← Table of contents
Un paseo por Paris, retratos al natural

ESCENA III. (continued 2)

Reading edition

De la reseña que acabo de hacer, viene ese monumento que visitamos.

El rey Clovis, cediendo á las instancias de Santa Genoveva y de la reina Clotilde, levantó una iglesia, dedicada á San Pedro y San Pablo, en el monte llamado Lucotitius, que dominaba al antiguo Paris.

En aquella iglesia fuéron sepultados los restos de la Santa, á quien Paris debió tres veces su salvacion, y la fe y la gratitud que inspiraba aquel nombre, hizo olvidar la primitiva advocacion de los santos apóstoles. La veneracion pública dió al templo de Clovis el nombre de Santa Genoveva. Vienen los normandos en el año 887, y la iglesia de Santa Genoveva fué presa de las llamas. En el siglo XII se reconstruyó; pero en el XIV amenazaba ya ruina, y hasta el XVIII no vió Paris alzarse ese magnífico monumento. Lo principió Luis XV, y hago mérito de esta circunstancia, porque quien da su nombre á un monumento de tal tamaño, tiene positivamente derecho á que la posteridad no lo olvide.

Cuando se desemboca á la plaza del Panteon, la fachada de aquel gigantesco edificio viene á cautivar deliciosamente el ánimo del que lo contempla. Un monumento como el que tengo delante, se contempla, no se mira. Compónese aquella preciosa fachada de una galería y de un gran pórtico, imitacion del Panteon romano. Tiene veintidos columnas estriadas de órden corintio, de veinte metros de elevacion, y dos de diámetro, sosteniendo un fronton triangular de una longitud de treinta y tres metros, sobre una latitud de siete si son exactos, como creo, los informes que aquí nos dan. El arte ateniense tiene el genio de hacer que el mármol sea casi aéreo, casi vaporoso, y eso se nota aquí. Parece que esas columnas y ese enorme fronton se mueven, parece que se disponen á partir, á dejar la tierra, como cuando un pájaro levanta la cabeza y agita las alas, en actitud de querer volar.

El plan general de ese atrevido monumento, de esa altísima concepcion, representa una cruz latina. La componen cuatro naves, poderosamente dominadas por una sola cúpula, que se alza en el centro. Todo el edificio comprende un espacio de ciento trece metros de longitud, ochenta y cinco de latitud, y ochenta y tres de altura.

La linterna circular, rodeada de doce columnas, que corona elegantemente todo el edificio, estará a una altura de ciento cuarenta á ciento cincuenta metros.

Para ir desde la planta baja á lo alto de la cúpula, hay que subir cuatrocientos setenta y cinco escalones.

Cuando llegamos á una gran baranda de hierro que circuye lo alto de la cúpula, el ingeniero que me acompañaba (ya mis lectores le conocen), se empeñó en que yo tenia que asomarme, echando fuera una buena parte del cuerpo, á fin de dominar el enorme cóncavo de la media naranja, y las lejanas naves y paredes del monumento. Yo experimentaba que mi cabeza se deprimia por instantes; sentia que una mano de bronce me aplastaba la frente; ya me creia rodando por aquellas extensas y horribles bóvedas; horribles me parecian á mí, pues miraba en ellas el vacío lóbrego y misterioso de una sepultura. En fin, á despecho mio, arrostrando con cierta vergüenza la nota de cobarde, con que queria picarme el compañero, eché á huir hácia la escalera, casi dando chillidos y con los cabellos erizados. En mi vida me he creido más fuera del mundo. Me parecia que era propiedad de un mago, de un duende, de una bruja.

El ingeniero que me vió huir, echa detrás de mí como un rayo y me coge por los hombros, cuando yo no habia ganado todavía la escalera. Aquí fuéron mis grandes apuros; sudaba como un pollo; balbuceaba palabras interrumpidas, porque no podia hablar, y Dios sabe el esfuerzo que tuve que hacer sobre mi convulsion nerviosa, para no gritar pidiendo auxilio, como si me viera rodeado de asesinos ó de ladrones. ¡Qué sábia ha sido mi mujer! decia yo para mí. ¡Cuándo me veré en donde está ella! Mi mujer no quiso subir, y esperaba abajo. El ingeniero me coge por los hombros, tira hácia atrás, casi me arrastra, y como quien maneja un cadáver, me lleva á la baranda, me inclina el cuerpo, me baja la cabeza y me obliga á mirar, mientras que mis manos estaban asidas fuertemente á los hierros. ¡Es un espectáculo maravilloso! exclamaba con cierto frenesí de artista, un frenesí que le hacia muchísimo favor, que le honraba en extremo; pero que yo no podia comprender, mucho menos que comprender, venerar; y mucho menos que venerar, aplaudir. Yo dejé caer la cabeza sobre la baranda como un muerto, cerraba los ojos como para no desvanecerme; pero era inútil. Todo rodaba; todo me circuia dando vueltas en una confusion diabólica. No sé si porque ví algo al cerrar los ojos, ó por una adivinacion incomprensible del fluido eléctrico que me volvia loco: más claro, no sé si porque ví algo con mis ojos ó con mi gran miedo, me parecia estar mirando aquella formidable concavidad, al mismo tiempo que me imaginaba dando vuelcos por aquella region, muy maravillosa, muy sorprendente; pero muy vacía. ¡Dios le pague al buen ingeniero la excelente intencion con que obraba; pero se acabó el ir con él á la visita de ningun monumento que tenga más de un piso! Yo no puedo significar lo que padecí, las crueles angustias que pasé, las extravagantes y monstruosas visiones que se apoderaron de mi imaginacion. El ingeniero, que arrebatado del entusiasmo de su noble oficio, no veia que yo estaba medio difunto, me preguntó con aire orgulloso qué me parecia. Yo me apresuré á manifestarle que me habia parecido asombroso, que estaba lleno de admiracion y de regocijo, que no lo olvidaria en mi vida (era la verdad), y diciendo esto, y estudiando sus ademanes, me dirigia á la escalera. Luego que bajé el primer tramo, dí un suspiro, y saltaba los escalones de dos en dos, temeroso sin duda de que el ingeniero viniera á cogerme segunda vez. ¡Oiga usted! ¡Venga usted aca! me gritaba desde arriba. ¡Verá usted un grupo magnífico! Yo saltaba antes los escalones de dos en dos; ahora los saltaba de tres en tres, contestándole al mismo tiempo: sí, señor, un grupo muy magnífico, allá voy, espéreme usted, y miraba hácia bajo, para ver si faltaba mucha escalera. Creí no llegar; hasta sospeché que habia equivocado el camino y que marchaba hácia las nubes. Por fin llegué, por fin pisé tierra, por fin ví á mi mujer que ya estaba impaciente, y que me pareció sumamente hermosa. Me figuré que veia una divinidad.

El ingeniero estuvo por allá una media hora. Entre tanto, en union de mi compañera, visité el interior espléndido de esto que no sé cómo denominar: si necrópolo ó templo, si protesta ó fe, si reliquia ó profanacion, si monte Calvario ó Roca Tarpeya.

Frescos brillantes, fastuosos, casi lascivos; apoteosis de Bonaparte, hombres ilustres de la república y del imperio; Fenelon, Malesherbes, Mirabeau, Voltaire, Rousseau, Lafayette, Carnot, Manuel, Monge, Laplace, David, Bichat, Lagrange: es decir, allí está todo lo que debe estar en un arco de triunfo, en una academia, en un teatro, en un cementerio, en un museo, en un alcázar: no hay nada de lo que debe haber en una iglesia: victorias, apoteosis griegas, pinturas romanas, la libertad, el genio, el valor, la ciencia, la historia; guerreros, teólogos, protestantes, cismáticos, realistas, republicanos, poetas, cirujanos, matemáticos, críticos, filósofos, inventores; todo eso he visto allí: no he visto un santo. Sin embargo, esto que visitamos, esto que vemos, este resplandor que nos ofusca, que nos fascina, es un templo católico. En un templo católico están Voltaire, Rousseau, Diderot y otros compañeros de la Enciclopedia: no están Bossuet, Bourdaloue, Flechier, Masillon. Ya lo he dicho en otro lugar de estos apuntes, pero hay cosas tan raras y originales, que no basta decirlas una vez.

Este edificio, como la Magdalena, es una cosa santa sin santidad: es una santidad á la fuerza, mandada guardar y cumplir como ley de Estado, á la manera del Jehovah hebreo. Todo es Dios en esta irreverente iglesia, menos Dios: todo es iglesia, menos la iglesia. Los franceses deben estar muy satisfechos de esto, porque, realmente, esto es muy francés.

Muchos franceses creen (yo lo he oído) que el Panteon parisiense es de un mérito superior á la Basílica Romana. Me parece que esta opinion es una lisonja con que se adula el espíritu nacional. Al comparar estas dos grandes páginas de la historia del arte, no debemos remontarnos á la poesía de los templos, porque el Panteon no lo es. Hablarémos de los edificios; es decir, de la piedra.

Santa Genoveva, obra de un solo hombre, realizacion de un solo pensamiento, tiene más unidad, más simetría, más órden.

El Vaticano, en donde cada siglo pone muchas estátuas, tiene infinitamente más fecundidad, más grandeza, más galanura, más esplendidez.

En el Panteon hallamos más escuela, más regularidad: si se quiere, más sabiduría.

En el Vaticano admiramos más arte, más creacion, más genio.

Si el Panteon es un edificio, el Vaticano es un monumento.

Si el Panteon es un monumento, el Vaticano es una maravilla.

En Santa Genoveva reina Soufflot: el puritanismo aleman.

En la Basílica de San Pedro, reina Miguel Angel: la magnificencia italiana.

En Santa Genoveva se admira al hombre.

En el Vaticano se admira á Dios.

En la catedral de Sevilla y de Toledo, se le adora.

Childerico dió a la primera iglesia la denominacion de San Pedro y San Pablo.

La veneracion pública borró el nombre de San Pedro y San Pablo, para llamar al nuevo edificio Santa Genoveva.

La Asamblea constituyente borró el nombre de Santa Genoveva, para denominarlo el Panteon, despojándolo del culto católico.

Napoleon I no le volvió el nombre de la santa; pero le devolvió su culto.

La restauracion borra el nombre de Panteon, para llamarlo nuevamente Santa Genoveva.

La revolucion de Luis Felipe vuelve á borrar el nombre de Santa Genoveva, para darle el de Panteon.

Napoleon III, en 1852, vuelve á borrar la advocacion revolucionaria de Panteon, para darle el nombre religioso de Santa Genoveva.

Mañana ú otro dia volverá á llamársele Panteon, para volverle á llamar luego Santa Genoveva, Panteon despues, y Santa Genoveva más tarde, hasta que por fin venga al suelo, quedando para siempre la memoria confusa y revuelta de Santa Genoveva y de Panteon.

Si se pudieran averiguar todas las veces que el pueblo francés ha dicho hoy ¡muera! á lo mismo que ayer dijo ¡viva!, es seguro que se formaria la historia más curiosa del universo. No debe negarse que en todos los países suceden mil extravagancias; pero lo que es extravagancia en otras partes, es aquí consecuencia. El prurito, el frenesí, casi la locura de variar, es lo único que en Francia no varia: lo único estable es lo voluble. Un ¡viva! equivale aquí á una escalera que conduce irremisiblemente al patíbulo. No tengo la ambicion de ser victoreado en ningun pueblo de la tierra; menos que en ningun otro, en este devorador Paris. No estoy tan mal con mi pescuezo.

Otro dia bajaré al subterráneo, en donde se custodian las cenizas de Voltaire, Rousseau, Diderot, y algunos otros personajes célebres. No bajo hoy, ya porque los novecientos cincuenta escalones que he bajado y subido, han quitado á mis piernas el gusto de subir y bajar; ya tambien porque llevo un compañero sospechoso. El ingeniero que me acompaña tiene una frenética aficion á todas las cosas de la antigüedad; es un arqueólogo furibundo, y estoy cierto que si bajo con él al Panteon, me obligará á meter la cabeza por todo nicho, sepultura, grieta, rendija, escondrijo y recobeco que vaya encontrando. Si hubiese un abismo por allí, es seguró, tambien que me obligaria á meter las narices en el abismo, como me obligó á mirar la cúpula desde la baranda de hierro, á la altura de un décimo piso. La verdad, dicho sea sin ofender á nadie, no tengo ninguna comezon por ser héroe ni en las profundidades, ni en las alturas.

Salimos del templo, atravesamos la plaza, cruzamos luego por San Sulpicio, y á los cuatro minutos nos vemos en el muelle de Voltaire. Pasamos uno de los puentes, y véanos el lector en la otra orilla del Sena, en el momento en que uno de los vapores que van á Versalles se dispone para partir.

La orilla del río presenta un espectáculo animado, extraño, pintoresco, delicioso. Unos salen, otros entran, todos corren; se agolpan; se apiñan; las marras del buque se sueltan; el humo asoma; las ruedas se mueven; el agua salta convertida en espuma; el vapor parte. Al clamoreo festivo de la despedida, sucede un silencio general. El tiuque se desliza sobre aquella corriente azulosa, como una culebra sobre el musgo de un prado verde. No bien habia partido, cuando llega una pobre señora con dos criaturas. Tiene los labios entreabiertos, la boca seca; los ojos dilatados; la frente sudosa é hinchadas las narices, efecto de cansancio. La infeliz madre, al mirar que el vapor se alejaba, se quedó inmóvil, con un niño en los brazos y el otro cogido de la mano, sin saber lo que la pasaba. Es seguro que tenia el aliento suspendido.

Luego exclamó: ¡que je suis malheureuse! ¡J'arrive tard toujours! (¡Qué desgraciada soy! Siempre llego tarde.)

Despues de estar en la misma actitud dos ó tres minutos, hizo un ademan de forzosa resignacion, y se volvió con sus dos niños.

Nosotros permanecimos en el muelle, hasta que el buque desapareció. Ver un vapor en medio de una ciudad populosísima, como si nos hallásemos en las márgenes del Océano, es un panorama que me tiene encantado.

Luego que ya no divisamos el buque, nos dirigimos á la plaza de la Concordia, con ánimo de tomar el ómnibus que viene del arco de la Estrella. Á los pocos pasos que dimos, nos encontramos con un hombre que estaba sentado sobre el muelle, inmediato á una cuerda que iba á sumergirse en el rio. Al ingeniero le faltó tiempo para preguntarle qué significaba aquella cuerda. El hombre contestó que era una máquina, dentro de la cual se bajaba al fondo del rio, pudiendo ir sentado con la mayor comodidad, y llevar los ojos abiertos. Desde la, máquina en cuestion se veia el fondo del Sena, la diafanidad de las aguas, los barquichuelos que pasaban por encima, y otras curiosidades á este tenor. Nuestro ingeniero hizo una exclamacion de alegría. Se conoce que habia ido á Paris en busca de lances estupendos, y la cuerda realizaba una de sus soñadas maravillas. Inmediatamente me coge por los hombros, y se empeña en que habia de bajar con él al fondo del rio, á una profundidad de diez ó doce varas. Yo me quedó mirándole entre amostazado y risueño: por fin le dije: pero, hombre, ¿usted se ha formado el propósito de que yo no salga entero de Paris? ¿Cómo quiere usted que vaya á rastrear el fondo del Sena, incrustrado en una máquina de vidrio? ¿Y si casualmente se rompe un cristal, y la máquina se llena de agua y me ahogo? Espere usted que me haya convertido en cangreo, y entonces bajarémos juntos.

—No, señor; no, señor; exclamaba con mucha prisa, como si la ocasion se le escapara de las manos, y sin soltar mis hombros. Es necesario probar la máquina. ¿Qué se diria de nosotros en Madrid, cuando se supiera que no habiamos bajado por miedo?

—Déjeme usted por el amor de Dios, le contestaba yo sonriendo. Madrid puede decir lo que tenga por conveniente; pero yo no estoy en el caso de hacer el buzo, para dar un buen rato á las tertulias de Madrid….

—Nada, nada, repetia, y apretándome más fuertemente, previno al hombre que subiera la máquina.

Al notar mi mujer que el hombre tiraba de la cuerda, me cogió del brazo con resolucion, diciendo al ingeniero.

—Usted puede bajar, si gusta; lo que es mi marido no se mete ahí, y tiró de mí valerosamente hácia la plaza de la Concordia. Mi hombre no se atrevió á habérselas con una señora, y tuvo que capitular, bien á pesar suyo. Si mi mujer no se convierte en casa de asilo, me coge y me empaqueta en la máquina de cristal, como me llevó casi en vilo á colocarme sobre la baranda del Panteon.

—Noto, le dije, al par que caminábamos hácia la Concordia, que la arqueología de usted tiene instintos atroces. Seria menester, amigo mio, que diese usted más humanidad á sus caballerescos antojos.

—No son antojos caballerescos; son quimeras artísticas.

—Pues seria menester que tuviese usted quimeras artísticas más amables.

En esto llegamos á la Plaza, cerca de cuyo muelle hay una fragata, surta en el rio, como ya he dicho en otro lugar de, estos apuntes.

—¿Una fragata? exclamó el ingeniero. Pues vamos allá.

Creo que si le muestran en Paris el purgatorio, se mete dentro con medias y ligas.

Fué preciso ceder. Vimos la fragata, y tomamos encima de cubierta, debajo de un elegante toldo, varios refrescos que pedimos. Esto es otra cosa que la máquina de vidrio, y que la baranda de Santa Genoveva.

Salimos de allí, cruzamos la Plaza, llega el ómnibus, montamos en él, y á los veinte minutos nos hallábamos en la puerta de nuestra fonda. El ingeniero no quiso subir, porque tenia que continuar sus excursiones. ¡Todavía no estaba satisfecho, cuando yo tendré que hacer cama por la batahola del Panteon! Al separarse de nosotros, exclamé para mi coleto: ese hombre ha equivocado el oficio; ha nacido para hacer piruetas en la maroma.

Vamos á la comparacion entre Rothschild y Salamanca. No voy á hacer una pintura, sino un boceto, al mismo tiempo concebido y ejecutado. No debo ocultar que lo escribo con miedo; pero la buena fe me salva.

La Europa presenció, no ha mucho, un congreso de soberanos. En ese congreso entra Rothschild, y todos los reyes se levantan y se destocan, menos el de Holanda, que era el único que no le debía. Despues de esto, acaso no seria temerario decir que aquellos reyes se destocaron ante su rey, lo cual significa que el dinero es el rey de los reyes de nuestro siglo, porque claro es que aquellos soberanos no acataban en Rothschild otra teología, otra heroicidad, otra ciencia, otro arte, que el dinero. Ese es Rothschild; una especie de rey universal, un gran monarca de nuestros tiempos, ante quien los monarcas dinásticos se destocan.

Hay un rico, muy rico, inmensamente rico, que ha sabido enriquecerse más. Hay un hombre, una familia, que hereda un gran tesoro, que sabe ponerlo á buenas ganancias, que sabe acrecentarlo, hasta reunir la suma fabulosa de miles de millones de reales, asombrando al mundo con un prodigio de que no hay ejemplo en la historia de la humanidad: ese es el judío Rothschild.

Salamanca hizo con su fortuna lo que Dios con el universo: la sacó de la nada.

Muy entrado el presente siglo, hay en Granada un estudiante que va al café, y habla de onzas de oro; va al billar, y habla de onzas de oro; y habla de onzas de oro á su patrona, á sus compañeros, átodo el mundo. Sin embargo, el estudiante es pobre. ¡Cuántas veces se veria en aprieto para pagar su modesto pupilaje! ¡Cuántas veces esquivaría atravesar la puerta del sastre! ¡Cuántas veces huiria de la calle del zapatero! El buen escolar de Granada no tenia las onzas de oro en su bolsillo; las tenia en su imaginacion; no las tiene, las ve; quizá no las ve; las adivina. De cualquier modo, las onzas, de oro están allí; ya saldrán cuando llegue la hora. En el alma de aquel estudiante hay una geometría oculta, una química incomprensible, una especió de mágia. Cuando la sazon llegue, asomará el geómetra, saldrá el químico, aparecerá el mago.

El estudiante se licencia en leyes; nuestro licenciado se casa; el casado se hace juez; el juez no tiene lo que necesita para vivir; pero no recibe de nadie un maravedí por sus legítimos derechos; abandona el juzgado; el cesante, viene á Madrid; se hace banquero, el banquero se hace diputado, el diputado se hace ministro. Cae el ministro, cae con estrépito, más que con estrépito, con escándalo (un hombre del desarrollo de Salamanca no admite medias tintas); cae furiosamente, como suele decirse, todo el mundo le vuelve la espalda, su nombre atemoriza, su firma se rechaza, sus letras se protestan, y tiene que huir. Está arruinado, desacreditado, y proscrito: tres ruinas pesan á un mismo tiempo sobre el comerciante. La ruina del dinero, la ruina del nombre, y la ruina de la libertad. ¡Está perdido! decía todo el mundo. Y él contestaba en su interior: ¡no, no estoy perdido! ¡Ya no vuelve á España! volvian á decir, aún las personas que le tocaban más de cerca. Y él contestaba en sus adentros: ¡sí vuelvo á España!

Efectivamente volvió. Antes disponia de quinientos millones: ahora, de mil. ¿Cómo lo hizo? Á esta pregunta contesto yo con otra pregunta: ¿cómo hizo Galileo para hallar modo de pesar el aire? Pues como Galileo pesaba el ambiente atmosférico, pesa D. José Salamanca los negocios: Como Galileo arreglaba su ciencia, arregla D. José Salamanca la suya.

Estalla una revolucion; los revolucionarios invaden la casa del banquero, y la queman. El banquero huye; el banquero emigra. Á poco vuelve de la emigracion. ¿De qué manera vuelve? Antes disponia de mil millones; ahora dispone de dos mil. Infinitas líneas de ferro-carriles en España, todas las de Italia, todas las del vecino Portugal; banquero en Madrid, banquero en Paris, banquero en Lisboa, banquero en Roma, banquero en Lóndres, banquero en todas partes. Pierde en Italia treinta y cinco millones, gasta quince ó veinte millones todos los años en sus atenciones particulares, mil y mil compromisos enormes pesan sobre su caja, y cuando todo el mundo lo cree más apurado, compra terrenos y levanta planos para hacer un barrio magnífico, el más magnífico de Madrid, por la espalda de su palacio, cuya obra no debe costarle menos de mil trescientos á mil cuatrocientos millones. Cuando todo el mundo lo cree embarazado por aquella pérdida, una pérdida tan enorme, dice á Manzanedo que él llevará la Puerta del Sol á lo que es hoy Plaza de Toros; y si vive, es bien seguro que la llevará. Y es casi seguro que no dejará de vivir, porque hombres de semejante estrella no mueren hasta que dejan acabados sus planes. Sí; llegará un dia, en que el terreno que se llama hoy Plaza de Toros, será un centro mas rico, más brillante, de una vista más deslumbradora que la actual Puerta del Sol. Llegará un dia en que los coches de la nobleza inundarán el nuevo barrio, para hacer sus compras en los iluminados bazares y en los inmensos almacenes del nuevo Madrid. Vivir por ver.

Estudiante, abogado, juez, diputado, ministro, tribuno, empresario, capitalista, caballero, galan, magnate, casi pintor sin saber pintar; casi poeta sin saber hacer versos; siempre privado, aún habiendo perdido la privanza; siempre en pié, aún, cuando esté caido: ese es D. José Salamanca.

Al judío Rothschild se le pregunta: ¿cuánto tienes? Y él contesta: tanto millones.

A Salamanca se le pregunta: ¿cuánto tienes? Mira en torno suyo, hojea sus libros; y acaso responde: no tengo nada. Luego se concentra, registra su interior, busca en su fantasía, la encuentra sembrada de minas preciosas, halla riquezas inagotables, y responde: lo tengo todo. Es un hombre que lo tiene todo, no teniendo nada. Sin un maravedí, es un banquero como Rothschild.

Imaginar en Salamanca equivale á fundir barras de oro. Idear es hacer dinero. No tiene entendimiento como los demás. Su entendimiento es una fábrica de moneda, de billetes y talones de Banco. Salamanca camina por donde camina todo el mundo; nadie oye nada; él oye ruido bajo sus piés; se baja; escarba con el dedo, y halla un tesoro. Adivina donde hay tesoros, como Colon adivinó la América. No sé si es espíritu lo que en él obra tales maravillas; no sé si es magnetismo, sonambulismo, electricidad ó cosa parecida; pero lo cierto es que hay en aquel hombre un instinto maravilloso, unas matemáticas que nadie le ha enseñado; unas matemáticas que vienen de Dios. Si pudiera reunirse todo lo que ha gastado y perdido, me atrevo á decir que se formaria un depósito mayor que el que tiene en sus cavas el Banco de Lóndres. Yo conozco una lonja en Madrid, cuyo dueño se ha enriquecido con los licores que ha despachado para la casa de Salamanca. Lo que ha consumido en tabaco, bastaria para dotar líberalmente á cien familias necesitadas. Diez mil duros da anualmente á su señora, para que pueda satisfacer sus caritativas inclinaciones. Pero ¿es él quien da esos diez mil duros á los menesterosos? No, no es él. Esto importa mucho para describir religiosamente el carácter propio del personaje que nos ocupa. No es él. El no los da á los pobres, sino á su señora, para que su señora tenga la piadosa satisfaccion de darlos á los pobres; Cada cual se entiende, y D. José Salamanca es un hombre que se entiende siempre á las mil maravillas.

Sentados los ligeros datos anteriores, preguntarémos: ¿quién es más grande, Rothschild ó Salamanca?

La cuestion está reducida á lo siguiente: ¿qué tiene más mérito, reunir mil no teniendo nada, ó juntar un millon teniendo mil?

Me parece que para partir de los mil y llegar al millon, no se necesita otra cosa que comerciar.

Creo que para partir de la nada y llegar á mil, es indispensable crear.

El primero cambia.

El segundo elabora.

El uno tiene capital, cálculo, diligencia y fortuna.

El otro tiene genio.

Al primero todo se lo da el hombre.

Al segundo, se lo da Dios.

La compañía de Rothschild es un centro inmenso de accion.

Salamanca es su accion misma.

Rothschild es una casa, una sociedad.

Salamanca es él.

Rothschild envia á las Californias buques llenos de plata, y se los traen llenos de oro.

Salamanca no tiene que salir de su escritorio, para explotar las minas de las Californias; para Salamanca son Californias todos los países; las Californias van consigo.

Salamanca seria el carácter más extenso, uno de los genios más grandes del siglo xix, que es el siglo más grande que registra la historia del mundo, si no le faltasen dos cosas.

—¿Le faltan dos cosas? preguntará el lector.

—Sí; á ese carácter prodigioso faltan dos cualidades capitalísimas.

—¿Cuáles son?

—Las siguientes; y cuidado que cuando yo censuro, tengo derecho á que se me crea, porque al tachar un vicio, siento dolor. La censura que cae de mi humilde pluma, es una flor mústia que mi alma deposita en la urna sagrada de la verdad. Olga D. José Salamanca la verdad; esa verdad que se le ha escondido en las biografías que se le han dedicado; oiga la verdad de unos apuntes, que no van dedicados á Salamanca, sino á la opinion de mi país, á la probidad de mi conciencia, y si pudiera ser, al espíritu de la historia. Oiga la verdad que imprime en estas líneas un oscuro y pobre escritor, que no tiene en el mundo otro caudal, ni otra esperanza, ni otro consuelo, que la religion de su penoso y elevado oficio; oficio que él estima tanto como D. José Salamanca su fausto y sus millones. Oiga una vez la leccion severa de la moral, quien ha recibido tantas veces las caricias aduladoras de la fortuna.

D. José Salamanca tiene el sentimiento de la naturaleza; lo tiene realmente, y esto no puede menos de suceder, cuando tiene, en alto grado, el sentimiento de la forma. D. José Salamanca es artista sin saberlo. Por eso ama la luz, los campos, los árboles, las flores, los perfumes, los rios: por eso sus quintas son las más poéticas que hay en España. Esto no procede únicamente de que disponga de muchos millones; de más millones disponia Cárlos III, y en las obras de Cárlos III no hay el orientalismo que en las creaciones de Salamanca. Es cuestion de dinero y de gusto; es cuestion de oro y de fantasía. D. José Salamanca tiene fantasía, tiene gusto; pero es una fantasía exterior, sensual; es un gusto que apenas pasa de la sensacion, que no halla pasto suficiente en las emociones más elevadas del sentimiento. D. José Salamanca es un idealista que no se contenta con la idealidad; es un artista que no se contenta con el arte; es un poeta que no tiene bastante con la alta y verdadera poesía.

En una palabra, ama la naturaleza, porque la naturaleza convida á sus sentidos con un placer más: placer de los sentidos; este es el sentimiento particular de Salamanca. Si la naturaleza no fuera un gran goce, un gran disfrute, el primero y más rico de los festines, la primera y más seductora de las beldades, D. José Salamanca no la amaria. Pero ¿en que consiste este raro fenómeno? No es raro. Consiste en que D. José Salamanca no sabe amar con el amor de la imaginacion, con el amor del pensamiento, con el amor purísimo de la fe; don José Salamanca no puede amar con ese rescoldo suave que siente el alma, cuando contemplamos un cuadro sublime, como cuando vemos en un cielo azul, casi mojadas por la lluvia de la tempestad, las franjas encendidas del arco íris. Consiste en que D. José Salamanca ama especialmente con los sentidos, de una manera casi voluptuosa.

Tiene tambien el sentimiento de la vida; por eso se rodea de una opulencia y de unos placeres que los demás ricos no saben adquirir; tal vez los codician; pero ni los sabrian tener; por eso idealiza cuanto le circuye, con una pompa y una imaginacion que deslumbran. En las cosas de Salamanca, hay lo que antes se llama galanura, hidalguía, gentileza. Es como si dijeramos el fabuloso Montecristo de nuestra edad. Sí, tiene el sentimiento de la vida; pero no lo tiene en relacion con Dios y con el hombre, sino en relacion con sus deleites. Su voluntad, lo que él desea, lo que él quiere, no es servir al hombre ni á Dios, sino para lograr que Dios y el hombre le sirvan á él. Sirve á Dios y á la humanidad ¿quién lo duda? sin anhelarlo en el fondo de su conciencia, sin cifrar en ello una grande ilusion de su vida, aun cuando lo hiciera sin comprenderlo, D. José Salamanca seria de todos modos un aventajadísimo obrero de la civilizacion de un siglo, un laboriosísimo menestral de la historia: sirve á la humanidad y á Dios, todo genio sirve, dejaria de ser genio si no sirviera; pero su primera intencion no es servir, sino ser servido. Hace con la vida lo que hace con la naturaleza.

Tiene el sentimiento de la fama; pero no de la fama espiritual, imaginativa, apasionada, fervorosa: no el sentimiento de ese ángel que mueve sus alas sobre la silenciosa cavidad de un sepulcro; no el sentimiento que se exhala en el corazon de los héroes, de los mártires, de los sábios; no ese sentimiento que es una de las más supremas gerarquías del alma; esa emocion vaga, melancólica, indefinible, que brota en el espíritu del hombre, como nace una violeta al pié de una cruz. Para D. José Salamanca significa poco la fama moral, metafísica, póstuma; la fama que viene despues, como despues del vivo viene el muerto, como despues del muerto vienen sus cenizas. D. José Salamanca busca siempre la fama real, sensible, presente, bulliciosa; la fama que se oiga, que se vea, que se toque; esa fama que equivale al crédito; ese crédito que es un gran capital, un gran fondo, un grande y universal gerente. D. José Salamanca es un esclavo de la opinion pública, para hacerse dueño del público. Quema incienso á la sociedad, para que la sociedad se lo queme á él. Adora á un ídolo, á fin de que ese ídolo agradecido se convierta en idólatra suyo. Por eso es generoso á su manera; es generoso efectivamente, espléndido y hospitalario; da como nadie, porque da como gana, y nadie gana como él; da, no se lo niego, no debo negárselo; pero da con su cuenta y razon. Dará siempre, en buen hora; pero cuando el público lo ve, da con alarde; más que con alarde, con gala, con orgullo, con engreimiento. De esta manera, si no recibe de aquel á quien da, consigue recibir de la opinion pública, que le llama héroe y personaje por aquella limosna astuta; limosna buena, porque al cabo hay algo en ella de caridad; limosna astuta, porque es una caridad ingeniosa, casi mercantil. La generosidad de Salamanca es, en más de un caso, una mercancía que vende al público, para que el público le compre á él otra mercancía por un precio mayor; es un comercio hábil, habilísimo; este comercio necesita una táctica tan maestra, que casi, casi, tiene tanto mérito como la generosidad misma. D. José Salamanca compra con monedas que los demás banqueros no conocen; compra y vende mercancías que no conocen los demás mercaderes, y en esto consiste que los demás ricos, los muy ricos, parezcan muy pobres comparados á Salamanca. La cuestion, la ruidosísima cuestion de generosidad, es muchas veces para el personaje de que me ocupo, un juego de Bolsa, que nadie comprende como él, porque nadie tiene su talento. Hace con la fama lo que hace con la vida.

D. José Salamanca es el Dios, la naturaleza y la humanidad de sí mismo: una iglesia en que no se rezan oraciones mentales: un rito en que no se conoce el culto interno. Culto interno; hé aquí lo único que le falta para ser muy grande, pues para ser muy grande, hay que ser grande por fuera y por dentro; y ese hombre que revoca tan bien su fachada; ese atrevido artista que sabe derramar tanto hechizo en el frontis de su palacio, vive muchas veces en un interior mezquino y estrecho. ¡Ah! si esa privilegiada fantasía que lo idealiza todo, comprendiera por un momento la idealidad; si esa razon fecunda y ardorosa que en todo piensa, rindiese un homenaje al pensamiento; si ese orientalismo que quema tanta mirra á la materia, guardase un aroma para el espíritu; si esa brujería que hace un Dios de todas las bellezas sensuales, comprendiese á Dios en la lágrima solitaria que vierte la virtud entre cuatro paredes negras; si Salamanca fuese capaz de exhalar un suspiro, al cual no fuese unida una memoria impura; si fuese capaz de una hora de silencio y de dolor en el íntimo santuario del alma, si fuese capaz de ese culto interno, D. José Salamanca seria indudablemente el carácter más general, y acaso el más bello de su nacion y de su siglo. Pero vuelvo á decir que le faltan dos cosas: honrar el pensamiento por ser pensamiento; honrar la virtud por ser virtud.

Reasumamos lo dicho sobre ambos personajes. Un hombre que hereda dos mil millones de reales, y que hoy cuenta con cuatro mil: un coloso de oro, de empresas, de fortuna, de crédito; un semi-Dios de nuestra época; ese es Rothschild.

Un hombre de facciones expansivas y despejadas, de ademan suelto; de trato festivo, casi epigramático; de palabra fácil, aguda, algunas veces armoniosa; de carácter sencillo en apariencia, doble en el fondo; ingénuo para los demás; trascendental para sus fines; liberal para todos; más liberal para sí mismo; ojo de águila; suspicacia de mercader; galantería de cortesano; pompa de noble, boato de banquero; esplendidez de favorito, magnificencia de monarca; griego en la fantasía; asiático en el gusto; sibarita en sus aficiones, en sus hábitos, en sus placeres; sobre todo, negociante en sus cálculos inspirados, vastísimos, fecundos, inagotables, geométricos; negociante en su increible actividad, en su audacia maravillosa; mago, hechicero, adivino, zahorí y alquimista, en materia de sacar oro de los carbones, ese es D. José Salamanca.

Aún con las faltas que le hallo, y que no he debido disimular porque hablo á la conciencia de un pueblo; aún con defectos capitales, que lo hacen temible, D. José Salamanca tiene tanto genio, su fama es tan brillante, tan provocativa, tan espléndida; sus vicios y virtudes se ponen un traje tan nuevo, tan magnífico, tan fascinador, que su nombre es hoy de los que más suenan en el mundo, de los más conocidos en Europa, el más popular de nuestro país.

No hace mucho dijo en las Córtes, que es verdad que él se habia enriquecido; pero tambien lo era que habia dotado á España de ferro-carriles.

Sus enemigos dirán lo que quieran; yo podré hallarle todos los defectos que me plazca, cada cual dirá, lo que le parezca; pero la nacion debe estarle reconocida, y se lo está. En este sentido, yo tambien se lo estoy. ¡Qué curioso seria escribir una biografía, cogiendo el hilo de aquella existencia tan movible y tan ávida, y seguir hilando hasta dar con el fin de la revueltísima madeja! Si Salamanca viviese encerrado en una cueva; si tuviese por palacio un desierto; si á su sombra llevase atadas las dificultades y las amarguras del proscrito yo no tendria ningun reparo en escribir su vida, que es sin disputa la más fecunda en episodios extraordinarios que conoce nuestro país en el siglo presente; pero no quiero nada con hombres tan ricos. Por lo menos se creeria que pensaba adularle, y soy muy avaro de mi pobreza.

Un amigo á quien he leido estos apuntes, me dice:

—¿Si Salamanca enviase á usted diez mil duros, usted qué haria?

—Devolvérselos.

Hemos sido invitados para concurrir á una tertulia de alto copete, que tiene lugar en la calle Vivienne. Mi mujer ha dicho que no; yo he dicho que sí. Esta vez espero triunfar.

Voy á concluir este dia con algunas curiosidades.

Hemos ido á un gran establecimiento público, en que dan de comer por dos sueldos, ó sea por muy poco más de tres cuartos. La comida consiste en un trozo de pan y un plato de patatas guisadas con bastante curiosidad. Al ver allí, colocada en extensas filas, aquella numerosa y callada congregacion, acude á nuestra mente la idea de la sopa monacal. Sin embargo, estoy más por estos conventos sociales, que por aquellas caridades frailunas.

Otra curiosidad. Todo Paris repite la contestacion que ha dado un niño en los exámenes de moral. El maestro le preguntó qué era la gratitud. El examinando no se acordaba de la definicion del libro, y despues de titubear un momento, como cediendo á una inspiracion, con acento seguro y altanero, dijo: la gratitud es la memoria del corazon.

Una asamblea, mil asambleas de filósofos, de sábios, de poetas y oradores, reunidas al efecto, no hubieran acertado positivamente con una respuesta tan profunda, tan graciosa, tan viva, tan moral y tan bella. El niño en cuestion ha hecho su fortuna, y la merece. La criatura que consigue, con cuatro palabras, alarmar á una ciudad como Paris, menos que criatura es un personaje en pequeño. ¡Dios le dé tanta suerte, y tantas expresiones felices, como es admirable, sabia y poética su definicion de la gratitud!

Otra curiosidad. Hemos visitado una calle célebre, muy célebre, en la historia oculta de esta ciudad: la calle de Chantres. En esta calle habia, hace algunos siglos, una casa pequeña, baja y húmeda: esta casa presenció los amores de Abelardo y Eloisa. Mi mujer, que tan desdeñosa se muestra con todas las cosas de Paris, ha visitado aquel lugar histórico con el mas afectuoso interés. Esto procede de que Abelardo y Eloisa, antes que á la historia de un país, tocan á la historia del corazon, que es la historia más universal del género humano. Al dejar la calle en cuestion, dirigimos un triste saludo á los desgraciados amantes.

Última curiosidad de este dia. Cerca de la Plaza de la Concordia, hemos visto á la Emperatriz y al Príncipe. Observamos que de la parte de las Tullerías bajaba un carruaje, en cuyo torno se agrupaban los transeuntes, nos aproximamos y no tardamos en distinguir á nuestra paisana, que venia, sola con su hijo. La antigua condesa de Teba es una fisonomía delicada, noble, bella y majestuosa. Indudablemente es uno de esos tipos privilegiados, capaces de inspirar una pasion profunda. Pero me parece que aquella mujer no vive contenta; me parece qué no es feliz. Detrás de aquellos ojos dulces y apacibles, detrás de aquel cútis blanquísimo, de aquellas sutilísimas venas azules, de-aquel bello contorno; más allá del magnífico carruaje que la conduce como en triunfo; más allá de las galas y de las pedrerías que adornan su traje; más allá de los torreones de aquel suntuoso palacio de donde acaba de salir, me parece que veo cierto espíritu de resignacion y de melancolía. Detrás de esos velos brillantes, me parece que alcanzo á distinguir un misterio, y casi tengo por seguro que ese misterio es una pena. Detrás del tinte de la cara, vislumbro yo un tinte que no puedo explicar; aunque en mi conciencia lo sé definir. Esto ha hecho que la Emperatriz me haya parecido más hermosa, porque no hay belleza sin algo triste, porque tal vez en un algo triste consiste la grande y verdadera belleza. La madre miraba á su hijo; luego, saludaba y se sonreia; pero ¡ay! aquella sonrisa venia á decirme que tambien los palacios ocultan lágrimas; que tambien las joyas atavian pechos doloridos, como luces brillantes alumbran la cara de un muerto.

Una cosa muy rara he notado, á propósito de la Emperatriz, y acerca de la cual hemos hablado varias veces mi mujer y yo. En Paris todo el mundo tiene sus historias, sus anécdotas, su chismografía. En un pueblo tan fabuloso, natural es que todo personaje tenga su fábula. He hablado con muchos franceses de todas gerarquías; he hablado con muchas francesas que hablan de todo; (las mujeres en Francia son como en todas partes;) he provocado la conversacion de la Emperatriz; he procurado esforzar el asunto; en vano. Nadie nos ha dicho una sola palabra de la esposa del Emperador. Ni una aventura, ni una limosna, ni un dicho agudo, ni un ademan, ni un gesto. Por lo que mi mujer y yo hemos observado, sin tener más datos que nuestra experiencia personal, podemos decir que la antigua condesa de Teba es aquí un cadáver. ¿Tendrá esto su explicacion en que la condesa de Toba es española? No lo sé; no quiero atribuir esa ruindad, esa estrechez, á la nacion francesa; pero es evidente que algo hay aquí.

Volviendo á la persona de la Emperatriz, he notado tambien que la mujer perjudica á la reina, y que la reina perjudica á la mujer. Se ven dos sujetos, y el uno quita encanto al otro. Parece que una mujer tan bella no necesita ser Emperatriz; y que una Emperatriz tan hermosa, no saca su diadema más que de su hermosura; de donde resulta que no es completa la ilusion de la reina, ni la ilusion de la mujer. La Emperatriz seria más Emperatriz con menos belleza; y la mujer seria más mujer con menos atavíos imperiales.

Si yo tuviese una diplomacía y una cortesania que no tengo que no quiero tener, es casi seguro que veria á la esposa de Napoleon, y que a través del alabastro de su semblante, divisaria las sombras que dan vueltas alrededor de su alma; porque, no hay duda, en ese cielo hay nubes. Cuento con un medio, un medio facilísimo, infalible, de abrirme paso hasta nuestra paisana; nuestra paisana me recibiria; no se me esconde que esta entrevista seria tal vez la única página interesante de estos desaliñados apuntes; pero aquel palacio negruzco, casi agorero, me infunde temor, tanto temor, que no me acude ánimo ni para describirlo. Algun dia lo describiré; pero hoy me es imposible; porque me inspira miedo, real y verdaderamente miedo.

Vivienda de prodigios y de asombro Donde vive agobiada la memoria, Como el gigante á quien oprime el hombro El peso horrible de su horrible historia.

El coche de la Emperatriz desapareció entre los árboles de los Campos Elíseos; nosotros montamos en el ómnibus que va á la Plaza de la Bastilla, y á los quince minutos nos encontrabamos en nuestra fonda.

Un amigo que nos acompañaba me preguntó con mucho interés durante el camino:

—¿Morirá en Paris la Emperatriz Eugenia?

—Yo dije: no lo sé.

Mañana volverémos á la misma plaza de donde venimos; á la Plaza de la Concordia, y diré á mis lectores varios secretos de la revuelta historia de Paris.

=Dia trigésimo segundo=.

Visita.—El Brigadier Rotalde.—El Panteon.—Café cantante de los Campos Elíseos.—Tertulia.—Una madre como hay muchas.—Curiosidades.

Madama Fonteral viene á vernos antes de las ocho de la mañana. La pobre lechera entra en nuestra estancia con cierto aire de aturdimiento, casi de confusion.

—¿Qué sucede, mi buena señora Fonteral? la pregunté.

—Luisa está en cama; Luisa está enferma.

Esta noticia nos desconcertó á mi mujer y á mí.

—¿Qué tiene? preguntamos aun mismo tiempo mi mujer y yo.

—No sé lo que tiene; es decir, no lo sé y lo sé; lo sé; pero no sé decirlo. Está muy mala; tiene los ojos desencajados; su frente arde; creo que se muere; tendré que ir á llamar á un médico …

—¡Qué médico ni qué ocho cuartos! Ustedes lo arreglan siempre todo con los médicos. El médico no puede volverla su amante; no puede volverla su honra; no puede volverla su familia. El médico no puede echar tierra en el abismo, en cuyas tenebrosas cavidades yerra perdido el corazon de esa mujer. Ustedes no ven más que la medicina del cuerpo: y la mayor parte de las dolencias no se curan sino con la medicina, del alma. No es cuestion de botica, madama Fonteral; es cuestion de prudencia y de amor al prógimo. El verdadero médico de Luisa es la amistad y el sacrificio. Tome usted 20 francos, y pague usted otros quince dias al amo de la fonda, para que la trate con cariño, ya que con dinero hay que ganar cariño en un pueblo que se llama cristiano. Tome usted otros 20 francos y déselos usted á la enferma, ó reténgalos usted misma, á fin de que Luisa tenga la asistencia que su estado reclama. Vaya usted volando, y dígala usted que no se abata, que no se aflija, que no se desespere; dígala usted que no está sola; que no está abandonada, que hay ojos que la miran; que hay corazones que la compadecen; que hay enfermeros que velan por ella á la cabecera de su cama. Dígala usted que tenga generosidad, abnegacion; la abnegacion del verdadero arrepentimiento. Dígala usted que hay un deber, el último entre todos los de la vida; el supremo entre todos los grandes deberes; el que nos imponen nuestras culpas; el deber de llorar y de pedir que nos perdonen; el deber de esperar la ventura y la dicha por el merecimiento de la humildad y del dolor. En fin, dígala usted que se levante de la cama, y que se tranquilice; que irá á su casa, que irá á Pisa, que su familia la perdonará, y que si hay virtud en su corazon, si hay vida en su conciencia, si hay calor en su alma, todavía puede ser feliz. Vaya usted volando; en la inteligencia de que si usted no la dice todo eso, ó si no se lo dice bien, Luisa se muere.

Madama Fonteral se echó á temblar, y me miraba como aquel que pide compasion.

—Vaya usted corriendo! añadió mi mujer con mucha prisa.

—Maladroite que je suis (¡Torpe de mí!) exclamó la buena mujer, y se dirigió á la escalera apresuradamente volviendo la cara y saludándonos con la mano.

Inmediatamente que quedamos solos, me preguntó mi compañera:

—¿Qué piensas hacer?

—Pienso ver á los españoles y americanos que aquí conozco, y reunir la suma necesaria para que Luisa vuelva á su país. Estando en Pisa, una lágrima y un perdon lo salvan todo. Es una llaga que sólo se pura con aquel bálsamo; ¿Crees que hago bien ó mal? Pregunté á mi mujer, mirándola con atencion, como para adivinar sus intenciones.

Mi mujer contestó:

—Creo que haces muy bien.

En el Hotel de Bilbao, de que hice mencion al principio de estos apuntes, he tenido, la satisfaccion de conocer al brigadier Rotalde, tan excelente caballero como buen pintor. Viene de la Habana, y teniendo que permanecer pocos dias en Paris, hemos acordado visitar hoy el Panteon, y tomar luego una botella de cerveza en un café cantante de los Campos Elíseos. Para mañana queda aplazada la visita del Louvre, en donde podrémos admirar la sublime Asuncion de Murillo, que es el sueño dorado del brigadier, y que yo no dejo de desear.

—A estilo de campaña, exclamó el brigadier artista. Lo que ha de hacerse luego, hágase ahora.

Y pronunciando estas palabras, abria la portezuela de un carruaje público que estaba enfrente de la fonda, invitándome á que subiera. Subo en efecto, sube él, el cochero levanta el látigo, y véanos el lector rodando, por las calles de esta moderna Nínive. Al pasar por el Mercado Nuevo, nos apeamos, recorrimos una de sus espaciosas galerías, vimos camarones, compramos por valor de un franco de esta fruta marítima, tornamos al coche, y en el momento de montar, levantamos los ojos, y vimos á una jóven como de diez y ocho á veinte años, que, sentada en el balcon de un piso segundo, se entretenia en dar muchos besos al pico de un loro. El afan de aquella muchacha no dejó de causarnos cierta impresion, y apenas nos sentamos en el carruaje, dije yo al brigadier:

A un loro; Julia Amengual Da de besos un tesoro. Y á esto dice Don Pascual Qué á falta de otro animal Pasa el rato con su loro.

EL brigadier, por un efecto de hidalga galantería, celebró mucho estos malos versos, y comiendo y conversando como buenos amigos, llegamos á Santa Genoveva. Despues de visitar el monumento que ya conocen mis lectores, aunque muy superficialmente, manifestamos, al conserje nuestro, deseo de visitar el Panteon. Advierta el lector que yo no he andado esta vez por la linterna circular ni por la cúpula, ni he subido un solo escalon, sino que he esperado á pié firme en la planta baja, contemplando una pintura al fresco, copia no muy feliz de Rafael de Urbino. Temí que el brigadier tuviera algun antojo, parecido á los invasores antojos del travieso ingeniero. Vuelto el brigadier, tratamos de bajar á la capilla subterránea, como ya dije; pero se ofrecia una dificultad. El conserje nos manifestó que teniamos que esperar algun tiempo.

El brigadier, que á su despejo natural, une la impaciencia del soldado, preguntó al conserje por qué razón teniamos que esperar el tiempo que decía.

El conserje le contestó que debian reunirse doce personas para bajar á la capilla.

Esto picó la desembarazada curiosidad de mi compañero, que volvió á replicar á nuestro guia:

—Pero ¿por qué razon tienen que juntarse doce personas, para bajar á la capilla subterránea? ¿Es esta costumbre, por ventura, una ritualidad del establecimiento, ó como si dijeramos un estatuto de esta iglesia?

—Non, monsieur, (no, señor) murmuró el conserje, y bajó la cabeza, pareciendo que rezaba entre dientes. El brigadier me echó una mirada, como para decirme, si yo comprendia; yo echó otra mirada al brigadier, como si quisiera contestarle que no entendia una jota de aquella rara pantomima, y ambos miramos al conserje, el cual tenia vueltos los ojos hácia la puerta principal, en significacion sin duda de que no queria responder. Pero mi compañero, que no es hombre que se acorbarda ante la distraccion estudiada de un conserje, volvió á llamarle la atencion de un modo resuelto, tan resuelto, que nuestro guia conoció que estaba en el caso de capitular. Los conserjes son gente en extremo conocedora.

—Entendámonos, si á usted le parece, le dijo el brigadier con ademan suelto y apremiante. ¿Hay alguna ordenanza de este cabildo, por la cual se manda que hayan de ser doce personas las que bajen siempre al Panteon?

—No, señor, no hay tal ordenanza; pero hay la costumbre de que cada persona que baje al Panteon, tiene que pagar. 25 céntimos (un real de nuestra moneda), y como yo no abro las puertas de aquel lugar por menos de tres francos, tengo que esperar que se reunan doce personas….

—¡Enhorabuena! exclamó el brigadier. Nosotros darémos á usted los tres francos, y todos los francos que sean menester, sin necesidad de esperar á nadie. Con que ¡á la capilla!

Ante una oratoria tan elocuente, nuestro guia inclina la cabeza, coge unas llaves, hace señas á tres caballeros y dos señoras que aguardaban, entra por una puerta lateral, abre otra, baja una escalera, y todos empezamos á bajar tras él, despues de abrir paso á las dos señoras, qué parecian ser personas muy distinguidas. Luego supimos casualmente que eran escocesas.

Estamos á siete ú ocho varas de profundidad. Hay poca luz. Los techos son bajos, abovedados, y no ofrecen nada de grande, de majestuoso, de imponente, ni de magnífico. Al contrario, despues de admirar el monumento de arriba, el monumento de abajo parece ruin; mejor dicho, no parece monumento, porque no hay monumentos ruines. Sin embargo de que la oscuridad habla tanto á mi corazon; sin embargo de que no hay para mí una poesía tan grande como un sepulcro; sin embargo de que un ciprés me llama mucho más la atencion que unas pirámides, declaro con pena que he recibido una ingrata impresion. Esto dista infinito de ser lo que yo me habia figurado, lo que todo el mundo se figura y debe figurarse, cuando sabe que una Asamblea Constituyente decreta que tome el nombre de Panteon, lo que la creencia y la gratitud de todo un pueblo llamaban antes Sta. Genoveva. Yo creía, como yo creian los demás, que el Panteon era un monumento más grande que la iglesia, puesto que la iglesia habia desalojado su primer puesto, para cederlo al Panteon. La Asamblea Constituyente debió darle el sér antes de darle el nombre, porque de otro modo es un nombre sin sér. Lo declaró poema sin darle poesía; lo declaró tiniebla sin darle sombra, y esto es gana de hablar. Ya dije que en Francia se hacen muchas cosas, infinitas cosas, por ganas de hacer, como se dicen otras por ganas de decir, como se piensan otras por ganas de pensar.

Creo que he dado con la expresion: esta capilla subterránea es una tiniebla que no tiene sombra, ó bien una sombra que no tiene tiniebla.

Estamos en el sepulcro de Voltaire, de este gran revolucionario, de este gran invasor, de este gran rey, como le apellidaba tan admirablemente Federico de Prusia. Esto no es una tumba histórica; no es tampoco un sepulcro; no es ni una sepultura. Es un escondrijo con cuatro paredes; un cachivache con una estátua, un hoyo, una losa, y un epitafio. Esta especie de zaquizami dista tanto de estar á la altura de Voltaire, como la capilla subterránea de estar á la altura del nombre de Panteon.

La estátua de Voltaire se celebra mucho por los franceses. A mí no me gusta. Esto procederá indudablemente de que no lo entiendo; pero para mí no es cuestion de filosofía, sino de gusto. Creo que el gusto es la gran escuela de las artes, y no me gusta ese mármol que miro, porque ahí Voltaire no parece un hombre de talento, sino una inteligencia maliciosa. Las arrugas de ese semblante, lo hundido de esas sienes, lo agudo de esos pómulos, lo contraido de esos labios, lo furtivo de esa mirada, significan, malicia, perspicacia, argucia; no significan un entendimiento liberal, extenso, vario, rico, fecundo, inagotable; me significan el entendimiento de un Voltaire. Voltaire en esa piedra es más bien un hombre de chispa, no un hombre de genio. Los que comprendan algo, aunque no sea sino por instinto, por barrunto siquiera, acerca de lo que es genio y de lo que es chispa, podrán explicarse el por qué no me gusta esa estátua que estoy viendo. Digo de esa estátua lo que antes dije del subterráneo. El subterráneo no es monumento, porque no hay monumentos ruines, del mismo modo que esa estátua no es estátua para mí, porqué no hay estátuas que se ven con disgusto.

Yo murmuré sobre el particular algunas palabras al oído del brigadier; el conserje hubo de apercibirse, y empezó á explicarme las maravillas de aquella piedra, como si quisiese tomar á empresa el persuadirme, en honra del difunto cuyas cenizas nos escuchaban.

Yo dije al conserje: eso que se ve en esa piedra, es la estátua de la malicia; la malicia es el talento de la ignorancia, y Voltaire, el jefe de la Enciclopedia, el primer revolucionario de su siglo, el Robespierre literario del mundo, la admiracion y el susto de la historia, Voltaire, señor conserje, es algo más que un ignorante.

El conserje hizo un gesto agridulce.

La inscripcion del sepulcro dice:

Ses manes sont ici; son génie est partout. (Sus manes están aquí; su genio está en todas partes.)

Yo, al estilo francés, pido mil perdones al poeta que escribió este epitafio. No creo que el genio de Voltaire esté en todas partes, porque aquí no está.

Mirado en este mezquino chirivitil aquel enorme personaje histórico, parece pequeño, muy pequeño; muy escaso, muy pobre. El rey es aquí un pordiosero que nos pide limosna. Voltaire habla más, infinitamente más, que todo esto. Es una cuna sin sepulcro, un Oriente que no halló su ocaso.

Luego vimos la tumba de Rousseau. Es menos tumba todavía que la de Voltaire. Sobre la pared de su sepultura tiene pintada una mano que empuña una antorcha, en significacion de que su inteligencia lo alumbra todo. Digo de esta antorcha lo que dije del epitafio de su ilustre vecino. La inteligencia de Rousseau lo alumbrará todo, menos el lecho, en que reposa.

Luego visitamos ligeramente los sepulcros del arquitecto del edificio, Soufflot, de Bougainville, del mariscal Lannes, y de siete ú ocho generales y senadores del primer imperio. Entre aquellos sepulcros vimos como escombros ó tierra removida.

—¿Qué es esto? preguntamos á nuestro guia.

—Ahí, contestó este, estuvieron los restos de Mirabeau y de Marat.

—¿No están ahora?

—No, señor.

—¿Quién desalojó sus cenizas de este asilo sagrado?

—La Convencion Nacional.

—¿Por qué?

El conserje movió la cabeza. Todos nos echamos á reir. Los franceses son los únicos hombres del globo que hacen cosas, las cuales obligan á que los cristianos se rian en el momento de visitar un Panteon. Ya dije, no há mucho, que el patético de los franceses hace á un mismo tiempo llorar y reir, y lo que nos acaba de pasar es una prueba incontestable de que no los he calumniado. Es un patético que juega con las cenizas de los hombres. Al hablar de la Bolsa dije que ni las piedras están á salvo del genio francés; ahora debo añadir que no está seguro ni el polvo del que ha muerto hace muchos siglos.

Atravesamos un pasillo oscuro, muy oscuro, tenebroso. Aquí principia á ser esto Panteon. El Panteon principia en donde el Panteon concluye. Despues entramos en una gruta, en donde se percibe confusamente alguna claridad. Cualquier sepulcro que sé pusiera aquí, seria positivamente más sepulcro que las covachas que hemos visitado.

El conserje se detuvo y calló. Todos nos detuvimos y callamos. El conserje permanece mudo, todos enmudecimos del mismo modo. Nadie respira, no se oye ni una mosca. ¿Qué significa esto? Á través de la escasa luz que allí habia, todos queriamos mirarnos mútuamente á las caras, como para ver qué gestos hacíamos ó qué nos parecia aquel silencioso entremés. De pronto, como un rayo cae de las nubes, como el tañido arranca del golpe que el badajo da en una campana, se oye un estruendo agudo, agudísimo, formidable; un estruendo que viene á caer encima de nosotros, que parece aplastarnos. Todos creimos que el Panteon se hundia, y que la cúpula, y las naves, y los techos, y las columnas, aquella enorme masa revuelta y confundida, se desplomaba sobre nuestras cabezas. Las dos señoras arrojaron un chillido que nos heló la sangre; yo creí que la tierra faltaba á mis piés, y me agarré frenéticamente á los hombros del brigadier Rotalde.

Sin que nosotros pudiéramos verlo, porque no habia la necesaria claridad, el conserje cogió un gran tambor que tenia oculto en uno de aquellos rincones, y sacudió en él un fuerte golpe, que aumentado increiblemente por un notable efecto acústico de aquellas bóvedas, produjo el estrépito de que he hecho mencion.

Luego que nos enteramos de la causa de aquel aparente terremoto, nos tranquilizamos, y nos dispusimos á saborear el extraño chiste de aquel espectáculo.

El conserjé, despues de hacer varias evoluciones con el tambor, bajó la voz todo lo que pudo, y con un acento apenas perceptible, decia: ¿Qué quieres? ¿quién eres? ¿qué buscas aquí? Y á lo léjos, muy á lo léjos, como un aviso del otro mundo, con la expresion autómata de un hecho mecánico, repetia el eco casi apagado: ¿qué quieres? ¿quién eres? ¿qué buscas aquí? Aquel acento ténue, sutilísimo, se iba haciendo cada vez más remoto, hasta que parecia perderse entre los escombros de aquellos sepulcros, como, el acento de un moribundo parece perderse entre los misterios de la eternidad. Las señoras chillaban furtivamente á despecho suyo, y habia hombre allí á quien se erizaban los cabellos. En aquel lugar se experimenta una emocion en que entran á la vez la sorpresa, la curiosidad, el asombro y la maravilla. Hay algo de arte, de religion y de fanatismo.

A los pocos minutos estabamos arriba. Nos despedimos de nuestros subterráneos compañeros, no sin haber dado un napoleon al conserje, y al mismo tiempo, que atravesamos la espléndida nave de Santa Genoveva, el brigadier me dice:

—¿Qué le parece á usted?

—Es una cueva, le contesté; no es un Panteon. Son hoyos, no son tumbas. No nos preocupa la idea de la muerte, sino la idea de un cautiverio. No hay espíritu allí, no hay providencia; todo es humano, ni aun humano; todo es francés.

Esta iglesia, añadí, es un templo sin Dios.

Aquel Panteon es un panteon sin sepulcros.

Pasan tres horas, que hemos empleado en comer, el brigadier en su fonda de Bilbao, yo en el restaurant de las Columnas con mi compañera. Allí presenciamos una disputa de que daré cuenta otro dia. Antes de ir á las Columnas, escribí tres cartas á mis buenos y excelentes amigos de Reus. Mis lectores ignoran, como no puedo menos de suceder, la grande y justísima estimacion que profeso á esa ciudad, la cual ha sido uno de los pueblos de España que ha prestado una hospitalidad más generosa á mis pobres escritos, así políticos como literarios y filosóficos. Despues, en circunstancias muy difíciles para mí; en momentos de tribulacion y de amargura; en esos momentos trabajosos en que el hombre conoce si tiene algun amigo, la ciudad de Reus, la noble, la honrada, la laboriosa, la liberal ciudad de Reus, ha entrado siempre por las puertas de mi casa, trayéndome ánimo y consuelo. ¡Dios querrá que sea tan feliz como lo merece por sus sacrificios, por sus deseos, por su cultura y por sus virtudes! Acepta, pueblo á quien amo sin haberte visto; acepta este saludo que te envia un hombre humilde, como prenda de eterno cariño y de lealísima gratitud.

Verificada la comida, volví á nuestra fonda con mí mujer, la dejé allí ocupada en escribir á su familia, y yo me dirigí inmediatamente al boulevart de los Italianos, en donde está la fonda Bilbaina. El brigadier me esperaba ya, ocupando su puesto en la carretela, acompañado de otro amigo. Llego, monto, me siento, y el coche arranca. No habian pasado nueve minutos cuando nos encontramos, cerca de la barrera que circuye á uno de los cafés cantantes de los Campos Elíseos. Entramos, nos apoderamos de una mesa, se agolpan los mozos (los mozos de los cafés cantantes son linces), y pedimos cerveza con bizcochos, unos bizcochos particulares que hacen en Paris. Principia á oscurecer, aunque hace rato que se han encendido los faroles; miles de luces oscilan en todas partes á impulsos del viento; no hay árbol, ni arbusto, ni columna, ni espacio de barrera, en donde no aparezca un resplandor. En este momento se enciende, la elegante lucerna del teatro, entre cien mecheros de gas que ya lucian, y entre cien guirlandas de flores que decoran el techo y las paredes de la escena. Cualquiera diria que en aquel lugar iba á verificarse la representacion de algun prodigio, de algun encantamiento ó cosa semejante. Parece que en ese teatro de mágia no debe ser actor otro personaje que un hechicero. Entretenidos en mirar aquella mímica brillante, nadie tocaba á la cerveza ni á los bizcochos. Yo no quitaba ojo al brigadier Rotalde, que tan pronto se echaba el sombrero hácia la frente, como se lo dejaba caer hacia atrás, moviéndose casi contínuamente en la silla, en señal sin duda de impaciencia. Yo, que calculaba en qué vendrian á parar aquellas misas, no podia menos de reirme en mi interior. En esto asoman los actores por una puerta lateral de la derecha, clama la muchedumbre que rodea la valla exterior, todo el mundo fija sus miradas en el reluciente teatro, los artistas saludan con una profunda cortesía, permanecen un momento de pié, contemplando al público, como si quisiesen tomar posesion anticipada de su benevolencia, y despues de esta pantomima seductora toman asiento en sus respectivos sofás. Las hembras, vestidas de blanco, convertidas (por sus vestidos) en símbolos de la pureza y de la castidad, engalanan el sofá de la derecha, inmediato á la puerta de entrada, mientras que los varones van á ocupar el otro sofá de la izquierda, frente por frente del sofá de las damas.

—¿Empezará ya el canto? preguntó el brigadier.

—No, señor, respondí.

—Pues ¿por qué salen?

—Porque así lo tienen estipulado en sus contratas. Esto es parte de la funcion. Antes de empezar la tarea, tienen obligacion de exponerse al público, á fin de entretenerle con esta novedad, hasta que llegue la hora convenida.

—¿Cual es esa hora?

—Creo que las ocho.

El brigadier sacó el reloj con mucha prisa, y vió que eran más de las siete y media. Tomamos un sorbo de cerveza, miramos á nuestro alrededor, principiamos á contar las luces, aunque no pudimos terminar; cruzamos algunas palabras sobre el viso dramático que los franceses saben dar alas cosas, sobre esa habilidad fascinadora que sabe hacer bonito, muy bonito, lo que es realmente feo, muy feo; sobre ese instinto trastornador que convierte la realidad en apariencia, y la apariencia en realidad, ofuscándonos de tal modo, que casi llegamos á perder el conocimiento natural de lo que es bueno y de lo que es malo; discurríamos, vuelvo á decir, sobre el particular, cuando el clamoreo confuso y prolongado de la multitud que circuye la barrera, vino á noticiarnos que la hora del concierto se aproximaba. Dejamos de hablar, volvemos los ojos á la escena, el brigadier se levanta maquinalmente y vuelve á sentarse, como si quisiera tomar una posicion más segura, en señal de que aguardaba algun portento; los artistas se ponen de pié, saludan como antes; se abre la puerta del fondo, los galanes se sitúan cortesmente á los lados de la puerta; pasan las damas; los galanes las siguen, y la escena se queda sin nadie. Silencio profundo. Todo el café, por dentro y por fuera, aguarda resignado. La orquesta preludia, la multitud grita, las sillas crugen, las mesas se chocan, los mozos corren, los curiosos se arremolinan, todos se sientan, la puerta del fondo se abre, el carácter cómico asoma…. ¡Carcajada general, unánime! ¡Ovacion completa!

—¿Qué es eso? me preguntó muy bajo el asombrado brigadier.

—Es que ha salido el gracioso, como si dijéramos el payaso.

El brigadier arrugó el entrecejo. Esta salida inesperada no fué muy de su gusto.

El carácter cómico anda de gatas, se pone en cuclillas, de bruces, canta, llora, chilla, gorgea, ladra, maya, ahulla, hace la gallina, hace el gallo….

El brigadier se siente dominado por un ímpetu de noble y generosa indignacion; se levanta con aire brusco; la mesa tambalea, los vasos se vierten, los bizcochos andan por el suelo, los mozos acuden, el brigadier deja una moneda de cuatro duros: ¡esto es una poca vergüenza! exclama colérico, y todos tres abandonamos el café cantante.

Luego me dice el brigadier: el que no quiera ser injusto con la Francia, no debe venir á este infame y grotesco espectáculo. Si viene aquí, tiene que ser injusto por necesidad; tiene que creer que Francia es una horda civilizada, porque no se concibe que tamaña degradacion de los sentimientos cristianos pueda caber en la conciencia de un gran pueblo.

Yo dije al digno y pundonoroso Brigadier: tiene usted razon. Lo que usted siente hoy, lo sentí yo del mismo moda cuando vi por primera vez esa degradante pantomima, y así lo tengo consignado en la obra que escribo.

—Hace usted bien, muy bien, contestó, y nos dirigimos silenciosamente hácia la Plaza de la Concordia. Habiamos entrado ya en la Plaza, cuando todavía duraba aquel silencio. No parecia sino que nos habia sucedido una desgracia. Sí; óigalo el Sr. Alejandro Dumas; óigalo ese famoso novelista, que ha hecho tanto daño á este mundo, como la peste que más daño haya hecho; óigalo esa celebridad que ha descompuesto tantos matrimonios; que ha torcido tantas ideas; que ha enloquecido tantos corazones; óigalo ese genio francés, cuyas novelas han dado veneno á tantas jóvenes incautas, engañadas y seducidas por sus encantadoras fantasmagorías, óigalo el eminente novelista Dumas; óigalo esta Francia que ha dado tanto oro, tanta fama, tanta honra, tanto aplauso, á los chismes y á las mentiras de ese novelista sin conciencia, de ese vendedor de falsas novedades: oiga la Francia, esta culta, esta rica, esta poderosísima Francia, lo que voy á decir: tres españoles, tres cafres de allende el Pirineo, caminan tristes, están afligidos, porque acaban de ver un espectáculo que desdora á esta gran nacion. Tres cafres de allende el Pirineo caminan mudos y sienten dolor en su alma, al cumplir el deber cristiano que tienen de pronunciar esta justa censura.

—¿Qué Plaza es esta? pregunta el brigadier, medio amostazado todavía por la aventura del café-concierto.

—Es la célebre Plaza de la Concordia.

—¿Y por qué es célebre?

—Por dos grandes bautismos de sangre. Aquí, cuando apenas estaba concluida la Plaza, tuvieron lugar las fiestas públicas por el casamiento de María Antonieta con el Delfín, y la multitud aplastó en un dia á ciento treinta y dos personas. Aquí, sobre este suelo que pisamos, rodaron en el trascurso de tres años no cumplidos, mil quinientas cabezas de personajes célebres. Aquí se trasladó en el sangriento 23 de Agosto la guillotina, por órden del Consejo general de la Municipalidad de Paris, y esa guillotina, ese mónstruo bárbaro é insaciable, devoró las cabezas de Luis XVI, de María Antonieta, de Carlota Corday, de la Princesa Isabel, de Madama Roland, de los Girondinos, de Barnave, de Hebert, de Danton y de Robespierre. Si toda la sangre humana que aquí se ha derramado, brotase en este instante de las losas que pisan nuestras plantas, nos llegaria seguramente al cuello. Al decir yo esto, sucedió una cosa muy particular, que juré no echar en olvido al escribir este pasaje. La Plaza de la Concordia está profusamente iluminada, como que la alumbran ciento cuarenta y dos mecheros de gas; hacia luna, una luna muy clara, de modo que parecia que nos hallábamos al declinar la tarde. En el momento de pronunciar yo, que si la sangre derramada en la Plaza de la Concordia brotara de las piedras que pisábamos, nos ahogaría, un caballero y una señora pasaron muy cerca de nosotros, y al oir mis palabras la señora, se levantó el traje y anduvo de puntillas algunos pasos, como si temiera mancharse las botas y el vestido. Se lo hice notar al brigadier y al otro compañero, y todos celebramos la admirable ocurrencia de aquella señora, y la exquisita sensibilidad de la mujer. Debe presumirse que la señora en cuestion era paisana nuestra, puesto que entendió lo que hablábamos, y nosotros hablábamos en español.

Volviendo á la historia terrible de la Plaza, dije al brigadier: lo malo tiene la ventaja de que no es necesario que nadie lo extirpe: él tiene el encargo providencial de extirparse á sí mismo. La guillotina mató la guillotina; el terror mató al terror; la barbarie mató á sus hijos, como el Saturno de la Fábula, y concluyó por matarse á sí propia.

—¿Qué es aquella columna?

—El obelisco de Lougsor, cerca del Cairo, que sirvió de ornamento al palacio real de la famosa Tebas. Sus geroglíficos dicen que fué principiado bajo Rhamsés II, mil quinientos cincuenta años antes de la venida del Salvador, y concluido en el reinado de su hermano Rhamsés III, que la historia conoce bajo el nombre de Sesostris, que fué el rey más grande de todo Egipto, el rey más grande de toda el Asia. De modo que esa piedra tiene tres mil cuatrocientos trece años. Pesa próximamente…. ¿Cuánto dirán ustedes?

—¿Quién puede saberlo? contestaron al par mis interlocutores.

—Calculen ustedes poco más ó menos.

—¿Dos mil quinientos quintales? preguntó el compañero del brigadier.

—Más de cinco mil. Pesa muy cerca de veintitres mil arrobas.

—¿Y esa columna es de una sola pieza?

—Una sola pieza. De otra manera no seria obelisco.

—Pues señor, dijo el brigadier, difícilmente puede encontrarse un personaje de más peso y de más edad.

Dejé á mis compañeros en su fonda, y el carruaje me llevó á mi casa, en donde encontré á la amable familia americana, la misma que nos habia convidado á la tertulia de la calle de Lepelletier. Mi compañera estaba empeñada en que no habia de ir, y yo empeñado en que no se habia de quedar, y ¡gracias al cielo! esta vez no se cumplió el refran que dice: pídele á Dios que sea bajo! Hago aquí mencion de este triunfo de un marido, porque un hecho tan raro bien merece la pena de que se mencione.

—Es que yo no hablo una palabra en francés, ¿qué papel haré en la tertulia? Todos se reirán de mí….

—Mira, dije á mi compañera, Paris tiene la presuncion de ser el pueblo universal; España está dentro del universo, de modo que tú cumples hablando en español.

A las once y cuarto estábamos en la tertulia. Muchas sonrisas, muchos gestos, muchas contorsiones, muchas luces, muebles magníficos, un gusto refinado en todas partes, una comedia deliciosamente ejecutada. En cuanto al recibimiento que merecimos, nada puedo decir que no ceda en honor de aquella bondadosa y liberal familia. Mi pobre mujer estaba allí como raton en boca de gato, á despecho de su fecunda locuacidad. Una señora que estaba á su lado, la dirigió no sé qué pregunta en francés. Mi mujer contestó en castellano que no entendia; la otra la respondió en francés que no la comprendia tampoco, y despues de estas amigables explicaciones, ambas se miraron y movieron la cabeza, como si quedaran convencidas, sin embargo de que no habian comprendido una palabra.

Se bailó muy bien; se cantó mejor; se tocó á las mil maravillas. El arte, más severo nada hubiera podido objetar; pero no hallé otra cosa. He hecho propósito firme de no faltar á la verdad, ni aun por galantería, ni aun por gratitud. No encontré ese ambiente embalsamado, esa atmósfera vaporosa, esa idealidad inspirada, esa naturaleza rica, esos instintos poderosos: no encontré esa aura indefinible, el genio sencillo con que nos embelesa la sociedad italiana. ¡Qué bella es Roma, cuando se la mira desde Paris! Voy á hacer mérito de la risible extravagancia de una mujer de Batiñoles, que formaba parte de la tertulia. Esto no es hablar de Paris, ni de Francia, porque ni Francia ni Paris pueden tener culpa de que haya una vieja ridícula.

En segundo término del salon, como las últimas figuras de un cuadro, habia una señora con su hija, muchacha graciosísima que podria rayar en los quince ó diez y seis años. Un caballero preguntó á la madre cuándo se casaba la muchacha. La vieja se puso encarnada como un pavo.

—¡Casarse mi hija! exclamó con miedo y casi con cólera. ¡Qué delirio! Haga usted el favor de no hablar de amores y de casamientos á una niña, que no debe pensar en otra cosa que en vestir y desnudar muñecas. ¡Casarse! ¿Cómo quiere usted que se case esta mocosa? No, señor; yo no quiero engañar á ningun hombre. Mi hija no se casará un dia antes de los treinta años. Á los treinta años se casó su abuela, á los treinta años me casé yo, y si mi hija piensa otra cosa, puede hacer cuenta que no tiene madre.

Al decir esto, aproximaba su asiento al de la muchacha, como si temiera que alguno viniese á robársela. Pero advertí que mientras que la madre hablaba, la hija se reia. La vieja lo notó, y la tiró desabridamente del traje, y es muy probable que la sermoneara con algun pellizco, esos pellizcos afectuosos que las madres dan á las hijas.

El caballero quiso replicar…. ¡Aquí fué Troya! La vieja no sabia cómo estar sentada; sudaba; se llevaba las manos a la cabeza; paladeaba contínuamente, porque sin duda se le secaba la saliva en la boca.

—¡Nada! ¡nada! exclamaba fuera de sí. Treinta años cumplidos, y si falta un dia, no quiero. El caballero tuvo que mudar de conversacion, é hizo perfectamente, porque es seguro que si no deja el tema comenzado, hay en la tertulia un soponcio. Yo miraba á la vieja diciendo para mí: ¡qué imbecilidad! Luego miraba á la muchacha, y decia: ¡qué lástima!

Los lectores me permitirán que diga dos palabras sobre una curiosidad muy rara, sumamente rara, como teoría: muy comun, sumamente comun, como hecho. Quiero decir que está sucediendo á cada instante, y que tal vez no puede hallarse la razon de una experiencia tan repetida y tan trivial. Hé aquí la curiosidad de que hablo. Nadie ama á su hija como una madre; no hay un carácter más digno de veneracion, que el santo carácter de la maternidad. Pero no digo bien; la maternidad es más que carácter; es la virtud suprema, la suprema emocion de este mundo; es la grande heroicidad de la vida. Una madre es el héroe de todos los héroes, el mártir de todos los mártires. El héroe da su vida al sentimiento de la gloria; el mártir da su vida al sentimiento de la fe; pero cuando llega la hora de morir, mueren con dolor. La madre que muere por sus hijos, muere con placer. La madre mantendria á sus hijos con sus propias lágrimas. La madre tirita cuando ve que sus hijos tienen frio. Una madre murió en un lecho hediondo, lleno de harapos. En aquel lecho habia con ella dos criaturas. Cuando los vecinos entraron al dia siguiente, hallaron á la madre abrazada á sus hijos; los brazos helados de la muerta, tenian á las dos criaturas encadenadas contra su pecho, mientras que sus labios amoratados estaban tocando la frente de uno de los niños, porque sin duda alguna habia muerto arrojando el aliento sobre aquella frente, para calentarla con el hálito de su boca y de su corazon. Los niños vivian. Para arrancárselos á la mujer que ocupaba el lecho, fué necesario enderezar aquellos brazos rígidos, que tenia presas á las dos criaturas. Para arrancar esas criaturas á la mujer que ocupaba aquel lecho hediondo, fué necesario luchar con su cadáver. Aquella madre abrigó á sus hijos con su desnudez; los calentó con su propio frio, con el frio de la muerte. Esto es un prodigio, un milagro; pero la madre tiene el don celestial de hacer milagros y prodigios. Sobre una madre no hay nada en el mundo, nada absolutamente más que Dios. No se me puede tachar de indiferente, ó de descastado. Adoro á mi madre, adoro á todas las madres de la tierra; adoro á las madres, no á las ayas. ¡Misterio incomprensible! Esas madres que aman tanto á sus hijos, son las que causan más frecuentemente su perdicion. No hay ninguna cosa más temible para una hija, que el casamiento arreglado por una madre. No hay nada más expuesto á error, más expuesto á ser engañado, que el corazon de una mujer, cuando se trata de sus hijos. Basta que cualquier hombre mal intencionado aparente amor á su hija, para que la madre se embobe y lo eche todo á pique. Cree que va á labrar la felicidad de aquella criatura que tanto ama, y labra su desdicha con un afan que raya en frenesí. La madre tiene amor, no tiene juicio; tiene abnegacion, no tiene reserva; sabe criar á sus hijos en sus pechos, no sabe criarlos para el mundo; tiene el don divino de darles el sér; no tiene el don humano de darles la felicidad; SON MADRES, NO SON AYAS.

Figúrese el lector qué sucederá á la pobre muchacha de Batiñoles, con la manía que tiene embargada la cabeza de su madre. Tiene que casarse á los treinta años, á los treinta años cumplidos, y si falta un dia, la madre no quiere. ¿Cuántas luchas, cuántos sinsabores, cuántas amarguras no esperan á esa pobre hija? ¡Treinta años! Ahora tiene quince ó diez y seis. Y ¿si ama ya? Y ¿si hoy tiene ya una pasion? ¿Ha de esperar trece ó catorce años, para satisfacer el sentimiento más querido de su alma, la necesidad más irresistible de su corazon, la fantasía más grande con que la ha embellecido la Providencia? Y si despechada, al ver que contrarian el más profundo instinto de su existencia, huye de la casa que la vió nacer, y se pone en brazos de un hombre pérfido, como Luisa se puso en brazos del estudiante de Rodhese ¿la volverá su madre la honra y la dicha que ha perdido? ¡Madre insensata! ¿qué es lo que crees? ¿Crees que eres madre de tu hija, para sacrificarla á los caprichos de su madre y de su abuela? ¿Crees que tu hija ha de vivir con la vida especial de su abuela ó de su madre? ¿Crees que eres madre de tu hija, para encerrar en el canutero de tus agujas el sentimiento más grande y poderoso de la existencia, el encanto de todos los vivientes, el secreto de todas las familias, la lumbre que calienta todos los hogares, el ángel del mundo que arrulla el sueño, de todas las almas? ¿Crees que eres madre para poner ó para arrancar ese sentimiento del alma de tu hija, como quitas ó pones un garbanzo en tu olla, como clavas ó dejas de clavar tu aguja de coser en una costura? ¿Crees que el cielo te ha dado la dicha inmensa y el inmenso deber de ser madre, para disponer á tu antojo de la ventura de ese sér que criaste en tu seno, de quien has de dar cuenta á la familia, al mundo y á Dios? ¡No, madre indiscreta!

Dios no da privilegios para lo absurdo y lo ridículo. Dios no te ha dado la alteza, la soberana alteza de ser madre para que le pagues con la ruindad de hacer infeliz á tu hija.

Suplico á las hijas que se hagan cargo que no hablo con ellas; figúrense que no han leido nada; fórmense la ilusion de que estas páginas están en blanco. No hablo con las hijas, sino con las madres.

Voy á dar un consejo á los padres, porque á los padres toca el gobierno de los grandes intereses de su casa; por consecuencia, el gobierno de sus hijos, puesto que un hijo es el interés capital de la familia.

Cuando tu hija ame y sea amada, no mediando peligro en el casamiento, no te opongas á que se case. Sobre todo, no te opongas, alegando por causa los pocos años de la novia. Semejante causa no es verdadera, ni legítima. Semejante causa es muchas veces la preocupacion vulgar de que se vale tu egoismo, porque amas á tu hija, y no tienes bastante abnegacion para sacrificar tu amor á su felicidad. La mujer, tu hija, es capaz de casarse, desde luego que es capaz de amar á quien ha de ser su marido, y un padre sensato no debe pretender legislar esto de otro modo. La naturaleza, Dios, te ha ahorrado este trabajo, porque legislar estas cosas tocaba á Dios, y un padre sensato debe calcular que la Providencia sabe más que él. Y léjos de evitar que tu hija se case jóven, debes procurar con mucho cuidado que no se case vieja. ¿Por qué? Por cuatro razones capitales.

1.ª Casándose tu hija jóven, es más apta para la generacion, en lo cual gana la sociedad, y tiene que correr muchos menos peligros al ser madre, en lo cual gana ella. De las veinte mujeres que se casan á cierta edad, las once sucumben cuando dan á luz la primera criatura.

2.ª Casándose jóven tu hija, aun cuando muera á una edad mediana, dejará educados á sus hijos; cuando menos, á los mayores, que podrán encargarse de la educacion y del porvenir de los pequeños, pudiendo morir con la indecible satisfaccion de que deja en el mundo una familia. Por el contrario, las que se casan tarde, no pueden vivir lo preciso para dejar á un hijo establecido y colocado, de donde resulta frecuentemente que los huérfanos tienen que ser presa de los hospicios, de los hospitales; de la miseria, de la ignorancia y del vandalismo. Si pudiéramos ver la historia secreta de todos los hechos sociales ¡cuántas lecciones hallaríamos! ¡Cuántos escarmientos vendrian á castigar nuestras imprudencias! ¡Cuántos desgraciados habrán subido las gradas del patíbulo, por las extravagancias de sus madres, madres como esa madre de Batiñoles!

3.ª Casándose jóven tu hija, satisfaciendo á tiempo la necesidad más imperiosa y más sagrada de su corazon, no puede ser víctima, como lo son tantas mujeres, de una pasion contrariada, de un amor combatido y tiranizado. Pero aunque su virtud se conserve pura, aunque no halle su perdicion y su deshonra en un mar de lágrimas y de desdichas; aunque tenga el necesario desprendimiento de sí misma para sacrificarse, ¿por qué razon ha de sacrificarse esa criatura? ¿Por qué razon ha de ser su padre quien la sacrifique? ¿Por qué ese martirio sin gloria? Tu hija ama á los diez y seis años, y tú te empeñas en que ha de casarse á los treinta cumplidos. ¿Quién llena ese vacío de catorce años? ¿Quién premia esa lucha? ¿Quién compensa ese sacrificio y esa agonía? ¿Y si tu hija enferma, quién la volverá su salud? ¿Y si se muere, quién la arrancará de su sepulcro?

4.ª Casándose jóven tu hija, se atempera con mucha menos dificultad al carácter y á las costumbres de su marido; y con mucha menos dificultad puede recibir esta segunda educacion, infinitamente más peligrosa, más difícil y más importante que la primera. ¿Crees tú, padre de tu hija, que tú sólo la educas? Estás en un error gravísimo. Tú la educas para la sociedad, para la familia, para todo el mundo. Su marido tiene que educarla luego para él. Tú haces con tu hija, lo que hace el sastre que confecciona un traje para el primer parroquiano que salga. Luego que el parroquiano se presenta, se pone el traje, y va designando al maestro en dónde le está estrecho, en dónde le está ancho, en dónde le hace arrugas, porque no quiere un traje que le haga arrugas, ni que le esté ancho, ni que le esté estrecho. Tú, padre de tu hija, haces un traje sin tomar la medida de tu yerno; tu yerno ha de ajustárselo despues, y esta segunda hechura es una medida que tiene más peligros, porque el nuevo sastre no cuenta con toda la tela, sino con la tela que tiene el vestido que le dan, con la tela que tú le has dado. Y ¿qué cristiano educa á una mujer, endurecida en sus costumbres, en sus hábitos, en sus vicios y preocupaciones? ¿Qué cristiano educa á una mujer de treinta años, como la abuela de la muchacha de Batiñoles? Más fácil es enderezar á un roble de cien años, que á una mujer de quince. ¿Quién será tan necio que eche sobre sí el andar á pleitos con una de treinta? ¡Ay! Aún siendo jóven, aún sin tener conciencia cabal de sí propia, en el período inocente de la generosidad y del amor, aún en la aurora de la vida, entre los alegres albores del amanecer, pasa lo que Dios sabe: ¿qué no pasará, cuando la mujer se ha explicado á su modo el mundo en que vive; cuando está celosa y enamorada dé sus ideas, de sus opiniones y de sus hábitos, como de su pelo, de sus ojos ó de su vestido?

En favor de la teoría contraria no hay ninguna verdadera razon. En abono de la teoría que defiendo, existen, sin esforzar mucho el asunto, las cuatro razones que acabo de exponer. Encargo á los padres que mediten despacio sobre este consejo, dado á la ligera; pero que es fruto de una contínua y madura observacion, no desmentida nunca por la geometría infalible de la vida, por la experiencia.

Voy á terminar este dia con algunas curiosidades.

Primera curiosidad. Un amigo nos ha referido lo que oyó en Sevilla, á un hombre y á una mujer del pueblo. Es el caso que una mujer, jóven y hermosa, pasaba por cierto lugar. Un hombre se aproxima á ella, y la dice: oiga usted, cuando ese cuarto se desalquile, puede avisarme, porque yo lo quiero habitar.

—Sí, señor, contestó con mucho reposo la mujer. Cuando usted guste, puede pasarse por mi casa, que mi marido le entregará la llave.

¿Qué retórico, por sábio que fuera, escribiria una alegoría más vigorosa, más bien expresada, más significativa, sin dejar de ser decorosa y honesta?

Segunda curiosidad. Un periódico literario de Paris hace tres preguntas, á fin de que los suscritores curiosos se las contesten.

Primera. ¿Qué es lo más temible de este mundo?

Yo creo que un tonto.

Segunda. ¿Qué debe hacer el hombre para evitar los inconvenientes del casamiento?

Yo creo que lo mejor es no casarse.

Tercera. ¿Cuál es la tendencia favorita de las mujeres?

Voy á contestar con dos redondillas castellanas.

El dominio, este es su afan; Y tan de antiguo lo quiso, Que dominó el Paraíso Aún siendo soltero Adán.

Con lo que queda expresado Que he dicho bastante infiero; Si lo enredó de soltero ¿Qué hubiera sido casado?

Mañana nos espera el Louvre. El brigadier Rotalde no habla de otra cosa que de la Asuncion. Por lo que á mí toca, Dios sabe cuánto deseo verla. ¡Animo, mis queridos y benévolos lectores! Hasta mañana.

=Dia trigésimo tercero=.

La enferma.—Museo del Louvre.—La Asuncion.—Apoteosis de Rubens.—Otra pintura de Murillo.—Una respuesta.—Noticia á mis lectoras.—Curiosidades.

¡Virtud increible la de la sangre! ¡Cariño santo el de la familia! La hermana de Luisa ha llegado con su esposo; Luisa está buena; y no sólo está buena, sino que es feliz, todo lo feliz que puede ser una criatura que ha perdido la grande ilusion, la grande esperanza y el grande secreto de su existencia. La honra es en nuestra alma, lo que es el aroma en las flores: una esencia de aquella vida.

Un abrazo de la mujer con quien se ha criado en la casa paterna, un solo abrazo de su hermana, ha curado casi las llagas de su corazon. ¿Qué sentirian aquellas dos mujeres cuando se vieron? ¿Qué sentiria Luisa, al oir la voz de su segunda madre? ¿Qué hay en él mundo comparable á las lágrimas, que aquellas dos criaturas derramaron? ¿Qué poder, qué riqueza, qué fausto, qué ciencia, qué genio, qué gloria, tiene el arcano arrebatador qué da la Providencia á esas lágrimas ignoradas y mudas? ¡Ah! Este amor innato de la familia, esta preciosa herencia que las madres dejan á sus hijos, esta lumbre apacible que calienta á todos los que viven en una casa, es lo que más nos reconcilia con la humanidad; más que el talento, más que el heroismo, más que la virtud. Al ver á un mendigo, á un criminal, á un traidor, á un leproso, no puedo menos de exclamar: á ese hombre le ama su madre, le ama su esposa, le ama su hijo; y en aquel hombre miserable, en aquella criatura abyecta, en aquel andrajo de la vida, si así puede decirse, encuentro algo digno de respetarse. Sí, yo respeto en aquel hombre el amor augusto de la familia; respeto y adoro esa sacratísima poesía, cuyo poeta no mora en este mundo. Aquella criatura envilecida lleva consigo un profundo misterio que Dios le ha dado, y ante ese misterio que Dios nos da, debia el hombre estudiar en silencio y con la cabeza destocada.

Volviendo á Luisa, Madama Fonteral vino á enterarnos de lo ocurrido, y el alborozo ahogaba su voz. La buena mujer no sabia por dónde empezar, y exclamaba-muy á menudo: ¡estoy loca, estoy loca! Por fin, nos participó la noticia, y mi mujer y yo sentimos lo que sentiriamos, cuando encontráramos á una hermana que se nos hubiera perdido. Mi mujer miraba á todos lados de la estancia; diciendo: me parece que somos más. En efecto, todos creiamos que nuestra familia se habia aumentado. La hermana de Luisa era tambien hermana nuestra, hermana por la compasion y por la caridad.

Madama Fonteral cogió la escalera, balbuceando palabras que no comprendimos, y mi Ana y yo nos dirigimos una ojeada, como si nos quisiéramos decir: ¡qué excelente mujer!

Desde este dia, miramos á Madama Fonteral con un verdadero y entrañable cariño. Tal vez esa pobre lechera es la persona á quien más queremos en Paris.

Mi mujer y yo, con los ojos iluminados por la alegría, nos asomamos al balcon; Luisa estaba en el de enfrente, con la vista clavada en el nuestro. Indudablemente esperaba á que nosotros nos asomásemos, para saludamos. Así fué. Nos miró con un aire indecible de regocijo, nos hizo diferentes saludos con las manos y con la cabeza, pronunció palabras que no pudimos entender, y se metió dentro como un relámpago, dejando en nuestro balcon, no á dos criaturas, sino dos estátuas. Al darnos de cara con Luisa, al recibir el saludo de su ademan y de sus ojos, aquel tierno saludo de un alma buena y generosa; al vernos casi enfrente de aquella mujer que poco antes se moria, de aquel cadáver resucitado, se nos oprimió el corazon, y quedamos allí como dos figuras de piedra. ¡Pobre Luisa! ¡Alma tierna! Aquel saludo que nos hizo, fué un consuelo que quiso darnos, que realmente nos dió. Hay jóvenes (yo conozco algunas), que tienen como el sentimiento del vicio, sin embargo de que viven en la virtud. Hay otras que tienen la conciencia de la virtud, sin embargo de vivir en el vicio. A estas últimas pertenece Luisa. Ha pasado por la deshonra, y no ha perdido totalmente el encanto de la inocencia. Es más inocente por su alma, que muchas jóvenes lo son por su edad.

Mudemos de decoracion. Es la una de la tarde; el brigadier Rotalde, otro amigo y yo, paseamos nuestros ávidos ojos por una gran sala del Louvre, denominada el salon de los Estados. La gran sala del palacio de Versalles, y la que ahora examinamos, son las dos piezas más espaciosas y magníficas que he visto. Tiene próximamente dos pisos de altura, sobre ochenta pasos de longitud, y veintiocho ó treinta de latitud. El famoso salon de embajadores del Palacio Real de Madrid, es mucho más pequeño; sin embargo, me parece que es más majestuoso, porque es más sencillo. El único defecto que noto en esta regia estancia, consiste en que la profusion en el ornato, la quita esplendidez en el conjunto. Con menos lujo, habria más grandeza, porque resaltaria más la grandeza de los techos, de las paredes, del espacio; la grandeza de la extension. A pesar de todo, es una pieza deslumbradora. Entre las infinitas cosas notables que hemos visto en la sala de que hablo, no voy á hacer mencion más que de una. Casi al fin del lienzo de la derecha, como en el comedio de la pared, divisamos un cuadro. Nos aproximamos cuanto pudimos, y echamos de ver que era el retrato de su pintor. Uno de los curiosos que visitaban el Museo en aquel dia, contemplaba el retrato con cierta entusiasta curiosidad, casi con maravilla. Esto nos llamó la atencion á nosotros, que no veiamos en aquella pintura un motivo tan grande de admiracion y de entusiasmo. Nos fijamos con más insistencia en el cuadro que teniamos delante; volvimos los ojos al espectador, y notamos de nuevo que no dejaba de hacer muecas y contorsiones, como encareciendo la excelencia de la pintura. En esto nos miró, y nosotros le miramos tambien, en señal de decirle: «¿que ves tú en ese cuadro? ¿Qué prodigio es ese?»

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings