LA LOMA DEL ANGEL (continued 6)
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—Quisiera pedirte un favor, mamá; dijo con voz trémula por la emoción o el temor.
Por breve rato no contestó palabra doña Rosa; sólo miró a su hija, entre sorprendida y pensativa. Esto aumentó la turbación de Adela, quien, no embargante, añadió a la carrera:
—Tú no me vas a decir que no.
—Estás enferma, niña, dijo doña Rosa secamente. Tranquilízate. Y se levantó para marcharse.
—Un favor, mamá. Escucha un momento, prosiguió Adela, ya con los ojos humedecidos, deteniendo a su madre por la falda.
Esta volvió a sentarse, tal vez porque le llamaron la atención las palabras, y más la actitud de su hija, indicativas todas de extraordinaria agitación y zozobra.
—Vamos, te escucho. Di.
—Pero tú no te negarás a mi ruego.
—No sé qué quieres de mí; mal puedo decir de antemano si me negaré o no. Supongo, sin embargo, que es una de tus boberías. Acaba.
—¿No crees tú, mamá, que ya María de Regla ha purgado la culpa?...
—¿No lo dije? la interrumpió doña Rosa enojada. ¿Y para esa necesidad me detienes y me ruegas que te oiga? ¿Ni quién te ha dicho que esa negra está purgando culpa alguna?
—¿Por qué la tienen tanto tiempo en el ingenio?
—¿Y dónde estaría mejor la muy perra?
—¡Jesús, mamá! Me duele que hables así de quien me crió.
—Ojalá que nunca te hubiera dado de mamar. No sabes tú cuánto me ha pesado la hora en que te puse en sus manos. Pero bien sabe Dios que lo hice a no poder más. No me hables de María de Regla, no quiero saber de ella.
—Creía que la habías perdonado.
—¡Perdonado! ¡perdonado! repitió doña Rosa alzando la voz. ¡Jamás! Para mí ya ella ha muerto.
—¿Qué te ha hecho para tanto rigor?
—¿Quién la trata con rigor?
—¿Te parecen pocos los trabajos del ingenio? ¿El maltrato que le dan?
—No sé yo que la maltraten más de lo que ella merece.
—Pues todos dicen que sí.
—¿Quiénes son esos todos?
—Uno de ellos creo que ha sido el patrón Sierra que estuvo aquí la semana pasada, cuando vino por las esquifaciones para el ingenio.
—Lo que extraño es que el patrón hablase contigo.
—Yo no, mamá, sino otra persona, y como saben lo que quiero a María de Regla, me contaron lo que ella decía. Me han afligido mucho las cosas que allá le pasan, y quisiera, de veras, que tú hicieras algo por ella y por mí. Me ruega le sirva de madrina y haga que la saquen del ingenio...
—Adela, dijo doña Rosa afectada con el tono de ingenuidad y de exquisita ternura de su hija. Adela, tú no sabes el sacrificio que exiges de mí. Pero se acercan las Pascuas, toda la familia irá al ingenio y ya veremos lo que puede hacerse con esa negra de Barrabás. Debo advertirte, sin embargo, que no esperes me ablande de pronto y sin madura reflexión. Esa negra está perdida y muy sobre sí. Lejos de arrepentirse y enmendarse, como esperaba, para lavarse de la culpa de su desobediencia a mi expreso mandato, la ha hecho peor desde su llegada a La Tinaja. Va para doce años que la tengo allá, y cada vez me traen más quejas de ella y oigo cosas más escandalosas. El Administrador que teníamos allí trinaba con la negra. Yo no te había dicho nada, hija, porque no se había ofrecido la ocasión; pero me parece que ya María de Regla no puede vivir con nosotros. Sería un mal ejemplo para ti, para Carmen y aun para la misma Dolores. Desde que entró en el ingenio, entró allí la guerra civil; de cuyas resultas ha habido que cambiar a menudo de mayordomos, de mayorales, de maestros de azúcar, de carpinteros, en fin, de cuantos tienen la cara blanca, pues no parece sino que la maldita negra tiene un encanto para los hombres o que todos ellos son fáciles de infatuarse con cualquiera que lleva túnico. Tirso es una acusación viva contra la moralidad de María de Regla, pues su padre fue un carpintero vizcaíno que tuvimos hace tiempo en La Tinaja... Los bocabajos que ha llevado no la han corregido...
Las últimas palabras de doña Rosa estremecieron a Adela de pies a cabeza, pues a pesar de los lamentos de Dolores, ignoraba que le hubiesen impuesto a su adorada ama de leche otro castigo que el durísimo del destierro de La Habana y de las personas que más quería en el mundo. Pareciole oír el chasquido del látigo, los gritos de la víctima y el crujido de las carnes; se llenó de horror, se cubrió la cara con ambas manos, y por entre sus dedos de rosa saltaron dos lágrimas como dos gotas de rocío, y fueron a estrellarse en su casto y agitado seno, exclamando solamente.
—¡Pobrecita!
Conoció entonces doña Rosa que había ido muy lejos, y apresuradamente añadió:
—¿Lo ves? Tú también estás infatuada con la negra. Por desgracia te dio de mamar, debes de tenerle algún cariño, lo comprendo; no obstante, es preciso que reconozcas que es muy mal empleado y ya te convencerás que ella no merece tu compasión. Espera: de aquí a Navidad no va mucho. Ya veremos el medio de arreglar lo que haya de hacerse.
De todos modos aquella era una esperanza, que Adela tardó en impartirle a su hermana de leche lo que tardó la madre en alejarse de su lado. Dolores no sabía más que amar a su joven señorita, siendo todavía muy joven para amar a otra persona de contrario sexo, y hacía esfuerzos constantes para identificarse con ella, imitar el tono de su voz, sus modos, su aire de andar y de llevar el traje, sus coqueterías; de manera que los compañeros de esclavitud, cuando querían decirle algo que la complaciera mucho, la llamaban allá entre ellos: Niña Adela.
Capítulo X
—Ya sé lo que me pides, Llévate en él mi corazón y... toma.
Ramón Mayorga
Promediaba el mes de noviembre de 1830. Los vientos del norte ya habían arrojado sobre las playas cubanas las primeras aves de paso de la Florida, probando así que se había adelantado el invierno en el opuesto continente. El mar a menudo se hinchaba y con bramidos atronadores rompía contra los arrecifes de las costas que sembraba por largo trecho de blanca espuma, de conchuelas y sedimentos salinos.
A las cuatro de la mañana no había bastante claridad en las calles de La Habana, ni a cierta distancia se reconocían las personas, excepto aquéllas, pocas en verdad, que llevaban un farolito encendido balanceándose en la mano, mientras a paso acelerado se dirigían, bien a los mercados, bien a los templos; en algunos de los cuales se oía a medias el órgano con que las monjas o los frailes acompañaban el canto de los maitines.
Hacía aún noche, decimos, y ya don Cándido Gamboa, en su bata de zaraza y gorro de dormir, se hallaba asomado al postigo de la ventana de la calle, abrigado tras de la cortina de muselina blanca, en espera de El Diario de la Habana, o para respirar aire más libre que el pesado de la alcoba.
A poco más empezó a oírse el ruido, al principio sordo, después más vivo, de los pasos de alguien que se acercaba de la parte de la Plaza Vieja. Hacia allá tornó los ojos don Cándido; mas no vino a salir de dudas hasta que tuvo delante la persona en cuestión. Vestía traje de cañamazo, compuesto de una especie de chal para cubrirse la cabeza y de la falda corta que ceñía a la cintura con una correa de cuero larga y negra. Contribuía además a disfrazarla, el color cobrizo mate del rostro, propio de los mulatos, mayormente cuando van para viejos, que le daba la apariencia de mujer de la raza india.
—Buenos días, señor don Cándido, le dijo en tono gangoso.
—Téngalos muy buenos la seña Josefa, contestó él procurando bajar la voz. Temprano ha madrugado.
—¿Qué quiere el señor? Quien tiene cuidados no duerme.
—Pues, ¿qué se ofrece de nuevo? Al grano.
—Se ofrece mucho y me pareció que si me dilataba hasta la venida del día, la cosa no tenía remedio.
—Entiendo. La orden que se ha dado el otro día por la Capitanía General sobre pordioseros y locos trae aquí a seña Josefa. La esperaba.
—Lo acertó el señor. No sé como tengo vida, ni cuando acabarán mis tribulaciones. Se creía al principio que sólo iban a recoger a los pobres y los locos que andan por las calles. Pero ayer por la tarde me dijo la madre de Paula que hasta los locos en las casas privadas y en los hospitales van a ser trasladados a San Dionisio o a una casa que han fabricado en el patio de la Beneficencia. El señor podrá calcular cómo estará mi espíritu con tal noticia. No he cerrado los ojos en toda la noche. Dende que se publicó la orden el corazón me anunció una desgracia.
—Tal vez haya tiempo todavía de remediarla.
—Quiéralo Dios, mi señor, porque si en el hospital la muchacha sufre, ¿qué no será cuando la lleven a San Dionisio, o a la casa nueva, allá por San Lázaro? Ahí no hay quien la cuide ni haga por ella. La tratarán a palos. ¡Y yo que no había perdido la esperanza de verla en su sano juicio y cabal salud! Ahora mi pobre Charito irá por delante, yo por detrás. Acabaremos de pena... Hágase la voluntad de la Virgen Santísima.
—¿Cree la seña Josefa que se podrá hacer algo de provecho en este caso?
—Creo, mejor dicho, seña Soledad, la madre del hospital, cree que si hay una persona de influjo que le hable al Contralor, sujeto muy caritativo y temeroso de Dios, se hará de la vista gorda y no se cumplirá la orden por lo tocante a Charito. Todo depende de él. Tal vez haiga que buscar un médico que dé una certificación. El Contralor es bueno como el pan, y quiere servir, lo mesmo seña Soledad. Conque, para que vea el señor...
—Entiendo, entiendo, repitió don Cándido pensativo. Digo a Vd., por lo tanto, que he consultado a Montes de Oca, quien es de opinión lleven al campo a la enferma y la hagan tomar baños de agua salada. Veremos lo que puede hacerse...
Pero como sintiera pasos en el zaguán, se interrumpió e hizo señas a la anciana mulata para que se alejara a toda prisa.
El toque de diana primero y de seguidas el disparo de cañón a bordo del navío Soberano anclado junto al muelle de la Machina, estremeciendo las ventanas del cuarto, hicieron despertar sobresaltado a Leonardo Gamboa. Sacó lumbre en el mechón de escarzo, y abriendo el reloj, vio que eran las cuatro de la madrugada.—A tiempo, dijo entre sí, y se apresuró a salir de la cama y vestirse. Para esto encendió una vela de esperma, valiéndose de una pajuela, pues aún no se conocían los cerillos en La Habana.
Mientras se peinaba delante del tocador, soltó de repente el peine de carey, volvió a requerir el reloj, y murmuró:
—¡Las cuatro y cuarto! Muy temprano todavía y de aquí allá no podré echar arriba de quince minutos andando despacio. Ella me dijo que cerca de las cinco... ¿No sería mejor aguardar en la esquina? Sí, concluyó diciendo con resolución. Y vestido y perfumado y con la caña de Indias, salió de su cuarto y empezó a bajar la escalera de piedra.
Apoyábase con la mano izquierda en el barandal de cedro, cosa de no dar pisadas recias; mas así que descendió al zaguán, donde no había tal apoyo, antes reinaba gran oscuridad, por más cuidado que puso, aunque no tuviesen tacones sus zapatos de escarpín, hizo demasiado ruido, aquel ruido sordo que se oye cuando uno camina por encima de un suelo hueco, abovedado. No parece sino que se habían despertado de improviso todos los ecos del zaguán y de la sala vecina, donde él sospechaba que podía estar su padre, madrugador por excelencia. Andando a tienta paredes, tropezó con el viejo calesero, quien, acostumbrado a la oscuridad, vio venir desde luego al joven y le salió al encuentro para servirle de guía y evitar que se diera de narices contra la llanta férrea de uno de los carruajes.
—¡Pío! ¿Eres tú? dijo él en voz muy baja. Abre.
—El amo está asomao en la ventana de la calle, contestó el negro.
—¡Diablos! ¿Tiene cerrojo el postigo de la puerta?
—No, señor. Dende que salió Dionisio pa la plaza quité el serojo.
—Abre poco a poco.
No crujieron los goznes; pero ya don Cándido había oído los pasos en el zaguán, y arrimado a la reja tronaba:
—Pío, ¿quién va?
—El niño Lionar, mi amo.
—Sal. Llámale. Detenle. Dile que yo le llamo. Corre, patas de plomo.
Entre tanto volvía el esclavo no cesó don Cándido de ir y venir, muy desazonado, de la ventana de la calle a la reja del zaguán y vice versa, murmurando:
—¿A dónde irá el muy bribón a estas horas? A nada bueno por cierto. Allá ha ido. Claro que sí, por decontado. Le estoy mirando. ¿Y no habrá dejado aquella santa mujer nadie al cuidado?... Tal vez no, lo más probable es que no. A ciertas gentes se les pasea el alma por el cuerpo, se descuidan mucho, no toman precauciones y de aquí provienen las desgracias... El demonio no más podría imaginar un cúmulo de circunstancias... La ocasión, la edad, la tentación, el enemigo malo que no duerme... Yo también me he descuidado. Debí preverlo, evitarlo, sí, impedirlo... Pero ¿cómo? ¡Si yo pudiera dar la cara! Veremos. Le desnuco, le meto en un buque de guerra como me llamo Cándido, y hago que le den chicote a ver si suelta alguna de la sangre criolla que tiene en las venas. No es hijo mío, no. Todo esto se hubiera evitado si le mando a España como tenía pensado hace más de cuatro años. Su madre tiene la culpa. Casi, casi me alegraría de que no le encontrase Pío, porque podría matarle. Tal me siento contra él.
En esto volvió Pío fatigado, sin aliento y dijo:
—Na, lamo, el niño no parece po ningún parte.
—¡Bruto! tronó don Cándido. ¿Por dónde fuiste a buscarle?
—Po la mano e larienda, lamo.
—¿Por la izquierda, quieres decir? ¡Animal en dos pies! Si marchó por la derecha ¿cómo habías de dar con él, pedazo de bestia? Vete. Quítate de mi presencia, porque si Dios no me tiene de su mano, me parece que te destripo de una patada.
A las voces destempladas de don Cándido se asomó doña Rosa a la puerta del aposento que daba a la sala, y asustada preguntó:
—¿Qué ha sucedido, Gamboa? ¿Por qué gritas?
—Pregúntale a tu hijo que acaba de salir por ahí hecho un facineroso.
—¿Un facineroso? No lo entiendo. ¿Ha hecho algo malo? ¿Va a hacerlo?
—No sé mucho más que tú; sin embargo, sospecho, temo, se me ha puesto que el muy bribón va a hacer una de las suyas. Se necesita ser ganso para no sospechar que ese muchacho no ha podido salir a la calle a estas horas en que no se ven ni las manos, y recatándose de mí, para oír misa ni confesarse.
—Quizás ha ido a tomar el fresco, quizás ha querido darte gusto levantándose de madrugada. No hay razón para sospechar nada malo. Tú, al menos, no estás seguro, no lo sabes. ¿Por qué has de pensar siempre mal de tu hijo?
—Porque dice el refrán español: piensa mal y acertarás.
—Te repito, él no ha ido a nada bueno. Le conozco mejor que tú que le pariste. Yo sé lo que he de hacer con él.
—El pobre muchacho no acierta nunca a complacerte. Ni que fuera tu hijastro. Si lo fuera, tal vez serías más indulgente...
—Compadécele. Dios quiera que no tengas que llorarle antes de mucho.
Luego que salió Leonardo a la calle notó que, arrimado a la acera de la izquierda caminaba en la dirección de Paula un bulto oscuro como de mujer. Entre seguirlo hasta cerciorarse de quién podía ser y alejarse de su destino, estuvo un momento titubeando, pero la voz de su padre, que llamaba a Pío, le decidió a marchar la vuelta contraria, a fin de ganar lo más pronto posible la esquina de la calle de Santa Clara. Así lo hizo en segundos de tiempo. Por esta casualidad no le dio alcance el esclavo. En poco más se puso en la calle de O'Reilly, y subió al alto terraplén o terrado del convento de Santa Catalina, lo atravesó de este a oeste y descendió a la calle del Aguacate por la escalera de tres o cuatro escalones mencionada al principio de esta historia, yendo derecho a la casita enfrente de ella.
Pareciéndole que la puerta no estaba cerrada con llave ni tranca, empujó una hoja con la punta de los dedos. Cedió algo, en efecto; por lo cual hizo mayor esfuerzo, rodó la silla en que se apoyaba y se abrió lo bastante para que el joven se deslizara por entre las dos hojas y quedase dentro, sin más ni más. De pronto no vio nada. Allí eran las tinieblas tan espesas como el aire húmedo que llenaba la estrecha pieza. Sin embargo, a favor de la lámpara que ardía aún en el poyo del nicho sobre la izquierda, pudo al fin distinguir al alcance de su mano un par de palomas caseras dormidas en el respaldo de una silla, un gato enroscado en el fondo de un sillón de vaqueta, y una gallina bajo una mesa protegiendo con sus amorosas alas varios pollitos, que asomaban los picos por entre las plumas y empezaron a piar del modo suave y repetido que suelen siempre que sienten temor o frío.
Gradualmente sus miradas fueron elevándose del suelo hasta la altura de la puerta del cuarto del fondo, donde vio algo que le pareció una mujer o visión, de pie, escasamente vestida con un ropaje blanco, y el copioso cabello suelto hecho mil anillos y revueltas ondas, desparramadas por el seno y los hombros sin alcanzar a ocultarlos, con ser tan abundoso y largo. Reconocerse, correr el uno hacia la otra y abrazarse estrechamente en medio de los besos ardientes y sonoros, fue todo uno.
El hospital de Paula no es más que la continuación de la iglesia del mismo nombre, inmediato al ángulo de la muralla, por la parte que da al sudeste de la bahía. Tiene la entrada al norte, abierta en una alterosa tapia de una galería que sirve de pasaje entre la iglesia y el hospital. Precede a la entrada un vestíbulo con tejadillo, que más parece mampara de convento que otra cosa. Allí se estaciona un centinela para impedir el escape de los presos o dementes que reciben asistencia médica en el hospital. Generalmente sólo se admiten mujeres en uno u otro estado, cuando ni el delito es grave, ni la demencia de carácter furioso.
La mujer que había visto Leonardo caminando a paso vivo en la dirección del sur de la ciudad, por la calle de San Ignacio abajo, no paró hasta llegar al vestíbulo de que antes hemos hablado. Empezaba a clarear el horizonte entonces por el lado de oriente. Era su ánimo entrarse de rondón, pero ya la centinela con el sable desnudo se paseaba de un extremo al otro del tejadillo, y se le encaró cerrandole el paso:
—Buenos días tenga Vd., señor militar, dijo la anciana tratando de congraciarse con la centinela.
—Buenos o malos, contestó con rudeza el soldado, hace ratos que acá los tenemos.
—El señor militar parece que no me conoce, agregó ella en tono y actitud suplicatorios.
—No tiene nada de extraño, porque el diablo me lleve si he tenido tratos con brujas.
Se persignó la mujer y añadió que deseaba hablar con seña Soledad, la madre del hospital.
—Tampoco conozco a esa tía, repuso la centinela reasumiendo sus paseos. Por allá dentro nadie se menea. Entrar, entrar y despejar el campo.
En traspasando el umbral del vestíbulo, se está en un gran patio cuadrangular que lo forman, por la derecha el costado de la iglesia y por los otros tres lados unos anchos pasadizos, de los cuales el de la izquierda, por tres anchas puertas conduce a la sala de la enfermería. Varias columnas cuadradas de fábrica de mampostería dividen ésta en dos naves longitudinales, llenas de camas, cuyas cabeceras se apoyan en las paredes maestras del edificio, con lo que queda despejado el centro. No había allí mamparas ni compartimientos, de manera que el observador situado en cualquiera de las puertas, podía registrar con la vista todas las camas. Hacia la bahía o el este, lo mismo que hacia el sur y el norte, había ventanas altas que daban claridad y saludable ventilación a la espaciosa sala.
Apenas la mujer con el cilicio de cañamazo puso el pie en el patio, vio asomar por el lado de la iglesia a la madre seña Soledad, con un farolito, y detrás de ella un clérigo en sotana negra de sarga, sin bonete, llevando en ambas manos, a la altura de su pecho, un copón de plata con tapadera de lo mismo. Ambos caminaban a paso largo y murmuraban ciertos rezos que en el silencio del patio resonaban con los zumbidos de muchos moscones. Se encaminaron derecho a la enfermería y atravesaron la sala de un lado a otro. Al pasar los dos por junto a la anciana, conoció ésta de lo que se trataba y cayó de rodillas exclamando:
—¡Los óleos! Dios reciba en su seno el alma del moribundo.
Rezado el credo con mucho fervor, recogió todas sus fuerzas hecha casi un arco con su cuerpo y dando traspieses, continuó hasta la puerta del medio de la sala y volvió a caer de rodillas. Era que acababa de notar que el clérigo de pie al lado de una cama enfrente, administraba la extrema unción a una de las enfermas, mientras la madre de rodillas en el lado opuesto suspendía cuanto podía el farolito para alumbrar aquella triste y desolada escena.
De vuelta de la iglesia a donde había acompañado al clérigo, la madre tornó a la sala y encontró todavía de rodillas a la mujer del cilicio, con la cabeza doblada sobre el pecho, absorbida en sus oraciones. Tocole en el hombro seña Soledad y le dio los buenos días, en cuyo momento la mujer, en tono de voz casi ahogado por la angustia:
—¿Conque ha muerto? preguntó.
—Ya descansa en paz, contestó la madre brevemente.
—¡Ah! dijo la anciana y cayó desplomada en el suelo.
—¡Jesús! ¡Seña Josefa! repitió la madre haciendo esfuerzos por levantarla. ¿Qué le pasa? ¡Va que Vd., no me ha entendido! Mire que todo ha sido una equivocación de las dos. No comprendí su pregunta de Vd., ni Vd., tampoco comprendió mi contesta. La muerta no ha sido Charo. No, señor, no ha sido ella, sino una pobre morena que hacía pocos días había entrado en el hospital. Charo va mejor, está más aliviada del pecho. Sí, no cabe duda. Así lo dice el médico y yo lo veo. Vamos, venga, quiero que Vd. se desengañe por sus mismos ojos.
Poco a poco, con tales seguridades, empezó a volver en sí seña Josefa. Después de derramar un mar de lágrimas en silencio, se sintió en actitud de seguir a la madre hasta la cama de la enferma por la cual se interesaba tanto. Hallábase la tal a la sazón sentada, sin más abrigo que la sábana que le cubría las piernas encogidas, las cuales sujetaba con ambos brazos desnudos, apoyando la frente en las rodillas. Tenía cortado el cabello casi de raíz, como se hace generalmente con los locos, y bajo la piel floja, descolorida y seca mostraba la armazón de huesos, tanto más cuanto que la camisa, sola pieza interior que llevaba, no le cubría sino parte de la espalda. Por su posición en la cama y por una tos hueca y débil que a veces le acometía, se conocía que estaba viva.
—Charo, Charito, le dijo la madre con amabilidad. Mira quién está aquí. Levanta la cabeza, niña. Anímate.
—¡Hija mía! se atrevió a decir seña Josefa. Mírame. ¿Me oyes? ¿Me conoces, mi vida? Soy tu madre, quiero verte la cara. Respóndeme siquiera. Te traigo buenas noticias; pronto vamos a sacarte de aquí. Te llevaremos al campo para que te cures y tengas el gusto de conocer y abrazar a tu hija. ¡Ah! ¡Si la vieras! Está lindísima. Es tu retrato cuando eras de su edad.
—Véala Vd. tan callada, dijo seña Soledad. Cuando está así no habla, no se mueve y cuesta Dios y ayuda que pase un bocado. Otras veces la coge por gritar, como si la estuvieran matando, por llorar o por reírse a carcajadas.
Pero en vano empleó seña Josefa los medios que juzgó más eficaces para moverla. En vano acudió a los ruegos, a las caricias, a las lágrimas; la enferma se mostró insensible a todo, no contestó palabra, no alzó la cabeza, no cambió la posición acurrucada. Claro era que no había tenido conciencia de la escena de muerte que acababa de verificarse en una cama opuesta a la suya, y, por supuesto, no dio señal alguna de haber reconocido la voz familiar de seña Soledad, ni la angustiosa de su desconsolada madre.
En fin, se adelantaba el día y era preciso que seña Josefa se apresurase a volver a su casa, donde había dejado sola a la nieta. Dijo, pues, a la carrera a seña Soledad que el caballero que las protegía a ellas se proponía hacer el último esfuerzo para curar a Charo, si es que aún tenía remedio, y que para ello la llevaría al campo, cerca del mar, en donde respirase otro aire y se bañase a menudo, bajo la vigilancia de un médico.
—Pues a ello, seña Josefa, y que para bien sea, dijo alegre la madre. Lo que es aquí, está visto que esa pobre muchacha no tiene cura. Además, es preciso sacarla o no hay modo de impedir que se la lleven para la nueva casa en la Beneficencia. Todos estos días atrás han andado recogiendo pobres y locos por las calles. Ayer se llevaron a Dolores Santa Cruz, tan alborotosa. Y el Comisario Cantalapiedra ya me ha notificado la orden de traslación de todas las locas en disposición de moverse.
Figurarse puede cualquiera cómo llevaría el corazón seña Josefa después de lo que había visto, escuchado y sentido en el hospital de San Francisco de Paula.
Capítulo XI
...Pero si el vicio mancha su limpieza Vertiendo en ella su funesto hielo, Levanta el ángel de su guarda el vuelo, Y Dios torna a otro lado la cabeza.
Luisa Pérez de Montes de Oca
Era el día claro y calentaba bastante el sol cuando seña Josefa volvió a su casita de la calle del Aguacate. Al parecer nadie allí se había movido, excepto la gallina con sus polluelos, que buscaban la salida al patio por entre el cabio y el quicio de la puerta. El primer cuidado de la anciana fue ver si la nieta reposaba en el alteroso lecho; y satisfecha de que dormía tranquila, se quitó el chal de cañamazo, se desciñó la correa y se dejó caer en la butaca, desalojando para ello al gato, que al ruido de la entrada de su ama entonces se esperezaba, abría tamaña boca y mostraba la roja lengua con los afilados dientes.
En desplomándose dio un profundo suspiro. Apuraba ahora el cáliz más amargo que jamás apuraron labios humanos. Su única hija languidecía en un hospital, privada de los cuidados maternales, falta de juicio y devorada por la consunción, si que ella pudiera valerle en nada. Que no tendría remedio ni alivio mientras continuara en ese lugar, plenamente convencida quedó en aquella mañana seña Josefa, si era que antes abrigaba dudas.
¿Por qué estaba la madre afligida separada hacía tanto tiempo, de la hija doliente y moribunda? Esta separación tenía dieciséis años de fecha, porque, según recordará el lector, María del Rosario Alarcón había perdido el juicio a consecuencia del sentimiento y sorpresa que le produjo el secuestro de su hija recién nacida, para pasarla por la Casa Cuna. Cuando se la devolvieron, bien amamantada y rolliza, ya era demasiado tarde, ya se había apagado en su mente el último rayo de la divina luz. Todavía si su demencia hubiese tomado un carácter manso y tranquilo, habría sido posible dejarla pasar el resto de su vida al lado de la madre y de la hija; pero a veces le entraban accesos de furor, en cuya disposición era difícil sujetarla e impedir que se hiciera daño o le hiciera a los suyos.
Además, aun cuando por no haber casa de dementes en La Habana, admitían en los hospitales, por ejemplo, en el de Paula, algunas mujeres en ese estado, aquéllos cuyas familias no podían guardarlos en sus casas que eran los más, andaban sueltos por las calles, hechos el hazmerreír de los muchachos y el escándalo de las gentes timoratas. Tal, entre otros, Dolores Santa Cruz, a que hizo referencia la madre del hospital de Paula.
Esta negra había sido esclava de la familia distinguida de Jaruco cuyo apellido llevaba. Con su industria y economías había logrado libertarse y reunir un capital. Compró casa y esclavos, dedicándose a la reventa de carnes y frutas, que entonces era negocio bastante lucrativo.
Sin que sepamos el motivo, alguien le disputó en juicio el dominio directo a su pequeña hacienda. Esto la enredó en un pleito largo y costoso, que si bien ganó con costas, en honorarios, sobornos, propinas, entre abogados, procuradores, escribanos, oficiales de causa, jueces y asesores, se consumió el valor de la casita, juntamente con el de las dos esclavas. El resultado fue, que el día menos pensado la pobre mujer se quedó literal, no figuradamente, por puertas.
Golpe rudo debió de haber sido éste para quien amaba mucho el dinero y las satisfacciones que procura. La que siendo esclava fue libre, dueña de esclavos y de fincas, y de nuevo se vio atada al poste de otra esclavitud: la miseria; no era posible sobrellevar el cambio sin que su razón perdiese el equilibrio. Se le desvaneció en efecto, y desde entonces, vestida de harapos, y adornada la cabeza con flores artificiales y pajas, a la Hamlet,[38] recorría día y noche las calles apoyada en un palo largo, de que pendía una jaba, gritando desaforadamente por las esquinas: ¡Po! ¡po! Aquí va Dolores Santa Cruz. Yo no tiene dinero, no come, no duerme. Los ladrones me quitan cuanto tiene. ¡Po! ¡po! ¡Poó!
Figúrese el lector la hija de seña Josefa, madre a su vez desgraciada, revelando al pueblo en sus arrebatos de locura los pasos, los medios y el nombre, quizás, de la persona o personas por cuya agencia se veía en aquel tristísimo estado. No debía darse, y no se dio semejante espectáculo; antes por doloroso que fuese el sacrificio hubo que hacerlo todo entero, como que de ello dependían hasta cierto punto la salud y la felicidad de la inocente niña que había sido la causa indirecta de la desgracia de su madre. Tampoco debía crecer y desarrollar su razón viendo que ésta la había perdido y era el ludibrio de los extraños. Ni había llegado el tiempo, creía la abuela, de que la hija y la madre se conociesen. La separación, pues, podía ser eterna.
Tales pensamientos ocupaban el ánimo de la anciana con más fijeza que nunca en los momentos que llamaron a la puerta de la calle. Cual si despertara de un sueño pesado, levantose a abrir y se encontró con el lechero, isleño de Canarias que en el traje usual de los campesinos, con una botija debajo del brazo y un jarrito de lata en la mano, la saludó en el tono peculiar de su país, con las palabras:
—Pues abriera para mañana la casera. Veríficamente ésta es la tercera vez que le traigo la leche.
—Yo estaba en misa, contestó seña Josefa trayendo la cazuela para recibir la poción láctea.
—Como que iba creyendo que se habían muerto toditos en esta casa.
—Acabo de entrar de la calle.
Después de mirar a la vieja con aire peculiar, añadió:
—Andese con cuatro ojos la casera, continuó el lechero; porque enseña el refrán que el que tiene enemigos no duerme.
—Yo no tengo enemigos, a Dios gracias.
—Parécele a la casera. Toditos tenemos enemigos ocultos en este mundo. ¿No tiene la casera una hija bonita?
—¿Hija? No, señor, nieta.
—Es lo mesmo. Pues en el palmito de esta nieta está el enemigo del reposo de la casera. No hay mozo que no se perezca por los buenos palmitos. El demongo me lleve si esta madrugada mesma no vide por aquí un lindo don Diego. Ahora no me atrevo a decir si estaba juntito a la puerta o a la ventana... Pero de que lo vide lo vide.
—El casero se engaña, observó la anciana desazonada y temblorosa. No estuve fuera sino por corto tiempo, y mi nieta no tiene mozo que le persiga el lindo palmito como dice el casero.
—Dígole a la casera lo que le digo, ándese con cuatro ojos, y no se duerma en las pajas, porque de que lo vide lo vide.
Nuevo motivo de inquietud y de tormento para la desventurada abuela. Sabía que un joven blanco, de familia rica, seguía a su nieta como la sombra al cuerpo, que la hacía regalos costosos, que la facilitaba su carruaje para concurrir a los bailes de las ferias, que ella decididamente se pagaba de esas atenciones y obsequios; pero estaba muy distante de creer, siquiera de sospechar, que él se aprovechase de su ausencia en la iglesia o el hospital para soplarle la nieta, corromperla y malograr su porvenir.
Entonces pensó que la había dejado sola, encomendada a la vecina de la casa inmediata, y bien pudieron los dos amantes ponerse de acuerdo, darse cita de antemano y reunídose allí mismo, mientras ella se andaba por Paula. De cualquier modo, afirmaba el lechero haber visto temprano a la puerta de su ventana o casita a un lindo don Diego.—¿Quién sabe si estuvo dentro? ¿Cúya era la falta si ocurría una desgracia? ¿Sería posible que la nieta siguiese el mismo camino y casi por los mismos medios se perdiese como su desventurada madre?
—¡Ah! exclamó seña Josefa cayendo de rodillas al pie del nicho donde se veneraba la imagen de la Dolorosa. ¡Virgen Santísima! ¿Qué he hecho yo para este duro castigo? ¿Cuál ha sido mi grave culpa? ¿Habré estado toda la vida en pecado mortal sin saberlo? Tú sabes que he sido buena hija, buena hermana y cariñosa madre. Yo he procurado criar mis hijos en el santo temor de Dios. Yo me he desvelado por infundirles sanos principios de moral, de virtud y de religión. Yo cumplo estrictamente con lo que manda la santa madre Iglesia. ¿Por qué consientes, Virgen purísima, amparo de los débiles, madre de misericordia, por qué permites que el Tentador en figura humana aleje a mi nieta, niña inocente, tierna oveja del señor, del camino de la virtud, la empuje al pecado y la haga caer de la gracia divina como a su infeliz madre? ¿Me abandonarás tú también, piadosísima Señora, en éste el más duro trance de mi vida?
Aunque seña Josefa había tomado casi al pie de la letra las ideas y hasta las palabras de los libros de devoción, únicos que leía, no cabe duda ninguna sino que el fervor de su fe religiosa, la consideración de la nueva desgracia que le venía encima, la conciencia de la tremenda responsabilidad que le cabía en caso de salir ciertas sus sospechas, en medio de su poca cultura, la habían inspirado, al punto de improvisar una oración elocuente, por cuanto expresaba con verdad los sentimientos que la dominaban en aquellas circunstancias. Poco fue, no obstante, el alivio que proporcionó a su desgarrado corazón el ferviente desfogue. Porque el aviso del canario, por oportuno y certero, hacía en su pecho el mismo efecto del cuchillo, hincado en las carnes, que si se mueve lascera, si se clava, mata. Tampoco era fácil olvidar las últimas sentenciosas palabras de aquél, no pensar en ellas; antes continuamente resonaban en sus oídos: De que lo vide lo vide.
También resonaron en los oídos de Cecilia, la cual no dormía desde mucho antes que volviese su abuela de la iglesia; sólo que le causaron impresión muy distinta. Encendiéronle el pecho en cólera e indignación. Porque, pensaba ella, ¿quién mete al hombre a dar semejante aviso? ¿Qué le iba ni le venía conque ella tuviese o no tuviese un amante, en que se viese con él o no por la puerta o por la ventana? ¿Por qué insistir en haberle visto? ¡Maldito hombre! ¡No se le hubiera secado la lengua antes de decir lo que dijo! Seguramente también vio al joven entrar o salir, y si no lo afirmó con la misma pertinacia, fue porque la abuela no le dio tiempo ni ocasión.
Pero fuerza era atender a las demostraciones de dolor y sentimiento de la abuela, que parecían extraordinarias y debían tener causa poderosa y legítima. ¿Cuál podía ser ésta? Ignoraba Cecilia lo ocurrido en Paula. Su conciencia alarmada vino a descifrarle el enigma. Había cometido una grave falta admitiendo en su casa, a ocultas de la abuela y contra su expresa orden, al joven blanco con quien cultivaba relaciones amorosas.
Desde ese punto, la soberbia e independiente Cecilia experimentó algo que no había experimentado nunca, algo que no atinaba a explicarse ella misma, una revolución en todo su ser. Es que ante la culpa empezaba a verse débil, temerosa, irresoluta, y tener vergüenza de sí, de su abuela y de sus amigas. ¿Con qué cara se les presentaría ella? El hombre de la leche iba a publicar su falta por todas partes aquella misma mañana. Cuando menos el vecindario ya estaba impuesto de todo, y en cuanto saliera a la calle la señalarían con el dedo y dirían de manera que lo oyese:—Ahí va la muchacha que se aprovecha de la ausencia de su abuela en la iglesia para admitir en su casa al hombre que públicamente la corteja.
Pero en medio de aquella confusión de ideas, comprendió Cecilia sin mayor esfuerzo dos cosas importantes: la una, que tal vez la abuela no estaba aún convencida de su culpa; la otra, que a la tranquilidad de las dos, pues que ya no había remedio, convenía disimular lo más posible hasta averiguar la verdad de lo que pasaba y tomar un partido. En esta disposición, se levantó con tiento, se echó por encima de la camisa un traje y se asomó a la puerta de la alcoba. Aún se hallaba la anciana de rodillas y concluía la improvisada plegaria. Corrió a arrodillarse a su lado, le pasó un brazo por la cintura y, dándole un beso en la mejilla, le preguntó con exquisita ternura:—Mamita, ¿qué tiene su merced? ¿Por qué está tan afligida?
No le respondió palabra la anciana, volvió a la butaca y rompió a llorar en silencio. No hay cosa más pegadiza que el llanto, y Cecilia estaba predispuesta a contraer el mal. Se arrojó en brazos de la abuela y confundió sus lágrimas con las de ella; desahogo necesario de dolores que, sin embargo, tenían contrapuesto origen. Tal vez habrían aprovechado aquella coyuntura para tener una explicación que no podía menos de ser satisfactoria para entrambas, porque así lo predisponía el estado de sus ánimos; pero llamaron de nuevo a la puerta y seña Josefa se apresuró a abrir, enjugándose de camino las mejillas empapadas. Era la vendedora de carne, manteca y huevos, negra de África, con tablero cuadrilongo equilibrado en la cabeza sobre un rodete, y un espanta-moscas, hecho de varetas de palma de coco, en la mano derecha.
Bien por cierta tendencia a la obesidad, por el calor, o por el desaliño natural de la gente de color, el traje de la vendedora consistía de falda de listadillo y camisolín, que cuando limpio debía de ser blanco, y apenas le llegaba a los hombros, quedándose más corto por las espaldas, cuyas partes, junto con los brazos desnudos a la griega o romana y las mejillas redondas y rollizas, le brillaban cual si, a la usanza de su tierra, se las hubiese untado con grasa. Por supuesto, no calzaba zapatos, sino que al caminar arrastraba un par de chancletas con la punta de los dedos. Luego que abrió seña Josefa, depuso el tablero en el quicio de la puerta, y en tono de voz chillona, cuyo volumen no correspondía con el de su cuerpo, dijo:
—Güenos días, caserite. ¿No me toma naa hoy? Entoavía no ha hecho la cru.
Contestado brevemente el saludo por la anciana, ayudó a deponer el tablero en el suelo, agregando de prisa que le diera un real de carne de puerco, medio real de huevos y medio de manteca. La vendedora cortó la carne a ojo de buen cubero, y con los demás artículos pedidos la puso en un plato que trajo Cecilia; y no bien la vio, parece que la entraron ganas de hablar hasta por los codos.
—Labana etá perdía, niña. Toos son mataos y ladronisio. Ahora mismito han desplumao un cristián alantre de mi sojo. Uno niño blanca, muy bonite. Lo abayunca entre un pardo con jierre po atrá y un moreno po alantre, arrimao al cañón delasquina de Sant Terese. De día crara, niño, lo quitan la reló y la dinere. Yo no queriba mirá. Pasa batante gente. Yo conose le moreno; e le sijo de mi marío. ¡Ah! Me da mieo. Entoavía me tiembla la pecho.
Con semejante descuadernado e ininteligible relato, se asustó mucho Cecilia, porque le pasó por la mente que el robado podía ser su amante; pero disimuló cuanto pudo y la carnicera prosiguió:
—Allá por los Sitios ha habio la mar y la morene lotra noche. Tondá quiee prendré los mataores del bodeguer de la calle Manrico y la Estreya. Elle estaba en un mortorio. El gobernaó manda prendeslo. Dentra Tondá, elle solito con su espá, coge dos; Malanga, lo sijo de mi marío juye po patio y toavía anda escondió. Ese, ese, ma malo que toos. Conque pa que vea la caserite. No se pue un fía de naide. ¡Adiós, caserite! Mucha salú.
Ida la carnicera vino el panadero con la cesta de pan a la cabeza de un negro que le seguía los pasos, como la sombra verdadera de su cuerpo. Entonces seña Josefa se acordó que debía preparar el almuerzo. Según dijimos al principio de esta historia, el fogón se hallaba en el patio, debajo de un alero de mesilla, sin chimenea ni cosa que lo valga. Allí la anciana hizo lumbre valiéndose del eslabón, el pedernal, el azufre, el cabo de vela y unos cuantos carbones vegetales, y en poco más el almuerzo quedó listo. Entretanto Cecilia puso la mesa y ambas mujeres se sentaron a ella. Por largo rato estuvieron sin probar bocado, levantar los ojos del plato, ni hablar palabra. Es que a cada rato esperaba la nieta que la abuela le leyese la culpa en el semblante, y no se atrevía a mirarla de frente; al paso que ésta parecía muy nerviosa y desazonada. Varias veces intentó decir algo; harto se le conoció por el movimiento de los labios, y otras tantas la voz se le atravesó en la garganta, porque en vez de sonidos articulados sólo se le escaparon sollozos. Por último, hizo un esfuerzo y dijo:
—Yo debía morirme ahora mismo.
—¡Jesús, mamita! No diga eso, exclamó Cecilia sin alzar la cabeza.
—¿Por qué no, si tal es lo que siento? ¿Qué hago yo en el mundo? ¿De qué sirvo? De estorbo, nada más que de estorbo.
—Nunca había hablado así su merced.
—Puede ser, pero mis penas, aunque grandes, he podido sobrellevarlas hasta ahora. Ya estoy vieja; sin embargo, me faltan las fuerzas, no puedo más. Estaba pensando que sería mejor echarme a morir.
—¿No dice su merced que es pecado murmurar de los trabajos y penas que Dios nos manda? Acuérdese que Jesucristo llevó la cruz hasta el calvario.
—¡Pobre de mí! Mucho tiempo hace que he andado la vía crucis, y que estoy en el calvario. Sólo falta mi crucificación, y tal parece que me la tienen decretada aquellos mismos que más quiero en este mundo.
—Si mamita lo dice por mí, mire su merced que comete una verdadera injusticia. Bien sabe Dios que por aliviarle los pesares, de buena gana daría la sangre de mis venas.
—No lo demuestras, no se te conoce. Al contrario, parece que te complaces en hacer siempre lo que yo no quiero que hagas, lo mismo que te prohíbo. Si tú me quisieras como dices no harías ciertas cosas...
—¡Eh! Ya veo por donde va su merced.
—Voy por donde debo ir, por donde va toda madre que estima en algo el porvenir de sus hijos y su propio decoro.
—Si su merced no diera oídos a chismosos, lengua largas, se ahorraría más de un disgusto.
—Sucede, niña, que esta vez el chisme viene bien con lo que yo vi con estos ojos y oí con estas orejas que se han de comer la tierra.
En el calor de la discusión la muchacha había cobrado aliento y dijo:
—¿Qué ha podido ver ni oír su merced que no sea un chisme? Vamos, dígalo.
—Cecilia, lo que yo veo claro como la luz del día es que a pesar de mis amonestaciones y de mis consejos, tú buscas tu perdición como la mariposa la luz de la vela.
—Y si cierta persona, que es a quien su merced se refiere, se casa conmigo, me colma de riquezas y me da muchos túnicos de seda, y me hace una señora y me lleva a otra tierra donde nadie me conoce, ¿qué diría su merced?
—Diría que ese es un sueño irrealizable, un disparate, una locura. En primer lugar él es blanco y tú de color, por más que lo disimule tu cutis de nácar y tus cabellos negros y sedosos. En segundo lugar, él es de familia rica y conocida de La Habana, y tú pobre y de origen oscuro... En tercer lugar... Pero, ¿a qué cansarme? Hay otro inconveniente todavía mayor, más grande, insuperable... Tú eres una chicuela casquivana... Mujer perdida, sin remedio. ¡Dios mío! ¿qué he hecho yo para que me castiguen así?
La última exclamación la hizo seña Josefa, ya en pie y con las manos en los oídos, como para no oír por boca de la nieta la confirmación del mal juicio que se había formado acerca de sus opiniones sobre el matrimonio. Cecilia se puso también en pie y quiso seguir a la abuela, sea con la intención de calmarla, sea con la de justificarse, explicando o ampliando su idea; pero se detuvo de repente porque en aquel momento asomó por la entreabierta puerta de la calle el bien conocido rostro de Nemesia.
Capítulo XII
...Pero ponme esa mano en este pecho. ¿No sientes en él, Matilde, Un volcán? ¡Pues son mis celos!
J. J. Milanés
—Santos días por acá, entró diciendo muy risueña Nemesia sin llamar a la puerta.
Pero se quedó callada e inmóvil no bien echó de ver la cara y actitud de sus dos amigas. La abuela había vuelto a desplomarse en la butaca, su sitio favorito; la nieta se mantenía de pie, junto a la mesa, en la cual apoyaba una mano, fluctuando visiblemente entre el dolor y la desesperación.
No pudo ser más oportuna la aparición de la amiga en aquellas circunstancias. La anciana había dicho más de lo que la prudencia aconsejaba, y la joven temía averiguar el sentido íntimo de las últimas palabras de la abuela. ¿Qué sabía ella? ¿Por qué usar un lenguaje tan embozado? ¿Abrigaba fundadas sospechas o sólo pretendía intimidar?
La verdad es que en la disputa, con la conciencia alarmada, si no en posesión de hechos, ambas habían avanzado a un terreno resbaladizo, hasta allí vedado para ellas, donde la primera que entrase había de recoger larga cosecha de pesares y remordimientos. Por su parte, no creía seña Josefa llegado el momento de enterar a Cecilia de su verdadera posición en el mundo. Tal vez el lechero se había equivocado respecto de la identidad del joven; tal vez éste meramente pasaba por la puerta de la casa. Si usted quiere conservar la inocencia de una doncella, no la acuse, sin pruebas de haber pecado. Por estas razones seña Josefa, aunque desazonada, y llena de profundo pesar, desde lo íntimo del pecho saludó con alegría la venida inesperada de Nemesia.
Por fortuna también, para sacar a las tres mujeres de su embarazosa situación, llamaron entonces a la puerta de la calle con un fuerte golpe de aldaba, modo desusado de llamar. Seña Josefa, siempre lista para estos casos, corrió a abrir, recibiendo, junto con un saludo profundo, un papel que le alargó un negro ya canoso, vestido decentemente de limpio. Tenía todo el aire de calesero de casa principal. Dada la carta, se marchó diciendo:—No contesta.
No tenía, en efecto, contestación, ni venía dirigida a seña Josefa, sino al «Dr. Don Tomás de Montes de Oca. En mano propia». Llegaba a tiempo de calmar la ansiedad mayor de su espíritu atribulado. Con el auxilio de las gafas, que le alcanzó Cecilia, pudo ella mascullar para sí:
«Muy señor mío: De conformidad con lo que hemos hablado, doy la presente a la portadora, que se le presentará hoy mismo, a fin de que Vd. la explique lo que haya de hacerse en el asunto consabido. Está de más repetirle que responde a todo y que le vivirá eternamente reconocido S. S. S. y amigo Q. B. S. M.[39]
C. de Gamboa y Ruiz.»
Leída una y otra vez la carta para enterarse mejor del contenido, miró por encima de las gafas, primero a la nieta, luego a Nemesia, que se estaba callada a esperar el resultado de aquella escena muda, conocidamente absorbida, y como dudosa del partido que debía tomar. Pero el «hoy mismo» de la carta la obligó a formar una resolución preguntando:
—¿Qué hora es?
—Son las ocho, contestó Nemesia prontamente. Acaban de mudar las guardias de la suidad. Como que oigo los tambores entodavía.
—¡Qué me alegro! repuso seña Josefa. ¿Estás tú hoy muy de prisa, hija mía? añadió hablando con Nemesia.
—No, señora, ni un tantico. Iba a la sastrería de Uribe en busca de costura. Pero si la vida dura, el tiempo es largo. Iré más tarde. Lo mismo da.
—Ahora bien, hija, tú me vas a hacer un favor: te quedas aquí en la compaña de Cecilia, intertanto doy un saltico a la Merced y vuelvo en un santiamén. ¿Te quedarás?
Sin aguardar respuesta se ciñó de nuevo la correa, se echó el chal de cañamazo por la cabeza y salió a la calle. Y no bien lo hizo cuando Nemesia se volvió de improviso para Cecilia, la cogió por ambas manos y le dijo:
—¿Qué te cuento, china? Acabo de toparme con él.
—¿Con quién? preguntó Cecilia.
—Con tu adorado tormento.
—¿Y qué bienes nos vienen con esa gracia?
—¿Es posible, mujer? Lo dices como si no te importara. Cuando digo que me he topado con él es porque creo que te interesa saber cómo, cuándo y dónde lo he visto. Vengo a buscarte.
—Yo no puedo salir.
—Para estos casos siempre hacen un poder las mujeres de pelo en pecho como tú.
—Mamita puede volver pronto y yo no quiero que me encuentre fuera.
—¿Qué importa? ¿Quién dijo miedo? No es lejos tampoco. Detrás de Santa Teresa.
—No sé qué sacaré yo con ir hasta allá.
—Tal vez un desengaño.
—Pues para eso no voy. No quiero desengaños tan temprano.
—Es preciso que vengas, mujer. Te interesa, te lo repito. Pronto.
—No estoy vestida ni peinada.
—No le hace. En un momento te pones el túnico, te alisas el pelo, te echas la manta por la cabeza y naide te conoce. Yo te ayudaré.
—Nene, ¿cómo dejamos la casa?
—Le echamos la llave a la puerta, y ojos que te vieron ir, paloma torcaza. Vamos, anda. No hay tiempo que perder. Podemos llegar tarde, cuando haygan volado los pájaros.
—Me da vergüenza salir a la calle de trapillos.
—Naide te verá. ¡Hombre! Ni que fueras a perder por eso el casamiento. ¿Vienes? Sería una lástima llevarnos chasco.
—¿Qué será? pensó Cecilia entrando en el cuarto para prepararse, como lo hizo, en un dos por tres.
Había logrado Nemesia despertar la curiosidad y aún la alarma en el ánimo de la amiga, y de antemano saboreaba el placer de verla morir de celos.
Bastante trabajo costó a las dos muchachas el cerrar la puerta con llave. La oxidada cerradura estaba fija en el ángulo del marco y la traviesa a un lado, el picolete adherido a su armella en la hoja macho al otro, mal ajustado en la alcayata que le servía de apoyo, y de consiguiente no entraba el cerradero en la hembrilla para que hiciera presa el pestillo. Al fin, lograron su objeto, haciendo uso Cecilia de más maña que fuerza; y echaron a andar a paso menudo, bajo la sombra de los tejados, en dirección del sur de la ciudad.
Detrás de las tapias del convento de Santa Teresa, opuesto a una casa de ventanas de poyo alto y rejas voladizas, había parado un carruaje, al cual se veían enganchados tres caballos apareados, de frente para la calle de la Muralla. El calesero montaba el de la izquierda, armado de machete largo y demás adminículos del oficio, en son de marcha. Al estribo inmediato a la acera había un joven dando los últimos adioses a una señorita en traje de viaje, que se hallaba sentada a la derecha de un caballero entrado en años y de aire respetable.
Ocupaba el poyo de la ventana mencionada un grupo compuesto de varias señoras y caballeros, todos conocidos nuestros; es decir, la familia Gámez, Diego Meneses y Francisco Solfa, despidiéndose de Isabel Ilincheta que, en unión de su padre, se volvía para Alquízar. Casi a un tiempo todos aquéllos le dirigían la palabra desde la ventana y ella les contestaba, asomando a veces la cabeza por debajo del capacete, sin desatender el joven al estribo, que apoyaba en él un pie mientras asía con la mano izquierda la abrazadera del quitrín.
En esto llegaban las dos muchachas por la parte del norte de la calle. Desde lejos reconoció Cecilia al joven que hacía de lacayo, Leonardo Gamboa. Y aunque no había visto todavía a la dama del carruaje, ni a derechas la conocía tampoco, adivinó quién podía ser. Andando, andando, formó la resolución de dar un buen susto a los dos, tal que les sirviera de castigo, si no de saludable escarmiento. Para ello, adelantose a su compañera, le pegó un fuerte empellón a Leonardo, que, por no estar prevenido, perdió el equilibrio, resbaló y dio de costado en la concha del quitrín, a los pies de la sorprendida dama. Esta, ignorante de lo que pasaba, o juzgando que aquello no era más que una broma, aunque pesada, sacó la cabeza por debajo de la cortina para ver a la agresora, en cuyo momento, creyendo reconocerla, entre asustada y reída, exclamo:—¡Adela!
En efecto, Cecilia, sin el disfraz, pues se le había rodado el embozo a los hombros, la negra cabellera flotando, sólo sujeta a la altura de la frente por una cinta roja, con las mejillas encendidas y los ojos chispeantes de la cólera, era el trasunto de la hermana menor de Leonardo Gamboa, aunque de facciones más pronunciadas y duras. Mas ¡ay! reconoció ella pronto su error. Apenas se cruzaron sus miradas, aquel prototipo de la dulce y tierna amiga se transformó en una verdadera arpía, lanzándole una palabra, un solo epíteto, pero tan indecente y sucio que la hirió como una saeta y la obligó a esconder la cara en el rincón del carruaje. El epíteto constaba de dos sílabas únicamente. Cecilia lo pronunció a media voz, despacio, sin abrir casi los labios:—¡Pu...!
Nemesia se llevó por fuerza a Cecilia, Leonardo se incorporó como pudo, el señor Ilincheta dio la orden de marcha, el calesero pegó con el pie en los ijares del caballo de varas, dejando caer al mismo tiempo la punta del látigo en las espaldas del de fuera y el carruaje partió a buen paso, con lo que a poco más se perdió de vista en la esquina de la calle inmediata, por donde torció a la derecha en dirección de la puerta de las murallas de la ciudad, llamada de Tierra. En vano las señoras y caballeros en el poyo de la ventana esperaron ver alzarse la cortina del postigo posterior del quitrín y asomar el pañuelo blanco para decir el último adiós. Ni aquélla se movió, ni apareció éste tampoco, pregonando el hecho, desde luego, la desagradable impresión que había producido el lance en el ánimo de los desapercibidos viajeros. Mas todavía cuando recapacitaron en lo que acababa de suceder, ya no estaban allí las mulatas, ya había desaparecido Leonardo juntamente con el carruaje.
En la calle de la Merced, cerca del convento de este nombre, como quien va para la alameda de Paula, sobre la mano derecha, hay una casa de azotea, la única de la cuadra. La entrada, aunque amplia, pues admitía hasta dos carruajes en fila, no era de las llamadas propiamente de zaguán. Delante de la puerta había estacionada una mala volante a la que se hallaba enganchado entre varas, un caballo que para no desdecir de aquélla tenía más de Rocinante que de Bucéfalo. Encaramado allá en la alterosa silla, hecha así por la multitud de sudaderos para mejor resguardo de los lomos de la bestia, descansaba a horcajadas el calesero negro, cuyo traje y aspecto no desdecían un punto del resto del equipaje. Mientras esperaba por el dueño, o dormía, o tenía en la mollera más aguardiente del necesario, porque le costaba trabajo mantener la cabeza erecta y alta, antes daba a veces con la frente en el pescuezo del caballo, que por su inmovilidad parecía de piedra.
Se le acercó seña Josefa por el lado de dentro y le dirigió la palabra repetidas veces, sin lograr que despertara o diera señales de vida. Bien es que ella, por respeto o por natural timidez, ni alzaba bastante la voz, ni osaba tocarle. No sabía su nombre tampoco, pero sospechando que se llamaba José, le dijo éste repetidas veces en tono cariñoso:—José, José, Joseíto, ¿está ahí el Doctor?
Medio se incorporó el negro en la silla, e hizo muecas horribles en el afán de abrir los ojos, casi cegados por el polvo blanco de la calle, y dijo al fin:—Yo no me ñama José, me ñama Ciliro, y mi amo el Dotor está ahí aentro, si no ha salío. Dentre, dentre.
Después de darle las gracias al amable calesero, entró, en efecto, la anciana. Había en la sala varias personas de aspecto pobre y ambos sexos esperando por el médico, el cual en aquel momento no se hallaba presente. Seña Josefa le conocía, y desde luego le buscó por todas partes con cierta inquietud, pues tal vez había salido; aunque el hecho de la volante a la puerta y la presencia de los pacientes en la sala, indicaban que si estaba fuera de casa, no era para la visita ordinaria de enfermos que giraba todos los días después de almuerzo. Al fin alcanzó a verle en el patio, inclinado sobre un hombre que, sentado en una silla, emitía de cuando en cuando quejidos apagados, más dolorosos, por donde se conocía que el Doctor ejecutaba una operación quirúrgica difícil. Era Montes de Oca cirujano hábil, no cabe duda, al menos atrevidísimo en el manejo de la cuchilla, tajando carne humana como quien taja hogazas de pan, siempre, es verdad, con acierto, tal vez por la misma sangre fría con que ejecutaba esas operaciones carniceras. Cuéntase, en efecto que en cierta ocasión le abrió el vientre a un individuo para extirparle un absceso que se le había formado en el hígado, y que lo ejecutó con la mayor fortuna, pues no se le murió el paciente entre las manos, sino que sanó, al menos de aquella dolencia. Eso sí, era tan hábil como interesado y codicioso de dinero. A nadie curaba de balde; ni se movía de su casa sino para hacer visitas de paga al contado violento, o con promesa explícita de que se le pagaría bien su habilidad, reconocida generalmente, tarde que temprano.
Conoció luego seña Josefa que había terminado la operación, así porque había cesado de quejarse el paciente, como porque el Doctor, alzando el instrumento con que la había ejecutado, dijo:
—¡Ea! ya está Vd., despachado. Vea lo que tenía en el oído: un frijol, como un garbanzo, pues con la humedad de esa parte creció dos tantos de su natural tamaño.
—Gracias, Doctor, mil gracias. Dios se lo pague y le dé mucha salud. No sabe Vd. cuánto me ha atormentado ese frijol en el oído. Hacía más de diez días que no dormía, no comía ni...
—Lo creo, le interrumpió el Doctor con aire triunfante y no poco receloso. Buen trabajo me ha costado extraerle el cuerpo extraño. Luego, la parte esa es tan delicada, que por poco que me fallase el pulso podían resbalarse las pinzas y dañarle el tímpano del oído y dejarle sordo por el resto de sus días. Bien. Ahora me paga Vd. mi trabajo, se marcha a casa y se da unos bañitos de cocimiento de malvas con unas gotas de láudano para calmar la irritación...
—¿Cuánto le debo Doctor? preguntó el hombre temblando, no ya del dolor, sino del recelo de que le pidiesen mucho dinero por una operación ejecutada, y eso brevemente.
—Media onza de oro, contestó Montes de Oca con sequedad e impaciencia.
No tuvo el hombre más remedio que meterse la mano en el pantalón y sacar un pañuelo nada limpio, en una de cuyas puntas tenía atadas varias monedas, que ciertamente no hacían mucha mayor suma de la que había exigido el cirujano por la curación. Volvía éste para la sala, como acostumbraba con la cabeza baja y el hombro derecho derribado, cuando se encontró de manos a boca, cual se dice, con seña Josefa, a la que preguntó con su voz gangosa:
—¿Qué quiere Vd. buena mujer?
Por toda respuesta seña Josefa le alargó la carta de recomendación.
—¡Ah! agregó el cirujano después de haberla leído. Tenía ya noticias de esto. El mismo señor don Cándido estuvo aquí bien temprano y me habló del asunto. Pero debo decirle a Vd. lo que a él le dije, a saber: que no he visto aún a la enferma, que no conozco el caso y que sin conocerlo tendría que ser adivino para decidir lo que deba hacerse.
—¿No le contó el señor don Cándido, se atrevió a observar la anciana, toda temblorosa, que el caso es desesperado, digo, que no da espera, porque depende la vida o la muerte...?
—Sí, sí, la interrumpió el cirujano. Algo me dijo sobre eso el señor don Cándido. El caso es que no puedo atender a todo. Si me dividiese en diez me parece que no daba avío. ¿Ve Vd. los que aquí aguardan por mi? Pues fuera me esperan muchos más, y todos con premura. Estimo al señor don Cándido, sé que es generoso, desprendido y que sabe agradecer los favores que se le hacen. Deseo, puedo y está en mi mano servirle; creo que si le sirvo esta vez, ha de pagármelo bien. Mas Vd. es mujer racional, conocerá que necesito tiempo, que debo examinar por mí mismo el caso antes de aventurar un diagnóstico. Tal vez no tenga cura, tal vez sea peor el remedio que la enfermedad. No soy el médico brujo que a ciegas decidía y así salía ello. Sin embargo, quizás Vd. pueda darme mejores informes de lo que ha podido el señor don Cándido, que, por lo que entiendo, conoce el caso de oídas. ¿Quién es la enferma?
—¡Mi hija!, señor don Tomás.
—¿Hija de Vd. eh? ¿Qué edad tendrá ahora?
—Va en los treinta y siete.
—Vamos, no es vieja. Hay ahí cuerpo todavía, y habrá resistencia. ¿Qué tiempo hace que enfermó?
—¡Ay, señor! Mucho tiempo, la vida de un cristiano, hará ahora dieciocho años más bien más que menos.
—No, no quiero decir eso. ¿Desde cuándo entró en el hospital de Paula?
—Poco después de haber enfermado. Hace ahora algo menos de diecisiete años, porque la niña tendría unos dos meses de nacida cuando, por no poderla sujetar en casa, me vi obligada a ponerla en el hospital de Paula, según me aconsejó el médico Rosaín. Ya puede imaginar el señor Doctor lo que me costaría esta separación. Se me arrancó el alma...
—De suerte, añadió pensativo Montes de Oca, de suerte que la niña...
—¿Mi nieta? dijo seña Josefa.
—Sí, su nieta de Vd., hija de la enferma, ¿tendrá...?
—Va en los dieciocho años de edad.
—¿Y qué tal?
—A Dios gracias, buena y sana.
—No, no es eso. Pregunto que qué figura tiene, qué tal parece la muchacha.
—¡Ay, señor Doctor! su figura y su parecer son los que van a acabar conmigo antes de mucho tiempo. Aunque me esté a mal el decirlo, es lo más lindo en verbo de mujer que se ha visto en el mundo. Nadie diría que tiene de color ni un tantico. Parece blanca. Su lindura me tiene loca y fuera de mí. No vivo ni duermo por guardarla de los caballeritos blancos que la persiguen como moscas a la miel. Me tiene sin sombra.
—¿Y esa muchacha encantadora acompañaría a la enferma si la sacamos del hospital?
—Si el señor Doctor lo cree conveniente, me parece que sí la acompañaría.
—De convenir, creo que convendría y mucho; pero se ofrece una dificultad. Veamos. ¿Qué tiempo hace que no se ven la madre y la hija?
—¡Qué! Hace una pila de tiempo. Más de diecisiete años.
—¿Tanto? Malo. ¿Pero Vd. u otro le habrá hablado a menudo a la madre de la hija y a la hija de la madre?
—A la madre sí le he hablado frecuentemente de la hija, cada vez que he ido a verla; a la hija nunca de su madre. Estoy por creer que no sabe que existe.
—¿Conque no se ha intentado nunca el que se vean la madre y la hija?
—Nunca.
—Mal hecho.
—Así creí yo, pero el señor Doctor Rosaín, que fue quien la asistió en el parto y después del parto, me aconsejó que las separase, y después que a la madre se le remató el juicio, me repitió que no le hablase de eso a la hija, porque querría verla y era fácil que la loca en uno de sus arrebatos la ahogase con sus propias manos. Pues es preciso que sepa el señor Doctor don Tomás, que tomó la locura con la hija, diciendo que como había nacido blanca tenía a menos el tener madre de color.
—Vaya, pues. Se equivocó Rosaín. Es un buen médico, no se puede negar, sólo que en este caso me parece que perdió los papeles o que se le fue el santo al cielo. Si la madre y la hija se ven de repente, después de una larga separación, tal vez se efectúe una reacción, y las enfermedades se curan con reacciones o revulsiones, no con medicinas, particularmente aquéllas en que aparece afectado el sistema nervioso. Somos todo nervio, nada más que nervio. Irritados los nervios cate Vd. la locura. Estaba pensando... Se había pensado llevar la enferma al campo, a una finca que poseo cerca del puerto de Jaimanitas, a fin de ver si cambiando el aire y dándose unos baños de agua salada, se lograba la revulsión que se busca. Pero es que la hija no puede ir allá con la madre. Figúrese Vd. que en esa finca, en el ingenio de Jaimanitas, digo, tengo sociedad con los Padres Belenitas. Lo administran y muchos de ellos se pasan en él buenas temporadas, en particular durante la molienda. ¿Qué escándalo no se armaría con la aparición de una joven tan linda, como Vd. dice, en medio de aquellos benditos Padres? ¡La tentación! Dios nos libre. Más de uno de ellos perdería el juicio y se diría que yo tenía la culpa... Mas ya veremos modo de arreglar eso. Vuélvase Vd. por acá pasado mañana, que yo veré a la enferma entre tanto y diré a Vd. lo que haya de hacerse. Quiero servir al señor don Cándido, puedo servirle, y me parece que será con beneficio de todos los interesados.
Capítulo XIII
La alegría del corazón conserva la edad florida, la tristeza seca los huesos.
Parábolas de Salomón.
En la época de que venimos hablando, eran rara avis los dentistas de profesión en La Habana. Siguiendo aquel refrán castellano que enseña: al que le duele la muela que se la saque, el oficio o arte dental lo ejercían, por la mayor parte, en las poblaciones, los barberos; en los campos los cirujanos, quiénes armados con el potente gatillo de acero, no dejaban diente ni muela con vida.
Había también sacamuelas intrusos o aficionados. Entre éstos, uno de nombre Fiayo se había hecho célebre por la destreza y habilidad con que ponía las raíces al aire y sin dolores de esos apéndices de la masticación. Su fama y popularidad, sin embargo, provenían del hecho, primero, de no emplear instrumento quirúrgico de ninguna clase; segundo, de no llevar dinero por sus mágicas operaciones dentarias.
La hija mayor de los señores Gamboa, Antonia, hacía tiempo venía padeciendo de una neurosis de carácter agudo a la cara, cuyo asiento en la mandíbula superior daba lugar a presumir tenía por causa la carie de un molar. Los médicos consultados, después de probar la aplicación de apósitos, sanguijuelas, enjuagues y cabezales, sin fruto aparente, decidieron se hiciera la extracción. Pero la idea no más de que para llevarse a efecto había de emplearse el temible gatillo, ocasionaba sudores y desmayos en la dolorida joven.
Por aquellos días llegó a La Habana, desde el campo, el mágico dentista Fiayo, y, como de costumbre se hospedó[40] en casa del Doctor Montes de Oca. No bien llegó a oídos de doña Rosa la noticia, cuando dispuso la engancharan el quitrín, y sola, con la hija doliente, se dirigió a la calle de la Merced. Llena estaba la sala de pacientes, unos en solicitud de los consejos o remedios del médico, otros de los servicios del famoso sacamuelas. Este ocupaba el segundo cuarto, cuya puerta y ventana daban al patio, y era por eso el más claro y a propósito para las operaciones de la boca. Allí tenía una silla común de madera, en que hacía sentar al paciente con la cara para el este, y en un dos por tres ponía al aire las raíces de la muela o el diente que le indicaba el interesado. Sucedía a veces que encontraba mayor resistencia de la que podía vencer con la fuerza del pulgar y del índice de la mano derecha; en cuyo caso, disimuladamente metía ésta en la faltriquera del chaleco, cual si pretendiera enjugársela, se armaba de una llavecita de hierro, convertía el paletón en gatillo, el tronco en palanca, y el éxito era instantáneo y seguro.
La entrada de doña Rosa Sandoval de Gamboa con su hermosa hija Antonia no causó poca sorpresa en las personas presentes en la sala, principalmente en Montes de Oca, que si bien era el médico de palacio y gozaba de extensa y merecida fama, no estaba acostumbrado a que le consultasen en su propia casa, señoras tan distinguidas y en la apariencia ricas. Tamaña condescendencia y amabilidad no podían menos de obligar a un médico de las condiciones y calidades del que tratamos ahora; así fue que, abandonando desde luego a sus pacientes, salió a recibir y atender a las recién llegadas. No conocía él sino de nombre y de vista a doña Rosa, a pesar de la estrecha y antigua amistad que le ligaba con su marido. Pero a tiempo de acercársele y hacérsela presente, le pasó por la mente que tal vez la inesperada venida de aquella respetable señora tenía que ver algo con la enferma del hospital de Paula, de la cual hablaba precisamente con la anciana seña Josefa, en los momentos en que entró en la sala. Y una vez metido este extraño pensamiento en su cabeza, ya no hubo forma de sacarle de ahí.
—La señora esposa de mi caro amigo el señor don Cándido Gamboa y Ruiz, si no estoy equivocado, dijo Montes de Oca.
—Servidora de Vd., contestó secamente doña Rosa.
—Yo lo soy de Vd. muy atento. ¿Y ésta es su señorita hija de Vd.?
—Sí, señor.
—Bien se conoce. Hermosa niña. Dios se la guarde. Tengan la bondad de pasar adelante y sentarse.
—No hay necesidad, dijo doña Rosa. Vd. es persona muy ocupada, y luego venía solamente...
—Lo adivino, lo sé, mejor dicho, y perdone que la interrumpa, dijo Montes de Oca con desusada oficiosidad. Me complace el ver que Vd., también se interesa por la salud de la enferma en el hospital de Paula. Tanta bondad y nobleza de alma son mucho de celebrarse. Lo veo, lo comprendo perfectamente, desea Vd., conocer cuanto antes cuál es mi diagnóstico acerca del estado de la pobre muchacha. Es de celebrarse.
No teniendo noticias de semejante enferma, la madre y la hija se miraron azoradas, azoramiento que el médico no sólo no entendió, sino que lo interpretó por uno de aquellos sentimientos de admiración mezclados de gratitud que sienten las personas bien criadas cuando les adivinan sus pensamientos y se anticipan a sus caros deseos. Halagada de este modo su vanidad, continuó diciendo, cada vez más satisfecho de su penetración:
—Diré a Vd., señora mía, con gran sentimiento, lo mismo que acabo de decirle a la anciana madre de la enferma, con quien me ha visto Vd., hablando hace poco. No es nada favorable mi diagnóstico. Con Vd. aun puedo ser más franco que con la madre. Ahí no hay ya fuerzas, sujeto, como decimos; quedan sólo alma en boca y huesos en costal, según se dice de los bozales recién llegados de Guinea. Su mal trae origen de una meningitis aguda, superveniente de un susto, que bajo el influjo de una fiebre puerperal, la privó del juicio y produjo un desorden general del sistema nervioso, cuyo estado ha pasado a crónico, para el que hasta ahora no se conoce remedio en la ciencia médica. En el día los síntomas más marcados son los de una consunción lenta, ya en el último período, cuyo término puede ser más o menos cercano, pero cierto y fatal que, o mucho me engaño, o no podría alargar una hora, un minuto el mismo Galeno[41] si para ello solamente volviese al mundo. Esta clase de enfermos acaban como las velas así que se evapora el sebo de que están hechas. Se apagará su vida el día y a la hora menos pensada. Lo peor de todo, misea[42] Rosa, es que ya es demasiado tarde para sacarla del hospital. Corremos riesgo de que se nos quede muerta entre las manos, que se apague la vela en cuanto le dé el aire libre del campo. Siento mucho no poder llenar los deseos del señor don Cándido...
En este punto hizo Rosa un movimiento de sorpresa que llamó la atención aun del embebecido médico, obligándole a dejar trunca la frase. No era para menos la especie. Mujer más joven, menos precavida que ella, habría hecho una exclamación demostrando mayor desazón y cólera. De tal naturaleza fue, sin embargo, la impresión que le causaron las últimas palabras de Montes de Oca, que cambió de color, poniéndosele rojo en el primer instante el rostro, y luego pálido, y desapareció, por supuesto, la plácida expresión con que había estado escuchando el ininteligible diagnóstico. Aunque de origen bien diverso, la misma sensación de extrañeza experimentó Antonia. No comprendía ésta, es cierto, por su juventud y ninguna experiencia, toda la malicia que podía encerrar el hecho de que su padre desease sacar del hospital de Paula a una muchacha enferma y desconocida para toda la familia, con el objeto de que se curase en alguna otra parte. Pero no se hallaba doña Rosa en el mismo caso. Lo que era oscuro e insignificante para la hija, era un mar de luz para la madre, la verificación de continuas sospechas, el aguijón de celos antiguos y siempre vivos. ¿Quién podía ser aquella moza, ni qué clase de relaciones tenía o había tenido con ella su esposo, que estaba empeñado en sacarla del hospital de Paula por medio del médico Montes de Oca? Debía de ser una mulata, pues que su madre era casi negra. Se hallaba gravemente enferma, el médico la había desahuciado, estaría hecho un esqueleto, fea, asquerosa, moriría ciertamente en breve; pero había sido su rival, había gozado a la par con ella del amor y de las caricias de Gamboa.
¿Por qué disposición del cielo averiguaba en la hora postrera un secreto tras el cual venía corriendo hacía más de una década? Ya era poco menos que inútil la venganza. La muerte se interpondría en breve entre la esposa y la manceba. ¡Qué desesperación! ¡Qué tumulto de pasiones! ¡Qué atar y desatar de cabos sueltos, ocultos mas no olvidados en los rincones del pensamiento! Quería hablar, gritar, desahogar de alguna manera su corazón oprimido. ¡Cuánto alivio no la habrían proporcionado las lágrimas! Cristiana y discreta como era doña Rosa, sin duda hubiera dado en aquel instante la mitad de su vida por retrotraer los sucesos al año 13 ó 14, en que, joven todavía, llena de fuerza y de encantos personales, con menos cordura y calma, la hubiera sido fácil, plausible, hacer valer sus derechos de esposa, de madre y de señora.
Mientras revolvía todas estas cuestiones en la cabeza, obra que no le costó muchos minutos, sino segundos de tiempo, y sentía que la sangre se asomaba toda a sus mejillas, pasole por la mente lo de la niña en la Casa Cuna y su lactancia por María de Regla, la esclava ahora de enfermera en el ingenio La Tinaja; y dedujo, por necesaria consecuencia, que esa historia se relacionaba estrechamente con la mujer enferma en el hospital de Paula. ¿Buscaba, pues, Gamboa salvarle la vida a la madre de su hija bastarda? ¿Quién sería ésta? ¿Vivía aún? ¿La reconocía como tal el padre? Fuerza era averiguarlo. Tal vez Montes de Oca estaba enterado. Haciendo un esfuerzo supremo, logró dominar la agitación ya a punto de embargarle los sentidos; y decidió apurar hasta las heces la copa de la curiosidad y de los celos. Así, tomando de nuevo el hilo de la conversación con Montes de Oca, que mostraba deseos de manifestar cuanto sabía, dijo:
—Yo también siento en el alma que no se pueda hacer nada de provecho con la pobre...
—Rosario Alarcón, sugirió el médico, viendo que doña Rosa titubeaba.
—Rosario Alarcón, repitió ésta. Lo más presente que yo tenía. Mi memoria es flaca en esto de recordar nombres. Se lo dije a Gamboa que ya era demasiado tarde y no dudo que el desengaño le causará un verdadero pesar. Luego la hija, así que lo sepa...
—En cuanto a eso, repuso prontamente Montes de Oca, pierda Vd. cuidado, misea Rosa. La abuela ha tenido la habilidad de ocultarle a la hija hasta la existencia de la madre enferma.
—¡Es posible! exclamó doña Rosa. Parece increíble...
—Nada más fácil, continuó el médico. Esto es, repito lo que me ha contado la anciana que acaba de salir de aquí y que yo no hallo absurdo. Supongo que Vd. no ignora que cuando pusieron en Paula a la Rosario Alarcón, la hija era una chiquilla, sin uso de razón para echar de menos a una madre a quien después no ha visto.
—Con que la hija, una mujer hecha y derecha...
—Y muy linda, sin desdoro de los presentes, dijo Montes de Oca, cortando otra vez la palabra a su interlocutora para interpretar a su manera un pensamiento no más que indicado.
—Quiere decir, dijo doña Rosa, que Vd. conoce a la mozuela. Estaría aquí con la abuela.
—No, señora, no la he visto nunca. Hablo por boca de ganso, repito lo que me ha contado la abuela. Mejor dicho, no la veo desde el primero o segundo mes de nacida, cuando la Real Casa Cuna o de Maternidad estaba situada en la calle de San Luis Gonzaga, cerca de la esquina de la del Campanario Viejo.
—Luego tal es la niña para cuya crianza se tomó en alquiler a mi esclava María de Regla.
—Puede ser, yo no sé de eso jota.
—¿Cómo que no, si por orden de Vd. se me pagaron las dos onzas mensuales del alquiler mientras duró la lactancia de la susodicha niña?
—¿Por orden mía? Perdone Vd. misea Rosa. No tengo idea de semejante inquilinato, y, por supuesto, de la tal mensualidad. ¿No estará Vd. equivocada?
—Vaya, señor Doctor, repuso doña Rosa. ¿Es olvido o pura modestia de Vd.?
—Ni lo uno ni lo otro, mi señora. Positivamente no tengo noticias de lo que Vd. dice.
—Así será, dijo al fin doña Rosa advirtiendo que el médico se ponía en guardia. Comprendo lo que pasa por Vd.: no quiere que se hable más de este asunto. No añadiré palabra. Eso no obsta para que yo le manifieste mi complacencia por el uso que hizo Vd. de los servicios de mi esclava, cuando se le ofreció sacar de apuros a un amigo. Permítame le agregue, ya que se presenta la ocasión, que me negué a tomar un peso por el alquiler de la criatura, y que si al fin recibí el dinero fue porque se me dijo que de otro modo Vd. no la aceptaba.
Guardó silencio Montes de Oca. Únicamente inclinó respetuoso la cabeza como hombre que, cogido en un fallo, y sin salida plausible ni medios de defensa, se resigna y aguarda la sentencia. Pero lo poco que negó fue precisamente aquello de que debía estar más convencida doña Rosa, es a saber, del inquilinato de la nodriza y del salario que por ello la abonaron mes a mes, durante cierto tiempo. En lo que sí se equivocaba lastimosamente era en dar por hecho que Montes de Oca había sido el contratante y pagado el dinero del supuesto alquiler. Sobre este particular importante había sufrido dicha señora un engaño: ¡su marido no le había dicho la verdad!
Ahora bien: a la vista de la persistente negativa del médico, ¿salió doña Rosa de su error? Difícil es la comprobación en tales casos, y por lo mismo nos limitamos a decir que, aclarados ciertos particulares oscuros sobre la mujer enferma y las relaciones que con ella y con la hija tenía su marido, lo demás se caía de su peso, se infería sin esfuerzo, y no era digno de una señora el informar a una persona extraña de secretos de familia que quizás realmente ignoraba. Desistió, pues, del ataque y concluyó pidiendo al médico que la perdonase las molestias que le había ocasionado, sirviéndose decirla si Fiayo se hallaba dispuesto a examinarle la boca a su hija Antonia. Por sentado que lo estaba, y se ejecutó la operación con toda felicidad. Después, don Tomás Montes de Oca tuvo la cortesía de acompañar a las dos señoras hasta el estribo del carruaje y de ayudarlas a montar en él. Y una vez sentada y emprendida la marcha en vuelta de la casa, doña Rosa se cubrió la cara con las manos y dio a llorar y sollozar sin medida ni consuelo; todo esto con extrañeza grande de la hija, quien, ocupada de su propio dolor físico, no había echado de ver la transformación del semblante de su madre así que se alejó de la presencia del médico.
Conviene advertir aquí que a consecuencia de un disgusto con su padre por la salida a la calle tan de madrugada, según hemos referido ya, Leonardo hacía tres o cuatro días que no paraba en su casa, sino en la de una tía materna. Esto contribuyó a aumentar el pesar de doña Rosa. No sólo se negó a sentarse a la mesa, lista para el almuerzo, sino a darle explicación alguna a don Cándido sobre los motivos de su sentimiento. En medio del llanto y de los suspiros, pronunció varias veces el nombre del hijo favorito, razón por qué las hijas, suponiendo que la ausencia de éste era la causa original de sus lamentos, despacharon a Aponte en su busca con el carruaje. Vino el joven, y al punto doña Rosa, rodeándole con sus brazos, le cubrió la frente de besos y de lágrimas. Dábale entre tanto los epítetos más cariñosos y le decía:—Hijo del alma, ¿dónde estabas? ¿Por qué huías de las caricias de tu madre? Mi amor, mi consuelo, no te apartes de mi lado. ¿No sabes que tu triste madre no tiene otro apoyo que el tuyo? Tú no mientes, tú dices siempre verdad, tú eres el único en esta casa que conoce lo que vale una madre y esposa leal. Mi vida, mi corazón, mi fiel amigo, mi todo ya en el mundo, ¿qué, ni quién tendrá bastante poder ahora para arrancarte de mis brazos? Sólo la muerte.
Al fin esta señora, casada, madre de familia, halagada por los dones de la fortuna y de la naturaleza, al llegar a su casa se encontró rodeada de varias personas que le eran muy queridas, que la respetaban y que se apresuraron a enjugar sus lágrimas, a ofrecerle consuelos y distracciones. Al fin, aquella angustia suya, dado que legítima, nacía de un mero desengaño en su vida conyugal, que por la época en que le recibió, bien se conocía que el ángel de su guarda se le había apartado de los ojos hasta la hora en que su conocimiento la fuese menos doloroso. Hasta allí un golpe de celos era lo único que venía a turbar la serenidad de sus días, por otra parte siempre plácidos e iguales.
Pero ¿qué había de común entre el pesar, el desengaño ni los celos de doña Rosa Sandoval de Gamboa, y el pesar, el desengaño y la desolación de la pobre seña Josefa, más desamparada y sola que antes desde el punto que se separó del médico Montes de Oca y volvió a cruzar el umbral de su casita en la calle del Aguacate? Con razón pudo entonces exclamar con el salmista:—Venid, cielos y tierras, aves que pobláis el aire, peces que llenáis las aguas, brutos que holláis los campos, y decidme: ¿Hay dolor comparable con el dolor mío?
Nadie le preguntó por qué lloraba y se mostraba tan afligida. Cecilia, a quien encontró allí de vuelta, estaba harto disgustada para pensar en los disgustos ajenos. Nemesia también guardó un profundo silencio, diciendo sólo al despedirse de las dos:—Hasta después. Aun la imagen de la Virgen en el nicho, frente a su butaca, parecía que no debía ofrecerla esta vez consuelo. Transida por el dolor de la espada que le atravesaba el pecho, dirigía hacia otra parte sus amorosos ojos.
Y tal fue, después de todo, la indicación oportuna que recibiera seña Josefa en medio de su pavorosa soledad. La madre del Salvador del mundo, en los momentos de perderle enclavado en una cruz, claramente le enseñaba con su resignada, sublime actitud, que hay dolores tan grandes para los cuales no se encuentra consuelo aquí abajo, sino allá arriba, ¡en el cielo!
Capítulo XIV
Meditando su pena Dentro del pecho el corazón se abrasa: El fuego desordena Los límites y pasa: Y suelta ya la lengua, hablé sin tasa.
González Carvajal
La extraña conducta y las frases irónicas de su cara esposa traían alarmado a don Cándido Gamboa. Nunca había usado ella un lenguaje tan sarcástico. Por el contrario, en sus arranques de celos siempre había pecado por franca y desembozada. ¿Qué había averiguado de nuevo? ¿Dónde había estado aquella mañana, que la produjo tal cambio?
No entraban en el carácter, ni en las ideas de honor y dignidad de don Cándido el pedir a su esposa la explicación del misterio, menos a los hijos con quienes pocas veces hablaba, mucho menos a los criados, alguno de los cuales sabía más secretos de la familia de lo que convenía a la paz y a la dicha del hogar. Hombre de mundo y astuto, creyó que podía dejar al tiempo y a la indiscreción de la mujer o de los hijos el salir de dudas más tarde o más temprano.
Adoptó, eso sí, mayor cautela, observó con doble atención; y he aquí la sola novedad que se operó en su conducta en adelante respecto de su familia. Ni tuvo que mantener larga espectativa tampoco, porque días después, en la mesa del almuerzo, se habló de la neurosis facial de Antonia y del alivio que sentía después de la extracción de la muela por Fiayo. No necesitó de más don Cándido: su mujer había estado en casa de Montes de Oca, donde era notorio que aquél paraba y ejecutaba sus operaciones dentarias.
Precioso dato éste; sólo que, en vez de ayudarle a resolver el enigma, contribuyó a desorientarle y hasta cierto punto a adormecer sus recelos. Porque no cabía en su cabeza que el médico hubiese hablado a su esposa de la moza enferma en el hospital de Paula. Por flojo de lengua que le supiese, no podía imaginar siquiera que llevase la candidez (malicia no era) al extremo de comunicar a una persona extraña que veía por la primera vez, un asunto con el cual no tenía relación ni interés alguno. ¿Con qué motivo, tampoco, suscitar la conversación? Daba por hecho Gamboa, además, que él había hablado al médico sobre la enferma en confianza, y aunque no le había exigido el secreto, se entendía que debía observarse en todas circunstancias.
Ya se ha visto cuán falaces eran todos estos razonamientos de don Cándido. Del mismo erróneo tenor fue la reflexión de que seña Josefa, encontrándose por casualidad con doña Rosa en casa de Montes de Oca, tuvo una explicación, o habló delante de ella de la enferma en el hospital de Paula. En esta persuasión la esperó varias mañanas seguidas al postigo de la ventana de su casa.
Inútilmente. El médico había sido todavía más franco, diríamos más rudo con la anciana que con doña Rosa. De una vez le quitó toda esperanza, cuando en el lenguaje vulgar, no en el de la ciencia, le desahució a la hija. Para una mujer de sus años, agobiada por los trabajos y los pesares, cada vez más descontenta de su nieta, que llevaba, al parecer, el mismo camino de la madre moribunda, era aquella noticia más de lo que su espíritu y su cuerpo podían sobrellevar. Para valernos de sus propias palabras, ya había ella andado la via crucis, se hallaba en la cima del calvario, sólo faltaba la crucificación, la muerte que compasiva, pondría fin a una existencia ya muy larga para lo que había sufrido, tela inacabable de privaciones y de sacrificios.
De este golpe no se repuso más. Tras el llanto y otras demostracciones de dolor, acudió con doble ahinco que antes, al rezo, a la oración, a la confesión y comunión casi diarias, a la penitencia continua, recayendo al cabo en aquel estado de indiferencia y apatía mental y corporal para los negocios del mundo, que tanto se asemeja a la fatuidad o a la demencia. No parece sino que de repente se le había apagado el fuego misterioso que desde los primeros años de su existencia venía comunicando calor a su sangre, actividad a su espíritu. Porque dejó de ser comunicativa, se encerró en sí misma, descuidó a la nieta, se ocupó solamente de los actos de devoción que eran en ella una segunda naturaleza, un movimiento automático, se echó a dormir, en una palabra, desde entonces, el sueño de la vida.
Tal y tan repentino cambio no pudo menos de llamar la atención de Cecilia, quien, si al principio se aprovechó de él para satisfacer sus pasiones y caprichos, sintió luego mayor compasión y ternura por su abuela. Conociendo que sin enfermedad aparente, el día menos pensado caería muerta, empezó a asustarse y ocuparse más de su propio porvenir. En breve se quedaría sola en el mundo, destituida de parientes, de amigos respetables, de amparo, y redobló sus cuidados con la abuela, fue con ella más amable y servicial de lo que jamás había sido en su vida. Pero sus caricias, sus palabras amorosas, sus asiduos oficios de hija sumisa y tierna no obtenían correspondencia digna de este nombre, no excitaban a veces más que una sonrisa fría y... pavorosa para la inexperta joven, que creía ver en eso un signo de anticipada decrepitud, si no de demencia. Ni era que la anciana había perdido ya la facultad de sentir, porque más de una vez la sorprendió la nieta con las mejillas húmedas de las lágrimas. Si éste fue el estado de seña Josefa inmediatamente después de su última entrevista con Montes de Oca, mal pudo ella acercarse a don Cándido para hablarle de un asunto casi borrado de su memoria.
No era por cierto mucho más llevadera la situación de este caballero. Seguía guardando con él su esposa desusada reserva, tal que rayaba en despego; al paso que, como por pique, hacía con su hijo Leonardo dobles extremos de cariño y de ternura. Cada vez que salía a la calle, le acompañaba hasta el zaguán y allí le despedía con besos y abrazos repetidos. Si volvía tarde de la noche, cosa frecuente, le esperaba anhelosa a la reja de la ventana cual se espera a un amante, y lejos de reñirle cuando llegaba, le besaba y abrazaba de nuevo, como si hubiese durado largo tiempo su ausencia, o corrido un grave peligro fuera de casa. Todo le parecía poco a dicha señora para el hijo mimado. Ocioso es añadir que se anticipaba a sus gustos, que le adivinaba los pensamientos y que acudía a satisfacérselos, no como madre, sino como enamorada, con apresuramiento y afán de pródiga, sin pérdida de tiempo y costara lo que costase. Si al volver de una de sus correrías insinuaba siquiera que se sentía cansado o doliente, ¡santo Dios! ponía ella la casa toda en movimiento, haciendo que las hermanas, los criados, el Mayordomo, todos, no se ocupasen de otra cosa que del alivio y bienestar del enfermo.
Así tuviese don Cándido la calma del buey o la paciencia de Job, por fuerza que habían de cargarle estas cosas; más, hacerle hervir la sangre, no tanto porque la madre contribuía con sus halagos intempestivos a la perversión del hijo, cuanto porque así tiraba a mortificar al padre. Tan hostigado se vio, que la dijo un día:
—Si de propósito te pusieras, Rosa, a perder al muchacho, me parece que no lo harías mejor.
—No eres tú quien puede hacerme el cargo, contestó ella con mucho énfasis.
—No obstante, te lo hago.
—Lo veo, y lo atribuyo a que los hombres pierden a veces el... pudor.
—Dura es la palabra, mas la paso en obsequio de la paz.
—No la pases, si te parece. Lo mismo da.
—Es que se me figura que olvidas que yo estoy tan interesado en este asunto como tú.