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Vida del escudero Marcos de Obregón

RELACION PRIMERA (continued 4)

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Parece que con estas menudencias se desautoriza la intencion que se lleva en este discurso; pero mirando bien, para eso mismo lleva mucha substancia, que aquí no se escriben hazañas de príncipes y generales valerosos, sino la vida de un pobre escudero que ha de pasar por estas cosas y otras semejantes, y por reprehender una inadvertencia tan grande como la que hizo aquel amigo y la que hice yo. Llevar compañía de noche quien va á cosa hecha, téngolo por yerro; porque si va adonde no tiene peligro, no há menester llevar testigo de sus mocedades; y si va con sospecha de algun peligro, claro está que no ha de querer infamar una casa, y por fuerza se ha de retirar; y para huir más desembarazado, mejor va solo que acompañado, porque al fin no lleva consigo quien diga que huyó. Y aunque es lo más sano y seguro no hacerlo, si se hiciere sea á solas, no acompañado, porque las amistades de hombre se acaban, y luego se revelan los secretos. Pues la fineza que yo usé en esperarle y guardarle el cuerpo, ¿quién dirá que no fué disparate? Pasaban dos horas, y acercándose el dia, ¿qué necesidad tenia yo de ponerme á padecer tormento de sueño? ¿Qué fortaleza de Rey me habia mandado que guardase, sino la que era de un hombre perdido, para ponerme á peligro, demás de la vergüenza que pasé? Cuando se ha de poner un hombre á tan grandes riesgos, ha de ser por conocer un evidente peligro en alguna persona de vida ó de honra, ó por obedecer el mandamiento de algun gran príncipe ó república. Pero que me ponga yo á los sucesos de fortuna por quien está muy contento, sin tener más cuidado de mi cuerpo que de su alma, téngolo por fineza impertinente. ¿Qué honra ó hacienda perdiera yo cuando me fuera á tomar el reposo y descanso que naturaleza pide para su conservacion? Si me culpára en haberlo dejado, le preguntára yo si lo dejaba en alguna mazmorra, de donde lo podia sacar con la mano, ó si me dejó él á mí en mi lecho reposado, ó si quedaba entre enemigos de la fé, como quedaba entre enemigos de guardarla. Siempre oí decir que el que fuere compañero en los trabajos tambien lo ha de ser en los gustos; pero aquí la parte del trabajo era para mí, y la del gusto para él. La conclusion es, que tengo por yerro llevar compañía en semejantes jornadas, y por mucho mayor acompañar á nadie en ellas, que si llama la compañía por pusilánime, lleva la vida jugada el que le acompaña, porque á la primera ocasion huye, y lo deja en manos de enemigos que él no tenia ni temia. Y mire cada uno, si le sucediere, que es participante del daño que el otro hiciere en ofensa ajena. Yo me reparé de vestido y de sueño, aunque habia dormido lo bastante para un hombre de bien, en aquella misma casa donde llegué, y á donde hallé un vecino suyo muy lleno de melancolía, y tanta, que me vió dar con mi persona en el suelo, con la espada á una parte y el broquel á otra; no conocí en él accidente de risa, como en cuantos me vieron caer, que una caida es ocasionada para mucho disgusto de quien la da, y mucha risa de quien la ve. Con todo se llegó este buen hombre estando ya puesto de rua en casa de aquella mujer, amiga del tocino; y pareciéndole que yo estaba disgustado, llegó como á consolarse conmigo, diciéndome que todos los hombres del mundo padecen trabajos, y que él estaba tan dentro de ellos como todos cuantos vivian en él. Yo le pregunté, qué eran sus males que tan triste lo traian, porque siempre he sido compasivo; y él me respondió en una palabra: Zelos. ¿Ese mal tiene? le dije yo; no quiero preguntarle si son averiguados, ó si es sospecha; pero quiero decirle que es enfermedad de mozos de poca experiencia, que si la tuviesen, sabrian que los mismos tienen unos de los otros. Y si advirtiesen que el otro de quien yo los tengo anda rabiando de ellos por mí, consolaríame con su daño y con verle padecer, y consumirse con un perpétuo desasosiego. ¿Qué mayor consuelo puedo tener yo que ver á mis enemigos padecer, y reirme de ellos? Porque pensar que una mujer divertida en estos tratos se ha de contentar con lo que uno le da, es pensar que un fullero ha de andar bien puesto con sola la ganancia que hace á un cuitado. Los zelos tienen al diablo en el cuerpo del que los tiene, y parece que lo trae consigo, pues á nadie hacen mal sino á quien los mantiene, y cuanto más se callan más crecen. Su remedio está en tan ruin fundamento, que con averiguar la verdad, ó se mueren, ó se halla ocasion para perderlos, poco á poco, apartándose de quien los causa. Yo aseguro que son más de cuatro los zelosos, sin saber unos de otros en esa misma ocasion, y crea que se usa esto. Si son zelos de la mujer propia, es agravio que se le hace, que la más baja mujer del mundo estima en más la sombra de su marido que á todo lo restante de él.

Un príncipe de esta ciudad dijo muy bien quién son los zelos, y materia tan odiosa no se ha de traer á la memoria, sino consolarse con lo que tengo dicho de ver que padecen por mí lo que yo padezco por otros: que han venido las mujeres á tan infeliz estado, que han privado á su misma naturaleza del gusto que ella les concedió, porque lo han puesto en solo hurtar y robar las haciendas, fingiendo querer á los que desean desollar, por solo igualarse en galas á las que de su nacimiento por herencia de patrimonio nacieron nobles y honradas, ricas y principales, que les parece no ha de haber diferencia y desigualdad en la tierra de mujeres á mujeres, como en el cielo la hay de ángeles á ángeles. He mezclado de esta materia con esotra, porque de la perdicion de esto viene la comunicacion de muchos, para que todos anden zelosos: y con tener cada una su docena de ángeles de guarda, pasan por moneda corriente y honrada. Despedí al buen hombre algo consolado, y fuíme á mi posada, y dentro de pocos dias me fuí á Valladolid, despues de haber visto á Búrgos y toda la Rioja. Provincia fértil, de bonísimo temperamento, y que parece en algo al Andalucía.

Viñeta de adorno
Viñeta de adorno
Illustration from Vida del escudero Marcos de Obregón

DESCANSO XXIII.

E

En Valladolid serví al Conde de Lemos, D. Pedro de Castro, el de la gran fuerza, caballero de excelentísimo gusto y bondad muy suya, sin la heredada que era y es, cuando menos, descendiente de la sangre de los Jueces de Castilla, Nuño Rasura y Lain Calvo, junta con la de los Reyes de Portugal. Entré en su gracia, é hice muy poco, porque tenia el Conde un pechazo tan generoso, manso y apacible, que con poca diligencia se entraba en las entrañas de quien le queria. Con todo no me hallé muy bien á los principios, porque me faltaba lo que es menester para servir en palacio, que es decir con gracia una lisonja, salpimentar una mentira, traer con blandura y artificio un servil chisme, fingir amistades, disimular ódios, que caben mal estas cosas en los pechos ingénuos y libres. Dejo aparte el rigor y magestad de los porteros, que ordinariamente tienen una gravedad más seca que sus personas, y ellos lo son tanto como sus palabras.

Aunque eché de ver, que lo que más importa es, que en presencia del señor el criado tenga el rostro alegre, y en las cosas que le mandan, y aunque no se las manden, será menester ser diligente y solícito, y cumplir cada uno puntualmente con su ministerio. En lo primero, que es traer el rostro alegre, mal lo puede hacer un melancólico; pero para esto hay un remedio, que es no ponerse delante del señor, sino cuando estuviere el criado de buen humor: que la alegría de los criados, fuera de hacer su negocio, ayuda á vivir al señor, y si no la muestra, piensa que está disgustado en su servicio, y así durará poco con él. Aunque este príncipe mostraba tan buen pecho con sus criados, que él mismo los obligaba á andar muy contentos, y servirle con muy apacible semblante: porque haciendo todo lo que podia tenia obligacion de hacer, los honraba donde quiera que se hallaba. Y siempre en esta antiquísima casa han llevado y llevan esta grandeza de ánimo y cortesía, como se ha parecido y parece en el que ahora lo posee D. Pedro de Castro, que desde niño tierno descubrió tanta excelencia de ingenio y valor, acompañado de ingénuas virtudes, que habiéndolo puesto su Rey en los más preeminentes oficios y cargos que provee la monarquía de España, ha sacado milagroso fruto á su reputacion, siendo muy grato á su Rey, muy amado de las gentes subordinadas á su gobierno, y muy loado de las naciones extranjeras. Estando en esta casa y en Valladolid, se descubrió aquel gran cometa, tantos años antes pronosticado por los grandes astrólogos, amenazando á la cabeza de Portugal. Hubo tan grandes juicios sobre ella, y algunos tan impertinentes, que dieron harto que reir, entre los cuales hubo uno que decia, que las cosas grandes habian de descrecer, y las pequeñas habian de crecer: llegó este juicio al de un hombrecico pequeño, que tambien en esto lo era, que estaba muy mal contento de verse con tan aparrada presencia, que trayendo unos pantuflos de cinco ó seis corchos, aun no podia lucir entre la gente. Andaba siempre pulido y bien puesto, enamorado y bien hablado, y aun hablador no sin afectacion. En las conversaciones procuraba, no que sus conceptos llegasen á igualarse con los otros, sino que sus hombros se ajustasen con los de la rueda, y como no podia ser, pensando que era la culpa de las agujetas, meneaba un lado y otro, hasta que crujian todas. Pues como llegó á su noticia la interpretacion del cometa, que las cosas pequeñas han de crecer, se le encajó que se decia por él. Que fácilmente nos persuadimos á creer lo que deseamos, aunque sea tan gran disparate como este. Dijéronle que yo era nigromántico, y que si yo queria, podia hacerle dos ó tres dedos ó más; pero que habia de ser muy secreto, porque no se supiese que yo sabia tal arte diabólica. Pasando por la plaza, haciendo mil escuderajes con los demás gentiles-hombres de casa, me señalaron con el dedo, para que me conociese. Sin haberme avisado los que le tornaban loco, se llegó á mí con una retórica bien pensada, ofreciéndome amistad y hacienda y favor para toda la vida, y el fin de todo fué decir: Ya vuesa merced ve el agravio que naturaleza hizo á un hombre de mis partes, en dar á tan altos pensamientos tan pequeño cuerpo: yo sé que si vuesa merced quiere, puede suplir esta falta, con que tendrá un esclavo para siempre jamás. Eso, dije yo, solo Dios puede hacerlo, que es superior á la naturaleza, y si vuesa merced quiere crecer por los piés, póngase más corchos de los que trae; y si del pecho arriba, con ahorcarlo, crecerá tres ó cuatro dedos. Oh señor, dijo él, ya venia informado que vuesa merced no me habia de negar este bien, por amor de mí que se disponga á ello, y en lo demás corte por donde quisiere. Veíalo tan rematado en su disparate, que lo hube de reducir á la obra de naturaleza, diciéndole: Señor, vos vais tras de un imposible, que no solamente no es hacedero, pero os tendrán por loco cuantos supieren que dais en ese error. Las obras de naturaleza son tan consumadas, que no sufren enmienda: nada hace en vano, todo va fundado en razon, ni hay supérfluo en ella, ni falta en lo necesario; es naturaleza como un juez, que despues que ha dado la sentencia, no puede alterarla, ni mudarla, ni es señor ya de aquel caso, sino es que apelen para otro superior.

En formando naturaleza sus obras con las calidades que les da, ya no es señora de la obra que hizo, sino que Dios, como superior, quiera mudarlas; si hace grande, grande se ha de quedar; si chico, chico se ha de quedar; si mónstruo, así ha de permanecer. Ni hay para qué cansarse nadie pensando imposibles. Á esto replicó diciendo: ¿Pues no es más dificultoso hacerse un hombre invisible, y hay quien lo hace? No es, dije yo, sino facilísimo, que con ponerse un hombre detrás de una tapia, queda invisible, ó encubriéndose con una nube. Y vos os hareis invisible con solo poner delante de vos un mosquito. Gentil consuelo, dijo, he hallado, en quien pensé tener todo lo que he deseado toda mi vida. ¿Qué consuelo ha de hallar, dije, quien quiere ir contra las obras de la misma naturaleza, que es la que nos representa la voluntad del primer movedor y autor de todas las cosas? Que aunque crió á todos los hombres iguales, no fué en los actos exteriores, sino en la razon del alma. Y esta es la que hace al hombre superior á todos los demás animales, que no el ser grande ó pequeño. Si naturaleza os hubiera criado desigual de miembros, como habiéndoos dado esa de gozque, tener unos brazos de jigante, ó en esa carilla de mandrágora os hubiera puesto unas narices trastuladas, pudiérades os quejar, pero no enmendar. Mas al fin, si sois pequeño, sois tan bien hecho y tan igual de miembros, como que teneis las orejas mayores que los piés: y quien tiene andada la mitad para una de las más importantes virtudes que resplandecen en los hombres, ¿por qué ha buscar quien le haga crecer? ¿Qué virtud? preguntó él. La humildad, respondí yo, que para alcanzar tan divina virtud, teneis andada la parte del cuerpo, que parece que estais siempre de rodillas, y con humillar el ánimo, la tendreis alcanzada toda. Si naciérades en tiempo de los gentiles, que se usaban transformaciones, la naturaleza enojada con vos, por no contentaros con ella, y por soberbia, os hubiera transformado en renacuajo, por humillar la soberbia del ánimo, y cercenar la cantidad del cuerpo. Á todo cuanto le dije calló, y dijo por último: Aténgome á la significacion de la cometa, que dice, que los pequeños han de crecer, y los grandes han de disminuirse; pero ya que vuesa merced se ha holgado dándome matraca, obligacion tiene de ponerme en estado, que no me la den otros: que quien sabe decir lo uno, sabrá hacer lo otro, y eso de ser humilde, guárdelo para sí, que yo tengo porque estimarme en mucho, que soy hijodalgo de parte de mi abuela, que antes que se casase con mi abuelo, habia sido casada con un hidalgo muy honrado, y tiene hoy la ejecutoria de él guardada y á buen recaudo. ¿De suerte, dije yo, que de ahí os viene la vanidad, y no querer ser humilde? Sereis como los que lucen y se arreglan con hacienda ajena. Ahora digo que no me espanto que seas soberbio, teniendo mucha razon de ser humilde, y rendiros á la humildad, virtud que jamás tuvo émulos ni envidiosos: que todas las partes que adornan á un hombre, padecen esta mala ventura, sino es la humildad y la pobreza, tan aborrecida de los hombres, y tan amada del Autor de la vida: pero si la humildad nace del conocimiento de sí propio, y esto os falta á vos, ¿por qué habeis de ser humilde? Yo no vine, me dijo, á oir virtudes, sino á probar encantamientos ó cosas sobrenaturales para conseguir mi intento. Fuése el buen hombre, y luego llegaron á mí cuatro amigos de buen gusto y no poca malicia, preguntando si habia venido á mis manos con aquella demanda: respondíles que sí, y que lo habia desengañado de aquel disparate y deslumbramiento tan grande. Por vida vuestra, dijeron, que le hagamos una burla, porque es tan gran loco, que se persuade á que pueda crecer y le sacaremos una muy gentil merienda riéndonos un rato á costa suya. Eso, respondí yo, no lo haré por todas las cosas del mundo, porque burlas de que puede resultar escándalo general y daño particular, ni son lícitas, ni se permite por camino alguno. Sabed, dijeron, que es la misma avaricia y miseria, y habemos dado en esto por hacerle gastar, que lo sentirá en el alma. Si esa condicion tiene, dije yo, no le sacarán de ella aunque le hagan llegar á la Giralda, que los avarientos y los borrachos nunca se ven hartos de lo que desean, ni apagan la sed que traen. Acuérdome que por hacerle gastar á un hombre ciertos maleantes, se pusieron á trechos, diciéndole que estaba enfermo, de suerte que cuando llegó al último ya lo estaba de veras, por el caso que habia hecho la imaginacion; y fué menester llevarle á su casa medio muerto, y de quererle hacer burla tan pesada, nació el arrepentimiento tardío para todos ellos y grave daño para el paciente. Y en este caso seria mayor, cuanto es más imposible la obra, que para persuadir una cosa tan contra la misma naturaleza, se han de hacer grandes embelecos, y no pueden ser sin grande daño del pobre raton, que ni ve su cuerpo ni conoce su ignorancia.

Porfiaron todavía que le hiciésemos un engaño que pareciese cosa de encantamiento. Cuando eso se hiciese, pregunté yo, ¿quién quedará más confuso, él en recibir este engaño, despues de descubierta la verdad, ó yo en haber sido autor de él? En todas las cosas se ha de considerar el fin que pueda tener, y esa ficcion y engaño no puede estar mucho encubierta: y para mí tengo por mejor y más seguro el estado del engañado, que la seguridad del engañador: porque al fin, lo uno arguye sencillez y buen pecho, y lo otro mentira y maldad profunda. Yo no puedo tragar una mentira ni engaño, porque se arremete á desdorar la opinion de quien se tiene por hombre de bien. Las burlas han de ser pocas y sin daño de tercero, y tales, que el mismo contra quien se hacen guste de ellas. No sabemos la capacidad de cada uno, que la burla llevadera para uno, será para otro muy pesada; y las burlas no se han de juzgar por malas ó peores de parte de quien las hace, sino de parte de quien las recibe; y si él las tomare bien, serán de sufrir; y si las tomare pesadamente, serán pesadísimas. Dábanle matraca á cierto ordenante por una necedad que habia dicho, y cuando estuvo harto de sufrir, dijo: Que queria que pecase mortalmente quien más se la diese. Que de burlas pesadas vemos cada dia resultar agravios que no se pensaron. Este miserable no tiene talento para llevar una burla tan pesada como esta que por fuerza lo ha de ser. Yo me tengo de oponer en eso, porque iria contra mi propia opinion, que es justo y mal hecho: y no me espantaré del que se deja engañar por lo que desea, pero espantaríame de quien le quisiere engañar, sin esperar de ello más gusto que hacer mal. Fuéronse, y al fin le hicieron una burla muy pesada, dándome á mí por autor de ella. Pusiéronle en estrecho de ayunar tres dias con cuatro onzas de pan y dos de pasas y almendras, y dos tragos de agua, y primero le tomaron la medida de su cuerpo en una pared muy blanca, poniendo para señal de su altura un clavito pequeño ó tachuela. Hizo su dieta, unas hermanas suyas le fregaban los brazos y piernas todas las noches y mañanas, por consejo de los maleantes: preguntábanle las pobres despues de cansadas: ¿Hermano, para qué hace esto? Y él las respondia: Bárbaras, no os entremetais en las cosas de los hombres. Todos estos tres dias de la dieta y las fricaciones, se subia á una azotea en amaneciendo, y se ponia hácia el nacimiento del sol, haciendo ciertas señales que le habian mandado contra las nieblas de Valladolid, que él hizo muy puntualmente como todo lo demás. Cumplidos los tres dias, y lleno el celebro de nieblas, vino á los bellacones con tanta cara como una calavera de mandrágora, que como estaba tan chupado y flaco, parecia más alto. Fué uno de ellos á la pared blanca donde se habia metido, y mudó el clavito dos dedos más abajo, y tapó el agujero con un poco de cera blanda, que era en la cerería recien hecha, blanca y muy lisa. Enviáronle á medirse, y como topó con el colodrillo en el clavito, quedó fuera de sí de contento, entendiendo que él habia crecido lo que el clavo habia bajado. Vino con la boca llena de risa, que parecia mico desollado, y fuése á echar á los piés de quien le habia hecho crecer: ellos le dijeron que callase, porque sino se descreceria lo crecido, y que lo dificultoso quedaba por hacer. Él dijo que aunque fuera bajar al infierno, lo haria por no descrecer. Pues no es menos, dijeron ellos, y aquella noche le mandaron que entre las once y las doce de la noche entrase en cierto aposento por un callejon muy estrecho, que estaba debajo de unas casas lóbregas y obscuras, solo y sin luz, y que allí le dirian lo que habia de hacer. Él se turbó todo con la dificultad que le pusieron, pero al fin dijo, con todo el miedo posible: Sí haré, sí haré. Fuése á la noche entrando por su callejon, espeluzado el cabello, cortado de brazos y piernas, sin oir perro ni gato que le pudiese hacer compañía, y en llegando al aposento, salieron por las cuatro esquinas debajo la cama cuatro carátulas de demonios, con cuatro candelillas en la boca, que con el temor que habia concebido, se le representó el infierno todo; porque todos los hombres muy crédulos son tambien temerosos; y como se fueron alzando los demonios, él se fué quedando, y sin saber de sí, ni poder moverse de donde estaba, cayó en el suelo, dándole tan gran corrupcion, que no se le pareció haber tenido dieta, que la cólera habia desbaratado cuanto las almendras y pasas habian detenido. Él caido, y ellos turbados y aun arrepentidos, no supieron qué hacer, sino dejarlo y acogerse. Él volvió á cabo de rato en sí, y hallóse revolcado en su sangre, de que anduvo muy corrido, y de manera enfermo, que fué menester de veras valerse de las pasas y almendras para no morirse, y ellos anduvieron escondidos y ausentes. Yo me sangré en salud, refiriéndole el cuento al Conde, que le solemnizó mucho con su buen gusto, y tomó á su cargo las amistades, contando lo pasado á cuantos entraban en su casa. Sosegóse el negocio con la autoridad de un tan gran príncipe, aunque ellos anduvieron hartos dias inquietos: porque el hombrecito se quejó á todo el mundo, y á quien podia castigar la burla. Yo los cogí cuando hubo oportunidad, y les dí á entender con la verdad, cuánto importa no hacer mal, tanto en burlas como en veras, que de haberle dado la vaya sobre su ruin talle y cuerpo, vino á buscar tan pesado remedio, que nadie quiere oir faltas, y por más que se hagan sufridores y finjan risa, no hay á quien no le pese en el alma oir mal de sí propio: y tanto más, cuanto más parece verdad lo que se dice: que aun cuando no lo es ni lo parece, se le abrasa el corazon á quien se dice, ora sea por dar pesadumbre, ó sea por chisme, de que era tan enemigo este príncipe, que en trayéndole alguna novedad de palacio, llamaba á aquel de quien se decia, y delante del parlero se lo reprehendia: si se encogia de hombros el otro negándole, decia el Conde: Pues veis aquí á fulano que me lo dijo: y así andaban todos ajustados con la lengua y con el Conde.

Viñeta de adorno
Viñeta de adorno
Cenefa de adorno
Cenefa de adorno

DESCANSO XXIV.

Y

Y porque no habrá otra ocasion en que contarlo, digo que era Príncipe tan enemigo de chismes y parlerías, que en presencia mia vino cierto congraciador á decirle, que estaba tratando mal de su persona un hidalgo de Valladolid: y encareciendo mucho esta insolencia, le preguntó el Conde: ¿Y vos qué hicisteis? Yo, dijo el buen hombre, vine luego á avisar á V. Excelencia, porque al pié de la obra le enviase el castigo que merecen ofensas hechas á tan grande señor. Vos teneis razon, dijo el Conde; ola, dadle á este gentil-hombre una libranza de media docena de palos muy bien dados. Pues á mí, ¿por qué? dijo el buen hombre. No son para vos, respondió el Conde, sino para que los lleveis al que dijo mal de mí: porque como me trujisteis lo que yo no sabia, le lleveis á él lo que no sabe. Y dijo á un paje: Bermudez, corre y dí á fulano, que cuando hubiere de decir mal de mí, no sea delante de tan ruin gente que me lo venga á decir luego, y que para castigo suyo basta que sepa él que yo lo sé. Ambos quedaron muy bien pagados, como merecian, que aunque no se dió la libranza, quedó el pobre espantado de la merced. El ermitaño á todo comenzó á dar cabezadas y bostezar muy á menudo, como hombre que está de mala gana en locutorio de monjas, porque despues de la comida todo habia sido hablar al son de las canales, que aunque pocas, con el ruido y fuerza del aire, hacian su figura de manera, que se echó de ver que habia música para toda la noche. Cenamos lo que tenia el buen hombre, que por poco que fué, ayudó para reposar y darle al sueño bastante lugar, no solamente para hacer la digestion, pero para soñar disparates, conforme á lo que se habia cenado, y al tiempo borrascoso que hacia, que realmente, aunque más anden desvaneciéndose y buscando interpretaciones de los sueños algunos amigos de adivinacion, ellos andan conforme á los tiempos y á los mantenimientos, y obedeciendo al humor predominante, que es lo más ordinario; es grande ignorancia ponerse á interpretar lo que procede de humores calientes ó frios, húmedos ó secos. Y si alguna cosa sucediere, que sea verdad en los sueños, ó será acaso ó representacion de Ángeles buenos ó malos; y no hay para que divertirnos en probar la verdad de esto, que tan manifiesta y clara la conocemos.

Viñeta de adorno
Viñeta de adorno
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