LA LOMA DEL ANGEL (continued 5)
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Doña Rosa la recibió con los brazos abiertos; excepto Antonia, las hermanas de Leonardo con sinceras demostraciones de cariño; sobre todas. Adela la abrazó y besó repetidas veces. Era ésta la más joven, entusiasta y franca e Isabel la preferida de su hermano querido. Después de los saludos de costumbre y las quejas mutuas, juntas todas con las Gámez, llevando Leonardo, Meneses y Solfa cada uno dos mujeres del brazo, pasaron a la sala del ambigú, espléndidamente iluminada, al fondo del palacio. Eran muchos y no cabían en una sola mesa, por cuya razón ocuparon dos, aunque inmediata una de otra.
Señoras y caballeros tomaron gigote de pechuga de pavo, fiambre de esta ave, con rico jamón de Westfalia, algunos arroz y frijoles negros, ninguno vinos ni espíritus, todos café con leche para terminación de cena. Esta, conforme al precio usual de los platos pedidos en funciones semejantes, calculó Leonardo que no bajaría el costo de onza y media de oro, o veinticinco y medio duros, cuando menos. Deseoso de hacer alarde del dinero, sacando la bolsa de seda roja, preguntó al mozo blanco, que servía ambas mesas con destreza imponderable:
—¿Cuánto es?
—Nada, contestó el hombre con la misma brevedad, a tiempo que formaba en el brazo izquierdo una torre de porcelana con los platos y tazas.
—¿Cómo se entiende? repuso el joven asombrado. Pues ¿quién ha pagado por mí?
—Se conoce que Vd. no pertenece a la junta directiva, dijo el mozo con cierta impertinencia. La sociedad costea el ambigú de esta noche, y si yo fuese uno como hay muchos le hacía pasar a Vd. plaza de primo.
—¡Ah! exclamó Leonardo, corrido como una mona y no poco mortificado.
Se puso en pie murmurando:
—Estos mozos españoles son a veces demasiado impertinentes.
Si él oyó o no, es cosa que no se sabe, aunque por la mirada de través que le echó al joven, parece que resonó en sus oídos lo de español e impertinente. Bien quisieran Adela y Florencia Gámez tomar parte en la siguiente danza, la primera hasta se lo indicó a su hermano; mas él se sonrió distraídamente y no contestó palabra.
Entre tanto doña Rosa dispuso que las niñas, según se expresó, pasaran al camarín a recoger sus mantas de seda. Al mismo tiempo los tres jóvenes bajaron al entresuelo a reclamar sus sombreros y bastones respectivos; pero tanto aquí como en el camarín, ya se habían adelantado otras muchas personas en demanda de sus prendas; de suerte que antes que obtuvieran las suyas nuestros conocidos, se pasó algún tiempo. Después bajó Leonardo al portal para prevenir a su calesero que estuviese listo.
De este intervalo se aprovecharon las más jóvenes de las señoritas para acercarse a los sitios en que se había armado la danza última, que dicen es la que mejor acompañan los músicos. No faltó quien las invitara, y ellas, en son de marcha, se pusieron a bailar con más gusto que nunca. Doña Rosa, Isabel, Antonia, la señora de Gámez y la mayor de sus hijas se sentaron en grupo a esperar la hora de la partida.
Pasada era la una de la madrugada. Cuando Leonardo descendía las escaleras de piedra del palacio de la Filarmónica, lo primero que hirió sus oídos fue el repiqueteo de las espuelas de plata de los caleseros en las sonoras piedras del portal, bailando el zapateo al son del tiple cubano. Tocaba uno, bailaban dos, haciendo uno de ellos de mujer; y de los demás, quiénes batían las palmas de las manos, quiénes golpeaban la dura losa con los puños de plata de los látigos, sin perder el compás ni cometer la más mínima disonancia. Algunos de ellos cantaban las décimas de los campesinos, anunciando por esto, por el baile y por el tiple que todos ellos eran criollos.
Aún aquí se habían adelantado muchas familias que se retiraban del baile lo más temprano posible; y eran de oírse los apellidos de las más distinguidas de La Habana repetidos de boca en boca, como ecos en escala, por todos los caleseros:—¡Montalvo! gritaba una voz y Montalvo repetían veinte sucesivamente, hasta que se perdía a lo lejos o contestaba el llamado acercando el carruaje; en cuyo acto ocurrían algunos choques, no pocas peloteras entre los esclavos, más de un varapalo asestado por el dragón que mantenía el orden en la calle, todo esto acompañado del estallido de los látigos, del ruido de las ruedas, cual truenos lejanos, y de las patadas de los caballos en las chinas pelonas del pavimento. En medio de toda aquella batahola, no cesaba el clamor de los caleseros por el nombre de las familias a que pertenecían. A saber: ¡Peñalver! ¡Cárdenas! ¡O'Farril! ¡Fernandina! ¡Arcos! ¡Chacón! ¡Calvo! ¡Herrera! ¡Cadaval! repetido tantas veces cuantas era necesario para que llegara la palabra al calesero que se quería; el cual, después de todo, si no estaba a la cabeza de la fila que rodeaba la manzana, tenía que esperar a que le tocara su turno para mover el carruaje si no quería que el dragón de guardia le midiera las costillas con la vara de su lanza.
Apenas se pronunció el apellido de Gamboa, cesó el baile del zapateo, porque el tocador del agudo tiple no era otro que nuestro antiguo conocido Aponte. El triste esclavo se divertía al parecer con todas veras, o punteaba el instrumento primorosamente para distracción suya y de sus compañeros, porque pesaban sobre su espíritu, nada obtuso por cierto, dos amenazas terribles, la de su señorita por la tarde y la de su joven amo a las diez y media de la noche; y sabía, bien a su pesar, que ellos no olvidaban ni perdonaban faltas de sus esclavos. Pero si aquella era su suerte y no había remedio, ¿a qué apurarse ni afligirse anticipadamente? Así reflexionaba él, y así poco más o menos reflexionanban todos sus compañeros, a quienes Dios, en su santa merced, no había negado un alma pensante.
Acabada la junta de hacendados, don Joaquín Gómez puso su carruaje a la disposición de don Cándido Gamboa, para retirarse a su casa, como lo hizo, poco después de la media noche; con lo que éste pudo despachar el suyo a la familia en la Filarmónica, para que hiciera lo mismo cuando lo tuviera por conveniente. Mediante aquel refuerzo inesperado, las Gámez y su amiga Isabel pudieron trasladarse de una sola vez desde el baile a su morada a espaldas del convento de Santa Teresa, y enseguida la familia de Gamboa.
Metieron los caleseros sus respectivos quitrines en el zaguán, llevaron los caballos a la caballeriza en el traspatio, pusieron las monturas en sus burros, colgaron los arreos, libreas y sombreros en clavos fijos en la pared de un cuartucho; y por lo que hace a Aponte, acabado el trabajo, con la tarima a la espalda, cual Cristo con la cruz, volvía al zaguán para ver de descansar de las fatigas del día, durmiendo las pocas horas de la madrugada. Por entonces habían sonado las dos hacía rato en el reloj de la parroquia del Espíritu Santo. La luna menguante trasponía el tejado de la casa por el lado de la calle, cuya sombra ganaba la altura de la tapia divisoria entre ambos patios, de modo que reinaba oscuridad en el primero, aunque no tanta que no se viesen los bultos ni se reconociesen los rostros. De repente un hombre interceptó el paso de Aponte, quien levantó los ojos y vio que agitaba el látigo en la mano derecha. Se paró al instante, porque reconoció a su amo, el joven Gamboa.
—Suelta la tarima, le ordenó éste con voz bronca por la cólera; arrodíllate y quítate la camisa.
—Niño, ¿su merced me va a castigar? dijo el atribulado esclavo, ejecutando por parte lo que se le había ordenado.
—Vamos, despacha, agregó el amo acompañando a la vez el golpe, por la vía de apremio.
—Espere su merced, niño. ¿En qué le he faltado yo?
—¡Ah! ¡Perro! ¿Y me lo preguntas? ¿No te dije que te iba a castigar porque no me esperaste como te mandé, en la esquina del convento?
—Sí, señor, niño; pero yo no tuve la culpa.
—¿Pues quién la tuvo? Yo le probaré que cuando te mando una cosa la has de hacer o reventar.
Y sin más ni más empezaron a llover zurriagazos en las espaldas desnudas del infeliz esclavo. Se retorcía, porque los golpes los descargaba un brazo vigoroso, y decía:—Bueno está, mi amo (por basta). Por la niña Adela, mi amo. Por Señorita (como llamaban los criados a doña Rosa Sandoval de Gamboa), mi amito. Si yo pudiera decir la verdad, niño, su merced vería que no tuve yo la culpa. ¡Bueno está ya, niño Leonardito!
Pero aquella boca había callado, embargada por la cólera; aquel corazón se había vuelto de piedra; aquella alma había perdido el sentimiento; aquel brazo sólo parecía animado, de hierro, no se cansaba de descargar golpes. ¡Qué cansarse! los menudeaba cada vez con más furor, si no con más fuerza. Dormía ya don Cándido, cuando le despertaron asustados los estallidos del látigo y los lamentos del calesero.
—¿Qué es eso? preguntó a su esposa.
—Nada, Leonardo que castiga a Aponte.
—Pero ¡qué escándalo! ¿Qué horas son éstas de castigar a los criados? Di a ese muchacho de Barrabás que pare la mano, o por Dios bendito...
—Acuéstate y duerme, repitió la mujer. Aponte está muy perro y necesita un buen castigo.
—Sí, mas estoy seguro que esta vez no ha cometido falta. Véase qué pasada le han jugado a tu hijo y ahora se la paga el pobre mulato.
—Tú no sabes lo que hizo por la tarde a las muchachas en la calle de la Muralla.
—Será así, pero que pare el muchacho la mano o me levanto y le rompo una costilla como me llamo Cándido. ¿Hase visto mayor desvergüenza?
Claro vio doña Rosa que por poco que continuasen el vapuleo, los clamores y las protestas de inocencia del calesero, se levantaba don Cándido y hacía una de las suyas, pues a la natural rudeza de quien no había recibido educación, agregaba un carácter violento, se asomó al postigo de la ventana de su alcoba y dijo:—Leonardo, basta.
Esto fue lo suficiente. Bien que ya era tiempo de que el joven hubiese desfogado la cólera que le dominaba, o de que se le desmayase el vigor.
Después de eso, ¿cuál de los dos, la víctima o el verdugo, encontró primero reposo en la cama? Mejor dicho ¿qué pasaba por el alma del amo cuando se echó en la suya? ¿Qué por el alma del esclavo cuando se desplomó en la rígida tarima? Difícil es que lo expliquen los que no han sido una ni otra cosa, e imposible que lo entiendan en toda su fuerza, aquéllos que no han vivido jamás en un país de esclavos.
Capítulo VI
¡Hola! del bergantín. —¿Qué dirá?—¿Cómo se llama? —El Condenado.—¿De dónde procede? —De Sarrapatán.—¿Qué carga trae? —Sacos vacíos.—¿Cómo se llama el capitán? —Don Guindo Cerezo.
Escenas a la vista del Morro de la Habana.
Como es de suponer, a las nueve de la mañana del día después del baile en la Filarmónica, con dos excepciones, todo el mundo dormía en casa de Gamboa. Hablamos aquí del mundo de los amos, en cuyo número no entraban los ocho o nueve criados de la familia, porque éstos desde el amanecer debían estar en pie, desempeñando las obligaciones cotidianas, no embargante el cómo habían pasado la noche.
Don Cándido, a pesar del poco dormir y de los graves pensamientos que le ocupaban a consecuencia de lo ocurrido en la junta en casa de don Joaquín Gómez, se levantó temprano y salió a la calle a pie, por pura impaciencia de carácter.
Su esposa, algo más tarde, tomaba café con leche muellemente arrellanada en uno de los sillones del comedor.
No carecía de objeto el sentarse doña Rosa todas las mañanas en ese sitio. Registrábase desde allí el interior de la casa, y se veía si las lavanderas preparaban la lejía para el lavado de la ropa, o el brasero con carbón vegetal para el aplanchado desde temprano; si las costureras, en vez de ponerse a coser las esquifaciones, perdían el tiempo en conversaciones con los otros siervos; si los caleseros lavaban los carruajes, daban sebo y limpiaban las correas de las monturas; si Aponte volvía temprano o tarde de bañar los caballos, lo que probaba que había ido al muelle de Luz o a la Punta, más distante; si Pío, el anciano calesero de Gamboa, hacía zapatos de mujer en el zaguán para uso de las criadas de la casa y a veces hasta para las amas, al mismo tiempo que desempeñaba el oficio de portero, cuando no tenía que ponerle el carruaje a su amo; por último, si el cocinero, negro de aire aristocrático, bien hablado y racional, según dicen los esclavistas, había ido o no de madrugada al mercado inmediato de la Plaza Vieja, en busca de las vituallas y hortalizas que se le habían encargado la noche anterior.
Era éste el que más madrugaba en la casa. Debía hacer el fuego y preparar el café con leche, a fin de que Tirso y Dolores pudieran servirlo tan luego como despertaran los amos. No siempre despachaba el cocinero el mercado a la misma hora, ni en breve tiempo, aun cuando la Plaza Vieja distaba poco de la casa de Gamboa. En la madrugada de que hablamos ahora, por ejemplo, salió para allá demasiado temprano. Pero andando en esa dirección con el farolito en una mano, según estaba mandado por las Ordenanzas municipales desde los tiempos de Someruelos, y un canasto en la otra, sonó el cañonazo de las cuatro, el capitán de llaves abrió las puertas de la muralla y al silencio mortal de la ciudad se sucedieron el tumulto y toda clase de ruidos tan disonantes como desapacibles.
A la vuelta del mercado había siempre ajuste de cuentas del cocinero con su ama, regaños y amenazas de castigo por el precio de las carnes, por su calidad y aun peso; porque en vez de pollos trajo gallinas, por la hortaliza, pues en vez de habichuelas trajo guisantes, y berros por lechuga, o viceversa. Porque es condición del esclavo no acertar nunca a complacer a sus amos. Para doña Rosa, en suma, siempre había motivo de queja; su cocinero pecaba a menudo por torpe, por malicia o por descuido.
—Dionisio, ¿no te encargué pollos tiernos? decía ella levantando del canasto el par de aves atadas fuertemente por los pies, ¿por qué me has traído gallinas? Tu amo no come sino pollos.
—Son pollonas, señorita, contestaba el cocinero; lo que tiene es que están gordas y parecen gallinas hechas. También no se encuentran pollos en la plaza.
—No me vengas con esas, Dionisio, que no soy boba ni nací ayer. Si tú sabes mucho, yo sé más. Vamos, ¿cuánto te costaron?
—Dos pesos, señorita. Las aves están caras ahora.
—¡Ave María Purísima! ¿A que se las compraste a tu carabela, la negra lucumí más carera de la plaza?
—No, señorita, se las compré a un placero del campo. Mírelas su merced bien, todavía tienen las plumas sucias de tierra colorada.
—Esa no es prueba, Dionisio, porque bien pudo tu comadre dejarles la tierra para hacer creer que eran frescas del campo, y no de segunda mano.
—Señorita, la morena de los pollos no es mi comadre ni mi carabela tampoco. Ella es de nación.
—Yo sé lo que me digo, Dionisio, y no vengas tú a corregirme la plana. Si tú tienes leyes, yo sé a dónde se enderezan a los doctores como tú. Ahí está la maestranza de artillería[33] ahí está el Vedado.[34] No cuesta nada un curso de derecho en esos lugares. ¡Eh! Conque ande Vd. listo, taita Dionisio. Lo que no quiero es que Vd. se festeje ni festeje a sus comadres con mi dinero.
Al buen callar llaman Sancho, y por dolorosa experiencia de largos treinta años de esclavitud, sabía bien Dionisio que debía guardar silencio desde el punto en que sus amos empezaban a tratarle de Vd. Aquella era señal segura de que subía la marea de la cólera. Se aproximaba la tempestad y en breve estallaría el rayo. En tal virtud, el cocinero recogió a toda prisa los avíos de la comida y se refugió en su cocina, como buen piloto que busca abrigo temporal en el primer puerto que le depara el cielo.
Este esclavo había nacido y se había criado en Jaruco, en el palacio de los condes de ese título. Sabía leer y escribir casi por intuición, dones adquiridos que le revestían de mérito extraordinario a los ojos de sus compañeros de esclavitud, mucho más ignorantes que él, en general, bajo esos respectos. Era aficionadísimo al baile, gran bailador de minué, que aprendió en las suntuosas fiestas de sus amos, pues en su calidad de paje, que fue su empleo primitivo, siempre estaba en contacto con ellos; y allí conoció a la después Condesa de Merlín, a varios Capitanes Generales, al primer conde de Barreto y a otras notabilidades de Cuba, de España y del extranjero, por ejemplo, a Luis Felipe de Orleans, después rey de los franceses.
A poder de tiempo, de industria y de economía, viviendo entre gente rica y rumbosa, que visitaban personajes notables, logró Dionisio reunir dinero suficiente para coartarse, quiere decir, para fijar el precio en que se le vendería, si lo vendían, dando a su amo diez y ocho onzas de oro, o 306 duros. Sacáronle, sin embargo, a remate junto con otros varios esclavos, por ante el Escribano público don José Salinas, a la muerte del Conde, para cubrir las grandes costas que ocasionaron su testamentaría y división de bienes. La habilidad de Dionisio en la cocina y la repostería, a que le aplicaron apenas llegó a la virilidad, le daba más valor en el mercado que a los otros esclavos sin oficio; de consiguiente, la coartación sólo le sirvió para que le vendieran en 500 pesos, en vez de los 800 en que le estimó el amo cuando le aceptó la suma arriba mencionada. En el lote, don Cándido le obtuvo por menos de los 500 pesos en que quedó coartado, aunque él no fue el mejor postor; pero supo untarle en tiempo la mano al oficial de causas, y no aparecieron las otras pujas. De dos graves faltas adolecía Dionisio, graves por su triste condición: era la una su afición a las mujeres; la otra ya se ha dicho, su afición al baile propio de los blancos.
Dadas las 9 de la mañana, entró don Cándido Gamboa por el zaguán de su casa. Parecía cariacontecido, cansado y sudoso, no ya por el calor, que no dejaba de sentirse, aunque estábamos a fines de octubre, sino por la agitación de las primeras horas del día y los pensamientos que ocupaban su espíritu. Sin reparar en su esposa, que inquieta le aguardaba junto a la mesa del comedor, puesta ya para el almuerzo por el ágil Tirso, de la calle pasó derecho al escritorio, donde estaba el Mayordomo don Melitón Reventos encaramado en el banquillo, con la pluma detrás de la oreja y de codos en la carpeta, meditando sobre un pliego de papel español, escrito en renglones desiguales, a manera de versos de arte mayor, que tenía delante.
—¿Qué hace? le preguntó entrando don Cándido, sin darle los buenos días, acaso porque aquél era uno de los peores de su vida.
—Hacía el apunte de los efectos que ordena el Mayordomo de La Tinaja para la próxima molienda, y miraba si se me había escapado algo. El patrón Sierra estuvo aquí y dijo que salía...
—Deje Vd. eso de la mano, que no precisa, y vamos a lo que importa. Reventos, ahora mismo se pone Vd. la chaqueta y se va corriendito al baratillo de Suárez Argudín en el portal del Rosario, y recoge Vd. cuantas camisas de listado y pantalones de rusia tenga hechos, y le dice Vd. que los cargue en cuenta. Probable es que no tenga cuanto se necesita, 400 mudas; pero él puede completar el número en los otros baratillos de los paisanos. Mas en caso que ni así se consigan todas, 300, 250, 200, las que se puedan... ¿Qué remedio? Si no salvamos tantos, salvamos cuantos.
—¿Cuántos qué? preguntó Reventos, demasiado curioso para dejarlo para luego.
—Bultos, hombre, bultos, repuso brevente don Cándido. ¿No sabe Vd. que ha llegado el Veloz?
—¿Sí? A fe que no lo sabía.
—Pues ha llegado, mejor dicho, lo han traído al puerto. El número fijo a bordo no se sabe todavía. Las escotillas están clavadas, y dice el Capitán Carricarte que, aunque embarcó sobre 500, con el largo viaje y la atroz caza que le han dado los ingleses, se le han muerto algunos y tenido que echar al agua... muchos, vamos, la broza por fortuna. ¿Está Vd.? Ahora bien, tome las mudas de ropa, forme tres o cuatro líos, según; los conduce Vd. en un carretón al muelle de Caballería, frente a Casa Blanca, y se los entrega al patrón del guadaño Flor de Regla. Vd. le conoce. Bien, le entrega Vd. todo, que él está ya avisado y sabe a dónde ha de llevarse eso. Vd. le acompaña, pues que conoce al contador. ¡Eh! conque al avío. Se le guardará a Vd. el almuerzo si no da la vuelta en tiempo. De cualquier modo, la ropa debe estar a bordo antes de las once. ¿Lo oye Vd.?
El Mayodomo ido, de seguidas entró doña Rosa en el escritorio. Se paseaba su marido arriba y abajo agitado; mas al verla se detuvo por un instante esperando la pregunta, que, en efecto, no tardó ella en dirigirle:—¿Qué ocurre, Gamboa? Ahí va Reventos que se desnuca y tú aquí inquieto. Di, por caridad, ¿qué pasa?
—Lo de siempre, hija; que si seguimos como vamos, todavía los pícaros de los ingleses han de causar la ruina de este hermoso florón de S. M. C. el rey, que Dios guarde.
—No me digas.
—Como lo oyes, porque si los ingleses no nos dejan importar los brazos que nos hacen tan suma falta, no sé con qué ni cómo vamos a elaborar el azúcar. Sí, esto se lo lleva Barrabás, no me canso de decirlo.
—Tal es mi tema, Cándido; pero al grano.
—Al grano. Esta mañana a las siete señaló el Morro buque inglés de guerra a sotavento. Nos hallábamos en el muelle varios: Gómez, Azopardo, Samá, en fin, casi todos los de la junta de anoche. A poco el Morro señaló presa y media hora después se presentó en la boca del puerto la corbeta inglesa Perla, su comandante el Lord Pege o Pegete, según nos dijeron después los que desde la Punta oyeron la contestación que dio el práctico al vigía de señales.[35] ¿Cuál te figuras que era la presa?
—¿El bergantín Veloz?
—El mismo, Rosa; con casi todo el cargamento a bordo.
—Luego se ha salvado el cargamento. ¡Qué bueno!
—¿Salvado? repitió don Cándido con amargo acento. Pluguiera a Dios. Desde el punto que nuestro bello bergantín entra aquí como presa...
—Están perdido barco y cargamento, ¿no? ¡Sería una gran desgracia!
—Lo que es perderse todo no será si los que estamos interesados en la salvación de una cosa y otra no nos dormimos en las pajas. Por lo pronto, los pasos que se han dado y que se darán más adelante nos hacen abrigar la esperanza de que cuando no todos los bultos, al menos las dos terceras partes lograremos arrancarlos de las garras de los ingleses. ¿Has de creer, Rosa, que a veces se me figura que más dolor me causaría la pérdida del bergantín que la del cargamento, aunque es el más valioso de cuantos ha traído del África, según la factura del Capitán Carricarte? Pues no te quepa duda ninguna. Con mi bergantín se pueden traer con seguridad y en corto tiempo no uno, sino varios cargamentos, y no hay muchos como él. Habrá tres años que se lo compré a Didier, de Baltimore, y ya ha dado cuatro viajes felices al África. Este era el quinto viaje y ya me he reembolsado tres veces de su costo. Admírate, Rosa, salió de Casa Blanca... ¿te acuerdas? a mediados de julio y a los cuatro meses no cabales ha dado la vuelta. Eso se llama andar. ¿Quién negará ahora que es el más velero de cuantos se emplean en la carrera al presente? Ahí están el Feliz, de Zuaznávar; la Vencedora, de Abarzusa; la Venus, de Martínez; la Nueva Amable Salomé de Carballo; el Veterano de Gómez, y muchos otros de fama. ¿Qué son en comparación de mi Veloz? Potalas, urcas. Sí, sentiría mucho perderlo; no por el dinero, aunque no son un grano de anís los diez mil pesos que di por él, sino porque difícilmente se construye buque de más pies.
—¡Ah! Cándido, no te hagas ilusiones. Tú y tus amigos abrigan esperanzas, yo no. Cuando los ingleses agarran, no sueltan, tenlo por seguro. Cada vez me parecen más odiosos esos judíos protestantes. Vea Vd. ¿quién los mete en lo que no les va ni les viene? Yo me hago los sesos agua y no atino a comprender por qué se ha de oponer Inglaterra a que nosotros traigamos salvajes de Guinea. ¿Por qué no se opone también a que se traiga de España aceite, pasas y vinos? Pues hallo más humanitario traer salvajes para convertirlos en cristianos y hombres que vinos y esas cosas que sólo sirven para satisfacer la gula y los vicios.
—Rosa, los enemigos de nuestra prosperidad, quiero decir, los ingleses, no entienden esa filosofía, no la quieren entender tampoco; de otra manera tendrían más miramientos con nosotros los vasallos de una nación amiga y en otro tiempo aliada de la suya. Pero yo no les echo toda la culpa a ellos, a quienes culpo principalmente es a los que aconsejaron a nuestro augusto soberano don Fernando VII celebrar el tratado de 1817 con Inglaterra. Aquí está el mal. Por la miserable suma de 500,000 libras esterlinas los indiscretos consejeros del mejor de los monarcas concedieron a la pérfida Albión el derecho de visita de nuestros buques mercantes y de insultar, como insulta un día con otro, impunemente, el sagrado pabellón de la que no ha mucho fue señora de los mares y dueña de dos mundos. ¡Qué vergüenza! No sé cómo toleramos... Mas al caso, Rosa. Como te decía, la llamada repentina de Gómez ayer tardecita tuvo por objeto oír la historia de lo ocurrido con el Veloz, de boca del capitán Carricarte, que llegó a revienta cinchas del Mariel, y ver lo que se hacía por si era posible jugarle una buena a los ingleses; porque tú sabes que, hecha la ley, hecha la trampa. Cuando llegué a casa de Gómez, que serían cerca de las ocho...
—¿Cómo así? le interrumpió su mujer. Tú saliste de acá antes de las siete. ¿En qué te demoraste? ¿Cómo echaste más de una hora en ir a casa de Gómez?
—No me demoré en ninguna parte, no; repuso el marido, visiblemente embarazado. ¿Dije que serían cerca de las ocho? Pues cuenta que quise decir poco después de las siete, a las siete y cuarto, a las siete y media... La hora precisa no importa.
Parecía que no importaba; pero no dejó de llamar la atención de doña Rosa, que, yendo en carruaje su marido, para trasladarse de la esquina de la calle de San Ignacio y Luz, donde vivía, al extremo de la de Cuba, hacia el norte, donde se celebró la reunión, echase una hora, cuando esta distancia puede recorrerse a pie en la mitad de ese tiempo descansadamente. Natural fue que Doña Rosa, que parece no las tenía todas consigo, en tratándose de la lealtad conyugal de su marido, se callase, es cierto, mas a todas luces perdió el entusiasmo, y con éste el interés en lo que pensaba hacerse para salvar la presa y su cargamento. Advirtiéndolo don Cándido, pues harto conocía a su mujer, diose una palmada en la frente y dijo:
—¡Tate! me dilaté porque tuve que ver si Madrazo, el cual vive frente a Santa Catalina, era o no de la junta o le habían avisado. El Capitán Miranda puede decir la hora a que llegué a casa de Gómez. Esa fue la única parada que hice en el camino. Pío también es testigo. Vamos ahora al caso. Como te decía, cuando llegué a casa de Gómez, que tú sabes está allá lejos, frente a la muralla, encontré toda la gente reunida. Madrazo fue conmigo, Mañero entró después. Samá, Martiartu, Abrisqueta, Suárez Argudín y La Hera, sobrino de Lombillo, porque el tío había ido de carrera a su cafetal La Tentativa en la Puerta de la Güira; Martínez, Carballo, Azopardo y otros varios que, si bien no inmediatamente interesados en el cargamento del Veloz, como principales importadores que son de esclavos, deseaban informarse a fondo de lo ocurrido en el Mariel y de cómo nosotros pensábamos sacar el caballo del atolladero. Carricarte se mudaba de ropa en los entresuelos de la casa de Gómez, y bajó así que todos estábamos reunidos. Formábamos una corte regular en la sala baja. Depositó el Capitán unos papeles en la mesa del centro, y luego, sin más ceremonia, comenzó la relación de lo que le había pasado desde las costas de África hasta las de nuestra Isla. Dice que desde que salió de Gallinas, a fines de setiembre, navegó de bolina y mar bonancible hasta reconocer a Puerto Rico. Allí, sin embargo, una vela sospechosa por sotavento le hizo variar de rumbo. Durante la noche, siempre con viento fresco, volvió a su derrota, esperando avistar el Pan de Matanzas el día siguiente por la tarde. Hacia el oscurecer, en efecto, le avistó; pero la misma vela de antes se le presentó en lo más estrecho del canal de Bahama, empezando desde luego la caza. Dice Carricarte que su primera intención fue entrar en Arcos de Canasí. No fue posible: el crucero inglés, porque resultó serlo, como que llevaba la línea recta y más inmediata a la costa de Cuba, a pesar de los buenos pies del bergantín, siempre se presentaba a su costado, mayormente a la altura de las Tetas de Camarioca. Cerró la noche de nuevo, el Veloz se hizo mar a fuera y luego viró con ánimo de meterse en Cojímar, en Jaimanitas, en Banes, en el Mariel, en Cabañas, en el primer puerto sobre el cual le amaneciese. Aflojó el viento, por desgracia el terral le fue contrario, así que, cuando tornó a dar vista a la tierra, ya asomaba el sol y el crucero amagaba ganarle el barlovento. Vio entonces Carricarte que no podía escapar sino a milagros, por lo que resolvió jugar el todo por el todo. Dio orden, pues, de despejar el puente, a fin de facilitar la maniobra y aligerar el buque lo que se pudiese, y como lo dijo lo hizo. En un santiamén fueron al mar los cascos del agua de repuesto, no poca jarcia y los fardos que había sobre cubierta...
—¿Los bozales quieres decir? ¡Qué horror! exclamó doña Rosa, llevándose ambas manos a la cabeza.
—Pues es claro, continuó Gamboa imperturbable. ¿Tú no ves que por salvar 80 ó 100 fardos iba a exponer su libertad el Capitán, la de la marinería y la del resto del cargamento, que era triple mayor en número? El obró arreglado a sus instrucciones: salvar el barco y los papeles a toda costa. Además, había que despejar el puente y aligerar, como te he dicho. No había tiempo que perder. ¡Pues no faltaba otra cosa! Eso sí, dice Carricarte, y yo lo creo, porque él es mozo honrado y a carta cabal, que en la hora del mayor peligro sólo tenía sobre cubierta los muy enfermos, los enclenques, aquéllos que de todos modos morirían, mucho más pronto si los volvían al sollado donde estaban como sardinas, porque fue preciso clavar las escotillas.
—¡Las escotillas! repitió doña Rosa. Es decir, las tapas de la bodega del buque. De manera que los de abajo a estas horas han muerto sofocados. ¡Pobrecitos!
—¡Ca! dijo don Cándido con el más exquisito desprecio. Nada de eso, mujer. Sobre que voy creyendo que tú te has figurado que los sacos de carbón sienten y padecen como nosotros. No hay tal. Vamos, dime, ¿cómo viven allá en su tierra? En cuevas o pantanos. Y ¿qué aire respiran en esos lugares? Ninguno, o aire mefítico. ¿Y sabes cómo vienen? Barajados, quiere decir, sentados uno dentro de las piernas de otro, en dos hileras sucesivas, cosa de dejar calle en el medio y poder pasarles el alimento y el agua. Y no se mueren por eso. A casi todos hay que ponerles grillos, y a no pocos es fuerza meterlos en barras.
—¿Qué son barras, Cándido?
—¡Toma! ¿Ahora te desayunas? El cepo, mujer.
—No me quedaba que oír.
—A todo esto y mucho más da lugar la persecución arbitraria de los ingleses. El único sentimiento de Carricarte ahora es que con el afán y la precipitación de limpiar el puente, echaron al agua los marineros una muleque de 12 años, muy graciosa, que ya repetía palabras en español y que le dio el rey de Gotto a cambio de un cuñete de salchichas de Vich y dos muleques de 7 a 8 años que le regaló la reina del propio lugar por un pan de azúcar y una caja de té para su mesa privada.
—¡Ángeles de Dios! volvió a exclamar doña Rosa sin poder contenerse. Y reflexionando que acaso no estaban bautizados, añadió: de todos modos, esas almas...
—Y dale con creer que los fardos de África tienen alma y que son ángeles. Esas son blasfemias, Rosa; la interrumpió el marido con brusquedad. Pues de ahí nace el error de ciertas gentes... Cuando el mundo se persuada que los negros son animales y no hombres, entonces acabará uno de los motivos que alegan los ingleses para perseguir la trata de África. Cosa semejante ocurre en España con el tabaco: prohíben su tráfico, y los que viven de eso, cuando se ven apurados por los carabineros, sueltan la carga y escapan con el pellejo y el caballo. ¿Crees tú que el tabaco tiene alma? Hazte cuenta que no hay diferencia entre un tercio y un negro, al menos en cuanto a sentir.
No había similitud ninguna en el ejemplo aducido, tampoco tiempo para discutir, porque en aquella sazón se presentó Tirso en la puerta del escritorio y dijo que el almuerzo estaba listo. Eran las diez y media de la mañana; por donde se ve claro que la conversación de don Cándido con su mujer había durado largo tiempo; y, sin embargo, no le había dicho los medios de que pensaba valerse para arrancar el Veloz y la mayor parte de la carga, compuesta de seres humanos, diga él lo que quiera, de las garras de los testarudos ingleses.
Capítulo VII
"Por lo cual deberían poner tasa los magistrados, a quien toca, a la codicia de los mercaderes, que ha introducido en Europa, y no menos en estas Indias, caudalosísimos empleos de esclavos, en tanto grado, que se sustentan de irlos a traer de sus tierras, ya por engaño, ya por fuerza, como quien va a caza de conejos o perdices, y los trajinan de unos puertos a otros como holandas o cariseas."
Fr. Alonso de Sandoval
Paseábase don Cándido Gamboa largo rato hacía en su escritorio, después de levantado el mantel del almuerzo, cuando entró su Mayordomo don Melitón Reventos. Venía con la cara hecha un ascua por el calor del día, las carreras desde temprano, y la satisfacción que experimentaba y que se le conocía por encima del pelo de la ropa. De modo que, advirtiéndolo el amo, paró los paseos, se quitó el tabaco de la boca y se apoyó de espaldas contra la carpeta, a fin de escuchar a sus anchas la relación de las diligencias practicadas en los baratillos y el puerto. Hasta doña Rosa, cuyo interés en el asunto cedía tan sólo ante el de su marido, acudió ganosa al escritorio; y entre los tres personajes tuvo lugar la siguiente escena.
No venía, sin embargo, dispuesto don Melitón a satisfacer de plano la ansiedad de sus señores. Creía, por el contrario, que acababa de vencer una gran dificultad, mas que había alcanzado una hazaña; y, como hombre de poco seso, se daba importancia inmerecida. Después de ir y venir arriba y abajo del escritorio recogiendo papeles, arreglando las plumas de ave en el tintero, abriendo y cerrando gavetas, se volvió para don Cándido y su esposa, que seguían sus movimientos, no poco disgustados, y dijo:
—¡Qué calor! ¿eh?
Ninguno de sus oyentes le replicó palabra, y él continuó muy satisfecho:
—Vea Vd. en Gijón. Por este mismo tiempo empieza a soplar un airecillo, que ya... Es preciso abrigarse, so pena de coger un costipado...pero esta Isla se ha hecho para los negros. Bien pudo el señor don Cristóbal haberla descubierto en otra parte, donde no hubiese tanto calor. Porque, pongo por caso, llega aquí un mozo de Castilla, o de Santander, llega robusto, con unos cachetes que parecen dos cerezas, vamos, rozagante, fuerte como un toro, y en menos de seis meses, si escapa con vida del vómito,[36] se queda escueto y desmazalado por el resto de su vida. ¡Qué tierra ésta! Sí, ¡digo a Vd. que es ésta mucha tierra!
En estos momentos sus ojos tropezaron con los de don Cándido y doña Rosa que le miraban de hito en hito, y, cual si volviera en su acuerdo, agregó en diferente tono:
—Pues, señor, me parece, sí, me parece que todo ha salido a pedir de boca.
—¡Acabáramos! dijo don Cándido respirando fuerte.
—Allá iba, prosiguió don Melitón, respondiendo antes a la intención que a la palabra de Gamboa. Allá iba, pero Vd. me conoce, señor don Cándido, y sabe que yo no soy escopeta catalana.
—No tiene Vd. que repetirlo, replicó don Cándido con énfasis.
—Al caso, terció doña Rosa en tono blando, pues conoció que iba a armarse una disputa interminable.
—Al caso, repitió el Mayordomo, entonces más en caja. Pues como decía, ha salido la cosa mejor de lo que esperábamos. Marché, ¿qué digo? partí como una saeta para el portal del Rosario y me entré de rondón en el baratillo de don José a pesar que el mozo de las vidrieras, en el portal, lo mismo que los otros dos detrás de los mostradores dentro, creyendo que iba a comprarles la tienda en peso, me tira éste del brazo, aquél de la chaqueta... Vd. sabe que ellos son bromistas y más pillos, que ya...
—Lo que sé, repuso don Cándido molesto, es que Vd. gasta una pachorra...
—Pues decía, continuó como si no hubiese oído a su amo, que me costó algún trabajillo deshacerme de esos bellacos. ¿Dónde está don José? pregunté a don Liberato. Quiero ver a don José. Traigo un recado urgente para él. ¡Chite! me dijo el mozo; ahora está muy entretenido para que Vd. le vea. Venga acá, y me llevó por la mano a la puerta del patio, y agregó:—Véale. En efecto, muy acicalado estaba y arrimadito a la pared, en interesante conversación por señas y medias palabras, con la sombra de una mujer que se entreveía a través de las persianas del balcón en el principal de la casa. Sólo vi dos ojazos como dos carbones encendidos y la punta de unos deditos de rosa asomándose de cuando en cuando por entre los listoncillos verdes. ¿Qué significa eso? pregunté a don Liberato. ¿No lo entiende Vd.? me contestó. Nuestro don José que se aprovecha de la ausencia del paisano y amigo en el campo para camelarle la hermosa dama.
Don Cándido y doña Rosa cambiaron una mirada de inteligencia y de asombro, y el primero dijo:
—Don Melitón de mis culpas ¿qué tenemos que hacer nosotros con un cuento con todos los visos de calumnia?
—¡Calumnia! repitió el Mayordomo serio. Pluguiera al cielo. Nada de eso; ya verá Vd. mis trabajos, ya. No se puede negar que es el más buen mozo que ha salido de Asturias. Y su pico de oro, porque sabe hablar, que ya... Es cosa notoria que ahora años, cuando el sistema constitucional, le comparaban con el divino Argüelles, y una vez le pasearon en triunfo en esos mismos portales de la Plaza Vieja. Y, con perdón de la señora doña Rosa, todo eso le peta mucho a las mujeres, y la Gabriela que es joven y bella... ya, ya. La intención, las ausencias del marido, las galanterías, el diablo que nunca duerme...
—Don Melitón, saltó otra vez Gamboa muy molesto, ¿de quién nos habla Vd.?
—¡Toma! Pues creía que me estaba Vd. atento. Le hablo de don José, mi paisano, y de la Gabriela Arenas. No parece hija del país por lo blanca y rosada.
Doña Rosa, que era criolla y que no lo tenía a menos, se sonrió al oír la grosería de su Mayordomo, el cual prosiguió:
—Pues el señor don José ni me hizo caso, sino que le dijo de muy mal humor a don Liberato:—despache Vd. a ese mozo y no permita que me molesten. Al punto nos pusimos a revolver los entrepaños y las cajas, y con mucho trabajo conseguimos tres líos de mudas de ropa, de 50 pares cada uno. No era bastante. Corrí al baratillo de Mañero, donde sólo había 30 mudas. Sabe Vd. que por esta época empiezan las refacciones de los ingenios, según se dice aquí. Los que se proveen por tierra, se adelantan hasta dos meses. Las carretas echan semanas en andar cualquier distancia, con que escasea la ropa hecha de los esclavos. Pues como decía, del baratillo de Mañero pasé al del vizcaíno ese... Martiartu, donde Aldama estuvo de mozo. Ahí conseguí 60 mudas más, y por no perder tiempo y porque juzgué que serían suficientes, llamé a un carretonero, cargué con todos los bultos y andando, andando para el muelle de Caballería, hice cinco líos, los até con unos cordeles, y al avío... Pero cate Vd. que al pasar por delante de la casilla del resguardo, sale el hombre y detiene la mula por la brida.—¿Cómo se entiende? ¿Qué hace Vd.? le grité encolerizado.—Se entiende, me dijo él con mucha sorna, que si Vd. no trae guía, para embarcar estos efectos, yo no los dejo pasar.—Guía, guía, le dije. ¿Para qué diablos ese requisito? Estos líos no son para embarcar a ninguna parte. Son esquifaciones.—Sean lo que fueren, prosiguió el hombre sin soltar la presa. La guía al canto o no hay paso.—¿Qué quería Vd. que hiciera en semejante aprieto? Eran pasadas las once. Ya había oído yo el reloj de la Aduana. Me registré los bolsillos, encontré un dobloncejo de a dos, le saqué, se lo puse en la mano al carabinero, diciéndole: Vaya la guía, hombre; y sin más ni más soltó las bridas y dio paso franco. La cara del rey posee magia.
—Eso es, dijo don Cándido en tono de aprobación.
—Pues es claro, añadió el Mayordomo satisfecho. Para ciertas gentes no hay mejor lenguaje. Mas aquí no pararon mis trabajos. Llegados al muelle, allí estaba el botero. ¿Sabe Vd. que el hombre es listo? En un santiamén descargamos el carretón y luego dimos con los líos en el bote. Tomé el timón bajo la carroza, y a viaje. Viramos, y en poco más que lo cuento nos pusimos en Casa Blanca, a vela y remo. Opuesto estaba el famoso bergantín sobre las anclas y con la proa para Regla, tan ufano y orgulloso cual si libre cortara las aguas del océano y no se hallara cautivo de los perros ingleses. En la cubierta se paseaban varios soldados de marina; algunos de los cuales me pareció que no era de los nuestros; pero alcancé a ver el cocinero Felipillo hacia popa, quien no tardó en conocerme y hacerme señas de que no atracara por el costado de estribor, sino por el de babor, hacia la parte de tierra. Así se hizo, corriendo a un largo la vuelta de Triscornia y luego virando por redondo a ganar la popa del bergantín, bajo la cual nos acoramos, y como quien no quiere la cosa, bonitamente fuimos metiendo lío tras lío por un ventanillo, donde el cocinero los recibía con toda seguridad.
—¡Vamos! exclamó don Cándido en un arranque de entusiasmo, rarísimo en sujeto tan grave. Esa sí que estuvo buena. ¡Magnífico!, don Melitón. Ya se puede dar por seguro que al menos se salvará una buena parte del cargamento y habrá para cubrir los gastos. No todo se ha perdido. Hecho, hecho.
Bien quisiera doña Rosa participar de la alegría y entusiasmo de su marido; pero sucedía que ella no entendía jota del bien que pudiera traer a la salvación del cargamento del bergantín Veloz, el hecho de haber introducido a hurtadillas por un ventanillo de popa, las mudas de ropa nueva compradas por don Melitón en los baratillos de los portales de la Plaza Vieja. Así es que se contentó con mirar primero a uno y luego al otro de sus interlocutores, como si les pidiera una explicación. Entendiolo así Gamboa, porque continuó con la misma animación:
—Ciego el que no ve en día tan claro. Rosa, ¿no comprendes que si vestimos de limpio los bultos pueden pasar por ladinos, venidos de... de Puerto Rico, de cualquier parte, menos de África? ¿Estás? No todo se ha de decir. Estos son secretos... porque... hecha la ley, hecha la trampa. Reventos, agregó con volubilidad, que le den de almorzar. Rosa, a Tirso que le sirva el almuerzo... Debe traer hambre canina, y además, quizás tenga que volver a salir. Por lo que a mí toca, a la una debo estar en casa de Gómez, quien me espera en compañía de Madrazo, de Mañero... Vaya (empujando suavemente por el hombro a su Mayordomo), despache.
—Corriendito, contestó él. No necesito que me rueguen. Apuradamente, tengo un hambre que ya... ¿Pues no ando de ceca en meca desde las nueve de la mañana? Ya, ya... Se la doy al más pintado. Lo extraño sería que no sintiese una gazuza, que ya...
Hacia el medio día don Cándido, que había hecho venir al barbero para que le afeitase, estaba listo para salir, y el quitrín le esperaba a la puerta. Antonia, su hija mayor, le puso la corbata blanca con puntas bordadas y colgantes, untándole aceite de Macastar, de olor fuerte, especie de esencia de clavo, muy generalizado entonces, y peinándole a la Napoleón, es decir, con la punta del pelo traída sobre la frente hasta tocar casi la unión de las cejas y la nariz. Adela le trajo la caña de Indias con puño de oro y regatón de plata, y Tirso, que andaba por allí, viéndole desdoblar la gran vejiga de los cigarros, le acercó el braserillo. De seguidas, medio envuelto en la nube azulosa de su exquisito habano, sin sonreírse ni decir palabra a ninguno de su familia, salió con aire majestuoso por el zaguán a la calle y se metió en el carruaje.
—¡A la Punta! fue lo único que dijo en su voz bronca al viejo calesero Pío.
No era un enigma este brevísimo lenguaje para el anciano calesero. Significaba que debía dirigirse al trote a casa de don Joaquín Gómez, que entonces vivía en aquel pedazo de calle frente a una cortina de la muralla que da hacia la entrada del puerto.
Allí esperaban el amo de la casa, el hacendado Madrazo y el comerciante Mañero. Este último era el más inteligente de los cuatro; se ocupaba en importar géneros y quincalla de Europa, que vendía a plazos a mercaderes de la plaza. Aquel era un medio muy tardío de hacer fortuna, fuera de que los vendedores no siempre cumplían exactamente con sus compromisos, de que resultaban pérdidas en vez de ganancias. Mañero, por esto, como otros muchos paisanos suyos, había emprendido en las expediciones a la costa de África, hasta allí con mejor suerte que en el comercio de géneros.
Al salir, como salieron a poco para el palacio del Capitán General, Gómez dijo a Mañero que llevara la palabra, cosa que aprobaron de la mejor gana Madrazo y Gamboa, reconociéndose incapaces para desempeñar el papel de orador siquiera con mediano lucimiento. Las dos de la tarde serían cuando entraban ellos por el ancho y elevadísimo pórtico de ese edificio que, según se sabe, ocupa todo el frente de la Plaza de Armas. A aquella hora estaba lleno de gente no por cierto del mejor pelaje, aunque no podía calificársele, en general, como de la clase del pueblo bajo de Cuba. El movimiento era incesante y activo. El rumor de pasos y de voces ruidoso y aún chillón. Unos iban, otros venían, observándose que los que más agilidad mostraban, mozos en su mayoría y nada atildados en su porte ni en su traje, llevaban debajo del brazo izquierdo, doblados por la mitad en sentido longitudinal, unos legajos de papeles del folio español. Por lo común entraban en o salían de los cuartos o covachuelas, que dicen en Cuba accesorias, cuya única puerta y acaso ventana daban al pórtico, al ras del piso de chinas pelonas de que estaba formado. A la primera ojeada, era de advertirse que esa multitud de gente no acudía a solazarse ni por mera curiosidad; porque se distribuía en grupos y corrillos más o menos numerosos, en los cuales se hablaba a voz en cuello, mejor, a veces se gritaba, acompañando siempre la acción a la palabra como si se discutieran asuntos de gran importancia, o que mucho interesaban a los principales actores. Desde luego, puede asegurarse que no se trataba de política; estaba absolutamente prohibido, y el derecho de reunión no se practicaba en Cuba desde al año de 1824 en que acabó el segundo período del sistema constitucional. Y sin embargo, aquel era un Congreso en toda forma.
Mientras esto pasaba en medio del pórtico, arrimado a una de las macizas y gruesas columnas, se veía un grupo compuesto de una negra y cuatro niños de color, el mayor de doce años de edad, la menor una mulatica de 7, todos cosidos a la falda de la primera, la cual tenía la cabeza doblada sobre el pecho y cubierto con una manta de algodón. Enfrente de este melancólico grupo se hallaba un negro en mangas de camisa, y a su lado un hombre blanco, vestido decentemente, quien leía en voz baja de un legajo de papeles abiertos, que a guisa de libro sostenía en ambas manos, y el primero repetía en voz alta, concluyendo siempre con la fórmula:
—Se han de rematar: éste es el último pregón. ¿No hay quien dé más?
Cada una de estas palabras parecía herir, como con un cuchillo, el corazón de la pobre mujer, porque procuraba ocultar la cabeza más y más bajo los pliegues del pañolón, temblaba toda y se le cosían a la falda los hermosos niños. Llamó el grupo o la escena aquella la atención de Mañero, se la indicó con el dedo a Gómez, y le dijo al paño:—¿Ves? Farsa, farsa. El remate ya está hecho aquí (señalando entonces para una de las covachuelas a su derecha). Pero, tate, agregó dándose una palmada en la frente y tocándole después en el hombro a Madrazo, que iba por delante al par de Gamboa, ¿pues no es esa negra la María de la O de Marzán que tú tenías hace tiempo en depósito judicialmente? Yo que tú la remataba con sus cuatro hijos. Dentro de unos pocos años valen ellos cuatro tantos lo que te cuesten con la madre ahora.
—¿Qué sabes tú si no la ha rematado ya? observó Gómez con naturalidad.
—¿Interesa a ustedes el asunto? dijo Madrazo desazonado, contestando a Gómez y a Mañero.
—Me intereso por ti y por la mulatica, repuso este último con malicia, dándole un buen codazo a su compañero. La madre de los chicos es excelente cocinera, lo sé por experiencia propia, y luego la chica... Sobre que se me figura mucho a su padre.
—A Marzán querrás decir, dijo Madrazo.
—¡Ba! No. ¿Cuánto tiempo hace del pleito de Marzán con don Diego del Revollar y del depósito de los negros del primero en tu ingenio de Manimán? preguntó Mañero con aparente sencillez.
—Cerca de ocho años, dijo Gómez. Marzán es curro y del Revollar montañés como nosotros, y siempre han vivido como perro y gato en sus cafetales del Cuzco.
—No creo que hace tanto tiempo, interpuso Madrazo.
—Sea como fuere, continuó Mañero, el caso es que la chicuela esa de padre blanco y madre negra no tiene arriba de siete años de edad y...
No continuó Mañero, porque en aquel instante se acercó a Madrazo un hombre sin sombrero, le tocó en el brazo, le llamó por su nombre y le atrajo a una de las covachuelas de que antes hemos hablado. Madrazo con la mano abierta indicó a sus amigos que le esperaran, y desapareció entre la multitud de gente, casi toda a pie, que llenaba la pieza.
—¿No se los decía? añadió Mañero hablando con Gómez y Gamboa. Madrazo ha hecho el remate de María de la O con sus cuatro hijos, uno de los cuales, o el diablo me lleve o es la mismísima efigie del rematador, y el pregón no ha sido una farsa para guardar las apariencias y mostrar imparcialidad con el amigo Marzán. Al fin tiene entrañas de padre y se porta como buen amo: no habrá extrañamiento ni dispersión de la familia.
Según debe haberlo comprendido el lector avisado, aquellas eran las escribanías públicas de la jurisdicción judicial de La Habana. Componíanse de un saloncito cuadrilongo con puerta al pórtico y ventana de rejas de hierro al patio del palacio de la Capitanía General de Cuba. Eran unas diez o doce al frente, unas tres más había en el costado del norte o calle de O'Reilly y otras tantas o más en la de Mercaderes, entre éstas la de hipotecas. De medio día a las tres bajaba la audiencia, como se decía allí, y los oficiales de causa, junto con los procuradores, que venían a tomar nota de los autos en los pleitos a su cargo, los escribanos que daban fe, uno u otro abogado de poca clientela y aún bachilleres en derecho que comenzaban la práctica de los juicios por su propia cuenta, llenaban las escribanías hasta el exceso. Fuera de esto, el cuarto no era nada amplio y estaba flanqueado de mesas cargadas de tinta y de papeles o procesos, y detrás de ellas, arrimados a las paredes, había anchos y altos armarios, con redes de alambre o cuerda por puertas para que se viesen entre sus entrepaños los numerosos protocolos forrados de pergamino cual códices de antiguas bibliotecas.
El hombre sin sombrero llevó a Madrazo a la derecha de la escribanía, ante la primera mesa, algo más grande y decente que las demás, pues tenía barandilla, y el tintero se conocía que era de plomo, es decir, que no estaba tan cargado de tinta. El individuo que ocupaba una silla de vaqueta detrás de dicha mesa, se puso en pie lleno de respeto luego que vio al hacendado, le saludó con amabilidad y en voz alta pidió los autos de Revollar contra Marzán. Traídos por el hombre del pregón y abiertos por una hoja que estaba doblada longitudinalmente, apuntó con el índice de la mano izquierda para una providencia compuesta de unos pocos renglones manuscritos, y dijo a Madrazo que pusiera debajo su firma. Hízolo así éste, con una pluma de ganso que le alcanzó el escribano, y saludando, fuese enseguida a reunirse con sus compañeros.
Capítulo VIII
Hecha la ley, hecha la trampa.
Proverbio castellano.
Mira, como se sabe, hacia la Plaza de Armas o el Este el frontispicio del palacio de la Capitanía General de Cuba. La entrada es amplia, especie de zaguán, con cuartos a ambos lados, cuyas puertas abren al mismo, y sirven, el de la izquierda para el oficial de guardia, el de la derecha para cuartel del piquete. Los fusiles de los soldados descansaban en su astillero, mientras la centinela, con el arma al brazo, se paseaba por delante de la puerta.
Tenía Mañero formas varoniles, maneras distinguidas y vestía traje de etiqueta, como que debía presentarse con decencia ante la primera autoridad de la Isla. No era, pues, mucho tomarle, a primera vista, por un gran personaje. Además, habiendo servido en la milicia nacional durante el sitio de Cádiz por el ejército francés en 1823, había adquirido aire militar, al que daba mayor realce el cabo de una cinta roja con crucecita de oro, que solía llevar en el segundo ojal del frac negro. Luego que Madrazo se reunió con sus amigos, Mañero se volvió de pronto y a su cabeza marchó derecho a la entrada del palacio.
Reparó entonces en él la centinela, cuadróse, presentó el arma y gritó:
—¡La guardia! El Excelentísimo Señor Intendente.
Armáronse en un instante los soldados de facción con su caña hueca, púsose a su cabeza el oficial con la espada desnuda, y la caja empezó a tocar llamada. El grito de la centinela y el movimiento de los soldados llamaron la atención de Mañero y de sus amigos, los cuales, a fin de despejar el campo, apresuraron el paso; pero como les presentasen armas y el oficial hiciese el saludo de ordenanza, comprendieron que uno de ellos, el que marchaba delante, había sido tomado por el Superintendente de Hacienda, don Claudio Martínez de Pinillos, con quien, en efecto, tenía alguna semejanza. No tardó, sin embargo, en reconocer el error el oficial de guardia, y en su enojo mandó relevar la centinela y que guardara arresto en el cuartel, por el resto del día.
Los cuatro amigos entonces, reprimiendo la risa para no excitar más la cólera del teniente de facción, emprendieron la subida de la ancha escalera del palacio. Una vez en los espaciosos corredores, a la desfilada y con sombrero en mano, se dirigieron a la puerta del salón llamado de los Gobernadores. En ella estaba constituido un negro de aspecto respetable, quien a la vista de los extraños que se acercaban, se puso en pie y se les atravesó en el camino, como para pedirles el santo y seña.
En pocas palabras le manifestó Mañero el objeto de la embajada; pero antes que el negro replicase, se presentó un ayudante del Capitán General, e informó que S. E. no se hallaba en el palacio sino en el patio de la Fuerza, probando la calidad de un par de gallos finos o ingleses que había recibido de regalo de la Vuelta-Abajo recientemente.
—No tengan Vds. reparo en ir a verle allá, si urge el asunto que les trae a su presencia, añadió el ayudante notando la incertidumbre de los recienvenidos; porque S. E. suele dar audiencia en medio de sus gallos de pelea, hasta al general de marina, a los cónsules extranjeros...
Aunque la cosa urgía sin duda, pues iba a reunirse pronto la comisión mixta para dar un fallo decisivo sobre si eran buena presa el bergantín Veloz y su cargamento, o no, gran alivio experimentaron Gómez Madrazo y Gamboa especialmente, así que se convencieron de que podía verificarse la entrevista con el Capitán General algo después y en sitio menos aristocrático e imponente que su palacio. Entre la Fuerza y la Intendencia de Hacienda, detrás de los pabellones en que más adelante se estableció la escribanía de la misma, había y hay un patio o plaza, dependencia del primero de estos edificios, donde el Capitán General don Francisco Dionisio Vives había hecho construir en toda forma una valla o reñidero de gallos con su piso de serrín, galería de bancos para los espectadores, en suma, una verdadera gallería. Allí se cuidaban y se adestraban hasta dos docenas de gallos ingleses, que son los más pugnaces, producto de crías famosas de la Isla y regalos todos que de tiempo en tiempo habían hecho al general Vives individuos particulares, bien conocida como era de todos su afición a las riñas de esa especie. Y allí tenían efecto también éstas de cuando en cuando, sobre todo, siempre que se le antojaba a S. E. obsequiar a sus amigos y subalternos con uno de esos espectáculos que, si no bárbaro como el de las corridas de toros, no dejan de ser crueles y sangrientos.
El individuo a cuyo cargo corría el cuidado y doctrina de los gallos del Capitán General de Cuba, era hombre de historia, como suele decirse. Le llamaban Padrón. Había cometido un homicidio alevoso, según decían unos; en defensa propia según otros; lo cierto es que, preso, encausado y condenado a presidio en La Habana, mediante los ruegos y representaciones de una hermana suya, joven y no mal parecida, y la influencia del Marqués don Pedro Calvo, que le abrigaba y protegía, vista su habilidad en el manejo de los gallos finos, Vives le hizo quitar los grillos y le llevó al patio de la Fuerza donde, a tiempo que cuidaba de la gallería de S. E., podía cumplir el término de su condena, sin el mal ejemplo ni los trabajos del presidio. Quieren decir que Padrón había cometido otras picardihuelas además del homicidio dicho y que los parientes del muerto habían jurado eterna venganza contra el matador. Pero ¿quién se atrevía a sacarle del patio de la Fuerza, ni del amparo del Capitán General de la Isla? Padrón, pues, el penado Padrón, sin hipérbole, se hallaba allí protegido por una doble fuerza.
En el patio de aquélla de que ahora hablamos, se presentaron sin anunciarse, con sombrero en mano y el cuerpo arqueado, en señal de profundo respeto, nuestros conocidos, los asendereados tratantes en esclavos, Mañero y amigos. Ya los habían precedido en el mismo sitio varios personajes de cuenta, entre otros el comandante de marina Laborde, el mayor de plaza Zurita, el teniente de rey Cadaval, el coronel del regimiento Fijo de La Habana Córdoba, el castellano del Morro Molina, el célebre médico Montes de Oca, y otros de menor cuantía. Con excepción de Laborde, Cadaval, Molina y un negro joven que ceñía sable y lucía dos charreteras doradas en los hombros de su chaqueta de paño, los demás se mantenían a respetable distancia del Capitán General Vives, quien a la sazón se hallaba arrimado a un pilar de madera que sostenía el techo de la valla por la parte de fuera de las graderías.
La atención de este personaje estaba toda concentrada en las carreras y revuelos de un gallo cobrizo y muy arriscado, al cual Padrón provocaba hasta el furor, dejando que otro gallo que tenía por los encuentros en la mano izquierda le pegara de cuando en cuando un picotazo en la cabeza rapada y roja como sangre. Vestía Padrón a la usanza guajira, quiere decirse: de camisa blanca y pantalón de listas azules ceñido a la cintura por detrás con una hebilla de plata, que recogía las dos tiras en que remataba la pretina. No sabemos si por dolencia, por abrigo o por costumbre, tenía la cabeza envuelta en un pañuelo de hilo a cuadros, cuyas puntas formaban una lazada sobre la nuca. Los zapatos de vaqueta apenas le cubrían los pies pequeños y el empeine arqueado como de mujer, y sin calcetines. Por respeto sin duda al Capitán General, sujetaba el sombrero de paja con la mano derecha, apoyada por el dorso en la espalda. Era de talla mediana, enjuto, musculoso, fuerte, pálido, de facciones menudas, y podía contar 34 años de edad.
No era mucho más aventajada la talla del Capitán General don Francisco Dionisio Vives, el cual vestía frac negro de paño, sobre chaleco blanco de piqué, pantalones de mahón o nankín y sombrero redondo de castor, siendo el único distintivo del rango que ocupaba en el ejército español y en la gobernación político-militar de la colonia, la ancha y pesada faja de seda roja con que se ceñía el abdomen por encima del chaleco. Ni en su aspecto ni en su porte había nada que revelara al militar. En la época de que hablamos podía tener él cincuenta años de edad. Era de mediana estatura, como ya se ha indicado, bastante enjuto de carnes, aunque de formas redondeadas, como de persona que no había llevado una vida muy activa. Tenía el rostro más largo que ancho, casi cuadrado; las facciones regulares, los ojos claros, el cutis fino y blanco, el cabello crespo y negro todavía, y no llevaba bigote, ni más pie de barba a la clérigo. Sí, aquel hombre no tenía nada de guerrero, y, sin embargo, su rey le había confiado el mando en jefe de la mayor de sus colonias insulares en América, precisamente cuando parecían más próximos a romperse los tenues y anómalos lazos que aún la tenían sujeta al trono de su metrópolis.
Aunque la traición de don Agustín Ferrety había puesto en manos de Vives sin mayor dificultad los principales caudillos de la conspiración conocida por los Soles de Bolívar en 1826, muchos afiliados de menos metas, si bien no menos audaces, pudieron escapar al Continente y desde allá, por medio de emisarios celosos, mantenían viva la esperanza de los partidarios de la independencia en la Isla y llevaban la zozobra al ánimo de las autoridades de la misma.
La prensa había enmudecido desde 1824, no existía la milicia ciudadana, los ayuntamientos habían dejado de ser cuerpos populares, y no quedaba ni la sombra de libertad, pues por decreto de 1825 se declaró el país en estado de sitio, instituyéndose la Comisión Militar permanente. El paso repentino de las más amplias franquicias a la más opresiva de las tiranías, fue harto rudo para no engendrar, como engendró, un profundo descontento y un malestar general, con tanto más motivo cuanto que en los dos cortos períodos constitucionales el pueblo se había acostumbrado a las luchas de la vida política. Privado de esa atmósfera acudió con más ahinco que antes a las reuniones de las sociedades secretas, muchas de las cuales aún existían a fines del año de 1830, no habiéndolas podido suprimir el gobierno con la misma facilidad que había suprimido las garantías constitucionales. La conspiración fue desde allí un estado normal y permanente de una buena parte de la juventud cubana. Tomaba creces y se extendía a casi todas las clases sociales la agitación más intensa en las grandes poblaciones, tales como La Habana, Matanzas, Puerto Príncipe, Bayamo y Santiago de Cuba.
En todas ellas hubo más o menos alborotos y demostraciones de resistencia, porque tardó algún tiempo antes que el pueblo doblara la cerviz y se sometiera al yugo de la tiranía colonial. Numerosas prisiones se habían efectuado en todas partes de la Isla, saliendo de ellas para el extranjero cuantos pudieron eludir la vigilancia de la policía, muy obtusa y de organización deficiente entonces.
A todas éstas la metrópolis no tenía marina de guerra digna de este nombre; se reducía a unos pocos buques de vela viejos, pesados y casi podridos. Con excepción de La Habana, no había verdaderas plazas fortificadas. Muy escasa era la guarnición veterana, y sobre escasa había cundido en sus filas la insubordinación. Componíase de cumplidos y de capitulados de México y Costa-Firme, y ni todos sus jefes generales eran españoles; los había también naturales del país o criollos en las tres armas, y éstos nunca podían inspirar confianza al más suspicaz de los gobiernos que ha tenido España, si se exceptúa el de Felipe II.
Por otra parte, el desorden de la administración de la colonia, la penuria del erario, la venalidad y la corrupción de los jueces y de los empleados, la desmoralización de las costumbres y el atraso general, se combinaban para amenazar de muerte aquella sociedad que ya venía trabajada por toda suerte de males de muchos años de desgobierno. Durante los seis que duró el mando de Vives, ni la vida, ni la propiedad estaban seguras, así en las poblaciones como en los campos. De éstos se enseñoreaban cuadrillas de bandoleros feroces que todo lo ponían a sangre y fuego. En los mares circunvecinos cruzaban triunfantes los corsarios de las colonias que acababan de emanciparse y destruían el mezquino comercio de Cuba. En las islitas adyacentes se abrigaban piratas que para ejercer el contrabando apresaban los buques escapados de los corsarios y, después de robarles, mataban a los tripulantes y hacían desaparecer toda huella del crimen con el fuego.
Tal era, en resumen, el estado de cosas en la isla de Cuba hasta bien entrado el año de 1828. Y es perfectamente claro que, sin la oficiosa intervención de los Estados Unidos en 1826, se habría llevado a efecto la invasión de las dos Antillas españolas por las fuerzas combinadas de México y de Colombia, de acuerdo con los planes de Bolívar y los deseos de los cubanos, una diputación de los cuales fue a encontrarle con ese objeto cuando volvía vencedor de los famosos campos de Ayacucho. Suceso éste que, realizado, infaliblemente hubiera sido el golpe de gracia al dominio español en el Nuevo Mundo. En tan críticas circunstancias, al menos para neutralizar las maquinaciones de los enemigos de España en el interior de la colonia, se requerían las artimañas de un diplomático más bien que la espada de un guerrero; un hombre de astucia y de doblez, más bien que de acción; un hombre de intriga, más bien que de violencia; un gobernante humano por política, más bien que severo por índole; un Maquiavelo, más bien que un duque de Alba, y Vives fue ese hombre: escogido con grande acierto por el más despótico de los gobiernos que ha tenido España en lo que va del presente siglo, para la gobernación de Cuba.
Mucho se alegró don Cándido Gamboa de encontrarse un conocido en el grupo de los cortesanos que venían a saludar al Capitán General en su gallería del patio de la Fuerza. El aspecto de ese sujeto no prevenía nada en su favor, porque sobre ser de baja estatura y raquítico, llevaba la cabeza metida entre los hombros, tenía la cara larga y el color aceitunado, como la persona muy biliosa, siendo su desaliño general, casi repugnante. En sus ojos chicos y de hondas cuencas había, sin embargo, bastante para redimir las faltas y las sobras del cuerpo y del semblante, había fuego e inteligencia. Al saludarle don Cándido, le dio el título de Doctor.
—¿Cómo está Vd.? contestó él en voz chillona y risa que bien pudiera llamarse fría.
Para ello tuvo que levantar la cabeza, porque su interlocutor le sacaba dos palmos, por lo menos, de altura.
—Bien, si no fueran los trotes en que sin quererlo me veo ahora metido.
—Y ¿qué troles son esos? preguntó el Doctor como por mero cumplimiento.
—¡Toma! ¿Pues no sabe Vd. que los perros de los ingleses nos acaban de apresar un bergantín bajo los fuegos del torreón del Mariel, como quien dice en nuestras barbas, so pretexto de que era un buque negrero, procedente de Guinea? Pero esta vez se han llevado solemne chasco: el bergantín no venía de África, sino de Puerto Rico, y no con negros bozales, sino ladinos.
—¡Qué me dice Vd.! Nada sabía. Bien que con los enfermos, no tengo tiempo aun para rascarme la cabeza, cuánto más para averiguar noticias que no me tocan de cerca. Aunque si he de decir a Vd. la verdad, si a alguno le causa perjuicio el celo exagerado de los ingleses es a mí, pues harta falta me hacen brazos para mi cafetal del Aguacate.
—¿Y a quién no le hacen falta? Eso es lo que todos los hacendados necesitamos como el pan. Sin brazos se arruinan nuestros ingenios y cafetales. Y tal parece que es lo que buscan esos judíos ingleses, que Dios confunda. ¿No le parece a Vd., Doctor, que el Capitán General, sobre este punto es de la misma opinión que nosotros?
—¡Hombre! Acerca de este particular no le he oído expresarse.
—Ya, pero pudiera ser que Vd. le hubiese oído declamar...
—¿Contra los ingleses? interpuso el Doctor. Mucho que sí. Por cierto que Tolmé le carga y a duras penas le sufre sus impertinencias y desmanes.
—Eso, eso, repitió Gamboa alegre. No en vano se dice que Vd. tiene vara alta con S. E.
—¿Sí? ¿Tal se corre? dijo el Doctor con muestras de que la especie halagaba no poco su vanidad. Es cierto que le merezco a S. E. una buena voluntad y aun distinción; pero nada de extraño tiene porque yo soy el médico de él y de su familia desde que vinieron de España, y por otra parte, es cosa sabida su llaneza. Me distingue bastante, mucho.
—Lo sé, lo oigo repetir a distintas personas y por lo mismo, estaba pensando, me ocurre, mejor dicho, que, como Vd. se prestase a ejercer su influjo todavía podríamos jugarle una buena pasada a los ingleses y dejarlos con tamaño palmo de narices. Estoy seguro que tampoco le pesaría a Vd., amigo Doctor, el darnos la mano en este aprieto.
—No lo entiendo. Explíquese Vd., don Cándido.
—Hágase Vd. el cargo, Doctor, que la expedición apresada por los ingleses, salvada íntegra, nos vale a nosotros los dueños de ella, por lo bajo dieciocho mil onzas de oro, libres de polvo y paja. En caso de perderse la mitad, todavía nos deja una ganancia líquida de nueve mil, que no es ningún grano de anís. Con que vea Vd. si podemos ser liberales con el que nos ayude. Escogería Vd. mismo media docena de mulecones entre la partida, que es de lo mejor que viene de la costa de Gallinas, y no le costaría sino el trabajo de...
—Aún no entiendo jota, señor don Cándido.
—Pues me explicaré más. La expedición consta de unos 500 bultos, 300 de los cuales es posible hacerlos pasar por ladinos importados de Puerto Rico, habiéndose remitido a bordo, desde esta mañana, sobre 400 mudas de ropa de cañamazo. Ahora bien, si S. E. es de parecer que tenemos necesidad de brazos para cultivar los campos, y que no debe permitirse que los ingleses destruyan nuestra riqueza agrícola, es claro que, como haya quien le hable y le pinte bien el caso, no podrá menos de ponerse de nuestra parte. Una palabra suya al señor don Juan Montalvo, de la comisión mixta, bastaría a decidir el pleito en favor nuestro; y ya ve Vd. si nos sería fácil ser liberales con... Además, cinco o seis bozales no van a ninguna banda, ni nos harían más ricos ni más pobres a nosotros los armadores, que por todos somos ocho... ¿Comprende Vd. ahora mi idea?
—Claro que sí. Cuente Vd. con que pondré de mi parte cuanto esté en mi mano, aunque no me estimula tanto la oferta de Vd. como el deseo de servirle y de contribuir al castigo de la ambición y malas intenciones de los ingleses. Supongo que Vd. viene a hablar con S. E. sobre el asunto.
—Si, vengo a eso con mis amigos Gómez, Mañero y Madrazo. Creo que Vd. los conoce.
—Conozco de oídas a Madrazo, cuyo ingenio de Manimán está en la misma jurisdicción de Bahía Honda que mi cafetal del Aguacate.
—Pues bien, ellos y los otros interesados estarán y pasarán por todo lo que yo acuerde con Vd. Si Vd. cree que S. E. acepte un regalito de unos cuantos centenares de onzas...
—Deje Vd. eso a mi cargo. Yo sé como entrarle a S. E. Le hablaré esta noche misma. Véanle Vds. primero. Y ahora que me acuerdo, ¿qué se hizo de la chica aquélla?...
—¿Cuál? No atino, dijo Gamboa poniéndose colorado.
—Pobre memoria tiene Vd., según parece. Bien que de eso hace ya algún tiempo, pero Vd. estaba muy interesado, pues me recomendó mucho la asistencia de la chica.
—Ya ése es otro cantar... En Paula...
—¿Cómo en Paula? ¿Enferma?
—Peor que eso, Doctor. Creo que ha perdido el juicio sin remedio.
—¡Qué me cuenta Vd.! ¿Tan joven?
—No tanto.
—Jovencita, digo. Veamos, ¿qué tiempo hace? Dieciséis o diecisiete años. Fue en 1812 ó 1813. Sí, estoy seguro. No puede ser más joven.
—¿Pues no se refería Vd. a la madre?
—Pregunto por la chica, la que conocí en la Real Casa Cuna. Prometía ser un pimpollo cuando grande.
—Ya, acabáramos para mañana. El enredo nace de que tengo por chica cualquier moza, como sea de pocos años, y la madre, en rigor, no pertenece a esa categoría.
—Recordará Vd., dijo el Doctor, que yo no curaba a la mujer que Vd. dice, sino Rosaín, aunque me consultó varias veces el caso. No tenía idea de que la enferma del callejón de San Juan de Dios tuviese nada que ver con la chica de la Real Casa Cuna. Ahora me desengaño. Padecía de fiebre puerperal en combinación con una meningitis aguda...
En este punto Gamboa cortó bruscamente la conversación y volvió a reunirse con sus amigos, y Mañero le preguntó:
—¿Qué ha sido ello? ¿Gato encerrado?
—No, gata, replicó Gamboa prontamente.
—Lo presumía, dijo Mañero con naturalidad. Tú fuiste siempre aficionado a las empresas gatunas. Pero ¿quién es con mil de a caballo ese hombrecito que llamas Doctor?
—Pues qué, ¿no le conoces, hombre?... El Doctor don Tomás de Montes de Oca.
—Le había oído mentar. No le había visto la facha, sin embargo. Figura asaz ridícula, y ainda mais...[37]
—Buen medido y diestra cuchilla.
—Dios me libre de sus manos.
—Es el que cura a la familia del Capitán General.
En este punto se notó un movimiento en el grupo de las personas que rodeaban a ese personaje más de cerca, cesando desde luego los diálogos en voz baja de las más distantes. Padrón había llevado los gallos a sus respectivas casillas, y Vives saludaba afectuosamente a Laborde, a Cadaval, a Zurita, a Molina y a Córdoba, pasando de uno a otro hasta que llegó al joven negro, arriba mencionado, a quien dijo, sin darle la mano ni más saludarle:
—Tondá, preséntate en Secretaría a recibir órdenes.
Tenemos que hacer un paréntesis en este punto, para decir dos palabras acerca de Tondá. Era el protegido del Capitán General Vives, quien le sacó de la milicia de color donde tenía el grado de teniente, y después de ascenderle a capitán, previa la venia de S. E. el rey, de facultarle para usar el don y ceñir sable, le dio comisión para perseguir criminales de color en las afueras de la ciudad, sin duda por aquello de que no hay peor cuña que la del mismo palo.
Y en este caso, como en otros muchos que pudieran citarse, se echaron bien de ver el tacto y tino con que solía Vives escoger sus hombres. Parece ocioso agregar que el protegido llegó en breve a distinguirse por su actividad, celo y astucia en la averiguación de los crímenes, la persecución y captura de los criminales. En estas empresas difíciles cuanto riesgosas, le ayudaron mucho su juventud y robustez, su presencia, que era gallarda, su educación regular, sus finas maneras y modesto porte, en fin, su valor sereno, que a veces llevaba hasta la temeridad; prendas éstas que al paso que le ganaron la admiración de las mujeres, le dieron ascendencia mágica en el ánimo fantasioso de las gentes de su raza. Y como a menudo acontece con los personajes novelescos, el pueblo le compuso y dedicó canciones y danzas alusivas a sus hechos más notables, y le dio un apodo que de tal modo ha oscurecido, apagado su nombre patronímico, que hoy, al cabo de cuarenta años, sólo podemos decir que le llamaban Tondá.
Empleado activo y leal, tardó en cumplir la orden recibida lo que tardó en pasar del patio de la Fuerza a los entresuelos del palacio de la Capitanía General. Desempeñaba entonces la secretaría política don José M. de la Torre y Cárdenas. Este, aunque recibió a Tondá con semblante risueño, no le brindó asiento, ni a derechas contestó a su respetuoso saludo; sólo se ocupó de decirle que en la noche anterior, por parte del Comisario del barrio de Guadalupe, Barredo, se sabía que se había cometido un crimen atroz en la calle de Manrique esquina a la de la Estrella, y que S. E. deseaba se hiciese la pronta averiguación del hecho, a fin de descubrir el autor o autores, y se pudiera perseguirlos sin descanso hasta capturarlos y entregarlos a los tribunales; porque estaba empeñado en hacer un señalado escarmiento.
Enseguida le llegó su turno a los de la comisión, y Mañero expresó su embajada lisa y llanamente, reducida a decir que no procedía en ley ni en justicia se declarase buena presa, si se declaraba por la comisión mixta, la del bergantín Veloz, ahora mismo en el puerto de La Habana, aunque traía un cargamento de negros, pues como atestaban sus papeles, despachados en toda forma, venía de Puerto Rico y no de las costas de África directamente; y aun cuando se considerase contrabando el tráfico en esclavos con esta última, no lo era respecto de la primera, que por fortuna aún pertenecía, al par de Cuba, a la corona de S. M. el rey de España e Indias, don Fernando VII, Q. D. G.
Sonriose el General Vives y dijo al postulante que le presentara un memorial expresivo de todas las razones y hechos alegados, que él lo pasaría a la comisión mixta con los papeles del buque; que ya tenía noticias de lo ocurrido, por boca del mismo cónsul inglés, el cual se le había presentado antes de la hora de audiencia en compañía del comandante del apresador, el Lord Clarence Paget, y añadió con cierta severidad de tono y de semblante:
—Reconozco, señores, la injusticia y los daños que nos ocasiona un tratado por el cual se concede a Inglaterra, la enemiga natural de nuestras colonias, el derecho de visita sobre nuestros buques mercantes; pero los ministros de S. M. en su alta sabiduría tuvieron a bien aprobarlo, y a nosotros, leales súbditos, sólo nos toca acatar y obedecer el mandato del augusto monarca Q. D. G. Y se me figura, señores, que si Vds., están dispuestos a respetar el tratado, no lo están ni poco ni mucho a cumplirlo. En vano me hago de la vista gorda respecto de lo que Vds. hacen día tras día (señores, cuando hablo así no me refiero a Vds., personalmente, sino a todos los que se ocupan en la trata de África), que según va la cosa, no pararán hasta meter sus expediciones en Banes, en Cojímar, en los Arcos de Canasí y aun en este mismo puerto. En vano he hecho cerrar y derribar los barracones del Paseo, que Vds. no escarmientan y siguen introduciendo sus bozales en esta plaza, persuadidos, sin duda, que no hay mejor mercado para esa mercancía. En tal momento no se acuerdan Vds., del pobre Capitán General, contra quien el cónsul inglés endereza sus tiros, porque no bien entra aquí un saco de carbón, como Vds. dicen, cuando él lo huele y viene hecho un energúmeno a desahogar conmigo su mal humor.
—¡Ea! Vayan Vds., con Dios y otra vez sean más prudentes. Y a propósito de prudencia: ayer tarde vino a mí un joven dependiente de una casa de comercio para quejarse de que a la luz del día, en la plaza de San Francisco, le habían arrebatado un saco de dinero de su principal. ¿Cabe mayor imprudencia que la de ir por la calle enseñando el dinero a todo el mundo y tentando a la gente de mala índole? También se me quejó de que al oscurecer del día de ayer, dos negros con puñal en mano le pararon cerca de la estatua de Carlos III y le desvalijaron de cuanto llevaba encima de valor, el reloj, etcétera. Si Vd. hubiera tenido un tantico de prudencia, le dije, no se habría expuesto a perder la vida atravesando sitio tan solitario como ese del Paseo, a la entrada de la noche, hora que escoge la gente mala para cometer sus fechorías. Aprenda de mí que no salgo de noche a la calle. Lo mismo digo a Vds.: no se metan en las garras de los ingleses y salvarán sus expediciones, ni comprometan la honra del Capitán General. La prudencia es la primera de las virtudes en el mundo.
Capítulo IX
En ti pensaba y en aquel instante Me mandaba llorar naturaleza.
José María Heredia
Personaje de más cuenta de lo que nadie puede imaginarse era en casa de Gamboa su Mayordomo don Melitón Reventos. Tenía en el manejo general económico más voz que su amo, y a las veces se hombreaba en ese terreno con doña Rosa.
Pero donde ejercía un poderoso imperio era entre los esclavos. Corría con su provisión de vestuario y de alimentos, tanto de los del servicio doméstico en La Habana, como de los de las fincas rurales. Para con los primeros, sobre todo, se daba los aires de señor; más que eso, de déspota. Hacía, sin embargo, respecto de éstos, dos excepciones el feroz Mayordomo. En primer lugar, no gustaba de estrechar lance con el calesero Aponte. No ya sólo era hombre serio y temible sino que pertenecía al hijo mimado de la casa, el cual no quería delegar en nadie el derecho de castigarle.
Tampoco tenía don Melitón malas obras ni malas palabras para Dolores. Lejos de eso, para ella reservaba sus sonrisas, sus agasajos y atenciones. De cuando en cuando la hacía regalos de pañuelos y dijes, que la muchacha aceptaba sin reparo, aunque para usarlos tuviese que mentir a sus señoritas; porque, después de todo, no halagaba poco su vanidad el que un hombre blanco emplease con ella tales galanterías.
No tenían origen estas distinciones del Mayordomo en favor de Dolores en la circunstancia de que era la doncella de las señoritas de la casa, tratada por ello con ciertas consideraciones por toda la familia, no; tenían diverso origen, procedían de los méritos de la moza como mujer: joven, bien formada y bonita para negra.
Aquel día en que por llegar tarde de su comisión al bergantín Veloz, almorzaba don Melitón a la cabecera de la mesa en el comedor, con todos los aires de amo, servido atentamente por Tirso, acertó a pasar Dolores y tropezar con su codo en los momentos en que se llevaba un vaso de vino a la boca. Fuese aquello por casualidad o de hecho pensado, el Mayordomo se aprovechó de la ocasión para pegarle un pellizco en el desnudo y bien torneado brazo.
—¡Ay, don Melitón! exclamó ella sin alzar la voz, aunque llevándose la mano al punto dolorido.
—¡Ay, Dolores! remedó él lleno de risa.
—Eso duele, agregó la muchacha.
—¡Ca! No hagas caso. Si todavía te he de libertar.
Dolores hizo con la boca el ruido onomatopéyico que llaman freír un huevo, cual si no creyera ni jota en la sinceridad de las últimas palabras del Mayordomo. No obstante, harto dulce es el nombre de la libertad para que la joven esclava cerrase el oído a la promesa y el corazón a la esperanza de verla realizada, fuera el que fuese el sacrificio que la exigiese el donante. De cualquier modo, siguiola él con la vista hasta que traspasó el arco del patio, y entonces murmuró:
—Esta todavía se casa con el bribón de Aponte. ¡Sería una lástima!
María de Regla, mencionada al principio de esta historia, tuvo Dolores de su unión legítima con Dionisio el cocinero, quince años antes de la época actual. Contemporáneamente tuvo doña Rosa a Adela, su hija menor, la cual entregó a María de Regla para que se la lactase, por no sentirse ella en condiciones para desempeñar por entonces aquél, el más dulce de los deberes de madre. Por supuesto, para llenar encargo tan delicado, necesario se hizo destetar a Dolores y criarla con leche de cabra o de vaca, aparte enteramente de la hija de su señora y ama.
Prohibiósele explícitamente a María de Regla el dividir sus caricias y el tesoro de su seno entre las dos niñas, siquiera el tomarlas juntas en brazos. Pero aunque esclava, temerosa del castigo con que la habían amenazado, era madre, quería a su propia hija entrañablemente, quizás más por lo mismo que no la permitían criarla; así que siempre que las otras esclavas le proporcionaban la ocasión, tarde de la noche y fuera del alcance de la vista de los amos, se ponía ambas niñas a los pechos y las amamantaba con imponderable delicia. La robustez de la nodriza, al parecer sin detrimento ni desmedro, proveía ampliamente a aquella doble lactancia. Criábanse las dos hermanas de leche sanas y fuertes. María de Regla no hacía diferencia entre ellas, y así en la mayor armonía habría corrido su infancia si tan luego como empezó a disminuir el sustento no trataran de disputárselo y armar llanto, en especial la blanca, no acostumbrada a semejante división.
Al cabo, atraída una noche doña Rosa por el llanto de su hija, sorprendió a la nodriza dormida entre las dos niñas, que, con ambos brazos extendidos, se impedían el mutuo goce del delicioso líquido. ¿Qué hacer en aquellas circunstancias? ¿Castigar a la esclava en el acto por su desobediencia? ¿Cambiar de nodriza? Tan malo sería lo uno como lo otro, pensó doña Rosa. Lo primero, porque el castigo envenenaría la leche de la esclava; y lo segundo, porque en el octavo mes de la lactancia, el cambio repentino produciría resultados no menos fatales a la salud y tal vez a la existencia de Adela. Tan perpleja estaba que consultó a su marido, quien, hombre violento si los hay, aconsejó la prudencia y el disimulo hasta ocasión más oportuna. Descubierta su primera falta, dijo él, no es probable que María de Regla reincida. De cualquier modo, así continuaron las cosas por un año y medio más, al cabo de cuyo tiempo, el día menos pensado, se le ordenó al Mayordomo echara por delante a la criandera y la embarcara a bordo de una goleta que hacía viajes de La Habana al Mariel, dejándola en el ingenio de La Tinaja, bien recomendada al Mayoral. Allí se hallaba de enfermera el año de 1830, es decir, purgando la culpa de ser madre amorosa, cometida trece años antes de esa fecha.
Que la esclavitud tiene fuerza de trastornar la noción de lo justo y de lo injusto en el espíritu del amo; que embota la sensibilidad humana; que afloja los lazos sociales más estrechos; que debilita el sentimiento de la propia dignidad y aun oscurece las ideas del honor, se comprende; pero que cierre el corazón al amor de padres o de hermanos a la simpatía espontánea de las almas tiernas, he aquí lo que no se ve a menudo. No es, pues, extraño que María de Regla sintiese en lo profundo del pecho su separación a un tiempo de la hija, del padre de ésta y de Adela misma, para pasar el resto de sus días en el destierro del ingenio La Tinaja.
En el código no escrito de los amos de esclavos no se reconoce proporción ni medida entre los delitos y las penas. Es que no se castiga por corregir, sino por desfogar la pasión del momento; de que resulta que casi siempre se le apliquen al esclavo varias penas por un solo delito. Luego, llovía sobre mojado, como vulgarmente se dice, en el caso de María de Regla. Su destierro de La Habana, la separación de la hija y del marido, quizás para no verlos más en la vida, el cambio de ocupación de ama de leche en la ciudad por el de enfermera en el campo, el traspaso de dependencia bajo el capricho del Mayordomo en aquélla, al del Mayoral en el ingenio, en concepto de doña Rosa no bastaban a purgar la culpa de su triste esclava.
No había logrado averiguar esa señora a ciencia cierta de quién era la niña que había estado lactando María de Regla, cosa de año y medio antes de haber dado a luz a Dolores. Lo único que pudo sacar de don Cándido fue que el médico Montes de Oca la había contratado para lactar a la hija ilegítima de un amigo, cuyo nombre no debía revelarse. El precio del alquiler, dos onzas de oro, las recibió doña Rosa mes tras mes, con la mayor puntualidad mientras duró la lactancia, por mano de don Cándido. Esto poco no pudo bastar a satisfacer sus celos, antes fue a sembrar fuertes sospechas en su ánimo, siendo el misterio motivo constante de quejas y disgustos entre ella y su marido, y, por rechazo, de gran preocupación, que a veces rayaba en odio, contra María de Regla.
Por fortuna, tales ejemplos de injusticia y de crueldad ocurrieron cuando ambas niñas no tenían uso de razón, y como crecieran juntas, como en realidad mamaran una misma leche, no obstante su opuesta condición y raza, se amaron con amor de hermanas. Adela entró en años y concurrió a una escuela de niñas poco distante de su casa en compañía de su hermana Carmen, a donde Dolores les llevaba los libros junto con la fruta y el refresco a medio día, y a las tres de la tarde las acompañaba en su vuelta a la casa. Carmen y Adela alcanzaron la edad de la pubertad, Dolores antes que ellas, y en dejando la escuela no se les separaba ésta ni de día ni de noche. Las vestía, las peinaba, les lavaba los pies a la hora de acostarse; durante el día cosía al lado de sus señoritas, y de noche, bien dormía en el duro suelo al lado de la cama de Adela, bien en el cuarto inmediato sobre la rígida tarima, a la vista de otra criada, la más anciana de la servidumbre.
Dolores y Tirso eran hermanos uterinos. La primera, nacida en La Habana, salió negra, porque a esa raza pertenecía su padre; el segundo, nacido después en el ingenio La Tinaja, salió mulato, porque su padre, fuera el que fuese, era de la raza blanca. De aquí provenía el que ellos no se viesen como tales hermanos, y que María de Regla quisiese más a Tirso, que mejoraba la condición, que a Dolores, la cual perpetuaba el odioso color, causa aparente y principal, creía ella, de su inacabable esclavitud. Pero aun en este particular estaba María de Regla condenada a ver defraudadas sus más risueñas ilusiones de madre. Tirso, su preferido, no la quería, mas se avergonzaba de haber nacido de negra, enfermera del ingenio por añadidura. Al contrario, Dolores adoraba en su madre. Cada vez que llegaba a sus oídos la noticia del mal trato que le daban en La Tinaja, era motivo de amargo llanto para ella y para suplicar a Adela la hiciese venir a La Habana y la sacase de aquel purgatorio donde la tenían penando, hacía tanto tiempo, sólo por haber dado de mamar a la vez a su propia hija y a la hija de sus amos. Sentía Adela la fuerza de estas dolorosas quejas, y, no obstante sus pocos años y muchas distracciones, oyendo continuamente, en el silencio de la noche, ella acostada y Dolores de rodillas junto a su cama, la triste historia de los trabajos y padecimientos de María de Regla en el ingenio, se conmovía hasta verter lágrimas, y entre bostezo y bostezo la prometía que al día siguiente hablaría a doña Rosa sobre el asunto. Así se quedaban dormidas muchas veces aquellas hermanas de leche, casi siempre con las mejillas aún húmedas del llanto.
Mas sucedía que al día siguiente no encontraba Adela ocasión favorable para hablarle a su madre, señora algo seria con sus hijos, con la sola excepción de Leonardo, el niño mimado de la casa, y harto severa con los esclavos. De esta manera se pasaba el tiempo. Una tarde, al fin, mientras se hallaba Adela recostada en el sofá de la sala por un ligero dolor de cabeza, como se le acercase la madre, se le sentase al lado y empezase a pasarle la mano por la frente, en son de acariciarla o por mera distracción, cobró ánimo la joven, y agarró la ocasión por los cabellos, cual suele decirse: