LA LOMA DEL ANGEL (continued 11)
Reading edition
—Son las siete o las ocho.
—¿Tan tarde?
En esto se oyó el sonido peculiar de la campanilla tocada por un muchacho, anunciando desde lejos la aproximación de los santos óleos. Conducíalos el padre Llópiz en las manos juntas y altas, caminando a pie entre José Dolores y el sacristán de la iglesia, cada cual con un farol encendido para hacer reverencia al Sacramento y alumbrar la vía. A su paso por las calles se asomaban los vecinos a la puerta de sus casas, se postraban en tierra y alumbraban también con una vela en la mano. Todos estos ruidos y rumores llegaron a los oídos de Cecilia, a tiempo que la procesión desembocó en la calle de O'Reilly, viniendo por la de Compostela. Aún las monjas en el convento de Santa Catalina, enteradas de lo que pasaba en su vecindario, hicieron tocar agonías, y en sus fervientes oraciones encomendaron el alma del moribundo a la merced de su munífico creador.
Puede afirmarse con verdad que seña Josefa no estaba en su cabal juicio y sentidos cuando se confesó, comulgó y recibió la extremaunción. A haber vivido horas no más después de esos actos solemnes e imponentes, de nada de ello habría sabido darse cuenta. Fue todo para ella el resultado de un hábito inveterado. De otra manera, la vista del cuadro que se ofreció en torno de su lecho de agonía, mientras el padre la auxiliaba a bien morir, habría sido bastante conmovedor para apresurarle la muerte. Cecilia y Nemesia de un lado, seña Clara y José Dolores del otro, un oficial de la sastrería de Uribe que llegó en aquellos momentos y el sacristán a los pies, todos arrodillados, murmurando devotas oraciones y alumbrando la triste escena con un farol o una bujía, formaban grupo interesante, original y digno del pincel de un inspirado artista.
A la conclusión de la tristísima ceremonia, todos los circunstantes, que más que menos, experimentaron una especie de alivio interior, porque se cree en general que trae aparejada la muerte. Aun la enferma pareció reanimada, en vista de que sacó el brazo derecho de debajo de las sábanas y empezó a tentar por varias partes del lecho, como si buscase algo que se le había perdido. Le detuvo la mano Cecilia, y preguntó:
—¿Qué buscas, mamita?
—A ti, mi corazón, respondió la abuela con mucho trabajo.
Esta tierna solicitud, esta salida inesperada hizo saltar las lágrimas de Cecilia, quien, para que la abuela no se impresionara, volvió el rostro a otro lado.
—Pues aquí me tiene su merced, dijo, apretando la mano de la enferma.
—No te veía, agregó ella con sentimiento. ¡Está esto tan escuro...!
—Apagué las luces por su merced.
—¿Estás sola?, preguntó la anciana después de largo silencio.
—Sí, mamita.
Dijo verdad, porque en oyéndola, prudentemente se retiraron a la sala las otras dos mujeres; y los hombres aún no habían vuelto de la iglesia, a donde habían ido para acompañar al viático.
—Querría... decirte una... cosa, dijo seña Josefa muy despacio, después de otra larga pausa.
—Pues diga, mamita, diga. Ya escucho.
—Acércate. ¿Por qué te alejas, mi vida?
—Yo no me alejo. No. Estoy cerquita de su merced.
—¡Pobre Charito! ¿Qué será de ella? Me voy primero... me voy.
—¡Jesús, mamita! No se aflija ahora su merced pensando en eso. Le hace daño, mucho daño. Sosiéguese.
—¡Pobrecita! Pero tú... rompe... relaciones... el caballerito... Ese es tu...
—¿Mi qué, mamita?, preguntó Cecilia sobresaltada y con instancia, pues la abuela tardaba en terminar la frase. ¿Mi qué, mamita del alma? Hable, diga; por la Virgen Santísima, no me deje en esta terrible indecisión. ¿Es mi enemigo? ¿Mi tormento? ¿Mi infiel amante? ¿Mi que?
—Es tu... tu... tu... t..., continuó repitiendo seña Josefa, cada vez a más largos intervalos y más bajo tono, hasta que el ruido de la sílaba misteriosa se convirtió en lúgubre murmullo y el murmullo en un mero movimiento de los labios, que no duró mucho tampoco. La enfermedad tuvo su crisis. Había expirado.
No había visto Cecilia morir a nadie, así que, al convencerse por el tacto de que la abuela no alentaba precisamente cuando la creía más viva, el horror más bien que el pesar le arrancó un grito terrible y le privó del sentido. Acudieron seña Clara y Nemesia, y la encontraron en la cama abrazada con el cadáver, del cual les costó trabajo separarla. Justo era su inmenso dolor. Desde aquel momento le faltaron de una vez su protectora, su compañera, su tierna amiga, su pariente, su madre adorada; y para mayor desesperación, quedole siempre después el remordimiento de que en la confusión había olvidado poner en la mano de la moribunda la vela del alma, preparada con tanta anticipación para ese mismo caso.
Mientras duró la enfermedad de la Josefa Alarcón, fue entregando el médico a Cecilia, siempre sin decirla palabra de quien procedían, diversas cantidades de dinero, las mismas que ella recibía con una mano y con la otra pasaba a las de José Dolores Pimienta, creado de hecho su mayordomo y cajero. Corrió él, en efecto por ese breve tiempo (brevísimo para quien ansiaba se repitieran las ocasiones de acercarse a Cecilia y de prestarle cada día nuevos servicios), con todos los gastos que ocasionó la enferma; y muerta, ajustó con el conocido muñidor Barroso los preparativos para el entierro. Siendo muy estrecha la casita de la calle del Aguacate para recibir a las visitas que vendrían a dar el pésame a Cecilia, y para celebrar el velorio, dispuso Pimienta se trasladara el cadáver a la sala de la casa en que él y su hermana vivían, en la calle de la Bomba, donde estuvo de cuerpo presente desde las diez de la noche hasta las tres de la tarde del siguiente día. No se erigió catafalco: vestida de muerta con el hábito mercedario, color de pajuela, que ceñía la correa negra usual de la Orden de la Merced, y metida en su caja forrada de paño negro, se depositó en unas andas comunes, entre grandes cirios de cera y candelabros plateados.
El maestro Uribe, con sus oficiales y amigos y los numerosos de Pimienta, velaron toda la noche, y a la hora del entierro condujeron las andas a hombro, relevándose de cuatro en cuatro hasta el cementerio, situado en el pequeño arrabal de San Lázaro, al extremo de la calzada de este nombre.
El único incidente que en cierto modo marró la solemnidad del acto, fue el que en breves palabras vamos a referir. Distaba la casa mortuoria del cementerio sobre media legua, y la vía más corta no conducía por las calles de la población, sino por veredas tortuosas, sombreadas del lujoso arbolado de las quintas y jardines, que entonces ocupaban el área toda del hoy extenso barrio titulado del Monserrate.
Allí donde se alza la moderna iglesia que le da nombre, se unió de repente a la fúnebre comitiva, procurando confundirse con ella, un negro desconocido y de mala catadura, que parecía cansado de mucho correr. Tras éste se apareció a poco otro a caballo en traje militar, de chaqueta de paño, con dos charreteras de oro y sable de caballería. Era joven y de ademán bizarro. Sin andarse en chiquitas, se precipitó sobre el fugitivo, y, apuntándole con el arma al pecho, gritó:—Date, Malanga, o te mato.
—¡Tondá! ¡Tondá! exclamaron los de la comitiva que le conocían de vista o de trato.
Cogido, pues, Malanga entre la punta del sable y las andas en que iba la difunta, no tuvo más remedio que entregarse a merced del captor; el cual, sin desmontarse, le amarró codo con codo, le echó por delante, y saludando a la militar con el arma al aire, dijo a los del duelo:—Señores, espero me dispensen el mal rato. Tenía orden de Su Excelencia el Capitán General, de coger a este pícaro, vivo o muerto, y la he cumplido. Que siga el entierro. Salud, señores.
La primera parada de la fúnebre procesión se hizo a la reja grande que mira al azulado mar Atlántico de la casa de la Beneficencia, a fin de que los niños hospicianos de ambos sexos cantasen un responso por el alma del difunto, mediante el pago de una moneda de oro, en calidad de limosna.
La segunda parada se efectuó delante de la reja del cementerio, debajo del gracioso arco de entrada, para que el capellán hiciese la aspersión del ataúd con agua bendita, antes de consignarle al sepulcro. Cuando se ejecutaba este acto final y siempre triste, los acompañantes, en actitud reverente, permanecieron de pie y descubiertos, formando grupo en torno de la huesa.
José Dolores Pimienta, Uribe y algunos otros arrojaron un puñado de tierra sobre el ataúd de la que fue en vida Josefa Alarcón y Alconado, no menos distinguida por su belleza que por sus desgracias, su ardiente amor de madre y prácticas religiosas de sus últimos años; y el primero, que hacía de cabeza del duelo, al darles las gracias a sus amigos y despedirlos, no pudo evitar que se le humedecieran los ojos, acaso porque se le vino a la mente en aquel instante el cuadro de su idolatrada Cecilia, transida del dolor y desmayada en brazos de Nemesia.
Capítulo III
¿Qué es la vida? Por perdida Ya la di, Cuando el yugo Del esclavo, Como un bravo Sacudí.
J. de Espronceda
A mediados de enero volvió del campo la familia de Gamboa: los criados por mar, los amos por tierra. Leonardo llegó algunos días después.
Lo primero que hizo doña Rosa en la ciudad fue darle licencia o papel a María de Regla para buscar acomodo o amo. El papel (así se le llama por antonomasia en Cuba) en cuestión, firmado por don Cándido, rezaba poco más o menos como sigue: «Concedo papel a mi esclava María de Regla, para que en el término de diez días de la fecha busque acomodo o amo en la ciudad. Es criolla, racional, inteligente y ágil, sana, robusta, no ha padecido nunca enfermedad, no tiene tacha conocida, sabe coser de llano, entiende de lavar y aplanchar, de cuidar niños y enfermos. Se le da papel porque ella lo ha pedido. No ha conocido más amos que aquél donde nació y el que ahora la vende. Habana, etc.»
Despachado este asunto, que doña Rosa juzgaba de mucha importancia, se ocupó del negro fugado. Achacaba toda la culpa del suceso al Mayordomo, motivo por el cual en la primera oportunidad se le fue a las barbas con la irónica inquisición de:
—Supongo que Vd. ha hecho muchas diligencias para averiguar el paradero de Dionisio.
—Sí, mi señora doña Rosa, varias, muchas diligencias, contestó él embarazado, pues mentía como un turco. Sólo que estos negros... vamos, son el mismo dianche. Saben agazaparse... ¡Vaya que si saben!
—Veamos qué ha sacado Vd. en limpio.
—Poca cosa, mi señora, casi nada. Se dijo que le habían muerto de una puñalada, y... pare Vd. de contar. Porque no habiéndose levantado sumaria del hecho, que yo sepa, ni aprehendido al hechor, ni enterrado al muerto, he supuesto, suposición bien fundada, me parece, que lo de la puñalada ha sido mero rumor, una farsa, esparcido quizás por el mismo Dionisio para desorientar y evitar que le sigan la pista. Digo a Vd., mi señora doña Rosa, que saben mucho estos negros, mucho...
—Quedo enterada, dijo la señora en su despecho. Luego añadió: Pues es preciso que aparezca ese negro.
—Preciso, repitió don Melitón.
—Muerto o vivo ha de estar en alguna parte, agregó doña Rosa.
—Eso digo yo, dijo el Mayordomo.
—Nada ha dicho Vd. de provecho, exclamó doña Rosa incomodada. ¿Cómo es que no se le ha ocurrido poner un avisito en el Diario?
—Vaya que sí se me ha ocurrido, señora doña Rosa, replicó el hombre, contento de poder vindicarse. Se me ha ocurrido más de una vez, muchas. Sí, señora, se me ha ocurrido.
—Entonces, ¿por qué no lo ha puesto en planta?
—Pues ahí está el ajo de la dificultad, mi señora doña Rosa. Es que no sé como redactar esos avisos. Jamás las he visto más gordas. Cosa natural; en mi pueblo no había gacetas.
—La cosa es lo más fácil del mundo. ¿No recuerda Vd. las señas de Dionisio? ¿Su figura? ¿Su empaque? Negro criollo, prieto rechocho, marcado de viruelas, cara redonda, grandes entradas, boca grande, nariz chata, buenos dientes, ojos saltones, cuello corto, aire aristocrático, oficio cocinero, sabe leer, debe darse por libre, falta de la casa de sus amos desde tal fecha; se dará una buena gratificación al que lo capture y entregue en tal parte, haciendo responsable a daños y perjuicios, etc., etc. Todo como se lee cada día en el Diario, bajo el epígrafe o como se llame, de... Esclavos prófugos.
—Ya, ya, me parece bien dicho todo eso, señora doña Rosa. Suena lindamente de palabra, mas cójase la pluma y póngase en el papel... Declaro sin vergüenza, mi señora, que no me da el naipe en achaque de escritos para gacetas. Claro, yo no nací para gacetillero, y el que no nació para casado, dice el refrán, que no engañe a la mujer.
—En muy poca agua se ahoga Vd., don Melitón. ¿Se atrevería Vd. a repetir lo que acabo de decirle?
—Creo que sí. Talento me falta, memoria no, me sobra.
—Está bien. Pues para que no se olvide, ahora mismo se va Vd. a la imprenta del Diario. Se halla en esta calle, pasados los portales del Rosario, una casa de zaguán, con dos ventanas de espejo, donde antes se jugaba a la lotería de cartones... Ahí. Entra Vd. y busca a don Toribio Arazoza, el redactor. No puede Vd. equivocarse: es hombre de facha ordinaria, gordiflón, barbudo... Casi nunca se afeita, siempre se ríe con los labios, no con el semblante... Vd. me entiende. Pues a ése le relata Vd. cuanto le he dicho de Dionisio, que él sabe cómo se redactan los avisos sobre esclavos prófugos.
Apenas salió don Melitón, doña Rosa levantó los ojos y las manos juntas al cielo, y exclamó:—¡Ah! ¡Qué Mayordomo tan bruto tiene mi marido! Por milagro anda en dos pies.
A la vuelta de éste de la imprenta, le despachó el ama en una volante de alquiler, camino del Cerro, para inquirir si ya había sido conducido Dionisio al depósito de negros cimarrones que tenía establecido el Consulado de Agricultura y Comercio de La Habana e isla de Cuba, contiguo al elegante sitio de recreo de los señores condes de Fernandina. No se hallaba allí el prófugo, por la sencilla razón de que sólo se remitían a ese depósito general aquellos negros de las fincas rurales que, alzados a los montes, se cogían vivos con perros, y que, por su ignorancia o malicia, no podía averiguarse de pronto el nombre de sus legítimos dueños.
Pesquisas tan infructuosas empezaban a sembrar el desaliento en el ánimo de doña Rosa, cuando se presentó en su casa un negro en traje militar para pedirla con la mayor cortesía una audiencia de pocos minutos. Le midió ella de alto a bajo con una mirada inquisitiva, y dijo:
—¿Tondá?
—Muy humilde criado de la señora, contestó él haciendo un arco de su esbelto cuerpo.
—¿Qué se ofrece? preguntó seria doña Rosa.
—¿No es de la señora un aviso sobre un moreno huido?...
—Sí.
—¿Cómo se llama el moreno? y perdone la señora...
—Dionisio.
—¿Dionisio Jaruco?
—No, Gamboa, pues es mi esclavo. Bien que, como criollo de Jaruco, no es extraño que pretenda pasar por ese apellido.
—El mismo que yo sospechaba. En el baile de corte que dio la gente de color allá afuera la antevíspera de Nochebuena, conocí a un moreno que se decía Dionisio Jaruco. Sus señas corresponden fielmente con las que le dan en el Diario, y creo no me será difícil cogerlo, si la señora me concede el permiso para buscarlo.
—Regalaría dos onzas de oro al que lo capturase, tres, cuatro, cualquier dinero. Ha cometido una gran falta y deseo castigarlo cual merece. Temo que se resista. El la echa de guapetón.
—No tenga la señora pena por eso. Se lo voy a traer amarrado codo con codo.
—Mi regalía es segura.
—No me lleva el dinero, me lleva solamente aquello de que quien la debe que la pague. Cumplo con las órdenes de mi jefe, el Excelentísimo señor don Francisco Dionisio Vives, que, con la aprobación de S. M. el Rey, que Dios guarde muchos años, me ha comisionado para prender a los delincuentes de color.
Salía temprano María de Regla de la casa en la calle de San Ignacio; llamaba a la puerta de la de mejor apariencia, mandaba el papel a la señora, y sentada en el umbral, mientras descansaba venía la respuesta, reducida invariablemente a que el ama tenía bastantes criados y no necesitaba ninguna de alquiler. Teníase por denigrativo entre la gente de color el servir a otra persona que el amo, género de idiosincrasia de que no tuvo María de Regla ni sospecha sino al cabo de muchos chascos y desengaños parecidos al que acaba de mencionarse. En realidad no abrigaba ella intención ni esperanza de obtener alquilador o amo: ambas cosas la repugnaban altamente, estimando uno u otro extremo como la mayor desgracia que podría sobrevenirla. Si hubiera sido mujer capaz de mostrar en el rostro a primera vista las emociones del espíritu, el más miope habría podido observar cómo se enrojecía de la vergüenza cada vez que sacaba el papel del seno para darlo al criado que venía a abrirla la puerta.
Su intención, su esperanza, el deseo más vehemente de su alma al solicitar la vuelta a La Habana, fue buscar a Dionisio para unirse a él si estaba vivo, o quitarse la vida si había muerto. Por eso, lejos de sentirlo, experimentaba una especie de regocijo secreto siempre que la devolvían el papel acompañado de un no, seco y decisivo. Pero el plazo que la habían concedido era, sobre corto, fijo; ya habían cursado varios días en vanas diligencias; si se cumplía y no presentaba alquilador ni amo, ¿qué haría su señora, mujer de carácter tan firme y severo con sus esclavos? En estos críticos momentos su hija Dolores la reveló la substancia de la conversación que doña Rosa acababa de tener con Tondá, cuyo nombre y hechos andaban en boca de todos; y aguijada por el temor de perder de una vez a su adorado Dionisio, resolvió dedicar los pocos días que del plazo fatal la restaban, a la consecuencia del que ya era el único objeto de su existencia.
Tomando lengua, se dirigió una mañana temprano al mercado de la Plaza Vieja, uno de los dos que entonces existían dentro de los muros de la ciudad. Era aquel un hervidero de animales y cosas diversas, de gentes de todas condiciones y colores, en que prevalecía el negro; recinto harto estrecho, desaseado, húmedo y sombrío, circunscrito por cuatro hileras de casas, quizás las más alterosas de la población; todas, o la mayor parte, de dos cuerpos, el bajo con anchos portales de alto puntal, que sostenían balcones corridos de madera.
Al pie de uno de los pilares de aquéllos se apoyó María de Regla y se estuvo largo rato contemplando en melancólico silencio el abigarrado y revuelto cuadro del mercado. Todo allí era nuevo para ella. En el centro se alzaba una fuente de piedra, compuesta de un tazón y cuatro delfines que vertían con intermitencias chorros de agua turbia y gruesa que, sin embargo, recogían afanosos los aguadores negros en barriles para venderla por la ciudad a razón de medio real de plata uno. De ese centro partían radios o senderos, nada rectos por cierto, en varias direcciones, marcados por los puestos de los placeros, al ras del piso, en la apariencia sin orden ni clasificación ninguna, pues al lado de uno donde se vendían verduras u hortalizas, había otro de aves vivas, o de frutas, o de caza, o de raíces comestibles, o de pájaros de jaula, o de legumbres, o de pescados de río y de mar, todavía en la cesta o nasa del bote pescador; o de carnes frescas servidas en tablas ordinarias montadas por sus cabezas en barriles o en tijeras movibles; y todo respirando humedad; sembrado de hojas, cascaras de frutas y de maíz verde, plumas y barro; sin un cobertizo ni un toldo, ni una cara decente; campesinos y negros, mal vestidos unos, casi desnudos otros; vaharadas de varios olores por todas partes; un guirigay chillón y desapacible, y encima el cielo azul, visto como a través de una claraboya, en que aparecía uno que otro volador celaje, imitando, ya transparente cendal, ora las alas de ángeles invisibles.
Entraban en la plaza y salían de ella negros y negras; éstas con el propósito de hacer la provisión diaria de casa de sus amos, aquéllos con el de procurarse al precio de por mayor las carnes, verduras o frutas que revendían al por menor dentro de la ciudad o en sus barrios extramuros: tráfico éste, de paso sea dicho, bastante lucrativo en no pocos casos.
Había algo en el traje nuevo de prusiana que vestía María de Regla; en el modo de llevar el pañuelo de seda con que se velaba a medias los mórbidos hombros y el de Bayajá con que se cubría las pasas; en el color negro lustroso de la cara y brazos desnudos y torneados, anunciando salud y robustez; en su aspecto general de forastera; en la tristeza o timidez que su semblante y actitud revelaban, había algo, decimos, en todo esto, que no podía menos de llamar la atención, aún de las personas indiferentes y muy ocupadas de sus propios quehaceres.
Pero todas, quier curiosas, quier compasivas o naturalmente observadoras, ya entrando en la plaza, ya saliendo de ella, le echaban una mirada de través a la ex enfermera, y seguían de largo. Su actitud aparentemente contemplativa (de ningún modo su traje) hacía sospechar a primera vista que la aquejaba una dolencia extraña, o que, siendo demasiado novicia o corta de genio, no acababa de tender la mano y pedir una limosna por el amor de Dios al transeúnte. Cualquiera de estos motivos era bastante para enfriar la compasión y apagar la curiosidad en la clase de gente que acudía al mercado. Solamente una negra gruesa, con tendencia a la obesidad, y de fisonomía franca y alegre, que salía con un tablero lleno de carne a la cabeza, tuvo suficiente resolución para detenerse delante de la cuitada forastera, preguntándole de un modo brusco, mas benévola expresión:
—¡Ah! ¡Critiana! ¿Qué hace ahí pará? ¿Qué ha perdió?
—Mi marido, contestó de plano María de Regla.
Lo inopinado de la pregunta no la dio tiempo a ocultar aquello que más fijo tenía en el pensamiento.
—¡Su marío! replicó asombrada la carnicera. Pué échatelo a buscá.
Remedó con esto el dicho de los muchachos en el juego de la gallina ciega.
—En eso ando (repuso la ex enfermera con un suspiro lastimero) hace mucho tiempo.
—¿Cómo cuanta?
—¡Uf! Como doce años.
—¡Ojó! La vía de un critiana. ¿Cómo ñama su marío?
—Dionisio.
—¡Dionisia! ¡Dionisia! No mi ricorda. ¿Aónde viva?
—Yo no sé. Por eso lo busco.
—¿Uté no e de la suidá?
—No, no soy de la ciudad. He vivido en el campo más de doce años.
—¡Anjá! ¿Uté deja su marío atrá?
—Yo no lo dejé, mis amos me separaron de él.
—Uté e cravo, ¿no?
—Sí, esclava soy por desgracia. Me han tenido desterrada en la Vuelta Bajo por todo el tiempo que le he dicho, y hace pocos días que me trajeron a la ciudad para buscar amo o una persona que me alquile. Aquí en el seno tengo el papel. De tanto guardarlo ya está sucio. He andado de ceca en meca y no he encontrado quien me compre, ni me tome en alquiler. Estoy cansada, aburrida, y ahora busco a mi marido que desapareció de casa en los días de Pascuas.
—Venga colmíga, dijo la carnicera; y mientras subían por la calle del Teniente Rey o Santa Teresa, preguntó:—¿Cómo ñama uté?
—Yo soy María de Regla Santa Cruz, para servir a usted.
—¡Ah! ¿Uté e sija de Dolore Santacrú?
—No. Dolores y yo fuimos esclavas de los señores condes de Jaruco. A la muerte del señor Conde, viejo, nos vendieron en pública subasta para pagar las costas de la testamentaría y las deudas. Yo estaba recién casada con Dionisio, y por fortuna nos compró juntos don Cándido Gamboa, comerciante de esclavos de África. Desde entonces no sé de Dolores. ¿La conoce Vd.?
—La conoca bien, bien. Dolore vende carne, vende fruta, vende tóo, y Dolore se liberta. Depué, Dolore me saca del barracó. Aquí tiene la jierre entoavía. (Sobre el homóplato derecho se le veían las iniciales G. B. marcadas con un hierro candente) Dolore compra un casite y yo vende carne, vende duse y vende tóo pa elle. Yo trabaja, trabaja y mi liberta tambié. Lo branco mete pleito con Dolore, Dolore mete pleito con lo branco y le ecribán, y le ajobá, y le procuraó y se jué se come le dinero, la casite, tóo que Dolore tien. Dolore se pone loco y ahora elle etá serrá a San Dionisia.
—¡Pobrecita! No sabía su triste suerte. ¡Loca! ¿Qué llama Vd. San Dionisio?
—La casa de lo loca que ha jecho la gobernaó.
—Me parece que si las cosas siguen como van, un día de éstos voy a hacerle compañía a Dolores en la nueva casa de San Dionisio.
—Si uté quiée trabajá, yo le da trabaja pa jace dinera.
—Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de ganar dinero y ver si puedo libertarme con mi marido y mis hijos. ¿Dónde vive Vd.?
—Vive ne la calle Ancho.
—¿Dónde es eso?
—Allá fuer. Yo tien marío. Mosotro no son casá por le iglese. Elle e carretiller, que vende agua, y yo vende carne, mantec, güeve, frute, tóo que pué.
—¿Cómo se llama Vd.?
—Me ñama Ginoveve Santa Crú. Mi marío e Tribusio Polanca. Elle tien uno sijo ñamao Malanga que ha sacao mala cabesa. ¡Ha matao ma branco!... Tondá lo coge como ratón con quesa le dominga depué de Niño perdío, cuando diba nel entierre de ña Chepa Alarcó.
—¿Chepilla Alarcón? repitió preguntando María de Regla.
—Sí, sí, agrego Genoveva. Le meme. Asín se ñamaba. Ha perdío un güen caserite.
—¿Tenía una nieta?
—Sí, tube un. ¡Ma linde! ¡Ah! ¡qué bunite! No la ha vito ma bunite en la vía.
En este punto, trayendo la calle del Aguacate, las dos negras cruzaron la de O'Reilly, e indicó de paso Genoveva, con el dedo, a María de Regla la casita, entonces cerrada, donde había fallecido la anciana de que hablaban. En la inmediata calle de la Bomba, la guía torció a la izquierda y llamó a la tercer puerta de la derecha con el acostumbrado pregón de: ¡Caserite! ¿No mi toma na hoy?
Respondió al llamado nada menos que Nemesia Pimienta, sólo conocida de la vendedora como su parroquiana reciente, desconocida del todo para la ex enfermera del ingenio de La Tinaja. Mientras aquella servía la carne de puerco, la manteca y los huevos que le pidieron, ésta que se había quedado algo atrás, cosida al batiente cerrado, registró a su sabor una buena porción de la sala. Arrimada a la testera de frente para la calle, se hallaba sentada en un columpio con los pies apoyados en el travesaño de la silla que tenía delante, una joven que a María de Regla le pareció blanca. De este color era su vestido; pero negro el del pañuelo de batista que ceñía su torneado cuello; negro el del copioso cabello hecho dos trenzas que coronaba la bien modelada cabeza; negro el de los zapatos de carro de oro que aprisionaban sus piececitos de elevado empeine y arqueado puente; la hermosa desconocida vestía luto en el cuerpo y en el corazón, según la honda tristeza que anunciaban, tanto su semblante como su actitud. Por las prendas de ropa que se veían en el suelo, en el respaldo de la silla y en su mismo regazo, se echaba de ver que cosía; de cuya labor no levantó los ojos sino en los momentos en que su compañera, que se ocupaba del mismo modo, abría la puerta de la calle y ayudaba a deponer en el quicio el tablero pesado de la vendedora.
Para que se fijara la imagen hechicera de la enlutada en la viva memoria de María de Regla, no pudo ser más propicia la ocasión; y de tal modo fue así, que luego repetía a media voz, paso a paso detrás de su protectora:—¡La niña Adela! ¡la niña Adela!, comparando allá en su mente la fisonomía de aquélla con la de la más joven de sus amas.
Como oyese la carnicera la cantinela, dijo en tono de represión:
—¡Ah! Ese niñe no ñama Adel, ñama Sesil.
Más vale callar, pensó María de Regla, y no replicó palabra; pero se quedó en sus trece, por cuanto siguió creyendo en que había singular semejanza entre su niña y la enlutada de la casa en la calle de la Bomba, cuyas señas guardó para la primera oportunidad.
Hasta las dos de la tarde anduvieron las negras vagando por las calles de la ciudad; y en el medio tiempo logró la carnicera reducir a plata los efectos que llevaba en el tablero. Por la puerta llamada popularmente de la Muralla, salieron a la Alameda y se sentaron en un asiento de piedra, protegido por un árbol frondoso, entre el antiguo café de Atenas y la estatua de Carlos III.
De una mugrienta bolsita de cañamazo cuya boca se recogía con un bramante, y que Genoveva llevaba en el seno, sacó y contó hasta doce pesos en pesetas sevillanas, reales y medios de plata, de los cuales, deducidos los siete, poco más o menos, costo de las mercancías negociadas, restó una ganancia neta de cinco duros. No se requería conocimiento de los números para hacer la cuenta, ni de más convincente argumento para probar lo remunerativa de aquella industria. Convencida de ello, se decidió a adoptarla María de Regla.
Hablaba después ella de lo que se decía respecto de su marido, de la herida que había recibido en riña, por aquel mismo barrio, y de su desaparición desde la víspera de Nochebuena. Entonces recordó Genoveva haber oído decir a Malanga, que por esa fecha había amparado a un moreno que encontró mal herido a la entrada de la calle Ancha. Esta especie la había corroborado en todas sus partes el carretillero aguador, quien momentos antes que su malévolo hijo, según se recordará, pasó por allí y no se detuvo porque juzgó muerto al herido. Preso en la cárcel Malanga, no era fácil averiguar de pronto quién fuese, ni qué se había hecho el moreno herido; pero María de Regla se convenció que no podía ser otro que Dionisio, y se propuso explotar en todos sus alcances datos tan preciosos.
En este punto de la conversación de las dos mujeres, pasó a caballo por delante de ellas, y atravesó el centro del Campo de Marte, en dirección de la calzada de San Luis Gonzaga, el joven negro militar, de que hemos hablado varias veces.
—¡Tondá!, dijo Genoveva indicándoselo a su compañera.
Sin poderlo remediar, a su vista diole un vuelco el corazón a María de Regla. Es que creyó ver a Dionisio en las garras de aquel joven intrépido que portaba sable, que la ley protegía, y que el prestigio de sus muchos actos de valor heroico hacía casi invulnerable. Se puso en pie por un impulso desconocido, dio algunos pasos en la dirección que llevaba cuando le perdió de vista tras la nube de polvo que levantaban las patas de su veloz caballo en la distante calzada, retrocedió al asiento y se desplomó sin habla junto a su asombrada amiga.
Fue causa este ligero incidente para que las dos mujeres tardaran todavía algún tiempo antes de ponerse de nuevo en camino. Pero no bien entraron en la calle Ancha, echaron de ver desusada agitación y extraño movimiento de pueblo. Hombres, mujeres y muchachos corrían como desatentados en opuestas direcciones. Los más se refugiaban en sus casas, cerraban las puertas con estrépito y se asomaban a los postigos de las ventanas para preguntar al vecino o al transeúnte el motivo de aquellas carreras, cerramientos de puertas y exclamaciones. Este contestaba:—Un fuego en Jesús del Monte; el otro:—Un levantamiento de negros en la tenería de Xifré; aquél:—Un robo en la calle de las Figuras; quién:—Un matado.
El último en hablar fue el único que se acercó a la verdad, confirmando la noticia algo después de las tres de la tarde, con muchos aspavientos y palabras inconexas, el carretillero o aguador Polanco. Muy conocido en el barrio, su aparición en la calle Ancha fue saludada con un escopeteo graneado y cruzado de preguntas de ventana a ventana. Ocioso era aquel trabajo, porque él de motu propio venía anunciando la muerte alevosa de Tondá, delante de la zapatería de la calle de Manrique esquina a la de la Maloja.
Por Malanga, preso en la cárcel pública, había averiguado Tondá el asilo de Dionisio Gamboa, y corrió a prenderlo con aquella confianza y descuido que nacen del valor llevado hasta la temeridad. Llamado a la puerta del obrador por un hombre tan conocido como Tondá, no pudo Dionisio equivocar sus intenciones, y desde luego, formó su resolución. Se levantó del banco en que trabajaba, y se acercó con las manos a la espalda, en ademán de entregarse.
El movimiento de avance por parte del prófugo determinó otro opuesto por parte del perseguidor, que le fue fatal. Grande, como se ha dicho, era el desnivel de la calle, y había además detenida entonces a la puerta de la zapatería una volante alquilona que obstruía el paso. Para hacer campo, Tondá, ya desmontado, retrocedió corto trecho; descuido éste de que se aprovechó en el instante el astuto cocinero, para metérsele dentro y abrirle el vientre de lado a lado con el mismo trinchete de que se servía para las reparaciones de la suela de los zapatos. Herido y todo el heroico Tondá, persiguió al asesino, cayendo exánime a poco andar en medio de la honda calle.
El hecho es histórico en casi todos sus pormenores.
Capítulo IV
¿Qué soñar con el que adora, y qué sufrir cuando tarda, y qué temer cuando llega, y qué llorar si se marcha?
J. Velarde
En una mañana del benigno enero diole a Cecilia un vuelco el corazón, y dijo entre sí:—¡Eh! Viene él hoy. Y desde ese momento no pudo pensar en otra cosa, ni hacer nada de provecho. Veces infinitas se asomó al postigo de la ventana, creyendo la cuitada que así apresuraría la venida del objeto de sus ansias; y otras tantas se dejó caer, desfallecida de alma y cuerpo, en el columpio arrimado a la testera opuesta.
De poco le valió el volverse toda oídos y ojos. Por el contrario, tal era la ofuscación de sus sentidos, que escuchando no oía, mirando intensamente no veía. Esto explica por qué se pasaron algunos segundos antes que ella realizase la presencia del amante, llenando el hueco de la entornada puerta de la calle, cual en un espejo su imagen adorada. Entonces, olvidada por completo de sus propósitos de venganza, de los desdenes anteriores, de los supuestos agravios recibidos con sus veleidades y su marcha al campo, corrió a su encuentro con los brazos abiertos, le besó y se dejó besar por él en el delirio de la pasión. No cabe duda, el hecho de la corta ausencia había obrado el milagro de convertirlos en íntimos amigos, en cariñosos hermanos, en ternísimos amantes.
—¿Estás sola? la preguntó él.
—Sola, contestó ella con lánguida expresión.
—¿Me esperabas? agregó tiernamente teniéndola estrechada todavía por la cintura.
—Con el alma y con la vida, repuso la joven en su amoroso entusiasmo.
—¿Quién te dijo que yo venía hoy?
—¡El corazón!
La besó de nuevo en los ojos y en la boca, y añadió:
—Te hallo pálida y más delgada que a mi partida para el campo.
—¿Le parecen poco las noches y los días que he pasado sin pegar los ojos velando a mamita? Tampoco han faltado otros sinsabores...
—¿Cuándo se enfermó tu abuela?
—Desde el año pasado mamita no gozaba de salud. Pero su gravedad se puede decir que principió la víspera de Nochebuena. Cuando yo llegué, a eso de las dos de la madrugada, la encontré con una calentura que volaba... No se levantó más.
—¿Dónde habías estado tú hasta esa hora?, preguntó el joven sorprendido.
—En una parte.
—¿En qué parte?
—¡Oh! En una parte.
—¿Me dirás dónde?, la preguntó Leonardo poniéndose serio.
—Espero que me diga Vd., antes dónde ha estado todo ese tiempo, replicó ella no menos seria, tratando de herir por los mismos filos.
—Yo he estado donde tú sabes.
—Ya, en el campo, Vd. me lo dijo, ¿pero se fue Vd. por mi voluntad?
—¡Ah! ¡Vengativa! ¿Esas teniendo? Según eso, tú has estado en una parte por pique conmigo.
—Por pique no. No tengo nada de vengativa. Ni un tantico. Lo que yo no quiero, lo que no puedo aguantar es que me la den de boba. Fue Vd. a divertirse con sus amigas en el campo, ¿había de quedarme en casa encerrada como monja? No faltaría más.
—Fui de mala gana. Hubiera preferido quedarme, pero mamá se propuso llevarme... ¿No te lo dije así?
—Me lo dijo con la lengua.
—Yo no digo mentira.
—¿No tiene Vd. la boca debajo de la nariz como los demás hombres? Va que sí. Ninguno dice mentira. ¡Qué! Sería un pecado. ¿Pero cuál de Vds., si se ofrece, no engaña a la mujer más buena del mundo?
—¿Qué sabes tú de eso?
—Mucho más de lo que Vd. se figura. Muy lépero ha de ser el que se burle de mí.
—No hables boberías y dejémonos de cosas que no tienen fundamento. Es gana que busques motivos de quejas. Tú no puedes ponerte brava conmigo. Dime, ¿en dónde estuviste la víspera de Nochebuena?
—¿De mal a mal?
—De bien a bien, cielo mío. De ti no quiero ni la gloria de por fuerza.
—Eso sí. Pues venía del baile de etiqueta que dio la gente de color en la casa de Soto, allá afuera.
—¿Cómo fuiste?
—A pie.
—No quiero decir eso. ¿Quién te convidó? ¿Con quién fuiste al baile?
—Me convidó Uribe el sastre, que fue uno de la comisión, y fui al baile con Clara su mujer, con Nemesia y con José Dolores su hermano...
Leonardo torció el ceño y no supo ni pudo ocultar su disgusto.
—El que se pica ajos come, dijo Cecilia sonriendo. ¿Qué diré yo cuando recuerde que Vd. fue al campo para seguir a una guajira?
—Veo que no pierdes la ocasión de zaherirme, dijo Leonardo disimulando su desazón. Y me parece que serías capaz de querer a cualquier hombre con tal de darme caritate.
—No tanto, ni tan calvo que se le vean los sesos. Hay muchos hombres a quien no podría querer por más picada que estuviese con el preferido de mi corazón.
—Malo es que tú seas de naturaleza celosa y vengativa.
—Sea Vd. leal y constante y nada tendrá que temer de la mujer más vengativa y celosa nacida.
—Con las celosas no valen la lealtad ni la constancia del amante más fino. Mucho menos valen si tú das entrada a hombres con quien no debes ligarte.
—¿A quién he dado yo entrada? Vamos, explíquese.
—¿Quieres oírlo de mi boca? ¿Quién te acompañó al baile estando yo ausente? ¿Con quién bailaste? ¿En casa de quién vives ahora?
—¿Y eso es lo que Vd. llama darle entrada a los hombres?
—Por ese camino al menos se va derecho al corazón de las mujeres.
—No al mío que está forrado y claveteado en cobre. Pero si de alguno no debe Vd. abrigar recelo es del hermano de Nene. Entre nosotros no ha cabido nunca, creo yo, más que una sincera y desinteresada amistad. Nosotros nos conocemos y tratamos desde chiquitos. Hemos jugado juntos a la gallina ciega y a la lunita, hemos crecido el uno al lado del otro sin pensar en amores, al menos por mi parte. Sé que siente por mí un cariño entrañable; sé que se desvive por mí; sé que su mayor delicia es serme útil; sé que tiene orgullo en adivinar mis pensamientos; sé que si le pido un favor se aflige y se culpa a sí mismo porque no se adelantó a mi deseo; sé que no consentirá me ofendan ni las moscas; sé que es capaz de cometer cualquier locura por agradarme; sé que me cree el non plus ultra de las mujeres; sé que tiene celos de Vd. que se lo comen vivo; pero aún no me ha hecho una declaración de amor. Sabe, el pobre, porque no tiene un pelo de tonto, que yo no he de quererlo, ni casarme con él en la vida. Muchas veces lo he sorprendido mirándome cual se mira a las santas; yo he hecho como si no lo notase o entendiese y él no se ha atrevido a declararse. De aquí no ha pasado desde que nos conocemos. En su trato es una dama, muy galán y respetuoso con las mujeres, bien criado con los hombres; sólo le falta la cara blanca para ser un caballero en cualquier parte. Le hablo con esta claridad de José Dolores porque se me figura que a Vd. no le cae en gracia, qué no lo ve con buenos ojos.
—Te engañas, dijo Leonardo alarmado por el hermoso retrato que acababa de trazar Cecilia de José Dolores Pimienta. No tengo prevención ninguna contra tu amigo. No lo miro con buenos ni con malos ojos, por la sencilla razón de que no me cuido si vive o si muere. A mí no puede hacerme sombra semejante sastrecito. Siento, sí, que en estas circunstancias hayas creído necesario explicarme la clase de relaciones que han existido y existen entre Vds. dos. No me interesa eso en lo más mínimo.
—A Vd. le corresponde hablar así, a mí no. Sería la más descastada de las mujeres si olvidara por un momento los muchos favores que le debo a José Dolores. El fue mis pies y mis manos, mi todo, durante la enfermedad de mamita; él hizo los mandados; él llamó varias veces al médico; él trajo las medicinas de la botica; él hizo caldos de gallina para la enferma; él veló conmigo a su cabecera; él fue por los óleos a San Juan de Dios; él corrió con el entierro; él lloró tanto como yo la muerte...
En este punto los sollozos y las lágrimas le cortaron la palabra a Cecilia. Después continuó como ofendida por el tono y las frases despreciativas que había empleado Leonardo respecto de José Dolores:
—Hay favores que no se pueden pagar bastantemente; la mujer que los olvida no merece el pan que come. José Dolores siempre me ha distinguido y respetado, y lo que es en el baile sacó la cara por mí, exponiéndose a la muerte.
—¿Con qué motivo sacó la cara por ti?
—Con motivo de haberme ofendido un negro.
—¿Por qué te ofendió?
—Porque me negué a bailar con él.
—¿Le desairaste?
—No. Yo no le conocía. Era un intruso, ¿por qué había de bailar con él? Además, tenía comprometido el minué con Brindis. Tampoco quería yo bailar pieza con los negros. Las dos o tres que bailé con ellos fue por compromiso.
—El mal estuvo en tu concurrencia a un baile de gente de color...
—Lo sé, lo confieso, me pesará toda la vida haber ido. Eso me parece que le apresuró la muerte a mamita.
Volvió a llorar Cecilia; y Leonardo, para alejar de su mente aquella idea, o para averiguar lo que había ocurrido dentro y fuera del baile, la preguntó:
—¿Qué casta de negro era el que te ofendió?
—No sé. En mi vida le había visto. Tampoco me conocía él a mí sino por mera inferencia. Creo que me invitó a bailar para tener la ocasión de insultarme y vengar así un agravio que supuso alguien le había hecho por mi causa.
—¿Quién le hizo el agravio?
—No lo dijo. Sólo dijo a gritos que yo tenía la culpa de que se viera separado de su mujer.
—Debía estar loco o borracho.
—Borracho no, más bien loco. Daba miedo. También me dijo que me vio cuando yo gateaba; que sabía quien era mi madre y que conocía a mi padre como a sus manos.
—Mal pudo conocer a tus padres, observó Leonardo con aire sentencioso, siendo así que eres hija de la Cuna. ¡Disparate!
—¡Ah! Escuche, agregó Cecilia recordando: dijo que su mujer fue quien me crió, que yo era mulata y que mi madre vivía y estaba loca.
—¿No se averiguó cómo se llamaba ese diablo de negro?
—Sí, se supo al fin. Lo reconoció un oficial de la sastrería de Uribe. Lo llamó por el nombre de Dionisio Gamboa, aunque él sostuvo que no se llamaba así, sino Dionisio Jaruco.
—¡Ah! ¡Perro! exclamó Leonardo apretando los puños al mismo tiempo que los dientes. ¡Qué buen novenario merece! Lo llevará, como hay un Dios en el cielo, en cuanto se le capture. A bien que ya Tondá le sigue la pista. No hay tal Dionisio Jaruco ni calabaza. Su nombre sí es Dionisio, pero su apellido debe ser Gamboa, porque pertenece a mamá. El muy indigno, mal agradecido, infame, al robo de la ropa antigua de papá ha añadido la fuga y dejado a mamá sin cocinero. A ningún negro se le han consentido en casa más desvergüenzas que a él. Y véase el resultado. La pagará. Que se esconda bajo siete estados de tierra, de ahí le sacarán. Se le castigará cual merece, lo juro. Me parece que si le desuellan vivo no paga las que debe. Después, ¡atreverse a insultarte...!
Arrebatado por la cólera, tardó algún tiempo en comprender Leonardo que había asustado a Cecilia con tan inoportunas amenazas, además de ponerse en ridículo a sus ojos, pues ésta advirtió sin esfuerzo que el furor de su amante contra el negro no procedía tanto del agravio a ella inferido, cuanto de haber dejado la familia sin cocinero. Volviendo sobre sus pasos, aunque tarde, añadió el joven:
—Pero, a todas éstas, ¿qué has tenido tú que ver con la separación de Dionisio de su mujer? Nada, absolutamente nada. Dudo que fueses nacida cuando mamá zampó a María de Regla, la mujer de Dionisio, por escandalosa y desobediente, en el ingenio de La Tinaja. Y si no habías nacido, ¿cómo pudo criarte? Ella sí crió a mi hermana Adela. Vamos, es un disparate, una equivocación suya, pretexto para desfogarse contigo que no podías devolverle el insulto.
—Para eso, dijo Cecilia con satisfacción, que le costó caro el meterse conmigo. A la salida del baile esperó a José Dolores en la esquina de la calle Ancha. Pelearon con cuchillo y el negro cayó a los primeros golpes...
—¿Muerto? exclamó Leonardo, que no esperaba semejante desenlace.
—Me parece que no. El quedó en el suelo quejándose mucho. ¿Le duele a Vd. que se le hubiese castigado tan pronto la falta?
—No, no, se apresuró Gamboa a corregir la falta de galantería que acababa de cometer manifestando sentimiento por la herida de su esclavo. No me duele perder un negro. Tenemos muchos. Siento sí que tú hayas estado por medio. Fue un escándalo. ¡Tú complicada en un homicidio! Mas hablando de otra cosa, ¿qué médico asistió a tu abuela en su enfermedad?
—Montes de Oca.
—¿Cómo vino él a curarla?
—Yo fui por él.
—¿Le conocías?
—De vista.
—¿Le conocía tu abuela?
—Ella sí. Mamita fue a verlo a su casa y él venía a verla todos los meses.
—¿Para curarla?
—No. Mamita no había estado casi nunca enferma de médico.
—¿Qué dares o tomares se traían ellos?
—Mamita recibía una mesada por conducto de Montes de Oca.
—¡Una mesada! Ahora recuerdo que hace mucho tiempo Montes de Oca le tomó a papá en alquiler esa misma María de Regla, mujer del cocinero, para criar a una niña, hija ilegítima de un amigo suyo. Y he aquí descifrado el por qué de la equivocación de Dionisio. Seguro, se figuró que tú eres la tal niña. Por supuesto, tú no fuiste, pero ¿quién saca al muy bestia del error? Ni habías nacido entonces. Mira tú, después de eso María de Regla crió a Adela por cerca de dos años. Lo que te sé decir es que esa crianza le ha costado muchos disgustos a mamá. Montes de Oca se comprometió a pagarle dos onzas de oro a papá por el precio del alquiler de María de Regla. Sospecho que nunca cumplió, porque él es mal pagador. Hallo, pues, extraño, incomprensible, que Montes de Oca le pasara una mesada a Vds. ¿No sabes tú su origen?
—No entiendo, contestó Cecilia dudosa.
—Quiero decir, repuso Leonardo, que si tú sabes el motivo, la razón, o como se llame, del por qué le pasaban la mesada a tu abuela.
—No lo sé; mejor dicho, no me he puesto jamás a averiguarlo.
—Tú lo sabes y no quieres decírmelo. Lo leo en tus ojos.
—Mal lector es Vd. entonces.
—Niego a pie puntillas que Montes de Oca pasaba la mesada por cuenta propia.
—También lo niego yo.
—¡Ah! ¿Ves? Tú sabías y me lo negabas.
—Vd. no me preguntó eso. Vd. me preguntó que si yo sabía el origen o el motivo de la mesada, y todavía estoy en ayunas. Lo único que sé es que Montes de Oca la pasaba por cuenta de un amigo...
—Que tú conoces. ¿No? la interrumpió Leonardo.
—De vista, contestó Cecilia a medias.
Su nombre.
—¡Ay! Ese se queda para el curioso lector.
—Dilo, dilo, la instó el joven cogiéndole la mano. No deseo saberlo por mera curiosidad, sino por algo que te diré después.
—Vd. lo conoce como a sus manos.
—¿Quién, pues?
—Su padre de Vd.
—¡Mi padre! exclamó Leonardo asombrado de la revelación. ¡Será posible que mi padre lleve la pertinacia....! (Se contuvo y agregó luego:) ¿Estás segura?
—Segurísima.
—¿Desde cuándo le conoces tú?
—¡Uf! Desde que yo era chiquitica.
—¿Cómo le conocías?
—De verlo en las calles. A cada rato tropezaba con él. Cuando menos lo esperaba lo tenía encima. Se ponía bravo y me decía muchas cosas: que estaba hecha una mataperros, perdida, mal criada, y que iba a hacer que me prendieran los soldados.
—¿Sabías tú su nombre entonces?
—No, ni lo supe hasta mucho después, cuando me había hecho una mujer. Conmigo no ha tenido él amistad, con mamita sí. De Corpus a San Juan, solía hablarle por la ventana, siempre de mí.
—¿Qué la decía?
—Nada bueno, por cierto. Le decía, por ejemplo, que me celara de Vd.; que no me dejara ir a bailes con Vd., que Vd. era muy enamorado; que tarde que temprano me dejaría Vd. por otra; en fin, que Vd. estaba para casarse con una muchacha muy rica y sólo aguardaba a recibirse de Bachiller en Leyes.
—Me sorprende oír eso de mi padre. No lo creería si otra persona me lo dijera. ¿Qué objeto le lleva verdaderamente en el asunto? Su conducta contigo aleja la idea del amor. No está enamorado de ti, no. Tampoco ha sido él hombre de enamorarse por andar alegre. Ahora me desengaño...
—Es que mamita también estaba opuesta a nuestras relaciones. A la hora de su muerte me mandó que no lo quisiera a Vd.
—Tú no piensas en obedecerla, ¿no es así?, dijo el joven apasionadamente.
—Ya es demasiado tarde, contestó Cecilia poniéndose colorada. (Después añadió en voz baja:) Dios quiera que no me pese haber desobedecido a mamita.
—Nunca te pesará, repuso Gamboa con calor, te lo juro por lo más sagrado, el haberme querido bien. Veo, entre tanto, que nada de lo que me has dicho explica el enredo de la mesada. ¿Por qué, a santo de qué se la pasaba mi padre a tu abuela? Ve aquí lo que me encalabrina y desespera. Es posible que no continúe pasándotela a ti...
—Tal pienso yo, dijo Cecilia bastante afectada.
—No es eso lo peor, agregó el joven reflexionando, sino que el médico te cobrará la cura de la enferma. Del árbol caído todos hacen leña.
—Por esa parte estoy tranquila. En toda la enfermedad de mamita, en vez de pedirme estuvo el médico dándome dinero para los gastos.
—¿Cómo cuánto te dio?
—Como quince onzas de oro. Yo no llevé la cuenta... José Dolores.
—Dale con José Dolores. No quisiera volver a oír su nombre en tu boca.
—¿Qué tienes?
Interrumpiose a lo mejor el prolongado diálogo de los amantes por la llegada de Nemesia, con grande disgusto de los tres. De Cecilia, porque así quedaba sumergida en el mar de confusiones respecto de su suerte futura, do la había arrojado la muerte repentina de su abuela. Con disgusto de Leonardo, porque después de lo averiguado acerca de la posición de Cecilia en aquella casa, comprendió que debía sacarla de ella cuanto antes, so pena de perderla para siempre, y no había tenido tiempo de arreglar con su acuerdo el nuevo plan de vida.
Por su parte Nemesia también experimentó un vivo disgusto; porque sin más argumento ni prueba que la presencia allí del temible rival de su hermano, cuando le creía más distante y olvidado de Cecilia, quedó convencida que ni los celos en ella, ni la ausencia en él, habían obrado el milagro de trocar en odio, siquiera en indiferencia, el profundo afecto que se profesaban los dos. ¡Pobre José Dolores! exclamó Nemesia entre sí. De ésta la perdiste. ¡Tontos de nosotros que nos habíamos halagado con la esperanza de que se quedaría en el monte!
—Está de Dios, hijo, que no ha de ser tuya Celia, dijo Nemesia con gran sentimiento, a su hermano cuando volvió de la sastrería.
—¿En qué te fundas para darme tan mala noticia?, preguntó el hermano alarmado.
—Me fundo en que él ha vuelto. Los topé a los dos esta mañana como uña y carne.
—¿A dónde?
—En esta sala. Solitos...
—Luego él no fue al campo para casarse.
—¡Casarse! Tal vez se ha casado y ahora anda atrás de la querida.
—¡Qué! ¿Crees tú que va a sacarla de aquí pronto?
—Cuando menos... Para ponerle casa.
—Cuando menos no, dijo José Dolores irritado a lo sumo.
—No. Si la destina para querida, mientras más pronto se la lleve mejor; porque primero me dejo escupir a la cara que hacer el papel de tapa. No es él hombre para pasarme la mota y reírse de mí. Que no se ponga en mi camino. ¿Dónde está ella?
—Vistiéndose allá dentro. Eso es que lo espera esta noche.
—Es posible. Así será bueno que me arrime a un lado por ahora. Una tragedia le causaría más pesar a ella que a él.
—Todavía no se ha perdido todo, José Dolores, dijo Nemesia pensativa. Mientras la vida dura, hay esperanza.
—¿Qué esperanza, hermana? O él o yo. Los dos juntos no cabemos. ¿Me resignaría yo a servir de tapa tampoco? Creo que no, Nene.
—Bobería, José Dolores: del lobo aunque sea un pelo. ¿Quién puede decir con verdad que es el primero en el corazón de una mujer? Naiden. Ten por sabido que ella no es firme ni de ley. Dice una cosa ahora y luego otra. Se dobla como la hoja del caimito: cátala colorada, cátala blanca. Si tú la hubieras oído cuando él se fue para el monte atrás de la muchacha blanca..., sabrías quién es ella.—¡No lo quedré más en mi vida! No volverá a verme la cara. Aunque me se arrodille, aunque me bese los pies, no le perdonaré la que me ha hecho. De mí no se burla ni el sol de los hombres. Apuradamente, con él no se acabaron para mi. Hay muchos, me se sobran. ¿Cuántos, cuántos tan buenos mozos como él no se darían santos con una piedra en el pecho con tal que yo los quisiera? No seré de las que se quedan para vestir santos o cuidar sobrinos. Juro que el primero que me diga jí, le digo já. Y veremos quién pierde más, si él o yo.
Capítulo V
El que excusa la vara, quiere mal a su hijo; y el que lo ama, con muchas varas lo corrige.
Proverbios, XIV, v. 24
Llegado había inopinadamente el momento de poner en planta el plan ideado por don Cándido antes de su marcha al campo.
La muerte de seña Josefa había arrojado a Cecilia en brazos de Leonardo, el cual, sabía su padre, no era tan simple ni tan virtuoso que desaprovechase la ocasión que se le presentaba de tomarla por manceba, con achaque de ampararla.
Miraba don Cándido este evento casi como una catástrofe, cuyo único medio de evitarla, en su concepto, consistía en sustraer a Cecilia de la vista y comercio de Leonardo, aún cuando para lograrlo fuese necesario usar de fuerza. Pero le ocurrió que tal vez podría ejecutarse la misma cosa sin ruido ni responsabilidad como se le diese una apariencia legal. Movido por esta idea feliz, decidió aconsejarse con el abogado y Alcalde mayor don Fernando O'Reilly, amigo y condiscípulo de Leonardo, con quien él tenía bastante amistad.
Mientras caminaba en la dirección de la calle de los Oficios, componía mentalmente un discurso regular en forma de diálogo para presentar su caso bajo la mejor y más plausible luz, ante el señor Alcalde Mayor. Sucedió, sin embargo, que en presencia de Su Señoría se le fueron de la mente las especies, cual pichones espantados del palomar, y sólo acertó a decir:—que la Valdés le sonsacaba a su hijo Leonardo, le seducía con sus artimañas, y no le dejaba seguir los estudios de derecho, y quería saber qué remedio podía poner la justicia a tamaño escándalo.
Oyole el Alcalde con una sonrisa de satisfacción y de marcada condescendencia, y dijo:
—¡Cuánto me alegro, señor don Cándido, de oírle! ¡Estoy encantado, sorprendido! ¿Pues no ha de llamarme la atención y complacerme, si desde que presido en este tribunal de justicia, por disposición soberana, ha más de un año, es Vd. el primero que se acerca a él en queja semejante? No es que no ocurran en La Habana casos iguales, no; ocurren a millares; es que tales son la ignorancia y la relajación de las costumbres, que sólo se consideran delitos los atentados contra la vida y la propiedad ajena, aquéllos a que se sigue daño inmediato de la persona o de los bienes del vecino. Los ataques a la moral, a la honestidad, a las buenas costumbres, a la religión, éstos no son delitos, son meras faltas, pecados veniales, deslices que no tienen pena señalada en ningún código escrito. ¡Qué error, amigo don Cándido! ¡Qué confusión de ideas sobre lo que es bueno y lo que es malo, lo que es honesto y lo que es deshonesto, lo que es permisible y lo que es vedado, lo que es loable y lo que es reprehensible!
«Saco, en su Memoria sobre la Vagancia, que acaba de premiar la Sociedad Patriótica, atribuye al juego, que llama guarida de nuestros hombres ociosos, la escuela de corrupción para la juventud, el sepulcro de las fortunas de las familias, el origen funesto de la mayor parte de los delitos que infestan la sociedad en que vivimos.
«Yo difiero de tan autorizado parecer, y opino que reconocen dos causas principales los males de que todos nos quejamos, a saber: la ignorancia y la política de gobierno de Vives. No hay escuelas. ¿Y cuáles son los resultados? Los robos frecuentes a la luz del día, los asesinatos sin causa ni provocación, los pleitos interminables, las injusticias notorias, la prostitución de las mujeres, el desorden social. La política de gobierno de Vives es también causa de corrupción y extravíos sin término ni paralelo en el mundo. Se pudren los presos en la cárcel y no se castiga a los grandes delincuentes. Tampoco se averigua sino rara vez el origen de los crímenes más atroces, gracias, si alguna se atrapa a los malhechores. ¿Quién ha matado a Tondá?
—¡Cómo! exclamó don Cándido, interrumpiendo al Alcalde. ¿Han muerto a Tondá?
—Ayer tarde le abrieron el vientre de una cuchillada.
—¿Tiene V. S.[57] los pormenores del lamentable suceso?
—No, señor. Anoche se me comunicó la noticia en el teatro, extrajudicialmente. Se dice sólo que el matador fue un negro prófugo a quien él trató de prender.
—Tengo motivos para sospechar que el asesino ha sido mi cocinero. Días pasados encargó mi mujer su captura a Tondá...
—No tendría nada de extraño, prosiguió el Alcalde. En caso que le prendan, caso dudoso en estos tiempos que corren, me tomo la libertad de darle a Vd. un consejo: entregue el esclavo a la noxa...
—¿A la qué señor don Fernando?
—A la noxa, digo.
—Estamos. ¿Mas quién es esa dama?
—Natural es que no lo sepa Vd., puesto que no ha estudiado leyes. Se entiende en derecho entregar el esclavo a la noxa, al acto de la renuncia del dominio directo que sobre él tiene el amo, en favor del tribunal de justicia que le juzga por el delito o daño cometido. Pierde Vd., de este modo un negro que cuando más y mucho vale en buena venta 500 pesos; pero ahorra Vd. los costos y las costas del proceso, los cuales suelen montar al doble de esa suma, si el amo se hace parte en el juicio. Sábese que si no se le unta la mano al juez pedáneo, levanta una sumaria negra contra el reo. Luego hay que hacer lo mismo con el escribano que da fe, con el oficial de causas que provee a veces a su antojo, con el fiscal que acusa y no quiere trabajar de balde, con el juez, con el asesor, etcétera, etcétera.
—¿Pleitos yo, señor don Fernando? No en mis días. Valdría mejor colgarse de un farol.
—Hace Vd. bien... Pero volviendo a la pretensión... ¿Decía Vd.?
—Decía, señor Alcalde, repuso don Cándido cual si saliera de un sueño, que una mozuela trae loco a mi hijo Leonardo, le seduce y encanta con sus mañas y no le deja concluir sus estudios de abogado...
—Vamos por partes, dijo O'Reilly con calma. ¿Cómo se llama la seductora?
—Cecilia Valdés, contestó tímidamente el querellante.
—Bueno. ¿Qué casta de mujer es ésa?
—No entiendo.
—Quiero decir: ¿es joven o de edad mediana? ¿Casada o soltera? ¿Bonita o fea? ¿Blanca o de color? Todo esto es fuerza que sepamos antes de proceder a la graduación del tanto de culpa y a la aplicación de la pena que en justicia le quepa.
—Diré a V. S., señor Alcalde, con lealtad cuanto sé en el particular, dijo Gamboa titubeando y con las orejas encendidas de la vergüenza. La chica es joven, bastante joven, como que apenas contará 18 años de edad. No ha sido casada; tampoco, a lo que entiendo, puede calificársela de fea, más bien de bonita, de real moza, diría. Es pobre, sí, pobre, pobrecita, y de color, aunque pasará por blanca donde quiera que no conozcan sus antecedentes...
—Muy bien, perfectamente, replicó el Alcalde pensativo. Se conoce que está Vd. enterado del caso. Así me gusta. Ya podremos juzgar con pleno conocimiento... Sólo ocurre un vacío, llamémosla duda, a saber: ¿conoce Vd. los hechos que expone, por sí mismo o por referencia de tercera persona?
—Unos conozco por mí mismo, otros, digamos, por inferencia.
—Entendámonos. En primer lugar, diga Vd. si sabe con quién vive la joven.
—Ahora, supongo que con alguna amiga suya.
—Nada de suposiciones, señor don Cándido. ¿Le consta a Vd.? ¿Sí o no?
—No, señor, no me consta, lo infiero.
—Eso me gusta. En esta clase de negocios la franqueza es lo primero. Al abogado y al juez hay que hablarles como se le habla al confesor, con el corazón en la mano. Y antes, ¿con quién vivía la pardita?
—Con la abuela.
—¿Viven sus padres? ¿Tiene parientes, allegados, protectores en suma, alguien que haga por ella? Siendo tan linda, como Vd. dice, bueno es saber todo eso, averiguarlo en tiempo.
—Poco ha murió la abuela. La madre (añadió balbuciente y más enrojecido que nunca), la madre... Verdaderamente no sé a estas horas si vive o si muere. De cualquier modo, de nada le valdría si viviera. En cuanto al padre... ella no le tiene conocido... Es hija de la Real Casa Cuna. ¿Está V. S.?
—Bien. ¿Conoció Vd. a la abuela de persona?
—Sí, señor, la conocí, aunque nunca tuve trato íntimo con ella. Sería largo de referir y ajeno de este lugar el detenerme en detalles. Me consta, sin embargo, que para mujer de color (era parda) llevó vida ejemplar, que practicaba la virtud, que se confesaba y comulgaba a menudo, que criaba a la nieta en el santo temor de Dios, que la vigilaba estrechamente, y, sobre todo, que no la consentía holgorios, devaneos con mozuelos ni cortejos de ventana.
—Luego la muchacha de que se trata es bien criada, de vida honesta y no ha dado aún qué decir.
—Así es la verdad; sólo que, como de raza híbrida, no hay que fiar mucho en su virtud. Es mulatilla y ya se sabe que hija de gata, ratones mata, y que por do salta la cabra, salta la que la mama.
—Bien dicho. Confesemos que nuestros refranes encierran gran fondo de sabiduría. Confesemos también que nuestras mulatas, generalmente hablando, son frágiles por naturaleza y por el deseo, ingénito en las criaturas humanas, de ascender o mejorar de condición. Y he aquí la clave para descifrar el por qué de su afición a los blancos y de su esquivez para con los hombres de su propia raza. A bien que hablo con persona que debe entenderme. Nadie como Vd. que, por su larga residencia en el país, ya se ha aplatanado, habrá tenido mejores oportunidades de observar la idiosincrasia de nuestra clase de color libre. Pero una regla general, una fuerte presunción, una teoría, por plausible y brillante que parezca, sobre la índole o aficiones de éstas o de esotras gentes, no constituye hecho, no denuncia delito, siquiera cuasi-delito, que es lo que penan las leyes y juzgan y castigan los tribunales de justicia.
«Resumamos. Comparece Vd. ante mí, el Alcalde Mayor, en queja contra la Valdés a quien acusa Vd. del cuasi delito de seducción y distracción inferido a su primogénito de Vd., que se halla aun bajo la patria potestad. Por ende, pide Vd. se lance un mandamiento de prisión contra la seductora, y que, sin oírla, se la castigue, privándola de su libertad. De acuerdo. Hasta aquí no hay irregularidad aparente, la querella está fundada en derecho y Vd. le tiene excelente para no consentir en que una pelandusca extravíe y pervierta a su hijo, mucho más cuando sigue una carrera tan honrosa y noble como es la de la toga. Aplaudo la vigilancia y severidad de principios que Vd. mantiene.
—Me confunde V. S., exclamó don Cándido, contento por la vuelta que, al parecer, tomaba su pretensión. No merezco esos elogios. ¡Ca! No los merezco ni por cien leguas.
—Pero (continuó con seriedad el Alcalde) como juez recto y de conciencia, demando las pruebas del delito; espero que el actor haga buena la acusación, interrogo para conocer los antecedentes y consecuencias del reo, y lejos de provocar una sumaria condenatoria, obtengo la más brillante declaración absolutoria. Permítame Vd., señor don Cándido, que le diga con la franqueza que me caracteriza que Vd. mismo, llevado sin duda del amor innato a la verdad y a la justicia, abona la conducta de la acusada, hace cumplido elogio de su carácter, y la vindica de toda imputación o mala fama; atándome las manos, por supuesto, para proceder en justicia.
Abrumado don Cándido por la salida inesperada del juez, durante un buen espacio de tiempo no atinó a decir palabra, sólo a estrujarse los dedos e inclinar la cabeza. Luego dijo en voz tímida y confusa:
—Por mi madre, señor Alcalde, que nunca pude pensar fuese tan seria la cosa. ¡Vaya que si lo es! ¡Pues no estaba yo engañado! De medio a medio. Y suponía que no había más sino llegar y besar. O ¿no es que V. S. toma el asunto por donde más quema, cual si dijéramos, a punta de lanza? No estoy seguro, lo pienso nada más, señor don Fernando.
—Aun cuando sea siempre cosa seria (dijo el Alcalde con su acostumbrada ecuanimidad), el lanzar mandamiento de prisión contra un individuo cualquiera que sólo se sospecha haber cometido un delito, no es eso lo que me detiene en el caso presente; me detiene el hecho de que Vd. mismo con su franca declaración me ha quitado el asidero de que se podría echar mano para proceder con las apariencias de legalidad. Deme Vd. el asidero y le sirvo de la mejor gana, no obstante que sé le voy a causar disgusto al amigo Leonardo, contribuyendo al plagio de su amiga.
—¡Maldito asidero! dijo don Cándido para sí. ¿Pues no se aparece a la hora nona? Luego añadió alto: Tratárase de tablas sin nudos ni alabeos, señor don Fernando, o de ladrillos sin caliches, o de tejas sin marras, y me tendría V. S. más listo que un gerifalte. ¿Qué se me alcanza a mí de asideros judiciales? Ni jota. ¿Por qué V. S. que sabe tanto, no le da un corte al negocio y me saca del atolladero?
—Porque no sería eso legal, ni quedarían cubiertas las apariencias, a lo menos en el fuero interno del juez. La sugestión debe venir de Vd. Estaba entretanto pensando, señor don Cándido, suponga Vd. que doy orden de arresto, que Vd. prende a la muchacha, que la mete en la cárcel o logra Vd. esconderla por algún tiempo. ¿Ha meditado Vd. en las consecuencias?
—¡Consecuencias! repitió el hacendado sorprendido. A fe que no he pensado en ello. Ni me ocurre que me traiga consecuencias el paso... a menos que haya un tonto que salga a su defensa.
—Precisamente, porque creo que le sobrarán los defensores, digo lo que digo.
—Pues, ¿no he dicho a V. S. que es pobre, oscura, desconocida, huérfana, sola en el mundo...?
—También me ha dicho Vd. de ella dos cosas que valen más que el dinero, el nacimiento, el parentesco y las buenas relaciones: me contraigo a su juventud y a su belleza. Recuerde Vd. las palabras de Cervantes; vienen aquí de molde: «que también la hermosura tiene fuerza de despertar la caridad dormida». Con tales adminículos no estará ella nunca sola en el mundo.
—Contra esa sentencia de don Quijote, hay esta otra que no sé de quién es: «Santo que no es visto, no es adorado». Dígolo, porque si logro atraparla, cuenta V. S. con que la pondré donde no la vean ni los pájaros.
—Repito a Vd. que la cosa no es tan fácil como parece a primera vista. Ni ¿dónde la pondría Vd. que nadie la oyese, la viese, la compadeciese y la amparase? Leonardo, si está de veras enamorado de ella, será el primero en declararse su campeón, la buscará, la encontrará y la salvará, mal que les pese a sus captores. ¿No sería, por tanto, más derecho, más cuerdo y puesto en razón, que se deje quieta a la muchacha en su casa y no provoque un conflicto? Quizás él la corteje por pasatiempo, por capricho o porque no ha tropezado con otra que le guste más. ¿Qué sabemos?
—Lo que yo me sé de memoria, señor don Fernando, es que mi hijo es muy terco, tan terco como un vizcaíno, y que aunque no sea más que por terquedad, todavía comete una locura y trae una desgracia a la familia.
—¡Desgracia! repitió el Alcalde admirado. No lo concibo. Dice Vd. que la chica es bien criada, de estado honesto, linda, que puede pasar por blanca, ¿qué mayor desgracia podría sobrevenirle a Vd., a la familia, a Leonardo, en una palabra, si olvidado de sí mismo, cegado por la pasión, en un momento de extravío toma por esposa a la Valdés?
—¿Por esposa dice V. S.? exclamó don Cándido con ademán fiero y tono resuelto. Antes que tal haga, por Dios vivo que le desnuco de un trancazo. No, no, yo se lo aseguro a V. S., él no se casará con la Valdés.
—¿Cuál es, entonces, la desgracia que Vd. tanto teme?
—Para hablarle en plata, señor don Fernando, no recelo, ni me pasa por la cabeza, que mi hijo lleve su fatuidad hasta el punto de tomar por esposa a la Valdés; lo que temo, lo que miro como una gran desgracia para la familia es que se la eche de querida. Estas mulatas son el diablo.
—¿Conque no es otra la desgracia a que Vd. alude? preguntó el Alcalde sonriendo. Mírese el asunto bajo el punto de vista que se quiera, o yo soy muy obtuso que no alcanzo a descubrir el lado malo, o no es, ni ha sido nunca, causa original de desgracia para una familia, sea cual fuere su posición social, el que uno de los hijos solteros se eche de querida a una moza de la clase inferior a la suya. Si no fuese así, señor don Cándido, ¿qué familia sería feliz en la tierra? Todas tendrían que lamentar igual o peor desgracia. En todo país de esclavos no es uno ni elevado el tipo de la moralidad; las costumbres tienden, al contrario, a la laxitud, y reinan, además, ideas raras, tergiversadas, monstruosas, por decirlo así, respecto al honor y a la virtud de las mujeres. Especialmente no se cree, ni se espera tampoco, que las de la raza mezclada sean capaces de guardar recato, de ser honestas o esposas legítimas de nadie. En concepto del vulgo, nacen predestinadas para concubinas de los hombres de raza superior. Tal, en efecto, parece que es su destino. Gracias, pues, debe Vd. dar a Dios de que no se le haya metido en la cabeza a su hijo de Vd., que parece ser testarudo y voluntarioso, el enredarse con una negrita. Esa sí que sería una desgracia para la familia. Ahora bien, señor don Cándido, ¿por qué no prohíbe Vd. a Leonardo que visite a la Valdés? Esto lo hallo más fácil y puesto en razón, sobre todo, no tan ocasionado a escándalo. El culpable es él que la solicita y persigue, no ella que se está quieta en su casa. Y aquí entre nos, amigo don Cándido, tiene todos los visos de una injusticia que Vd. pretenda el castigo de la víctima y la absolución del victimario.
—El error nace de que V. S. supone inocente a la Valdés.
—¿Qué pruebas hay para suponer lo contrario?
—Varias. Entre otras, la de habérsela avisado que desistiera de esos amores.
—¿Por medio de quién se la avisó?
—Por medio de la abuela.
—¿En nombre de quién?
—En... mi nombre.
—¿Y ella no hizo caso?
—¡Qué había de hacer la muy pizpireta! Peor la ha hecho desde entonces.
—La ha hecho divinamente.
—¡Cómo! ¿La apoya V. S. en su maldad?
—No tal, no la apoyo, le hago la justicia de creer que ama bien y mucho, y opino que en los negocios del corazón no mandan las abuelas, ni los padres de los amantes. Nada: es preciso darle un corte a este asunto. Prohíbale Vd. a Leonardo que visite a la Valdés. ¿No es Vd. su padre? ¿No tiene Vd. autoridad sobre él? ¿Sí? Prohibición absoluta; no más visitas a la Valdés, y asunto concluido.
Quedose estupefacto don Cándido.
—¡Eh! Aquí te quiero ver, escopeta, pensó él. Vea Vd.; las mismísimas preguntas que yo esperaba;—«¿No es Vd. su padre? ¿No tiene Vd. autoridad sobre su hijo?» Y es que tenía preparada una respuesta. Se ha marchado. Sí, échale un galgo. Cabeza de chorlito, chorlito, chorlito...
—Señor don Fernando, añadió resueltamente, cortando de pronto el monólogo. Carezco de palabras para explicarme con la debida claridad, pero trataré de darme a entender. La prohibición que V. S. aconseja no... puede hacerse...
—¿No sería impertinencia el preguntar?...
—Me expongo a que me desobedezca el muchacho.
—¿Es posible?
—Cierto. Sabe V. S., sin duda, cómo son las madres criollas con sus hijos, principalmente con el primogénito, como sucede en mi caso. El varón es la idolatría de Rosa. De tanto mimarle le tiene perdido, hecho un badulaque, un camueso, irrespetuoso con los mayores y desobediente conmigo. Su madre, sin embargo, se ha tragado que es un ángel, una paloma sin hiel; no cree nada malo de él, y no consiente que nadie, incluso yo, le toque a un pelo de la ropa. Por mí ya estaría en un barco de guerra aguantando chicote. Apuradamente, no le da el naipe para los estudios; y quiere la madre hacerle abogado, doctor de la Universidad, oidor de la Audiencia de Puerto Príncipe. ¡Qué sé yo cuánto más! En vano la digo que, con nuestro caudal y el título de Casa Gamboa que espero de un día a otro de Madrid, nuestro hijo no tiene necesidad de quebrarse la cabeza con los libros. Aunque no sepa ni el cristus, ha de hacer papel en el mundo. Pero ella está empeñada en hacerle hombre de letras menudas y se saldrá con ello, o... revienta. Yo le digo, primero que tu hijo llegue a abogado a doctor y oidor, tiene que hacerse Bachiller. Los exámenes son en abril, y el mozo, por seguir tras la mozuela, no abre un libro de derecho, no asiste a las clases. Luego, quisiéramos casarle, su madre y yo, este mismo año, con una señorita muy virtuosa y agraciada, hija de un paisano y antiguo amigo mío. Quizás sienta la cabeza y se dedica a la administración de nuestros cuantiosos bienes. Ya vamos para viejos mi mujer y yo, mañana o esotro día morimos los dos, que somos hijos de la muerte. ¿Quién entonces tomará el timón? El, que es hombre, no ninguna de sus hermanas, débiles mujeres y solteras aún. ¿Comprende ahora V. S. cuál no será nuestra desgracia si nuestro primogénito, el hijo que ha de llevar el nombre de la familia, el título de nobleza, la administración de los bienes, etc., no estudia, no se recibe de Bachiller, no se casa con la señorita con quien está comprometido, e infatuado con la Valdés se la echa de querida? Sin el auxilio de V. S., en estas circunstancias aflictivas, ¿qué serán de la paz y de la felicidad de mi familia?
—Pues hablara para mañana, señor don Cándido, exclamó el Alcalde. ¿Por qué no hizo uso Vd. de esos argumentos desde el principio? El último, sobre todo, no tiene réplica, lleva el convencimiento al ánimo más reacio y frío. Me doy por vencido, y desde este punto me tiene Vd. a sus órdenes. ¿Qué quiere Vd. que haga con la Valdés?
Extraña y honda impresión produjeron en el rico hacendado las últimas palabras del Alcalde. Parado y cariacontecido se quedó por largo rato, incapaz de bullir ni de hablar. ¿Qué le pasaba? Había realizado el objeto de su solicitud. ¿Qué más podía apetecer? ¿Se había arrepentido de la pretensión? ¿Empezaba a sentir el peso de la responsabilidad que se iba a echar encima? ¿Dudaba del buen éxito de la medida? ¿Sentía causarle gran pesar al hijo? ¿Hacerle grave injusticia a la moza? ¿Temía ahora al escándalo? No es fácil explicarlo. El mismo, si le hubiesen preguntado, no habría podido dar cuenta de sus sentimientos.
Como notase el Alcalde su perplejidad, repitió la anterior pregunta con mayor énfasis.
—No sé, respondió don Cándido a espacio; no sé verdaderamente. Lo que es en la cárcel... lo pensaría mucho. Sería demasiado para la pobre muchacha. Estaba pensando que en mi potrero de Hoyo Colorado... El Mayoral es casado, con hijos pequeños, y ese punto dista buen trecho; pero se ofrecen varias dificultades, grandes, insuperables. No, no, tal vez convendría más ponerla en el ingenio de un amigo mío que ya conoce a la chica y está enterado... Aquí cerca: en Jaimanita. El también es casado... entrado en años. Incapaz... ¿Qué cree V. S.?
—Yo no creo nada, señor don Cándido; Vd. es el que debe pensar y resolver. A mí me toca dar la orden de arresto tan luego como se me pida en toda forma.
—¿Qué quiere decir V. S. «con toda forma»?
—Quiero decir, espero que la parte interesada me presente la queja por escrito.
—¿Pues no ha oído V. S. mi queja en toda forma?
—No basta eso, es preciso reducirla a escrito.
—¿Y tendría que firmarse?
—Por supuesto.
—Que me emplumen si me había pasado por la mente que se exigían tantos requisitos... ¿No podría hacerse la cosa de otra manera, extrajudicialmente? Le tengo miedo a las formalidades judiciales.
—En esta clase de delitos no se puede proceder de oficio. Para que Vd. vea que deseo servirle, voy a indicarle un medio.
—Veamos. V. S. sabe de estas cosas más que yo.
—¿En qué barrio reside la Valdés?
—En el del Ángel.
—¿Conoce Vd. al Comisario?
—Sí, señor. Entiendo que es Cantalapiedra.
—El mismo. Ahora bien. Véale Vd., preséntele la queja y dígale que me pase un oficio comprensivo del caso. El sabe cómo se redactan esos documentos.
—Bien, le veré hoy mismo; ¿mas no habría modo de evitar que apareciera mi nombre?
—No importa, hombre, replicó O'Reilly casi enfadado. La cosa no pasará de nosotros tres. Al oficio le doy yo carpetazo apenas lo leo; al Comisario se le tapa la boca y se le estimula a obrar con discreción y celo poniéndole unas cuantas amarillas en la mano, y Vd., sabido se tiene que al buen callar llaman Sancho.
—Entiendo. ¿Dónde ponemos a la chica?
—Eso corre de mi cuenta. Será en un lugar donde no corra peligro su honestidad ni su persona, al mismo tiempo que esté segura y nadie pueda extraerla sin mi permiso, o el de Vd.
—No será en la cárcel.
—No, de seguro que ahí no.
—Menos en Paula.
—Tampoco en Paula, y por obvias razones. En fin, la pondré en las Recogidas, en el barrio de San Isidro, bien recomendada a la madre.
—Está bien. Ahí no entran mozuelos, supongo.
—No, que yo sepa. Tal vez uno que otro empleado. Ahora bien, ¿por cuánto tiempo se la encierra?
—Por seis meses.
—Corriente: por seis meses.
—A ver. Pienso que será mejor un año. Largo tiempo es; pero mi hijo no se recibirá de Bachiller hasta abril y no se casará hasta noviembre. Sí, por un año...
—Hecho. En cuanto a mí, concluyó diciendo el Alcalde con solemnidad, lo de menos es el término del encierro, lo demás es la sinrazón, la tropelía, la arbitrariedad que se comete con esa muchacha. Entiéndalo Vd., don Cándido, no hago esto por consideraciones a Vd., con cuya amistad me honro, hágolo por respeto a las frases finales de su anterior peroración, «por la paz y la felicidad de la familia», cosas para mí sagradas.
Capítulo VI
Querer estorbar el paso a dos que se quieren bien, es echarle leña al fuego y sentarse a verlo arder.
Canción popular
A pretexto de tener que sacar a cierto amigo de un compromiso de honor, logró Leonardo que su bonísima madre le hiciese un préstamo irredimible de cincuenta onzas de oro, de su caja particular.
Con este dinerillo se apresuró el joven a tomar en alquiler una pequeña casa en la calle de Las Damas, y con la misma premura se ocupó del ajuar. Nada olvidó; ni se hizo de las cosas que creyó necesarias en un solo establecimiento central, que no los había entonces en La Habana. Para ello visitó los baratillos de la Plaza Vieja; las ferreterías de la calle de Mercaderes; las hojalaterías de la de San Ignacio; las locerías de la de Riela o Muralla; una mueblería de segunda mano de la de San Isidro y otros más cercanos a su nueva casa.
Cosa extraña en verdad que este mozo, viva encarnación de la pereza, la volubilidad y el egoísmo, en un momento dado desplegase la actividad, la delicadeza, el tino y la inteligencia de la hacendosa y más consumada ama de llaves. Pero era que le movía una pasión desaforada y que le inspiraba la imagen hechicera de la joven cuya ruina había decidido en los recesos más oscuros de su corazón salaz.
Completados estos arreglos y altamente satisfecho de su obra, salió una tardecita del ventoso marzo, cerró la puerta, se metió la ponderosa llave de hierro en la faltriquera de la casaca, y a paso ligero, palpitándole el corazón más de lo usual, fue en busca del ave rara que decía adornar con su bello plumaje aquella jaula y convertirla en un paraíso con sus trinos de amor.
Pero en vez del ave rara, tras la cual corría en alas del deseo, se encontró con una especie de arpía, con Nemesia, parada y fría en medio de la sala de la casa, en el callejón de la Bomba, cual estatua de llorona en el cementerio. Reprimió él cuanto le fue dable su disgusto, y se esforzó en ser más amable y fino con la compañera y amiga de Cecilia.
—¿Qué dice mi mulata santa?, la preguntó haciéndola una rendida cortesía.
—Esta mulata no dice nada porque no es santa, contestó ella sin moverse.
—Entonces diré yo, agregó Leonardo risueño.
—El caballero puede decir lo que guste.
—¿Tienes tú hoy el moño tuerto?, preguntó el joven examinándole la cara de cerca.
—No más que ayer ni que otras veces.
—Nene, ésa es grilla, y si la pisan chilla. Tienes la cara más seria que un chico de especias.[58]
—Alabo la penetración del caballero.
—Sobre que pasa de castaño oscuro.
—No siempre está la marea para tafetanes. (Quiso decir la Magdalena).
—Habla, canta claro, mulata de mis culpas, añadió alto Leonardo para que le oyese Cecilia si estaba en el aposento inmediato. No me gustan los tapujos.
—Ni a mí tampoco, repuso Nemesia.
—En fin, Nene, si tu enfurruñamiento es conmigo, desembucha, desembucha. Mientras más pronto mejor, porque temo más tu enojo que a una espada desnuda.
—No se le conoce al caballero, pues hace lo que hace.
—¿Y qué hago yo?
—¿Me lo pregunta a mí? Meta la mano en su pecho.
—La meto hasta el codo y nada me revela, al menos contra ti.
—Contra mí no, contra Dios y la Virgen, que miran al caballero desde el cielo.
—¿Hablas de veras? Ni que hubiera yo cometido un gran pecado sin saberlo.
—Así parece cuando acabado de hacer lo que ha hecho, se presenta el caballero en esta casa tan fresco como si no hubiera rompido un plato.
—¿Pues no voy entrando en cuidado?
—Menos lo da a entender el caballero.
—Uno de los dos ha debido perder el juicio. Acabemos de una vez: llama a Celia.
—¿Qué la llame, eh?, exclamó Nemesia con sarcástica sonrisa. ¡Qué valor tiene el caballero!
—¿Se necesita de valor acaso para rogarte que llames a tu queridísima amiga?
—Para lo que se necesita de valor, de mucho valor, es para preguntar por Celia la persona que sabe donde está ella.
—¿Y yo lo sé mejor que tú? Vamos, doña Josefa o doña Nemesia, no me haga eso. Tú te burlas.
—Quien tiene la sangre como agua para chocolate no puede burlarse.
—Pues si no está aquí Celia, ¿dónde se halla? preguntó Leonardo verdaderamente alarmado.
—Le digo al caballero, repuso Nemesia enfadada, que yo no nací ayer, ni me mamo el dedo.
—Por Dios bendito, Nene, te juro que no sé de Celia desde hace cuatro días. ¿Se han peleado Vds.? ¿La ha mortificado tu hermano? ¡Ah! Dime, dime, por lo que más quieras en este mundo, ¿qué ha pasado entre Vds.? ¿Qué sabes tú?
Empezó Nemesia entonces a creer en la sinceridad de las palabras angustiosas del joven, y dijo llorando:
—No me hallaba presente, y me alegro ahora, porque no sé qué hubiera hecho yo para impedir que se llevaran a Celia.
—¡Qué se la llevaran! repitió Leonardo aterrado y colérico. ¿Quién ha podido llevársela contra su voluntad?
—Me se figura que ella del susto perdió las fuerzas.
—¡Susto! ¿Por qué? ¿De quién?
—Del Comisario.
—¿Qué tenía que ver el Comisario con Celia?
—Vino a prenderla.
—¿A prenderla sin haber cometido delito? No puede ser... ¡Ah! Aquí ha habido un engaño, una intriga, un complot infame para arrebatarme a mi Celia. Cuéntame lo sucedido, todo.
—No me hallaba presente, repitió, pero una mujer de la casa, que vio cómo pasó la cosa, me contó que ayer por la tarde entró de repente Cantalapiedra, preguntó por Celia, y en cuanto ella salió, le dijo que estaba presa, la cogió por un brazo, y sin más se la llevó para no se sabe donde.
—Lo extraño es que Celia se dejara prender sin defenderse, sin averiguar el motivo de la prisión. ¡Ni que hubiera estado ella de acuerdo y avisada! Cosa que me resisto a creer. ¡Ay del miserable esbirro que le puso la mano encima! ¿No sabes a donde la llevaron?
—Nada hemos podido averiguar yo y José Dolores. El Comisario se llevó a Celia en una volante.
—¡Qué intriga! Tan infame como audaz. Pero averiguaré la verdad, y sea el que fuere el autor del ultraje, me la pagará con las setenas.
Sin más, partió Leonardo a la carrera en busca del comisario Cantalapiedra, quien, según hemos dicho, vivía en el recuesto de la loma del Ángel, por el lado que mira a la Muralla. No se hallaba en casa, y la querida informó al joven que era posible estuviese en el palacio de Gobierno recibiendo órdenes.
Yendo, pues, Leonardo en esa dirección, ocurriole que, si Cecilia había sido presa por mandamiento del juez, no podían haberla conducido a otro lugar que a la cárcel (situada entonces en el ángulo sudoeste del palacio de la Capitanía General) y se detuvo delante de la reja.
Detrás de ella, mejor, en la jaula formada por las dos rejas de hierro, había de pie un hombre mal vestido y de peor catadura. A fin de obtener una respuesta categórica, se encaró con él Leonardo y le preguntó con aire y tono de autoridad:
—¿Sabe Vd. si han traído ayer presa a esta Real Cárcel a una muchacha blanca, bonita, vestida de luto...?
—No sé, contestó el hombre. Soy el segundo llavero y ayer no estaba de guardia. Vea el señor en el libro del Alcaide.
—La alcaidía está cerrada.
—Eso es que el Alcaide ha ido a manducar. Tendrá el señor que esperar hasta mañana. Porque yo sólo aguardo por el campanazo de la Fuerza para entregar la cárcel al oficial del retén y guiñarme.
—¿Quién es aquel negro que sostiene una viva conversación con otros presos en medio del patio?
—¿Cuál dice el señor? ¿El de la chupa blanca?
—Sí, ese mismo.
—A ése lo denominan Jaruco.
—¿Nombre supuesto, no?
—Pues, su nombre legítimo no es Jaruco, es pegado; pero asina se le puso en el libro y asina se denominará mientras esté en esta Real Cárcel. Dende antier entró en gayola. ¿Lo conoce el señor?
—Me parece que sí. Llámele Vd. a la reja, si no hay inconveniente.
—No hay embarazo, porque aunque está incomunicado, ya no tenemos bartolinas para tantos presos. ¡Eh de Jaruco! gritó el llavero desde su puesto.
Y repetida la palabra por otros presos en el mismo tono de voz, se acercó Jaruco; reconociéndose sin dificultad el amo y el esclavo. Entrole a éste tan fuerte temblor convulsivo, que tuvo que agarrarse con entrambas manos a la reja.
—Sumerced me eche la bendición, balbuceó anegado en lágrimas.
—¿Por qué lloras?, le preguntó Leonardo colérico.
—Lloro, niño Leonardito, recordando el mal rato que le habré dado a la familia con mi ausencia.
—¿Con tu ausencia, perro? Con tu fuga.
—Niño, yo no me huí. Mi salida de casa la víspera de Nochebuena tuvo por objeto asistir a un baile de la gente de color allá afuera. A la vuelta para la ciudad tuve una tragedia con un mulato. Fui herido en el pecho, me recogió un conocido en la calle y me llevó al cuarto en que vivía. Mientras me curaba se pasó el tiempo. Después me sucedió esta desgracia.
—¿Qué desgracia?
—La de esta prisión injusta. Todos los hombres estamos expuestos a un golpe de mala suerte.
—De mala suerte, no, de mala cabeza. Está visto, Dionisio, que ustedes los negros no quieren por bien sino por mal. Si mamá te hubiera despachado para el ingenio cuando hiciste aquella perrada de marras, no te verías ahora en la cárcel. ¿De qué delito te acusan?
—Todavía ignoro la causa de mi prisión, niño Leonardito.
—¿La ignoras, eh? ¿No será por la muerte de Tondá?
—Puede ser que me levanten ese falso testimonio, niño; porque quien está de mala se cae de sus pies y se mata. Hágase el cargo, niño, que yo estaba muy tranquilo, cosiendo zapatos en una zapatería de la calle de Manrique, cuando se presentó a la puerta el capitán Tondá. Desde que lo vi llegar conocí que venía a buscarme, y traté de escabullirme. Se apeó del caballo y me fui para él como si quisiera entregarme. A la puerta de la tienda había una volante parada y me escurrí por entre ella y la pared de la casa. Tondá me cayó atrás gritando:—¡Date, date! ¡Ataja! Tropezó con una piedra, cayó sobre el sable que llevaba desnudo y se hirió en la barriga. ¿Tuve la culpa de su muerte?
—¿Quién te prendió?
—El Capitán pedáneo de la Salud. Me cogió cuando yo salía para mi trabajo.
—Supongo que te dijo por qué te prendía.
—Ni palabra. Sólo me dijo que tenía orden de cogerme, vivo o muerto.
—En buena te has metido, Dionisio. Será mucho y darás gracias a Dios si de ésta escapas con el pellejo.
—Sea lo que Dios y la Virgen quieran. Fío en mi inocencia. ¿Pero no cree el niño que el amo y Señorita harán algo por mí?
—¿Hacer? Nada. No lo esperes. ¡Por cierto que te has portado decentemente con tus amos! Por ellos, por la familia toda, por ti mismo, Dionisio, será mejor que te tuerzan el pescuezo en el campo de la Punta. Con eso no volverás a insultar a las niñas blancas.
—¿Yo, niño yo he insultado a alguna niña blanca o de color? No, niño Leonardito, no tengo conciencia de haber insultado a ninguna.
—¿Y aquélla que fue la causa de tu riña con el mulato a la salida del baile?
—Yo no la insulté, niño. Por los huesos de mi madre que yo no le dije una mala palabra. Le pedí un minué, me dijo que estaba cansada y luego salió a bailar con José Dolores Pimienta. Me quejé a ella del desaire, tomó él su defensa, nos trabamos de palabras y nos batimos en la calle.
—Si te dejan hablar no te ahorcan. A otra cosa. ¿Sabes si han traído aquí presa a la misma joven de tu tragedia con Pimienta?
—Estoy seguro que no está aquí. Apenas pone un preso el pie en el patio, se publica y circula su nombre a gritos.
—Dios te proteja, Dionisio.
—Niño, por caridad, una palabra más. Recuerdo que debo entregar a su merced una prenda que le pertenece.
—¿Qué prenda? Acaba pronto, prontito.
—Tenía yo en la faltriquera, con la esperanza de entregárselo algún día, el reloj que Señorita le regaló a su merced el año pasado; pero me lo quitaron al entrar en esta cárcel. Debe de estar en manos del Alcaide.