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Un paseo por Paris, retratos al natural

ESCENA III. (continued 3)

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El extranjero (era aleman) nos comprendió, y al pasar cerca de nosotros, balbuceó en mal francés: ese retrato que ustedes ven, esa pintura que está ahí colgada, no es una pintura, no es un cuadro al óleo: es un tapiz, y saludándonos con un ademan, partió.

Los tres nos quedamos asombrados, y permanecimos mucho tiempo contemplando aquella maravilla. No sabiendo que aquella pintura es un tapiz de la fábrica de Gobelinos, parece imposible que haya una persona que distinga el tapiz de una pintura al óleo, y de una pintura de buena escuela. El tejido ha hecho tanto como el pincel; la lana es allí rival de los colores. Sombras, medias tintas, confusion de matices, hasta vaguedad en el colorido, hasta esa mezcla indefinible, infinitamente varia y distinta, que sólo puede hacerse en la paleta de un pintor, todo está allí. Los Gobelinos son tan pintores como tapiceros, ó tan tapiceros como pintores. Creo que ese retrato que acabamos de ver y admirar, es una de las más grandes curiosidades que posee el arte humano.

Entramos en el Museo de pinturas. Despues de atravesar algunas galerías, en donde hay más riqueza de arquitectura, en donde el edificio es mucho más notable que el Museo, penetramos en la sala de preferencia. En esta rica sala se custodian todas las obras más estimadas que el Louvre posee de los grandes maestros. En medio del ángulo de la derecha, entre pinturas de Rafael de Urbino, de Rubens, de Ticiano y Poussin, vimos un cuadro que parecia presidir aquella especie de banquete histórico; un banquete á que asisten silenciosamente tantos genios.

El brigadier Rotalde se destoca, y con una valentía de sentimiento, que no fué dueño de reprimir, exclamó: ¡viva Bartolomé Estéban de Murillo! Esta exclamacion improvisada tenia cierto fluido eléctrico.

Nuestra curiosidad está satisfecha. La pintura que vemos es la ASUNCION. ¿Puede explicarse el mérito de ese inmenso cuadro? Creo que no. En esto sucede lo que con el color y con el sonido. En vano explicaremos el color al ciego, y el sonido al sordo. El que no reciba estas nociones de la creacion natural, bajará al sepulcro sin ellas. El que no tenga entendimiento, fantasía y corazon para comprender y sentir la gran belleza que el genio de un hombre esculpió en ese lienzo; el que no oiga dentro de su alma, muy dentro, lo que le dice ese silencio arrebatador, esa elocuencia que no habla con la boca, esa elocuencia muda, y que por lo mismo es más sublime; quien no tenga el talento del entusiasmo, como tuvo Murillo el talento del arte, apenas podrá entender una palabra de esa lengua divina. Cuando más se le explique, menos comprenderá. Sin embargo, daré cuenta al lector de mis impresiones. No tome el lector á soberbia, lo que voy á decir por ingenuidad. No veo el mérito de la ASUNCION, en donde otros lo ven. Lo veo, grande, muy grande, maravillosamente inspirado y feliz, en donde no se ve generalmente. Creo que el mérito maestro de ese cuadro no consiste, sino en que teniendo todas las formas de mujer, no nos hace experimentar la emocion del sexo; en que tiene esa indecision misteriosa del pensamiento, de la conciencia, de la esperanza; es decir, de la Vírgen, porque la esperanza es toda la vida y toda la belleza de la virginidad. Es una mujer en su cuerpo, y una idealidad en su alma; y la idealidad es tan poderosa, que la impresion del cuerpo desaparece, y triunfa el espíritu. Esa ASUNCION es una escuela en que el arte se pone de rodillas ante la fe. No veo á Murillo; no veo á España; no veo á Sevilla; no veo á nadie; no veo más que á la ASUNCION. La obra es tan grande, que mata la idea del obrero.

¿En dónde principia esa Vírgen? No se sabe. Un ropaje magnífico oculta sus piés.

¿En dónde acaba? No se sabe. El dedo índice de su mano derecha señala á lo alto, y el cielo es un espacio que no tiene confines. Parece que se va, que se sale del cuadro, que se echa á volar sin alas; parece que aquella figura tiene su complemento en otro mundo; parece que Murillo quiso concluirla en el arcano de una esperanza, en la sombra de un vaticinio, en el pensamiento de Dios. La ASUNCION es un cuadro á que no falta nada, como creacion artística, y que considerado como creacion religiosa, no tiene principio ni fin. El espectador no sabe, no ve, de dónde arranca, ni en dónde concluye.

En esa ignorancia misteriosa y trascendental, en esa ignorancia sublime con que la ASUNCION se apodera de nosotros, consiste el gran mérito de la pintura, á juzgar por lo que yo siento delante de ella.

Voy á dar noticia de algunos detalles, procurando apartar la vista de otras muchas bellezas, porque cualquiera pincelada de ese lienzo vale un buen cuadro.

Yo sé que los ojos de la figura que contemplo son bellísimos, y sin embargo, ¡portento que asombra! no sabria decir qué color tienen. Y ¿en qué consiste esto? dirá algun lector. Consiste en que Murillo quiso que los espectadores no viesen los ojos de la ASUNCION, sino que mirasen al cielo, á donde mira la inspirada imágen.

Otra cosa me llama mucho la atencion, y es la profunda filosofía que me revela el pensamiento de ocultar los piés á la Vírgen. Realmente, á una vírgen no se le deben ver los piés. Todo lo que una vírgen pierde en sombra, pierde en misterio; y todo lo que pierde de misterio, pierde de vírgen. Pero ¡qué pliegue para indicar el muslo! ¡Qué contorno para insinuar la cintura! ¡Qué manto para ocultar los piés! ¡Qué ondulaciones en el traje! ¡Qué suavidad de colorido! ¡Qué dulzura de sentimiento! ¡Qué expresion de actitud! ¡Qué pureza y qué fervor de alma! No hablo de la maestría del pincel. El alma, un alma muy llena de grandes afectos y de grandes verdades, es el pincel que pinta cuadros como el que miro.

Vuelvo los ojos á otro lado, porque no quiero decir más. Sólo añadiré dos palabras acerca de su historia.

Cierto convento de Sevilla encargó esta ASUNCION á Murillo. El pintor da cabo á su tarea, coge su cuadro, lo lleva al convento, se enteran los frailes, y se reune la comunidad. Murillo les presenta su pintura; los críticos se acercan, examinan, miran con más cuidado, se contemplan unos á otros frunciendo el entrecejo, y dicen al pintor: «vuestra merced perdone; no es eso lo que hemos encargado; vuestra ASUNCION no hace al convento.»

—Permitan vuestras reverencias, contestó Murillo, que coloque el cuadro en donde debe estar, y si entonces no agrada á vuestras reverencias, me lo llevaré, porque, gracias á Dios, esta vírgen no come pan en casa de su amo.

—Poco ó nada ganarán en ello pintor y pintura, porque el convento vuelve á deciros que ese cuadro no sirve. Se conoce, señor Bartolomé, que vuestra merced ha manejado muy aprisa los pinceles.

—Los habré manejado tan aprisa como plazca á vuestras reverencias, pero déjenme con mil santos colocar la pintura, y diciendo y haciendo, la ASUNCION principió á subir. Los frailes, que la habian mirado de cerca, no habian visto otra cosa que pinceladas de almazarron, pegones de albayalde, y casi todos habian vuelto la espalda al gran maestro. Pero el cuadro subia, y á medida que iba subiendo, se transformaba de una manera portentosa. La pintura se sitúa en su lugar, la Vírgen aparece, el lienzo brilla, la ASUNCION llena todo el convento.

—Si no desagrada á vuestra merced, señor Bartolomé, ese cuadro puede quedar ahí, porque, ó la vista nos engaña, ó casi decimos á vuestra merced que vuestra vírgen hace al convento.

—No quedará ahí, con permiso de vuestras reverencias, contestó el pintor. Antes se vea azotado por mano del verdugo Bartolomé Estéban Murillo, que vuelva ese lienzo á pisar los umbrales de la comunidad, si vuestras reverencias no han de tomarlo á enojo. No valieron ruegos, ni súplicas. Á los pocos instantes Murillo salia del convento con su grande obra.

Ignoro qué hizo de ella. Lo que consta es que el mariscal Soult se apoderó del cuadro, que se lo llevó á Paris, y que lo conservó hasta su muerte, entre las pinturas de familia. Muerto el mariscal, el Museo del Louvre hizo proposiciones á los herederos, los cuales vendieron la pintura por la mitad próximamente de su valor, en obsequio del establecimiento nacional á que se destinaba. El Louvre dió por ella ciento sesenta mil napoleones, ó sean ochocientos mil francos. Desde entonces está situada, en donde ahora la admiran los viajeros de todo el globo. ¡Quién habia de decir á los buenos frailes de Sevilla, que aquella ASUNCION que no hacia á su convento, habia de ser vendida al Museo del Louvre en ciento sesenta talegas de napoleones, y que debia presidir la gran sala de aquel suntuoso Museo, entre pinturas de Poussin, de Rubens, del Ticiano y de Urbino!

Despues de dirigir la última mirada al cuadro español, con cierto orgullo nacional, pasamos á una galería, y luego á un salon, en donde no hay otras pinturas que la apoteosis de Catalina de Médicis, por Rubens, por el gran Rubens. Hasta que se ve esta apoteosis gigantesca, no se tiene una idea exacta del pintor, conde y diplomático á la vez; pero en quien el pintor vale más, mucho más que el diplomático y que el conde. Los cuadros enormísimos de aquella divinizacion artística, llenan las paredes de toda la sala. Hay descuidos, hay prisa en aquel inmenso trabajo; pero se echa de ver tal fecundidad, tal concepcion, tal valentía en las actitudes y musculaturas, una profusion tan admirable de figuras y tipos mitológicos, que el ánimo se pasma de que un solo hombre haya pintado aquellos lienzos colosales. Aquella apoteosis no es la de Catalina de Médicis; es la de Rubens. En esta sala, el arte ha podido más que la dinastia.

Despues de visitar todo el Museo, en una de las salas contiguas á la de preferencia, hemos encontrado otra pintura de Murillo. Es un lienzo de media vara en cuadro, poco más ó menos. Representa un muchacho de corta edad, pobre, mendigo, sentado en el suelo, y que tiene una pierna colocada sobre la otra. Con la mano izquierda vuelve un pié, y con la derecha pretende sacarse una espina. Los tres compañeros nos clavamos delante de aquel mendigo, y no sabiamos cómo desasirnos de sus miradas. ¡Qué pintura más grande! Si yo fuese rico, daria por estos dos palmos de lienzo, tanto como dió el Louvre por la ASUNCION. Este pequeño cuadro vale más que la apoteosis de Rubens, no menos que la Vírgen que hemos visto hace poco. Apenas se concibe que pueda presentarse un pasaje tan trivial de la vida humana, de un modo tan encantador, tan elevado, tan filosófico, tan perfecto. Cabello enredado y mugriento, frente oprimida, ojos dilatados y tristes, mano tostada y sucia, uñas ennegrecidas, cara chupada, pómulos salientes, tez arrugosa, fisonomía mústia, todo está allí con una ingenuidad que sorprende. Es un chiquillo que nunca ha conocido á su madre, que desde que nació pide limosna. El hijo que conoce á la que le dió el ser, tiene alguna alegría en su semblante, una alegría que deja algo allí hasta que la criatura se muere. En ese muchacho no ha dejado aquella alegría ningun vislumbre. Positivamente, esa criatura no ha visto jamás á su madre. Si estuviese vivo, nos lo llevariamos á España. Viendo su estampa inanimada en ese pedazo de lienzo, nos da gana de echar mano al bolsillo, y de dejarle una limosna. ¡Con qué verdad, con qué candor, con qué inocencia, abre los ojos lánguidos y marchitos, frunce los labios, y alarga dos dedos estirados, para sacarse la espina del pié! Lo repito; esa media vara de lienzo; ese huérfano solo, abandonado y triste; ese desecho del orgullo del hombre, ese olvido del mundo, ese andrajo de nuestras culpas, vale tanto como la Vírgen.

Y díganme ustedes, señores franceses: ¿cómo ese cuadro inestimable, esa preciosísima pintura, esa tiernísima creacion cristiana, esa bellísima apoteosis del espíritu del Evangelio: cómo ese mendigo no ocupa un lugar en la sala de preferencia? ¿Creen ustedes que de cien cuadros que se custodien en aquella sala, hay noventa y nueve que valgan más que ese muchacho que está pintado ahí? ¿Creen ustedes que hay un solo cuadro en la sala de preferencia, uno solo, que pertenezca á un arte más extenso y más elevado, á una escuela más bella, más fecunda, más sábia y más grande? ¿Por qué ese huérfano casi divino está oculto aquí? ¿Es pequeño el tamaño de la pintura? ¿Costó poco quizá?

Al atravesar el salon de preferencia, hemos notado una novedad. Una jóven lindísima, condesa italiana, está subida al caballete, copiando la ASUNCION. Si vale juzgar por los pocos detalles que hemos visto, es un pincel maestro. Ignoro la vida de esa mujer; ignoro los secretos de su alma; pero si tiene un alma pura, si tiene un corazon vírgen y bueno, la copia que saca de la ASUNCION debe ser admirable. ¿Cómo es posible que no se entiendan bien dos vírgenes tan bellas? algo hemos dicho de esto al descuido; pero un descuido tal que ella pudiera oir, y la noble y hermosa pintora se ha sonreido deliciosamente. ¡Ah! ¡quién sabe lo que habrá debajo de esa risa! Muchas veces vemos que la flor más brillante, es la que oculta con sus frescos tallos á la serpiente más venenosa.

Si su conciencia es como su cintura, casi me atrevo á presagiar que verá el reino de los cielos; aunque se ven frecuentemente cinturas muy estrechas con conciencias muy anchas.

=Dia trigésimo cuarto=.

La columna de Vendome.—El balcon de la fonda.—Dicho del general Welington.—La Saboyana del Bosque de Bolonia.—Una Colegiala. —Cuestion atrasada.—Curiosidades.—A última hora.

Es el último dia que el brigadier Rotalde piensa permanecer en Paris, y estoy en el caso de hacerle los honores que son debidos al que se va. Poco despues de las diez de la mañana, estamos en la Plaza de Vendome, en cuyo centro se levanta una enorme y gallarda columna. El guardian nos dice que en la fábrica de este monumento, que es de bronce, se han empleado doce mil cañones, apresados por Bonaparte á los enemigos de Francia.

Los cimientos de esta gigantesca pirámide, imitacion de la columna de Trajano, en Roma, tienen una profundidad de doce varas; su diámetro no baja de cinco, y de cincuenta la elevacion. Se llega á la cima por una escalera de ciento setenta y seis tramos. Corona la columna una estátua de Napoleon, vestido de gran Capitan. Aguilas, guirnaldas de encina y de laurel, y otros varios trofeos alegóricos, ornan este monumento de triunfo.

Encima de la puerta de entrada, se lee una inscripcion latina que dice: «con el bronce del enemigo, levantó el Emperador Napoleon este monumento á la gloria del gran ejército, que, bajo sus órdenes, venció en cinco meses á toda la Alemania.»

Con motivo de la columna de Vendome, se cuentan dos anécdotas muy curiosas. De la una es héroe el actual emperador de los franceses; de la otra, el general Welington.

La de Napoleon III es la siguiente. Cuando, ocurrido el movimiento de 1848, vino á Paris el actual emperador, se hospedó en una fonda que hay en la Plaza de Vendome. Sus amigos y adectos le aconsejaron que debia enviar gente á provincias, para preparar la opinion pública, y conseguir que le nombrasen diputado.

—No es preciso enviar á nadie, contestó el emigrado de Lóndres.

—¿Por qué? preguntaron con extrañeza sus amigos.

—Porque no necesito de los electores.

—Pero ¿cómo se explica que quien quiere ser elegido, no necesite de los electores?

—Porque tengo bastante con aquel ELECTOR. Y diciendo esto se levanta, abre los cristales de un balcon que daba á la plaza, y les muestra la estátua de Bonaparte, que corona (como ya dije) la columna triunfal.

El antiguo emigrado de Lóndres tenia razon. El elector de bronce, aquella grande historia, lo nombró diputado primero, presidente de la república despues, emperador más tarde. No niego lo que este emperador haya podido hacer; pero creo que el otro emperador, el ELECTOR de la columna de Vendome, ha hecho mucho más.

Vamos á la anécdota del general Welington. La primera estátua de Bonaparte, que servia de remate á la columna, se bajó en 1815, y su bronce sirvió para fundir la estátua de Enrique IV, que decora hoy el puente Nuevo. Pues dicen que, al ver el general Welington aquella estátua de Napoleon I, concibió la idea de mandar hacer otra estátua de aquel personaje. Efectivamente, la estátua se hizo, y el general inglés la colocó en el primer rellano de la escalera de su casa. Varios amigos del general, sorprendidos de que dejase la estátua en la escalera, pretendieron hacerle ver que aquello no era decoroso, porque podria entenderse que queria desairar la memoria del héroe.

—La estátua está en donde debe estar, contestó Welington, y bajó la cabeza.

—¿Pero cree usted, argüian los otros, que la estátua de Bonaparte debe servir de adorno en la escalera de Welington?

—La estátua está en donde debe estar, repetia el viejo general; no puede estar más que en la escalera, y volvia á bajar la frente.

—Pero ¿por qué no puede estar en otra parte que en la escalera?

—Porque no cabe por las puertas de mi casa.

Esta buena expresion de Welington hubo de inspirar á uno de nuestros compañeros de expedicion, el cual dijo: esa columna es un digno pedestal de aquella estátua. Realmente, Napoleon no necesitaba menor cimiento.

Subimos á nuestro carruaje, y á los veinticinco ó treinta minutos estábamos en el bosque de Bolonia. Al fin de una de las calles de árboles, en sitio bastante lejano, nos encontramos á una jóven rubia, muy rubia, y de un cútis tan blanco y tan terso, que más que cútis parecia alabastro. Una mujer en la soledad, y especialmente entre árboles y flores, tiene un prestigio fascinador. Estaba al pié de un arbusto, y con una rama se daba golpes en la punta del zapato derecho, teniendo clavada allí la vista de un modo maquinal. Alguna idea agujereaba el cerebro de aquella mujer; algun pensamiento diabólico volcanizaba aquella cabeza. Sobre esto dijimos algunas palabras á media voz; pero la jóven no levantó los ojos para mirarnos. No parecia sino que tenia los ojos atados á la punta del pié derecho, en donde continuaba dando golpes con la rama.

Al pasar casi tocando con sus piés, el brigadier dijo, esta está maquinando contra algun infeliz, y al oir esto, todos nos reimos con cierta algazara. La saboyana (tal parecia por su color y por sus facciones) no levantó tampoco la vista. Dimos un paseo bastante largo, y á la vuelta la encontramos en el mismo sitio, conservando la misma actitud, y sin dejar la extraña ocupacion de dar golpes á la punta del zapato derecho.

¿Qué pensará? ¿Qué sucederá á esa mujer? Esto murmuramos entre nosotros, y casi tuvimos tentacion de hablarla. Seguramente lo hubiéramos hecho, si aquella mujer hubiera levantado la vista hácia nosotros, pero en balde. Al pasar esta vez por su orilla, esforzamos la voz, procuramos hacer ruido; nada: aquellos ojos estaban cosidos al zapato. Nosotros pasamos por fin, nos alejamos volviendo la cara, hasta que la perdimos de vista. La saboyana quedó allí. ¿Hemos hecho bien en no hablarla? Creo que no; presiento que hemos cometido una falta de caridad, porque presiento que aquella mujer oculta un plan diabólico, debajo de aquel movimiento maquinal, casi idiota. La memoria de aquella desgraciada (estoy seguro de que aquella mujer no es dichosa) nos ha preocupado todo el dia.

Cerca del arco de la Estrella, hemos encontrado á una familia americana, que ha venido á Paris con el fin de llevarse á una niña, que tenia en un colegio de esta ciudad. La colegiala, jóven de diez y siete á diez y ocho años, iba con sus padres y dos hermanitos. La niña en cuestion parecia una lela revoltosa. La educacion de los colegios es quizá el inconveniente más grave de la civilizacion de nuestros dias. La mujer que en ellos se educa, contrae mil hábitos extravagantes y caprichosos, pierde una gran parte del cariño que debe á los suyos, no sirve para la vida de la casa, puesto que no se ha criado en familia, ni para la vida civil, puesto que no se ha criado en sociedad. Tiene la ignorancia del que no experimenta la realidad de la vida humana, el deseo aturdido y desordenado del que desea experimentar, y la malicia peligrosísima del que anhela una dicha que ignora. Al salir del colegio se figura la colegiala que viene al mundo, se figura que acaba de nacer; y aún á despecho suyo, tiene la volubilidad, los antojos y el ánsia de un niño. En un dia, en una hora, quiere disfrutar lo que no ha disfrutado en diez años de encierro, y nunca está contenta, nunca está tranquila; siempre mira impaciente, siempre murmura, siempre anhela más. Querer verlo todo, sentirlo todo, devorarlo todo á la vez, esta es la educacion, esta es la cultura, esta es la moral que la jóven saca del colegio.

Padres que leais este libro, antes que á un colegio, antes que á esas escuelas, en donde pagais tanto dinero para que os desnaturalicen vuestras hijas, enviadlas á una aldea. En una aldea serán ignorantes: en el colegio son ignorantes, impacientes, mal habituadas y locas.

Si yo tuviese un hijo y me preguntara: ¿qué cualidad es la primera que debo buscar en la mujer, que haya de ser mi esposa?

—Que no sea de colegio, contestaria yo.

¿Quiero decir con esto que no pueda haber colegialas virtuosas y cultas? No; la virtud está en todas partes; en todas partes hay mujeres educadas y virtuosas; yo no hablo aquí de la bondad de la mujer, sino de los peligros, de los graves peligros, de un colegio.

Todavía hablábamos con la familia americana, cuando, delante de nosotros, se para un coche, abre el lacayo la portezuela, y asoma una mujer de hermosa figura. Pone el pié en el estribo, se suspende el traje, habla con el lacayo, y así se estuvo un par de minutos, como para que nosotros admirásemos el bello contorno de su pierna. Parece imposible que haya mujeres tan insensatas; parece imposible que de tal manera malversen el caudal que deben al cielo. Quieren darse interés menospreciándose; quieren ataviarse y deslumbrarnos, cubriéndose de harapos y de girones.

A esa pobre mujer (una mujer puede ser pobre con muchas alhajas y muchas riquezas) seria necesario enseñarla la copla que dice:

En el amoroso imperio Busca el hombre lo que ignora: No es la mujer lo que adora, Lo que adora es su misterio.

¡Cuánto más valdrian las mujeres, cuán diferente seria el mundo, si se comprendiera y se practicara la moral de esas cuatro líneas!

Ya lo he dicho en otro lugar, y voy á decirlo aquí otra vez. El que crea que no necesita leerlo dos veces, que lo pase por alto; pero casi me atrevo á decir que aunque lo leyera todos los dias, no perderia el tiempo.

Una virtud moral que se llama recato.

Una virtud física que se llama aseo.

Una virtud social y religiosa que se llama caridad.

Dos virtudes domésticas que se llaman laboriosidad y economía: hé aquí el verdadero dote, el dote más grande, que un padre puede dar á su hija. Con ese dote, la pobre es rica; y la fea es hermosa. Sin ese dote, la hermosa es fea, y la rica es pobre.

¡Cuántos pechos exhalarán un profundo suspiro, al leer estos desaliñados renglones!

La francesa partió con el lacayo. Dios la dé lo que la hace falta, que es una buena dósis de juicio.

Hemos tenido un gran placer. Visitamos el Instituto, y vimos las estátuas de Bossuet, de Descartes, de Fenelon y de Tully. Vimos tambien con gran satisfaccion los bustos de otros hombres célebres, entre ellos el de Molière, sin embargo de que este gran poeta no perteneció á la Academia de su siglo. Pertenecia á otra Academia mucho más grande: á la de la historia, á la del tiempo. El busto tiene esta noble y discreta inscripcion:

Rien ne manque à sa gloire, il manquait à la nôtre. Nada falta á su gloria; pero á nuestra gloria faltaba el tenerle aquí.

Estas palabras son un digno y generoso epitafio. ¡Ilustre Molière! Ya que un siglo dejó tu cadáver insepulto; ya que un siglo negó á tus cenizas el palmo de tierra, que no se niega á tantos idiotas y á tantos malvados, otro siglo te llama, te hace entrar y te tiene guardado aquí.

¡Qué arcanos tan raros envuelven el destino de la vida! El genio salva al mundo, y el mundo lo trata casi siempre como herege. O lo quema, ó lo ahorca, ó lo reduce á morir de hambre, ó lo deja insepulto. Pero Dios que está arriba, tan arriba, Dios que ve tanto, que tanto vela, que tan justo es, entierra luego á los que no tuvieron sepultura, y da pan á los que se murieron de hambre, y quita la argolla á los que perecieron en los cadalsos, y junta los miembros, y resucita el polvo de los que sirvieron de pábulo á bárbaras hogueras. Ahí estan esas estátuas y esos bustos. ¡Gloria á ellos, gloria al siglo cristiano que los fabrica, y gloria al espíritu que los ha mandado fabricar!

Vamos á las curiosidades de este dia. Ha caido en mis manos, por una venturosa casualidad, un memorial antiguo, y en él encuentro noticias, que no dejan de llamarme la atencion.

Primera. En tiempo de San Luis, se dió el nombre de Universidad á la reunion de todas las escuelas parisienses, y la universidad se llamaba entonces LA TRES-HUMBLE ET TRES-DEVOTE FILLE DU ROY: LA MUY HUMILDE y MUY DEVOTA HIJA DEL REY. ¡Quién habia de decir á San Luis que la muy humilde y muy devota hija del rey, habia de poner pleito á los mismos reyes!

Segunda. La vara toesa de mampostería, que hoy no costará menos de quince ó diez y seis reales, costaba en Francia ocho sueldos, ó sean doce cuartos españoles, á mediados del siglo XIII.

Tercera. En el mes de Febrero de 1377, el Emperador Cárlos V recibió en Paris al Emperador Cárlos IV. Entre los multiplicados presentes que el Preboste y los Síndicos de la ciudad hicieron al recien venido, se veia un barquichuelo, que pesaba ciento noventa marcos de plata, neuf vingt et dix marcs d'argent, lo que equivale á unas cuatro arrobas de Castilla.

Si los demás presentes eran por el estilo, bien necesitaba el Emperador una acémila para cada presente.

A la segunda comida que el rey de Francia dió á su huésped, asistieron el Delfin, el duque de Sajonia, las duques de Berry, de Borbon, de Brabante, de Borgoña, de Bar, el conde de Eu, y cerca de mil caballeros y barones, así extranjeros como franceses. Durante la comida, se representaron dos entremeses, uno de los cuales tenia por asunto la toma de Jerusalem, por Godofredo de Bullon. Una de las decoraciones figuraba la gran torre, desde donde los musulmanes proclaman su ley. Un actor, vestido de sarraceno con la más minuciosa propiedad, pregonaba la ley desde la torre en lengua arábiga.

A juzgar por las muestras, debe suponerse que el convite duró todo el dia. Los dos entremeses no dejarian de durar dos ó tres horas; de modo, que cuando tomaran los postres, las entradas debian estar ya en los talones. ¡Con qué reposo lo tomaba aquella buena gente!

Cuarta. El Memorial cuenta la historia de un compadre que no se anda en chiquitas. Estéban Marcel, de quien ya he hablado en estos apuntes, era Preboste de Paris á mediados del siglo XIV. Un dia tuvo la idea (¡en mala hora la tuvo!) de vender la ciudad á los ingleses. Era el 1.º de Agosto de 1358, y por más señas que habia nubes. Así lo dice el Memorial. Para el Preboste de Paris estuvo realmente bien nublado. Pues nuestro buen Estéban Marcel se hace amo de las llaves de la ciudad, y á la media noche, toma el camino de la Bastilla de San Antonio. El Preboste creia que iba solo; pero se engañaba. Dos hombres le seguian. Estos dos hombres silenciosos, que avanzaban como dos sombras, eran los hermanos Juan y Simon Maillard.

—Estéban, ¿qué se hace por aquí á estas horas?

—Juan, ¿qué importa á nadie lo que yo hago? Atiendo á mi oficio de Preboste de la ciudad.

—¡Voto á brios! exclamó Juan Maillard, que era su compadre; el diablo cargue conmigo, si estais aquí para nada que huela á bueno. Ved, añadió luego á varios hombres que se habian reunido; intenta vender la ciudad, y por eso tiene las llaves en la mano.

—¡Compadre Juan, miente usted!

—¡Usted es el que miente, compadre Estéban! Y si no, ahora lo verá usted; y acercándose al Preboste, levanta el hacha y le separa la cabeza del cuerpo. ¡Y eso que era compadre! ¿Qué hubiera hecho, á no mediar el compadrazgo?

Quinta. (Para el Sr. Alejandro Dumas.) El Memorial refiere que en el siglo XI, estaba Paris lleno de clérigos y de estudiantes, cuyos clérigos y estudiantes, en su mayoría, «vivian menos en el santuario de las artes y de las ciencias, que en medio de las riñas y de las bacanales de la calle de Fouare. Saqueaban las tabernas, violentaban á las mujeres, apaleaban á sus maridos con bastones ofensivos, y preferian la belleza de las muchachas á las bellezas de Ciceron.»

Sepa el Sr. Alejandro Dumas que los clérigos y los estudiantes de Paris, en el siglo XI, saqueaban las tabernas, violentaban á las mujeres, y apaleaban á sus maridos con bastones ofensivos. Sepa el Sr. Alejandro Dumas que Paris, en el siglo XI y bastante despues, era una horda, porque solamente en una horda pueden consentirse tamañas tropelías. Más valiera que el Sr. Dumas tuviese presente la historia de su pueblo, antes de hacer befa de una nacion leal y generosa, á quien paga con despropósitos, con calumnias y ridiculeces.

Sexta. (Para el mismo Sr. Dumas.) Bajo el reinado de San Luis, el jefe de los mercaderes tomó el célebre nombre de Preboste, y á contar de esta fecha, el Prebostazgo dejó de venderse á pública subasta, como acontecia en los tiempos anteriores. «De aquí resultaba, dice el Memorial, que los pobres no hallaban amparo contra los ricos, á causa de los muchos presentes que los ricos hacian á los Prebostes. El bajo pueblo no se atrevia á morar en las tierras del rey, y se iba en busca de otras prebostias y otros señoríos, por lo cual las tierras del rey estaban tan desiertas, que cuando el Preboste daba audiencia, no asistian á ellas arriba de diez ó de doce personas; pero en cambio, habia tantos malhechores y rateros dentro y fuera de la ciudad, que toda la comarca estaba llena.»

Y para que el Sr. Alejandro Dumas no crea que pretendo burlarme, siguiendo su costumbre, copio á continuacion el texto en francés antiguo.

«Le menu peuple n'osoit demourer en la terre du roy, et alloit demourer en d'autres prévostés et aultres seigneuries, et la terre du roy etoit si déserte que, quand le prébost tenoit ses plaids, il n'y avoit pas plus de dix personnes ou de douze; mais il y avoit tant de malfaicteurs et larrons à Paris et dehors, que tout le pays en estoit plein.»

Sepa tambien el Sr. Dumas que, hasta el reinado de San Luis, Paris y sus alrededores estaban plagados de malhechores y de rateros, y que los vasallos de la corona tenian que ir á buscar otros señoríos, porque no podian parar en las tierras del rey. ¿Y cómo llama usted á eso, Sr. Dumas? ¿Es eso cultura y civilizacion? ¿Eso no es Africa? ¿Para eso no hay Pirineos?

Basta de Memorial. Vamos á curiosidades de otro género. Segun un inventario hecho en 1774, los diamantes de la corona francesa excedian de ocho mil, de los cuales eran los mejores, y lo son todavía, los denominados el Regente y el Sancy.

El Regente, que ocupaba el tercero ó cuarto lugar entre los primeros diamantes conocidos, fué comprado por el duque de Orleans por cuatrocientos mil napoleones, en 1717.

La historia de Sancy es más antigua y novelesca. En el siglo XV, un suizo poseia este gran diamante, no se sabe cómo, y lo vendió por un escudo á Cárlos el Temerario. El tal hombre ignoraba seguramente que aquel pedacito de piedra encerraba una gran fortuna. De Cárlos el Temerario pasó á Nicolás de Harlay de Sancy, que lo empeñó á D. Antonio, rey de Portugal, en doscientos mil francos. El mismo Sancy lo desempeñó luego, mediante una suma de quinientos mil, ó sean dos millones de reales. ¿Qué diria á esto el buen Suizo, que lo vendió por un escudo?

Ultima curiosidad. En la calle de los Pequeños Campos, hemos encontrado á una señora que caminaba con el aire de una heroina, mientras que la seguia un corderito, que llevaba sobre el lomo un manojo de parras. La señora volvia la cara de cuando en cuando, de lo cual inferimos nosotros que alguna persona interesada quedaba atrás, y así era efectivamente, segun luego vimos. En estos dares y tomares, atraviesa la acera un caballero jóven, y ambos se saludan con más afecto del que conviene manifestar en público, sobre todo cuando la mujer es casada, y muy especialmente, cuando detrás viene un carnero. El recienvenido la pregunta por su esposo, y ella, con cierto desden, con cierta saciedad (es muy prosáico en el poético Paris el amar á un marido) contesta á media voz: ahí detrás viene. El otro miró, y no vió otra cosa que el borreguillo que traia las parras. Nosotros presenciábamos la escena, situados delante de un escaparate, á diez ó doce pasos de distancia. Mi mujer me miraba, porque no comprendia el tremendo chiste de la situacion, hasta que yo me eché á reir, sin ser dueño de contenerme. Entonces mi mujer me preguntó por qué me reia, y yo la conté el lance, que la hizo reir tambien.

No comprendo por qué; pero ello sucede que, las cosas más graves son las que nos causan más risa.

Yo no pude menos de poner en verso esta peregrina aventura, aunque en Paris no tiene nada de peregrina, ni de extraordinaria.

Va una dama con gran fuero, Y gran pompa y grande brillo, Siguiéndola un carnerillo Que es animal muy casero. Con su manojo de parras Iba el animal ufano, Cuando llega un Don Fulano Que es amigote de marras, —¿Y su esposo? dice luego. —Detrás viene, dice ella … ¡Oh prodigio de la estrella! Detrás marchaba un borrego.

A lo léjos, muy á lo léjos, apareció una víctima. Era el marido.

A última hora. Son las once de la noche. En el momento de ponerme á escribir el noveno artículo para La América, nos traen una noticia. No sé cómo anunciarla á mis lectores. Temo lastimar su corazon, como lo está el de mi mujer y el mio. Luisa ha muerto. Sin duda la sorpresa que la produjo el ver á su hermana, la causó un derrame cerebral, que devoró su vida en pocos instantes. ¡Pobre mujer! Hé aquí lo que deben esperar las jóvenes que no saben luchar consigo mismas, que no saben ser lo que Dios ha querido que sean, y los padres que ponen en olvido que la paternidad no es una tiranía, sino una mision, un sacramento, un sacerdocio.

¡Desgraciada Luisa, adios! ¡El cielo tenga más misericordia de tí, que lástima te tuvo ese hombre infame de Rodhese! Si tuviéramos valor para ello, averiguariamos en dónde te entierran, y antes de volver á nuestro país, iriamos á despedirnos de tus cenizas. Mi mujer llora, y yo tengo el pecho oprimido.

Juro que no he de partir de esta ciudad, sin escribir al estudiante de Estrasburgo, noticiándole la desgracia de una mujer que él no merecia. Sí, lo sabrá al menos, para que esa sombra vaya sobre su corazon, y no engañe á otra desdichada.

=Dia trigésimo quinto=.

Disputa del restaurant de las Columnas.—Manuela Bernaola.—Una mujer de Batiñoles y de Lamartine.—Un caballero vestido de hombre, y un hombre vestido de caballero.—Un conflicto.—Llanto de mi mujer.—Cartas—Visitas.—Las cinco y media de la tarde.—Un puente.—El Napoleon y el guardia civil.

Prometi dar cuenta de una disputa que presencié el otro dia en el restaurant de las Columnas. Era la siguiente. Dos caballeros discutian en alta voz, acerca de la prenda que constituia el carácter más grande del hombre. Uno opinaba que era la generosidad, la abnegacion. El otro decia que era el valor ó la firmeza. Yo creo que es la resolucion para emprender, y la constancia para proseguir y terminar. Despues del genio y de la honradez, me parece que aquellas dos virtudes son las más elevadas y trascendentales del mundo. Con resolucion hay casi todo.

Obran en mi poder los datos relativos al asesinato de Manuela Bernaola é Ignacio Cabezudo; pero no puedo publicarlos aquí, porque un escritor de Madrid me participa que prepara una historia de aquel atentado, y no debo perjudicar á mi compañero de letras, anticipando datos curiosos que quitarian interés á su obra. Dicho escritor me pide un prólogo para la historia que piensa publicar, y me despido del asunto hasta entonces.

Me han contado hoy cierta aventura muy notable de una mujer de Batiñoles. Esta mujer, que es una verdulera, supo que se habia abierto una suscricion á favor del célebre poeta de Lamartine, con el fin de que pudiera rescatar un castillo feudal, que tenia empezado. Con este ó semejante motivo, se han abierto ya dos suscriciones, que no habrán importado menos de trescientos mil duros. ¡Un republicano acude á la caridad europea, para desempeñar un castillo feudal! ¡A la suscricion de un republicano francés, contribuyen en primer lugar los lores ingleses! Esto seria extraño, muy extraño, en cualquier país de la tierra; en Paris, no. En Paris no tienen absolutamente nada de extraño las cosas más extrañas.

Pues la buena mujer de Batiñoles supo la suscricion á que me refiero, supuso que el poeta se hallaba en grandes conflictos, y repetia frecuentemente: ¡pobre señor Alfonso de Lamartine! ¡Qué apurado estará! Y hoy guardaba un franco, otro franco mañana, y así fué reuniendo hasta cuatro napoleones. Toma nota del número de la casa, se aliña lo mejor que puede, y llena de gozo, como quien sabe que va á practicar una buena obra, coge el camino de Paris, y al cabo de una hora de buen andar, se para en la puerta del gran escritor. El corazon saltaba del pecho á la pobre mujer, imaginándose que iba á encontrar, afligido y pobre, al eminente autor de las Melodías. Pasa el umbral…. No, no es aquí, dijo en sus adentros la verdulera. En este patio hay coches, veo lacayos, escudos de armas … no, no es esta la casa de mi pobre señor Alfonso de Lamartine. Pregunta á los vecinos, y todos la aseguran que aquella es la casa del poeta. Pasa segunda vez el umbral, se detiene, mira, da unos cuantos pasos con recelo…. La vecindad me engaña sin duda, decia para sí la aturdida mujer. Por fin, medio balbuceando, entera á uno de los criados del objeto que la llevaba, y la hacen entrar en un gabinete. Alfombras, cortinajes, dorados, tremoles…. ¿Que es esto? exclamaba la verdulera. Sale del gabinete, atraviesa el patio, cruza el umbral, camina á marchas dobles por la calle, y como alma que lleva el diablo, entra en Batiñoles. Inmediatamente que se vió en su casa, se sienta, deshace el nudo que tenia la esquina de un pañuelo, saca cuatro napoleones que habia envueltos allí, y se los mete en el bolsillo exclamando: mucha más falta me hacen á mí que al señor Alfonso de Lamartine. Con estos veinte francos, haré un vestido nuevo á mi hijo Vicente. El niño asoma en este momento, da un grito de alegría, y corre hácia su madre, que le abre los brazos.

Esta aventura, que no tiene nada de particular para otros, tiene para mí una grandísima importancia, porque tiene una grandísima moralidad. La accion de la mujer de Batiñoles vale infinitamente más que el castillo, y que mil castillos del poeta de Lamartine.

Otro incidente no ha dejado de impresionarme. En el pasaje de Jouffroi hemos encontrado á un vizcaino, que viene de la Habana, y que se ha hecho rico con la trata de negros. Lleva una gran cadena de oro, sortija de brillantes, alfiler de lo mismo; casi al propio tiempo, pasa por nuestro lado un hombre modesto y humilde. Era M. Littré, el hombre más sábio quizá de todo el Instituto de Francia. Yo dije para mí: aquel es un hombre disfrazado de caballero, y señalé al vizcaino: aquel otro es un caballero vestido de hombre, y señalé al sábio y modesto publicista.

Otro incidente me ha impresionado más. Un amigo llega esta mañana, me mira, calla, y despues de un minuto de silencio, me dice: ¿usted me oye?

—Sí, señor, le oigo.

—Si usted no me ayuda, dentro de tres horas estoy en la cárcel.

—¡Cómo! ¿Por qué?

—Porque debo ochocientos cincuenta francos.

Vi el conflicto pintado en el semblante de aquel hombre; aquel hombre no me engañaba; era un amigo mio; sobre todo, era un hombre honrado, la vergüenza quemaba sus mejillas, y no me fué dado vacilar. No quise, ni pude. Un hombre que tiene corazon, no vacila nunca en tales momentos. Mi mujer no se habia levantado aún. Sin decirla nada, sin saber lo que hacia, tanto ó más aturdido que mi amigo, abro mi cofre, y le doy los ciento setenta napoleones que necesita. Aquel hombre coge el dinero, me aprieta la mano sin decir palabra, y con los ojos humedecidos, sale precipitadamente de mi habitacion.

Si él no me paga, exclamé para mí, Dios me lo pagará. No sabemos cómo, acaso no lo conocemos, tal vez nos quejamos, porque no vemos el interior de esta enorme máquina que se llama mundo; pero tenga el lector por cierto que Dios paga siempre estas cosas. Tal vez nos lo paga con monedas que nosotros no sabemos apreciar; pero nos lo paga. Esta verdad es la más evidente y la más necesaria de la vida.

Pero otra cosa me ha producido todavía mayor sensacion. Luego que el amigo partió con su dinero, conté lo que me quedaba, y despues de pagar la fonda, no me resta lo necesario para volver á nuestro país. ¡Desdichado de mí un millon de veces! ¿Cómo se lo digo á mi mujer? ¿Qué hago? ¿A qué apelo?

Pero otra novedad debia impresionarme más aún. Á la vuelta del restaurant de las Columnas, entrados ya en nuestra calle, hube de decir algo á mi compañera sobre la aventura del amigo; mi mujer se para repentinamente, me echa una ojeada terrible, suelta su brazo del mio, se cubre la cara con ambas manos, y arranca á llorar; pero un llorar que no podia contener, un llorar sin consuelo. Yo me quedé inmóvil, estático; crucé los brazos, y la miraba sin saber qué hacer, ni qué decir. Debia estar pálido como un cadáver. Hice que se cogiera de nuevo á mi brazo, entramos en la fonda, la señora acudió para saber qué la sucedia, yo la dije que habiamos recibido la noticia de que mi suegro estaba enfermo de gravedad, la patrona nos manifestó su deseo de que se aliviara, y subimos. Al entrar en nuestra habitacion, vi algunas cartas sobre la chimenea. Abro la primera que cogí, y con la carta abierta en la mano, digo á mi compañera:

—¿Por quién dirás que podemos volver á España cuando queramos?

Mi mujer me miraba con mucha atencion, y con un aire indefinible de sorpresa y de regocijo.

—¿Por quién? me preguntó.

—Por la ciudad de Reus.

—¡Bendita sea! exclamó mi mujer.

—¡Bendita sea! exclamaron tambien otros labios.

Mis amigos de Reus, presumiendo que podia verme en algun apuro, y deseosos de que no me quedara en Francia, me mandaban cien duros á Paris, y otros ciento á Madrid, con el objeto de que me encontrase con recursos á mi llegada. Hay demostraciones tan generosas, tan delicadas y tan nobles, que no se pueden olvidar nunca, aún supuesta la ingratitud, aún supuesto ese negro vicio, el más negro de todos. Y ya que trato del capítulo de la gratitud, voy á trasladar al papel algunas páginas de mi corazon, por si sucede que estos apuntes sean el último ensayo que doy al público, como pudiera suceder, si la terrible dolencia que me aflige avanza algo más. Estoy seguro de que mis lectores no llevarán á mal este desahogo de un alma agradecida y lacerada, porque ¿quién no tiene en el mundo algo que agradecer? ¿Quién no tiene deudas sagradas que pagar?

Cuando la prohibicion de siete obras consecutivas (prohibiciones sistemáticas las más de ellas) consumieron todos mis recursos, puesto que las obras prohibidas no valian menos de cuatrocientos mil reales: cuando me he visto sin medios humanos de vivir, despues de veinticinco años de estudios constantes, de constantes vigilias; un artesano, un menestral, un hombre que no me conocia; un hombre que habia aprendido á leer en un libro mio, se redujo á comer un pedazo de pan, y me enviaba, contra mi voluntad, todo el preciosísimo capital de sus economías: este artesano, esta alma grande, es José Mallol, natural de Gandía, provincia de Valencia. Pongo este ejemplo en primer lugar, porque José Mallol no me daba lo que él tenia, sino lo que arrancaba de su existencia.

Si algo he hecho y puedo hacer por mi patria; si alguna huella dejo en el mundo; si la Providencia ha querido favorecerme con esta altísima merced, á que seguramente no me considero acreedor, España deberia agradecerlo al marido de mi hermana Filomena, D. Antonio Miravent y Bogarin, á su hermano D. Francisco, y al marido de mi hermana Amparo, D. Juan María de Zarandieta, naturales todos de la isla Cristina, provincia de Huelva. Tambien son dignos de mi gratitud, por su conducta liberal y caballerosa, D. Miguel Roselló, de las Baleares; D. Cayetano del Portillo, D. Rafael Molero de la Borbolla, D. José Bulnes y Solera, y mi hermano político, D. Salvador de Cantos, de Sevilla; D. Ramon Sans, de Huesca; el Marqués de Premio Real, y D. José Bartorelo y Quintana, de Cádiz; D. Cárlos Cervera y D. Félix Gallac, de Valencia; D. Alejo Tresario Echevarría, de Bilbao; D. Serafin Martinez y D. Gregorio Garcerán, de la Habana; D. Lúcas Cuesta, de Oviedo; D. Juan de Torres y Gil, de Casariche; D. Antonio Gonzalez y Ciezar, de Ayamonte; D. Vicente Ramirez Cruzado, de Villarrasa; D. Juan Bautista Revuelta, de Carlet; D. Policarpo Villalobos, de Dénia, y otros muchos, cuyos nombres no me son conocidos. Casi, casi puede un hombre ser desgraciado, por tener el consuelo de verse rodeado de tantas almas buenas. Reciban todos mi saludo y mi agradecimiento; si me muero, como en señal de despedida; si vivo, como en señal de testimonio. Á la lista de mis amigos y favorecedores debo añadir tres nombres queridos: D. Juan de la Puerta Canseco, de Santa Cruz de Tenerife; D. Amaranto Martinez Escobar, de Palmas de Canarias; y D. Fernando García, de Gerona.

Cobramos la letra de Reus, pagamos la fonda, hacemos tres visitas, compramos algunas frioleras, y nos proveemos de dos billetes. Llegan las cinco y media, subimos á un coche que nos conduce á una estacion de ferro-carril; nos acomodamos en nuestros puestos, y el tren arranca. Pasan algunas horas, y á los rayos de una luna llena, distinguimos los árboles corpulentos de Orleans, luego las llanuras de Burdeos, despues las torres de Angulema, de Bayona y de Irun. Irun está delante de nosotros. Pasamos un puente, á cuya izquierda hay un guardia civil: mi mujer se baja del carruaje, besa la tierra, y da un napoleon al guardia, que no quiere tomarlo. Estamos en España. Al oir mi mujer que estamos en España, las órbitas la saltan de los ojos, y tartamudeaba de alegría. Entre estos regocijos, se vuelve hácia el territorio francés, y hace una cruz, diciendo; cruz y raya: una y no más, Santo Tomás. Entre tanto, yo murmuraba: ¡Paris, palacio por fuera, sepulcro por dentro; fábula del mundo, fábula de tí propio, adiós! ¡Luisa, pobre Luisa, adiós!

FIN.

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