RELACION TERCERA (continued 3)
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Hallada esta ingeniosa traza, tomé la pólvora de todos los frasquillos, y mientras mis compañeros subian y bajaban al barco, hice una mina debajo los piés del ídolo, que habia muchos huesos donde hacerla, y dejándola bien tapada, con menos de un palmo de cuerda encendida, subíme por la escala y salté en el barco, y desviándonos con los remos adonde no nos pudiera el daño alcanzar, apenas nos pusimos á mirar lo que pasaba, cuando dió la mina tan espantable trueno que alborotó las aguas, y resonó el ruido por la mayor parte de la isla, y el ídolo dió tan increible caida sobre los danzantes, que hizo pedazos docena y media de ellos. Los demás viendo que aquel en quien tenian confianza, les habia muerto los compañeros, dieron á huir, metiéndose la isla adentro, y dejando desamparado todo el sitio que nosotros habíamos menester; entramos dentro, dejando el barco bien amarrado, y todos á un tiempo nos arrojamos y besamos la tierra, dando inmensas gracias al Fabricador de ella por habernos dejado pisar nuestro elemento. Y aunque nos espantó el estrago que habia hecho el ídolo, y nos pudiera detener el espectáculo que teníamos delante de los ojos, viendo cubierto el suelo de aquellos exorbitantes mónstruos, como vimos la tierra escombrada de ellos, y la hambre y sed hallaron en que ejercitar su oficio, arremetimos á unos árboles frutales escelentísimos, y á una alegrísima fuente que nacia al pié de un peñasco, muy cercada de ojos más claros que los de la cara. Yo fuí á la mano á los compañeros, estorbándoles que no encharcasen en fruta y agua, porque no se corrompiesen, y lo que buscábamos para la vida, nos acarrease la muerte: y mirando á un lado y otro, vimos un jigante de aquellos sobre quien habia caido el ídolo, vivo, pero quebrado, y las piernas de suerte que no podia menearse, y haciéndole señas que nos dijese dónde habia mantenimiento, nos señaló con la nariz, que no podia con otra cosa, una cueva que tenia la entrada llena de árboles muy verdes y muy espesos, tanto que la hacian dificultosa, á lo menos para los naturales, que para nosotros no, y supimos despues, que nadie podia entrar allí sino cuando se hubiesen de sacar mantenimientos para la república ó el comun, so pena de no comer de ellos en cierta cantidad de tiempo. Al fin, entramos en la cueva muy ancha y clara por de dentro y con muchos apartamientos, donde habia cecinas de pescado y carne suavísimas, muchos tasajos bien curados, y una fruta más gorda y más sabrosa que avellanas, de que usaban en lugar de pan, y otros muchos mantenimientos de que cargamos el barco, y hinchendo una docena de cueros de agua dulce y fria, enviamos á los compañeros que ya nos tenian por muertos, con que todos se alentaron comiendo y bebiendo del mantenimiento y agua fria dulcísima, y tornaron dando órden, que dejando en el navío alguna guarda para las mujeres de los que ya habian estado en la isla, los demás en los barcos viniesen á ella, usando siempre de los cabos y sogas, que de otro modo no podia ser; y bien llenos los estómagos de comida, y los frascos de pólvora y cuerdas, se pasaron á nuestra compañía.


DESCANSO XXII.
I
Interrumpieron la relacion que iba dando el doctor Sagredo unos portugueses que venian de la Vendeja con cuatro cargas de lienzo, por una senda, á su parecer, segura de los salteadores, por ser muy nueva; y como ellos la sabian mejor que los portugueses, dieron con ellos á la boca de nuestra cueva; de manera, que turbados del no pensado encuentro, se arrodillaron, diciendo: Por as chagas de Deus naon nos matades como á patifes, nen tomedes venganza en nosas patuvisadas, que fez á santa Forneira á os castelhanos. Sosegaos, mentecatos, dijo el caudillo, que no queremos sino que nos vendais el lienzo á como os ha costado. De muito boa vountade, dijeron ellos, y sacando el libro de caja, donde venian escritos los precios, cada salteador pidió lo que habia menester; y mandando el caudillo que pagasen el dinero antes de tomar el lienzo, de que yo me admiré, que usase de tanta piedad con los portugueses. Tomaron su dinero, y desenfardelando para medir el lienzo, y tomando la vara para medir, dijo el caudillo á los portugueses: Aquí tenemos nuestro contraste y medida, como república libre; y no medimos con las varas que por allá se usan, sino con las que acá tenemos; y pidiendo la vara para medir el lienzo, le trujeron una pica de veinte y cinco palmos, con que ellos midieron, y dieron á cada uno las varas que habian pedido, que les debió de salir á cuartillo por vara, con que ellos quedaron riéndose y contentos, y los portugueses callaron, y se fueron descargados del peso que traian. Reímonos nosotros, sino fué el doctor Sagredo que prosiguió su cuento, diciendo: Antes que la fortuna diese vuelta á la rueda de nuestra prosperidad, nos dimos tan buena maña, que dejamos con el saco la cueva casi vacía, nuestro navío lleno, no solo de frutas secas y frescas, pero de mucho pescado seco, carne, cecina y muchas botas de agua, y otros licores que bebian aquellos jigantes de mucho gusto y substancia; pero no fué tan seguro que á los fines no nos sobresaltasen los jigantes, porque como hallamos la tierra sin contradiccion, y el cansancio y trabajo de la mar pedian reposo en tierra, tomámoslo de manera, que nos dormimos en los descansos frescos de aquella cueva, que ella era de manera apacible por las salas y remansos que tenia llenos de comida, y á trechos unas fuentecillas heladas, que aunque estuviéramos muy descansados, nos obligára á sentar allí nuestros tabernáculos. Duramos dos dias en este regalo y fresco, hasta que al tercero, estando hasta como entre las doce y la una sesteando, sentimos tan gran ruido y alboroto de gente y tamboriles, que recordamos todos, diciendo: Arma, arma, porque venia toda la isla llena de jigantes sobre nosotros, y acudiendo á los arcabuces, no hallamos cuerda encendida, ni fuego en que encenderla, ni hombre que hubiese sacado del navío pedernal, eslabon y yesca; comenzaron á decir: Perdidos somos; pero yo, antes que el temor tomase posesion de los corazones con la imposibilidad de la defensa por verse encerrados, y no poderse aprovechar de los arcabuces, dí órden que la mayor parte de ellos quitasen de aquellos maderos que dividian un apartamiento de otro, y lo pusiesen á manera de trampa, en que tropezasen; despues de haber rompido la dificultad de los árboles, que como arriba dije, hacian la entrada muy dificultosa á los jigantes, y los demás tomamos unos palos muy secos, cada uno dos, que eran unos de moral, y otros de yedra, y de cañaleja, ó como más á mano se hallaban, y fregando el uno con el otro fuertemente, á poco espacio vinieron á humear, sacando lumbre, y nosotros á encender las cuerdas y aprovecharnos de los arcabuces, y tuvimos demasiado tiempo para todo, porque su intento no fué venir sobre nosotros, que ya nos tenian por más que muertos, sino á ver el estrago que su ídolo habia hecho, que los que habian escapado de él habian ido á dar cuenta á su gobernador, que llamaban todos Hazmur, y trayéndolo con mucha majestad sobre cuatro muy grandes vigas, en una silla hecha de mimbres á manera de cesto, le mostraron hecho pedazos á aquel en quien adoraban, y los que él con su caida habia despedazado y destripado, y no supiera que estábamos allí, si el mismo jigante, derrengado, que nos mostró la cueva, no se lo dijera, lo cual sabido, arremetieron á la boca de la cueva, tirando peñascos, desgajando y arrancando de los árboles que les estorbaban á la entrada, aunque el que llegaba primero, ó tropezaba y caia en las trampas, ó los derribábamos con las balas, porque aunque hubo opiniones que les tirásemos á el ojo que tenian solo, porque sin él no podian atinar á la boca de la cueva, la mia fué, que cebando los arcabuces con dos balas, se les tirase á las piernas, porque el tiro del ojo no era tan cierto como estotro, y todos caian, sirviéndonos de saetera y trinchera, así los maderos que habíamos puesto, como los árboles espesos que estaban á la entrada, y aunque las muchas piedras ó peñas que arrojaban pudieran hacer gran daño en nosotros, como perdian la fuerza de los árboles, cuando llegaban á las trampas hacian muy poco, ó ninguno; fuéles tan mal, que admirado su gobernador de tan grande novedad, mandó que se retirasen del mal que hacian y que recibian de la cueva, pareciéndole que, pues el ídolo habia caido con tan grande espanto, y los que tenian por muertos herian á los vivos, debia de haber alguna fuerza superior que causaba tan grande daño en ellos. Al punto obedecieron y se sosegaron con caida de algunos de ellos, y ningun daño nuestro, y haciendo demostraciones de paz y de amistad, el gobernador, mirando al cielo y alzando hácia él la mano, nos dió seguro que podíamos manifestarnos libremente, y estar sin recelo hablándole y dando razon de quién éramos y de nuestra venida allí, y fué el mejor tiempo del mundo, porque si más tardáran, se nos acabára la municion, y con grande ánimo salimos muy en órden hechas tres hileras, y las cajas sonando en sus puestos con gentil correspondencia y aire. Fué tanto el gusto de aquella sencilla gente, á lo menos de los que no estaban heridos, que en oyendo el són y órden de las cajas, se les cayeron las duras armas de las manos, mirando con admiracion grande y alegría á su señor, que siempre se habia estado en la silla en hombros de los que le habian traido acuestas, y él quedó como suspenso y admirado de ver en tan pequeña gente dos brazos y dos piernas, y las demás partes del cuerpo dobladas, y mucho más del ánimo y traza con que procedíamos; y haciendo alto en la boca de la cueva, nos paramos á ver aquella espantosa gente llena de pieles de animales, y de plumas de muchos colores, y la gravedad de su gobernador, respetado, temido y obedecido en sus mandamientos. Habiendo considerado el modo con que podíamos hablar en nuestra defensa con las señas más naturales y semejantes á la verdad que pudimos declarar lo que sentíamos; dejadas prolijidades y señas, y las demás dificultades que por entonces se allanaron, el gobernador nos preguntó tres cosas: si éramos hijos de la mar; y si lo éramos, cómo éramos tan pequeños; y siendo tan pequeños, cómo habíamos osado entrar entre gente tan grande como la suya. Á lo primero respondimos que no éramos hijos de la mar, sino del Dios verdadero, superior al suyo, y como tal los habia castigado, porque viniendo maltratados del mar á pedirle hospedaje, nos habian querido matar. Á lo demás respondimos que la grandeza no consiste en la altura del cuerpo, sino en la virtud y valor del ánimo, y con él osamos entrar en su tierra y pasar todas las aguas del furioso mar; y que los hijos del Dios, fabricador del cielo y de la tierra, no temian los peligros que les podian suceder de las manos de los hombres, especialmente si no adoraban aquel que era Señor universal sobre todas las dignidades del cielo y de la tierra, y Criador del mismo sol á quien ellos adoraban. Aquí mudó la conversacion, como oyó decir que el sol tenia superior, y preguntó á qué fin habia sido nuestra venida. Respondimos la verdad, refiriendo algunos de nuestros trabajos, y acordándole la obligacion que tenian unas criaturas á otras, en razon de ser hijos de Dios, á socorrerse y ampararse en las necesidades y desventuras, y que esto le pedíamos como á hombre que tenia lugar supremo, y le habia puesto Dios para juzgar las causas de premio y de castigo. Dió muestras de admirarse de nuestra respuesta, y la suya fué que le habia parecido muy bien lo que habíamos dicho; pero que él no podia, sin avisar al rey de la isla de tan grande novedad, recibirnos y ampararnos, porque tenia pena de la vida si lo contrario hiciese; y suplicándole nos concediese licencia para enviar al navío cuatro compañeros, que para todos, ni la quiso dar, ni nosotros desamparar la puerta de la cueva, diciendo que iba por mantenimiento de los de nuestra tierra, y con la mayor diligencia que pudieron entraron en el barco, haciendo señas al navío que tirase de los cabos. Entre tanto el gobernador despachó un correo al rey de la isla á darle noticia de lo que pasaba.
El correo era un perro de que usaban para las diligencias importantes, que metiéndole en la boca un cañuto atravesado, y dentro unas hojas de árbol muy anchas con las cifras de lo que avisaban, bien arrolladas las hojas, las ponian en el cañuto, y al perro le ponian un barboquejo bien apretado para que no se le cayese el cañuto, ni se parase á comer y beber; de suerte que solo le quedaba la boca libre para carlear ó resollar, y no para otra cosa, y en teniéndolo bien puesto, le despachaban con cuatro palos, con que lo hacian llegar más presto á su querencia, que debian ser cuatro leguas; y en viéndolo venir le salian á recibir al camino, y regalándolo con comida y bebida, hacian con otro perro lo mismo; de manera que la estafeta podia caminar cien leguas cada dia; pero tenia pena de sacrificarle al ídolo el que le estorbase el viaje al perro, ó le estorbase que no llegase á su manida, ó mansion, ó descansare donde habia siempre perros de las ventas más vecinas, á quien trataban mal, porque volviesen con más amor á sus querencias. Mientras mis compañeros fueron al navío, el gobernador mandó que no les dejasen entrar en la cueva sin ver lo que llevaban, ni á nosotros salir de ella; con pena que si alguno saliese le matasen, y estaba nuestro remedio en la venida de los compañeros, porque habian ido por pólvora y balas, que nos habia quedado muy poco de ambas cosas, lo cual aseguraron con mandar el gobernador que no se quitasen seis guardas de junto á la boca de la cueva de noche, porque de dia todos lo podian ver. Fuénos forzoso cuando los compañeros venian, decirles que se tornasen al barco, hasta que diésemos traza para que pudiesen entrar, y pensando cómo quitaríamos las guardas de noche, díjele, que en oyendo algun movimiento ó ruido, entrasen con toda la priesa que pudiesen; y para esto de dia, cuando las guardas se quitaron de su puesto, estando la gente descuidada, derramé por el suelo, donde se sentaban, pólvora revuelta con algunas chinas menudas, é hice desde allí hasta nuestro puesto, una reguerita de la misma pólvora. En llegando la noche, se pusieron las seis guardas en su lugar, y estando los unos sentados y los otros tendidos sin calzones, porque no los usaban, dimos fuego á la reguerita, y llegando en un instante á la pólvora que tenian debajo, les abrasó aquella parte de manera, que con las chinas y la pólvora, muchos dias no se podian sentar. Ellos y los demás, con su sencillez, entendieron que el fuego habia salido de la tierra, y fueron todos temerosos y admirados á contarlo á su gobernador, y entonces los compañeros con otros dos que habian quedado en el navío, entraron con mucha priesa, trayendo seis costalillos de pólvora y balas, con que nos animamos y pusimos en defensa para lo que nos pudiera suceder. Pasamos la noche con cuidado, haciendo centinelas, y atrincherándonos de nuevo con los maderos; pero como ellos no entendieron que el daño era de la parte de dentro, no hicieron diligencia con nosotros. Á la mañana, al tiempo que el sol salia, se pusieron todos mirándolo, y con una música de aullidos y cañas, le hicieron la salva con muy pocas palabras y muchas veces repetidas.


DESCANSO XXIII.
V
Volvió el perro ó correo con su cañuto en la boca, en que venia escrito con sus señas que no nos dejasen en la isla, porque gente que tenia los miembros doblados tambien tendrian la intencion doblada: y para la conservacion de la paz que siempre habian profesado, no podian sustentarla si forasteros se apoderaban de su tierra, que si en su república habia alguna alteracion, teniendo quien les acudiese seria el daño mayor. Que en tanto se conserva la paz, en cuanto los inquietos no tienen quien los favorezca, y que no habiendo obediencia de los inferiores á los superiores no puede haber paz. Que si los alborotadores de ella no tuviesen quien se les allegase, vivirian en quietud y sosiego. Que los animales de una misma especie tienen paz unos con otros; pero si son de diferente especie, nunca tienen paz, y así haríamos nosotros con ellos. Que lo que habian siempre guardado para sí, sin comunicacion agena, no era bien que forasteros entrasen á gozarlo. Que no podia haber buena amistad con gente de diversas costumbres para vivir en paz. Y que habiéndose de administrar justicia con igualdad, habíamos de ser tan favorecidos como los naturales, y luego entrarian las enemistades á inquietar la paz. Así mandaba que no nos admitiesen en la isla, pero que nos dejasen ir con seguridad. Esta respuesta nos la dieron para la salida, pero con tanta priesa que no nos consintieron estar medio dia en la isla.
Salimos con más priesa de la que nos dieron, adivinando lo que nos habia de suceder; porque apenas estuvimos en el barco cuando entraron en su cueva, y como la hallaron sin mantenimientos, acudieron á la orilla del mar, arrojando piedras y peñascos sobre nosotros, tan espesos, que si el barco no fuera tirado y ayudado del navío, nos hundieran mil veces. Llegamos, y hallé á mi esposa y á las demás mujeres del navío tan deseosas de vernos como si hubiera muchos años que estábamos ausentes. Y sosegados en nuestro navío como los marineros se habian refrescado, no habian estado ociosos, hallámosles velas remendadas, jarcias, y obras muertas reducidas á mejor estado, y todo cuanto era necesario reparado, y con el viento que á los marineros les pareció salimos de aquella isla inaccesible, y con el mantenimiento que bastó para dar una vuelta al mundo, que para no ser prolijo, al cabo de un año, con hartos trabajos, nos vinimos á hallar cerca del estrecho de Gibraltar, donde fué mi mayor desdicha y desventura; porque como nuestro navío venia maltratado de tan contínuos movimientos y trabajos como habia sufrido, llegó un navío de infieles, y á vista de Gibraltar nos cañonearon á su salvo, de suerte que nos hubimos de rendir, y matando algunos de los compañeros, lo primero que hicieron fué entrar dentro y llevarse á mi esposa y un pajecillo que nos servia, con otras mujeres de los compañeros, y como fué á vista de Gibraltar, y la gente tiene valor y piedad, acudieron con toda la presteza posible á nuestro socorro en diez ó doce barcos, llevando por cabeza á don Juan Serrano y don Francisco su hermano, que dió una cuchillada á un valeroso caudillo, como la de don Félix Arias, que le cortó el casco de hierro y le abrió la cabeza, de que cayó muerto en el agua, que nos importó la vida; pero á mi esposa la muerte, porque los enemigos se retiraron del daño que nos iban haciendo, recogiéndose á su navío con las mujeres. El que habia robado á doña Mergelina, enamorado de su hermosura, quiso forzarla, y huyendo de él, delante de mis ojos, asióse con las jarcias y cayó en la mar, sin ser socorrida de los herejes. Llegó la noche, y la gente de Gibraltar, llenos de piedad y misericordia, nos echaron en tierra, y nos albergaron con regalados alojamientos en casa de don Francisco Ahumada y Mendoza, y estos tornaron á ver si podian destruir aquellos enemigos de la fé y de la corona de España. Partíme ayer de Gibraltar, deseando más la muerte que la vida, aunque no tan de espacio como va esta. Acabó su relacion el doctor Sagredo, y haciendo las exequias de su mujer con lágrimas, los dos que estaban con nosotros quisieron consolarle, ayudándole á llevar su pena muy pesadamente, porque querian por fuerza que se alegrase; ignorancia de gente que sabe poco, que mucho más se consuela un desconsolado en decirle que tiene razon de estarlo, que no con querer que con la reciente pasion muestre contento; que quieren forzar al paciente á que dance y baile el cuerpo, teniéndolo casi sin alma, con razones bárbaras y consuelos tan pesados como ellos, que es como hacer que un rio vuelva su corriente atrás. Las aflicciones de los atribulados y tristes se han de aligerar con darles á entender con el semblante, que les alcanza parte de su tristeza, que les sobra la ocasion para estar tristes, que teniendo quien los ayude á sentir, ya que del todo no se consuelen, á lo menos vase templando la pasion. Á dos géneros de gente no tengo por acertado que se oponga nadie, siendo fresco el accidente, á los coléricos y á los tristes, que es venir á ser muy mayor el daño en ambas personas. Á un cierto juez, no muy sabio, acabando de cenar se le antojó de azotar á un hombre honrado, y habiendo mandado encender hachas para la fiesta, como la ciudad se alterase, y diesen voces sobre el caso, él se encendia más, de modo que llamó al verdugo con gran determinacion de hacerlo, por la contradiccion que le hacian. Estando ya del todo perdido llegó un hombre de buen discurso, y dijo: Bueno es que teniendo tanta razon el señor corregidor, le vayan á la mano. Castíguelo vuesa merced, que todos se holgarán de ello; pero porque estos no le pongan en la residencia esta determinacion, llame vuesa merced un escribano, y haga un poco de informacion. Satisfízole al juez esto, y al segundo testigo que tomó se le fué la pasion y alteracion del celebro, que estas dos pasiones no admiten contradiccion, sino templanza.


DESCANSO XXIV.
C
Como los vaqueros ó bandoleros andaban con la sospecha dicha, ni querian soltar á los que tenian en cuevas, ni dejar pasar á los que iban siguiendo su viaje, porque no hallasen testigos tan cercanos, pareciéndoles que no tenian bien averiguados sus delitos. Hallaron un pajecico muy hermoso, que venia solo, y habiéndolo asido cerca de nuestra cueva, le quisieron atormentar porque dijese con quién venia y por qué se habia adelantado de la compañía, creyendo que lo habian echado para descubrir tierra, y que los amos serian, ó gente rica, ó que viniesen á hacerles daño, que despues no pudieron escusar. Negando el paje lo que le pedian, le mandaron que se desnudase, para forzarle á confesar la verdad. Él, con mucha desenvoltura y gracia, les preguntó quién era el caudillo ó cabeza de aquella compañía. Díjole Roque Amador, que así se llamaba: Yo soy; ¿por qué lo preguntais? Pregúntolo, dijo el paje, porque tengo tan grandes informaciones de vuestra justicia y gobierno, que no habeis jamás hecho injuria á quien os trata verdad, y con esta confianza os diré quién soy. Como aquellos bandoleros ó vaqueros tenian aquella Sauceda por defensa y sagrado, vivian como gente que no habian de morir, sujetos á todos los vicios del mundo, rapiñas, homicidios, hurtos, lujurias, juegos, insultos gravísimos; y como por ser grande, que tiene aquella dehesa diez y seis leguas de travesía, y por algunas partes tan espesa de árboles y matas, que se pierden los animales por no acertar á sus habitaciones, no tenian temor de Dios ni de la justicia, andaban sin órden y razon, y cada uno siguiendo su antojo, si no era cuando se juntaban á repartir los despojos de los pobres caminantes, que entonces habia mucha cuenta y razon. Llegó un bellaconazo en camisa y zaragüelles, despues que habia jugado lo demás, y renegando de su suerte, con mucha furia hizo suspender el tormento del paje, diciendo: ¡Maldiga Dios á quien inventó el juego y á quien me enseñó á jugar! ¡Que unas manos que saben derribar un toro, no sepan hacer una suerte! Mas deben estar descomulgadas, pues echan contra mí treinta pintas en favor de un medio gallina, ó medio liebre. ¿Hay álguien que se quiera matar conmigo? ¿Hay algun diablo con sus piés de águila que se me ponga delante, para que ya que no me ayude á jugar, me ayude á matar? ¡Que no llegue blanca á mis garras que no me la agarren luego! ¡Ni me basta usar de trampas, ni aprovecharme de fullerías, para que no vaya todo con el diablo! ¡Voto á tal, que tengo de ir á jugarme á las galeras! Quizá por aquí, ó me llevará el diablo, ó tendré más ventura. Mas alzábame con la zurda siempre que yo tomaba el naipe, que tengo hechos mil juramentos de nunca parar á momo, y me los pone siempre el diablo delante. Y con el barato que yo le dí ha entrado en vuelta para desollarme cerrado; mas púsose al lado otro tan grande gallina como él, que desea siempre que yo pierda. ¿De qué se rien? ¿soy yo algun cornudo? Mienten cuantos se rien. Ríense, dijo el caudillo, de los disparates que decís. Callad, y pues sabeis que sois desgraciado, no jugueis ni digais blasfemias, que os haré dar tres tratos de cuerda. Harto mejor será, dijo él, darme tres escudos para probar la mano y dar de comer á mi moza, que le he jugado cuanto trujo á mi poder. Vicio endemoniado, más que todos los que ejercitan los hombres, que el jugador nunca está quieto: si pierde, por desquitarse; si gana, por ganar más. Este acarrea la infamia, la poca estimacion de la buena reputacion, la miseria que padecen mujer é hijos, ser miserable en lo necesario por guardar el dinero para el juego, y envejecerse en él más presto de lo que habia de ser; y cuando mucho grangea, es alcanzar que los tahures conocidos vayan á jugar á su casa, donde, si los puede acarrear, sufre desvergüenzas de tonos que le abrasan el alma: que como la mayor parte de ellos son hombres sin obligaciones, se arrojan á decir cualquiera libertad, y en no sufriéndolas por callar, no vuelven á darle el provecho; pero son tan grandes poltrones los que dan en esto (trato de la gente ordinaria, y que por comer y beber viciosamente echan la honra á las espaldas), que los caballeros y los que tienen renta y hacienda segura, el tiempo que han de estar ociosos despues de haber cumplido con sus obligaciones jueguen, no es culpable, porque evitan cosas de más daño y escándalo; pero el que tiene cuatro reales para mantener su casa juegue ciento, ¿cómo se puede llevar sin que lo paguen las joyas y vestidos de la pobre mujer, y la desnudez y el hambre de sus hijos, y dar en otras cosas peores como este desventurado, aborrecido aun de aquellos que le acompañaban en sus delitos, robos, homicidios y fuerzas?
Acabó éste sus quejas, y llegándose la noche, con que se dejó por entonces la averiguacion del paje, le pusieron en un apartamiento dentro de nuestra cueva, porque no fuese á dar soplo á los que pensaban venir con él, mandándonos que no hablásemos con él palabra, ni le aconsejásemos cosa, so pena que nos matarian. El paje estuvo toda la noche suspirando, y si alguna vez se dormia recordaba con grandísimas ansias, y nosotros no teníamos osadía para preguntarle de qué se quejaba, ó qué tenia. Como ellos andaban de paso sobre la sospecha, que no les importaba menos que la vida, recogíanse de noche adonde no los pudiesen hallar, que habia bien donde hacerlo; y de cualquiera ruido de personas ó animales se recelaban y recataban. En amaneciendo fueron á visitar las cuevas, donde tenian presos ó recogidos á los pasajeros, y viniendo á la nuestra nos hallaron como nos habian dejado, sin haber hablado palabra con el paje, á quien llamaron primero que á nadie, queriéndole apretar á que dijese lo que le habian preguntado. El paje con mucha cortesía y donaire, dijo: Sr. Roque Amador, ayer pregunté cuál era la cabeza y caudillo de esta compañía, porque siéndolo vos, tendria mi partido seguro, por el buen nombre que teneis. Que no es hazaña para vos, atormentar una sabandija tan sola y miserable como yo, ni manchar vuestra opinion, empleando vuestro valor en lo que más os puede desdorar, que aumentar vuestro nombre. Si rigiendo y gobernando gente tan desgobernada, cobrásteis la fama que teneis en toda la Andalucía, ¿qué pareceria ahora, si aniquilaseis este crédito, con abatiros á una presa tan humilde un águila tan valerosa? Más gloria es conservar la ya adquirida y granjeada con valor propio, que no ponerse en duda, y aventurar lo que ya es vuestro. Vos os habeis preciado siempre de justicia y verdad con misericordia, no será justo ahora que conmigo solo os falte. Estábamos en la cueva muy atentos, oyendo la retórica con que el paje hablaba: y el Roque Amador, movido de las buenas palabras del paje, aseguróle que no recibiria daño ninguno diciendo la verdad. Yo estaba confuso, porque me parecia conocer la voz y habla del paje; pero no dí en quién pudiese ser. Habiendo hablado con aquella blandura Roque, dijo el paje: Pues si alguna compasion ha llegado á vuestro piadoso pecho de mi tristeza y soledad, dadme palabra por vos y por vuestros compañeros de guardar, como naturalmente debeis, mi persona sin agravio ni en secreto, ni en público. Á esto dijo aquel picaronazo: Ea, sor paje, desnúdese, que aquí no entendemos de rotrónicas ni ataugias, sino de meter un poco de plomo en el cuerpo de quien no trae dineros. Dijo el paje con donaire: Si es tan pesado como vos, el diablo podrá digerillo, que ya yo me acuerdo haberos visto á vos ó á otro que se os parecia asaeteado en Sierra-Morena. Rióse Roque, y le dijo: Óyete, bestia, que el paje habla muy bien: y á vos os digo, gentil hombre, que os doy palabra, por mí y por mis compañeros no solamente de no agraviaros, mas de favoreceros y ayudaros en todo lo posible. Pues con esa confianza, respondió el paje, hablaré como con un pecho lleno de valor, misericordia y verdad. Y estando nosotros muy atentos á lo que pasaba, habló el paje de esta manera: Si yo no me consolára con saber que no soy la primera persona que ha padecido desventuras y trabajos, y desgracias sin gracia, con la que resplandece en vos, me animára en contar mis desdichas: pero como la fortuna tiene siempre cuidado de señalar caidos y derribar levantados, no siendo yo la primera que ha sufrido sus encuentros y mudanzas, me animo á hablar con libertad. Sabed que yo no soy hombre, sino mujer desventurada, que despues de haber seguido á mi marido por tierra y mar, con increibles daños de hacienda y persona, y habiendo navegado hasta todo lo descubierto y mucho más, padeciendo grandes naufragios por regiones no conocidas, por misericordias que Dios usó con nosotros, nos venimos á hallar en el estrecho de Gibraltar, donde viendo nuestra salvacion cierta á vista de tierra, bien deseada, nos acometió un navío de infieles, viniendo el nuestro desmantelado y casi sin gente, y los mantenimientos tan gastados, que á su salvo cogieron las mujeres, asiéndome á mi primero y á un pajecillo que me servia, matando á todos los que se defendieron, y á mi marido con ellos. El capitan del navío, enamorado de mí, quiso por buenas palabras inclinarme á su gusto, y á que ofendiese la pureza y castidad que debia á mi muerto esposo: no le respondí mal, por que no quisiese usar de la fuerza, que sin defensa podia. Yo, llamando al paje debajo de cubierta le puse mis vestidos, y vestíme los suyos, que son los que traigo puestos. Tenia el muchacho muy buen rostro, y en saliendo fuera quiso el capitan acometerle, pensando que fuese yo, pero dando á huir el paje con los vestidos y las jarcias del navío, enfrascándose cayó en la mar, y hundiéndose luego no pareció más. Sobre la desdicha de la pérdida de mi marido y la pérdida del paje, yo me habia tiznado el rostro, porque se quedase con la fé de lo que habia visto, y no me conociese.
La piadosa gente de Gibraltar, con el valor que siempre ha profesado, acudieron á nuestra defensa, y habiendo estado en ella dos dias con sus noches, no se apartaron hasta rendirlos y dar libertad á los que habian prendido, y queriendo hacer lo mismo de ellos, despues de tenernos en los barcos, diciéndoles que se diesen á prision para traerlos á la ciudad, dieron fuego al navío, y desde allí abrasados bajaron derechos al infierno. En Gibraltar, informándome del camino que habia de llevar para Madrid, me dijeron que habia de pasar por la Sauceda, y llegando á Ronda me encaminarian en él. Estábamos los cuatro, y particularmente el doctor Sagredo y yo, como atónitos, y sospechando que fuese sueño ó ilusion de algun encantamiento, ni determinados de creerlo, ni resueltos de desconfiar en la verdad. El Roque Amador, con gran piedad de lágrimas que al fin de su cuento derramó la bella mujer, la consoló y ofreció encaminarla con mucha seguridad, y darle dinero para su viaje, preguntándole cómo se llamaba, porque historia tan estraña no se quedase sin memoria: ella respondió, diciéndole la verdad como en todo: Llámome doña Mergelina de Aybar, y el malogrado de mi marido, que no era soldado sino maestro, se llamaba el doctor Sagredo. El doctor Sagredo que se oyó nombrar de su mujer, medio ahogándose con la súbita alteracion y gusto, dijo: Vivo es, y en su compañía dormísteis esta noche. Roque Amador, espantado del caso, mandó sacar los que estábamos en la cueva, y preguntándole cuál era de aquellos el que habia hablado. Ella retirándose atrás, como espantada, respondió: Si no es alguna sombra fantástica de causas superiores, este es mi marido, y este es Márcos de Obregon, á quien tuve por mi padre y consejero en Madrid. Pues todos tres os podeis ir en buen hora, y aunque no sea dinero ganado en buena guerra, veis aquí parto con los tres algo de lo que á otros se les ha cogido, que el haber detenido á todos estos presos, no ha sido por hacerles mal, sino porque nuestros contrarios no se encontrasen con ellos, y aviándonos á todos los demás, y rogándonos que no dijesen de haberlos encontrado. Doña Mergelina con muestras de grande agradecimiento, dijo al caudillo: No tengo con que serviros el bien que de vuestras manos me ha venido, sino con deciros lo que oí en Gibraltar, á quien no os quiere mal; que el licenciado Valladares trae órden de dar gran premio, y perdonar cualesquiera delitos á quien os entregare en sus manos: y junto con esto vinieron á ella los pregones y bandos que mandó echar aquel gran juez: con que juntando á cabildo á sus compañeros, les hizo una grande oracion, que tenia entendimiento para ello, y la conclusion fué que todos pensasen aquella noche lo que podian hacer para su defensa, tomando el consejo que mejor pareciese. Fueron á sus alojamientos, y mientras ellos pensaban aquella noche lo que les habia encargado el Roque Amador, como astuto se acogió á Gibraltar, y en el barco de la vez se pasó en África, dejándolos á todos suspensos y engañados. Como quedaron sin cabeza y sin gobierno dispararon, huyendo por diversas partes, cesando los insultos que antes hacian; aunque prendió con grandes astucias el juez á doscientos de ellos, de que hizo ejemplar justicia: nosotros venimos seguros á Madrid sin tropezon ninguno, pareciéndome, como es verdad, que en ella hay gente que profesa tanta virtud, que quien la imitare hará mucho.


DESCANSO ÚLTIMO, Y EPÍLOGO.
Y
Ya cansado de tantos golpes de fortuna, por mar y por tierra, y viendo lo poco que me habia durado la mocedad, determiné de asegurar la vida y prevenir la muerte, que es el paradero de todas las cosas; que si esta es buena, corrige y suelda todos los descuidos cometidos en la juventud. Escribíla en lenguaje fácil y claro, por no poner en cuidado al lector para entenderlo. Dijo muy bien el maestro Valdivieso, con la gallardía y claredad de su ingenio, á un poeta que se precia de escribir muy obscuro; que si el fin de la historia y poesía es deleitar enseñando, y enseñar deleitando, ¿cómo puede enseñar y deleitar lo que no se entiende, ó á lo menos ha de poner en mucho cuidado al lector para entenderlo?
Si se hallaren algunas inadvertencias, atribúyase á mi poca erudicion, y no á mi buen deseo, que advirtiéndome de ellas, con mucha humildad recibiré la correccion de cualquiera que con buena intencion me quisiere enmendar, que quien ha querido enseñar á tener paciencia, mal cumpliria con sus preceptos si le faltase para oir y recibir la correccion fraternal, que sin ella, ni opusiera el pecho á las olas y crueldades del furioso tridente, ni ablandára la inclemencia de los salteadores, ni redujera á buen término los impíos y contínuos trabajos de la esclavitud, ni atrajera á mi favor la grandeza elevada de los poderosos, ni gozára de la gran cortesía de los príncipes, ni sujetára á tantos y tan inmensos torbellinos como trae consigo la fragilidad humana, sin la divina virtud de la paciencia; que cuando no haya hecho otro efecto en mí sino librarme del pernicioso vicio de la ociosidad, que tan estendida he visto por todos los estados de los hombres, me bastára tener y haber sacado gran fruto de mis trabajos; y si la juventud advirtiese bien los hijos que va criando la ociosidad, tomando ejemplo en los daños ajenos, ni rehusarian los peligros de la soldadesca, ni vendrian á miserable servidumbre, ni se sujetarian á las necesidades que ven padecer y traer arrastrados á varones de buenos nacimientos, rendidos á mil bajezas, que pudieran remediar á su salvo con buen tiempo; de criar los hijos consintiéndolos andar ociosos, vienen los padres á ver exorbitantes delitos que no pueden remediarse sino con mucha infamia, ó con más hacienda de la que poseen. La ocupacion es la grande maestra de la paciencia, virtud en que habíamos de estar siempre pensando con grande vigilancia para resistir las tentaciones que nos atormentan dentro y fuera. Al fin con ella se alcanzan todas las cosas de que los hombres son capaces. Que aunque haya calidad, bienes temporales y abundancia de humanos favores, sin esta virtud no se puede llegar al colmo de lo que se desea; y si á la paciencia se allega la perseverancia, todo lo facilita y todo lo enseña: al pobre, á que pase su vida con quietud y mejore su estado: al rico, á que conserve lo adquirido sin apetecer lo ajeno: al gran caballero, á que no se contente con la sangre que de sus pasados heredó, sino pasar adelante: al pródigo, á que se ajuste con lo que tiene y puede tener: al miserable y avariento, á que entienda que no nació para sí solo: al valiente y arrojadizo, á que refrene los ímpetus que tanto mal acarrean: al cobarde, á que se tenga por virtud en él lo que es falta de ánimo: al que se ve en trabajo, á que los lleve con aliento y suavidad. ¿Qué no hace la virtud de la paciencia? ¿qué furias del mundo no sujeta? ¿qué premios no alcanza? Pero si un flemático sabe airarse y ejecutar con vehemencia los ímpetus de la cólera, ¿por qué un colérico no sabrá templarse y perseverar en los actos de paciencia? Tenemos ejemplos presentes y vivos de esta verdad muchos, y para imitar. Mas con uno solo se verá lo que puede la escelente virtud de la paciencia. ¿Quién pensára que de tan gran cólera, con sangre, riqueza y juventud, como la que tuvo en sus primeros años el duque de Osuna D. Pedro Giron, vinieran tan admirables virtudes como las que tienen espantado el mundo? ¡Que habiendo sido un furioso rayo de cólera, impacientísimo en los tiernos años de su mocedad, sujetase con grande paciencia su robusta condicion á servir en Flandes con tantas ventajas que templase la furia de los amotinados, y pusiese su valeroso pecho á recibir los mosquetazos con que querian escalar y saquear su casa! ¿Qué paciencia no tuvo, con templanza y justicia, gobernando á Sicilia? ¿Y qué valor, sin ella, bastára para la ejecucion de sus soberanos intentos, echando por mar y tierra tan poderosas armadas, que ha enfrenado la potencia de los turcos, haciendo temblar á los demás enemigos, con que ha sido amado y temido de las gentes á quien ha gobernado y gobierna? Preguntando D. Francisco de Quevedo, caballero de gallardísimo entendimiento, cómo se hacia respetar con tanta mansedumbre á este gran príncipe, respondió que con la paciencia, que aunque en la gente humilde y ordinaria engendra algun menosprecio, en los príncipes y gobernadores engendra temor, amor y respeto; pero esto quédese para grandes historias, que no puede caber en tan pequeño discurso. Jorge de Tobar, á quien yo conocí en sus primeros años por hombre que tuvo bríos y valor para en cosas honradas perder la paciencia, con ella misma adquirió grandes virtudes morales, que le pusieron en lugares dignos de tan grande sugeto como ha parecido, usando de gran verdad, valor y entereza en los actos de la justicia distributiva; pero ¿qué escelencias no se halláran en la divina virtud de la paciencia? ¡Oh virtud venida del cielo! Dios nos la dé por su misericordia, y á mí para que, imitando la virtud de mis compañeros en este recogimiento, sepa asegurar la vida y prevenir la muerte. Y para la ejecucion del buen intento, si yo supiera aprovecharme de él, me puso Dios por vecina á una tan grande señora como doña Juana de Córdoba Aragon y Córdoba, duquesa de Sesa, cuya virtud cristiana, valor propio y heredado, y cortesía general puede servir de norma y dechado á cualquiera que deseare perfeccion cristiana, en cuya disciplina se criaron tales hijos como D. Luis Fernandez de Córdoba, duque de Sesa, caballero adornado de muy superiores partes, muy dado á la leccion de las buenas letras, gran favorecedor de ellas y de los que las profesan.
FIN.

