RELACION PRIMERA (continued 2)
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DESCANSO VIII.
T
Toda esta plática ó conversacion pasó estando este hidalgo y yo echados de pechos sobre el guardalado de la puente Segoviana, mirando hácia la Casa de Campo, por donde vimos asomar un buen atajo de vacas que nos interrumpió la conversacion, y viéndolas, le dije: Aquellas vacas han de pasar por esta puente más apiñadas y más apriesa que vienen por aquella parte, por eso no aguardemos aquí el ímpetu con que han de pasar. No temais, dijo el hidalgo, que os guardaré á vos, y á mí. Guárdese á sí, le dije yo, que á mí aquella pared que baja de la puente al rio me guardará, porque yo no me entiendo con gente que no habla, ni sé reñir con quien trae armas dobles en la frente. Fuera de lo que dicen: Dios me libre de bellacos en cuadrilla. Háse de reñir con uno que si le digo teneos allá me entienda; reñir con un animal bruto es dar ocasion que se ria quien lo mira, y cuando salga bien de ello, no he hecho nada. No se ha de poner un hombre en peligro que no le importa mucho; defenderse del peligro, es de hombres, y ponerse en él es de brutos. El temor es guarda de la vida, y la temeridad es correo de la muerte. ¿Qué honra ó provecho se puede sacar de matar un buey, cuando se haga por ventura, sino tener que pagar á su dueño? Si yo puedo estar seguro, ¿por qué tengo de poner mi seguridad en peligro? Con todo esto que yo dije, él se quedó haciendo piernas, y yo con las mias me puse lo más presto que pude detrás de la esquina. Venia por la puente delante una mula con dos cueros de vino de San Martin, y un negro atasajado en medio de ellos, y aunque venia un poco apriesa delante de los bueyes, con el ímpetu que venian, por la priesa que los vaqueros le dieron, cogieron á la mula en medio al tiempo que llegaron á emparejar con mi negro hidalgo; la mula era maliciosa, y como se vió cercada de cuernos, comenzó á tirar puñadas y coces, de manera que arrojó al negro y á los dos cueros encima de la herramienta de un novillejo harto alegre, y que comenzando á usar de sus armas, arrojó el un cuero por la puente al rio en medio de muchas lavanderas. El hidalgo, por librar al negro, y defenderse á sí, puso mano á su espada, y afirmándose contra el novillo le tiró una estocada uñas abajo, con que hizo al otro cuero dos claraboyas que alegraron harto á la gente lacayuna; pero no fué tan de valde, que no le trujese por delante, asido por las cuchilladas de las calzas, que de puro manidas, no pudiendo resistir á la violencia de los cuernos, se rindieron, y él quedó arrimado al guardalado de la puente, con algunos chichoncillos en la cabeza, diciendo: Si trujera las nuevas, buen lance habia hecho. En pasando la manada, que fué en un instante, acudieron los gentiles hombres guiones de la gente de á caballo, y acometiendo por los orificios de los ijares al cuerpo sin aliento, en un instante le dejaron sin gota de sangre.

... y afirmándose contra el novillo le tiró una estocada uñas abajo con que hizo al otro cuero dos claraboyas.
Las lavanderas acudieron al que habia caido en el rio, cada una con su jarrillo, que llevando uno en las tripas y otro en la mano, le dejaron la boca al aire, y el señor cuero callar; al negro medio deslomado le pusieron sobre la mula, no sé lo que fué de él. Yo acudí á mi hidalgo, no á darle en cara el no haber seguido mi consejo, sino á limpiarle y consolarle, diciendo, que lo habia hecho muy como valiente hidalgo: que es yerro al afligido y corrido reprehenderle lo que no tiene remedio: con la reciente pesadumbre á nadie se ha de decir: bien os decia yo; que en el daño hecho es mala la correccion temprana: al que está compungido de su daño, no se ha de dar en cara lo que dejó de hacer, que él se tiene consigo la penitencia de su yerro; y en semejantes sucesos el empacho y vergüenza son castigos de la confianza. Él se puso muy hueco del consuelo que yo le dí en alabarle de su disparate, aunque se le echó de ver la confusion que tenia en el rostro. Con todo eso me agradeció lo que le dije, y para alegrarlo le mostré el estrago que los lacayos hacian en el cuero, y la alegría de las lavanderas, que le echaban mil bendiciones al novillo, rogando á Dios que cada dia sucediese lo mismo. Y en habiendo ellos y ellas concluido con dejar los pellejos sin alma, se tornaron á su costumbre antigua. Los lacayos á decir mal de sus amos y del gobierno de la República, y las lavanderas á murmurar de doncellas y religiosos. ¡Lastimosa cosa, que pasando toda la vida en pobreza, trabajo y miseria, con que pueden ganar á Dios la voluntad, vengan á hallar alivio y descanso en los brazos de la murmuracion! Que es tan poco humilde nuestra naturaleza, que ordinariamente la pobreza se rinde á la envidia, como si el arrepentimiento de las partes suspendiese de sola la diligencia humana, sin órden de la voluntad divina, y que se aborrezca por cosa infame, lo que tanto amó el Autor de la vida. Los pobres son piadosos para otros pobres; pero no para los ricos, y si considerasen con los ojos del alma, cuánto más cargados de obligaciones y cuidados están los ricos que los pobres, sin duda no trocarian su suerte por la del rico; que al rico todos procuran derribarle, y al pobre nadie le tiene envidia: y con todo eso su mayor consuelo es murmurar del que ven acrecentado ó en mejor estado que el suyo; pero dejemos ahora á los lacayos gobernar el mundo, y á las lavanderas aniquilar y deshacer lo mejor que hay en él. El hidalgo, aunque algo desabrido del suceso, con grandes veras me comenzó á persuadir que fuese con él, yo á considerar si me estaba bien; porque cuanto á lo primero yo echaba de ver que el andar vagamundo y ocioso era cosa perniciosa para conservar la reputacion y sustentar la vida, que aunque es así que la ocupacion cansa el cuerpo, y la ociosidad fatiga el espíritu, y el que trabaja piensa en lo que hace de bien, y el ocioso en lo que puede hacer de mal; gracia del cielo es menester para que el ocioso se ocupe en cosas de virtud, y mucha fuerza de mala inclinacion, para que el ocupado se ejercite en el vicio. Muchas veces oí decir al Doctor Cetina, gran juez, que aborrecia las ocupaciones de su oficio, por no saber faltas agenas, y por otra parte las deseaba por no estar ocioso. Cuanto á lo segundo, consideraba que no era cordura salir de Madrid, á donde todo sobra, por ir á una aldea, donde todo falta; que en las grandes Repúblicas el que es conocido, aunque anochezca sin dineros, sabe que el dia siguiente no ha de morir de hambre. En los pueblos pequeños en faltando lo propio, no hay esperanza de lo ageno: el perro que no es de muchas bodas siempre anda flaco. Si el conejo tiene dos puertas en su vivar, puede salvarse; pero si no tiene más de una, luego es cazado. El hombre que no sabe nadar, en un charco se ahoga; pero el que sabe entrar y salir en la mar, no se anega. Lo tercero, veia tan inclinado al buen hidalgo á llevarme consigo; y á mí tan agradecido á quien me quiere bien, que no sabia negárselo, que el agradecer el amor y las buenas obras es de pechos nobles, y la ingratitud de tiranos: el que no agradece no merece tener amigos: nada tienen los hombres que no sea recibido, y así desde nuestro nacimiento habemos de comenzar á agradecer. Tras de todo esto consideré mi estado, y la obligacion natural que tengo á mí propio. El buen hidalgo era no muy rico, y de sus acciones descubria estrecheza de corazon; no parecia liberal; pobreza y miseria en un sugeto, aunque son para en uno, no quiero que sean para mí; yo naturalmente soy enemigo de la escasez, y aun creo que la misma naturaleza le aborrece, siendo como es pródiga en dar; y á este hidalgo se le echaba de ver, que no era escaso por pobre, sino por inclinacion: pero con todo eso me aventuré á no negarle lo que me pedia. Fuíme con él á casa de cierto título, con quien profesaba parentesco ó amistad; porque él tenia necesidad de algun regalo, por las burlas que le habian pasado con el novillo, y en entrando dijo á un despensero de la casa que me regalase: él entendió sin duda que no me regalase, y así lo hizo; de manera, que de pura dieta casi se me vino á juntar el pecho con el espinazo. Era ya tarde, y mostróme el dicho despensero un tinelo donde comian los criados más importantes de la casa, como son gentiles-hombres y pajes. Llegóse la hora de cenar, y el tinelo estaba más escuro que la última cubierta del navío. Entró cierto galancete, aunque no alto de cuerpo, de razonable talle, trigueño de rostro, ceja arqueada, casi de hechura de mariposa de seda, buena espedicion de lengua, pocos conceptos y muchas palabras, más lleno de hambre que de hidalguía: y como vió tan lóbrego el aposento, dijo: Ola, trae aquí velas. Vino un pícaro, con más andrajos que un molino de papel, con un cabo de vela portuguesa, é hincóla en un agujero de la misma mesa tinelar, que si no tuviera nudo la madera, la hincara en la pared. Pusieron en ella unos manteles desvirados, que parecian delantal de zurrador. Sacó aquel galan una servilleta de la faltriquera, no más limpia, pero más agujereada que cubierta de salvadera, y por gran cosa dijo: Más há de veinte años que la tengo conmigo, lo uno por no ensuciarme con estos manteles; lo otro, porque me la dió cierta señora, que no quiero decir más. Pusiéronles á cada uno un rábano, cuyas hojas fueron la ensalada, y el rábano el sello estomatical. Yo les dije que estaban seguros de la fatigosa pasion de orina, así por el uso de las hojas, como por la templanza en la comida, que no les dieron á cenar, sino unos bofes salpimentados con hollin y salpimiento. Respondió aquel entonadillo: Siempre en casa de mis padres oí alabar esta virtud de la templanza, y por haberme criado con ella, soy templado en todas mis acciones. Si no es en hablar, dijo otro gentil-hombre. Prosiguió, que los hidalgos tan honrados y bien nacidos como yo, no se han de enseñar á ser glotones, que no saben en lo que se han de ver, en paz ó en guerra.
No se halla que mi padre comiese más de una vez al dia, y con mucha templanza, (si no era cuando le convidaba el Duque de Alva, grande amigo suyo, que entonces comia más que cuantos habia en la mesa), era muy gran cortesano, tan discreto y decidor, que entretenia solo á una sala de gente, pero con todo eso nos dejó muy pobres. No me espanto de esto, dije yo, que el caudal eran palabras y la resulta sería viento: que cuando el hablar no se acompaña con el hacer, como se queda en la primera parte, nunca se ve el fruto de la segunda. La dulzura y gracia de la lengua satisface tanto á su dueño, que todo se va en vanagloria para sí, y detraccion para los demás. Y en resolucion, la lengua es la más cierta señal de lo interior del alma, que la mucha locuacidad no deja cosa en ella que no eche fuera. Á todo esto, yo esperaba mi cena, que segun se tardaba, me parecia que servia ya en palacio. Asomó mi despensero con un platillo de mondongo, más frio que las gracias de Mari Ángela. Tomélo y despedacélo, que no habia con qué cortarlo; y al olor que subió de tripa mal lavada, dijo aquel hablador: En viendo este género de comida, siento un olor ambarino que me consuela el alma, porque lo comíamos siempre en mi aldea hecho con las manos de una hermana mia, que si no fuera por unos cabellos más rubios que el oro, que se le caian encima, lo podia comer un ermitaño. Á mí me olió de manera, que deseaba que el pícaro me lo quitára de delante, y convidéle á aquel hidalgo con él, diciendo que habia cenado; él lo probó y aprobó, y alabando el picante de la pimienta y cebolla, y la limpieza de las manos que lo habian hecho, se acabó junto con el cabo de vela. Comenzó este á decir: Pícaro, trae aquí velas. ¿Cuáles velas? preguntó el pícaro, váyase á pasear, y deje las velas. Á fé de hidalgo, dijo aquel gentil-hombre, que os tengo de hacer quitar la racion. Eso fuera, dijo el pícaro, si me la hubieran dado, pero la que no se ha dado, mal se puede quitar; que como sabe, há más de cuatro meses que no se da racion en esta casa. Oh villano, dijo el otro, deshonra buenos; ¿y tal has de decir? Los mal nacidos como éste infaman las casas de los señores, que no saben tener paciencia ni sufrir un mal dia; luego echan las faltas en la cara; no se contentan con el respeto que les tienen por servir á quien sirven; mal calláredes vos lo que yo he callado, y sufriérades lo que yo he sufrido, y hubiérades hecho lo que yo he hecho, supliendo sus faltas, gastando mi hacienda, prestando mi dinero, y diciendo muchas mentiras por disculpar sus descuidos. Los bien nacidos tienen consideracion á las muchas obligaciones de los señores: si hoy no tienen, mañana les sobra y pagan junto lo que no dan por menudo. Señor, dijo el pícaro, yo no tengo las inteligencias que vuesa merced que se va á las casas de juego. Atajóle de presto el gentil-hombre, diciendo: Es verdad que yo juego de ordinario, que aún no há más de esta tarde, que gané dinero y ciertas joyuelas y una cadenilla de oro. ¿Pues cómo no tiene para velas? dijo el pícaro. Porque dí, respondió, todo el dinero de barato. No es mucho, dijo el pícaro, si es verdad esto, que de cuantas veces lo recibe le dé una. ¿Yo, pícaro? dijo el mozalvillo. Como su padre, respondió el pícaro. Mi padre, dijo el galan, tomábalo, porque se lo daban y lo merecia. Y vuesa merced, dijo el pícaro, porque lo pide y no lo merece. Á toda esta pendencia, y otra que se habia trabado entre dos pajes, sobre la antigüedad del asiento, estaba á oscuras el lóbrego tinelo, y yo espantado dije al mozuelo que callase y tuviese respeto, que á los que tienen oficio superior en casa de los señores, no se les habian de atrever de aquella manera. Déjelo vuesa merced, dijo otro gentil-hombre, que si el pícaro habla, por todos habla: que si jugando sentencia una causa que no sea en su favor, luego dice que lo hace porque le den barato. Fuera de ser el que nos ponga á todos en mal con el señor, congraciador general, y celebrador y reidor de lo que el señor dice, arcaduz de la oreja, manantial de chismes, estafeta de lo que no pasa en todo el mundo. Si dice algo, él lo celebra y quiere que se lo celebren todos: si otro dice ó hace algo bueno, lo procura derribar y deshacer; si malo, á pura risa lo persigue, y si alguno le parece que se le va entrando al señor en la voluntad, por mil caminos le descompone. Estas y otras muchas cosas le dije yo de mi persona á la suya con cinco palmos de espada. Cuando yo esperaba una grande pendencia, el habladorcillo dió una carcajada de risa, con que el otro se indignó mucho más, y dijo: ¿Luego no es verdad lo que digo? Y el otro con una risa falsa le dijo: Eso y mucho más es verdad: y vuesa merced sabe poco de palacio, que aquí el doblez y la ficcion están en su lugar: no hay verdad, sino lisonja y mentira, y el que no la trata no puede valer en palacio. Desde que nací me crié en él, y aunque mi padre me avisaba de esto mismo, nunca le ví medrar, sino cuando decia mal de algun ausente, que como sea dicho con donaire, como él lo decia, alegra el ánimo, endulza el oido, atrae la voluntad, y saca risa de los pechos melancólicos. Y llevárase el diablo, dije yo, á quien lo dice, y á quien escucha, y á quien incita á que se diga, y á quien tiene tan ruin opinion, y á quien lo consiente, pudiéndolo estorbar que no se diga. Y querer nadie hacer ley de su mala condicion y costumbre en las cosas de palacio, es yerro notable y digno de castigo, que todos estos son actos que tienen su principal descendencia y orígen de la antiquísima casa de la envidia. Pasion infame, engendrada en pechos que piensan que el bien ajeno ha de redundar en daño suyo, desnudos de partes y merecimientos, la cual envidia es la más perniciosa de todas; porque como tiene su fundamento en un pesar del bien ajeno, todo el tiempo que dura en aquel la prosperidad, dura en este la malicia, y sin tasa ni eleccion, porque el mismo en quien se halla tan abominable inclinacion, en todo se opone: al menor, porque no se iguale, y al igual, porque no le deje atrás, y al mayor, porque no le sujete. ¡Qué templado está á lo viejo! dijo el hablador. ¡Y qué destemplado está él á lo moderno! dije yo. Y prosiguió diciendo: ¿Entre los religiosos y religiosas, puede negarme que no son muy ordinarias las envidias sobre las elecciones de superiores, y oficios? Cuando las haya, que pocas veces las hay, dije yo, al fin son sobre cosas honradas, de mucha calidad é importancia para su Religion, y cada uno sigue el bando que más le parece conveniente para cosas de tanta substancia: pero en palacio, ¿sobre qué es la envidia, sino sobre unas calzas viejas que desechó el señor por más que viejas? ¿ó sobre hacerse secretario de lo que es público en la boca de todos? Pues quiero que entiendan los habladores y zizañeros de palacio, que ya con su argentería falsa pueden traer enlabiado al señor, en tanto que por la tierna edad se deja llevar de congraciadores, que al fin son descendientes de sangres alimentadas con virtud y valor de ánimo, y han de caer en la cuenta mejor que en el yerro, y conocer lo que es bien y mal, y premiarlo conforme á la intencion con que ha corrido. Preguntó aquel gentil-hombre: ¿Pues no ha de tener el Príncipe criados, que por la reputacion del señor sepan cumplir de palabra con los mercaderes, y entretener los acreedores á quien deben? Eso, dije yo, es lo que menos importa á los señores, porque los tales criados no mienten por entretener las trampas de los señores, sino por dilatar las que ellos hicieron á vueltas de ellos. Mas pregunto, ¿es forzoso que por estar un hombre ocioso y vicioso, ha de servir toda la vida, sujeto á las costumbres envejecidas de los que no pretenden más de vivir y morir, y por levantarse tarde y ejercitar la poltronería, han de estar todo el dia arrimados á la pared, como ánima de jiganton en puerta de taberna? Bien sé que no han de ser todos soldados, ni todos estudiantes, oficiales y sacerdotes, que servirse tienen las gentes de las gentes y los Príncipes de los hombres que sean hombres, que no profesan la adulacion por comer y holgar. Estudien, lean, aprendan algo de virtud, que no ha de ser todo congraciarse con el señor, derribando al uno, desacreditando al otro, y amenazando á aquél, y enfadando á todos. Sobre cosas que no tienen más calidad, ni cantidad, que comer y pasearse, y á la vejez contar historias, que ni las vieron, ni las leyeron, ni aun quizá las oyeron, que la necesidad los hace inventores. Ya se me iba desatando el frenillo contra la vida de palacio, como el estómago estaba desocupado y las partes orgánicas obraban más desenvueltamente, cuando entraron achas encendidas, alumbrando toda la casa, que sirvió la visita de que por una saetía entrase la luz á la mesa de los doce pages, y acudiendo cada uno á sus obligaciones, quedé tan solo, que pude desamparar las mias en el tinelo, y deslicéme lo más calladamente que pude sin despedirme de nadie, ni hablar palabra, volviendo de cuando en cuando el rostro atrás, por ver si me seguian por la cosa que habia hecho en el regalo mondonguil, que no comí, ni comiera, y en verme libre de aquel carnero de huesos mondos, entendí que me habia escapado de alguna mazmorra de Argel. Fuíme á mi posadilla, que aunque pequeña, me hallé con una docena de amigos que me restituyeron mi libertad, que los libros hacen libre á quien los quiere bien. Con ellos me consolé de la prision que se me aparejaba, y satisfice el hambre con un pedazo de pan conservado en una servilleta, y á la dieta con un capítulo que encontré en alabanza del ayuno. ¡Oh libros, fieles consejeros, amigos sin adulacion, despertadores del entendimiento, maestros del alma, gobernadores del cuerpo, guiones para bien vivir, y centinelas para bien morir! ¿Cuántos hombres de obscuro suelo habeis levantado á las cumbres más altas del mundo? ¿Y cuántos habeis subido hasta las sillas del cielo? ¡Oh libros, consuelo de mi alma, alivio de mis trabajos, en vuestra santa doctrina me encomiendo! Reposé aquella noche muy poco, porque como el sueño, que se dió para descanso del cuerpo, se hace de vapores cálidos y húmedos que suben del estómago, y manjar al cerebro, y yo estaba casi en ayunas, fué tan poco mi sueño, que á las seis de la mañana estaba ya vestido. Santigüéme, y encomendándome al Autor de la vida, fuíme á un humilladero del bendito Ángel de la Guarda, que está de la otra parte de la puente Segoviana. El dia amaneció claro, y el sol grande, y de color amarillazo. Fuera de esto en un rebaño de ovejas que encontré cerca de la puente ví que los carneros se topaban unos con otros, y de cuando en cuando alzaban los ojos al cielo; eché de ver la tempestad que amenazaba al dia y díme prisa para volver pronto. Fuí á rezar, y en acabando llegó el ermitaño á mí, que me pareció ser hombre de buen discurso, y me dijo: No hará tan buen dia como hizo el del bienaventurado San Isidro, si se halló vuesa merced aquí. Sí me hallé, dije yo, y he conocido las mismas señales del mal tiempo, por donde este dia no se parecerá al otro. Cierto, dijo el ermitaño, que miré desde este alto, y se me representó con la mucha cantidad que habia de coches y carros, una hermosa flota de navíos de alto bordo, que me trujo á la memoria algunas que he visto en España y fuera de ella. En el mismo concepto, dije yo, estuve aquel dia que venia con un poco de gota, con el espacio y remanso que requiere tal enfermedad, y me acordé de la armada de Santander, que tan hermosa apariencia tuvo, y tan mal se logró. Llegando al medio de la puente me llamaron para subir en un coche dos caballeros del hábito eclesiástico, de muy gallardos entendimientos, acompañados de prudencia y bondad. Subí, y apenas estuve en el coche, cuando se alborotaron los caballos por una superchería que usó un hombre de á caballo con un hidalgo de á pié, de muy buena suerte, sobre haber sido estorbo para no hablar á su comodidad con una cuadrilla de cien mujeres que ocupaban un coche ageno, que en cogiéndole prestado cabe dentro todo un linage y toda una vecindad. Alborotada la flota carrozal, llegóse cerca de nosotros el autor de la pesadumbre, muy ufano de lo que habia hecho. Díjole uno de aquellos dos caballeros, Bernardo de Oviedo: Si fuera lícito á los hombres hacer todo lo que pueden, no se fuera vuesa merced riendo de la sinrazon que ha hecho. Respondió el otro: Vuesa merced no debe de saber qué cosa es ser enamorado. Á lo menos, dijo Bernardo, sé que el amor no enseña á hacer cosas ruines. Pasó acaso por allí el Maestro Franco con su mula, y dijo el agresor: No se desconsuele vuesa merced, que por lo menos ha granjeado la voluntad de doce mujeres, que con esa hazaña y doce pasteles de costa, irán á decir que vuesa merced es un Alejandro y un Scipion. ¿Huélganse conmigo, dijo el valiente? Pues vive Dios que si no fueran clérigos habia de pasar el negocio adelante. Pues por eso, dijo el Maestro Franco, lo hizo Dios mejor, que sin quedar vuesa merced descomulgado nos ha dado harta materia para reir.
Á todo esto estaba muy colérico cierto gentil hombre que iba allí, de buena conversacion y poca substancia, y dijo: ¿Es posible que ha tenido aquel hidalgo paciencia para no vengarse de su agravio, aunque le hicieran pedazos? ¿De cuál agravio? dijo Bernardo. Él anduvo muy bien en no hacer diligencia donde no habia de aprovechar, y los agravios que no caen sobre materia, no tocan á la honra, ni aun á la ropa, si bien perturban el ánimo. Jugando suelen decir mil disparates los que pierden, como decir: cualquiera que se huelga que pierda, miente, y es un cornudo. Háse de reir de esto, porque nadie dió materia para la desmentida, y llámase materia la ocasion de agravio hecho con palabras, ó con obras, sobre que caiga la venganza. Si dándole á un jumento de varazos, le alcanzan á dar á un hombre, ó si jugando al mallo ó á los trucos le aciertan á dar un palo, no tiene de qué sentirse, porque aquel agravio no cayó sobre materia, y la paciencia en semejantes casos arguye mucho valor de ánimo. Ea, señor, dijo el otro, que la paciencia en tan notorias injurias descubre pocos hígados en quien ordinariamente la tiene. Por tres cosas, dijo Luis de Oviedo, tiene un hombre paciencia notable, ó por no entender bien las cosas del mundo, ó por templanza natural de condicion, ó por virtud adquirida de muchos actos; y el que sin estas tres cosas sufre injurias que no puede remediar, manifiesta invencible ánimo para ellas, y menosprecio para quien las hace. Al tiempo que acababa esta conversacion con el ermitaño, ví todo el cielo revuelto y turbado, fuíme á despedir para irme, y él me detuvo diciendo, que antes que acabase de pasar la puente me cogeria la borrasca: dentro de poco espacio fué tan grande la tempestad de truenos, relámpagos y rayos, que la creciente en menos de media hora casi vino á cubrir los ojos de la puente, y fué forzoso cerrar las puertas del humilladero, que combatidas del aire, hicieron mucho en no rendirse á su violencia. Mejor está vuesa merced aquí, dijo el ermitaño, que no en el camino. Qué mejor, dije yo, que estando en la casa del mismo defensor de nuestras almas y cuerpos, criado para eso de la inefable bondad del Eterno Padre; más bien guardados estamos que fuera de ella. Guarda á quien no solamente la heredad de Dios reverencia y conoce: pero aun la antigüedad, ciega de la lumbre de Fé, tuvo grande veneracion, dedicándole templos, y levantándole altares en nombre del génio, que así llamaban los antiguos al benditísimo Ángel Custodio. ¡Jesus, y qué contínuos é inciviles truenos! ¡qué gruesa piedra! ¡qué perseverancia tan grande! Desde que yo vine á Castilla, nunca entendí que fuera tan sujeta á tempestades tan desatadas como las que muchas veces he visto, que en mi tierra, por ser llena de grandes montañas muy altas y sujetas á la fuerza de los vientos, no es tan de admirar que se vean estos tan arrebatados turbiones, mezclados con vientos y granizo. ¿De dónde es vuesa merced? dijo el ermitaño. Yo, señor, respondí, soy de Ronda, ciudad puesta sobre muy altos riscos y peñas tajadas, muy combatida de ordinario de ponientes y levantes furiosos; de manera que si fueran los edificios como estos, se los lleváran tormentas. Nunca he sabido hasta ahora, dijo el ermitaño, de dónde fuese vuesa merced, aunque le conocí en Sevilla, y le comuniqué en Flandes y en Italia. Miréle con cuidado, y haciendo refleccion, conocíle, que habia sido soldado donde dijo; holguéme, y abracélo, y supe de él que se habia retirado á la soledad de los montes algunos años á servir á Dios, y por haber enfermado se vino á poblado, ó cerca de él, á pasar la vida eremítica, dándole á Dios lo que le quedaba. Aunque la furia del argavieso no duró más de una hora, el agua que tras él se siguió duró sin cesar hasta el dia siguiente, con furia de vientos deshechos. El buen ermitaño se halló con carbon, encendió un brasero, é hízome quedar á comer con él, de lo que Dios le habia enviado por mano de gente muy devota, de que hay mucha abundancia en Madrid.


DESCANSO IX.
C
Cerradas las puertas del humilladero, para defensa del viento, y encendido el carbon para la del frio, estaba el lugar abrigado y apacible, que el armonía que el aire hace con el ruido de las canales produce una consonancia agradable para las orejas y no para el cuerpo, que en esto se diferencia el oido del tacto, que hay cosas que tocadas son buenas, y oidas son malas, y al contrario. Comimos, y encerrados todo el dia con la oscuridad, la noche y dia fueron todo noche. Tornó el ermitaño á repetir su primera pregunta, y como estábamos ociosos, y encerrados, sin tener otra ocupacion, tratamos de lo que se nos ofreció. Preguntóme dónde habia estudiado, y cómo me habia divertido tanto por el mundo, siendo de una ciudad tan apartada del concurso ordinario, y que para la cortedad de la vida humana tiene bastantes y sobrados regalos para pasar con alguna quietud. Yo le respondí á todo lo que me preguntó: Aunque aquellos altos riscos y peñas levantadas, por la falta de la comunicacion, despertadora de la ociosidad, y engendradora de amistades, no son muy conocidos; con todo eso cria tan gallardos espíritus, que ellos mismos apetecen la comunicacion de las grandes ciudades y Universidades, que purifican los ingenios, y los hinchen de doctrina, por donde hay vivos en este tiempo varones, con cuya salud se alegra, con tanta aprobacion de hombres doctos, que no tienen necesidad de la mia. Tuvimos allí un gran maestro de gramática, llamado Juan Cansino, no de los que dicen ahora Preceptores, sino de aquellos á quien la antigüedad dió nombre de gramáticos, que sabian generalmente de todas las ciencias, doctísimo en las humanas letras, virtuoso en las costumbres, dechado que obligaba á que se las imitasen, las cuales enseñó juntamente con la lengua latina, en que hacia muy elegantes versos. Era naturalmente manco de ambas manos; pero de los más respetados y temidos á fuerza de virtud propia; lo cual grangeó con enseñar silencio más que hablar, porque decia él muchas veces que el hablar era para las ocasiones forzosas, y el callar para siempre. De esto, y la lengua latina, si no fuí de los mejores discípulos, tampoco fuí de los peores.
Estando yo razonablemente instruido en la lengua latina, de manera que sabia entender un epígrama y componer otro, y adornado con un poco de música, (que siempre han tenido entre sí algun parentesco estas dos facultades), por la inquietud natural que siempre tengo y he tenido, quise ir á donde pudiese aprender alguna cosa que me adornase y perfeccionase el natural talento que Dios y naturaleza me habian concedido. Mi padre, viendo mi deseo é inclinacion, no me hizo resistencia, antes me habló á su modo con la sencillez que por allá se usa, diciendo: Hijo, mi costilla no alcanza á más de lo que he hecho, id á buscar vuestra ventura, Dios os guie y haga hombre de bien; y con esto me echó su bendicion, y me dió lo que pudo, y una espada de Bilbao, que pesaba más que yo, que en todo el camino no me sirvió sino de estorbo. Partíme para Córdoba, aunque llegué entero, que es donde acude el arriero de Salamanca, y allí vienen de toda aquella comarca los estudiantes que quieren encaminarse para la dicha Universidad. Fuíme al meson del Potro, donde el dicho arriero tenia posada, holguéme de ver á Córdoba la llana, como muchacho inclinado á trafagar el mundo. Fuíme luego á ver la Iglesia mayor, por oir la música, donde me dí á conocer á algunas personas, así por acompañar á mi soledad, como por tratar gente de quien poder aprender; que realmente con la poca esperiencia y haberme apartado poco habia de mis padres y hermanos, acto que engendra encogimiento en los más gallardos espíritus, viendo que en aquella ausencia era forzoso, y que la fortuna nos acomete en cobardía, animéme lo mejor que pude, diciendo: la pobreza me sacó, ó por mejor decir, me echó de casa de mis padres, ¿qué cuenta daria yo de mí si me tornase á ella? Si los pobres no se alientan y animan á sí propios, ¿quién los ha de animar y alentar? Y si los ricos acometen las dificultades, los pobres ¿por qué no acometerán las dificultades, y aun los imposibles, si es posible? Enternézcome con la memoria de mis hermanos; pero esta se ha de olvidar con el deseo de poderles hacer bien; y si no pudiere, á lo menos habré hecho de mi parte lo posible y obligatorio. No se vienen las cosas sin trabajo; quien no se anima de cobarde, se queda en los principios de la dificultad; si no hago más que mis vecinos, tan ignorante me quedaré como ellos; ánimo, que Dios me ha de ayudar. Fuíme á mi posada, ó á la del meson del Potro, y púseme á comer lo que yo pude, que era dia de pescado: en sentándome á la mesa, llegóse cerca de mí un gran marchante, que los hay en Córdoba muy finos, que debia ser vagamundo, y me oyó hablar en la Iglesia mayor, ó el diablo hablaba en él, y díjome: Señor soldado, bien pensará vuesa merced que no le han conocido, pues sepa que está su fama por acá esparcida muchos dias há. Yo soy un poco vano, y no poco: creímelo, y le dije: Vuesa merced ¿conóceme? Y él me respondió: De nombre y fama muchos dias há, y diciendo esto sentóse junto á mí, y me dijo: Vuesa merced se llama N. y es gran latino, poeta y músico: desvanecíme mucho y convidélo si queria comer: él no se hizo de rogar y echó mano de un par de huevos y unos peces, y comiólos; yo pedí más, y él dijo: Señora huéspeda (porque no posaba en aquella posada) no sabe vuesa merced lo que tiene en su casa; sepa que es el mas hábil mozo que hay en toda la Andalucía: á mí dióme más vanidad, y yo á él más comida, y dijo: Como en esta ciudad se crian siempre tan buenos ingenios, tienen noticia de todos los que hay buenos en toda esta comarca. ¿Vuesa merced no bebe vino? No señor, respondí yo. Hace mal, dijo él, porque es ya un hombrecito, y para caminos y ventas, donde suele haber malas aguas, importa beber vino, fuera de ir vuesa merced á Salamanca, tierra frigidísima, donde un jarro de agua suele corromper á un hombre: el vino templado con agua da esfuerzo al corazon, color al rostro, quita la melancolía, alivia en el camino, da corage al más cobarde, templa al hígado, y hace olvidar todos los pesares: tanto me dijo del vino, que me hizo traer de lo fino media azumbre, que él bebiese, que yo no me atreví. Bebió el buen hombre, y tornó á mis alabanzas, y yo á oirlas de muy buena voluntad, y al sabor de ellas á traer más comida, tornó á beber y á convidar á otros tan desengañados como él diciendo que yo era un Alejandro, y mirando hácia mí, dijo: No me harto de ver á vuesa merced, que vuesa merced es N. Aquí está un hidalgo, tan amigo de hombres de ingenio, que dará por ver en su casa á vuesa merced doscientos ducados.
Ya yo no cabia en mí de hinchado con tantas alabanzas, y acabando de comer, le pregunté quién era aquel caballero. Él dijo: Vamos á su casa, que quiero poner á vuesa merced con él. Fuimos, y siguiéndole aquellos amigos suyos, y del vino, y yendo por el barrio de San Pedro, topamos en una casa grande un hombre ciego, que parecia hombre principal, y riéndose el bellacon, me dijo: Este es el hidalgo que dará doscientos ducados por ver á vuesa merced. Yo corrido de la burla le dije: Y aun por veros á vos en la horca los diera yo de muy buena gana. Ellos se fueron y yo quedé muy colérico y medio afrentado con la burla, aunque dijo verdad, que el ciego bien diera por verme cuanto tenia. Esta fué la primera baza de mis desengaños, y el principio de conocer que no se ha de fiar nadie de palabras lisonjeras, que traen el castigo al pié de la obra. ¡De qué podia yo envanecerme, pues no tenia virtud adquirida en que fundar mi vanidad! La poca edad está llena de mil desconciertos y desalumbramientos; los que poco saben fácilmente se dejan llevar de la adulacion. Yo me dejé engañar con aquello que deseaba hubiera en mí, pero no es de espantar que un hombre sencillo y sin experiencia sea engañado de un cauteloso; mas será digno de castigo si se deja engañar segunda vez. No tenia de qué correrme por lo hecho, sino de qué aprender para adelante á desapasionarme de las cosas del mundo; pero al fin me lastimó la burla de manera, que no siendo amigo de venganzas, quise probar la mano, á ver si sabria dar una traza para que me la pagase aquel burlador. Habia otros estudiantes esperando al mismo arriero, híceme camarada con ellos, y comenzamos á pasear juntos. Yo me quité el vestido de camino y me vestí una sotanilla y ferreruelo negro de muy gentil ventidoseno de Segovia, y trújelo de manera, que los estudiantes lo conociesen bien, y luego me torné á poner de camino. El bellaco del burlador vino á la tarde, riéndose mucho, y yo más, porque no entendiese que me habia corrido; díjele: que queria por mi amigo á hombre de tan buen gusto, y entre los dos y sus amigos reimos el disimulo con que habia comido y hablado. Él tenia conocimiento, no muy sencillo, en una casa donde se daba de comer razonablemente, y á precio convenible, y así me dijo, que queria que comiese yo allí siempre, porque nos harian cortesía; yo le dije: Sí haré, con tal que vuesa merced coma conmigo, pero estoy esperando un mercader que acude á las ferias de Ronda, para quien traigo una libranza de cien ducados, y hasta que él venga, no lo puedo pasar muy bien. No le dé á vuesa merced pena, dijo él, pensando que tenia lance, que yo haré que le fien cuanto quisiere. Eso no, dije yo, que tiemblo de tratar de fiar, ni ser fiado, que por ahí se perdió mi padre. Yo le daré á vuesa merced una muy gentil prenda sobre que nos fien, hasta que venga este mercader. Sea en hora buena, dijo el buen hombre. Fuíme á mi casa, y doblando muy bien aquel ferreruelo de ventidoseno, llaméle á solas, de que él se holgó mucho, y díselo para que le llevase por prenda; yendo yo con él, vísele dar, y comenzamos á comer sobre él, el bellacon y los dos estudiantes, y yo estuve siempre alerta, que no pudiese entrar sin mí á la casa donde comíamos, porque no me hiciese alguna treta, como lo tenia pensado, que de la mia no tenia sospecha. Vino el arriero de Salamanca, y tratamos de irnos. El redomazo, como no pudo hacer treta con el cuidado que yo tenia, á lo menos pidióle á la buena mujer una docena de reales sobre el ferreruelo, porque dijo que queria ir fuera: no pudo decírselo sin que yo lo entendiese; díjele: Pues se va fuera vuesa merced, dígale á esa señora que si yo viniere por el ferreruelo con el dinero, me lo dé. Y así lo hizo, que su intencion era desaparecerse hasta que se hubiese ido el arriero, y quedarse con la prenda. Desaparecióse, y yo fuí á un juez, y le dije con gran sentimiento y palabras que pudieran moverle, que como habia sido estudiante, era fácil el persuadirle, quejándome: Señor, yo soy estudiante, y estoy de camino para Salamanca; habiendo quince dias que estoy aquí esperando al arriero, hanme hurtado un ferreruelo que me llegó á veinte ducados, tengo noticia que está en cierta casa, suplico á vuesa merced porque no me desavie de ir con el arriero, pues sabe vuesa merced, como tan gran estudiante y letrado, en qué caen estas cosas, me mande con justicia restituir el ferreruelo, que el que lo hurtó guardó al punto crudo, porque me faltase tiempo para cobrarlo, y gozar más de su bellaquería. No le valdrá, dijo el juez, que á semejantes trazas sé yo acudir con justicia y diligencia. ¡Qué grande maldad que á un pobre estudiante, que quizá no llevaba otra cosa con que honrarse en Salamanca, le querian desaviar quedándose con su hacienda hurtada! Dió luego á un alguacil y escribano comision para que hiciese la diligencia. Yo repartí entre los dos ocho reales, con que se les encendió el deseo de cumplir con lo mandado por el juez. Fuí con los dos estudiantes á la buena mujer, Dios me lo perdone, y dejando á la puerta el escribano y alguacil, díjele que me sacase el ferreruelo. Sacólo, viéronlo los estudiantes, y conocieron ser el mio. Entraron el alguacil y escribano, y tomados los testigos, la mujer dijo: que no queria dar el ferreruelo, sino á quien se lo habia empeñado, que era un conocido suyo, hombre muy honrado. El escribano se hizo depositario de él, y en llegando al juez con la informacion, mandó entregarme mi ferreruelo, dando mandamiento de prision contra el bellaconazo, que si antes no parecia por lo que queria hacer, despues no pareció por lo que queria hacer con él. Fuímonos con el arriero, y habiendo comido á costa suya, lo dejamos en este trance, con que reimos todo el camino. No alabo yo el haber hecho esta pesada burla, que al fin fué venganza, cosa indigna de un valeroso pecho, y que realmente en esta edad no la hiciera; pero quien hace mal á quien no se lo merece, ¿qué espera sino venganza y castigo? Estos hombres vagamundos y ociosos, que se quieren sustentar y alimentar de sangre agena, merecen que toda la república sea su fiscal y verdugo.
El ocioso siempre piensa en hacer mal, ó en defenderse del que ha hecho, y en no pensando en esto, está triste y melancólico. La melancolía facilísimamente acomete á los holgazanes. ¡Qué contento queda uno de estos cuando ha puesto en ejecucion una maldad, y qué presto vuelve á estar en su mala intencion! La misma vida que trae el ocioso, lo trae arrastrando: por más infelice tengo á un hombre ocioso, que á un enfermo; porque éste tiene esperanza de salud, y la procura con todos los medios posibles; mas los ociosos y vagamundos nunca desean salir de su mal estado: como el que está en galeras muchos años no se halla fuera de aquella miseria, así el ocioso, en ocupándolo, no se halla fuera de su ruin vida. ¡Qué disgustos pasa cuando juega y pierde! ¡Qué desesperacion siente cuando ve á los virtuosos bien puestos! ¡Qué carcoma infernal le acomete cuando se ve incapaz de merecer lo que el otro alcanza! Dios nos libre de tan abominable vicio, orígen y principio de pobreza, poca estimacion, olvido de la honra y ofensa de la Magestad de Dios.


DESCANSO X.
F
Fuimos caminando con el arriero la mitad del camino al pié de la letra, y la otra como tercios de pescado cuando al arriero se le antojaba; que era mozo resuelto, de condicion desapacible, enseñado á perder el respeto á los estudiantes novatos, y así nos quiso hacer una burla en un pueblo pequeño, y en parte la hizo; lo uno por llevar sus mulos descansados, y lo otro porque pensó quedándose solo derribar la fortaleza de una mujercita de buena gracia que iba en nuestra compañía, destituyéndola del arrimo y apoyo que llevaba con cierto oficial que se habia de casar con ella. Fingió que le habian hurtado un zurron de dineros, y que la justicia venia á prendernos á todos para darnos tormento hasta averiguar quién lo tenia: y junto con esto juró que nos habia de dejar en la cárcel, y caminar con los mulos lo que pudiese, que para muchachos sin esperiencia, cualquiera temor de estos bastaba: creímoslo como si fuera verdad averiguada, y encareciólo de manera que nos hizo andar toda aquella noche, tras lo que habíamos caminado el dia antes, cinco ó seis leguas, y no caminando, sino huyendo por dehesas y montañas fuera de camino, sin guia que nos pudiese alumbrar por donde íbamos; y él se quedó riendo, importunando con requiebros y mal lenguaje á la pobre mujer sola y sin defensa; pero no le sucedió como pensaba, porque el ruido que él habia hecho habia sido por medio de un alguacilejo amigo suyo: y la mujer como valerosa, despues de haberse defendido de la violencia, que con ella quiso usar, tuvo modo como escabullirse de él, y yéndose al Alcalde, le dijo con grandísima accion de palabra y sentimiento, que aquel arriero habia hecho una estratagema y maraña muy perniciosa, por aprovecharse de ella y quitarle el remedio que consigo traia: Creyólo el buen hombre, así por conocer la desvergüenza y mal trato del arriero, como por atajar el daño, que á la pobre mujer le podia suceder; y afeándole este caso y la inhumanidad que habia usado con los estudiantes, le mandó que diese fianzas, que llevaria muy regalada á la mujer, sin hacerle agravio ni ofensa, y que no le castigaba muy gravemente por no desaviar la jornada á los estudiantes: y amonestóle, que mirase cómo procedia, porque le castigaria con todo rigor, sin tener respeto á cosa alguna, si por el camino iba haciendo insolencias, y mandóle con esto que se aviase muy de mañana para recoger á los cansados y hambrientos estudiantes: ¡oh arrieros, impía gente y sin caridad! ¡crueles contra su misma naturaleza! No conocen á nadie más de en cuanto le están quitando el dinero. Y así los castiga Dios, porque tienen muchas posadas y pocos amigos. Todos los géneros de gente aman la piedad, si no son estos. El dia que no hacen alguna burla á los caminantes, no están en sí. Tratan con bestias, y así se van convirtiendo en su naturaleza. No se ha visto que llevando bestias vacías aliviasen del trabajo y cansancio del camino á algun miserable; parece que les falta el uso de la razon natural como á este, que no pudiera uno de ley contraria usar con nosotros más exorbitante bellaquería que hacernos huir de noche, cansados de haber caminado el dia antes, sin más ocasion que cometer dos enormes maldades. Íbamos huyendo, y por no ser sentidos, y en tropa, dividímonos cada cual por donde mejor le pareció. Yo seguí una media vereda, que estaba bien cubierta de árboles; hice cuanto pude de mi parte por no quedarme más atrás de los otros, pero mi cansancio era de modo que en poco espacio á ninguno de todos sentia. Puse el oido en la tierra, que de este modo se oyen mejor los pasos aunque estén algo lejos: no sentí cosa que me hiciese compañía. Traspúseme un poco, y luego díme priesa á andar, volviéndome hácia atrás, pensando que iba adelante, y así cuanto más andaba y me apresuraba, menos esperanza tenia de alcanzar los compañeros: hácia las espaldas me parecia que oía perros ladrar algo lejos, que como los compañeros iban apriesa alteraban estos animalejos. Como no estaba ejercitado en caminos, y el dia antes se habia trabajado en eso, el sueño, como descanso general de todos los miembros, solicitaba sus horas diputadas, y no pudiendo ya más conmigo, rendíme al cansancio y al sueño. Topéme con un alcornoque, bien ancho de tronco, y por una parte descorchado, de suerte que formaba un arrimo á modo de alacena, donde pude arrimar y reclinar las molidas espaldas. Dejéme dormir; pero como no se duerme bien sentado, caíme de lado como una cosa muerta. Desperté á cabo de un rato, porque parecia que me andaban hormigas por el rostro, limpiélas con la mano y volvíme del otro lado: torné á recordar, porque sentí lo mismo; pero como el cansancio era tanto, y el sueño tan profundo, aunque algo temeroso de la soledad en que me veia, dejéme caer tercera vez en el mismo lugar. No mucho despues, aunque el sueño no mide el tiempo, desperté á una tristísima y cansada voz de un ¡ay! que al parecer salia de las entrañas de la tierra, que hizo en las mias tal armonía, que por poco me faltara el aliento y la vida; mas teniendo la respiracion, así por el temor como por tornar á escuchar con atencion la dolorosa voz, sentí otra más cerca de mí, que como habia unas matas un poco altas, no veia el instrumento de donde salia.
Ya yo estaba casi para espirar, ó para hacer alguna flaqueza indigna de hombre de pecho, cuando muy cerca de mí, tanto que veia el bulto, sonó tercera vez la voz diciendo: ¡Ay de mí, más infelice y sola que cuantas padecen cautiverio, servidumbre en las mazmorras de crueles é inclementes moros! ¡ay de mí, la más desventurada que las que han visto despedazar sus hijos en su presencia! ¡ay, más sin remedio y consuelo que las ya condenadas por sentencia de rigoroso juez! ¡Oh sitio maldito, árbol descomulgado, testigo de dos muertes, por quien yo diera mil vidas, si las tuviera! ¿Qué exequias hará quien desea morir sin ellas, siendo homicida de sí propia? ¿Con qué llanto podré entregarme á la rabiosa muerte que tanto huye de mí? ¿Cuántos dias y noches vengo á ver si puedo acompañar estos despedazados miembros? Yo me levanté, y estando ella junto á mí, sin hacer movimiento, y yo temblando, me dijo: ¿Eres acaso sombra que vienes enviada de la region de los muertos á llevarme á la compañía de mi esposo y de mi amigo? Si eres de allá, ya sabes que en este mismo lugar adonde estás, mi amante dió la muerte á mi esposo sin consentimiento mio, por gozarme á solas y con libertad, y que en ese mismo árbol el amante, que me habia quedado para consuelo, pagó la culpa de su delito. Veslo ahí sobre tí colgado, siendo mantenimiento de aves y animales. Yo, escandalizado, alcé el rostro, y ví, porque ya comenzaba á amanecer, á aquel cuyos gusanos andaban por mi rostro, cuando yo pensaba que eran hormigas: y confieso que con el horrendo espectáculo de la desesperada mujer, y con el hediente espantajo del árbol, si no hubiera luz, me cayera muerto, cortado y sin fuerzas; mas para no hacerlo, me ayudó el oir los cencerros y campanillas de la recua del arriero, que ya salia del pueblo, porque como arriba dije, pensando que iba delante, me iba hácia atrás, y á él le hicieron salir más de mañana que solia, porque fuese á recoger los engañados estudiantes. Y prosiguiendo la miserable mujer, dijo: Y si eres cosa de este mundo, huye de este execrable lugar, y déjame proseguir mis acostumbradas exequias, desesperado mantenimiento con que me desayuno todas las mañanas: y bien pudo dudar la irremediable mujer si yo era fantasma ó vision horrible de los olvidados sepulcros; porque el temor me habia chupado los carrillos, alargando el rostro y teñido el color de rojo en pajizo: la falta del sueño me tenia hundidos los ojos á lo último del colodrillo: el hambre prolongado el pescuezo vara y media, y el cansancio desjarretado piernas y brazos; el ferreruelo tenia hecho turbante sobre la cabeza: miren qué figura para no juzgarme por del otro mundo, y no digo lo demás por mi honra. No pude responder palabra, ni ofrecerle ningun favor, porque para mí le habia menester. No acertaba á apartarme de aquella más que horrible mujer, de ojos encarnizados y hundidos, nariz prolongada, rostro arrugado y hambriento, dientes amarillos, labios negros, barba aguzada, el cuello que parecia lengua de vaca: torcíase las manos que parecian dos manojos de culebras, y todo lo demás á esta traza. El temor me tenia trabado el entendimiento, y el entendimiento las demás acciones que podian aprovecharme para partirme de ella; pero alentándome lo mejor que pude, y pude muy mal, fuí moviendo los piés como toro desjarretado, maldiciendo la soledad, y á quien quiere andar sin compañía; considerando qué bien puede traer, si no es estas cosas y otras peores; ¿qué temores no trae? ¿qué imaginaciones no engendra? ¿qué males no causa? ¿qué desesperaciones no ofrece? Los que tienen aborrecida la vida, buscan la soledad para acabarla de presto. Quien huye la compañía, no quiere ser aconsejado en su mal. ¿Hay más apacible cosa que la compañía? ¿ni más odiosa que la soledad? ¿cuántas desdichas, cuántos robos, cuántas muertes suceden cada dia por ir sin compañía? ¿cuántas venganzas se ponen en ejecucion, que no se pondrian sino por la soledad? Al solo nadie le va la mano en el mal, ni le ayuda en el bien. ¡Ay del solo que si cae, no hay quien le ayude á levantar! Ándese quien quiera solo, que la soledad sólo es buena para Santos ó para poetas, que los unos tratan con Dios, que los acompaña, y los otros con su imaginacion, que los desvanece.


DESCANSO XI.
C
Con estas solitarias consideraciones llegué al camino, donde viéndome el arriero, con más blandas palabras que solia, paró la recua, y con cortesía y afabilidad me dijo que subiese, doliéndose mucho de la mala noche que habíamos padecido. Y aun si bien lo supiérades, dije yo, y preguntando á la mujer que venia con él, qué novedad era aquella, respondió lo referido. Los demás, con el marido de la buena mujer, hallámonos ya hartos de dormir y comer: yo, aunque me preguntaron cómo me habia quedado atrás, no respondí más de que habia errado el camino. Del cuento sucedido no les dije palabra; lo uno por pensar que pudiera haber sido ilusion del enemigo del género humano, lo otro porque las cosas tan estraordinarias hacen diferentes efectos en los que las oyen, y el más cierto es reirse y dar matraca á quien las cuenta. Las cosas en que puede ponerse duda no se han de decir sino á los muy particulares amigos, ó los discretos, que las reciben como ellas son. No todos tienen capacidad para oir cosas graves. Verdades que pueden escandalizar y alborotar los pechos, cuando no es necesario, no se han de decir. Yo reventaba por hablar; pero consideraba que me ponia á peligro de no ser creido. Más vale callar que dar ocasion de incredulidad ó murmuracion. La admiracion da ocasion al silencio, y de esta vez quise ver si podia enseñarme á callar. Fuimos nuestro camino sin suceder cosa notable, yo callando, y los demás preguntándome la causa: yo respondia no más de que era condicion natural mia: pero en todo el camino no se apartó de mi imaginacion la mujer, el árbol, la fruta, y la cama llena de gusanos, hasta que llegamos á Salamanca, donde la grandeza de aquella Universidad hizo que me olvidase de todo lo pasado. Alegróse mi alma de ver que los ojos gozasen lo que tenian los oidos y los deseos llenos de la soberbia fama de aquellas academias que han puesto silencio á cuantas ha habido en el mundo. Ví aquellas cuatro columnas sobre quien estriba el gobierno universal de toda la Europa, las bases que defienden la verdad católica. Ví al Padre Mancio, cuyo nombre estaba y está esparcido en todo lo descubierto, y otros excelentísimos sugetos, con cuya doctrina se conservan las facultades en su fuerza y vigor. Ví al Abad Salinas, el ciego, el más docto varon en música especulativa que ha conocido la antigüedad, no solamente en el género diatónico y cromático, sino tambien en el armónico, de quien tan poca noticia se tiene hoy, á quien despues sucedió en el mismo lugar Bernardo Clavijo, doctísimo en entender y obrar, hoy organista de Felipe Tercero. En comenzando á beber del agua de Tórmes, frigidísima, y á comer de aquel regalado pan, me cuajé de sarna, como les sucede á todos los buenos comedores, de manera que estudiando una noche la leccion de súmulas me comencé á rascar los muslos al sabor de unos carboncillos que tenia encendidos en un tiesto de cántaro, y cuando volví en mí los hallé tan desollados, que con el agua que destilaban me quedé hecho un alquitara, y por quince dias me negaron la obediencia y respeto; daño en que ordinariamente caen los principiantes en Salamanca, porque como el pan es blanco, candeal y bien sazonado, y el agua delgada y fria, sin consideracion comen y beben, hasta cargarse unos de la perruna, y otros de la gruesa, y así es menester que los que comienzan nuevos en Salamanca, lo uno por la frialdad y sutileza del agua, y lo otro porque los estudiantes van hechos al regalo de sus casas, y de sus padres y tierras, y con la poca edad se recibe más fácilmente el daño; fuera de que entrando con éste cuidado, la templanza es la que conserva la salud y aviva el ingenio.
Los repletos de comida y bebida están incapaces de acudir á cosas de entendimiento y prudencia, y realmente la templanza da mas gusto á los mantenimientos del que estos en sí tienen, y con ella se templa la lujuria en los mozos; pero yo me hube tan destempladamente con el pan y agua de Salamanca, que por la Natividad de nuestro Redentor me dieron unas grandísimas calenturas; llamé al doctor Medina, Catedrático de Prima, doctísimo de aquella Universidad, y lo primero que hizo fué mandar que me quitasen el agua. Yo le dije que mirase que era colérico, y muy encendido de sangre, y él me respondió, como si dijera una gran hazaña suya: Ya saben que el doctor Medina quita el agua á los enfermos. Creció la calentura, y no el remedio: comenzó á darme unos cordiales, que no aprovecharon cosa, porque la salud de los coléricos con calenturas solo consiste en darles agua fria á sus tiempos, y sangrías moderadas, y consistiendo la salud mia en no negarme el agua, no me la dejaron en todo el aposento. Diéronme unos baños con veinte suciedades, y dejáronse allí una artesilla en que me los habian dado: yo me ví tan impaciente, y tan acosado de la sed, que me levanté como pude á buscar agua, y como no la hallé, pegué con la artesilla del agua, que estaba fria como un hielo, y á dos golpes que bebí, la dejé en el asiento, y la panza como vela latina con el viento en popa; pero duró poco, porque dentro de un ochavo de hora comenzó el estómago á basquear, y arrojó tanta cantidad de bocanadas, que de vacía la barriga, la doblaba como alforja un lado sobre otro. Vino á la mañana el Doctor, y vió la artesilla más llena que la dejó, porque en ella misma descargó el nublado. Preguntóme cómo me hallaba, respondile que muerto de hambre. Miró el pulso, y hallóle sin calentura: admiróse de ver la mudanza, y dijo: ¡Oh milagroso baño! No se ha inventado tal medicina en el mundo: no le he dado á hombre que no le haga notable provecho. Habránle tomado, dije, como yo. Este baño, dijo el Doctor, alienta y refresca, confortando las partes interiores. ¿Y cómo se le da vuesa merced, dije yo, á los demás? Tibio, respondió él, y bañando todo el cuerpo por de fuera. Pues désele, dije yo, frio, y bebido, que así lo tomé yo, y les aprovechará mucho más, y contéle el caso; dijo: rectum ab errore, repitiéndolo cuatro ó cinco veces, y haciéndose cruces se fué, y me dejó sano. Hay médicos tan crueles, que á un pobre enfermo colérico fogoso le dejan que se le abrase el hígado, y se le sequen los huesos; pareciéndoles que negándole el agua acabarán más presto con la enfermedad y el enfermo. Aquel refran que dicen: al que es de vida, el agua le es medicina, se ha de entender de esta manera, que aquel debida es participio: de manera, que al que es debida el agua, y al que se le debe el agua, á este le es medicina, que no al otro. Y siendo así, ¿á quién se le debe más que á un colérico con calenturas? Y esa otra significacion ordinaria la tengo por burla y modo de hablar de gracia. En Ronda conocí un tejero, que habia cuarenta y cuatro años que no probaba gota de agua, que decia por donaire que él no habia de beber licor donde se ensuciaban las ranas. Vino una vez con tanta sed y cansancio, que para quitarla bebió un jarro de agua fria, que dentro de veinte y cuatro horas le puso como el barro con quien trataba. Á este no se le debia el agua. Lo uno por no estar acostumbrado á ella, lo otro porque su estómago no era de hombre colérico, y al que es debida el agua le es medicina.


DESCANSO XII.
S
Si los trabajos y necesidades que los estudiantes pasan no los llevase la buena edad en que los coge, no habia vida para sufrir tantas miserias y descomodidades como se pasan ordinariamente; pero con ser en la puericia y adolescencia, edad tan quitada de cuidados y sentimientos, se hace gusto del acíbar, risa y pasatiempo de la necesidad, con que se va pasando aquel espacio en que se sazona é hinche de doctrina el entendimiento, que con la esperanza del premio todo se hace sufrible. Ninguno hay que no se prometa grandes cosas en los primeros años, que en comenzando á gustar ó disgustarse de la mala correspondencia, por la tardanza de los arrieros, ó del olvido de los padres y parientes, por la mayor parte se encogen y desaniman, especialmente aquellos que por ser pobres no tienen quien les acuda con lo necesario, ó parte de ello; que cierto desjarreta mucho la necesidad al que con buenos pensamientos comienza los estudios. La falta de mantenimientos, el carecer de libros, la desnudez, la poca estimacion que consigo traen estas cosas, tiene muchos y grandes ingenios acobardados, arrinconados, y aun distraidos por la privacion de sus esperanzas mal logradas. Yo confieso de mí, que la inquietud natural mia, junta con la poca ayuda que tuve, me quebraron las fuerzas de la voluntad, para trabajar tanto como fuera razon. Y como en esta edad los alientos de la mocedad están tan dispuestos para el mantenimiento, nunca se ve un hombre harto. Acuérdome, que despues de haber comido la racion del pupilage de Galvez, me comí seis pasteles de á ocho en una pastelería escelentísima, que habia en el desafiadero. Miren qué alientos estos para las necesidades de Salamanca. Estábamos despues de esto tres compañeros en el barrio de San Vicente tan abundantes de necesidad, que el menos desamparado de las armas reales era yo, por ciertas lecciones de cantar que yo daba; y aun las daba, porque se pagaban tan mal, que antes eran dadas que pagadas; y aun dadas al diablo. Consolábamonos con la igualdad de la provision, y aunque parezcan niñerías, indignas de este lugar y aun de acordarse y tratarse, tengo de decir alguna para que no se desanimen los que se vieren con ingenio y pobreza, y con deseo de saber; que haciendo gusto de la necesidad, puede llevarse la penuria que de ordinario se pasa en los estudios: ver pasar á otros mayores trabajos, disminuye la fuerza de los nuestros. Miserias y necesidades agenas (aunque sean contadas para ejemplo) en parte consuela á los afligidos. ¿Qué trabajos puede tener un estudiante, que no los haya mucho mayores? El trabajo y necesidad que toca á muchos, y muchos le llevan, se hace sufrible, aligera y alivia las cargas de todos. Cuanto más, que el que con buen ánimo acomete al trabajo, la mitad tiene hecho, y al fin los valerosos ánimos atropellan las forzosas necesidades. Dígolo, porque las que pasaron mis compañeros y yo fueron de manera, que pudieran consolar á los estudiantes más llenos de miserias del mundo, y entre otras contaré una que puede servir de risa y de consuelo. Hallámonos una noche, entre otras muchas, tan rematados de dineros y paciencia, que nos salimos de casa medio desesperados sin cenar, sin luz para alumbrarnos, sin lumbre para calentarnos, haciendo un frio que en echando el agua en la calle, se tornaba cristal. Yo fuí en casa de cierto discípulo, y dióme un par de huevos y un panecillo: vine muy contento á casa, y hallé á mis compañeros temblando de frio y muertos de hambre (como dicen los muchachos), que no osaban desenvolver un poco de rescoldo que se habia guardado para su menester. Dije lo que traia, salieron á buscar algunas serojas para avivar el rescoldo; vinieron presto muy contentos, por haberse hallado un leño bien largo: pusiéronlo al poco rescoldo que habia quedado, y soplamos cuanto pudimos todos tres, y el leño no se queria encender: tornamos á soplar una y otra vez; pero quedándose el leño sin encender, se hinchó el aposento de un humo muy hediondo.
Eché un papel en el rescoldo para que diera luz en el aposento, y en encendiéndose, descubrió, que el leño era un muy descarnado zancarron de un mulo, que por poco nos hiciera rebentar de asco; y si antes no cenamos por no tener qué, despues no cenamos por eso, y por la náusea de nuestros estómagos, que hubo alguno que purgó por dos partes lo que no habia comido, ni cenado, hasta echar sangre por la boca, y el que lo trujo quiso cortarse la mano. Bien confieso que no son estas cosas para contarse; pero como sean para consuelo de afligidos, y mi principal intento sea enseñar á tener paciencia, á sufrir trabajos, y á padecer desventuras, puede llevarse con lo demás que no cuento. Todo lo que se escribe, para doctrina nuestra se escribe, y aunque sea de cosas humildes, se ha de recibir para el efecto que se dice. Y habemos de pensar, que ni en los ejemplos de cosas grandes hay siempre provecho, ni que en las pequeñas falta doctrina. Tan bien se reciben las fábulas de Hisopo, como las estratagemas de Cornelio Tácito. Más gusto se halla en un higo que en una calabaza: así conté una niñería como esta; porque para decir necesidades de estudiante, que son de hambre, desnudez y mal pasar, tambien las historias ejemplos han de ser de pobreza, para consolar á quien la padece. No paró aquí la mala ventura de aquella noche, porque estando á la puerta de la calle, por no poder sufrir el pestilencial olor del leño mular, pasó rondando el Corregidor (que al presente era D. Enrique de Bolaños, muy gran caballero, cortés, y de muy buen gusto), y nos dijo: ¿Qué gente? Yo me quité el sombrero, y descubrí el rostro, y haciendo una gran reverencia, respondí: Estudiantes somos, que nuestra misma casa nos ha echado en la calle. Mis compañeros se estuvieron con sus sombreros y cebaderas, sin hacer cortesía á la justicia. Indignóse el Corregidor, y dijo: Llevad presos á esos desvergonzados. Ellos, como ignorantes, dijeron: Si nos llevaren presos, nos soltarán un pié á la francesa; y asiéronlos, y lleváronlos por la calle de Santa Ana abajo: yo con la mayor humildad que pude, le dije: Suplico á vuesa merced se sirva de no llevar á la cárcel á estos miserables, que si vuesa merced supiese cómo están, no los culparia. Tengo de ver, dijo el Corregidor, si puedo enseñar buena crianza á algunos estudiantes. Á estos, dije yo, con dalles de cenar, y quitalles el frio, los hará vuesa merced más corteses que á un indio mejicano; y junto con esto (viendo que me escuchaba de buena gana) le conté lo pasado de los huevos y de la humarada que procedió del sacrificio acemilar. Rióse del cuento (que tenia mucha apacibilidad), y á costa de ciertas espadas que habia quitado á ciertos escolares vagamundos, les hinchó el vientre de pasteles y marrana, y de lo de la tabernilla, y á mí me hizo mucha merced de allí adelante. Díjeles á mis compañeros amigos: Muy mal anduvísteis con el Corregidor. ¿Por qué? preguntaron ellos, ¿es nuestro juez? Respondí yo: Porque á las personas constituidas en dignidad, sean ó no sean superiores nuestros, tenemos obligacion de tratarlos con reverencia y cortesía: y no solo á estos, sino á todos los más poderosos, ó por oficios, ó por nobleza, ó por hacienda, porque siéndoles bien criados y humildes, en cierta forma los igualamos con nosotros, y haciendo al contrario, nos damos por enemigos de los que nos pueden agraviar muy á su salvo. Dios crió el mundo con estos grados de superioridad, que en el cielo hay unos Ángeles superiores á otros, y en el mundo se van imitando estos mismos grados de personas, para que los inferiores obedezcamos á los superiores. Y ya que no seamos capaces de conocernos á nosotros propios, seámoslo de conocer á quien puede, vale y tiene más que nosotros. Esta humildad y cortesía es forzosa para conservar la quietud y asegurar la vida. Es muy gran yerro querer ajustar nuestras fuerzas con las de los poderosos, usar del rigor de nuestra condicion con quien es mas cierto el perder que el ganar. La humildad con los poderosos, es el fundamento de la paz, y la soberbia la destruccion de nuestro sosiego, que al fin pueden todo lo que quieren en la República. En esta vida pasé tres ó cuatro años, hasta que se me dió una plaza en el colegio de San Pelayo, estando entonces allí el Sr. D. Juan de Llanos de Valdés, que cuando esto se escribe es del Consejo Supremo de la Inquisicion, en compañía de sus hermanos, tan grandes estudiantes como caballeros, y el señor Vigil de Quiñones, que á fuerza de virtud y merecimientos es ahora Obispo de Valladolid; donde teníamos conclusiones todos los sábados, y pudiera yo aprovecharme, si la necesidad de mis padres, y el deseo que yo tenia de servirles, no me sacára con una carta suya para ir á heredar cierta hacienda, de que un pariente me queria hacer donacion, ó capellanía.


DESCANSO XIII.
S
Salí de Salamanca sin dinero que bastára para dejar de ser peon, y como era fuerza el serlo, acordándome de la poca poblacion que habia en Sierra Moreda, por aquella parte de la Hinojosa, que habia quince leguas sin poblado, y por no dejar de ver á Madrid, y á Toledo, vine por esta máquina, pasé por Toledo y Ciudad Real, donde una monja muy virtuosa y principal, llamada Doña Ana Carrillo, me regaló y ayudó para el camino. Saliendo de Ciudad Real me encontré con un mozo de muy buen talle, que parecia extrangero: fuimos caminando hácia Almodóvar del Campo, y topamos con dos gentiles hombres en el camino, que llevaban entre los dos un muy gallardo macho, remudando á veces de cuando en cuando. Trabamos conversacion con ellos, y parece que se inclinaron á no dejarnos atrás. Colegí de su modo de proceder, que serian lengua de dos mercaderes, que iban á la feria de Ronda con muy gentil dinero, que á mí me dió gusto por ser aquel mi viaje. No me pareció bien, y con gran cuidado les miré á las manos, y las bocas. Entramos en una misma posada, y como yo llevaba tragada la malicia, y andaba sobre aviso, no hablaban palabra que fingiéndome dormido no se la entendiese. El uno de ellos no hacia sino entrar y salir en la posada, hasta que ya topó con la de los mercaderes. En amaneciendo cogió el uno de ellos una cabalgadura, y se partió delante, llevando para cierto efecto una graciosísima sortija (que no pudieron dar la traza, sin que yo la oyese). Fuése aquel delantero, como criado, y quedóse esotro como señor. Muy por la mañana aderezó su macho, y estubo con mucho cuidado aguardando á que pasasen los mercaderes: en pasando, hízose encontradizo con ellos, y preguntóles con grande comedimiento, adónde caminaban, y respondiéndole ellos, que á la feria de Ronda, hizo grandes desmostraciones de holgarse, diciendo: Mejor me ha sucedido que pensaba, en haberme encontrado con tan principal compañía; porque voy á la misma feria, á comprar un atajuelo de doscientas ó trescientas vacas, y por no haber andado este camino, á lo menos de las Ventas Nuevas adelante, iba con algun recelo de mil daños, que suelen suceder á los que llevan dinerillo, y habiendo encontrado con vuesas mercedes, iré muy consolado, así por la buena compañía, como porque vuesas mercedes me encaminarán allá, pues tienen más inteligencia que yo para lo que voy á comprar. Ellos le ofrecieron de ayudarle, y hacerle amistad en la feria, por ser muy conocidos en la ciudad. Estos dos bellacones, que iban en seguimiento de los mercaderes, á lo que despues entendí, eran de un género de fulleros, que entre ellos llaman donilleros: fueron riendo por el camino, porque el fullerazo era grande hablador, y les iba diciendo cuentos, con que los entretenia con mucha gracia y donaire. Yo por no perderlos hasta ver el fin, andaba lo más que podia asiéndome de cuando en cuando al estribo, ó al trancado del macho, que como dije que iba á la feria de Ronda, y era natural de ella, los mercaderes me animaban y esperaban á ratos. Llegando cerca de cierta venta, que la mitad del año está desamparada, puesta en una ladera á mano derecha como subimos, el fullero sacó de la faltriquera ciertos mostachones, que por la mucha especie, llaman la sed á tiro de arcabuz, y dió á cada mercader uno, y como era por el mes de Mayo cuando llegaron á emparejar con la venta, que estaba medio caida y sin gente, iban ya pereciendo de sed, dijo el fullero: Aquí dentro hay una fuentecita muy fresca, entremos á cumplir con los mostachones; y si vuesas mercedes quieren, aquí llevo una bota de muy gentil vino de Ciudad Real, con que podemos hacer satisfaccion al llamamiento. Apeáronse, y entró el fullero primero en la venta, llegó á la fuente, y siguiéndole los mercaderes, bajóse á beber, y dijo con grande admiracion: ¡Ay! ¿qué es esto que me hallo aquí? Y alzó la sortija que el ladron de su compañero habia dejado en la fuente. ¡Oh qué graciosa sortija! dijeron los mercaderes; sin duda que algun caballero se la quitó para lavarse las manos, y se la dejó olvidada: cada cual se holgára de habérsela hallado. Todos tres, dijo el bellaco del fullero, la hallamos, y de todos tres ha de ser. ¿Pues qué haremos de ella? dijo un mercader. Echarla á una quínola, dijo el fullero, en llegando á la venta, y á quien Dios se la diere, San Pedro se la bendiga. Bien dice vuesa merced, dijeron los mercaderes, y á fé que si la gana cualquiera de los dos, se ha de emplear muy bien; pero cierto la sortijuela era de mucha codicia, porque alrededor tenia doce diamantes, aunque pequeños, muy finos, y en lugar de piedra un rubí de hechura de corazon, que á cualquiera aficionára, labrado todo con mil donaires. Fueron todos muy codiciosos de ella, tratando por todo el camino los mercaderes del descuido del que la habia perdido, y el bellacon del cuidado del que la habia dejado, haciendo mil monerías con ella, para ponerles más codicia. Llegaron á Ventas Nuevas, y no parando en la primera, llegaron á la segunda, por hallarse más cerca del puerto. Apeáronse, y el bellacon sacó la bota de vino añejo de Ciudad Real, de más hojas que un Calepino, de que bebieron de muy buena gana. En comiendo un bocado de prisa, por codicia que cada uno tenia de la sortija, que les estaba haciendo del ojo, con el bocado en la boca, preguntaron al huésped, ¿si tenia unos naipes para echar una rifa? Dijo que no, y el ladron del compañero, haciéndose bobo, dijo: Yo llevo aquí unas no sé cuántas barajas que me encomendaron en mi pueblo, y por las muchas que allá se levantan sobre ellas, no las llevo de muy buena gana. Si sus mercedes me las pagan, yo se las daré. Mostrad acá, dijo el fullero, que estos señores y yo os las pagaremos muy bien. Dióles una baraja hecha á su modo, y como el licor de Ciudad Real se arrima tanto al corazon, y humea para el cerebro, alegráronse, y con mucho gusto echaron la rifa á cuatro quínolas. El fullero les dejó llegar á cada uno á tres sin haber tomado ninguna para sí, y en dos pasantes que echó, una de su mano, y otra del que tenia al lado, hizo las cuatro, y arrebató la sortija, haciendo grandes algazaras con ella. Picáronse de esto, y dijeron: Juguemos dineros. El fullero, con cierta socarronería, negando al principio, dijo, que no queria poner en peligro su dinero ó las vacas que se habian de comprar de él: pero al fin, persuadido, jugó; teniendo más gana él que los otros, que con palabras que tenia hechas á propósito, los iba haciendo picar. Pedia que les diesen de beber de la olorosa bota que estaba metida en parte fresca, y en calentándose las orejas echaban doblas como granizo; de suerte, que se estuvieron toda la tarde jugando, una vez ganando el fullero, y otra dejando ganar á los mercaderes, por disimular la fullería, y quejándose á veces, decia: Vuesas mercedes me han de ganar aquí esta tarde cuatro ó cinco mil escudos, segun estoy de picado.
Al tiempo que entramos en la venta el mocito y yo nos dijeron, que allí no se daba posada á gente que no traia cabalgaduras. Recibimos con humildad la notificacion, y parámonos á descansar un poco. Mi compañero afligido preguntó: ¿Pues qué habemos de hacer para esperar el fin y suceso de esta grande aventura? Yo le respondí: Dejadme, que yo conjuraré á la ventera, de manera que no nos eche de la venta. ¿Pues es endemoniada, dijo él, ó bruja? Á lo menos, dije yo, parécelo; pero no digo yo, sino con el conjuro general de las mujeres. ¿Cuál es? preguntó el otro. Ahora lo vereis, dije yo. Lleguéme á la ventera, que era una mujer coja y mal tallada: tenia las narices tan romas, que si se reia, quedaba sin ellas: los ojos parecian de capirote de disciplinante: echaba un tufo de ajos y vino por unos dientes entresacados y pardos, bastante á ahuyentar todas las víboras de Sierra-Morena; las manos parecian manojos de patatas; solo tenia que notar la limpieza, que parecia haber salido del naufragio de los Condes de Carrion: con todo esto me llegué á ella, y la dije: ¿Qué desdicha fué la que trujo á estas soledades á una mujer de tan buena gracia como vuesa merced? ¡Qué despacio está, dijo ella, el señor estudiante! No es cierto, dije yo, sino que desde el punto que llegué aquí, puse los ojos en vuesa merced, para consolarme del cansancio del camino. No haga burla, dijo ella, de las mal vestidas. Yo no hago tal, sino que me parece vuesa merced muy hermosa. Hermosa, dijo ella, como gata lagañosa. Parecióme que ya iba creyendo, y díjele: Pues miren con qué gracia y donaire responde. Cierto que es igual el rostro con la habla, y todo es con mucho gusto. Y como Deo gracias, dijo ella: si conociera á una hermana mia que tengo, tabernera en las ventas de Alcolea, dijera eso de veras: que por solo oirla echar pullas, van á beber á su casa cuantos pasan. ¿Y vuesa merced, dije yo, cómo no se acerca hácia Córdoba? Porque, señor, dijo ella, unas tienen ventura, y otras tienen ventrada. ¿Pues es posible, dije yo, que no ha habido quien saque á vuesa merced de tan mal oficio? Y respondió ella: Estáse la carne en el garabato por falta de gato. Pues á fé, dije yo, que si me hallara en disposicion que habia de hacerlo; porque me da lástima ver entre estos riscos y montañas á una mujer de tan buenas prendas. Pues calle vuesa merced, dijo ella, que mi marido y yo les habemos de quitar el dinero á estos que quedaron con él, y por la mañana haremos lo que nos pareciere; y si acaso mi marido volviere á decir á la noche que se salgan de la venta, váyanse por la puerta trasera del corral, que yo se la dejaré abierta. Fuése, y mi compañero me preguntó: ¿Qué es del conjuro? ¿Qué mayor conjuro quereis, dije yo, que haber llamado hermosa á una bestia, que parecia panza de vaca, con su zumaque y menudillos? Conjuro es este, dijo, que puede servir de malilla en todo el mundo. En tanto que pasamos esta conversacion se llegó la noche, y la desesperacion de los mercaderes; porque con las trampas que el fullero iba haciendo, y con los tragos de cuando en cuando de Ciudad Real, los fué chupando la plata y oro, y los zurrones en que tenian el dinero. Los mercaderes quedaron dados al diablo, y maldiciendo la venta, y á quien á ella los habia traido, se volvieron á dormir á la que habian dejado atrás, con intencion de volverse á Toledo. El huésped, que no era lerdo, entendió muy bien la bellaquería: yo estaba para reventar por lo que habia oido la noche antes, y por lo que habia visto entonces. Estuve determinado de revelarles la maldad; porque volviéndose los mercaderes, me faltaba el bien que me habian prometido hacer por el camino; pero consideré, que decir el secreto que estaba tan en duda, era desacreditar á los fulleros, y á mí ponerme en peligro; que no siendo una cosa sabida, tenemos obligacion de callarla con secreto natural. La seguridad consiste en el silencio, y en estas ocasiones y otras semejantes háse de advertir el peligro de ambas partes. Yo callé contra mi voluntad, y el ventero que era un bellaco redomado, disimuló y calló como yo y el otro. Los señores fulleros quedaron muy contentos; pero fueron tan miserables que no dieron barato á nadie, por donde se aumentó en el ventero el deseo de hurtarles la ganancia, y en mí de volvérsela á sus dueños. El ventero que realmente lo sintió, les dió á entender que recibió mucho gusto en ver los mercaderes despojados; y haciéndoles grandes zalamerías, les dió un aposento que tenia aderezado para los mercaderes, donde estaba un arcaz muy grande con tres llaves, que les dió para guardar su dinero y ropa. Era el arcaz de una madera muy maciza y de tablas gruesas, que hacia pared con la caballeriza, que me puso en cuidado, imaginando qué traza podria tener para hurtarles el dinero de un arcaz cerrado con tres llaves, y por ningun camino podia moverse de donde estaba. Habló con la mujer de secreto, mirando con cuidado si los veian hablar. En cenando muy solemnemente los fulleros, habiendo hecho el pancho de perdices y vino de Ciudad Real, se atrancaron en su aposento, y se cerraron de manera que no podia entrarles una bruja. En siendo una hora de la noche, ó poco menos, el ventero dijo: Los que tienen cabalgaduras salgan de la venta, que ya que no hay arrieros, queremos dormir sin cuidados. Salimos aquel mocito y yo, y dando vuelta por las espaldas de la venta, hallamos abierta la puerta del corral, y entramos en el pajar. Yo andaba pensando con cuidado cómo diablos, ó con qué modo ó traza podian hacer tiro á los fulleros. Veia que en el aposento no podian entrar, por estar muy bien encerrados, y el arcaz muy bien guardado. Traer salteadores para el efecto no era negocio seguro, sino muy peligroso; entrar y matarlos no podian, porque eran menos que ellos; pues querer minar el aposento con pólvora era para todos peligroso. Y no pude dar en el modo, hasta que entre once y doce, estando ellos durmiendo el mejor sueño, vinieron el ventero y la ventera muy paso entre paso, alumbrando ella con un cabo de vela: el marido comenzó á desviar con mucho silencio un gran monton de estiércol que estaba en la caballeriza arrimado al aposento de los fulleros.
Á pocas vueltas se descubrió la tabla del arcaz, que servia de pared al aposento. Miré con gran cuidado, y ví que la tabla del arcaz estaba por la parte de arriba asida con tres ó cuatro goznes, y por la parte de abajo con dos tornillos, cada uno en su esquina. Quitó el ventero los tornillos, y en quitándolos, mandó á la mujer que llevase de allí la vela, porque no entrase la luz en el aposento: ella la llevó, y yo fuí muy poco á poco al ventero, al tiempo que tenia la tabla alzada y los zurrones en las manos, y con voz muy baja, ó por mejor decir, entre dientes, le dije: Dad acá esos zurrones, y tornad á poner los tornillos; él me los dió, pensando que era su mujer, y salíme con ellos y con mi compañero por la puerta del corral, que mientras tornaba á poner el monton de estiércol hubo lugar para todo; y anduvimos un ratillo apriesa hácia atrás, cada uno con su zurron, no por el camino real, sino por un lado á la parte de arriba, con todo el silencio posible. Ya estábamos casi frontero de la otra venta, adonde los mercaderes se habian vuelto á dormir, y nos sentamos á descansar un poco, que el recelo y temor aumentan el cansancio. Yo le dije al compañero: ¿Qué pensais que traemos aquí? nuestra total destruccion, porque á ninguna parte podemos llegar donde no nos pidan muy estrecha cuenta de este dinero, que como él de suyo es goloso y codicioso, ó por la parte que le puede caber, ó por congraciarse, cualquiera dará noticia á la justicia de dos mozos caminantes de á pié, cansados y hambrientos, y con dos zurrones de moneda, y el tormento será forzoso, no dando buena cuenta de lo que se pregunta; pues esconderlo para volver por él, tampoco atinaremos nosotros, como los demás; y andar mucho por aquí dará sospecha de algun daño, y el menos que nos puede suceder es caer en manos de los ladrones, que nos quiten el dinero y la vida: ponerse á peligro por ganar dineros, muchos lo hacen; pero poner en peligro la vida, honra y dinero, ningun hombre de juicio lo ha de hacer: y así mi principal intento fué volver este dinero á sus dueños, para tener tanta parte en él como ellos, sin peligro de las vidas, y sin daño de las conciencias; y aquí viene bien: quien hurta al ladron, etc. Esta y otras muchas cosas le dije para desarraigarle cierta golosina que se le habia pegado, que como lo llevaba á cuestas, habia contraido no sé qué parentesco con la sangre del corazon: pero al fin le pareció muy bien. Fuimos á la venta, y aunque era muy de madrugada, dimos golpes á la puerta, diciendo que veníamos con un despacho de mucha importancia para unos señores mercaderes de Toledo que estaban dentro. Ellos lo oyeron, y hicieron al ventero que abriese. Encendió luz, y entramos en el aposento cargados, y sin hablarles palabra arrojamos los gatos sobre una mesa, que si fueran de Algalia no regalaran tanto las narices como estos regalaron las orejas. ¿Qué es esto? dijeron los mercaderes. Su dinero, respondí yo, que ha vuelto á César lo que era suyo. Contámosles el caso, y díjeles que antes que en la otra venta se levantasen, pasásemos el puerto. De buena ventura mia, venian mulas de retorno hácia Sevilla. Los mercaderes alegres y agradecidísimos del caso, para mí y para el otro mozo tomaron dos mulas, y caminando pasamos el puerto sin que lo sintiesen en las ventas. Encumbramos el puerto, y bajamos á otra que está en lo más bajo, no mal proveida, adonde estuvimos todo el dia descansando y durmiendo, por el poco sueño y mucha pesadumbre que les habia causado la pérdida de su dinero: y á la tarde supimos que el ventero (como martirizando á su mujer, no supo cosa del hurto, porque no osó decir que nos habia dejado dentro) sospechando que los fulleros le habian hecho la treta que él no entendió, fué á dar aviso á la Hermandad, de la vida y trato de aquellos hombres, y cómo tenian dos zurrones de dinero mal ganado, y vino la Hermandad, y como no halló los dineros, ni los zurrones que el ventero habia dicho en el arcaz, á él por desatinado ó loco ó porque habia cargado demasiado, y á los fulleros por gente sospechosa que tan tarde se estaban en la venta, y á la mujer por suspensa y callada, que no supo dar razon de sí, les hicieron pagar las costas sin averiguar el secreto. Holgámonos mucho con el suceso, de manera que los mercaderes lo querian oir por momentos, que segun pareció, hallaron más dinero dentro de los zurrones del que habian dejado; y con donaire decia el uno de ellos: No quiera Dios que yo lleve dinero ajeno en mi poder, gástese por el camino en perdices y conejos, que no quiero tener que restituir; y así se hizo con beneplácito de todos. Yo consideré á solas conmigo, y aun lo comuniqué con uno de los mercaderes, cuán mal se logra lo mal ganado, y cuánto peor se goza lo adquirido con juegos de ventaja, donde se aventura la reputacion, sin asegurar la ganancia, que está sujeta á cuantos la ven, y á cuantos lo imaginan, y á los ausentes, á quien toca la distribucion de la estafa, que tasadamente les queda para consumir en los tabernáculos de la gula, fiestas de Baco y sacrificios de Venus, sin aprovechar la sumision y cortesía fingida para engañar al que quieren desollar, ó al que ya tienen desollado; que si bien quisiesen los hombres sencillos advertir á las cautelas, enredos y marañas de estos apacibles lobos, echarian de ver que una cortesía sin tiempo, una amistad sin sazon ni conocimiento, un comedimiento no acostumbrado, unas ceremonias no debidas, traen consigo más daño que provecho para aquel con quien se usan; porque si son los hombres de tan ruin condicion que aun á la cortesía debida acuden de mala gana á quien tienen obligacion, ¿por qué no se ha de entender que la novedad de cortesías estraordinarias traen consigo algun secreto, especialmente no teniendo partes por donde se le deban? Los fulleros tienen tambien su materia de estado, porque, ó engañan por sí ó por amigos, que tienen señalados y diputados para el efecto; casas de posadas, ó mesones, donde les dan el soplo de la gente nueva á quien pueden acometer.
Tienen tambien su libro de caja ó de memoria de todos aquellos que acuden á favorecer su ministerio en todos los pueblos grandes ó pequeños, porque es oficio corriente por toda España, y en las poblaciones de importancia tienen correspondencia y avisos de las zorras comadres, para chupar la sangre á los corderos inocentes. Y aunque son tan grandes los sainetes de estos cautelosos culebrones, para chupar la sangre de los que ven inclinados al juego, que no pueden reducirse á regla cierta, ni guardarse de sus trampas, con todo eso digo, que todo lo que fuere artificio apacible y no usado, se ha de temer aun de los mismos amigos en materia de juego, porque se venden unos á otros. Cuando convida á jugar un conocido á otro, llevándole á parte no sabida, vaya con cuidado, sea en público ó en secreto; y me parece que no será malo este refrancillo para este propósito: Si bien me quieres, trátame como sueles. Caminamos con todo el gusto que pudimos mis mercaderes y yo, buscando por el camino ocasiones en que tenerlo: llegamos á la Conquista, que es un pueblecito que se comenzaba entonces, un domingo por la mañana: entramos á oir misa, que la estaba diciendo un clérigo que pronunciaba la lengua latina como gallego. La misa era de Requiem, porque habian enterrado aquella mañana un pobre, y ayudábale un sacristan, que sobre un sayo pardo muy rozagante traia una sobrepelliz de cañamazo. Acabada la misa, diciendo el responso sobre la sepultura, acabó el clérigo diciendo: Requiescat in pace, alleluja, alleluja. El sacristan le respondió con muchos pasos de garganta: Amen, alleluja, alleluja. Lleguéme al buen hombre, y díjele: Mire, padre, que en misa de Requiem no hay alleluja. Respondióme muy confiadamente: Arre allá, señor estudiante; ¿no ve que es entre Pascua y Pascua? Fuímonos cayendo de risa por todo el camino.


DESCANSO XIV.
C
Como el camino, por bueno que sea, siempre trae consigo un género de soledad, porque ordinariamente se camina ó por necesidad, ó por negocios forzosos, que ocupan la memoria y distraen el gusto, procurábamos tenerle en todas las cosas que encontrábamos. Los mozos de mula acudian á su costumbre, uno á echar pullas, otro á hacer burlas á los caminantes, otro á cantar romances viejos, cual sea su salud: nosotros de lo que se ofrecia á la vista. Encontrámos un pastor que pasaba su ganado de un distrito á otro, pereciendo de sed él y los perros; que en Sierra-Morena por mayo y por todo el verano, aunque de noche hace fresco, de dia se encienden los árboles de calor: y era tan ignorante el buen hombre, que teniendo sed llevaba los perros atados porque no se le perdiesen. Preguntónos si sabíamos dónde hubiese agua; yo le respondí: ¿Pues llevando perros, preguntais esto? desatadlos, que ellos hallarán presto el agua. ¿Y es eso así? dijo un mercader. Es cosa muy sabida, dije yo, y muchas veces experimentada. Y dije al pastor: Desatad los perros, ó el uno de ellos, y ponedle un cordelillo largo, con que lo vais siguiendo, que él hallará fuente, arroyo ó laguna: y así lo hizo el pastor; de suerte, que dándole larga con el cordel, rompió por una ladera alzando el hocico, y se fué hácia una espesura derecho, que habia al pié de una peña, donde halló agua, que refrescó al pastor y satisfizo al ganado. Y contaréles á vuesas mercedes lo que me contó en Ronda un caballero de muy gentil entendimiento, que se llama Juan de Luzon, muy experimentado en letras humanas y divinas. Hay dos pueblecillos en Sierra de Ronda, entre otros muchos, uno llamado Balastar, y el otro (si bien me acuerdo) Chucar, entre los cuales andando un cabrero moro apacentando su ganado, apretándole la sed, y no hallando agua, ni señal donde pudiese haberla, despareciósele un perro, y á cabo de rato vino mojado todo y muy contento, coleando al amo, y haciéndole muy grandes fiestas. Espantado de aquello el cabrero, le dió muy bien de comer y lo ató, aguardando á que le tornase á aquejar la sed, diligentísima despertadora de la pereza. Atóle un cordelejo largo, y dejóle ir, y siguiéndole el amo, fué saltando matas y peñas, rasgándose las manos y el rostro; y siguióle con todas estas dificultades, hasta que entre unas grandes espesuras, se coló por la boca de una cueva, que por debajo de altos riscos estaba naturalmente hecha, con algunos resquicios, que le daban la luz que habia menester. En medio de la cueva nacia un clarísimo arroyo, que se dividia en dos partes: bebió el moro, é hinchó su zaque; y admirado de la novedad dió en una traza, á su parecer buena, que despues le costó la vida; y fué, que atajó con unas piedras el un arroyo de aquellos, echando todo el agua por una parte, para ver al dia siguiente dónde iba á parar. Fuése á su ganado, y averiguó el dia siguiente que habia faltado el agua en Chucar. El moro que sabia el secreto, fuése al pueblo diciendo, que si se lo pagaban bien les daria su agua, y otra tanta más, y contó el caso como habia sucedido. El poco tiempo que les habia faltado el agua los necesitó de manera que le dieron doscientos ducados porque les diese su agua y la del otro pueblo. En recibiendo su dinero fué á la cueva, y soltó el agua por aquella parte. Viéndose con su agua tan crecida, conociendo la inconstancia y codicia del cabrero, antes que los de Balastar le corrompiesen con esperanza de mayor interés, acordaron darle garrote, quedándose con el agua toda, y el moro sin vida, sin que hasta hoy se haya sabido en qué parte está el secreto: y hoy se echa de ver señal de que algun tiempo corrió por allí agua, por las guijas y piedras que lo manifiestan. Halló aquella encubierta cueva el aliento del perro, leal amigo y fiel compañero, descubridor de enemigos de sus amos. Extraña fuerza de aliento, dijo un mercader, que siendo el agua un elemento sin olor, la venga á descubrir un perro con solo alzar el rostro al aire, principal movedor y embajador del olfato. Que son las calidades de los perros y las excelencias que hay en ellos muy dignas de admiracion, no por los cuentos que se dicen de ellos, ni haciendo caso de historias atrasadas, sino por lo que vemos y experimentamos cada dia. ¡Qué fidelidad! ¡qué amor! ¡qué conocimiento!