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Un paseo por Paris, retratos al natural

PARIS CURIOSO. (continued 3)

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La suntuosa catedral de Paris no tiene esos techos despejados, claros, altísimos, atrevidos y majestuosos de la catedral gótica: no tiene tampoco esas bóvedas aplanadas, casi chatas, esa atmósfera oscura, ese horizonte misterioso de la mezquita árabe; no tiene la esbeltez, la elegancia, la virilidad, la pompa sencilla y sublime del palacio griego y toscano. No tiene nada de eso, y todo eso se encuentra allí; si no se encuentra, se conjetura, se presiente, se distingue á lo léjos. Allí se ven mezclados y confundidos el Oriente, la Grecia y la Italia; el palacio, la mezquita y la iglesia. Esto no se ocurre desde luego; pero despues que se reflexiona sobre aquel precioso mosáico, sobre aquella bellísima barbarie, sobre aquella hermosa monstruosidad, encontramos una especie de mesa revuelta, en que no sabemos qué admirar más, si la belleza de las partes, ó el curioso desórden y la rica y fecunda discordancia del conjunto. Gentilidad, cristiandad, feudalismo, renacimiento, arte moderno, todo está allí, como están los haces de miés en una era, desde Júpiter hasta Childeberto, desde Childeberto hasta Mauricio de Sully, desde Mauricio de Sully hasta San Luis, desde San Luis hasta el actual Napoleon. No perdiéndose Nuestra Señora de Paris, no se pierde una gran parte de la historia y del arte de Francia.

Por último, no debo escatimar al nobilísimo edificio que hemos visitado, ya que somos deudores de tan gratos recuerdos, un elogio que, á mi modo de ver, significa mucho. Despues de estar poetizada Nuestra Señora de Paris por el genio de Víctor Hugo, que es un gran genio, Nuestra Señora de Paris parece poética.

Hemos resuelto no salir á la calle para comer. Eso de comer á lo transeunte, á lo bohemio, como si dijéramos al salto de mata, nos fastidia y nos entristece. Hemos llamado á la hija de la lechera, y la hemos encargado salchichon, jamon dulce, sardinas de Nantes, una libra de fresas, un panecillo y una botella de vino Macon.

Mientras que la muchacha nos trae los recados, yo escribo esta revista á la manera que se persigna un cura loco.

La chica llama, mi mujer abre, la muchacha entra, deja nuestro avío, se va, mi compañera pasa la llave, y nos quedamos solos. ¡Qué hermosa es la casa en que vivimos! ¡Qué hermosa es la familia! ¡Qué hermoso es el amor! ¡Qué hermosa tambien es la tranquilidad!

En este sentido, Paris nos ha hecho un gran regalo. En Madrid nos inquietaba un tanto la policía; aquí vivimos en la más perfecta y envidiable calma.

Lector, si el cofre que tienes en tu casa te produce inquietudes profundas; si el cofre que tienes en tu casa te turba el sueño, créeme, tira el cofre á la calle. Pasa por todo, menos por intranquilizar tu espíritu. La tortura del sentimiento y la violencia ejercida sobre nuestra alma, son las dos tiranías más insoportables de este mundo. Esto nos advierte que hay una gran verdad, un gran secreto, una gran ciencia; esto nos advierte que hay un espíritu, y que ese espíritu, esa exhalacion que no se toca, que no se ve, que no se mide, que no se compra ni se vende, es el gran poder de la tierra, el sumo Pontífice de la vida humana.

Sobre la cubierta de mármol blanco de la cómoda, sin mantel, ni servilletas, ni cuchillos, ni tenedores, ni platos, hemos colocado oportunamente el salchichon, el jamon dulce, las sardinas, las fresas, la botella de vino, la de agua y el pan. Aún cuando comemos en casa, esto nos parece una comida de campo. La libertad con que comemos, nos hace creer que nos encontramos en una romería, entre tomillo y alelíes.

Hemos comido opípara y deliciosamente, y aquí doy fin al dia décimo tercero, porque seria muy difícil darle mejor final.

=Dia décimo cuarto=.

El sueldo de la paralítica.—Mis humos caballerescos.—Establecimiento de caldo.—Comida compuesta de tres sopas, de tres platos de carne, de tres legumbres y de tres postres, á franco y medio por persona.—Muñecas que hablan.—Aleluyas.—Almuerzo.—Estéban Lesperut.—Comida.—Soberbia de mi mujer.—Café cantante titulado la Francia Musical.—Teatro de la Gran Opera.—Opera francesa.—Zarzuela española.—Harem europeo.

Salimos muy temprano en busca de algun restaurant que nos acomode, bajo el doble aspecto de estómago y bolsillo. Es indudable que lo hay; ¿qué no hay aquí? Sí, lo hay, digo yo á mi mujer; pero mi mujer me contesta: ¿dónde está? De esto se trata.

No distábamos treinta pasos de nuestro hotel, cuando oigo que me llamaban. Era una pobre muy anciana, á quien habian tirado un sueldo desde un balcon. La pobre estaba paralítica, no podia agacharse para recoger la limosna, y con este fin me habia voceado. La señorita que arrojó el sueldo miraba desde el balcon de un piso segundo, como para ver el desenlace de aquella pequeña aventura. Estoy seguro, de que en España no me habria ocurrido el menor escrúpulo en este instante; pero me hallo en país extranjero; esta circunstancia es una voz de alerta que clama siempre en torno nuestro, y me ví asaltado por un sentimiento singular, muy singular en mí. La señorita miraba desde arriba, la pobre esperaba que yo la sirviese, como era justo y natural; pero yo experimenté entonces que en los españoles existe una mezcla de genio aleman y de genio romano; una mezcla de pensamiento y de fantasía, de concentracion y de ligera idealidad, que describe maravillosamente ese temperamento moral que nosotros llamamos hidalguía española. ¡Desdichado de mí! ¡Cuánto me resta que aprender! ¡Cuánto ignoro! Yo no me creia hidalgo: no suponia en mí ese espíritu caballeresco que caracteriza un siglo y una raza; el siglo feudal y la raza latina; y ahora me encuentro con que ignoraba lo que sucedia en mí propio. Indudablemente tengo algo de raza y de feudo, y de ello pudiera ser testigo la mendiga. En vez de recoger el sueldo, como ella me suplicaba y como esperaba la señorita del balcon, la dí dos sueldos y proseguí mi marcha, aparentando que no habia comprendido.

Ignoro qué impresion haria en mis espectadoras mi rebeldía caballeresca; pero ello es que yo caminaba tan ufano como si hubiera hecho una conquista. Pasada aquella ráfaga de caballerismo, empezó á preocuparme la idea de si habria cometido una falta de caridad, una falta tanto más reprensible cuanto que la habia cometido con una pobre anciana.

Mi mujer quiso disuadirme diciendo:

—¿De qué puede quejarse? La has dado el doble de lo que ella te pedia.

—No, respondí á mi mujer. Puede quejarse de mi soberbia, de mi soberbia con una vieja paralítica. La he dado el doble; pero el dar no prueba que se da bien, puesto que muchas veces la simple dádiva envuelve una afrenta; á veces se da la deshonra.

Si yo estuviese paralítico, si suplicase á un transeunte que me cogiera un cigarro que se me hubiese caido al suelo, y el transeunte me diera dos cigarros suyos, yo no aceptaria de ningun modo su presente, y le llamaria orgulloso, presumido, insensato tal vez. Yo no le pedia los dos cigarros que me da, sino un servicio que no me hace, una obligacion que no cumple; si tú quieres llamar á esto caridad, es una caridad que no me otorga, que me niega con cierto alarde de virtud; pero al cabo me la niega, y yo veria en su alarde de virtud un alarde de vanidad.

Mi mujer me miraba con cierta maravilla, al observar la séria importancia que yo daba á un accidente tan pasajero; pero yo estaba herido por una especie de remordimiento, y no pude menos de proseguir: si aquella mendiga no hubiese perdido, como el hábito horrible de la miseria, la justa apreciacion de su decoro, si no hubiese sacrificado su dignidad al embrutecimiento que sigue siempre al desamparo y á la abyeccion; si con la sensibilidad de su cuerpo no hubiese perdido la sensibilidad de su conciencia; si aquella infeliz vieja viviese para la vida del espíritu, como vive para la vida del abandono, seguramente hubiera despreciado la donacion de mi soberbia, la jactanciosa caridad de mi egoismo; seguramente hubiera despreciado una limosna que no escucha un ruego natural; que da dos monedas, y camina ufana porque ha sido altanera y cruel. Si la pobre inválida existiese para el sentimiento de lo que es, como existe para el sentimiento de lo que sufre, seguramente me hubiera afrentado.

—No, amiga mía, no: si otra cosa crees, te engañas: al menos, mi corazon me dice que te engañas. Todos somos hermanos, ante la religion que nos llama por boca de un viejo: más hermanos todavía, ante la sublime fraternidad de la desgracia y del dolor.

He hecho mal, muy mal, y me pesa. Yo he debido coger el sueldo, dárselo á la inválida, sin perjuicio de añadir mis dos sueldos, ó lo que me hubiera parecido oportuno. He ofendido á la paralítica, y la pido perdon.

Mi mujer hizo ademan de replicarme, sin duda para tranquilizar mis escrúpulos, porque tiene demasiado sentimiento moral para no comprender que la razon estaba de mi parte; quiso contestarme, repito; pero tuve la suerte de que se me ocurriera una observacion, á la cual no resiste nunca una mujer.

—Supon, le dije, que tú no conocieras á tu madre; supon que esa mendiga fuera tu madre, ¿habriamos hecho lo que hicimos?

No, es bien cierto que no. ¿Y con qué derecho exigirias tú que un hombre accediera á las súplicas de tu madre tullida, porque tu madre puede tullirse, cuando tú creyeras que yo he hecho bien no accediendo á las súplicas de aquella inválida, aquella inválida que tambien puede tener hijos, como tu madre te tuvo á tí; aquella inválida de la cual tú pudiste ser hija?

Mi mujer contestó:

—Es verdad.

Al desembocar en la espaciosa calle de Montmartre, vi un letrero hácia la derecha que decia: Établissement de bouillon. (Establecimiento de caldo.)

Esta especie, es decir, el que el caldo diese lugar á que hubiera establecimientos, y establecimientos tan importantes como el que vemos, es un hallazgo que nos asombra. Nos aproximamos, vimos varias frutas y dulces en almíbar que están expuestos en los escaparates; pero echamos de ver que hay jarros de flores á cada lado de la entrada principal, y esta circunstancia, unida á la de ser un punto muy céntrico, nos da mala espina acerca de sus condiciones económicas. No quisiéramos un restaurant tan cerca del de Champeaux; pero allí entra multitud de personas, se titula Establecimiento de caldo, y hemos resuelto hacer una nueva experiencia.

No es aún hora de almorzar; seguimos la calle de Montmartre hasta la calle paralela á la de Rousseau, y tiramos por ella hácia la plaza de las Victorias, donde mi mujer tenia que comprar algunas frioleras; si bien no son frioleras para mí, puesto que me ponen en un potro, á causa de ignorar sus nombres en francés. Tambien es cierto que los ignoro en español.

Al subir por la acera derecha de dicha calle, vemos un aviso en que se lee: en el piso principal de esta casa, se da una comida (un diner), compuesta de tres sopas á eleccion, tres platos de carne, tres de legumbres y dos postres, todo por franco y medio. El precio nos pareció sumamente arreglado, resolvimos comer allí, tomamos nota de la calle y número de la casa, y caminamos hácia la plaza de las Victorias.

Mi mujer hizo provision de hilos, sedas, agujas y trencillas; nos dirigimos á la Bolsa con el fin de aproximarnos al restaurant de la calle Montmartre, atravesando el pasaje que llaman de Vivienne, nombre que toma de la calle en que está. En este pasaje hemos visto una curiosidad que no ha dejado de impresionarnos. Hay una porcion de muñecas grandes, con un excelente colorido, ojos perfectos, una cabellera naturalísima, y que tienen la facultad de articular varias palabras, merced á un cilindro interior. Á este cilindro se le da movimiento por un resorte que está debajo de la tabla que sirve de base á la muñeca, de modo que el espectador no se aperciba á primera vista del secreto de aquella operacion.

Hay una que dice: me llamo María y hablo mejor que mi hermana. (Je m'appelle Marie et je parle mieux que ma soeur.)

Otra dice: mi abuela me ha dicho que pasaré el próximo estío en el campo. (Ma grand'mère m'a dit que l'été prochain je serais à la champagne.)

Otra muestra un dechado con la mano derecha, y dice: este es el premio que he ganado en mi colegio. (Voilà le prix que j'ai remporté dans mon collége.)

Esta curiosidad que parece tan admirable, tiene sin embargo una explicacion facilísima, si vale creer en lo que se me ha dicho. El cilindro que está en el interior de la muñeca produce la articulacion de las sílabas, como el que está dentro de un organillo produce la articulacion de las notas musicales, dando un sentido perfecto á la composicion.

En el mismo lugar hemos visto unas aleluyas con motivo de los miriñaques. Estas aleluyas son un verdadero drama cómico, y bastarian para demostrar la excelencia del carácter francés, para el ridículo, cuando aquel carácter necesitára de nuevos testimonios. Hay situaciones verdaderamente oportunas, como aquella en que un marido ve á su mujer dentro del miriñaque, y suponiendo que no podria oirle á la distancia que el miriñaque hacia necesaria, la está hablando con una bocina.

Salimos del pasaje, atravesamos luego la plaza de la Bolsa, y á los pocos momentos entrábamos en el Establecimiento de caldo, calle de Montmartre, número 43. He dicho que entrábamos, y esto no es exacto en rigor. Pretendiamos entrar; pero nos detuvieron, á fin de proveernos de unas papeletas, sin las cuales no está permitida la entrada. Yo quise preguntar al contralor, que así se llama el empleado que da las targetas, sobre el uso á que las habiamos de destinar; pero los franceses son todos adivinos en el instante soberano de hacer un negocio. El contralor comprendió desde luego mis dudas, y se contentó con decirme: allez, monsieur, allez. (Vaya usted, señor, vaya usted.) Estas palabras tienen en francés una significacion más eficaz que en castellano, por lo mismo que significan una especialidad francesa. Allez, monsieur, allez, quiere decir: anda, anda, que allá dentro te arreglarán; ó bien esto otro: estoy haciendo mi vendimia; ¿no ves, majadero, que tengo un racimo en la mano? No seas impertinente, anda y déjame en paz.

La palabra monsieur (señor) tiene un sentido muy gracioso en la frase citada. Viene á significar una cosa muy parecida á la palabra castellana tonto, que de paso sea dicho, es una de las grandes bellezas de que tanto abunda nuestro rico y hermoso idioma. En efecto, el sonido sordo y tardío de este vocablo, suministra la idea exacta de un entendimiento que se despereza, que abre la boca con trabajo, que balbucea un nombre con la lentitud ébria del que se duerme: en el sonido de la palabra tonto hay algo parecido al de la de sapo, y esta única relacion es más que suficiente para darla una propiedad y una fuerza admirables.

Pues bien, allez, monsieur, allez, quiere decir al pié de la letra: anda, tonto, anda.

Yo lo comprendí como lo digo; pero este insulto era un secreto de lenguaje; era un insulto que tenia en su abono el genio de una lengua que hablan en todo el mundo doscientos millones de hombres, y no habia otro remedio que bajar la cabeza y andar.

Entramos en el primer salon del establecimiento y nos sentamos cerca de una mesa de mármol, limpia y lustrosa, sin manteles ni servilletas.

En la targeta que nos dieron á la entrada, están notados todos los artículos disponibles en el establecimiento, con el precio de cada uno al márgen.

La servilleta es el primero de aquellos artículos, y cuesta un sueldo por cada comida.

Pedimos servilletas y sopa de pasta, llamada aquí pâte d'Italie (pasta de Italia) y la criada que nos sirvió, que criadas son todas las que sirven, sacó su lápiz negro, y con el desenfado de un maestro en el oficio, hizo dos rayas en el artículo servilleta, y otras dos en el artículo sopa.

Luego pedimos chuletas de carnero, y volvió á hacer dos marcas en el artículo correspondiente.

Lo mismo sucedió respecto de las demás cosas que pedimos. Concluido el almuerzo, pregunté á la sirviente qué debia hacer con aquella targeta tan decorada.

—Monsieur, allez au comptoir, s'il vous plaît. Señor, sírvase usted ir al mostrador, y señalaba á un mostrador que estaba á la izquierda de la puerta principal, ocupado por dos señoras sentadas.

Estas señoras eran las oficinistas. Me llegué á la que se hallaba más próxima á nuestra mesa, cogió la targeta sin mirar, sumó con la velocidad del relámpago, y estampó la suma y un sello con tinta encarnada. La pregunté si allí debia pagar, me contestó afirmativamente y me dió la vuelta de una moneda de diez francos. El almuerzo nos habia costado cinco francos y trece sueldos, próximamente once reales á cada uno, incluso una botella de vino.

Al salir dimos la targeta al contralor, cuyo oficio consiste en darlas en blanco, y recibirlas con el sello encarnado; penetramos á duras penas á través de la gente que entraba, y, quede aquí escrito en gloria de Duval, amo del establecimiento, esta comida ha sido la menos repugnante á nuestro gusto, por ser la que menos repugna á la cocina española. Este hallazgo nos alentó con la seguridad de que en Paris no nos moriríamos de hambre por falta de mesa, y resolvimos solemnizarlo yendo á un café cantante, desde las seis hasta las ocho de la noche, y al teatro de la Gran Opera, desde las ocho y media hasta las doce.

Teniamos noticia de tres cafés cantantes: el de la Francia musical, hácia el bulevar de la Buena Nueva; el de Moka, en la calle de la Luna, y el del Concierto, calle de Montmartre.

El más importante es el de la Francia musical, exceptuando los tres que hay abiertos en los Campos Elíseos, durante el verano, y adonde no podriamos ir, teniendo pensado asistir á la Opera. Nos hemos decidido por el de la Francia musical.

Disponiendo así el plan del dia, nos dirigiamos al paseo del Palacio Real, de donde pasamos á los jardines que decoran los costados de las Tullerías, por la parte del Sena, con el objeto de evitar el calor. Allí nos sentamos; yo no sabia que me sentaba en sillas imperiales, porque luego supe que todos aquellos asientos pertenecian al palacio y eran gratis. ¡Cosa extraña en Paris, en donde el hombre paga hasta la luz que Dios da de balde al gusano!

Casi tocando con la silla de mi mujer, estaba sentado un viejo militar, de una gran talla, con cabello muy blanco y una de las barbas más venerables que en mi vida he visto. Nos oyó hablar, y nos dirigió en el acto la palabra, con ese aire de jovialidad afectuosa con que tratamos á un individuo de nuestra familia. Hablaba en castellano, de un modo violento; pero que se dejaba comprender.

El anciano que nos dirigió la palabra es un veterano del primer Imperio; hizo en España toda la guerra del año ocho con el grado de capitan. Tiene ochenta y tres años. Su mujer y una hija están en el departamento de Lion, su hija es la directora de correos en una cabeza de partido, y viene á Paris con el fin de buscar empleo á otro hijo que tiene, á su Hipólito, antes de morirse, hora que cree cercana.

Todo esto nos lo dice en menos de cinco minutos, y nos habla con la misma expansion y el mismo júbilo que si fuéramos, mi mujer la directora de correos, y yo su Hipólito.

Estéban Lesperut, así se llama, toca ese grado de lucidez interior, en que el hombre toma la costumbre de amar el pensamiento de la muerte, como si se tratara del último misterio que su destino le ordena descifrar; en que el hombre se ofrece á nuestra fantasía de un modo semejante á la idea de silencio, de espíritu, de historia, de inmortalidad casi, en que el hombre es el canto del tiempo, colocado entre el mundo y Dios, como una estátua está colocada entre el genio de un artífice y los ojos del que la mira.

El buen Lesperut, el cariñoso y honrado Lesperut, abre los ojos con esfuerzo, procura dar vigor á su pupila, sonrie expansivamente, y nos ve y nos escucha con un regocijo que nos tiene encantados.

¡Con qué efusion recitaba las cartas que habia recibido de una Isabel, de quien conservaba recuerdos amorosos! ¡Con qué cordialidad hablaba tambien de una doña Gertrudis, ama de un abogado de Salamanca! Aquel hombre parecia vivir en aquellos instantes con una doble vida.

En Lesperut hemos encontrado un compatriota, un verdadero amigo, un padre. Nos ama como ama el recuerdo de su juventud, de sus proezas, de sus glorias. Ama á los españoles como ama la memoria de su primer emperador. Cuando habla de estos sucesos, habla y llora.

Se acercaba la hora de comer, y tuvimos el sentimiento de abandonar su compañía, no sin prometernos comer juntos al dia siguiente en el restaurant de San Jacobo, calle de Rívoli.

No habian trascurrido diez minutos, cuando nos hallábamos en la casa en donde debiamos comer por franco y medio cada cubierto.

Al entrar volvimos á leer: tres sopas á eleccion, tres platos de carne, tres legumbres y tres postres. Tanta baratura nos aturdia.

Subimos, y la señora del establecimiento nos improvisó una mesa aparte, en una habitacion que estaba á la izquierda, contigua á la estancia destinada á los fumadores. Los dos salones que servian de comedor, estaban llenos de parroquianos.

Esta circunstancia nos confirmó más en la idea de la baratura.

Aquella señora nos sirvió desde luego media botella de vino á cada uno, el pan correspondiente y una sopa de pasta. Luego nos preguntó qué carne queriamos. Nosotros pedimos chuletas de carnero, como para disponer el estómago. Vinieron las chuletas inmediatamente, no parecian malas, y mi mujer dejó escapar una mirada de intencion hácia mí, como si quisiera decirme: amigo mio, esto es otra cosa; este Paris no es aquel Paris.

Comimos las chuletas, y quedamos dispuestos para los otros dos platos de carne. Pero ¡pecadores de nosotros! Nos habian servido una sopa: ¿y las otras dos que ofrecia el aviso?

La señora entró á saber qué legumbres queriamos.

¿Y los otros dos platos de carne? ¿Se quedarán donde se quedaron las dos sopas? Vino un doble plato de judías sin salsa, y me preguntó qué postres eran de nuestro gusto.

Pero ¿y las legumbres que faltaban?

Mi mujer no pudo contenerse por más tiempo.

—¿Qué es esto? me dijo. ¿Dónde están las tres sopas, los tres platos de carne y las tres verduras?

Yo me encogí de hombros y esperé.

La señora entró con dos ciruelas casi verdes, y dos plumas. Las plumas equivalen á los palillos que usamos en España, aunque tienen un doble oficio. Ofrecer un plato con plumas, significa lo que significaba el lego cuando nos miraba con el saco de la limosna abierto.

Aquellas plumas eran una sentencia. Resuelta y decididamente, la comida se habia terminado. No habia más.

Segun nuestro modo de ver las cosas, nos habian escamoteado dos sopas, dos platos de carne, dos de legumbres y dos postres, ó sea las dos terceras partes de la comida: ¡otra vez el doscientos por ciento!

Mi mujer queria á todo trance que pidiera alguna explicacion sobre el hecho, haciéndolo cuestion de energía española; pero yo miré el asunto de otro modo.

Las explicaciones que me den, dije yo para mi capote, no me valdrán un plato; perderé el tiempo, gastaré saliva, se me indigestará lo poco que he comido, y habré hecho méritos para que me tengan por cafre ó por moro, sobre todo si anda por aquí el Sr. Dumas.

Nada; no hay más recurso que pagar; tener muy presente esta casa, y bajar la escalera.

Llamé á la señora, la dí una moneda de diez francos, me trajo la vuelta, dejé unos sueldos (mi mujer hizo un gesto terrible) y salimos de la habitacion.

Al bajar las primeras escaleras, no pude menos de decir sorprendido á mi compañera:

—¿Así te vienes?

Estaba tan atribulada y tan soberbia, tan españolamente soberbia, que se habia dejado el sombrero en una percha del comedor.

A las siete subiamos las espaciosas escaleras del café la Francia musical, entre vistosos jarrones de flores y grandes espejos que nos retratan á uno y otro lado.

La concurrencia comenzaba entonces, y tuvimos ocasion de colocarnos enfrente del pequeño teatro que hay en el fondo, cerca de la orquesta, de que formaba parte un negro muy elegante y muy lustroso.

Probablemente aquel negro ganará más que los otros músicos, puesto que es de más efecto dramático.

Una jóven, que ha venido sola, se llega á la orquesta y cruza dos palabras con el director. Despues pasea los ojos ávidamente por la concurrencia, como si se gozase en recibir todas las miradas.

Es una dama del teatro, una actriz, una artista.

La compañía consta de tres damas y de tres galanes.

Las damas son: tiple, carácter ligero y carácter cómico.

Galanes: tenor, barítono, bufo.

La orquesta preludia y la concurrencia se anima.

Un garçon de frac negro y corbata blanca se acerca á nuestra mesa. Mi mujer pide un té, y yo una copa de Madera con bizcochos.

La orquesta rompe, se abre la puerta del fondo del teatro, y aparece la jóven que vimos venir sola, presentada por el tenor, el cual la trae cogida de la mano con el mayor refinamiento.

El principio fué muy desgraciado para nosotros.

¿No es esa la jóven que entró aquí sola á presencia de todo el mundo? Pues si aquí vino sola, si sola se iria hasta el fin de la tierra, ¿por qué ese coquetismo de que la acompañe el tenor ante un público que está convencido de que no tiene necesidad alguna de compañía? El público sabe que aquella dama no se perderá en el camino: ¿por qué contradecir ese convencimiento que tiene el público, cuando lo tiene con razon?

No, señor, se dice: cuando aquella jóven entró en el café, no era dama del teatro. Ahora lo es, y la cultura tributa ese homenaje á la mujer, á la actriz y al público.

Yo no lo creo así. Creo que el arte da belleza, no moral. Creo que la moral nació con la opinion de la mujer, y que es injusto sacrificar la mujer á la artista, cuando la mujer es la grande artista de la naturaleza.

Si la mujer pudo entrar sola en el café, la cantatriz puede salir sola al teatro, porque ambos son hechos sociales que caen igualmente bajo la jurisdiccion de las opiniones.

Más claro, veo en ese refinamiento un coquetismo, una ridiculez, y creo que la ridiculez y la coquetería no son un homenaje tributado al público, ni á la actriz, ni á la mujer.

El tenor se retiró haciendo cortesías exageradas, y ella quedó en la escena inclinada hácia el público, como la red que baja al fondo para rastrear algo.

La actriz no se engañaba; el público aplaudió.

En seguida cantó un aire nacional con bastante voz, con bastante gusto é inteligencia, pero haciendo mohines que destruian en nosotros el efecto del canto.

La prima donna da fin á su papel, se inclina respetuosamente ante el público, el público aplaude otra vez, se abre de nuevo la puerta del fondo, y aparece el tenor, el cual se la llevó como la trajo.

Despues de mediar un entreacto de orquesta, asoma el tenor. Este tenor es un hombre muy alto, delgado, inmóvil, con un gran bigote tan inmoble como sus piernas.

Cantó con voz llena y poderosa; pero en aquel sonido no habia más que voz.

Sigue al tenor la dama de carácter ligero, calificacion que la viene de molde, atendido el contínuo movimiento de sus piés.

Es una mujer de veinte y ocho á treinta años, baja, un tanto gruesa, lo que se llama rechoncha, y que no puede estar quieta un instante, como el gorrion que salta sin cesar cuando busca algun cebo á su pico.

Esta mujer me suministra la idea exacta de lo que se llama en Andalucía un aire respingon.

Cantó una tonadilla, con su acompañamiento de momos y saltos, saludó al público; es decir, al café, con mucha efusion y cierto gracejo … nada más.

Hé aquí ahora al galan de carácter ligero. Esto no lo hubiera dicho al verlo salir, porque creí que se habia invertido el órden de la funcion. Creí que aquel hombre era el carácter cómico, el bufo, el payaso. ¡Qué gestos! ¡Qué gritos! ¡Qué contorsiones! Pero la puerta del fondo se abre, como sale una bala del cañon. ¿Qué es eso que asoma? ¿Qué es ese bulto que sale corriendo, voceando, con el sombrero calado hasta las orejas, y con un frac cuyas estrechas puntas van golpeando sobre los talones de aquel bulto?

Es el actor cómico. Este actor canta, ladra, ahulla, corre, brinca, salta, se estira, se encoge, se pone de cuclillas, de cuatro piés…. En fin, el hombre que al juzgar de las cosas se deje llevar de las primeras impresiones, no debe venir á los cafés cantantes, sino despues de haber estudiado todas las relaciones de esta sociedad originalísima. Si los ve antes, juzgará mal.

Lo único que puedo decir, es que al presenciar estas escenas tengo dolor de estómago. ¡Tan verdadera, tan filosófica y tan expresiva es la palabra española estomagar! ¡Sí, óigalo Francia, esta culta y poderosa Francia! Estoy estomagado.

—No, señor, vuelven á decir los franceses.

Hay muchos hechos que no son tanto cuestion de lógica, como de costumbre ó de país. Para no extraviarse en la apreciacion de las manifestaciones sociales de este pueblo, es indispensable saber cómo este pueblo vive. Despues de un dia de diligencia y de trabajo, el hombre francés come y viene al café, como quien asiste á un recreo. No le hableis ahora de nada sério, de nada grave, de nada moral. No le hableis de nada que pueda preocuparle y alterarle la digestion. Para eso tiene diez ó doce horas al dia.

Esto se dice; pero no hallo en todo eso una razon que me convenza. Desde luego opino, y es una opinion muy profunda en mí, una opinion en que yo fundo el gran axioma de la vida humana: opino, decia, que no veo cuestiones de país ó de costumbre contra las eternas cuestiones de la lógica: desde luego creo que la lógica es el país universal, la única costumbre necesaria. Si sobre la tierra existiese un pueblo que tuviera el poder de trastornar con sus prácticas y costumbres las ideas sustanciales de lo bueno, de lo verdadero, de lo justo, aquel país seria una diablura, una infamia, una apostasía. No, señores franceses; la Francia está dentro del globo, está dentro de la humanidad, está dentro de los fines providenciales, como una pulsacion de mis sienes tiene su causa en mi cerebro, como una idea de mi alma está dentro de mi juicio. No; no hay países morales para contradecir el grandioso decálogo que una razon unánime ha escrito sobre las leyes del universo. Si alguno de vosotros cree que vuestro país tiene ese privilegio trastornador, entienda que el tal privilegio fuera una herejía.

Vosotros os vais al café con el objeto de recrearos. Nada más justo; especialmente despues de muchas horas de aplicacion y de virtud. Pero ¿de qué manera os recreais? ¿Oyendo maullar? ¿Viendo que un hombre se convierte en gato, para que vuestra digestion no se turbe? Pues ¿qué digestion es la vuestra, que sólo se hace bien contemplando que un semejante vuestro se degrada? ¿Creeis por ventura que no es degradacion para un hombre el hacer oficios de lobo, puesto que ese hombre aulla? ¿No ois los aullidos? ¿Eso os recrea? ¿Eso ayuda vuestra digestion, señores franceses?

—¡Así nos recreamos!

—¡Ah! Si no teneis más razon que esa, me callo.

Un hombre ponia candentes unas varas de hierro, las cogia con la necesaria precaucion, se acercaba de un modo imprevisto á sus criados, y les quemaba las piernas, los brazos ó el cogote. Los criados saltaban, gritaban, hacian gestos, y aquel hombre se distraia tambien con aquellos gestos, con aquellos saltos, con aquellos gritos.

—Así me recreo yo, podria contestaros aquel hombre.

No os disputo el derecho de divertiros; sino el derecho de divertiros contra lo que se debe al decoro, á la moral, al hombre, porque no hubo, ni hay, ni habrá nunca derecho para obrar contra el hombre, contra la moral, contra el decoro; de la misma manera que no hubo, ni hay, ni puede haber luz en el espacio para derramar las tinieblas en nuestra pupila.

Recrearos, sí: recrearos á costa de un semejante vuestro que hace el gato, el perro, el gallo, la gallina, el lobo, hasta el cocodrilo, si cupiera: no, mil veces no. Eso no es recreo, porque no es arte, porque no es humanidad, porque no es ni decencia.

—Si aquí vivieras algun tiempo, le contesta: si aquí perdieras ese gusto extranjero que te presenta como repugnantes los hábitos de esta sociedad, acabarias por asistir á estos espectáculos y por recrearte como nosotros.

Tampoco me convence esta prueba. En una ocasion padecí vigilias, hasta el punto de estar diez y siete dias sin dormir un instante. El médico me aconsejó el ópio; yo me negué, y recuerdo que el médico me decia: si usted se acostumbrara á usar de aquel narcótico, lo usaria al cabo como ahora puede usar de los dátiles, por ejemplo.

Puedo acostumbrarme á los cafés cantantes, como puedo acostumbrarme al ópio, al veneno, á la disolucion. ¿De qué manera?

Relajando mis aptitudes físicas y morales; destruyendo en mi organizacion la ley natural, el dogma de mi sér.

Si hay razon para decir que me acostumbraria á una accion degradada, y que llegaria á gozar en ella, habrá razon tambien para que el bandolero me diga: vente con nosotros, desecha escrúpulos, no temas. Luego que te acostumbres, nuestra vida errante te hará gozar con los peligros de una hazaña; nuestra cueva te parecerá tan hermosa como un palacio; te creerás un héroe, como nos lo creemos nosotros.

Si vale raciocinar de esta manera, no hay criterio en el mundo.

Aún considerado únicamente como recreo, como medio de digestion, mi estómago se levanta mal humorado, y es un testigo que depone inexorablemente contra un espectáculo semejante.

Sin embargo de que no soy francés, haria cualquiera sacrificio á trueque de lograr que este pueblo no digiriera alegremente, que este pueblo no hallara goces al presenciar que un hombre se agacha, se pone en cuatro piés y ladra como un perro.

¡Contradicion inconcebible! Yo comprenderia que esta degradacion no repugnara, cuando la persona degradada fuera un inglés, un cafre, un indio; pero ¿cómo no he de acostumbrarme cuando es un hijo de esta nacionalidad tan celosa de su reputacion?

Digo del payaso de estos cafés cantantes, lo que del verdugo. Para persuadirme de la inconveniencia social de que existan prácticas tales, me basta saber que hacen de un hombre un oficio infame y burlesco, una sátira.

En nombre de la conciencia humana y del genio de nuestro país, suplico á España que importe en buen hora la costumbre del café cantante; nada más natural que se recree y se civilice oyendo cantar en un café, quien no puede ir al teatro: esto tiene una gran influencia moral, puesto que levanta el sentimiento de la clase trabajadora, y la da decoro, porque la da estimacion de sí misma, y la separa de hábitos viciosos, únicos donde antes hallaba la satisfaccion de ciertos goces, goces que son la recompensa inevitable de muchas horas de fatiga: traiga en buen hora un recreo digno y moralizador; pero de ninguna manera el payaso; de ninguna manera la sátira.

Si tras de lo uno ha de venir lo otro, que se queden ambos allá. Por mi parte, renuncio á ese legado de una civilizacion falsa y ruin, una civilizacion que merece este nombre, como merece el bandolero la calificacion de héroe.

Venga el canto; venga la bella arte; vengan la moralidad y la instruccion de una cultura poderosa; la cultura del sentimiento; que no venga la infamia. Doloroso es que allí quede; pero más doloroso seria que allí se quedara y aquí viniera.

Sentiria un vivo pesar, si viese alguna vez reproducida en mi país esta costumbre degradante.

¡Qué! ¿Juzgas quizá que tu país es más morigerado que Francia?

No; no creo eso. Creo que los españoles de hoy son más dados al crímen que los franceses; creo que en España se cometen muchos más delitos, creo que la ventaja á favor de este pueblo es muy notable; pero creo, sin embargo, de que en España hay más sentimiento moral, más gérmen de conciencia, más virilidad y más fortaleza en nuestras acciones. Creo que veria en aquel payaso un artificio servil y grotesco; un buen humor que no haria las mejores migas con el respeto que nos debemos por nuestra propia dignidad. Esta es la palabra, á mi modo de ver. Me parece que los españoles somos más amantes de nuestra dignidad.

Nuestra tierra está peor cultivada; sí, doy la razon á Francia en este sentido; pero mal cultivada y todo, me parece que si se escarba se encuentra más jugo.

¿Cómo se explica ese fenómeno?

No es este el lugar de la explicacion.

Pagamos un franco por el té, otro franco por la pequeña copa de vino de Madera, y otro por los bizcochos, el doble de lo que dichos artículos valian. Yo los hubiera dado con gusto, á no haber mediado el hombre que ladraba. Esta memoria me amargará toda la vida el corazon.

A las ocho estábamos en la calle de Lepelletier, ante el teatro de la Grande Opera.

El local en donde se expenden los billetes está lleno, aún no han abierto el despacho, y no hay más remedio que ir á contaduría, sin embargo de que cada asiento nos costará un franco ó dos sobre la tarifa ordinaria.

Esto está dispuesto con intencion. Abren el despacho general media hora antes de comenzar el espectáculo, y este tiempo basta difícilmente para expender los billetes de las localidades baratas. Así sucede que casi todas las localidades de preferencia tienen que buscarse en contaduría, pagando un sobrecargo de cuatro, ocho y hasta diez reales por asiento, lo cual monta á una suma muy respetable en el trascurso de una temporada.

Un jóven saboyano nos guió á contaduría, y nos proveímos de dos asientos de palco principal, únicos que quedaban pareados, mediante once pesetas cada uno.

Penetramos en el teatro, cuyo pórtico no deja de tener cierto aspecto de majestuosa austeridad. Una escalera espaciosa y bien iluminada nos conduce al piso primero. La sala de descanso, aunque provisional y un tanto estrecha, ofrece una vista imponente. Tiene de longitud toda la anchura del teatro, longitud que aparece triple por el juego de espejos en las extremidades; está alumbrada con profusion y decorada con sencillez y gusto.

La presencia repentina de esta gran sala impresiona muy bien.

Los pasillos son anchos, hay tanta luz como si estuviéramos en medio del dia, y todos los contornos exteriores de la escena suponen un interior brillante. La impresion decae en este sentido, y decae mucho. La vista interior del teatro de la Grande Opera, está muy distante de llenar la ilusion de que el extranjero se deja ganar al subir la escalera, al atravesar los pasillos, y al prolongar una ojeada casi respetuosa á lo largo de la brillante sala de descanso.

La gran elevacion del teatro le comunica cierto aire solemne, pero sombrío, patético. Parece más teatro de tragedia que de canto y de baile.

Los patios de nuestros teatros, tan bulliciosos, tan variados, tan bellos, no tienen en este notable edificio un lugar que se le parezca. En vez de butacas, hay banquillos mezquinos y espesos. Las señoras no tienen allí entrada; de modo, que no se alcanza á ver sino un grupo uniforme, silencioso, triste. Parece que aquello está ocupado por un solo hombre; un hombre que se hacina de la misma manera en todas partes.

Los palcos son cortos y profundos, lo cual hace que la concurrencia no se pueda mostrar completamente, comunicando al todo la gracia de la variedad y la grandeza de la muchedumbre. Lo único que produce un efecto verdaderamente teatral, es el anfiteatro, circuido de graciosas barras doradas, con lujosos asientos accesibles á la mirada de los espectadores.

Esto no es decir que el teatro de la Grande Opera no sea un magnífico coliseo, tanto por su extension, como por sus trabajos de pintura, escultura, dorado, y por su excelente y bien servida escena. Lo que digo es, que este magnífico coliseo no se presenta á nuestros ojos tan magnífico como lo habia imaginado nuestra fantasía; como debia serlo, atendida la importancia de una ciudad como Paris.

Este teatro no está á la altura de las Tullerías y del Louvre, del Panteon, de la Magdalena, de Nuestra Señora de Paris, del Luxemburgo, del Cuerpo Legislativo, del Senado, del Arco de la Estrella, de la Bolsa, de las Casas Consistoriales ó del Palacio de la Industria.

No temo decirlo. Esta gran ciudad no tiene un teatro; lo tendrá, el nuevo teatro será tal vez el primero del mundo en riqueza y arte, pero hoy no lo tiene.

Cuando se gira en un espacio grande, todas las distancias parecen pequeñas; acaso mi cálculo se equivoca; pero comparada la idea que tengo del teatro Real de Madrid, con la impresion que este coliseo produce en mi ánimo, el teatro Real se me ofrece más rico, más animado, más hermoso, más deslumbrador: me deja más el gusto de lo que debe ser un teatro.

No hablo de la propiedad y del servicio de la escena. Creo que es muy superior la que aquí miro, no sólo en ornato, sino especialmente en carácter. Aquí cada decoracion es lo que debe ser, y no se halla minuciosidad que no esté satisfecha cumplidamente.

Esta noche se repite la ópera El Profeta, puesta en escena cincuenta y ocho veces, lo cual supone que ha dado lugar á una entrada por valor de cuatro ó cinco millones de reales.

La poesía es francesa; la música, francesa; los cantantes, franceses.

Es verdad que este espectáculo no tiene el sabor de la ópera italiana. Digo de la poesía, de la música y aún del canto, lo que antes dije de las estátuas; lo que diria de las nubes, de las flores, hasta de los granos de arena. En Italia todo es más bello, porque todo tiene la triple belleza del cielo, de la tierra y de la historia. Sí, Italia es más bella hasta en sus infortunios, en sus ruinas, en sus lágrimas; pero bello es tambien un pueblo cuya infatigable creacion ha sabido dotarse de una escuela que no está en su índole; una escuela en cuya formacion ha tenido que lograr del deseo y del trabajo, lo que le negaban la tradicion y el genio: bella es esta Francia agrupando á sus hijos bajo el sentimiento generoso de un arte suyo. Yo la aplaudo, la honro, la venero tambien; yo saludo con entusiasmo esta solemnidad, producto increible de tantos conatos y tantos esfuerzos, mientras que deploro que una generacion más poética, más artística, más árabe, fluctúe todavía entre la degradacion del drama y de la ópera. Deploro que España, la Italia del Océano, como la Italia es la España del Mediterráneo, ande todavía á vueltas con esa confusion, con esa algarabía que se llama zarzuela.

En este momento viene á mi memoria el teatro de Jovellanos, y ¡cuan mezquino me parece!

No obstante, hay que ser justos. Tengo para mí, como cosa evidente, que la zarzuela es una mezcla impura y hasta repugnante para toda persona que tenga la emocion del arte verdadero; pero si la zarzuela ha de hacer en España lo que el vaudeville ha hecho en Francia; si consideramos en ella un medio que ha de conducirnos á la posesion del verdadero arte, tenemos que aceptarla como una elaboracion nacional que ha derribado una antigua taberna, para levantar un nuevo coliseo; una elaboracion que representa ya una gran suma de intereses y de profesiones; una influencia poderosa que comunicará á la muchedumbre un gusto transitorio, el cual la empujará hácia el gusto definitivo: esto es, hácia la ópera española. Á este fin deben dirigirse todos los esfuerzos. Si así no sucede, nos sobrará razon para decir que anda por medio la ignorancia ó el egoismo. Entre tanto, más vale algo que nada. El adagio que dice para poca salud más vale ninguna, es anti-cristiano, es inmoral.

La ópera El Profeta se ha ejecutado, no con esa liberalidad inspirada y espléndida del genio italiano; pero sí con una grande maestría, no sólo en la parte de canto, sino en el servicio de la escena y en las disposiciones dramáticas de los grupos.

En cuanto al libreto, baste decir que es un drama francés: hábil, muy hábil; pero acompañado perfectamente de sombras chinescas. Aquí se canta, se baila, se reza, se siega la míes, se recoge y se patina. La operacion de patinar duró arriba de cinco ó seis minutos, y el público unánime aplaudió á toda orquesta. Es verdad que patinaron maravillosamente; pero mientras que corrieron patines, yo vi correr patines; pero no vi la ópera. En resumidas cuentas, la ópera fué acaso lo que menos aplaudió el auditorio.

Soy el primero en reconocer su habilidad singularísima á este arte; pero estoy viendo que tanta habilidad no consiste las más de las veces, sino en causar efectos contra la verdad de las cosas. Hagamos sentir, despertemos impresiones nuevas, y lo demás salga por el postigo.

La accion pasa en Holanda; en Holanda hay lagos helados; sobre estos lagos patinan los hijos del país. Pues bien, ensayemos diez ó doce parejas de ambos sexos durante quince ó veinte dias, y demos este nuevo espectáculo al pueblo parisiense. Los patines tienen que ver con la accion que se representa, como yo con el califa de Badgad; pero si la ópera no tiene que ver, tiene que ver la empresa, tiene que ver el público que aplaude á los patineros y patineras; el público que digiere agradablemente viendo patinar; esto conviene al negocio, y el arte calla, cede, entra en el club, se hace cómplice. En cambio se hace rico. Es un drama á que conviene este doble título: RICO Y CÓMPLICE.

No niego á la escuela francesa grandes arranques, grandes gérmenes de progreso, intencion deliberada y profunda alguna vez, pero la lógica y la conciencia, el juicio y la moral, salen generalmente con los tiestos en la cabeza.

El lector supondrá que no he venido á la Grande Opera, con el sólo objeto de ver la ópera y el teatro, cuando hay otros objetos dignos de curiosidad y de estudio. Me trae el deseo de conocer, aunque no sea sino á vista de pájaro, la sociedad de alto coturno.

Con este fin estuve muchas veces en la gran sala de descanso, y atravesé otras tantas los pasillos y las avenidas del anfiteatro y palcos principales.

Entre algunos ornatos de un efecto bien comprendido ¡cuántas composturas exageradas y ridículas! ¡Cuántos disfraces! ¡Cuántas máscaras! Recuerdo que una señorita llevaba en la cabeza un aderezo, que difícilmente podria pasar en la cabeza de un caballo de gala.

Es indispensable asistir á estas escenas prácticas de la vida, para aprender, á costa de dolor y de hastío, cuán fecunda y moralizadora es la naturaleza.

Sin quererlo nosotros, ¡con qué evidencia se aprende aquí que los postizos en la mujer hermosa, sólo son buenos para desfigurar su hermosura: que los postizos en la mujer fea, sólo son buenos para añadir un realce nuevo á su fealdad!

¡Con qué lucidez comprendemos aquí que una mujer sencilla no puede ser nunca repugnante, porque no puede repugnarnos una belleza!

¡Pasion desdichada! ¡Cuántas mujeres se arruinan buscando fealdad en el ridículo, mientras que el cielo las da gratis la belleza de la sencillez!

¡Yo siento esta evidencia en medio de este foco deslumbrador, y bendigo al genio providente que hace del tiempo un vaso indestructible, en donde deposita la emanacion divina de su verdad!

Salimos del teatro á las doce y media. Esperamos que la calle de Lepelletier se despejase un poco de los infinitos carruajes que la ocupaban, y yo no podia menos de decirme entre tanto, al mismo tiempo que contemplaba el frontispicio de la Grande Opera: ¡qué poco sabrá más de un espectador las intrigas y los misterios que se disputan las horas del dia y de la noche, bajo la techumbre de esa enorme bóveda!

Ahí, en ese teatro, en ese harem de Europa, se revuelven trescientas ó cuatrocientas bailarinas, redoma donde queda encantada una gran parte de la aristocracia de Paris. ¿Comprendeis de este modo que el director de ese teatro sea uno de los primeros personajes de esta ciudad casi fabulosa?

No puedo decir más.

Llegamos al hotel á la una, y así terminó el dia décimo cuarto.

=Dia décimo quinto=.

Lesperut.—Anatomía de la vejez.—Restaurant de la calle de Montesquieu.—Elemento sajon.—Elemento árabe.—Restaurant de San Jacobo.—Historia de un magnate francés.—Pesares de Lesperut.—Proyecto de visitar á Sevres y Versalles.

Lo primero que hemos hecho al despertamos, ha sido hablar del viejo Lesperut. Su memoria nos preocupa extraordinariamente. Hemos hablado mucho de su aire franco y cariñoso, de la trasparencia que creimos ver en su cútis, de una diafanidad especial que está pintada en todo su semblante, como si participara en cierto modo de la inmensidad de la muerte. De idea en idea, de reflexion en reflexion, hemos llegado á hacer casi una anatomía de la vejez.

Cuando proyecté escribir estos apuntes, ofrecí al lector en mi conciencia no ocultarle nada de lo que yo pensase y sintiese. Estas insignificantes reflexiones pertenecen tambien á mis benévolos y queridos lectores.

Yo creia hasta ahora que en la vejez no habia más que un período. El viejo Lesperut me ha enseñado que existen dos, y por señas que son bien diferentes.

En el primer período descubro cuatro caractéres dignos de un estudio curioso y apasionado. ¿Quién no ha visto canas en la cabeza de su padre ó de su abuelo? ¿Quién no ha de tratar con un anciano? Yo puedo decir que en las siguientes consideraciones me ha guiado menos el juicio que la pasion. En la memoria inextinguible de mi padre, amo la memoria de un viejo.

¿Cuáles son los cuatro caractéres de que hablé?

La reserva, la intolerancia, la censura y el egoismo.

La reserva es el producto de los desengaños.

La intolerancia es el resultado inevitable del que ha aprendido; pero que ya no puede aprender, y vuelve los ojos tenazmente hácia lo que aprendió. Sin esto, no sabria nada ó casi nada: ¿cómo ha de conformarse en creer que la vida no ha dejado en sus canas ninguna ciencia, cuando esas canas representan la ciencia de la vida? Sus cabellos blancos y sedosos son oráculos para él. ¿Quién va á persuadir á un oráculo contra sus profecías?

Así como la intolerancia viene del juicio, de la inteligencia, la censura viene del sentimiento. La censura es la intolerancia del corazon, como la intolerancia es la censura del discurso.

El viejo no puede sentir, no puede gozar, y reniega de aquello que ya no puede poseer. Desea, pero desea en balde, y este mismo deseo le hace apóstata de los bienes que está deseando. Es como el amante que ama con tal delirio, que da veneno al propio objeto de su amor.

El viejo no puede gozar; y cree que en el goce no están las condiciones morales y elevadas de la vida; cree que es un sueño, una decepcion, un frenesí: hé aquí el censor perpétuo de la juventud.

El egoismo es el carácter más universal y más profundo de la vejez, porque se refiere á objetos que tocan más inmediatamente su existencia.

La reserva, la intolerancia y la censura se refieren á la opinion extraña: el egoismo asienta su pié sobre el instinto de la conservacion, es como una gota que cae del manantial de la vida.

El viejo observa que la vida se va, y cuanto más léjos la ve, con más ánsia la quiere seguir. No le disputeis eso, no disputeis con él para persuadirle de que sus ojos no deben ver, de que su sangre se debe helar, de que sus sienes no deben latir; para persuadirle de que esa creacion cuyas maravillas arrancan una fervorosa y sublime plegaria de su boca trémula, debe desaparecer en un instante ante la aparicion enlutada de un ataud. No le hableis sobre el particular; si le hablais, vereis que el viejo se frota las manos y encoge los hombros en señal de conformidad religiosa; pero si penetráramos en su alma, veriamos que se frota las manos para despertar el calórico, ese calórico que parece ser en los ancianos la esencia íntima del deseo. El viejo aparentará conformarse, os sonreirá, si conviene; pero estad seguros de que en aquel momento os odia; estad seguros de que una sonrisa de hiel vierte una lágrima sobre su corazon.

¡Ay del mundo, si se rociára la cabeza con aquella lágrima!

No le hableis al viejo del sepulcro, por la misma razon que no debeis hablar al niño de la cuna.

Haced de modo que una criatura diga á un viejo: ¿abuelito, qué hará usted en la sepultura?

¿Abuelito, hacia usted muchas travesuras cuando era niño?

Estudiad la cara del viejo al oir estas dos preguntas, y este estudio nos dirá más que toda la filosofía teórica.

Hay otra razon para que el anciano sea egoista en el primer período.

Vuelve la vista, descubre un gran espacio de tiempo, cree dominarlo, cree poseerlo, en esta posesion está toda su vida, y su vida es suya. El anciano se juzga amo de ese tiempo que él ha medido, como el geómetra se juzga amo de su compás. El anciano dice en sus adentros: todo eso es mio; ¿quién es ninguno de estos recien venidos, de esos forasteros, de esos imberbes, para disputarme la religion de mi memoria, mi memoria que es mi cendal de lágrimas y mi corona de laurel, mi martirio y mi poesía.

Todo eso es mio, el que lo toque es un profano. Sabe que el hablar tiene sus peligros, y calla: hé aquí la reserva. Cree que vivir es saber; él ha vivido; mas está persuadido de que sabe más, y no ceja un punto: hé aquí la intolerancia. Cree tambien que lo que su Hacedor no le concede, no debe ser bueno en ningun otro hombre; su Hacedor le niega las pasiones activas y fogosas, la voluptuosidad, el deleite, la emulacion, la fantasía, y ve en todos los goces anteriores otros tantos hechos rebeldes. Hé aquí la censura.

Repara que el vaso en que bebe se queda vacío, entonces siente doble sed, y tiene doble prisa en llenarlo. ¿Seria necesario que para conseguirlo se transformara el mundo entero? Pues transfórmese el mundo; pero llénese el vaso. Hé aquí el egoismo.

Por otra parte, ha pisado más tiempo la tierra, el sol ha herido más tiempo su pupila, las melodías de la naturaleza han halagado más su oído; en una palabra, ha existido más, y ama más la existencia, como á medida que más amamos, más nos acostumbramos á amar lo que sentimos, y nos apasionamos más de este sentimiento, porque la pasion no es otra cosa que un afecto elevado á costumbre. Hé aquí tambien el egoismo.

Pero hay otro período en que el viejo tiene la conciencia de que se muere, en que siente morirse; conciencia depurada á fuerza de dolor, como vemos que el humo de una hoguera se va depurando á fuerza de arder: el viejo pierde la sensacion grosera, como el fuego pierde el humo negro, á proporcion que se va quemando la parte leñosa del combustible: su oído se dispone á escuchar otras armonías; la soledad misteriosa y profética del sepulcro hiere su corazon; piensa en esto como se oye una poesía ó un canto á lo léjos, entre las brumas de una noche tranquila: la cara del anciano adquiere una expresion ingénua, inocente, diáfana: su aliento parece ser un soplo más sutil que el aire de la atmósfera, un soplo que sube como el aroma de las flores: mira, y ante sus ojos parece agitarse el velo religioso que nos oculta cómo se vive más allá!

El viejo de este último período, es el ministro de la revelacion y de la calma; la conciencia que se toca y se oye á sí misma: es el ángel de la esperanza que se despide del ángel de la vida, aunque la esperanza es vida tambien. Perdóname, lector, estas fastidiosas digresiones.

Salimos de casa á las diez, y discurriendo casi maquinalmente por la calle de Montesquieu, notamos que entraban y salian muchas personas del número 6. Nos aproximamos, dirigimos hácia el interior del piso bajo una mirada escudriñadora, y desde luego convinimos en que aquel edificio debia ser una iglesia ó bien un teatro. Pero examinando un momento la entrada, vimos que á la derecha del portal habia una mujer partiendo ostras. Decididamente, esto no puede ser ni teatro ni iglesia. Miro á lo alto de la entrada y descubro una enseña con este rótulo: Establecimiento de caldo. Yo lo leia y no me parecia prudente creerlo; mi mujer no lo creia tampoco.

Penetramos…. ¿Cuál no fué nuestra admiracion? Véanos el lector en una inmensa sala, cuyo techo está sostenido por delgadas y elegantes columnas de hierro. Hácia los lados hay dos filas de mesas de granito rojo. En la fila que circuye las paredes del establecimiento, cada mesa está separada por un aparato de madera bruñida, imitando biombos, con el objeto de impedir las corrientes del aire. Cada mesa tiene un mecanismo que provee á los comensales del agua de Selz, composicion que tiene por objeto quitar la crudeza al agua del rio, sin embargo de estar purificada. Enfrente de cada mesa hay un espejo de buen tamaño. En medio de la sala se ven dos torreones, como si fueran pedestales, decorados exteriormente por lozas finas. La parte superior de aquellos pedestales ó torreones está coronada de flores del tiempo, y por una figura de bronce, la cual arroja hácia lo alto un hilo de agua.

Rodéanles una verja circular, por entre cuyos hierros alcanzamos á ver los aparatos de cocina.

En fin, aquellos torreones, lo que nosotros creiamos altares, no son otra cosa que las chimeneas de aquel enorme establecimiento; altares consagrados á otro culto no tan elevado, pero no menos indispensable. Es bien seguro que no hay un templo en todo Paris, que cuente con una cofradía más constante, mas exacta, más fiel.

En los cuatro ángulos de aquel magnífico coliseo, porque coliseo parece, se hallan cuatro escaleras espaciosas, las cuales, conducen al piso principal, en donde hay otro órden de mesas, dispuestas como abajo.

Tiene una puerta grande de entrada, y dos laterales para la salida. Enfrente hay un hombre sentado que da las papeletas; en cada puerta lateral hay otro que las recibe con el sello encarnado, en señal de que la cuenta se ha satisfecho.

A izquierda y derecha están los mostradores de la oficina, y en cada uno dos señoras sentadas para la suma de las papeletas y la impresion del sello.

De manera que el personal del establecimiento consta del jefe, de tres contralores, cuatro señoras oficinistas, diez cocineras, veinticinco criados y multitud de dependientes, hasta el número de ciento diez individuos.

Caben holgadamente en ambos pisos quinientos ó seiscientos comensales, y no bajan de cuatro mil los que componen la parroquia ordinaria, produciendo un ingreso de 25 á 30.000 reales diarios.

El amo de este restaurant increible, lo es tambien del de la calle de Montmartre, mencionado ya, y de otros cuatro establecidos en diferentes puntos de Paris.

Resta saber á mis lectores que el poseedor de esta gran fortuna es un carnicero, el carnicero Duval, y que todo esto le ha venido de la carnicería.

Trabajo cuesta comprender cómo un comercio de esta índole, ha podido darle ganancias para irse creando una renta diaria de 8 á 10.000 reales.

El mismo Duval proyecta actualmente abrir una carnicería, por la parte de la Magdalena, en cuyo decorado y utensilios se gastará sobre un millon. Las vasijas para contener las cabezas de las terneras, serán de plata, y su peso no bajará de veinte arrobas cada una, sólo lo cual supone un valor de veinte mil duros, inclusa la mano de obra.

Bien es verdad que Paris carece de ejemplos análogos. El pasaje de Vero-Dodat, que vale algunos millones de francos, pertenece hoy á la viuda de un salchichero.

Imposible parece que una ciudad tan ideal, tan fantástica, tan exquisitamente poética, haga ricos de tal manera á los vendedores de salchichas y de lenguas de vaca; aunque este vendedor de lenguas de vaca, y aquella vendedora de salchichas, no son vendedores de cualquier modo: son artistas tambien.

Séanlo ó no, yo me guardaria muy bien de tomar esta circunstancia en desdoro del pueblo francés.

Duval es carnicero, y bajará al sepulcro. El ama del pasaje de Vero-Dodat es salchichera, y salchichera se irá á la sepultura. Aquí encuentro yo ese carácter consecuente, austero, honrado y laborioso, que distingue á los pueblos del Norte, á la raza sajona.

Si aquello ocurriera en algunas provincias de España, la salchichera se llamaria la señora condesa de Vero-Dodat, y el carnicero el señor conde de la Cola Bermeja, del asta de ciervo (por no decir de toro), ú otra cosa por el estilo, y las familias de estos pobres magnates, ni sabrian ser magnates ni salchicheros; no sabrian ser nada, no serian nada, y hé aquí el cero conteniendo en su redondez negativa todas esas cifras sociales.

A los hijos del carnicero sucederia lo que hoy sucede á muchos hijos de la historia, á muchos hijos de Pelayo que yo conozco, y de quienes no quisiera acordarme, como no se queria acordar nuestro Cervantes del lugar de la Mancha.

¿Qué era el feudalismo, la gerarquía de los señores, sino la holganza convertida en virtud suprema, en una especie de cánon sagrado?

Y ¿qué razon hay para llamar señor á quien nada útil hace, que para nada sirve, que á nada bueno aspira; que pone un brazo sobre otro brazo, y contempla así la obra universal, que así paga la deuda inmensa que contrajo desde que abrió los ojos á la luz, desde que recibió la caridad de tantos séres? ¿Qué razon hay para llamar virtud á una nulidad, para llamar sabiduría á un idiotismo?

Los españoles serian muy inferiores con su condesa de Vero-Dodat, á los franceses con el nombre sencillo y honrado de su salchichera.

En muchas provincias de nuestro país no se piensa sino en ganar cinco ó seis mil duros, para comprar un baston de borlas y hacer el doctor, ó el paseante en córtes.

Esta es la verdad, y tengo una sagrada obligacion de no ocultarla á nadie, especialmente á quien el consejo puede aprovechar, á quien tiene tambien obligacion de corregir sus vicios.

Y cuidado, que no soy yo de los que creen que este achaque de nuestro país viene del clima: esto es, de una necesidad de la naturaleza, de una hora mala que nos ha tocado en el reparto del dia providencial, no.

El clima de España no es de tal índole que el español deba abrir la boca y estirar los brazos, como los que moran en la orilla del Ganges; que deba dormirse como el natural de los valles de Cachemira; que deba evaporar su vida entre ópios, mujeres y aromas, como los árabes del Yemen.

Aquel achaque de algunas provincias de nuestro país, no procede tanto del clima, ni del genio de nuestra raza, raza tan activa, tan enérgica, tan creadora; la raza de Aténas y de Roma absorbiendo al mundo; no procede tanto de ese orígen, repito, como del cruzamiento de castas diferentes, de sus tradiciones y de sus hábitos.

En nuestro país domina más que en Francia ese idealismo oriental; esa atmósfera vaporosa de los asiáticos, la religion del éxtasis absoluto; orientalismo que unido á nuestro genio por la dominacion morisca y árabe, produjo una casta mestiza, indefinible; más indefinible en España que en pueblo alguno de la Europa: la casta de donde salieron el caballero andante, la dama idolatrada de los torneos, el aventurero de lanza en ristre, el poeta druida, el trovador guerrero, peregrino y apasionado; la casta que empezó á deslindarse en dos grandes períodos de hazañas heróicas y de crueldades terribles; dos períodos representados en primer término por dos hombres muy célebres, el Cardenal Cisneros y D. Juan de Austria.

La famosa batalla de Lepanto no es otra cosa que el deslinde de dos caractéres confundidos; el deslinde entre el genio latino y el genio asiático, entre la Europa y el Oriente.

Pero tengo que dar de mano á otras muchas consideraciones, que acaso no se adaptan á la índole de los cuadros que aquí me propongo bosquejar.

Decia que nuestros conatos de ocio y de caballerismo fantástico no proceden del clima, sino de la mezcla de sangre y del imperio de la costumbre.

Llevad el pueblo catalan á la Andalucía, y el pueblo catalan será laborioso; no lo será tanto como viviendo entre peñascos de donde ha de arrancar el pan que come y el vellon que viste; pero será siempre trabajador.

Haced que el pueblo vascongado ocupe la Grecia ó la Italia, y le vereis emprendedor siempre, siempre atareado, siempre moviéndose y realizándose en todas las esferas de su actividad.

¿Por qué? Porque los vascongados y los catalanes, así como los mallorquines, tienen más elemento germánico, más raza scita, más hábitos de aquel elemento, más tradiciones de aquella raza.

Por el contrario, Andalucía, Valencia, Murcia, Alicante, el mismo Aragon, tienen más de ese hombre que se acuesta á lo largo de un diván, que abre la boca para aspirar las brisas de la tarde, que sujeta á veces la respiracion porque la ahogan los perfumes, que empaña el aire con las bocanadas voluptuosas de su pipa, ó que se disputa á la experiencia de la vida, cerrando sus ojos entre las ruinas veneradas de un mausoleo, bajo la copa de un ciprés, á la sombra de una palmera.

Los franceses son más sajones; están más depurados de la raza árabe, en cuanto á la industria y al comercio, aunque en cambio han exagerado la voluptuosidad del Oriente en las creaciones del arte.

Los españoles caminan hácia allá, caminan á grandes jornadas, de una manera fabulosa; pero la Francia les lleva un siglo en este viaje. La verdad, en su puesto. Así pago, así paga un cafre de allende el Pirineo, el insulto cobarde de un novelista mal educado y aturdido.

Almorzamos bastante bien en el establecimiento de caldo de la calle de Montesquieu, y á las seis y media de la tarde entrábamos en el restaurant de San Jacobo, calle del Rívoli, en donde ya nos esperaban el viejo Lesperut y su hijo Hipólito, teniéndonos reservados dos asientos en su mesa. El venerable veterano se levantó inmediatamente que nos vió entrar, y nos alargó una mano trémula; pero que aún conserva el santo calor del cariño.

No habiamos terminado los primeros cumplidos, cuando el viejo tenia los ojos arrasados en lágrimas.

La comida fué mala, muy mala para nuestro gusto; pero una circunstancia la salvó: estaba embellecida por la amistad, por la franqueza decorosa y por la buena fe.

Entre los diferentes sucesos que referimos al anciano, no omitió mi mujer la aventura de los tres platos de carne, de las tres sopas, de las tres legumbres y de los tres postres.

Lesperut nos dijo que no habiamos sufrido engaño alguno, puesto que aquello era una costumbre admitida en Paris.

Aquel aviso significa que los comensales tienen tres platos diferentes, de los cuales pueden elegir el que más les guste.

Lesperut se sonrió luego y añadió con extrema bondad: desde luego se ocurre que no habrá inventado esa costumbre ningun extranjero.

En efecto, la costumbre en cuestion no es ni puede ser otra cosa que una añagaza, inventada por el cálculo nacional para alucinar al hombre no conocedor del país. Yo no puedo suponerme tan inexperto, que vaya á presumir que sólo yo he sido víctima de aquella argucia. ¡Cuántas aves de paso habrán caido en las mismas redes!

Terminado por fin aquel banquete de familia, Lesperut se empeñó en llevamos al café que da vista al paseo del Palacio Real. Yo abrigaba el mismo proyecto, pero no tuve títulos para disputarle el derecho de agasajarnos. Estaba en su país, en su casa: él era el patron.

Al bajar la escalera del restaurant, el viejo soldado se cogió del brazo de mi mujer, con esa perfecta posesion con que un padre ó un abuelo se coge del brazo de su hija ó de su nieta.

Lejos de causarme inquietud ó embarazo alguno aquella buena fe cordial y espansiva, sentia veneracion y regocijo. Lesperut creia á no dudar que en aquel instante le acompañaba la administradora de correos, á quien ama con gran ternura, y no habia motivo para desencantarle de aquella ilusion virtuosa.

Estuvimos en el café hasta las ocho, y despues nos fuimos á sentar en una espaciosa glorieta que hay en medio de aquel paseo animadísimo, arca de la fuente donde los niños echan barquichuelos, ocupacion que es de mi gusto.

El viejo nos contó la siguiente historia, nutrida de detalles y pormenores que yo creo conveniente omitir, en gracia de la brevedad.

Habia ó hay un magnate francés, á quien las adversidades políticas llevaron emigrado á Lóndres. Allí contrajo relaciones con una señora, de la cual tuvo varios hijos, y á quien consumió una fortuna que consistia en diez y ocho ó veinte millones de reales.

Los tiempos mudaron, el emigrado pudo volver á su país, la suerte coronó sus fines, y juzgó llegada la hora de casarse, pero no con la inglesa, no con la madre de sus hijos, que permanecia en su país.

Sabedora la inglesa de los proyectos de su antiguo amante, vuela á Paris, habla con la futura esposa del personaje de esta aventura, la dice que no solicita que el padre de sus hijos les cumpla una promesa que habia empeñado tantas veces, sino que reclama el influjo de ella para que el padre no prive á sus hijos de la fortuna que tenian, y de la que les habia desposeido el antiguo emigrado de Lóndres.

Se ignora lo que hizo la futura esposa del magnate en cuestion; lo que se sabe es que á los pocos dias de esta entrevista, la inglesa recibia una órden de destierro, sin obtener auxilio alguno.

El magnate se casó por fin con la mujer que habia elegido últimamente, y tuvo de ella un hijo. Pero este hijo, por cierta circunstancia que debo callar, no deja satisfechas las aspiraciones de su padre, y hay quien espera que por último repudiará su esposa.

Si esta mujer influyó cruelmente contra la inglesa; si desconoció y afrentó de aquel modo los sagrados derechos de una mujer burlada y de una madre empobrecida; si esto es así (yo no lo afirmo, me guardaria muy bien de afirmarlo); si despues de esto aquella mujer se ve repudiada; si la nueva madre se encuentra defraudada y perdida en su corazon, puede decirse que la maternidad vino á suplir la falta de la ley que no castiga sino los delitos menos horrorosos, los delitos del débil y del pobre. Puede decirse que la maternidad, ese bautismo santo, esa hora divina de la mujer, vino á vengar en una esposa y en una madre el desafuero perpetrado en una madre y en unos hijos.

¡No hay que hacer de la vida un convidado de piedra, porque á lo mejor habla la sombra de D. Gonzalo!

Mi mujer y yo hemos tenido un pesar grave. Á través de la más delicada reserva, entre palabras de consuelo con que el buen Lesperut se anima, hemos penetrado que su hijo Hipólito le ocasiona sinsabores profundos.

¡Pobre viejo! ¿Quién habia de presumir que bajo aquella barba, blanca como la nieve, lustrosa y limpia como el raso, debian ocultarse las penas que causa un hijo desagradecido y volátil?

Desde este momento pierde Hipólito una gran parte de nuestra estima.

Al despedirnos de Lesperut, le manifestamos que no podriamos vernos al dia siguiente, porque habiamos determinado ir á visitar la famosa fábrica de Sevres, pasando desde allí á Versalles, tanto para ver su gran palacio y sus magníficos museos, como para recibir algunas impresiones de una escuela célebre, muy célebre, muy justamente célebre: la escuela del pintor Vernet.

Estábamos en el hotel á las doce. Tomamos un poco de salchichon y de jamon en dulce, más una copa de macon por remate. ¡Poder de Dios, qué vino! Ni es ágrio ni amargo, y es amargo y ágrio, y tiene otra cosa que no sé definir.

Apostaria la cabeza á que no fué este vino el que bebió el capitan Gerardo Lobo cuando escribia:

Ahogo despues mis anhelos En ese licor divino A quien otros llaman vino, Porque vino de los cielos.

Siempre que bebo … no, esto no es beber; es atragantar. Siempre que atraganto una copa, tengo que parodiar por fuerza las últimas palabras de Bruto.

¡Oh virtud, sombra vana, esclava del azar, Ay del que en tí creyó! ¡Oh vino, hiel mestiza que me haces patear. Ay del que te bebió!

Lector mio, hasta la vuelta de Sevres y de Versalles.

=Dia décimo séptimo=.

Sevres.—Las dos figuras.—Importancia social y artística de una fábrica de porcelana.—Versalles.—Sus Museos.—La escuela Vernet.—Impresiones varias.—Vuelta á Paris.—Encuentro en los Campos Elíseos.

A las ocho de la mañana estamos en la plaza de la Concordia, con el fin de tomar el ómnibus que á las ocho y media parte para Versalles, haciendo escala en Sevres.

Nos proveemos de dos billetes de interior, ocupamos nuestros asientos, la hora se acerca, los viajeros se dan prisa, la bocina del conductor da la señal, muévese el carruaje y los Campos Elíseos quedan á la derecha.

He dicho carruaje, y en verdad que no es este el nombre que más le cuadra.

El ómnibus que nos conduce es una lancha cañonera, y una tribu que anda dentro de una casa de palo. En el imperial van veinte pasajeros, otros veinte en el interior, dos conductores en el pescante, y uno en la escalera de caracol con que termina el ómnibus, por donde se sube al imperial.

Siendo generalmente llano el camino de Paris á Versalles, la compañía de estos ómnibus ha hecho construir una vía férrea, la que no sólo evita peso á los caballos, sino que facilita extraordinariamente la velocidad.

A la hora y media, minuto más ó menos, estamos en Sevres.

La historia y descripcion de la fábrica nacional de porcelana establecida en este punto, haria necesario un tratado completo sobre la materia, tarea que no cabe en el plan que me propuse al escribir estos estudios.

Con tal motivo, advierto á mis lectores, que no me fijo tanto, ora en la historia de los hechos, ora en su importancia privada, como en la influencia social que puedan ejercer, acerca de lo cual juzgo yo por las sensaciones que en mí producen.

Entre los magníficos jarrones, floreros y varios utensilios de vajilla que hemos visto, voy á hacer mencion de dos figuras que pertenecen á otro género.

La primera representa á un viejo sentado en un sillon, y á una jóven de pié, presentándole una jícara de chocolate.

La segunda representa á una jóven sentada como el viejo, y á un jovencito que la ofrece un presente de amor.

Las cuatro figuras tienen tules ó encajes estrechos en los remates de sus vestidos, segun el gusto de la época.

La persona que nos conducia nos preguntó, señalando á los tules que decoraban los remates de aquellos trajes:

—¿Qué creen ustedes que es esto?

Yo respondí:

—Creo que es un tul que se ha unido á la porcelana.

Pregunté á mi mujer, y mi mujer creia como yo que era tul.

Nuestro guia se sonrió en señal de triunfo, diciéndonos que no lo habiamos mirado bien.

Nos fijamos más; pero no conseguimos sino ratificarnos en la idea anterior de que aquello era encaje.

Aún á trueque de quebrantar los estatutos de la casa, la persona que nos conducia nos permitió que tocáramos el ribete en que nosotros veiamos positivamente una blonda.

Tocamos; aquel tul no era tul, sino porcelana. Mi mujer y yo permanecimos un poco cortados, puesto que repetidamente hicimos muestras de no creer lo que aseguraba nuestro guia.

Le habiamos desmentido de una manera que le honraba, porque honraba al establecimiento; á veces un mentís es una victoria; pero al cabo le habiamos desmentido.

Vamos ahora al efecto de las figuras.

Al ver al viejo sentado en su poltrona, con la espalda un tanto caida sobre el pecho; con la frente un tanto caida tambien, como si las canas la agobiasen: al ver sus ojos que de soslayo y furtivamente miran á la muchacha como el milano mira á la tórtola, reflejando de un modo tan característico la sábia malicia de la experiencia; al estudiar la cara de aquel hombre, cuya mirada fraudulenta parece pasearse sobre la jóven, no pudiendo adivinar nosotros si se entristece, ó si se extasía devorando un goce que ha muerto en su organizacion, pero que vive y que palpita en su memoria y en su ansiedad: al mirar aquel corazon que ya no late en aquella vejez; al mirar aquella vejez que late aún en aquel corazon: más todavía; al contemplar las piernas del viejo, cruzada la una sobre la otra, mientras que la derecha parece moverse como si quisiera decirnos: ¡quién habia de pensarlo! ¡Quién habia de pensar que aquellos tiempos pasaran tan pronto!

Al estudiar tambien la actitud de la jóven que está de pié á su lado; al estudiar aquel aire confuso y vacilante, como si se hallase cercada por la mirada ávida del viejo, semejante á la cierva que oye gritos por todas partes y no sabe de qué modo huir, ni á qué punto correr: al estudiar el efecto admirable con que inclina la mano derecha que tiene la taza, mientras que la taza se ladea y va á verterse el chocolate; al comprender aquel doble efecto de la mano, doble digo, porque su inclinacion procede tanto del peso natural del plato y de la jícara, como de aquella especie de aturdimiento que la atribulaba: al contemplar estas figuras un hombre dotado de la emocion del arte, no puede menos de llegar á la evidencia perfectísima de que ni la escultura ni la pintura harian más.

Vamos al otro grupo.

La jóven está sentada en una silla; pero sentada como se sienta una muchacha que vive menos en sus órganos que en su sentimiento; como se sienta una mujer que todavía no ha amado, y cuya aspiracion suprema es amar; como se sienta esa mujer cuando tiene delante al hombre que ama. No se sabe si está sentada en una silla, ó si flota en el aire, como se mece un nido en el árbol, cuando lo agita el viento.

Mira hácia abajo, mientras que con el dedo pulgar y el índice coge un pliegue sutil en su falda. Entreabre y frunce los labios con violencia, como si temiera que se la va á escapar su secreto; y significando de un modo confuso la duda, el rubor y esa fantasía indecisa de un deseo vírgen, de un primer deseo; esa alucinacion con que nos seduce la idealidad milagrosa de una esperanza que nunca se ha sentido; la alucinacion que nos causa el agüero de un mago, cuando creemos en la mágia.

La situacion embarazosa y complicada de la jóven, contrasta vivamente con la sinceridad ingénua y cándida que destella el rostro de su amante.

¡Qué grupos tan portentosamente comprendidos, tan portentosamente ejecutados!

En fin, cualquiera que vuelva los ojos á estas figuras, pronunciará indudablemente las mismas palabras que llevan escritas al pié de cada grupo.

La del viejo dice: ¡si la vejez pudiera! (Si vieillesse pouvait!)

Y la del jóven: ¡si supiera la juventud! (Si jeunesse savait!)

Es una moralidad picaresca, punzante, pero oportuna, graciosa, habilísima: la moralidad del pueblo francés; el golpe mágico del palaustre.

A su tiempo hablaré á mis lectores de una fábrica de tapicerías, titulada de los Gibelinos, la primera que existe en el mundo.

La fábrica de Sevres es en porcelana lo que los Gibelinos en tapices. El Japon es muy superior por lo precioso de la materia; pero no por lo hábil del trabajo.

Bien, se dirá por alguno: ¿qué significa esa fábrica de Sevres? ¿Qué es? Un horno que funde jarrones, flores y vajillas para los reyes, para los grandes, para los ricos, una fábrica de preseas.

No, amigos mios, no: si así fuese, bien sabe Dios que no hallaria aquí gran cosa que admirar. Los hechos no pueden mirarse de ese modo, de un modo egoista. La fábrica de Sevres, como la manufactura de los Gibelinos, tiene un sentido mucho más alto, otra clase de elocuencia social.

Estas dos fábricas son dos monumentos que un pueblo entusiasta y creador erige á la industria elevada, inteligente, liberal; esa industria, que arrancando sus obras de la miseria de su precio, de su venalidad, de su tarifa, las hace infinitas como el genio representado por una estátua, y trasmite su última plenitud, su personalismo más trascendente á las tareas del espíritu humano.

Esta industria es el arte, llamado ayer oficio: es el hombre, llamado ayer siervo: es la fantasía y el sentimiento haciéndose amos de la materia, despojándola de sus girones asquerosos, purgándola de la nota de vil que ayer la afeaba.

Pero no sólo es esto. Aquí se comprende de un modo irresistible, aunque no queramos, que luego que las formas nos hieren con la emocion de la belleza, todas son igualmente artísticas. Se comprende de un modo irresistible que no hay más que un arte, porque no hay más que una naturaleza que nos ofrece el original de lo bello, porque no hay más que un corazon para leer aquel original. Sí; aquí se comprende, yo estoy orgulloso de sentirlo, que el arte se desdobla en la palabra, y se llama poesía ó elocuencia; que se desdobla en la voz y en el gesto, y se llama declamacion; que se desdobla en el ademan y toma el nombre de pantomima; que se desdobla en la armonía del sonido y es música; que se desdobla en el dibujo y en el color, y se llama pintura; como se desdobla en un mármol, y se llama escultura; como se desdobla en los movimientos del hombre, y se llama baile; como se desdobla en los tapices y en la porcelana, denominándose fábrica de los Gibelinos y fábrica de Sevres.

Yo tenia la nocion del arte universal; pero aquella nocion es ahora más exacta y más profunda; más universal, más extensa tambien; porque la toco prácticamente, y la práctica da á las cosas su última extension.

Tomamos el ómnibus que va á Versalles, y apenas trascurrió hora y media, cuando ya pisábamos el suelo de esta antigua isla de Chipre.

El carruaje hace alto, y al bajar nos vimos enfrente del suntuoso alcázar.

¡Luis XIV, Richelieu, Colbert, salud!

No hablo á vosotras, piedras amontonadas, testigos mudos, á quienes no quiero interrogar, porque antes de veros os habia interrogado en mi corazon. No te hablo á tí, Versalles de otros siglos, eden donde han llorado tantos ojos: no te hablo á tí, gran fantasma de mármol, en que yo leo con ojos inflamados lamentos y amonestaciones de la historia.

Hablo á tres hombres que crearon á Versalles, sacrificando para ello á la Francia, y que son superiores á otros hombres que sacrificaron la Francia y que no crearon á Versalles.

¡Luis XIV, Richelieu, Colbert, salud! Ignoro si vuestras cenizas me oyen; pero unos pobres extranjeros os saludan.

¿Qué podré decir de los museos que encierra este suntuoso palacio?

No sabria por dónde empezar, tendria que trascribir los tres volúmenes que he comprado.

Conténtese el lector con saber que aquí está toda la Francia histórica en lienzo y piedra. No perdiéndose este palacio, no puede perderse la historia del pueblo francés.

Escaleras magníficas, salones espaciosos, retretes adornados con una riqueza y una profusion que sorprenden; una sala que no tiene igual en el mundo, si se exceptúa la gran sala del palacio del Louvre: en una palabra, Versalles fué la grande galantería de uno de los reyes más galantes qué ha existido, y este palacio es la galantería maestra de Versalles.

Pero pasemos á estudiar una cosa más bella, más fecunda, más predestinada: la escuela de Vernet, del gran Vernet.

Este pintor se dedicó casi exclusivamente al género de las batallas; pero no de las batallas antiguas que eran como una especie de divinizacion de la guerra, el sacrificio de la caridad que nos debemos todos, hecho en aras de un señor opulento ó de un tirano. Los cuadros de Vernet son la escuela social, la escuela del exámen llevada al género que cultivó. Vernet es un grande obrero del alma, que conduce una piedra colosal al edificio en que trabaja toda la historia de cinco siglos.

La pintura, que habia adulado sucesivamente al guerrero, al monarca, al noble, al fraile: la pintura, que durante el trascurso de tantos siglos, habia sido sierva y mendiga, en los pabellones de campaña, en el palacio, en el castillo, en la iglesia, en el claustro, levanta un dia la frente empolvada, mira en torno suyo, comprende la verdad, la escribe en un lienzo, y viene á ser el culto de una nueva razon, de una razon cristiana; viene á ser la voz que abandona el desierto y que clama en el mundo, una imprenta semejante á la de Guttemberg, el espíritu práctico y real de los modernos. Esto hizo Vernet. ¡Cuánto hizo! ¡Cuán superior es su inspiracion! ¡Cuán superior es su filosofía! Sobre todo, ¡cuán superior es su moral!

La Francia será con él desagradecida si no le levanta una estátua, dice un ingeniero amigo mio. Yo no lo creo así, el genio no tiene precision de ninguna especie de idolatría, de ninguna especie de símbolos transitorios.

El genio no tiene precision de un pedazo de piedra, que se rompe, que se cae, que se pulveriza, como se marchita una planta, ó como una hoja es arrebatada por el aire. El genio es la santidad de la conciencia, la historia de Dios. Quede el mármol para la historia de los que tienen vanidad, de los que no tienen bastante con su alma.

¿Qué estátua mejor que esa escuela admirable?

Penetramos en la primer sala de las pinturas de Vernet.

El cuadro en que me fijo representa á un combatiente moribundo. Está pálido, horriblemente pálido; tiene el labio inferior caido, dejando ver una encía amoratada, y cualquiera diria que sus párpados van á cubrir unos ojos turbios. Un amigo lo asiste de rodillas, llevándose una mano á la frente, en señal de desesperacion.

En el cuadro que miro, campea, hasta en los menores detalles, la verdad llena, franca y vigorosa que sólo comprenden los grandes maestros.

El segundo cuadro que miro representa á un guerrero jóven y entusiasta, el cual enarbola un estandarte en actitud de incitar á la venganza y á la guerra.

Cerca de él, una madre coge á su hijo, le sujeta frenéticamente con el brazo izquierdo, como si pretendiese unirlo á su corazon; y con los ojos ardiendo de ira, con la pupila dilatada y profunda por el dolor y por el espanto, con la cabellera descompuesta, con labio cárdeno, seco y convulsivo, hundiendo la nuca y alzando la frente, como el náufrago que saca la cabeza para que el oleaje no le confunda; la madre, la mujer de la Providencia, amenaza al guerrero con un ademan que trae á nuestra memoria las palabras de Agripa á Octavio: ¡levántate, verdugo! La madre no le dice levántate; le dice ¡calla!

Este cuadro es de una elocuencia arrebatadora; de una intencion sentida, concienzuda y fuerte. No hay espacio alguno entre la vista y la emocion. El sentimiento arrolla al juicio, lo absorbe, lo anonada: el juicio cae de rodillas y adora.

Este cuadro nos impresiona instantáneamente; nos impresiona de un modo profundo, sin que nos dé tiempo de deliberar acerca de si debe impresionarnos ó no, como el esquife que se pone sobre un torrente, no deja tiempo al marinero de echar el áncora.

Esto nos impresiona como el fuego nos quema: sin saberlo nosotros, aún contra nuestra propia voluntad. Ese es el arte; ese es el genio, ese es Vernet. Mientras que yo admiraba los pormenores más minuciosos de este cuadro maestro, mi mujer volvió los ojos al otro lienzo de pared, decorado por una pintura que representa á un hombre muerto, abandonado en un campo de batalla. ¡Qué solemnidad! ¡Qué grandeza! ¡Qué poesía! ¡Qué espíritu!

Aquel monton de carne está allí entre los pliegues de su vestido, como un trapo que se tira al suelo, y que contrae los dobleces á que le obliga su gravedad. Realmente, aquel muerto parece un giron lanzado á la tierra; un giron perdido entre sus mismos pliegues. Allá un árbol seco, allá una piedra negra; el hombre está en medio, está muerto y solo.

¡Qué conocimiento tan profundo, y qué sentido tan delicado! ¡Con qué seguridad se comprende aquí que no hay arte sin ciencia, que no hay imágen sin pensamiento! ¡Con qué evidencia se comprende aquí que no hay poeta sin que sea poeta y filósofo! Al ver aquel cuadro, al ver á un hombre muerto en aquel páramo, no podemos menos de hablar bajo como si estuviésemos en una iglesia.

Se supone que el guerrero del cuadro que examino murió hace algun tiempo, la sangre ha debido descomponerse por el rocío de la noche y la humedad natural de la tierra, y está amoratado, incomparablemente amoratado.

Me parece que si llevo la mano al semblante del muerto, aquel semblante se deshará como si fuera de salvado ó serrin.

Tiene la oreja empedernida y algo vidriosa; este viso cárdeno es mayor por detrás de la misma oreja, y se va extendiendo, aunque más apagado, por entre un cabello claro y flojo, como si aquella carne que se desorganiza no tuviese vigor para sujetar la cabellera.

Mi mujer se cubrió los ojos, y exclamó aterrada: no quiero ver más, no puedo estar aquí, y salió precipitadamente de la galería. Yo no pude dejarla sola, exponiéndola á que se extraviara entre la multitud que inunda estos salones, y no me ví con tiempo sino para clavar una mirada y distinguir lo que he descrito.

¡Desdichado de mí! He venido especialmente á Versalles para tener noticias de este nuevo género de pintura, y no he visto más que tres cuadros. Pero ¡qué tres cuadros! ¡Qué tres cantos tan grandes añadidos al inmenso poema del hombre! ¡Qué tres palmas más bellas coronando la frente ensangrentada del ilustre mártir!

Lo repito; el arte que en el trascurso de tantos siglos habia adulado al fuerte, al noble, al rico, al poderoso, vuelve hoy los ojos á un pobre soldado, á un hombre insepulto, á un giron de carne, destinado á servir de alimento á los buitres, y le levanta en esos lienzos un magnífico panteon. ¿Qué mausoleo de ningun magnate de la tierra vale tanto como esa pintura? Cuando vivia aquel pobre soldado, no tenia tal vez en el mundo ni casa, ni abrigo, ni familia; muerto y abandonado en aquel campo de batalla, Horacio Vernet le ha dado un palacio. De un hombre desgraciado ha hecho un héroe; de un infortunio, de una desventura, de un dolor, de aquella lágrima derramada allí, ha hecho Horacio Vernet una solemnidad, una magnificencia, una gloria. ¡Dios le dará toda la que merece por el bien que hizo al mundo, por el consuelo que da á mi corazon! El pintor deja el mundo, se va por el campo, halla un hombre muerto en un erial, lo coge y lo entierra. El pintor da tierra sagrada al infeliz cristiano que no encontraba una sepultura. Ese cuadro que miro y que venero, ese cuadro imponente y terrible, esa elocuencia fervorosa, esa poesía adorable, esa pintura inmóvil y solemne, esa íntima voz del alma que hace latir mi pecho, es un entierro, una limosna, una caridad, unas exequias. El pintor llora sobre aquel rostro mústio, sobre aquella carne amoratada, sobre aquel corazon helado. Horacio Vernet llora, escribe sus lágrimas en aquel lienzo, y el pobre soldado resucita, el muerto vive, el muerto es una creacion inmortal. ¡Y hay quien dice que el arte no influye en los destinos de la vida! ¡Y hay quien dice que el arte de Vernet es un arte gentil, protestante, revolucionario! ¡Pobre gente! Horacio Vernet llora por aquel hombre desamparado; Horacio Vernet le da sepultura, le da tierra sagrada; le hace esa última y suprema piedad; Horacio Vernet da al mundo una lágrima para que la vierta sobre esa tumba, esa tumba que él ha construido en ese cuadro, por que ese cuadro es una sepultura cristiana, la violeta que nace al pié de una cruz, el ciprés que se eleva en medio de una soledad: ¿y á eso llamais gentilidad, protestantismo, revolucion? ¿Enterrar á un cristiano insepulto es revolucion, protestantismo, gentilidad? Llorar por él, y resucitarlo con aquella lágrima de salud, ¿eso es gentil, revolucionario, protestante?

El arte de Horacio Vernet es el arte del infortunio, del dolor; el arte de la Vírgen María que llora por su hijo al pié de la cruz. En una palabra; la pintura de Horacio Vernet, es un arte que llora junto á un muerto; es un arte que llora, y el arte que llora no es el arte gentil, ni protestante, ni revolucionario.

El arte gentil rie. El arte protestante disputa. El arte revolucionario quema. Si algun arte llora en el mundo, desde la creacion hasta nuestros dias, ese arte es el espíritu del monte Calvario, el arte de un espíritu que redime al hombre á precio de martirio, á precio de llanto.

¡Bien haya el rey que amontonó estas piedras, para que vinieran á servir de alcázar á nuevos reyes! Sí; Luis XIV no es el gran rey de ese palacio; su gran rey es Vernet. Un pintor se ha convertido en un monarca; un pobre soldado insepulto, un pobre cadáver, se ha tornado en héroe. ¿Y creeis que eso ha podido hacerlo la gentilidad? ¡No! Hacer de una desdicha una esperanza, hacer de un dolor una magnificencia, hacer de una lágrima un poder y una gloria, corred el mundo de cabo á cabo, cavad la tierra de polo á polo, rebuscad la historia página por página, escudriñadlo todo, desde el abismo á las estrellas; yo os digo que si hallais en la creacion quien haga eso, será el cristianismo, el arte de la cruz, la lágrima de la Vírgen María, como he dicho antes, y no me canso nunca de repetir.

La lágrima fecunda y divina de la Vírgen cristiana, ese es aquel soldado muerto, esa es aquella sublime pintura, ese es el arte del Evangelio, ese es el arte del cristianismo.

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