RELACION TERCERA (continued 2)
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Híceles señas con la bota, que era la mayor que yo podia dar para mi conocimiento y su gusto, y luego dieron la vuelta á la caleta, adonde me hallaron puesto el sol, más afligido que perro manteado, temblando y encogido. Echáronme en la falúa, todos admirados de verme vivo habiendo pasado tal trabajo en tantos años de edad, que ya tenia cerca de cincuenta. Lleváronme á Marsella, donde aquel gran caballero, amado y conocido de todo el mundo, me acarició y regaló, aunque como aquel trabajo me cogió en años crecidos, siempre me duró, y todos los inviernos me resiento de aquella humedad y frialdad. Parecí yo en esto á un escarabajo que estando en compañía de un caracol, recogido por miedo del agua, confiado en sus alillas se determinó de volar á buscar lo enjuto, y levantándose, dijo el caracol: Allá lo vereis, y le dió una gota gruesa, y lo arrojó en el arroyo de la creciente: confiando yo en que sabia nadar y los otros no, arrojéme al charco de los atunes, como dice D. Luis de Góngora, donde me pudiera suceder lo que al escarabajo, si Dios no lo remediara, que para una bestia tan cruel y desleal como el mar no aprovecha saber nadar: que echarse un hombre en el mar es echarse un mosquito en la laguna Urbion. Los animales de la tierra están enseñados á tratar con un elemento fiel, amigable, suave y apacible, que donde quiera da acogida, y sustenta al cansado; pero el mar ingrato, tragador de los bienes de la tierra, sepultura perpétua de lo que en él se esconde, que se sale á la tierra á ver si puede llevarse adentro lo que está en la orilla; hambriento animal de todo lo que puede alcanzar, asolador de ciudades, islas y montañas, envidioso enemigo de la quietud, verdugo de vivos y despreciador de muertos, y tan avariento que estando lleno de agua y de peces mueren en él de sed y de hambre, ¿qué puede hacer, sino destruir á quien de él se fiare? y así parece que con sola la mano de Dios puede hacerse lo que estos dias pasados sucedió en la toma de la Mámora á don Lorenzo y al capitan Juan Gutierrez; á éste que nadando, y sin ayuda, y con muchos años acuestas, quitó á cinco moros un barco en que iban; y á D. Lorenzo, que habiendo nadado toda la noche, azotado de las levantadas olas, llegando al barco donde pudiera descansar de tan inmenso trabajo, alentándose con fuerzas sobrenaturales, dijo: que no queria entrar en el barco porque recogiesen á otros que venian atrás más necesitados que él, y pasó adelante. Caso es pocas veces ó ninguna visto. Yo llevé mi trabajo, y una reprehension por el atrevimiento, porque la confianza me pudo costar la vida; que yo realmente por mostrar que sabia nadar y que tenia ánimo desvanecido para atreverme, fué causa de arrojarme tan sin consideracion, aunque de las cosas tan arrebatadas da poco lugar el discurso; pero mejor fuera aguardar la fortuna de todos que anticiparme con la mia, que tan poco favorable me ha sido, que cuando la vanidad engendra el atrevimiento ha de ser en los que tienen esperiencia en su buena fortuna; ¿pero de qué importancia me podia ser á mí cobrar fama de nadador, no siendo renacuajo ni delfin, ni habiendo de ser marinero? ella fué vanidad, temeridad y disparate.


DESCANSO XI.
L
Llegamos á España, desembarcamos en Barcelona, ciudad hermosa en tierra y en mar, abundante de mantenimiento y regalos, que con oir hablar en lengua española parecian suaves y substanciosos: y aunque los vecinos tienen nombre de ser un poco ásperos, ví que á quien procede bien le son apacibles, liberales, acariciadores de los forasteros, que en todas las repúblicas del mundo quieren que el forastero con el buen proceder obligue á la amistad. Si el que no es natural parece humilde, y vive sin perjuicio de los naturales, tiene grangeada la voluntad de todos porque junto su buen término con la soledad que padece, engendra piedad y amor en los pechos naturales. Todos los animales de una misma especie se llevan bien unos con otros, aunque no sean conocidos, sino son los hombres y los perros, que teniendo mil buenas propiedades con que suelen admirar, tienen esta propiedad bajísima, que todos muerden al pobre forastero y le matan si pueden. Y esto mismo corre por los hombres si el advenedizo no es como debe ser, entrando en jurisdiccion agena; y lo que más ofende á los naturales es solicitarles las mujeres, que en lo que más se ha de remirar el huésped es en esto, que basta teniendo agrado para llevarse los ojos de la voluntad de todos tras de sí. Muchos se quejan de pueblos donde han estado fuera de su patria, mas no dicen la ocasion que dieron para ello: alaban sus tierras de madres de forasteros, y no miran por qué camino les han obligado para tratarlos bien. Yo sé decir, que en toda la Corona de Aragon hallé padre y madre, y en Andalucía grandes amigos, si no son de la gente perdida, que solamente tratan de hacer mal: estos en todo el mundo son enemigos de la quietud, revoltosos, inquietos, levantados y soberbios, enemigos del amor y la paz.

Y aunque los vecinos tienen nombre de ser un poco ásperos ví que á quien procede bien le son apacibles, liberales, acariciadores de los forasteros.
Mucho me divierto para llegar á Madrid que tan deseado lo tenia. Llegué y hallé muchos amigos deseosos de verme: hice asiento con un gran príncipe muy amigo de música y poesía, que aunque siempre huí del escuderaje, me fué forzoso acudir á él. Entré en su gracia muy de improviso, fuí muy privado y favorecido suyo, y como yo venia harto de pasar trabajos, viéndome con demasiado regalo acometióme la poltronería, y engordé tanto, que comenzó la gota á martirizarme. Dí en tener pajarillos, y entre ellos en regalar á uno muy superior á los demás en su armonía, aunque su consonancia muy concertada. Hacíale abrigar en mi aposento de noche, donde una de ellas sentí toda la noche crugir cañamones, contra la costumbre de los pájaros. En amaneciendo fuí á mirar mi pájaro, y hallé en compañía suya un ratoncillo, que de lo mucho que habia metido de los cañamones hizo tanta barriga, que no pudo tornar á salir. Dije entre mí: Este ratoncillo, por haber comido tanto, ha buscado su muerte. Yo voy por el mismo camino, que si un raton con sola una noche de regalo ha engordado tanto, yo que todos los dias como y ceno mucho, y muy regaladamente, ¿qué fin pienso tener sino la enfermedad, que he cogido, y alguna apoplegía, que me acabe presto? Quitéme las cenas, que con esto y el ejercicio me he conservado, que realmente esto de comer á costa agena engorda demasiadamente, porque se come sin miedo, y quien no se va á la mano en esto está muy peligroso para una enfermedad. Han de comer los hombres mantenimiento de que sus estómagos sean capaces, porque si nó, ó será forzoso vomitar la comida, ó poner en peligro la vida, como la perdió el raton. Fuera de que los demás miembros del cuerpo tienen envidia al estómago, porque todos han de trabajar para que él solo engorde, cuando si no pueden llevarlo acuestas le dejan caer, y dan con él en la sepultura. Yo ví que iba camino de esto, y retiréme á comer poco, y cenar nada, que aunque al principio se lleve mal, con la costumbre se puede alcanzar todo. Miren los que engordan mucho el peligro en que se ponen, que ni la edad es siempre una, ni los mantenimientos de una calidad, ni los que los dan de una misma intencion, ni el tiempo corre de la misma manera. El que nació gordo, que siempre sea gordo no es maravilla, que ya están enseñados sus miembros á sufrirle y traerle acuestas; pero el que nace flaco y delgado, y en breve engorda, en sospecha pone su duracion y su vida. Como puse enmienda en mi comer y beber de noche, fuése consumiendo la gordura un poco, y yo sintiéndome más ágil para cualquiera cosa. Que ciertamente la poltronería manca y tulle los hombres. Con esto me torné inquieto que fué causa que el príncipe á quien servia, con la ayuda de los congraciadores, se entibió en favorecerme, y yo con servirle, que los señores son hombres sujetos no solo á las estrellas, pero tambien á sus pasiones y apetitos; y cuanto más superiores son, tanto más presto se cansan de las acciones de sus criados, que quien los sirve es necesario que renuncie su voluntad, y se ajuste con la del príncipe; y es razon que quien se dispone á servir sacrifique su gusto á quien le da su hacienda, porque todos quieren ser bien servidos; aunque he visto muchos señores de tan piadosa condicion, que llevan con mucho valor y paciencia los descuidos de los criados; pero lo contrario es lo más ordinario.


DESCANSO XII.
C
Con este poco caso que mi amo hacia de mí tenia libertad para pasearme de noche, no para cosas ilícitas, porque ni yo tenia edad para eso, ni mis trabajos me habian dejado tan holgado que pudiese acudir á cosas de mal ejemplo, ni es razon que en ninguna edad se hagan, sino á tomar un poco el fresco, que las noches de verano en Madrid son para esto aparejadas. Íbamos todas las noches con amigos, con nuestros rosarios rezando; no hácia el Prado, por huir el mucho concurso de la gente, sino á calles solas, que por mucho que lo sean, siempre hay la gente que basta para compañía. Alejámonos una noche hasta llegar cerca de Leganitos; díjome mi amigo: Parad aquí, que vais cansado, al fin sois ya viejo. Piquéme, y díjele: ¿Quereis que corramos una apuesta, y veremos quién está más viejo? Rióse, y dijo que sí. Pusímonos en órden para la carrera, y aun en esta sencillez halló el demonio en qué perseguirme. Estaba un mozo á la puerta de su casa, que así lo entendimos, y dímosle que nos tuviese las capas y las espadas en tanto que pasábamos la carrera: apenas comenzamos á correr cuando dijo una mujer: ¡Ay que me han muerto! por una gran cuchillada que le dieron en el rostro, y apenas dió ella el grito cuando se aparecieron dos ó tres alguaciles, y como íbamos corriendo asieron de mí, que iba delantero en la carrera, y luego del otro, que hay muchos tribunales en Madrid, y en cada uno más varas que dias tiene el año, y con cada vara cinco ó seis vagamundos, que han de comer y beber y vestir de su ministerio. Asiéronnos como á hombres que iban huyendo por delito. Pidiéronnos las espadas, señalamos la casa donde las dejamos, el mozo se habia acogido con ellas y las capas, porque no vivia allí. Como nos cogieron en la mentira, que no habíamos dicho, lleváronnos á la mujer herida, y con el coraje que tenia de su agravio, dijo que quien se la habia dado echó á huir: y como nosotros íbamos corriendo, aunque no huyendo, asentóseles á los alguaciles que sin duda éramos nosotros. Lleváronnos á la cárcel de la villa sin espadas ni capas, donde yo entré con toda la vergüenza del mundo, que no la tuve para desafiar al otro con mis años, y la tuve para entrar en la cárcel sin capa. El alboroto fué mucho, el delito sonó malísimamente; porque dos hombres, no niños, ni de la primera tijera, acometieron una hazaña como aquella contra una mujer miserable. Y el mismo que lo habia hecho, como despues con buenos indicios averigüé, vino tras nosotros; y los alguaciles, que si fueran como deben, no se precipitaran á hacer un borron tan infame, y si pusieran los ojos en la justicia, y no en el provecho, averiguáran el caso, como á ellos les valiera algo la prision, y á mí no me pusieran en mal nombre. Si ellos tuvieran consideracion, miráran que dos hombres que iban sin capas, sin espadas, sin sombrero, sin daga, ni cuchillo, ni otra cosa ofensiva, corriendo parejas, no habian de salir de su casa para una cosa como aquella tan desapercibidos, no pareciendo en toda la calle instrumento con que se pudiera haber hecho. No preguntaron palabra á nadie en toda la calle para averiguar la verdad, como lo hacen siempre. Y dado que los alguaciles quisieran justificar la causa, la priesa que les daban los ayudantes no les dejaran hacer cosa buena, por no hacer novedad en su costumbre. Al fin nos echaron grillos, y fué la causa el teniente, que informado de los alguaciles como quisieron, vino á la cárcel con intento de darnos la tortura; mas como oyó las razones que arriba dije, y como apartándonos halló que concertábamos en el dicho, estuvo perplejo, y no se determinó á cosa. Echáronnos grillos, que estuvimos dos ó tres dias con ellos. Fuése siguiendo la causa, y como no se halló el delincuente, por el indicio de ir corriendo cuando se dió la cuchillada, nos olvidamos allá tres meses; echáronnos en un calabozo, donde estaba un preso antiguo, bermejo, de mala digestion, con unos bigotazos que le llegaban á las orejas, con que se preciaba mucho, porque eran tan gordos y fornidos, que parecian cabos de cirio amarillo. Éste tenia de suerte supeditada la cárcel, que no se hacia entre los presos más de lo que él queria. La gente menuda temblaba de él, y le servian con mucha puntualidad, y otros no osaban hacer un mandado, porque él no gustaba de ello, y si lo hacian, torciéndose el bigote, decia: Pues por vida del rey, si me enojo, que al pícaro y á ellos les dé mil palos. De manera que el rato que estaba fuera del calabozo no se podia vivir, que realmente era marcial, y ocasionadísimo para que se perdieran todos con él. Estuvo dos ó tres dias enfermo, y no saliendo del calabozo, gozamos de paz y quietud, que todos se holgaban de ello, más en saliendo tornó á su ruin costumbre. Yo me ví tan rematado, que determiné de hacer que en muchos dias no saliese del calabozo, y comunicándolo con mi compañero, dijo: Mirad lo que haceis, no sea la prision más larga de lo que pensamos. Y preguntándome cómo habia de hacer para que no saliese fuera, respondíle: Cortándole un bigote. No os pongais en ese peligro, dijo él, por amor de Dios. Yo no os pido, le dije, consejo, sino ayuda. Él tenia costumbre siempre, de dormir boca arriba soplando, por no estragar la grandeza de sus bigotes. Hice amolar muy bien unas tijeras largas, y dejélo acostar á él y á todos los demás del calabozo antes que nosotros, que nos traia tan sujetos, que en acostándose no se habia de mover nadie. Cogí al primer sueño las tijeras, y alumbrándome mi compañero, díle una gentil tijerada, con tanta sutileza, que le llevó todo el bigote, y él no despertó, y de todos los presos nadie lo sintió sino mi compañero, que le dió tanta tentacion de risa, que por poco reventára que, como le quedó el otro tan grande, parecia toro de Hércules con un cuerno menos. Dormimos aquella noche, y yo me hice el enfermo, quejándome de la mala cama; pero levantéme casi junto á él, ó primero, con mi rosario en la mano rezando, por verle cómo llevaba el negocio. En subiendo arriba, miráronle todos espantados, sin decirle palabra; pero él dijo en saliendo: Hola, pícaros, dad acá aguamanos. Vino un pícaro con un jarro calderesco, echóle agua, y lavóse las manos. Luego acudió al rostro, y levantándolo, tomó el bigote intacto con la mano derecha, luego volvió á tomar agua, y fué á asir al otro con la izquierda cuatro ó cinco veces, y como se halló sin él, fué tan grande su coraje, que sin hablar palabra metió el otro bigote en la boca, y se lo comió, entrándose en el calabozo. Yo dije, como él lo pudiese oir: Eso ha sido muy gran bellaquería, la mayor del mundo, el que á un hombre tan honrado hayan ofendido en lo que más se miraba y estimaba.
Estas y otras cosas le dije, con que le pude quitar la sospecha que pudiera tener de mí; pero mirando lo que es razon, digo, que un hombre que está en superior grado, se estime y haga respetar, vaya en hora buena; mas que un desdichado que está en medio de su infelicidad, en el cieno de la tierra que es la cárcel, siendo soberbio, merece que una hormiga se le atreva. ¿Qué tiene que ver prision con soberbia? ¿necesidad con valentía? ¿hambre con desvanecimiento? La cárcel se hizo para sujetar cóleras y malas condiciones, y no para inventar agravios; aunque hay algunos bárbaros tan remontados, que ó por desesperacion, ó porque los tengan por valientes, siendo acá unas ovejas, se hacen en la prision leones, en lugar á donde con mayor humildad y ansias de corazon se ha de clamar á la misericordia, sea justa ó injusta la prision. Él se acabó de quitar la barba azafranada. Y como una desdicha sigue á otra, en este trabajo le llamaron á visita para ver su negocio. Dijo un procurador: Está en el noviciado, que se ha entrado fraile motilon. Tráiganle, dijo el teniente. Subió por fuerza, y con toda la vergüenza y humildad del mundo, porque debia de tener la valentía en los bigotes, como Sanson en el cabello. Así como entró, fué la risa en la sala tan grande, que el teniente le dijo: Bien pareceis así, y bien habeis hecho, porque no tengan que rapar en las galeras. Á que él respondió: Vuesa merced habla como juez, que nadie se me atreviera á decir eso. Leyéronle su causa, que era sobre haber dado una puñalada á una miserable en la casa pública, delante de diez ó doce testigos; y nombrándolos, dijo el agresor: Mire vuesa merced ¿qué testigos son los que juran contra un hombre tan principal como yo? cuatro corchetes y cuatro sellencas. Dijo el teniente: ¿Pues queríades que estuviesen para testigos en esa casa el prior de Atocha, ó algun fraile descalzo? No argüis bien. Tornáronle á encerrar en el calabozo, y de allí adelante le llamaban el padre fray Rapado. Á nosotros nos echaron libres, pero gastados. No quiero yo alabar lo que hice, porque bien sé que no se han de hacer males, aunque de ellos resulten bienes; pero tambien sé que es menester que perezca uno, porque no perezcan todos. Quitar de entre nosotros á quien nos escandaliza, permitido es. El que se estima estímese, mas no ha de ser con superioridad impertinente: los fanfarrones con tiranía tienen á todo el mundo por contrario. Los hombres ocasionados á los muy humildes, hacen salir con reveses que no pensamos. Yo he visto siempre que estos habladores soberbios, que quieren supeditar á otros, en hablándoles recio un hombre callado y llano, se rinden á callar. Que son como las ruedas del coche, que mientras van por piedras, van haciendo ruido, mas en llegando á lo llano, luego van con mucho silencio. Á este desatinado desvanecido fué necesario por algun camino humillarlo, y ninguno pudo ser más á propósito, que privarlo de tan inmenso cuidado, como traia con aquellos rabos de zorro.


DESCANSO XIII.
S
Salimos de la cárcel al cabo de tres meses, porque dimos muy gentiles descargos; pero tan gastados, que no teníamos tras que parar, porque para poder caminar al dia siguiente, yo fuí á vender unas botas escuderiles, y mi compañero una maleta ratonada, que es muy de escuderos, por no tener un cofre, guardar los pedazos de pan en semejantes alacenas, receptáculo de ratones. Estando vendiendo nuestras prendas, envió Dios á un hidalgo muy bien puesto, y doliéndose mucho del testimonio que nos habian levantado, dijo: Que cierto gran caballero que habia sabido nuestra desgracia, le enviaba á que supiese lo que se habia gastado en nuestra prision, y que movido por entrañas de misericordia, le habia dado en doblones lo que dijésemos que nos habia hecho de daño. Yo conocíle, pero antes de declararme, le dije: Señor, esta obra de Dios viene, que sabe nuestra necesidad, que es tanta, que vendemos nuestro ajuar para comer hoy. Lo que nos cuesta serán cien escudos, poco más ó menos; y en diciendo esto, sacó cincuenta doblones, y nos los dió. En viéndolos en mi mano, le dije: Esto es cuanto á la costa, pero cuanto al gusto que vuesa merced recibió de la venganza, y el disgusto que nosotros pasamos, ¿qué satisfaccion puede haber? Que bien le conocí aquella noche que nos fué siguiendo hasta la cárcel. Respondió cuerdamente: El prenderos fué desdicha vuestra, el pagar es obligacion mia. Como yo no os dí la desdicha, no puedo satisfacerla; y si todos los desdichados tuviesen recurso á satisfaccion, no serian desdichados. Yo como no tuve ventura para no padecer, tengo piedad para compadecerme; otro pudiera ser que no mirára lo uno ni lo otro. Muchas desdichas suceden á los hombres por secretos juicios de Dios, de que no podemos pedirle cuenta. Las desdichas no están en nuestra mano, ni estuvo en la mano mia hacer que fuésedes aquella noche corriendo, que eso fué voluntad vuestra. Y os sé decir, que me pesó en el alma del hecho, no por la cuchillada, sino por vuestro trabajo. La desdicha fué, que la cara de la otra, y la carrera de vuestros piés cayeron en un dia: habeis sido tan prudente en esta desdicha, que os he tenido envidia; que quien se acuerda pacientemente en la adversidad, es señor de sus acciones, y las desdichas le acometen con temor. Y si como puedo satisfaceros el daño, pudiera poneros la fortuna debajo de vuestros piés, yo os hiciera felicísimos, pero ya que en esto no lo fuísteis, fuísteislo en cortar el bigote al otro, saliendo bien de ello. Que como vos, por discurso bueno habeis echado de ver mi travesura, yo por vuestro disimulo conocí la vuestra. Aunque el hidalgo habló tan bien, yo estaba contento y alborozado con ver en mis manos aquel metal tan semejante á la luz del sol, que no supe replicarle, sino agradecerle y estimar su cordura, igual con su piedad. Yo me hallé tan harto de trabajos y desventuras, que determiné de dejar la córte despues de haber andado algunos dias de mala ventura, sirviendo del escuderaje, que tan forzoso me ha sido, aborreciéndolo como á una culebra.
Fuíme á despedir de un caballero amigo, que no habia visto muchos dias hacia, y hallándole muy melancólico y desgraciado, le pregunté qué tenia. Respondióme, que ni podia dormir, ni comer, ni tomar descanso en cosa. Pues si haceis, dije, lo que yo os enseñaré, sanareis de todas estas tres cosas. ¿Cómo si lo haré, respondió, aunque cueste todo mi mayorazgo? Pues levantaos mañana en amaneciendo, que yo os llevaré donde cojais una yerba que os sane de todos esos males. Levantóse ó hícele levantar de mañana, y mandó poner el coche: yo le dije, que no haria la yerba provecho sino iba á pié, y dejando el coche lo llevé hácia San Bernardino, convento de los Recoletos Franciscanos, diciendo, que estaba la yerba allí, y que la habia de coger con sus manos. Hícele andar de manera que iba carleando como podenco con sed, y tanto, que de cansado se sentó en el camino. Preguntéle si descansaba. Respondió que sí. Pues sabeis por qué habeis descansado, porque os cansásteis: y en las sillas de vuestra casa no descansais, porque no os cansais. Hícele llegar á San Bernardino, y volver á su casa á pié, con muy buena gana de comer. Comió y bebió con gana, y luego se acostó, y durmió muy bien. Díjele luego: Quien no se cansa, no puede descansar; y quien no tiene hambre, no puede comer; quien no tiene falta de sueño, no puede dormir, no se queje quien no hace ejercicio de males y enfermedades que le vengan, que la poltronería es el mayor enemigo que tiene el cuerpo humano. El ejercicio á pié restaura los daños causados de la ociosidad. Los caballos más ejercitados son de más dura y brio. El pescado del mar Océano, es mejor que del Mediterráneo, porque está más azotado por aquellas cavernas hondas de las olas más contínuas y furiosas: los hombres trabajados están más enjutos, y para más que los holgados; y así son todas las cosas, que un hombre que trabaja más que otro es más poderoso, entiéndese con igual capacidad. Holgóse mucho, y de allí en adelante dió en hacer ejercicio á pié por la mañana y por la tarde, con que se halló muy bien y con muy entera salud, y agradecióme la estratagema de que usé para quitarle de la ociosidad que le tenia impedido, sin gusto y sin salud, é hízome un grande regalo. Anduve por Madrid algunos dias, donde fuí ayo y escudero del doctor Sagredo, y su mujer doña Mergelina de Aybar, hasta que los dejé ó me dejaron.


DESCANSO XIV.
A
Acabada mi última relacion, el ermitaño, dando grandes muestras de admirarse de lo que habia oido, dijo que ya se podia pasar por la puente, quizá cansado de haber escuchado tanto tiempo: despedíme de él, y pasando la puente, ví tantos árboles arrancados de raíz, como habia traido Manzanares; algunas ballenas destripadas, de las que solian alancear, muchos animales ahogados, otros muchos mirando aquellos, admirándose del diluvio y tempestad tan arrebatada y repentina. Todas las huertas anegadas, las isletas cubiertas de arbolillos, que casi habia llegado hasta la ermita de San Isidro Labrador; y con la arena y árboles hechas algunas represas, que hasta ahora dejaron el rio dividido por muchas partes.
Determiné de quitarme de tanto ruido como el de la córte, y buscar quietud en tierra más templada que es Castilla, yéndome al Andalucía, donde los gentiles pusieron la quietud de las almas bienaventuradas, á su modo de creer, diciendo, que en pasando el rio Leteo, que aun todavía conserva el nombre de Guadalete, se olvidaban de las cosas de la tierra, y todo lo demás pasado; que la escelencia del temple, abundancia de regalos, apacibilidad de cielo y tierra, les hizo dar en este error, que los más templados son más aparejados para la conservacion de los viejos, y como me hallé con dinerillo, compré una mula, que me la dieron barata, por tener esparavanes en los piés, y un ojo pasado por agua; pero caminaba razonablemente, con que fuí mi camino encomendándome á Dios y al bendito ángel de la guarda. Iba solo, porque por no caminar á gusto ageno, se puede un hombre ir á pié, que es cansada cosa haber de parar yo donde el otro quisiere, y no cuando yo fuere cansado, ó se me antojare parar. Al fin, como me ví con dinero, quise caminar á mi modo. Hacia muy grande calor, y habiendo salido muy de mañana para hacer medio dia en la venta de Darazutan, fué tan escesivo el fuego que entró con el dia, saliendo de aquellas matas unas exhalaciones abochornadas, que me abrasaban el rostro, y me quedára mil veces si hallara lugar aparejado para ello. Ví la venta desde lejos, aunque se parece poco por los chaparros y arbolillos que la encubren; me parecia que al mismo paso que yo llevaba, ella se alejaba de mis ojos, y la sed se me aumentaba en la boca: no creí que pudiera llegar á ella, hasta que oí música de guitarras y voces que salian de la misma venta: Ahora, dije, no me puedo engañar, y entrando, hallé mucha gente que iba y venia, haciendo medio dia. Alentéme con ver una tinaja de agua, de que siempre he sido muy apasionado: refresqué, y púseme á oir la música, que siendo ella de suyo manjar tan sabroso al oido, es de creer que en aquella soledad, llena de matas y apartada de poblado, pareceria mucho mejor su melodía que en los palacios reales, donde hay otras cosas que entretienen. Como el calor estaba en su punto, y la venta muy llena de gente, fué menester la suspension que la música pone para poder llevar la fiesta con algun descanso; que esta facultad, no solamente alienta el sentido esterior, pero aun las pasiones del alma mitiga y suspende; y es tan señora, que no á todos se da por grandes ingenios que tengan, sino á aquellos á quien naturaleza cria con inclinacion aplicada para ello; pero los que nacen con ella, son aptos para todas las demás ciencias, y así habian de enseñar á los niños esta facultad primero que otra, por dos razones; la una, porque descubran el talento que tienen, la otra, por ocuparlos en cosa tan virtuosa, que arrebata todas las acciones de los niños con su dulzura.
Aunque un autor moderno inadvertidamente dice que los griegos no enseñaban á los mozos el primer tono, como si no fuera el más grave que muchos de los otros, fué por ignorar la facultad, que quiso decir que no les enseñaban música lasciva, que como por el oido entran en el alma las especies, si es honesta y grave, la suben á la contemplacion del Sumo Hacedor; si es deshonesta con demasiada alegría, la ponen en pensamientos lascivos. Y es tan juez el oido de esta facultad, que me acuerdo que un mozo que cantaba con mucha alegría, vino á ensordecer, y pidiéndole despues que cantase, teniendo la voz tan buena como de antes, hacia tan grandes disparates, que se reian todos de oirle cantar, que realmente el oido es la clavija de la voz humana. Estos músicos cantaron con tanta gracia, que despues de haber comido, se pasó la siesta alegremente. Sacó uno de ellos un demostrador para ver qué hora era, encareciendo mucho la invencion de los relojes, al cual dije, que lo mismo que él habia hecho con el demostrador, se podia hacer con hincar una paja ó un palillo en el suelo, mirando los dedos de sombra que hacia; y con una vasija de agua, faltando el sol, haciéndole un muy sutil agujerito, y señalando las horas con lo que va menguando, y otras invenciones que se pueden hacer. Pasóse lo demás que restaba para caminar en alabar cada uno su profesion, y las invenciones á que más está inclinado, tomando ocasion de la invencion de los relojes. Tratóse de la astrología, de la música, de la invencion de la memoria artificial, porque se halló un caballero, oidor de Sevilla, que hacia milagros con ella. Dijo un escudero viejo que estaba en un rincon espulgándose: Todas cuantas invenciones han dicho vuesas mercedes no tienen que ver con la invencion de la aguja. Riéronse todos, y él, corrido, con mucha cólera dijo: Si no les parece que es así, háganme merced de echar un remiendo con un pedazo de astrología. Á lo cual dijo el licenciado Villaseñor: Cada uno alaba aquello de que se halla más capaz: este señor escudero puede hablar de esta materia, porque usa más del ministerio del agujero. Yo no soy sastre, respondió, sino un escudero tan calificado y tan antiguo, que todos mis antepasados, desde Nuño Rasura y Lain Calvo, han servido á los condes de Lemos. Y si ahora voy á pié, es porque tengo mis caballos dándoles verde en las puentes de Eume. Y con esto echó sobre la guarnicion de la espada unas calzas viejas, y poniéndoselas al hombro, cogió las del martillado. Bien es, dije yo, que cada uno se precie de lo que profesó. Que en Madrid habia un verdugo, que mostrándole á un muchacho suyo, en una horca que tenia en su casa, cómo ahorcaria á un hombre suavemente, y no pegándosele al muchacho la profesion, y aborreciéndola, le dijo el verdugo: ¡Oh! llévete el diablo, que no te se puede pegar cosa buena; pues yo te pondré con un zapatero y morderás el zumaque. Ya que nos queríamos partir dijo el oidor: Cierto, que me dijeron ayer que buscaba cabalgadura para venir este camino Márcos de Obregon, hombre de buen gusto y partes, á quien yo deseo conocer. Así es, dije yo, yo le ví buscar en que venir. ¿Conócelo vuesa merced? preguntó el oidor D. Hernando de Villaseñor. Yo respondí: Sí señor y es grande amigo mio. Subimos á caballo ó á mula, y fuéme preguntando si sabia algunas cosas del Sr. Márcos de Obregon. Yo le dije unas redondillas muy nuevas, tanto que no habian pasado de mis manos á segunda persona, y en oyéndolas despacio, me las repitió luego el oidor de memoria. Él se admiró de las coplas, y yo mucho más de su memoria. Fuíle diciendo muchas cosas, y él refiriéndomelas luego. Confesóme que era memoria artificial, pero que para aprenderla era necesario tenerla muy buena, que sin la natural se aprendia con mucho trabajo y dificultad. Yo le dije: Por cierto la memoria es cosa que parece divina, pues las cosas pasadas las tiene presentes, pero yo la tengo por verdugo de los hombres desdichados, porque siempre les está representando los malos sucesos, los agravios pasados, las desdichas presentes, las sospechas de lo venidero y la desconfianza que tienen en todas las cosas; y siendo la vida, como es, breve, se les abrevia más con la contínua representacion de las infelicidades: y así, á estos tales, mejor les seria el arte de olvidar que el de acordarse. ¿Cuántas vidas habrá costado la memoria de las ofensas, que si no se acordáran no se vengáran? ¿cuántos borrones se han hallado en muchas mujeres por la memoria de los favores y disfavores? Tener buena memoria natural es escelentísima cosa; pero gastar el tiempo en buscar dos ó tres mil lugares, pudiéndolo gastar en actos de entendimiento, no lo tengo por muy acertado, porque para la memoria sirve la estampa, las imágenes, los colosos, estátuas, escrituras, edificios, piedras, señales de peñascos, rios, fuentes, árboles y otras cosas sin número; y para el entendimiento sola la naturaleza lo da y lo enriquece con la leccion de los autores graves y comunicacion de amigos doctos. He visto muchos autores que escriben de esta memoria artificial, y no he visto de estos obras en que se hayan esmerado y dejado por ellas nombres de sus grandes ingenios, que aunque Ciceron, Quintiliano y Aristóteles tocan algo de esta materia; pero no hacen libros de ella, como cosa inferior al entendimiento. Y así D. Lorenzo Ramirez de Prado, caballero muy docto en las buenas letras, así de poesía como de filosofía, tiene muy sujeta la memoria artificial que hace milagros con ella; pero no por principal objeto, sino por curiosidad, porque á quien le sobran tantas partes, no le faltase esta. Y la historia que cuentan de aquel gran poeta lírico Simónides, que habiendo caido una casa sobre muchos convidados, y estando de suerte desfigurados que nadie los conoció, él dijo en qué lugar estaba cada uno, nombrándoles por sus nombres. Yo entiendo que fué acto de memoria natural y no artificial, porque un hombre que iba á comer y brindar al banquete con la libertad que entonces se usaba, no se habia de parar muy despacio á poner imágenes y figuras en lugares imaginados, naturales y artificiales, ni acordarse cargando la imaginacion de más carga de la que el vino les ponia en tiempo que tan pocos aguados se usaban, y habiendo sido aquel mismo dia, yo creo que sin artificio se hizo.
El autor de este libro, habiendo salido de casa de sus padres niño estudiante, volviendo con canas á ella, conoció y nombró por sus nombres á todos los que habia dejado niños, hallándolos con barbas y canas, y ningun nombre ni costumbres dejó de decir de cuantos venian admirados de verle. ¿Y no se dice por cosa de admiracion, que Cinea embajador del rey Pirro, en dos dias que estuvo en Roma, conoció y nombró por sus nombres á todos los moradores della? Mitrídates, rey del Ponto, negociaba con veinte y dos naciones que tenia sujetas en el propio lenguaje de ellas. Julio César en un mismo tiempo leia, escribia, dictaba y oía cosas importantísimas, y por eso se hace particular mencion dellas, que hombres ordinarios hay algunos que hacen milagros con la memoria natural. En Gibraltar habia un conocedor de D. Francisco de Ahumada Mendoza, llamado Alonso Mateos, que á treinta mil vacas que habia en la Sauceda, las conocia á ellas y á sus dueños, y las nombraba por sus nombres, dando á cada uno la que era suya. Y á todos los bandoleros que venian de diversas partes, de una vez los conocia y sabia los nombres. Todo esto he traido para que no parezca memoria artificial la de Simónides, y para que sepan que con solo ejercitarla se aumenta y crece, como se ve en estos conocedores, que siendo hombres toscos, muchos hacen lo mismo que el dicho. Y en Madrid anda un gentil hombre, llamado D. Luis Ramirez, que cualquiera comedia que ve representar, va á su casa y la escribe toda, sin faltarle letra, ni errar verso: pero hay diversas maneras de memoria, unas que se acuerdan de las palabras, y otras que se acuerdan de las cosas; como es Pedro Mantuano, que de infinitas historias que ha leido, no solamente no se le han olvidado, pero en cualquiera tiempo que le pidan, ó que se ofrezca tratar de alguna de ellas, las tiene tan presentes como cuando las iba leyendo, y los nombres propios contenidos en ellas; y de los versos todos los que ve á segunda no se le olvida ninguno. Á todo esto el oidor estuvo callando y loando mucho la que yo habia mostrado; y así dijo, que la artificial, más era para una ostentacion, que para estar siempre cansándose en ella y con ella. Y tornando á mis alabanzas, sin conocerme, dijo que deseaba mucho conocer á Márcos de Obregon, lo uno porque eran vecinos en los pueblos, porque él era de Cañete la Real, y Obregon natural de Ronda: y preguntóme qué traza de hombre tenia, qué trato, y qué proceder; y le respondí: La proporcion y traza de su persona es de la misma manera que la mia, y el trato y proceder el mismo que el mio, que como somos tan grandes amigos, yo le sigo á él y él á mí. Por cierto si él tiene, dijo el oidor, semejanza á la apacibilidad que vos habeis mostrado, con mucha razon tiene el nombre que le da el mundo. El oidor por todo el camino me fué regalando: de manera, que descubrió la nobleza heredada y adquirida en aquel viaje, en su ánimo, bondad y liberalidad. Íbamos por toda Sierra-Morena, mirando cosas estraordinarias, que como es tan grande, ancha y larga, que atraviesa á toda España, Francia é Italia, hasta que se va á entrar en la mar por la canal de Constantinopla, aunque con diversos nombres, habia mucho que ver y notar en ella. Topamos en un arenalillo una culebra con dos cabezas, de que se admiró el oidor, diciendo que lo habia oido decir, y hasta entonces no lo habia creido. Ni aun ahora lo creo, dije yo, que un cuerpo tenga dos cabezas: y noté que no se movia bien, ni huia de las bestias. Díjele á un mozo de mulas que le diese con la vara, y él lo hizo así; y en dándole vomitó un sapon que habia ya tragado, hasta la cabeza que estaba por tragar, con que se deshizo el engaño que deben tener muchos. Así deben ser, dijo el oidor, muchas cosas que nos dicen que nunca las vemos, como es lo de la salamandra. Yo estaba, le dije, incrédulo en eso, hasta que á dos personas de crédito y bondad les oí decir que junto á Cuenca, en un pueblecito que se dice Alcantuz, habiéndose caido un horno de vidrio, hallaron pegada al mismo mortero donde baten las llamas del fuego una salamandra; y por ser persona de crédito lo creí, y no se han engañado los que lo traen siempre por comparacion.


DESCANSO XV.
C
Como el hombre naturalmente es animal sociable, que apetece la compañía, el oidor se halló tan bien con la mia, que no se sufrió un punto de division en todo el camino que pudimos ir juntos. Tenia y tiene muy gallardo entendimiento, con que movia de lo que se ofrecia á la vista muy gentiles cuestiones, á que yo le respondia lo mejor que pude y supe. Y si algun hombre de traza se nos juntaba de su misma profesion, le sacaba preguntas, ó daba ocasion que se las hiciesen; á que respondia gallardemente. Pegósenos un clérigo de un pueblecillo de por allí cerca, y yendo caminando, iba rezando sus horas en voz que lo pudiesen oir los alcornoques y robles, de suerte que nos interrumpia la conversacion, y él cumplia mal con su obligacion. Preguntóle el oidor: ¿No se podria dejar eso para la noche, para que se hiciese con el silencio y devocion que se requiere? Oh señor, respondió el clérigo, diónos la Iglesia esta pension, que aun caminando habemos de rezar: ¿por qué no ordenará que yendo un clérigo cansado, y pensando en sus negocios, y en el fin que han de tener, no rezára caminando? Respondió el oidor: Porque la Iglesia no cria á los clérigos para correos, sino para rezadores. Bien respondido está, dijo el clérigo. Y quedó con esto muy satisfecho: topamos un muchacho medio rapado, que por andar no tanto como las cabalgaduras, en alcanzándole preguntó el oidor: ¿Á dónde vas, mozo? Él respondió: Á la vejez. Oidor: No digo sino ¿qué camino llevas? Muchacho: El camino me lleva á mí, que yo no lo llevo á él. Oidor: ¿De qué tierra eres? Muchacho: De Santa María de todo el mundo. Oidor: No te digo sino ¿en qué tierra naciste? Muchacho: Yo no nací en ninguna tierra, sino en un pajar. Oidor: Bien juegas del vocablo. Muchacho: Pues siempre pierdo por bien que juego. Oidor: Este muchacho no debe de ser parido como los otros. Muchacho: No, porque nunca me he empreñado. Oidor: Quiero decir, pues no dices dónde naciste, no debiste salir de madre. Muchacho: ¿Pues soy yo rio para salir de madre? Oidor: Á fé que no teneis la lengua muy ruda. Muchacho: Si fuera ruda no la trujera tan cerca de las narices. Oidor: ¿Tienes padre? Muchacho: Antes por no tener muchos vengo huyendo, porque me metieron fraile, y habia tantos padres, que no podia sufrirlos. Oidor: ¿Y es mejor andar como correo? Muchacho: Por huir de la correa bien puede ser un hombre correo. Reímonos mucho con el muchacho, y en llegando cerca de una ventilla que está junto á un arroyo algo profundo, entre dos cerros, nos dijo el mozo de mulas: Aquí habemos de parar, porque nos darán buen recaudo, y la ventera es muy hermosa y aseada, y si pasamos adelante habemos de caminar de noche más de tres horas. Él hizo fuerza, prometiéndonos camas, que á lo que pareció, la ventera era su conocida más de lo que fuera razon. Entramos en la venta, y luego se presentó la huéspeda muy boquifruncida, vestida de un colorado oscuro, y una ropa encima de lienzo blanco, llena de picaduras, y preguntóme el mozo de mulas: ¿Qué le parece á vuesa merced? Yo le respondí: Paréceme asadura con redaño. Y dijo el oidor: Está vestida de vírgen y mártir. Bien dice vuesa merced, dije yo, mas está la castidad por defuera, y lo mártir por dedentro, y como hay muchas matas por aquí, está muy rota la castidad. Cada uno habla como quien es, dijo la ventera. Volví la hoja, porque la ví corrida del apodo, y el mozo de mulas enojado; y le dije: La verdad es que vuesa merced está muy deseada y hermosa, que tiene cara, no para aquí, sino para estar muy bien empleada. Quedó muy contenta, que era fácil de condicion, y sacónos muy buenas perdices, con que cenamos. Ella muy contenta, despues de haberle dicho que lo hacia como cortesana, nos dijo: Camas habrá para vuesas mercedes, aunque para el friecillo que por aquí hace hay pocas mantas. Dijo el muchacho frailesco: De esas no faltarán, que con las que ha echado el mozo de mulas se puede abrigar Búrgos y Segovia. No se burle conmigo, dijo el mozo de mulas, que le haré ver estrellas á mediodía. ¿Pues sois vos la Epifanía? dijo el muchacho. Respondióle el otro: Soy la puta que os parió. Y aun por eso, dijo el muchacho, salí tan grande bellaco.
Dijéronse muy graciosas cosas el muchacho y el mozo de mulas, con que se pasó buen rato. El oidor preguntó al muchacho: Dí por tu vida, ¿de dónde eres? Yo, señor, respondió, soy andaluz de junto á Úbeda, de un pueblo que se llama la Torre Pero Gil, inclinado á travesuras; y como por ser pequeño el pueblo no podia ejecutarlas, hurté á mi padre cuatro reales, y fuíme á Úbeda, donde mirando las casas de Cobos estaban jugando turron, y con la codicia del comerlo púseme á jugar los cuatro reales, y habiéndolos perdido, sin probar el turron, arriméme á un poste de aquellos soportales, que están allí cerca, y estúveme hasta que ya era de noche desconsoladísimo; llegó un viejo, preguntóme: ¿Qué haceis aquí, gentil hombre? Respondí: Tengo este poste que no se caiga, ¿por qué lo pregunta? Porque si no teneis, dijo, donde dormir, allí hay un banco de un tundidor, y os podeis acostar en aquella borra. Y esa borra, dije yo, ¿podrá borrar mis borrones y desdichas? ¿Pues tan temprano os quejais de ella? dijo el buen hombre. ¿No quiere que me queje, respondí yo, si desde que salí de casa de mi padre todo ha sido infelicidades? ¿De dónde sois? preguntó. De muchas leguas de aquí, respondí yo. Mirad, hijo, dijo; para los hombres se hicieron los trabajos, y quien no tiene ánimo para resistirlos, en ellos perece; que comenzando tan temprano á sentirlos se os harán más fáciles cuando seais hombre: los que se andan ovachones no tienen esperiencia de cosas, y así nunca estiman el bien, que el trabajo habilita á un hombre, y le hace capaz para todas las cosas: yo salí de casa de mis padres de vuestra edad, y por mi virtud he llegado á tener un oficio muy honrado de almotacen de esta ciudad. Bien adelante ha pasado, dije yo, no se deshaga de él; pero quien no tiene blanca, ¿cómo podrá pasar tan adelante? Si sois de tantas leguas, dijo, como decís, no es maravilla haber gastado, y pasado trabajos. ¿Dónde es vuestra tierra? En la Torre Pero Gil, respondí; rióse, y díjele: ¿Parécele que para contar trabajos es poco tiempo? Así como salí, que fué de noche, me colé en una viña, donde metí tanta uva llena de rocío, que si no buscára por donde salir, reventára, y no pudiera llegar á Úbeda, y ya que llegué con este trabajo me sucedió jugar cuatro reales que traia, y quedarme sin dineros y con hambre y mucha sed, sin posada y cama. Pues id, dijo, allí, y la hallareis. Fuí, y acomodando la borra, tendíme sobre ella; parece que descansé un poco, y á media noche fué tan grande la mudanza de la serenidad en borrasca y viento, que pensé no llegar á la mañana, porque el aire furioso entraba en el banco, haciendo polvo de la borra para los ojos, y charco de agua para todo el cuerpo: y sobre todo, los cochinos que andaban paseándose y buscando la vida por aquellas calles, acudieron á los bancos de los tundidores á repararse de la tempestad, y pensando que estaba solo el mio, entraron gruñendo una docena de ellos, hocicando en la borra, que aínas me borráran toda la cara; pero sufrílos y halaguélos, por el abrigo que me causaban, y aunque con ofensa de las dos ventanas, llegué á la mañana, no muy limpio ni oloroso, pero con algunos palos, porque el mozo del tundidor antes de amanecer llegó á echar los cochinos con una varilla de fresno de tres dedos de gordo, y pensando que daba en ellos, pegaba tambien en mis espaldas, con que se me quitó el sueño y la pereza. Pasé mi trabajo, aunque él no se me pasó, porque siempre iba de mal en peor, que adonde quiera que iba, ó me buscaba el mal, ó yo lo buscaba á él: que los muchachos mal inclinados, en tanto son buenos, en cuanto la fuerza les hace que no sean malos. Fuíme de Úbeda á Córdoba, donde topé un fraile mozo que iba á estudiar á Alcalá, y diciéndome si queria acompañarle, le dije: Que de muy buena gana, porque comia y bebia muy bien de limosna, que por los pueblos y ventas le daban. Agradóle tanto mi bachillería, que me alabó mucho en un monasterio de su órden, donde me dieron el hábito con mucho gusto. La tentacion de hambre que pasan los novicios, aunque la oía decir, no la creia hasta que la esperimenté, que cuando acabábamos de comer, cogíale al refitolero un panecillo para comer entre dia; pero á la segunda vez que lo hice me lo cogieron, tratándome mal. Usé una traza muy buena, que hinqué cinco ó seis clavos por la parte de abajo en las tablas de mi cama, y en cogiendo el panecillo iba corriendo y espetábale en un clavo de aquellos; venian tras de mí, y como no lo hallaban, echaban la culpa á otro.
Pasé de esta manera algunos dias, con que almorzaba y merendaba á mi gusto, y otros por mi culpa lo padecian: y estuviera hasta hoy secreto, si no fuera por una travesura que hice contra el maestro de novicios, que habiéndole enviado un tabaque ó canastillo de unas tortas hermosísimas de bizcochos, le cogí dos en volviendo la cabeza, y fingiendo que iba á otra cosa, fuí en un instante y espetélas en los clavos: volví muy mesurado, púseme á leer, echó menos las tortas y fué de presto á mi cama: miróme todo el cuerpo y los librillos, y no hallando lo que buscaba, quiso ver si estaba debajo de la cama, metiendo la mitad del cuerpo, y al fin dijo: Aquí no hay nada, vamos á otra parte: estaba yo ya muy seguro y muy contento; pero al tiempo que fué á sacar la cabeza de debajo de la cama, topó con el colodrillo en un clavo de aquellos, y como se lastimó, miró lo que era, y halló en los clavos sus tortas y mis panecillos. Asiéronme, poniéndome el cuerpo como tablilla de pintor; mire vuesa merced si es mejor la correa que el correo. Dejáronme aquella noche, á su parecer, que no podria volver sobre mí; pero yo cogí mi hatillo, y aviándome hácia el camino, enviaron tras mí dos mozos que servian al monasterio como donados, y por saber la tierra mejor que yo, cogiéronme la delantera tan de mañana, que cuando salí los ví de lejos puestos en lugar que no tenia remedio sino que me habian de coger, pero como la necesidad es tan grande trazadora de remedios, hallélo en un colmenar que estaba junto al camino; y así como los ví entréme en el colmenar, derribando más de veinte colmenas, y poniéndome entre ellas, sin hacer movimiento poco ni mucho, porque las abejas no acometen sino á quien lo hace, y entrando ellos á acometer, las abejas, por defender su jurisdiccion, los recibieron con sus armas al tiempo del asalto de las murallas, y como ellos se defendieron con las manos, cuanto más jugaban de ellas, tanto mayor número de abejas acudia. Alborotado el ejército y puesto en arma, desampararon las tiendas de la retaguardia, y viniendo á socorrer la vanguardia, fué tan grande el concurso, que les hacian sombra á los pobres verdugos. Yo, vista la batalla que por mí se habia trabado, y viendo la seguridad con que podia escabullirme, con el mayor silencio que pude, me salí á gatas del real por entre unas jaras, que para encubrirme estaban más espesas que las abejas para mis contrarios, que entrándoseles por las muñecas y pescuezo, no les daban lugar á la defensa. Aunque lo primero que hicieron fué cargar tan increible número á la frente y ojos, que un momento los cegaron de manera que cuando quisieron salir ya no acertaron, ni veian por dónde. Acudió el dueño del colmenar á sosegar sus soldados, armado con sus armas defensivas, y halló de suerte á los miserables mozos, aporreados y llenos de chichones, que en lugar de reñirles el daño hecho en su real, hubo de sacarlos muy lejos de la gente alterada y colérica, porque no los acabasen de matar. Seis dias há que vengo huyendo de los azotes que me habian de pegar si me cogieran. Entretuvo el muchacho toda la gente de la venta con sus sucesos con gusto y risa. Yo le dije: Al fin hallaste misericordia en las abejas, que haber sido sin daño de tercero, fuera el más feliz suceso del mundo: pero como tenemos más obligacion á nosotros propios naturalmente que á los otros, buscamos remedio para nuestros daños en los agenos, aunque ha de procurar un hombre su bien sin mal del prójimo, porque lo demás es contra caridad. Dijo el muchacho: Sea como fuere, que siempre oí decir que tiene un hombre obligacion de guardarse á sí propio: que un cordero mató á un lobo por huir de él en una trampa que habia puesto el pastor muy encubierta de yerba, con una culebra muerta puesta encima. Vió el lobo que venia muy determinado á cogerlo, y corriendo el cordero hácia donde estaba su pastor, cuando llegó á la trampa, vió la culebra, y espantóse de ella, dió en la trampa, y quebróse las piernas. Y si un cordero sabe defenderse con daño ageno, ¿por qué no lo hará un hombre? Con esto se fué cada uno á su cama, espantados de la bachillería del muchacho.


DESCANSO XVI.
S
Salimos de la venta, y aunque gustáramos llevar al muchacho con nosotros, él andaba tan poco, que el oidor le dió dineros para que se fuese á su espacio. Ya que habia salido á puerto de claridad ó de seguridad, y admirándome de la diversidad de los ingenios, dije: ¡Cuán pocas esperanzas se pueden tener de estos muchachos que muestran en sus principios agudeza y bachillería, que no les queda profundidad para las cosas de veras y de substancia! El entendimiento capaz de las cosas, nunca anda vacilando ni variando en cosas de poco momento: que á los principios, para conmigo, da mayores esperanzas el que comienza más callado que no el que descubre con locuacidad todo cuanto tiene en el alma. Que siendo el entendimiento la más principal parte de ella, y no siendo ella habladora, tampoco lo será el buen entendimiento. Cuando un hombre está ya sazonado, y habilitado el ingenio en las veras, y con la experiencia, bien enterado en la verdad, que sea locuaz, tiene caudal para serlo; pero que no teniendo esta capacidad bien fundada sea hablador y atrevido, ni creo en él, ni en quien hiciere mucho caso de él: pero con todo eso, estos que hablan mucho son para la soledad del camino de provecho, porque si los oyen entretienen, y si no los oyen, dan lugar á que mientras hablan piense cada uno en su negocio. El oidor disputó un rato muy doctamente del entendimiento, la memoria y la imaginativa, que no es para este lugar, y todo el camino me fué preguntando por cosas de Márcos Obregon con grande aficion. Llegamos á Córdoba, donde fué forzoso el apartarnos, y me rogó encarecidamente al separarnos que le dijese el deseo que tenia de conocerlo, y que si algun tiempo fuese á Sevilla, fuese derecho á su casa. Y con esto llegando á la puente del Guadalquivir, dividímonos cada uno por su camino, y en habiéndonos apartado cosa de cien pasos, yo le dije recio, que lo pudiese oir: Señor oidor, yo soy Márcos de Obregon; y picando con toda la priesa posible, cogí el camino de Málaga ó de Gibraltar, que á uno de estos lugares era mi viaje. El oidor quiso volver á llamarme, y como yo me dí priesa, fué diciendo á sus criados: No en balde me hallaba yo tan bien con la compañía de este hombre, que cierto le he cobrado un amor, sin saber quién era, que haria cualquiera cosa por él. Yo me avié á una de estas ciudades, de cuya templanza yo tenia satisfaccion que para la vejez son apacibles, por el poco frio que hace en ellas; y por la variedad que tienen consigo los puertos de mar, por la cercanía y correspondencia que tienen con África, fuera de tener lugares acomodados para la soledad. Llegué á Málaga en tiempo que habia llegado el mismo dia el bergantin del Peñon, de que era capitan Juan de Loja, muy valiente soldado, que habia recibido y dado muchas heridas á moros y turcos, y traia una presa muy apacible. Fuíle á ver por ser muy amigo mio, y dándonos los parabienes cada uno de la venida del otro, me dijo que habia topado con un barco muy trabajado de una borrasca, y habia cogido en él una doncella turca y un gentil hombre, que debian de ser hermanos, ella muy hermosa, y el mozo de gallardo talle y algo españolados, tanto que se habian espantado por ser nacidos en África, é hijos de infieles. Roguéle que me los mostrase, por tenerles muy guardados, para hacer un presente de ellos. Él me dijo: Antes, pues habeis estado en Argel, quiero que sin veros los oigais hablar, por ver si tratan verdad. Entró donde estaban, quedándome yo á la puerta, y díjoles: Contadme la verdad de vuestra historia, ya que es forzoso vuestro cautiverio, para que conforme á esto os haga el tratamiento que merecen vuestras personas. Estaba el mozo muy triste, y la doncella deshecha en lágrimas, suspiros y sollozos; consolándolos su amo, el mozo dijo de esta manera: Que la privacion de la preciosa libertad nos traiga tristes y afligidos, la misma naturaleza lo pide; que carezcamos de nuestra tierra, padres y regalos que poseimos, por fuerza se ha de sentir; que dejásemos hacienda, esclavos y grandeza de nuestra voluntad, soledad nos causa; pero que no consigamos el intento á que venimos, nos arranca el corazon del pecho.
Mi hermana y yo, que lo somos cierto, nacimos en Argel, somos hijos de un español que del reino de Valencia se pasó á Argel. Casóse con nuestra madre, que es turca de nacion. Es nuestro padre corsario que trae por la mar dos galeotas suyas, con que ha hecho mucho mal á cristianos. Entre los cautivos que robó en España, vino uno á quien nuestro padre nos dió para maestro de la lengua y letras españolas, que como nos encarecia tanto las cosas de su tierra, nos encendia en amor y deseo de ver y haber lo que tanto estimaba: este esclavo español se dió tan buena priesa en la doctrina que nos enseñó, que dentro de pocos dias teníamos aborrecida la que habíamos mamado en la leche, y abrazada en el corazon la del bautismo. Si yo nombraba á Jesus, mi hermana á su madre María: no teníamos otra comunicacion sino esta. Hicimos voto en voz de vivir y morir en la religion cristiana. Diónos palabra este esclavo de buscar modo cómo nos bautizásemos. Han pasado ocho años que fué á su tierra, y al cabo de estos nos dijeron que en saliendo de Argel lo habian cautivado las galeras de Génova, y le habian muerto entendiendo que era nuestro padre. Desconfiados ya de su aviso ó venida, determinamos de buscar por otra parte remedio. En este tiempo, como ya mi hermana tenia edad para tomar estado, y yo era el mayorazgo de aquella hacienda, concertó nuestro padre con un turco muy rico, que tenia hijo é hija de nuestra edad, de trocar y casar hijo con hija, é hija con hijo, y habia sido este deseo general en todo Argel, porque aunque tenia mi hermana y yo libertad con riqueza, nunca nos vió nadie con resabios de tales, que si bien éramos estimados, ella por su mucha hermosura, y yo por sucesion de mi hacienda, nunca nos empeció que olvidásemos la libertad cristiana que nos enseñó nuestro maestro, y por brevedad de nuestras desdichas, viendo tan cerca nuestros casamientos por donde habíamos de borrar de nuestra alma los ardientes deseos que conservábamos en el pecho; mi hermana y yo aguardamos á que nuestro padre hiciese una jornada hácia levante para traer alguna presa con que enriquecer más nuestro nuevo estado, y en echando las galeotas al agua, nos fuimos á una heredad, y comunicando el caso con cuatro esclavos españoles, dos turcos, y seis italianos prácticos en toda la costa de España; y estando mi madre segura y descuidada, por estar mi hermana en mi compañía, cogimos al anochecer un barco, y con todo el silencio del mundo, batiendo los remos fuertemente, nos dimos tan buena priesa, que al amanecer descubrimos la costa de Valencia; pero yendo con esta buena suerte, nos vino un viento de hácia levante que nos hizo bajar la vela, y nos echó hácia poniente con tanta furia, que no fuimos señores del barco, porque venian sobre nosotros tan levantados montes y breñas de agua, que mil veces nos vimos debajo de las olas sumergidos; y como yo y mis criados llevábamos el cuidado puesto más en salvar á mi hermana que á nosotros propios, una vez esperando un peñasco de agua que venia á tragarnos, tendióse ella de bruces sobre el suelo del barco, y á cuatro que se pusieron á resistir la fuerza por que no llegase á ella, se les sorbió la ola, y nunca más parecieron. Rendímonos á lo que el cielo ordenase despues de haber atado á mi hermana, de suerte que no se la llevasen las olas aunque padeciese naufragios el barco, y á los que llevaban los remos en las manos, se los arrancó de ellas el soberbio viento, dejándoles los brazos mancos. Yo, visto que solo Dios podia socorrernos, mandéles que no hiciesen defensa, porque el barco sobre aquellas poderosas olas, andaba como cáscara de nuez, siempre encima, aunque una vez, viendo que se volvia boca arriba, yo me abracé con mi hermana, que me valió la vida, porque á los demás que iban sueltos los voló, sino fueron á dos que se asieron á los dos bordes del barco. Vino á sosegarse un poco el viento, pero las olas movidas del levante inexorable quedaron por dos dias en su fuerza, andando sin gobierno cinco ó seis dias, sin poder comer lo poco que nos habia quedado: como no tenia remos, ni quien los gobernase, acordéme que aquel nuestro ayo ó esclavo nos dijo, que los que se encomendaban á Dios, tomando el sagrado bautismo, habian de pasar los trabajos con mucha paciencia y esperanza; y consolámonos con esto. Mi hermana vuelta en sí comenzó con muchas veras á rezar en un rosario que le habia dejado Márcos de Obregon, que así se llamaba nuestro maestro, y en esto descubrimos vuestro barco, no con intento de ponernos en defensa, que aquellos dos turcos que vuestro valeroso brazo mató, los traíamos ya con celo de bautizarse: llegamos á tierra de cristianos, donde suplicamos á Dios nos dé paciencia y nos cumpla nuestro deseo. Acabó su razonamiento, y la hermana no el llanto que habia comenzado desde el principio del cuento. El capitan, piadoso y enternecido, les dijo: Si lo que habeis contado con tanta terneza es verdad, yo os daré libertad y todas las joyas que tengo vuestras, y les dijo: ¿Conocereis á Márcos de Obregon si lo veis? Respondió la doncella: ¿Cómo lo habemos de ver si es muerto? Dijo el capitan: Salid afuera, y mirad si es alguno de los hombres que están ahí. Alborotáronse confusos entre esperanza y temor, y la doncella con mayor turbacion, porque el amor hizo memoria de lo pasado, y la religion le facilitó su ardiente deseo de ver á quien los habia enseñado; salieron afuera, y en viéndome se arrojaron á mis piés, llamándome padre, maestro y señor; quedé en éxtasis por algun espacio sin poder hacer otra accion sino admirarme, afirmando que cuanto habian contado era verdad: en sosegándome de la súbita alteracion, lloré tiernamente con ellos, que tambien el contento tiene sus lágrimas piadosas, como el pesar congojosas: el capitan quedó espantado del caso, y habiéndoles consolado con sus palabras y mi presencia, les dijo: No quiera Dios que yo cautive á cristianos; libertad teneis, y vuestras joyas, de que yo he sido no poseedor, sino depositario veislas aquí (entre las cuales ví un rosario que yo le habia dado á la doncella), usad de la libertad cristiana, pues tan venturosos habeis sido en llegar á ejecutar vuestro soberano intento. La alegría que yo sentí en ver aquellas dos prendas, que en mis trabajos y cautiverio me alentaron y consolaron, me volvió, si se puede decir, á la mocedad pasada: que el pecho con alegría entretiene la vida; y la alegría fundada en bien, engendra paz en el alma. Hablé grandes ratos con ellos de mis trabajos y sus consuelos, que siendo pasados, bien pueden traerse á la memoria, pues causan, á la medida del pasado mal, la presente alegría. Los virtuosos mozos cobraron tanta en verme, que se les borró del rostro la tristeza del trabajo pasado. Dimos órden en su vida con ayudarles á cumplir lo que tanto deseaban; y fué la mudanza de sus acciones exteriores tan conocida, que nos dió ejemplo de vida á todos. Aviáronse á Valencia á conocer los parientes de su padre, donde vivieron con tanto consuelo del alma, que tuve nueva que acabaron sus vidas con grande ejemplo de virtud cristiana.


DESCANSO XVII.
P
Parecióme que para la quietud que yo deseaba, el bullicio de Málaga, y las ocasiones de la tierra y mar, con el apacible trato de la gente, siendo yo conocido en ella, no se podia hallar á la medida de mi deseo, y la ejecucion del intento principal; fuíme á la Sauceda de Ronda, donde hay lugares y soledades tan remotas, que puede un hombre vivir muchos años sin ser visto ni encontrado si él no quiere. Púsome en camino un buen hombre, y porque no pasase sin trabajo, llegando á la Sabinilla, se desembarcaron dos bergantines de turcos, saltaron en tierra, y cogieron pescadores y vaqueros, cuantos hallaron por allí; porque aunque habian hecho ahumadas, no las echamos de ver hasta que dimos en manos de los moros, que nos maniataron y llevaron á los bergantines; pero de verse tan señores de la tierra, descuidáronse, hinchando las panzas de vino de lo que hallaron en una hacienda de pesca; de manera que todos, ó la mayor parte se emborracharon; dan sobre ellos la gente de Estepona y Casares, y los demás que vivian cerca viniendo al rebato, cautivando y matando, se escaparon muy pocos. Los que estábamos en los bergantines maniatados, pedimos á los guardas, que si querian vivir nos desatasen y echasen en tierra; lo cual hicieron, y les valió para poderse aviar, porque desatando á un vaquero con los dientes, hombre de fuerza y ánimo, cogió un remo como si fuera una vara de medir, y jugando de él, hizo que nos desatasen á todos y nos echasen en tierra. Afligíme de nuevo, acordándome de mis trabajos de mar y tierra, que aunque han sido muchos, siempre hallé piedad y misericordia en ellos, como en este, que viéndome un hombre anciano en edad, aunque robusto y fuerte en las acciones de hombre de valor, vecino de la villa de Casares, que decian ser un Abraham en piedad, porque su casa y hacienda era siempre para hospedar peregrinos y caminantes; llegóse á mí, y dijo: Aunque siempre la piedad me llama á semejantes cosas, ahora parece que me hace más fuerza que otras veces, viéndoos afligido y con edad; idos conmigo á mi casa, que aunque es pobre de hacienda, es abundantísima de voluntad, y nadie hay en ella que no se incline á piedad tan entrañablemente como yo: no solamente mi mujer é hijos, pero criados y esclavos, que tanto tiene el hospedaje de bueno, cuanto tiene de concordia en el amor de todos. ¿Cómo es el nombre, pregunté yo, de quien tanta piedad usa conmigo? que fuera de la caridad, que tanto resplandece en vuestra persona, hay en mí otra fuerza superior que me abrasa el pecho en amaros. Yo, respondió, soy un hombre no conocido por partes que en mí resplandezcan, contento con el estado en que Dios me puso, pobre bien intencionado, sin envidia al bien ageno, ni de las grandezas que suelen estimarse; trato con los mayores con sencillez y humildad, con los iguales como hermano, con todos los sugetos como padre. Alégrome cuando hallo mis vaquillas cabales, castro mis colmenas, hablando con las abejas como si fueran personas que me entendiesen; no me pongo á juzgar lo que otros hacen, porque todo me parece bueno; si oigo decir mal de una persona, mudo conversacion en materia que les pueda divertir; hago el bien que puedo con lo poco que tengo, que es más de lo que yo merezco, que con esto paso una vida quieta, y sin enemistades que destruyen la vida. Dichoso vos, dije yo, que sin andar contemporizando las pompas y soberbias del mundo, habeis alcanzado lo que todos desean poseer. ¿Pues cómo habeis caminado á tan quieta vida? Respondió: No desprecio de lo propio, no envidio lo ageno, no confio en lo dudoso, no reparo en recibir lo que viene sin alteracion de ánimo. Quien tal estado alcanza, dije yo, bien es que publique su nombre. No es mi nombre, dijo, de los conocidos por el mundo, sino á la manera de mi persona, llámome Pedro Jimenez Espinel. Dióme una aldabada en el corazon, pero soseguéme, prosiguiendo en la conversacion para entretener el camino hasta llegar al lugar; y preguntéle: ¿Y con esa vida tan segura teneis alguna pesadumbre que os inquiete? Por Dios, señor, respondió, si no es cuando no hallo la hacienda bien hecha, ó la comida por aderezar, no tengo pesadumbre, y esa con leer el Memorial de la vida cristiana de fray Luis de Granada, se me quita como por la mano. ¡Cuántos filósofos, dije yo, han procurado esa sencillez y no la poseyeron con cuantas observaciones han tenido en los preceptos de la filosofía moral y natural! No me espanto, dijo el buen hombre, que como la mucha ciencia engendra en los hombres algun desvanecimiento, sin humildad no se puede alcanzar esta vida, que como yo soy ignorante, abracéme desde mi niñez con la virtud de paciencia y humildad que conocí en mis padres, y héme hallado bien con ella; pero pues habeis andado por el mundo, podrá ser que hayais conocido por allá un sobrino mio que há muchos años no sabemos de él, que segun nos han dicho, anda en Italia, y á cuantos hospedo en mi casa, fuera de ser la obra buena, en parte lo hago por saber de mi sobrino. ¿Cómo se llama? pregunté, y respondióme con mi propio nombre. Sí le conozco, dije, y es el mayor amigo que tengo en el mundo. Él es vivo, y está en España, y bien cerca de aquí; donde sin andar mucho le podreis ver y hablar. Holguéme en el alma de conocer mi sangre, y tan bien fundada en las virtudes morales cristianas, que pudiera yo imitarle si fuera tan puesto en la verdad de las cosas como era razon. Él se holgó de las nuevas que le dí, aunque por entonces no me dí á conocer hasta que hube mudado estado. Que realmente la carne y sangre, y tan cercana como esa, tiene algo de estorbo para la ejecucion de los intentos buenos que apetecen soledad. De todos los valerosos hombres en religion tenemos noticia que han huido á los desiertos de la compañía de parientes y amigos que pueden ser impedimento para los buenos fines. Los actos del alma en la soledad están más desembarazados y libres. Obras de ingenio no quieren compañía. El vicio tiene menos fuerza cuando las ocasiones son menos. Las más escelentes obras de varones señalados se han fraguado en las soledades. Y quien quisiere adelantarse en cosas de virtud, ora sea en ejercitarla, ora sea en escribir de ella, se hallará más fácil y pronto para semejantes acciones. Y aunque la soledad por sí no es buena, no está solo quien tiene á Dios por compañero.


DESCANSO XVIII.
Y
Y para cortar razones, llegué á la Sauceda, donde lo primero que encontré fueron tres vaqueros con muy largas escopetas, que me dijeron: Apéese del macho. Yo les repliqué: Mejor me hallo á caballo que á pié. Pues si tan bien se halla, dijeron ellos, cómprenoslo. Eso seria, dije yo, quedar sin macho y sin los dineros que no tengo. ¿Quién son vuesas mercedes, que me venden el macho que yo compré en Madrid? Despues lo sabrá, respondieron, y ahora apéese. Cierto, dije yo, que me huelgo, porque no he visto más mala bestia en mi vida, maliciosa, ciega y llena de esparavanes, y con más años acuestas que una palma vieja, tropieza cada momento, y se arroja en el suelo sin pedir licencia; solo una cosa tiene buena, que si le ponen un alcalí de cebada no se moverá hasta tener sed. Pues con todas estas faltas lo queremos, dijeron. Al fin me bajé de ella, y rindiéndoles las faldriqueras, como no hallaron substancia en ellas, dijeron que habian de desollar al macho, y meterme en el pellejo si no les daba dineros. ¿Pues soy yo cofre, les dije, que me quieren aforrar del pellejo del macho? ¿ó quieren abrigarme por el frio que me ha causado el temor de ver las escopetas? Con el buen ánimo que conocieron en mí, se desenconaron del ruin que ellos tenian; y porque al mismo tiempo venian otros cinco ó seis furiosos por asir á un hombre que se defendia de ellos valerosamente, dando y recibiendo heridas, á los cuales mandó su caudillo que no le matasen, porque tan valiente hombre seria bueno para su compañía; mas él, con valeroso pecho, dijo que no queria sino que le matasen si pudiesen. ¿Por qué? preguntó su cabeza, aquietándoles y sosegando á él. Porque á quien tal desdicha como á mí le ha sucedido, no há menester vivir. Miré al hombre, y pareciéndome que era el doctor Sagredo, á quien yo habia comunicado en Madrid, aunque con trage diferente, porque él era médico, y allí venia como soldado desgarrado, pero siempre hombre muy de hecho, y así no me determiné en que fuese él mismo. Sosegáronse, y él con grandes ansias reprehendia la piedad de los salteadores porque no le mataron, y con ardientes suspiros clamaba al cielo, diciendo: ¡Oh rigores de las estrellas, desdichas entrañables solamente mias, mudanzas de fortuna, planetas verdugos de mi quietud y sosiego, que habiéndome librado de tan inmensos peligros por mares y tierras no conocidas, me viniese á tragar la furia del mar mi dulce compañía, mi regalada esposa, despues de haberme seguido y acompañado en tan importunos trabajos, y que fuese yo tan para poco que no me arrojase en las levantadas olas para acompañar en la muerte á quien me acompañó en la vida! Tantas ternezas dijo, que movió á compasion á la más mala canalla que habia en el mundo en aquel tiempo, que en hábito de vaqueros andaban trescientos hombres robando y salteando á quien no se defendia, y matando á quien se defendia. Juntáronse á consejo cosa de ciento que se hallaron allí con el caudillo, para tratar de cierta sospecha que traian de que Su Magestad queria remediar aquel fuego que se iba encendiendo con tan exorbitantes daños como se descubrian en toda la Andalucía á cada momento, y juntamente sentenciar qué habian de hacer de muchos que tenian en cuevas presos. Y entretanto nos pusieron al doctor Sagredo y á mí con otros dos en una cueva, fácil para entrar, y para salir imposible, aunque tenia bastante claridad, que por entre la espesura de los encumbrados árboles entraba en la cueva. Y viéndome en aquella afliccion, por no estar en triste silencio, le pregunté: Señor, ya que estamos en un trabajo, y padeciendo un mismo agravio, os suplico me digais si sois el doctor Sagredo. Alborotóse, y replicóme: ¿Quién sois vos que me lo preguntais, y dónde me conocísteis? Yo soy, le respondí, Márcos de Obregon. No lo acabé de pronunciar, cuando echándome los brazos al cuello, me dijo: ¡Ay padre de mi alma! ya murió vuestra querida y regalada; ya murió mi amada esposa; ya murió doña Mergelina de Aybar; ya murió todo mi bien y mi compañía. Ya no soy el doctor Sagredo, sino una sombra del que solia, hasta que llegue la disolucion de este miserable cuerpo. ¡Ay mi consejero leal, y cuán mal me aproveché de vuestra doctrina para verme ahora en la soledad que me aflige y atormenta el alma, si no es que el inmenso Dios, tras tantos infortunios, sea servido de ponerme en esta mazmorra con vuestra compañía para que muera con algun alivio y refrigerio, que despues que de ella me aparté, se apartó de mí todo lo que podia estarme bien! ¿Pues cómo y cuándo, dije yo, y dónde murió aquella prenda tan amada vuestra, y alabada por su hermosura de todo el mundo? Ninguna fuerza pudiera haber tan grande para mí en lo descubierto como la vuestra para contar desdichas, y que tanto me atormentan la memoria. Pero pues no sabemos el fin que nos está guardado en esta esquiva prision, y estando tan cierto que renovar mis desventuras á quien las ha de sentir, y no burlarse de ellas, puede aligerar tan pesada carga, tomaré el principio de lo que lo fué de mi total ruina.


DESCANSO XIX.
L
Luego que, por mi desgracia, salí de aquella reina del mundo, Madrid, ó madre universal, en el primer pueblo á donde llegué ví tocar cajas que hacian gente por mandado de Felipe II, para ir á descubrir el estrecho de Magallanes; y como yo nací más inclinado á las armas que á los libros, dí con ellos á un lado; y con el ánimo alterado, arrimándome á un capitan amigo mio, eché mi caudal en armas y en vestidos de soldado, que no le parecieron mal á doña Mergelina, que con ver que ella gustaba de ello me incliné más á seguir aquel modo de vida, llevándola en mi compañía, por quererlo ella, y por desearlo yo, que muchos hombres casados fueron á la misma jornada, porque la intencion de Su Majestad era poblar aquel estrecho de vasallos suyos, y pluguiera á Dios me lo estorbara, que yo tenia mi voluntad tan subordinada á la suya, que sin su beneplácito no me arrojara tan inconsideradamente á profesion tan llena de miserias y necesidades. Embarcámonos en Sanlúcar, que voy abreviando, y llegando al golfo de las Yeguas fué tan desatada y terrible la tormenta que nos sobrevino, que por poco no quedára tabla en que salvarnos; pero por la prudencia de Diego Flores de Valdés, general de la flota, volviendo las espaldas á la tormenta, tornamos á invernar á Cádiz primera vez, de donde salimos, y con grandes incomodidades llegamos á la costa del Brasil, invernando segunda vez en San Sebastian, á la boca del rio Ganero, muy ancho y estendido puerto. Estuvimos allí algun espacio, admirándonos de ver aquellos indios desnudos, y tanta abundancia de ellos, que bastára para poblar otro mundo. Solian desaparecerse algunos de ellos, sin saber qué se hacian, y un valeroso mancebo, mestizo portugués é indio, determinóse de buscar el fin de tantas personas como faltaban, y embrazando una rodela de punta de diamante, y una muy gentil espada, se fué por la orilla del ancho mar: vió de lejos un mónstruo marino que estaba esperando algun indio para cogerle, y que llegando cerca, puesto en piés el mónstruo, porque antes estaba de rodillas, era tan grande, que el portugués no le llegaba al medio cuerpo, y cuando el mónstruo le vió cerca, cerró con él pensando llevarle adentro, como hacia con los demás. Pero el valeroso mozo, poniendo la rodela adelante, y jugando la espada, defendióse lo mejor que pudo, aunque las conchas de la bestia marina eran tan duras que no le pudo herir por alguna parte. Los golpes que el mónstruo le daba eran tan pesados que no los osaba esperar, hasta que dió en ponerle delante la punta del diamante, apuntando á las coyunturas de los brazos, por donde el mónstruo recibió tanto daño que se iba desangrando: y habiendo durado esta pesca grande rato, al fin cayeron ambos muertos. Fueron á buscar al animoso mozo, y hallaron uno caido á una parte, y otro á otra. El capitan Juan Gutierrez de Sama y yo vimos el cuerpo del espantable mónstruo, y otros muchos españoles, con grande admiracion. El mar por allí tiene muchos bajíos y muchas islas; en una de ellas vimos una serpiente de las que por acá nos pintan para espantarnos, que tenia el hocico á manera de galgo, largo, y con muchos dientes agudísimos; alas grandes de carne, como las de los murciélagos, el cuerpo y pecho grandes, la cola como una viga pequeña enroscada, dos piés, ó manos con uñas, el aspecto terrible. Encaramos cuatro escopetas hácia ella, porque estaba en una fuente que por el remanente íbamos á buscar para beber. Yo fuí de parecer que cuando la matásemos ella mataria á alguno de nosotros, y así la dejamos, porque ella en viéndonos se entró por la espesura del monte, dejando un rastro muy ancho como de una viga. Mas como no me importaba, ni importa para mi discurso, no digo muchas monstruosidades que vimos. Seguimos desde allí el camino ó viaje del estrecho, por el mes de enero y febrero, cuando allá comienza el verano, con muchos vientos contrarios, oponiéndonos á recias corrientes, que ó por cerros altísimos, y canales que hay debajo del agua, ó por vientos furiosos que la mueven, nos hacian tantas contradicciones, que muchas naos padecieron tormentas, y algunas naufragio, sin poderse socorrer unas á otras. Entre las que padecieron naufragio fué la que llevaba mi esposa y á mí, que aunque soltaron pieza, ó no nos oyeron, ó no pudieron socorrernos, sino fué una que iba á vista de la nuestra, que compadecidos los marineros, contra su costumbre, de nosotros, acudieron á tan buen tiempo que pudo salvarse la ropa y las personas antes que del todo se hundiese. Los soldados y marineros, despues de haberse anegado nuestro navío, y pasado al otro, acudieron á regalar á la mal malograda de mi esposa, que aunque era tan varonil, el temor de la tragada muerte la tenia turbada, y así fué parecer de todos que no siguiésemos la armada hasta ver que la gente hubiese respirado del trabajo pasado. Descubrióse una isla despoblada, adonde con algun trabajo pudimos arribar. Reparámonos del cansancio y trabajo, hicimos agua, que la hallamos muy buena, y algunas frutillas con que nos refrescamos, y dentro de quince dias nos hicimos á la vela siguiendo la flota, que no pudimos alcanzar. Llegamos á vista del estrecho, despues de haber andado perdidos mucho tiempo. Descubriéronse grandes y altas sierras, con muchos árboles frutales, y infinita caza, segun supimos de pobladores que dejó allí la armada, aunque ni saltamos en tierra, ni nuestra cabeza lo consintió por volver á seguir la flota.


DESCANSO XX.
E
Estando esperando viento para volver la proa, vimos venir muchísimas aves en aquella parte del estrecho, donde habia unos hombrezuelos pequeños de estatura, porque en la otra son altísimos y membrudos, que casi las aves se señorean de la tierra, de manera que los hombrecitos huian de ellas; nos vino un viento tan poderoso, que nos hizo pasar el estrecho sin poderle resistir, con grandes daños del navío, porque siendo la orilla muy llena de bajíos, íbamos casi arrastrando por la arena las áncoras, fuera de no estar el estrecho llano como el de Gibraltar, sino haciendo combas y senos, y topando en las áncoras que habia dejado la arena por allí. La presteza del viento fué tanta y tan sin pensar, que no tuvieron los marineros traza para defender al navío. Pasamos de la otra parte con todos estos peligros de golpes que el navío daba, y duró tanto, que nos rompió las velas mayores, aunque las demás se amainaron, dejaron el trinquete de proa para que la inmensa furia del aire nos llevase adonde quisiese, sin poder dar bordo ni ver lugar adonde pudiésemos tener recurso ni socorro. Al fin anduvimos seis meses perdidos, faltando ya todo lo necesario para conservar la vida, arrojados y sacudidos de las olas por tan inmensos mares, de nadie conocidos y navegados, perdida la esperanza y el gobierno sin saber hácia dónde caminábamos, dispuestos cada dia para ser manjar de mónstruos espantables, fuera de nuestro elemento, y acabadas ya comida y bebida, de suerte que no habia quedado cuero de maleta que no hubiese sido dulcísimo mantenimiento de su dueño, si se las dejaban comer á solas, con un temor horrible, de imaginar la sepultura que teníamos abierta en las no habitadas cavernas del profundo mar, ó en las hambrientas entrañas de sus indomables bestias. Creyendo que ya todo el mundo hubiese tornado á ser agua otra vez por el diluvio general, comenzaron todos á decir en un grito: ¡Tierra, tierra, tierra! porque descubrimos una isla de tan altos riscos cercada, y ellos adornados de tan levantados árboles, que parecia alguna cosa encantada, y apenas la descubrimos, cuando en un instante se desapareció, no por arte mágica sino por la fuerza de una corriente que nos arrebató el navío contra nuestra voluntad, sin ser poderosos para resistirlo, hasta que la misma corriente nos echó á un lado, entre unos remolinos tan furiosos, que tuvimos por cierto que se tragára el navío, y á nosotros con él; pero volviendo en sí los marineros, y no habiendo perdido el tiento donde se descubrió la isla, parecióles que dando bordos con el trinquete, llevando siempre á vista la corriente, sin acercarnos á ella, podíamos tornar á cobrar la isla; pero yo fuí de opinion y parecer que amainasen el trinquete, y con los dos barcos que iban amarrados en la popa, llevásemos el navío á jorro; porque si la corriente arrebatase uno de los barcos, sería fácil de volver al navío; mas si arrebatase el navío, tornaríamos á perder el tiento, y aun las vidas; y encomendándonos todos al bendito ángel de la guarda, con grandísimas plegarias y oraciones, y bogando los barcos aquellos que más robustos ó menos flacos habian quedado por la falta de los mantenimientos, remudando de cuando en cuando porque todos se alentasen con la esperanza de ir á buscar tierra, pusimos en la guia ó en lo más alto del árbol mayor un hombre muy bien atado que fuese descubriendo con grande vigilancia, y avisando lo que pareciese que se descubria; y al cabo de dos dias al punto que ya nos parecia que habíamos perdido el camino de nuestra salud, tornamos á ver aquellas altísimas y tajadas peñas, más empinadas que el Calpe de Gibraltar, pero llenas de tan próceros y vistosos ramos, que alentó de manera á todos mis compañeros, que fué menester quitarles los remos de las manos; porque con las ansias y encendidos deseos que tenian de llegar á tierra, por poco dieran otra vez con el navío en la corriente, y con las personas en la última miseria de desesperacion. Pero dándoles una grande voz, les dije: Compañeros, ya que Dios os ofrece, tras de tantas desventuras, hambres y trabajos, ocasion en que se conozca cuánto puede la industria junta con el valor de los pechos, que tanto tiempo han estado firmes, siendo terreno de increibles golpes de fortuna, si ahora nos faltase la cordura y sufrimiento para con prudencia considerar cuánto más cercanos estamos de la muerte que en todo el tiempo que nos ha traido la fortuna jugando con nuestras vidas, no seria ya culpa suya, sino nuestra, precipitarnos en tan evidente peligro como el que habemos tocado con las manos y visto con los ojos. Y siguiendo mi parecer en lo que tanto nos importaba, fuimos acercándonos á la isla con tanto tiento, que aunque diéramos en la corriente con alguno de los barcos, con la mucha atencion que todos los marineros de conocimiento llevaban, no se recibiera daño que no fuera fácil de reparar. Caminamos tanto y tan atentamente, que veníamos á hallarnos menos de media legua de la isla, y muy cercanos á la corriente, que al parecer de los más esperimentados, comenzaba sobre la isla muy poco trecho, y se estendia por ambos lados, de manera que dejaba la entrada imposible y la isla inaccesible, como le dimos el nombre. Y aunque la corriente no era tan estendida como en lo que por nuestro daño habíamos visto, era mucho más furiosa, por ser en aquella parte más angosta.
Al fin, estando suspensos, y sin consejo sobre lo que se habia de hacer, yo dije resueltamente: ¿Allí hay tierra y riscos? pues aquí ha de haber lo uno y lo otro. Y determinadamente hice arrojar el áncora, y á poco trecho aferró de suerte, que todos quedamos muy contentos y con esperanza de salvamento. Hecho esto, pedí todos los cabos, sogas y maromas, de que habia abundancia, tambien como de pólvora, porque no se habia ofrecido lance en que gastar lo uno y lo otro, y atadas fuertemente una soga con otra vino á ser tanta la cantidad, que podia el barco llegar á la isla, y echando en él cincuenta compañeros, y los más fuertes que me pareció, con sus arcabuces, frascos y frasquillos, bien llenos de pólvora, y yo por cabo de ellos, aviando en el navío, que aunque nos arrebatase la corriente, fuesen dándonos cabo, y alargando con mucho tiento las maromas, hasta ver en qué parábamos; nos dejamos llegar, guiándonos el bendito ángel de la guarda, y arrebatándonos la corriente, sin recibir el barco otra alteracion, sino ir con mucha furia. Á poco trecho nos hallamos en un abrigo, ó seno que hacia la isla por aquella parte, tan sosegado, que si era grandísima la furia de la corriente, no era menos mansa y quieta la playa ó puerto adonde nos arrojó. Con este infeliz, y no pensado suceso, fuimos bogando, arrimados al levantado risco para buscar alguna entrada, y luego vimos á la puerta que hacia el encorvado abrigo, un ídolo de espantable grandeza, y más admirable hechura, y de novedad nunca vista ni imaginada: por su grandeza era como de una torre de las ordinarias; sustentábase sobre dos piés tan grandes, como lo habia menester la arquitectura del cuerpo: tenia un solo brazo que le salia de ambos hombros, y éste tan largo, que le pasaba de la rodilla gran trecho: en la mano tenia un sol ó rayos de él, la cabeza proporcionada con lo demás, con solo un ojo, de cuyo párpado bajo le salia la nariz con sola una ventana: una oreja sola, y esa en el colodrillo: tenia la boca abierta, con dos dientes muy agudos, que parecia amenazar con ellos: una barba salida hácia fuera con cerdas muy gruesas: cabello poco y descompuesto. Pero aunque pudiera espantarnos esta vision para no pasar adelante, como íbamos buscando la vida, y se habia de hallar en tierra, caminamos hácia el ídolo, por donde estaba la pequeña entrada para la isla, de nadie jamás vista ni comunicada, y al punto que llegamos el barco á la entrada, salieron los dos altísimos jigantes, de la misma hechura que tengo pintado el ídolo, y cogiendo el barco cada uno de su lado, fué tanto el espanto nuestro y la violencia suya, que sin podernos valer, nos vaciaron en una cueva que estaba al pié del ídolo: y á un pobre compañero que tuvo ánimo para disparar el arcabuz, cogió un jigante de aquellos, ciñéndolo con la mano por medio del cuerpo, y lo arrojó tan lejos, que le vimos ir por encima del agua grande trecho, hasta que cayó en el mar. Yo tuve advertencia de amarrar el barco á un tronco de un árbol que estaba cerca de la entrada, antes que llegásemos á ella, que despues nos fué de mucha importancia, no previniendo el daño que nos habia de venir, sino porque el barco no se fuese hácia la corriente.


DESCANSO XXI.
L
Los jigantes, así como nos echaron en la cueva, taparon la boca, dejando caer un troncon de un árbol, que estaba en la puente superior pendiendo, á manera de puerta levadiza, que hizo con el encaje y golpe temblar, no solo la cueva y el ídolo; pero por un resquicio ó ventana que salia á la mar, la violencia del viento movido levantó tan grandes olas en ella que sentimos nuestro barco dar muy grandes golpes, por la grandeza y pesadumbre suya, porque no creo que me engaño en decir que tenia el tronco treinta varas de circunferencia, y de alto más de sesenta; era de una materia tan maciza y pesada como la más dura piedra del mundo. Los jigantes con el gran servicio que habian hecho á su ídolo, comenzaron á bailar y danzar, y hacer sones descompuestos y desconcertados en unos tamboriles roncos y melancólicos, que más parecia ruido hecho en bóveda, que són para bailar. En tanto que ellos estaban atentos á sus juegos, y entretenidos á costa de nuestras vidas, nosotros llorábamos la desventura nuestra y la fuerza del hado que con tal violencia nos habia tratado y traido á punto que ya que nos parecia haber hallado algun alivio á tan contínuos é incesables trabajos, nos habia puesto á morir de hambre y sed entre cuerpos muertos, de los que sacrificaban á su insaciable ídolo; pero como no se ha de perder el camino en cualquiera adversidad, si los trabajos son la piedra de toque del valor y del ingenio, luego se me representó el modo de podernos valer en tan apretado paso, adonde el ánimo, el ingenio y la presteza habian de concurrir juntos en un instante. Y como estaban contentos y divertidos en sus fiestas, y realmente era gente sencilla, y les pareció que con aquel lance y con tenernos encerrados en tan obscura sepultura, no habria más memoria de nosotros; pudimos, aunque con trabajo, venir á la ejecucion de mi intento, que fué de este modo: Tomé las cuerdas que me parecieron necesarias, y con los huesos blancos de aquellos muertos que habia más descarnados, tomando los más pequeños, hice una escala con que pudiésemos llegar al resquicio que tengo dicho, que no pudo hacerse sin mucha dificultad, porque como todo era peña viva, no dió lugar á que se pudiesen hacer agujeros para subir á poner la escala; mas como la necesidad es tan grande maestra, y no iba menos que la vida en hallar modo para poner la escala, tomé un hueso de un espinazo bien descarnado, por el agujero metí una cuerda, y juntando los dos cabos que se quedaban debajo, con la mayor fuerza que se pudo probamos todos á tirar el hueso hácia la ventana ó resquicio; y un mozo recio, criado en las montañas de Ronda, tuvo tan buen modo, traza y fuerza, que acertó á colar el hueso por el resquicio, de manera que quedó atravesado ó encallado; entonces atando la escala á un cabo de aquellos, y tirando por el otro, llegó la escala á lo alto, y teniendo mis compañeros del cabo que habia quedado abajo, yo subí con mucho tiento por la escala, y la aseguré de manera, que todos pudimos subir al resquicio y bajar al barco.