← Table of contents
Un paseo por Paris, retratos al natural

ESCENA III.

Reading edition

PAULINA, SU ABUELA.

PAULINA. Abuela, Dios guarde á usté.

ABUELA. Muchacha, tú por aquí?

PAULINA. Hemos de hablar.

ABUELA. Sobre qué?

PAULINA. ¿Sobre qué? ¡Triste de mí! No sé qué fuego me sube, Se me oprime el corazon….

ABUELA. Huy! huy! la misma cancion Que yo con tu abuela tuve.

PAULINA. La paciencia se me acaba. ¿Se rie de mi agonía?

ABUELA. Tambien tu abuela reia Cuando yo así me quejaba.

PAULINA. Por Dios, venga usted acá: ¿Qué es esto que así me inquieta?

ABUELA. Cuando tengas una nieta … Tu nieta te lo dirá.

PAULINA. Mi madre al mirar mi tédio, Me mandó hablar con usté….

ABUELA. Pues, chica, á tu madre vé Que ella sabe ya el remedio.

No te apesares, Paulina; Trás esta viene otra edad: El tiempo es la enfermedad Y el tiempo es la medicina

Pasemos á la visita de los establecimientos públicos, luego seguirán las curiosidades estadísticas, y terminarémos este largo dia con la noticia de los monumentos más notables.

Los mataderos nos han dejado atónitos. Para que el lector se forme una idea del incalculable movimiento que allí debe haber, de la sangre que allí se debe derramar, bastará decir que de allí han salido en el año pasado sobre ciento veintisiete millones de libras de carne. La carne de vaca, de ternera, de cerdo y de cabrito, entró en esta cifra por ciento trece millones de libras, ó sea cuatro millones y medio de arrobas. ¿Cuántas cabezas de ganado supone aquel guarismo monstruoso? Si el matar á los animales fuera realmente una culpa, como creian no pocos filósofos de la antigüedad, los mataderos de Paris serian una herejía tan grande, que bastaran ellos solos para que se condenara irremisiblemente toda la Europa. En fin, sepan, tambien mis lectores, que esta municipalidad recibe de los mataderos y de los mercados una contribucion anual que no baja de veinte millones de reales.

En el Monte-Pio se han empeñado un millon trescientos mil objetos, y se han renovado trescientas cuarenta mil papeletas, cuyas operaciones suponen un total de más de millon y medio de artículos.

Los empeños han importado noventa y seis millones, y las renovaciones cerca de treinta y tres, de modo que la cifra total de las operaciones no baja de ciento veintinueve, a ciento treinta millones de reales.

Se han vendido setenta y seis mil objetos, por valor de cinco millones. Los sueldos y honorarios de los empleados importan anualmente de cincuenta y cinco á sesenta mil duros.

En cuanto á los hospicios y hospitales, nos han asegurado personas fidedignas y autorizadas, que las familias indigentes han sido veintinueve mil seiscientas, compuestas de más de setenta mil individuos.

El Hospicio de expósitos y huérfanos ha recibido tres mil novecientas cuarenta y tres criaturas, de las cuales han muerto setecientas ochenta y ocho.

Se han gastado en los hospitales, en el año anterior, sobre sesenta y seis millones de reales, en cuya suma entran los artículos siguientes por las partidas que voy á notar.

Pan; seis millones, ciento noventa mil, setecientos sesenta y cuatro reales.

Vino; cinco millones, veinte mil, cuatrocientos.

Carne; seis millones, ochocientos trece mil, ochocientos veintiocho.

Comestibles; cinco millones, setecientos ochenta y nueve mil, cuarenta y cuatro.

Leña y carbon; tres millones, treinta y nueve mil, setecientos setenta y seis.

Resulta que en los cinco artículos anteriores se ha gastado bastante más de un millon de duros, ó sea veinticuatro millones de reales.

Los establecimientos de locos ofrecen una estadística sorprendente.

En 1º de Enero de 1856 existian, en los dos asilos del Sena, tres mil trescientos cuarenta y un locos. Además, entraron en el año mil quinientos ochenta y nueve, de modo que componían un total de muy cerca de cinco mil, ó sea una especie de pequeña ciudad.

En el mismo año salieron de aquellos dos asilos ochocientos cuarenta y nueve, y murieron quinientos setenta y cinco. Quedó, pues, reducida aquella poblacion á tres mil, quinientos seis.

El estudio de esta materia no deja de tener sus curiosidades instructivas, por más que sean tristes y dolorosas, tales como la influencia de las profesiones en el desarrollo de la locura. A medida que se estudia este fenómeno terrible, este, terrible inconveniente de la razón, este negro ocaso del pensamiento, se va comprendiendo que la locura pertenece tanto á la medicina, como á la filosofía y á la moral. El ejercicio, los hábitos, las profesiones y el género de vida; es decir, la conducta, influye más tal vez que la disposicion constitucional de los órganos cerebrales. Me he informado minuciosamente acerca de esto, y he conseguido averiguar que las industrias manufactureras son las profesiones que han pagado al extravío mental mayor contingente; pero en una proporcion que asusta.

Luego siguen las profesiones mercenarias; ó sean criados y dependientes de todas clases.

Despues las profesiones liberales, como la poesía, la pintura, la escultura, la música la declamacion, la plástica y otras.

Despues las profesiones mercantiles.

Luego las gentes que no tienen profesion.

Por fin, las ocupaciones agrícolas. Estas son las menos castigadas por aquel espantoso azote, en la proporcion que vamos á ver.

Las profesiones industriales representan un 37 por ciento. Los oficios mercenarios un 19 Las profesiones liberales un 9 El comercio un 7 Gentes sin profesion un 3 La industria agrícola un 1-1/2

De modo que las ocupaciones que pagan un tributo más caro á la locura son la fábrica, la servidumbre y el ingenio; despues viene el comercio, luego la vagancia; por fin, la industria de los campos.

El movimiento de la poblacion de esta ciudad, nos ofrece tambien algunas extrañas singularidades.

Han nacido en 1856 treinta y ocho mil criaturas; veintiseis mil legítimas, y doce mil de otras procedencias. Han muerto veintinueve mil setecientas cuarenta y tres; resultando un aumento de más de ocho mil.

Se han contraido doce mil cuatrocientos noventa y tres matrimonios, en la forma siguiente:

Entre solteros; diez mil ciento setenta y siete.

Entre viudos y solteras; mil doscientos sesenta y ocho.

Entre solteros y viudas; quinientos noventa y siete.

Entre viudos y viudas; cuatrocientos cincuenta y uno.

Resulta que la cifra menor es la de los viudos y viudas. Quizás se han acordado de lo que dice cierto adagio: pan con pan, comida de tontos.

En la Caja de ahorros se han verificado doscientas cuarenta y ocho mil, ciento veintidos imposiciones, hechas por doscientos veintiun mil imponentes. La Caja ha recibido ciento diez millones; y ha devuelto sobre ciento quince, habiéndose operado un movimiento total de doscientos veinticinco millones, durante el referido año de 1856. En 31 de Diciembre del mismo año, debía ciento ochenta y tres millones, á doscientos veintiun mil trescientos setenta y nueve imponentes.

Las operaciones de la Caja de descuentos se han verificado sobre setecientos veintidos mil, doscientos sesenta y cinco efectos, por un valor de dos mil quinientos millones de reales próximamente.

El presupuesto municipal de Paris es mayor que el de algunas naciones de cierta importancia.

La concesion de privilegios produjo á la villa en 1856 la enorme suma de ciento ochenta y seis millones de reales, cifra que representa tres presupuestos como el de toda la Suiza. Para que se comprenda lo maravilloso de este hecho, sepa el lector que el Austria, toda el Austria, una poblacion de treinta y cinco á cuarenta millones de almas, no recaudó en el mismo año por aquel concepto, más de veintiseis millones de reales, ó sea menos de una sétima parte que la sola ciudad de Paris.

En fin, los ingresos montaron á doscientos ochenta y cuatro millones. Es muy probable que en el año presente no bajen de trescientos millones, poco menos de lo que pagaba al Erario nuestro país, durante el régimen absoluto.

En el presupuesto de gastos hallamos las partidas siguientes:

Instruccion primaria. 6 millones. Empedrado. 15 Beneficencia. 32 Policía. 51 Rédito y amortizacion de la deuda municipal. 64

La policía cuesta á Paris más de siete mil duros diarios.

Los consumos ofrecen resultados no menos admirables. Esta ciudad consumió en 1856 los artículos y cantidades siguientes:

Vinos; siete millones, trescientas mil arrobas.

Alcohol y aguardiente; quinientas treinta y nueve mil; idem.

Barniz; cincuenta y tres mil, idem.

Frutas en conserva; ciento ochenta mil, idem.

Vinagres; ciento cincuenta y nueve mil, idem.

Cerveza; dos millones, treinta y tres mil, idem.

De esta cerveza, se ha fabricado en Paris un millon, doscientas diez y siete mil arrobas.

Aceites; ochocientas cincuenta y cuatro mil, idem.

Comestibles. Carnes de todas clases; ciento cuarenta y tres millones de libras.

Queso fresco; tres millones y medio de libras.

Sal; catorce millones, seiscientas mil setecientas, idem.

Ubas; siete millones, idem.

Manteca; seis millones y medio, idem.

Huevos; ciento cuarenta mil arrobas.

Volatería y caza; cien mil idem.

Combustibles. Leña; cuatrocientos setenta y dos mil piés cúbicos.

Carbon vegetal; veintitres millones de arrobas.

Carbon de tierra; veinticuatro millones, idem.

Materiales. Cal; dos millones y medio, idem.

Yeso; veinticuatro, idem.

Baldosas; cinco millones y medio. (Unidades,)

Ladrillos; diez y seis millones, idem.

Alfarería; ocho millones de metros cúbicos.

Forraje; ocho millones y medio de haces.

Heno; quince millones, idem.

Cebada; ciento sesenta y cuatro mil fanegas.

Avena; dos y medio millones de idem.

Cera blanca; ciento treinta y seis mil libras.

Amarilla; ciento noventa mil, idem.

El importe de las ventas por mayor, verificadas en los mercados, presentan los siguientes guarismos.

Pescado de agua dulce, cerca de 4 millones de reales.

De mar 36 idem.

Ostras, cerca de 8

Volatería y caza 68

Manteca 73

Huevos 35

Estos solos artículos suponen un movimiento comercial de doscientos veinticuatro millones de reales.

Las declaraciones que se han hecho en la Aduana de esta ciudad, en el año indicado, suben á ciento diez y seis mil, quinientas noventa y siete. El número de bultos ha sido el de doscientos doce mil, setecientos treinta y ocho.

El valor de las mercancías ha montado á casi mil millones (novecientos ochenta y cuatro), cifra á que asciende el comercio general de muchos países.

Esto me ha dado la curiosidad de conocer el comercio general y especial de Francia, y las noticias que da la estadística oficial, no han podido menos de asombrarme.

El importe del comercio general, en 1856, subió á más de cinco mil millones de francos 5.399

El comercio especial representó un valor de cerca de cuatro mil millones de aquella moneda 3.883 ——— 9.282 ———

Hallamos, pues, que el comercio general y especial de Francia, en dicho año, representa una suma de más de treinta mil millones. No quiero presentar la cifra de nuestro comercio, porque, á pesar de sus progresos rapidísimos y sorprendentes, ofrece un resultado muy desconsolador, muy aflictivo, muy penoso.

En el floreciente comercio francés la Europa figura por un valor de 3.571 millones de francos. La América por 1.207 Las colonias francesas por 368 El África por 133 Y el Asia por 120

Las siete naciones con que Francia ha hecho un comercio más importante, son las siguientes:

Inglaterra. 763 Estados-Unidos. 660 Bélgica. 447 Suiza. 399 Zollwerein (Union aduanera alemana). 261 España. 246 Cerdeña. 220

El comercio francés ha presentado setecientas sesenta quiebras, y se han disuelto ochocientas catorce sociedades.

El número de estas sociedades en 1856, era el de mil cuatrocientas seis, con los fondos siguientes:

Sociedades colectivas. 93 millones de reales. Comanditarias ordinarias. 168 Idem por acciones. 7.712 ——— Total. 7.973 ———

En los ingresos del Estado hallamos las siguientes partidas:

Contribuciones directas. 1.700 millones de reales. Idem indirectas. 1.600 Timbre y registro. 1.400 Aduanas y sales. 868

Estos cuatro guarismos montan á más de cinco mil quinientos millones.

El presupuesto general sube á muy cerca de siete mil millones de reales.

En la série de gastos nos llaman la atencion cinco cifras.

Intereses y amortizacion de la Deuda pública. 2.088 millones. Ministerio de la Guerra. 1.384 De Marina. 532 Correos. 155 Emperador y cuerpos colegisladores. 154

Al ver que la renta de Correos costaba á la nacion sobre ciento cincuenta y cinco millones de reales al año, he querido tener noticias acerca del producto de aquella renta, y he hallado que en 1856 circularon más de doscientos cincuenta y tres millones de cartas, cuyo franqueo produjo al Estado un ingreso de ciento noventa y dos millones. El total de los ingresos subió á doscientos veinticuatro millones.

No quiero dejar de hacer mencion de una partida que he encontrado en el presupuesto de gastos, y que me ha hecho suspirar. La instruccion es aquí atendida con una suma de ochenta millones próximamente. ¿Cuánto dedica nuestro Gobierno á la instruccion pública? No quiero decirlo; tengo bastante con la amargura que siento en mi alma; no quiero añadir á la amargura otra cosa peor.

Los ferro-carriles presentan el resultado que voy á notar:

Leguas en explotacion. 1.492 Productos. 1.244 millones.

Vayamos ahora al Reino-Unido, atravesemos el Estrecho de la Mancha, y este órden de cosas nos parecerá tal vez pequeño.

Las aduanas y las sales produjeron al Estado francés. 868 millones. Las aduanas solamente produjeron al Tesoro inglés, en 1857. 1.300

Los intereses y amortizacion de los setenta y cinco mil millones de la Deuda pública, importaron. 2.755 millones. El ejército y marina. 4.074 El cuerpo civil. 650 Los gastos de Hacienda. 420 ———— 7.899 ————

Estas cuatro partidas representan una suma bastante mayor que el presupuesto de toda la Francia.

Una singularidad he notado entre el presupuesto de ambas naciones.

Francia destina á obras públicas doscientos cincuenta y seis millones, mientras que la Inglaterra no destina arriba de noventa millones.

Francia destina a la instruccion pública ochenta millones, como ya dije, mientras que el Reino-Unido destina muy cerca de ciento, ó sea novecientas noventa y seis libras esterlinas.

Las cartas circuladas han sido en número de cuatrocientos setenta y ocho millones, ciento veinticinco millones más que en Francia. La renta de este ramo subió en 1856 á doscientos ochenta y siete millones, sesenta y tres millones más que en el imperio francés, á pesar de la diferencia en el precio del franqueo y certificado.

Los licores espirituosos han dado al Tesoro del Reino-Unido una renta de. 1.125 millones de reales.

La cerveza ha producido al Estado. 650

La moneda acuñada sube á. 447 millones de reales.

Los metales y minerales extraidos y fundidos en 1855, presentan la siguiente curiosa estadística:

El carbon representa un valor de. 1.472 millones. El hierro. 1.064 Otros metales y minerales. 1.264 ———— 3.800 ————

Se emplearon en operaciones metalúrgicas doscientos noventa y cinco mil hombres, y cerca de nueve mil mujeres.

La Inglaterra ha extraido de la Australia, desde 1851 á 1855, ó sea en el trascurso de cuatro años, cuarenta y un millones de libras esterlinas, que vienen á representar próximamente una cifra de cuatro mil millones.

Para que se conciba una idea de su fabuloso comercio, baste saber que ha enviado á los Estados-Unidos mercancías por valor de. 2.200 millones. A la India. 1.048 A las ciudades libres de Alemania. 1.012 A la Australia. 982 A Francia. 640

La Compañía de Indias, ese coloso comercial, ese portento de la asociacion mercantil, en Inglaterra, esa maravilla del mundo moderno, ha vendido en 1856 cerca de seis millones de libras de ópio de Patua y Benarés, percibiendo una suma de más de trescientos cincuenta millones de reales.

El valor de los billetes del Banco de Lóndres, puestos en circulacion en dicho año, fué el siguiente:

Billetes de quinientos reales. 610 millones. De mil. 390 De dos mil á diez mil. 570 De veinte á cien mil. 430 ———- 2.000 ———-

El movimiento de todos los Bancos ingleses, en la época indicada, representa una cifra de muy cerca de treinta y nueve millones de libras esterlinas, ó sea tres mil novecientos millones de reales, repartida del modo siguiente:

Banco de Lóndres. 20.062.041 libras esterlinas. De Irlanda. 7.425.740 De Escocia. 4.444.702 Bancos particulares. 3.355.971 Por acciones. 8.113.886 ——————- Total. 39.9022.340 ——————-

Basta de guarismos. La aritmética, no crea el lector que la desdeño; pero no es lo que está más en armonía con mis aficiones, y siento que mi alma se anega entra el oleaje contínuo de tanto millon. No obstante, me he detenido en la anterior reseña más de lo que pensaba, atendida la índole de estos apuntes, porque la estadística tiene en nuestro siglo una influencia incalculable. Esta influencia es mucho mayor de lo que nosotros creemos, sin embargo de ser nosotros los que la atribuimos y la damos el influjo que ejerce. En esto, así como en otras muchas cosas, nos acontece lo que á aquel que se entrega al sueño. El es el que se duerme, y él es quien menos sabe que se duerme en efecto. La estadística hoy no es solamente un ramo de ciencia, una simple materia de administracion, un punto de historia, una especie de erudicion social, sino una regla de gobierno, un consejo de Estado, un código, una constitucion. Observemos de dónde proceden casi todas las revoluciones, casi todas las turbulencias, la mayor parte de los conflictos en las sociedades modernas, y en todas esas complicaciones y tumultos hallarémos algun orígen económico, algo administrativo, algo que dice relacion al Tesoro público, á la Hacienda, al Erario; hallarémos algo estadístico. ¿Cuántas caidas de gabinetes no han sido producidas por un empréstito? ¿Cuántos tumultos no han tenido por causa una contribucion? ¿A cuántas crísis gubernamentales no han dado lugar los presupuestos? ¿Cuántos gobiernos no han perdido, y pierden el poder todos los dias, bajo el peso de una bancarota? En fin, baste decir que una mera crísis monetaria, la crísis ocurrida no ha mucho, produjo la modificacion de importantísimos gabinetes europeos. La estadística entró en los consejos constitucionales, fué llamada y oida como un personaje de la nacion, como un gran poder del Estado; la estadística, la aritmética social, el nuevo magnate, expulsó á unos hombres, y llamó á otros para que ocuparan las sillas del gobierno. Esto es asombroso; esto no se cree antes de pensar y de ver con cuidado lo que sucede; pero sucede realmente; es una verdad; una verdad que anda por todo el mundo; una verdad que reconstruye, por decirlo así, el sistema de todos los pueblos, aun el de aquellos pueblos que muestran más tenacidad en hacer del tiempo presente un centinela del tiempo pasado. ¿No veis movimiento en la India, en el mismo Japon, aun en el propio imperio Chino? ¿No veis que ese Japon abre sus puertos á las naves de ciertas naciones, profanando el misterio tradicional que la religion atribuye al legado de Sinto, á su oculto y divino Diari? ¿No veis agitarse la atmósfera en la China, en ese vastísimo imperio, en ese inmenso hogar de centenares de millones de criaturas? ¿No advertís como cierto vaiven, cierta oleada, en el ambiente de ese pueblo, convertido, hace miles y miles de años, en un guardian que contempla con ojos desencajados la urna veneranda de sus tradiciones? ¿No hallais algo extraño, sumamente extraño, en esa China, en esa segunda humanidad, en esos hombres cubiertos de polvo; el polvo que ha debido dejar detrás de sí la pisada autómata de tantos siglos? Sí, lector, allí hay un espíritu nuevo, una nueva palanca, un viento de otros climas. Pues el espíritu que agita á ese imperio fabuloso, esa palanca que lo remueve, ese huracan que lo airea y lo empuja, el arquitecto milagroso que echa por tierra su enorme muralla, el mago invisible que lo hechiza, ¿lo oyes lector mio? ese formidable poder que aturde á los chinos; ese huésped irresistible que les obliga á tolerar otras religiones; que les obliga á conceder la libertad de cultos, aunque al oirlo se estremezca la tumba de su sagrado Fé; eso que allí se mueve, que por allí anda, eso que allí reina, es la estadística; la Economía política; la administracion, las matemáticas sociales; el gobierno de nuestros dias. Quitad á Luis Napoleon los siete mil millones de presupuesto nacional. ¿Qué seria? Nada. ¿Qué haria? Nada. ¿Estaria en el trono? No. ¿Caeria de ese trono, como cae el rayo de las nubes? Sí. Quitad á la Inglaterra su organizacion administrativa; su particular régimen económico; su espíritu estadístico, si así puede decirse; quitadla eso, y la quitareis su importancia, su genio, su poder; la quitareis el ser Inglaterra. Ni trono, ni Cámaras, ni Parlamento, ni meetings; nada bastará. India, Australia, California, todo será inútil. Quitadla su ley y su Banco; su libro y su oro, su ciencia y sus metales, y rezad un Padre nuestro por su alma.

La Economía política, el libro estadístico, hace hoy lo que hacian en otro tiempo la fuerza, la conquista, la tradicion, la herencia y la casta. La estadística es la nueva casta social, la nueva sangre de la política, la nueva sangre de los gobiernos. Hoy reina el número, como antes imperaban la guerra, la teología y el pergamino.

La historia del gobierno humano debe dividirse actualmente de otra manera que se ha hecho hasta aquí. Aquella division debe hoy hacerse del siguiente modo, ó de un modo análogo.

Primero: gobiernos conquistadores; la fuerza. Segundo: gobiernos teologales; la religion. Tercero: gobiernos tradicionales; la casta. Cuarto: gobiernos históricos; la herencia. Quinto: gobiernos sociales; la estadística.

Pitt en Inglaterra, Sully y Colbert en Francia, Campomanes, Florida Blanca, Jovellanos y Florez Estrada en nuestro país, son dignísimos representantes de la nueva historia social.

Y este es el lugar de decir que, desde fines del siglo pasado, se han verificado dos grandes movimientos en la marcha del mundo; han tenido lugar dos nuevos y trascendentales juicios en el espíritu de los fastos humanos, en ese espíritu que gobernaria la vida del hombre, aunque aquellos fastos no estuvieran escritos en papel; aquel espíritu anterior y providencial, ley eterna de todos los tiempos, eterna moral de todos los pueblos y de todas las razas, del cual el libro histórico no es más que un signo, como el cuerpo no es otra cosa que un signo del alma; aquel espíritu que se reviste de la forma de la literatura, de la imprenta, como nuestro ánimo se reviste de ojos y de frente, por ejemplo: es un ángel vestido de bruto.

Digo que en ese espíritu que domina al hombre, que gobierna la vida, como si fuese el interminable reinado de la historia, están germinando dos ideas profundas y poderosas, desde fines del siglo pasado hasta nuestros dias. Aquellas dos ideas se enseñorean hoy de todas las formas, de todos los poderes, de todos los entendimientos, en una palabra, se enseñorean de todas las revoluciones que se operan en la razon del mundo.

Las dos ideas de que hablo son: la estadística y la fisiología: la estadística, explicando la sociedad; la fisiología explicando al hombre. ¡Quién habia de decir á nuestros antiguos filósofos que la fisiología es espiritualista á su manera!

Véase con cuidado lo que pasa en el mundo de hoy, y se hallará tal vez que la grande lucha, el gran trabajo de nuestro siglo, no es más que el resultado del natural antagonismo que existe entre las ciencias tradicionales y ese genio de la historia, ese nuevo espíritu que se ha despertado en el alma del hombre; más claro, entre las ciencias escolásticas por una parte, y las matemáticas y la física por otra. Digo, matemáticas, porque la estadística no es otra cosa que las matemáticas aplicadas al régimen social.

Esas dos ciencias, esas dos geometrías, la interna y la externa, la humana y la social: esas dos creaciones casi fabulosas que llenan el globo desde fines del siglo pasado, marcan hoy la medida de la civilizacion de los pueblos; son la manecilla de metal que mide las horas del mundo en ese reloj oculto y misterioso. La fisiología y la estadística son actualmente lo que eran antes la astronomía, la teología y aún la mágia. Hoy no es más civilizada la nacion que más sabe y que más disputa, sino la que más analiza y más demuestra. Casi puede decirse que la física de hoy, equivale á la metafísica de ayer.

Pasó el tiempo de la palabra.

Estamos en el tiempo de la prueba.

Pasó el tiempo de la opinion.

Estamos en el tiempo del experimento.

Pasó el tiempo del puro raciocinio, del criterio teórico; pasó el tiempo medio caballeresco y medio fantástico, en que la ciencia convencia al mundo y lo gobernaba ocultamente, empeñando palabras de honor.

Estamos en el tiempo del criterio práctico, del criterio de aplicacion, del análisis geométrico de la prueba real, casi física; en un tiempo en que el compás explica la idea; en que un pedazo de materia explica un pensamiento, como el alambre explica la electricidad, como el plomo explica la imprenta, como la brújula marca el polo Norte; en un tiempo que no cree en las palabras de honor que da la ciencia.

Pasaron los tiempos de Platon y Aristóteles.

Estamos en los tiempos de Colon, Guttemberg, de Bichat, de Vaucauson, de Montgolfier y de Fulton. Pasó la dialéctica, pasó el silogismo, y vino el instrumento, vino la máquina.

Este gran fenómeno, el más peregrino y trascendental que se ha realizado en la historia, tiene una razon profunda, una profunda psicología. Toda la civilizacion asiática, como la judía, como la griega, como la romana, como la feudal, pretendian explicar el cuerpo por el alma, la materia por el espíritu, la criatura por el criador. Y pasan siglos y más siglos, pasan espectros y más espectros, sombras y más sombras, y por honrar al Criador se ahorcaba en un cadalso á la criatura; y por redimir al espíritu se ponia en un tormento la materia; y por salvar el alma se encendian hogueras al cuerpo. El hombre era quemado, como quien tributa un culto á Dios. Así servian y adoraban á Dios las castas antiguas, las antiguas civilizaciones, ese algo histórico que ha venido reinando en el mundo hasta el siglo XIV de la era cristiana; ese algo no definido todavía; esa casta revuelta y confusa, que se ha denominado de muchos modos, pero que en realidad no es otra cosa que la ley de la contradiccion, la ley de la Persia, un mundo de luz, representado por Ormuzd, y un mundo de tinieblas representado por Ahriman: decir, una gloria, explicando un infierno; un Dios explicando á un diablo. El alma era Dios, era el ídolo, y se le quemaban perfumes; el cuerpo era el diablo, y se le apedreaba, cuando no se le achicharraba vivo.

Estudiado con imparcialidad y reposo este intrincado asunto, hallarémos que el mundo antiguo, la humanidad hasta el siglo XIV, no es más ni menos que un órden de cosas creado por la ley de la contradiccion, por la ley de las castas, la ley de arriba declarando pária á la ley de abajo; la ley de un espíritu y de una materia, considerados como poderes antagonistas; como fuerzas radicales contrarias; la ley terrible que convertia al hombre en enemigo del hombre y de Dios. Que este enemigo se llamara sudra en la India, hebreo en Egipto, hierodul en Capadocia, esclavo en Grecia y Roma, ilota en Esparta, siervo ó hereje en la edad media, poco importa: la filosofía de la historia es la misma. Es una idea que se ha revelado bajo distintas formas; es un vidrio que ha reflejado la luz de varios modos, como un libro tiene varias páginas, como una tormenta tiene varias nubes, como la escama de las serpientes tiene varias pintas. Repito que el mundo, hasta el siglo XIV de nuestra era, venia del Asia; y que el Asia venia de la ley de la contradiccion; esa ley abolida por el Evangelio; ese mónstruo ahogado por la sangre vertida en la cruz; esa fosa de la humanidad cegada por el mártir del monte Calvario. ¡Mundo pagano, mundo gentil, no luches, basta! Si algo te queda dentro del valladar que Dios ha puesto al hombre, si alguna gloria te está reservada por el pensamiento de la Providencia, no hallarás esa gloria, ese dia luminoso no brillará en el cielo para tí, sino volviendo tu inteligencia y tu corazon al monte Calvario. No luches, no huyas, no leas, no esperes, no mires atrás ni adelante; ponte de rodillas ante un crucifijo. Muda de fe, y adora. Más claro, ten fe, porque lo que tú tienes ahora no es fe; lo que tú haces ahora no es creer, es soñar. Ten fe, repito, y te salvarás, como se ha salvado la humanidad cristiana.

El mundo moderno mudó enteramente de pensamiento y de conducta. En vez de explicar la criatura por el criador, la materia por el espíritu, el cuerpo por el alma, el hombre por la sociedad, tiende á explicar la sociedad por el hombre, el alma por el cuerpo, el espíritu por la materia, el criador por la criatura, arrojando del mundo una metafísica simbólica, poética, oriental; una especie de augurio pagano, una adivinacion, egipcia que, ó no explica nada, ó explica todos los absurdos y monstruosidades que la mente de un loco puede concebir; todos esos absurdos y monstruosidades que han venido reinando en la historia de la humanidad.

Antes sucedia que por el misterio del geroglífico, querian explicar las figuras del mismo geroglífico, de donde resultaba que no conocian ni las figuras, ni el misterio, ni modo ni esencia, ni cuerpo ni alma, ni criatura ni criador. Partian de lo que ignoraban, para llegar á lo que no sabian. Eran dos ignorancias obstinadas y supersticiosas, creando todo un mundo; el mundo en que debia vivir el hombre, el sér que piensa y siente, el sér que raciocina y ama, el sér que crea tambien, la hechura más noble, la concepcion más sábia de la suma sabiduría, el poder más grande que dió á luz el Todopoderoso; el único poder creado, capaz de conciencia, capaz de convencerse, capaz de arrepentirse, capaz de bajar la cabeza y suspirar; el hombre, la criatura que llora y que espera. Y luego hay cristianos, hoy, en nuestro siglo, pasados mil ochocientos sesenta y tres años de la Cruz; hay cristianos, repito (¡parece mentira!) que profesan la ley de la contradiccion, la ley de un alma divinizada y de un cuerpo quemado; la ley de los tormentos y de las hogueras; la ley de la horca y del cuchillo; la ley de Tiberio que llenó de gemidos las tinieblas sagradas de las catacumbas; la ley de Pilatos, que hizo caer á Jesucristo bajo la carga de un madero. Y al hablar de cristianos que profesan hoy aquella ley bárbara, no me refiero á hombres vulgares, sino á personas ilustradas y fervorosas. Yo no puedo expresar cuánto me amarga esa inconcebible y lastimosa contradiccion. No se comprende cómo esos hombres viven en el mundo, ni cómo han leido la historia.

El espíritu moderno, el mundo cristiano, hizo lo contrario de lo que hacia el mundo venido del Asia. Para adivinar el misterio del geroglífico, partió de las figuras: para adivinar el geroglífico, que estaba dentro, partió del geroglífico que estaba fuera; para adivinar lo que no veia, partió de un hecho que estaba viendo; y de esta manera consiguió que si no veia lo de dentro, veia al menos lo de fuera; algo veia. Acaso no logre conocer el espíritu, pero conoce la materia; tal vez no conozca á su criador, pero conoce la criatura; tal vez no logre explicarse la sociedad humana, pero se explica al hombre. Ya que no la esencia, conocerá el modo; ya que no logre adivinar ese algo infuso, esa cifra divina, esa última duda, esa duda suprema y venerable de que parece circuirse el espíritu providencial, logrará siquiera conocer lo que se ha revelado, lo que obra en la naturaleza, lo que Dios ha escrito en esa segunda teología, lo que Dios promete en esa segunda religion. Antes no se veia lo visible; no se realizaba lo realizable. Hoy, sí. Este es el gran carácter del cristianismo sobre la civilizacion gentil y pagana. El hombre cristiano se cree autorizado, se cree con poderes, se cree hasta con fuero, para ver lo que puede verse; dejó de quemar al que manifestaba que veia lo que no se habia visto antes; dejó de fabricar tormentos, de aparejar cadalsos y de encender hogueras al altísimo y venerando ministerio de la razon humana; al ministerio de pensar y de decir lo que se habia pensado; al ministerio de medir, y de hacer patente lo que se habia medido, y esto, esto solo explica la incalculable superioridad del mundo moderno sobre el mundo antiguo, la incalculable superioridad del hombre cristiano sobre el hombre de las regiones gentiles y paganas. La ley de la humanidad, puesta en lugar de la ley de la contradiccion; la ley de Dios y la del hombre, puesta en lugar de la ley del diablo y de la del hereje, esto lo explica todo. Sin este dato, sin esta observacion, sin hallar en las fastos humanos ese fin adorable, esa providencia que triunfa, sin que nadie vea los laureles del triunfo; sin que las cosas se miren así por la razon y por la fe, unidas y hermanadas, no es posible encontrar la filosofía de la historia. La historia será un acaso horrible, un fatalismo ciego y cruel, un pandemonium, como la denominan los escépticos, los ateos del hombre y de Dios. Dicen bien esos desdichados. La historia es un pandemonium para los que no creen en la providencia y en la humanidad, como la razon es un delirio para el loco, como la ciencia es una algarabia para el ignorante, como la luz es una tiniebla para el ciego. Más digo y opine lo que quiera esa pobre gente, la historia ha sido, es y será siempre la Biblia social, una segunda revelacion, una infalible geometría del progreso humano.

He dicho antes que hoy no se considera más civilizada la nacion que más sabe y que más disputa, sino la que más analiza y más demuestra. Esta verdad no admite duda en mi juicio. La Italia, por ejemplo, es más teóloga, más metafísica, más ontológicamente sábia que la Inglaterra; sin embargo, la Inglaterra es hoy un pueblo más civilizado, inmensamente más civilizado que la Italia. Esto quiere decir que ha analizado más en estudios estadísticos y fisiológicos, que es más sábia en la ciencia del hombre, y en la ciencia de la sociedad, porque hoy se llama ciencia lo que antes se llamaba herejía, y se llama fárrago lo que antes se llamaba ciencia.

Cada escuela podrá traducir este hecho á su modo, dejándose llevar de sus recuerdos, de sus aficiones ó de sus intereses; pero la existencia de aquel hecho, tan capitalmente trascendental, es indisputable.

Voy á decir ahora dos palabras sobre los monumentos citados en el sumario de este dia, dando principio por el palacio de la Bolsa.

Nada tengo que oponer acerca de la magnificencia del edificio. Es un verdadero palacio. Tiene efectivamente ese aspecto grave y majestuoso, esa gallardía reposada, casi circunspecta, de aquel género de arquitectura. Su historia, considerado como edificio, esto es, su historia de piedra, es muy breve. Considerado como una institucion social, como juego público, aquella historia es algo más larga y más difícil.

La Bolsa de hoy ocupa el espacio que ocupó en otro tiempo el convento de las hijas de Santo Tomás. ¡Qué cambios tan curiosos y tan elocuentes! Principió este palacio el primer imperio, y lo terminó Cárlos X. Presenta un paralelógramo de setenta y un metros de longitud, sobre cuarenta y dos de latitud, si no mienten los informes que nos dan, informes que considero exactos. Al menos no desmienten la impresion que aquí se recibe. Circuye al suntuoso edificio una gran galería de setenta columnas de un metro de espesor y diez de altura, sostenidas por un basamento de tres metros de elevacion. Un sólido cornisamento y un elegante ático coronan las setenta columnas, de órden corintio, las cuales nos hacen sentir la doble emocion de la majestad y de la fuerza.

Quisimos penetrar, pero los guardas del edificio, herederos históricos de la gravedad monacal, nos prohibieron la entrada con cara de priores, enviándonos al estanco de la Hacienda pública, en donde debiamos proveernos de una especie de credencial, mediante la limosna de dos francos, uno por cabeza. He dicho limosna, porque esta rara contribucion, esta curiosa prevision del Erario francés, me huele al saco del convento. Yo me volví á mi mujer, y la dije en nuestro idioma: aquí se ha verificado una trasmigracion casi portentosa. El franco que nos piden, se escapó sigilosamente del convento de las hijas de Santo Tomás, y se escondió en el palacio de la Bolsa.

—¿Qué franco nos piden? Preguntó mi mujer con picante curiosidad. (Para las mujeres es picante todo lo que tire á dar dinero.)

—Ese bedel, conserje ó lo que sea, contesté á mi compañera, me dice que vayamos al estanco, en donde nos darán un billete, cuya presentacion es indispensable para visitar el edificio. El billete en cuestion nos costará un franco á cada uno.

Mi mujer agrió el gesto de un modo visible.

Esta conversacion pasaba en presencia del conserje, que nos miraba con estrañeza, y que permanecia de pié, custodiando imperiosamente la entrada, como si se tratase de guardar las manzanas de oro en el jardin de las Hespérides.

Mi mujer y yo nos dirigimos á un estanco, que hay á pocos pasos del edificio. Al bajar la magnífica escalinata de la Bolsa, mi mujer me tira del brazo, en señal de llamarme la atencion, y me dice:

—Llévame á la fonda; yo me quedaré allí, mientras que tú vienes á visitar ese palacio. Me remorderia la conciencia, continuó mi compañera con más animacion, si los franceses me cogieran un franco por visitar la Bolsa.

—Ese franco que piden, contesté yo, no tiene nada de particular; al contrario, es una gabela natural, y lógica. Se trata de la Bolsa, y por simpatía, atacan la bolsa de los curiosos.

—Te lo voy á decir francamente, repuso mi mujer, y apretó el paso, como si lo que me iba á decir la espolease. «Yo creí que Paris era un pueblo de suma caballerosidad, y de sumo idealismo. Yo creia en España que en Paris se hacian muchas cosas por galanura, por etiqueta, por urbanidad, por espíritu de civilidad y de hidalguía. Pero, amigo mio, estoy viendo que me engañaba de una manera lastimosa. Esto es mucho peor que Madrid. Aquí no podemos llevarnos las manos á la cabeza, aquí no se puede decir el Padre nuestro, aquí no se puede ni rezar, sin tener que hacer frente al dichoso franco. Odio esta palabra, ¡Qué sujeto tan descortés! ¡Qué persona tan atribulada y tan agresiva! Franco le llaman, y en verdad que le han dado con el nombre, pues tan franco es, que se mete por todas partes como trasquilado por iglesia. ¿Quieres que te diga la verdad? Segun voy viendo, esto es una batalla contínua, en que los combatientes no abrigan otra idea que apoderarse del botin de los enemigos; una guerra que se hace, una lucha que se traba, únicamente por coger el botin. Ni más ni menos, ni menos ni más. Los combatientes son los hijos de este país. Los enemigos son los extranjeros. En España, en el mismo Madrid, el dinero es una gran necesidad. En Paris es una gran plaga, una gran peste; en fin, es una guerra, con todos los peligros, con todos los sustos, con todas las calamidades y las desdichas de una guerra. Mira, añadió resueltamente mi mujer; déjame en la fonda; no quiero dar un franco por ver ese edificio; por una peseta está cavando un español todo el dia en el campo….»

Sin embargo dé estos sermones de mi compañera, yo me dirigí al estanco, con el fin de comprar el documento que el conserje me reclamaba. Mi mujer lo notó, y se detuvo á despecho mio.

—No te empeñes, porque no voy. No quiero pagar el derecho de ser extranjera. Aguantaré que me traten como enemiga, en lo que yo no puedo evitar; pero á sabiendas, no.

—Bien, la contesté yo; tú dices que no quieres dar un franco por esa visita. Enhorabuena, no lo des; pero yo quiero darlo; no es cosa tuya, sino mia, y no debes tener remordimiento alguno. Iba á replicar; pero la llevé hácia adelante con el brazo, y esto la persuadió mucho más que si la hubiera predicado un sermon. No sé el por qué, mas tengo por cosa evidente que á las mujeres las convence más un ademan que veinte palabras.

Por santa obediencia se resignó á entrar en el estanco, y no pude menos de soltar la risa, cuando observé la cara de vinagre que mi mujer puso al ver los dos francos en el mostrador.

—¡Lástima de dinero! dijo furtivamente, y nos dirigimos á la Bolsa.

Buena escalera, excelentes pasillos, galerías espaciosas, hermosas balaustradas, salas magníficas…. Repito que nada tengo que tachar á la arquitectura del edificio, aunque desde luego se echa de ver que no fué construido para que sirviera de palacio. Volviendo ahora los ojos á su oficio social, si así puede decirse, principio por no estar conforme con el nombre de Bolsa, aplicado al cambio oficial, cambio importado en Francia por el hacendista escocés Law, á fines del siglo XVII.

La palabra Bolsa, no sólo es impropia, sino escasa, ruin, grosera, hasta ridícula, para darnos la idea de un lugar en que se verifican operaciones mercantiles de cierta monta. No comprendo cómo los negociantes que se dedican á aquel juego público, llevan en paciencia que se les designe con el apellido de Bolsistas. Me parece que en este nombre hay algo que se rie de la persona que lo lleva, como si dijéramos bolsillistas, faldriqueristas, taleguistas, ó palabras por este jaez. Yo deploro (en este sentido ¡tengo tanto que deplorar!) deploro, decia, que los españoles, dominados por un espíritu de imitacion incalificable, desnaturalizando una de las lenguas más bellas y más ricas del mundo, malversando el depósito que muchos siglos y muchas glorias les han confiado, hayan mendigado de los franceses la plabra Bolsa, condenando tan irreflexiva como injustamente los nombres castizos de lonja y casa de contratacion. En lugar de Bolsa, que nada significa, ó significa una ridiculez, porque ridículo es todo despropósito ¿qué razon hay para que no pudiera decirse lonja del cambio? Pero ahora caigo en que esto no bastaba; era indispensable ponerse á la moda; era indispensable llamar la atencion con una cuquería de nuestros vecinos; era indispensable engalanarse con una palabra parisiense, como los payasos se visten de siete colores, para que les sigan los chiquillos, ó como se enjaeza un caballo, para venderlo bien en la feria. Era indispensable el relumbron, el palaustre, y atravesó los Pirineos la palabra Bolsa. No sólo hay servilismo en política; hay servilismo tambien en conducta, y esas limosnas que el pueblo español recibe de Francia; esas caridades que le implora, cuando tantas podria hacer, cuando tantas ha hecho á esa misma nacion que nos manda hoy con sus monerías; esas limosnas vergonzantes que á Francia pide, es un servilismo de nuestra época; y no solamente es un servilismo, sino una sandez. ¿Qué se diria del que fuese á buscar falsas doraduras á país extraño, olvidando el oro, el oro fino, que tiene en su país? Pues eso es cabalmente lo que debe decirse de los españoles, que van á Francia para traerse la grotesca palabra Bolsa, arrinconando, para que crie moho, la palabra lonja; término propio, lógico, natural, en relacion perfecta con las tradiciones de nuestro idioma; con su pensamiento y con su melodía; es decir, en perfecta relacion con su etimología, con su filosofía y con su esthética.

Nuestra nacion no sufriria que el pueblo francés pusiera el pié en un palmo de nuestro territorio, y consiente á las mil maravillas una invasion completa en otro sentido; una invasion más peligrosa, porque nos conquista ocultamente, por dentro, en el interior de nuestras casas, en el interior de nuestras viviendas, en lo más íntimo, en lo más profundo que tiene el hombre: en la palabra. La palabra es lo último que pierden los pueblos, porque esa palabra es á un mismo tiempo su ciencia, su poesía, su amor: la palabra es el espíritu que sobrevive á la libertad, á los usos, á las costumbres, á las leyes. Se quema un código, mil códigos: no se quema la lengua en que están escritos. La palabra y la historia son los dos genios que van al frente en todas las exequias, son los manes eternos que velan sin cesar sobre la tumba de las generaciones. Pasó el Lacio, pasó el pueblo latino; pero queda una sombra de aquello; queda una huella que no se borra, un alma que no muere, una ceniza que no se enfria, un sepulcro que no se cierra; queda un cadáver que no se consume; sobre el polvo, sobre las ruinas, sobre la soledad y el silencio de los cadáveres que se extinguieron, queda un cadáver que no se extingue, que no se extinguirá, mientras que la tierra sienta el calor de las plantas del hombre: pasó el pueblo latino; pero nos queda la latinidad. Pasó el pueblo; no pasó la palabra. Pasó el cometa, no pasó su rastro. Pasó la tormenta, no pasó el celaje.

Los españoles no sufririan que nos conquistaran un solo palmo de territorio; que nos invadiesen un grano de arena, y van á Francia para que nos conquisten en el idioma, para que nos invadan en nuestro espíritu, en la tierra de Dios, porque es la tierra del pensamiento. Hablar es pensar, y el que trastorna lo que hablo, trastorna necesariamente lo que pienso. Sí á mí me dijeran: ¿qué es lo que quieres para apoderarte de una nacion, para mandarla, para ser su amo? yo contestaria: quiero ante todo apoderarme de su lengua, mandar en su palabra, ser amo de ese libro en que están escritos los nombres de Dios, padre, madre, hijo, hermano, amigo, patria, luz, amor, espacio. Más, mucho más que de su territorio, desearia apoderarme de lo que está dentro del territorio, de lo que está dentro de las ciudades, de lo que está dentro de las casas, dentro de la familia, dentro del individuo; de esa sombra que le acompaña, de ese centinela invisible que le custodia, de ese misterioso y terrible poder que le defiende; la palabra, la inteligencia. Mandando en la lengua, mando en el alma; mandando en la boca, mando en la frente, y este es el gran terreno que hay que invadir, esta es la gran conquista que hay que hacer, este es el gran pueblo que hay que conquistar. Sin saberlo nosotros, sin apercibirnos siquiera, sin soñarlo, los franceses nos están invadiendo; los franceses nos ametrallan, en una guerra en que se lucha sin disparar tiros. Los soldados de esa campaña particularísima, son las palabras; la palabra Bolsa es uno de los tantos y tantos combatientes de ese ejército numeroso, de ese ejército irresistible, de ese ejército que acabaria por conquistarnos, si no llegase un dia en que el pueblo español, aplicando, no el oído de fuera, sino el oído de dentro, no aplicando la oreja, sino la mente, oyese ruido en el interior de su casa, oyese disparos en el territorio de su inteligencia. Ese dia llegará. España comprenderá al cabo que el pensamiento tiene sus estados tambien; comprenderá que su idioma es su pensamiento, y defenderá las fronteras de su inteligencia, como defenderia las fronteras de su territorio.

Entre tanto, yo expulso de mi casa la palabra Bolsa, como rechazaria á todo el que quisiera arrojarme de mi país. Llegará una hora en que España se vuelva á España; yo me he vuelto ya hace algunos dias, aún permaneciendo en Paris.

Pero no es la palabra Bolsa el solo punto en que no estoy conforme, al estudiar el edificio de que se trata. Tampoco estoy conforme, con que la Bolsa tenga un palacio, conque haya un palacio que se llame el palacio de la Bolsa. Esto me parece tan indiscreto, tan extravagante, tan ridículo, como el que hubiese un palacio que se denominara el palacio del bolsillo, el palacio de la faldriquera ó del talego. Entre bolsa y palacio no hay relacion posible, en el órden lógico, por más que nos echemos á soñar relaciones. No sólo no hay analogía entre aquellas palabras; no sólo carecen del más lejano parentesco, sino que se nos entra por los ojos su discrepancia, su evidente contradiccion, y no pueden unirse objetos y atributos que se repugnan, que se contradicen, que se zahieren. Si esto valiera, podriamos decir: el palacio del hambre, el alcázar de la mendicidad, y admitida esta nueva manera de discurrir, deberia mandarse construir una gran jaula para encerrar al mundo. No estoy conforme con el palacio de la Bolsa, como no lo estoy con el palacio de la Industria, ni con otros muchos palacios que por aquí bullen, despertando en mi alma recuerdos penosísimos, tristes y lamentables contradicciones. ¡Palacio de la Industria! ¡Y el industrial no tiene dónde vivir! ¡Y el obrero tiene que ir á buscar una vivienda más allá del recinto de la ciudad, á Batiñoles! Es un magnate que tiene un alcázar, y ha de andar buscando un asilo de zoca en molondra. Es un mendigo á quien se ha levantado un palacio; pero que no ha dejado de ser mendigo, ¡Vanos alardes! ¡Estéril pompa! ¡Pobre magnificencia! Aquí se hacen muchas cosas por el solo gusto de hacer; se dicen muchas cosas por el solo gusto de decir: hay ostentacion, aparato; no hay intencion, no hay propósito, no hay ese íntimo y fervoroso trabajo de la conciencia, que precede á todo deseo, á toda aspiracion, sobre todo cuando es una aspiracion madura y sensata. Aquí hay muchos principios sin fines. No encuentro en Francia ese pensamiento anterior, circunspecto, convencido, inflexible, que hallo en los trabajos de los alemanes; ese bellísimo sentimiento, esa fantasía aromática, esa seductora inspiracion de los italianos; ese cálculo fijo, inflexible, tenaz, callado, sigiloso, tal vez traidor, pero lógico, convencido, sábio, de los ingleses; esa rusticidad hospitalaria, generosa y fiel; esa barbarie honrada, creyente, leal y valerosa; esa liga de lo salvaje y de lo hidalgo; esa mistura indefinible del soldado, del poeta, del pastor y del caballero; ese algo latino, scita y árabe; ese carácter en que han entrado Régulo, Attila y Saladino; esa especialidad, única en el mundo (como la palabra hidalguía) que distingue á los españoles. No digo que sea buena, ni que sea mala; digo que es única, y admito el reto que para probar lo contrario se me haga. No hallo eso aquí. Me parece hallar prisa, aturdimiento, indeliberacion, exterioridad, lujo, boato: púrpura por fuera; por dentro es otra cosa. Es una gran botella que se destapa. Mucho ruido, mucho hervidero, mucha espuma; á poco pasa todo aquel estrépito, y la botella queda medio vacía. No parece sino que esta ciudad siente que la vida se le va de las manos, y corre detrás frenéticamente, como para cogerla por los cabellos.

En cualquiera otra parte del globo, un palacio es un edificio que sirve de morada á los reyes, á los pontífices, á los magnates, á los poderosos, á las grandes corporaciones del Estado, como un Congreso ó una Asamblea. Aquí, no. Aquí es un palacio el depósito de la Industria, la casa de cambio, el banco, la casa de moneda; sin embargo de que ni la casa de moneda, ni el banco, ni la industria, son altos cuerpos del Estado, ni poderosos, ni magnates, ni reyes, ni pontífices. Aquí toma el nombre fastuoso de palacio, lo que en otros países se llama simplemente casa, lonja, depósito, alhóndiga, almudin, ó cosa semejante. Y aquel nombre fastuoso, esa régia estirpe con que se decora á la arquitectura (¡ni las piedras están á salvo del genio francés!) viene de la tendencia general que ha creado tantas y tantas formas en esta Babilonia del Occidente; formas colosales algunas de ellas; que ha creado tantos y tantos intereses, respetables no pocos, porque no hay delirio que no tenga algo sublime, y el delirio de los franceses ha sido afortunado: aquel prurito de idealizarlo todo, de hacerlo todo régio, como si hubiese dejado de ser belleza la eterna belleza de la sencillez; la inagotable, la majestuosa, la imponente, la sin igual belleza de la verdad; la belleza de una ligera nube que atraviesa el cielo solitaria: aquella pasion, vuelvo á decir, viene de ese espíritu mitológico, fantástico, visionario casi, que tiene ciegos á los franceses, con que los franceses quieren cegar á todo el mundo. No es lo doloroso que ellos lo quieran, porque cada cual realiza su genio como puede: lo doloroso es que lo quieran y lo consigan. Dejarán de conseguirlo mañana, porque la doradura no brilla siempre como el oro, porque el hervidero de la cerveza no dura siempre: pero hoy lo consiguen, porque las doraduras deslumbran, porque el ruido de la botella de cerveza aturde. Hoy lo consiguen; esta es la verdad.

Y penetrando más en el asunto de la Bolsa, con la cabeza destocada y pidiendo perdon á las personas á quienes pueda lastimar, sin que en ello pueda tener parte mi deseo, porque mi deseo más deliberado es no herir á nadie, digo que no estoy tampoco conforme con ese cambio, con ese negocio, con ese juego que se llama Bolsa, tal como hoy se encuentra establecido y organizado. Acepto todo juego lícito, como distraccion; como oficio social, como carrera, como profesion, como jornal de todos los dias, no lo acepto. Harto se me alcanza que esta opinion escandalizará á no pocos lectores; adivino que se me llamará extravagante; enhorabuena; digo y repito en alta voz que no lo acepto. Jugar para pasar honestamente el rato, sí. Jugar para vivir jugando; para dar á un juego nuestra vida; para desplumarnos dándonos las manos y sonriéndonos; para hacer en un dia una fortuna injustificada, á costa del prójimo insensato; jugar para que tantos comerciantes dignos y honrados se quemen el cerebro con una pistola, eso no. Podrán contestarme lo que quieran; yo no llevo la contra á nadie; á nadie desmiento; pero digo que no.

Y el que quiera tener ideas de la Bolsa; el que quiera saber lo que es ese juego, ese juego que hace muy poco se llamaba agiotaje, que venga á las dos de la tarde, y sea testigo de lo que pasa en el interior de este local. Voy á decir lo que yo propio he visto, lo que yo por mí mismo he presenciado, lo que acabo de ver y de presenciar, y ¡ojalá que no lo hubiera visto ni presenciado!

Suena la hora de la cotizacion de fondos, y muchas gentes llegan, se apiñan, se hostilizan, se estrujan. Todos se ponen de puntillas, los cuellos se estiran, las barbas asoman, los rostros se encienden, los ojos se inflaman…. ¡Madre de Dios! Eso no es un pregon, ni una gritería; es un ahullido interminable, un galimatías infernal. Eso no es un cambio, un negocio, un comercio; eso es un frenesí, un rapto, una calentura. Reconozco la existencia de la calentura y del frenesí como enfermedad; no la reconozco como negociacion.

La Francia gana una batalla en Cochinchina, y los fondos suben. La misma Francia sufre un descalabro en Sebastopol, y los fondos bajan. Y el francés, el hombre que ha nacido en este pueblo, el hijo de esta madre, ve á su madre caida, y si la Bolsa lo requiere, vuelve la espalda y la vende por tres ochavos. El caido se levanta luego, gana una victoria en los campos de Italia, suena el cañon que anuncia el triunfo de Solferino, y el francés que hace poco vendió á la Francia por tres ochavos, se vuelve ahora y la ofrece un talego lleno de oro. No se lo da á la Francia, sino á su juego, á su albur, á su egoismo. Ese es un juego que negocia con la fortuna y con la desgracia de su país; con el honor y con las glorias de su patria. No admito que se jueguen las lágrimas de una nacion; no puedo admitir que se juegue con los conflictos de los hombres. No puedo admitir que se juegue con el espíritu que busca un amparo bajo una corona de laurel, una corona empapada tal vez en sangre, una sangre vertida quizá por un hermano del que juega con aquella corona. ¡Tambien ha de ser un oficio del hombre el jugar la palma del mártir! ¿Qué dejan al mundo, qué dejan á la vida, si no le dejan esa palma! ¡Comercien en buenhora con la materia; comercien con todo lo del mundo; pero que dejen al alma del hombre la metafísica poética de un laurel, la metafísica poética de una gloria!

Dije y vuelvo á decir que eso no es comercio; esa no es la inteligencia que une á las naciones, que funde las razas, que establece la unidad del globo, la unidad del hombre, la unidad de la naturaleza, la inmutable y santa unidad de Dios. Eso no es el comercio, el conquistador universal, el universal revolucionario, encargado por la Providencia de llevar, entre sus mercancías, el espíritu de tolerancia y civilizacion á todos los países. Jugar no es comerciar; comerciar, no jugar, debe ser el oficio del comerciante. Si su nuevo oficio consiste en un juego, lo natural es que deje el nombre de comerciante, y tome el nombre de jugador. Si aceptan el nombre, si se avienen á recibir el nuevo bautismo, con su pan se lo coman. Un hijo mio no tomaria seguramente tal profesion, al menos si mi hijo oyera la voz de su padre.

Ni estoy conforme con la palabra Bolsa, ni con que la Bolsa tenga un palacio, ni con el juego que en el palacio se verifica.

En este momento entra en mi habitacion D. Francisco Javier de Mendoza, que ha llegado hace poco de Venezuela, y á quien conocí en casa de D. José Segundo Florez. El lector me permitirá que dedique dos líneas á estos dos nuevos personajes, que honrarán las páginas de mis humildísimos apuntes.

Florea es un hombre metódico, reposado, silencioso, observador, profundo: es un hombre de estudio, un hombre de letras, como si dijéramos un sábio antiguo; pero con la ciencia de los modernos.

Javier de Mendoza habla con soltura, con elegancia, con pasion. Se apasiona de todo lo que reputa bueno, y está apasionado de la palabra: habla mucho y bien, discurre más que habla; imagina más que discurre; calcula y proyecta más que imagina. El solo digiere mucho más con su pensamiento, que veinte personas con el estómago. Llega al punto á donde se dirige antes de partir. Tal es la fuerza con que su alma mide el espacio que le separa del objeto que busca. Aquel espacio desaparece, lo devora, y antes de marchar hácia su pensamiento, se encuentra á su lado. Este hombre es uno de los caractéres más extensos que yo conozco. Hay en él cierta mezcla de galan y de literato, de soldado y de artista, de diplomático y de banquero. Es un gran taller, una gran oficina, en que cada uno de esos personajes trabaja, sin que los obreros se incomoden.

Hablando de opiniones políticas, dice que él quiere la igualdad de la riqueza y de los goces, no de la miseria y del martirio. Es demócrata, pero quiere ir en coche. Tiene la democracia del sentimiento, y la aristocracia del carruaje.

Si aspirara á que lo empleasen, su primer empleo seria una cartera de ministro, ó una embajada de primer órden.

Si tuviese el don del colorido, si sintiese mejor la forma artística, seria un genio; aún sin esas dotes, es un buen talento.

Pues he leido á mi amigo Javier de Mendoza lo referente al palacio de la Bolsa, y al juego público denominado así, y ha convenido en la impropiedad de aquella palabra, y en la impropiedad del nombre de palacio, aplicado á dicho edificio. Por lo que hace al juego, ha convenido conmigo tambien; pero me ha hecho notar que mis opiniones acerca de este punto causarán escándalo entre ciertas gentes, pudiendo hacer daño á la publicación de mi obra.

Pues aunque mi obra se hunda, y á mí me quemen, contesté, digo y repito que no estoy conforme sino con las cosas cristianas, y me parece que aquel juego no es cristiano. En medio de mis desventuras (que han sido infinitas) debo al cielo la dicha suma de tener valor para decir á todo el mundo la verdad de un modo decoroso, y la digo siempre, aunque me costara subir al cadalso.

Departiendo despues amigablemente sobre el carácter de esta maravillosa ciudad, hemos convenido en que no extrañariamos que el mejor dia se levantara aquí un edificio suntuoso, con el título de PALACIO DEL MERCADO. Tal es la comezon que tienen los franceses por relucir, que no nos causaria sorpresa ciertamente que dieran un palacio á los conejos y á las perdices; á la manteca y á los huevos; á las coles, á las patatas y á los rábanos.

Se dirá que decimos esto con intencion de satirizar á este país. No seré yo el que niegue que haya en nosotros algo de esa malicia picaresca, con que se zahiere una cosa ridícula; algo tal vez de ese sabor áspero que siente el español, cuando cata un manjar de nuestros vecinos; puede que haya eso en nosotros, sin que nosotros lo sepamos, como sin saberlo nosotros nos pican los mosquitos durante el sueño; pero esto no quita que en lo que decimos haya un gran fondo de verdad.

Vayamos ahora al Palacio Real, cuya historia es más breve y galante. Sepa el lector que durante el trascurso de algunos siglos, ese palacio fué el centro espléndido de la coquetería parisiense. En ese jardin que estoy viendo, la astuta cortesana se ofrecia á los espectadores con el traje muy escotado, luciendo la espalda y el pecho, como si quisiese hacer gala de la riqueza de sus incentivos, tambien de la riqueza su pudor. Digo riqueza de pudor, porque si el que da mucho debe ser rico, aquellas cortesanas debian ser muy ricas de decoro. Pero siendo el Palacio Real uno de los grandes prodigios de la monarquía absoluta, claro es que al pasar aquel régimen, debió perder no poco de su antiguo esplendor. En espacio es en lo que menos ha perdido, y tres calles se han hecho á expensas de sus encantadores jardines; las calles de Valois, de Beaujolais y de Montpensier.

Nada quiero decir de la arquitectura del Palacio, porque los grabados que acompañarán á la obra, darán una idea más exacta que todas las descripciones que yo pudiera hacer, y paso á su reseña histórica.

Richelieu, el cardenal más galanteador que la historia conoce; el brazo derecho de uno de los reyes más galanteadores que la historia conoce tambien; el gran ministro del gran Luis XIV; aquel cardenal más grande que aquel rey; Richelieu, el prelado poeta, el poeta hacendista, el hacendista político, el político filósofo, el filósofo magnate, levantó de pié el Palacio Real. Despues, hubo de acudirle la memoria de los grandes tesoros de que era deudor al pródigo cariño de sus reyes; aquellos tesoros debieron hurgarle en la conciencia, se sintió herido; en una palabra, tuvo remordimiento, y dejó el palacio á Luis XIII, que no pudo tomar posesion.

¡Cuántos secretos debe encerrar ese monton de piedras! ¡Qué historia tan curiosa se pudiera escribir, si la mente del hombre fuera capaz de arrancar al olvido aquellos secretos! Pero no digo bien; muchas de las cosas que han presenciado esas paredes y esos pavimentos, no podrian escribirse, porque hay en este mundo muchos arcanos que no pueden contarse.

Ese palacio fué el local más célebre, la casa favorita de la aristocracia del siglo XVII y XVIII; el monumento de los festines, de la galantería, del amor; una especie de templo ateniense, uno de aquellos templos griegos que se consagraban á la hermosura, un trono en donde se sentaba como reina la diosa Vénus.

En ese palacio habia un teatro, el más brillante de toda la Francia, en el cual cabian holgadamente tres mil personas; habia una capilla, cuyos ornamentos eran de oro macizo; una biblioteca magnífica; ricas colecciones de pinturas, é infinitos retratos de hombres ilustres, de tal manera que aquellos salones parecian más bien un campo santo histórico. El palacio del Cardenal representaba el consorcio extraño de la cortesanía, de la religion, de la ciencia y del arte: alcázar, iglesia, teatro, pinturas y libros.

Ana de Austria, reina de Francia y regente del reino, habitó el palacio de Richelieu con sus dos hijos, á mediados del siglo XVII en 1643, y en el mismo palacio tuvieron lugar las espléndidas bodas de su hija con el duque de Orleans, hermano de Luis XIV, cuyo monarca lo cedió despues á su hermano el duque, á título de infantazgo.

Ese mismo palacio sirvió de morada al regente, hijo del duque de Orleans, y el alcázar fué menos alcázar que tálamo. Los libros y los retratos de hombres ilustres, la ciencia y el arte, dieron lugar á los brindis y á las orgias. Richelieu abrió paso á un príncipe, tristemente famoso.

Vino Luis Felipe, vinieron las libertades modernas, y tendiendo á nivelarlo todo, el Palacio Real tuvo que caer, porque el Palacio Real no era otra cosa que un gran desnivel de las antiguas aristocracias.

Hoy, una gran parte del fastuoso alcázar del siglo XVII, se ha convertido en un bazar inmenso. Esta inesperada y maravillosa trasformacion, presenta el espectáculo interesantísimo de una casta que conquista á otra casta, de un fausto que sucede á otro fausto, de una pompa que se pone en lugar de otra pompa. Ese gran bazar es el comerciante, puesto en lugar del cortesano.

El que viva en el Palacio Real, no tiene precision de salir de allí para proveerse de todas las cosas de la vida, desde el panecillo que cuesta un sueldo, hasta la sortija que vale diez mil duros. Aquello no es un edificio; es una gran exposicion; una ciudad; un pueblo.

Tres personajes que llenan la historia de la humanidad, han pisado en un mismo siglo las escaleras de ese alcázar: Richelieu, Luis XIV y Pedro el Grande.

El Palacio Real ha tenido sucesivamente los nombres que voy á anotar. Presten atencion mis lectores.

En sus primeros tiempos, se llamó:

Palacio de Richelieu y Palacio del Cardenal.

Bajo Ana de Austria, Palacio Real.

Bajo la revolucion, Palacio de la Igualdad.

Despues de la revolucion de Febrero, Palacio Nacional.

Ultimamente, Palacio Real.

Ha servido de alcázar, de tribunado, de Bolsa, de tribunal de comercio, y actualmente de Palacio y bazar.

Vamos al Luxemburgo, cuya historia es más breve todavía, aunque no menos curiosa y picante. Digo picante, porque en todas las creaciones de esta sociedad, hay algo que sorprende, que asombra; pero que asombra y que sorprende, con una sorpresa y con un asombro que tienen un no sé qué que provoca á la risa. Los franceses tienen un patético particular: es mitad patético y mitad ironía: una criatura que llora y rie á un mismo tiempo.

En todos los países del mundo, las instituciones, los sistemas, las leyes, asisten al entierro de generaciones y generaciones. Aquí una generacion asiste al entierro de muchas leyes, de muchos sistemas, de muchas y encontradas instituciones. Esta veleidad infatigable está reflejada en casi todos los edificios públicos, en el Luxemburgo tambien, y por esto dije que tiene una historia curiosa y picante.

Roberto Harlay de Sancy construyó un edificio, en el terreno que hoy se llama Jardin de Luxemburgo, hácia el año de 1550, y probablemente aquella fábrica se denominaria Hotel de Harlay.

Trascurridos treinta y tres años, en 1583, Piney de Luxemburgo, duque opulento de aquella edad, compró y ensanchó el Hotel de Harlay, conociéndose desde entonces con el nombre de Palacio de Luxemburgo.

Trascurren veintinueve años, María de Médicis lo compra al Duque por veinte mil libras, levanta un edificio suntuoso, el que ha llegado á nuestros dias, llamándose en aquella fecha Palacio de Médicis.

La reina María hizo donacion del Palacio al duque de Orleans, su segundo hijo, y entonces se llamó Palacio de Orleans.

Despues lo compra la duquesa de Montpensier, Ana María Luisa, la heroina de la Fronda, por quinientas mil libras.

Luego pasa á manos de la duquesa de Guisa y de Alençon, en 1672.

Más tarde, á fines del mismo siglo XVII, en 1694, fué propiedad de Luis XIV.

Posteriormente Luis XVI se lo regaló al conde de Provenza, que reinó despues con el nombre de Luis XVIII.

Por último, vinieron los tiempos revolucionarios, y el antiguo palacio de Luxemburgo, el heredero de tantos reyes, de tantas intrigas, de tantos misterios y de tantos conflictos, pasó á ser una finca nacional.

Bajo la Convencion, se convirtió en prision de Estado, á la cual fuéron conducidos Hebert, Danton, y otros célebres personajes, incluso Robespierre.

Bajo el Directorio, el gobierno habitó el palacio de Luxemburgo, y á las tinieblas de la cárcel sucede el brillo de un alcázar deslumbrador, en donde Barrás, el aristócrata republicano Barrás, hizo alarde de todo el fausto y de todas las dilapidaciones de la regencia. Entonces el palacio de María de Médicis, tomó el nombre de Palacio Directorial.

Viene el 18 de Brumario, y el Palacio Directorial se convierte en Palacio de los Cónsules, habitándole Napoleon, hasta que fijó su morada en las Tullerías. Entonces tomó la nueva denominacion de Palacio del Consulado.

Bajo el imperio, el Palacio de los Cónsules se torna en palacio de los Senadores, y á la sazon se denomina Palacio del Senado.

Despues de la revolucion de Febrero, que echó por tierra á Luis Felipe, el Palacio de Luxemburgo abrió sus puertas á Luis Blanc, que explicó allí el socialismo á los obreros.

De modo que ha sido alternativamente Palacio de la Monarquía, del Directorio, del Consulado, del Senado, cárcel y cátedra socialista.

Visitemos ahora el cuartel de Inválidos.

No lo debo ocultar. Al coger la pluma para describir este grande osario de la guerra, experimento cierta emocion de religiosidad, cierta intencion solemne, cierta uncion histórica, si así puede decirse.

El actual cuartel de los Inválidos fué obra del gran rey. Así llama Francia á Luis XIV.

Las ciento treinta y tres ventanas que decoran su fachada principal, dan al edificio un aspecto grave, reposado, claustral, respetuoso. Así debia ser la fachada del palacio de la Caridad.

El conjunto del edificio comprende un espacio de treinta y cinco á cuarenta mil varas. Tiene tres pabellones, uno central y dos laterales, y cuatro pisos de elevacion. Puede alojar á cinco mil hombres.

La puerta principal da á un buen vestíbulo, circuido de columnas jónicas, que sostienen un grande arco, orlado de trofeos militares. Este vestíbulo conduce al patio que se llama de honor, cuya longitud no bajará de ciento cuarenta á ciento cincuenta varas, sobre setenta de latitud. Es un patio régio, verdaderamente aristocrático; pero de una aristocracia tranquila, desnuda, humilde; la aristocracia de la extension y de la sencillez; casi una aristocracia del cristianismo. El grupo de caballos que exorna cada uno de los cuatro ángulos, da al patio en cuestion no poca fuerza y majestad.

Antes de hablar de las cosas grandes que hay dentro, diré dos palabras de una cosa muy bella que hay fuera, en lo alto del edificio, recibiendo la luz del sol y de las estrellas. Aludo á la media naranja de los Inválidos. Esta media naranja con sus tres cúpulas, una de las cuales, la de los Bienaventurados, tiene un diámetro de veinte á veinte y cinco varas; con su pórtico, con sus estátuas, con su columnata circular, con sus doce ángulos dorados, con sus trofeos brillantes, con su rica veleta, es una de las creaciones artísticas más acabadas que yo he visto. Al ver la cúpula de los Inválidos, experimento lo que experimenté cuando ví por primera vez la sublime Concepcion de Murillo. Parece que hay algo que está nadando sobre nosotros, que nos coge por los cabellos y nos lleva hácia arriba. Esa arquitectura, como aquel cuadro, tiene un espíritu que nos enaltece, que nos eleva, y esto me convence de que no hay arte en donde no hay esa belleza íntima, impalpable, invisible, espiritual; esa exhalacion, esa chispa, esa esencia, ese poco de aroma sutilísimo que se quema en el interior de nuestra alma. No; no hay belleza sin metafísica; no hay arte sin espíritu; no hay flor aromática sin aroma. El arte, el arte verdadero, el arte profundo y caritativo de aquella Concepcion y de esa cúpula, es un Dios que habla al mundo por boca del hombre. Cuando se hallan creaciones semejantes, el arte se convierte en una especie de revelacion, y se le adora. Sí; yo adoro esa cúpula; yo adoro la pintura que se custodia en un palacio que veo desde aquí. Puesto delante de la Concepcion, yo adoro á Murillo. Puesto delante de la cúpula de los Inválidos, adoro á Mansard, sea ó no sea francés. Si Mansard fuese la Francia entera, yo adoraria toda la Francia.

Mansard fué el arquitecto de Versalles, uno de los mayores héroes que contribuyeron á la grandeza y á la gloria de Luis XIV. Sin embargo, creo que más que el alcázar de Versalles, vale la cúpula de los Inválidos. Creo que Mansard es más grande, mucho más grande, en esa cúpula que en aquel alcázar.

Cuando aparto los ojos de esa media naranja, siento pesar. Es esbelta, atrevida, grandiosa. Parece que es capaz de fe y de esperanza; parece que cree en Dios. Esto hará reir á mis lectores, pero es la expresion genuina de lo que siento. ¡Salud, Mansard!

Indicado lo bello que hay fuera, vamos á lo grande que hay dentro.

Ya nos tiene el lector recorriendo este grande cementerio de muertos que andan. Á pesar de tantos trofeos y de tanto esplendor, aquí se respira la idea de la muerte. Por eso el cuartel de los Inválidos es el edificio más imponente, más grande de Paris. No es el más grande por el conjunto de la piedra, por el arte de la arquitectura, sino por el sentido del establecimiento, por la índole de la institucion. Este cuartel es la casa cristiana de lo que unos llaman heroicidad, de lo que otros llaman barbarie; pero de todos modos, es casa cristiana, porque la caridad es tan vecina de todos los países, que lo mismo puede ejercerse con los héroes que con los bárbaros. Además, hay otra circunstancia que favorece más la idea de que visitamos un cementerio, de que asistimos á un cortejo fúnebre. Al ver tantos cañones, tantos grupos de naciones vencidas, tantas banderas, tantos trofeos, parece que vemos pasar delante de nosotros una procesion de esqueletos ensangrentados. Pero, en fin, el hombre que ahí duerme; el hombre enterrado en esa tumba que vamos á ver; ese hombre que queria trastornar el siglo XVIII y el siglo XIX; que los trastornó hasta cierto punto, como una tempestad trastorna la atmósfera; el cautivo de Santa Elena, que habló tantas veces por boca de esas culebrinas, habló tambien más de una vez por boca de la inteligencia; estos cañones anunciaron un pensamiento, y el pensamiento es un conquistador de tan alta estirpe, que hay que perdonarle muchas faltas. Más valen los errores de la inteligencia que los aciertos de la ignorancia, porque detrás de la primera siempre queda un rastro luminoso, como detrás de un astro queda su disco, mientras que detrás de la segunda queda algo oscuro, como detrás de una tormenta queda siempre un celaje.

Penetremos ahora en la capilla de San Gerónimo. No hay nadie. Un silencio profundo reina en la iglesia, que fué el sepulcro provisional de Napoleon, cuando trageron sus cenizas de Santa Elena, en 15 de Diciembre de 1840, entre la salva del agradecido cañon de Inválidos, y una pompa, y un regocijo, de que apenas se encontrarán ejemplos en la historia del mundo. Acerca, de ese regocijo y de esa pompa, algo se pudiera decir. ¡Qué calamidad la del pueblo francés! Adorar hoy para quemar mañana; quemar ayer para adorar hoy. Pero estamos en la capilla de San Gerónimo, en lo que fué tumba de un cautivo, un cautivo que ese pueblo adora, y ante la sagrada veneracion que un pueblo profesa á un gran cadáver, debo callar.

A través del sarcófago provisional, en que se depositaron los restos de Bonaparte, se puso la espada que el muerto habia legado al general Bertran, y el sombrero que llevaba en Eylau, dado por el mismo al baron Gros.

Seguimos hácia el fondo. Detrás del altar mayor, hay una escalera de mármol, que conduce á una cripta, ó bóveda subterránea, en donde se custodia una sepultura. Bajamos por aquella escalera, hasta llegar á la puerta de la cripta. Esta puerta es de bronce, y está como guardada por dos figuras colosales, que representan el poder civil y el poder militar. Aquellas estátuas inmóviles y silenciosas, parecen dos testigos del otro mundo. En la parte superior de la puerta de bronce, se leen estas palabras:

«Deseo que mi polvo repose cerca de los bordes del Sena, en medio de ese pueblo francés, que yo he amado tanto.» Estas palabras son del mismo Napoleon.

La puerta se abre, y penetramos en un vestíbulo que encierra los sepulcros de Bertrand y Duroc. Luego pasamos á la sepultura de Bonaparte.

Napoleon, en el arco del Triunfo, es un canto.

En la capilla de San Gerónimo, es una plegaria.

En esta sepultura es una sombra.

Doce figuras colosales rodean las cenizas del Emperador. Este enorme grupo parece ser como un jurado de la historia. La tumba es de granito y pórfido, sin ornamento alguno. Este es el mejor ornamento. Aquella desnudez es grande, solemne, religiosa. El espíritu que nos domina al mirar la cúpula, el espíritu que hay allí, ha bajado á este panteon, y ha enterrado ahí un poco de polvo, sin otro ornato ni otra esplendidez que el polvo mismo.

¿Qué ornamento mayor puede darse á un sepulcro que la ceniza que contiene? ¿Qué mayor monumento puede darse al mar, que el inmenso líquido que inunda sus playas?

Esto me parece muy bien. Salgo complacidísimo. Esta bóveda, este subterráneo, esta sepultura escondida, no olvidada, es un digno sepulcro de Napoleon. Es la caridad noble, sencilla, humilde y fervorosa que debe tributarse al genio. Si alguna pompa, si algun fausto, si alguna esplendidez debe haber aquí, está ahí dentro, entre las cenizas de ese hombre, entre los arcanos de esa memoria. La historia, no la piedra, es el panteon de los grandes hombres.

Pasamos luego á una especie de cueva, que está enfrente de la puerta de entrada. Una sola lámpara alumbra este recinto. Entre una atmósfera indecisa de luz y de sombra, distingo un objeto, tendido á lo largo. Es una espada de Bonaparte: la espada de Austerlitz.

Dije que Napoleon, en el arco del Triunfo, era un canto; en la capilla de San Gerónimo, una plegaria; en la cripta, una sombra. En esta cueva, en esta cueva casi sublime, es una vision. ¡Qué elocuencia tan irresistible tienen las sombras! ¡Qué patético tan elevado tiene la oscuridad!

Al ver aquella espada, alumbrada á medias por aquella lámpara fija, cuya luz no tiene otra oscilacion que la que la produce nuestro aliento; al ver aquel testigo mudo de tanto estruendo, de tantas luchas, de tanto heroismo, de tanto entusiasmo; de tanta crueldad y de tanta gloria, el corazon se oprime, y apenas podemos respirar.

Al ver esa lámpara, á la luz de ese fuego sombrío, parece que vemos á Napoleon, sentado en la arena de su destierro, con el codo apoyado sobre una roca, con la frente puesta sobre una mano, contemplando la inmensidad del mar, que lo separaba de aquel mundo que él habia concebido, de la otra inmensidad que él habia soñado. Si la Inglaterra entera hubiese podido caber en el corazon de aquel hombre, la Inglaterra entera se hubiese quemado. Del fuego que ardia en aquel corazon, brotó una chispa, y esa chispa quemó una página de la historia del pueblo inglés. Napoleon es una página quemada de aquella historia.

Al juzgar el pasado en los libros, la conducta de la Gran Bretaña se nos presenta como una crueldad; juzgando aquí, aquella conducta es un remordimiento; un remordimiento para esa nacion, que no se puede definir; misionera hoy, pirata mañana, siempre temible, formidable siempre.

Visto Napoleon en esta pobre cueva, puede decirse que es más grande muerto que vivo.

Al salir, di al inválido que me acompañaba una moneda de veinte francos. No la quiso. Le insté; no la quiso. Volví á instarle, casi le supliqué; no la quiso. Esto no se encomia con palabras. Aquel viejo soldado (¡cuántas veces habrá llorado por su Emperador!) tiene conciencia de la morada en que vive; tiene conciencia de lo que vale la tumba que guarda. El creerá que el Napoleon que allí tiene, vale mucho más que los cuatro napoleones que yo le daba, y cree muy bien. ¡Salud al viejo, al noble, al digno veterano!

Durante la revolucion, el cuartel de los Inválidos tomó el nombre de Templo de la Humanidad.

Bajo el imperio, se denominó Templo de Marte.

Ir de la humanidad á Marte, es como ir de la Vírgen á las Sibilas, ó del Evangelio á la fábula. Aquí el monte Olimpo se puso sobre el monte Calvario, el alfanje sobre la cruz. De este modo la veleidad febril de los franceses ha estampado su huella, hasta en ese gran monumento, que basta y sobra para la honra de una nacion, y de una nacion grande. He aguardado á decir esto en la calle, léjos de la tumba de Napoleon, léjos de la capilla de San Gerónimo.

Pero, mi querido lector, ahora me acuerdo que, al hablar del palacio de Luxemburgo, he omitido un detalle que pertenece á estos apuntes.

Cerca de aquel palacio, se ve un edificio algo sombrío, casi oscuro; una casa que parece un castillo feudal, cuyo nombre le cuadra perfectamente, no tanto por lo negruzco de sus piedras, como por lo que tiene de misterioso, de galante y de aventurero. Lo mandó edificar el poderoso cardenal de Richelieu, que fijó en él su residencia, hasta que terminaron el Palacio Real. Posteriormente, esas paredes silenciosas dieron alojamiento á un huésped más ilustre aún. Bonaparte, elevado á primer Cónsul, habitó ese palacio durante seis meses. Fué su morada el entresuelo de la derecha, entrando por la calle de Vaugirard. En aquel entresuelo habia una puerta secreta, la cual daba paso á una escalera misteriosa. Por aquella escalera se subia al piso principal, en cuyo piso vivia una mujer hermosa, muy hermosa y muy desgraciada, porque el llanto es el aura que la mujer respira en los alcázares, como si Dios quisiese castigar el vicio del fausto. Á dicha mujer podian aplicarse los versos siguientes de un célebre poeta italiano:

Una cautiva que nombrarte temo, Cautiva con el nombre de señora; Una mujer bellísima en extremo Porque es muy bella la mujer que llora.

Habia resuelto no nombrarla, para no profanar un sepulcro lleno de misterios y de dolores; pero no quiero dejar á los lectores con esa intranquila curiosidad. Aquella mujer era Josefina.

La visita de los Inválidos me deja sin aliento para emprender la descripcion de Santa Genoveva. Esta descripcion será la tarea de otro dia, porque no debo ser mezquino con un monumento tan espléndido. La historia de su orígen es una página bellísima de la historia del hombre, y necesito reposarme un poco. Cuando el objeto que tiene que mirarse está muy alto, hay que pararse para levantar la cabeza. Permítame el lector que yo alce la frente procurando dominar con los ojos del alma la cúpula grandiosa de ese magnífico panteon, y luego le diré lo que mi pobre pensamiento ha podido ver y adivinar.

Hoy terminaré con algunas curiosidades. He leido en un periódico, que una casa noble de Madrid ha dado un banquete, cuyos manjares y aderezos han sido encargados á esta ciudad. El convite se da en la corte de España, y la corte de Francia envia los platos. ¿Cómo se llama esto? ¿Qué nombre debe dársele? He pensado durante más de cinco minutos sobre el particular, y no se me ocurre cómo bautizar al recien nacido, ¿Es antojo, rareza, extravagancia, ridiculez, lujo, pompa, locura, dilapidacion? No; no es nada de eso separadamente; lo es todo junto, con más otra cosa que no se puede definir, que acaso no se puede imaginar.

Cada cual se gasta el dinero como quiere, se dirá por algunos moralistas á la violeta. Yo contesto que cuando cualquiera gasta su dinero de una manera loca, tiene que avenirse á sufrir la nota de locura, como cuando lo gasta en vestirse de un modo ridículo, tiene que sufrir que se burlen de su ridiculez. Yo contesto que nadie es dueño de su dinero, ni de un grano de arena, ni de la hoja seca de un árbol, ni del aliento de su boca, para hacer despropósitos y sandeces; nadie es dueño de nada para abusar, porque nadie tiene el poder de cometer absurdos. Nadie, absolutamente nadie, ni ricos, ni reyes, ni pontífices, ni emperadores, ni sultanes, son dueños de una cosa para contradecir el dogma de la moral y de la razon, para usurpar á la Providencia el sublime misterio con que gobierna el mundo. Ante la idea del deber no hay más que una alcurnia; la alcurnia de lo bueno, de lo discreto, de lo justo, y ante esa alcurnia de la conciencia universal, nadie es personaje para dar banquetes extravagantes y risibles, haciendo gala de un orgullo tonto. ¡Gasta su dinero! ¡Su dinero es suyo! Esto responden siempre los adoradores del señorío feudal. ¡Argumentacion peregrina! Segun esa filosofía, tambien el que abusa de la fuerza podria decir: ¡es mi fuerza! Y el que abusa de su entendimiento, podria decir: ¡es mi entendimiento! Y el que abusa con su avaricia, podria decir: ¡es mi avaricia! Y el asesino que abusa de un puñal, podria decir del mismo modo: ¡es mi puñal! ¡No, mil veces no! Los ricos no son dueños de su dinero, el dinero no es suyo, para dilapidarlo, como nadie es dueño de un cuchillo para asesinar, ni del entendimiento para argumentar falsamente, ni de la fuerza para oprimir al débil, ni de la avaricia para dejar secas las entrañas del pobre.

¡Es mio! Eso no significa nada, cuando se obra contra la ley sagrada del deber. Tambien la hipocresía es del hipócrita, y la maldad es del malvado, y el adulterio es del adúltero, y las traiciones son del traidor.

¡Es mio! No, no es tuyo, para levantarte contra Dios, contra la creacion y contra el hombre. Para eso no tenemos nada; para eso todos somos mendigos.

¡Qué desocupada tendrá la cabeza esa familia noble de Madrid, que da un convite, y encarga á Paris los aderezos y los manjares! ¡Qué poco tendrá en que pensar! ¡Pobre gente! Esa familia creeria que iba á dar una campanada de buen tono en el mundo, que iba á inmortalizarse con un escándalo de alta escuela, y no sabe que un escritor oscuro y desgraciado le tiene lástima. ¡Cuánto más valdria que los miles de duros dilapidados en ese festin, se hubieran empleado en enjugar las lágrimas que circundarán aquella fastuosa vivienda, lágrimas que habrán visto aquel convite con espanto!

Paso á otra curiosidad. Cuando de regreso á la fonda, cruzábamos la esquina de nuestra calle, nos dimos de cara con Luisa. Como que la mirada de los tres fué un relámpago, no pude adivinar la emocion que la habia causado nuestra presencia. No me atrevo á decir que adivino aquella emocion, porque los secretos del alma son muy difíciles de adivinar. Distábamos ya de la esquina quince ó veinte pasos, y aunque estábamos segurísimos de que no podiamos verla, volvimos el rostro. Otro tanto habrá hecho Luisa.

Al pasar tocando con nosotros, su vestido rozó instantáneamente por mi pantalon, y sentí un estremecimiento convulsivo. Si yo fuese jóven y soltero, llegaria á enamorarme frenéticamente de esa mujer; esa mujer podria tiranizarme. Siendo viejo y casado, cuando apenas me queda otro resto de vida que la esencia divina de la voluntad, amando como amo á mi mujer, casi me siento apasionado de nuestra vecina, menos por su belleza que por su infortunio. Á medida que vivo y que observo, me voy convenciendo de que la poesía más irresistible es la del dolor.

Paso á la tercera curiosidad. En la calle de Lepelletier vive un ruso, el cual tira todos los dias á la calle media talega de napoleones. El buen señor pasa media hora arrojando puñados á los transeuntes; muchachos, menestrales y mujeres del pueblo se agolpan á coger las monedas; al verlos reunidos en un punto, arroja un puñado en otra direccion; todos corren, se chocan, se apiñan, gritan, riñen, pelean, exclaman, se insultan, se agarran, y el ruso se divierte. Yo ignoraba que en Rusia se divertian de este modo.

Algun lector tendrá deseo de preguntarme: y ¿qué te parece más risible, la costumbre de ese hijo del polo, ó el convite francés de la familia de Madrid? Creo que el convite de la familia de Madrid es una dilapidacion imbécil, una plétora de vanidad y de tontería. Creo que la costumbre de tirar diariamente á la calle media talega, es una diversion no vista, un entretenimiento díscolo, una limosna bárbara, rusa, vecina del Cáucaso; pero al fin y al cabo es una limosna, y muchos infelices comen con aquella manía. Triste es, muy triste, que un hombre medio loco socorra á semejantes suyos, divirtiéndose á costa de la miseria de su prójimo; pero es muy triste todavía que se despilfarren miles y miles de onzas de oro, encargando manjares y bicocas á Paris, cuando España es la tierra de los manjares.

Lo del ruso es más extraordinario.

Lo de la familia de Madrid es más necio.

El ruso se divierte á sí mismo.

La familia de Madrid divierte á todo el mundo.

El ruso nos prueba que tiene mucho oro.

La familia de Madrid hace ver que tiene muchos humos en la cabeza.

Si todo el mundo estuviese compuesto de rusos, como el de la calle de Lepelletier, y de familias, como la del convite de Madrid, la humanidad ofreceria seguramente un espectáculo muy curioso.

Vamos á la última novedad. Los periódicos anuncian la llegada á Paris de un banquero español muy célebre; el más célebre de nuestro país, quizá el más célebre de todo el mundo: D. José Salamanca. Un amigo me dice que debo hacer un paralelo entre Salamanca y el judío Rothschild, y me ha parecido muy bien la idea.

El dia de mañana comprenderá la visita de Santa Genoveva, y la comparacion entre aquellos dos grandes ídolos de nuestros tiempos.

=Dia trigésimo primero=.

Santa Genoveva.—Rothschild.—Salamanca.—Invitacion.—Nuevas curiosidades.

La historia del Panteon nos espera. Estamos en el siglo quinto de la era cristiana. El célebre Pelagio difunde por toda Inglaterra su herejía, la cual amenaza turbar las verdades fundamentales de la Iglesia católica. San German de Augerre y San Loujo de Troyes parten en el acto para la Gran Bretaña, con el pensamiento de combatir el famoso cisma, pasando por Nauterre, pequeña ciudad que se halla á pocas leguas de Paris. A la llegada de los dos santos, toda la ciudad se reunió en la plaza, como para oir y admirar la palabra de aquellos virtuosos varones. San German habla á la multitud, y en medio del profundo silencio y de la profunda veneracion con que le escuchaban, se oyen sollozos.

San German calla, las gentes se miran, se interrogan, buscan…. La que lloraba era una muchacha de Nauterre.

El santo se abre paso á través de la multitud, se aproxima á la jóven, que aún no podia contener las lágrimas, y la pregunta:

—¿Por qué lloras?

La pobre muchacha que se ve cerca de aquel gran santo, que oye su pregunta, temblaba y lloraba al mismo tiempo, y con mucha prisa, tal vez con vergüenza, se enjugaba las lágrimas; pero sin poder dejar de llorar.

—¿Qué tienes, hija mía? volvió á decirla el piadoso viajero, dando más dulzura á su palabra y á su ademan. La muchacha, con el rostro encendido, llorando todavía á despecho suyo, balbuceó:

—Quiero ser monja.

—¿Sabes, repuso San German, los sacrificios, las virtudes, el olvido y la fe que te reclama el estado á que aspiras?

—Yo no sé nada, contestó la muchacha, turbada aún. No sé más, sino que deseo vivir para mi Salvador. Y diciendo esto, se puso de rodillas, y besó la mano á San German.

El santo le dió su bendicion, y una medalla de metal, en que estaba esculpida la efigie de Cristo.

Los misioneros parten, Nanterre los saluda con gritos de fervor, y la muchacha quedó allí. Es probable que allí viviera oscuramente durante algun tiempo; pero no estaba sola. La fe es una grande y poderosa compañera. Por fin, la muchacha en cuestion deja su pueblo, su casa y su familia, buscando una familia, una casa y un pueblo más grande. Inútil es decir que los halló: el genio lo halla todo.

Pasan algunos años. El rey de los Hunos, el azote de Dios, el formidable Atila, se dirige á Paris. Aterrorizada la ciudad, al tener noticia de que llegaba el Neron del Norte, todo el mundo se disponia á salir, dejando sus casas en manos del saqueo, de la profanacion y de la barbarie. He dicho todo el mundo, y esto no es exacto. Una mujer, una mujer sola, débil, desconocida, pobre, descalza, con un cordon á la cintura, con los cabellos sueltos por la espalda, con los ojos inflamados, con la mano derecha suspendida, mostrando una medalla de cobre, recorria las calles de Paris, apostrofando á unos, consolando á otros, exhortando y animando á todos.

—¡No temais, no temais! El cielo vela por la ciudad.

Esto gritaba aquella mujer, y luego corria, y volvia á gritar, y corria nuevamente, y en todas partes se encontraba.

No hay medio posible: ó es una santa, ó una loca.

Paris se detiene, cobra fe, prepara la defensa, espera al salvaje conquistador. Atila no tomó la ciudad.

Despues de Atila viene Meroveo, y pone á Paris estrecho sitio. El hambre diezmaba á los sitiados que se contemplaban unos á otros silenciosamente, y en sus rostros escuálidos se veia escrita la terrible sentencia: ó entregarse ó morir.

Una mujer recorre las murallas.

—Que me sigan doce guerreros de vosotros, grita, y doce guerreros la siguen.

Aquella mujer encuentra víveres en las ciudades de Arsi y de Troyes, y Meroveo no tomó á Paris.

Pasan cuatro siglos. Los normandos asedian la ciudad. En el momento en que el enemigo daba el asalto, el ataud que contenia el polvo de una mujer, recorre en procesion las murallas. Al mirar entre ellos aquel ataud, los parisienses gritan de entusiasmo y de júbilo, como si viesen venir en su auxilio á un ejército numeroso y triunfante. Los normandos no tomaron tampoco á Paris.

La mujer que salvó á los parisienses de Atila y Meroveo con su palabra y con su fe; la que los salvó de los normandos con su ataud; aquella mujer que salvó á un pueblo con un puñado de cenizas, cuyo polvo fué más poderoso y más valiente que la pica de los guerreros, era una muchacha llamada Genoveva; la misma muchacha que rompió á llorar, oyendo la voz de San German de Augerre; la misma á quien dió el santo la medalla de cobre con la efigie del Salvador; una muchacha á quien Nauterre llama hija, á quien la Iglesia llama santa, á quien Paris llama Patrona, á quien yo llamo un nobilísimo carácter histórico.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings