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Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

LA LOMA DEL ANGEL (continued 2)

Reading edition

—No hay que venirme con ésas, señora, porque yo soy porfiado. Además, que a nadie sino al ama de la casa corresponde el honor de romper el baile; con más que es su natalicio.

—Eso sería bueno si no hubiera en esta selecta reunión muchachas bonitas, a quienes de derecho corresponde el dominio y la gloria en todas partes.

—Ya se ve, agregó el calvo, que no faltan esta noche en tan selecta reunión muchas y muy bonitas muchachas, pero esta circunstancia, que concurre también en el ama de la casa, no les da derecho a romper el baile. Hoy en el día de su santo, Merceditas, es Vd. el ama de la casa, donde celebramos tan fausto día, y es Vd. la gracia y la sal del mundo. ¿He dicho algo? concluyó recorriendo con la vista los circunstantes en busca de su aprobación.

Todos, que más que menos, ya con palabras, ya con la acción, manifestaron su aquiescencia, de manera que la Ayala tuvo que ponerse en pie, y mal su grado seguir al compañero a la sala. Por entonces ya habían despejado los hombres, dejando un buen espacio libre en el centro. El calvo llevaba de la mano a la Ayala, y con ella se cuadró de frente para la orquesta, a la cual mandó en tono imperioso que tocase un minué de corte. Este baile serio y ceremonioso estaba en desuso en la época de que hablamos; pero por ser propio de señores o gente principal, la de color de Cuba le reservaba siempre para dar principio a sus fiestas.

Bailaba aquella anticuada pieza con bastante gracia por parte de la mujer y con aire grotesco por la del hombre, saludaron a la primera los circunstantes con estrepitosos aplausos, y luego, sin más demora, comenzó de veras el baile, es decir, la danza cubana, modificación tan especial y peregrina de la danza española, que apenas deja descubrir su origen. Uno de tantos presentes se arrestó a invitar a la joven de la pluma blanca, como si dijéramos, a la musa de aquella fiesta, y ella, sin hacerse de rogar ni poner ningún reparo, aceptó de plano la invitación. Cuando pasaba del aposento a la sala, para ocupar su puesto en las filas de la danza, se le escapó a una de las mujeres la siguiente audible exclamación:

—¡Qué linda! Dios la guarde y la bendiga.

—El mismo retrato de su madre, que santa gloria haya, agregó otra.

—¡Cómo! ¿Que murió la madre de esa niña? preguntó muy azorada una tercera.

—¡Toma! ¿Que ahora se desayuna Vd. de eso? repuso la que habló en segundo lugar. ¿Pues no oyó Vd. decir que había muerto de resultas de haber perdido a su hija a los pocos días de nacida?

—No entiendo cómo la perdió si vive.

—No me ha dejado Vd. explicar, seña Caridad. Perdió a su hija a los pocos días de nacida porque se la quitaron cuando menos lo esperaba. Hay quien diga que la abuela, para ponerla en la Real Casa Cuna y hacerla pasar por blanca; hay quien diga que la abuela no fue la ladrona, sino el padre de la muchacha, que era un caballero de muchas campanillas y ya se había arrepentido de sus tratos y contratos con la madre. Esta perdió junto con la hija el juicio, y cuando le volvieron la hija, por consejo de los médicos, ya fue tarde, porque si recobró el juicio, que hay quien lo duda, no recobró la salud, y murió en Paula.

—Ha contado Vd. una historia, seña Trinidad, dijo pasito la Ayala con sonrisa de incredulidad a la mulata que acababa de hablar.

—Hija, replicó la Trinidad alto, como me la contaron la cuento; ni quito ni pongo de mi caudal.

—Pues según mis informes, que son de buena tinta, continuó la Ayala, Vd. o la que le contó la historia añadió mucho de su propio caudal. Lo digo porque no se sabe de cierto si la madre de la niña ésta vive o muere; lo único que está bien averiguado es que la abuela oculta a la nieta el nombre de su padre, aunque es preciso ser ciega para no verlo o conocerlo. Cuando menos anda ahora mismo por las ventanas, siguiéndole los pasos a la hija, como que no la pierde de vista un punto. Parece que ese hombre ingrato y desnaturalizado, arrepentido de su conducta con la infeliz Rosarito Alarcón, no halla otro medio de expiar su culpa que seguir a la hija de cuna en cuna y de ponina en ponina, para ver si la liberta de los peligros del mundo. No tenga cuidado. Trabajo le mando. Como que así así se le cortan las alas al pájaro que una vez emprendió el vuelo.

—Pero se puede saber, preguntó la que dijeron Caridad, ¿quién es el señorón de que se trata? Porque aquí tiene Vd. una persona que no lo conoce ni lo ha visto nunca, y no me parece que soy sorda ni ciega.

—Como sé lo que es una curiosidad no satisfecha, seña Caridad, voy a sacarla de dudas, dijo la Ayala acercándose. Creo que hablo con una mujer de secreto, y por eso le digo todo lo que hay en el asunto. Apuradamente no tengo por qué andar con tapujos a estas horas. Sepa que el hombre es...; y poniéndole ambas manos en los hombros a la curiosa, le comunicó en secreto el nombre del individuo. ¿Lo conoce Vd. ahora? concluyó preguntando la Ayala.

—Por supuesto que sí, contestó seña Caridad. Como a mis manos. Lo más que yo conocía. Por cierto que...; pero cállate, lengua.

Serían las diez de la noche y entonces estaba en su punto el baile. Bailábase con furor. Decimos con furor porque no encontramos término que pinte más al vivo aquel mover incesante de pies, arrastrándolos muellemente junto con el cuerpo al compás de la música; aquel revolverse y estrujarse en medio de la apiñada multitud de bailadores y mirones, y aquel subir y bajar la danza sin tregua ni respiro. Por sobre el ruido de la orquesta con sus estrepitosos timbales, podía oírse, en perfecto tiempo con la música, el monótono y continuo chis, chas de los pies; sin cuyo requisito no cree la gente de color que se puede llevar el compás con exacta medida en la danza criolla.

En la época a que nos referimos, estaban en boga las contradanzas de figuras, algunas difíciles y complicadas, tanto que era preciso aprenderlas por principio antes de ponerse a ejecutarlas, pues se exponía a la risa del público el que las equivocaba, equivocación a que decían perderse. Aquel que se colocaba a la cabeza de la danza ponía la figura, y las demás parejas debían ejecutarla o retirarse de las filas. En todas las cunas generalmente había algún maestro a quien cedían o se tomaba el derecho de poner la figura, la misma que al volver a la cabeza de la danza la cambiaba a su antojo. El que más raras y complicadas figuras ponía, más crédito ganaba de excelente bailador, y se tenía a honra entre las mujeres el ser su compañera o pareja. Con el maestro per se, fuera de esa distinción, que se disputaba a veces, había la seguridad de no perderse, ni verse en la triste necesidad de sentarse, sin haber bailado, después de haberse colocado en las filas de la danza.

En la noche en cuestión, bailaba el maestro con Nemesia, la amiga predilecta de la joven de la pluma blanca. Había él puesto muchas y muy raras figuras, dejando conocidamente para lo último la más difícil y complicada. La segunda, tercera, cuarta y quinta parejas salieron airosas de la prueba, ejecutando la figura con los mismos enlaces, desenlaces y actitudes del maestro; pero no obstante el espacio que tuvo para estudiarla y aprenderla el compañero de la apellidada Virgencita de bronce, pues ocupaba en las filas el sexto lugar, a medida que se acercaba su turno, crecía su ansiedad y volvía el rostro hacia los músicos, en ademán suplicatorio, como esperando que adivinaran su aprieto y parasen la música. Aquella inquietud se comunicó a la muchacha, la cual conoció que iba a pasar por la vergüenza de tener que sentarse en lo más animado y divertido de la danza. El temor llegó a dominar todo su ser, poniéndola pálida y nerviosa. Lo que pasaba en el ánimo de esa pareja no tardó en hacerse visible a los ojos de las demás parejas y de muchos de los espectadores del baile.

La idea no más de que la hasta allí reina de la cuna podía verse obligada a retirarse, antes de tiempo, de las filas, había llenado de cruel y envidioso regocijo a las otras muchachas a quienes habían mortificado sobre manera las preferencias y públicos elogios que de ella hacían los hombres desde el momento de su entrada en el baile. En aquellas críticas circunstancias, Pimienta, que no la había perdido tampoco un punto de vista en medio de sus caprichosos giros y del tumulto de la danza, comprendió al vuelo lo que pasaba, y sin advertir a nadie de su intento, paró la música de golpe. Respiró con desahogo el compañero de la joven, y ésta pagó con una sonrisa celestial aquel socorro tan a tiempo del director de la orquesta.

Capítulo VI

Y del tumulto indiscreto Que ardiente en su torno gira, Ninguno le dijo: "mira, Aquél te adora en secreto. Que oyendo y viéndote está".

Ramón de Palma

Quince de Agosto

Habrá comprendido ya el discreto lector, que la Virgencita de bronce de las anteriores páginas no es otra que Cecilia Valdés, la misma jovenzuela andariega que procuramos darle a conocer al principio de esta verídica historia. Hallábase, pues, en la flor de su juventud y de su belleza, y empezaba a recoger el idólatra tributo que a esas dos deidades rinde siempre con largueza el pueblo sensual y desmoralizado. Cuando se recuerde la descuidada crianza y se una a esto la soez galantería que con ella usaban los hombres, por lo mismo que era de la raza híbrida e inferior, se formará cualquier idea aproximada de su orgullo y vanidad, móviles secretos de su carácter imperioso. Así es que, sin vergüenza ni reparo, a menudo manifestaba sus preferencias por los hombres de la raza blanca y superior, como que de ellos es de quienes podía esperar distinción y goces, con cuyo motivo solía decir a boca llena,—que en verbo de mulato sólo quería las mantas de seda[8], de negro sólo los ojos y el cabello.

Fácil es de creer, que una opinión tan francamente emitida como contraria a las aspiraciones de los hombres de las dos clases últimamente mencionadas, no les haría buena sangre, según suele decirse. Con todo eso, bien porque no se creyese sincera a su autora cuando la expresaba, bien porque se esperaba que hiciera una excepción, bien porque siendo tan bella era imposible verla sin amarla, lo cierto es que más de un mulato estaba perdido de amores por ella, sobre todos Pimienta, el músico, como habrá podido advertirse. Este tal gozaba la inapreciable ventaja sobre los demás pretendientes, de ser hermano de la amiga íntima y compañera de la infancia de Cecilia, con cuyo motivo podía verla a menudo, tratarla con intimidad, hacérsele necesario y ganar tal vez su rebelde corazón a fuerza de devoción y de constancia. ¿A quién no ha halagado en su vida esperanza más efímera? De todos modos, él siempre tenía presente aquel canto popular de los poetas españoles, que principia:—Labra el agua sin ser dura, un mármol endurecido,—y puede decirse, en honor de la verdad, que Cecilia le distinguía entre los hombres de su clase que se le acercaban a celebrarla, si bien semejante distinción, hasta la fecha presente, no había pasado de uno que otro rasgo de amabilidad con un hombre por otra parte muy amable, cortés y atento con las mujeres.

Acabada la danza, se inundó de nuevo la sala y comenzaron a formarse los grupos en torno de la mujer preferida por bella, por amable o por coqueta. Pero en medio de la aparente confusión que entonces reinaba en aquella casa, podía observar cualquiera que, al menos entre los hombres de color y los blancos, se hallaba establecida una línea divisoria que, tácitamente y al parecer sin esfuerzo, respetaban de una y otra parte. Verdad es que unos y otros se entregaban al goce del momento con tal ahinco, que no es mucho de extrañar olvidaran por entonces sus mutuos celos y odio mutuo. Además de eso, los blancos no abandonaron el comedor y aposento principal, a cuyas piezas acudían las mulatas que con ellos tenían amistad, o cualquier otro género de relación, o deseaban tenerla; lo cual no era ni nuevo ni extraño, atendida su marcada predilección. Cecilia y Nemesia, por uno u otro de estos motivos, o por su estrecha amistad con el ama de la casa, no bien concluyó la danza se fueron derecho al aposento y ocuparon asiento detrás de las matronas hacia el comedor. Allí, sin más dilación, se formó el grupo de los jóvenes blancos, porque, ya se ha dicho, aquellas dos muchachas eran las más interesantes del baile. Las personas conspicuas de ese grupo, sin disputa que eran tres: el comisario Cantalapiedra, Diego Meneses y su amigo íntimo el joven conocido por Leonardo. Este último tenía apoyada la mano derecha en el canto del respaldo de la silla ocupada por Cecilia, quien, por casualidad o a posta, le estrujó los dedos con la espalda.

—¿Así trata Vd. a sus amigos? Le dijo Leonardo sin retirar la mano, aunque le escocía bastante.

Contentose Cecilia con mirarlo de soslayo y torcerle los ojos cual si la palabra amigo sonase mal en quien debía saber que era tratado como enemigo.

—Esa niña está hoy muy desdeñosa, dijo Cantalapiedra, que notó la acción y la mirada.

—¿Y cuándo no? dijo Nemesia sin volver la cara.

—Nadie te ha dado vela en este entierro, repuso el comisario.

—Y al señor ¿quién se la ha dado? agregó Nemesia mirándole entonces de reojo.

—¿A mí? Leonardo.

—Pues a mí, Cecilia.

—No hagas caso, mujer, dijo esta última a su amiga.

—Si no fuera por qué... yo te ponía más suave que un guante, añadió Cantalapiedra hablando directamente con Cecilia.

No ha nacido todavía, dijo ella, el que me ha de hacer doblar el cocote.

—Tienes esta noche palabras de poco vivir, le dijo entonces Leonardo, inclinándose hasta ponerle la boca en el oído.

—Me la debe Vd. y me la ha de pagar, le contestó ella en el propio tono y con gran rapidez.

—Al buen pagador no le duelen prendas, dice a menudo mi padre.

—Yo no entiendo de eso, repuso Cecilia. Sólo sé que Vd. me ha desairado esta noche.

—¿Yo...? Vida mía...

En aquella misma sazón se acercó Pimienta por la puerta de la sala saludando a un lado y a otro a sus amigas, y cuando se puso al alcance de Cecilia ésta le echó mano del brazo derecho con desacostumbrada familiaridad, y le dijo, afectando tono y aire volubles:—¡Oiga! ¡Qué bien cumple un hombre su palabra empeñada!

—Niña—contestó con solemne tono, aunque acaso no era para tanto—José Dolores Pimienta siempre cumple su palabra.

—Lo cierto es que la contradanza prometida aún no se ha tocado.

—Se tocará, Virgencita, se tocará, porque es preciso que sepa que a su tiempo se maduran las uvas.

—La esperaba en la primera danza.

—Mal hecho. Las contradanzas dedicadas no se tocan en la primera, sino en la segunda danza, y la mía no debía salir de la regla.

—¿Qué nombre le ha puesto? preguntó Cecilia.

—El que se merece por todos estilos la niña a quien va dedicada: Caramelo vendo.

—¡Ah! Esa no soy yo por cierto, dijo la joven corrida.

—¡Quién sabe, niña! ¡Qué tarde vinieron! agregó hablando con su hermana Nemesia.

—No me digas nada, José Dolores, repuso ésta. Costó Dios y ayuda persuadir a Chepilla el que nos dejase venir solas, porque lo que es ella no podía acompañarnos. Consintió a lo último porque vinimos en quitrín. Y aún así, (para añadir estas palabras miró a Cecilia como consultando su semblante), si no tomamos la determinación de meternos en él, nos quedamos... Chepilla se puso furiosa en cuanto que se asomó a la puerta y conoció...

—Chepilla no se puso brava por nada de eso, mujer; interrumpió Cecilia con gran viveza a su amiga. No quería que viniésemos porque la noche estaba muy mala para baile. Y tenía mucha razón, sólo que yo había dado mi palabra...

Por prudencia o por cualquier otro motivo, Pimienta se alejó de allí sin aguardar a más explicaciones. No sucedió lo mismo con Cantalapiedra, que era hombre curioso si los hay, por lo que con sonrisa maliciosa le preguntó a Nemesia:—¿Se puede saber por qué la Chepilla se puso furiosa luego que reconoció el quitrín en que ustedes vinieron al baile?

—Como que yo no soy baúl de naiden, contestó la Nemesia prontamente, diré la verdad. (Cecilia le pegó un pellizco, pero ella acabó la frase.) Claro, porque conoció que el quitrín era del caballero Leonardo.

Naturalmente las miradas de Cantalapiedra y de los demás presentes al alcance de las palabras de Nemesia, se concentraron en el individuo que ella había nombrado, y aquél, tocándole en el hombro, le dijo:

—Vamos, no se ponga colorado, que el prestar el carruaje a dos reales mozas como éstas en noche tan fea, no es motivo para que nadie sospeche malas intenciones de un caballero.

—Ese quitrín, lo mismo que el corazón de su dueño, repuso Leonardo sin cortarse, están siempre a la orden de las bellas.

Salía entonces Pimienta por la puerta del comedor y oyó distintamente las palabras del joven blanco, convenciéndole, desde luego, de quién era el quitrín en que Cecilia y su hermana Nemesia habían venido al baile. El desengaño le hirió en lo más vivo del alma; por lo que echando una mirada triste al grupo de jóvenes blancos, de seguidas pasó a la sala donde, después de armar el clarinete, tocó algunos registros a fin de que entendieran sus compañeros que era tiempo de que se reuniera de nuevo la orquesta. Afinados los instrumentos, sin más dilación rompió la música con una contradanza nueva, que a los pocos compases no pudo menos de llamar la atención general y arrancar una salva de aplausos, no sólo porque la pieza era buena, sino porque los oyentes eran conocedores; aserto éste que creerán sin esfuerzo los que sepan cuán organizada para la música nace la gente de color. Se repitieron los aplausos luego que se dijo el título de la contradanza, Caramelo vendo, y a quién estaba dedicada, a la Virgencita de bronce. De paso puede añadirse que la fortuna de aquella pieza fue la más notable de las de su especie y época, porque después de recorrer los bailes de las ferias por el resto del año e invierno del subsecuente, pasó a ser el canto popular de todas las clases de la sociedad.

Excusado parece decir que con una contradanza nueva, guiada por su mismo autor y tocada con mucho sentimiento y gracia, los bailadores echaron el resto, quiere decirse, que llevaron el compás con cuerpo y pies; cuyo monótono rumor en toda apariencia duplicaba el número de la orquesta. Bien claro decía el clarinete en sus argentinas notas: caramelo vendo, vendo caramelo; al paso que los violines y el contrabajo las repetían en otro tono, y los timbales hacían coro estrepitoso a la voz melancólica de la vendedora de ese dulce. Pero ¿qué era del autor de la pieza que tanta impresión causaba? En medio del delirio de la danza, ¿había quien se acordara de su nombre? ¡Ay! No. Como la noche avanzaba sin señales de bonanza, desde temprano la gente curiosa de la calle empezó a desamparar la puerta y ventanas del baile, y a las once no quedaba en ellas caras blancas, al menos de mujer. De esta circunstancia se aprovecharon los jóvenes de familias decentes, a que nos hemos referido más arriba, que abrigaban un cierto escrúpulo para ponerse a bailar con las mulatas amigas o conocidas. Cantalapiedra tomó por pareja a la ama de la casa, Mercedes Ayala; Diego Meneses, a Nemesia y Leonardo a Cecilia; y parte por guardar en lo posible la línea de separación, parte por un resto de ese mismo tardío escrúpulo, establecieron la danza en el comedor, no obstante la estrechez y desaseo de la pieza.

Con semejante ocurrencia puede imaginar cualquiera la agonía de alma de Pimienta. Su musa inspiradora, la mujer adorada, se hallaba en brazos de un joven blanco, tal vez del preferido de su corazón; pues como sabemos, no ocultaba ella sus sentimientos, se entregaba toda al delirio del baile, mientras él, atado a la orquesta cual una roca, la veía gozar y contribuía a sus goces sin participar de ellos en lo más mínimo. La turbación de su espíritu no fue, sin embargo, bastante a perjudicar su dirección de la orquesta, ni a influir desfavorablemente en el manejo de su instrumento favorito. Por el contrario, su inquietud y su pasión no parece sino que encontraron desahogo por las llaves del clarinete; se exhalaron, por decirlo así, según lo peregrino y suave de las notas que de él sacaba, esparciendo el encanto y la animación entre los bailadores. Como suele decirse, no quedó títere con cabeza que no bailara, pues se armó la danza en la sala, en el comedor, en el aposento principal y en el angosto y descubierto patio de la casa. ¿Qué mucho, pues, que entonces no pasara siquiera por la mente de los que tanto se divertían y gozaban, que el autor y el alma de toda aquella alegría y fiesta, José Dolores Pimienta, compositor de la contradanza nueva, agonizaba de amor y de celos?

Pasadas serían las doce de la noche cuando cesó de nuevo la música, con lo que a poco empezaron a retirarse las personas que podían considerarse extrañas para el ama de casa, porque hasta entonces no levantó ésta la voz diciendo que era hora de cenar. Y para apresurar la marcha, agarró ella por el brazo a dos de sus mejores amigas y arrastro casi las llevó al fondo del patio donde dijimos que estaba puesta la mesa del ambigú. Tras ellas siguieron las demás mujeres y los hombres, entre los segundos Pimienta y Brindis, los músicos; Cantalapiedra y su inseparable corchete, el de las grandes patillas, Leonardo y su amigo Diego Meneses. Tomaron asiento en torno de la mesa las mujeres, únicas que cupieron, aunque eran pocas; los hombres se mantuvieron en pie cada cual detrás de la silla de su amiga o preferida. Quedaron juntos a una de las cabeceras Cantalapiedra y la Ayala, sin que sepamos decir si por casualidad o por hacer honor al comisario y a su categoría.

No cabe duda sino que el ejercicio del baile había aguzado el apetito de los comensales de ambos sexos, porque apoderándose los unos del jamón, los otros del pescado, aceitunas y demás manjares en algunos minutos, todos comían y habían aliviado la mesa de una buena porción de su peso. Satisfecha la primera necesidad, hubo lugar a los rasgos de galantería y cariño que en todos los países llevarán el sello de la educación que alcanzan las personas que los ejercen. Las de la verídica historia cuya fisonomía trazamos ahora a grandes pinceladas, no eran, en general, de la clase media siquiera, ni de la que mejor educación recibe en Cuba, y puede creerse sin esfuerzo que sus rasgos de galantería y de cariño en ninguna circunstancia tenían nada de delicados ni de finos.

—Que diga algo Cantalapiedra, dijo alguien.

—Cantalapiedra no dice nada cuando come, contestó él mismo mientras roí a la pierna del pavo.

—Pues que no coma si ha de callar, saltó otro.

—Eso no, porque comeré y diré hasta el juicio final, repuso el comisario. ¿Cómo quieren, sin embargo, que diga si aún no he remojado la garganta?

—¡Ahí va mi copa! ¡Ahí va la mía! ¡Tome ésta! exclamaron diez voces por lo menos, y otros tantos brazos se cruzaron sobre la mesa en dirección del comisario, quien, empuñando una tras otra copa, cada cual llena de un vino diferente, se las fue echando al coleto, sin presentar más muestra del efecto que le causaban que ponerse algo rubicundo y aguársele los ojos. Después, llenando su propia copa de rico champaña, tosió, levantó el pecho, y en voz campanuda, aunque un si es no es carrasposa, dijo:

—¡Bomba! En los felices natales de mi amiga Merceditas Ayala, décima:

Yo te digo en la ocasión, Merceditas de mis ojos, Que tu vista guarda abrojos, Pues que punza el corazón. Ten de un triste compasión, Que por tus ojos suspira, Que por tus ojos delira, Que por tus ojos alienta, Que por tus ojos sustenta Esta vida de mentira.

Tras esta improvisación ramplona y de mal gusto, resonaron vivas y aplausos repetidos y estrepitosos, con destemplado golpeo de los platos con los cuchillos. Y como en recompensa de su poética labor, de ésta recibió una aceituna ensartada en el mismo tenedor con que acababa de llevarse el alimento a la boca, de esotra una tajada de jamón, de la de más allá un pedazo de pavo, de aquélla un caramelo, de su vecina una yema azucarada, hasta que la Ayala puso término al torrente de obsequios levantándose y pasando su copa, llena de Jerez, a Leonardo para que improvisara también como lo había hecho el complaciente comisario. Aprovechose éste de la tregua que se le concedía tácitamente, para levantarse de la mesa, ir derecho, aunque disimuladamente, hasta el brocal del pozo, donde, introduciéndose dos dedos en la boca, arrojó cuanto había comido y bebido, que no había sido poco. Y muy fresco y repuesto se volvió a la mesa. Merced a un medio tan sencillo como expedito, pudo tornar a comer y a beber cual si no hubiera probado bocado ni pasado gota en toda la noche. De los demás hombres que habían bebido con exceso y no conocían el remedio eficaz de Cantalapiedra, que más que menos, pocos acertaban a tener firme la cabeza, sin exceptuar al mismo joven Leonardo.

A esa lamentable circunstancia debe atribuirse el que un mozo tan fino como bien educado, se prestara también a hacer coplas y en obsequio de aquella heroína de la fiesta. Pero bien que mal las hizo, siendo no menos aplaudido y regalado que el anterior coplero, aunque fue de notarse que, lejos Cecilia Valdés de celebrar, como los demás, su esfuerzo poético, se mantuvo callada y visiblemente corrida. Tampoco tomó parte Nemesia en la celebración, si bien por causa muy distinta, a saber: por hallarse empeñada en un diálogo rápido y secreto con su hermano José Dolores Pimienta.

—¿Pues no va desocupada la zaga? le decía él.

—Tal vez no, le replicaba ella.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Como sé muchas cosas. ¿Necesito yo tampoco que me den la comida con cuchara?

—Ya, pero tú no te explicas.

—Porque no hay tiempo ahora.

—Sobrado, hermana.

—Luego, las paredes oyen.

—¡Vaya! Cuando se grita.

—Vamos, no seas porfiado. Te digo que no lo hagas.

—Yo no pierdo la ocasión.

—Vas a pasar un mal rato.

—¿Qué me importa si hago mi gusto?

—Te repito, José Dolores, no te metas en camisa de once varas. No seas cabezadura. Con esa porfía me quitas las ganas de ayudarte. Yo entiendo de eso mejor que tú, lo estoy viendo.

Antes que se hubiese calmado el ruido de voces, de palmadas y de golpes en los platos y la mesa, Leonardo le dijo algo en secreto a Cecilia, y salió a la calle arrastrando a Meneses por el brazo, sin despedirse de nadie, a la francesa, como dijo Cantalapiedra cuando los echó de menos. Una vez fuera, a pesar de la lluvia menuda, ambos jóvenes, siempre de brazo, tomaron a pie la calle de La Habana hacia el centro de la ciudad, y en la primera esquina, que era la de San Isidro, Meneses siguió derecho y Leonardo tomó la vuelta del hospital de Paula.

Nubes ligeras, claro oscuras, despedazadas por el viento fresco del nordeste, pasaban unas tras otras en procesión bastante regular por delante de la luna menguante, que ya traspasaba el cenit, y a veces dejaba caer rayos de luz blanquecina. La calle traviesa, angosta y torcida que llevaba el joven Leonardo no se despejó jamás, ni vio él a derechas su camino hasta que llegó a la plazuela del hospital antes dicho, y entonces sólo el lado izquierdo se alumbraba a ratos, pues las paredes de la iglesia de Paula, elevadas y oscuras, proyectaban una doble sombra sobre el espacio exento. Arrimado a ellas, sin embargo, pudo distinguir su carruaje, los caballos del cual agachaban la cabeza y las orejas, en su afán de evitar la lluvia y el viento que les herían de frente. Estaba echado el capacete y no parecía el jinete por ninguna parte, ni en la silla, su puesto acostumbrado, ni en la zaga, ni en el vano de la ancha puerta de la iglesia, que podía servirle de abrigo. Pero a la segunda ojeada comprendió Leonardo dónde estaba. Sentado en el pesebrón del quitrín, le colgaban las piernas cubiertas con las botas de campana, mientras descansaba la cabeza y los brazos, medio vuelto, en los muelles cojines de marroquí. En el suelo yacía la cuarta que en el sueño se le había desprendido de las manos, la recogió Leonardo al punto, levantó un canto del capacete y con todas sus fuerzas le pegó dos o tres zurriagazos a manteniente, por las espaldas presentadas.

—¡Señor! exclamó el calesero, entre asustado y dolorido, descolgándose.

Ya de pie pudo verse que era un mozo mulato, bastante fornido, ancho de hombros y de cara, más fuerte si no más alto que el que acababa de calentarle las espaldas con el zurriago. Vestía a la usanza de los de su oficio en la isla de Cuba, chaqueta de paño oscuro, galoneado de pasamanería, chaleco de piqué, el cuello de la camisa a la marinera, pantalón de hilo, botas enormes de campana, a guisa de polainas, y sombrero negro redondo, galoneado de oro. Debemos mencionar también, como signos característicos del calesero, las espuelas dobles de plata, que no llevaba a la sazón el mulato de que ahora se habla.

—¡Oiga! le dijo su amo, pues lo era en efecto el joven Leonardo; dormías a pierna suelta, mientras los caballos quedaban a su albedrío. ¿Eh? ¿Qué hubiera sucedido si espantados por casualidad, echan a correr por esas calles de Barrabás?

—Yo no estaba dormiendo, niño; se atrevió a observar el calesero.

—¿Conque no dormías? Aponte, Aponte, tú parece que no me conoces, o que crees que yo me mamo el dedo. Mira, monta, que ya ajustaremos cuentas. Lleva el quitrín a la cuna, toma las dos muchachas que trajiste en él y condúcelas a su casa. Yo te espero en el paredón de Santa Clara, esquina a la calle de La Habana. No consientas que nadie monte a la zaga. ¿Entiendes?

—Sí, señor; contestó Aponte, partiendo en dirección de la garita de San José. En la puerta de la casa del baile, sin desmontarse, dijo a un desconocido que entonces entraba:

—¿Me hace el favor de decirle a la niña Cecilia que aquí está el quitrín?

A pesar del aditamento de niña de que hizo uso el calesero hablando de Cecilia, que sólo se aplica en Cuba a las jóvenes de la clase blanca, el desconocido pasó el recado sin equivocación ni duda. Y ella incontinente se levantó de la mesa y fue a coger su manta, seguida de Nemesia y de la Ayala. Esta última las acompañó hasta la puerta de la calle, en donde ya se habían agrupado los pocos hombres que aún no se habían despedido. Allí, teniendo todavía por la cintura a Cecilia, en señal de amistad y cariño, la dijo:

—No te fíes de los hombres, china, porque llevas la de perder.

—Y ¿yo me he fiado de alguno a estas horas, Merceditas? repuso Cecilia sorprendida.

—Ya, pero ese quitrín tiene dueño, y nadie da palos de balde. Tenlo por sabido. Me parece que me explico.

Con esto y con fingir Cantalapiedra que lloraba por la partida de Cecilia, cosa que causó mucha risa, ésta y Nemesia subieron al carruaje dándoles la mano Pimienta, y de hecho quedó desbaratada la reunión.

Podía ser entonces la una de la madrugada. El viento no había abatido ni cesado la llovizna que, de cuando en cuando, arrojaban las voladoras nubes sobre la ciudad dormida y en tinieblas. Conforme reza la expresión vulgar, la oscuridad era como boca de lobo. No por eso, sin embargo, perdió el joven músico la pista del carruaje que conducía a su hermana y a su amiga, antes por el ruido de las ruedas en el piso pedregoso de las calles, le fue siguiendo las aguas, primero al paso redoblando y luego al trote, hasta que le alcanzó cerca de la calle de Acosta. Puso la mano en la tabla de atrás, se impulsó naturalmente con la carrera que llevaba y quedó montado a la mujeriega. Al punto le sintió el calesero e hizo alto.—Apéate, le dijo Nemesia por el postigo.—No hay para qué, dijo Cecilia.—Yo les voy guardando las espaldas, dijo Pimienta.—Apéese Vd., dijo en aquella sazón Aponte, que ya había echado pie a tierra.—¿No te lo decía? añadió Nemesia, hablando con su hermano.—Aquí dentro va mi hermana y mi amiga, observó el músico dirigiéndose al calesero.—Será así repuso éste; pero no consiento que nadie se monte atrás de mi quitrín. Se echa a perder, camará; agregó notando que se las había con un mulato como él.—Apéate, repitió Nemesia con insistencia.

Obedeció José Dolores Pimienta, conocidamente después de una lucha sorda y terrible consigo mismo, en que triunfó la prudencia; pero cediendo y todo en aquella coyuntura, no renunció a la resolución tomada de seguir el carruaje. Volvió a montar el calesero y continuó la carrera derecho hasta desembocar en la calle de Luz, torciendo allí a la izquierda hacia la de La Habana. Cerca del cañón de la esquina estaba un hombre de pie, guarecido del viento y de la menuda llovizna, con las elevadas tapias del patio perteneciente al monasterio de las monjas Claras. En ese punto, paró Aponte por segunda vez el quitrín, el hombre en silencio subió a la zaga, diciendo luego a media voz: ¡Arrea! Partió entonces aquél a escape, pero no sin dar tiempo a que se acercara lo bastante el músico, para advertir que el individuo que le reemplazó en la zaga del carruaje era el mismo joven blanco, Leonardo, que tantos celos le había inspirado en la cuna.

Capítulo VII

¿Y qué modo de hombre es él, es negocio moscatel, es discreto vergonzoso, o dulce o acibaroso?

Lope de Vega

La Buscona

En el barrio de San Francisco y en una de las calles menos torcidas, con banquetas o losas en una o dos cuadras, había, entre otras, una casa de azotea, que se distinguía por el piso alto sobre el arco de la puerta, y balconcito al poniente. La entrada general, como la de casi todas las casas del país—para los dueños, criados, bestias y carruajes, dos de los cuales había comúnmente de plantón—era por el zaguán; especie de casapuerta o cochera, que conducía al comedor, patio y cuartos escritorios.

Llamaban bajo este último nombre los que se veían a la derecha, a continuación del zaguán, ocupados, el primero por una carpeta doble de comerciante, con dos banquillos altos de madera, uno a cada frente, y debajo una caja pequeña de hierro, cuadrada, que en vez de puerta tenía tapa para abrirse o cerrarse, siempre que se guardaban en ella o se sacaban los sacos de dinero. En el lado opuesto de la casa se veía la hilera de cuartos bajos para la familia, con entrada común por la sala, puerta y ventana al comedor y al patio.

Este formaba un cuadrilátero, en cuyo centro sobresalía el brocal de piedra azul de un aljibe o cisterna, donde, por medio de canales de hoja de lata y de cañerías enterradas en el suelo, se vertían las aguas llovedizas de los tejados. Una tapia de dos varas de elevación, con un arco hacia el extremo de la derecha, separaba el patio de la cocina, caballeriza, letrina, cuarto de los caleseros y demás dependencias de la casa.

Entre el zaguán y los cuartos llamados escritorios, descendía al comedor, apoyada en la pared divisoria, una escalera de piedra tosca con pasamanos de cedro, sin meseta ni más descanso que la vuelta violenta que hacían los últimos escalones casi al pie. Esa escalera comunicaba con las habitaciones altas, compuestas de dos piezas: la primera que hacía de antesala, tan grande como el zaguán; la segunda, todavía mayor, como que tenía las mismas dimensiones que los escritorios sobre los cuales estaba construida y servía de dormitorio y estudio. Con efecto, los muebles principales que la llenaban casi, eran una cama o catre de armadura de caoba, cubierto con un mosquitero de rengue azul, un armario de aquella propia madera, un casaquero o percha de lo mismo, un sofá negro de cerda, unas cuantas sillas con asiento de paja, una mesa a modo de bufete, y una butaca campechana.[9] Sobre los tales muebles se hallaban varios libros, unos abiertos, otros cerrados o con una o más hojas dobladas por la punta, empastados a la española, con canto rojo, todos al parecer de leyes, según podía notarse, leyendo los letreros dorados en los lomos de algunos. En el sofá únicamente dos periódicos en forma de folletos: el más voluminoso con un malísimo grabado que representaba los figurines de un hombre, una mujer y un niño, y llevaba por título La moda o Recreo Semanal,[10] el otro El Regañón.[11]

Abajo, en el comedor había una mesa de alas de caoba, capaz para doce cubiertos, hasta seis butacas en dos hileras frente a la puerta del aposento; en el ángulo el indispensable jarrero, mueble sui generis en el país, y para proporcionar sombrío a la pieza y protegerla contra la reverberación del sol en el patio, había dos grandes cortinas de cañamazo, que se arrollaban y desarrollaban lo mismo que los telones de teatro. En la pared medianera entre el zaguán y la sala, había una reja de hierro, y para dar paso a la luz exterior en esta última, dos ventanas de lo mismo voladizas, que desde el nivel del piso de la calle subían hasta el alero del techo. De la viga principal colgaba por sus cadenas una bomba de cristal; de la pared del costado dos retratos al óleo, representativos de una dama y de un caballero en la flor de su edad, hechos por Escobar;[12] debajo de éstos un sofá, y en dirección perpendicular al mismo, en dos filas, hasta seis sillones con asiento y respaldo de marroquí rojo; en los cuatro ángulos, rinconeras de caoba, adornadas con guardabrisas de cristal o con floreros de china. En la pared, entre ventanas, una mesa alta con pies dorados y encima un espejo cuadrilongo; llenando los huecos intermedios, sillas con profusión.

Era de notarse la cortina de muselina blanca, con fleco de algodón, que pendía de los dinteles de las puertas y ventanas de los cuartos, como para dar libre paso al aire y ocultar sus interioridades de las miradas de los que pasaban por el comedor y el patio. En resumen, la casa aquella, peculiarmente habanera, según se habrá echado de ver por la menuda descripción que de ella hemos hecho, respiraba por todas partes aseo; limpieza y... lujo, porque tal puede llamarse, en efecto, si se tiene en cuenta el país, la época de que se habla, el estilo y calidad del mueblaje, los dos carruajes en el zaguán y la capacidad misma de la morada. ¿Vivía allí una familia decente, bien educada y feliz? Vamos a verlo en breve.

A la hora en que principia nuestro cuento, entre seis y siete de la mañana de uno de los días de octubre, ocupaba una de las butacas del comedor un caballero de hasta cincuenta años de edad, alto, robusto, entrecano, nariz grande aguileña, boca pequeña, los ojos pardos y vivos, la color del rostro rubicunda, la cabeza redonda por detrás; signos éstos característicos de pasiones fuertes y firmeza de carácter. Llevaba el cabello corto, la barba rasurada completamente; vestía bata talar de zaraza sobre chaleco largo de piqué blanco, pantalones de dril y chinelas de ante. Descansaba los pies en una silla con asiento de paja y con ambas manos se llevaba a los ojos un periódico impreso en papel español de hilo del folio común, titulado El Diario de la Habana.[13]

Mientras leía se le presentó un muchacho como de doce años de edad, vestido de pantalones y camisa de listadillo, que venía del fondo del patio y traía en la mano derecha una taza de café con leche, puesta en un plato, y en la otra un azucarero de plata. El caballero, sin enderezarse en la butaca, tomó la taza, endulzó y se puso a sorber y leer con toda calma, mientras el criado, con los brazos cruzados sobre el pecho, se quedó delante de él en pie, conservando en las manos respectivas el plato y el azucarero. Concluida la poción de café con leche, no obstante que el muchacho se hallaba a pocos pasos, le dijo en tono de voz atronadora:—¡Tabaco y lumbre! Salió aquél de carrera a la cocina y volvió a poco por los cuartos escritorios, trayendo entonces una vejiga grande con algunos cigarros[14] arrollados en el fondo y un braserillo de plata con una brasa de carbón vegetal, medio enterrada en un montón de cenizas. El caballero encendió un cigarro y cuando el muchacho se disponía a emprender de nuevo la carrera, le gritó:—¡Tirso!

—¡Señor! contestó también en alta voz como si ya estuviera en la cocina o hablara con sordo.

—¿Has estado arriba? le preguntó el amo.

—Sí, señor, dende que llegó de la plaza el cocinero.

—¿Y cómo es que el niño Leonardo no ha bajado todavía?

—Es querer decir a su merced que el niño Leonardo no quiere que lo dispierten cuando ha pasado mala noche.

—¡Mala noche! repitió el caballero mentalmente. Anda (al esclavo), despiértale y que baje.

—Señor, dijo el muchacho titubeando y confuso. Señor, su merced sabe...

—¿Qué sucede? volvió a tronar el amo, luego que echó de ver que el esclavo se estaba parado y no le había obedecido.

—Señor, es querer decir a su merced, que el niño se pone bravo cuando lo dispiertan, y...

—¿Qué? ¿Qué dices? ¡Ah! ¡Perro! Anda, corre si no quieres subir a puntapiés.

Y como el caballero medio se incorporase para ejecutar la amenaza, no esperó a que se la repitieran para obedecer la orden. En cuatro saltos se puso en lo alto de la escalera, desapareciendo en el dormitorio del joven Leonardo. A tiempo mismo que el muchacho corría escaleras arriba, asomaba por la puerta del aposento una señora algo gruesa, hermosa, de amabilísimo aspecto, las facciones menudas, con el cabello todavía negro, aunque pasaba de los cuarenta de edad, vestida de holán clarín blanco, y abrigada con una manta de burato color canario y toda ella muy pulcra y de ademán reposado y señoril. Sentose al lado del caballero de la bata, a quien, preguntándole por las noticias del día, dio el nombre de Gamboa. Este le contestó entre dientes que la única importante que traía El Diario era la aparición del cólera morbus en Varsovia, donde hacía estragos espantosos.

—¿Y dónde es eso? preguntó la señora bostezando.

—¡Toma! contestó Gamboa. Eso es muy lejos. Figúrate, allá, cerca del Polo Norte, en Polonia. Ya tiene que rodar el señor cólera para llegar hasta nosotros, y entonces... ¡quién sabe dónde estaremos tú y yo!

—¡Dios nos libre de horas menguadas, Cándido! volvió a exclamar la señora con el mismo aire de indolencia de antes.

Bajaba Tirso en este punto los escalones con doble precipitación, si cabe, de aquella con que los había subido; y a no ser porque en tiempo agacha la cabeza, le alcanza en ella un libro que le arrojaron de lo alto, el cual, con la violencia del golpe se hizo pedazos en la puerta del escritorio. Don Cándido alzó la cabeza y la señora se levantó y fue hacia el pie de la escalera, preguntando:—¿Qué ha sido eso? Por toda respuesta el muchacho, muy asustado, le indicó con los ojos al joven Leonardo, que se hallaba en lo alto, envuelto en la sábana, con los puños apretados en señal de cólera y de amenaza. Pero no bien descubrió a su madre, pues lo era aquella señora, cambió de actitud y de semblante; e iba sin duda a explicarle la ocurrencia, cuando ella le contuvo haciéndole una seña muy significativa, que equivalía, poco más o menos a decirle:—Calla, que ahí está tu padre. Por lo que él, sin más demora, dio media vuelta y se volvió al dormitorio.

—¿Viene el niño Leonardo? preguntó Gamboa al esclavo, cual si no hubiera notado la carrera de éste, el librazo contra la puerta del escritorio ni la acción de su esposa.

—Sí, señor, contestó Tirso.

—¿Le diste mi recado? insistió don Cándido en tono de voz más recio y áspero.

—Es querer decir a su merced, repuso el esclavo todo turbado y tembloroso, que... el niño... el niño Leonardo no me dio tiempo.

La señora se había vuelto a sentar, y seguía llena de ansiedad las palabras y los movimientos del semblante de su marido. Le vio ponerse rojo a medida que Tirso soltaba las pocas frases de que en su turbación pudo hacer uso; aún le pareció que iba a levantarse, acaso para pegarle al esclavo, o hacer bajar por la fuerza a Leonardo; en cuya confusa alternativa, a fin de ganar tiempo, le dejó caer la mano derecha en el brazo izquierdo y le dijo en voz muy baja y musical:

—Cándido, Leonardito se viste para bajar.

—Y tú ¿cómo lo sabes? replicó don Cándido con gran viveza, volviéndose para su esposa.

—Acabo de verle a medio vestir, en lo alto de la escalinata, contestó ella con calma.

—Pues tú siempre estás al tanto de cuando Leonardo cumple con su deber, pero eres ciega para sus faltas.

—No sé yo que el porbrecito haya cometido ninguna, al menos recientemente.

—¡Ya! ¿No lo decía yo? Ciega, cieguecita, Rosa, tus mamanteos van a perder a ese muchacho. ¡Tirso! tronó don Cándido.

Antes que volviese Tirso de la cocina, en donde se había refugiado, luego que sus amos entablaron el anterior, brevísimo diálogo, entró por el zaguán adelante el mulato calesero que ya conocen nuestros lectores, por aquella escena en el barrio de San Isidro y noche del 24 de setiembre. Vestía ahora solamente camisa y pantalones cuyas piernas estaban arremangadas hasta poco más abajo de las rodillas, como para dejar ver el borde de los calzoncillos blancos, que formaba dientes en vez de dobladillos. Los zapatos eran de vaqueta muy escotados, con hebilla de plata al lado, y tenía argollas de oro en las orejas, pañuelo atado en la cabeza, el sombrero de paja en la mano derecha, y en la izquierda el ronzal de un caballo que traía rabiatado otro del mismo color y estampa, ambos recién salidos del baño, pues aun escurrían agua o sudor, y el último tenía la cola hecha un nudo. El mulato había cabalgado en el primero desde la caballeriza al baño, cerca del Muelle de Luz, porque todavía llevaba el sudadero, a falta de silla.

—Pero aquí está Aponte, agregó don Cándido viéndole asomar. ¡Aponte!

—No hay necesidad de que preguntes a los criados interpuso doña Rosa.

—Quiero que oigas una de las recientes gracias de tu hijo, insistió el marido. ¿A qué hora trajiste anoche (hablando con Aponte) a tu amo?

—A las dos de la madrugá, contestó Aponte.

—¿Dónde pasó tu amo la noche? añadió don Cándido.

—Es inútil que lo diga, interrumpió la señora. Aponte, lleva esos caballos al pesebre.

—¿Dónde pasó tu amo la noche? repitió don Cándido en voz de trueno, viendo al calesero dispuesto a obedecer la orden de su ama.

—Es dificultoso que yo le diga a su merced mi amo, dónde pasó la noche mi amo el niño Leonardito.

—¡Qué! ¿Cómo se entiende?

—Le digo a su merced, mi amo, que es muy dificultoso, apresuróse Aponte a explicar, notando que don Cándido montaba en cólera; porque primeramente yo llevé el niño Leonardito a Santa Catarina, dispués lo llevé al muelle de Luz, dispués lo estuve esperando en el muelle de Luz hasta las doce de la noche, dispués lo llevé otra vuelta a Santa Catarina, dispués...

—¡Basta! dijo doña Rosa enojada. Quedo enterada.

Aponte se retiró con los caballos, pasando por el comedor y el patio en dirección de la caballeriza, y don Cándido, volviéndose para su mujer, le dijo:

—¿Qué te-a-ele-tal? ¿No te parece reciente la de anoche? Yo no sabía nada, sospechaba únicamente, porque conozco a mi hijo mejor que tú, y ya has oído que se ha estado en Regla hasta las doce de la noche. Tal vez no fue solo. ¿Quiéres oír ahora con quiénes y cómo pasó la mitad del tiempo en Regla? ¿No lo adivinas? ¿No lo sospechas?

—Suponiendo que lo adivinase, que lo palpase, observó doña Rosa con ligero desdén, ¿qué aprovecharía? ¿Dejaría yo por eso de quererlo como lo quiero?

—Pero si no se trata de quererle ni desquererle, Rosa; saltó impaciente don Cándido. Se trata de poner remedio a sus faltas, que ya rayan en lo serio.

—Sus faltas, si las comete, no pasan de calaveradas propias de la juventud.

—Es que las calaveradas, cuando son repetidas y no se les pone coto a tiempo, suelen parar en cosas graves que dan mucho que llorar y que sentir.

—Pues tus calaveradas no te trajeron, que yo sepa, serios ni graves resultados, y eso que las suyas, comparadas con las tuyas, son meros pasatiempos juveniles; dijo doña Rosario con refinado sarcasmo.

—Señora, repuso don Cándido irritado, por más que hiciese esfuerzo visible por ocultarlo: sean cuales fueren las locuras que yo haya podido cometer en mi juventud, ellas no autorizan a Leonardo para que lleve la vida que lleva con... aprobación y aplauso de Vd.

—¡Mi aprobación! ¡mi aplauso! Esa sí que está buena. Nadie mejor que tú es testigo de que, lejos de aprobar y aplaudir las locuras de Leonardito, siempre le estoy aconsejando y aún reprendiendo.

—¡Ya! Por un lado le aconsejas y le reprendes, y por otro le das quitrín y calesero y caballos y media onza de oro todas las tardes para que se divierta, triunfe y corra la tuna con sus amigos. No apruebas ni aplaudes sus locuras, pero le facilitas el modo y medios de cometerlas.

—Eso es, yo facilito el modo y medio cómo se pierda el muchacho. Tú no, tú eres un santo. ¡Oh! Sí, tu vida ha sido ejemplar.

—No sé a qué conduce tan amarga sátira.

—Conduce a que eres muy duro con él, y a que estaría buena tu aspereza si fueses intachable, si no hubieses pecado...

—¿Me tiene él en tan buen concepto como el que la merezco a Vd. señora? ¿Sabe que yo haya pecado?

—Tal vez lo sepa.

—Si Vd. no se lo ha contado...

—No hay necesidad de que yo le enseñe cosas malas. Sería madre desnaturalizada si tal hiciera. Pero él no es ningún tonto, y luego fue demasiado público, escandaloso lo de María de Regla.

—No sería mucho que haya llegado a sus oídos y le provoque a imitarte. El mal ejemplo...

—Basta, señora, dijo don Cándido más desazonado que irritado. Creía, tenía razón para esperar que Vd. hubiese dado eso al olvido.

—Mala creencia, porque hay cosas que no es posible olvidarlas jamás.

—Ya lo veo. Lo que quiere decir eso es, que me he engañado; quiere decir que las mujeres, algunas mujeres, no olvidan ni perdonan ciertas faltas de los hombres. Pero, Rosa, agregó cambiando de tono, nosotros vamos fuera del carril y eso no está bien. La verdad es que si yo soy muy duro, como dices, con Leonardo, tú eres muy débil, y no sé yo qué será peor. El es un loco, voluntarioso y terco, necesita freno más que el pan que come. Advierto, sin embargo, con dolor, que, por pensar en mi dureza, le llevas sin querer, por supuesto, como por la mano a su pronta perdición. De veras, Rosa, tiempo es ya de que sus locuras y sus debilidades cesen; tiempo es ya de tomar una determinación que le libre a él de un presidio y a nosotros de llanto y de infamia eternos.

—¿Y qué remedio adoptar, Cándido? Ya es tarde, ya él es un hombrecito.

—¿Qué remedio? Varios. En los buques de guerra de S. M. hasta a los hombronazos se les mete en cintura. Pensando estaba que no le vendría mal oler a brea por corto tiempo. Apuradamente mi amigo Acha, comandante de La Sabina, está empeñado en enseñarle la maniobra. Ayer nada menos me dijo que me resolviera y se lo entregara, seguro de que le pondría más derecho que un mastelero de gavia. Sí, ésa fue la expresión de que hizo uso. De todos modos, estoy resuelto a poner freno a las demasías de ese mozo.

Conmoviose doña Rosa al oír las últimas palabras de su marido, mucho más al notar el tono de firme resolución con que las emitió; y parte para ocultar las lágrimas que le rebosaban en los ojos, parte por variar el objeto de una conversación que le hería en lo más vivo del alma, se levantó otra vez y se dirigió al patio. En aquel momento mismo bajaba Leonardo la escalera, vestido como para salir a la calle; y ella, que sintió sus pasos, retrocedió al sitio que acababa de dejar al lado de su marido, y en tono de humilde súplica, con voz temblosa por la emoción, le dijo:

—Por el amor de ese mismo hijo, Gamboa, no le digas nada ahora. Tu severidad le rebela y me mata a mí.

—¡Rosa! murmuró don Cándido echándole una mirada de reconvención. Tú le pierdes.

—¡Prudencia, Cándido! replicó doña Rosa, respirando más libremente; porque comprendió que su esposo estaba inclinado por entonces a ejercer aquella virtud. Advierte que ya es un hombre y que le tratas como si fuera un niño.

—¡Rosa! repitió don Cándido con otra mirada de reconvención ¿Hasta cuándo?

—Será ésta la última vez que interceda por él, se apresuró a decir doña Rosa. Te lo prometo.

En esto acababa de bajar la escalera el joven Gamboa y se encaminó derecho a su madre, la cual le salió al encuentro como para mejor protegerle del enojo de su padre. Pero éste, silencioso y cabizbajo, ya penetraba en el escritorio y no vio o se hizo que no vio al hijo besar a la madre en la frente, ni la seña con que ella le indicó que debía saludar también a su padre.

Leonardo no dijo palabra, ni hizo ademán de cumplir con la indicación. Sólo se sonrió, levantó los hombros y se encaminó a la calle, llevando debajo del brazo izquierdo un libro empastado a la española, con los cantos rojos, y en la mano derecha una caña de Indias cuyo puño de oro figuraba una corona.

Capítulo VIII

¡Para hacer bien por el alma Del que van a ajusticiar!

Espronceda

El reo de muerte

Tiró el estudiante en dirección de la Plaza Vieja por la calle de San Ignacio. En la esquina de la de Sol tropezó con otros dos estudiantes poco más o menos de su edad, que en toda apariencia esperaban su llegada. El uno de ellos no es desconocido para el lector, pues le ha visto en la cuna de la calle de San José. Nos referimos a Diego Meneses. Era el otro de figura menos galana y esbelta, agregando a su baja estatura un cuello muy corto y hombros bastante levantados, entre los cuales llevaba como enterrada una cabeza redonda y chica. Había cierta confusión en su frente más angosta y levantada; los ojos tenía pequeños y penetrantes, la nariz algo arremangada, la barba aguda y la boca fresca y húmeda, por cierto la más expresiva de sus menudas facciones; el cabello crespo y así en su semblante como en su cuerpo se descubría desde luego la gran malicia que animaba su travieso espíritu. Junto con una fuerte palmada en el hombro, Leonardo le dio el nombre de Pancho Solfa. Este, medio sonreído, medio mal humorado del golpe dijo:

—Cada animal tiene su lenguaje, y el tuyo, Leonardo, es a veces muy expresivo.

—Porque te quiero te aporreo, Pancho. ¿Quieres otra caricia?

—Basta, chico. Y se desvió, haciendo un movimiento con la mano izquierda.

—¿Qué hora es? preguntó Leonardo. Recuerdo que no le di cuerda anoche a mi reloj y se ha parado.

—Las siete acaban de dar en el reloj del Espíritu Santo, respondió Diego. Nos marchábamos sin ti, creyendo que se te habían pegado las sábanas.

—Por poco no me levanto en todo el día. Me acosté tarde y mi padre me hizo llamar al amanecer. Él, como se acuesta con las gallinas, madruga siempre. ¿No les parece a ustedes que hay tiempo de dar una vueltecita por la Loma del Ángel?

—Soy de opinión que no, dijo Pancho. A menos que tú, cual otro Josué, tengas la virtud de parar el sol.

—Te pereces por una cita, Pancho, venga o no venga a pelo. ¿Pues no sabes que el sol no camina desde que Josué le mandó parar su carrera? Si hubieses estudiado astronomía sabrías eso.

—Di, más bien, que si hubiera estudiado historia sagrada, dijo Meneses.

—El cuento es, observó Pancho, que sin estudiar a fondo una cosa y otra, sé que el caso participa de ambas y no son ustedes los que me corrigen la plana.

—A todas éstas, caballeros ¿qué lección tenemos hoy? No concurrí a la clase el viernes, ni he abierto el libro en todo este tiempo.

—Govantes señaló para hoy el título tercero, que trata del derecho de las personas, respondió Diego. Abre el libro y verás.

—Pues no he saludado esa materia siquiera, agregó Leonardo. Sólo sé que según el derecho patrio, hay personas y hay cosas; que muchas de éstas, aunque hablan y piensan, no tienen los mismos derechos que aquéllas. Por ejemplo, Pancho, ya que te gustan los símiles, tú a los ojos del Derecho no eres persona, sino cosa.

—No veo la similitud, porque no soy esclavo, que es a quien considera cosa el derecho romano.

—Ya. No eres esclavo, pero alguno de tus progenitores lo fue sin duda y tanto vale. Tu pelo al menos es sospechoso.

—Dichoso tú que le tienes flechudo como los indios. Si vamos a examinar, sin embargo, nuestros árboles genealógicos respectivos, hallaremos que aquéllos que pasan por ingenuos entre nosotros, son cuando menos libertinos.[15]

—Resuellas por la herida, compadre. Vamos, que no es ningún pecado amarrar la mula tras de la puerta. Mi padre es español y no tiene mula; mi madre sí es criolla y no respondo que sea de sangre pura.

—Es que tu padre por ser español, no está exento de la sospecha de tener sangre mezclada, pues supongo que es andaluz, y de Sevilla vinieron a América los primeros esclavos negros. Tampoco los árabes, que dominaron en Andalucía más que en otras partes de España, fueron de raza pura caucásica, sino africana. Por otra parte, era común ahí, entonces, la unión de blancos y negros, según el testimonio de Cervantes y de otros escritores contemporáneos.

—Ese rasguito histórico, don Pancho, vale un Potosí. Se conoce que la cuestión de razas te ha costado algunos quebraderos de cabeza. No paro yo en eso la atención, ni creo que hace bulto ni peso la sangre mezclada. Lo que puedo decir es que, no sé si porque tengo algo de mulato me gustan un puñado las mulatas. Lo confieso sin empacho.

—La cabra siempre tira al monte.

—El refrán no viene al caso; mas si lo dices para afirmar que no te gusta la canela, peor para ti, Pancho, porque eso quiere decir que te gusta el carbón, género mucho más inferior.

En este punto de su conversación iban, cuando entraron por los portales de la Plaza Vieja llamados del Rosario. Estos los forman unas cuatro o cinco casas, pertenecientes a familias nobles o ricas de La Habana, con anchos balcones, apoyados en altos arcos de piedra, cuyas luces cubren durante el día unas cortinas de cañamazo, a manera de velas mayores de barcos. El piso superior de esas casas lo ocupan los dueños o inquilinos, que viven de sus rentas; pero en los bajos, salones en general oscuros y poco ventilados, tienen sus tiendas unos mercaderes al por menor, que llaman baratilleros, quinquilleros propiamente dichos, los cuales, en absoluto, son españoles, por lo común montañeses. Dentro guardan el acopio de géneros y baratijas, y al frente, bajo los arcos de piedra, exponen lo que se entiende por quincalla en unas vidrieras o muestrarios portátiles, que descansan sobre una especie de tijeras. Por la mañana temprano los exponen y por la noche los guardan.

Poco después de las siete de la mañana se principia generalmente la primera de las operaciones aquí mencionadas. Los mercaderes, de dos en dos, sacan las vidrieras, sujetando uno por una cabeza, otro por la otra, como si fueran ataúdes o que pesaran mucho para un solo hombre.

Algunos estaban ya expuestos, y los vendedores se paseaban por delante de ellos en mangas de camisa, a pesar del airecillo de la mañana, cuando entraron en los portales nuestros tres estudiantes.

Llevaban la delantera Leonardo y Diego, riendo y charlando, sin hacer caso de los mozos españoles que iban y venían, afanados en la obra de exponer sus mercancías a tiempo. Detrás, y a paso mesurado, inclinada la cabeza y taciturno, los seguía su condiscípulo Pancho, y ya por esto, ya porque les chocase su facha, la verdad es que el primer buhonero con quien tropezó le echó mano por un brazo y le dijo: ¡Hola, rubio! ¿no quieres comprar un par de navajas de primera? Se desprendió de éste con un esguince y le cogió otro para decirle: Acá, primo, vendo gafas excelentes. Adelante se le interpuso un tercero para ofrecerle tirantes elásticos; un cuarto para meterle por los ojos cortaplumas vizcaínos, superiores a los ingleses. Rodando de uno para otro, ora sonriéndose, ora haciendo un gesto de enfado, el ya molesto estudiante logró adelantar algunos pasos. Al fin, rodeado por varios baratilleros más dispuestos a la burla que a encarecer sus baratijas, se quedó parado y cruzó los brazos. Por fortuna en aquel momento le echaron de menos sus compañeros, volvieron la cara y notaron el cerco que le habían formado. Ignorando la causa, Leonardo, que era intrépido, retrocedió a la carrera, penetró por fuerza por el corrillo y sacó a su amigo del apuro. Mas así que se informó por él mismo de lo que había pasado, rió de ganas y le dijo: Te tomaron por montuno, Pancho. Tú también tienes una figura...

—Mi figura no tiene nada que ver con el asunto, le interrumpió Pancho de mal talante; es que estos españoles tienen más de judíos que de caballeros.

Siguiendo la calle de San Ignacio nuestros estudiantes, a poco andar desembocaron en la Plazuela de la Catedral. Cuando llegaban a los portales de la casa conocida por de Filomeno, les llamó la atención un grupo numeroso y compacto de pueblo que entraba en la misma por el lado opuesto, es decir, por la calle de Mercaderes y el Boquete. La vanguardia, compuesta en su mayor parte de gente de color, hombres, mujeres y muchachos sucios, harapientos y descalzos, ya marchaba, ya hacía alto, y de cuando en cuando volvía atrás la cabeza, como por resorte. Entre dos filas de soldados equipados a la ligera, pues su uniforme consistía de chaqueta de paño azul, pantalón blanco, canana atada al cinto por delante, sombrero redondo y carabina corta, que portaban por los tercios, iban hasta doce mulatos y negros vestidos en traje talar de sarga negra, con caperuza de muselina blanca, cuya punta larga flotaba por detrás de la cabeza, a guisa de gallardete; y cada cual llevaba en la mano derecha una cruz negra de brazo corto y árbol largo. Cuatro de esos lúgubres hombres conducían al hombro, en silla de mano, a una al parecer criatura humana, cuya cabeza y cuerpo desaparecían bajo los pliegues de un paño negro (manto de estameña), cayendo a plomo por fuera de todo el aparato.

A un lado de este ser misterioso venía un sacerdote con sotana negra de seda, bonete en la cabeza y un crucifijo en ambas manos; al otro un negro bastante joven, robusto y ágil. Este vestía pantalón blanco, sombrero redondo y chaqueta de paño negro, en cuya espalda se le descubría una como escalera bordada de seda amarilla. Eso indicaba su oficio, y era nada menos que el verdugo. Andaba a paso medido y no levantaba los ojos del suelo. Detrás venía un hombre blanco vestido de calzón corto, medias de seda, chupa de paño y sombrero de tres picos, todos de color negro. Este era el escribano. Inmediato a él marchaba un militar de alta graduación indicada por los tres entorchados de la casaca y el sombrero de tres picos galoneado de oro, con pluma blanca de avestruz. Cerraban el cortejo otros negros y mulatos en el traje negro talar y caperuza blanca, ya descrito, y más pueblo, todos moviéndose en solemne y silenciosa procesión, pues no se oía otro ruido que los pasos acompasados de la tropa y la voz gangosa del sacerdote recitando las oraciones de los moribundos.

Por esta rápida descripción advertirá el lector habanero que se trataba de un reo de muerte que conducían al patíbulo, acompañándole los hermanos de la Caridad y de la Fe, institución religiosa compuesta exclusivamente de gente de color que se ocupaba en asistir a los enfermos y moribundos y en enterrar a los muertos, principalmente los cadáveres de los ajusticiados. Es bien sabido que la justicia española lleva su saña hasta las puertas del sepulcro, y he ahí la necesidad de la institución religiosa dicha, que se encarga de recoger el cadáver del criminal y de darle sepultura, en vez de los parientes y amigos, privados de esos oficios por la ley o la costumbre.

La tropa que custodiaba al reo en tales circunstancias, en La Habana al menos, era un piquete de la célebre partida de Armona, especie de guardia civil, establecida por Vives, que desempeñaba el papel de la policía de otras partes: el militar de alta graduación, el mayor de plaza, a la sazón coronel Molina, después castellano del Morro, en cuyo empleo murió cargado con el odio de aquéllos a quienes había oprimido y explotado mientras desempeñó el primero de estos cargos: el individuo que conducían al suplicio de la manera referida no era hombre, sino mujer y blanca; la primera tal vez de su clase que ejecutaban en La Habana.

Capítulo IX

...Esta es la justicia Que facer el Rey ordena...

El Duque de Rivas

D. Alvaro de Luna.

Contarse merece, siquiera sea brevemente, la historia de la mujer cuyo delito se castigaba con la pena de muerte. Casada con un pobre campesino, vivía en los arrabales de la pequeña población del Mariel, no sabemos cuanto tiempo hacía, ni hace mucho al caso tampoco. Pero sin ser joven ni hermosa, contrajo ella relaciones ilícitas con un hombre soltero del mismo pueblo. Séase que el marido averiguara lo que pasaba y amenazara tomar venganza, séase que los amantes quisieran librarse de aquel estorbo, el hecho fue que entre los dos concertaron matarle. Y conseguido esto, que no cuesta gran trabajo matar a un hombre, trataron de ocultar las huellas del crimen descuartizando el cadáver y arrojando a un río inmediato los cuartos ensangrentados, cosidos en un saco. Tales fueron los hechos principales dilucidados en la causa.

Ahora bien, ¿qué papel desempeñó la mujer en el horrible drama? Eso no se puso en claro. En su defensa desplegó tan desinteresada como rara elocuencia el joven y brillante abogado Anacleto Bermúdez,[16] que acababa de llegar de España, en cuyos consejos se había recibido de abogado e hizo en esa causa su estreno como hábil criminalista. El hecho era atroz, sin embargo, y la criminalidad de la mujer quedó probada, pues si no había herido con su propia mano, había tomado parte principal en el asesinato y en la ocultación del cadáver. Se hizo, por tanto, necesaria su condenación a último suplicio, aunque éste fuese el de horca, pues que entonces sólo se aplicaba el del garrote a la gente noble, suceso todavía más raro en Cuba que el de ejecutar a una mujer blanca.

La pena de muerte en horca, en los dominios españoles era, si cabe, más terrible que la del garrote, introducida o generalizada algún tiempo después de aquel a que nos referimos ahora. El verdugo, así que ataba dos sogas al pescuezo del reo, le lanzaba desde lo alto de la escalera, se le montaba a horcajadas en los hombros, y con los calcañales le golpeaba el estómago para apresurar su fin; deslizándose por los pies del ajusticiado, cuyo cadáver, dentro de un traje talar, quedaba meciéndose al aire libre por ocho horas, a dos varas del suelo. Semejante espectáculo no debía presentarse en La Habana con una mujer blanca, por vulgar que ella fuese u horrible su delito.

En tal situación, y cuando hubo fallado el recurso de una supuesta preñez, Bermúdez solicitó y obtuvo como gracia especial que se la hiciera morir en garrote. Recordará el lector que siete u ocho años después de aquel a que nos contraemos ahora, se abolió el suplicio de horca en Cuba, y que hallándose la cárcel en el ángulo occidental del edificio conocido por la Casa de Gobierno, donde funcionaba asimismo el Ayuntamiento con todas sus dependencias, donde residía el Capitán General con las suyas, y existían las escribanías públicas, tenía el reo que recorrer una larga y angustiosa carrera antes que se pusiera fin a su vida en el campo de la Punta, inmediato a la mar. En efecto, por la calle de Mercaderes pasaba a la plazuela de la Catedral, torcía luego a la de San Ignacio, luego a la de Chacón, luego a la de Cuba, enseguida por la orilla de la muralla a pasar por debajo de la puerta abovedada y oscura llamada de la Punta, en que había cuerpo de guardia y daba salida a los cadáveres de la ciudad que llevaban a enterrar en el cementerio general.

Al salir por aquella puerta de plaza sitiada, podía distinguir el reo a lo lejos, frente al arrecibe de la costa contra la cual se rompían las olas del mar en menudos copos de brillante espuma, la máquina terrible, horca, garrote o banquillo en que había de tener fin su vida. Para los de ánimo apocado, la muerte con todos sus horrores era fuerza que se les presentase mucho antes de recibirla. Por suerte, la mujer de que ahora hablamos, desde el momento que la metieron en capilla perdió las fuerzas, y con ellas la conciencia de su horrible situación, siendo preciso, como se ha visto, que la condujeran al lugar del suplicio en silla de mano, sentarla a brazos en el banco del garrote, y, muerta ya, dislocarle la vértebra del cuello para sofocar en su pecho el último soplo de vida.

Cinco o seis años después de los sucesos que acaban de referirse, había cambiado de un todo el aspecto del campo de la Punta. Al yermo desolado y polvoroso que limitaba al oeste las primeras casas de madera de la barriada de San Lázaro, por el sur rimeros de tablas y alfardas importadas de los Estados Unidos del Norte de América, por el norte la mar y el castillo de la Punta, que asomaba sus enanas almenas detrás de apiñadas calderas férreas de Carrón para la elaboración del azúcar, sucedió un edificio de tres cuerpos, macizo, cuadrangular, erigido por el Capitán General don Miguel Tacón para cárcel pública, depósito presidial y cuartel de infantería.

El espacio descubierto que quedó al lado septentrional de ese edificio, todavía se obstruyó más con la construcción de unos cobertizos de madera para abrigo de una parte del presidio, empleada en picar piedra menuda a martillo, con destino al empedrado de las calles de la ciudad, según el sistema de McAdam. Pero, de todos modos, así quedó separada la prisión de la Casa de Gobierno; los presos pasaron a un edificio, aunque defectuoso en muchos respectos, fabricado expresamente para su desahogo y seguridad; hubo más conveniente separación de sexos y de delitos, y, en especial, se redujo a la tercera parte la via crucis de los infelices reos de muerte, pues que apenas se cuentan doscientos pasos de la cárcel nueva a la orilla del arrecife, donde se efectuaban las ejecuciones capitales. De allí y de la Punta, a la parte opuesta, salieron a recibir la muerte del patriota y del héroe, años adelante, Montes de Oca y el joven Facciolo; el General López y el español Pintó; el bravo Estrampes; y, en nuestros días, Medina y León y los inocentes estudiantes de la Universidad de La Habana.

Incorporáronse los tres amigos a la lúgubre procesión, y la acompañaron por el costado de la Catedral hasta la puerta del Seminario, edificio que se extiende por el fondo de ella y da sobre el puerto. No habían abierto aún la entrada a las aulas, y el golpe como de doscientos estudiantes de derecho, filosofía y latín, la flor de la juventud cubana, se dilataba desde las gradas de piedra de la portería hasta el cuartel de San Telmo por un lado, y por el otro largo trecho hacia las bocacalles del Tejadillo y de San Ignacio, a causa de la estrechura de la vía. Por un movimiento espontáneo, la muchedumbre estudiantil se dividió en dos filas, dando paso franco por medio de la calle a la extraña comitiva, a la cual precedía un rumor sordo como de enjambre de abejas que busca donde posarse.

Hizo alto por un momento ante la puerta del Seminario, para dar tiempo a que cuatro hermanos de la Caridad y de la Fe relevasen a los que portaban la silla de mano desde la cárcel. La figura entre tanto, no cambió de posición ni hizo el menor movimiento; pero aunque los pliegues del manto negro ocultaban por completo sus facciones, su nombre y la historia de su crimen corrieron de boca en boca entre todos los estudiantes.

—Nadie diría que llevan ahí a una mujer, dijo un estudiante de latín.

—En efecto, más parece la estatua de una llorona que ser viviente, agregó otro.

—El remordimiento la agobia, dijo un tercero. Por eso dobla la cabeza sobre el pecho.

—Ya, exclamó un estudiante alto, de aspecto amulatado; el caso no es para menos. Ahora supongo yo que está horrorizada de su propio crimen.

—¿Pero está probado, como luz del mediodía, según reza la ley de Partida, preguntó nuestro conocido Pancho, que Panchita mató a su marido?

—Tan cierto es que lo mató que le van a dar garrote, volvió a observar el estudiante amulatado, con cierta sonrisa de desdén. Por más señas que después de muerto le hizo tasajo, y, cosiéndole en un saco de henequén, le arrojó al río para pasto de los peces.

Todo eso no constituía un argumento de la criminalidad de Panchita Tapia, y su tocayo iba a replicar cuando otro estudiante se interpuso diciendo en voz campanuda y acento español:

—Por un tris hace la chica con su consorte lo que dispone la ley de Partida que se haga con el parricida. Sólo faltó que el saco fuera de cuero, que tuviese pintadas llamas coloradas al exterior y que hubiese puesto en el interior un gallo, una víbora y un mono, animales que no conocen padre ni madre.

—La ley de las Doce Tablas,[17] se apresuró a decir Pancho alzando la voz y empinándose un tanto, contento de poder corregirle la plana al estudiante españolado—copiada pedem litterae en las Partidas, que mandó compilar don Alfonso el Sabio—no habla de gallos, sino de perro, víbora y mono, y no porque estos animales conozcan o desconozcan padre o madre, sino simplemente para entregar el criminal a su furor. El Código Alfonsino considera parricida aún a la mujer que mata a su marido. La práctica hoy día es arrastrar al reo en un serón atado a la cola de un caballo hasta el pie del patíbulo. De suerte que, si no arrastran a Panchita Tapia, acusada de ese horrendo crimen, la razón es porque no lo consienten nuestras costumbres. He dicho.

Con esto Pancho se alejó prontamente de aquel grupo, cosa de no dar tiempo a una réplica de parte del estudiante españolado. Pero éste se contentó con decir, viéndole alejarse:

—Se conoce que el chico ha estudiado la lección.

En aquel mismo punto se abrieron las ponderosas hojas de cedro de la puerta del Seminario, más conocido entonces bajo el nombre de Colegio de San Carlos. El gran patio lo constituían cuatro corredores anchos, de columnas de piedra, formando un cuadrado. En el centro había una fuente, y por todo el derredor naranjos lozanos y frondosos. En el lado opuesto a la entrada principal, a la izquierda, había una escalera de piedra que conducía a los claustros de los profesores; a la derecha, una reja que separaba el corredor de un callejón oscuro y húmedo, por el cual se penetraba en un salón lateral, largo y sucio, separado de las aguas del puerto por un jardín o huerto de tapias elevadas. Hacia allá daban unas cuatro ventanillas altas por donde entraba la única luz que a medias alumbraba el salón. Contra la pared de enfrente, en el centro, se poyaba una mala cátedra, y a ambos lados de ella había muchos bancos de madera, rudos, fuertes y de elevado respaldo, colocados transversalmente.

Ahí se enseñaba filosofía; ahí enseñó por la primera vez esta ciencia a la juventud cubana el ilustre padre Félix Varela, quien para ello redactó un texto, apartándose enteramente del aristotélico, único seguido en Cuba hasta entonces, desde la fundación de la Universidad de La Habana, en 1714, en el Convento de Santo Domingo. Cuando después, en 1821, el padre Varela marchó de representante a las Cortes españolas, quedó sustituyéndole en la misma cátedra el más aventajado de sus discípulos, José Antonio Saco, y en los momentos de nuestra historia la desempeñaba el abogado Francisco Javier de la Cruz, por ausencia en el norte de América del propietario y expatriación de su virtuoso fundador.

En el ángulo de la izquierda había otro salón, con entrada directamente del corredor, donde enseñaba latín el padre Plumas. Luego, ocupando casi todo el otro lado, estaba el refectorio de los seminaristas y algunos profesores que residían permanentemente en el mismo edificio, y a la izquierda de la entrada principal estaba la ancha escalinata, dando acceso a los corredores del piso alto. Por ésta subían los estudiantes de derecho no seminaristas; mientras los de filosofía y latín entraban en los salones respectivos, ya mencionados, por las puertas al ras del patio.

En la mañana del día que vamos refiriendo, cuando los estudiantes de derecho ponían el pie en el primer escalón de la escalinata, se detuvieron en masa como reparasen en un grupo de tres sujetos en animada conversación cerca de allí, bajo el corredor. El que llevaba la palabra podía tener de 28 a 30 años de edad. Era de mediana estatura, de rostro blanco, con la color bastante viva, los ojos azules y rasgados, boca grande de labios gruesos y cabello castaño y lacio, aunque copioso. Había cierta reserva en su aspecto y vestía elegantemente, a la inglesa. El otro de los tres personajes se podía decir el reverso de la medalla del ya descrito, pues a un cuerpo rechoncho, cabeza grande, cuello corto, cabello crespo y muy negro: los ojos grandes y saltones, el labio inferior belfo, dejando asomar dientes desiguales, anchos y mal puestos agregaba un color de tabaco de hoja que hacía dudar mucho de la pureza de su sangre. El tercero difería en diverso sentido de los dos mencionados, siendo más delgado que ellos, de más edad, de color pálido y aspecto muy amable y delicado. Este era el catedrático de filosofía, Francisco Javier de la Cruz; el anterior José Agustín Govantes, distinguido jurisconsulto que regentaba la cátedra de derecho patrio; y el primero, nombrado José Antonio Saco, recién llegado del Norte de América.

Precedía a éste la fama de sus escritos en el Mensajero Semanal, que publicaba en Nueva York, según decían, con la cooperación del muy amado padre Varela, principalmente los que versaban acerca de los sucesos y eminentes personajes de la revolución de México y de Colombia. Sobre todo, acababa de leerse en La Habana, produciendo un vivo entusiasmo, su polémica crítico-política con el encargado del Jardín Botánico, don Ramón de la Sagra, en defensa del poeta matancero[18] José María Heredia.

De resultas de eso, los jóvenes cubanos, que ya se daban a la política, comenzaron a alejarse de la clase de botánica que pretendía enseñar La Sagra, burlándose de él a medida que admiraban a Saco, a quien tenían por un insurgente decidido, con cuya opinión, cosa singular, concurría de plano el gobierno de la colonia.

Algunos de los estudiantes de derecho le reconoció, desde luego, por haber estudiado filosofía con él en 1823 y murmuró su nombre, lo que fue bastante para que se pararan e hicieran una exclamación más bien de curiosidad que de otra cosa. Esto hubo de atraer la atención de Govantes, el cual, por señas, ordenó a sus discípulos que salieran al salón de clase, adonde él los seguiría en breve.

Allá, en efecto, se encaminaron de tropel y entraron en el salón con gran algazara, hablando de Saco, de Heredia, de su célebre Himno del desterrado y su no menos famosa oda Al Niágara, inclusa en la colección de sus poesías impresas en Toluca, México; de las lecciones de botánica de La Sagra, y de los héroes de la revolución de Colombia, aunque entonces imperfectamente conocida por la juventud habanera. Cuando, poco después, entró Govantes a paso tardo, con un libro debajo del brazo y el semblante risueño y animado, callaron de golpe los estudiantes y reinó allí completo silencio. Ascendió los tres o cuatro escalones de la cátedra, puso el libro en el ancho pretil y se sentó en la silla de paja, a mano constantemente.

No era el salón de la clase de derecho sólo el más amplio y extenso del seminario, sino también el mejor situado bajo todos conceptos. Tenía la entrada por un extremo, con cuatro ventanas anchas abiertas al corredor, y otras tantas al puerto de La Habana, que daban luz y aire, dejando ver los valuartes de la ciudadela de la Cabaña y parte de los del Morro. Apoyada en la pared medianera, entre las ventanas centrales, se elevaba la cátedra; en frente había dos órdenes de bancos paralelos y a entrambos lados otros muchos colocados transversalmente, de modo que el catedrático, desde su elevado asiento, dominaba toda la clase, no obstante su extensión. Probablemente habría allí congregados hasta 150 estudiantes de varios cursos.

Los que habían estudiado la lección y creían poder explicarla con alguna claridad, presentaban el cuerpo y seguían los movimientos del catedrático. Los que no habían abierto siquiera el libro de texto, por el contrario, no sabían donde esconder la cara ni cómo encogerse. En este caso se hallaba nuestro conocido Leonardo Gamboa, según él mismo lo había dicho a sus amigos Meneses y Pancho Solfa. Como por su talla y su carácter no le fuera fácil ocultarse, nunca se sentaba en frente de la cátedra, sino a los costados, y eso en los últimos bancos. El día que vamos narrando ocupó el asiento de la cabeza en el rincón, desalojando para ello a su amigo Solfa. Después de recorrer Govantes con la vista toda la clase, se dirigió a un estudiante de su derecha, a quien llamó por el apellido de Martiartu, el españolado antes dicho, y le ordenó explicara la lección, cosa que hizo con facilidad y aún lucidez. Luego ordenó hiciera lo mismo al amulatado, que llamó Mena; enseguida a otro de apellido Arredondo, el cual ocupaba puesto frente a frente de la cátedra. Cuando éste hubo concluido la explicación más o menos textual, Govantes volvió los ojos a su izquierda, los pasó por encima de Leonardo—el cual de golpe bajó la cabeza con achaque de recoger el pañuelo dejado caer de intento y los detuvo en el joven que se sentaba en la otra cabecera del mismo banco. No se sabía éste la lección y se quedó callado, por lo cual, tras breve rato, el amable profesor dijo:—el otro, con idéntico resultado. Saltó enseguida al cuarto, luego al sexto, que tampoco pudo responder, hasta que dejando tres o cuatro por medio, dijo a Gamboa:—Usted. Disimuló él cuanto pudo, hizo como que no había oído ni entendido, mas su amigo Pancho le llamó la atención, y entonces, medio mohino, medio corrido, se puso en pie y dijo:

—Maldito si he estudiado la lección.

Semejantes palabras produjeron una risa general. Gamboa, sin inmutarse, continuó:

—Mas, por lo que han dicho los señores que me han precedido en el uso de la palabra, saco en consecuencia que el asunto de que hoy se trata es de los más importantes, y creo que no se me olvidarán los puntos principales para el caso de su aplicación en nuestro foro.

Con esto se sentó de pronto, pegando al mismo tiempo un puntazo con el dedo índice al sufrido Pancho, por el costado, quien, ya de dolor, ya de las cosquillas que le produjo, no pudo menos de dar un salto en el asiento. Su discurso, lo mismo que su acción, por inesperados, causaron una explosión de risa de que, no obstante su seriedad, participó el mismo Govantes; quien, sin más dilación, comenzó la explicación del texto, que versaba, como ya dicho, sobre el derecho de las personas. Definió primero lo que se entendía por persona, según el derecho romano; luego por estado, que dijo se dividía en natural y civil, y que este último podía ser de tres maneras, a saber: de libertad, de naturaleza y de familia. Y entró de lleno en lo que podía denominarse historia de la esclavitud, pintándola no ciertamente en sus relaciones con la sociedad antigua o moderna, sino con el derecho romano, el de los godos y el patrio; porque si bien reinaba bastante libertad de enseñanza entonces en Cuba, las ideas abolicionistas no habían empezado a propagarse en ella.

Govantes en aquel día, como solía, estuvo inspirado, elocuente, dando muestras repetidas de su vasta erudición; en lo cual sin duda no había tenido pequeña parte su reciente entrevista con Saco, el traductor y anotador de las Recitaciones de Heinecio,[19] de texto en el Colegio San Carlos desde el año anterior de 1829. Al ponerse él en pie, pues había sonado la hora de las nueve, los estudiantes imitaron su ejemplo, prorrumpiendo en estrepitosos aplausos.

Capítulo X

Engañó al mezquino Mucha hermosura; Faltó la ventura, Sobró el desatino; Errado el camino No pudo volver El que por amores Se dejó prender.

D. Hurtado de Mendoza

Decíamos que los estudiantes de derecho patrio imitaron el ejemplo de su profesor poniéndose todos de pie. Pero aunque ganosos de salir del aula, según es de suponerse, permanecieron en sus puestos respectivos hasta que aquél descendió de la cátedra y se dirigió a la puerta de salida, cabeza baja y libro de texto debajo del brazo; entonces desfilaron en dos columnas tras él, en respetuoso silencio.

Los pocos que le acompañaron hasta la puerta de su celda, al fondo de la galería, fueron los seminaristas, pupilos del colegio, los cuales se distinguían por la ropa talar de estameña color pardo que vestían y que les daba la apariencia de monacillos; si bien es seguro que ninguno de ellos seguiría la carrera eclesiástica.

Los otros estudiantes no seminaristas, en el número ya dicho, luego que se alejó el catedrático, deshicieron la formación que traían, se precipitaron por la ancha escalera de piedra, en tropel bajaron al corredor y en el mismo desorden salieron a la calle, cual si los hubiera vomitado de un golpe la amplia portería del Colegio de San Carlos.

Ya en la calle, se derramaron por diferentes rumbos de la ciudad. Un grupo bastante numeroso tomó la vuelta del cuartel de San Telmo en que termina la calle de San Ignacio, torció la de Chacón, enseguida a la de Cuba, en fin, por la de Cuarteles se encaminó a la Loma del Ángel, que era su destino. En este grupo estudiantil, marchando con gran algazara, bien podía notar el curioso lector de anteriores páginas, a los tres constantes amigos: Gamboa, Meneses y Solfa. El primero de éstos sin duda capitaneaba a los demás, porque iba a la cabeza blandiendo en la mano derecha, a guisa de bastón de tambor mayor, la caña de Indias con puño de oro y regatón de plata. A medida que se acercaban a la iglesia del Santo Ángel Custodio, que, como sabe el lector habanero, se halla sentada en la planicie de la Peñapobre, se estrechaba más la vía a causa del declive y del golpe de gentes de ambos sexos, de todos colores y condiciones que llevaban la misma dirección.

Las mujeres blancas, al menos las que no se dirigían a la iglesia, iban en quitrines, los cuales entonces empezaban a generalizarse y a sustituir a las volantes o calesas, que venían usándose desde fines del siglo pasado. Casi todos los ocupaban tres señoras sentadas en el único asiento o de testera de esos carruajes, las mayores a los lados, recostadas muellemente; la más joven en medio y erguida siempre, porque nuestros quitrines ni nuestras volantes se construyen en realidad para tres personas, sino para dos. Aunque pasadas las nueve de la mañana, no calentaba demasiado el sol, a causa de lo adelantado de la estación; por eso casi todos los quitrines llevaban el fuelle caído, mostrando a toda su luz la preciosa carga de mujeres, jóvenes en su mayor parte, vestidas de blanco o colores claros, sin toca ni gorra, la trenza negra de sus cabellos sujeta con el peine de carey llamado peineta de teja, y los hombros y brazos descubiertos.

Las mujeres blancas que iban a pie por aquellas calles pedregosas sin aceras, de seguro se dirigían a la iglesia; lo que podía advertirse por el traje negro y la mantilla de encaje. La gente de color de ambos sexos, en doble número que la blanca, iba toda a pie, parte también a la iglesia, parte paseando o vendiendo tortillas de maíz en tableros de cedro, que era uno de los motivos de la fiesta. Las que se hallaban arrimadas a una u otra pared de la calle, eran por lo común negras de África, pues las criollas desdeñaban la ocupación, sentadas en sillas enanas de cuero, con una mesita por delante y el burén en el brasero a un lado. En la tal losa de piedra oscura tendían con una cuchara de madera la porción de harina de maíz mojada que constituía una torta de tres o cuatro onzas de peso, y cuando estaba doradita con el calor del burén, le esparcían por encima un poco de manteca de vacas, y así calientita y jugosa la ofrecían de venta al transeúnte a razón de medio de plata el par. Muchas señoritas no tenían a menos parar el carruaje y comparar las tortillas de San Rafael, según las denominaban, calientes todavía del indiano burén, pues por lo que parece, era como sabían mejor.

La ocasión de todo aquel bullicio y movimiento era la fiesta de San Rafael, que cae el 24 de octubre, cuya celebración se había principiado, según ya indicamos, nueve días antes. En cada uno de ellos se decía una misa rezada en las primeras horas de la mañana, misa mayor y sermón de diez a doce y salve a la hora de víspera. Durante la novena o circular se mantenía de manifiesto el Santísimo Sacramento, y con tal motivo la iglesia nunca se veía desocupada de los fieles que acudían de todas partes del barrio a ganar indulgencia plenaria.

Como hemos dicho anteriormente, la pequeña iglesia del Santo Ángel Custodio se halla asentada en la planicie estrecha de la Peñapobre, especie de arrecife de poca extensión, aunque bastante elevado respecto al plano general de la ciudad. Para subir a ella había, y hay ahora, dos escalinatas de piedra oscura y tosca, con repechos de lo mismo: una que arranca del fondo de la calle de los Cuarteles, la otra que desciende a la de Compostela, siendo ésta la más larga y pendiente.

En llegando a lo alto de la meseta, que también tiene repecho de piedra, se está en el piso del templo, cuya única nave, en los días de función, como de la que ahora se trata, se descubre toda entera—el altar mayor al fondo, retablo de madera de dos cuerpos—más allá de las dos puertas laterales, casi oculto tras el bosque de cirios blancos, candelabros dorados y plateados, macetas de flores artificiales y gran profusión de relumbrantes cartulinas. A izquierda y derecha se veían dos retablos de menos adornos, en el promedio de la puerta principal y las laterales, y en la media naranja otros dos retablos, en cada uno de los cuales se veneraba algún santo, por lo regular de madera de talla, encerrado en un nicho de cristal. El techo, en forma de caballete, dejaba al desnudo el maderamen de la armadura que estaba cubierta de tejas coloradas, y encima del arco toral, dentro del que había un pequeño coro, se levantaba el cuadrado campanario de piedra de tres cuerpos en disminución ascendente. Hacia el oeste, detrás del cuerpo de la iglesia, se hallaba la sacristía, la habitación del cura enseguida, y otra escalera de piedra menos espaciosa que las del frente, que daba salida a la calle de Egido, especie de callejón hondo, torcido y desigual que corre a lo largo de las paredes de las casas y los baluartes que circundaban la ciudad por la parte de tierra. El patio, por el frente, tiene un malecón de mampostería, al modo de muro de azotea. Pues en ese malecón, en la mañana del día que vamos refiriendo, el segundo o tercero de la novena de San Rafael, varios negros carpinteros se entretenían en levantar con tablas de pino, pintadas de color de cantos de piedra, algo que se asemejaba a las almenas de un castillejo, habiendo ya plantado el asta bandera y casi concluido la obra principal.

Los estudiantes se habían apoderado de todo el repecho de las escalinatas y mesetas; Leonardo Gamboa en lo más alto, con su caña al hombro dirigiendo la maniobra, y no subía por éstas persona alguna, ni pasaba por la calle mujer especialmente, en carruaje o a pie, sin que tuvieran ellos algo que decirle y aún hacerle. El más conspicuo por su voz, por el puesto que ocupaba y por su aventajada talla era Gamboa, prodigando, sin cesar dichos y requiebros, sobre todo a las muchachas bonitas, con sobra de galantería y lastimosa falta de buena crianza. Ellas, sin embargo, ya por el hábito de oírlos desde la cuna, ya porque siempre halaga la celebración, no se daban por ofendidas, antes éstas se sonreían; aquéllas, con el abanico entreabierto, hacían un saludo gracioso a los conocidos o amigos, y no faltaban quienes correspondían a una pulla, con otra pulla, por cierto no de la mejor ley.

Notes in this chapter

Note 1 · La manta de burato (pañolón grande de seda) era la moda general en la época a que se alude en la novela y las mulatas la usaban de color carNote 2 · Butaca campechana o de Campeche: silla grande con brazos, asiento bajo y espaldar alto comúnmente de caoba forrada de marroquí. (N. de la E.Note 3 · La moda o Recreo Semanal del Bello sexo, periódico que apareció en 1829 y se publicó hasta 1831. Su principal redactor fue Domingo Delmonte.Note 4 · El Nuevo Regañón de la Habana, que empezó a publicarse en 1829, y trataba fundamentalmente de las costumbres de entonces y de crítica literaNote 5 · Vicente Escobar, pintor mulato nacido en La Habana en 1757, que sobresalió como retratista de los capitanes generales y de los miembros de lNote 6 · El Diario de la Habana, periódico fundado por Tomás A. Cervantes, que duró hasta 1846. (N de la E.)Note 7 · Cigarro aquí se refiere a lo que en Cuba se llamaba tabaco o habano. (N. de la E.)Note 8 · Entre los romanos, e igual por derecho español antiguo, los hombres libres podían ser ingenuos o libertinos. Los primeros eran los que habieNote 9 · Anacleto Bermúdes (1806-1852), destacado abogado habanero, de igual nombre que el estudiante de Medicina fusilado en 1871. (N. de la E.)Note 10 · La ley de las Doce Tablas, el cuerpo de leyes criminales más importante del pueblo romano en la antigüedad. (N. de la E.)Note 11 · Erróneamente Villaverde considera que José María Heredia, el autor de la oda "Al Niágara" y del "Himno del Desterrado", era natural de MatanNote 12 · Juan Teófilo Heinecio, jurisconsulto alemán. Saco no tradujo la obra que cita Villaverde, sino sus "Elementos de derecho romano" (Filadelfia
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