RELACION SEGUNDA (continued 2)
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DESCANSO XI.
M
Muy contento mi amo de la bondad de su hija, y satisfecho de mi fidelidad tornaron las cosas á su principio, y yo á la reputacion y estimacion en que me solian tener. La doncelluela realmente andaba un poco melancólica, la madre muy arrepentida de verla disgustada, de manera que la hija se retiraba de ella, haciéndose de la enojada y regalona. La madre andaba pensando cómo darle gusto, buscando modos para alegrarla y desenojarla, porque andaba con un ceñuelo que á todos nos traia suspensos, á mí de amor, y á los demás de temor no enfermase de aquella pesadumbre. Al fin, como procuraban volverla á su gusto y tenerla alegre, dijo la madre á mi amo que me mandase decirle aquellas palabras contra la melancolía, que no hallaba con qué alegrarla, sino con ellas. Mandómelo, y yo le dije: Sin duda esta tristeza debe de nacer de algun enojo, y así será menester decírselo muchas veces, para desarraigarle del pecho la ocasion de su mal, haciéndole algunas preguntas, con que respondiendo ella se sazonase mejor su pena. Y así fué, que me dejaron un grande rato hablar con ella, y decirle el ensalmo primero y otros mejores, á que ella respondia muy á propósito, quedando muy contenta de haberla dicho que la verdadera salud y contento y gusto del alma le habia de venir del agua del bautismo, que su padre habia despreciado. Y despues de bien instruida en esto me aparté de su persona, habiendo hablado, y ella respondido, media hora. Alegróse la madre de lo que veia, rogóme que le enseñase aquel ensalmo, á que yo le respondí: Señora, estas palabras no las puede decir sino quien hubiere estado en el estrecho de Gibraltar, en las islas de Riatan, en las columnas de Hércules, y en el Mongibelo de Sicilia, en la sima de Cabra, en la mina de Ronda y en el corral de la Pacheca, que de otra manera se verán visiones infernales que atemorizan á cualquiera persona.
Dije estos y otros muchos disparates, con que se le quitó la gana de saber el ensalmo. Yo, aunque tenia con esto algun entretenimiento, al fin andaba como hombre sin libertad en miserable esclavitud, entre enemigos de la verdadera religion, y sin esperanzas de libertad, por donde el amor se iba aumentando en la doncella y menguando en mí: como pasion que quiere pechos, y ánimos vagabundos y ociosos, desocupados de todo trabajo y virtud; ¿pues qué efecto puede hacer un amor holgazan en una alma trabajadora? ¿qué gusto puede tener quien vive sin él? ¿cómo puede hacer á su dama terrero, quien lo está hecho á los golpes de la fortuna? ¿cómo saldrán dulzuras de la boca por donde tantos tragos de amargura entran? Al fin, el amor quiere ser solo, y que acudan á él solo mozos, sin obligaciones, sin prudencia y sin necesidad, y aun en estos es vicio, y distraimiento para la quietud del cuerpo y del alma. Cuanto más en un hombre subordinado á tantos trabajos, mirado de tantos ojos, temeroso por tantos testigos. Yo andaba muy triste, aunque muy servicial á mi amo y á todas sus cosas, con tanta solicitud y amor que iban las obligaciones cada dia creciendo con el amor de mis amos; pero pesábale de verme andar triste y sin gusto, que aunque no se parecia en el servicio echábase de ver en el rostro. Y así, llegándose el dia de San Juan de junio cuando los moros, ó por imitacion de los cristianos, ó por mil yerros que en aquella secta se profesan, hacen grandísimas demostraciones de alegría, con invenciones nuevas á caballo y á pié, me dijo el renegado: Ven conmigo, no como esclavo, sino como amigo, que quiero que con libertad te alegres en estas fiestas que hoy se hacen al profeta Alí, que vosotros llamais San Juan Bautista, para que te diviertas viendo tan excelentes ginetes, tantas libreas, marlotas de seda hechas un ascua de oro, turbantes, cimitarras, gallardos hombres de á caballo vibrando las lanzas con los brazos desnudos y alheñados: mira la bizarría de las damas, tan adornadas de vestidos y pedrerías, cómo favorecen con mucha honestidad á los galanes, haciendo ventana, dándoles mangas y otros favores: mira las cuadrillas de grandes caballeros, que llevando por guia á su Virey, adornando toda la ribera, así del mar como de los rios, cuán gallardamente juegan de lanzas, y despues de arrojadas, con cuánta ligereza las cogen del suelo desde el caballo. Á todo esto yo estaba reventando con lágrimas, sin poderme contener ni disimular la pena y sentimiento que aquellas fiestas me causaban. Á que volviendo los ojos mi amo, y viéndome deshecho en lágrimas me dijo: Pues en el tiempo donde todo el mundo se alegra, no solamente entre moros, sino en toda la cristiandad, y en una mañana donde todos se salen de juicio por la abundancia de alegría, ¿estás limpiando lágrimas? Cuando parece que el mismo cielo da nuevas muestras de regocijo, ¿lo celebras tú con llanto? ¿Qué ves aquí que te pueda disgustar, ó que no te pueda dar mucho contento? La fiesta, respondí yo, es milagrosa de buena, y tan en extremo grado, que por alegrísima me hace acordar de muchas que he visto en la córte del mayor monarca del mundo, Rey de España. Acuérdome de la riqueza y bizarría, de las galas y vestidos, de las cadenas y joyas que esta mañana resplandecen en tan grandes príncipes y caballeros. Acuérdome de ver salir á un duque de Pastrana una mañana como esta á caballo, con un semblante más de ángel que de hombre, elevado en la silla, que parecia centauro, haciendo mil gallardías, y enamorando á cuantas personas le miraban: de aquel gran cortesano don Juan Gaviria, cansando caballos, arrastrando galas, haciendo cosas de muy valiente y alentado caballero. De una prenda suya que en tiernos años ha subido á la cumbre de lo que se puede desear, en razon de andar á caballo. De un don Luis de Guzman, marqués del Algaba, que hacia temblar las plazas á donde se encontraba con la furia desenfrenada de los bramantes toros. De su tio el marqués de Ardales don Juan de Guzman, ejemplo de la braveza y gallardía de toda caballería. De un tan gran príncipe como don Pedro de Médicis, que con un garruchon en las manos ó tomaba un toro, ó lo rendia. Del conde de Villamediana don Juan de Tasis, padre é hijo, que entre los dos hacian pedazos un toro á cuchilladas. De tanto número de caballeros mozos que admiran con el atrevimiento, vencen con la presteza, enamoran con la cortesía, que como tras de esta mañana se sigue otro dia la fiesta de los toros, acuérdome de todo en confuso. Fiesta que ninguna nacion sino la española ha ejercitado, ni ejercita, porque todos tienen por excesiva temeridad atreverse á un animal tan feroz que ofendido se arroja contra mil hombres, contra caballos y lanzas, y garrochones, y cuanto más lastimado tanto más furioso. Que nunca la antigüedad tuvo fiesta de tanto peligro como este; y son animosos y atrevidos los españoles, que aun heridos del toro se tornan al peligro tan manifiesto, así peones como ginetes. Si hubiese de contar las hazañas que en semejantes fiestas he visto, y traer á la memoria los ingénuos caballeros que igualan en todo á los nombrados, así en valor como en calidad, seria obscurecer esta fiesta, y cuantas en el mundo se hacen. Díjome aquí el ermitaño: ¿Pues cómo no hace vuesa merced mencion de la que hizo en Valladolid don Felipe el amado en el nacimiento del príncipe nuestro señor? Respondí yo: Porque no habia de contar yo en profecía lo que aun no habia pasado; pero esa fuera la más alegre y rica que los mortales han visto, y donde se muestra la grandeza y prosperidad de la monarquía española. Que si el otro emperador vicioso hacia cubrir con las limaduras de oro el suelo que pisaba, saliendo de su palacio con el oro que salió aquel dia en la plaza, la podia cubrir toda como con cargas de arena. Y si para engrandecer la braveza de Roma, dicen que en la batalla de Canas, en la Pulla, se hincheron tres moyos de las sortijas de los nobles, con las cadenas, sortijas y botones de aquel dia se podian llenar treinta fanegas, esto sin lo que quedaba en las casas particulares guardado. Estuvieron aquel dia todos los embajadores de los reyes y repúblicas esperando la grandeza de España, y la flor y valor de la caballería que los dejó suspensos, y en éxtasis de ver la gallardía con que se jugó de los garrochones, revolviendo los caballos, que aunque herir á espaldas vueltas es mucha gala, como lo usan en otras naciones en cazas de leones y otros animales, este dia hubo quien esperó en la misma puerta del toril, cuando con más furia y velocidad sale el toro, y le mató cara á cara con el garrochon, que fué don Pedro de Barros; y aunque esto tiene mucha parte de atrevimiento y ventura, tambien la tiene de conocimiento y arte, que enseña la experiencia con gentil discurso. Al fin estas fiestas admiraron á los embajadores y al mundo: pero mucho más ver á un rey mozo, don Felipe III el amado, siendo cabeza de su cuadrilla, guiar con tan grande sazon, cordura y valor, y enmendar muchas veces los juegos de cañas que los muy experimentados caballeros erraban: porque fué tanta la abundancia de caballos y cuadrillas, que no pudieron caber en la plaza, y con esta confusion algunas veces se descuidaban en el juego, que con la anciana prudencia del mozo rey se tornaba á la primera perfeccion, que cierto parecia ir guiado de los ángeles; porque al fin fué el mejor hombre de á caballo que aquel dia se mostró en la plaza. Despues acá se han cultivado grandes caballeros muy mozos y muy acertados, como don Diego de Silva, caballero de mucho valor, presteza y donaire, atrevidísimo con el garrochon en las manos, y su valeroso hermano don Francisco de Silva, que pocos dias há sirviendo á su rey, murió como valentísimo soldado, y con él muchas virtudes que le adornaban. El conde de Cantillana, que con grandísimo aliento derriba muerto á un toro con el garrochon, don Cristóbal de Gaviria, excelentísimo caballero, y otros muchos que por no salir de mi propósito callo. Proseguimos en ver en la fiesta de los turcos y moros algunos muy grandes ginetes; pero no tan grandes como don Luis de Godoy, ni como don Jorge Morejon, alcaide de Ronda, ni como el conde de Olivares mozo. Pero fué la fiesta alegrísima, que como gente que no ha de tener otra gloria sino la presente, la gozan con toda la libertad que se puede desear. Últimamente ví á mis amas, ya que la fiesta se iba acabando, que me pesó en el alma, no por verlas tarde, que la doncellita estaba hecha ojos, no hácia la fiesta, sino hácia su padre, que viéndole á él me veia á mí. No pude negar á la naturaleza el vigor y aliento que de semejantes encuentros recibe. Hice del ignorante en su vista, y dije á mi amo que nos fuésemos, sabiendo lo que me habia de responder, como lo hizo, diciendo: Esperemos á mi mujer é hija para acompañarlas. Bajaron de una ventana donde estaban, y fuimos acompañándolas, la hija temblándole las manos, y mudando el color del rostro, hablando con intercadencias. Díjole el padre: Ves aquí tu médico, háblale, y agradécele la salud que suele darte.

Hasta que ví á mis señoras, respondí, no ví cosa, que aunque eran buenas, me lo pareciese.
Preguntóme la madre ¿qué me habia parecido la fiesta? Hasta que ví á mis señoras, respondí, no ví cosa, que aunque eran buenas, me lo pareciese, porque la gracia, hermosura y talle de mi señora y de su hija, yo no la veo en Argel. Rióse el padre, y ellas quedaron muy contentas, que teniendo por este camino contenta á la madre, de buena gana me dejaba hablar con la hija. Pidióme la doncella un rosario en que iba rezando, díselo, y en pudiendo hablarla, le dije para qué era el rosario, y que si verdaderamente entregaba su voluntad á la Vírgen, le abriria camino ancho y fácil para llegar á tanto bien como recibir la gracia del santo bautismo, que la doncella con grandes ansias deseaba, y que le habia yo de pedir cuenta de aquel rosario, que le guardase muy bien, y le rezase cada dia; y así lo prometió hacer.


DESCANSO XII.
E
En este tiempo sucedió un notable, y no usado hurto, delito castigadísimo entre aquella gente, de que se escandalizó toda la ciudad, y causó mucha turbacion, por ser hecho al Rey ó Virey, y de moneda que tenia guardada para enviar al gran Señor. Y habiéndose hecho grandes diligencias, por ningun camino se pudo sospechar ni imaginar quién pudiese ser el autor, aunque un gran privado del Rey prometia grandísima cantidad de dineros, exenciones y libertades á quien lo descubriese. Dióse traza que de secreto y sin alboroto se fuesen escalando todas las casas, sin dejar salir á nadie de la ciudad, y no aprovechando cosa, me dijo mi amo: Si supieses algun secreto para descubrir este hurto, diciéndote quién lo hizo, sin que fuese por relacion de ningun hombre, yo te daria libertad y dinero. ¿Ha de faltar, dije yo, modo para eso, con una carta echadiza, sin firma ó con ella? Esto es lo que voy obviando, dijo mi amo, porque yendo con firma matarán á quien la diere ó la firmare; y si va sin firma atormentarán á todo el pueblo para averiguar cuya es la letra, porque cualquier aviso ha de llegar primero á las manos del ladron que á otra ninguna, porque es el mismo privado suyo; y si lo descubre algun hombre libre le darán garrote, y si esclavo le quemarán. Las premisas que yo tengo para esta verdad son grandes, y el conocimiento de la parte y de su crueldad es de muchos años, que aquí más tiemblan de Hazén su privado que del Rey; y así cualquiera modo de los ordinarios causará grandísimo daño en descubrirlo. Y pues siendo este el mayor enemigo que yo tengo, y aun toda la república, no lo descubro, ni quiero que tú lo descubras; muy escesivos daños se han de seguir de ello. Pues déjeme vuesa merced, dije yo, que ya tengo traza para vengar á vuesa merced y descubrir el hurto sin que nadie padezca, y deje de hacerlo como yo quisiere, con darme licencia para hacerlo á mi modo. Diómela, y tomando un tordo escogido, con todas las partes que ha de tener para buen hablador, encerrélo en un aposento en su jaula, donde no pudiese oir pájaros que le perturbasen, y toda una noche y el dia le estuve enseñando á decir: Fulano hurtó el dinero: fulano hurtó el dinero. Díme tan buena maña, y él tenia tan buen natural, que dentro de quince dias, en teniendo hambre, para pedir de comer decia: Fulano hurtó el dinero. De suerte se servia de lo que le habia enseñado para todas sus hambres, ó sed, que se habia olvidado de su canto natural. Aseguréme bien otros ocho dias para que el tordo se asentase bien en lo aprendido, y yo en la traza que llevaba ordenada, que fué importantísima para librar á más de cien hombres que tenian presos sobre el hurto, inocentes de la maldad, y entre ellos á muchos cautivos españoles é italianos, y de otras naciones. Y así viendo que mi tordo habia de ser libertador de tantos cristianos presos, un viernes que habia de ir el Rey á la mezquita, soltélo, y díle libertad para que él la diese á los otros presos. Subióse á la torre con otros muchos tordos, y entre las algaravías de los otros, él comenzó muy apriesa á decir: Hazén hurtó el dinero, sin dejar de decirlo todo el dia muy apriesa, como se veia en la libertad que deseaba. Fué á oidos del Rey lo que en la torre decia el tordo. Espantóse, y cuando vino la hora de llegar á la mezquita, la primera cosa que oyó fué el nuevo canto de mi tordo, que muy á menudo decia: Hazén hurtó el dinero; Hazén hurtó el dinero. Asentóse luego que pues habia sido tan secreto, debia de tener algo de verdad, que como son agoreros en gran manera, se le puso en los cascos que el gran Mahoma habia enviado algun espíritu de los que tiene junto á sí á declarar aquel caso, por que no padeciesen tantos inocentes; pero por no arrojarse sin consejo á la averiguacion del caso, llamó ciertos agoreros ó astrólogos, que ya sabian lo que se habia cundido del tordo, y apretóles á que le dijesen lo que sentian. Echaron su juicio, y vino tambien con el del tordo, que prendió á su privado, y despues de haber confesado en la tortura, y hallado todo el dinero, privó al privado de su privanza, despareciéndolo con mucha aceptacion y gusto en toda la ciudad, que estaba mal con él, no porque supiese mal que á nadie hubiese hecho, que hasta esta maldad no se supo su malicia, sino por parecerles que todos los rigores que con ellos usaba el Virey eran por consejo del privado, que esta miseria padecen los que están en lugares supremos, que la envidia, ó los derriba, ó los desacredita, siendo así que los verdaderos privados en llegando á la grandeza que desean, con el amor y favor de sus reyes, luego acuden á la conservacion de lo que han alcanzado con acreditarse haciendo bien á la república. Si bien en las grandes monarquías no puede dilatarse fácilmente esta verdad hasta que llegue á los que pueden ser jueces de ello, para que la manifiesten sin que cualquiera se atreva á buscar autor á los daños ó inconvenientes que ó por pecados de los hombres, ó por juicios de Dios secretos á nuestra capacidad suceden en la república. Un moderno estadista, alegando otros antiguos, dice que el príncipe no se ha de dar en presa á su privado, que es no hacer tanto caso de él que le fie su conciencia y sus acciones. Doctrina contra la misma naturaleza, porque si cualquiera hombre particular naturalmente desea, y tiene un amigo con quien, amándole, descanse y le descargue de algunos cuidados por la comunicacion, ¿por qué ha de estar el príncipe privado de este bien que los demás tienen? El príncipe valeroso, prudente y justo necesariamente ha de tener junto á sí privados de irreprensible vida; porque si no lo fueren, ó los apartará de sí, ó le mancharán su buena reputacion; pero que sea conocidamente, y con general aplauso recibida la opinion del príncipe por santa y justa, y que busquen en el privado qué reprehender, téngolo por de ánimos mal contentos, y aun mal intencionados, y que se reciba á mal que el privado crezca y medre en bienes y haciendas que los otros no pueden alcanzar.
Considérese que en tan opulenta monarquía como la de España, de las migajas que se desperdician de la mesa del príncipe sobra no solamente para aumentar casas ya comenzadas y grandes, pero para levantarlas de muy profundas miserias á lugares altísimos. Los grandes monarcas, reyes y príncipes nacen subordinados al comun órden de la naturaleza, y sujetos á las pasiones de amar y aborrecer, y han de tener amigos á quien naturalmente se inclinen, que las estrellas son poderosas para inclinar á un amigo más que á otro, que cuando estas amistades van por la sola eleccion, no tienen aquella sazon y gusto que las otras: y siendo superiores los príncipes, como lo son, no han de elegir el privado á gusto ajeno, sino al suyo, y siéndolo, tambien lo será al gusto de los vasallos, cuyo bien pende del gusto bien ordenado del príncipe: y este se ha de seguir sin quebrarse la cabeza en condenar al uno ni al otro, ni juzgar si es malo ó bueno, siendo la norma por donde se han de regular los actos de la justicia, el gobierno de la república y la merced de los vasallos, el premio de los buenos y el castigo de los malos. Cuanto más que, pues tienen dos ángeles de guarda, y el corazon del rey está en la mano del Señor, es de creer que los inclinarán al bien público y paz general. Que las cosas que la ocasion ofrece de sucesos de fortuna no vienen ni tienen dependencia de la voluntad y administracion del privado, sino de los movedores del cielo, que son las causas segundas á quien la primera tiene dado su poder general, si no es cuando en su tribunal se ordena otra cosa. Bueno es que me confiese un hombre mal asentado peor sentido del buen modo de juzgar que comunicó treinta ó cuarenta años y al que, ó por sus méritos, ó por sus diligencias, ó por su ventura, llegó á ser privado, y que habiéndolo alabado de virtuoso, apacible y discreto, amigo de hacer bien, en viéndole privado, cuando más bien puede ejecutar su inclinacion, vuelve la hoja á desdorar lo que antes doraba y adoraba; y venido á averiguar en qué funda su desestimacion, ó por mejor decir, su poca constancia en la amistad que antes le tenia, no sabrá responder, sino que es una especie de envidia fundada en el bien ajeno, ó porque no le reparte con él, ó porque le pesa que lo tenga, ó por mal entendimiento y peor voluntad. Los privados de los grandes monarcas no pueden tener la memoria de todos los conocidos, basta que la tengan de los que hacen diligencia para ello, que los que son de mi condicion no tienen razon de quejarse del privado, pues ha de nacer su bien de su cuidado y diligencia; y no teniéndola, es la queja injustísima. Hay dos géneros de privados; unos que de principios humildes subieron á merecer entrarse en la voluntad de su príncipe, y estos quieren todo el bien para sí. Otros que siendo grandes señores han sido muy aceptos y muy queridos de su rey, y estos como nacieron príncipes quieren repartir el bien con todos. Pero los unos y los otros se han de haber con su rey como la yedra con el árbol á quien se ase, que aunque siempre sube abrazada con él sin jamás dejarle, con todo eso nunca le estorba el fruto que naturalmente lleva: y así lo hacen los privados que comenzaron por grandes señores, que nunca le estorban al príncipe las acciones á que le obliga el lugar en que Dios le puso. Por donde yo creo, y por las razones dichas juzgo que parece que no se podrá engañar el rey en la eleccion del privado, pero podria engañarse el privado en la eleccion de los que le propusiere á su rey por capaces para la administracion de los cargos ó gobiernos, por estar en su noticia por tales no siéndolo, engaño en que como hombre se puede caer, y así le importa para la conservacion de su crédito y reputacion vivir con cuidado, informándose de los que pueden ser jueces de ello, para que si la eleccion no saliere tan acertada como se desea, á lo menos se entienda que no fué acaso, ni por amistad ó antojo. Pero tornando á lo primero, digo, que es terrible caso que quieran los estadistas privar al príncipe de tan grande gusto como es la amistad del privado, á quien el príncipe naturalmente se inclina, siendo así que la voluntad está siempre obrando, y tiene un blanco adonde mira más que á otro, en todos los hombres del mundo, y adonde halla descanso y alivio.


DESCANSO XIII.
O
Ofrece la ocasion algunas veces cosas que divierten del intento principal, como me ha sucedido en este paréntesis, dejando mi historia y tratando cosas que no son de mi profesion, mas de conforme naturaleza las dicta y ofrece. Habiendo sucedido en mi buena suerte salir con lo que se pretendia por el lenguaje de mi tordo, mi amo cumplió su palabra despues de haber cumplido el Virey la suya; y admirándose del secreto y prudencia con que el renegado se hubo en aquel caso, por donde escusó el daño de tanta gente como habia presa, que si no fuera por la sagacidad suya pereciera él primero, si no fuera por aquel camino, y muchos de los presos sin culpa. Él me dió libertad con mucha voluntad, aunque contra la de su hija, que ya la ví muy inclinada á la verdadera religion, y al hermano, á quien yo habia persuadido la misma verdad, de manera que ambos á dos tenian deseo del bautismo; aunque el padre no se daba por entendido, sí lo sospechaba, porque aunque callaba, sin duda lo deseaba. Llamábase el muchacho Mustafá, y la hermana Alima, aunque despues que yo la pude comunicar y encaminarla á la verdad católica se llamó María. Tuve lugar de hablar con ella á solas con mucho gusto, pero no en cosas lascivas, que nunca tuve intento de ofenderla; y por último la aseguré viniendo á España, que por todos los caminos posibles la avisaria de mi estado, y la advertiria de lo que le convenia hacer para ser cristiana como deseaba, que enterneciéndose más con su intento principal que conmigo destiló algunas lágrimas de piedad cristiana, y de rendida al amor honesto, con que siendo la última vez que la hablé, me despedí de su presencia para lo que era comunicarla más, y ella besando muchas veces el rosario que yo le habia dado, dijo, que le guardaria para siempre. Díjome despues mi amo con muchas muestras de amor: Obregon, yo no puedo dejar de cumplir la palabra que te dí, por haberlo tú merecido, y por la obligacion que tengo de ser español, y por las reliquias que me quedaron del bautismo (y miró al rededor á ver si le escuchaba álguien) que tan en las entrañas tengo, que ninguno de cuantos ves en todo Argel (de los moros hablo) te guardara fé ni palabra, ni te agradeciera lo hecho. Y si el rey de Argel me agradeció y cumplió la promesa que habia hecho á quien descubriese el hurto, es porque es hijo de padres cristianos, donde la verdad y la palabra inviolable se guardan. Y por acá esta bárbara nacion dice que el guardar la palabra es de mercaderes, y no de caballeros. Y aunque yo te la cumplo, hágolo contra mi voluntad, porque al fin estando tú aquí tenia con quien descansar en las cosas que no pueden comunicarse. Pero ya que es fuerza y tú estás inclinado á no estar en Argel, como yo tenia trazado, yo mismo te quiero llevar á España en mis galeotas, y dejarte donde puedas con libertad acudir á tu religion. Ahora es el tiempo propio, en que salen todos en corso; yo habré de ir deshermanado de los demás, por dejarte en alguna de las islas más cercanas á España, que más á poniente no osaré, porque me traen muy sobre ojo por toda la costa, donde he hecho algunos daños muy notables: y si el galeon en que venias no tuviera ventura en venirle buen viento, todos veníades acá. Aprestóse mi amo para hacer su viaje, llevando algunos turcos muy valientes consigo, y muy acostumbrados á ser piratas; y escogiendo buen tiempo, puso la proa hácia las islas Baleares, dejando en las orillas á su mujer é hija muy llorosas, la una encomendándolo al gran profeta Mahoma, y la otra llamando muy á voces y muy desconsolada á la Vírgen María, que como no habia cerca quien pudiese reprehenderla, lo decia como lo sentia. Yo iba volviendo los ojos á la ciudad, rogando á Dios que algun tiempo pudiese tornar á ella siendo de cristianos, que como yo dejaba lo mejor de mi persona en ella, iba, aunque libre, doliéndome de dejar entre aquella canalla una prenda que se pudiera desempeñar con la sangre del corazon, pues deseaba aprovecharse de la de Cristo, que aunque la supe dejar muy satisfecha y confiada de mi voluntad, llevaba entre mí una batalla que no me dejaba acudir á otra cosa sino al pensamiento que me aquejaba por cruel y desagradecido, me martirizaba por ausente, y me acusaba dejar un alma cristiana entre cuerpos moros; pero no sé qué confianza me aseguraba que la habia de volver á ver cristiana. Al fin caminamos con felicísimo viento; y como mi amo me via volver el rostro á la ciudad, decíame: Obregon, paréceme que vas mirando á Argel y echándola maldiciones por verla tan llena de cristianos cautivos, y por eso la llamas ladronera ó cueva de ladrones á esta ciudad, pues asegúrote que no es el mayor daño el que los corsarios hacen, que al fin van con su riesgo, y alguna vez van por lana y no vuelven trasquilados, ni por trasquilar. Que el mayor daño es que por ver que son en Argel bien recibidos, muchos de su voluntad se vienen de todas las fronteras de África con sus arcabuces, ó por necesidad de libertad, ó por la falta de regalos, ó por ser mal inclinados y tener el aparejo tan fácil, que es lastimosa cosa ver que por la ocasion dicha está llena esta ciudad de cristianos de poniente y de levante; que aunque voy á hacer mal por mi provecho, no puedo dejar de sentir el daño de la sangre bautizada que me tiene trabado el corazon. Otras veces, dije yo, he sentido á vuesa merced enternecerse en esta materia, como á hombre piadoso de corazon y de noble sangre; pero no le veo con mudanza de religion, ni con propósito de volverse á la inviolable fé de San Pedro que profesaron sus pasados. No quiero, respondió mi amo, decirte que el amor de la hacienda, la hidalguía de la libertad, ni la fuerza de mujer é hijos, ni los muchos daños que en mi propia patria he hecho me divierten de ello, sino preguntarte, si alguna vez me has visto curioso en saber qué doctrina enseñabas á mis hijos: que por aquí verás cómo debe estar mi fé en mi pecho. Y asegúrote que de cuantos renegados has visto muy poderosos, ricos de esclavos y hacienda, ninguno deja de saber que va engañado; que la libertad que tienen tan grande, y las honras y haciendas, en que son preferidos á los demás turcos y moros, los detienen, siendo señores, y mandando lo que quieren, y á quien quieren; pero saben bien la verdad. Y para prueba de esto en tanto que el tiempo refresca en nuestro favor, te quiero contar lo que sucedió poco tiempo há en Argel.
Hay aquí un turco muy poderoso en hacienda, y abundante en esclavos, venturoso en la mar, y esperimentado en la tierra, llamado Mami Reis, es hombre de gentil determinacion, de buen talle, liberal y bien quisto. Yendo este en corso por la costa de Valencia anduvo algunos dias sin poder encontrar presa en el agua, hasta tanto que los mantenimientos le faltaron; vista la necesidad saltaron en tierra él y sus compañeros con mucho riesgo y peligro de sus personas, porque encendiendo hachas por toda la costa los inquietaron de modo que se tornaron al agua, disparando algunas piezas contra la gente del socorro. Con la priesa que llevaban se dejaron en tierra al señor de la galeota y á otro soldado amigo suyo muy valiente, que viéndose perdidos se entraron en un molino, donde hallaron solamente una doncella hermosísima, que de turbada no pudo huir con las demás gentes. Amenazáronla porque no diese voces, y en viendo la costa quieta hicieron la seña que tenian hácia las galeotas, y en viendo la primera noche vinieron al molino, y antes que tornase la gente del rebato cogieron al capitan y su compañero, llevándolos á su galeota juntamente con la cautiva doncella. La hermosura de ella era de manera que dijeron, y con verdad, que tal joya de talle y rostro no se habia jamás visto en Argel. El capitan, dueño de las galeotas, dijo que estimaba en más aquella presa que si hubiera saqueado á toda Valencia. Ella iba acongojadísima y llorosa, y él diciéndola que no fuese desagradecida á su buena fortuna, pues iba á ser señora de toda aquella hacienda y otra mayor y de más importancia, y no á ser esclava como pensaba. Pero la hermosura y apacibilidad del rostro, acompañada con una mansa gravedad, era de modo que se puede decir que siendo de noche dió luz á toda la galeota, á quien todos se rindieron y humillaron como á cosa divina, admirándose que Valencia criase tan soberanas prendas. Fuéla consolando por toda la navegacion, que el turco sabe hablar un poco la lengua española, y es hombre de muy buena suerte y talle, muy venturoso en cuantas empresas ha acometido, muy rico en tierras, joyas y dineros, muy acepto á la voluntad de todos los reyes de Argel. Para abreviar, fuése á desembarcar, no á la ciudad, sino á una heredad suya de grande recreacion de viñas y jardines muy regalados. Ella que se vió tan obedecida de esclavos y amigos del turco, parece que se fué ablandando y dejando la tristeza que le habia causado el cautiverio. Vino andando el tiempo á querer bien á su amo, y á casarse con él, dejando su religion verdadera por la del marido, en que vivió con grandísimo gusto seis años ó siete, querida, servida, regalada, llena de joyas y perlas, y muy olvidada de haber sido cristiana. Por cuya contemplacion se hicieron y hacian cada dia alegrísimas fiestas de cañas y otras invenciones, porque su condicion se parecia mucho á su cara, y la cara se aventajaba á todas las de Argel, de manera, que si no se casára luego con ella, se la quitáran para enviarla al gran Turco. Pues viviendo con toda esta idolatría, siendo su gusto la norma con que todos vivian, habia allí un esclavo de Menorca, hombre de suerte, que como los demás comunicaba con ella: vino su rescate, y el buen hombre fuése á despedir de ella, y preguntóle en qué lugar habia de residir; él se lo dijo, y ella le mandó que viviese con cuidado para lo que sucediese. Él, que no era lerdo, la entendió, y yéndose á Menorca, vivió con él todo el tiempo que pasó, hasta que tuvo ella modo como escribirle una carta á Menorca, en que le decia que viniese con un bergantin, bien puesto, á la heredad de su marido, á media noche para tal dia. Como llegó el tiempo en que todos salen de Argel en corso, su marido armó sus galeotas con trescientos esclavos, muy hombres de hechos, llevando vestidos á la española, y fué á su ventura, azotando las olas con mucha gallardía, mirándolo su mujer, y dándole mil favores desde una torre de su propia casa. El tiempo era muy caluroso, y el dia que tenia concertado en la carta se acercaba. Fingióse muy afligida de la ausencia y del calor, y dijo á sus esclavos y gente que se queria ir á consolar á su heredad y jardines, y llevó consigo, como para estar muchos dias, algunos cofres, donde iban vestidos, joyas y dineros y toda la riqueza de oro y plata que habia en su casa, donde estuvo algunos dias regalándose á sí y á sus esclavos y mujeres, que si antes la querian mucho, entonces la adoraban. Llegó la noche que tenia concertada sin haberse descubierto á nadie, con tan grande sagacidad y secreto, que ni aun por el pensamiento se pudiera imaginar su determinacion, y puesta á una ventana aguardó hasta las doce de la noche, sin dormir ni pegar sus ojos, que vió un bulto que venia de hácia la mar: hizo la seña que estaba concertada por la carta, y acudiendo bien á ella el hidalgo, dijo: Ea, que aquí está el bergantin. Entonces la determinada señora habló con toda la brevedad que pudo á sus esclavos, diciendo: Hermanos y amigos, comprados con la sangre de Jesucristo; mi determinacion es esta, el que quisiere libertad y vivir como cristiano, sígame hasta España. Respondió por todos un gran soldado cautivo, natural de Málaga: Señora, todos estamos determinados de obedecer vuestro mandamiento; pero mirad el peligro en que os poneis y nos poneis, que ya las torres dan aviso, y en amaneciendo cuajarán la mar de galeotas, y nos darán caza sin duda. Á que ella respondió: Quien me puso esto en el corazon me guiará á salvamento; y cuando no suceda, más quiero ser manjar de horribles mónstruos marinos en los profundos abismos de las profundas cavernas del mar, muriendo cristiana, que ser reina de Argel contra la religion que profesaron nuestros pasados. Y sirviendo la hermosísima mujer de valeroso capitan, alentó á sus esclavos de manera que en un instante llevaron al bergantin los cofres y riquezas, dejando muertos á puñaladas á una negra y á dos turquillos que daban voces. Juntos los esclavos, que ya no lo eran, con los que venian en el bergantin, todos hombres honrados y de gran pecho, se confortaron de manera unos á otros, que el bergantin volaba con la fuerza de los remos y el viento que ayudaba.
En sabiéndose el caso en Argel, que fué luego, echaron tras ellos cuarenta ó cincuenta galeotas, llevando cada cual su centinela en la gavia y en la entena, que entendieron dar luego con el bergantin; más parece que Dios ó lo guió ó lo hizo invisible; pues fuera de la diligencia dicha, su marido Mami Reis andaba por las islas, y ni los unos ni los otros dieron con el bergantin, hasta que al amanecer se hallaron entre las dos galeotas de su marido, que para la tierra adentro llevaba su gente vestida á la española. Ella con gran presteza y sagacidad mandó que los demás que iban en el bergantin con los esclavos se pusiesen como turcos, para que pudiesen huir dando á entender que huian de españoles. Fué gallarda y astuta la advertencia, porque viendo Mami Reis que huian de él se holgó, diciendo: Sin duda parecemos españoles, pues aquel bergantin de turcos se huye de nosotros, y con grande risa celebraron la huida del bergantin, que con esta traza se libraron, y llegaron á España, donde está muy rica y contenta, haciendo grandes limosnas de la hacienda de su marido: y aunque en Argel sucedió otro caso semejante á este, fué con más poder y menos circunstancias. Ya sabes á qué propósito te he contado este caso, sucedido poco tiempo há, y sin duda yo creo que ninguno hay que no tenga estampada en el corazon la primera religion que profesó, digo de los bautizados, si bien esta mujer mostró más que todos aquel pecho varonil, y determinacion cristiana. No me espanto, dije yo, que esa señora haya tenido tan grande valor en su determinacion, que es propio de mujeres poner por obra lo que se les pone en la testa, ni que haya vencido en atrevimiento á los hombres, ni de que tuviese traza para ejecutar su intento, que todo eso es creible en su natural inclinacion. Lo que me admira es que haya tenido capacidad para guardar el secreto tanto tiempo, que es más dificultoso en las mujeres guardar el secreto que guardar la castidad; porque ninguna se escapa de tener una amiga con quien comunica lo pasado, presente y venidero. Que lo otro no fué más de encajársele en la cabeza que lo habia de hacer, porque carecia del discurso que habia menester un caso tan árduo, importante y peligroso, que se atrevia á su marido, á los corsarios y á todo Argel, á todas las olas y borrascas del mar Mediterráneo, á las bestias marinas jamás vistas, ni conocidas en su elemento, ni fuera de él, y todo esto no fué tan grande hazaña como no revelar todo el secreto que tanto importaba. Todo eso, dijo mi amo, es verdad, pero una cosa me hace más contradiccion, y es: ¿Cómo esa, siendo doncella, no tuvo valor para huir del molino con las demás cuando la cautivaron, y lo tuvo despues para emprender un hecho tan heroico? Á eso, dije yo, es fácil la respuesta, porque cuando esa señora era doncella, con la frialdad natural que todas ordinariamente tienen, la trabó el temor los miembros y venas del cuerpo, de manera que no pudo huir, ni aun moverse de su lugar: pero despues que se casó, y la abrigó la fuerza del calor del marido, mejoró su naturaleza, y cobró espíritu para acometer esa empresa tan difícil. Y de todas las mujeres de quien se hace mencion en la antigüedad no se sabe que fuesen doncellas, ni aun se puede creer. ¿Pues las Amazonas, preguntó mi amo, no se dice que fuesen doncellas? Señor no, respondí yo, ni en tanto que lo eran salian á las batallas, sino ejercitándose, no en ócio, ni en lanificio, sino en cazas de fieras, en andar á caballo, usando de la lanza, arco y saeta; y para hacerse más fieras, se mantenian de tortugas y lagartos: y en siendo de edad para ello se mezclaban con los varones circunvecinos: y si del concúbito parian hijo varon, ó le mataban, ó le mancaban de manera que no quedase para ejercicio de hombre; y si parian hembra, porque no fuese impedimento para tirar al arco, le sacaban ó cortaban el pecho diestro, que eso quiere decir Amazonas, Id est, sine ubere, sin teta; pero ninguna de ellas por sí sola hizo tan grande hazaña como esta valenciana.


DESCANSO XIV.
C
Como los esclavos y compañeros iban dormitando, tuvimos lugar y espacio mi amo y yo para tratar esta materia y otras, con que se venció el sueño. Habiendo reposado un tanto, dentro de dos horas descubrimos las islas Baleares, Mallorca y Menorca, Ibiza, y otras islas pequeñas; pero no nos acercamos á Mallorca, por el cuidado con que aquella isla vive, hasta ser de noche: y aunque aguardamos á esto, fué menester apresurarnos, porque si bien se parecieron presto, habia bien que trabajar para llegar á ellas. Acercámonos á Mallorca por mejor, y para él fué peor, porque al despuntar de un risco estaba en él una centinela que dió aviso á las galeras de Génova, que andaban por coger á mi amo, y aunque se acercaba la noche, comenzaron á batir los remos con grande furia hácia nosotros. Mi amo viéndose perdido pasóse á la otra galeota, llevando consigo la más granada gente que traia en ambas, y dióme á mí cargo de mirar por la que me dejaba con poca gente; confiándose que hablando yo español podria responder á propósito, y tener algun remedio la galeota. De suerte, que me dejó por estorbo para que hiciesen la presa en mí, y se pudiese librar. Sucedióle como él lo habia pensado, porque como hombre astuto y muy práctico en toda la costa, no se hizo á la mar, sino á la isla, que como era casi de noche, de caleta en caleta se fué escondiendo, y en obscureciendo se hizo á la mar y se escapó. La galeota en que yo habia quedado, como no llevaba gente que bogase, sino muy poca, y la más ruin, fuése quedando tanto, que las galeras pudieron tirar una pieza para que nos rindiéramos. Parámonos, y en llegando cerca yo, muy alentadamente, y en bien claro español, dije: Rendidos somos. Pues á vos buscamos, dijeron las galeras, llamándome por mil nombres infames, que realmente como la galeota era aquella en que siempre andaba mi amo, y hablé tan claro español, me tuvieron por el renegado. Echaron al remo todos los turcos, canalla que hallaron conmigo, y á mí pensando que habian dado con lo que buscaban, me maniataron para llevarme á Génova y hacer en mí un gran castigo. Decíame el capitan de la capitana: Quante volte habete scampato la vita, can renegato, adeso non scamparate, se non impiccato? Señor, dije, mire V. S. que yo no soy el renegado que V. S. piensa, sino un pobre español esclavo suyo. Por la defensa cargaron sobre mí tantos palos que me obligaron á decir: Dicen que Génova es monte sin leña; pero harta ha habido para mí ahora. Riéronse dos músicos españoles que traia el general en su galera de mi respuesta, y más de la paciencia con que lo llevé: uno de los cuales conocia yo muy bien, y entre ellos, por lo que les declaró uno de los músicos, tambien hubo alguna risa. Yo me arrimé á un rincon maniatado, y dando gracias á Dios que tantas veces me veia ejercitado en trabajos y miserias; que las desdichas nos traen á la memoria las misericordias de Dios, y no los pecados por que las merecemos; que si quisiésemos advertir cuánto mayores son que los trabajos que Dios nos envia, nos consolaríamos, y no nos quejaríamos de los instrumentos que Dios toma para castigarnos, que son sus invenciones tan secretas y tan grandes que nos ponen en cuidado de considerar por donde nos vino el daño, y no por donde lo teníamos merecido, y es tan piadoso en el castigo, que no quiere infamarnos por lo que merecemos, sino darnos en que merecer por lo que sufrimos, y llevar en paciencia lo que no habemos pecado, que su misericordia á todo esto se estiende, que nos ejercita en lo que no pecamos para descuento de lo que merecemos en lo que pecamos, y luego echamos la culpa á aquellos por cuya mano viene el justo castigo de Dios, que con lo que no habemos hecho nos castigó lo que habemos hecho, por estimar en tanto nuestra honra que no quiere muchas veces castigarnos por los mismos filos que nos matan interiormente, porque no nos desconsolemos, ni lo tengamos por ejecutor cruel. Acuérdome yo ahora de las desventuras que desde niño me han seguido, y no me acuerdo de los delitos de mi juventud. Viéneme á la memoria cuanto bien he hecho á algunos hombres en esta vida, y que por estos mismos han venido muchos males, porque Dios toma semejantes instrumentos para confusion y castigo de pecados cometidos con ignorancia ó con malicia. Yo estoy ahora en fama de renegado, y maniatado, agraviado injustamente por un astuto y endiablado hombre, precito y descomulgado; y si quiero volver los ojos atrás veo que merezco estos y otros mayores castigos de la mano de Dios. Á esto llegó un bellaco de un cómitre, y dándome con un rebenque, me dijo: ¿Qué habla el perro entre dientes? Callé porque no segundase. El señor Marcelo Doria, que era general, movido á misericordia, dijo, que hasta averiguar quién era no me tratasen mal. Yo como ví la puerta abierta á la piedad, dije: Suplico á vuestra excelencia, pues la defensa natural es concedida á todos, se me conceda á mí, que yo sé que en sabiendo vuestra excelencia lo que soy, no solamente no padeceré en manos de un tan gran príncipe, pero espero en Dios que me tiene de honrar más que merezco. Yo daré en Génova, y aun en esta galera, testigos que me conocieron en la córte del rey Católico en el tiempo que este renegado andaba haciendo mal en todas estas costas, y será uno de ellos el señor Julio Espínola, el embajador. Hízome desatar, y habló conmigo, preguntándome todo lo que deseaba saber del renegado: yo le dije la astucia con que se habia escapado, con que satisfice algo de mi persona, y puso mucha culpa á los que no siguieron la empresa. Tornéme á mi rinconcillo, aunque no maniatado, y púseme en cluquillas, las dos manos en el rostro, y los codos en las rodillas, porque no me conociese el músico, pensando en mil cosas. Yendo navegando hácia Génova, viendo que ya se habria dado noticia en Argel que las galeras de Génova corrian la costa, pasamos el golfo de Leon con una poca de borrasca, y habiéndolo atravesado de punta á punta, mandó el general á los músicos que cantasen, y tomando sus guitarras, lo primero que cantaron fué unas octavas mias que se glosaban:
El bien dudoso, el mal seguro y cierto.
Comenzó el tiple, que se llamaba Francisco de la Peña, á hacer excelentísimos pasages de garganta, que como la sonata era grave habia lugar para hacerlos, y yo á dar un suspiro á cada cláusula que hacian. Cantaron todas las octavas, y al último pié que dijeron:
El bien dudoso, el mal seguro y cierto,
ya no pude contenerme, y con un movimiento natural inconsideradamente, dije: Todavía me dura esa desdicha. Como fué en alta voz, miró el Peña, que por venir yo tan disfrazado de cara y de vestido, y por ser él corto de vista, no me habia conocido antes, y en viéndome, sin poder hablar palabra, humedecidos los ojos, me abrazó, y fué al general, diciendo: ¿Á quién piensa V. E. que traemos aquí? ¿Á quién? preguntó el general. Al autor, dijo Peña, de esta letra y sonata, y de cuanto le habemos cantado á V. E. ¿Qué decís? Llamadle acá. Lleguéme con harta vergüenza, pero con ánimo alentado, y preguntóme el general: ¿Cómo os llamais? Márcos de Obregon, respondí yo: el Peña, hombre que siempre profesó verdad y virtud, llegó al general y le dijo: Fulano es su propio nombre, que por venir tan mal parado debe de disfrazarlo. Espantóse el general de ver un hombre de quien tenia tanta noticia en tan humilde traje, y rodeado de tantos trabajos y tan injustamente maniatado. Preguntóme la causa de ello, y yo con mucha paciencia y humildad le conté todo lo sucedido, porque el galeon del Duque de Medina habia parado en el Final. Hízome mucha merced, particularmente trastejándome de vestidos. Y en llegando á Génova visité á Julio Espínola el embajador, cuya amistad yo habia profesado en la córte de España, que certificado Marcelo Doria de esta verdad, ambos me hicieron merced de acomodarme de dinero y cabalgadura para Milan; pero primero quise ver aquella república tan rica de dineros y antigüedad, de nobles y antiquísimas casas, descendientes de emperadores y grandes señores, y de la mayor nobleza de Italia; como son Dorias, Espínolas, Adornos, de cuya notabilísima familia hay un ramo en Jerez de la Frontera, emparentado con grandes caballeros españoles, y señalado con el hábito de Calatrava y las demás órdenes: como don Agustin Adorno, caballero tan virtuoso como principal. Y como mi intento no era parar allí, dispúseme para proseguir mi viaje á Milan, para donde habia salido de España.
