PARIS CURIOSO. (continued 4)
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Hemos almorzado en una fonda de la Plaza por trece francos, visitamos las fuentes, las más ricas del mundo en juegos de aguas, oimos la música militar cerca del estanque que está en último término, nos sentamos haciendo parte de la sociedad elegantísima que inunda esta esplanada; Vernet me llama y me reconcilia con ella; volvimos luego, tomamos el ómnibus, ya divisamos las torres de Paris: á las seis de la tarde nos apeamos enfrente del palacio de la Industria.
Al bajar del ómnibus, mi mujer y yo nos cruzamos algunas palabras: una de las señoras que esperaban sin duda algun amigo ó algun pariente, se acercó á nosotros y nos preguntó con el mayor afecto si eramos españoles.
Es de Zaragoza, hace cuarenta años que vive en Francia, se llama doña Antonia, está casada con M. Houzé y vive en Passy, calle Mayor, núm. 38.
Estamos convidados para ir á comer mañana en su jardin.
No puedo más por hoy. ¡Adios, Vernet! ¡Adios, Versalles!
Dia décimo octavo.
Visita de un ingeniero, excursiones históricas, epigramas.
Estamos quietos y tranquilos en nuestra habitacion. La idea de Versalles nos preocupa absolutamente, como si no dejara espacio alguno en nuestras imaginaciones para otra idea ni otro recuerdo. ¡Qué alcázar! ¡Qué museo! ¡Qué salones! ¡Qué lujo! ¡Qué riqueza! nos decimos continuamente mi mujer y yo. Luis XIV no tenia necesidad de otro monumento que Versalles, para que la fama le festejara con el epíteto de uno de los reyes más galantes que conoce la historia.
En este momento sentimos que llaman á la puerta de nuestro cuarto; abro y me doy de cara con un ingeniero español, á quien vi ayer en una de las salas de Horacio Vernet. Sobre la escuela de este gran pintor, dije cuatro palabras en presencia suya; noté que me miraba con cierta sorpresa y maravilla; nos despedimos, ofreciéndonos mútuamente nuestras habitaciones en Paris, y seguramente no esperaba yo tener hoy el gusto de verme agasajado por su visita.
Le recibí con la franqueza alegre y cariñosa de paisano, porque paisanos son los compatriotas cuando se ven en país extranjero; le supliqué que se sentara; se sentó, y hubo un instante de silencio, ese instante en que cada cual piensa lo que ha de decir, ó sobre qué ha de hablar.
—Usted extrañará, dijo sonriéndose el ingeniero, que haya usado tan pronto del ofrecimiento que tuvo usted la bondad de hacerme de su amistad y de su casa….
—No, señor, contesté interrumpiéndole; tengo bastante con la satisfaccion de ver á usted en nuestra compañía.
Mi hombre inclinó cortesmente la cabeza, en señal de agradecer aquel cumplido mio, y me miró con el encogimiento inevitable del que viene á pedir alguna cosa. Yo le contemplaba de hito en hito, como para comprender sus intenciones, y ver en qué actitud debia esperarle. Hable usted con entera confianza, le dije, y á despecho suyo le cogí el sombrero que tenia en la mano, y se lo coloqué en una silla. Despues aproximé mi asiento al suyo, y le exhorté con una mirada de interés y de afecto.
—Es el caso, dijo animándose nuestro interlocutor, que tengo una viva curiosidad porque usted me explique lo que me dijo ayer en Versalles, sobre la pintura de Horacio Vernet. Yo soy ingeniero; entiendo algo de líneas rectas y de líneas curvas; pero no he estudiado hasta el presente la erudicion del arte, y no alcanzo bien el sentido de ciertas escuelas. Voy á confesárselo á usted ingénuamente. Todo lo que usted me dijo ayer sobre los cuadros de batallas, me pareció extraño y peregrino, hasta maravilloso, porque en aquellos cuadros veia yo una pintura desembarazada y atrevida, nada más. Horacio Vernet era en mi juicio un maestro de buenos arranques, de osada concepcion, de detalles felices, un poeta social, no un arte nuevo, no una nueva escuela, no una grande trasformacion, no un grande genio, como usted le llama. Esta poca importancia que yo atribuia á Horacio Vernet y á sus cuadros, debe provenir de que yo ignoro las revoluciones por que el arte ha pasado en la historia; debe provenir de que yo ignoro lo que ha sucedido en el mundo, y deseo vivamente que se tome usted la molestia de explicarme el asunto.
—Pues, amigo mio, dije al ingeniero; echando á un lado la humildad soberbia del hipócrita, contesto á usted que ha dicho muy bien. El arte tiene sus antigüedades, su arqueología particular, unida al espíritu de la historia, y es muy natural que no comprenda la importancia de Horacio Vernet, no comprendiendo la profunda significacion histórica de su escuela. Yo he estudiado algo acerca de esto, he aprendido un poco, nada más que un poco, y voy á decírselo á usted sin reserva ni ambajes, con la mayor ingenuidad del mundo, segun mi leal saber y entender, como decian tan admirablemente los antiguos.
El mundo, este prodigioso y múltiple espectáculo que nos rodea por todas partes, ha pasado por varios períodos, ha sufrido diferentes cambios; y á cada una de esas mudanzas, á cada una de esas renovaciones, por decirlo así, se ha dado el nombre de civilizacion; de modo, que podrémos decir que ha pasado por varias civilizaciones. Para el objeto que nos ocupa, bastará enumerar los períodos siguientes: período ó civilizacion del Asia; tiempos de Grecia y Roma; tiempos de Esparta; tiempos cristianos; tiempos feudales; renacimiento; edad moderna.
El Asia idolatró la materia de dos modos: la materia ruda, el monte, el volcan, la serpiente, el cocodrilo; y la materia elemental: la tierra, el aire, el agua y el fuego. La adoracion de la materia ruda es la que se llama fetiquismo, el cual comprende toda la historia de Siria y de Caldea; la adoracion de la materia elemental es lo que se llama sabeismo, el cual comprende la tan famosa civilizacion egipcia.
Los griegos idolatraron la materia tambien, pero de otro modo. La materia de los griegos no era la materia natural, la que encontraron en la creacion, la sustancia visible del universo; era una materia que ellos modelaron, era una materia artística. Propiamente hablando, los griegos no idolatraron la materia como los asiáticos, sino la forma, el contorno, la arquitectura. Aténas idolatró el arte, un arte bello en apariencia, feo en realidad; gracioso y seductor en la superficie, deforme y repugnante en el fondo; lleno por fuera, vacío por dentro. El arte de Grecia es un cuerpo hermoso que no tiene alma, como hay mujeres sumamente bellas que no tienen entendimiento ni corazon. Es un magnífico pedestal, pero sin estátua; un sábio geroglífico, pero sin pirámide; un arcano que no tiene misterios, ó bien un misterio que no tiene arcanos. El arte de Aténas es materialista, grosero, impuro. No importa que Vénus sea disoluta; el secreto está en que sea hermosa. No importa que el demasiado aroma emponzoñe el aire; el secreto está en que se queme aroma.
Esparta idolatró tambien; pero de otra manera, con otra intencion: es decir, con otra especie de idolatría. El ídolo espartano es la patria, y como el guardian de la patria era la guerra, el ídolo espartano es tambien la guerra. No hay individuo, no hay familia, no hay hogar, no hay casa; no hay más que nacion. El hombre se ha sacrificado al país; el fraile se ha sacrificado al convento; el creador se ha sacrificado á la criatura.
El Asia vivia en la fascinacion, Grecia y Roma en la fantasía; Esparta en el comunismo guerrero.
El Asia coge la religion, la ciencia, la moral, la política, el arte, todo, y lo quema en nombre del volcan ó del astro.
La Grecia echa por tierra el ara de aquellos sacrificios, remueve las arenas y las momias del Asia, cierne las cenizas del fuego pasado, coloca en la urna de su genio el polvo del arte, lo amasa á su modo, lo compone, lo crea, y quema todo lo demás en nombre de su hermoso y brillante ídolo.
La Esparta acude, ve que todo arde, que todo se sacrifica allí, alarga una mano atrevida, valerosa, pujante, y aparta sólo la política de aquel gran holocausto.
Materia, forma, patria, hé aquí los tres símbolos de esas tres edades, de esas tres civilizaciones, de esos tres grandes y célebres reinados históricos.
Nace despues en un cielo muy claro, muy limpio, muy sereno, muy apacible; nace, repito, el sol venturoso que alumbra un establo de la humilde Belém; nace el astro puro que vivificó todo el ambiente y toda la tierra; nace el astro que alumbró la venida de Jesus, y el hombre, sin conocerlo ni sentirlo, va penetrando en su raciocinio, en su conciencia, en su voluntad, en su imaginacion, en su sentimiento, en su creencia, en su trabajo; sin comprenderlo, sin adivinarlo, sin presumirlo, por virtud de un espíritu que está en la mente de la Providencia, como está el aire en los espacios de la atmósfera, el hombre comenzó á penetrar en todo él, á comunicarse con él mismo en todas sus fuerzas y relaciones; comenzó á conocerse, á conocer al hombre, á conocer la naturaleza, á conocer á Dios. El hombre cristiano vivió para la ciencia, para la moral, para el dogma, para la política, para el arte, para la industria, para el comercio, para el oficio, para todo lo que encontró en el universo; porque ese universo, todo ese cúmulo de poder, de grandeza y de gloria, era la alta ciudadanía que daba Dios al nuevo ciudadano. ¡Mudanza portentosa! ¡Trasformacion inconcebible y adorable! ¡Catástrofe divina! El mundo piensa, cree, elige, discute, imagina, siente, trabaja; calla la sinagoga judía; callan los agüeros paganos; callan los oráculos gentiles; callan los dioses mitológicos; callan los geroglíficos egipcios; los ídolos callan, callan para siempre; muchas sepulturas se abren, muchos muertos asoman…. Otro mundo principia, otro rey manda, otro Dios gobierna.
El Asia, Grecia, Esparta y Roma, dieron al hombre lo que ellas crearon para él.
El cristianismo ha dado al hombre lo que para él ha creado el cielo.
El mundo se creó sustancialmente en el génesis de Moisés.
El mundo se creó espiritualmente en el génesis de Jesus.
El cristianismo es la renovacion moral de la vida; la reconstruccion de la primitiva casa del hombre. Para el espíritu de la moral cristiana, el ciego ve, el sordo oye, corre el tullido, sana el enfermo, el pobre es rico, el pequeño es grande, el ignorante es sábio, el extranjero es nuestro hermano…. ¿No le parece á usted todo esto inmensamente grande? ¿No le parece á usted inmensa y providencialmente grande, inmensa y santamente providencial, providencial é inmensamente santo?
—Sí, señor, contestó el ingeniero.
—Pues bien, repuse yo, ahí está Horacio Vernet; ahí están los cuadros de Versalles; ahí están aquellas preciosas batallas.
Cada una de las renovaciones que ha operado en el mundo la ley cristiana, tiene sus artífices, sus personajes, sus creadores, sus artistas históricos, si así puede decirse. Uno de esos grandes artistas, de esos creadores, de esos personajes de la historia; uno de esos grandes obreros del gran taller, del taller cristiano, es el modesto, el retirado, el humilde, el glorioso Horacio Vernet. Horacio Vernet es en pintura, lo que San Bernardo en religion, lo que San Agustin en moral, lo que Descartes en filosofía, lo que Bichat en ciencia, lo que Federico de Prusia en política, lo que Guttemberg y Colon en el invento, lo que el Dante en la poesía épica, lo que Petrarca en la poesía lírica, lo que Shakspeare en la dramática, lo que Cervantes en el romance y en la novela, lo que Bellini é Hyden en música, lo que Montgolfier, Vaucauson y Fulton en industria y comercio. Un gran renovador de la humanidad, un poderoso artista de la historia, eso es lo que vimos ayer en Versalles; ese es Horacio Vernet.
Para el pintor del Asia, la pintura era un ídolo.
Para el pintor de Grecia, una Vénus, un héroe, unas bodas.
Para el pintor de Esparta, un guerrero.
Para el pintor feudal, un señor ó un fraile.
Para el pintor del renacimiento, un rey ó un santo.
Para Horacio Vernet es el hombre; el hombre muerto en aquel campo de batalla; aquel hombre puesto boca abajo, solo, abandonado de todo el mundo, sin más testigos que una piedra, una mata y el cielo; aquel hombre muerto para la materia, lleno de vida y de verdad para el arte, para la moral y para el dogma; aquel hombre tan lleno de vida y de belleza, que aún estando difunto, que aún siendo cadáver, parece ser el habitador de aquel desierto, el genio imponente de aquella soledad. Se dice que el arte de Vernet es una escuela puramente social, profana, protestante: ¡No! ¡Mil veces no! Eso sólo puede decirlo la ignorancia, ó el odio, ó la calumnia. La pintura de Horacio Vernet no sólo es un arte atrevido, fecundo, armonioso, patético, ardiente, sino un arte maduro, pensador, ferviente, religioso, religiosísimo. Es el arte sublime de la madre que llora por su hijo, que se va á la guerra; el hijo, que es tal vez aquel hombre muerto en un escampado. La pintura que vimos ayer en Versalles, es el arte de la lágrima cristiana, como he dicho en estos apuntes más de una vez.
—Mas ¿por qué, preguntó el ingeniero, cuenta usted á Colon entre los genios inventores?
—Porque en Colon, respondí yo, lo mismo se halla la ciencia austera y convencida que nos demuestra una verdad, como la afortunada inspiracion del que inventa, como la idealidad poética del que adivina, como la hábil diligencia del que ejecuta, como la valentía del que pelea, como el instinto del que organiza. Colon presiente un nuevo mundo, del mismo modo que mueve el timon de una nave, del mismo modo que desnuda la espada, ó que mira la brújula, ó que conquista un territorio, ó que enarbola el estandarte de la redencion. Colon es tan sábio como poeta, tan poeta como marinero, tan marinero como inventor, tan inventor como soldado, tan soldado como caudillo; en una palabra, servia tanto para menestral como para príncipe, ó para príncipe como para menestral. Despues de la esperanza que el hombre tiene en Dios, lo más grande del mundo es el genio, y Colon es uno de los genios más grandes de que puede gloriarse el mundo.
—¿Quién cree usted que es más grande, Colon ó Napoleon I?
—Colon, incomparablemente más.
—¿Y entre Colon y Hernan Cortés?
-Colon.
—¿Y entre Colon y Washington?
—Colon.
—¿Y entre Colon y Horacio Vernet?
—Ambos: ambos trabajaron, no para un pueblo, no para su gloria, sino para todos; para el pensamiento cristiano. Conquistaron un mundo, y se lo dieron á la humanidad sin orgullo y sin pompa.
—¿Y qué artífices tiene nuestro país en la renovacion cristiana? ¿Será cosa que España no tenga á nadie en esa segunda humanidad?
—Sí tiene; tiene á San Isidoro de Sevilla, en erudicion; á D. Alonso el Sábio, en leyes; á Santa Teresa de Jesus, en disciplina y en ejemplo; á Juan de Mena, el marqués de Santillana, Garcilaso, Fray Luis de Leon, los Argensolas, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Rioja y Herrera, en poesía lírica; á Calderon, en poesía dramática; al soldado Alonso de Ercilla, en poesía épica; al autor del Quijote, en el romance; á Blasco de Garay, en el invento; al Padre Mariana, en historia; al Padre Isla, en sátira; al Padre Feijóo, en crítica; á Vives, en literatura filosófica; á Campomanes, en organizacion social; á Jovellanos, en economía; á Florez Estrada, en hacienda; y así otros muchos que no recuerdo en este instante.
—¿Comprende usted ahora, pregunté al ingeniero, la importancia de la pintura de Horacio Vernet? ¿Comprende usted ahora la importancia, el carácter profundo y el profundo sentido histórico de ese gran pintor?
—Sí señor, ahora lo comprendo.
A renglon seguido me preguntó cuándo nos veriamos; le ofrecí visitarle; se despidió con un hidalgo y fervoroso apreton de manos, y mi mujer y yo quedamos solos. Mi compañera se vistió en un santi-amen; cátanos en la calle, mi querido lector, á los pocos minutos.
Apenas salimos del portal de la fonda, cuando veo pasar á una jóven muy alambicada, con mucho adobo, mucho menjuge y alguna sobra de eso que llaman colorete, la cual volvia el rostro con mucha frecuencia. Á mí se me ocurrió la siguiente quintilla, sin embargo de no pertenecer al gremio de los trovadores.
Vuelves el rostro bruñido; ¿Qué se te perdió, doncella? Y contestó un atrevido: «No, nada se la ha perdido, Es que se ha perdido ella.»
Seguimos hasta la calle de Richelieu, y al doblar á mano derecha, como quien va al boulevart de los Italianos, vemos dos señoras que se apean de un coche. La una es de cierta edad, y va vestida como conviene; la otra es jóven, vivaracha como una ardilla, debe hablar como una cotorra, y lleva un aderezo encarnado con lazos rabiosos, hojuelas doradas y relumbrones. Al ver tanto arrumaco, y tanto perifollo, y tanto ringorrango, y tantos peregiles, como decimos por allá, se me ocurrió otro verso.
Tan compuesta ayer te ví Que loco me enamoré; Mas la verdad, hoy no sé Si fué del traje ó de tí.
Esto debe decirse de todas las jóvenes que, llevadas de la pasion funesta de que las adoren por el vestido, suponen al traje un encanto que es el secreto de la modestia, del recato, de la sencillez y de la virtud. ¿No conocen las jóvenes que una tela no puede inspirarnos amor? ¡Quieren ser ídolos muy ataviados, muy bonitos por fuera! ¡Ay! Ese ídolo es adorado un dia, luego se ve que es barro; el idólatra se avergüenza; se retira á escondidas del falso culto, y el dios fingido cae del altar. Esos lazos color de sangre, esas hojuelas relucientes, esos reflejos y esos prismas, son teas engañosas que alumbran en la calle, en la tertulia, en el festin; el interior de la casa, el interior de la familia, el corazon del hombre está á oscuras.
Limpieza, recato, virtud y una flor, una flor sencilla, una flor del campo, una flor pura y olorosa: hé aquí el traje más rico de una jóven; hé aquí la gala más preciosa, la de más efecto, la que más enamora á los hombres sensatos, á los hombres que son capaces de hacer feliz á una mujer. Si el cielo me hubiera concedido una hija, no me cansaria de repetírselo dia y noche. El lujo, el excesivo ornato, el loco deseo de dar al artificio lo que debe ser obra de la naturaleza; más claro, el extravagante y loco deseo de encantar al hombre, presentándose á sus ojos con el ridículo atavío de una muñeca, cuando Dios no ha dado aquel encanto á la muñeca, sino á la mujer, es positivamente lo que ha causado más desgracias en este mundo, y desgracias las más irremediables y lastimosas. Aquella pasion funestísima, aquel prurito inconcebible, ha hecho más víctimas que las pestes, las plagas, las hambres y las guerras. Es un cólera morbo que no se va nunca, que siempre está diezmando la poblacion. Es el vómito negro, ó la fiebre amarilla de las mujeres; la más peligrosa y pestilente de las enfermedades endémicas.
Jóven, en cuyas manos caiga por casualidad este libro, cree lo que te dice un hombre que tiene ya canas, que comprende algo de los achaques de la vida, algo de los achaques de la mujer, y que sin conocerte, desea verdaderamente tu felicidad, como desea la felicidad de todo el mundo: no te dejes llevar de reflejos que lucen por fuera; no ahogues tu alma, no ahogues tu corazon, no ahogues un deseo que te ha dado el que creó el sol y las estrellas; no ahogues el encanto que te ha dado Dios, el encanto que está en tí misma, que va contigo; no ahogues esa virtud divina dentro de una hojuela dorada, de un lazo encarnado, de un prisma azul ó verde. No sacrifiques el brillante que se cria en el cielo y en tu alma, al otro diamante que se cria en el monte, y que puede ser el pago infame que da el vicio á la mujer que pone en olvido sus deberes. Yendo muy compuesta, puede suceder que te mires un dia al espejo, y que palidezcas y te sonrojes. Yendo aseada y limpia, limpia de alma y cuerpo, mírate al espejo sin cuidado; mírate cuando quieras; la mirada ingénua de la que obra bien llenará tu pecho de alegría. No lo olvides por Dios, jóven que leas estos pobres apuntes: limpieza, recato, sencillez, virtud y una flor; deja lo demás al cuidado del cielo; un hombre te amará, te amará de veras, como tú deseas ser amada, y serás venturosa hasta en tus hijos.
Es casi seguro que mis lectores se cansarán de estos sermones indigestos; pero me atrevo á suplicarles indulgencia, en gracia al menos de la buena intencion con que lo hago. ¡Quién sabe si alguna mujer, al ver estas líneas, sale del abismo de la perdicion, del abismo del lujo, de la idolatría de los aderezos, de las joyas y de las galas! ¡Quién sabe si mis fervorosos consejos pueden hacer algun bien en el mundo! El verdadero escritor, el escritor de buena fe y de buen deseo, es tambien un ministro de la moral, un sacerdote de la religion. Mi querido lector, perdóname. Imploro tu indulgencia por mis predicaciones, y vuelvo á predicar cuando quiero excusarme de haber predicado. Hago lo que aquel que se arrepentia de arrepentirse de haberse arrepentido.
Salimos al alegre y hermoso boulevar de los Italianos. ¡Greñas de Sanson! Las fotografías inundan este pueblo, como la langosta inunda los campos. Retratos para medallones, para sortijas, para guardapelos, para tarjetas, para cartas, para todo. Creo que llegará tiempo en que un zapatero ponga su retrato fotografiado en la suela de cada zapato que hace, y en que los aguadores peguen tambien su estampa con engrudo, en el frontispicio de la cuba, como medio de identificar la persona. Creo, y lo digo formal, que dentro de poco serán inútiles las cédulas de vecindad, llevando cada cual su fotografía en el bolsillo, ó pegada al pecho á guisa de medalla ó de cruz. El fotógrafo sucederá al agente de policía. Á mí se me ocurre otro verso:
Retrátate, sí, Torcuato; Basta de hablar: ¡pronto! ¡pronto! Hoy no se puede ser tonto…. Si no lo dice el retrato.
En una de las esquinas de la calle de Lepelletier, hemos visto un marco con el retrato de un señor muy gordo, cuyo señor, segun se dice, cuenta con probabilidades de salir presidente del congreso de diputados. Este buen señor se llama Monsieur Chou, que es como si dijéramos en castellano el señor Col. Con este motivo (¡maldicion!) se me ocurre otro verso. Estoy escandalizado de mí mismo. Nunca me he dado á la poesía, y en cuanto hoy miro veo redondillas castellanas. Vamos al presunto presidente.
Monsieur Col, el hombre grueso, De presidente saldrá, Y de este modo tendrá Verdura todo el Congreso.
A los veinte pasos del retrato del señor Col, vimos venir como una procesion de hombres, en el momento de desembocar de la calle de Provenza. Nos emparejamos con la procesion (tal nos parecia á nosotros), pregunté á un tendero que se habia asomado á la puerta, atraido por la novedad, y este hombre me dice que es una sociedad de judíos, la cual celebra no sé qué fiesta religiosa, en solemnidad de la apertura de un ferro-carril, canal, ó cosa semejante. Prosiguiendo yo en mi manía de ver versos en todo, hasta en la fiesta de los judíos, me acordé de un epigrama de D. Narciso Serra, que mis lectores no podrán comprender, sin cuatro palabras que expliquen el caso. Habia en Madrid una empresa ó sociedad dramática, que tocaba su ruina con la mano, sino con la mano con el bolsillo, (¡cosa tan de moda en las empresas teatrales de Madrid!) y en las boqueadas de la agonía, resuelve celebrar el aniversario de Lope de Vega. Y para que este aniversario causara más rumor en el ánimo público, y acudiera gente al teatro, se anunció en algunos periódicos que se diria una misa por el alma de aquel ilustre ingenio, á cuya misa fuéron invitados varios actores y literatos distinguidos, entre ellos D. Narciso Serra, que dijo á los socios, antes de principiar la ceremonia:
En esta misa de pega, Presumo que cada socio Rezará por su negocio Más que por Lope de Vega.
Esto digo yo de la sociedad de judíos. Más que del espíritu de Jehová, se acordarán indudablemente del tanto por ciento que se prometen del canal ó del ferro-carril.
Entramos en el célebre restaurant de la Sílfide, nos sentamos, se llega un garçon … pero basta por hoy, mis queridos lectores. Para mañana tengo un plan oculto. Pienso levantarme muy temprano, y sin que lo sepa mi mujer, me iré al Luxemburgo, visitaré el palacio, pasearé por las alamedas, luego tomaré el ómnibus que va á San Cloud, partiendo del palacio Real y haciendo escala en el arco del Triunfo, y me alargaré hasta el famoso bosque de Bolonia.
=Dia décimo nono=.
Omnibus.—El Paris de acá y el Paris de allá.—Palacio de Luxemburgo.—Sus estátuas, sus paseos.—Mujeres del pueblo que hacen labores manuales en las glorietas.—Bosque de Bolonia. —Catelan.—fisonomías diferentes de los garçones de mi hotel.—Pesares.
Antes de las siete de la mañana estoy situado en una esquina de la calle de Richelieu, dando cara al magnífico bulevar de los Italianos. Espero el ómnibus que va al palacio de Luxemburgo.
Durante once minutos que he permanecido cerca de la esquina, han atravesado el bulevar de los Italianos cuarenta y nueve ómnibus con veinte personas cada uno, diez en el interior y otras diez en el imperial. Suponiendo que en el trascurso de toda la carrera se renueven tres veces los pasajeros, los cuarenta y nueve ómnibus operarian un trasporte de cuatro mil personas próximamente.
Este cálculo no debe parecer exagerado á los lectores, cuando he visto ayer en un periódico semi-oficial, que existen en circulacion cuatrocientos sesenta y tres ómnibus, trescientos sesenta y nueve para las varias carreras de Paris, y noventa y cuatro para los puntos circunvecinos.
Los cuatrocientos sesenta y tres ómnibus de que hablo, han andado por dia ocho mil trescientas diez y seis leguas, ó sea al año tres millones, treinta y tres mil setecientas cuarenta.
Los viajaros trasportados en todas las líneas han subido á más de cuarenta y nueve millones y medio (49.590.421) en 1856, y á más de sesenta millones en 1857 (60.067.147), resultando un exceso de más de diez millones de transeuntes á favor de la última época.
El producto de los ómnibus destinados al servicio especial de Paris, montó en 1857 á treinta y seis millones y medio de reales.
Al fin pasó el ómnibus que va á Luxemburgo por las Tullerías y el Puente Nuevo, y subí al imperial. Me parece que voy sentado sobre la azotea de una pequeña casa ambulante.
A los veinte minutos estábamos en nuestro destino, despues de haber atravesado varias calles estrechas que no se parecen en nada á las anchas y bulliciosas del otro Paris. Note el lector que en Paris hay dos poblaciones distintas, distincion marcada por el curso del rio. Cada orilla es una frontera de aquellos dos países, representantes de dos grandes períodos históricos, de dos grandes razas sociales, si así puede decirse. Hay el Paris de la tradicion, y el Paris de las creaciones modernas: en el primero habitan con predileccion los nobles y los ricos que buscan silencio, despues de haber buscado una buena renta entre el bullicio y la algazara. En el segundo habitan los comerciantes, los banqueros, los cambistas, las gentes de moda, de actualidad, gentes que quieren producir efectos cómicos ó trágicos, y los miles y miles de curiosos y de negociantes extranjeros que este gran centro llama.
Estas dos varias sociedades que se disputan el señorío de Paris, el giron de un mundo que ha caducado ya, y el otro giron de un mundo que no se ha organizado todavía, están simbolizados en dos edificios: Luxemburgo y la Bolsa.
Luxemburgo es el monumento del privilegio y de la renta.
La Bolsa es el templo del movimiento, de la creacion y del cambio.
Las Tullerías están situadas entre estos dos mundos antagonistas, como si quisieran participar del recuerdo del uno y de la fuerza del otro, presentándose como un tratado de paz entre ambos.
El Luxemburgo es un palacio inmenso, grave, solitario, majestuoso. Su fábrica se halla en muy buen estado, y no obstante, despierta en nuestro ánimo esos recuerdos señoriales que parecen dormir entre las ruinas negruzcas de un antiguo castillo.
Tiene una espaciosa glorieta, con surtidores, grupos y estátuas, además de un hermoso y bien asistido paseo.
Al examinar las muchas estátuas que siembran estos silenciosos lugares, he notado que la demasiada asistencia, el demasiado esmero y el excesivo aliño de que aquí son objeto todas las cosas, quitan á las concepciones artísticas el encanto del arte, el aura indefinible y deliciosa que lo rodea en otros países. Aquí todo parece lo mismo, porque el cuidado que está en todas partes lo nivela todo, despojando á la obra del hombre de esas variedades de siglo y de lugar que constituyen el gusto maestro de la naturaleza.
Un poco de limo verdoso en una estátua la comunica la sancion venerable del tiempo, el sentimiento inexplicable de la historia; y este espíritu vago y armonioso á la vez, este espíritu que viene á denotarnos el contraste que resulta entre lo transitorio de la piedra humedecida por un poco de limo, y lo eterno de la moral que aquella piedra simboliza; esta vaguedad espontánea, sencilla, verdadera, invisible, que va y viene entre lo que se toca y lo que se adivina, entre el limo y el genio, es precisamente la pincelada que da al arte su sentido más ideal, más bello y más profundo, porque es el sentido más conforme á la poesía de la creacion, es decir, á la poesía inimitable de la verdad.
No hay naturalidad en estas creaciones; la naturalidad con que la yerba es verde, con que el cielo es azul, con que la estrella nos envia sus luces plateadas. Noto cierto entumecimiento en este arte; es creador, infatigable, jóven; pero parece un jóven tullido; un tullido que no puede moverse sin que la paralísis le arranque un dolor y una queja. No sé si me equivoco; pero esto es lo que me dicta mi sentimiento, ageno á toda preocupacion de envidia, de odio ó de historia. Es un arte magnífico, colosal; pero le falta un no sé qué de arte.
Despues de examinar las estátuas, me interné en el paseo, y vi con mucho gusto á varias familias artesanas haciendo labores manuales, bajo los árboles de las glorietas. Esta costumbre es verdaderamente pintoresca, infantil, encantadora, patriarcal. No he visto en mi vida á esas mujeres, no las he mirado á la cara, y las tengo cariño, porque tengo cariño á las yerbas que tocan, á esta vida que llevan, á este aire que respiran.
Me interné más en los jardines, y me ví solo; no tenia más compañeros que las flores y el rumor indeciso de una leve brisa de verano, y me parecia que distaba de Paris muchas leguas.
¡Cuánto preferiria una gruta aquí al hotel de la calle Feydeau! ¡Cuánto más grata me seria esa casita que estoy viendo, cerca de la estátua del pintor Lessueur!
Ahora me siento enfrente de la estátua. Unos ramos de madreselva se agitan suavemente sobre mi sombrero. ¡Qué bien me encuentro aquí! Me parece que soy mejor, y que me amo más á mí propio. Á un tiempo oigo el acompasado y casi imperceptible susurro del viento entre las hojas de los árboles, el ruido lejano de agua corriente, el acento festivo de unos niños que juegan, y el clamoreo confuso que nos anuncia la proximidad de una gran poblacion, como el sordo rumor del oleaje nos anuncia la cercanía del Océano.
Me acordé que tenia que volver á Paris, y sentí dos cosas: repugnancia y temor, casi miedo.
Soledad, encanto del triste, encanto de mi corazon, vírgen de mis pesares, vírgen de mi alma; si amas, si esperas algo en este mundo, dame tus amores y tus esperanzas. Si tienes dolores, si tienes misterios, dame tus misterios y tus dolores.
Al poco tiempo subia en un ómnibus que me llevó al Palacio Real, y luego en otro que tenia la carrera de San Club, haciendo escala en el arco de la Estrella. Allí me apeé y seguí hasta el bosque de Bolonia.
El bosque de Bolonia no es un paseo, propiamente hablando: es una selva que tiene leguas de extension: es el desahogo de las gentes de carruaje que van allí, como se va á tomar aires al campo. Se encuentra cascada, lago, isleta en medio con puentes rústicos, de un aspecto gracioso; chinescos, barquillas, circo y muchos espectáculos de varios géneros.
Yo me interné hasta donde logré quedarme solo, sin oir otra cosa que el ruido confuso de los coches y el crugido del látigo.
Me senté un instante sobre la yerba, y me vi halagado por una expansion y un bienestar que no experimentaba desde nuestra llegada á Paris. Me parecia que en aquel momento recobraba la libertad, y sentia por la luz esa especie de religiosa gratitud que siente el cautivo. Miraba hácia bajo, y veia musgo verde; miraba en torno mio, y veia árboles; miraba á lo alto, y veia cielo. Sentado en una piedra solitaria, á despecho mio, me acude la idea de Andalucía, la idea del país en donde he nacido y me he criado. Hace veintidos años que dejé la casa paterna; volví á los nueve con el deseo de abrazar á mi madre; pero no pude verla; no estaba en el mundo; habia muerto. Á la hora de morir, cinco hijos rodeaban su lecho, uno faltaba. Mi madre diria en su corazon: «¡bien se lo dije! ¡El tiene la culpa; me muero sin verle!» ¡Tenga Dios misericordia de mí!
Mi madre no vivia; pero la Providencia ha dado lágrimas al hombre para lavar con ellas sus pecados, sus olvidos, sus yerros; y lágrimas ardientes y fervorosas humedecieron el sepulcro de la que me dió el sér. ¡Gloria! ¡Sueño terrible! ¡Angel cruel, cuánto has comido de mi alma y de mi cuerpo! ¡Quién lo hubiera sabido! ¡Quién hubiera podido adivinarlo! Los campos en donde pasé mi niñez no me hubieran visto desertar; el Océano no hubiera dejado de oir mi pobre voz; yo hubiera visto morir á mi madre y á mis hermanos. Una humilde choza por vivienda; un saco de paja por lecho; un haz de enea por almohada; una honrada esteva por oficio; pan, agua y salud por alimento; un ramo de tomillo por corona; los bosques, los mares y los cielos por poesía; el Dios que llena al mundo por esperanza; ¿qué más podia apetecer? Tú tenias razon, madre de mi alma; tú me decias bien, madre de mi vida. Te desobedecí, fuí ingrato á tu amor, fuí sordo á tu llanto, y el cielo me castiga por aquella culpa. Pero tú que fuiste tan buena, tan paciente, tan generosa; tú que tanto sufriste, que tanto lloraste, madre de mi vida, madre de mi alma, tú perdonarás á tu hijo.
Apenas me desembarace de ciertos asuntos que me tienen amarrado en Madrid; más claro, apenas logre reunir algun dinero, me iré á Sevilla, mandaré hacer una losa, pasaré á la raya de Portugal, y yo mismo la colocaré en una sepultura, en nombre de todos mis hermanos. Ya tengo hecho el epitafio, el cual pertenece tambien á mis lectores; hélo aquí.
«FILOMENA, JOAQUINA, NICOLÁS, AMPARO, HERMENEGILDA Y ROQUE, Á SU ADORADA MADRE.»
«Tras estos mármoles fijos Verá nuestra amante fe, Que una madre siempre ve Las lágrimas de sus hijos.»
Lector mio, cuando esta obra se publique, no te parezca cara. No tengo otro sueldo, ni otro patrimonio que mi trabajo personal, mi trabajo de sol á sol como humilde obrero de la inteligencia, y de esta obra he de sacar más de mil duros que habré tenido que gastar para escribirla, y si pudiera ser, para comprar la lápida de mi madre.
Medio enternecido y medio lloroso me levanté de aquella piedra, y empecé á dar vueltas por allí. Miré á todos lados, no habia nadie ¡qué felicidad! Hay ciertos instantes en que los hombres me inspiran miedo; ciertos instantes en que el silencio es mi más dulce compañía.
Caminando despues al acaso, encontré una pequeña columna. La piedra es historia tambien, y me vino en deseo conocer la historia de aquella piedra. Héla aquí tal como ha llegado á mis oídos.
Hubo un francés apellidado Catelan, el cual vivia santamente en Provincias. Á este Catelan se ocurrió la idea (cualquiera otra le hubiera salido mejor) de trillar el camino de Paris, con el objeto de conducir varios presentes al rey de entonces. No me acuerdo en este momento qué rey era; pero desde luego debe suponerse que un rey de antaño debia ser, porque al morirse aquel Catelan, comenzaron á morirse los Catelanes que trillan caminos para hacer presentes.
Púsose en marcha aquel bendito hombre, despues de haberse confesado, porque tambien hubo un tiempo en Francia en que el cristiano tenia que proveerse de la confesion, como del primer artículo del viaje.
Noticioso el monarca de la venida del buen Catelan, ó de los presentes que Catelan traia, ora fuese por Catelan, ora por los presentes, porque la tradicion no aclara este punto, envió un piquete de soldados bajo el mando de un capitan, cuyo piquete tenia por fin el guardar al espléndido provinciano de los bandoleros y asesinos que infestaban á la sazon el bosque de Bolonia. Sépalo el brillante Alejandro Dumas. Hubo tiempo en que los vasallos se confesaban para caminar; tiempo en que los bandoleros y asesinos empedraban el bosque de Bolonia, si el gran novelista me permite la palabra empedrar.
El capitan que mandaba la escolta se situó en los puntos convenientes, el buen viajero se vió libre de los huéspedes habituales del bosque, pero ¡cosa imprevista! no se vió libre del capitan. El capitan de los soldados se puso en lugar de los bandidos, y el pobre Catelan fué robado y muerto.
Mucho tiempo despues tuvo lugar un baile en palacio, y una señora de las asistentes llevaba un objeto de que constaba ser portador el asesinado en el bosque de Bolonia. Dieron principio las sospechas, luego las pesquisas, por fin se adquirió la evidencia del crímen, el capitan fué ahorcado, y el célebre bosque vió alzarse una piedra en obsequio y honra del fiel vasallo Catelan.
Esto es, punto más, punto menos, lo que acerca de esta columna cuenta la tradicion, y no deja en verdad de ser un consejo provechoso.
Parece imposible que este bosque tan concurrido, tan guardado, el paseo de la alta sociedad de Paris, el refugio y el embeleso de las gentes de coche y librea, haya sido un tiempo guarida de asesinos y de ladrones.
Sin embargo, hoy se invoca aún por cierta escuela la moralidad de aquellos tiempos. Cierta escuela grita aterrada que tocamos ya un período disolvente, que nos precipitamos por instantes en un abismo de perdicion. La escuela á que me refiero dice bien: corremos por instantes á la disolucion…. de dicha escuela.
A las once en punto entraba en el patio del hotel de Feydeau. Los garçones me hicieron un saludo apenas perceptible. Esto quiere decir que no iba bien vestido. En efecto, mi mujer y yo hemos notado repetidas veces, que los saludos son más ó menos afectuosos, más ó menos cumplidos, á proporcion del traje que llevamos. Esto es un motivo curioso de estudio, porque el lector comprenderá sin duda las infinitas gradaciones que deben mediar, desde balbucear los buenos dias á un mendigo, hasta doblar ambas rodillas ante un emperador.
¡Ay! ¡Cuándo y dónde, encontraré un pueblo en la tierra, en que no se me mire al pecho y á los piés, como para ver si llevo cadena y bota de charol; para ver si pueden esperar de mí una propina; sino que se me mire á la frente y á los ojos, para ver si tengo talento y bondad con que hacer un bien á este mundo!
¡Cuánta fe necesita el hombre para que su alma no se cáuterice, al tocar la hiel corrosiva de estas nauseabundas experiencias!
No siento odio; acaso no siento desprecio tampoco, pero siento una profunda lástima, y sobre todo un profundo dolor.
Este es quizá un malvado, un holgazan, un idiota.
—¿Lleva cadena?
-Sí.
—¿Lleva brillantes?
-Sí.
—¿Va en coche?
—Sí.
—¿Se inclinan ante él sus lacayos?
-Sí.
—¿Quién es?
—Un semi-Dios.
Este otro es honrado, caritativo, afectuoso, creador, valiente.
—¿Lleva los bigotes untados con resina á izquierda y derecha, como si fuese pregonando la guerra al gran turco?
—No.
—¿Lleva cadena?
—No.
—¿Lleva brillantes?
-No.
—¿Va en coche?
—No.
—¿Tiene una librea que le idolatre?
-No.
—¿Quién es?
—Nada; un pobre diablo.
Si esto fuese verdad; si esta fuese la ley moral del mundo, si esta hiel que devora fuese el espíritu de la creacion ¡qué horrible seria la Omnipotencia del que hizo al hombre! ¡Qué horrible seria la Omnipotencia del que nos creó, para corroer nuestras entrañas con aquella ponzoña!
Afortunadamente no es así; entre aparentes contradicciones, Dios triunfa siempre; entre huracanes y nublados, el sol siempre brilla.
Mi mujer me esperaba con impaciencia; almorzamos en el restaurant de la calle del Banco, y empleé la tarde en escribir para La América, el primer artículo sobre la Europa. De este modo dió fin el dia vigésimo.
=Dia vigésimo=.
Historias.
¡Pobre Luisa! Así se llama la mujer vestida de negro. Cuando volvimos de almorzar, estuvimos hablando con la lechera, la cual nos reveló secretos que nos afligen profundamente. La jóven que habita uno de los cuartos principales del hotel de enfrente, no es francesa; es de Pisa, una de las más célebres ciudades de Toscana, una de las más bellas ciudades del mundo. A Pisa fué, con el objeto de convalecer de una enfermedad, cierto estudiante del partido de Rodhese, departamento de Lyon; el tal estudiante vió á Luisa, se enamoró de ella, hubo de decírselo, y á ella hubo de parecerla bien: si no bien, no debió parecerla mal, por lo que luego verán mis lectores. Luisa se enamoró tambien, y esto era necesario para que se cumpliese la verdad constante de que las jóvenes se enamoran siempre, casi siempre, de lo que ha de hacerlas desgraciadas. Es un arcano incomprensible de la edad, una sombra que lleva consigo la inocencia. El amante descubre á su familia y á la de la novia, la intencion que abriga de unirse á Luisa, y ambas familias se opusieron abiertamente, en atencion á la poca edad de los novios, puesto que él no tenia veinte años, y ella acababa de cumplir diez y siete. Los novios insistieron en sus propósitos, y no sólo insistieron, sino que se amaron con más ahinco, se amaron con el frenesí de la prohibicion; más claro, se divinizaron en su fantasía, creyéndose héroes de novela, mártires del amor. La generalidad de los padres ignora cuánto influye esto, y con cuánto cuidado se debe evitar. Creen que esas imaginaciones son poesía…. ¡Ah! ellos no saben que la poesía es una de las cosas que más arrastran á la humanidad, uno de los poderes más formidables de la vida, especialmente cuando todavía hemos vivido poco, cuando la hiel de los desengaños no ha acibarado nuestro corazon, cuando nos encontramos en la poesía del que sueña, porque todavía no comprende. Sí; entiéndanlo los padres; la fantasía, la emocion poética, es lo que más seduce á una jóven; eso que ellos creen que es un puro romance de ciegos, es la tentacion más fascinadora y más irresistible. El sueño del alma es lo que más puede en el hombre y en la mujer, cuando el alma de las mujeres y de los hombres se encuentra en la edad de soñar. El estudiante y esa pobre mujer de enfrente se poetizaron, se creyeron víctimas sacrificadas á la violencia, á la tiranía, y no hay poder humano que tenga fuerza contra esa apoteosis de la imaginacion. Y cuanto más se sufre, cuanto más se padece, cuanto más se llora, tanto más se ama aquella desventura, aquella pasion, aquella poesía. Cuantos más dolores pasa el mártir, tanto más ama la palma del martirio. Luisa y su amante se habian enamorado con un doble afecto: se habian enamorado de sus personas y de su infortunio; se amaban por lo que se amaban y por lo que sufrian; por lo que sentian y por lo que lloraban; es decir, se amaban como amantes y como héroes. Algunos padres continuarán creyendo que estas verdades son cuentos de bruja, coplas de Calaino; pero los resultados tienen una elocuencia que no miente.
La familia del estudiante le mandó que volviera á Rodhese; pero el estudiante no volvia. Los padres de la novia la prohibieron que se asomara á los balcones con el fin de ver á su amante; pero la novia se asomaba. ¡Poesías! ¡Pura poesía! Bien, contesto yo; serán poesías ó lo que ustedes quieran; pero el hecho es que los padres mandaban á la novia que no se asomase, y sin embargo la novia se asomaba; el hecho es que la familia del estudiante le mandaba que se volviese al departamento de Lyon, y sin embargo el estudiante no volvia.
Vista la resistencia del muchacho, sus padres acudieron á la política, á que siempre acuden los padres que no tienen talento, ó que no conocen el corazon humano. El modo, dicen estos padres, de que el pájaro vuelva á la jaula, es hacer de modo que no halle alpiste fuera, y discurriendo así, les parece que se han salvado con un golpe supremo de sabiduría. ¡Qué ignorancia! ¡Qué error! En efecto, el pájaro vuelve á la jaula, cuando fuera de ella no encuentra alpiste; vuelve á la jaula para no morirse de hambre; pero no vuelve él; vuelve la necesidad que le obliga; vuelve el hambre que siente; no vuelve el hijo; vuelve el hambre. ¿Y qué? ¿Los padres son padres de esa hambre ó de ese hijo? El pájaro vuelve á la jaula, y en ella permanece encerrado, mientras que no rompe con el pico algun alambre de la prision. Luego que puede huir, huye. Luego que puede tender el vuelo al aire libre, á los rayos del sol, lo hace. Pero ¿hace bien ó mal? No lo sé; no quiero saberlo, ni averiguarlo, ni aun oirlo. Sé que el prisionero ama la libertad; sé que quien está á oscuras ama la luz; sé que quien vive emparedado, desea estirar sus miembros, desea moverse, agitarse, respirar; sé que lo desea fanáticamente, con un ánsia frenética, con un instinto providencial. Los padres que opinan de otro modo están engañados, y mil desgracias que ocurran cada dia, vienen real y positivamente, menos de la liviandad de los hijos, que de aquel engaño de los padres. ¡Quitarles el alpiste, para que vivan encerrados en la jaula! No; eso no es tener hijos; eso es tener cautivos ó esclavos; eso no es ser padres; eso es ser carceleros. Y ¿qué amor quiere un padre que el hijo le tenga, qué respeto quiere que el hijo le profese, cómo solicita que el hijo le venere y le ame, cuando no se presenta á él como padre, sino como cómitre, como tirano, como carcelero?
Yo suplico á los padres que piensan así, que oigan y que contesten; no que me contesten de palabra, no que me contesten tampoco por escrito; sino que se respondan á sí propios en su conciencia y en su corazon.
Su hijo es un hombre; un hombre que nace para amar, como para amar nació su padre. Ese hijo ama en virtud de un instinto superior á su voluntad, á sus ideas, á su poder; superior al poder, á las ideas y á la voluntad de todo el mundo. ¿Qué intentan los padres contra ese instinto? No pueden quitar ese instinto del alma de sus hijos, como no pueden remover los montes, ó secarlos mares; ¿qué intentan contra el mar y contra los montes?
El amor viene como vienen las plagas, las tormentas, los huracanes; como la luz cae de los astros; como el aire corre por la atmósfera. ¿Qué intentan los padres contra ese misterio de la vida? ¿Qué quieren hacer para que el ambiente no corra, y el huracan no sople, y la luz no descienda, y el contagio no infeste, y el trueno no estalle? ¿Qué pretenden contra el huracan, contra el contagio, contra el ambiente y contra la luz?
Su hijo ama por un derecho providencial; por un derecho de orígen divino. Dios se lo ha dado, él lo tiene porque Dios se lo da: ¿qué intenta el padre contra lo que da Dios? ¿Qué planes concibe contra la Providencia que gobierna á todos, á él tambien? Vengan aquí los padres que así opinan, y que respondan.
Nada más absurdo, más bárbaro, más repugnante, que disputar á un padre el santo derecho del consejo, de la persuasion, de las lágrimas, hasta el enojo, porque muchas veces nos enojamos por lo que queremos, por el bien que ansiamos para los objetos de nuestro amor; pero de ningun modo puede darse á un padre la facultad de que haga un derecho de la violencia, de un abuso, de un atentado. No hay derecho para hacer lo que no se debe, por la razon de que no hay abusos legítimos, crímenes morales. Una traicion, una verdadera traicion, no es nunca leal. Nada de violencia, especialmente la violencia que se ejerce sobre una pasion de nuestra alma, una pasion grande, inmensa, divina; sobre todo, en una época de nuestra vida en que la pasion entra por tanto, en que la pasion es casi todo, porque la juventud no es otra cosa que una pasion. Aconsejo á los hijos humildad, respeto, obediencia; más que obediencia; veneracion, una veneracion profunda y religiosa. Á los padres no se les debe únicamente obedecer, sino venerar; aconsejo á los hijos la veneracion; pero no aconsejo á los padres la violencia. El hijo debe obedecer; el padre debe aconsejar y persuadir. ¿No alcanzan el consejo, la persuasion, la súplica, el llanto, el enojo? Pues hagamos alto; encima de la tierra está el cielo; sobre el hombre está Dios. A Dios toca lo que el hombre no puede arreglar, y un hombre es el padre.
Hay tres cosas en este mundo, sobre las cuales no puede ponerse una mano airada; tres cosas que todos debemos reverenciar, porque son un depósito de la Providencia: una idea, una lágrima y un amor. La idea es el ángel del pasado; la lágrima es el ángel del presente, el amor es el ángel del porvenir; sí, del porvenir, porque la esperanza y la fe son los primeros de nuestros amores. Cuando el hombre quiera encender fuego para quemar el mundo, quémelo todo; pero que no arrime la tea á esos tres ángeles.
Pues volviendo á la historia de Pisa, los padres del novio retiraron al hijo el dinero; esto es, quitaron el alpiste al pájaro para que volviera á la jaula. El estudiante encontró manera de hacer que su novia supiese lo ocurrido, porque no hay manera que no encuentren los que se aman; la novia se turba, se turba el novio, ambos se creen perdidos en sus ilusiones, se ven, se miran…. ¡Ah! No hay alpiste que valga contra estas cosas. Llega un dia en que, al amanecer, se abren las puertas de una casa, y una jóven baja la escalera, con un envoltorio en la mano, despeinada, trémula, azarosa, paladeando sin cesar, porque la saliva pegaba sus labios; esa jóven atraviesa furtivamente algunas calles, mira hácia atrás y vuelve á correr, hasta que llega á un punto en donde un hombre la esperaba. Cerca de ellos estaba un coche, la portezuela se abre, ambos suben, el carruaje empieza su marcha…. Todo está perdido; ya no hay remedio. Al dia siguiente estaban en Livorno; al otro dia en Génova; al tercero en Marsella, al cuarto en Paris. Se hospedan en uno de los muchos hoteles de la calle de Buenavista, de la calle en que estamos nosotros, casi enfrente de nuestro hotel. Nuestros lectores habrán supuesto seguramente que los viajeros de que hablo son Luisa y el estudiante de Rodhese. Con el dinero que ella sacó de la casa paterna, vivieron un mes, al cabo del cual el estudiante la manifestó que iba á su casa, con el fin de reconciliarse con su familia, y volver á Paris, ya para unirse á ella, ya para proseguir sus estudios. Ella lo creyó como era natural, y le dió hasta el último maravedí para el viaje. El amante partió; llegó á Rodhese, se avino con sus padres, y se determinó que fuera á seguir su carrera á Estrasburgo, en donde se halla actualmente. Luisa no ha visto de él una sola letra, y tuvo estas noticias por medio del amo del hotel, que escribió al país para averiguar lo ocurrido. Ella se encuentra sola, en tierra extraña, sin honor, sin medios, sin amigos, sin ayuda, sin esperanza, sin saber qué hacer, ni qué pensar, ni qué discurrir. Dice que no quiere vivir de ese modo, que anhela morirse, que quiere matarse; no duerme, no come, grita como una loca, y todo anuncia un mal desenlace. Entre tanto el novio estudia en Estrasburgo, y acaso hace la córte á otra desgraciada. ¡Qué corazones hay en el mundo! ¿Qué hace esa mujer? Nos preguntaba la lechera. ¿Cómo vuelve á la casa que ella abandonó? ¿Cómo vuelve al pueblo que ella escandalizó con su locura? ¿Cómo escribe á sus padres, á quienes ha causado tanta afrenta y tanto dolor? Y si va á su casa, y si la familia le hace la caridad de abrirla sus brazos, ¿cómo resiste esa pobre jóven la mirada terrible de su madre? ¿Qué ha de responder á su madre, cuando las dos se queden solas?
¡Ay! ¡cuántos males causa en este mundo la falta de prudencia! Si la familia, en vez de repudiarla y de extrañarla de su cariño; si en vez de reprenderla y de afrentarla por aquellos amores; si en vez de acercarla al amante, porque al amante se acercaba todo lo que se desviaba de su familia; si en vez de esto, la hubiera atraido con paciencia, la hubiera exhortado con consejos, con cariño, con persuasion, con lágrimas, con súplicas, si era menester; si un hombre prudente hubiera dado un plazo á sus esperanzas; la hubiera alentado, la hubiera tocado el corazon, ¿estaria ahora esa jóven en Paris llamando á la muerte, desamparada, sola, perdida? No; yo juro por mi alma que no. Perdóneme el lector este arranque … no sé de qué: quizá es orgullo, quizá es vanidad, acaso es una ridícula jactancia; pero me parece que si yo hubiera sido el padre, el tio, el hermano, el amigo siquiera, de esa infeliz mujer, esa mujer estaria en su casa. Tal vez suspiraria por su amante; tal vez lloraria; pero estaria en su casa; estaria al lado de sus padres, tendria tranquila su conciencia, limpia su honra, y entero un corazon que ahora está desgarrado. Tal vez llorara en Pisa; pero ¡qué diferencia entre aquellas lágrimas, y las que ahora vierte en Paris! Mas el golpe está dado, y un momento basta para emponzoñar la existencia de una mujer.
En este momento se asoma al balcon, mi compañera la ve y me llama. Es muy blanca y tiene el cabello casi rubio. Hay en su fisonomía esa mezcla de expresion ardiente y melancólica, triste y apasionada, que es la gran belleza del tipo italiano. Mira con cierto frenesí á uno y otro lado de la calle, como si esperase á alguna persona. ¡Pobre Luisa! El estudiante está en Estrasburgo; es inútil que mires; no viene. ¡Cuánta amargura debe hervir en el alma de esa mujer! Parece que cruza y confunde sus miradas, como si una idea agujerease su cerebro, y se pasa la mano por la frente con mucha frecuencia. Es bien seguro que está sudando de congoja; es seguro que algun vértigo la amenaza.
—Esa mujer va á cometer un disparate, exclamó vivamente mi compañera, y yo no esperé más. Bajo en el acto, me voy á casa de la lechera de la vecindad, la llamo la atencion sobre el estado de Luisa, y la buena Madama Fonteral deja inmediatamente su quehacer, me mira de un modo cariñoso y benévolo:
—¿Que voulez-vous que je fasse? (¿Qué quiere usted que haga?)
—Quiero, la contesté, que se pase usted al hotel de enfrente ahora mismo, que entregue usted estos veinte francos al amo de la fonda, en pago de los quince dias de alquiler que Luisa le debe, que dé usted estos otros cuatro napoleones á Luisa para que atienda á sus necesidades, que averigüe el nombre y domicilio de los padres del estudiante de Estrasburgo, y que procure saber de la jóven si tiene algun tio, algun hermano, alguna persona de respeto á quien acudir, trayéndome la nota de los nombres y del punto de residencia. Haga usted de modo que ella ignore quién la suministra este insignificante recurso, y quién la hace estas preguntas, á fin de que tenga algo que la distraiga del pensamiento que la domina, y que acabará por volverla loca. Dígala usted que no se desespere, que no se apure, que no se aflija. Dígala usted que el arrepentimiento y el dolor hacen con las heridas de nuestra alma, lo que el bálsamo con las heridas de nuestro cuerpo.
Madama Fonteral, moviendo afirmativamente la cabeza en señal de contento y de aprobacion, echó á escape, mientras que yo me volvia á mi cuarto. Cuando llegué, Luisa no estaba en el balcón, y mi mujer me dijo que temía una desgracia. Eran más de las once, y tuvimos precision de salir para almorzar. Almorzamos en un restaurant del boulevar de la Buena Nueva, á los cincuenta pasos de nuestra fonda, y nos volvimos para ver qué noticias nos daba Madama Ponteral. Esta pobre mujer habia subido a nuestra habitacion, y habiendo sabido que habiamos salido con el objeto de almorzar, nos estaba esperando en la puerta de su casa. Así que nos vió, entró en el portal de nuestra fonda, y subimos juntos.
—¿Qué hay, mi buena señora Fonteral? la pregunté.
—Tome usted dos notas. En esta va el nombre del padre del estudiante, y el pueblo de Rodhese, en donde vive. En esta otra hallará usted el nombre y apellido de una hermana de Luisa; casada en la misma ciudad en que está su familia, y á quien sus padres aman en extremo. La he dado el dinero que usted me entregó, la he dicho que están pagados los quince dias de alquiler, la he exhortado á que se arrepienta, á que olvide ese amor funesto, y á que espere en la misericordia de Dios.
—¿Y cómo está? la preguntó con impaciencia mi mujer.
—Quedó más tranquila, mucho más tranquila, y diciendo esto desapareció, dejándome las notas.
No quise perder tiempo. Aunque en mal francés, escribí una carta al padre del muchacho, y aunque en mal italiano tambien, escribí otra carta á la hermana de Luisa, pintando en ambas el abandono, la desesperacion y el peligro en que se veía esta desgraciada.
Se las traduje á mi mujer, que las creyó del caso, las cierro, pongo el sobre respectivo, y á los pocos minutos atravesábamos la calle de Buenavista, con el fin de echarlas al correo. Llegamos á la Plaza de la Bolsa, y las echamos en una estafeta que hay allí. Mi mujer echó la que iba dirigida á la hermana, y yo la que iba dirigida al padre del chico, como si creyéramos que podia ejercer alguna influencia la electricidad particular de cada sexo. Al arrojar las cartas por el buzon, mi mujer y yo exclamamos al mismo tiempo:
—¡Dios las lleve por buen, camino! Ignoro lo que sucederá; pero algo debe valer el buen deseo con que obramos, para conseguir la ayuda del cielo.
A diez pasos de la estafeta tomamos un coche, y al cuarto de hora nos encontrábamos en San Sulpicio. Este es uno de los seis ó siete edificios que han despertado en mí la emocion poética, sin embargo de que entran por centenares los monumentos suntuosos que tiene Paris. Al ver esta iglesia, me parece que estoy en el campo; creo como oler romero ó tomillo. Penetramos, y bajo estas bóvedas encuentro lo que no encontré en la Magdalena; lo que no hallé tampoco en el Panteon, espléndida creacion ateniense. Reina aquí cierto espíritu vago y silencioso, que nos reconcilia con la idea de Dios. Aquí nos acordamos naturalmente de la piedad, y parece que oramos, aún cuando no digamos ninguna oracion. Voy á decirlo, sin temor de que muchos se escandalicen: este San Sulpicio, con sus ventanas, sus columnas, sus torreones y sus veletas, que parecen aspas de un molino de viento; este San Sulpicio, con su gran pórtico; su nave extensa, desnuda, callada, sombría; su coro aislado; su majestuoso altar mayor; su oculta capilla de la Vírgen, iluminada por una luz confusa, indecisa, misteriosa, y sus enormes conchas venecianas que sirven de pilas; este San Sulpicio, vuelvo á decir, es más iglesia, más templo cristiano, que la Magdalena y el Panteon.
Esto nos demuestra que el arte religioso, tanto en arquitectura como en escultura, como en poesía, como en música, como en canto, en todo, tiene un carácter que no es posible equivocar ni confundir. El hombre no comprende la esencia de Dios, porque no comprende ninguna esencia. Presiente algo, adivina algo; pero no lo puede explicar; sobre todo, no puede reflejar su pensamiento en una imágen; es decir, no puede darnos la nocion artística de aquel pensamiento, porque no hay nocion artística sin figura, sin símil, y no hay figuras que nos representen lo que no se toca, lo que no se oye, lo que no se ve. Donde no hay imágenes no hay arte, porque no hay fantasía, y el hombre no halla imágenes para representarnos la inmensidad, por lo mismo que el hombre vive en el espacio, el cual no es inmenso. El arte, pues, es nulo para representarnos netamente la idea de Dios; ese Dios es más grande que toda figura, que todo símil, que toda poesía, que toda creacion humana. El arte no tiene otro recurso que llegarse á la ciencia, que pedirla sus pensamientos, sus conjeturas, sus arcanos; no tiene otro recurso que llegarse á la fe, para que le inspire con sus creencias y sus esperanzas, y copiar en el libro, en el edificio y en la estátua, las esperanzas de aquella fe, y los arcanos de aquella ciencia.
Esperanza y misterio, hé aquí el carácter esencial, el sentido íntimo, el alma del arte religioso.
No sé matemáticamente lo que espero, pero sé que espero. Fuera de aquí, fuera de este horizonte indefinible, no hay epopeya para el arte de la religion.
Viene el arte griego, y lo llena todo de luz, lo hace todo brillante, espléndido, provocador, casi lascivo. No; eso es el altar de una Vénus, el festin de unas bodas, una romería, un teatro. Ahí todo se toca, todo se ve, todo se concibe, todo se adivina. Esa no es la casa de Dios, porque ese Dios es la sombra augusta del universo, el augusto arcano de la vida, el portento que ninguna mente puede explicar, el abismo que ninguna sonda puede medir, y aquel festín griego, aquellas bodas, aquella alegría, no trae á mi imaginacion la idea del abismo, del portento, del arcano, de la sombra, de aquellas tinieblas sublimes; no trae á mi pensamiento la idea de Dios, el rumor vago, indefinible, poético y armonioso del espíritu universal. Ese arte, tan excelente para las formas, es absolutamente nulo, no sirve, para la metafísica religiosa del espíritu.
Y no tenemos más que concentrarnos por un instante, para comprender lucidamente la verdad de esta teoría.
Cuando nuestra vista no alcanza un objeto, ve sombra; es decir, no ve, porque el no ver consiste en no ver luz, y el no ver luz no es otra cosa que ver tinieblas.
Esto mismo sucede á nuestra alma, cuando no comprende un pensamiento. El pensamiento que no comprende, se la presenta oscuro, vacilante, sombrío, tenebroso. El horizonte de la sombra comienza en donde termina el horizonte de la luz, como sucede á nuestros ojos.
Nuestra alma no comprende, no se demuestra, no se explica matemáticamente la esencia de Dios, se encuentra sin la luz del dia en esa atmósfera inconmensurable, y viene la sombra de la noche; huye la evidencia y se da de cara con el misterio. Y este misterio y aquella sombra vienen á explicarle, lo que no han podido explicarle aquella luz y aquella evidencia. De modo, que en el arte de la religion, hace la sombra lo que hace la luz en el arte gentil; en el arte del espíritu, hace el misterio lo que en el arte de la forma hace la evidencia. Lo que allí es alegría, es aquí tristeza. Lo que allí es dolor, es aquí placer. Allí se rie cuando aquí se llora, y allí se llora cuando aquí se rie.
Por esto sucede que no me gusta oir en una iglesia la música de Donizzeti, ni de Bellini, ni de Verdi. Á una iglesia no vamos á buscar el sentimiento de lo apasionado, de lo marcial, de lo atrevido, de lo voluptuoso, sino el sentimiento de lo solemne, de lo majestuoso, de lo augusto; más claro, el sentimiento de lo sublime, la emocion del patético, porque la idea de una suprema causa es el patético por excelencia. En una iglesia no quiero encontrarme al amante, al poeta, al caudillo, sino á mi creador. No me gusta encontrar allí mi genealogía humana; para eso iria al teatro; quiero encontrar mi genealogía divina, porque para eso voy á la iglesia. Y ahora me explico por qué me gusta más, cuando estoy en un templo, la música del Norte, la música germana. Y me explico tambien, por qué dos versos de la poesía inglesa, de la poesía sajona, de la poesía scita, esto es, de la poesía del Septentrion, me gustan más, muchísimo más, que todo lo que ha dicho la poesía italiana, inclusa la majestuosa poesía del Dante, acerca de un principio supremo.
Al describir la formacion del mundo, pinta un poeta inglés al supremo Hacedor ocupado en aquella portentosa tarea, y dice que da fin á la creacion, poniendo alrededor de su trono la majestad de la sombra.
Y pone alrededor del trono excelso La augusta majestad de las tinieblas.
Esto es poesía religiosa; estos dos versos valen más, en este sentido, que toda la divina comedia del Dante. Eso no es hablar ni del mundo, ni del hombre; eso es hablar de Dios, de un Dios grande, inmenso, prodigioso, guardado por un velo, recatado por una nube, porque se habla de un Dios incomprensible por su grandeza, por su excelsitud, por su gloria, por su maravilla, por su poder; un Dios que no es tan Dios por lo que de él se sabe, como por todo lo que se ignora; un Dios que es menos Dios por su magnificencia que por sus arcanos; menos por la luz que hierve en la esfera del astro, que por la sombra que pone el poeta alrededor de su trono, aquella sombra que es el arte infinito de la eternidad.
La fábula es magnífica, porque es brillante.
Nuestro Dios es magnífico, porque es sombrío; es brillante, porque tiene alrededor de su trono la majestad de las tinieblas. No brilla para nuestros ojos, sino para otros ojos que hay más adentro, mucho más adentro; unos ojos que ven más allá, y que siempre ven, porque cuando no ven una luz, ven una sombra: cuando no ven, adivinan, creen y esperan.
En fin, ahora comprendo con seguridad, por qué este San Sulpicio me gusta más que el Panteon y la Magdalena, como arquitectura religiosa, como arte cristiano, como teología, como espíritu. Aquí hallo ese horizonte vago, indefinible, oscuro, patético, solemne, augusto, que está en armonía con el pensamiento de Dios, con aquella creacion austera, imponente y sublime, con aquellas tinieblas majestuosas de que rodea el poeta al excelso trono.
Hemos comido en el restaurant de Santa Teresa, en donde despedimos al cochero; luego hemos paseado por el jardin del palacio Real, nos sentamos durante hora y media, haciendo tertulia al venerable Lesperut, y volvemos á casa despues de las once.
—¿Qué hará Luisa? dijo mi compañera, al entrar en la calle de Buenavista.
—Acordarse del estudiante de Estrasburgo, contesté yo.
—Es verdad, repuso mi mujer; pero la lechera nos aseguró que estaba más tranquila.
—¡Ah! El volcan no aparece cuando no arroja lava; pero cuando no la vomita, la lava arde dentro. ¿Cómo quieres que olvide en una hora, el recuerdo más poderoso de su vida, la emocion más profunda de su existencia? Si el estudiante se presentase á ella, jurándola amor y fidelidad, Pisa, Paris, Francia, Italia, el universo entero, desapareceria ante los ojos de esa desdichada.
Pero, en fin, como dijo uno de nuestros antiguos trovadores:
El dolor hay que sufrir, Pues plugo á Dios decretar Que cause pena llorar Para que agrade reir.
Para mañana tenemos un plan nuevo.
=Dia vigésimo primero=.
Noticias de España.—Recogida del Cristianismo y el Progreso,—Reflexiones.—La mujer vestida de negro.—Restaurant de Vefour.—Mr. Guizot.—Un ataque imprevisto.—Banco de Francia.
Mi querido lector, aquí nos tienes con el moco caido á mi mujer y á mí. Hemos recibido cartas de España, y con ellas la infausta nueva de que el gobierno ha mandado recoger una obra mia, una obra de mi particular cariño, en la cual fundaba por ahora todas mis esperanzas de subsistencia, porque en ella habia invertido todos mis recursos. En un dia, en una hora, he perdido diez años de estudio (diez años que me cuestan el sacrificio de mi salud) sin contar dos mil duros en que consistian mis penosísimos ahorros, y sobre quince mil reales con que me ayudaron algunos excelentes amigos. ¡Vuelta á empezar! ¡Cómo ha de ser!
La obra de que hablo es el CRISTIANISMO Y EL PROGRESO.
Mi mujer calla; pero me mira con un aire que quiere decir: ¿no te lo dije? ¿Quién te obliga á meterte á redentor, cuando no eres el Mesías prometido? Yo callaba, pero miraba á mi compañera con una expresion que equivalia á la siguiente: mujer, no hables de lo que no comprendes; no hables de un asunto que es tan superior á tu inteligencia y á tu sentimiento. Hay muchas cosas que parecen errores de nuestra conducta, y que son verdades de conciencia, inspiraciones inevitables de un deseo virtuoso, sobre las cuales debe correrse un velo de misterio y de veneracion. Si los hombres no salieran del círculo en que obran como hijos, como padres y como esposos; si no salieran de la familia; si no pisaran los umbrales del mundo; si no les agitara ese algo grande, inmenso, providencial, con que nos llama el pensamiento de la ciencia, del arte, de la moral, de la religion; si ese espíritu heróico no moviera al hombre; si esa especie de fiebre sagrada no diera calor á nuestra sangre; en fin, si ese algo celeste é incomprensible no nos gobernara á despecho nuestro ¿qué seria de la vida humana? ¿Qué seria del mundo? Arrancad del alma del hombre aquel pensamiento, y la historia será un cadáver, y la tierra será un erial; más que un erial, más que un desierto, más que un páramo: será una sepultura; la sepultura de aquel difunto. Arrancad del alma del hombre ese llamamiento indefinible, esa última y suprema expresion de la vida, esa prodigiosísima escala de Jacob que une la tierra al cielo; esa escala por donde subimos á la cúspide de todo lo creado; esa cúspide desde la cual comprendemos y miramos á Dios; arrancad eso de la humanidad, y Babilonia no tendrá su Semíramis, ni el pueblo Israelita su Moisés, ni la India su Budda, ni la China su gran Confucio, ni la Persia su venerable Zoroastro; quitad eso, y Leonidas no acude á las Termópilas, ni corre Temístocles á Salamina, ni el noble y virtuoso Arístides se hace eterno en Platea, ni el humilde poeta Simónides, solo, con la frente caida y los ojos húmedos, escribe en el campo, sobre una piedra tosca, las siguientes palabras que oyó temblando toda la tierra: caminante, ve á decir á Esparta, que hemos muerto aquí por obedecer sus santas leyes: quitad eso, expulsad ese huésped del mundo, y la Italia latina no tendrá un Scébola en la tienda de Pórcena, ni un Scipion en Africa, ni un Ciceron en la tribuna, ni un Régulo en el Senado, ni un Julio César en todas partes. Haced que se apague esa voz con que nos llama el mundo, á nombre de la Providencia, y la Suiza no adorará el polvo de su Guillermo Tell, ni la Inglaterra nos hablará de Cromwel, ni la Francia pronunciará respetuosa el nombre querido de su Juana de Arcos, ni la libre y valiente España saludará entusiasta los manes sangrientos de un Padilla; los manes sangrientos tambien de una mujer que me estremece el alma; una mujer tan valerosa, tan cristiana, tan tierna y tan ferviente; una mujer tan noble y tan hermosa; una mujer que vale tanto como una nacion; Mariana Pineda. Arrancad del hombre la fe invisible que palpita en el corazon de esa mujer inmensa, de ese dia de gloria y de infortunio para nuestro país, y Galileo no dirá al mundo escandalizado que él siente que la tierra se mueve bajo sus piés; ni la ardiente mirada de Copérnico, surcando el éter, como el águila surca el espacio, volará á la esfera celeste y robará á los astros su ciencia y sus prodigios: ni un hombre colosal, fabulosamente colosal, colosalmente grande y atrevido, medirá la extension de los mares y de la tierra con el infalible compás de su genio, ni su milagrosa voluntad domará las olas del Océano desde una frágil caravela; ni un poeta sencillo; ni un romancero oscuro, ni un pobre manco, pondrá la mano sobre el papel, entre las sombras de una cárcel, para admirar al universo con el primer libro que han escrito los hombres: Miguel de Cervantes Saavedra no hubiera escrito su ingenioso Hidalgo. En fin, quitad eso, arrancad al mundo la sublime corona del mártir, y un monte de Judea no presenciará, en un dia nublado y misterioso, la redencion de la humanidad á costa de pasion, de suspiros y de agonía; á costa de un madero empapado en sangre; á costa del primer sacrificio de la tierra. Quitad eso, y el monte Calvario no verá al Nazareno pendiente de una cruz, y á la Vírgen María pendiente de los clavos del Nazareno. Arrancad esa sangre y esas lágrimas sacratísimas del alma del hombre, y le arrancareis casi toda su alma. Verdad, verdad santa, pobre diosa destinada á sufrir y llorar por todos nosotros; destinada á sacrificarse por todos los hombres, y á recibir en cambio la burla y el insulto de los mismos que tú redimes con tus dolores; tú que has sido quemada en tantas hogueras; tú, que con la cabellera tendida por la espalda, vestida de luto y con los ojos húmedos y encendidos, subiste tantas veces la escalera infame de tantos cadalsos; tú, envenenada en Sócrates; crucificada en Jesucristo; ajusticiada en la doncella de Orleans; cargada de hierros en Colon; muerta de miseria en Cervantes; pobre diosa, vive y llora, llora y triunfa, porque tú triunfas aún cuando lloras! Te envenenan en Sócrates, pero te haces inmortal en su filosofía; te crucifican en Jesus, pero trescientos millones de hombres caen de rodillas ante el Evangelio; te ajustician en Juana de Arcos, ó en Mariana de Pineda, pero la fe de esas dos víctimas ilustres te da una corona; te matan de miseria en Cervantes, pero llenas el mundo con su Quijote; te cargan de cadenas en Colon, pero los oleajes y las brisas del Océano aturdido, nos traen vagamente el rumor y el saludo de cien millones de criaturas. Te escarnecieron en Colon; pero ahí tienes esas Américas. Te escarnecieron en el poeta, pero ahí tienes su inmensa poesía. ¡Verdad! ¡oh verdad adorable! ¡vive y llora! ¡llora y triunfa! ¿Qué importa que un hombre tan pequeño como yo, sea un poco de aloe quemado en tu altar? ¿Qué importa que un hombre tan pequeño se sacrifique por una creacion tan grande? ¿Qué importa que un pedazo de piedra se deshaga, bajo el peso de una fábrica tan colosal? ¡Adelante! Un gobierno me quita el CRISTIANISMO Y EL PROGRESO; Dios, que es más providente, más justo, más caritativo y más grande que todos los gobiernos reunidos, me abrirá camino por otro lado.
Esta duda desola á mi mujer.
—¿Qué harémos? me dice.
—No te aflijas, le contesto yo. El gobierno no me puede quitar ser escritor público, ni puede impedir que haya muchos hombres que sepan leer en el continente y en las Américas. No te apures. Vístete y vamos. En último término, nadie puede evitar que yo acabe como Licurgo.
—¿Qué sucedió á Licurgo? pregunta mi mujer.
—Se murió de hambre.
Mientras que mi mujer se disponía para salir, abrí las maderas de uno de los balcones de nuestra habitacion, y me asomé, como si quisiera distraerme de la amarga memoria de la recogida del CRISTIANISMO Y EL PROGRESO, porque ha de saber el lector que el valor de la obra no bajaba un maravedí de seis mil duros. ¡Cuántas vigilias, cuántos trabajos y cuántos dolores de cabeza, no van envueltos en esa suma, una suma casi fabulosa para un escritor español! Paciencia y barajar, como se dice en nuestro país. Estoy asomado al balcon, y al inclinar la vista un poco hácia la izquierda, casi frente por frente, á través de los vidrios de un balcon principal, veo una mujer vestida de luto, jóven, muy blanca, más blanca de lo que realmente es, porque va vestida de negro. El corazon tiene indudablemente su fluido eléctrico, y sólo así se explica el que yo me sintiese atraido, invenciblemente atraido, por una corriente magnética. Esto de la corriente magnética es un cálculo mio; pero algo ha de ser, y yo echo las cargas al magnetismo. Me fijé más, y aquella mujer me pareció de un aire distinguido: es decir, me pareció lo que se llama generalmente una señorita. Me fijé más aún, me fijé con el tenaz ahinco de una curiosidad entre novelesca y compasiva, entre parisiense y cristiana, y llegué á distinguir que aquella mujer tenia apoyado el codo derecho sobre uno de los quicios de las maderas, mientras que dejaba caer el rostro hácia adelante con un descuido tal, que su aliento empañaba los cristales. Miraba fijamente hácia un punto, miraba sin pestañear, como miran las momias ó los esqueletos. Esto quiere decir que no miraba á ninguna parte, lo cual quiere decir tambien que una idea poderosa tenia embargada su imaginacion. Hay ciertas pasiones que, sin quitarnos el movimiento, nos ponen enteramente paralíticos. Estirando mucho la retórica, tal vez podria decirse que son parálisis del corazon. Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que aquella mujer está preocupada, está triste, muy triste. Algo llora, ó algo espera. Yo, adelantando el discurso, como sucede en tales casos, creí leer en aquel bulto negro una historia de amores y de penas, aunque historia de penas debe ser siendo historia de amores. El amor es sin duda alguna lo que cuesta más penas en este mundo. Yo llamé á mi mujer, que se ponia ya el sombrero, y la dije lo que habia observado. Mi mujer miró; pero no es ningun lince en materia de vista, y no distinguió á la jóven que estaba detrás de los cristales. Ambos convinimos en que preguntariamos á la mujer que nos traia la leche por la mañana, á fin de adquirir las noticias posibles sobre esta aventura. ¡Gracias á Dios! ¡Gracias á Dios, lectores mios, que algo nos llama, que algo nos liga, que algo nos atrae y nos interesa, en esta ciudad en donde somos dos postizos! Indudablemente, ¡cosa extraordinaria! sin embargo de ser Paris una ciudad tan iluminada, tan brillante, tan prodigiosamente espléndida, sin embargo de ser un coquetismo tan fastuoso y deslumbrador, no nos inspira poéticamente, como nos inspira cualquier ciudad de España, de Italia, de Suiza, de Grecia, de Oriente; como nos inspiran tambien los caseríos del Norte, dejándonos ver entre rocas y nieves sus chozas húmedas, cubiertas de limo verdoso, que como si fueran peñascos negros, parecen estar incrustadas en las laderas de un monte sombrío, ó quizá en los bordes de un abismo insondable. Digo que Paris (perdóneme el brillante novelista Dumas) no nos inspira esas bellas quimeras, con que la fantasía nos arrebata en otros países, y esto deberá proceder de que en donde todo es artístico, no tiene inspiracion el arte. En donde todo es mágia, no tiene oficio el mago. Por esto tal vez me siento como despegado de esta preciosísima ciudad, de este preciosísimo dige. Ando por deseo y por necesidad de saber; no por la esperanza poética de sentir. Se mueve mi cabeza, están parados mi fantasía y mi corazon. Todo lo que veo por aquí, me lo voy explicando á mi manera, y el hombre no adora lo que es capaz de explicar y de comprender. El hombre no adora sino misterios, y si misterios hallo por estas tierras, no son misterios muy adorables. Así sucede que mi curiosidad por ver las cosas de Paris se va resfriando, á medida que me convenzo de que esto es un teatro en que todos se proponen engañar culta y graciosamente. Lo digo sin rebozo; seré un africano bravío, un hombre montaraz; pero casi, casi me va fastidiando este enorme bazar de sonrisas, de genuflexiones, de perdones, de gracias: esta exposicion universal de exageraciones y de bicocas. Pero no digo bien; me fastidiaba antes; ahora no. La pena que creo ver escondida en aquel bulto negro, la lágrima que me parece adivinar á través de aquellas vidrieras, me reconcilia con toda esta magnífica farsa.
—Vamos, me dijo mi mujer.
—Vamos, contesté yo, y nos dimos á bajar la escalera. La mujer que vende la leche, está tres puertas más abajo de nuestro hotel. Luego que nos vimos en la calle, miré hácia el balcon de nuestra incógnita. El bulto negro, aquel bulto que parecia un sudario puesto de pié, estaba allí inmoble. ¡Pobre mujer! ¿Qué la sucederá? Esto exclamaba yo interiormente, cuando llegamos á la puerta de la lechería, y ambos entramos sin decirnos palabra, como llevados por un sentimiento comun. Yo hice á la patrona de la casa varias preguntas sobre la jóven, con todo el sigilo y refinamiento que me acudió; pero ¡triste de mi! no me valió aquella diplomacia.
—¡Qué curiosos sois los extranjeros! dijo sonriéndose madama Fonteral, que así se llamaba la lechera. Luego añadió, dando á la aventura la importancia de un cuento: hace cosa de dos meses y medio que esa jóven vino á ocupar uno de los pisos principales de ese hotel, en compañía de un mancebo muy guapo (d'un brave garçon) que parecia ser su marido ó su hermano. Pero desde algunas semanas á esta parte, la veo siempre sola; el hermano ó el marido no parece nunca por el hotel, y la pobre señorita (mademoiselle) está muy triste.
—No tengais cuidado, añadió vivamente frotándose las manos, y como anticipándose á mis intenciones; yo hablaré con mi vecina la dueña del hotel, y todo lo sabrémos.
Agradecí lo mejor que supe su benévola oferta á la buena madama Fonteral, y emprendimos nuestro camino hácia el restaurant que nos acomodara. Estos detalles anteriores son necesarios para que sepan los lectores todo lo ocurrido en la aventura de Luisa. Estábamos cerca del Palacio Real, y aún no nos habiamos decidido. Entonces hice alto, y detuve á mi preocupada compañera; preocupada, no tanto por la jóven vestida de negro, como por la recogida del CRISTIANISMO.
—Mira, la dije, nosotros somos españoles, y es necesario que no olvidemos los usos y costumbres de nuestra tierra. El gobierno nos ha recogido la obra; nos ha secuestrado seis mil duros. Pues á donde va el mar, que vayan las arenas. Hoy almorzarémos en el célebre restaurant Vefour, que pasa por ser el primero de Paris, y de este modo tomamos revancha de la cicatería del gobierno.
—Cuando más apurados, más gala, contestó mi mujer entre amostazada y risueña, y me impulsó con su brazo hácia adelante.
A los tres minutos nos hallábamos á la puerta del famoso restaurant Vefour, que ocupa casi el centro de la fachada Norte del Palacio Real, al lado de los Hermanos Provenzales, que tienen tambien un restaurant de primera tijera. Sin embargo, Vefour pasa, como si dijéramos, por el príncipe de los fondistas de Paris. Es aquí lo que es en Madrid la fonda del Cisne ó la casa de Lhardy. Subimos con el posible coquetismo la anchurosa y elegante escalera del célebre fondista, del héroe Vefour (la fama es en Paris una verdadera heroicidad) y cátanos á poco en el primer piso. Entramos…. ¡Dios nos asista! Si no hubiera sabido que me encontraba en una fonda, es seguro que me hubiera quitado el sombrero. La sala principal es una pieza régia, y podria servir perfectamente para salon de embajadores. Dicho sea en honor de la verdad; la primera impresion es fascinadora. En mi vida he visto un comedor que se le parezca. Pero pasada la primera impresion, herido una vez el sentimiento de lo maravilloso, que tanto puede y que tanto influye en la imaginacion del hombre, sucede con esto lo que con los aromas. Un poco de perfume embalsama el aire, parece que nos suaviza el pulmon, que refrigera nuestra sangre y que da aliento á nuestro espíritu. Pero luego que el perfume es demasiado, luego que carga ya el ambiente, ahoga. Un poco de magnificencia, un fausto con cierta sencillez y elegancia, gusta; pero inmediatamente que se prodiga; inmediatamente que la cosa es más magnífica, más opulenta, más fastuosa de lo oportuno, parece que se agobia la fantasía; parece que sentimos un peso sobre la cabeza; cierto peso que nos oprime y que nos obliga á suspirar. El salon en que estamos ocupa todo el cuerpo del edificio, de Norte á Sur. Tiene balcones á la calle y al patio del Palacio Real, un patio que es todo un lindísimo paseo, con árboles, glorietas y fuentes, y cuya extension excede acaso á la de la Plaza Mayor de Madrid. El pavimento de la sala es casi trasparente; las paredes están tapizadas de un rico papel de terciopelo, con cenefas doradas; en el techo, altísimo, abovedado, majestuoso, campean alegremente cien brillantes figuras pintadas al fresco.
Volví una mirada furtiva al ajuar de la fonda, y la ilusion era perfecta. Sillas de tapicería de terciopelo encarnado, como el papel, mesas lustrosas, manteles blanquísimos, platos de china, vajilla de plata, garçones de corbata blanca y frac negro…. ¡Champeaux! ¡Champeaux! Esta fué la terrible palabra que acudió á mi magín, haciéndome temblar. Mi mujer me oprimia del brazo, como si quisiera decirme que nos fuéramos, y viendo que yo me resistia, me dice en voz muy baja:
—Esto va á ser la segunda parte de Champeaux, más lastimosa y trágica todavía.
Yo la apreté su brazo con el mio, queriéndola significar que ya sabia que me hallaba en una maroma, y que procuraria equilibrarme para no caerme. Nos sentamos en el ángulo de la izquierda, casi tocando la ventana que da vistas al paseo del Palacio Real. Dirigimos una mirada diplomática á los paseantes, á las glorietas, á las flores, á las fuentes, y en aquel momento nos creiamos duques ó grandes de España. ¡Sólo que el bolsillo estaba asustado!
Un emperegilado garçon que, desde nuestra entrada nos habia seguido la pista á la conveniente distancia de respeto, se aproxima por fin á nuestra mesa.
—¿Qu'est-ce que vous voulez, monsieur? (¿Qué manda usted, señor?)
—Attendez, s'il vous plaît. (Sírvase usted esperar un poco) le contesté yo en tono distraido y ceremonial. Aquello era una especie de banquete de Estado, y era preciso no echarlo á perder. Me saco los guantes con mucha pausa, digo unas palabras á mi mujer sobre la gravedad y circunspeccion que debe guardar en estas alturas, mi mujer se quita el sombrero con el mayor aplomo…. El garçon esperaba muy complacido. Nuestra prosopopeya le impresionó perfectamente, y no podia suceder de otro modo. Nuestra estudiada coquetería es un género de este país, un afeite de este tocador; era otra especie de restaurant Vefour, en una palabra, era un relumbron, y por fuerza tenia que gustar en el pueblo de los relumbrones.
—Decididamente, exclamaria el mozo para su sayo: este es algun embajador de la república de la Plata, ó cosa así.
Mi mujer, sin volver la cabeza (estaba de espaldas al criado), le alargó el sombrero; yo le dí el mio y el baston, y mientras que el mozo iba á colocar dichos objetos, mi mujer y yo nos miramos y nos sonreimos. ¡Ancha es Castilla! ¡Hoy nos tocó! ¡Hoy somos marqueses!
—Escucha, dije muy aprisa á mi mujer, de manera que el mozo, que ya volvia, no pudiese oirme. No muestres maravilla delante del garçon, por nada de lo que aquí veas, aunque sea un elefante vestido de mona. Si él conoce que esto nos asombra, se lo dirá al amo, y el amo nos planta en la cuenta diez ó doce francos por el asombro. Aquí se paga todo objeto de fantasía; la admiracion tambien. ¡Gravedad y palabras entrecortadas y confusas, de tal modo que nosotros mismos no nos entendamos!
Mi mujer soltó una carcajada española de más y mejor, y el mozo que estaba inclinado hácia nosotros, se puso derecho como un huso.
—¡Garçon!
—¡Monsieur!
—Portez-nous deux couverts de six francs chaque, s'il vous plaît.—Sírvase usted traernos dos cubiertos de á seis francos cada uno. Esto se lo dije ahuecando mucho la voz, casi balbuceando las palabras, y mirando distraida y desdeñosamente hácia el paseo del Palacio Real. El garçon hizo un movimiento de cabeza, y desapareció como un rehilete.
—¡Por Dios, no te rias! dije á mi mujer que ya empezaba á fruncir los labios.
A poco vuelve el mozo con los preparativos, seguido de otro mozo que traia los entremeses, y de un tercer mozo que traia tambien no sé qué cosa. Me dirigieron varias preguntas, me invadieron de varios modos, me hablaron de diferentes frutas, vinos y licores; pero yo me parapeté acérrimamente, y no habia santos del cielo que me sacasen de mis aspilleras. ¡Merci! ¡Merci! contestaba yo á diestro y siniestro á todo lo que me proponian.
—¿Voulez-vous Champagne? ¿Quiere usted vino de Champagne?
—¡Merci!
—¿Rhin?
—¡Merci!
—¿Château-amer?
—¡Merci!
—¿Voulez-vous?…
—¡Merci!
Mucha pulcritud, mucho hacer que hacemos, platos muy bonitos, mucha salsa, mucho adobo, muchos requilorios; pero … hemos almorzado muy medianamente. Á todo este almuerzo, hubiéramos preferido á no dudar un plato de callos de los ventorrillos de Madrid. ¡Lógica portentosa del temperamento y del carácter! El lavar la cara, el disfrazarlo todo, el dar á todo un contorno exterior que agrade á los sentidos, la mogiganga parisiense, el inexorable palaustre, ha entrado aquí hasta en la cocina, como dije en otro lugar.
Engañar con bellas apariencias; engañar de modo que el engañado se vaya contento; organizar ese engaño agradable, hasta el punto de convertirlo en arte, en ciencia, en moral, en historia, en industria, en comercio, en oficio, en costumbre, en trato social, en todo, absoluta y estrictamente en todo, hasta en política, hasta en religion: hacer de ese engaño ingenioso todo un poder, un poder grande, dominador, universal; hacer de un engaño casi un genio, un genio que se pasea en triunfo por todo el globo; hé aquí el maravilloso secreto de esta curiosa é indescriptible sociedad.
A pesar de mi resistencia á todos los asaltos del mozo, me cogió un par de francos con una chuchería, más uno de propina por las reverencias que nos hizo. El almuerzo nos cuesta cerca de tres duros, y si me hago de miel, no baja un ochavo de tres onzas.
Ya de pié, preguntó al garçon, que podria ser hombre de cuarenta y cinco á cincuenta años, si recordaba algun convite célebre, dado en aquel establecimiento.
—He conocido varios, me contestó; pero el más lujoso fué el que dió, á poco de abrirse el restaurant, un embajador ruso á todo el cuerpo diplomático extranjero. Cada cubierto salió por más de mil francos (doscientos napoleones), y pasaban de ochenta los convidados. Entre los diferentes vinos que se sirvieron era uno de ellos de una casa de Alemania, única en el mundo que lo tiene, cuya botella valia quinientos francos.
—¡Sopla! exclamé yo, mirando á mi mujer. Pues si ha tenido algunos convites como ese, bien puede el tal Vefour tener el riñon, bien cubierto.
—Au revoir, garçon. Hasta la vista, mozo.
—Au revoir, monsieur et madame. Hasta la vista, caballero y señora.
Y mi mujer me decia en voz baja:
—Sí, como tenga que esperarnos, bien tendrá tiempo de echarse en remojo.
Bajamos sonriéndonos la brillante escalera, y hénos otra vez en la calle, camino del paseo del Palacio Real. Al incorporarnos á un obrero que venia hácia nosotros con su mujer, oigo que aquel hombre la dice:
—¡Parbleu! Si tu savais qui est celui-lá. ¡Voto al chápiro! Si tú supieras quién es aquel.
Me volví como un rayo para ver á quién señalaba, y en efecto vi que miraba á un caballero que iba por la acera de enfrente. Cuando yo me volví, el caballero pasaba ya, de modo que no pude verle sino de espaldas. Era más bien bajo, algo grueso, casi rechoncho, de patillas negras muy largas. Digo muy largas, porque le sobresalian á uno y otro lado, de tal modo, que alcancé á vérselas, aunque me cogia de espaldas, como he dicho. Me quedé parado, observándole, calculé, y por instinto resolví que debía ser M. Guizot. Me llego al menestral, contra el deseo de mi mujer que me tiraba fuertemente del brazo, y le suplico que tenga la bondad de decirme quién era el sujeto en cuestion. El menestral me dió las noticias que deseaba con la mayor amabilidad.
M. Guizot me perdone. ¡Pobre M. Guizot! El personaje de que se trataba era un prestidigitador, que tenia un teatro ó cosa parecida, en los alrededores del Odeon. ¡Confundí á M. Guizot con un titiritero! Si lo supiera M. Thiers, y fuera ahora ministro, apostaria una oreja á que me regalaba el gran cordon de la Legion de Honor, y veinte cordones que tuviera á mano.
Dimos una vuelta por el paseo del Palacio Real, alargándonos hasta las Tullerías. Recorrimos la parte del Louvre en donde soliamos sentarnos con Lesperut, creyendo hallarle allí; pero no le vemos por ninguna parte. Hace pocos dias nos dijo que tenia un aneurisma en el corazon, que sentia morirse por instantes, y el no encontrarle aquí nos da escozores sobre su suerte. Creemos que si estuviera capaz de salir á la calle, no dejaria de asistir á la cita diaria. Recordamos que vive en la calle de Gît-le-coeur; pero no se nos ocurre el número. Nos volvemos desconsolados, y cuando hablaba todavía con mi mujer acerca de lo que podria suceder á nuestro buen amigo, me doy de cara con una persona muy allegada al Viejo Lesperut. El sujeto en cuestion nos dió noticias de él, y convinimos en que esta noche nos veriamos en el paseo del Palacio Real, cerca de una glorieta donde soliamos sentarnos. La conversacion entre los dos (entre la persona muy allegada á Lesperut y yo), tomó luego un sesgo entera y desgraciadamente distinto. Aquel sujeto no era digno del venerable anciano, cuyo nombre ofendia en aquel momento. Voy á decirlo con pesar; pero el lector debe saber cuanto me sucede punto por punto. Si algun encanto encuentra el lector cuando lea estos apuntes, sepa que ese encanto consiste en la ingenuidad casi infantil con que cuento lo que me ocurre.