LA LOMA DEL ANGEL (continued 8)
Reading edition
Ninguno de los que pasaban al alcance de Isabel dejaba de darla los buenos días y de pedirla su bendición, doblando la rodilla en señal de sumisión y respeto. Pedro, el Contramayoral, sin la insignia ominosa de su oficio, yendo de un lado a otro, animaba a sus compañeros al trabajo y daba la mano en muchos casos, como para imprimir mayor peso a la palabra con la obra. La subida o aparición de Isabel en los tendales fue la señal para que el negrito del molino alzase la voz argentinada y aguda con la canción, tan ruda como sencilla, improvisada quizás la noche anterior, la cual principiaba con esta especie de verso: La niña sen va, y terminaba con este otro, repetido en coro por todos los demás negros: Probe cravo llorá. Entre la primera letra y el estribillo o pie insertaba el guía, no obstante que criollo, nacido en el cafetal, frases en congo puro, a que también contestaba el coro con el obligado: Probe cravo llorá.
Inútil fuera pedir armonía, siquiera música a una canción, ni civilizada ni salvaje del todo; pero si parecía asaz monótona a oídos delicados, también es verdad que el tono y la letra rebosaban en melancólico sentimiento. Así lo estimó Isabel, aunque hizo como que no oía ni entendía palabra, y siguió adelante hasta el pie de los árboles, donde ya bullían y corrían en todas direcciones las aborotosas gallinas de Guinea. Algunas, las más ariscas, al verla quisieron emprender vuelo, estallando en el grito nasal, chillón y alto con que suelen dar la voz de alarma a sus compañeras. Mas conocida la voracidad de esas aves, bastaron a tranquilizarlas y contenerlas unos granos de maíz que Isabel sacó de la cestita que llevaba al brazo y que tuvo cuidado de arrojarlos en un punto dado, cerca de sí. La banda en masa se echó sobre el escaso alimento, depuesta la vigilancia, olvidado el peligro, y sólo ocupada de egullir granos o pedrezuelas. De esta circunstancia se aprovechó una de las esclavas, a una señal de su señorita, para arrastrarse por el suelo y pillar dos, sin que lo echaran de ver las otras. Muy gustosa es la carne de estas aves, tan gustosa como la de la perdiz, razón por qué Isabel se propuso obsequiar a sus huéspedes con un par de ellas, asadas, en el almuerzo.
A la vista del alimento, arrojado ahora a puñados, acudieron presurosos los pichones. Estos, menos huraños que las guineas, a las cuales temían, y más capaces de simpatía que ellas, revolotearon al principio en torno de la joven, luego se posaron en su cabeza, en sus hombros y en el brazo de la cesta, acabando por arrebatarle el maíz de las manos y aun picarle en la boca. Tales y tan tiernas demostraciones de inocentes avecicas, por más que repetidas un día con otro, siempre la enternecían, y jamás, sino en casos extraordinarios, consintió que las matasen fuera de su vista. Por éste y otros actos parecidos en que se ponía de manifiesto la influencia ejercida por Isabel sobre cuantos seres se le acercaban, no creían menos sus esclavos sino que Dios la había dotado de una especie de encanto o poder secreto, el cual no cabía aludir ni repeler.
Seguía Diego Meneses con la vista los pasos de su amiga, y, bien que, a fuer de hombre civilizado, no estaba dispuesto a conceder nada sobrenatural en ella, sí creía, como los demás, que era una mujer extraordinaria. Desde su puesto de observación daba cuenta fiel de lo que veía u oía, a Leonardo, quien continuaba en la cama descansando y gozando de las finísimas sábanas cargadas de encajes y perfumadas con los pétalos de las rosas de Alejandría, obra toda de las industriosas manos de Isabel. Decía Meneses a Gamboa, entre otras cosas:
—Es mucha mujer ésa, amigo.
—¿No te lo decía yo?, contestaba éste satisfecho.
—Vale un Perú. No se ven muchas como ella por ahí.
—¿Quieres cambiar? La cambio pelo a pelo por Rosa. Vamos.
—No te burles, compadre, contestaba Diego serio. Que reconozca en Isabel prendas raras, dignas de encomio, no quiere decir que me guste más que otras mujeres, ni que esté prendado de ella. Pero la verdad es que cada vez me convenzo más de que tú no te la mereces.
—¡Pues qué! ¿Te figuras que ella es mejor que yo? replicaba Leonardo, herido de la observación de su amigo. Te equivocas, chico, de medio a medio. Ten presente que Isabel es hija de un antiguo empleado del gobierno, empleado cesante, un cafetalista arruinado, un pobretón, en suma; mientras que mis padres tienen potreros, cafetal, ingenio, son hacendados ricos y hacen diferente papel en La Habana. ¿Está Vd.?
—Estoy, sólo que no me referí a nada de eso cuando te dije que no te merecías esa muchacha. Hablando en plata, Leonardo, tú no la quieres.
—¿Por qué supones que no la quiero?
—¡Qué! ¿Acaso no tengo ojos? Desde que llegamos vengo observando tus acciones y palabras, y nada en ti me persuade que amas a Isabel.
—¡Hombre, Diego! Te diré francamente lo que me pasó, dijo Gamboa tras breve rato de silencio. No siento por Isabel aquella pasión ciega y ardiente que sientes tú, por ejemplo... por Rosa.
—Di mejor, le atajó prontamente Meneses, que la que tú sientes por Cecí...
—¡Calla! exclamó Leonardo alarmado, y medio incorporado en la cama. No se mienta la soga en casa del ahorcado. Te pueden oír: las paredes oyen. Ese nombre es vedado aquí.
—Poco importa un nombre. Es muy común y no creo que Isabel lo haya oído en su vida.
—Probable es que no, pero por el hilo se saca el ovillo, cuanto más que Isabel no tiene pelo de tonta.
—Y ahora que viene al caso, ¿cómo te has compuesto respecto a la escena delante de la casa de las Gámez en el momento de la partida de Isabel?
—Creo que sospecha algo y tengo para mí que sus primas le han contado o escrito sobre eso algún cuento. Ello es que Isabel se muestra recelosa y al parecer muy sentida conmigo.
—No dudo que las primas hayan despertado sus celos. La cosa fue, no obstante, muy clara para que se dejase de alarmar Isabel y sospechar lo mismo que tú y yo sabemos. ¡Qué osadía la de aquella muchacha!
—¿Qué quieres? La cegó el demonio de los celos, comprometiéndome a los ojos de Isabel y de sus primas. No puedes imaginarte cuánta fue mi vergüenza.
—Lo considero. Yo, en tu lugar, escondo la cara bajo siete estados de tierra. Mas ¿de dónde sacó Isabel que podía haber sido tu hermana Adela?
—Ahí verás, Diego. Con todo, si bien recuerdas, se parecen mucho a primera vista.
—Ya había hecho yo la misma observación. ¡Qué malo que tu padre tuviese que ver con semejante parecido!
—¿Quién sabe? A él le gusta la canela tanto como a mí. No tendría nada de extraño que, andando a salto de mata, como solía cuando mozo, hubiese dado un tropezón... Lo que es de C... está que se le cae la baba. Me consta.
—Luego no puede ser su padre.
—¡Qué había de serlo! Ni pensarlo. ¡Disparate!
—Pues por ahí se corre que lo es.
—Habladurías de las gentes, Diego. ¿Conciben que estaría enamorado de C... si le ligasen esas relaciones de parentesco con ella?
—Quizás lo ignore, porque tú dices, fue todo a consecuencia de un tropezón. Quizás también la cela de ti, sabedor del parentesco que media entre Vds. dos. ¡Cuando el río suena!...
—En este caso el río no lleva agua, ni piedra. Sólo porque da la casualidad que se parecen mucho C... y Adela se encapricha la gente y habla... Lo que te sé decir es que él me ha hecho pasar más sustos que pelos tengo en la cabeza. Cuando menos lo espero me doy con él de manos a boca. Casi, y sin casi, me causa doble inquietud que el músico Pimienta. Lo único que me tranquiliza por esta parte, es que ella desdeña tanto a los viejos como desprecia a los mulatos.
—No te fíes, sin embargo. Cosa sabida es que hijo de gato ratón caza, y que por donde salta la madre salta la hija. Mas volviendo a nuestro cuento, el resultado de estas misas es que tú no estás en el mejor pie con Isabel.
—No. Como te decía, ella sospecha algo, o alguien la ha predispuesto contra mí. Isabel es, además, muy perra para explicarse con franqueza; yo soy punto menos, de modo que así iremos pasando hasta que Dios quiera, o ella deponga el orgullo y se reconcilie conmigo.
—Esa misma conformidad tuya, observó Meneses, me confirma en la creencia de que tú no amas a Isabel.
—O yo no me he sabido explicar, o tú no me entiendes, Diego. No habiendo puntos de comparación bajo ningún concepto entre las dos mujeres, no puedo querer a la una como quiero a la otra. La de allá me trae siempre loco, me ha hecho cometer más de una locura y todavía me hará cometer muchas más. Con todo, no la amo, ni la amaré nunca como amo a la de acá... Aquélla es toda pasión y fuego, es mi tentadora, un diablito en figura de mujer, la Venus de las mula... ¿Quién es bastante fuerte para resistírsele? ¿Quién puede acercársele sin quemarse? ¿Quién al verla no más no siente hervirle la sangre en las venas? ¿Quién la oye decir: te quiero, y no se le trastorna el cerebro cual si bebiera vino? Ninguna de esas sensaciones es fácil experimentar al lado de Isabel. Bella, elegante, amable, instruida, severa, posee la virtud del erizo, que punza con sus espinas al que osa tocarla. Estatua, en fin, de mármol por lo rígida y por lo fría, inspira respeto, admiración, cariño tal vez, no amor loco, no una pasión volcánica.
—Y pensando como piensas, Leonardo, ¿te casarás con Isabel?
—¿Por qué no? Precisamente así es como debe buscarse la mujer para esposa. El que se casa con Isabel está seguro de que no padecerá de... quebraderos de cabeza, aunque sea más celoso que un turco. Con las mujeres como C... el peligro es constante, es fuerza andar siempre cual vendedor de yesca. No me ha pasado jamás por la mente casarme con la de allá, ni con ninguna que se le parezca, y sin embargo, aquí me tienes que me entran sudores cada vez que pienso que ella puede estar coqueteando ahora mismo con un pisaverde o con el mulato músico.
—Lo que prueba, amigo mío, que no hay forma de servir a dos amos.
—En negocios de amores, o galanteos, se puede servir hasta a veinte, cuanto y más a dos. La de La Habana será mi Venus citerea,[44] la de Alquízar mi ángel custodio, mi monjita Ursulina, mi hermana de la caridad.
—Es que no se trata aquí de amores ni de meros galanteos, se trata de amar mucho a una y de casarse con otra que no se ama tanto.
Ya veo que tú no entiendes de la misa la media. Para gozar mucho en la vida el hombre no debe casarse con la mujer que adora, sino con la mujer que quiere. ¿Entiendes ahora?
—Entiendo que tú no has nacido para casado.
Prosiguiendo Isabel en su excursión matutina, muy ajena de la conversación que se tenían los jóvenes habaneros sobre ella, se llegó al pozo. Allí, como en todas partes, impuso respeto su presencia. Por lo que toca al aguador, suspendió el trabajo, no fuera que al verter el agua en la cubeta salpicase el traje de su señorita, que se había acercado demasiado. Al contrario, el calesero criollo, poco más o menos de la edad de aquélla, y que por haberse criado a su vista la trataba con más confianza, no detuvo el bañado de los caballos, dado que se quitó el sombrero. Tampoco dobló la rodilla, cual su compañero, al desearla los buenos días, circunstancia que estamos seguros no advirtió Isabel, ya por estar acostumbrada, ya por no concordar con sus sentimientos filantrópicos la humillación, ni en el esclavo.
—Blas, dijo dirigiéndose al aguador, ¿tiene mucha agua el pozo?
—A bombón (por mucha), niña.
—¿Cómo lo sabes tú?, le preguntó ella.
—¡Ah, niña! Yo oye siempre bu, bu, bu.
—Luego se podrá ver el movimiento del agua.
—Se pue, niña, se pue. Yo mira jervir.
—Veamos, dijo Isabel acercándose todavía más al brocal.
—¿Sumelsé mira?, preguntó el negro muy asustado. No, no mira. Mu jondo. Diablo rempuja la niña.
De los aspavientos del compañero riose Leocadio y sugirió que la señorita podía satisfacer su curiosidad sin riesgo si se afirmaba de un ramal de la soga mientras ellos dos sujetaban el otro cabo. De esta manera se hizo; pero Isabel no alcanzó a ver el fondo por la demasiada profundidad, por el espesor del brocal de mampostería y por los innumerables helechos adheridos a las paredes interiores, que con sus graciosas palmas casi cerraban la boca del pozo.
Enseguida Isabel preguntó al calesero si los caballos estaban en disposición de emprender el viaje del día siguiente:
—Niña Isabelita, contestó él en lenguaje más inteligente que el de su compañero: Pajarito y Venao necesitan herraura nueva.
—¿Por qué no me lo habías dicho, Leocadio de mis culpas?
—¿Y yo he tenío tiempo? Hasta anoche no supe na del viaje. Dispués de bañar los caballos iba a decírselo a la niña.
—Pues tienes que ir al pueblo a herrarlos.
—Iré dispués de almuerzo. Deme la niña la papeleta para el herraor. Si no se ha emborrachao, estamos bien.
—Por eso, ve lo más temprano que puedas. Y echa ahora a correr y sofocar los caballos antes de tiempo.
—La niña siempre se figura que uno mata los caballos.
—Debías llamarte mata-caballos, no Leocadio.
No se detuvo Isabel en las otras dependencias de la finca por aquel lado del batey; mas al cruzar al opuesto, echó de menos a uno de los esclavos de campo y la informó el Contramayoral que por enfermo no se había presentado en la fila la noche anterior. Reprendió a Pedro que no le dio el aviso oportuno, siguiendo derecho a la enfermería. Se hallaba sentado el enfermo en el suelo, junto a la lumbre, abatido y con un pañuelo atado en la cabeza. Por pronta providencia la enfermera le había suministrado sendas jícaras de infusión de corteza de naranja, endulzada con azúcar de raspaduras. Isabel le tomó el pulso, comprendió que tenía fiebre y dispuso se recogiera entre tanto venía el médico. De vuelta a la casa de vivienda, examinó la caballeriza y el salón en que se escogía el café.
La esperaban en el pórtico los huéspedes, junto con su hermana, su tía y su padre. Parecía natural que quien tan puntualmente había desempeñado las obligaciones de administradora de la heredad y de las cosas a ella adscritas, se sintiese satisfecha de sí misma y más dispuesta para el desempeño de sus deberes como ama de casa. En el semblante risueño y animado con que tornó al lado de la familia, se echó bien de ver que la dueña cariñosa y blanda de esclavos sumisos, sabía ser amable y atenta con sus iguales y amigos. Desde ese momento se consagró a obsequiarlos y a hacerles cuanto agradable se pudiese su corta estada en el cafetal.
Como la mañana siguiese siendo fresca y de poco sol, propuso Isabel a sus amigos una breve visita al jardín fronterizo de la casa. Ese era su Edén. Poca cosa se le alcanzaba del arte de la jardinería, mucho menos de botánica; tampoco se había propagado en Cuba el gusto por la floricultura, ni Pedregal u otros jardineros franceses habían importado de Francia la gran variedad de rosas que adelante trajeron la invasión rosada a La Habana. Pero Isabel era florista por instinto y por afición decidida, y como había plantado con sus manos, sabía de coro la historia de todas las flores que crecían en su delicioso pensil. Guardóse, no obstante, de mencionar siquiera el rosal de flores pálidas en que Leonardo, hacía un año cabal, había injertado de púa el rosal de flores encarnadas. Vigoroso y lozano se mostraba, ostentando en cada nudo rosas de uno y otro color; remedo fiel y poético de dos seres sensibles ligados por la más humana de las humanas pasiones: el amor.
Más tarde la visita a los jardines la extendió Isabel a una excursión a caballo de los cuatro jóvenes por los cafetales vecinos. Sentía ella la necesidad de distraerse, más aún, de aturdirse con el continuo movimiento. Aparte de que no la había dejado satisfecha su explicación de la víspera con Leonardo, le dolía alejarse del apacible hogar y del amoroso padre, y ya la acometía aquella especie de fiebre, síntoma infalible de la extrema dolencia conocida por nostalgia.
Así cursó el 2 de diciembre y vino la melancólica mañana del 24. Mucho antes de aclarar había partido para Guanajay el postillón con el relevo de las tres caballerías. En la silla, y armado al uso general con el látigo y largo machete de cabo de carey y plata, aguardaba por las viajeras el apuesto calesero Leocadio. Cerca de allí se veían varias esclavas y algo más distante los otros siervos, aparentemente preparándose para emprender las faenas del nuevo día, en realidad, como después se vio, en expectativa de la tristísima escena que allí se representaría.
Deseosa Isabel de abreviar el doloroso momento de la separación, abrazó a su padre de carrera, tomó el brazo que le brindaba Gamboa y, con los ojos empañados por las lágrimas, salió a la avenida del este para tomar el carruaje. Las señoras iban en el traje riguroso de camino, de seda oscuro y el sombrerito de paja o gorra al estilo francés. A su aparición se observó un movimiento general seguido de un murmullo entre los esclavos espectadores, quienes prorrumpieron a una en el clamor o canto monótono de la víspera: La niña sen va, probe cravo llorá, repetido en coro solemne a la luz matinal del nuevo día, que apenas alumbraba la cúspide de los más empinados árboles.
Este inesperado saludo acabó de desconcertar a Isabel. Flameó el pañuelo hacia el grupo de esclavos en señal de despedida y apresuró más el paso. Entonces reparó en el Contramayoral.
A pie firme, callado, la cabeza erguida, dejando ver a través de los cabezones de la camisa el cuello rollizo y parte del membrudo pecho, Espartaco por su varonil musculatura, flaca mujer por la sensibilidad de su inculto espíritu, tenía de la cama del freno de plata el inquieto caballo de Gamboa. Junto a él se hallaba su mujer, también inmóvil y callada, con un niño en los brazos, hondamente afligida, según lo mostraban las gruesas gotas de lágrimas que rodaban por sus mejillas de ébano. Tan conmovida como ella, Isabel le puso la mano en el hombro, imprimió un dulce beso en la frente del niño y dijo a su marido:
—¡Pedro, Pedro!, no le olvides de mis encargos.
Sin aguardar respuesta tomó refugio en el carruaje.
En ese asilo comenzaron las que pudieran llamarse cariñosas importunidades de los esclavos. Las negras especialmente, convencidas de que se marchaba su señorita, rodearon el quitrín y las más expresivas se agolparon al estribo, metían la cabeza por debajo de la cortina o capacete, y, según su costumbre, clamaban a grito herido:
—¡Adiós, niña! ¡Vuelva pronto, niña! ¡No se quede por allá, niñita mía! ¡Dios y la Virgen lleven con bien a la niña! Acompañando estas frases, que hemos traducido en gracia del lector, con sus extravagantes demostraciones, como oprimirle suavemente los pies, besárselos cien veces, lo mismo que las manos con que ella quería rechazarlas. Todo esto dicho y expresado con verdadero sentimiento, con exquisita ternura, y sin dejar de contemplar su angelical semblante, cual el de un ídolo o de una imagen sagrada.
Pobres, sensibles, aunque ignorantes y sencillos esclavos, tenían a su ama por la más hermosa y buena de las mujeres, por un ser delicado y sobrenatural, y se lo demostraban a su manera ruda e idólatra.
Poco a poco, ya por ruegos, ora por amonestaciones suaves, logró Isabel apartar de sí a las más petulantes, dio la orden de partir, y anegada en llanto exclamó:—Yo no sirvo para estas escenas.
A tiempo de montar echó Gamboa una mirada desdeñosa al espectáculo en torno del carruaje, y dijo alto, de modo que lo oyó Pedro, que le tenía el estribo:
—¡Ay! ¡Qué falta hacía aquí un buen cuero!
El calesero llamó la atención hacia las riendas del caballo de fuera, y cuando Isabel pudo tomarlas en la mano ya el quitrín y los viajeros habían salvado la portada y se hallaban casi en los límites, por el oeste, del cafetal La Luz.
Capítulo III
¡Dulce Cuba!, en tu seno se miran en el grado más alto y profundo, las bellezas del físico mundo, los horrores del mundo moral.
José María Heredia
Llaman Vuelta Abajo o Vuelta Bajo en la isla de Cuba, a aquella región que cae a la parte poniente del meridiano de La Habana, y que, principiando en las cercanías de Guanajay, termina en el cabo de San Antonio. Se ha hecho famosa por el excelente tabaco que se produce en las fértiles vegas de sus numerosos ríos, principalmente sobre la vertiente meridional de la cordillera de los Organos. Para darla semejante dictado parece que hay una razón de mucho peso, a saber: la baja nivelación del suelo de ese territorio, comparada con la alta del ya descrito.
Empieza el descenso a pocas millas al oeste de Guanajay, advirtiéndose desde luego un cambio brusco en el aspecto del país. El color del suelo, sus elementos componentes, la vegetación, el clima y el género de cultivo en general son del todo diferentes. Así es que el rápido declive constituye una rampa para el que va y un cerro para el que viene de la Vuelta Abajo.
Al borde de esta precipitosa rampa se desplega ante los ojos del viajero un cuadro inmenso, magnífico, que no hay lienzo que le contenga, ni ojos humanos que le abarquen en toda su grandeza. Figuraos una aparente planicie, limitada al oeste por las brumas del lejano horizonte, al norte por las colinas peladas que corren a lo largo de la costa, y al sur por las ásperas y alterosas sierras que forman parte de la extensa cordillera de montañas de la Vuelta Abajo. Y hemos dicho aparente llanura, porque de hecho es una serie sucesiva de valles transversales, estrechos y hondos, formados por otros tantos riachuelos, arroyos y torrentes que descienden de las laderas septentrionales de los montes y, después de un curso torcido y manso, se pierden en las grandes e insalubres cuencas paludosas del Mariel y de Cabañas.
A la vista del grandioso cuadro, Isabel, que era artista por sentimiento y que amaba todo lo bueno y bello en la naturaleza, mandó parar los caballos a los bordes de la rampa y echó pie a tierra, sin aguardar a que se aceptara la proposición por sus compañeros. Serían las ocho de la mañana. Ensanchábase allí el camino, describiendo una zeda para disminuir en lo posible lo precipitoso de la bajada. Por esta razón, aunque ambas laderas se hallaban cubiertas largo trecho de un arbolado crecido y hojoso, ni sus copas sobresalían mucho del nivel de la planicie que ocupaban los viajeros, ni obstruían, que digamos, la vista panorámica de más allá. Asombrosa era la vegetación. A pesar de lo avanzado de la estación invernal, parece que había vestido sus mejores galas y que orgullosa sonreía a los primeros rayos del almo sol. Do quiera que no había hollado la planta del hombre ni el casco de la bestia, allí brotaba, por decirlo así, a raudales el modesto césped o rastrera grama, el dulce romerillo, el gracioso arbusto, el serpentino bejuco y el membrudo árbol. Hasta de las ramas verdes y gajos secos, cual cabelleras de seres invisibles, pendían las parásitas de todas clases y formas, que viven de la humedad de que está constantemente saturada la atmósfera de los trópicos. El suelo y la floresta, en una palabra, cuajados de flores, ya en ramilletes, ya en festones de variada apariencia y diversidad de matices, formaban un conjunto tan gallardo como pintoresco, aun para aquellas personas acostumbradas a la vista de los campos feracísimos de Cuba.
Para mayor novedad y encanto, se ofrecía allí la vida bajo sus formas más bizarras: bullía materialmente el bosque vecino con todos los insectos y pájaros casi que cría la prolífica tierra cubana. Todos a una zumbaban, silbaban o trinaban entre el sombrío ramaje o la espesa yerba, y hacían concierto tal y tan armonioso como no podrán jamás hacerlo los hombres con la voz ni los instrumentos músicos. Dichosos ellos que de puro pequeños e inermes no excitaban la codicia del cazador, ni temían ser interrumpidos en sus inocentes correrías y revoloteos mientras recogiendo la miel en el cáliz de las flores, o saltando de rama en rama, hacían temblar las hojas, desprendían el rocío cuajado en ellas y las gotas, al dar en la hojarasca seca del suelo, remendaban una lluvia en que no tenían parte las nubes.
No hay paridad ninguna en la fisonomía del país visto por ambos lados de las montañas. Por el del sur, la llanura con sus cafetales, dehesas y plantaciones de tabaco, continúa casi hasta el extremo de la isla y es lo más ameno y risueño que puede imaginarse. Al contrario por el lado del Norte, en el mismo paralelo se ofrece tan hondo, áspero y lúgubre a las miradas del viajero que cree pisar otra tierra y otro clima. Ni porque está ahora cultivado en su mayor parte hasta más allá de Bahía Honda, se desvanece esa mala impresión. Quizás porque sus labranzas son ingenios azucareros, porque el clima es sin duda más húmedo y cálido, porque el suelo es negro y barroso, porque la atmósfera es más pesada, porque el hombre y la bestia se hallan ahí más oprimidos y maltratados que en otras partes de la Isla, a su aspecto sólo la admiración se trueca luego en disgusto y la alegría en lástima.
Tal, poco más o menos, sintió Isabel en presencia de aquel pedazo de la famosa Vuelta Abajo. Sus puertas, que eran de hecho las alturas en que se hallaban detenidos los viajeros, no podían ser más espléndidas; podían calificarse de doradas. Pero ¿qué pasaba por allá abajo? ¿Sería aquélla la morada siquiera de la paz? ¿Habría dicha para el blanco, reposo y contentamiento alguna vez en su vida para el negro, en un país insalubre y donde el trabajo recio e incesante se imponía como un castigo y no como un deber del hombre en sociedad? ¿A qué aspiraba ni qué podía esperar tanto ser afanoso cuando pasado el día y venida la noche se entregaba al sueño que Dios, en su santa merced, concede a la más miserable de sus criaturas? ¿Ganaba alguno, entre tanto trabajador, el pan libre y honradamente para sostener una familia virtuosa y cristiana? Aquellas fincas colosales que representaban la mayor riqueza en el país, ¿eran los signos del contento y de los puros placeres de sus dueños? ¿Habría dicha, tranquilidad de espíritu para quienes a sabiendas cristalizaban el jugo de la caña-miel con la sangre de millares de esclavos?
Y la ocurrió naturalmente que si se casaba con Gamboa, tarde que temprano tendría que residir por más o menos tiempo en el ingenio de La Tinaja, a donde ahora se dirigían en son de paseo. Naturalmente también, se agolparon a su mente, como en procesión fantástica, los rasgos principales de su breve existencia. Recordó su estada en el convento de las monjas Ursulinas de La Habana, donde en medio del silencio y de la paz se nutrió su corazón de los principios más sanos de virtud y caridad cristiana. Como en contraste recordó la muerte de su piadosa madre; la orfandad en que quedó sumida; su desolación y hondo pesar; los días serenos e iguales que después había venido pasando en el cafetal La Luz, bello jardín, remedo del que perdieron nuestros primeros padres, acariciada por sus más allegados e idolatrada por sus esclavos como no lo fue reina alguna sobre la tierra. Recordó, en fin, la situación aflictiva en que dejó a su padre, achacoso y ya entrado en años, el cual no aprobaba del todo aquel viaje, tal vez porque podía ser el preludio de separación más grave y prolongada.
Brevísimos fueron el silencio y recogimiento de la joven; pero tan intensa, tan viva su emoción, que no pudo evitar se le llenaran de lágrimas los ojos. Leonardo se hallaba a su lado, teniendo por la brida el brioso caballo, y ya por divertirla de sus tristes ideas, ya por echarla de cicerone, comenzó a describir los puntos culminantes del magnífico panorama que tenían a la vista. Había pasado él varias veces por aquellos lugares; conocía a palmos el terreno que pisaba y quería dar muestras a las amigas de su buena memoria. El primer ingenio a nuestros pies, dijo, es el de Zayas. Los árboles de esta parte de la loma nos impiden ver las fábricas, pero aquéllos son sus últimos cañaverales. Debe de estar moliendo, porque hasta acá llega el olor del melado. Muele todavía con trapiche y mulas. Tenemos que pasar por el mismo batey. Después, en el centro de este gran valle, un poco hacia nuestra derecha, por junto al tronco de aquella ceiba, pueden verse las tejas coloradas de la casa de calderas del viejísimo ingenio de Escobar o del Mariel. Según me cuenta mamá, fue el primero que se fomentó en esta parte de la Vuelta Abajo. También debe de estar moliendo pues veo salir humo de entre la arboleda del batey. Luego, ¿no ven Vds., una nube blanca que atraviesa el valle en toda su latitud a la altura de los árboles describiendo una porción de vueltas y revueltas? Un poeta diría que era un cendal de gasa. A mí me parece la piel de una culebra soltada en la huida del monstruo de las montañas al mar. Pues no es otra cosa, si bien reparan Vds., que los vapores que van marcando el curso torcido del río Hondo, notable por lo estrecho de su cause y por las grandes avenidas que hace en tiempo de lluvias. Ahora estará bajo y habrá puentes para pasarlo sin necesidad de mojarnos los pies. Del otro lado, por aquí derecho, en vuelta del noroeste, ¿divisan Vds., un bosque muy verde y tupido del cual asoman unas torres que parecen redondas? Ese es el ingenio Valvanera, de don Claudio Martínez de Pinillos, recién creado Conde de Villanueva. A la izquierda, al pie del monte de Rubín o Rubí, se ven los cañaverales del ingenio La Begoña, y a la derecha, aún no discernible, La Tinaja, cerca de una legua del pueblo de Quiebra Hacha.
Muy pendiente era la bajada por aquel lado al vastísimo valle de los ingenios de azúcar, y aunque trazada en zig zag, todavía trabajaban mucho los caballos para mantener el carruaje en el conveniente nivel. Acortaba el calesero las riendas del de varas, temeroso de un resbalón; y se abatía de nalgas y se deslizaba que no marchaba de firme. Con esto crujían las sopandas de cuero, sobre las cuales se mecía la caja del quitrín a guisa de zaranda, y el sudor empezaba a brotar del tronco de las orejas y de los ijares de las fatigadas bestias.
—Poco a poco, Leocadio, dijo Isabel en llegando a lo más agrio de la cuesta. No había visto yo camino más pendiente.
Cabalgaba Leonardo al estribo derecho del carruaje, y dijo en son de broma:
—¿Es Isabel la que habla? La creía yo más guapa que eso.
—Si se figura Vd. que tengo miedo, repuso ella prontamente, se engaña de medio a medio. No temo ni pizca por mí, temo por los caballos. Mire Vd., el de barras: la carga es mucha y la bajada precipitosa; se ha bañado en sudor, y estoy esperando verle caer y rodar. Sí, mejor será apearnos. Para Leocadio.
—No, no se apee, niña, dijo el calesero con instancia, arriesgando un choque con sus amas. Como su merced se apee en este paraje, tendrá que apearse en todas las lomas. Pajarito es mu resabioso y sabe más que las bibijaguas. Déjeme su merced darle cuarta y verá cómo no se hace más el chiquito.
—Eso es lo que tú quisieras, que te dejase maltratar al pobre caballo. ¿No sabes que no está acostumbrado a las lomas? De ningún modo consentiré que le pegues. Para, te digo.
—La niña tiene perdíos los animales y la gente, murmura Leocadio recogiendo las riendas para parar. Cuando estaba viva la señora estos caballos volaban como pájaros. A ella sí que le gustaba jarrear de duro.
En este punto intervino Leonardo, oponiéndose al propósito anunciado por su amiga, no ya sólo porque de hacerlo así el tronco adquiriría el vicio de que hablaba el calesero, sino porque de resultas de la sombra del arbolado de la derecha aun no había enjugado el sol la humedad del suelo barroso del camino. Cedió ella con visible repugnancia, y como para no tomar parte directa en el martirio, según dijo, de los caballos, entregó los cordones del de la pluma a su hermana Rosa y cerró los ojos mientras duró la bajada.
No deseaba ésta cosa mejor. Joven y viva de carácter, amaba el peligro y se perecía por manejar, fueran las que fuesen las fatigas que experimentasen las caballerías en trasportarla por aquellos derrocaderos, como al niño en su cuna de viento.
Molía Zayas en efecto. Las pilas de caña miel recién segada cerraban casi los costados exentos de la casa de ingenio, pues sólo dejaban un pasaje bastante amplio, eso sí, por el lado del batey, o camino que traían los viajeros. Notábase allí gran vocerío y movimiento, lo mismo dentro que fuera. Dentro, las mulas del trapiche pasaban y repasaban por delante del espacio abierto en su precipitado giro, azotadas despiadadamente por los mozos negros que corrían a par de ellas con ese único propósito. Por entre aquel estrépito infernal se oía distintamente el crujir de los haces de caña que otros esclavos desnudos de medio cuerpo arriba metían de una vez y sin descanso en las masas cilíndricas de hierro. Al otro lado del trapiche, aunque eran mayores si cabe la batahola y la algarabía, por decirlo así, de los ruidos confusos, no se veía cosa alguna; impedíalo completamente el denso humo revuelto con el vapor que se desprendía de las hirvientes calderas, donde se cocía el dulcísimo jugo de la caña y llenaba con sus inmensas olorosas columnas todo el interior del gran laboratorio.
Afuera, una doble fila de carretas, o se acercaban cargadas a dicha casa, o se alejaban de vacío en dirección del campo o del corte de caña, como se dice; todas tiradas por un par de bueyes no menos flacos que tardos en sus movimientos. Pie a pie de cada yunta marchaba el conductor o carretero esclavo, armado de ahijada larga y pincho agudo de hierro; y a todo lo largo de la doble fila de carretas, ya en una dirección, ya en otra opuesta, cabalgaba en su mula marchadora el bovero blanco, armado también, mas no de vara, sino del indispensable cuero, con el que de cuando en cuando cruzaba las espaldas de aquel negro que creía remiso en el uso de la férrea ahijada.
La hechura de las carretas era lo más zurdo y primitivo que puede imaginarse; el engrase de los ejes por darse, con lo que las cargadas chirriaban sin cesar; al paso que las de vacío, con sus desmesuradas ruedas y holgura de manga, sobre no guardar jamás la perpendicular, fuera cual fuese la nivelación del piso, hacían un retintín desagradable, chocando de continuo las sueltas bilortas contra los sotrozos de hierros fijos, y saliéndose de su sitio las tablas de la cama. Por largo trecho en una y otra dirección, el batey y las guardarrayas desaparecían bajo las hojas pajizas y aun los trozos útiles de caña dejados caer por incuria, por exceso de carga o por defecto material de los vehículos empleados en su trasporte. A este lamentable desperdicio contribuían como los que más los conductores. No bien se alejaba el boyero de un punto dado, se aprovechaba el conductor inmediato para sacar de la carga el trozo de caña que mejor le parecía, en cuyo acto arrastraba otros varios que se caían en el camino y allí quedaban para ser hollados y molidos por las carretas que venían detrás. No se cuidaba de eso, antes se llevaba a la boca por un extremo el trozo de caña y le chupaba afanoso, sin dejar de animar a los bueyes con voces descompasadas y repetidos pinchazos hasta sacarles sangre: puede ser en desquite por la que el boyero hacía saltar de sus espaldas con la pita, o llámese punta, del terrible látigo.
Tales escenas u otras muy parecidas a éstas se repitieron a la vista de los viajeros, a su paso por los ingenios de Jabaco, Tibotibo, El Mariel o antiguo de Escobar, Ríohondo y Valvanera.
Entre las dos plantaciones últimamente mencionadas, sólo avistaron una pequeña sitiería, a la margen derecha del camino, quiere decir, de un grupo de cabañas pajizas donde algunas familias pobres cultivaban un corto paño de tierra y criaban animales domésticos. No podía dársele siquiera el nombre de aldea, dado que allí, ni en muchas millas a la redonda, había escuela ni iglesia. Los ingenios de fabricar azúcar no consentían, por lo general, en su inmediata vecindad, esos símbolos del progreso y de la civilización.
Para librarse de aquellos amargos pensamientos procuraba separar los ojos del suelo negro, duro y sin lustre, cual hierro dulce, del camino, y los pasaba por cima de las flores o güines color violado claro, de las cañas en sazón, hasta tropezar en la zona azulosa donde se unía el horizonte con las cumbres oscurísimas de las distantes montañas.
Pero por más de un motivo poderoso no la era dable a Isabel aquella concentración que demandaba el espíritu en su agonía. Bruscas cuanto frecuentes eran las ondulaciones del terreno; el camino, aunque ancho, necesariamente torcido; las cañadas estrechas y hondas; la mayor parte de las cuales había que pasarlas por puentes hechos sin arte ni solidez, con maderos rollizos, o con tablas sacadas de los troncos de las palmas. Tenía que ser la marcha, en consecuencia, lenta y cautelosa, y luego no sabía Rosa regir el caballo de fuera; razón por qué más bien que de ayuda servía de estorbo al de varas, ya atravesándosele delante, ya no tirando a la par, o tirando en dirección opuesta a la del movimiento del carruaje. Quejose más de una vez el calesero de estos tropiezos, hasta que Isabel, para acallarle y evitar un contratiempo serio, reasumió los cordones del caballo de la pluma.
Si Rosa supiera, no habría podido manejar mejor en aquella alegre mañana de viaje. A la izquierda del quitrín, donde lo permitía la amplitud del camino, iba Diego Meneses, tan galán a caballo como decidor y amable a pie y entonces inspirado y elocuente, dispuesto más que otras veces a ver las escenas que recorrían sólo por su lado poético y brillante. A cada paso hallaba motivo para empeñar la atención de su entusiasta amiga, ya indicándole los festones de aguinaldos blancos o campanillas pendientes de todos los arbustos a orillas de los cañaverales, ya los güines de las cañas, que comparaba con las garzotas de innumerables guerreros en marcial arreo, mecidos blandamente por la gentil brisa de la mañana; ora los grupos de tomeguines que con rumor sordo, cual de viento rastrero y en gran tropel, seguían por algún trecho la dirección de los viajeros, rozando con las yerbas y luego desapareciendo por entre los troncos de las cañas; o el vivaracho sabanero de tardo vuelo, que salía con estrépito del espeso matorral y se posaba con mucha dificultad en la primer hoja de caña con que tropezaba en su desatentada fuga; o la esquiva garza blanca que se abría paso por entre las ramas del roble ribereño, y con el largo cuello replegado a la espalda y los pies colgando seguía en su huida el curso del arroyo; o la bandada de alborotosas cotorras que cubrían los naranjos silvestres y sólo se veían cuando se aferraban a la dorada fruta para extraerle la simiente; o el gavilán, en fin, águila de Cuba, que daba gritos y gritos penetrantes mientras se cernía por encima de las palmas más alterosas, entre la tierra y el cielo.
Finalmente, pasadas las diez de la mañana, atravesaron los viajeros los cañaverales del ingenio Valvanera, a la vista de sus grandes fábricas. Dos millas adelante se acercaron al pueblo de Quiebra Hacha. Aquí se dividía en dos el camino que traían, uno que torcía al oeste y era el carretero de la Vuelta Abajo, y el otro, el de La Angosta, que servía de entrada a los ingenios de azúcar, ya establecidos en esa región de la costa. Este tomaron nuestros viajeros. A su paso por el pueblo varias personas reconocieron y saludaron con amistoso respeto a Leonardo Gamboa.
Presentábase adelante el país tan áspero, desigual y montuoso como el anterior recorrido, aunque el arbolado era más frondoso y lozano, casi primitivo, y el suelo surcado de arroyos bulliciosos y de limpias aguas que corrían a perderse al fondo de la bahía del Mariel, o en el mar abierto al Norte. Tras media hora de camino debajo del bosque, donde no penetraban los rayos del sol, se avistaron los cañaverales de un ingenio en el repecho de una colina, acotados por una cerca rústica hecha de gajos, que mantenían en posición horizontal rajas de leña o estacas con horquilla hincadas en tierra y atados juntos de trecho en trecho, para mayor seguridad, con un bejuco que, cuando verde, es bastante flexible y elástico, conocido en la Vuelta Abajo con el nombre vulgar de colorado, Bauchinis heterophyllas.
Luego que, siguiendo por breve espacio, paralelo a dicha ruda cerca, en cuyo tiempo ganaron los viajeros la altura de la colina, se les ofrecieron en toda su extensión y grandeza los campos de caña y allá, en el centro del cuadro, el variado grupo de sus fábricas, coronando otra colina de mayor planicie y más ancha base. Aquél era el ingenio de La Tinaja, y Leonardo Gamboa, que servía de guía, se las mostró a sus amigos con cierto sentimiento de orgullo. Para ello había motivo sobrado, no ya sólo por el valor en dinero que representaba la finca, y por las consideraciones sociales que se les guardaban a sus dueños, mas también por el cuadro bello y pintoresco del conjunto, contemplado a buena distancia; encubridora eficaz de los lunares y manchas inherentes a casi todas las obras, así humanas como divinas.
El camino por donde se habían internado los viajeros hasta allí era el denominado de la Playa, porque servía para el acarreo de los azúcares al pueblo del Mariel, desde el cual se embarcaban y conducían en goletas al mercado de La Habana. Cruzaba la colina por su cúspide y había establecida en ella una talanquera no menos rústica que la cerca, pues se reducía a unas varas en bruto, metidas por sus cabezas en los orificios de dos largueros paralelos. Arrimada a la cerca, y en su encuentro con la talanquera, se alzaba una cabaña o bohío de los de vara en tierra o de dos aguas, tan gacho que la techumbre se componía de hojas enteras de la palma tendidas en los costados o vertientes, con las puntas descansando en el suelo.
Adelantose Leonardo para ver por qué no se hallaba en su puesto el negro guardiero y abría la talanquera. Con tal objeto, plantó su caballo ante la única entrada del bohío, e inclinando el cuerpo, trató de registrar el interior. Inútil trabajo: la puerta o boca era muy estrecha y baja, y más allá de dos pies del umbral no podían penetrar ojos humanos, no tanto por la viva claridad del día afuera, cuanto por la densa nube de humo de leña que ardía dentro y no tenía otro medio de escape que ése.
—No veo nada y dudo que haya alma viviente en el bohío, dijo Gamboa hablando con las señoras en el quitrín, parado en medio del camino. ¡Maldito negro!
—Tal vez duerme, dijo Isabel.
—Si no es el sueño de la muerte, repuso Gamboa, juro que no le salva nadie de un bocabajo.
—¿De qué se trata? preguntó Meneses. ¿De abrir la talanquera? Yo abriré y no perderé el casamiento por eso.
—No harás tal, replicó Leonardo colérico. No lo consiento.
—Bien, sugirió Isabel con su voz argentina y dulce. Abrirá el calesero; los caballos están harto cansados para echar a correr. Leocadio, apéate.
—No, no, Isabel, replicó Leonardo, cada vez más colérico. Tampoco puedo consentir en eso, no debo consentirlo. Si el guardiero está vivo abrirá la talanquera, que para eso y para más le han puesto ahí.
Sacó el reloj y añadió enseguida:
—Ya han dado las doce, hora en que sueltan la negrada para que coma. Si hubiéramos llegado aquí un poco antes, habríamos oído la campana del ingenio. Apostaría a que el taita guardiero se ha metido en el cañaveral para verse con alguna de sus carabelas. ¡Por Dios vivo que la paga! Nada, no está en parte alguna. ¡Caimán! ¡Caimán!, gritó a todo torrente.
Los montes del rededor fueron los únicos que le devolvieron el eco de sus voces con temblor continuado, hondo y siniestro; y luego empezó a ladrar un perrillo dogo dentro del bohío. Ahí está el guardiero, pensó el joven, y se hace el dormido para no tomarse el trabajo de abrir la talanquera. Lo haré salir a patadas, agregó alto, dando un puñetazo en el pomo de la silla. Echó pie a tierra sin más demora y se metió en el bohío, teniendo siempre el caballo de la brida.
Muy mal sonaron estas palabras y aquellos juramentos en los oídos de la modesta Isabel, aun cuando para no avergonzar a su amigo ni irritarle más contra el pobre esclavo, se guardó de representarle lo absurdo y aun el riesgo de su final propósito, si a posta éste se escondía por tener oculto algún compañero en el bohío o por otra causa cualquiera. Afortunadamente, nada de eso ocurría. En aquel mismo instante las señoras del carruaje, Meneses y el calesero a caballo oyeron un ruido de ramas en el bosque vecino, agitadas por una persona o animal que se abría paso con alguna dificultad, y después apareció en la orilla un negro anciano mal vestido, con un gorro de lana en la cabeza, un palo largo y nudoso en la mano, que le servía de apoyo, tal vez para no besar la tierra con la frente, pues tenía el cuerpo hecho un arco por la edad, por los trabajos o por la costumbre inveterada de vivir en casas de techo bajo. Echó de ver a los viajeros apenas salió del bosque, porque se detuvo un momento indeciso del partido que debía tomar, y en soltando entre las altas yerbas algo que brillaba a los rayos del sol y parecía botella u otra vasija por el estilo, después continuó andando derecho al carruaje por la parte opuesta al bohío.
Esta circunstancia casual le salvó del primer choque de la ira de su amo, el cual, no bien salió del bohío, le reconoció desde lejos y se lanzó sobre él a carrera tendida. Pero mientras montó a caballo y salvó la distancia que le separaba de su intentada víctima, dio tiempo para que éste se pusiera inconscientemente al amparo de las señoras. Lo probable es que el infeliz esclavo no tuviese noticias de que aquellas personas eran esperadas en el ingenio, ni que entre ellas viniese guiándolas su joven amo. A derechas no le conocía tampoco. Pero al notar que se le venía encima a todo correr, y que gritaba:—¡Ah, perro! ¡Ahora lo verás!, no pudo desconocerle ni dejar de caer de rodillas a los pies del caballo, quien, conteniéndose y todo, le echó a rodar con el solo bote del pecho.
El susto de las señoras fue grande. Rosa hizo una exclamación de horror; doña Juana repitió:—¡Jesús! ¡Jesús! e Isabel medio que se incorporó en el asiento, sacó el brazo fuera del carruaje y dijo más indignada que asustada:—¡No le mate, Leonardo!
—Agradecer debe que están Vds. delante, dijo Leonardo; de otro modo me parece que le mataba. Tan indignado me siento contra él.
—¡Ah, mi suamito!, exclamó el viejo incorporándose trabajosamente hasta ponerse otra vez de rodillas, como humildísimo pecador en presencia de su airado juez.
—¿Dónde te habías metido, perro brujo? le preguntó el joven, y sin aguardar por la respuesta continuó preguntando o diciendo: ¿Qué hacías en el monte? ¿Por qué no estabas en tu bohío? ¿A que habías ido a cambalachar por aguardiente con el tabernero del pueblo la raspadura que robas en el ingenio? Sí, sí. Lo juraría.
—¡No, mi suamito, no siñó, sumercé! ¡Caimán no roba rapaúra! ¡Caimán no bebe aguaurdiente!
—¡Cállate, perro viejo! Anda, corre a abrir la talanquera. ¿No corres todavía? ¿No sabes correr? Ya haré que el Mayoral te avive un poco con el cuero. ¡Anda! ¡Vuela!... y trató de pegarle (sin alcanzarle por fortuna) un puntapié en la cabeza desde el caballo.
Parecía ser el guardiero hombre de más de sesenta años de edad. Tenía al menos encanecida la cabeza, y aun la escasa barba, que le cubría el labio superior, señal segura de vejez en las gentes de su raza. A unos brazos desproporcionadamente largos y huesosos, unía dedos crispados, cual si padeciese lepra; ojos chicos de expresión hosca y triste, nunca más triste que, cuando después de abierta la talanquera, echó una mirada a las señoras del quitrín y pareció rogarles le protegieran de la cólera de su amo.
Pasado el primer momento de irritación y de ceguedad, comprendió éste que había mostrado demasiado apasionamiento y bastante grosería delante de señoras que, además de hallarse bajo su protección, iban a disfrutar de su hospitalidad en el ingenio. El caballo había sido más generoso que él puesto que, pudiéndolo, no atropelló al esclavo cuando le halló postrado en su camino. Tuvo vergüenza Gamboa de su conducta, pero muy soberbio para reconocer su falta y enmendarla con la franqueza que demandaba el caso, se limitó a referir los rasgos principales de la vida del guardiero, por supuesto, calumniándole de paso.
—No se figuren Vds., dijo, que el taita Caimán es lo que parece, un viejo inerme y manso o esclavo leal y humilde. Han de saber Vds. que el sobrenombre que lleva no se lo han puesto a humo de paja; es lo más astuto, maligno, con ribetes de taimado que existe; ni tan ignorante que no practique ciertas artes, que le dan importante consideración entre los suyos. Pasa por brujo y por hacerse invisible cuando le conviene o se halla en peligro. Construye ídolos y encantos que tienen propiedades mágicas en ciertos casos. Nadie diría que ve, oye ni entiende, y sin embargo, tanto de día como de noche nada ni nadie se le escapa; y sabe, como el caimán, hacerse el dormido para asegurar mejor la presa. La juventud la ha pasado en el monte huido, y en sus repetidas fugas ha visitado todos los palenques del Cuzco y hecho amistad con los negros cimarrones más famosos de la Vuelta Abajo. Ahora está muy viejo para tales trotes, y, en consideración a haber sido uno de los fundadores del ingenio de La Tinaja, el único que sobrevive de los que tumbaron aquí los primeros palos, mamá hizo que lo pusieran de guardiero, y le conserva en ese puesto contra la opinión de los empleados que conocen su historia y sus malas mañas. Cuando quiere o le conviene no le gana a vigilante ni el perro más fino. Puede decirse que es libre: cría gallinas, engorda todos los años uno o dos cochinos que vende, y entierra el dinero en alguna parte, y posee una yegua, en la cual puede dar vueltas de noche a los linderos de la finca. Pero como digo, es muy taimado y maligno y apostaría cualquier cosa a que no se hallaba lejos del bohío y de su puesto sin algún objeto doloso y reprobado a la mira. Por el cañaveral se ve con sus compañeros del ingenio; por el monte sólo con los cimarrones o con los taberneros del pueblo para cambiar azúcar por tabaco, aguardiente u otra cosa por el estilo.
—Así debe de ser, Leonardo, comenzó diciendo Rosa, pues me pareció que traía una...
La tía y la hermana, más avisadas que ella, no la dejaron terminar la frase; y nadie más habló en el resto del camino.
Entre la una y las dos de la tarde, bajo un sol de fuego cuyos rayos los reflejaban las hojas de la caña cual si fueran bruñidas espadas, se desmontaron los viajeros en la gran casa de vivienda de La Tinaja.
Capítulo IV
Lo más negro de la esclavitud no es el negro.
José de la Luz y Caballero
Bajo más de un concepto era una finca soberbia el ingenio de La Tinaja, calificativo que tenía bien merecido por sus dilatados y lozanos campos de caña-miel, por los trescientos o más brazos para cultivarlos, por su gran boyada, su numeroso material móvil, su máquina de vapor con hasta veinticinco caballos de fuerza, recién importada de la América del Norte, el costo de veinte y tantos mil pesos, sin contar el trapiche horizontal, también nuevo y que armado allí había costado la mitad de aquella suma.
La casa de calderas o de ingenio era tan fuerte como vasta: edificio exento casi enteramente, cuya armadura se componía de pares rollizos, apoyados en soleras pesadas y éstas en pilares, dichos horcones en el país, sin escuadría ninguna ni más pulimento que el que pudo darles con la zuela el vizcaíno carpintero-arquitecto contratado en la finca para esos trabajos. Tenía el aire imponente y rústico que parecía demandar su destino. Debajo de su cubierta de tejas coloradas se abrigaban el trapiche, la máquina de vapor y el tren Jamaiquino de elaborar el azúcar, montado sobre tres hornos o fornallas. No se hallaban en el mismo nivel todos estos aparatos: el de las calderas era varios pies más bajo; y para pasar de un departamento a otro había que descender dos anchas escalinatas de piedra, flanqueando el plano del trapiche y máquina de vapor. Esto se hacía así para que tuviese una caída fácil el guarapo, que al salir de las masas corría por una canal de madera a la artesa, llamada allí mansera, donde algo se limpiaba y seguía al tacho o paila para recibir el primer hervor.
Paralelo con este edificio había otro tan grande y más gacho, cerrado por sus costados con paredes de mampostería y una sola entrada, haciendo frente a la parte de las calderas mencionadas. Este era la casa para la purga y el secado del azúcar. En otros separados se hallaban la carpintería, la herrería, la enfermería, y la que puede llamarse casa de maternidad; las habitaciones del mayoral, del boyero, carpintero, mayordomo y maestro de azúcar, quien temporalmente residía también en el ingenio. Para el maquinista, cuyo oficio a la sazón desempeñaba un joven americano, se había construido una habitación provisional con tablas de cedro, cerca de la máquina de vapor; único sitio abrigado en aquel feo caserón. Seguían después, formando grupo, sobre doscientas cabañas o bohíos de paja, con sus correspondientes corrales y gallineros adjuntos, para la morada de los trescientos esclavos, o dotación del ingenio. Las otras casas exentas, a saber: las del bagazo, la de batir el barro para la purificación del azúcar, y otras de menos importancia, se hallaban erigidas en el espacio medianero entre la de calderas y la de purga.
La planta de aquélla, denominada por antonomasia «de vivienda», figuraba en paralelogramo trapezoidad, sentada en el suave declive de una colina, cuya diferencia de nivel se había procurado remediar alzando el piso por el frente. Era de un solo cuerpo de fábrica de manipostería gruesa con cubierta de tejas huecas coloradas, amplio pórtico, la sala cuadrada al medio, flanqueada a ambos lados por dos crujías de cuartos, pasadizos corridos por el interior, patio rectangular en el centro, cerrado por una tapia alta con caballete de vidrios, y una portada en el lienzo del fondo, que se cerraba con cerrojo y cerradura y servía para la comunicación interior de la servidumbre de la casa. En el patio crecían muchas flores, algunos naranjos, higueras y parras, que no contribuían poco con su verdor y su sombrío a la frescura de los cuartos; aunque para quebrar la reflexión de los rayos solares en puntos de medio día, habían puesto cortinas de cañamazo en todo el derredor de los pasadizos. Arreglo igual se advertía en el pórtico, que por su elevación y amplitud, se hallaba más expuesto a los embates del viento y a los efectos desagradables de la reflexión solar en el extenso y desolado batey.
Desde lo alto de la escalinata del pórtico se registraba de un extremo a otro la casa de calderas al frente, la de purga algo más a la derecha, aunque sólo por el lado de las gavetas para secar el azúcar; el barracón de los negros o la estacada que encerraba sus habitaciones rústicas; en suma, la mayor parte de las que componían la vasta población del ingenio; los campos de caña hacia el oeste, los techos pajizos de las casas del potrero, y más allá un palmar inmenso, un codo del río y luego la selva alterosa y primitiva, que formaba como el fondo oscuro de este variado cuadro campestre.
Cosa del medio día del 24 de diciembre de 1830, arrellanados en cómodas butacas de vaqueta, se hallaban los amos del ingenio en cómodas butacas de vaqueta colorada, se hallaban los amos del ingenio La Tinaja, junto con otras varias personas, al abrigo de la reflexión solar, tras las cortinas de cañamazo. Casi todos los caballeros, don Cándido Valdés, cura de Quiebra Hacha, el capitán del partido y el médico fumaban tabaco; doña Rosa, la esposa del capitán antes dicho, la mujer y cuñada del mayoral del potrero y las señoritas Gamboa, comían unas dulces cañas de la tierra, otras, naranjas de China y guayaba del Perú, etc., productos éstos de la estancia del ingenio. Por allí andaban nuestros conocidos de La Habana: Tirso, Aponte, Dolores, junto con otra de las negras que habían venido por mar, y dos o tres más de la dotación del ingenio, que por criollas y de mejor apariencia las habían destinado al servicio doméstico, todos haciéndose útiles.
De las señoritas Gamboa, Carmen y Adela no calentaban asiento, picaban un pedazo de guayaba o de naranja y emprendían luego largos paseos, enlazadas de las manos, de un extremo a otro del pórtico, con manifiestas señales de impaciencia por la tardanza, a su juicio, de las amigas de Alquízar. Adela en particular, cada vez que tocaba en el ángulo del sur, levantaba un canto de cortina de cañamazo y echaba una ansiosa mirada por toda la guardarraya maestra adelante hasta su intercepción en el camino de la Playa. Al fin, poco después de la una de la tarde, se oyó a lo lejos ruido de ruedas de un carruaje y la marcha precipitada de varias caballerías; y Adela, sin ver nada aún, exclamó alegre:—¡Ahí están!
No se engañó esta vez. A poco más llegaron al pie de la escalinata del pórtico las señoritas Ilincheta en su carruaje, el cual, junto con sus ocupantes, los caballos y los jinetes, venían cubiertos con el polvo de la tierra colorada. Inútil sería detenernos a describir punto por punto las variadas escenas del encuentro de ambas familias en medio de las soledades de la Vuelta Abajo. Más de un motivo había para que, al menos algunos de los presentes, mirasen aquel instante como un evento verdadero, digno de nota. Sucede, además, que los jóvenes, y también a veces las personas mayores, cuando se reúnen en un sitio de campo con ánimo de pasar sólo unos días en franca y cordial sociedad, lejos de los lugares donde se han acostumbrado a vivir y divertirse, se sienten fuertemente atraídos; si son amigos lo son y lo expresan más; si parientes, se persuaden que los unen más estrechos lazos; si amantes, ¡ah!, su amor les parece eterno, la dicha de amarse, celestial.
Las mujeres se estrecharon fuertemente entre los brazos. Adela lloró de alegría al apretar entre los suyos a Isabel, por la cual sentía afición extraordinaria. Para ella era la más modesta y amorosa de las mujeres. También doña Rosa distinguía a la mayor de las Ilincheta, y en la ocasión de que hablamos la mostró señalada cordialidad. Hasta don Cándido tan seriote y desmañado, que no tuvo ni una sonrisa para su hijo cuando éste se acercó a pedirle la bendición, recibió a las señoritas Ilincheta con desusadas demostraciones de cariño, y se las presentó a los caballeros que estaban de visita, diciendo:—También éstas son mis hijas. Y hablando con Isabel añadió: He aquí tu casa; espero que goces y te diviertas en ella como en la tuya encantadora de Alquízar.
Ya no duró el recibimiento en el pórtico sino corto rato. Sobre estropeadas las señoras del viaje, necesitaban algún reposo, asearse, cambiar de traje, antes de sentarse a la mesa. Doña Rosa, o la mujer del Mayoral Moya, que hacía de ama de llaves para ahorrarle trabajo a esa señora, había hecho preparar alojamientos para las señoritas Ilincheta y para su tía, inmediatos a los aposentos ocupados por la familia de Gamboa en la crujía de la derecha, después de la sala.
Ya de tardecita se sentaron a la mesa en la gran sala de la casa de vivienda, entre señoras y caballeros, unas dieciséis personas, atendidas por la mitad de ese número de siervos. Doña Rosa hizo los honores. La secundó cuanto era compatible con su carácter don Cándido, aunque éste guardó sus cumplimientos para el administrador de Valvanera en primer lugar, en segundo lugar para el cura de Quiebra Hacha, en tercero para el médico de su finca y para el Capitán del partido. Todos debían pasar la noche en el ingenio para tomar parte en las ceremonias que iban a celebrarse al día siguiente, o primero de Pascua de Navidad. Fuera de la esposa y de la cuñada del Mayoral del potrero, ninguno de los empleados del ingenio fue invitado a comer en la casa de vivienda; y el mismo Moya, que tenía vara alta con los amos actuales de La Tinaja, no tomó asiento, aún invitado por don Cándido, so pretexto de haber comido.
Reinaron en el banquete la jovialidad y animación, templadas por las maneras decentes propias de la buena crianza, aunque excepto Meneses, el joven Gamboa y el cura, nadie de los presentes había recibido educación esmerada ni frecuentado el trato de la alta sociedad cubana. El último nombrado, don Cándido Valdés, criollo, se había educado en el Seminario de San Carlos, de La Habana. En materias religiosas era tolerante hasta la despreocupación; en política profesaba opiniones liberales que solía llevar hasta la exaltación.[45] El médico Mateu, de Galicia, había hecho la práctica de su profesión a bordo de los buques negreros, y ahora curaba por iguala en varios ingenios de la comarca. Pasaba por buen mozo; pero su bien parecer corría parejas con su necedad y pedantería. Creía que todas las mujeres se enamoraban de él, y desde su puesto en la mesa le lanzaba miradas a hurtadillas a Rosa Ilincheta, cuya graciosa figura, viveza y fogocidad de carácter sobraban para volverle el juicio a hombre de más seso que él. El cura simpatizó desde luego con Isabel, que en todas sus palabras y acciones revelaba las altas prendas de su espíritu. Don Manuel Peña, asturiano, casado con una criolla buena moza, desde el mostrador o taberna del pueblo había ascendido a Capitán pedáneo, especie de Juez de paz, y única circunstancia por la cual los amos del ingenio de La Tinaja le sentaban a su mesa. Don José de Cocco era otra especie de hombre; natural de Cádiz, tenía fina apariencia, los dientes muy blancos y los ojos azules, poca talla, bastante chiste y escasa instrucción.
Este se dedicó a obsequiar a la segunda de las señoritas Gamboa, a cuyo lado quedó en la mesa, con la conciencia, sin embargo, de bajo ninguna circunstancia una de las amas del ingenio La Tinaja daría su corazón ni su mano al Administrador del ingenio Valvanera. Por lo que toca a Adela, la más linda de todas, su extremada juventud la ponía a cubierto de los galanteos de los hombres allí reunidos.
Circuló entre éstos libremente la copa del vino desde el principio hasta el fin de la comida; terminada la cual, se levantaron los manteles para servir los postres sobre la tabla desnuda, de bruñida caoba. Trájose enseguida el café puro en tazas de trasluciente China, la espumosa champaña, el coñac francés y el ron de Jamaica. Después don Cándido Gamboa sacó a relucir su gran vejiga olorosa y dorada, y repartió sendos tabacos, cual brevas, entre el Capitán, el Médico y el Cura, pues Cocco no fumaba, tampoco Meneses, y Leonardo no se hubiera atrevido a tocar un cigarro delante de su padre.
Puesto el sol terminó el banquete. Pero pasando la familia y las visitas al amplísimo pórtico donde ya los criados habían enrollado las cortinas de cañamazo, pudo echarse de ver que hacía suficiente claridad en el campo circunvecino. Era que por un lado surgía la luna creciente de entre el bosque lejano y hería oblicuamente las hojas y flores de las cañas y los troncos blancos de las palmas, al paso que desde lo alto del cielo azul y diáfano como el cristal, vertían innumerables estrellas chispas de plata y oro.
Por sus pasos contados, después del banquete, todas las personas reunidas en la casa de vivienda se dividieron en tres grupos. Doña Rosa, en compañía de doña Juana, la Moya, la mujer del Capitán y Antonia, la mayor de las señoritas Gamboa, volvieron a ocupar los sillones de vaqueta colorada. Don Cándido, con el Cura, el Capitán y el Mayoral del potrero, para digerir mejor la comida y saborear sus olorosos tabacos, daban cortos paseos y conversaban en una cabeza del portal. El primero, sobre todo, aprovechó la ocasión de tomar algunos informes, más imparciales que los de su mayoral, acerca de las ocurrencias en la finca durante los quince o más días que precedieron al de su llegada a ella. Con este motivo dirigió como de paso varias preguntas a Moya, el cual, honrado con aquella distinción por el amo del ingenio delante del Cura y del Capitán pedáneo, se apresuró a contestarlas con lisura y no poca satisfacción. Por ejemplo, preguntado:
—¿No se ha sabido nada, Moya, acerca de los negros que se fugaron la semana pasada? El Mayodomo me ha dicho que son siete, entre ellos una negra.
—Veríficamente, señor don Cándido, no se ha sabío naitica entre dos platos, contestó.
—Pero, ¿se ha hecho alguna diligencia?
—¡Pues no, señor don Cándido! Se han registrao los montes de Santo Tomás y los montes de La Angosta. En toas partes se han encontrao rastros frescos, mas como los perros de don Liborio Sánchez no son buscaores sino mordeores, anque le tienen gran interés a los negros no han dao con ellos. Y me se ha puesto que no han salío de los linderos del ingenio, porque no se han juío en denantes y no saben andar por el monte. Con buenos perros ya se hubieran topao, segurito. ¡Ah! Dios me dé perros que huelan un negro dende una legua...
—Por lo que a mí toca, dijo el capitán Peña cortándole la palabra a Moya, debo informar al señor don Cándido que he hecho en su obsequio cuanto cabía en mis facultades. En efecto, apenas tuve aviso de la ocurrencia por parte que me dio su mayoral de Vd., don Liborio Sánchez, no perdí tiempo en pasar atento oficio, valiéndome del correo de Bahía Honda, a los señores don Lucas Villaverde y don Máximo Arosarena, inspectores en San Diego de Núñez, de la partida que capitanea don Francisco Estévez, que acaba de formarse por disposición de la Real Junta de Fomento, para perseguir negros cimarrones en las jurisdicciones desde el muelle de Tablas o el Mariel, Callajabos, Quiebra Hacha, etc., hasta los límites occidentales de Bahía Honda. Con mi oficio a los señores inspectores incluí la filiación, edad y naturaleza (poco más o menos, se entiende, pues Vd. sabe que todos los negros se parecen) de los siete que se le han fugado a Vd. Espero, pues, que si tropieza con ellos la partida, cosa factible, porque sospecho que han tirado hacia las sierras cercanas del Cuzco, que los capture y... Ni debe extrañar al señor don Cándido que se le hayan fugado siete negros, cuando por la misma época se han alzado 12 de Santo Tomás, 8 de Valvanera, 6 de Santa Isabel, 20 de La Begoña, y 40, sí señor, 40, como Vd. lo oye, de La Angosta, el ingenio aquí inmediato, perteneciente al Excmo. Señor Conde de Fernandina. La lista de todos éstos obra ya en poder de los señores inspectores, y, supongo también, del capitán Estévez.
—No me extraña la fuga de mis siervos, dijo don Cándido pensativo. Ni son éstos los primeros negros que se me huyen. Ahí están, si no, Chilala, José, Sixto, Juan, Lino, Nicolás, Picapica, etc., que no me dejarán mentir. Esos, cuando no se hallan alzados en los montes, sufren, como ahora, una condena más o menos larga en la finca, y llevan grillos de doble ramal, o arrastran cadena con maza. Goyo, o Caimán, el guardiero de la talanquera en el camino de la Playa, se sabe que ha pasado su juventud entre esas serranías que se ven desde aquí... Mas todos ésos son congo real, congo loango o congo musundi, raza humilde, sumisa, leal, la más propia para la esclavitud, que parece su condición natural. Sólo tiene un defecto, eso sí, grave, capital: es la raza más holgazana que sale del África. Si pudieran los congos vivir sin comer, no habría fuerzas humanas que les obligaran a doblar el lomo y trabajar. Serían capaces de pasarse la vida echados panciarriba... Y por no trabajar, a menudo se huyen... Lo que me extraña mucho, lo que no acierto a explicarme es el por qué han seguido el ejemplo de los congos Pedro y Pablo carabalí, Julián arará, Andrés bibí, Tomasa suama, Antonio briche ni Cleto gangá. Estos negros industriosos, incansables para el trabajo, fuertes, robustos, formales, éstos no se fugan sin causa. No, negros que siempre tienen tiempo para sus amos y para sí, que juntan dinero y a menudo se libertan, no se huyen por poca cosa. Son muy soberbios, tal es su único defecto, para alzarse sin causa poderosa. Antes se ahorcan que fugarse al bosque...
Podía echarse de ver por esto poco que algo se le alcanzaba a don Cándido Gamboa de achaque de etnología africana. Ya se ve, el tráfico constante en esclavos por muchos años, la posesión de dos o tres centenas de éstos, le habían enseñado que según su raza eran más sumisos o levantiscos, más o menos a propósito para llevar hasta la muerte el pesado yugo de la esclavitud. Sucedía, sin embargo, que otra cosa le había enseñado a Moya su larga experiencia en el manejo de negros suyos y ajenos, y todo su ser se sublevaba cuando oía decir que los había buenos y malos, y que algunos no se huían jamás sin causa poderosa, más bien se quitaban la vida. Por eso Moya, a riesgo de quebrar pajita con el amo, dijo:
—Se conoce que el señor don Cándido ha visto negros y sabe los que sirven pa esto y no sirven pa lo otro. Con permiso del señor don Cándido yo digo que toos los negros son lo mesmo cuando la Guinea se les mete en la cabeza. Entonces toos jalan pa atrás como los mulos y es preciso jarrearlos con el cuero. Vamos a ver. ¿Por qué se han juío los siete de acá? ¿Por falta de comía? ¿Por falta de frasá? ¿Por falta de cochino? ¿Por falta de conuco? Naa de eso les hace falta. Too eso lo tienen ellos a bombón. ¿Por el mucho trabajo? ¿Por el mucho cuero? Ahora no trabajan, como quien dice, y veríficamente don Liborio de Corpus a San Juan da un bocabajo.
—Si me es dado decir lo que pienso, terció en este punto el Cura modestamente, mi opinión es que no debe esperarse de gente tan ignorante como son los negros, el que juzguen y actúen cual las criaturas racionales. Sería excusado buscar la razón de sus alzamientos y delitos en los instintos de la justicia y el derecho. No. La causa ha sido quizás la más quimérica, la más absurda, la menos justificada... Es, sin embargo, coincidencia rara que a un tiempo se hayan alzado tantos negros y de aquellas fincas precisamente que han cambiado de poco acá su sistema de moler caña. ¿Será que esas estúpidas criaturas se han figurado que se les aumenta el trabajo porque en vez de moler con bueyes o mulas se muele con máquina de vapor? ¿Qué sabemos? Vale la pena investigarlo.
—Ya, dijo don Cándido, siempre pensativo, siguiendo con los ojos entreabiertos las columnas de humo cenizoso que se le escapaban de la boca. El argumento de mi tocayo es bueno tratándose de negros congos, falso, hablándose de negros de otras naciones de África. He observado de cerca sus índoles diversas y sé lo que digo. El trato más que otra cosa tiene que ver con la conducta de ciertos negros. Todos han nacido para la esclavitud, ésa es su condición natural; en su mismo país no son otra cosa que esclavos, o de unos pocos amos o del demonio. Los hay, no obstante, que necesitan rigor, mucho rigor, el látigo siempre encima para que trabajen; los hay que por las buenas se saca de ellos cuanto se quiere.
—Asina es, como dice el señor don Cándido, volvió Moya a meter la cucharada. Mas yo digo que si hay negros que no se pueen quejar del trato, ésos son los del señor don Cándido. Ellos están como las flores: bien comíos, bien vestíos, ca uno con su conuco y su cochino, muchos casaos, no trabajan más que de sol a sol, y no se les da cuero por náa y náa, como yo he visto que se hace en otros ingenios. Sacan mu poca fajina: dos o tres horas los domingos. Y cuando no se muele caña casi too el resto del tiempo es suyo para hacer canasta, engordar sus cochinos, guataquear sus conucos... Casi todas las ascuas tienen un día de tambor. ¿Qué más quieren esos endinos? Ni el obispo está mejor.
—Y vuelta a la misma tema, dijo don Cándido molesto. Moya, está bien lo que Vd. asegura y repite; pero nada de eso me convence, ni me explica la causa, la causa real y verdadera de la fuga de mis carabalíes. Lo peor es que sospecho que Vd. sabe algo y no quiere decirlo delante del señor Cura y del Capitán.
—Pues por toas éstas y por la en que Jesucristo murió, dijo Moya con vehemencia besando las cinco cruces que había formado con los diez dedos de las manos enlazadas, que no sé naitica más. Y si dejo algo embuchao, que aquí mesmo me parta un rayo, y ustees perdonen mi moo de hablar.
—No hay que maldecir por tan poca cosa, dijo el Cura.
—Registre Vd. su memoria, Moya, dijo sonriendo don Cándido al ver su apuro.
—El caso es, repuso éste después de breve detención, que yo no sé que puée ser la causa y que no puée ser causa pa que se juya un negro. El señor don Cándido dice que unos negros se ajorcan y no se juyen; y dispués dice que el mal trato es la causa de los cimarrones. Bueno. También dice el señor don Cándido que los carabalí son mu soberbios. Yo digo que son mu perros y más perros que toos los negros juntos. Pedro briche es el cabecilla de sus carabelas en el ingenio. Siempre habla lengua con ellos, y el Mayoral está quemao con él. Yo lo sé; pero no le había puesto nunca la mano encima, ni dende que vino de África creo yo que naiden le sacó sangre con el cuero. Pues, señor, la semana antes pasáa, Pedro briche no se presentó en la jila, ni dormió por la noche en el barracón. ¿Qué querían que hiciera don Liborio? Al día siguiente va y lo coge sotaventao, y le da unos cuerazos por arriba de la camisa, lo puso en el cepo por dos días, le quitó el mando de contramayoral y lo sopló al campo a chapear. Se emperró más. Yo le dije que le diera un buen bocabajo, pero temió que le levantara toa la negráa. Y ya se ha visto el resultao, se fue al monte con seis compañeros porque no se le castigó bastante.
—¿No lo decía? dijo don Cándido con aire satisfecho. Y añadió, antes que Moya le quitara la palabra:—¿Y qué dice de todo eso Goyo, el guardiero del camino de la Playa? ¿Sabe Vd. si le han sondeado?
—¿Cómo que no? contestó Moya prontamente. El primerito que se vio pa eso. ¿No ve el señor don Cándido que hasta la puerta mesma de su bujío se encontró rastro fresco de negros que venían del monte, del lado de allá? Pero él juró por toos los santos del cielo que no vio, oyó ni sintió náa en too este tiempo. Se calentó don Liborio contra él y quiso arrimarle unos cuerazos pa que cantara; mas yo se lo quité de la cabeza, porque pensé que se iba a poner brava la señora doña Rosa en cuanto que supiera que habían castigao al taita Caimán.
Con esto don Cándido menudeó sus paseos sin curarse de las personas que le hacían compañía, quizás para que no le interrumpieran en sus meditaciones. Luego, volviéndose de improviso para Moya, en tono breve e imperioso le preguntó por el Mayoral.
—Cuando yo venía del potrero, contestó Moya, estaba él con la gente en el corte de caña, enfrente de la tumba nueva. No debe de tardar ya, pues como no hay que cortar yerba de Guinea pa la comía de los caballos, porque hay cojollo, soltará la gente más temprano. Mire, ahí vienen las carretas con las últimas cañas pa probar la máquina... Allá lejos se ve el boyero en su mula, y más lejos entoavía, por la otra guardarraya, veo ahora a don Liborio. El cañaveral me tapa sus perros y yo no pueo decir si va solo o con la gente. El viene a caballo.
Capítulo V
9. Limpio soy yo, y sin delito...
10. Por cuanto ha hallado achaques contra mí, por eso me ha tenido por enemigo suyo.
11. Ha puesto en un cepo mis pies, ha guardado todas mis sendas.
Job, XXXIV
Mientras en un extremo del pórtico ocurría la escena trazada ya, tenía lugar en el opuesto otra muy diversa. Formaban allí grupo animado e interesante las señoritas Ilincheta, junto con las dos más jóvenes de Gamboa, rodeadas por el medio círculo de los caballeros que las galanteaban o admiraban. Todos en pie. Las señoras apoyadas de espaldas en la barandilla, y los caballeros pendientes de los labios de Rosa Ilincheta que, en pocas palabras, llenas de gracia y gráfica expresión, describía los pequeños incidentes del viaje, su mal manejo parte del camino, y sus propias impresiones.
Leonardo se sonreía, Cocco aplaudía, Mateu el médico hacía piruetas de gusto, y Meneses se mantenía serio de celos, porque crecían con esto los admiradores de su linda amante. Adela e Isabel, dadas las manos, escuchaban y callaban. De pronto alguien le tiró de la falda a Adela por el lado de fuera del pórtico. Volvió ella el rostro con viveza y vio a una negra de buen aspecto, en traje muy diferente del que usaban las demás esclavas de la finca.
—¿Qué quieres?—preguntó Adela bastante asustada.
—Su merced me dispense, niña. Venía por el médico. (No le veía por la oscuridad y las faldas de las señoras interpuestas.)
—Y ¿quién eres tú?
—Soy la enfermera, criada de su merced.
—¡La enfermera! repitió Adela sorprendida.
—Sí, niña, la enfermera María Regla. ¿Y su merced no es la niña Adelita?
—La misma que viste y calza.
—¡Ah! exclamó la esclava, apretándole suavemente los pies a la joven, ya que no podía otra parte de su cuerpo. Me lo decía el corazón. Ayer la vi pasar por el batey desde la ventana de la enfermería. Quedé en dudas de cuál sería mi niña, si la niña Carmen o su merced. ¡Cuánto ha cambiado! ¡Qué linda se ha puesto mi hija, Virgen Santa!
—Me lo decía el corazón, linda, mi hija, remedó Adela. Si soy tu hija, si me quieres tanto, ¿por qué no has venido a verme? Te avisé con Dolores. ¿Por qué no saliste a hablarme? Me tienes muy brava.
—¡Ay! exclamó la negra. No me diga eso, niña, que me mata... Su merced no iba sola.
—No. Iba con mamá, Carmen, la mujer de Moya y su cuñada Panchita. ¿Qué tenía eso de particular?
—Bastante, niña de mis ojos.
—Habla, explícate.
—No puedo ahora, niña mía.
—¡Qué! ¿Tú no piensas pedirle la bendición a mamá?
—Sí, niña. Debo, lo deseo en el alma, venía... Desde el punto que llegó Señorita de La Habana, pensé correr y echarme a sus pies...
—¿Por qué no lo has hecho así? ¿Quién te lo ha impedido?
—Señorita misma.
—¿Mamá? No, no puede ser. Te engañas, sueñas, María de Regla.
—Ni me engaño, ni sueño, niña Adelita. ¡Ojalá! Señorita ha prohibido que ponga los pies en esta casa.
—¿Cómo es que yo no sé nada de eso? ¿Quién te ha ido con semejante cuento?
—No ha sido cuento, niña Adelita. Dolores me refirió una conversación que Señorita tuvo con el amo sobre mí...
—¿Ya lo ves? Dolores entendió mal. Mamá no está brava contigo. Y si no, ahora mismo voy a averiguarlo.
—No lo haga, niña Adelita, no, por el amor de Dios, replicó la esclava muy asustada, deteniendo a la joven por un canto del vestido. Por sí, o por no, será mejor que Señorita no me vea ahora. ¿Está ahí el médico?
—Pues yo quiero verte a solas. Arreglaremos el modo. Con Dolores te avisaré. ¿Y para qué quieres al médico?
—Para un moreno que han traído del monte mordido por los perros.
—¡Mordido por los perros! repitió Adela. ¡Ay! Debe de ser muy serio el caso cuando llaman al médico. ¡Si le habrán despedazado! Es probable. Esos perros son como fieras. ¡Qué horror, Dios mío! Mateu, añadió en alta voz, ahí le buscan.
Cosas bien extrañas en verdad empezaba Isabel a averiguar respecto de la familia bajo cuyo techo se hallaba hospedada y del ingenio tan ponderado de La Tinaja. Interesada vivamente en la suerte de la enfermera, antigua nodriza de su tierna amiga, ahora desterrada de la casa solariega, y conmovida, horrorizada con lo que había oído respecto del esclavo, mordido por perros feroces, cosas todas inauditas para ella, no pudo ocultar Isabel de Leonardo, ni su intenso disgusto ni sus hondas emociones.
—¿Qué tienes? ¿Qué te ha dado? le preguntó él.
—No sé, contestó ella. Me siento mal.
—Me pareció, continuó Leonardo, que te había afectado el cuento del negro herido. No seas boba. ¿Qué apostamos a que no ha sido mayor la cosa? ¿A que no pasa de unos cuantos rasguños? Si conocieras a la enfermera pensarías como yo. Mamá no la puede ver por escandalosa. Ni hay que dar nunca entero crédito a lo que dicen los negros. Todo lo exageran y abultan.
—¿Qué fue, Adela? preguntó doña Rosa desde su asiento oyéndola llamar al médico.
La enfermera desapareció en un instante, y antes que Adela contestase a su madre se apareció el Mayoral a caballo, precedido por sus dos hermosos alanos, para dar cuenta en voz campanuda de todo lo que había pasado. Era éste hombre alto, enjuto de carnes, mas de recios miembros, muy moreno de rostro, ojinegro, el cabello crespo y poblado de barba, cuyas grandes patillas le cubrían ambos lados de la cara hasta tocar en los ángulos de la boca, que por esto parecía más chica. A pesar del sombrero de ala ancha que llevaba siempre puesto, lo mismo en el campo que en la casa, al aire libre que bajo techo, pues muchas veces hacía uso de él como de gorro de dormir, cuando se lo quitó para hablar con don Cándido viose que mientras la parte superior de su frente parecía de un hombre blanco, la nariz, las mejillas y las manos nadie diría sino que eran de un mulato; tan quemadas estaban del sol. Venía armado, como suele decirse, hasta los dientes, de machete de cinta, puñal con cabo de plata o que brillaba como tal, y el ponderoso látigo, cuyo mango, hecho de un gajo de naranjo silvestre, no era arma menos terrible por ser sólo contundente.
Comenzó diciendo:
—Santas tardes tenga el señor don Cándido con toa la compaña. Yo soy venío a participasle que han traío a Pedro brichi con algunas mordías. Se arresistió y fue preciso atojarle los perros.
—¿Quién le ha capturado? preguntó el amo con mucha calma.
—La partía de don Francisco Estévez, nombráa pa coger negros cimarrones.
—¿Sabe Vd. dónde le han capturado?
—En los cañaverales de La Begoña, cerquitica de las sierras.
—¿Estaba él solo? ¿Y los compañeros?
—Náa se sabe de ellos, señor don Cándido, ni Pedro quie decislo tampoco. Me se figura que será preciso biraslo pa que cante. Por eso vengo a donde el señor don Cándido pa que me diga qué hago con Pedro. Está muy emperrao...
¿Dónde le tiene Vd. don Liborio? preguntó el amo después de larga pausa.
—En la enfermería.
—¿Qué, tan estropeado está?
—No por eso, señor don Cándido. Lo tengo en el cepo de la enfermería pa mayor seguriá, y no he querío ponesle grillos por las herías; y luego dispués me se figura que tiene malas intenciones. Sus ojos son dos tomates maúros, y he reparao que cuando se le ponen asina los ojos a los negros es que quieen hacer una fechuría. Yo le digo al señor que está mu emperrao ese negro. Mire el señor si es perro, que cuando lo metí en el cepo me dijo:—el hombre no muere más que una vez, y que «ya estaba cansao de trabajar pa su amo». El señor debe de saber que luego que los negros cogen y hablan asina es porque, como dice mi compadre Moya, que está presente, se les ha metío la Guinea en la cabeza. Apuráamente ellos se tienen tragáo que cuando se ajorcan aquí van derechitos a su tierra.
—¡Aberraciones de la ignorancia! exclamó el Cura.
—Sí, señor don Cándido, continuó el Mayoral, ese negro está pidiendo cuero como los muertos misa.
Se sonrieron el Cura y don Cándido, y éste dijo:
—A su tiempo, don Liborio, a su tiempo se maduran las uvas. Por lo pronto no me parece conveniente azotarle. Se pondrá bueno de las mordidas, y entonces habrá lugar de castigarle por su falta, una de las más graves que pueden cometerse en estas fincas. Alzarse, fugarse el esclavo, privar al amo de sus servicios sin causa poderosa y bastante, por más o menos tiempo, es imperdonable; no sólo por él mismo, sino por el mal ejemplo a sus compañeros. Se le castigará, no lo dude. No habrá quien le apadrine. En otro negro cualquiera esa misma falta aparecería leve. A bien que Pedro puede resistir un novenario... Tiene buenos jarretes. A otra cosa. ¿No sabía la partida de Estévez que ese negro era mío? ¿No la informó Vd. que estaba yo aquí?
—Sí, señor, sabía toito y yo le dije que viniera a la casa de vivienda pa entregar el cimarrón y recebir la captura, que es un doblón de a cuatro. Mas me contestaba y dice que prefería dormir en el monte. Además, que no quería que lo viesen los negros mansos, porque le daban el soplo a los cimarrones; además que tenía que dir donde La Angosta a ver si cogía los cuarenta negros que se le juyeron a suescelencia el señor Conde la Fernandina la semana pasáa arriba, y el Mayoral lo había mandao a ñamar...
En aquel punto desfilaban en el batey del ingenio de La Tinaja, entre la casa de vivienda y la de calderas, los 300 y más esclavos de su dotación, y el Mayoral diciendo, «con licencia», fue a ponerse a su cabeza para pasarles revista y darles las últimas órdenes por medio de los contramayorales, que eran también esclavos. Desde buena distancia les había precedido el rumor de sus conversaciones y el sonido de las prisiones de los penados. Dos de ellos llevaban grillos, con barra atravesada y cadena de dos ramales suspendida a la cintura, y caminaban con mucho trabajo, pues para avanzar tenían que describir medios círculos, ya con un pie, ya con el otro. Uno llevaba grillete, del cual pendía una cadena como de unos seis pies de largo, cuyo extremo inferior iba engarzado al anillo de una masa férrea como pesa de reloj, la que, al caminar, era fuerza que llevara al brazo, so pena de que el roce de la argolla moliera el hueso de la canilla, aunque se lo había abrigado con un trapo. Este mismo se detenía de cuando en cuando y alzaba la voz en tono melancólico y timbre argentino, que resonaba por todas partes diciendo:—«Aquí va Chilala, cimarrón».
Penados o no, varones o hembras, todos traían algo a la cabeza, ya haces de cogollo, ya de ramas de ramón de que tanto gustan las caballerías en Cuba, ora racimos de plátanos verdes o maduros, ora de palmiche para los cerdos; éste una calabaza, aquel un brazado de leña. Unos pocos, quince o veinte, llevaban camisa y calzón de cañamazo nuevos o de pocos meses de uso y estaban enteros; el traje de los restantes se componía de harapos, a través de cuyos agujeros se les veían las carnes negras y sin lustre. Ninguno calzaba zapatos, uno que otro, abarcas de cuero sin curtir, ajustadas al pie por cordones de majagua, bien de arique de yagua que no son menos resistentes. Las hembras, de treinta a treinta y cinco por todas, sobre andar revueltas entre los hombres, apenas se distinguían por otra cosa que por la especie de saco talar de cañamazo con que se cubrían el cuerpo desde los hombros hasta un poco más abajo de las rodillas, sin mangas; para que no faltase nada a la tosca imitación de la túnica romana.
—¡Ajilar! gritó don Liborio con su voz de trueno, recorriendo a caballo las desordenadas filas como un general que ordena una evolución. Con lo cual, sin tropiezo, por el mero hábito, la mayor parte formó; pero los perezosos, los torpes, los impedidos por las prisiones, por la demasiada carga o por la prisa que se dieron los delanteros a cerrar las filas, ésos se quedaron detrás, menos visibles que los otros. Contra estos infelices estalló la cólera del Mayoral. Enarboló el látigo y empezó a repartir latigazos a diestro y a siniestro, sin distinguir inocente de culpable, hasta lograr la formación deseada.
Si así es como se ha razonado con el esclavo en todos tiempos y países, ¿podría esperarse que fuesen una excepción a esta regla general los señores del ingenio de La Tinaja? De ninguna manera. En su opinión, como en la de la mayoría de los amos, no era el negro la cosa de que habla el derecho romano. Había bastante diferencia. Para ellos, que entendían por derecho únicamente aquello que no torcía el cumplimiento de sus pasiones y caprichos, el hombre-cosa de la antigua Roma tal vez no pensaba, era una máquina de trabajo; al paso que el hombre-cosa actual, estaban plenamente convencidos, pensaba al menos en tres cosas: en el modo de sustraerse al trabajo, en quemarle la sangre a su detentor, y en obrar siempre en oposición a sus miras, deseos e intereses.
Para el amo en general, el negro es un compuesto monstruoso de estupidez, de cinismo, de hipocresía, de bajeza y de maldad; y el solo medio de hacerle llenar sin murmuración, reparo ni retraso la tarea que tiene a bien imponerle, es el de la fuerza, la violencia, el látigo. El negro quiere por mal, es dicho común entre los amos. Por eso, en concepto de éstos, aquel Mayoral que no disimula ni perdona falta, que como rayo hiere al que delinque, que en todas ocasiones tiene entereza bastante y valor para «meter en cintura» a gente tan perversa e ingobernable, ése es más meritorio, más digno de consideración y respeto. Siempre se ha admirado más al inquisidor que más herejes mandaba al quemadero.
Así se explica por qué, luego que el Mayoral dio la orden de tumba, y todos soltaron la carga a sus pies, no importa si de forraje o de frutos, de cuyas resultas éstos se reventaron con la caída, dando ocasión a que el Mayoral hiciese nuevo uso del látigo, los señores del ingenio de La Tinaja aprobaron y celebraron el castigo; porque era claro que los culpables habían procedido de malicia y no por torpeza y ofuscación a causa del anterior vapuleo.
Doña Rosa, mujer cristiana y amable con sus iguales, que se confesaba a menudo, que daba limosna a los pobres, que adoraba en sus hijos, que en abstracto al menos estaba dispuesta a perdonar las faltas ajenas para que Dios, que está en el cielo, la perdonara las suyas; doña Rosa, sentimos decirlo, al ver las contorsiones de aquéllos a quienes la punta del látigo de cuero trenzado del mayoral abría surcos en sus espaldas o brazos, se sonreía, tal vez por creer grotesco el espectáculo, o exclamaba, exclamación en que la hacían coro las personas de que se hallaba rodeadas:—¡Hase visto gente más bruta!
También se sonrieron los caleseros Aponte y Leocadio, junto con dos mozos más, que desde el colgadizo de la gran caballeriza del ingenio, atraídos por el continuo estallar del temible cuero, presenciaban a salvo la escena y esperaban se despejase el campo para salir y recoger el forraje destinado a las caballerías de que estaban hecho cargo inmediatamente.
Si añadimos que en estas circunstancias hasta los perros del Mayoral mostraron a su modo una alegría desusada, no creemos decir nada nuevo. Ello, mientras don Liborio hablaba con los amos del ingenio, se mantuvieron echados a los pies de su caballo; pero apenas se dirigió a los negros, se colocaron a sus flancos y no perdieron de vista ni sus ojos ni los movimientos de su brazo derecho, aguardando sin duda la orden de echarse sobre la víctima y rematarla.
Es de consignarse aquí, sin embargo, que no todas las señoras presentes se unieron al coro a que antes se ha aludido. Doña Juana, al contrario, apartó los ojos para no ver, ya que la política la vedaba retirarse y era fatal el oír los latigazos y los quejidos sordos de las víctimas. En igual caso se hallaban las sobrinas de esta señora y las dos hijas menores de Gamboa; pero éstas tuvieron siquiera el arbitrio de refugiarse en el patio. Allá las seguían Meneses, Cocco y Leonardo, a tiempo que don Cándido llamó a este último y le ordenó acompañase al médico al hospital y se informase menudamente de lo ocurrido con el preso. En conversación íntima a poco con el cura y el capitán, agregó: