justo y de lo injusto, convertía al hombre en un ser todo iracundia y soberbia, destruyendo de rechazo la parte más bella de la segunda naturaleza de la mujer: la caridad.
Repasando Isabel todas estas cosas en la mente, mientras los demás contraían su atención a las escenas que se representaban en el pórtico y en el batey, la ocurrió preguntarse:—¿Por qué quiero yo a Leonardo? ¿Qué hay de común entre mis ideas y las suyas? ¿Llegaremos alguna vez a ponernos de acuerdo sobre el trato que ha de darse a los negros? Suponiendo que sobre este particular cupiera concordancia entre nosotros, ¿me resignaría a seguirle a este infierno? Y siguiéndole, ¿vería yo, cual doña Rosa, con impasibilidad, los horrores e injusticias que aquí se cometen día y noche impunemente?...
En este punto del soliloquio de Isabel, empezaba doña Rosa a mostrar el lado bello de su carácter, que aquélla ni muchas otras personas aún habían visto. Como va dicho, a su voz cayeron las prisiones del más infeliz, por humilde, de sus esclavos. Y una vez empeñada en esta línea de conducta, la prosiguió hasta el fin. Era que la impelia la especie de fiebre que produce el deseo de las buenas o las malas acciones, y procedía a ciegas en la obra del bien. Aún tenía de bruces a sus pies a Isidoro, cuando ordenó se quitaran los grillos a los seis compañeros del mismo, y no contenta con esta trascendental medida, hizo comparecer a su presencia a Tomasa y a los tres castigados por la madrugada; oyó con paciencia sus quejas, les dio algunos consejos, los consoló cuanto pudo en aquellas circunstancias y acabó por decir en tono airado:—Contra mi voluntad y expreso mandato los han azotado a Vds hoy. ¡Ea, don Liborio!, quítenle los grillos a estos negros.
Fuera el que fuese el motivo secreto que impelía a doña Rosa a reasumir coram populi[49] la autoridad domínica en su ingenio de La Tinaja, los actos piadosos con que la afirmó produjeron honda y sincera impresión en el ánimo de la concurrencia. Los hombres aprobaron y aplaudieron; las mujeres, conmovidas, derramaron lágrimas de alegría. A los ojos de Isabel, la señora de Gamboa se transfiguró, pasando de golpe, allá en su noble corazón, de las profundidades del desprecio a la más alta cima de la admiración. La vio entonces la más hermosa y buena de las mujeres. La hubiera estrechado en sus brazos con el mismo cariño que solía estrechar a su madre sana y risueña tras días y horas de ausencia; la hubiera adorado de rodillas con el mismo fervor que el primer esclavo, objeto de la piedad del ama, la había mostrado su agradecimiento.
—¡Qué dulce es, exclamó, perdonar las faltas de aquellos que dependen de nosotros! ¡Para esto únicamente es una dicha ser ama de esclavos! Y dio a llorar ya sin fuerzas para dominar su emoción.
—¡Qué! ¿Llora Vd., señorita? la preguntó el cura compadecido.
—No me es dado, contestó ella sollozando, contemplar las acciones generosas y caritativas con los ojos enjutos.
—Muchas más lágrimas derramaría Vd. tal vez por motivos opuestos, si continuase en el ingenio.
—No me parece que pudiera vivir aquí mucho tiempo.
—Señorita, observó el cura admirado de tanta sensibilidad y discreción: veo que no es Vd. de carne y de los huesos de los amos de esclavos.
—No, no lo soy. Si me viera en el caso forzoso de escoger entre ama y esclava, preferiría la esclavitud, por la sencilla razón de que creo más llevadera la vida de la víctima que la del victimario.
Adela, en su entusiasmo, rodeó el cuello de su madre con los brazos, imprimió una porción de amorosos besos en sus mejillas y la dijo:
—Pues que es hoy día de perdones, ¿llamo a...? No dio el nombre en voz alta.
—¿Quién? preguntó doña Rosa torciendo el ceño.
Con mayor timidez que antes repitió Adela al oído de su madre el nombre reprobado.
Cambió doña Rosa de repente de semblante y de actitud, pasando del fervor piadoso a la seriedad y... a la ira.
—No, no. Ella no merece perdón... Tampoco se ha dignado pedírmelo.
—Ahí cerca está para pedírtelo. Sólo aguarda mi aviso.
—No, no, hija. Que no se me presente. Me haría arrepentir de lo que he estado haciendo. No, que no se me presente.
Alejose Adela del lado de su madre afligida y llorosa.
Enseguida se procedió al bautizo de los 27 negros bozales de la expedición del bergantín Veloz que le tocaron en suerte a don Cándido Gamboa; luego al casamiento de tres o cuatro esclavas, cuya voluntad no se exploró ni por mera forma; en fin, se dio permiso para que hubiera tambor (baile) en la finca hasta la puesta del sol.
Por disposición de doña Rosa, el boyero tomó interinamente el bastón, quiere decir, el látigo, mejor, el mando de los esclavos del ingenio de La Tinaja.
Capítulo VII
15. ¿En dónde, pues, está ahora mi esperanza?
16. A lo más profundo del sepulcro descenderán mis cosas, ¿crees tú que siquiera allí tendré yo reposo?
Job. XVII
Declinaba a toda prisa la tarde. Allá, por el rincón más apartado del batey, aún se oía el rudo tambor con que los negros se acompañaban el melancólico canto y el baile salvaje de su país natal.
Acá, por la casa de ingenio, había gran agitación y ruido. Las torres o chimeneas de los hornos para hacer vapor y calentar las pailas del tren Jamaiquino,[50] lanzaban al aire columnas de humo negruzco y espeso.
El bozal del maquinista, recién llegado del granítico Maine, en los Estados Unidos de Norte América, con la alcuza de cuello largo y corvo en la mano, iba del trapiche para la máquina y de ésta para aquél, dando aceite a las juntas y ejes, a fin de moderar la fricción, causa fatal de las pérdidas de fuerza.
Impaciente y desazonado el maestro de azúcar, aguardaba la corriente del guarapo que debía poner a prueba su habilidad en hacer ese dulce con caña molida según un nuevo sistema. Por su parte los negros del cuarto de prima miraban recelosos y azorados los preparativos que se hacían para resolver el problema de hacer azúcar sin necesidad de las ariscas mulas ni de los cachazudos bueyes.
Se ponía el sol, redondo y encendido cual bala roja, por detrás del inmenso palmar del potrero, cuando invadieron la casa de calderas los dueños de la finca, en compañía de su familia, amigos y empleados. Guiaba la procesión el cura de Quiebra Hacha, revestido de la sotana y el bonete de ceremonia. Marchaban a su lado dos caballeros conduciendo cada uno un haz de cañas, atados con cintas de seda blanca y azul, que sujetaban por la punta cuatro señoritas. Llegados delante del trapiche, murmuró el cura una breve oración en latín, roció los cilindros con agua bendita, valiéndose para ello del hisopo de plata, los caballeros colocaron enseguida las cañas en el tablero de alimentación y dio comienzo la primer molienda con máquina de vapor el célebre ingenio de La Tinaja.
Más tarde, o entre dos luces, se sirvió el banquete de tabla en la casa de vivienda. En el intermedio de la comida a los postres vinieron a avisar al médico que su presencia era necesaria en la enfermería. Fue, y volvió al cabo de media hora un si es no es cariacontecido, saliendo a recibirle don Cándido con desusada solicitud para preguntarle:
—¿Novedad, Mateu?
—Novedad y gorda, señor don Cándido, contestó el médico con el mismo laconismo.
—Bien vengas, mal, si vienes sólo, dijo don Cándido revestido de toda su calma. Afuera con el embuchado.
—Acaba Vd. de perder su mejor negro.
—Sea todo por Dios. ¿Cuál?
—Pedro carabalí. Se ha suicidado en el cepo.
—¡Bah! Más ha perdido él que yo. ¿Qué arma ha empleado?
—Ninguna.
—¡Cómo! Entonces ha hecho uso del dogal.
—Menos. En pocas palabras, señor don Cándido, el negro se ha tragado la lengua.
—¡Qué me dice Vd.! ¡Ahora menos lo entiendo!
—Lo entenderá Vd., cuando le diga que este es un caso de asfixia por causa mecánica.
—¡Si creerá Vd., doctor, que yo hablo el griego!
—Diré a Vd., señor don Cándido. Ora haya hecho uso el negro de los dedos, ora de un poderoso esfuerzo de absorción, evidente es que, doblando la punta de la lengua hacia dentro, empujó la glotis sobre la tráquea y quedó ésta obliterada, impidiendo la entrada y salida del aire en los pulmones, o cesando la inspiración y la expiración. He aquí lo que el vulgo llama tragarse la lengua, y que nosotros llamamos asfixia por causa mecánica. Durante mis viajes a la costa del África he tenido ocasión de observar varios casos; pero en mi larga práctica de los ingenios de la Isla, éste es el primero que se me presenta. Tal género de muerte, lo mismo que el del ahogado, debe ser muy doloroso, peor que el de estrangulación en horca, porque no se produce la asfixia instantáneamente, sino por grados, en todo su conocimiento, y después de una agonía atroz. Si hiciéramos la autopsia del cadáver, veríamos que el sistema venoso está ingurgitado de sangre de color negruzco muy oscuro, lo mismo el pulmón y el cerebro.
—A fe que no había oído en mi vida semejante cosa, dijo Cándido. Vamos a la enfermería.
En esta excursión (no fue otra cosa) acompañaron a don Cándido sus huéspedes y algunos empleados. El Cura y el Capitán del partido meramente por hacerle honor, pues para el primero ya había pasado la ocasión de ejercer su santo ministerio con el suicida; para el segundo, ni antes ni después de la muerte del esclavo habría tenido ocasión de ejercer el suyo, mediante a que dentro de los límites de sus haciendas o dominios era ipso jure señor de horca y cuchillo don Cándido Gamboa.
Dispuso éste retiraran el cadáver del cepo. Horrorosa era su vista, habiendo adquirido ya la rigidez de la muerte. Tendido de espaldas en la tarima, su lecho de agonía, aún apretaba los bordes con los dedos crispados. A consecuencia de las mordidas de los perros, tenía hinchados los brazos, las piernas y el levantado pecho; los ojos casi fuera de sus cuencas e inyectados de sangre, de la cual estaban salpicadas sus ropas en girones.
Contribuía a darle un aspecto feroz el tener la piel de la frente arrollada desde la línea de las cejas hasta el nacimiento de la pasa, y zajadas las mejillas verticalmente desde el párpado inferior hasta la orilla de la quijada, a usanza de la tribu en su país natal. Parte de esa costumbre era el aguzarse los dientes superiores, que dejaba ver a través de los labios entreabiertos, trabados con los de la mandíbula inferior: nueva prueba ésta de la lucha entre la vida y la muerte. No acusaba su semblante más de 27 ó 30 años de edad; de modo que se hallaba entonces en todo el vigor y desarrollo de su juventud.
—¡Lástima de negro!, dijo Cocco.
—Valía lo que pesaba en oro para el trabajo, dijo don Cándido interpretando en su verdadero sentido la exclamación del administrador de Valvanera.
—He ahí la vera efigie de un salvaje africano, dijo el Cura. Dios tenga piedad de su alma.
—Debió haber sido ese negro la pura soberbia, dijo el Capitán Peña con aire sentencioso.
—Y dígalo, dijo Moya satisfecho, porque había allí uno que diera forma a su pensamiento en aquel instante. Más cachorro no ha salío de la Guinea.
—Ha muerto en su ley, dijo el gallego mayordomo de la finca. Dios no le tome en cuenta sus muchos pecados.
—Veamos lo que dice María de Regla, dijo don Cándido sin mirar de lleno a la cara de la enfermera.
Insensiblemente las personas que acababan de hablar se habían situado en torno del cadáver, que entonces alumbraba a medias con la vela de cera amarilla, desde el pie de la tarima, la negra mencionada por don Cándido. Ella, con los ojos bajos, dijo:
—Le contaré a mi señor lo que ha pasado.
La precisión y claridad de las pocas palabras vertidas, junto con el acento argentino y medido de su voz, pregonándola como mujer de talento y de algún trato social, le ganaron desde luego la atención de los circunstantes. Poseía ella ambas cosas en grado notable, relativamente a su falta de escuela y a su condición de esclava desde la cuna. A la natural perspicacia y carácter dulce y simpático, combinados con un exterior agradable y fino, se agregaba el haber servido de doncella a sus primeros amos; teniendo ocasión de rozarse más con éstos y con las personas decentes que visitaban la casa que con las ignorantes de su misma condición, y de aprender, no ya sólo las maneras, sino el modo de decir y de portarse en sociedad la gente blanca y educada. Frisaba en los 36 ó 40 de la edad, como la atestaban sus formas redondeadas y voluptuosas. Dos medias lunas grandes de oro pendían de sus orejas, y para ocultar las pasas, que detestaba, se cubría la cabeza con un pañuelo de algodón, dicho de Bayajá, atado con bastante gracia y coquetería, a guisa de turbante turco. En el momento de que hablamos, su aspecto y tono de voz revelaban mucho disgusto y tristeza.
—Le contaré a mi señor lo que ha pasado a mi vista, dijo ella cual si hablara con el muerto y no con su amo. Pedro, desde que le pusieron en el cepo, se negó a comer y hablar. Sólo esta madrugada bebió un poco de sambumbia, que le hice tragar, como quien dice, de por fuerza. El hambre se aguanta, la sed no hay quien la entretenga siquiera, y él, por las mordidas, debía de sentir una sed ardiente. Después, como hacía veinticuatro horas que no pasaba bocado, como había ya perdido mucha sangre y se le habían inflamado las heridas, a pesar de las unturas que ordenó el médico, estaba muy débil, irritado, no podía reconciliar el sueño. Se calmó un poco luego que apagó la sed. Pero no ladraba un perro, no cantaba un gallo, no se oían pasos de gente o de animales en el batey sin que él se moviera, le crujieran los huesos en la tarima y se pusiera a escuchar. Los primeros cuerazos de don Liborio esta mañanita le causaron un sobresalto grandísimo y no tuvo un momento de reposo. A cada cuerazo se estremecía de pies a cabeza, lo mismito que hace el caballo (y perdonen sus mercedes la comparación) cuando le quitan la silla después de un largo viaje.
«Estoy segura, añadió la enfermera con cierta timidez, que más le dolieron los bocabajos a Pedro que a aquéllos a quienes se los dieron. Le entró una especie de furia. Murmuraba en su lengua palabras que yo no entendía. Parecía loco. En esto trajeron a Julián más muerto que vivo, entre cuatro morenos. Pedro lo vio. Era su ahijado de bautismo y se convenció de que estaban castigando a sus compañeros de fuga. Entonces se remató. Estoy persuadida que si hubiera podido, hace añicos el cepo. Le cogí miedo. Trataba de sacar los pies de los agujeros; dejé la cura de Julián y me acerqué cuanto pude a la tarima de Pedro. Le encontré sentado, mirando para todas partes, cual si esperara que vinieran por él a cada rato para darle un bocabajo.
«¿Qué tienes, Pedro?, le pregunté. ¿Qué sientes? ¿qué te duele? ¿qué quieres? Me miró fijamente, dio un gran suspiro y dijo con la garganta, no con la lengua:—Lamo. ¿Llamo?, le pregunté. ¿A quién llamo, al médico? Se quedó callado. Di, Pedro, ¿quieres que mande por el amo? Abrió tamaños ojos, enseñó los dientes y repitió: Lamo, lamo... su mercea, concluyó diciendo María de Regla con mayor timidez, sin levantar la vista para don Cándido.»
Este no hizo más que sonreírse ligeramente y la enfermera prosiguió su gráfica narración.
«Yo le contesté: todavía no, Pedro; todo el mundo duerme en la casa de vivienda; velaré, y así que salga el amo, le avisaré que quieres verlo. Duerme, descansa un rato. Por fortuna en aquella misma hora se oyó alejarse a la gente y Pedro dio un suspiro. No venían por él. Después me pareció inútil avisar al amo. Estaban ocupados con la repartición de las esquifaciones, el bautismo de los bozales... Señorita estaba quitando grillos y perdonando a todos; ¿quién no creería que se había pasado el peligro? Pero en mala hora entró aquí don Liborio a buscar algo que se le había quedado anoche. Venía furioso. Dijo que lo habían botado por culpa de Pedro, pero que no se quedaría riendo el muy cachorro, pues había ordenado el señor don Cándido que le dieran un novenario luego que se pusiera bueno, y que si él no tenía el gusto de dárselo se lo daría el otro Mayoral. No se aparecía el amo y Pedro creyó que estaba bravo y que don Liborio decía verdad. Desde este momento decidió quitarse la vida. Me asomé a la ventana para ver el baile de tambor por un instante, cuando sentí que Pedro se movía; volvía la cara y noté que se andaba en la boca con los dedos. No pensé nada malo, pero hizo un movimiento cual si le entraran náuseas. Corrí a su lado... Acababa de sacarse los dedos de la boca, apretaba los dientes y procuraba agarrarse de la tarima con las dos manos. Entonces le entraron convulsiones. Me dio horror; mandé llamar al médico, y sin saber cómo ni cuándo se me quedó muerto entre los brazos. Así como está ahora le encontró el señor don José (el médico). Muchos he visto morir desde que estoy aquí, pero ningún muerto me ha causado tanto horror.»
—Se explica la negra, dijo Cocco a don Cándido cuando salían de la enfermería.
—No sabe Vd., todas las letras menudas que tiene, repuso don Cándido a media voz. He aquí la causa de su perdición. Si fuese menos bachillera estaría quizás más contenta con su suerte.
—Pues qué, ¿es mujer de aspiraciones?
—¡Que si es! Demasiado. Apresurémonos no sea que perdamos el plus café. Luego Rosa extrañará nuestra demora y no conviene todavía que sepa la muerte del negro.
Conocidamente pasaba don Cándido por el carácter de la enfermera como por sobre ascuas. No era indiferencia la suya, tampoco desdén, menos desprecio: era miedo, puro miedo no fuera que se averiguase la posición en que se hallaba colocado respecto de ésa su humilde esclava. Porque es bueno se diga una vez más, que don Cándido Gamboa y Ruiz, caballero español, rico hacendado de Cuba, fundador de una familia distinguida que llevaría su preclaro nombre quién sabe hasta qué generación, con ínfulas de noble, ya en camino de titular y ganoso de rozarse con la gente encopetada y aristocrática de La Habana, se sentía atado a la enfermera de su ingenio de La Tinaja por lazos que, no por invisibles eran menos fuertes e inquebrantables. María de Regla poseía el único secreto de su vida libertina que le avergonzaba y hacía infeliz en medio de la grandeza y el boato de que ahora se veía rodeado.
El día siguiente armose en La Tinaja divertida cabalgata, compuesta de las señoritas Ilincheta y las dos más jóvenes de Gamboa, escoltadas por el hermano de éstas, por Meneses y por Coceo.
Hacía tiempo hermoso, quiere decir, que las nubes aplomadas que encapotaban el cielo, impedían el brillo del sol en toda su fuerza, mientras el aire seco del norte, que a su paso por el angosto brazo del Golfo no había podido despojarse de los fríos vapores del vecino continente, refrescaba que era una delicia la atmósfera de toda esa costa cubana. Isabel, diestra jinete, orgullosa de su habilidad, amaba el ejercicio a caballo y se hacía la ilusión que dominaría a su sabor el campo desde la silla, respiraría aire más puro y más libre y ensancharía los horizontes de su existencia, cruelmente circunscritos en el ingenio de La Tinaja. Este inesperado desahogo lo demandaban a una su cuerpo, su espíritu y su corazón.
El tropel de las caballerías, esguazando el río, camino de la estancia, hizo levantar a los vocingleros totíes y a las hurañas palomas rabiches que habían bajado a beber o a bañarse a la lengua del agua, abrigadas por las tendidas ramas de los robles.
—¡Qué sombrío! exclamó Isabel. Convida ese charco a bañarse.
—Es muy hondo al pie de la palma sobre la margen derecha, observó Gamboa.
—¿Cómo que hondo? preguntó la joven.
—Tapa a un hombre.
—Entonces se podrá nadar con desembarazo.
—Sí, pero es muy peligroso bañarse allí a causa de los caimanes que suelen ascender el río desde la boca. En ese mismo charco que tanto incita a Isabel, perdió papá un perdiguero que quería mucho. Yo era un chicuelo entonces y le acompañaba en la caza. Le disparó un tiro a un aguaitacaimán y cayó en mitad del charco; tras él se lanzó el perro para traerle a la orilla, pero sin darle alcance se hundió bajo de las aguas cual si le faltaran las fuerzas de repente. Luego apareció en la superficie un borbollón de sangre, por donde conoció papá que le había atrapado un caimán.
Buen efecto producían el arrozal en lo más hondo de un vallecito, irguiendo sus innumerables espigas, todavía verdes, en busca del calor solar y el campo de maíz en las laderas de las colinas, con sus flores de color morado y las barbas rubias de sus mazorcas.
En el platanal inmediato abundaban los racimos amarillos, que por su mucho peso hacían inclinar la cepa hasta besar la tierra con la punta de sus anchas y largas hojas, cual láminas de acero.
Corriendo a la ventura, sin detenerse en ninguna parte, nuestros paseantes repasaron el río por un vado más abajo del anterior, dejando tras sí los terrenos de la estancia y entrando en los del potrero, por medio de un dilatadísimo palmar. Sus enhiestos y blancos troncos remedaban las gigantes columnas de un templo antiguo arruinado. Tenía establecido en él su campamento una banda de aquellas aves, especie de cuervos que en su canto o grito expresan por onomatopeya el nombre bajo el cual se les conoce vulgarmente en Cuba: cao, cao.
En tan gran número se habían juntado que ennegrecían el racimo de la palma o la penca donde se posaban; y lejos de asustarlas o hacerlas abandonar el puesto las pisadas de las caballerías o las voces alegres de los jinetes, eso mismo pareció aumentar su algarabía y desfachatez, expresada en las miradas de soslayo que lanzaban desde sus naturales alcándaras, cual si poseyeran inteligencia y quisieran burlarse de quienes no tenían alas para llegar hasta ellas.
—No se reirían Vds. de mí, dijo Gamboa, si tuviera a mano mi escopeta. Yo haría descender más que de prisa a algunos de esos bribones.
—Tan dudoso es lo que Vd. dice, dijo Cocco con sorna, que viene bien aquí aquello de «al mejor cazador se le va una liebre».
—¿Por qué así? preguntó Isabel, que se daba por diestra tiradora.
—Diré a Vd., señorita, repuso Cocco con su vocecilla gangosa e innata cortesía. Porque con el calor del día se le pone la pluma muy resbaladiza lo mismo al cao que a la paloma torcaz, y no le entra fácilmente la munición.
Luego cambiaron de rumbo los paseantes, rodeando la finca por el lado norte, que era la porción más elevada del terreno. Desde una de sus alturitas se alcanzaba a ver un pedazo del mar azul, en la apariencia sereno, y allá en el horizonte algunas velas blancas como otras tantas aves acuáticas rizando la linfa de un manso lago.
Cerraba la guardarraya que recorrían los paseantes, un bosque alteroso que servía de línea divisoria entre el ingenio de La Tinaja y el de La Angosta del otro lado. Según recordaba Leonardo debía de haber una vereda que atravesaba dicho bosque, y siguiendo la cual podía llegarse a la finca del Conde de Fernandina en la mitad del tiempo que se emplearía en caso de ir por el camino real o de la Playa. La vía naturalmente era muy estrecha y estaría en parte obstruida por ramas bajas y espinosas de los árboles y plantas trepadoras, en las cuales bien podían dejar las señoras, como se descuidasen, girones de sus vestidos. Esto entendido, les propuso acometer la ardua empresa.
Había novedad en la propuesta, por lo mismo que se corría peligro; razón de más para que las señoritas, ganosas de aventuras, la aceptasen de plano y aun con entusiasmo. ¿Qué importaba un arañazo más o menos si se prolongaba un poco aquel rato de libertad y de expansión? La intrépida Isabel, sobre todas, a quien el aire del campo y el ejercicio ecuestre habían devuelto las rosas a sus mejillas, el fuego a sus ojos y la sonrisa a sus labios, exclamó:—¿Quién dijo miedo? Adelante. No se diría nunca que por donde pasó un hombre a caballo Isabel se quedó atrás.
Penetraron todos en el sombrío bosque, llenos de alegría. Pero apenas anduvieron corto trecho, uno detrás de otro, abriéndose paso a veces con las manos, cuando tuvieron que detenerse. Empezó a sentirse un hedor fuerte, como de cuerpo muerto; y de seguidas descubriose una vasta congregación de auras tiñosas, rindiendo con su peso las ramas de los árboles que servían como de arcos triunfales a la vereda. Algunas de esas asquerosas aves, las más cercanas, a la vista de los caminantes emprendieron el vuelo, y haciendo un ruido tremendo con sus amplias y pesadas alas, fueron a posarse algo más lejos. Otras, las más distantes, no sólo no se movieron de sus perchas naturales, sino que se pusieron a ojear en todas direcciones con aire siniestro. La causa de su amenazadora actitud se echó luego de ver: se entretenían en devorar el cadáver de un negro, colgado por el pescuezo de la rama de un árbol a orillas de la vereda, e interrumpidas en lo más interesante del festín, manifestaban su indignación de la manera dicha.
En los momentos de acercarse los jóvenes, oscilaba ligeramente el cuerpo. Esta circunstancia engañó de pronto a Leonardo, que llevaba la delantera, respecto de su estado actual; pero la reflexión de que las auras al abandonarle le habían impreso el movimiento oscilatorio, aun observable, le sacó prontamente del error. Habíanle extraído los ojos y la lengua, y cuando fueron interrumpidas buscaban afanosas el corazón con sus encorvados picos.
—¡Mira! dijo Gamboa a Isabel, que le seguía de cerca indicándola, con el brazo tendido, el horrible cadáver contra el cual estuvo él mismo a punto de tropezar.
—¡Ay, Leonardo! exclamó ella horrorizada.
Perdió el color y el habla, y hubiera perdido también el conocimiento y caído de la silla al suelo si Leonardo, advirtiendo su imprudencia, no revuelve a toda prisa el caballo, la coge de la mano, le da los dictados más cariñosos, le pide mil perdones y la saca al limpio, invirtiendo el orden de la marcha.
Mientras Leonardo despachaba el guardiero Caimán al bosque para identificar, si era posible, la persona del suicida, Meneses acudió por agua al arroyo inmediato, la trajo y se la hizo beber a Isabel en un vaso rústico, de forma de cartucho, hecho de una yagua recién desprendida de la palma.
Averiguose que el muerto era Pablo, compañero de Pedro, que se quedó en el bosque cuando los otros cinco prófugos, inducidos por Tomasa y con el apoyo de Caimán, resolvieron presentarse a los amos.
La estaba reservado a Isabel, en su breve correría por los campos del ingenio de La Tinaja, encuentro no menos desagradable que el anterior. Dando la vuelta con lento paso por una guardarraya paralela a la que llevaron antes, no a fin de alargar el paseo, sino con el de distraer a Isabel, aun no repuesta del choque, avistaron un cercado de regular tamaño, con puerta de tablas mal unidas y una cruz tosca de madera sobrepuesta en el centro. Parecía indicar su destino este signo de la fe del cristiano; pero ante la ausencia absoluta de monumentos, losas o camellones de sepulturas, ante la lujosa vegetación herbácea del suelo, costaba creer que era el cementerio donde se enterraban los esclavos que morían en el ingenio de La Tinaja. El señor Obispo Espada había concedido su establecimiento en aquellas fincas rurales que por su lejanía de los centros de población o de las parroquias hacía difícil a la salud pública la conducción de los cadáveres.
Sin duda porque todos, o casi todos, sabían el destino del cercado, nadie habló de él. Pasaron de largo y tomaron otra guardarraya en dirección del ingenio. Descendían luego una cuesta suave y prolongada a medida que la subían tres negros a pie. Dos caminaban delante, cada cual con su azadón al hombro. El otro algo más atrás, conducía del diestro un caballo de mal pelaje. A cierta distancia no era fácil conocer, al menos por las señoritas de la cabalgata, el objeto de la procesión ni la naturaleza de la carga.
Descubríanse solamente dos como cilindros o trozos de cepa de plátano, asegurados longitudinalmente en los lados del aparejo común de carga en el país, a guisa de cañones de campaña trasportados a lomos de acémilas. Para Leonardo todo este misterio desapareció desde el momento que pudo ligar la idea de los tres negros que marchaban en esa dirección, preparados para abrir una sepultura.
Pero, ¿quién era el muerto? ¿dónde estaba? Iba de espaldas en lo que puede llamarse la batalla del aparejo encajonado entre las dos cepas de plátano. Por más señas que, sobresaliendo el cuerpo, la cabeza cubierta con un pañuelo a cuadros, batía colgando un lado del pescuezo del caballo, por más despacio que marchaba; al mismo tiempo que le golpeaba las ancas con los calcañales de los pies desnudos.
La guardarraya era muy angosta. A un lado y otro se desplegaban cañaverales extensos y cerrados. El encuentro se hacía inevitable. En tal aprieto, y deseoso Leonardo de ahorrar a sus amigos, en cuanto cabía, el nuevo mal rato que se les esperaba, mandó picar el paso so pretexto de que se hacía tarde, y él mismo procuró tomar la derecha de Isabel y divertir su atención hacia el otro lado del campo. Inútil cuidado. Todas las jóvenes, que entonces marchaban de dos en fondo, vieron y entendieron perfectamente de lo que se trataba, tributando quien un ¡pobrecito! quien una lágrima silenciosa a la memoria del muerto Pedro; el cual, por ser negro y esclavo, no era menos digno de su compasión. Porque ellas, aunque criadas a la leche de la esclavitud, como tiernas flores que abrían sus pétalos a los primeros rayos del sol de la vida, bien podían exclamar con el orador latino: homo sum; humani nihil a me alienum puto.[51]
Recibió doña Rosa a los paseantes con vivas muestras de cariño y regocijo. Tomó a Isabel por la mano y dijo hablando en general:
—Gracias a Dios que han vuelto. Sobre que ya iba entrando en cuidado. Me pareció que les había sucedido algo. Luego, me acaban de decir que ésta (Isabel) pierde el juicio en cuanto monta a caballo. Supongo que se han divertido mucho.
Isabel se sonrió meramente y se retiró a su cuarto con Adela; pero Leonardo, Meneses y Cocco protestaron del juicio con que todas las señoritas se habían portado en el largo paseo.
—Me alegro, me alegro, dijo doña Rosa. Mas luego, dirigiéndose en particular a su hijo, añadió: ¿Qué tiene? (Se refería a Isabel.)
—Nada, que yo sepa, replicó Leonardo.
—Me parece que ha venido más triste. ¿Se ha enfermado en el paseo? ¿O tú le has hecho algo?
—¿Yo, mamá? Jamás he estado más amable y cumplido con ella.
Entonces Leonardo refirió a su madre cuanto habían visto en su malhadado paseo; su encuentro con el negro ahorcado en el bosque y con el entierro de Pedro.
—Pero ¡hombre! ¿a quién se le ocurre llevar a las muchachas por semejantes andurriales?
—¿Y yo qué sabía, mamá? Para adivino, Dios.
—¿No lo decía yo? De esta hecha Isabel no vuelve a poner los pies en el ingenio. Se figurará que siempre es lo mismo.
—Ella no se ha quejado.
—Sabe mucho Isabel y es demasiado discreta para decir lo que siente, sin ton ni son; pero se conoce que esto no le ha gustado ni un poquito. Y tu padre está creído que cuando te cases con ella vendrán Vds. a menudo a La Tinaja a pasar largas temporadas. El dice que tú tarde que temprano, has de ser el administrador, y parecería muy feo que tu mujer se quedase en La Habana...
—¿Han arreglado ya Vds. el plan?
—¡Cómo! ¡Qué! ¿No te gusta?
—¿El plan o la novia?
—La novia y el plan, hijo.
—La novia me gusta un puñado, no lo puedo negar; pero, ¿es hora de casarme, mamá? El casamiento es cosa seria, tú lo sabes. No ha de hacerse cochiherviti. En cuanto a la administración del ingenio, ¿crees tú que yo deba encerrarme en este desierto, cuando empiezo a gozar?
—No sabes cuánto gusto me da el oírte hablar así, hijo mío. Salomón no se expresaría con más juicio. Eso mismo le decía yo a tu padre anoche. ¿Para qué tanta prisa? Pero él es muy porfiado, testarudo y caprichoso, más que un vizcaíno. Se le ha puesto que te cases el año entrante y eso ha de ser. Tú, sin embargo, no tienes por qué apurarte ni afligirte. Como tú eres quien se casa y no tu padre, se hará el casamiento cuando convenga. Mas si bien se mira, Leonardito, tu padre no deja de tener razón. El me ha hecho sus reflexiones, y... casi, casi que me ha convencido. Porque dice: Mañana es otro día nos morimos nosotros. ¿Qué será de todo esto? ¿Qué de nuestros cuantiosos bienes? ¿qué de tus hermanas si aún no se han casado? Soltero tú no podrás cuidarlas, dirigirlas ni protegerlas. Todo andará manga por hombro, vendrán a menos los bienes cada día, y, sobre todo, se destruirá la casa que tanto trabajo nos ha costado fundar... El cree que en el primer correo de España le viene el título de Conde de La Tinaja o de Casa Gamboa. Ha dejado el nombre a la elección de su agente en Madrid. El título pasará a ti, mejor dicho, tú lo disfrutarás, pues para ti verdaderamente se ha pedido. Entonces, además que sería una vergüenza que trabajaras personalmente, como tu padre ha trabajado toda su vida, ¿qué necesidad, tampoco tendrías tú de ello? Al contrario, si nuestra muerte y el condado te encuentran casado y firmemente establecido, ¿cuán diferente no será tu suerte y la de tus hermanas? ¿Ni con quién pudieras enlazarte mejor que con Isabel que es tan buena y virtuosa? Cada vez me gusta más esa muchacha. Si yo fuera hombre me parece que la enamoraba y me casaba con ella. Por otra parte, hijo mío, ¿quién atendería esto mejor que tú que eres su dueño y que te duele? Mira, cada vez que me acuerdo que por debilidad mía... No tal, por majaderías de tu padre, se dejó tanto tiempo de Mayoral de esta finca a don Liborio, a ese bandolero, cara de hereje, me da cólera de mí misma. ¿Para qué servía ese condenado? Nada más que para enamorar las negras y desollar los negros con el cuero. Se deleitaba en dar bocabajos, según me ha contado la mujer de Moya. Tenía convertido el ingenio en un presidio. Por nada y nada cargaba de grillos al mejor negro después de arrancarle la tira del pellejo. Creo firmemente que si no le boto no me deja uno vivo. El tuvo la culpa de que se huyeran tantos; por él es fácil que se muera de pasmo todavía Julián. Le dio un bocabajo a Tomasa sabiendo que yo le servía de madrina, lo mismo que a los otros que se habían huido con ella. ¡Bárbaro! Estamos de malas. Dios quiera que el año venidero sea mejor para nosotros. Para complemento de desgracias, acaba de recibirse carta de La Habana en que participa don Melitón que desapareció Dionisio desde el día 24, y que ha oído decir lo mataron de una puñalada por el barrio de Jesús María. Descerrajó el escaparate de tu padre y se llevó la casaca, el calzón corto de paño, las medias de seda y los zapatos con hebillas de oro que usaba antes de la Constitución del año 12. ¿Qué se propuso hacer con esa ropa? ¿Venderla? Nadie se la compraría. ¿Has visto qué pícaro? ¡Qué malvado! ¡Y después de esto crea Vd. en la honradez y formalidad de los negros! Dios me perdone, pero el mejor... merece que lo quemen vivo. ¡Cuánta ingratitud contra amos tan buenos!
Capítulo VIII
¡Ay del señor, que sus vasallos deja Al cielo remitir su justa queja!
Lope de Vega
La familia de Gamboa, en unión de sus huéspedes, pasó la mayor parte de la noche del segundo día de Pascuas en la casa de calderas.
Alumbraban el trapiche unas fogatas que habían encendido los negros, no tanto para obtener claridad en aquel ancho y tenebroso edificio, como para calentarse; pues se sentía un relente desapacible y ellos carecían de abrigo, excepto el gorro de lana que algunos llevaban puesto. Ruidos distintos y gran batahola reinaban por todas partes. Hombres y mujeres pasaban y repasaban del tablero de alimentación del trapiche a las pilas de cañas, ya con los brazados a la cabeza, ya de vacío, según era el caso; todos siempre de carrera, estimulados por el látigo del contramayoral, que no les concedía momentos de descanso ni de respiro. En sus idas y venidas pasaban lo más cerca que podían de las fogatas, así para atizarlas con el pie como para recibir de lleno el calor, en cuyas ocasiones la llama rojiza, cual siniestro relámpago en medio de una noche tempestuosa, solía iluminarlos de pies a cabeza, con lo que se podía echar de ver que eran seres humanos y no fantasmas de las regiones infernales quienes desempeñaban tan recias faenas en horas que la mayoría de los obreros se entrega al sueño.
En esta parte de la casa de calderas no se oían, pues, más que los estallidos de los ramos verdes y del bagazo todavía húmedo con que los negros alimentaban el fuego, o el crujido de los haces de caña al pasar por entre los cilindros macizos y relucientes del trapiche, o el zumbido sordo, peculiar del volante de la máquina de vapor en sus vertiginosos giros. Con este afanoso trabajar, desaparecían una tras otra las pilas de caña, especie de murallas verdes, que al principio circunvalaban casi la casa de ingenio; de suerte que la corriente del guarapo en la canal de madera hacía el mismo murmurio que un arroyuelo ordinario.
El departamento propio de las calderas estaba pobremente alumbrado por unos cuantos candiles de grasa común colgados a trechos de las gruesas vigas, en derredor del laboratorio o tren Jamaiquino. Más humo que luz emitían, soltando de cuando en cuando gotas de grasa encendidas, que se apagaban luego que tocaban en el suelo de ladrillos. Por su parte, el vapor que desprendía la miel en cocimiento, cargaba más la espesa atmósfera de aquel sitio, disminuyendo a compás la poca fuerza luminosa de los candiles. De tal modo era esto así, que pisando el suelo caliente y pegajoso de las calderas, por largo rato las personas recién venidas sólo veían a los fabricantes del azúcar como a través de un espeso velo de gasa. A veces un rayo de luz penetraba la nube de humo y vapor, hería el busto de los negros y del maestro de azúcar afanados en torno de las calderas; y entonces se repetía aquí al vivo uno de aquellos cuadros en que suelen representar a las ánimas del purgatorio.
Trajéronse sillas y se estableció el estrado en la parte opuesta a los hornos o fornallas, que era la más despejada y la menos calurosa. La reunión se aumentó con la presencia de los empleados blancos, los cuales acudieron presurosos para saludar a los amos del ingenio. El maestro de azúcar hizo traer tazas y servir guarapo hirviendo con algunas gotas de aguardiente a las señoras y a los caballeros. El mismo, echándola de cortés, sirvió del dulcísimo brebaje con su propia mano a doña Rosa y doña Juana, y habría servido a las demás señoras si Cocco y Meneses, modelos de cortesía, no se le anticipan y le ahorran el trabajo. Leonardo e Isabel no se habían sentado; continuaron de bracero paseándose arriba y abajo, en cuanto lo permitían la estrechez relativa y los inconvenientes del sitio. Tampoco se sentaron Adela y Rosa Ilincheta, prefiriendo registrar, acompañadas de Dolores, los diversos departamentos de la casa de calderas, sin aventurarse, no obstante, en los rincones muy oscuros.
No parecía mal el maestro de azúcar. Era mozo arriscado y despierto, bastante joven y de apuesta persona, aunque vestía el traje puro de los guajiros, el cual no contribuye por cierto al bien parecer de todos los que le llevan. Llamábase Isidro Bolmey y había nacido en Guanajay, de padres pobres, quienes careciendo de letras y no habiendo escuelas en el pueblo, mal pudieron dejar al hijo, al morir, ni la más común educación. Apenas si sabía leer y escribir su nombre. No profesaba religión ninguna, aun cuando le habían bautizado y confirmado en la católica, apostólica, romana, durante la visita que giró por el lugar de su nacimiento el señor Obispo Espada y Landa el año de 1818. Lo cierto es que, a los 26 de su vida no recordaba haber entrado en una iglesia a oír misa, menos haber rezado alguna vez, por no saber ni la más breve de las oraciones cristianas: el Padre nuestro. Pues este mozo ignorante, demasiado joven para haber aprendido algo por la práctica, era, hacía algún tiempo, el maestro de azúcar del famoso ingenio de La Tinaja, finca que representaba en aquella época un capital cuando menos de medio millón de duros.
El estallido repentino del látigo en la parte opuesta de la casa de calderas, en el acto de llevarse Isabel la bebida a la boca, la hizo estremecer de pies a cabeza, y, perdido el tino, se le deslizó la taza de las manos.
—Se ha manchado la niña el túnico, dijo el maestro de azúcar como pesaroso.
—No le hace, dijo Isabel sacudiéndose la falda.
—Diga Vd. al contramayoral, dijo Leonardo serio, que no vuelva a sonar el látigo.
—Si la niña quisiera otra taza, agregó Bolmey con acento en que se revelaba un gran fondo de tierna solicitud. Entodavía está el guarapo en estado de beberse.
—No, no, repitió Isabel. No se moleste. ¿Para qué, tampoco? No me gusta, que digamos, esa bebida.
Sin duda que no agradó al mozo de Guanajay la negativa de Isabel, porque murmuró en tono que pudo oírsele:
—Parece que los cuerazos le han queitado las ganas a la niña. Vea Vd., y nosotros nos dormimos con esa música.
Tomó Leonardo como una impertinencia la observación del maestro de azúcar y le volvió la espalda disgustado. Al contrario Isabel, no atendió sino a su penetración y suaves modales, y sintiendo hacia él una especie de gratitud, la pesó de que su amante no participara del mismo noble sentimiento. Mas, tuvo la candidez de decírselo al paño. Por lo que Leonardo, picado ahora, se propuso quinar y poner en ridículo al maestro de azúcar, examinando allí mismo los puntos que calzaba en el arte de fabricar ese dulce.
Para ejercer el cargo de examinador, no poseía Leonardo otras condiciones que aquéllas de que le revestían por el momento el despecho y la osadía de quien compara su propia alteza y superioridad casuales, con la bajeza y la humildad relativas del primer contrincante con quien acontece medir sus fuerzas morales e intelectuales. La clase de educación que su estado social y caudales le habían procurado a Leonardo, estaba muy lejos de ser científica; había sido puramente literaria y nada profunda por cierto. No había saludado siquiera ninguna de las ciencias naturales, puesto que no existían en su patria entonces cátedras libres de ellas. Verdaderamente sólo se enseñaba filosofía, jurisprudencia y medicina, sin otros ramos principales que tanto contribuyen a su complemento. Leonardo Gamboa, como la mayoría de los estudiantes de su época, no entendía jota de Agronomía, por supuesto, ni de Geología, ni tampoco de Química, menos de Botánica, aunque de esta última ciencia daba a la sazón, o pretendía dar lecciones don Ramón de la Sagra en el Jardín Botánico de La Habana. Mas sea de esto lo que se fuese, ello es que la índole buena y la ignorancia supina del maestro de azúcar concedieron esta vez triunfo fácil y señalado al futuro dueño del ingenio de La Tinaja.
—¿Dónde aprendió Vd. a hacer azúcar, don Isidro? le preguntó de improviso y con cierto tono arrogante.
—En el ingenio del Sr. don Rafael de Zayas, aquel que topamos como se viene de Guanajay al pie de la loma de la Yaya.
Ahí estaba de maestro de azúcar mi padre, que en paz descanse, y yo lo acompañé y lo ayudé a hacer bastantes zafras.
—Es decir, que su padre le enseñó a Vd. el oficio de maestro de azúcar. ¿No es eso?
—Pues, él hacía azúcar delante de mí y yo aprendí por mi gusto haciendo lo que él hacía.
—¿Qué hacía su padre de Vd.? En otras palabras, ¿cómo hacía el azúcar? Esto es lo que deseo que Vd. me explique; diciendo lo cual apretó el brazo de Isabel.
—Diré al señor don Leonardito, repuso Bolmey revolviendo allá en su mente por si daba con las palabras que pudieran ser nuevas para su joven amo. Si vale decir verdad, no se necesita cencia para hacer la azúcar; basta un poco de práctica y un buen ojo. Yo veía que mi padre, que en paz descanse, en cuanto que se llenaba de guarapo fresco el tacho de la torre, lo dejaba sentar un poco y le quitaba la basura; que después lo bombeaba de ese tacho a la paila del medio, y que después mandaba meter candela de duro. Verbi gracia, así como yo voy a hacer ahora.
Mientras hablaba, dos negros con sus bombas y una canal movible trasegaron el guarapo desfecado de la segunda paila de la izquierda a otra de la derecha, y el joven Bolmey agregó:
—¿Ve el niño? Ahora quito la basura y vaceo el guarapo de este tacho en este otro y le echo un poco de cal viva...
—Bien, ¿para qué le echa Vd. cal?—le interrumpió preguntándole Leonardo, con regocijo secreto de tenerlo cogido en un renuncio ridículo.
—Eso sí que no sabré decir al niño, contestó el mozo con naturalidad. (Y como se sonriera Leonardo, agregó)—Yo no sé por qué se le echa cal, sólo sé que si no se le echa no se puede sacar una templa buena. Dios solamente sabe eso. La azúcar se pone agria, no se hace cuando le falta la cal. Así hacía mi padre, que en paz descanse, y yo hago lo mesmo, aunque si vale decir verdad, yo creo que va en suerte más que en otra cosa, el hacer o no la azúcar. Lo que puedo decir al niño es que parece que yo tengo suerte, que ya llevo hechas cinco zafras en este ingenio, y ésta será la quinta, y está por la primera vez que se me hayga perdido una templa. También yo conozco los cañaverales de La Tinaja.
—¿Qué diferencia encuentra Vd. entre un cañaveral y otro cañaveral? La caña es la misma en todos.
—Le parece al niño, pero no es así; y perdone que le contradiga.
—¡Cómo! exclamó Leonardo sorprendido y visiblemente mortificado, pues no estaba seguro de que sabía sobre este punto más que su maestro de azúcar. ¡Si querrá Vd. venir ahora a darme lecciones acerca de la naturaleza y calidades de las cañas de azúcar! Las hay de varias especies, y aquí las tenemos de Otahití, de la cinta o morada, de la cristalina, que es la última introducción en el país y de la criolla o de la tierra, que no sirve para moler. Todas dan más o menos jugo sacarino, y ésta es la única diferencia digna de notar entre ellas. La más recia y menos a propósito para moler es la morada o de la cinta, porque contiene más parte leñosa y menos jugo sacarino. No sabe Vd., por supuesto, lo que estos términos significan, pero tengo que usarlos, a falta de otros que sean inteligibles para Vd. En mi ingenio abunda más la de Otahití que las otras pues se ha probado que es todo jugo sacarino, todo dulce, y es, además, la que mejor se da en la tierra negra. Cada carretada de esta caña da pan y medio o dos arrobas y media de azúcar blanco, y tan sabroso como no se hace en ningún otro ingenio de la Vuelta Abajo.
—Dice mucha verdad el niño, tiene muchísima razón el señor don Leonardito... pero... yo no hablaba de las cañas, hablaba de los cañaverales.
—Esa sí que está mejor, dijo el joven, cuadrado y cruzado de brazos delante de su maestro de azúcar, esperando oírle tan solemne disparate, que hiciese reír a Isabel, la cual mantenía una extraña imperturbabilidad. Veamos la diferencia que Vd. descubre entre los cañaverales...
—La diferiencia que yo encuentro (repuso Bolmey con gran aplomo), mejor dicho, que mi padre, que en paz descanse, encontraba entre los cañaverales, era ésta: que los de tierra baja y pantanosa son más agrios y salados que los de lometicas, y mientras más agrio el cañaveral más cal necesita para que no se revenga el azúcar.
Sin más volvió Leonardo la espalda, y así que se puso a buena distancia de Bolmey, dijo:
—Será buen sastre, pero a mí no me trabaja, lo juro. Quiero decir, que cuando yo mande aquí, que será pronto, no es ese zopenco el que me hace el azúcar. Lo primero que haga es ponerlo de patitas en el camino real.
En su rápida excursión tuvieron también su aventura Adela, Rosa y Dolores. Muy entretenidas se hallaban las tres, viendo batir la miel en una de las refriaderas, a tiempo que se les acercó por la espalda una negra desconocida, que les preguntó con mucho misterio:
—¿Quién de las niñas es la niña Adelita?
—Yo, contestó la misma precipitadamente y algo asustada.
—Pues ahí fuera, detrás de aquel horcón, aguarda por su merced su madre...
—¡Mi madre! repitió Adela sorprendida. Señorita, querrás decir...
—No, niña, digo la enfermera.
—¡Ah! Dile que se acerque, que entre.
—Ella no quiere que la vean los amos. No se atreve a dentrar.
—Ve, Dolores. Mira qué quiere tu madre. Si ella tiene miedo de entrar, más miedo tengo yo de salir. ¡Qué! ¡Si eso está tan oscuro! Como boca de lobo. Ni pensarlo.
A la vuelta dijo Dolores que su madre sólo deseaba darle un abrazo muy apretado a la niña Adela y decirle una cosa que no podía comunicársela por una tercera persona. Entonces la joven dio cita a la antigua nodriza para más tarde de la noche en su aposento de la casa de vivienda. Dolores quedó encargada de esperar a su madre en la puerta falsa para descorrer el cerrojo con que cerraba por dentro y conducirla a presencia de su joven ama e hija de leche.
Efectivamente, entre once y doce de la noche mencionada, las dos señoritas más jóvenes de Gamboa se hallaban reunidas con las dos hermanas Ilincheta y su tía doña Juana Bohorques, en el cuarto de la casa de vivienda, asignado a éstas desde el principio. A medida que se acercaba la hora de la cita aumentaba la inquietud de Adela; de modo que, cuando llamaron a la puerta, arrastrando las yemas de los dedos en uno de sus tableros, de un salto se puso en pie y acudió a abrir. Dolores se presentó tan asustada como su ama, y dijo:—Ahí está.
—Que entre, repuso ésta; y en busca de conhorte por la falta que al parecer cometía, hablando con Isabel agregó:—Mía no es la culpa si doy este paso... No veo otro medio de averiguar por qué mamá está tan brava con la mujer que me crió...
En este momento entró María de Regla conducida de la mano por su hija Dolores, e interrumpió Adela un acto de contrición. Una sola vela de esperma dentro de su guardabrisa alumbraba a medias el cuarto, que si bien espacioso, reducían bastante los diversos muebles de que se hallaba atestado. Las señoras, sentadas en un medio círculo, aguardaban con bastante ansiedad la entrada de la enfermera. Venía vestida del modo como la describimos la última vez en la enfermería. Pasando de un medio oscuro a otro relativamente claro, quedó por un instante como deslumbrada y confusa ante el improvisado congreso femenil. Examinó uno a uno los rostros, y de pronto se lanzó sobre la señorita que ocupaba el centro del medio círculo, Adela, y diciendo:—Esta es mi hija, la levantó en sus robustos brazos, y mientras la estrechaba en ellos y giraba como loca, la cubría de besos y repetía:—¡Mi cielo! ¡mi lindura! ¡mi pimpollo! ¡mi hija idolatrada!
Después la volvió a la silla, se arrodilló a sus pies, la rodeó con los brazos por la cintura, dobló la cabeza sobre sus rodillas y lloró a sollozos sin consuelo por largo rato.
—¿Qué haces, María de Regla? le dijo Adela conmovida a la vista de tanto sentimiento y tan afectuosamente expresado. Cálmate, mujer. Ni hagas bulla, porque puede oírte mamá y entonces sí que la habremos hecho buena. Levántate, tranquilízate...
—¡Ay, niña del alma!, exclamó la negra enjugándose las lágrimas con la palma de las manos. Déjeme llorar, déjeme desahogar el corazón dolorido a los pies de mi adorada hija. No creo que si me ve Señorita se ponga brava conmigo y me eche de aquí. ¡Ah! ¡Y cómo deseaba este momento, justo Dios del cielo y de la tierra! ¡Hacía tanto tiempo que no veía a su merced y he pasado tantos trabajos en este destierro, que ha sido mi verdadero valle de lágrimas... que si me matasen ahora me dejaría matar con la sonrisa en los labios! ¿Qué vale la vida en medio de tantas penas? Y esto no es vivir, esto es morir todos los días y a cada hora. Su merced no comprende la causa de mi llanto. Su merced es muy joven, es blanca, es libre, es la niña bonita de la casa. Si su merced se casa y tiene hijos, ¿quién se atreverá a quebrar su gusto ni a separarla de su marido, ni de sus hijos? Su merced no sabe, ni Dios quiera que sepa nunca lo que pasa por una esclava. Si es soltera porque es soltera; si es casada porque es casada; si madre porque es madre, no tiene voluntad propia. No le dejan hacer su gusto en ningún caso. Parta su merced del principio que no le permiten casarse con el hombre que le gusta o que quiere. Los amos le dan y le quitan el marido. Tampoco está segura de que podrá vivir siempre a su lado, ni de que criará a los hijos. Cuando menos lo espera, los amos la divorcian, le venden el marido, y a los hijos también, y separan la familia para no volver a juntarse en este mundo. Luego, si la mujer es joven y busca a otro hombre y no se muere de dolor por la pérdida de los hijos, entonces dicen los amos que la mujer no siente, ni padece, ni le tiene cariño a nadie. Piense su merced en lo que pasa por mí. Hace más de doce años, como quien dice la vida de un cristiano, que no veo a mi marido, y casi otro tiempo que he estado separada de mis hijos. ¿No ve su merced la injusticia, niña? Está bien que se me castigue si he pecado; pero, ¿por qué han de castigar también a mi marido y a mis hijos? Y no digan que no es castigo esta larga separación; lo es, niña y de los más duros. Sé que el objeto no ha sido castigar en mi esposo, ni en los hijos de mis entrañas la culpa que yo haya podido cometer. No; mis señores no son tan malos; pero Dionisio es un buen cocinero y hacía falta en La Habana; Tirso y Dolores son buenos criados de mano, y se necesitaban también allá. No me quejo porque sirven a los amos, son esclavos y tienen que servir. ¿A dónde irá el buey que no are? Y, servir por servir, mejor lo pasarán allá que acá. Me quejo porque estamos separados. La ausencia mata. Unidos, las penas son menos. Además, yo y Dionisio nos queríamos...