LA LOMA DEL ANGEL (continued 3)
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Había Leonardo arrebatado un pedazo de tortilla a uno de sus compañeros, y, teniéndole en la mano izquierda, lo brindaba a la joven que mejor le parecía, sin ánimo de dársela a ninguna, ni probarlo él, hasta que, de tres que iban en un quitrín, creyó reconocer la que ocupaba el lado opuesto; por cuya razón, en vez de hacerle el mismo ofrecimiento que a las demás, bajó la mano de pronto y trató de ocultarse tras el repecho de la meseta. La joven le había visto, y reconocido desde luego; sólo que, lejos de sonreírse, como es natural cuando se divisa a un amigo entre multitud de gentes extrañas, se puso más seria y pálida de lo que era, aunque mientras pudo estuvo mirando el sombrero y la frente del estudiante, asomados a pesar suyo por encima del borde del muro de piedra. A tiempo de agacharse Gamboa, por un movimiento involuntario, le echó garra por un brazo a su amigo Meneses, y de modo le apretó, que éste no pudo menos de quejarse y preguntarle:
—¿Qué sucede, Leonardo? Por Dios bendito, suelta, que me desprendes el brazo.
—¿No la conociste? repuso Leonardo enderezándose poco a poco.
—¿A quién? ¿Qué dices?
—A la muchacha aquella del quitrín azul que va sentada a la parte opuesta de nosotros. Pasa ahora las Cinco esquinas. Todavía mira hacia acá. De seguro me ha reconocido. ¡Y yo que la hacía a muchas leguas de distancia! ¿Si creerá que todavía duran los aguinaldos de pascuas?
No sé aún de quién hablas.
—De Isabel Ilincheta, hombre. ¿No la conociste? Bien que te gustaba su hermana Rosa.
—Acabáramos. No la conocí, en efecto. Me pareció muy delgada y trigueña, allá era la más linda del partido.
—Todas las muchachas cuando van para tías se ponen delgadas y palidecen; y lo que es Isabel tiene razón para ambas cosas, pues cuenta mi edad y no abriga esperanzas de casarse pronto.
—Todavía te casas tú con ella el día menos pensado.
—¿Yo? Primero con una escopeta. La chica me gusta, no lo niego; pero más me gustaba allá, en medio de las flores y del aire embalsamado, a la sombra de los naranjos y de las palmas, en aquellas guardarrayas y jardines del cafetal de su padre. Y luego, es una bailadora... de primera. No menos que tu Rosa.
—Deja tranquila a Rosa y volvamos a tu Isabel. Estaba lo que se llama enamorada de ti. ¡La pobre! no te conoce, a lo que entiendo. Porque si vale decir verdad, eres el más inconstante y voluble de los hombres.
—Lo confieso, lo siento, mas no puedo remediarlo; me empeño por una muchacha mientras me dice que no; en cuanto me dice que sí, aunque sea más linda que María Santísima, se me caen a los pies las alas del corazón. Desde mayo no le escribo. ¿Qué pensará de mí? Y es que estas muchachas criadas en el campo son tan empalagosas con su querer... Se figuran que nosotros los mozos de La Habana somos todo cera y miel.
—¿Dónde parará ella?
—De seguro en casa de las Gámez, sus primas, detrás del Convento de las monjas Teresas.
—¿Esperas tropezar ahí con Rosa? Cuando no estaba en el quitrín con Isabel, es claro que no ha venido del campo. En cuanto a mí, te juro que no deseo y temo encontrarme cara a cara con Isabel. Estará ella hecha un moderno virago conmigo. No es mujer a quien se puede ofender impunemente.
—Razón tiene sobrada para estar enojada contigo, y en conciencia debes hacer por aplacar su enojo...
—Conciencia, conciencia, repitió Leonardo en tono desdeñoso. ¿Quién la tuvo jamás en tratándose de mujeres?
—¡Hombre! No digas blasfemias, que hijo eres de mujer.
Esta última observación la hizo Pancho Solfa, que había estado oyendo el breve diálogo de los dos amigos. Leonardo le miró de alto a bajo; no por desprecio, sino porque le sacaba al menos dos palmos de ventaja en estatura, y le dijo serio:
—Tú vas a parar en fraile capuchino. Luego, volviéndose con viveza para Meneses, añadió: Esa muchacha va a trastornar todos mis planes.
—No lo comprendo, dijo Meneses.
—Ya lo verás, repuso Leonardo pensativo. Caballeros, prosiguió hablando con los que le seguían desde el colegio; vámonos que ya esto fastidia.
Conocidamente Leonardo se había puesto de mal humor; algo le contrariaba el ánimo, y él no era hombre para sobrellevar estorbos. Pero apenas bajó a la calle por el lado de la de Compostela, y se vio una vez más en medio del bullicio popular, cuando volvió a su ser natural y a las vivezas de su carácter. En efecto al llegar a las Cinco esquinas, alcanzó un caballero de mediana edad que llevaba la misma dirección que los estudiantes. Leonardo le pasó los brazos por debajo de los suyos, le cubrió los ojos con ambas manos y le dijo, variando el acento:—Adivina quién soy.
En vano el desconocido trató de desasirse de las garras del estudiante, en la persuasión quizás de que el objeto de aquella violencia era robarle a la claridad del día y a la vista del pueblo. Pero Leonardo, luego que se le reunieron los compañeros y multitud de curiosos, soltó al hombre; y, con el sombrero en la mano y la cabeza inclinada, en señal de respeto y arrepentimiento, le dijo:—Pido a Vd. mil perdones, caballero. He sufrido una equivocación lamentable, pero Vd. tiene la culpa, porque se parece a mi tío Antonio como un huevo a otro huevo.
Los estudiantes soltaron la carcajada, por lo mismo que el caballero desconocido, comprendiendo la burla, estalló en expresiones de mal humor y de enojo contra la juventud malcriada e insolente de la época. Aquella ridícula escena pasó con más rapidez de lo que hemos acertado a pintarla, y, como para hacer contraste con ella, no bien pasó Leonardo la calle de Chacón, metió la punta de su caña de Indias en una rolliza tortilla de maíz que empezaba a dorarse al calor del burén de una negra más rolliza todavía y casi desnuda, arrimada a la pared de la esquina y rodeada de sus cachivaches, y la levantó en el aire. Hizo la tortillera una exclamación de angustia, y al enderezarse en el enano asiento, como era tan gorda y pesada, echó a rodar la mesita que tenía delante, donde había otras tortillas ya cocidas, con lo cual se aumentó su disgusto y se menudearon sus gritos. Todos rieron de la ocurrencia, Diego Meneses, quien, por uno de aquellos impulsos nobles y generosos de su buen corazón, sacó del bolsillo del chaleco unos cuantos reales, se los arrojó al pecho abultado de la negra, y acertó a depositárselos en el seno, no obstante el bajo escote del cuerpo de su escasísimo traje.
Si con esto se le pasó el enojo o cesaron sus lamentos, los estudiantes no se detuvieron a averiguarlo. Adelante, en la calle del Tejadillo corta la de Compostela en ángulo recto y luego se encuentra la del Empedrado, dicha así por haber sido la primera en que se empezó a ensayar el sistema de pavimento de las calles de La Habana con chinas rodadas y arroyo en medio. Por ella torció Leonardo a la derecha, y después de saludar a sus compañeros y decir a sus íntimos amigos Meneses y Solfa que podían, si querían, esperarlo en la plazoleta inmediata de Santa Catalina, donde se reuniría con ellos dentro de un cuarto de hora. Pero siendo ya la de almorzar, según la costumbre de Cuba, ellos prefirieron continuar a sus casas respectivas, y así se separaron de Leonardo hasta la noche en la feria del Santo Ángel Custodio.
Una vez solo el estudiante de derecho, cambió de paso y de aspecto repentinamente. Se puso serio y pensativo, mucho más de lo que cabía esperar en un carácter tan alegre y vivaz. Era que le preocupaba demasiado la aparición en La Habana y en la feria, de la joven de Alquízar a quien denominó Isabel Ilincheta. No obstante que lo negase, estaba enamorado de ella, y recelaba que su repentina llegada diese ocasión a revelaciones desagradables, sobre todo, al descubrimiento de sus veleidades, que, por pervertido que tuviese el sentimiento de la decencia, no podían hacerle honor ni dejar de sacarle los colores a la cara.
Varias veces se detuvo y pegó con la punta del bastón en las angostas losas de la acera, de cuyo lujo gozaba entonces, entre otras pocas, la calle famosa de lo Empedrado. Entre seguir y volverse fluctuaban grandemente, pues es bueno que se sepa que aquella no era la dirección de su casa. Dio, al fin, un golpe más recio que los demás con la caña, se la echó al hombro, como solía, y apresuró el paso, murmurando:—¡Qué diablos! A lo hecho, pecho. Todo esto, para confirmarse en la resolución tomada.
A poco andar se encontró en la esquina de la calle del Aguacate, y arrimado a las alterosas paredes del Convento de Santa Catalina, no hizo alto hasta cerca de la esquina en que la calle de O'Reilly corta la que llevaba a la sazón. Allí, dirigió una mirada oblicua a la ventanilla cuadrada y alta de una casucha en la acera opuesta, inmediata a la esquina. Dicha casucha la hemos descrito minuciosamente al final del capítulo II de esta verídica historia. Las hojas de la ventanilla se hallaban entornadas, y por entre los balaustres de cedro, se veían los pliegues de una cortinilla de muselina blanca, la cual se agitaba ligeramente entonces, ya a causa del airecillo de la mañana, ya de los movimientos de alguna persona que estuviese detrás. En la misma disposición, aunque inversa, se veía la desvencijada puerta: la media bala de hierro, de que hemos hablado en otra parte, impedía que se cerrase del todo.
Que había una persona apostada entre la hoja entornada de la ventanilla y la cortina blanca, no cabe duda ninguna, porque apenas Leonardo cruzó y puso la mano derecha en el hueco que dejaba en el marco un balaustre caído, cuando se asomó la cara más linda de mujer que quizás existía en aquel tiempo en La Habana. A su vista, aunque los ojos de la mulata despedían rayos, y no de amor, sino de cólera, quedó completamente subyugado Leonardo, y se olvidó de Isabel, de los bailes de Alquízar y de los paseos por las guardarrayas de palmas y de naranjos en los cafetales de esa comarca. El lector de los primeros capítulos de esta historia tiene delante a Cecilia Valdés. Mantenía los ardientes labios apretados, la sangre quería brotarle de sus redondas mejillas, el abultado seno con dificultad se contenía dentro de las ligaduras del traje de yocó. Al fin fue ella la primera a hablar, diciendo más con el semblante que con la voz:
—¿Para qué ha venido?
—Acabo de salir de la clase, contestó Leonardo en tono humilde y bajo, mas recio.
Cecilia miró al soslayo para adentro, con la mano izquierda abierta hizo seña a Leonardo que bajara algo más la voz y añadió con vehemencia:
—Le han visto hace poco en la loma del Ángel.
—Puede ser, venía para acá.
—Pero se ha detenido mucho, la distancia no es tan grande. ¡Ah! ¡Maldita la mujer que ama!
—Nada se ha perdido, Cecilia. Heme aquí.
—Ya. ¿Mas quién sabe la causa de su demora? Tal vez una mujer...
—Mujer no, te lo juro.
—No me jure, porque entonces menos le creo. El caso es que Chepilla ya está de vuelta de Paula y Vd. se aparece ahora. Ya no hay tiempo de hablar. Hace rato que llegó. Rezaba y dormitaba, supongo que de cansada; y ya levanta la cabeza y pone el oído de ético. (Esto lo dijo mirando otra vez hacia dentro.) A Vd. no le interesa mi amistad, se conoce, y soy una boba que le espero. ¡Maldita sea la mujer que quiere como yo!
—Tu desesperación me asusta, alma mía. Siento el percance, será mañana.
—Es que Chepilla no va todos los días a Paula.
—Me levanté cerca de las siete. Tú sabes a la hora que vinimos de Regla, cerca de la una de la madrugada.
—Eso no impidió que yo me despertase al amanecer. Me acosté con el cuidado y Vd. no, esto hace mucha diferencia.
—Déjate de ese tono irónico que no te sienta ni un poquito. Demasiado sabes tú que te idolatro.
—Obras son amores y no buenas razones, y el hombre que no cumple con una cita...
—No me condenes de ligero. Ya te he dicho la causa de mi demora. Te protesto, sin embargo, que lo siento en el alma, y ya te probaré...
—Malhaya viene tarde. En vano me protesta de su cariño. La persona que quiere bien no engaña. Sí, Vd. me está engañando. Me tiene muy herida. Váyase. Truena Vd., no habla.
Leonardo le cogió la mano y se la llevó a los labios, sin que ella opusiera la menor resistencia, por donde conoció que había pasado el furor de la tormenta y que la muchacha admitiría su visita en primera oportunidad. Con esto él siguió camino y al entrar en la calle de O'Reilly, puso el pie izquierdo en el estribo de una volanta que bajaba de la puerta del Monserrate, zarandeándose dentro de dos larguísimas varas, pendientes de dos enormes ruedas y del lomo de un verdadero Rocinante, y quedó sentado en el cojín de vaqueta. El estremecimiento producido por la repentina entrada del joven, llamó la atención del calesero, quien incontinente volvió la cara a fin de ver la casta de pasajero que había conseguido sin solicitarlo ni esperarlo. Este, a tiempo de caer en el asiento, tronó en voz campanuda y de mando:—A casa.
—¿Y dónde vive el niño? naturalmente preguntó el azorado calesero.
—¡Bruto! ¿Que no lo sabes? Calle de San Ignacio esquina a Luz. Arrea.
—¡Ah! exclamó el calesero, y le pegó tan fuerte latigazo a la pobre bestia en los ijares, que se estremeció toda dentro de la armazón de huesos, doblándose casi en dos, bien del dolor, bien del peso del carruaje, del pasajero y del jinete.
Mientras el estudiante, sacudido como una pelota va camino de su casa en la desvencijada volante séannos permitidas algunas reflexiones. ¿A qué aspiraba Cecilia al cultivar relaciones amorosas con Leonardo Gamboa? El era un joven blanco, de familia rica, emparentado con las primeras de La Habana, que estudiaba para abogado y que, en caso de contraer matrimonio, no sería ciertamente con una muchacha de la clase baja, cuyo apellido sólo bastaba para indicar lo oscuro de su origen, y cuya sangre mezclada se descubría en su cabello ondeado y en el color bronceado de su rostro. Su belleza incomparable era, pues, una cualidad relativa, la única quizás con que contaba para triunfar sobre el corazón de los hombres; mas eso no constituía título abonado para salir ella de la esfera en que había nacido y elevarse a aquélla en que giraban los blancos de un país de esclavos. Tal vez otras menos lindas que ella y de sangre más mezclada, se rozaban en aquella época con lo más granado de la sociedad habanera, y aún llevaban títulos de nobleza; pero éstas o disimulaban su oscuro origen o habían nacido y se habían criado en la abundancia; y ya se sabe que el oro purifica la sangre más turbia y cubre los mayores defectos, así físicos como morales.
Pero estas reflexiones, por naturales que parezcan, estamos seguros que jamás ocuparon la mente de Cecilia. Amaba por un sentimiento espontáneo de su ardiente naturaleza y sólo veía en el joven blanco el amante tierno, superior por muchas cualidades a todos los de su clase, que podían aspirar a su corazón y a sus favores. A la sombra del blanco, por ilícita que fuese su unión, creía y esperaba Cecilia ascender siempre, salir de la humilde esfera en que había nacido, si no ella, sus hijos. Casada con un mulato, descendería en su propia estimación y en la de sus iguales: porque tales son las aberraciones de toda sociedad constituida como la cubana.
El calesero, entre tanto, bajó por la calle de O'Reilly al trote, tomó la de Cuba, cruzó diagonalmente la plazoleta de Santa Clara, torció luego a la calle de San Ignacio, y sin adelantarse un paso paró la carrera a la puerta de la casa que le habían designado. Aquélla era una prueba de que el negro calesero no merecía el dictado de bruto que le dio Leonardo al entrar en la volante. No había acabado de parar ésta, cuando el estudiante saltó a la acera y con la misma rapidez le lanzó una moneda al calesero. Recibiola él en el aire, se la llevó a los ojos, vio que era una peseta columnaria, se persignó con ella, picó espuelas y siguió viaje, diciendo:—Mucha salud, niño.
Capítulo XI
De mi patria bajo el desnublado cielo no pude resolverme a ser esclavo, ni consentir que todo en la natura fuese noble y feliz menos el hombre.
José María Heredia
A Emilia.
Creyó advertir Leonardo cuando saltó de la volante a la acera, que un militar, en completo uniforme, que caminaba de prisa hacia la Plaza Vieja, se había separado de la segunda ventana de su casa, y que contemporáneamente se había desprendido de un postigo de la misma el bien conocido rostro de una de sus hermanas. Apresuró el paso, y, en efecto, a través de otro postigo de la reja del zaguán, vio a su hermana mayor Antonia, en el acto de alzar la cortina para entrar en el primer aposento, por la puerta que daba a la sala. Le desazonó más de lo que puede imaginarse este inesperado descubrimiento, porque atando cabos se convenció, a no quedarle duda, de que mientras él galanteaba a la mulata allá por el barrio del Ángel, un capitán del ejército español, a la clara luz de una mañana de octubre, le galanteaba la hermana acá por el barrio de San Francisco. El recuerdo del momento placentero que había gozado y que aún se cernía en su mente cual visión brillante, quedó enturbiado, se desvaneció del todo ante la desagradable escena a la ventana de su casa.
De la generación que procuramos pintar ahora bajo el punto de vista político-moral, y de la que eran muestra genuina Leonardo Gamboa y sus compañeros de estudios, debemos repetir que alcanzaba nociones muy superficiales sobre la situación de su patria en el mundo de las ideas y de los principios. Para decirlo de una vez, su patriotismo era de carácter platónico, pues no se fundaba en el sentimiento del deber, ni en el conocimiento de los propios derechos como ciudadano y como hombre libre.
El sistema constitucional que había regido en Cuba, la primera vez de 1808 a 1813, la segunda de 1821 a 1823, nada le había enseñado a la generación de 1830. Para ella habían pasado como un sueño, como cosas del otro mundo o de otro país, la libertad de imprenta, la milicia nacional, el ejercicio frecuente del derecho del sufragio, las reuniones populares, las agitaciones y propaganda de los más exaltados, los conciliábulos de las sociedades masónicas, las cátedras de Derecho y de Economía Política, las lecciones de Constitución del Padre Varela. Después de cada uno de esos dos breves períodos había pasado sobre Cuba la ola del despotismo metropolitano y borrado hasta las ideas y los principios sembrados con tanto afán por ilustres maestros y eminentes patriotas. Habían desaparecido los periódicos libres, los folletos y los pocos libros publicados en las dos épocas memorables, de los cuales, si existía uno que otro ejemplar, era en manos del bibliógrafo, que tenía doble empeño en ocultarle.
Sujeta a la previa censura, había enmudecido la prensa en toda la Isla desde 1824, no mereciendo ese nombre los poquísimos periódicos, que después se publicaban en una que otra población grande de la misma. El estado de sitio en que desde entonces quedó avasallado el país, no consentía la discusión de las cuestiones que más podían interesar al pueblo. Delito grave era tratar de política en público y en privado, hasta el uso de ciertos nombres de personas y aún de cosas estaba estrictamente prohibido. Los sucesos pasados, pues, así dentro como fuera de Cuba, los conatos de revolución en ésta, las resultas de la tremenda lucha por la libertad e independencia en el continente, todo esto quedó sepultado en el misterio y en el olvido para la generalidad de los cubanos. La historia, además, que todo recoge y guarda para la ocasión oportuna, aún no se había escrito.
No faltaban fuera quienes tratasen contemporáneamente de la política militante y se afanasen por hacer llegar a la patria la noticia de lo que pasaba en torno de ella y que podía enseñar al pueblo sus deberes y recordarle sus derechos. A ese fin, entre otros, el virtuoso Padre Varela publicó en Filadelfia El Habanero, de 1824 a 1826; pero el gobierno español le declaró papel subversivo y prohibió su entrada en Cuba. De suerte que puede asegurarse que muy pocos ejemplares circularon en ella. Más tarde, es decir, de 1828 a 1830, emprendió Saco también en el Norte de América la publicación de El Mensajero Semanal, periódico científico-político-literario, el cual, por iguales motivos que el anterior, tuvo escasa circulación en La Habana y no ejerció influencia apreciable en las ideas políticas. Lo único que en ese periódico hizo eco en la juventud habanera, según se ha indicado anteriormente, fue la polémica que su ilustre redactor sostuvo con el director del Jardín Botánico de La Habana, don Ramón de la Sagra, por la apasionada crítica que éste había hecho del tomo de poesías dado a luz en Toluca, en el año de 1828, por el insigne Tirteo[20] cubano, José María Heredia.
Mayor y más general influencia ejercieron en el ánimo de la juventud los patrióticos versos de ese célebre poeta. Sobre todos su oda La Estrella de Cuba, octubre de 1823; su epístola A Emilia, 1824; su soneto a don Tomás Boves. Su Himno del Desterrado, 1825, causó un vivo entusiasmo en La Habana; muchos lo aprendieron de memoria y no pocos lo repetían cuando quiera que se ofrecía la ocasión de hacerlo sin riesgo de la libertad personal. Pero ni aquellos periódicos, ni estos fogosos versos, magüer que rebosando en ideas libres y patrióticas, bastaban a inspirar aquel sentimiento de patria y libertad que a veces impele a los hombres hasta el propio sacrificio, que les pone la espada en la mano y los lanza a la conquista de sus derechos.
Quedaban, además, confusas, si ya no tristes, reminiscencias de las pasadas conjuraciones. De la del año 12 sólo sobrevivía el nombre de Aponte,[21] cabeza motín de ella, porque siempre que se ofrecía pintar a un individuo perverso o maldito, exclamaban las viejas:—¡Más malo que Aponte! De la del año 23 se sabía por tradición, que Lemus, el cabecilla, gemía en un presidio de España; que Peoli se había escapado del cuartel de Belén disfrazado de mujer; que Ferrety, el delator, gozaba de la privanza o favores del Gobierno; y que Armona, el aprehensor y perseguidor de los principales conjurados, continuaba siendo el jefe de la única gendarmería del Capitán General don Francisco Dionisio Vives.
Como rumor no más había corrido que el gobierno de Washington se había opuesto a la invasión de Cuba y Puerto Rico por las tropas de México y de Colombia, y que de esas resultas habían ahorcado allá por Puerto Príncipe en 1826, como emisarios de los insurgentes, a Sánchez y a Agüero.[22] Pero a tal punto habían llegado el olvido y la indiferencia, que en los mismos días a que nos referimos en las anteriores páginas, se seguía causa de infidencia a los cómplices de la conjuración llamada del Aguila Negra, muchos de los cuales estaban presos en el cuartel de Dragones, en el de las Milicias de color, en el castillo de la Punta y en otras partes, y no se echaban de ver síntomas de descontento, siquiera de interés en el pueblo.
También los conjurados cubanos de anteriores intentonas malogradas, o se hallaban aún lejos de la patria, o habían muerto en el destierro, o se les había entibiado el ardor patriótico y llevaban vida oscura y pacífica, consagrados a la reparación de los estragos que habían producido en su salud y su fortuna, el tiempo y las contradicciones de los hombres. No era, pues, ni podía ser ocupación de los que habían vuelto a la patria, la propaganda de las opiniones y proyectos políticos concebidos y acariciados durante los días de la exaltación y de la fe ciega en la libertad.
Por su parte, los criollos y peninsulares emigrados del continente, como para subsanar su conducta cobarde, egoísta o retrógrada en la guerra por la independencia, a su llegada a Cuba, sólo se ocuparon de falsear el carácter de los sucesos, calificando de injustos, de perversos y de innobles los motivos de los sacrificios patrióticos de los revolucionarios, amenguando sus hazañas, convirtiendo en ferocidad hasta sus actos de justicia y de meras represalias. Para esos renegados el republicano o patriota era un insurgente, esto es, un sedicioso, enemigo de Dios y del rey; el corsario, un pirata o musulmán, como llamaba el pueblo a los argelinos que hasta fines del siglo pasado infestaban las costas del Mediterráneo.
El lector habanero, conocedor de la juventud de la época que procuramos describir, nos creerá fácilmente si le decimos que Gamboa no se cuidaba de la política, y por más que le ocurriese alguna vez que Cuba gemía esclava, no le pasaba por la mente siquiera entonces, que él o algún otro cubano, debía poner los medios para libertarla. Como criollo que empezaba a entrar en el roce de las gentes mayores y a estudiar jurisprudencia, sí se había formado idea de un estado mejor de sociedad y de un gobierno menos militar y opresivo para su patria. Sin embargo, aunque hijo de padre español, que, siendo rico y del comercio visitaban con preferencia paisanos suyos, ya sentía odio hacia éstos, mucho más hacia los militares, en cuyos hombros, a todas luces, descansaba la complicada fábrica colonial de Cuba. No cabía, por tanto, que le hiciera buena sangre el que un militar le soplase la hermana querida, antes fueron tan vivos los celos que experimentó, como profundo era el odio que le inspiraba el hombre en su doble carácter de soldado y de español.
En consecuencia, entró en su casa disgustado. La mesa estaba puesta para el almuerzo, y Leonardo, en vez de ir en busca de su madre, como solía, sin ver a nadie se quitó la casaca de paño y arrojó el libro de clase en un asilla, se quitó la casaca de paño y se puso una chupa de dril de rayitas de color. Por breve rato estuvo indeciso entre si se echaría en la cama, la cual con su frescura y mosquitero de rengue azul le convidaba a reposar, o si salía al balcón, donde aún había sombra, se apareció el negrito Tirso y dijo:—Niño, el almuerzo está en la mesa. Y se apresuró a bajar, encontrando ya sentados a su madre y a su padre. A las calladas tomó asiento al lado de la primera, quien desde lejos le echó una mirada amorosa, cual si extrañara y la tuviese desazonada el que él no se le presentara cuando entró de la calle. El segundo ni siquiera levantó la vista del plato en que comía huevos fritos con salsa de tomates, aunque a derechas no había visto al hijo desde el día anterior.
Enseguida fueron saliendo una tras otra de las alcobas las hermanas de Leonardo, preparadas para salir a la calle, y sentándose a la mesa, en silencio, como monjas en el refectorio. Cada cual ocupó en ella su puesto respectivo, es decir, doña Rosa con su hijo preferido a un lado, las tres hijas de esa señora al otro, y don Cándido y el mayordomo en las opuestas cabeceras de la mesa. No era casual, pues, sino constante y deliberada esta distribución; salvo que se alterase por la aparición de algún comensal con quien debía usarse cumplimiento. Indicaba claramente el carácter, los hábitos y predilecciones de la familia entre sí y sobre todo de los padres respecto de sus hijos.
Las preferencias de doña Rosa no podían equivocarse: todas en favor de Leonardo. Las de don Cándido, si algunas dejaba ver en ocasiones señaladas, hacían foco en su hija mayor Antonia.
Era él hombre de negocios, más bien que de sociedad. Con escasa o ninguna cultura, había venido todavía joven a Cuba de las serranías de Ronda, y hecho caudal a fuerza de industria y de economía, especialmente de la buena fortuna que le había soplado en la riesgosa trata de esclavos de la costa de África.
Su tráfico principal en La Habana, aquel que le sirvió de peldaño para subir a la cima de la riqueza, consistió en la negociación de maderas y ripia del Norte de América, teja colorada, ladrillos y cal del país, si bien en el día no se ocupaba de eso exclusiva ni personalmente, sonándole mejor en los oídos el título de hacendado que le daban sus amigos, por el ingenio de fabricar azúcar, La Tinaja, que poseía en la jurisdicción del Mariel, el cafetal Las Mercedes, en la Güira de Melena, y el potrero o dehesa de Hoyo Colorado.
Por hábito, antes que por índole, era reservado y frío en el trato de su familia, teniéndole de ella alejado la naturaleza de sus primitivas ocupaciones y el afán de acumular dinero que se apoderó de su espíritu, luego que contrajo matrimonio con una criolla rica, y de las más encopetadas familias de La Habana.
Al principio de su nueva vida no había sido ejemplar su conducta, ni digna de servir de guía a Leonardo, según nos lo ha dado a entender doña Rosa al final del VII capítulo. Por uno y otro motivo, quizás por su ignorancia supina, no se ocupaba de la educación de sus hijos, mucho menos de su moralidad. Ambos deberes corrían a cargo de aquella discreta señora que, si no poseía la ciencia, sí el instinto y el amor materno más acendrado, con los cuales bien se puede dar la mejor dirección a las arrebatadas pasiones de la juventud. Señaladamente en materia de educación, la caridad es la fuente y el espejo de todas las virtudes.
Como hombre ignorante y rudo, tenía, además, don Cándido, extraño modo de reprender a sus hijos. Ya se ha visto que cuando Leonardo se presentó en el comedor, ni siquiera le miró a la cara. Esta era señal infalible que continuaba enojado con él. En efecto, siempre que alguno de ellos le daba motivo de queja, cosa al parecer frecuente, le castigaba, o creía castigarle, negándole la palabra por días y aún meses seguidos. De suerte que por el padre casi nunca averiguaban los hijos la causa real de su enojo; la madre en estos casos, servía siempre de conducto o intermediario para mantener la paz y la concordia en el seno de la familia.
Antonia, el vivo retrato de doña Rosa en lo físico, contaba 22 años de edad. Leonardo pasaba de los 20, y fluctuaban entre los 18 y 17 sus hermanas menores, Carmen y Adela. Esta última podía pasar en cualquier parte por un modelo acabado de belleza. Poseía todas las condiciones que requerían los estatuarios griegos en la persona cuya estatua debía tallarse: buena cabeza, facciones regulares, formas simétricas, airoso porte, talla esbelta, frente alta y mirada de fuego. Con parecerse ella a la Venus[23] griega más bien que a una de las Parcas,[24] tenía más semejanza con don Cándido que con doña Rosa. Había entre la hija y el padre algo más de lo que se entiende generalmente por aire de familia: la misma expresión fisonómica, el mismo espíritu, llevaba impreso en el rostro el sello de su progenie.
Ocupaba Leonardo en la mesa sitio opuesto al de su hermana Adela, y siempre que el padre se hallaba delante, mientras duraba el almuerzo, o la comida, se cruzaban entre ellos miradas de inteligencia, se sonreían a menudo, sostenían, en suma, conversaciones cariñosas y fraternales con los ojos y los labios, sin proferir una palabra. Que ligaban a los hermanos fuertes lazos de simpatía, parecía del todo evidente. Había del uno para la otra lo que se llama ángel. A no ser hermanos carnales se habrían amado, como se amaron los amantes más célebres que ha conocido el mundo. En la mañana del día que vamos refiriendo no sucedió, sin embargo, lo de costumbre. Leonardo estaba enojado o triste, o extraña y honda preocupación le dominaba el ánimo; lo cierto es que en vano Adela, cual solía, buscó su mirada, puso el entrecejo y trató de quemarle la frente con los rayos de sus divinos ojos, a través de la mesa. Ni una vez se cruzaron sus miradas, no hubo para ella en aquel rostro repentinamente petrificado, un rasgo de cariño. La inocente niña llegó a afligirse. ¿Habíale dado motivo de enojo sin saberlo? ¿Qué tenía su hermano querido? ¿Por qué en las dos o tres veces que le sorprendió mirándola en sorda y muda contemplación, bajó él los ojos de repente o fingió perfecta abstracción e indiferencia? Quizás Leonardo no se explicaba claramente y Adela era muy joven para comprender que aquél hacía, sin quererlo, un estudio comparativo de la encantadora fisonomía de su hermana. ¿Qué pensamientos cruzaban entonces por su mente? Difícil es decirlo; lo único que puede asegurarse como cosa positiva es que había en la contemplación de Leonardo más embebecimiento que distracción mental, más deleite que fría meditación, cual si hubiese descubierto ahora en el semblante de su hermana algo en que antes no había reparado.
Duró el almuerzo como una hora, reinando todo ese tiempo en la mesa el mayor silencio, pues apenas se oía otro ruido que el de los cubiertos de plata, ni más voz que la del que pedía éste o aquel plato distante al negrito Tirso, que ya conocen nuestros Lectores, y a una negra joven y bien parecida, los cuales, con los brazos cruzados sobre el pecho cuando esperaban órdenes, estaban atentos a las exigencias del servicio. El primero, con todo eso, servía principalmente a los hombres, la segunda a las mujeres. Pero uno y otra, era de notarse, le adivinaban a don Cándido hasta los pensamientos, poniéndole delante el plato designado con un mero movimiento de los ojos, a cuyo efecto no apartaban de él los suyos Tirso ni la criada Dolores, mientras servían a los demás comensales. ¡Ay de ellos si esperaban la orden o equivocaban el plato con que deseaba reemplazar el saboreado! El castigo no se hacía esperar: le arrojaba a la cabeza lo primero que se le venía a las manos.
La abundancia de las viandas corría pareja con la variedad de los platos. Además de la carne de vaca y de puerco frita, guisada y estofada, había picadillo de ternera servido en una torta de casabe mojado, pollo asado relumbrante con la manteca y los ajos, huevos fritos casi anegados en una salsa de tomates, arroz cocido, plátano maduro también frito, en luengas y melosas tajadas, y ensalada de berros y de lechuga. Acabado el almuerzo, se presentó un tercer criado, en mangas de camisa, y que por el pringue de su ropa parecía el cocinero, con una cafetera de loza en cada mano y principió a llenar de café y de leche, primero la taza de don Cándido y sucesivamente la de doña Rosa, la de Leonardo, las de las hermanas de éste, acabando por la del Mayordomo, aunque no ocupaba el último lugar en una mesa donde hacía de cabeza el amo y de cola la hija mayor. El Mayordomo no era sino un criado blanco, y nadie mejor que los otros criados definían su posición en aquella casa.
Tomaba la familia el café con leche hirviendo cuando pasó por el comedor en dirección de la calle, nuestro conocido, el calesero Aponte. Aunque todavía en mangas de camisa, llevaba calzadas las altas botas de montar y las macizas espuelas de plata. Conducía del diestro dos caballos enjaezados, cuyas colas estaban cuidadosamente trenzadas y las puntas atadas por un cordón de estambre a una argolla en el fuste de la silla por detrás. Al entrar en el zaguán soltó Aponte la pareja, y sin más demora abrió de par en par la ancha puerta de la calle, suspendió en peso las varas del quitrín por las argollas plateadas que tenían atornilladas al extremo, y gritando:—¡Atrás!, le sacó rodando hasta el medio de la calle, le hizo girar, y le arrimó a la acera de su casa. Enseguida volvió a tomar por la brida la misma caballería de antes, le pegó una fuerte palmada en el vientre con la mano izquierda, casi por fuerza la metió entre varas, y luego colgó éstas por las argollas a unos ganchos dobles de hierro que pendían de la silla, cubiertos por pequeños faldones de vaqueta negra. La otra caballería, la de monta, quedó atada al carruaje por dos fuertes tirantes de cuero, adheridos por sus gazas a un balancín.
Después del café sacó don Cándido la vejiga de los tabacos (cigarros) y metió en ella el brazo hasta el codo; tan honda era. A su vista, Tirso voló a la cocina en busca del braserillo de plata con la brasa del carbón vegetal. Antes que el amo mordiera el remate del cigarro, sin cuyo requisito no arde bien, ya el esclavo, con expresión humilde mezclada de temor, le acercaba la lumbre para que encendiera de su mano. Con la primera bocanada de humo azuloso y acre que sacó del cigarro, se puso en pie y, seguido del Mayordomo, se entró en el escritorio, tan callado como cuando salió de él, una hora antes, para sentarse a la mesa del almuerzo.
La desaparición del padre determinó por sí sola un cambio repentino y completo en el ánimo y conducta de la familia, sin excluir la madre. El corazón de los hijos quedó aliviado, por lo visto, del peso que lo había oprimido, siendo así que a todos ellos, como por concierto, se les alegró el semblante y se les desató la lengua. Leonardo especialmente llevó el entusiasmo al punto de atraer a sí a su madre con el brazo izquierdo para darle uno y otro beso en la mejilla y decirle:
—¿Y qué tiene? (indicando su padre). ¿Está bravo?
—Contigo; repuso concisamente su madre.
—¿Conmigo? Pues ya le mando trabajo.
A poco, sin embargo, se puso de nuevo serio porque, habiendo reparado en su hermana Antonia, que no mostraba tanta expansión como los demás, recordó el incidente en la ventana de la calle.
—Mamá, agregó con más seriedad, se me figura que a ti te pasan la mota y que no lo sientes.
—¿Por qué me dices eso, hijo mío? replicó doña Rosa en el tono de voz más blando imaginable.
—¿Se lo digo, Antonia? preguntó a su hermana con aire malicioso.
Antonia, en vez de contestar, se puso más seria e hizo ademán de levantarse de la mesa, con lo cual añadió Leonardo a la carrera:
—Peor para ti, Antonia, si te levantas y me dejas con la palabra en la boca. No diré nada a mamá; pero es porque tengo ya hecha mi resolución. Se acabaron las visitas de los militares en mi casa.
—Hablas como si fueras el amo, repuso Antonia con desdén.
—No soy el amo, es cierto, mas puedo romperle las patas a uno el día menos pensado, y tanto vale.
—Te expones a que te la rompan a ti.
—Eso lo veremos.
—Supón que en vez de militar español fuera un cadete el que nos visitase, ¿también te opondrías?
—¡Cadete! ¡Cadete! repitió Leonardo con marcado desprecio. Nadie habla de cadetes, que cual los oficiales de milicia son nada entre dos platos. Ya la moda de los cadetes pasó; los últimos quedaron enterrados en las playas de Tampico, a donde, por dicha, se los llevó Barradas. Los que de ellos han sobrevivido a la desastrosa campaña, de seguro le han perdido la afición a las armas. Gracias a Dios que nos vemos libres de su fatuidad.
—De suerte que tu tirria es contra los españoles, como si tu padre fuese habanero.
—Ese odio tuyo a los españoles, dijo doña Rosa, todavía ha de costarnos caro, Leonardo.
—Es que mi odio no es ciego, mamá, ni general contra los españoles, sino contra los militares. Ellos se creen los amos del país, nos tratan con desprecio a nosotros los paisanos, y porque usan charreteras y sable se figuran que se merecen y que lo pueden todo. Para meterse en cualquier parte, no esperan a que los conviden y una vez dentro se llevan las primeras muchachas y las más lindas. Esto es insufrible. Aunque si bien se mira, las muchachas son las que tienen la culpa. Parece que les deslumbra el brillo de las charreteras.
—Respecto de mí, observó Carmen, la regla padece una excepción.
—Y respecto de mí, añadió Adela, sucede la misma cosa. Los militares, por decentes que sean, trascienden a cuartel.
—No hables así, niña, le dijo su madre, que hay militares muy dignos, y sin ir lejos, mi tío Lázaro de Sandoval, que fue coronel del Regimiento Fijo de La Habana, estuvo en el sitio de Pensacola y murió lleno de honores y de cicatrices.
—Pero no se habla de esos militares, mamá, saltó y dijo Leonardo. Se habla de los militares que vinieron de España para reconquistar a México, y que habiendo fracasado allá vuelven aquí para que nosotros paguemos el mal humor de la ignominiosa derrota. A estos militares son a los que ahora me refiero. No es lo peor que trasciendan a cuartel, como dice Adela, sino que son, como hombres, malditísimos maridos. Mientras no llegan a brigadier, viven en los cuarteles o en los castillos, donde tienen por casa pabellones; por criados, asistentes rudos y desvergonzados; por diversión las palizas y carreras de baqueta que les pegan a los soldados; por música, el tambor de diana. Casi nunca se fijan en ninguna parte, porque cuando menos lo esperan, tienen que salir destacados, ya para Trinidad, ahora para Puerto Príncipe, luego para Santiago de Cuba, después para Bayamo... Y si son casados, la mujer y los hijos y los penates, por supuesto, tienen que seguirlos de cuartel en cuartel, de castillo en castillo, de destacamento en destacamento cuando por motivos de economía no se queda ella con sus padres y él no se marcha con sus soldados. Como su objeto es encontrar mujer rica con quien casarse, poco se cuidan del carácter y de los antecedentes de las que al cabo toman por esposa, tarde que temprano, ellas les arañan la cara y ellos las arrastran por el pelo.
No pudo Antonia sufrir más: se levantó de la mesa y se fue a la sala, callada y muy molesta.
—Has zaherido a tu hermana sin motivo, le dijo doña Rosa. Ella no piensa en militar alguno, por mucho que alguno la celebre.
—No piensa en ellos, pero admite galanteos por la ventana, y he aquí lo que me irrita.
—Antonia no es de ésas, por fortuna, hijo mío.
—¿No?—¡Ay, mamá! Parece vas perdiendo la vista del entendimiento y de la cara... No quiero hablar, lo único que digo y repito es que el día menos pensado le rompo una pata a uno de esos soldados.
Enseguida se levantó y cual si nada hubiese ocurrido, o dicho que le desazonara, fue para el puesto que ocupaba su hermana Adela, la estrechó con ambos brazos por la cintura y le dio muchos besos.
—Quita, quita, dijo ella. ¿Pues no estabas enojado conmigo? Me lastimas con la barba.
—¿A dónde bueno, tan emperifollada? le preguntó Leonardo esquivando el asunto indicado por la hermana.
—Vamos a la tienda de Madama Pitaux, que ahora vive en la calle de La Habana número 153. Hace poco que ha llegado de París y, según dicen, ha traído mil curiosidades. De camino pensábamos dar una vuelta por la Loma del Ángel.
Para ir a la Loma ya es muy tarde. Pasa de las once. Y ahora que me acuerdo, ¿han visto Vds. el número IV de La Moda o Recreo Semanal?[25] Desde el sábado se repartió, y está muy interesante.
—¿Tú le tienes ahí? preguntó Carmen. Es extraño que no nos hayan enviado nuestro ejemplar, estando suscritas.
—¿En dónde se suscribieron ustedes?
—En la librería de La Coba, calle de la Muralla, que es el punto más cercano.
—Pues reclamen allá. El ejemplar que yo leí estaba en el mostrador de la botica de San Feliú, porque el mío me ha faltado también. No son nada exactos, que digamos, los repartidores.
—¿Has averiguado quién es la Matilde de que habla La Moda? preguntó Adela a su hermano. Porque Carmen cree que es una que todos nosotros conocemos.
—A mí se me figura, dijo Leonardo, que es un ente imaginario. Tal vez Madama Pitaux sepa algo.
—Pues a mí se me ha puesto, dijo Carmen, que la Matilde de La Moda no es otra que Micaelita Junco. Sucede que ella es la más elegante de La Habana; que su hermano, un verdadero lechuguino, se llama Juanito; que tiene una abuela de nombre doña Estefanía de Menocal—apellido semejante al de Moncada—que le dan en La Moda.
—Voy creyendo que tienes razón, dijo Adela. No puedo negar que el vestido y el peinado que llevaba anteayer en el Paseo Micaelita Junco son idénticos al figurín de La Moda del sábado antes pasado. Por cierto que no me gustó el peinado a la Jirafa. La trenza es demasiado ancha y los bucles muy altos; luego, por detrás la cabeza luce desairada. Las mangas cortas, aglobadas, con sobremangas de blonda, sí me parecen bonitas y le sientan bien a la que tiene el brazo torneado, como Micaelita. Su hermano Juanito, que nos saludó junto a la fuente de Neptuno, ¿te acuerdas?, iba también a la última moda igual al figurín. Le sentaban los pantalones de Mahón sin pliegues, el chaleco blanco y la casaca de paño verde sin carteras. Esa es la moda inglesa, según dicen. ¿Reparaste en el sombrero? La copa tropezaba en las ramas de los árboles de la Alameda con ser Juanito Junco un chiquirritín.
—El corbatín es lo que no me peta, dijo Leonardo. Es tan alto que no deja juego al pescuezo. No los usaré jamás. No me gustan esos collares de perro. Tampoco me petan las casacas a la dernier;[26] parecen de zacatecas. Los angostos faldones bajan hasta las corvas y se me figura que con esa moda se ha querido imitar la cola de las golondrinas. Sobre que se ha empeñado Federico en vestirnos a la inglesa y nosotros estamos mejor hallados con las modas francesas. Uribe tiene más gracia, si no más hábil tijera.
—No saques a Uribe, que es un sastre mulato de la calle de la Muralla y no sabe jota de las modas de París ni de Londres, dijo Carmen con marcado desprecio.
—No piensa así la gente principal de La Habana, repuso Leonardo prontamente. Los Montalvo, los Romero, los Valdés Herrera de Guanajay, el Conde de la Reunión, Filomeno, el Marqués Morales, Peñalver, Fernandina... no se visten con otro sastre. Yo le prefiero a Federico. El, además, recibe los periódicos de modas de París por todos los paquetes[27] del Havre.
Tan entretenida conversación de los hermanos, la interrumpió el calesero presentándose con la cuarta engarzada en la muñeca de la mano derecha y el sombrero redondo en la izquierda, para anunciar que el quitrín estaba listo a la puerta. Luego al punto las dos hermanas menores fueron en busca de la mayor y de sus características mantas y juntas rodearon a la madre para pedirle sus órdenes. Esta señora les hizo el encargo de algunas compras en las tiendas de lencería, o de ropa, y luego se dirigieron ellas por el zaguán a la calle.
No ha de extrañar el lector forastero ver a tres señoritas de la clase que podemos llamar media, salir a las calles de La Habana sin dueña, padre, madre o hermano que las acompañase. Pero con tal que no fueran a pie ni a pagar visita de etiqueta, bien podían dos, mucho más tres jóvenes, recorrer toda la ciudad, hacer sus compras, picotear con los mozos españoles de las tiendas y en las noches de retreta en la Plaza de Armas o en la Alameda de Paula, recibir al estribo del carruaje el homenaje de sus amigos y la adoración de sus amantes. Eso sí, aún para hacer una visita en la vecindad de su casa y a pie, exigía la costumbre, que la cubana, cuando no había pariente de respeto, se acompañase siquiera de su mismo esclavo.
Al entrar Carmen en el quitrín, le dio la mano para subir un joven desconocido que acertó a pasar por allí, después a Adela y últimamente a Antonia, recibiendo de ellas, en pago de su galantería, una sonrisa de agradecimiento.
Así, la más joven y bella de las hermanas ocupó el asiento de en medio, el menos cómodo ciertamente, pero sin duda el más conspicuo y propio para desplegar la habanera sus gracias naturales a maravilla. Desde luego, montó el calesero el caballo de fuera de varas, el que por su suave paso, buena estampa y cola cuidadosamente trenzada, era al mismo tiempo el descanso y el orgullo del jinete; y partió a escape el carruaje en vuelta de la Plaza Vieja.
Capítulo XII
Por sus juguetes se conoce el niño, y se conjetura cuales han de ser sus obras.
Parábolas de Salomón
Quedaron al fin solos doña Rosa Sandoval de Gamboa y su hijo Leonardo.
No había sacado éste el talento de su padre para los negocios. Tampoco anunciaba disposición ninguna para la carrera literaria a que le dedicaban, aunque solía hacer versos y escribir articulejos para el Diario y otros periódicos. Su madre, sin embargo, quería que fuese abogado, doctor de la Universidad de La Habana, halagándola la esperanza de que podría por este camino, llegar a oidor de la Audiencia de Puerto Príncipe, y hasta a Teniente Gobernador, como llamaban entonces a los jueces letrados de nombramiento real. Creía ella con razón que, mediante el dinero y las relaciones de su marido en la Corte, bien podía conseguirse para su primogénito cualquier gracia, honor o título, entre los muchos que, merced a aquellos estímulos, es uso conceder la Corona.
De comerciante, en concepto del padre, no había esperanza de que el mozo llegase a más que alcalde municipal, a consiliario o diputado del Tribunal de Comercio o Real Consulado, empleos de mala muerte, sin honores ni emolumentos. Por otra parte, don Cándido, en realidad, no hacía hincapié en que su hijo estudiase y siguiese ésta ni esotra carrera literaria. ¿Abogado? Ni pensarlo. Se aficionaría a los pleitos, y acabaría con un caudal y con el de sus clientes. Tampoco don Cándido conocía más letras que las del Catón,[28] lo que no le había impedido acumular una fortuna respetable.
Ahora, además, le había nacido el deseo de titular, y no le parecía bien que su hijo, al menos, trocase los libros o la vara del mercader, ni el bonete de doctor, por la corona del conde, aunque hubiese un Santovenia, que por aquellos días precisamente, había hecho el último de los trueques mencionados. No obstante su ignorancia, reconocía que Leonardo no haría raya como hombre de letras, ni como de negocios, y decía para sí o cuando trataba del asunto con su esposa:
—No debemos forjarnos ilusiones. El (su hijo) no dará nunca mucho de sí, por más que uno se afane y gaste dinero en sus estudios. Ahí no hay cabeza sino para enamorar y correr la tuna. Eso se conoce a tiro de ballesta. Pero ¿necesita él tampoco de grandes conocimientos para hacer papel en el mundo?
—¡Ca! No, señor. Fortuna, esto es, dinero te dé Dios, hijo, que el saber poco te vale; reza el proverbio castellano. Y dinero no ha de faltarle cuando yo muera. Luego si logro el título de Conde de Casa Gamboa, que pretendo en Madrid, reunirá el monis con la nobleza, dos adminículos éstos con que el más bruto puede figurar en primera línea, gozar fuero y echarse a roncar a pierna suelta, cierto y seguro de que no le atropellarán por deudas, antes todos le sacarán el sombrero, le traerán en palmitas y le bailarán el agua delante, lo mismo los chicos que los grandes, los hombres de copete que las mujeres bonitas. ¡Ah! ¡Qué tiempo se ha perdido! Si yo hubiese titulado diez años ha, otro gallo nos cantara.
En efecto, Leonardo descubría menos ambición que talento. Por sentado, la esperanza de ser algo por sus conocimientos, por sus estudios, o por su industria, jamás calentó su corazón. Antes confiado en que a la muerte de sus padres sería bastante rico, no hacía esfuerzo ninguno por saber, ni se apuraba por estudiar las lecciones de derecho, y se reía a carcajadas cuando, en son de broma, se decía entre la familia que él podía llegar a ser oidor o conde, o que su padre hacía construir en España, con el fin de titular, un árbol genealógico en que no había de verse ni una gota de sangre de judío ni de moro. Por otra parte, tan humildes eran a la sazón sus inclinaciones, como sus pasiones fuertes e ingobernables.
Gozar era, por aquel tiempo al menos, la suprema ley de su alma. Y es que su madre, porque le quería demasiado, cualquiera creería que, lejos de regir sus desapoderados impulsos, parecía complacerse en darles rienda suelta. ¿Qué necesidades podía experimentar un mozo de sus años y ocupaciones? Libros, trajes, caballos, carruajes, criados, dinero, todo le sobraba; ni el trabajo de pedir casi nunca tenía, porque desde la cuna se había acostumbrado a ver satisfechos sus deseos y aún caprichos, apenas indicados. Con todo eso, no pasaba día sin que le hiciera la madre algún regalo costoso, teniendo además la costumbre de ponerle todas las tardes en la faltriquera del chaleco media onza de oro, a veces una onza. Naturalmente, como entraba ese dinero, así salía, sin conciencia de su valor, y era lo malo que jamás pasaba por la mente del hijo pródigo, que debía guardar para mañana lo que no fuese necesario para los gastos de hoy. ¿Cómo derramaba el oro nuestro imberbe estudiante? Adivinarlo puede el discreto lector, siendo como eran, el juego, las mujeres y las orgías con los amigos la vorágine que consumía el caudal de Gamboa y le agotaba el perfume del alma en la flor de su vida.
Estaba él, pues, sentado, luego que partieron las hermanas, en el puesto que dejó Adela, opuesto a su madre, a la que miraba de hito en hito, de codos en la mesa, con la cara entre las manos y le dijo de repente:
—¿Sabes una cosa, mamá?
—Si no me la dices... contestó ella como distraída.
—No creas que te voy a pedir. Yo no quiero nada.
—Ya, dijo doña Rosa; y se sonrió, pues que comprendió por el exordio que quería algo su hijo muy amado.
—¿Te ríes? Entonces me callo.
—No lo tomes a mal, hijo; me sonrío para que veas que te escucho con complacencia.
—Pues al pasar ayer tarde por la relojería de Dubois, en la calle del Teniente Rey, me llamó para enseñarme... ¿Te vuelves a sonreír? Vas a creer que te voy a pedir alguna cosa. Desde ahora te digo que te engañas.
—No hagas caso de mis sonrisas. Continúa. Deseo oír el fin; ¿qué te enseñó Dubois?
—Nada. Unos relojes de repetición que acababa de recibir de Suiza. Son los primeros que llegan a La Habana, según me dijo, directamente de Ginebra.
Callose en diciendo esto Leonardo y su madre imitó su ejemplo, aunque ésta, al parecer pensativa. Al fin ella fue la primera que rompió el silencio diciendo:
—¿Y qué tal los nuevos relojes de repetición? ¿Te gustaron, hijo mío?
Se le iluminó al joven el semblante, el cual exclamó:
—Muchísimo. Son magníficos, ginebrinos..., pero yo no quiero reloj nuevo, te lo advierto. Todavía sirve el inglés que tú me regalaste el año pasado, sólo que ya no es de moda. Yo no he visto nunca un reloj de repetición y mucho menos ginebrino, que no hay que abrirlo para saber la hora a cualesquiera del día o de la noche. Se empuja el botón de un resorte que tiene dentro de la argolla, y una campanilla interior da la hora y los cuartos. ¡Qué ventaja! ¿Eh, mamá?
—¿Por qué no me hablaste de eso antes de salir tus hermanas? Le habría encargado a Antonia que se pasara por la relojería.
—No me acordé ni tuve ocasión. Papá, además, estaba delante y luego entramos en una conversación... y me distraje. Bien que ellas no entienden de relojes.
Volvió a callar doña Rosa por corto rato, siempre con aire meditabundo, aunque sin manifestar enfado ni seriedad. Entretanto, Leonardo fingía no advertir la actitud abstraída de su madre, ni dar indicios de arrepentimiento por el embarazo en que la había puesto con sus antojadizas indicaciones. Por el contrario, mientras la pobre señora meditaba y echaba cálculos, él no cesaba de sobarse las mejillas con la punta de los dedos y de mirar al techo, cual si contara las vigas del colgadizo.
—¿Te dijo Dubois, continuó al cabo doña Rosa, el precio de sus nuevos relojes?
—Sí... No. ¿Para qué quieres saber el precio? ¿Para comprarme uno? Ya te he dicho que no lo necesito, que no lo quiero. ¿Para comprarles a mis hermanas? No los tiene Dubois de mujer, de hombre únicamente.
—Bien, pero ¿cuánto pide Dubois por sus relojes de repetición para hombre?
—Poca cosa, dieciocho onzas de oro. No pueden ser más baratos, porque son de oro, legítimos ginebrinos y de repetición.
—¿Tu reloj inglés no salió bueno?
—No tan bueno como creía al principio. Ese mismo Dubois te lo vendió, bien me acuerdo; pero es claro que se engañó o te engañó, porque se atrasa y se adelanta a cada rato, y ya le he llevado a la relojería más veces que onzas de oro pagaste por él. Y eso que te costó veinte, más de lo que piden por los ginebrinos. Dinero echado a la calle, mamá. Está visto, los relojes ingleses, aún los de Tobías, fallan a menudo; al contrario, los legítimos ginebrinos son otra cosa, casi todos salen buenos, exactos. Así al menos me dijo Dubois, que tú sabes entiende de relojes y es relojero de primera. Pero no hay que pensar más en eso, mamá; olvidémoslo, lo pasaré sin un reloj de confianza ¡cómo ha de ser!
—No te apures ni te aflijas, hijo, replicó Doña Rosa bastante alarmada. Ya veremos modo de que tengas el ginebrino si tan bueno es como dices y como cree Dubois. Yo siempre pensaba hacerte un regalo de pascuas, será el reloj ese que tanto te ha gustado, aunque de aquí a Navidad va todavía una pila de días. Pero se presenta una seria dificultad.
—¿Cuál? preguntó Leonardo asustado, por más que trató de dominarse.
—Sucede, continuó doña Rosa con suavidad, que en mi bolsa particular no creo que haya ahora todo el dinero requerido para la compra, y se me hace muy cuesta arriba acudir a la de tu padre.
—Pues si depende de papá, debo dar desde ahora por perdida la esperanza del reloj nuevo. El se ha vuelto más tacaño que un judío, al menos todo para mí le parece o caro o inútil; que lo que es para Antonia, ya sabemos que su bolsa siempre está abierta. Yo no sé para qué guarda él tanto dinero.
—Eres injusto con tu padre. ¿De quién es el dinero que tú derrochas? ¿Quién provee al lujo en que vives? ¿Quién trabaja para que tú goces y te diviertas?
—El trabaja, es verdad; él se industria y ahorra, no cabe duda ninguna, pero ¿tendría ahora tanto dinero si cuando se casó con contigo hubieras sido una mujer pobre? ¿A que no?
—Yo aporté al matrimonio unos doscientos mil pesos, que no es ni la cuarta parte de nuestro caudal hoy día. El aumento, ese gran aumento, se debe a los afanes y economías de tu padre, quien no era un pobrete tampoco cuando se casó conmigo; no, señor; tenía sus reales, y tú menos que nadie debías censurar su conducta, la cual, por otra parte, es hija de la tuya con él.
—En eso había de parar el sermón, en mi conducta con papá. El es seco y duro conmigo, ¿puedo yo ser cariñoso y blando con él? Vamos, di tú. Nunca me da tampoco ocasión de mostrarle mi cariño, aunque quisiera. Mas no hablemos del asunto, volvamos la hoja y tratemos de otra cosa, de lo otro. ¿Qué tenía papá cuando se casó contigo?
—Tenía algo, tenía bastante, sí, señor. Tenía un taller de maderas del Norte, tejamaní, ladrillos, cal..., allá en la Alameda o Paseo, cerca de la Punta. El terreno en que se hallaba también le pertenecía, si bien valía poco por ser muy pantanoso y bajo. Tenía asimismo por allí, donde ahora se ha fabricado la casa del colegio de Buena Vista, un barracón. Por cierto que de los últimos bozales que se marcaron en el hombro izquierdo con las letras G y B todavía quedan algunos en el ingenio La Tinaja, que heredé de mi padre. Cándido, en sociedad con don Pedro Blanco, suele traer todavía negros de África. Pero persiguen tanto los ingleses la trata, que se pierden muchas más expediciones que se salvan...
—Figúrate, mamá, dijo Leonardo con mucha risa, aunque bajando la voz, un plagiario de hombres convertido en Conde... del Barracón, por ejemplo. ¡Qué lindo título!—¿No te parece mamá?
—¿Qué quieres decir con esa salida de pie de banco? preguntó doña Rosa molesta no menos que sorprendida.
—¡Ay, mamá! ¿Tú no sabes que según las leyes romanas son plagiarios todos aquellos que roban hombres para venderlos?
—Ya. En ese caso tu padre no es el verdadero plagiario, como dices, sino don Pedro Blanco, quien es sabido, desde su factoría en Gallinas, en la costa de Guinea, (tantas veces he oído esos nombres que se me han quedado impresos) trata negros por baratijas y otras cosas y remite los cargamentos a esta Isla. Tu padre toma los que necesita para sus fincas y los demás los vende a los hacendados, porque él hasta hace poco ha estado actuando como consignatario y antes como socio de Blanco, cuando no se tenía por contrabando la trata de África, o se toleraba. Por su cuenta al menos, no ha despachado sino contadas expediciones. De un momento a otro espera la vuelta de su bergantín Veloz. ¡Dios quiera que no haya caído en las garras de los ingleses!
—Tú, sin querer, estás abogando en mi favor. Yo dije lo que dije en broma, pero es claro, mamá, que conforme a un principio de derecho tanto delito comete el que mata la vaca como el que le sujeta la pata.
—No me vengas con tus principios, tus fines ni tus leyes romanas. Digan ellas y ellos lo que gustes, la verdad es que existe mucha diferencia entre la conducta de tu padre y la de don Pedro Blanco. Este se halla allá, en la tierra de esos salvajes; él es quien los procura en trato, él es quien los apresa y remite para su venta en este país; de suerte que, si hay en ello algún delito o culpa, suyo será, en ningún caso de tu padre. Y, si bien se mira, lejos de hacer Gamboa nada malo o feo, hace un beneficio, una cosa digna de celebrarse, porque si recibe y vende, como consignatario, se entiende, hombres salvajes, es para bautizarlos y darles una religión que ciertamente no tienen en su tierra. Conque si lo dices por esto, ya sabes que, en caso de titular, en lo que por ahora no piensa, no le faltarían títulos bonitos y sobre todo, honrosos. Pues como te decía antes, esta vez no me será dado complacerte sin acudir a la bolsa de tu padre.
—¿Por qué no acudes?
—Porque tendría que decirle la verdad, esto es, que quería el dinero para hacerte un regalo.
—Bien, ¿y qué? El nunca te niega nada.
—Es cierto; pero como está tan enojado contigo, temo que me lo niegue.
—¿Cuándo no está él enojado conmigo, mamá? Esa es enfermedad endémica suya, crónica, mejor dicho. Si salgo, porque salgo; si no salgo, porque me estoy en casa. De todos modos, entra el año y sale el año y papá nunca está contento conmigo. Me ha cogido entre ojos, mamá, ésta es la verdad pura y dura. ¿Para qué andarnos con rodeos? El resultado es que no le pareces bien nada de lo que yo hago o deshago.
—No es tu padre tan injusto, ni tan falto de amor paternal, que si te portaras bien, creería que te portabas mal. Mira, sin ir más lejos, anoche estuviste de correntón en Regla. ¿A qué hora volviste?
—¿Por quién lo ha sabido él?
—Importa poco el conducto, pero sabe que se lo dijeron esta mañana en el muelle de Caballería.
—¡Vamos! Esa no cuela. Al muelle no acuden temprano sino los tasajeros y husmeadores de noticias, porque ése es su mentidero, pasándose la mañana esperando que el Morro señale el Correo de España, barco de Santander o de Montevideo, con harina o con tasajo. Semejantes nenes no frecuentan los bailes del Palacio de Regla. El cuentista ya caigo en quién fue, no pudo ser otro que Aponte. Te aseguro que ya me la pagará el muy perro conversador.
—No fue ese el soplón. Sin embargo, aunque lo hubiese sido, harías mal en pegarle por eso, pues si tu padre le preguntó, no sé yo cómo pudo ocultarle la verdad.
—Pudo decir que no sabía, que no oyó la campana del reloj del Espíritu Santo, que... cualquier cosa, menos que yo vine a tal o cuál hora, ni que estuve acá ni allá. Tiene muy floja la lengua el taita Aponte y papá le dio por la vena del gusto preguntándole. Milagro que no le contó... Pero, en resumidas cuentas, ¿qué estuve yo haciendo en Regla anoche?
—No me lo digas, no quiero saberlo, supongo que no hacías nada malo. El resultado es, Leonardito, que tú no te aplicas a los estudios, que no adelantas en nada bueno ni útil, y que el tiempo que debías dedicar a la lectura y a la meditación, lo desperdicias en fiestas frívolas y en correrías tan dañinas como peligrosas. Eso no puede gustarle a él, ni... a mí tampoco, por lo mismo que te quiero entrañablemente. Quiere tu padre y quiero yo que estudies más y que pasees menos, que te diviertas, pero que no te entregues a la disipación, que no pases malas noches, que te moderes, que..., en una palabra, te portes bien.
La emoción que experimentó doña Rosa la privó del uso de la palabra, arrasándose de lágrimas sus hermosos ojos.
—Tú no sirves para predicador, le dijo Leonardo, tal vez con ánimo de distraer su atención, porque te posesionas demasiado del asunto.
—Por lo que toca a Aponte, continuó doña Rosa luego que se hubo serenado, ya sé que es un conversador, mas, en honor de la verdad, debo decir que tu padre supo la hora a que volviste por el ruido que se hizo en el zaguán con la apertura de la puerta, la entrada del carruaje y las pisadas de los caballos. Con el silencio de la noche, todo ruido es un trueno. El despertó, encendió un tabaco con el yesquero, consultó el reloj e hizo una exclamación de enojo. Yo me hice la dormida. Eran las dos y media de la madrugada... Aún se te conoce en la cara la mala noche.
Hubo otro breve intervalo de silencio entre aquellos dos interlocutores, durante el cual Leonardo bostezó y se esperezó diferentes veces, hasta que, puesto en pie, dijo:
—Me voy a dormir... Si me compras el reloj, bueno; si no, poco importa.
Dio media vuelta y emprendió la subida de la escalera de su dormitorio, paso ante paso, cual si contara los escalones o le costara un grande esfuerzo. La madre, entre tanto, le siguió con los ojos, sin decirle otra palabra ni moverse de la silla; pero así que le perdió de vista en los altos de la escalera, se agitó con viveza y llamó en voz fuerte:—¡Reventos!
A una llamada tan apremiante, no tardó en responder en propia persona el mayordomo mencionado en el anterior capítulo. Era un hombre bajo de cuerpo, rechoncho, trigueño, con la cara redonda y el pelo muy crespo, que así en su aspecto como en sus maneras manifestaba resolución y agilidad. Aunque vestido de limpio, venía en chaleco, trasluciéndose a leguas que procedía de Asturias, tipo no muy común del español entonces en La Habana. Hacía de mayordomo en casa de don Cándido Gamboa, y si llevaba ciertos libros, no se ocupaba tanto en el escritorio, como en otras comisiones más en consonancia con su empleo. Cuando se presentó delante de doña Rosa, tenía la pluma detrás de la oreja, y ella le dijo en tono de mando:
—Reventos, diga a Gamboa que me mande con Vd. veinte onzas.
Fue el hombre y volvió sin demora con el dinero pedido, el cual sacó de la caja de hierro pequeña, debajo de la carpeta, en que había varios sacos atestados de monedas de oro y plata.
—Póngase la chaqueta, añadió doña Rosa derramando las onzas sobre la mesa para contarlas, y vaya ahora mismo a la calle del Teniente Rey, a la otra puerta de la botica de San Agustín, relojería de Dubois, y se compra Vd. el mejor reloj de repetición que haya recibido últimamente de Ginebra. Diga Vd. que es para mí. ¿Se ha enterado Vd.?
—Sí, señora.
—Supongo que Vd. no entiende de relojes.
—No se me alcanza mucho, que digamos, pero en Gijón, donde yo nací y me crié, hay más de una relojería; y un tío mío, hermano de mi madre, que en paz descanse, tenía en la uña, como quien dice, el mecanismo de los relojes.
—No lo decía por tanto, don Melitón, lo decía para prevenirle contra cualesquier engaño que pudieran practicar con Vd., si se creyese que el reloj era para Vd. u otra persona así... ¿Vd. me entiende?
—Ya, ya, estoy enterado.
—Oiga. Recalque Vd. a Dubois que el reloj es para mí. El me conoce y debe saber que le costaría caro...
—Dar a Vd. gato por liebre, interrumpió el mayordomo. Por sentado que le costaría un ojo de la cara, si tal hiciera el muy bellaco. Demasiado lo sé y lo sabe él.
—Yo no le tengo por bellaco, como Vd. dice; sin embargo, bueno es estar prevenido...
—Porque el soldado prevenido nunca fue vencido, volvió a interrumpir el mayordomo, interpretando a su modo el pensamiento del ama.
—¡Ah! Haga que le pongan en una caja fina, como para un regalo. ¿Entiende Vd.?
—¡Toma que si lo entiendo! Perfectamente.
—Bien. Vaya Vd.
—Volando.
—¿Se acordará Vd.? Reloj de oro, de repetición, suizo; quiero decir, ginebrino, de los últimamente recibidos de Ginebra por el relojero Dubois, que vive en la calle del Teniente Rey, a la otra puerta de la botica de San Agustín.
—Sí, sí, señora doña Rosa. Todo eso lo recuerdo y lo tendré presente. Y en un salto...
—¡Oiga! No me limito a 18 onzas. Se quiere el mejor reloj de repetición, ginebrino legítimo, cueste lo que cueste. Si más dinero se necesita, venga Vd. por él.
—Será servida la señora doña Rosa al pie de la letra.
—¡Ah! ¡Reventos! ¡Reventos! Venga acá. Lo principal se me olvidaba. Haga que le pongan por dentro de la tapa esta marca: L. G. S. oct. 24, 1830. No se olvide.
En efecto, en poco más de una hora el Mayordomo estuvo de vuelta y puso en manos de doña Rosa un estuche pequeño, cuadrado, de tafilete, con filetes de oro. Sin duda dicha señora le aguardaba impaciente, porque tomarle, abrirle, contemplarle por breve rato con una especie de alegría infantil, levantarse y meterse en su aposento, sin hacer más caso del Mayordomo, fue todo uno.
No pasó más tiempo que el que acabamos de emplear en la relación de la cómica escena.
Leonardo por su parte, tan seguro estaba de que no se pondría el sol de aquel día, sin que un nuevo reloj viniese a adornar su traje en el bolsillo de sus pantalones, que habiendo tendido éstos en el sofá, enfrente de su cama, se acostó tranquilo, resuelto a dormir y reparar las fuerzas quebrantadas por la fatiga y la falta de sueño de la noche anterior. Dormitaba solamente cuando el ruido de menudos pasos y de las ropas de una mujer, vino a confirmarle en su esperanza. Era su madre. Fingió que dormía y la vio acercarse quedito al sofá, levantar en alto los pantalones, meter en el bolsillo delantero algo redondo que relumbraba mucho, pendiente de una cinta de seda rosada y azul, formando aguas, de más de una pulgada de ancho y seis de largo, sujetas las puntas por una hebilla de oro. Sonriose de placer, y cerró los ojos, a fin de que su madre se retirase en la persuasión que le había preparado una sorpresa.
Al volver doña Rosa los pantalones al sofá, cuidando de que la cinta del reloj quedase visible y deslizar en la faltriquera del chaleco las dos onzas que sobraron de la compra de aquél, le pareció que su hijo se había movido en la cama. Se sobresaltó cual si hubiera estado cometiendo un delito, y entonces, en efecto, entró un rayo de luz en su conciencia de madre, recordó vivamente las palabras de su marido en la conversación de por la mañana temprano, y sintió una especie de arrepentimiento. Algo en su interior la dijo que si no hacía actualmente mal, no resultaría tampoco un bien conocido y sólido de sus demostraciones tiernas y cariñosas con Leonardo, cuando no nacían de méritos contraídos por él, sino de la efusión espontánea e indiscreta de su corazón de madre.
Perpleja, entre recoger la prenda, cosa de guardarla para ocasión más oportuna, y arrostrar por ende la aflicción y el desagrado del hijo, se quedó inmóvil, como transfigurada. Aquél, aunque brevísimo, fue un momento supremo para la triste madre. Al fin echó una mirada furtiva hacia el lecho, vio a Leonardo desnudo de medio cuerpo arriba, con los brazos en la almohada y la hermosa cabeza apoyada en las palmas, el pecho abierto y levantado, subiendo en la aspiración y bajando en la respiración, cual la ola que no llega a romper, la nariz dilatada, la boca entreabierta para dar franco paso a la entrada y salida del aire, pálido el semblante por el sueño y la agitación del día, aunque lleno de salud y de fuerza, un sentimiento de orgullo se apoderó de todo su ser, cambiando de golpe y por completo el orden de sus pensamientos.
—¡Pobrecito! exclamó en tono casi audible. ¿Por qué había yo de privarle de nada, cuando está en la edad de gozar y de divertirse? Goza y diviértete, pues, mientras te duran la salud y la mocedad, que ya vendrán para ti, como han venido para todos nosotros, los días de los disgustos y de los pesares. La Virgen Santísima, en quien tanto fío y pongo toda mi esperanza, no dejará de oír mis ruegos. Ella te proteja y saque en bien de los peligros del mundo. Dios te haga un santo, hijo de mi corazón.
Movió los labios juntos, en señal de lanzar un beso, y fuese tan callandito como vino.
SEGUNDA PARTE
Capítulo I
Tarde venientibus ossa. (Los que llegan tarde al banquete roen los huesos.)
Tenemos que dejar por breve tiempo estos personajes, para ocuparnos de otros que no por ser de inferior estofa, representan en nuestra verídica historia papel menos importante. Nos referimos ahora al célebre tocador de clarinete, José Dolores Pimienta.
Para verle con la aguja en la mano sentado a la turca junto con otros oficiales de sastre en una tarima baja, hilvanando una casaca de paño verde oscuro, todavía sin mangas ni faldones, fuerza es que pasemos a la sastrería del maestro Uribe, en la calle de la Muralla, puerta inmediata a la esquina de la de Villegas, donde hubo una tienda de mercerías llamada del Sol.
El primero de estos establecimientos se componía de una sala cuadrilonga con tres entradas: la de la primitiva puerta ancha y alta y las de las dos ventanas, cuyas rejas habían arrancado. Frente a ellas, en sentido longitudinal, había una mesa larga y angosta en que se veían varias piezas de dril, de piqué, de arabia, de un género de algodón que llamaban coquillo, de raso y de paño fino, todas arrolladas y apiladas en un extremo. Y hacia el opuesto, tendidos dos pedazos de tela de Mahón, en que ya se había trazado un par de pantalones de hombre con una astilla de jabón cenizoso.
Detrás de la mesa o mostrador, de pie, en mangas de camisa, con delantal blanco atado a la cintura, la tijera en la mano derecha, y echada en torno de los hombros, por medida, una cinta de papel doblada por medio en toda su longitud, con piquetes de trecho en trecho, se hallaba el maestro sastre Uribe, favorito en aquella época de la juventud elegante de La Habana. Aunque quisiera, no hubiera podido negar la raza negra, mezclada con la blanca a que debía su origen. Era de elevada talla, enjuto de carnes, carilargo, los brazos tenía desproporcionados, la nariz achatada, los ojos saltones, o a flor del rostro, la boca chica, y tanto que apenas cabían en ella dos sartas de dientes ralos, anchos y belfos; los labios renegridos, muy gruesos y el color cobrizo pálido. Usaba patilla corta, a la clérigo, rala y crespa, lo mismo que el cabello, si bien éste más espeso y en mechones erectos que daban a su cabeza la misma apariencia atribuida por la fábula a la de Medusa.[29]
Como sastre que debía dar el tono en la moda, vestía Uribe pantalones de mahón ajustados a las piernas, de tapa angosta, figurando una M cursiva, sin los finales de enlace, y las indispensables trabillas de cuero. En vez del zapato de escarpín, entonces de uso general, llevaba chancletas de cordobán, dejando al descubierto unos pies que no tenían nada de chicos, ni bien conformados, porque sobre mostrar demasiado los juanetes, apenas formaban puente. Por poco que previniese en su favor el aspecto de Uribe, no cabe duda que era el más amable de los sastres, muy ceremonioso y un si es no es pagado de la habilidad de sus tijeras. Estaba casado con una mulata como él, alta, gruesa, desenvuelta, quien en casa al menos, gustaba tanto de ir en piernas, arrastrando la chancleta de raso, como de enseñar más de lo que convenía a la decencia, las espaldas y los hombros rollizos y relucientes.
Comenzaba la tarde de uno de los últimos días del mes de octubre. Subían y bajaban muchos carruajes, carretones y carretas la angosta calle de la Muralla, tal vez la de más tráfico de la ciudad, por ser la más central y estar toda poblada de tiendas de varias clases. El ruido de las ruedas y de las patas de los caballos en las piedras, resonaba como un trueno continuado en el interior de las casas abiertas a todos los vientos. No pocas veces chocaban unos contra otros, y obstruían el paso por largo rato. En semejante caso, al trueno de los carruajes sucedían las voces y los ternos de los carreteros y caleseros, sin consideración ni respeto a las señoras. El transeúnte a pie, si no quería ser atropellado por los caballos o estrujado contra las paredes de las casas con los bocines salientes de los cubos de las ruedas, tenía que refugiarse en las tiendas hasta que se despejara la vía.
En la tarde de que hablamos ahora, ocurrió una de esas frecuentes colisiones entre un quitrín ocupado por tres señoritas, que bajaba, y un carretón cargado con dos cajas de azúcar, que subía. Chocaron con fuerza los cubos opuestos de ambos vehículos, de cuyas resultas el del segundo levantó la rueda del primero y se entró por sus rayos, rindiendo uno. Del choque los dos carruajes quedaron casi de través en la calle, el quitrín con la zaga hacia la puerta de la sastrería de Uribe, donde penetró la cabeza de la mula del carretón. El carretonero, que venía sentado a la mujeriega en una de las cajas de azúcar, con un zurriago en la mano derecha, perdió el equilibrio y dio en el lodo y piedras de la calle un terrible costalazo.
Y este hombre, africano de nacimiento, lo mismo que el otro, mulato de La Habana, en vez de acudir cada cual a su vehículo respectivo, a fin de deshacer el enredo y facilitar el pasaje, con atroces maldiciones y denuestos se embistieron mutuamente, ciegos de furor salvaje. No era que se conocían, estaban reñidos o tenían anteriores agravios que vengar; sino que siendo los dos esclavos, oprimidos y maltratados siempre por sus amos, sin tiempo ni medio de satisfacer sus pasiones, se odiaban a muerte por instinto y meramente desfogaban la ira de que estaban poseídos, en la primera ocasión que se les presentaba. En vano las señoritas del quitrín, muy sobresaltadas, pusieron el grito en el cielo, y la mayor de ellas amenazó repetidas veces al calesero con un fuerte castigo si no desistía de la riña y atendía a los inquietos caballos. Pero los combatientes, en su furor y en la lluvia de zurriagazos que se descargaban, no oían palabra. Luego los españoles de las tiendas, los oficiales de la sastrería, todos asomados a las puertas en mangas de camisa, aumentaban el ruido y la confusión con su vocería y sus risotadas, señales ciertas del júbilo con que presenciaban el combate.
En esto, un hombre de mala catadura entró por una puerta de la sastrería, como para evitar las ruedas del carruaje, y al salir por la otra extendió el brazo por encima del fuelle caído y le desprendió la peineta de teja de la cabeza de la más joven de las señoritas; con lo cual la larga y abundosa trenza de sus cabellos se desarrolló y desmadejó toda, cubriéndole la espalda con sus ondas sedosas y brillantes cual las alas del totí. Dio ella un grito y se llevó ambas manos a la cabeza; en cuyo momento, José Dolores Pimienta, mero espectador hasta entonces como los demás, hizo una exclamación de asombro, murmuró el nombre de la «Virgencita de bronce» y se lanzó sobre el ratero, o más bien sobre la presa, que se la llevaba en triunfo. Logró echarle garra; mas como era de quebradizo carey y estaba, además, primorosamente calada, se le quedó hecha pedazos en la mano: única cosa que pudo devolver a su afligida y asustada dueña. A favor de la confusión logró escapar el ratero, bien que ningún otro que el oficial de sastre había parado mientes en aquella ocurrencia. Sin embargo, la exclamación de éste, su acción generosa cuando la generalidad de los espectadores sólo pensaba en divertirse, llamó la atención de Uribe, que volviéndose de repente para él, le dijo:
—¿Estás loco? ¿Te figuraste que esa también era Cecilia Valdés? Si digo yo que tú ves visiones.
—No, contestó secamente José Dolores. Yo sé lo que me digo. Esas niñas son hermanas del caballero Gamboa.
—¡Acabáramos! exclamó a su vez Uribe. Yo bien quería conocerlas. Se parecen mucho. No pueden negar que son hermanos. Pues es preciso ampararlas. ¡Las hermanas de uno de mis rumbosos clientes! No faltaba más...
En efecto, entre el maestro sastre, sus oficiales y otros, consiguieron separar a los combatientes y desenredar las ruedas de los vehículos, tras lo cual uno y otro pudieron seguir su camino, llevando el carretonero las manchas de sangre de la cuarta del calesero en la camisa de listado azul. Protegió quizás las espaldas de este último la chaqueta de paño de su librea; a lo menos no se le veían en ella las señales de la refriega.
Y una vez despejado aquel campo de Agramonte y vueltos, el maestro sastre a la mesa de cortar, los oficiales a su tarima, el primero sacó de pronto el reloj del bolsillo del pantalón y, con aire sorprendido, dijo:—¡Las tres! añadiendo enseguida más alto:—¡José Dolores!
No tardó éste en aparecer ante la presencia del maestro Uribe. Traía al hombro dos madejas trenzadas, una de hilo blanco de lino, otra de seda negra; clavadas en los tirantes de los pantalones varias agujas cortas, no muy finas, y en el dedo del medio de la mano derecha un dedal de acero, sin fondo.
Al nacimiento de José Dolores Pimienta y de Francisco de Paula Uribe concurrieron, sin duda, por igual las razas blanca y negra, con esta esencial diferencia: que aquél sacó más sangre de la primera que de la segunda, circunstancia a que deben atribuirse el color menos bilioso de su rostro, aunque pálido, la regularidad de sus facciones, la amplitud de su frente, la casi perfección de las manos y la pequeñez de los pies, que así en la forma como en el arco del puente podían competir con los de dama de raza caucásica. Ni con ser de constitución delicada sobresalían mucho los pómulos de su rostro ovalado, ni tenía el cabello tan lanudo como el de Uribe. En sus maneras, lo mismo que en la mirada, y a veces hasta en el tono de la voz, había aire marcado de timidez o melancolía, pues no siempre es fácil discernir entre ambas, que revelaba, o mucha modestia o mucha ternura de afectos.
De organización musical tenía que hacerse gran violencia, cosa que no podía echar a puerta ajena, para trocar el clarinete, su instrumento favorito, por el dedal o la aguja del sastre, una de las artes bellas por un oficio mecánico y sedentario. Pero la necesidad tiene cara de hereje, según reza el característico adagio español, y José Dolores Pimienta, aunque director de orquesta, ocupado a menudo en el coro de las iglesias por el día y en los bailes de las ferias por la noche, no le bastaba eso a cubrir sus propias necesidades y las de su hermana Nemesia, desahogadamente. La música en Cuba, como las demás bellas artes, no hacía ricos, ni siquiera proporcionaba comodidades a sus adeptos. El célebre Brindis, Ulpiano, Vuelta y Flores y otros se hallaban poco más o menos en este caso.
—¿Qué tal la casaca verde indivisible? le preguntó Uribe. ¿Se halla en estado de prueba? Son las tres y dentro de poco tendremos aquí al caballero Gamboa, como el reloj.
—Para el tiempo que hace que Vd. me la entregó, señó Uribe, repuso Pimienta, la tengo bastante adelantada.
—¿Cómo es eso? ¿Pues no te la di desde tras de antier?
—Perdone Vd., señó Uribe, yo no vine a recibir esa prenda, si hemos de hablar claro, hasta ayer por la mañana. Antier toqué la misa mayor del Santo Ángel Custodio, a prima toqué la salve y luego en el baile de Farruco hasta más de media noche. Conque no sé...
—Bien, bien, replicó Uribe serio interrumpiéndole: ¿Se halla o no en estado de prueba? Eso es lo esencial.
—Diré a Vd., lo que es probarse, puede ahora mismo. Las solapas están basteadas, lo propio que el cuello. Iba ahora a hilvanarle los forros de seda, para abrirle los ojales. Los hombros se hilvanarán cuando venga el caballero que Vd. dice, y las espaldas idem per idem. Las mangas las está cerrando seña Clara, su mujer de Vd., aunque con probar una basta. De manera que a las ocho de la noche, cuando más tarde, estará concluida la casaca y lista para el baile, que no principiará hasta las nueve.
—El caso es que se quiere para mucho antes y no se dirá nunca que Pancho de Paula Uribe y Robirosa no cumple su palabra una vez empeñada.
—Entonces tendrá Vd. que poner otro oficial que me ayude; mejor dicho, que la concluya, porque a las seis debo tocar en la salve del Santo Ángel Custodio y luego después en el baile de Brito. Farruco abre sus bailes esta noche en la casa de Soto y yo no he querido llevar mi orquesta hasta allá. En la Filarmónica dirige Ulpiano con su violín y Brindis está comprometido a tocar el contrabajo. Conque considere Vd.
—Pues lo siento en el alma, José Dolores, y si hubiera sabido que tú no ibas a rematar esa pieza, no te la hubiera dado. Yo me estoy mirando en ella. Temo que si otro oficial la coge ahora en sus manos, le echa a perder el estilo. El caballerito Leonardo es el más quisquilloso de todos mis clientes. ¿No ve Vd. que nada en riqueza? ¿No ve cómo derrama la plata? ¡Para lo que le cuesta! Y vea Vd. su padre don Cándido, el otro día como quien dice, andaba con la pata en el suelo. Me parece que lo veo cuando llegó de su tierra: traía zapatos de empleita (quiso decir pleita, mejor, alpargatas), chaqueta y calzones de bayeta y gorro de paño. A poco más puso taller de maderas y tejas, después trajo negros de África a montones, después se casó con una niña que tenía ingenio, después le entró dinero por todos cuatro costados y hoy es un caballerazo de primera, sus hijas ruedan quitrín de pareja y su hijo bota las onzas de oro como quien bota agua. E intertanto aquella pobre muchacha... Mas, cállate lengua. Pues, según te decía, José Dolores, el caballerito Leonardo vino aquí la semana pasada y me dijo:—Maestro Uribe, tenga Vd. este paño verde indivisible que he hecho traer de París expresamente para que Vd. me haga una casaca como se debe. Pero déjese Vd. de vejeces, de talle encaramado en el cogote, ni de colas de golondrinas. Yo no soy ningún zacateca, Juanito Junco, ni Pepe Montalvo. Hágame una casaca como la gente, a la dernier, que yo sé que Vd. sabe pintarlas en el cuerpo, cuando le da la gana. Ese mozo tiene tanto dinero, que es preciso darle gusto o reventar. Además, como es tan elegante y bien parecido, da el tono en la moda, y si acierto a hacerle una cosa buena, me pongo las botas. Aunque a decir verdad, ya no tengo manos para todo el trabajo que me ha caído. Por donde se ve claro que la competencia del inglés Federico, lejos de dañificarme, me ha favorecido. Conque, mi querido José Dolores, al avío.
—Ya le he dicho, señó Uribe, haré lo que pueda; pero sépalo, no tendré tiempo para darle la última mano. Lo principal, sin embargo, está hecho, esto es, las solapas y el cuello. La montura de los faldones y la espalda Vd. puede dirigirla, y los ojales nadie los hace mejor que seña Clara.
—Trae acá la casaca.
Trájola el oficial, y con ella en la mano, para suspenderla a la altura de sus ojos, Uribe se encaminó a un espejo que había en la pared medianera de la primera ventana y la puerta. Allí le siguió maquinalmente José Dolores. Cuando los dos estuvieron delante del espejo, dijo el maestro a su oficial:
—Vamos, José Dolores, sirve tú de modelo... Apuradamente, tienes el mismo cuerpo que el caballerito Leonardo.
—Está bien, señó Uribe, contestó Pimienta de malísimo humor. Pero sin ejemplar ¿eh?
—Compadre, tienes hoy palabras de poco vivir. ¿Qué te está labrando allá dentro? Antes tomaste una de las niñas Gamboa por Cecilia Valdés; ahora te pones bravo porque, para ganar tiempo, pruebo la casaca del hermano en tu cuerpo. Si lo haces porque ese blanco le pisa la sombra, lo peor que puedes hacer es tomarlo tan a pecho. ¿Qué remedio, José Dolores? Disimula, aguanta. Haz como el perro con las avispas, enseñar los dientes para que crean que te ríes. ¿No ves que ellos son el martillo y nosotros el yunque? Los blancos vinieron primero y se comen las mejores tajadas; nosotros los de color vinimos después y gracias que roemos los huesos. Deja correr, chinito, que alguna vez nos ha de tocar a nosotros. Esto no puede durar siempre así. Haz lo que yo. ¿Tú no me ves besar muchas manos que deseo ver cortadas? Te figurarás que me sale de adentro. Ni lo pienses, porque lo cierto y verídico es que, en verbo de blanco, no quiero ni el papel.
—¡Qué ley tan brava, señó Uribe! No pudo menos de exclamar por lo bajo el oficial, sorprendido más bien que alarmado de que abrigara principios tan severos.
—Pues qué, continuó el maestro sastre, ¿te figurabas que porque le hago el rande vú a todos cuantos entran en esta casa, es que no sé distinguir y que no tengo orgullo? Te equivocas; en verbo de hombre, nadie creo mejor que yo. ¿Me estimaría en menos porque soy de color? Disparate. ¿Cuántos condes, abogados y médicos andan por ahí, que se avergonzarían de que su padre o su madre se les sentara al lado en el quitrín, o los acompañara a los besamanos del Capitán General en los días del rey o de la reina Cristina? Quizás tú no estás tan enterado como yo, porque no te rozas con la grandeza. Pero recapacita un poco y recuerda. ¿Tú conoces el padre del conde...? Pues fue el mayordomo de su abuela. ¿Y el padre de la marquesa...? Un talabartero de Matanzas, más sucio que el cerote que usaba para untarle a la pita con que cosía los arneses. ¿A que el marqués de... no enseña su madre a los que van a visitarlo en su palacio de la Catedral? Y ¿qué me dices del padre del doctor de tantas campanillas...? Es un carnicero de ahí al doblar. (Tuvo Uribe la discreción de pronunciar los nombres de las personas aludidas a la oreja del oficial, como para que los demás no le oyeran.) Pues yo no tengo por qué esconder mis progenitores. Mi padre fue un brigadier español. A mucha honra lo tengo, y mi madre no fue ninguna esclavona, ni ninguna mujer de nación. Si los padres de esos señorones hubieran sido siquiera sastres, pase, porque es notorio que S. M. el Rey ha declarado noble nuestro arte, lo mismo que el oficio de los tabaqueros, y podemos usar don. Tondá, con ser moreno, tiene don por el rey.
—Yo no me ocupo de eso, ni a derechas sé quién es mi padre, sólo sé que no fue negro, volvió Pimienta a interrumpir el torrente impetuoso del maestro sastre. Lo que yo sostengo es, que ni a Vd., ni a mí, ni... a nuestros hijos, según van las cosas, nos tocará ser martillo. Y es muy duro, durísimo, insufrible, señó Uribe, agregó José Dolores, y se le nubló la vista y le temblaron los labios, que ellos nos arrebaten las de color, y nosotros no podamos ni mirar para las mujeres blancas.
—¿Y quién tiene la culpa de eso? continuó Uribe hablando otra vez al oído del oficial, como para que no le oyera su mujer: la culpa la tienen ellas, no ellos. No te quepa género de duda, porque es claro, José Dolores, que si a las pardas no les gustaran los blancos, a buen seguro que los blancos no miraban para las pardas.