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Vida del escudero Marcos de Obregón

RELACION PRIMERA (continued 3)

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Á lo menos, dije yo, tienen dos admirables virtudes, si se puede dar este nombre en ellos, que si los hombres las tuviesen tan sentadas en el alma como ellos en su natural inclinacion, vivirian en perpétua paz, que son humildad y agradecimiento. ¡Oh, bien notado! dijo el mercader: ¡oh qué gallarda consideracion! Del bienaventurado San Francisco, que fué hijo de un mercader, se dice que alababa mucho la humildad de los perros, deseando imitarlos en esto, por la mucha que tuvo nuestro Maestro y Redentor Jesucristo. Pues en agradecimiento, dije yo, fuera de lo que la ley natural nos enseña, lo tenemos por precepto suyo que enviando sus santísimos discípulos á predicar por el mundo les mandó que en agradecimiento del bien que les hiciesen en sus posadas curasen los enfermos que en ellas hubiese. ¿Pues hay, dijo el mercader, quien desagradezca, ó quien no sepa agradecer el bien que le hacen? ¿Hay quien no le parezca que no satisface el beneficio recibido? ¿Quién ha de carecer de tan admirable virtud? Yo creo, respondí, que nadie, si no son los avarientos y los soberbios, que son dos géneros de gente pestilencial en la República; los unos, porque no saben usar de caridad, y los otros porque siempre van contra ella. Y pues se ha ofrecido materia tan excelente y divina virtud, como es el agradecimiento, en tanto que llegamos á Adamuz tengo de referir un caso digno de saberse, que le pasó al autor de este libro viniendo de Salamanca, que no hay vida de hombre ninguno de cuantos andan por el mundo de quien no se pueda escribir una grande historia, y habrá para ella bastante materia. En una dispersion que hubo de estudiantes en Salamanca, por cierto encuentro que tuvo el Corregidor D. Enrique de Bolaños con la Universidad, y no con ella, sino con los estudiantes, gente briosa, y fácil de moverse para cualquiera alteracion; como se quedó la ciudad sin estudiantes, el autor tambien se fué á su tierra como los demás, que las vacaciones estaban ya muy cerca, tiempo deseado para descanso de los estudiantes. La necesidad suya era tanta, que trilló el camino á la apostólica. Llegó un dia al anochecer á las ventas de Murga, y no queriéndole dar posada, por el poco provecho que habia de dejar en ellas, pasó adelante solo, y cantando por hacerse compañía, que la voz humana tiene propiedad maravillosa para acompañar á quien no lleva dineros que le puedan quitar. Salieron cuatro hombres con cuatro ballestas, y preguntáronle de dónde venia. Él respondió que de Salamanca. ¿Y á quién deja atrás? preguntaron ellos; y él respondió: Antes todos me dejan á mí, porque ando poco. Pues ¿cómo no se quedó en las ventas? preguntaron. Y él respondió: Porque como no llevo dineros, ni cabalgadura que les pudiera dejar provecho, me dieron voces que me saliese de la venta, y yo las voy dando á Dios porque me acompañe, y juzgue la crueldad de estos venteros. Á lo cual dijo el más pequeño de los ballesteros ó ballesteadores: Preguntamos esto, señor estudiante, por ver si queda atrás quien nos pueda comprar caza, de que tenemos mucha abundancia, y pocos compradores. Y volviéndose á los compañeros, dijo: Gran lástima me ha dado el mal trato y crueldad de que estos venteros usan con la gente de á pié, y más la necesidad que he visto en este estudiante. Llevémosle á nuestro alojamiento, que algun tiempo nos valdrá con Dios esta caridad. Harto mejor, dijo uno, será matarlo (despues lo supe) porque no diga que nos ha encontrado, y espante los caminantes. Al fin el mozuelo dió y tomó con ellos hasta que lo llevaron consigo, porque les pareció que era lo más sano para su negocio. Mostróse el mozuelo muy compasivo, que si bien las ruines compañías hacen prevaricar una buena inclinacion, tal vez naturaleza da una sofrenada, para recordacion del primer natural, que por más que se olvide, de cuando en cuando torna á su primer principio. Fuése con ellos, ó por mejor decir, se lo llevaron por unas espesuras, escuridades y escondrijos, llenos de revueltas y dificultades, que como ya era de noche y sonaba en unas profundidades despeñándose el agua, y la fuerza del viento sacudia los árboles con gran furia, y al estudiante el temor le hacia de las matas hombres armados que le iban á despeñar en aquella infernal hondura, iba con gran devocion mirando al cielo, y tropezando en la tierra; pero con muy buen ánimo, hablando sin muestras de temor. Llegaron al fin á su habitacion, que parecia más de zorras que de hombres, y desenvolviendo mucha cantidad de brasa, que parecia ser de muy buena leña de encina, encendieron, para alumbrarse, unas rajuelas de tea, que les daba la luz bastante que habian menester para toda la noche. La cena fué muy buenos tasajos de venado, si no eran quizá de algun pobre caminante. Él no sabia fiestas que hacerles, diciéndoles cuentos, entreteniéndolos con historias, alabándoles el vivir en aquella soledad apartados del bullicio de la gente. Decíales que el ejercicio de la caza era de caballeros y grandes señores, y que sin duda descendian de alguna buena sangre, pues se inclinaban á él. Si algun disparate se les caia, se lo alababa y solemnizaba por muy gran cosa. Al uno decia que tenia buen rostro, al otro que plantaba bien los piés, al otro que tenia buen ingenio, al otro que hablaba con mucha discrecion; que en semejantes conflictos la humildad mezclada con la apacibilidad y distraccion, á los pechos que de suyo son fieros, y aun de fieras, los vuelven mansos y amigables. La necesidad en los peligros hace sacar fuerzas de flaqueza; y con gente de aquella traza el temor engendra sospecha, y el ánimo arguye sencillez. Turbarse donde (aunque se teme el daño) no estamos en él, es apresurarlo si ha de venir; y ponerlo en duda y sospecha si no se temia. Él se hubo tan bien con los cazadores de gatos muertos y rellenos, que le regalaron y dieron de cenar, y dos zamarros en que durmiese, y antes que amaneciese, porque no saliese con luz, le dieron de almorzar, y sacándolo al camino aquel mozuelo, el menor de los cuatro, le fué diciendo el peligro en que se habria visto si no fuera por él: y en pago le rogaba no dijese á nadie lo que le habia sucedido: despidióse de él, y fué su camino, volviendo atrás muchas veces la cabeza, que aun le parecia que no estaba muy seguro de ellos. Si encontraba algun caminante, le decia que no fuese por aquel camino, porque le habia seguido una grandísima sierpe, que no osaba decir otra cosa, pareciéndole que estaban oyéndolo. Al fin, para abreviar el cuento, habiendo peregrinado por España y fuera de ella más de veinte años, redújose al estado que Dios le tenia señalado; fuése á su tierra, que es Ronda, hízose sacerdote, sirviendo una capellanía de que le hizo merced Felipe II, sapientísimo Rey de España. Despues del suceso de los salteadores, veinte y dos y veinte y tres años, vinieron en busca de tres ladrones famosos, trayendo lengua de ellos, que estaban en Ronda, que para hurtar tenian esta astucia. Las mujeres vendian buhonería (que todos eran casados), entraban en las casas á vender su mercadería, mirábanlas bien, y daban al punto á sus maridos de las señas de toda la casa, y á la mañana amanecia robada. Llegó á Ronda este soplo, dieron con ellos en la cárcel por la órden del licenciado Morquecho de Miranda, que al presente hacia oficio de Corregidor, siendo Alcalde mayor. Y por abreviar el cuento, dióles tormento, y confesaron de plano: pidióle al autor que los confesase, y en entrando representósele la presencia del uno de ellos, que le hizo cosquillas en el alma; y reparando en el sentimiento que habia tenido, halló que era el que le habia dado la vida en Sierra-Morena: buscando traza cómo agradecer el bien que le habia hecho, y pareciéndole que estaba el negocio muy adelante para rogar por un hombre convencido por su confesion, fuése al juez, y díjole que si hacia justicia de aquel, perdia una grande ocasion secreta. El juez dispuso de los otros dos y dejó aquel, para que descubriese una gran máquina que el confesor le habia dicho, y apretándolo despues á que hiciese con el delincuente que lo confesase, le respondió: Señor, martirizado de la piedad, y movido del agradecimiento, fingí á vuesa merced lo que sabe: este hombre me libró de la muerte, ha venido á mis manos, querria pagarle el bien que me hizo, y á los jueces tan bien los acompaña la misericordia como la justicia: suplico á vuesa merced por las entrañas de Dios que se compadezca del trabajo de un hombre tan piadoso como este. Respondió: Estoy pensando cómo satisfacer á vuestra demanda y á mi reputacion, y al bien de ese hombre, que por piadoso lo merece: él no está ratificado, y en las cosas criminales tenemos ley del Reino que nos da licencia para poder conmutar la pena de muerte en galeras; yo os siento tan ansiado por agradecer el bien que os hizo, que quiero aprovecharme de esta ley, pues no hay parte, y echarlo á galeras donde purgue su pecado. Hincóse de rodillas, agradeciendo á Dios y al juez tan piadosa causa: llevó la nueva al casi muerto preso, que respiró, volvió en sí como de la muerte á la vida, y el autor quedó contentísimo de haber mostrado su agradecimiento en tan apretada ocasion, que siempre las buenas obras tienen guardado su premio en este y en el otro mundo. ¡Estraño suceso, y digno de memoria! (dijeron los mercaderes): ¡qué santa cosa es hacer bien! ¡qué cierto la buena obra es la prision del corazon noble! ¡qué buen fruto coge quien siembra buenas obras! Que como el vestido cubre el cuerpo, las buenas obras son coberturas del alma. ¡Qué contento quedaria ese hombre cuando hizo este bien! Como queda sabroso el brazo cuando acierta un tiro, así lo queda el alma cuando hace una buena obra. En esta conversacion, el acabarse el cuento y descubrir á Adamuz, fué á un mismo tiempo; lugar apacible, puesto en el principio ó fin de Sierra-Morena, en jurisdiccion del Marqués del Carpio; y al mismo tiempo se descubrieron aquellos fértiles campos de Andalucía, tan celebrada de la antigüedad por los Campos Elíseos, reposo de las almas bienaventuradas. Posamos y reposamos aquella noche en Adamuz.

Illustration from Vida del escudero Marcos de Obregón
Cenefa de adorno
Cenefa de adorno

DESCANSO XV.

E

El dia siguiente, por ciertos respetos, me fué forzoso (por llegar primero á Málaga que á Ronda), apartarme de los mercaderes, tomando la via del Carpio; y ellos lo hicieron tan bien conmigo, que me dieron uno de los machos en que iban y dineros, fiando de mí que se lo llevaria á la feria á buen tiempo, y ellos se fueron con las mulas de retorno en que yo habia venido hasta allí; el macho era endiablado, que ni se dejaba herrar, ni poner la silla, y por momentos se echaba con la carga, aunque con la compañía habia disimulado algo de su malicia, y así en saliendo del lugar, por verse solo y por sus ruines resabios, en el primer revolcadero se arrojó, cogiéndome una pierna debajo, de suerte que si yo no me echára al mismo tiempo del otro lado, recibiera mucho daño; pero con esta precaucion pude levantarme, y llevándolo del diestro muy contra su voluntad un ratillo, se me quitó el dolor, sin entrar el frio que pudiera, si no hiciera aquella diligencia. Eché de ver la ruin compañía que llevaba con mi cabalgadura; pero por si otra vez se echaba, cogí un garrote para usar de un remedio que habia oido decir á un viejo, que como la experiencia los ha enseñado, saben más que los mozos, y para semejantes actos, que no son de muchos lances, cerrados los ojos se puede seguir su parecer. Fuí con gran cuidado para otra vez que se quisiese echar, y en sintiéndolo que iba á caer, díle con el garrote entre ceja y ceja con tal furia, que cayendo le ví volver lo blanco de los ojos, bien arrepentido de haberlo hecho, porque realmente pensé que lo habia muerto; pero sacando de presto pan, y mojándolo en vino, díselo, y tornó en sí tan castigado, que nunca más se echó, á lo menos llevándome á mí encima, aunque topó arenales donde pudiera hacerlo. Fuí mi camino, y en llegando á un bosquecillo del Carpio, aunque pequeño, abundantísimo de conejos y otras trazas, en la ribera de Guadalquivir, apeéme á cierta necesidad natural y forzosa, y antes que la comenzase espantóse el macho, dió á huir por el ruido que hizo un culebron y una zorra que salieron de un zarzal y matas muy espesas que habia junto al camino, que debian de estar ambos en una cueva, que la culebra con ningun animal hace amistad sino con la zorra. Ella dió por una parte, y la culebra tras el macho, que como supe despues, á cuantos pasaban acosaba, porque habian muerto su compañía: arrojéle una piedra, no pensando que sucediera lo que sucedió, que como la piedra iba por el aire, corrió más que la culebra, y dióla en el espinazo, de que volvió con tal furia contra mí, que si no me pusiera de la otra parte del camino, dejando en medio mucha arena, lo pasara mal, que como no se podia aprovechar de las conchillas que le sirven de piés en la arena, como en lo duro y liso, no se atrevió atravesar el camino; pero cuanto yo más corria por la una banda, ella corria por la otra, con más de una vara de cuello alzado de la tierra, vibrando la lengua muy apriesa, y haciendo cinco ó seis de ella.

Iba yo de manera, que ya no sentia la falta del macho, sino la persecucion de la culebra, que me tenia sin aliento, lleno de sudor y cansancio. Los silbos no eran formados ni agudos, sino bajos y continuados, casi al modo que pronunciamos acá las xx. Llegué á una parte del camino, á donde habia piedras para tirarle. Paréme, así por descansar, como por aprovecharme de las piedras; pero ella viendo mi temor, quiso pasar por la arena para acometerme, por donde tuve yo esperanza de librarme de ella; porque en entrando no pudo aprovecharse de las conchuelas, ni moverse sino muy poco: animándome lo mejor que pude, le tiré tantas piedras, que casi la vine á enterrar en ellas, y acertándole con una, despues de haberle escupido muchas veces hácia la cabeza (que es veneno contra ellas) la acerté con una piedra media vara más arriba de la cola, donde tiene el principal movimiento, de que no pudo menearse más, y acudiendo con otras muchas, le majé la cabeza, y me senté á descansar. Pasaron por allí dos hombres que iban camino de Adamuz, y me contaron lo que arriba dije. Midiéronla, y tenia diez piés de largo, y de grueso más que muñeca ordinaria. Abriéronla, y halláronle dentro dos muy gentiles gazapos, que estas serpientes son muy voraces y poco bebedoras, aunque pasan mucho tiempo sin mantenimiento; y así hacen tarde la digestion, que en el poco movimiento que ella hacia bien se echaba de ver que estaba pesada. Consideré en el rato que estuve descansando, qué de cosas hay en el mundo que contrastan la vida del hombre. Que hasta un animal sin piés ni alas le persigue, y le comenzó á perseguir desde su principio antes que otro animal ninguno, ó porque no piense el hombre que se le dió el dominio y jurisdiccion en la tierra sin pension ni trabajo, ó porque con la razon sepa distinguir lo malo de lo bueno, y guardarse de lo que le puede dañar; mediante la cual razon conoce y sabe conocer el mantenimiento provechoso, y desechar el nocivo. Huir de los animales bravos, y servirse de los mansos; pero los feroces y dañosos avisan del mal que pueden hacer, ó con las uñas, ó con los cuernos, ó con los dientes, ó con los picos. ¡Mas que un animal sin piés, sin uñas, sin cuernos como éste sea tan horrendo y abominable, que atemorice con solo mirarle! Ordenacion fué de Dios, para sujetar la soberbia del hombre y desjarretársela con la misma inmundicia y asquerosidad de la hez de la tierra, que aun muerta la veia, y me daba horror; y confieso de mí, que siempre que veo semejantes sabandijas, engendran en mí nuevo temor y espanto; ¿pero qué no espantará ver, que una cosa que parece cerbatana ó varal, de su propio movimiento corre tanto como un caballo? ¿Y que con hincar la cabeza en el suelo, dé tan grande golpe á un hombre que lo derribe y aun lo mate, acometiendo á traicion que no cara á cara? ¿Que sea tan astuto, que se desnude el hábito viejo y se vista de nuevo? ¿que se cure la ceguera de sus ojos causada de las humedades del invierno con refregarse en el hinojo la primavera? Son tan contrarios á todos los demás animales, que con ninguno hacen amistad, sino con la zorra, ó porque ambas habitan siempre en cuevas de tierra y piedra, ó por buscar abrigo en el pelo de la zorra. Hasta aquí habia estado el ermitaño callando, y aquí parecióle preguntar, como hombre que habia estado en soledades y entre ásperas montañas, huyendo el concurso de la gente, viviendo y conversando con animales brutos, ¿cuál era la razon porque estas sabandijas sean tan espantables, como son culebras, lagartos, sapos, escuerzos, áspides, víboras, y otras semejantes que suelen verse? Respondíle: Lo primero, que todas las cosas que no vemos y tratamos de ordinario, traen consigo este género de admiracion. Lo segundo, que por tener tanto de los dos elementos graves, que son agua y tierra, y tan poco de los elementos leves, que son aire y fuego, que casi no tienen parentesco ni semejanza con el hombre; porque éste tiene de lo espiritual, en que se parece á los Ángeles, y de lo corporal, en que se parece á los animales brutos; y estos en aquella parte terrestre, húmeda y fria, tienen semejanza con las sabandijas, y estas consigo solas, y con las entrañas de la tierra. Lo tercero y último, porque todos los animales que no pueden engendrar de la putrefaccion de la tierra, sin generacion de su semejante, ni pueden ser para el servicio, ni para el gusto del hombre, á quien Dios les manda que obedezcan, y ellos mismos huyen de su presencia, como de señor á quien aborrecen, por la superioridad y dominio que tienen sobre todas, ó por la antipatía natural. Y esto baste, porque la pérdida de mi macho me da pena y cuidado, y priesa que lo busque. Ya que hube descansado y limpiádome el sudor del rostro, que lo de dentro no pude, fuí buscando mi macho, ó por mejor decir, de los mercaderes, por toda la orilla y ribera del Guadalquivir, sin topar á persona que me supiese dar rastro ni nuevas de él yendo, como iba, cargado con ferreruelo, espada, cogin y alforjas, que todo lo echó por alto, sino es la silla, que la llevaba en la barriga; de suerte, que yo me cargué de todo lo que el macho se descargó, y mucho más me cargaban las matracas que me daban los que me topaban hecho caballo de postillon, que por no dejarlo lo sufria todo. Paréme á descansar un ratillo, antes que pasase el rio, donde ví tanta abundancia de conejos, que estaban más espesos á la orilla del rio, que liendres en jubon de arriero, que en todo el dia no dejan de venir á beber muchas manadas de ellos. Pasé de la otra parte del rio, y entréme á descansar á un meson que está antes de llegar al pueblo, donde tampoco me supieron dar nueva de mi negro macho, aunque prometí hallazgo, haciendo diligencias con las guardas del bosque. Refresquéme lo mejor que pude de mantenimiento y bebida, con la templanza que el cansancio pedia. Púseme á la puerta del meson, para ver si pasaba el macho ó persona que de él me diese nuevas. Miré aquel pedazo de tierra en el tiempo que allí estuve, que en fertilidad é influencia del cielo, hermosura de tierra y agua, no he visto cosa mejor en toda la Europa, y para encarecerla de una vez, es tierra que da cuatro frutos al año, sembrándola y cultivándola con regadío de una aceña, con tres ruedas, que la baña abundantísimamente, donde algunos años despues pasó en presencia mia una desgracia muy digna de contarse; para que se vea cuánta obligacion tienen los hijos de seguir el consejo de los padres, aunque les parezca que repugna á su opinion. Y fué, que siendo Marqués del Carpio Don Luis de Haro, caballero muy digno de este nombre, y muy gallardo de persona, y adornado de virtudes y partes muy dignas de estimar, vinieron allí madereros de la sierra de Segura con algunos millares de vigas muy gruesas; y dando el Marqués licencia y lugar para que las pasasen, alzaron la puente de la pesquera, para que toda el agua se recogiese á un despeñadero ó profundidad, por donde los maderos habian de pasar. Los gancheros eran todos mozos, de muy gentiles personas, fuertes de brazos, y ligeros de piés y piernas, grandes nadadores y sufridores de aguas, frios y trabajos. Quisieron hacer al Marqués una fiesta de gansos, poniéndolos atados entre los dos maderos de la puerta de la pesquera, y como iba el madero despeñándose, por la violencia del grande cuerpo del agua, puesto el ganchero sobre el madero hácia la cabeza del ganso, y tirando del pescuezo, se deslizaba de la mano y caia en la profundidad del agua, saliendo lejos de allí nadando, en que pasaron cosas de mucho gusto y risa, aunque no sin peligro de quien la causaba, que siempre las caidas son de gusto para quien las ve, pero no para quien las da, especialmente en ejercicios tan poco usados como este.

Entre estos gancheros venia un mozo recio, de muy gentil talle, alto de cuerpo, rubio, y bien hecho de miembros, grande hacedor de su persona, y que entre todos los demás era conocido y respetado como por de tal opinion, y por grandes fuerzas para cualquier ejercicio de hombres. Este pidió licencia á su padre, que venia en compañía de los otros, para ir á quitar el pescuezo á un ganso que estaba recien puesto; la cual el padre le negó, que los padres, ó por tener más experiencia que los hijos, ó por ser hechura suya y conocer sus inclinaciones, ó por haberlos criado, y conocer de qué pié cojean, ó por el amor entrañable que les tienen, son algo profetas de los bienes ó males de los hijos; y así este por ningun camino consintió que de su voluntad fuese el hijo á la fiesta; pero diciendo él que no queria que lo tuviese por menos hombre que á los demás, con importunaciones alcanzó de su padre que lo dejase ir, aunque de muy mala gana. Y reprehendiéndole algunos porque lo hacia tan forzado, respondió en presencia mia unas palabras llenas de gran sentimiento y dolor diciendo: No sabe nadie lo que es aventurar un hijo criado, y solo. El mozo fué gallardísimamente, teniendo todos los ojos puestos en él, que en asiendo el cuello del ganso, que él pensaba con facilidad arrancar con la fuerza grande que hizo, estúvose casi colgado de las manos hasta que el madero llegaba ya al cabo, en cuyo remate ó cabeza, deslizándosele la mano, cayó, y dió de cerebro, sumergiéndose en el profundo del charco, sin que más pareciese hasta el dia siguiente, con grande espanto y compasion de todos los circunstantes, quedando el padre, que lo estaba mirando, en éstasis. Todos los gancheros nadando le buscaron, y lo hallaron al dia siguiente, que pareció en cierta manera castigo de la desobediencia que tuvo al mandamiento del padre, y ejemplo para cuantos le vieron. Fué contra el precepto y consejo paternal, del cual tienen necesidad todos los que desean acertar. Pasó este caso en este mismo lugar, y en presencia del marqués D. Luis de Haro, y de su hijo el marqués D. Diego Lopez de Haro, que cuando esto se escribe están vivos, y más mozos que el autor, en cuya compañía se halló presente á este infelice suceso. Y porque no habrá lugar de contarlo adelante, se dice aquí, por encargar á los hijos que aunque les parezca que saben más que los padres, en razon de la superioridad que Dios les dió sobre ellos, y representando la persona del verdadero Padre, los han de obedecer y respetar, y creer que en cuanto á las costumbres morales saben más que ellos; porque con esto se merece con el universal Padre de todas las criaturas. Y volviendo al estado presente, y la pena que me daba la falta de mi macho, aquella tarde no pude saber de él, y así me quedé aquella noche en el meson, sin esperanza de poderlo hallar.

Viñeta de adorno
Viñeta de adorno
Cenefa de adorno
Cenefa de adorno

DESCANSO XVI.

A

Amaneció el sol el dia siguiente con unos rayos entre verdes y cetrinos, señal de agua, y yo sin macho, ni esperanza de hallarlo. Fuíme al pueblo á las nueve, ó á las diez, y ví que unos gitanos estaban vendiendo un macho, muy hechas las crines y el trenzado de atrás, con su enjalma y demás aderezos, encareciendo la mansedumbre y el paso con mil embelecos de palabras. Hacia el gitano mil gerigonzas sobre el macho, de manera que tenia ya muchos golosos que le querian comprar. Lleguéme cerca, y ví que era del color del mio; pero desconocido en verlo tan manso, seguro, remozado de crines y cola. Ví que se dejaba tocar á todas las partes del cuerpo sin alterarse, y así no me atreví á pensar que pudiera ser el mio. Alzábanle los piés y manos, dándole palmadas en el pecho y en las ancas, estando él con mucha paciencia y mansedumbre: yo estaba desconfiado de que pudiera ser el mio, pero fuíme por un lado disimuladamente, y púseme delante de él, aunque detrás del gitano, y en viéndome amusgó las orejas, por el conocimiento, ó por el temor que me tenia. Espantéme de ver su tan súbita y no esperada mudanza, y ví que realmente era mi macho: mas no pude imaginar cómo le podia cobrar sin dar testigos ó evidencia de cómo era mio; y así no me arrojé á decir que era hurtado, y decia entre mí: ¿es posible que sean estos gitanos tan grandes embusteros que en menos de veinte y cuatro horas hayan hecho este macho de enjalma, y le hayan disfrazado de manera que me ha puesto en duda el conocimiento de él, y que lo hayan hecho más manso que una oveja, siendo peor que un tigre, y que no tenga yo modo para cobrarlo manifestando mi justicia? Pero detúveme un poco, y lleguéme con los demás á ver el macho, y alabándole, pregunté si era gallego. Respondió el gitano: Vuesa merced, ceñor, á fé que sabe mucho de bestiaz, y ha conocido bien la bondad de loz mejorez cuatro piéz que hay en toda Andalucía. No ez gallego, mi ceñor, cino de Illezcaz, que allí lo truqué por un cuartago cordovez, y aquí traigo el teztimonio. Será levantado, dije yo entre mí, y junto con esto lo mostró. Ofrecióseme traza para cobrarlo fácilmente, y lleguéme á un hidalgo, á quien ví que todos respetaban, que era de los antiguos criados de aquella casa, llamado Angulo, y le dije: Señor, este macho me han hurtado esos gitanos, y aunque trae enjalma, es de silla; y aunque parece que traen testimonio, es falso. Á lo cual me dijo el hidalgo: Mire, señor estudiante, que conocemos este gitano de mucho tiempo acá, y nos ha tratado siempre verdad. Pues ahora, respondí yo, no la trata, y haciendo vuesa merced las diligencias que yo le suplicaré, se verá con evidencia la verdad que tengo dicha; y vuesa merced está inclinado á comprarlo porque le parece manso, siendo peor que un demonio.

Pues ¿puede ser fingida, preguntó el hidalgo, aquella mansedumbre y bondad? Sí señor, respondí yo, porque lo han emborrachado; y no hay bestia tan feroz ni maliciosa que echándole de grado ó por fuerza una azumbre de vino en las tripas, no se amanse más que una oveja: y por esto haga vuesa merced lo que yo le suplicaré, y saldrá de este engaño, viendo que el macho es malicioso, y que es mio. Y lo primero digo á vuesa merced que se lo llegue á comprar, y dígale esto y esto, hablándole algo al oido, é informándole de todo lo conveniente. Fuése el hidalgo, despues de bien informado, al gitano, y mirando el macho, le dijo: Yo estoy muy contento de esta bestia, y la comprára si tuviera silla y freno, porque tengo de hacer un viaje muy largo. El gitano se holgó mucho de ello, y trajo la silla y el freno, diciendo que era el mejor caminador del mundo, y que por pensar que para el campo se venderia más presto, le habia puesto la enjalma. En viendo el hidalgo la silla y el freno, halló que conformaba con las señas que yo le habia dado, y haciendo lo que yo le habia dicho al oido, llevólo á su casa, asegurando á los gitanos que lo queria probar; y túvolo hasta tanto que se gastaron los humos del vino encerrado en su casa. Hecho esto llamó al gitano, y díjole que subiese en el macho y caminase un cuarto de hora fuera del pueblo. Subió, aunque era muy suelto, con mucha dificultad, por la poca seguridad del macho, que gastada la suavidad del vino, tornó á su ruin natural, y caminando como un viento, en saliendo de las casas, con la misma furia que llevaba dió consigo y con el gitano en tierra, y cogiéndole una pierna debajo, se revolcó de manera, que fué bien necesaria la ligereza del gitano para que no se la quebrase. Acudió aquel hidalgo desengañado ya de la bellaquería, y le dijo riéndose: ¿Qué desgracia es esta, Maldonado? Señor, dijo el gitano, como está holgado, y mal herrado, se echa con la carga. Y riéndose más el hidalgo, dijo: Pues alzadle los piés, veamos si há menester herradura. Alzóle un pié, y dióle una patada en el carrillo izquierdo, con que le dejó señalada la herradura y los clavos; díjole el hidalgo: Mal se conoce lo que no se ha criado, hermano Maldonado; si vos hubiérades tratado y conocido esta bestia, ni os engañárades, ni nos engañárades. En lo ajeno dura poco la posesion: íbades con aquel refran: quien no te conoce te compre. ¿Por qué pensábades que os preguntó el dueño si era gallego, sino porque como tal os habia de dar la coz que os dió? Vos queríades herrarlo; ¿mas él no os herró á vos? ¿cogistes ayer el macho, y queríades hoy venderlo? Huélgome de saber que tambien sois nigromántico, pues desde ayer habeis venido de Illescas. Señor, dijo el gitano, yo hice como gitano, y su merced ha de sufrir como caballero; bien eché de ver que este señor sabia de bestias. Descubierto el hurto con la evidencia posible, me dieron mi macho, y me avié camino de Málaga, pasando por Lucena, donde llegando un poco tarde, reposé y comí un bocado, y pensando llegar aquella noche á Benamejí, cuyo camino yo no sabia, partíme con la relacion que me dieron. Las leguas son más largas de lo que yo me pensaba; el camino estaba lleno de lodo, porque la noche antes habia llovido muy bien. Yo por priesa que me dí con mi macho, me anocheció una legua antes de llegar á un riachuelo que está entre Lucena y Benamejí. Halléme confuso, por ser la noche oscura, y caminar sin guia, sin encontrar á quien preguntar por el camino, que era domingo en la noche, cuando todos los labradores están en sus casas. Al fin poco á poco, muchas veces tropezando, y algunas cayendo, llegué al rio, y en pasando no hallé camino por la otra parte, por una costumbre que tienen los labradores en aquella tierra, que es para desviar los caminantes, para que no les entren por el sembrado, cavar por aquella parte por donde suelen hacer senda los caminantes. Salió del rio mi macho lo mejor que pudo, y echó á mano derecha por un cerro que tenia muchas sendas de ovejas, ó de cabras. Llegó á lo más alto que pudo, y estaba tan empinado el cerrillo, que en acabándose la senda ni pude ir adelante, ni volver atrás. Víme en un gran peligro, porque si queria bajar con el pié derecho, habia de rodar por la sierra abajo hasta llegar á un arroyo salado, donde cuando bien librára llegára la cabeza llena de chichones. Roguéle al macho con mucha humildad que me hiciese la merced de estarse quedo mientras bajaba al revés; pero al tiempo que le mandé que volviese por la sendilla que habia subido, él iba tan cansado que se echó, y echándose, como el cerro estaba tan empinado rodó hasta el arroyo salado; yo volví por la senda, hasta llegar al arroyo, y fuí á mi desdichado macho, y lo que pude, ayudéle á levantar, que estaba tan molido que fué menester animarle con sopa en vino, y llevándole del diestro lo más poco á poco que pude, fuí considerando que todo aquello me sucedia por no haber tenido respeto á la fiesta, caminando y haciendo el viaje que se pudiera hacer otro dia; que al fin como las fiestas son para dar gracias á Dios y no para hacer jornadas, no puede haber quietud para hablar con Dios despacio. Que trabajando en los dias que la Iglesia tiene dedicados para Dios, no solamente no aumenta el provecho, pero por mil caminos viene el daño, como me sucedió esta noche, que yendo con mi macho á mano izquierda por una ladera arriba, yendo yo por la parte de abajo por animarlo, deslizó, y cogióme debajo; aunque no fué mucho el daño, porque pude fácilmente salir, y dándole sopa en vino pudo subir hasta que descubrí en lo alto del cerro un cortijo, donde me llegué con toda la humildad del mundo; y aunque dí muchos golpes no me respondian, porque habia mucha gente, que se habia juntado allí aquella noche por ser dia de fiesta.

Al fin, dí tantos golpes, que me respondió un mozo, y diciéndole con la necesidad que venia, respondióme que me fuese en hora buena; y tornando á llamar, acudió el aperador del cortijo, que en todas sus acciones pareció ser muy hombre de bien, y abriéndome la puerta acudió á mi necesidad y al cansancio de mi macho, y díjome: Perdone vuesa merced, que por estar dando voces sobre una serilla de higos que estos mozos me habian hurtado, no pude responder tan presto. Pues si no es más de por eso, dije yo, no le dé pena, que yo le diré quién se la hurtó. Ángel será vuesa merced, respondió él, y no hombre, si me dice eso. Déjeme reposar, dije yo, y se lo diré. Descansé un rato, y mi macho cenó lo mejor que pudo; yo cené un muy gentil gazpacho, que cosa más sabrosa no he visto en mi vida, que tanto tienen las comidas de bueno, cuanto el estómago tiene de hambre y de necesidad. Fuera de que el aceite de aquella tierra y el vino y vinagre es de lo mejor que hay en toda la Europa. Habiendo cenado, y estando todos los mozos alrededor, le dije al aperador: Este dornajo en que habemos cenado ha de descubrir el hurto de los higos. Dijo uno entre dientes: aun seria el diablo la venida del estudiante. Pedíle al buen hombre un poco de aceite y almagre, y sin que los mozos lo viesen unté el suelo del dornajo con una mezcla que hice del aceite y almagre, y pedíle un cencerro de las vacas, y poniéndolo debajo del dornajo dije, con voz que lo oyeron todos, habiendo puesto el dornajo más adentro, donde estaba el pajar: Pasen todos uno á uno, y den una palmada en el suelo del dornajo, y en pasando el que hurtó los higos sonará el cencerro. Fueron todos uno á uno, y dió cada uno su palmada en la almagre, y no sonó el cencerro que es lo que todos esperaban. Llaméles á todos, y díjeles que abriesen las palmas de las manos, las cuales tenian todos enalmagradas, si no era él uno de ellos; y así les dije á todos: Este gentil hombre hurtó los higos, que porque el cencerro no sonase no osó poner la mano en el dornajo. Él se puso colorado como un escaramujo, y los demás estuvieron toda la noche reventando de risa y dándole matraca, y el aperador muy agradecido de haber hallado sus higos, y yo muy contento del buen acogimiento: y por el buen hospedaje dejéle dos cuchillos damasquinos, con que por poco le corta las orejas al ladron de los higos.

Viñeta de adorno
Viñeta de adorno
Illustration from Vida del escudero Marcos de Obregón

DESCANSO XVII.

H

Habiendo descansado aquella noche lo que parecia que bastaba para los trabajos de mi macho, fuí á rogarle que se animase, y gruñendo alzó la pata, y al mismo tiempo díle un palo, con que se le acordó el trabajo pasado. Sosegóse luego, y echéle la silla; caminé á Benamejí, que estaba muy cerca, y aunque quise pasar sin que me viese pasar el señor Benamejí, el bellaco del macho se arrojó en su casa, y fué forzoso descansar allí un rato. Al fin, por abreviar el cuento, llegué á Málaga, ó por mejor decir, paréme á vista de ella en un alto que llaman la cuesta de Zambara. Fué tan grande el consuelo que recibí de la vista de ella, y la fragancia que traia el viento, regalándose por aquellas maravillosas huertas cubiertas de todas especies de naranjos y limoneros y llenas de azahar todo el año, que me pareció ver un pedazo de paraíso, porque no hay en toda la redondez de aquel horizonte cosa que no deleite los cinco sentidos. Los ojos se entretienen con la vista de mar y tierra, llena de tanta diversidad de árboles hermosísimos como se hallan en todas las partes que producen semejantes plantas; con la vista del sitio y edificios, así de casas particulares como de templos excelentísimos, especialmente la iglesia mayor, que no se conoce más alegre templo en todo lo descubierto. Á los oidos deleita con grande admiracion la abundancia de los pajarillos, que imitándose unos á otros, no cesan en todo el dia y la noche su dulcísima armonía, con un arte sin arte, que como no tienen consonancia ni disonancia, es una confusion dulcísima que mueve á contemplacion del universal Hacedor de todas las cosas. Los mantenimientos abundantes y substanciosos para el gusto y la salud. El de la gente muy apacible, afable y cortesano, y todo es de manera que se pudiera hacer un grande libro de las excelencias de Málaga, y no es mi intento reparar en esto. Negocié á lo que venia en aquella santa iglesia, de donde se pueden sacar muchos sugetos para obispos y oidores, y para gobernar el mundo, entre los cuales hallé un prebendado amigo mio, hombre bien nacido, de grandes y superiores partes, muy digno de estimarse, apasionado, porque sin razon le ofendian las ausencias, hombres que por ningun camino podian correr parejas con él. Que de la misma manera que la envidia no se halla ni se cria sino en pechos olvidados de la buena educacion y partes, así acomete siempre á los que las poseen, y resplandecen en actos de ciencia y virtud. Que les parece que reconocer superioridad y ventaja á quien se la tiene es perder el derecho que tienen á la descortesía, á quien se crian subordinados, por falta de buen entendimiento y sobra de mala voluntad. Quejábase que habiendo hecho grandes bienes á un hombre que siempre habia tenido pocos ó ningunos, y habiéndole librado de cosas de que él por ningun camino tuviera trazas ni modo para librarse, no solo no le agradecia, pero buscaba caminos por donde pudiese escurecer las buenas obras recibidas. Vílo con determinacion de volver la hoja, y vengarse de él por la mejor via que pudiese; pero atajéle con advertirle que arrepentirse del bien que habia hecho no cabe en ánimos nobles.

Pues hacer mal, dije, al quien hicistes bien, arguye poca firmeza y constancia en el valor del ánimo. Vengaros por tribunales es yerro notable, porque nunca las ofensas manchan, hasta que lleguen á tan miserable estado; especialmente que si vos me decís que es hombre desadornado de partes heredadas ó adquiridas, ¿qué agradecimiento os ha de tener á vos, si no agradece á Dios haberle puesto en el estado que no merecia, ni pensó merecer? Y pregúntoos, ¿quién hizo mal, él ó vos? Respondióme: Claro está que él. Pues enójese él, dije yo, que hizo tan gran maldad, como no agradecer; que vos que no hicisteis mal, no teneis de qué sentiros, sino de que estar muy contento. Y no querais desmerecer con Dios la buena obra que hicisteis. Consolóse de manera que si habia sido mi amigo hasta allí, por este consejo creció mucho más la amistad. Y realmente, la quietud del ánimo no admite alteraciones advenedizas de pechos, é intenciones, en quien se asienta mal la paz y tranquilidad del alma. Hánse de huir semejantes recuentros, por el mejor medio que fuere posible; y si es forzosa la comunicacion, como sucede en comunidades, usar de ella en solo aquello que no puede escusarse, llevando siempre por guia la justicia y la verdad, de manera, que los que viven con cuidado de hallar en qué tropezar, se corran y confundan; y cuando no sucediere como se desea y como seria razon, á lo menos quedará muy seguro en su conciencia y desapasionado quien así lo hubiere hecho. Que el hombre constante, y de ánimo quieto, á sí propio se ha de temer y guardarse de sí más que de los contrarios. Si le ofenden con razon, calle por sí propio, y enmiéndese de la culpa; si le murmuraren sin ella, consuélese, viendo que está libre de calumnia. De suerte, que por todos caminos, el silencio es refugio y acogida de los agravios con malicia. Pero tornando á lo primero, ¿por qué pensais, le dije, que dicen ordinariamente: nunca falta un Gil que me persiga? que no dicen un don Francisco, ni un don Pedro, sino un Gil, es porque nunca son perseguidores; sino hombres bajos como Gil Manzano, Gil Perez; ni para verdugos y comitres buscan, sino hombres infames y bajos, enemigos de piedad, bestias crueles, sin respeto ni vergüenza, inclinados á perseguir á la gente que ven levantarse en actos de virtud, como este miserable de quien os quejais. De estos la comunicacion por ningun camino es buena, porque no son capaces de hacer bien, ni pueden dejar de hacer mal; lo cual se ataja, no conociéndolos para que no lo hagan. Pues suele pasar, dijo, por cerca de mí, sin quitarme el sombrero. Eso, dije yo, ó será por descuido, ó por descortesía. Si por descortesía, enójese como tengo dicho consigo propio, porque ha hecho mal, y no os enojeis vos por los pecados del otro, que fué descortés y mal criado. Que vos no os habeis de alterar, no habiendo cometido culpa: y si se hace por descuidado, consigo trae la disculpa; porque los que caen en esta inadvertencia, no podemos juzgar si van pensativos, ú ocupados por imaginaciones de negocios que pueden suceder por muchas cosas, é inculpados, de que no podemos ser jueces, no tener ciencia, ni razon de sentirnos y alterarnos. Y en esto de las cortesías, no tenemos de qué enfadarnos. Lo uno, porque el no usarla con nosotros, no es por culpa nuestra. Lo otro, porque quien da, no da más de lo que tiene, y quien no tiene cortesía, no es mucho que no la dé, y la regla general es, que en ninguna manera habemos de tomar fastidio de lo que no sucede por culpa nuestra, que los descorteses su castigo tienen acerca de quien los conoce.

Viñeta de adorno
Viñeta de adorno
Cenefa de adorno
Cenefa de adorno

DESCANSO XVIII.

S

Saliendo de Málaga, me paré entre aquellos naranjos y limoneros, cuya fragancia de olor con gran suavidad conforta el corazon; y púseme á mirar y considerar la escelencia de aquella poblacion que así por la influencia del cielo, como por el sitio de la tierra, escede á todas las de Europa en aquella cantidad que su distrito abraza. Y estando en esta contemplacion, ví venir hácia mí una cosa que parecia hombre sobre una mula hablando entre sí á solas, con un movimiento de brazos, meneo de rostro y alteracion de voz, como si fuera hablando con alguna docena de caminantes. Volví la rienda á mi macho, picándole con toda la priesa posible, antes que pudiese llegar á mí, porque le conocí la enfermedad; que para huir de un hablador de estos querria tener, no solamente piés de galgo, sino alas de paloma; y si ellos supiesen cuán odiosos son á cuantos los oyen, huirian de sí propios. Que la locuacidad, fuera de ser enfadosa y cansada, descubre fácilmente la flaqueza del entendimiento, suena como vaso vacío de substancia, y manifiesta la poca prudencia del sugeto, y tiene tan buena gracia con las gentes, que jamás son creidos en cosas que digan, porque aunque sea verdad, va tan derramada, ahogada y desconocida entre tantas palabras, como el olor de una rosa entre muchas matas de ruda: son estos habladores como el helecho, que ni da flor ni fruta: son el raudal de un molino, que á todos los deja sordos y siempre él está corriendo. No hay toro suelto en el coso que tanto me haga huir como un palabrero de estos, y en resolucion no hay buen rato en ellos sino cuando duermen, como me sucedió en este, que por mucha priesa que me dí á huir, me alcanzó y saludó como el verdugo por las espaldas, y apenas le hube respondido, cuando me preguntó adónde iba, y de dónde era. Á lo primero le respondí, mas á lo segundo no me dió lugar á que le respondiese, y prosiguiendo me dijo: Pregunto de dónde es vuesa merced porque yo soy del reino de Murcia, aunque mis padres fueron montañeses, de un linaje que llaman los Collados. Á lo menos no callados: miréle mientras iba hartándose de hablar (si pudo ser) que tenia razonable cuerpo y talle, aunque era con un gran defecto que era zurdo, y queria parecer derecho. Que aunque la fealdad del zurdo es grande, tengo por peor la del que disfraza, ó quiere disfrazar la falta natural, porque arguye doblez y artificio en lo interior de la condicion; y siendo este género de hombres tan conocidos por este defecto, como los eunucos por el de las barbas, así quieren persuadir á que no lo son, como estotros á que no han llegado á edad de barbar, y los unos y los otros con querer negarlo, ó disimularlo, dan á entender cuán grande falta es, pues la niegan.

Este buen hombre, jugando de una y otra mano, y arqueando las cejas, que tenia grandes, con dos rayas entre ellas profundas, ojos aunque no pequeños, cerrados siempre que hablaba, como si con los ojos se oyera, y todo el rostro acabronado, quiero decir, libre, alto y desvergonzado; dijo mil disparates, á que yo nunca estuve atento, porque le conocí luego. Contó valentías suyas, á las cuales yo estuve tan atento, como á todo lo demás, de suerte que nunca me dió lugar para responderle á lo que me habia preguntado, hasta que habiendo andado dos leguas, como de tanto hablar habia gastado la humedad del celebro, labios y lengua, en una venta que llaman del Pilarejo, pidió un jarro de agua, y en comenzando á beber le respondí á su pregunta, diciendo: De Ronda. Quitóse el jarro de la boca, y díjome: Huélgome porque voy hácia allá de llevar tan buena compañía. Tornó el jarro á la boca, y mientras acabó de beber, le dije: Antes es la peor del mundo, porque no hablaré palabra en todo el camino. ¿Esa virtud del silencio, dijo, tiene vuesa merced? Será prudente y estimado de todo el mundo, que del poco hablar se conoce la prudencia de los sabios, que es una virtud con que un hombre asegura los daños que por su causa sola pueden venir. Yo no soy amigo de hablar: cuando dan tormento á alguno si no habla ni confiesa, lo tienen por valeroso, por haber callado lo que le habia de dañar. En un banquete, los callados comen más y mejor que los otros, y hablan menos, porque oveja que bala bocado pierde, aunque yo no soy amigo de hablar. El sueño tan importante para la salud y vida, ha de ser con silencio. Cuando uno está escondido, como suele suceder, en casa ajena, por callar se salva, aunque se le salga algun estornudo. Que el silencio es virtud sin trabajo, que no es menester cansarse con libros para callar. El callado está notando lo que los otros hablan, para echárselo despues en cara. Yo no soy amigo de hablar. Con estos disparates y otros tan materiales, iba alabando el silencio, y cansándome á mí y prosiguiendo con su inclinacion, dijo: Yo no soy amigo de hablar, sino por entretener en el camino á vuesa merced, que me parece hombre principal, voy aliviando el cansancio. Yo busqué mil invenciones para librarme de él, y seguir mi camino á solas: pero no fué posible dejarlo, y al fin le dije: Señor, yo tengo necesidad de apartarme á la mano izquierda, y pasar este rio, porque tengo qué hacer en Coin. ¿Pues por tan desconversable me tiene vuesa merced, dijo él, que no le habia de acompañar? Él prosiguió, y como no salió bien lo primero, fuíme divirtiendo con los ruiseñores, que nos daban música por el camino, admirándome de ver con cuánto cuidado se van poniendo delante de los hombres para que oigan la melodía de su canto, á veces llevando el canto llano con la quietud del tenor, y luego con la disminucion del tiple, convidando al contrabajo á que haga el fundamento, sobre que van las voces saliendo á veces sin pensar con el contralto. Concierto no imitado de los hombres, sino enseñado á los hombres, á quien sirven con gran cuidado de darles gusto, pues en la orilla de aquel rio, y en cualquiera parte que los haya, tanto con más escelencia usan de su armonía, cuanto más cerca se hallan de los hombres. Con esto pude disimular, y sufrir algun tanto la gotera y continuacion de este impertinente hablador, hasta que llegamos á una venta, donde fué forzoso comer. En acabando yo me hice enfermo, por quedarme sin él, mas él dijo: Juntos salimos de Málaga, juntos habemos de llegar á Ronda; que como yo callaba y él hablaba cuanto queria, le parecí bien para compañía. Víme cansado, atajado y molido; porque aunque confieso de mí que sé usar de la paciencia en muchas cosas, sé que no la tengo para oir hablar mucho y prolijamente, y así me determiné á usar del remedio contra los habladores, que es hablar más que ellos. En acabando de comer el buen hombre, estendiendo los brazos con un gran bostezo, comenzó á decir: Por aquí pasó el Rey Don Fernando y su gente, cuando despues de ganada Ronda vino sobre Málaga, y habiéndole faltado recursos, por los muchos gastos que se le habian recrecido, y por haber acosado á los pueblos circunvecinos con los contínuos rencuentros, trazas y estratagemas de que habia usado por ganar á Ronda, estuvieron dos ó tres dias los soldados sin recibir mantenimiento, por donde pensaron perecer de hambre. Yo le atajé con gran furia, diciendo: Y aun yo me acuerdo, que lo oí contar á mi bisabuelo, que habia traido de la campiña de los pueblos circunvecinos de cristianos de Ronda una gran manada de ganado de cerda, de que ahora hay más abundancia que en toda España, para mantenimiento del real: como se hubiese acabado ya todo el ganado vacuno, y quedasen algunos cochinos, mandó el Rey Católico que le guardasen una docena de ellos, y que por ningun camino tocasen á ellos, por ser grandes y largos, para casta. Como los soldados, gente sin paciencia, se veian perecer de hambre, y la provision que esperaban se tardaba, aunque estaban atrincherados, y cercados de enemigos de toda la Hoya de Málaga, donde por fuerza habian de vivir con recato; vieron dos ó tres camaradas que se habian desmandado los puercos hácia la espesura de estos árboles, por la ribera del rio, que como llevaban seguridad y salvoconducto, nadie tocaba á ellos. Acudió un arcabucero de la camarada, y por entre las ramas le encerró dos balas en el cuerpo á un cochino de aquellos. ¡Arma, dijeron todos, arma, enemigos, arma! Púsose todo el real en arma; los soldados arrastraron el puerco hácia su tienda, y metiéronlo entre la ropa de un baul. Acudieron á todas las partes por donde se podia temer flaqueza ó peligro, porque en semejantes ocasiones ninguno sino los centinelas puede disparar un arcabuz; y como hallaron seguridad, mandóse que se hiciese pesquisa por un sargento mayor adónde y por qué se habia disparado el arcabuz: echóse de ver que habia sido por la muerte del cochino. Los tres soldados con los piés borraron el rastro de la sangre, y envolviéndole entre sus vestidos y camisas, lo encerraron en el suelo del baul, que le sirvió de sepulcro hasta que llegó el sargento mayor, é informándose de tienda en tienda. Llegando á la de los soldados, negando ellos lo del cochino, llegó el sargento mayor á mirar detrás del baul, y en meneándolo, el cochino de lo entrañable de las tripas en contrabajo dió un profundo gruñido, porque no era muerto, y secundó con otro más recio.

El sargento mayor, que se enteró del caso, y padecia tanta hambre como ellos, mirólos sin hablar palabra. Ellos erizado el cabello, temblándoles las manos, y confuso el rostro, cuando entendieron que los habia de ahorcar, ó hacer otro castigo muy grave, el sargento mayor, poniendo el dedo en la boca, les dijo: Envíenme mi parte, y comamos todos. Con mucha disimulacion tornó á su pesquisa de tienda en tienda, y cuando llegó á la suya, halló entre unos drapos sucios la parte del cochino, que le pareció que habia venido del cielo. Entonces dijo el hablador: Pues á propósito de esto contaré: y al momento atajéle con decir: Pues no paró aquí, ni he contado la mitad del cuento, y diciendo mil disparates, semejantes á los pasados, lo rendí de manera que cogió su mula y se fué camino de Alora sin despedirse, y yo me quedé en la venta de Don Sancho, descansando de lo mucho que habia hablado y habia sufrido hablar, que con ser el medio con que se entienden los hombres unos con otros, la demasía destruye el buen fin para que fué concedido á los hombres, y no á los demás animales; la comunicacion del hablar, y la dulzura de la lengua que tantas excelencias tiene, y que ella es el intérprete del alma, satisfactoria á lo que le preguntan, exhortadora al bien, consoladora en el mal, relatora fiel de las sentencias, medianera en las amistades, agradable para el oido, en la soledad compañera, declamadora para persuadir, y voz para comunicarnos. Dejo otros muchos provechos, que aunque son materiales, son muy necesarios, como es traer la lengua el mantenimiento de una parte á otra, para que si está muy caliente se temple, y si está frio se acaliente, y baje al estómago, de manera que lo abrace bien. Mas, ¿qué asquerosa y babosa fuera la boca, si no hubiera lengua que recogiera la saliva que sin licencia se destila del celebro, y sube del estómago? ¿Como si pudiera arrancar la flema del pecho si no ayudara la lengua? ¿Quién negará la gracia que tiene para pedir, y la desgracia para despedir? Maravillosas propiedades tiene para lo material.

Viñeta de adorno
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Illustration from Vida del escudero Marcos de Obregón

DESCANSO XIX.

P

Pero ¿quién, ó cómo podrá decir las calidades de la lengua, aunque ella propia tuviese su libre alvedrío sin tener dependencia de otra parte, para hablar de sí? Dicen algunos que es de hechura de hierro de lanza, y engáñanse, porque ni es tan ancha por lo ancho, ni tan puntiaguda por el remate. Á mí me parece que tiene hechura de cabeza de culebra; y quien quisiere advertir en ello, véala mirándose á un espejo, y hallará lo que digo: verá el fácil movimiento que tiene, más veloz que todos los demás miembros del cuerpo, como de su movimiento propio se alarga y se encoge, se angosta y ensancha, con qué ligereza sube á lo alto de la boca, y baja á lo bajo, y se mueve al un labio y al otro, cómo sale afuera, y vuelve adentro, sin ver con qué se alarga, ni dónde se encoge: y mirándola con todos estos accidentes parece víbora que está á la boca de su cueva para salir ó no salir. Y en fin sale, teniendo en su guarda y defensa los dos adarves de dientes y labios, que le estorban la libertad del hablar, pero no por eso deja de hablar cuanto le mandan, y algunas veces mucho más de lo que le mandan. Vicio infame, y que ordinariamente se halla en gente muy humilde, como pescaderas y lavanderas; y si son hombres, son semejantes en nacimiento y costumbres, que si pensasen cuánto importa para la quietud de la vida y seguridad de la muerte, antes querrian ser mudos que hablar tanto y tan mal. Mil veces he pensado por qué llaman á estos deslenguados, teniendo tan larga la lengua. Y dejadas otras razones, digo que como hablan tanto, y tan mal, parece que han de tener la lengua gastada y consumida de hablar; y por eso les llaman deslenguados, siendo lenguados, y aun acedías, pues tantas engendran en quien los sufre. Y dije que parece la lengua cabeza de culebra, porque tan dispuesta se halla para picar ó morder, como para alabar ó persuadir. Mas ¡cuán dulce cosa es decir bien! ¡Qué de amigos se grangean por ello, y qué de enemigos por lo contrario! En cuantas pesadumbres suceden en el mundo habria templanza y moderacion, si la hubiese en la lengua, que por ella se traban cuantas pendencias suceden en las comunidades ó cabildos. ¡Qué fácil cosa es conceder una verdad, y qué dificultoso contradecirla! Pues al fin no se ha de dar razon conveniente para derribarla. El contradecir la verdad, por salir (como dicen) cada uno con la suya, bien se echa de ver que es estimarla en poco, y su misma reputacion. Que aunque por algunos respetos le dejan salir con su intencion, al fin todos echan de ver la vanidad que sustentaba, y él queda corrido y arrepentido; y á todos los que se aprovechan mal de la lengua les viene luego el pesar al pié de la obra. Tristes de aquellos que ponen su justicia en la confianza de su ruin lengua, que si por ese camino la alcanzan, toda la vida pasan con escrúpulo, y la muerte sin restitucion (quizá me engaño). Todas las heridas que un hombre da con el brazo paran allí donde se recibe el daño. Si ofende con la pisada no pasa de allí el daño. Pero la herida que hace la lengua (como dice el doctísimo Pedro de Valencia) va cundiendo y extendiéndose de la misma manera que el movimiento que hace una piedra en un charco de agua, que á todas partes se va estendiendo, ó como la voz que se da al aire, que á todas partes corre, y va creciendo, que la palabra una vez echada no sabe volverse á su dueño, ni es señor de lo que pudo retener en sí y lo dejó ir. Llaman satírico de pocos años á esta parte al que tiene ruin lengua; mas impropiamente, que no tiene lo uno parentesco con lo otro: porque las sátiras no nacen de la ponzoña de la lengua, sino del celo de reprehender un vicio, que por ser insensible él en sí, se reprehende en quien lo tiene. Mas la hambre y sed de la ruin lengua no tiene discurso como el que compone la sátira; y si lo tuviese, ó espacio para pensar los inconvenientes, no se arrojaria tan fácilmente contra la honra del prógimo. Aquel filósofo que preguntándole cuál era el animal más ponzoñoso en la mordedura, respondió que de los bravos el maldiciente, y de los mansos el lisonjero, no declaró cuál se llama verdaderamente lisonjera, que realmente la lisonja es una mentira dicha con blandura en alabanza del presente: como si á un hombre ignorante le llamasen sabio, ó á la mujer fea la llamasen hermosa.

Esta es realmente adulacion y conocida lisonja, y es grande maldad decirla, y mayor ignorancia consentirla; pero no se llamará lisonja á la mujer que es medianamente hermosa y parece bien, llamarla muy hermosa, ni al hombre que tiene razonable talle, decirle que es gentil hombre; ni lo será al que canta á gusto de quien lo oye, decirle que es un Orfeo, ni al que es muy razonable poeta decirle que es un Horacio, que algo se ha de añadir para que los ánimos se alienten á pasar adelante con los actos de virtud; porque si la honra es el premio de la virtud (como lo es) ¿cómo sabrá el virtuoso la opinion que tiene en el pueblo si no se lo dicen en su cara, y le animan para que prosiga en merecer más y más cada dia? Así que decirle bien de sí propio al que tiene en qué fundarlo no es lisonja, sino dejarlo sabroso para que no cese en su buen propósito; y el que lo dice, sabiéndolo decir, se acredita de afable, y de juez que conoce lo que se debe á las buenas partes. ¿Quién será tan inhumano que tenga por lisonja decirle á Lope de Vega que no ha habido en la antigüedad más escelente ingenio por el camino que ha seguido? ¿Ni tan bruto que porque el otro sabe echar cuatro pullas con donaire, diga que es gran poeta? Todos estos son oficios de la lengua, que si es como la de aquel hablador, todo lo destruye y todo lo daña, así solapando el mal, como desacreditando el bien; porque en la demasía es imposible caber los actos de justicia, y más si el hablar mucho cabe en una mujer ignorante y hermosa, que para un hombre de recogimiento y estudio hace más ruido y ocupa más en una casa que un corral de doscientas gallinas. El hablar mucho está lleno de mil inconvenientes, y pocos habladores ó ningunos he visto enmendados; porque cuanto más viven y duran, crece más la licencia del hablar y el parecerles que lo pueden hacer. El hablar con moderacion regala el oido, cria voluntad y amor en quien lo oye, y hace una armonía en el oyente, que no hay cuatro voces concertadas que así lo suspendan. Mas, ¿qué fuera de la música de voces si no hubiera lengua que pronunciára las sílabas y formára los puntos? Parecieran los músicos vacas en acequias, ó azudas en procesion. Y aunque yo use mal del precepto que doy en hablar poco, no puedo dejar de condenar un género de gentes que en comenzando á hablar son como rueda de cohetes, que hasta que ha despedido toda la pólvora no para. Son descorteses si no oyen lo que les responden, y se hacen odiosos á todo el mundo. Háse de hablar lo necesario, respondiendo y dando lugar á que se responda con silencio justo, ó ajustado con la conversacion, si pudiere ser con agudeza y donaire, si no á lo menos con cordura, moderacion y aplauso, no pensando que se lo han de hablar todo. Como divinamente hace Doña Ana de Zuazo, que usa de la lengua para cantar y hablar con gracia, concedida del cielo para milagro de la tierra. Ó como Doña María Carrion, que si no fuera con tantas ventajas hermosa, con sola la cordura y gracia de su lengua pudiera ser estimada en el mundo. No quiero traer en consecuencia de esto á los grandes oradores, como es el Maestro Santiago Pico de Oro, al Padre Fray Gregorio de Pedrosa, al Padre Fray Plácido Tosantos, y el Maestro Ortensio, divino ingenio, el Padre Salablanca, tan semejante en la vida á la escelencia de sus palabras, y otros escelentísimos sugetos, que parece que hablan con lenguas de ángeles más que de hombres. Pero para reprehender el mucho hablar he yo hablado demasiado, por persuadir á quien tiene esta falta que se reforme en ella. Aquella noche descansé en un pueblo que está cerca del camino que llaman Cazarabonela, abundantísimo de naranjas y limones, con muchas aguas y frescuras, aunque al pié de muy altas peñas.

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Cenefa de adorno
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DESCANSO XX.

P

Por la mañana tomé el camino por entre aquellas asperezas de riscos y árboles muy espesos, donde ví una extrañeza entre muchas que hay en todo aquel distrito, que nacia de una peña un gran caño de agua, que salia con mucha furia hácia afuera, como si fuera hecho á mano, mirando al oriente, muy templada, más caliente que fria, y en volviendo la punta del peñasco salia otro caño correspondiente á éste, muy helado, que miraba al poniente; en lo primero el romero florido, y á dos pasos aun sin hojas, y todo cuanto hay por ahí es de esta manera. Unas zarzas sin hojas, y otras con moras verdes, y poco adelante con moras negras. Todo cuanto mira á Málaga muy de primavera, y cuanto mira á Ronda muy de invierno, y así es todo el camino. Por entre aquellos árboles muy lleno el camino de manantiales y aguas, que se despeñan de aquellas altísimas breñas y sierras, por entre muy espesas encinas, lentiscos y robles; y como solo imaginando en las extrañas cosas que la naturaleza cria, cuando sin pensar dí con una transmigracion de gitanos, en un arroyo que llaman de las Doncellas, que me hiciera volver atrás si no me hubieran visto, porque se me representó luego las muertes que sucedian entonces por los caminos, hechas por gitanos y moriscos; como el camino era poco usado, y yo me ví solo y sin esperanza de que pudiera pasar gente que me acompañára, con el mejor ánimo que pude, al mismo tiempo que ellos me comenzaron á pedir limosna, les dije: Esté en hora buena la gente. Ellos estaban bebiendo agua, y yo les convidé con vino, y alarguéles una bota de Pedro Jimenez de Málaga, y el pan que traia, con que se holgaron; pero no cesaron de hablar y pedir más y más. Yo tengo costumbre, y cualquiera que caminare solo la debe tener, de trocar en el pueblo la plata ú oro que há menester para el espacio que hay de un pueblo á otro, porque es peligrosísimo sacar oro ó plata en las ventas, ó por el camino, y trayendo en la faltriquera menudos, saqué un puñado, con que les dí y repartí limosna (que nunca la dí de mejor gana en toda mi vida) á cada uno como me pareció. Las gitanas iban de dos en dos, en unas yeguas y cuartagos muy flacos; los muchachos de tres en tres, y de cuatro en cuatro, en unos jumentos cojos y mancos. Los bellacones de los gitanos á pié, sueltos como un viento, y entonces me parecieron muy altos y membrudos, que el temor hace las cosas mayores de lo que son; el camino es estrecho y peligroso, lleno de raíces de los árboles, muchos y muy espesos, y el macho tropezaba cuanto podia; dábanle los gitanos palmadas en las ancas, y á mí me pareció que me las querian dar en el alma; porque yo iba por lo más bajo y angosto, y los gitanos por los lados superiores á mí, por veredillas enredadas con mil matas de chaparros y lentiscos, que cada momento me parecia que me iban ya á pegar; y en medio de esta turbacion y miedo, yendo mirando con cuidado á los lados, moviendo los ojos, sin mover el rostro, llegó un gitano de improviso, y asió del freno y la barbada del macho, y queriéndome yo arrojar en el suelo dijo el bellaco del gitano: Ya ha cerrado, mi ceñor. Cerrada, dije yo entre mí, tengas la puerta del cielo, ladron, que tal susto me has dado. Preguntaron si lo queria trocar, y habiéndome atribulado del trago pasado, y de lo que podia suceder; mas considerando que su deseo era de hurtar, y que no podia echarlos de mí sino con esperanzas de mayor ganancia, con el mejor semblante que pude, saqué más menudos, y repartiéndolos entre ellos, dije: Por cierto, hermanos, sí hiciera de muy buena gana, pero dejo atrás un amigo mio mercader, que se le ha cansado un macho en que trae una carga de moneda, y voy al pueblo á buscar una bestia para traerla. En oyendo decir mercader solo, macho cansado, carga de moneda, dijeron: Vaya su merced en hora buena, que en Ronda le serviremos la limosna que nos ha hecho. Piqué al macho, y le hice caminar por aquellas breñas más de lo que él quisiera. Ellos quedaron hablando en su lenguaje de gerigonza, y debieron de esperar ó acechar al mercader para pedirle limosna, como suelen, que si no usára de esta estratagema, yo lo pasara mal. Sabe Dios cuántas veces me pesó de haber dejado la compañía del hablador, cuando hablára mucho y me enfadára, mas al fin no me pusiera en el peligro en que estuve. Que realmente para caminar por enfadosa que sea la compañía tiene más de bueno que de malo, y aunque sea muy ruin, la puede hacer buena el buen compañero, no comunicándole cosas que no sean muy justas. Y para tratar de lo que se ofrece á la vista, por el camino es buena cualquiera compañía. Que bien nos dió á entender Dios esta verdad cuando acompañó un brazo con otro, una pierna con otra, ojos y oidos, y los demás miembros del cuerpo humano, que todos son doblados sino la lengua, para que sepa el hombre que ha de oir mucho y hablar poco. Iba volviendo el rostro atrás, para ver si me seguian los gitanos, que como eran muchos, podian seguirme unos y quedarse otros; pero la misma codicia que cebó á los unos detuvo á los otros, y así me dejaron de seguir. Llegué al pueblo más cansado que llegára si no fuera por miedo de los gitanos. Despues ví en Sevilla castigar por ladron á uno de los gitanos, y una de las gitanas por hechicera en Madrid; pero despues que estuve sosegado y sin alteracion, se me representó en aquellos gitanos la huida de los hijos de Israel de Egipto. Iban unos gitanillos desnudos, otros con un coleto acuchillado, ó con un sayo roto sobre la carne: otro ensayándose en el juego de la correguela. Las gitanas, una muy bien vestida, con muchas patenas y ajorcas de plata, y las otras medio vestidas y desnudas, y cortadas las faldas por vergonzoso lugar: llevaban una docena de jumentillos cojos y ciegos, pero ligeros y agudos como el viento, que los hacian caminar más que podian. Dios me ofreció y deparó aquella estratagema, porque los gitanos eran tantos que bastaban para saquear un pueblo de cien casas. Reposé y comí en aquel pueblo, y á la noche llegué á Ronda, donde hallé á mis mercaderes muy deseosos de verme y muy adelante en su trato. Lo que allí me pasó no es de consideracion, porque en una feria tan caudalosa son tantos los enredos, trazas, hurtos y embelecos que pasan, que para cada uno es menester una historia. Yo no iba á tratar ni á contratar, sino á negocios de mis estudios, y visitar mis parientes; pero servíles á los mercaderes de gozquecillo, para mostrarles algunas cosas muy notables y dignas de ver que tiene aquella ciudad, así por naturaleza, como por artificio, como es el edificio famoso de la mina por donde se proveia de agua siempre que estaba cercada de contrarios.

Illustration from Vida del escudero Marcos de Obregón

—Ya ha cerrado mi ceñor. —Cerrada, dije yo entre mí, tengas la puerta del cielo, ladron, que tal susto me has dado.

Esta ciudad fué reedificada de las ruinas de Munda, que ahora llaman Ronda la vieja: ciudad donde tan apretado se vió César de los hijos de Pompeyo, que confiesa él mismo que siempre peleó por vencer, y allí por no ser vencido. Está edificada sobre un risco tan alto, que yo doy fé que haciendo sol en la ciudad, en la profundidad, que está dentro de ella misma, entre dos peñas tajadas, estaba lloviendo en unos molinos y batanes, que sirven á la ciudad, de donde subian los hombres mojados; y preguntándoles de qué, respondian que llovia muy bien entre los dos riscos que dividen la ciudad del arrabal. Dígolo á fin de que cuando esta ciudad se edificó, por la falta que habia de fuentes arriba les fué forzoso hacer una mina, rompiendo por el mismo risco hasta el rio, que no hay en toda ella cosa que no sea de la misma dureza de la piedra, en que hay cuatrocientos escalones, poco más ó menos, por donde bajaban por agua los míseros esclavos cautivos, en el cual trabajo morian algunos; y se tiene por tradicion antigua que una cruz que yo he visto al medio de la escalera, la hizo un cristiano, que del mismo trabajo reventó, con la uña del dedo pulgar, tan honda, que fuera menester más que punta de daga para hacerla. Es de la misma grandeza de rayas que un Cristo que está en la iglesia antigua de Córdoba, hecho por manos de otro santo cautivo, y con el mismo trabajo. Algunos han dicho que tan insigne obra no pudo ser hecha sino de romanos. Pero hay en contrario una piedra grande que está en el fundamento de la torre que llaman del homenage, que está escrita de letras latinas, y están vueltas hácia abajo, que si supieran leerlas no la pusieran al revés. Fuera de que las calles son todas angostas, y las casas, que se heredaron de la antigüedad bajas, muy fuera de la costumbre de los romanos y españoles. Sea como fuere, el edificio de la mina es hecho con mucho trabajo y cuidado, y de las más memorables obras que hay de la antigüedad en España; y que esta ciudad fuese edificada de las ruinas de Munda, en mil piedras que allí hay se echa de ver, y en algunos ídolos que hay, entre los cuales son excelentes dos que hay de muy maltratados, de alabastro en las casas de don Rodrigo de Ovalle, en que ahora vive, heredadas de sus padres y abuelos á quien yo conocí: y aunque yo no hago oficio de historiador, no puedo dejar de decir de paso, que engañado Ambrosio de Morales por la semejanza del nombre, dijo que Munda habia sido un lugarcillo edificado á la falda de Sierra-Bermeja, que se llama Munda, que si hubiera visto esta tierra no lo dijera. Porque á lo que dice Paulo Hircio que hay desde Osuna á Munda, concierta esta verdad, y con estar vivo hoy el coliseo grande, y que muestra haber sido colonia de romanos, que yo ví años de ochenta y seis. Junto con esto me acuerdo que oí decir á Juan Luzon, caballero de muy gentil entendimiento y buenas letras, y un hidalgo, nieto é hijo de conquistadores, que se llamaba Cárdenas, que en un cortijo suyo que está en el mismo sitio de Munda, arando unos gañanes, hallaron una piedra en que estaban estas letras: Munda Imperatore Sabino. Junto con esto le oí decir á mis abuelos, que eran hijos de conquistadores, y tuvieron repartimiento de los Reyes Católicos. Y esto digo, porque como se van acabando los que lo saben, quede esta verdad asentada para la posteridad. Tiene aquella ciudad naturalmente cosas que se pueden ir á ver, por monstruosas de muchas leguas, por la extrañeza de aquellas altas peñas y riscos. Es abundantísima de todo lo necesario para la vida, y así salen pocos hombres de ella para ver el mundo; pero los que salen, así para soldados como para otras profesiones, prueban muy bien en cualquiera ministerio, y porque no haga oficio de historiador, paso fácilmente por estas verdades. Yo mostré á los mercaderes lo que pude, y los dejé con intento de ir á las Indias occidentales.

Viñeta de adorno
Viñeta de adorno
Cenefa de adorno
Cenefa de adorno

DESCANSO XXI.

Y

Yo negocié á lo que iba, y vine á Salamanca, donde estuve hasta que se hizo una armada en Santander, de donde fué general Pedro Melendez de Avilés, adelantado de la Florida, muy gran marinero, que por ser para navegar se la encomendaron. Yo con el deseo que tenia de ver mundo desamparé los estudios, y me acogí en compañía de un amigo capitan, que iba haciendo gente para la dicha armada, que quien viera la gente que se juntó en ella de Andalucía y Castilla, juzgára que para todo el mundo bastaba: pero como la mano de Dios lo gobierna todo, y sin su incomprehensible voluntad, ni el poder de los reyes, ni el valor de los generales, ni la furia de los grandes soldados es bastante para derribar la flaqueza de un miserable hombre, tuvo infelicísimo fin aquel poderoso ejército: no en batalla, porque no llegó á ese punto, sino que se cundió una enfermedad en los soldados, de que casi todos murieron sin salir del puerto. Embarcóse lucidísima gente moza y robusta, con muy grandes esperanzas que el gallardo brio les prometia. Yo me embarqué en una zabra con la compañía en que fuí, aunque con diferente capitan, porque hubo reformacion, y de este segundo fuí yo alférez en armada, de quien se dijo: Desdichada la madre que no tuvo hijo alférez. Era almirante don Diego Maldonado, caballero de bonísimo gusto, en cuya gracia yo caí, y en su desgracia nunca, por cuyo respeto me dió su bandera el segundo capitan. Diéronme unas tercianas dobles que andaban fuera y dentro de la mar; y como nunca las cosas, por poco prósperas que sean, se poseen sin envidia, dió en tenerla de mí un hidalguete de la misma compañía que traia ocho ó diez camaradas que procuraban con grandes veras derribarme del oficio de alférez; pero cuanto más ellos ocasiones me daban para su intento, tanto más me apartaba yo de tomarlas; porque puesto un hombre en ellas, mal sabe resistirse, y no hay remedio tan excelente para huir los males, como no aceptar el envite de las ocasiones, particularmente en la edad robusta que yo entonces tenia, que aunque no era muy mozo, era muy colérico, y la enfermedad me hacia andar desgraciado. Por apartarme de este hidalguete me estuve en tierra algunos dias sin entrar en el navío, que todo esto se ha de hacer por evitar pesadumbres: y una huéspeda mia me curaba las calenturas con darme á beber vino de Rivadavia con suciedad de ratones, que los enfermos todo lo creen, como vaya en órden de darles salud. Como yo era fogoso, más se encendian las calenturas, y más se encendia el ódio del envidioso; de suerte que por su causa me mandaron que fuese al navío: hícelo, y aun estando con mi calentura; y como él estaba puesto en su malicia, determinó con sus camaradas, con quien el pobre gastaba lo poco que tenia muy bien, de darme la ocasion á manos llenas. Yo sabia nadar, y él no; fué tanta la ocasion, que me obligó á responder: estando él y sus camaradas al bordo del navío, me desmintió. Ofrecióseme de improviso si le daba un bofeton, que me ponia en peligro que los camaradas me diesen de puñaladas; y así, sin hablar palabra, me abracé con él, y me arrojé en la mar, y dándole cuatro coces donde los camaradas no podian ayudarle, echélo á fondo, y dando dos braceadas, asíme al bordo de la chalupa. El pobre, habiendo tragado algunos cuartillos de agua, salió hácia arriba; y lo primero que encontró con que asirse fué una pierna mia, que agarró tan fuertemente, que con muchas coces que le dí con la otra, no fué posible hacer que la soltase. Los bellacones, en cuyo favor y ánimo él se habia fundado para atreverse, en lugar de favorecerle á él y á mí, estaban al bordo del navío pereciendo de risa de verlo asido de mi pierna, y á mí asido de la chalupa. Yo dí voces á los marineros, porque él no podia hablar, que echasen un cabo: echáronle y bajaron dos de ellos, y como si fuéramos dos atunes, dieron con nosotros en la chalupa, aunque á mí solo me estorbaba para salir no dejar el otro mi pierna; pero él, como se vió en elemento que no conocia, salió medio ahogado: subidos arriba, le dieron al otro ciertas coces en la barriga, con que vomitó el agua mala, y yo me enjugué de la que habia cogido en el vestido: de suerte, que para la vida le aprovechó más al pobre una pierna del enemigo, que doce brazos de sus amigos; que ordena el cielo de manera las cosas, que las amistades y favores fundados en malos intentos, no aprovechen para el mal fin. Nadie se fie en lo que no fuere suyo, que es fácil el prometer ayuda y dudoso darla, que cada uno en la ocasion mira su daño, y no la obligacion en que le pusieron. Dábale osadia el desprecio mio con el favor de los otros, y en ese mismo desprecio halló la vida que por el favor tuvo en duda. Yo con mi determinacion deshice mi agravio, ahuyenté la calentura y dí que reir á toda la armada. En confianza de ajeno favor nadie se atreva á hacer cosas mal hechas. Súpolo el adelantado, que rió mucho de ello. Vino á vernos el almirante por saber que habia sido conmigo la pesadumbre, y diciendo con grandísima gracia: Estas amistades pasadas por agua y hechas por Neptuno, yo como almirante las confirmo; y pues saben, señores soldados, que debajo de bandera no hay agravio, al que lo hiciere se le darán tres tratos de cuerda, y al que lo sufriere le tendrán por muy honrado soldado, considerado y cuerdo. Regaló al medio muerto de temor, y á mí me llevó á comer consigo, diciendo mis disparates á cuantos encontraba de la armada, que fué tan desdichada, que de casi veinte mil soldados que se embarcaron muy gallardos, solo trescientos quedaron de provecho, que llevó el capitan Vanegas á donde le mandaron, que no bastó la diligencia del conde de Olivares, excelentísimo ministro, capaz para gobernar un mundo, discreto, sagaz y sabio en todas materias. Murió allí el adelantado, y otros grandes ministros de S. M., con que aquella gran máquina se acabó de deshacer. Yo disparé como los demás que quedaron á reparar la salud con la convalecencia: que realmente todos los que no murieron cayeron enfermos: y entendióse que se hizo algun daño en los mantenimientos. Salí de Santander, y tomé mi derrota por Laredo y Portugalete: llegué á Bilbao, donde me siguió mi fortuna, como suele. Aunque no iba muy recio ni convalecido, llevaba algunas galillas de soldado; y como aquella armada habia dado tan grande tronido, todos gustaban de ver soldados de ella. Las mujeres particularmente, como más noveleras, salian á ver cualquiera soldado que venia.

Estando en una Iglesia de Bilbao, puso los ojos en mí una vizcaina muy hermosa, que las hay en estremo de lindísimos rostros; yo correspondí de manera, que antes que saliese, dijo, despues de haber hablado un gran rato, y dado y tomado sobre cierta inclinacion que tenia que venir á Castilla, que pasase aquella noche por su casa, y que hiciese una seña. Yo la dije que señas ordinarias son muy sospechosas, y así, que en oyendo el ruido de un gato, se pusiese á la ventana, que yo seria. Túvele en cuidado, y á las doce de la noche, cuando me pareció que no habia gente, fuí arrimado á una pared que hacia sombra, y con mucho silencio me puse en un rinconcillo que estaba debajo de su ventana, donde por la sombra no podia ser visto, y entonces hice la seña gatuna, á cuyo ruido se alborotaron los perros, y un jumento soltó su contralto. Andaba de la otra parte un hombre tambien haciendo hora, y como oyó al gato y los perros, estando yo muy atento á la ventana á ver si se asomaba, cogió una piedra, y dijo en vascuence: Valga el diablo los gatos, que han venido á alborotar los perros, y jugando del brazo y piedra, tiró á bulto donde habia oido el gato, y dióme en estas costillas una pedrada, pensando espantar el gato. Callé, y llevé lo mejor que pude mi dolor, con que me quitó la atencion de la ventana, y aun el amor de la moza, porque me acordé que Dios lo habia permitido por el poco respeto que habia tenido en la Iglesia, concertando en ella lo que habia de ser ofensa suya; que en los lugares sagrados el temor y la vergüenza han de ser freno para no hacer semejantes atrevimientos; que si los templos son para ofrecer á Dios sacrificios y pedirle mercedes, ¿cómo las concederá, teniéndole poco respeto en su casa? Y quien no tiene temor y respeto en semejantes lugares, arguye ánimo desvergonzado; porque el temor del hombre viene á redundar en honra de Dios, y quien no lo tuviere, tampoco vendrá á tener fortaleza. Nadie siga mujeres en la Iglesia; pues hay harto espacio para verlas fuera, que se han visto muy grandes castigos en hombres que no han tenido respeto á los templos, y muy grandes mercedes en quien ha temblado de hacer descortesías en ellos; y no solamente en la verdadera religion, pero aun en el culto de los falsos dioses ha permitido el verdadero muy grandes males en los tales; porque ya que engañados del demonio piensan que van acertados, son sacrílegos de lo que tienen por bueno. Retiréme por el mal suceso, y porque las cosas que se han comunicado poco no dan mucha pesadumbre en dejarlas; pero como ella tenia gana de venir á Castilla, tuvo modo para enviarme á decir con una amiga suya, tan cerrada en la lengua castellana, como yo en la vizcaina, que ya que no queria pasar por su casa para hablarla, me fuese á la salida de Bilbao para Vitoria, que allí me hablaria. Y los hombres que en pueblos no conocidos, y de cuyas costumbres no tienen noticia, se atreven á hacer su voluntad, merecen verse en el peligro en que yo me ví. No hay confianza que no esté sujeta á algun peligro: y es grande ignorancia tenerla en lo que no se tiene esperiencia. Quien dice en Castilla vizcaino, dice hombre sencillo, intencionado; pero yo creo que Bilbao, como cabeza de reino, y frontera ó costa, tiene y cria algunos sugetos vagamundos, que tienen algo de bellaquería de Valladolid y aun de Sevilla.

Yo fuí al puesto un poco tarde, y hallé á la señora vizcaina con una amiga ó compañera suya: fuímonos hablando, y á ratos ella cantando en vascuence, porque la otra no sabia una palabra en castellano, y con la materia que ella iba tratando de su ida á Castilla, divertímonos de manera que anocheció algo lejos de la ciudad. Volvímonos, y llegando á un molino, encontramos cuatro hombres perdidos que salian de una taberna, no de sidra, sino de muy gentil vino, que las hay por aquellos molinos arriba. Y viendo con un castellano dos vizcainas, gobernáronse por sus cabezas, como estaban entonces, pusiéronse dos de ellos de un lado, y dos de otro, y puesta mano á sus espadas, me comenzaron á acuchillar: yo no fuí señor de mí, porque de la una parte estaba un cerro bien alto, y de la otra una pared bien alta, que bajaba á un caz de un molino.

Las vizcainas huyeron, y yo hice todo cuanto fué posible por cogerlos delante, por verme con ellos mejor: pero los bellacos eran matantes, y sabian cómo se habia de hacer una bellaquería. Yo, visto que por fuerza habia de peligrar, no pudiendo tomar la delantera, ni subir por el cerro, ni por los lados, arremetí con los dos para cogerles la delantera, y al mismo tiempo todos juntos cerraron conmigo, y me arrojaron en el caz de aquel molino, y fué tan cerca del rodezno, que la corriente furiosa del agua me llevaba á hacer pedazos, si no me asiera de una estaca ó maderilla que estaba hincada, aunque poco fuerte, cerca de la puerta que atajaba el agua para que fuese al rodezno; pero era tan cerca de él, y la estaca poco fuerte, que se doblaba con el peso, y yo me iba acercando más á perdicion; los bellacos se fueron siguiendo las mujeres en viéndome caido abajo, y como los peligros imprevistos carecen de consejo, yo no le tenia para valerme: la estaca se iba rindiendo, y yo llegándome hácia el rodezno. Volví el rostro hácia el lado izquierdo, y ví un arbolillo pequeño, que se criaba de la humedad del agua, que pensé que tuviera más fuerza que la estaca, mas no tenia fortaleza. Por que la corriente no hiciese su oficio, fuí cobrando espíritu, dejé la mano derecha en la estaca, y alargué la izquierda al arbolillo, y pude asirlo de una rama. Repartido el peso entre las dos, aunque no podia resistir á la inmensa furia del agua, por estar casi llegando con los piés al rodezno, pude mejor sostenerme, pero no volver arriba, hasta que sacando la pierna izquierda, que estaba más arrimada á aquel lado que al derecho, topé en la paredilla con una piedra, en que pude estribar muy bien, y haciendo fuerza con ella, ayudándome de la de los brazos, mejoréme, hasta poder asir el madero, en que estaba asida la puerta del desaguadero, y encomendándolo á la mano izquierda, saqué con la derecha la daga, y metiendo el brazo debajo del agua, apalanqué con la daga, y alcé la puerta tanto, que se coló la mitad del agua, y segundando, como pude, con toda la mano derecha, la levanté de manera, que con la misma furia que iba al rodezno, todo el agua se despeñó por su natural corriente, con que yo pude valerme de mis piés, y subir por toda la acequia, asiéndome á las estacas que ayudaban á la presa del molino, y como el que ha resucitado de muerte á vida, sin capa y espada ni sombrero, iba mirando si era yo el que se habia visto en tan evidente peligro; iba corriendo por aquellos molinos abajo, como el que se habia soltado de la cárcel, por llegar presto donde me alentase y mudase el vestido, porque no se me entrase aquella humedad de la ropa en las entrañas. Los que me encontraban me hablaban en vascuence, debian de preguntar si estaba loco, yo no respondia palabra, por no me poner á resfriar.

Cuando llegué á mi posada llevaba la muñeca de la mano derecha más gorda que el muslo, del golpe que habia dado. Estúveme en la cama ocho ó diez dias, restaurando la batería que habia hecho en mí el espanto de la ya tragada muerte, que fué el mayor peligro de los que yo he pasado, por ser con quien no sabe hablar, sino hacer y callar. Admiréme de ver que entre gente que tanta bondad y sencillez profesan, se criasen tan grandes traidores, sin piedad, justicia y razon. En el tiempo que estuve en la cama me tomaba cuenta á mí propio, diciendo: Señor Márcos de Obregon, ¿de cuándo acá tan descompuesto y valiente? ¿qué tiene que ver estudio con bravezas? Muy bien guardais las reglas de vivir, ¿qué os enseñó vuestro padre? ¿no os acordais que el primer precepto que os dió fué que en todas las acciones humanas tomásedes el pulso á las cosas antes que las acometiésedes; y en el segundo, que si las acometíades, mirásedes si podia redundar en ofensa agena; y el tercero, que con vos mismo consultásedes el fin que pueden tener los buenos ó malos principios? Muy bien os aprovechais de ellos: ¿mas qué bien parece pasar de estudiante á soldado, profesiones tan honradas, y despues de soldado á molinero, y no á molinero sino á molido? ¡Qué poca pena le diera al bellaco del rodezno hacerse verdugo y descuartizarme! Tentábame mis piernas y mis brazos, y como los hallaba, aunque cansados, buenos, daba mil gracias al bendito ángel de la guarda, que él por su bondad es la prudencia de los hombres, que la nuestra no basta para librarnos de los trabajos y adversidades: pero bastára para no ponernos en ellos, sino que se adquiere esta divina virtud tan tarde, y con tanta esperiencia de trabajos y vejez, que cuando les viene á los hombres parece que ya no la han de menester: y la juventud está tan llena de variedades y mudanzas naturalmente, que apetece más arrojarse á la fortuna y suerte, que obedecer á la Providencia. Y confieso, que la poca que yo tuve, me trajo á punto de perecer miserablemente, donde habia de ser manjar, aun no de peces, sino de gusarapos, si no era que los perros del molino querian hacer algun banquete antes que viniera á noticia del amo. Yo pasé mi trabajo lo mejor que pude, y pude muy mal, porque en la soldadesca no habia mucho dinero, aunque se hacen en ella los hombres esperimentados para estimar la paz, y animosos para ejercitar la guerra.

Viñeta de adorno
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Cenefa de adorno
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DESCANSO XXII.

S

Salí de Vizcaya, echándola mil bendiciones, lo más presto que pude por llegar á Vitoria, donde hallé un gran caballero amigo mio que se llamaba D. Felipe Lezcano, y él me hospedó y regaló de manera que pude repararme del trabajo pasado: y por no dejar de verlo todo fuí de allí á Navarra, siendo Condestable de ella un hijo del gran Duque de Alba D. Fernando de Toledo; pero con gran cuidado de no arrojarme á cosa que no fuese muy bien pensada; porque como en cada reino, ciudad y pueblo hay diversas costumbres, el que no las sabe, con vivir bien y quietamente cumple con la obligacion natural; y con aquel primer documento que me dió la afliccion del molino, procuré valerme siempre, si no era cuando me olvidaba de él, que como mozo tropezaba de cuando en cuando, principalmente en aquellas cosas que sola la edad puede madurar. Cuanto más que, es tan poderoso el hacer costumbre en las cosas, que ellas mismas se facilitan con el uso: y cuando no repugnan á la razon, no se han de dejar si no pide otra cosa la fuerza. Al fin me valí por Navarra y Aragon de manera que adquirí muchos amigos. Y en llegando á Zaragoza, ciudad y cabeza del antiguo reino de Aragon, que entonces no tenia tan buena fama como mereciera, hallé tantos amigos, y tan buenos, que más parecí natural que forastero en el amor que me tenian; pero yo fuí siempre con cuidado de no mirar á ventana, que son celosísimos los de aquel reino, ni tomar pesadumbre con nadie, ni asir de palabras de poca importancia, que es de donde se traban las enemistades y ódios. Honróme en su casa por el tiempo que allí estuve un gran Príncipe muy amigo de música, y de todos actos de ingenio y virtud, honrándome y acudiéndome á las necesidades de naturaleza; y fué tanto el favor que me hizo, que me divertí más de lo que fuera razon, en juegos, que hasta entonces no habia dado en ellos, que fué bastante para distraerme, y dar en aquel vicio que me trajo más inquieto. Que como en palacio la ociosidad es tanta, y el ejercicio en letras y uso de las ciencias tan poco favorecido, dí en lo que todos daban. Vicio contra caridad, lleno de ira insolente en el que gana, y de humildad forzosa en el que pierde, y que arrastra de manera á quien lo sigue, que no le deja voluntad para otra cosa. Cuál antepone el juego á la honra; cuál deja mujer é hijos perecer de hambre, y estos son daños muy ordinarios; que hay muchos que ni se pueden ni se sufren decir. Un hidalgo de muy buen entendimiento se vió tan lleno de trampas por el juego, y tan sujeto á la costumbre, y convertido ya el uso en naturaleza, que reprehendiéndole su misma madre, y rogándole que dejase el juego, y ella le alargaria toda su hacienda, que no era poca, respondió, que estaba como hombre que tiene atravesada una daga, que vive mientras la tiene, y en sacándola muere, y que en quitándole el juego se habia de morir. Pero es tanta la golosina del que gana, y tan grande la desesperacion del que pierde, que ni el uno reposa hasta perderse, ni el otro vive hasta desquitarse. El uno se inquieta con la ganancia, el otro se ahoga con la esperanza de ganar, y ambos fácilmente mudan de estado; pero no duran en él de costumbre, ni se puede creer el ódio infernal que tiene el que pierde con el que le gana, aunque más y más disimule, que parece que en aquel punto le falta el conocimiento de la primera causa, nacido de no poderse vengar de su enemigo: quien quisiere meter cizaña entre dos grandes amigos, haga que jueguen el uno contra el otro, que no há menester más fuerza el diablo para hacerles grandes enemigos; tal es la fuerza del ódio que se cobra en el juego: ¡qué de muertes infames hechas con supercherías y traiciones, robos y mentiras nacen del juego! No quiero que se me representen las cosas que he visto suceder en el juego y por el juego; sólo quiero decir, que es tan poderoso que un hombre que trata de recogimiento, ó por escribir, ó por leer, ó por otros actos de virtud, si juega una vez y pierde, há menester ayuda del cielo para tornar á añudar el hilo por donde lo habia quebrado. Yo me divertí en esta materia, y la dí á entender á amigos que trataban este infame ejercicio, con uno de los cuales me pasó una cosa muy vergonzosa para mí, y de risa para quien lo supo. Fué, que una noche me pidió que le acompañase porque iba á hablar con cierta persona, y quiso llevarme para que le guardase la suya. Yo me puse como de noche con una espada y broquel, unos calzones ó zaragüelles de lienzo, un capotillo de dos faldas, y otras cosas de disfraz, con que fuimos adonde me llevó, que era una casa donde habia un poyo á la puerta. Dió las once el reloj, y despues las doce, que era la hora que tenia aplazada, y díjome que lo esperase sentado en aquel poyo, que luego saldria. Sentéme bien rellanado, y musitando entre dientes comencé á entretener el sueño lo mejor que podia, que ya era hora de ello. El dia siguiente era dia solemnísimo de los Apóstoles: oí las dos y luego las tres, que el buen hombre no podia salir, porque hubo estorbo para ello; yo me caia de sueño; dí en pasearme y en rezar, entendiendo que aprovecharia para no dormirme, siendo cosa que más concilia el sueño de cuantas hay en el mundo. Torné á sentarme, porque me cansaba de tanto pasear, y como habia digerido ya la cena gran rato habia, por más que me refregaba los ojos con saliva, no pude valerme hasta que no sé cómo ni de qué manera, sin querer, me quedé dormido sobre el poyo, adonde estuve, hasta que tañendo á Misa mayor el dia siguiente, con el ruido de las campanas de la fiesta y de la mucha gente, pasando unas señoras por allí, dijeron: ¡Qué bien lo ronca el cochino! y mandaron á un escudero que me despertase. Despertóme, y alzando los ojos con un gran bostezo ví el sol en medio de la calle, y oyendo la armonía de las campanas, arrebocéme un capotillo que llevaba, y dí á correr no hácia mi posada, sino hácia la placeta de Médicis, siguiéndome más de trescientos perros; y á la vuelta de una esquina topé con un ciego que llevaba una docena de huevos en el seno, y al mismo compás que le topé volvió el báculo, y alcanzóme en el hombro izquierdo, y como le destilaba lo amarillo de la tortilla, decian que le habia quebrado la hiel en el cuerpo, y ya que con mi huida llegaba cerca de la casa donde me habia de acoger, con la priesa que llevaba y la que me daban los perros tropecé, y tendíme á la puerta de esta señora, tan buena de nacimiento, que habiéndole yo enviado dos perdices para que se regalase con ellas, las echó en una necesaria, porque venian lardeadas con tocino.

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