PARIS CURIOSO. (continued 5)
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La persona á quien nos encontramos, el sujeto muy allegado al noble y bondadoso Lesperut, acaba de abusar de nuestra amistad y de nuestro cariño. Si el honrado viejo lo supiera, sufriria un disgusto de muerte; pero, de seguro, no lo sabrá. Mi atribulado y afligido bolsillo lleva otro asalto algo mayor que el de Vefour; algo mayor tambien que el otro asalto del inolvidable Champeaux. Con estos asaltos, y con la recogida del CRISTIANISMO Y DEL PROGRESO, vive Dios que no dejaré de echar luz.
La persona allegada á Lesperut partió, y nosotros seguimos por la calle de Rívoli, á coger la Plaza de Vendome.
—¿Cuánto te ha pedido? me pregunta con grande y justa sorpresa mi mujer.
—Nada, contestó inmediatamente. No me hables sobre el particular. Figúrate que ha sido una nube de verano; ya pasó.
Ahora nos dirigimos al Banco, con el fin de cobrar un billete de mil francos, y es el tercero que va de marcha. He hecho mentalmente el balance de mis fondos, y resulta que en el trascurso de dos meses, algo menos, he gastado sobre dos mil reales con que llegué á Paris, más dos billetes de á mil francos, sin contar cerca de cien duros que nos costó el viaje. De modo que desde nuestra salida de Madrid, hemos gastado, sobre seiscientos duros, la mitad exacta del capital que destinamos á la expedicion. Luego que gastemos diez mil reales, tendrémos que acudir al refrán castellano de á tu casa, grulla, aunque sea con un pié. He dicho diez mil reales, porque los dos que quedan, deben servir para el viaje. ¡Ay de mí, si por una casualidad nos robaran, ó perdiéramos el dinero! ¡Ay de mí, si mi mujer se viese sin dinero para volver á España, á su querida, á su adorada España! Si el nombre de España fuese masculino, casi, casi debería yo tener celos. Mi mujer ama su nacion con un fervor que raya en fanatismo. Probablemente lo diré en más de un pasaje de estos apuntes, porque es una pasion tan grande que no puede menos de causarme extrañeza.
Llegamos al Banco, atravesamos unos pasillos, penetramos en el salon donde se paga … ¡Santísimo Sacramento! ¡Esto no es un Banco; esto es un mar de oro. Pero perdóname, lector: me es imposible terminar hoy la larga reseña de este día. Encomendándome á tu indulgencia, te envio á mañana.
Día vigésimo segundo
Banco de Francia.—Consideraciones.—Comida,—Ocurrencia graciosa de un menestral.—Flor marchita.
Pues como ayer decía, el Banco de Francia era un mar da oro. En mi vida he visto tanta moneda junta. Bien que tratándose de tal cúmulo de metal, más fácil que verlo es soñarlo. Estaban haciendo la recaudacion de quinientos millones de francos para el establecimiento de Bancos agrícolas, segun me han dicho. Ignoro si allí habia los dos mil millones de reales á que subia la recaudacion; ignoro si en aquellas piras de oro se habian vertido seis mil doscientos cincuenta talegas de onzas; pero si no habia este número, habia tantas, que bastaban para asombrar al cristiano de más espíritu. Un hombre avariento pasaría allí el tormento de Tántalo; yo no pasé tormento alguno, sin embargo de que … la verdad, algunos deseillos me andaban escociendo por dentro. Siempre que vinieran por buen camino, de buena gana daría un pellizco á esos provocativos montones. Y eso que aborrezco, ó me hago la ilusion de aborrecer el precioso metal. Y me sucede que cuanto menos tengo, más le odio; de manera que lo odio sin duda … porque no lo tengo. Lo que odio es no tener. ¡En cuántas cosas nos sucede lo mismo! Esto es capaz de una ampliacion tan extensa, que casi viene á ser un sistema social.
Sí, lector mio, estúdiate á tí propio, sondea tu conciencia y tu corazón, y verás cuántas veces odiamos una cosa, porque no la tenemos. Luego que la tenemos, la amamos.
Yo cobré mi billete, los mil francos me parecian una bicoca en presencia de tanto metal, y me quedé estático mirando al coloso. El dinero es el coloso de nuestro siglo. Huyó la casta, y vino el billete. ¡Misterio terrible! decia yo para mí. Ese promontorio de metal amarillo no es la gloria, ni la heroicidad, ni el talento, ni la ciencia, ni el arte, ni la fe, ni la honra, ni la virtud, ni el vestido, ni el alimento, y con él se compra el alimento, el vestido, la virtud, la honra, el arte, la ciencia, el talento, hasta la heroicidad, hasta la gloria. Con ese metal que no piensa, que no siente, que no quiere, que no obra, con esa inteligencia idiota, con ese brazo inerte y tullido, con esos montones de oro se allanan montes, se ciegan golfos, se toman ciudades, se destronan reyes, se conquistan naciones, se queman imperios, se trastorna el mundo. ¡Cuántas transformaciones no podrian operarse, en el órden físico y moral, con esa pirámide de monedas, con ese metal sordo, mudo, ciego, inanimado; con ese espantoso misterio, amontonado ahí!
¡Oh Dios mio! ¡Qué bien has hecho en morar arriba; ahí donde no llega la mirada del telescopio; ahí donde no puede entrar ni la ciencia del sabio; ahí donde únicamente tienen entrada la virtud y la fe! De otro modo, Dios mio; si la mirada del telescopio pudiera penetrar en tu morada augusta, ese promontorio que tengo delante pondria andamios á través de la atmósfera, escalaria el cielo, y querria sentarse en tu trono inmortal. Pero no puede ser; tú eres más poderoso y más grande, infinita y santamente más grande y poderoso que el dinero, y tu eterna mano le marca un límite, como ha puesto una playa al mar.
Mucho puedes, promontorio terrible; mucho podeis, montones de oro que deslumbrais mi vista; yo mismo conozco cuán fascinador es vuestro poder; pero el orbe no os pertenece, la creacion no es vuestra, la armonía del universo, la verdad del hombre, el dogma incontrastable de la vida, el misterio de todo, el vuestro tambien, no está encerrado ahí. Sobre vosotros corre una catarata que todo lo inunda; á vosotros tambien. Sobre vosotros hay un espíritu que os llama idiotas cuando sois injustos, á vosotros, montones de oro, que ofuscais mi vista, á vosotros, que me teneis estático, como si contemplara un prodigio. Tú, metal terrible, compras la sublime Concepcion de Murillo, pero no la pintas; compras el Quijote, pero no lo escribes; compras el pensamiento de Santa Teresa, pero no lo creas, ni lo juzgas. Compras la chispa eléctrica, pero no sientes su calor divino; compras la flor sencilla y perfumada; pero no sientes su divino aroma. ¡Gime, tirano de mi siglo, gime! Sobre tí está Dios, Dios te aprisiona, como aprisiona las tempestades del Océano. Dios te ha puesto por barrera un espíritu, como ha puesto al Océano una playa.
Salimos del Banco, y notamos que el restaurant Vefour no ha dejado nuestros estómagos muy satisfechos.
Caminando al azar, como para sentir esa emocion vaga con que nos sorprende una ciudad que no se conoce, llegamos á la calle de los Pequeños Campos, y en una de sus travesías vimos un figon, que aquí tiene el nombre de rotisserie. En estos bodegones suele comer gente de poco pelo; pero la comida es de sustancia. Ya porque queriamos comer un buen asado, (roti), ya tambien porque queriamos experimentar el contraste á que da lugar este figon, comparado al vaporoso restaurant Vefour, resolvimos entrar, y entramos en efecto. La presencia de una señora con sombrero y vestido de seda, y la de un varon con sombrero de jipijapa, frac y guante, no dejó de causar cierta sensacion en las gentes que allí comian; pero al poco tiempo cada cual atendió á su plato, y nosotros quedamos libres de miradas y gestos.
Las mesas están mondas y lirondas; pero son de piedra roqueña, y no ofrecen nada que pueda repugnar. Las banquetas que sirven de sillas, no tienen más inconveniente que el ser más duras que el pié de Perico. En fin, nos sentamos….
—¿Qué gritos son esos? me dice mi mujer. Efectivamente, los mozos del establecimiento gritaban como unos energúmenos; pero un gritar rabioso, descompasado, que lastimaba las orejas. Aquella gritería descomunal era el resultado de una costumbre del establecimiento. En el momento en que el mozo oia lo que cada comensal le encargaba, lo anunciaba gritando desaforadamente como era necesario para que le oyese el cocinero, á una distancia de cuarenta ó cincuenta pasos. De modo que si pedian á un tiempo de comer varios comensales, los respectivos mozos gritaban á la vez; aquellos gritos se confundian y formaban un guirigay y un clamoreo que nos atolondraba.
Un mozo se llegó á nuestra mesa. Pedí dos chuletas de carnero.
—¡Deux côtelettes de mouton! gritó el mozo con una bizarría de voz tal, que mi mujer estuvo á pique de dar un respingo. A poco estaban allí las dos chuletas, una racion de pan y una botella de vino Macon.
Luego pedí una racion de vaca á la moda, y el mozo grita como antes: ¡un beuf à la mode! Una racion de vaca al natural, y el mozo proseguia: ¡un beuf nature! Y una racion de habichuelas para mi mujer; y el bendito mozo continuaba con voz metálica y desquebrajada: ¡des haricots verts!
Al propio tiempo, semejante al centinela casi contínuo que se oye en una muralla ó en un campamento, se oia por todo aquel local el rumor múltiple y confuso de diez ó doce mozos que gritaban simultáneamente lo que los comensales pedian: ¡Un roti! ¡Des prunes! ¡Un bouillon! ¡Des alberges! ¡Du gibier! ¡Des abricots! ¡Des pommes de terres! etc. Un asado, ciruelas, un caldo, melocotones, caza, albaricoques, patatas, y así otras varias cosas; pero todo esto mezclado y como en tropel.
Aquello era á la vez comida y concierto vocal, sólo que la música hubiera podido suprimirse, sin profanar el polvo de Bellini.
El almuerzo nos ha costado lo siguiente: doce sueldos las dos chuletas; diez la racion de vaca á la moda, y la otra racion al natural; doce la botella de vino, dos el pan, cuatro las habichuelas, y cuatro de propina: total, cuarenta y cuatro sueldos, ó sea ocho reales y pico. ¡Qué diferencia entre este figon negro y ruin, y el espléndido restaurant de Vefour! Sin embargo, hemos comido mucho mejor por la sétima parte de dinero, sin contar el canto.
Durante nuestra expedicion de este dia, nos acordamos varias veces de la jóven vestida de negro, y apretamos el paso hácia nuestro hotel, ya con el fin de ver si podiamos lograr algunas noticias, ya tambien porque el dia declinaba y el frio comenzaba á molestamos.
Llegado que hubimos á nuestra calle, nuestra primera diligencia fué mirar al balcon de la incógnita; pero notamos con sentimiento que no habia nadie. Entramos luego en la lechería … todo nuestro gozo se cayó en un pozo. La patrona habia ido á San Club, y no venia hasta el dia siguiente por la tarde. Era necesario esperar veinticuatro horas.
Al salir de la casa volvimos á mirar al balcon; nada; ni un ruido, ni un movimiento. Aquello parecia un sepulcro. Sólo vimos una maceta con una flor marchita. ¡Agüero fatal! Las mujeres dichosas riegan las flores, y las flores están verdes y frescas. Aquella flor mústia del balcon es el vestido negro de aquella mujer, ó el vestido negro de la mujer es la flor mústia del balcon. El infortunio es lo que tiene en este mundo concordancias más peregrinas, y algo de verdad debe haber en la correspondencia que encuentro entre el luto del traje y el luto de la flor. Subimos á nuestra habitacion y abrimos las maderas de uno de los balcones, como para expiar los movimientos de nuestra misteriosa desconocida. Repetidas veces nos asomamos; pero fué inútil; nadie parecia en el balcon, ni nada tampoco se descubria á través de los vidrios. Así estuvimos más de hora y media. Entrada ya la noche, divisamos en la habitacion de la mujer vestida de negro el fulgor de una luz, que pasaba de una estancia á otra. Entonces cerramos las maderas, y mi mujer y yo exclamamos casi al mismo tiempo: hasta mañana.
No faltará lector que extrañe una curiosidad tan pertinaz y tan impaciente; pero debo decir en nuestro abono, que la curiosidad es aquí todo nuestro oficio, amen de que media una mujer, una mujer jóven, vestida de luto, sola, triste: una mujer que tiene flores mústias en su balcon; una mujer cerca de la cual debe caminar alguna sombra; una mujer que ha de ser desgraciada. ¡Ojalá que pudiéramos nosotros evitar su desgracia! ¡Ojalá que pudiéramos hacer su dicha! ¡Ojalá que pudiéramos hacer que estuviese verde y lozana la flor marchita de ese solitario balcon!
No tengais cuidado, mis queridos lectores. Mi curiosidad, mi impaciencia por esa pobre desconocida, es una impaciencia afectuosa y cristiana.
Mi mujer leyó un rato, y se acostó. Yo escribo hasta las tres de la mañana, aunque no quiero terminar, con perdon de mis párpados que se cierran, sin dar cuenta al lector de un chiste agudísimo que oí en el figon, á uno de los menestrales que allí comian.
A nuestra izquierda, habia una mesa rodeada de obreros, que sin duda acababan de comer. Ya de sobremesa, pasaban el rato en acertar charadas ó adivinaciones. Uno preguntó: ¿cuál es la cosa que más se pega? Este decia que era la resina; aquel que el alquitran; el uno que la cola; el otro que el aceite, el de más allá, que la trementina; el que le sigue, que la pez, y así cada cual decia su cosa. No, gritó uno con mucha fuerza; con resuelta seguridad; casi, casi con inspiracion. Nadie ha acertado, y diciendo esto, daba fuertes golpes sobre la mesa. Todos los comensales que nos pudimos enterar del juego, teniamos la cara vuelta, y esperábamos, con creciente curiosidad, ver en qué paraba el acertijo.
—Señores, dijo solemnemente el obrero que tenia la palabra, lo que más se pega en este mundo es el dinero.
Una carcajada espontánea y unánime, una general aclamacion de risas y de bravos, contestó á la ocurrencia del menestral. En efecto, es un chiste verdaderamente ingenioso, salado, de buena ley.
=Dia vigésimo tercero al trigésimo=.
Versos.—Asesinato de la calle del Duque de Alba.—Mataderos públicos. —Monte-Pio.—Hospicios y hospitales.—Locos del Sena.—Movimiento de la poblacion.—Casamientos.—Caja de ahorros.—Caja de descuentos. —Presupuesto de Paris.—Consumos.—Aduana.—Sociedades mercantiles. —Ferro-carriles.—Correos.—Presupuesto general.—Comercio.—Deuda pública.—Estadística de Inglaterra.—Palacio Real.—Bolsa. —Tullerías.—Louvre.—Luxemburgo.—Inválidos.—Panteon.—Luisa.
Han pasado ocho dias, y tengo tantas cosas que decir, que no sé por donde comenzar. Mi ida á Sevilla, en un término más ó menos próximo, es cosa resuelta, y por una elaboracion de la fantasía, independiente de la voluntad, he compuesto á mi tierra natal unos malos versos.
Sé muy bien, sé y conozco perfectamente que no debo al cielo el don de poeta; sé que no se agita en mi alma ese divino espíritu, esa especie de delirio sagrado. Al insertar en estos apuntes aquellos versos, no los ofrezco como una gala de imaginacion, ni como una muestra de poesía, (¡Dios me libre de tan necio orgullo!) sino como un testimonio de mi cariño á la hermosa ciudad, en donde me cupo la ventura de nacer. Además de los versos á Sevilla, he escrito un entremés casero para el album de una amiga nuestra de Madrid, la cual ha escrito á mi compañera, exigiéndola el cumplimiento de la palabra que mi mujer la dió, hace más de un año. Mi compañera me puso asedio, y los lectores que sean casados, comprenderán que quiero decir: ha sido necesario ceder.
En estos ocho dias hemos recibido cartas de España, en que se nos habla de un asesinato cometido en la persona de un prestamista, que vivia en la calle del Duque de Alba, esquina á la de los Estudios. Los asesinos son una mujer, llamada Manuela Bernaola, y tres hombres, llamados Ignacio Cabezudo, el Feo y el Pequeño. Con este motivo, he leido los periódicos de Madrid, y he encontrado noticias tan extrañas sobre aquel crimen horroroso, que no he podido menos de escribir á un amigo, con el fin de que adquiera los más datos posibles y me los remita. Presumo que la historia oculta de dicho atentado no debe carecer de cierto interés, tengo una fundada confianza en la capacidad y diligencia del amigo, á quien pido informes sobre el hecho, y casi ofrezco á mis lectores algunos detalles curiosos.
En la semana transcurrida, en esos ocho dias de huelga, hemos empleado las vacaciones en visitar el palacio Real, la Bolsa, las Tullerías y el Louvre, el palacio de Luxemburgo, los Inválidos, el Panteon; hemos visto tambien, no sin un grande asombro, los mataderos públicos; el Monte-Pio, algunos hospicios y hospitales, el establecimiento de los locos del Sena; hemos adquirido noticias sobre el movimiento de la poblacion; sobre los casamientos que han tenido lugar en este año; sobre el estado y operaciones de la Caja de ahorros y de la de descuentos, y sobre el fabuloso presupuesto de esta ciudad; sobre sus increibles consumos; sobre el movimiento de su aduana; sobre las sociedades mercantiles existentes en todo el imperio; sobre ferro-carriles, renta de correos, presupuesto general del Estado, comercio, deuda pública y otros detalles estadísticos. Á fin de poder apreciar la importancia de este órden de cosas, he tenido que adquirir algunas noticias sobre la Estadística de Inglaterra, y me parece que mis lectores no llevarán á mal el tener idea de estos verdaderos prodigios europeos. Por fin, en todo el tiempo transcurrido desde mi última revista, la pobre Luisa no ha dejado de vivir en nuestra memoria y en nuestro corazon; lo cual quiere decir que no ha dejado de vivir con nosotros, como si fuese nuestra hermana, ó nuestra amiga de la niñez. ¡Qué poco se figurará esa pobre mujer, que dos extranjeros piensan en ella, como si se tratara de un individuo de su propia familia! Pero mi mujer y yo nos preguntamos muy á menudo: ¿no sabrá Luisa el vivo interés que nos inspira su desgracia? ¿No la habrá dicho nada madama Fonteral? No puedo persuadirme de semejante cosa. Dejaria madama Fonteral de ser mujer. Acaso no hubiera dicho nada, ó al menos hubiera dicho poco, si no la hubiésemos encargado sigilo; pero no hablar sobre el asunto, cuando la encarecimos el secreto; no decir nada del secreto que se la fia; no revelar aquel misterio de que ella se enamora; no llevarse el dedo á la boca, imponiendo silencio á Luisa; no cogerla del brazo; no llevarla aparte; no mirar con aire aturdido á uno y otro lado como para ver si es oida de alguno; no cuchichear al oído de aquella pobre jóven; no descubrirla todo lo que nosotros la habiamos suplicado que ocultara; renunciar al placer supremo de esa patética pantomima, decididamente, lectores mios, eso no lo ha hecho madama Fonteral; eso no lo hace ninguna mujer; eso seria un milagro, y el milagro no es el genio de nuestro siglo, sobre todo, no es la gracia especial de las mujeres de Paris.
Al hablarnos madama Fonteral de la entrevista que con Luisa tuvo, nos aseguró, poniéndose el dedo índice á través de los labios, que nada la habia revelado acerca de nosotros. Yo dije para mí: esto significa que se lo ha dicho todo, desde la a hasta la z.
Al dia siguiente, Luisa se asoma al balcon. ¿Qué hace? Mira con ansiedad. ¿A dónde mira? Á uno de los balcones de nuestro hotel, á uno de los balcones de nuestra estancia; nos mira á nosotros. ¡Cuitada madama Fonteral! ¡Cuitado de mí! Recibo la mirada tímida y vacilante de la pobre Luisa, y aquella timidez recatada, aquella medrosa vacilacion, me imponen casi miedo. No sé qué hay en aquellos ojos, en aquella mirada, en aquella terrible confesion de sus dolores, en aquel llanto mudo de su conciencia, no sé qué hay allí; pero lo cierto es que yo no puedo resistir aquella mirada indecisa y ansiosa. Luisa mira desde su balcon, y mi mujer y yo nos retiramos, porque á mi mujer le sucede lo propio que á mí: no tiene valor para sufrir con calma aquel triste saludo de un corazon despedazado, no tiene valor para contestar á Luisa con una mirada de compasion y de inteligencia, que querria decir: ¡pobre mujer! ya sé tu desgracia, tu martirio, tu culpa, tu deshonra.
Para comunicar á mis lectores el gran cúmulo de noticias que en estos ocho dias he adquirido, seguiré el órden del sumario.
Empezarémos por los versos: dice el adagio que el mal camino conviene andarlo pronto.
I.
Oye, Sevilla hermosa, este gemido Del hijo ingrato que á tu orilla viene: Enfermo tiene el cuerpo y dolorido, Enferma y dolorida su alma tiene.
Como en los bordes de la antigua llaga Un bálsamo se vierte que da vida, Deja que evoque una memoria vaga Triste recuerdo de una edad querida.
Aquí mecido en ignorada cuna Halagó mi niñez aura lasciva, Al tibio rayo de tu blanca luna, Al soplo amante de tu luz nativa.
Pobre aquí, niño y sin saber qué es gloria, Contemplaba quizá los cielos tersos, Y era rico y felice con tu historia Y la esperanza de mis pobres versos.
El pecho se me oprime cuando miro De remoto fanal fúlgida llama, Y lleva el Bétis mi primer suspiro Al golfo azul que encadenado brama.
Y blanco y puro como el puro armiño Un ángel soñó aquí mi fantasía, Un ángel que he buscado … ¡Pobre niño! Un ángel que en el mundo no existía.
Nace el hombre á la luz; el bien no halla, Y en inventarlo con afan se empeña, Y al fin encuentra el bien porque batalla, Halla la dicha al fin … cuando la sueña.
Azucenas de amor, divina palma, Florestas que soñé, prados y flores, Ya que la vida os marchitó en mi alma, De corona servid á mis dolores.
Yo ví al ángel vagar entre verdura Poniendo flores en su leve falda, Y despues esconderse en la espesura Suelto el cabello por su rica espalda.
Me llamaba quizá; yo le seguia; Mas sin duda en el bosque se ocultaba, Y luego más allá me aparecia Y así del pobre niño se burlaba,
Aquí soñé festines y placeres, Y el rumor de palmeras solitarias, Y el suspiro de célicas mujeres, Y tumbas, y osamentas y plegarias.
¡Gloria! ¡Vision cruel! ¡Cruel martirio! Relámpago que alumbra y deja ciego, Cardo silvestre bajo hermoso lirio, Sol que da luz para quemarnos luego.
Por tí pierdo ¡oh rigor! mi fe sencilla, Por tí me abraso en insondable anhelo, Por tí dejé mi plácida Sevilla Y una santa mujer que está en el cielo.
Madre mia, perdon! Mústia la frente, A ti vuélvome al fin, madre piadosa: Mírame aquí, poeta penitente Ceñida el arpa de marchita rosa.
Pero, si, tu verás mi afan prolijo Aunque á mi estrella tu piedad no cuadre: Me acusáras tal vez si fueras hijo; Tú me perdonarás siendo mi madre.
Por tí ¡oh gloria! perdido mi reposo Y encomendando á Dios la suerte mia, Del Atlántico mar tempestuoso A las playas itálicas corria.
Y á lo léjos ví un monte ennegrecido, Y en la falda del monte vi una roca, Y un nombre colosal hiere mi oído Pronunciándolo trémulo mi boca.
¡Roma! Vedla; entre estátuas blanquecinas Muestra la majestad de su pasado. ¡Tambien tienen su pompa las ruinas! ¡Tambien tiene el silencio su reinado!
¡Roma! ¡Silencio! inmóvil, pavorosa, Anuncia su altivez en su tristura: Nadie la ha dado el hoyo en que reposa; Ella se abrió su propia sepultura.
Vedla reinar en la llanura extensa Donde Dios entre mármoles la abisma: Antes del mundo fué la tumba inmensa, Ahora es la inmensa tumba de sí misma.
II.
Deja que evoque una memoria vaga Triste recuerdo de una edad querida, Como en los bordes de la antigua llaga Un bálsamo se vierte que da vida.
No vengo aquí á buscar flores y aromas; No demando, Sevilla, tus placeres, Ni el ardiente arrullar de tus palomas, Que palomas de amor son tus mujeres.
Cuando á mi sino terrenal sucumba, Dame una cruz y una silvestre palma; Dame una cruz y una escondida tumba, Dame una cruz, Sevilla de mi alma.
Vamos ahora al entremés casero, escrito para el album de nuestra amiga.