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Un paseo por Paris, retratos al natural

PARIS CURIOSO. (continued 2)

Reading edition

En medio de la plaza distinguimos una gran columna que remata en un globo, sobre el cual asienta sus piés una figura. De cuando en cuando, un reflejo salia de la columna y nos heria confusamente, pareciéndonos descubrir como letras doradas. Así era, en efecto, segun nos informaron varios transeuntes. Aquellas letras perpetúan el nombre de las personas que sufrieren el cautiverio de la Bastilla, de la alta prision de Estado, de aquella Inquisicion de la edad media, de aquel Gólgota religioso y político.

Mis lectores saben que todos los pueblos han tenido plaza de la Greve, su horca y su verdugo, su argolla de hierro: la castracion en casi toda el Asia primitiva; la concha del ostracismo en Grecia; el monte Taygeto en Esparta; el monte Calvario en Judea; la roca Tarpeya en la Italia antigua; el Santo Oficio en la Italia moderna; la Bastilla en Paris.

El azote del mandarin chino ha viajado mucho por la tierra; puso los piés en Francia, y se llamó Bastilla en el siglo XIII, así como antes se habria llamado de otra manera, porque es claro que las edades anteriores, todas las edades humanas tuvieron tambien su Bastilla. Pero otra edad humana vino, la Bastilla desapareció, cayó bajo los golpes de la piqueta revolucionaria, y sobre sus escombros se levantó grande y valerosa la columna de Julio. Al monumento del siglo XIII sucedió el monumento del siglo XVIII: el Capitolio se levantó sobre la roca ensangrentada del monte Tarpeya. La figura que remata ese monumento, es el genio de la Libertad.

Ahí, donde ahora se eleva esa columna como una plegaria se eleva al cielo, estuvieron las jaulas de hierro, construidas en forma de embudo, para que el prisionero no pudiera permanecer sino encorvado. ¡Cosa singular! Á un hombre le pesa emplear dos varas de bronce con el fin de que su cautivo pudiera respirar de pié derecho, cuando la Providencia habia creado para aquel cautivo toda esa inmensidad que flota entre la Bastilla y las estrellas.

Allí fuéron víctimas de la tenebrosa política de Luis XI, Guillermo de Llarancourt, obispo de Verdun, Jaime de Armagnac, duque de Nemours y el conde de Saint-Pol.

Allí fué tambien decapitado Cárlos de Contant, convencido de traicion hácia la Francia.

Allí fué del mismo modo condenado á muerte el conde de Lallytollendal, cuya inocencia se reconoció cuando era ya tarde. Allí, en ese Santo Oficio político de la edad media, gimieron sucesivamente Basompierre, el gran Condé, el famoso Fonquét, su amigo y secretario Palisson, el docto Sacy, el duque de Laurum, marido de la nieta de Enrique IV, el mariscal de Richelieu, el tristemente célebre marqués de Sade, el cardenal Rohan, el caballero Mazers de Latude, Bruno de la Condamine, y últimamente, un hombre que hizo mucho ruido en el mundo, la gloria y el escándalo, la fábula y la admiracion de su siglo; un hombre filósofo, teólogo, estadista, geógrafo, erudito, matemático, novelista, filólogo, poeta; un mónstruo de talento y de audacia; el hombre del talento más vario y más indefinible que ha puesto los piés sobre la tierra; ahí estuvo Voltaire. Escribió una sátira contra el regente, y lo encerraron en la Bastilla. Pero me olvidaba de que esa Bastilla cuenta en sus anales un personaje más famoso aún que el mismo Voltaire, para las tradiciones de aquel edificio. Este personaje es el hombre de la máscara de hierro, llamado y conocido así, acerca del cual no pudo la historia averiguar nada, mientras que la poesía popular se contentó con divertir al vulgo, inventando cuentos y consejas. El hombre de la máscara de hierro es un arcano añadido á los tantos misterios de que fué teatro aquel monumento misterioso.

¡Cuán majestuosa se alza ante mí esa piedra monumental, encarnacion ayer de las antiguas castas, encarnacion más tarde de la política y del arte modernos!

Aquella piedra se representa en mi fantasía como el gigante desterrado de un siglo, á quien otro siglo da razon en una hora de verdad y de entusiasmo.

¡Quién habia de decir á Felipe Augusto y á Luis XI que las ruinas de aquel Santo Oficio habian de servir para la construccion del puente nuevo, el más popular, el más liberalizado de Paris! ¡Cuántos senos ocultos tiene la historia de la humanidad!

Nos volvimos á nuestro fiacre, y nos vimos de nuevo entrar en la calle de Rívoli, deshaciendo el camino andado. Al llegar al hotel de Ville, nos apeamos y corrimos la vista por la fachada de aquel importante edificio, colocado enfrente de la puerta principal.

El nuevo sitio en que nos encontramos guarda tambien su poesía tétrica, terrible; instructiva y moralizadora como el monumento de Felipe Augusto y de Luis XI, porque no hay poesía inútil, sobre todo cuando es terrible. El sitio en que nos encontramos fué la Bastilla de otra edad; menos lógica, en cambio más cruel.

Sobre el mismo suelo en que ahora tenemos los piés, fuéron arrastrados y descuartizados Ravaillac, _Cartouche _y Damiens; sus miembros palpitantes ensangrentaron este suelo que ahora pisan sus nietos con indiferencia. Aquí tambien rodaron las cabezas de dos mujeres, dos mujeres funestamente célebres, dos envenenadoras: la Boisin y la Brinvilliers.

Seguimos la calle de Rívoli, subimos por la Magdalena y nos hallamos en el bulevar de este nombre, divisando á poco los bulevares de las Capuchinas, Italianos, Montmartre, Poisonnière y una parte del de San Martin. Esta nueva vista no es tan simétrica y artificial como la de Rívoli; pero es más extensa, más graciosa y más alegre, de más efecto. Aquí hay más expansion, más capricho, más fantasía: es decir, hay más creacion individual.

El Rívoli es una galería del Estado.

Los bulevares son inmensas galerías del pueblo.

Millares y millares de variados tubos y reverberos iluminan las tiendas, los cafés, los hoteles, los casinos: otros tantos millares y millares de luces se reflejan en los espejos interiores, que tienen casi todos los establecimientos públicos, produciendo una especie de vision mágica; mientras que los faroles de los centenares de carruajes que van y vienen en un oleaje contínuo, convierten aquellos espaciosos bulevares en una atmósfera oscilante de luz.

Difícil será hallar en el mundo una ciudad más alumbrada que Paris. Hay muchos establecimientos que emplean centenares de luces, y tratándose de los cafés-conciertos, es tarea no muy fácil el contarlas. Pero de todo eso que se ve, de ese foco brillante que por todas partes aparece, que por todas partes se filtra, que más de una vez se descubre á lo léjos, debe rebajarse una mitad. La mitad es debida al juego teatral de los espejos interiores; debida á la mágia parisiense.

Aquí todo tiende á ser mágico; hasta la bota con que pisamos el lodo inmundo: la misma bota, el mismo zapato, la humildad aplicada al vestido del pié, lleva aquí detrás su cortejo, su galantería; au soulier galant. Por eso Paris, sin dejar de ser una ciudad importantísima, es una ciudad aparente; artísticamente mentirosa, artísticamente exagerada, exageradamente culta.

Llegamos al hotel cerca de las diez, y mi mujer y yo digimos: Paris es un mónstruo muy bello, sobre todo muy iluminado: su morada seria deliciosa sin coches: con coches, viene á ser un infierno vivo.

Suponiendo que la poblacion avecindada y la flotante suba á millon y medio de almas, que ciertamente no bajará, creo que á cada quince personas podria tocar un carruaje: creo que en Paris no hay menos de cien mil carruajes de todas matrículas y cataduras. Hablando solamente de los coches públicos, puedo asegurar que he llegado á ver hasta el número once mil y tantos.

¡Feliz yo si hubiera tantas perdices como las de mi plazuela de Herradores, tantos pucheros como mi olla de Madrid, tantas botellas como las de mi clásico manchego!

Voy á terminar este dia con una pregunta: ¿se vive aquí mejor que en otras partes?

Estos grandes centros no son otra cosa que hornos de fundicion social, donde se depuran las creaciones que hacen falta al mundo: no son centros de dicha; son talleres de necesidad. Estas ciudades hacen lo que la mujer cuando nos inspira fuertes pasiones: pasiones que sirven para purgar con fuego la escoria que llevamos en el corazon.

No envidieis esto, hombres sencillos, que pasais la vida girando en torno de vuestra aldea, como da vueltas la paloma alrededor de su nido: el espíritu humano es como el ambiente: siempre se nivela. Dios no ha puesto los goces supremos de la vida en los resplandores de un vidrio, ni en el espacio de una calle, ni en la hermosura de una plaza, de un paseo ó de un arco triunfal. El hombre tiene su monumento en donde tiene su inteligencia, sus creaciones, su familia; donde tiene la patria que le ha dado quien dió astros al cielo. ¿Qué cristal más brillante que el sol? ¿Qué mejor prisma que una estrella? ¿Qué fábrica más espaciosa que vuestros campos? ¿Qué arco triunfal más suntuoso y más magnífico que el firmamento?

En todas partes está el hombre: en todas partes respira Dios. ¿Qué Paris tan grande como Dios y el hombre?

No, no envidieis esto. Yo lo trocaria por vuestros bosques silenciosos, sino tuviese marcada mi tarea de pequeño obrero en estos grandes hornos de fundicion.

En resúmen, el hombre tiene aquí placeres de opinion y de fantasía que vosotros no conoceis; como teneis vosotros goces de calma y de naturaleza que no se conocen aquí. El hombre se aproxima incautamente al horno y se quema; como en la aldea se aproxima imprudentemente al arroyo y se ahoga.

Solo de un modo podriais ser más desgraciados que los habitantes de esta Babilonia, que me aturde: teniéndoles envidia.

=Dia sétimo=.

Casa de Ciudad, arco del Triunfo, Obelisco.

Mis queridos lectores, ayer os he hablado de las Casas Consistoriales y del arco del Triunfo, y os debo algunas palabras sobre ambos monumentos, representantes de célebres y poderosas tradiciones políticas de este país. El palacio de la Ciudad es el representante de las tradiciones del Municipio; el arco de la Estrella es el representante capital de las tradiciones del Imperio; un gran trofeo representando una grande historia; un coloso representado por otro coloso.

A las cinco comimos en el restaurant del pasaje de los Panoramas; volvimos á casa á las cinco y media, dejo á mis compañera en el hotel, entretenida en escribir á sus amigas de Madrid y Valencia, salgo á la calle, vuelo á la plaza de la Bolsa, tomo un coche, y á las seis menos diez minutos me tiene situado delante de la casa de la Villa.

Apartemos ahora los ojos de ese edificio; volvamos con el pensamiento al siglo XIV, dejándonos atrás quinientos años, y en el lugar en donde ahora se levanta ese alcázar grandioso, hallarémos una pobre casa, llamada la casa de la Greve, ó la casa de los Pilares, aludiendo á los pontones de madera que sostenian su mezquina fachada, ó bien la casa de los Delfines (de los Príncipes), aludiendo sin duda á que aquel edificio habia pertenecido á los príncipes de Viennois.

[Ilustración: Casas Consistoriales.]

[Ilustración: Plaza de la Concordia.]

Dejemos ahora la humilde casa de los Pilares ó de la Greve, costeemos los bordes solitarios del Sena, y encontrarémos, casi fundada sobre las corrientes del rio, una morada más humilde aún. Esa morada oscura, ese castillo viejo y ruinoso, eso que parece más bien la barraca de unos pescadores, es el local de la Municipalidad de Paris: el locutorio de los paisanos ó del pueblo, le parloir aux bourgeois. La Municipalidad quiso entonces mejorar de vivienda, y resolvió comprar la casa de la Greve. En efecto, un preboste ó corregidor de los mercaderes, el famoso Estéban Marcel, á quien dedicarémos una página en la reseña histórica de Paris, compró la casa de los Pilares por la cantidad de 2.880 libras, en 7 de Julio de 1357, y á ella se trasladó el Ayuntamiento, ocupando el trono el rey Juan. Pasan doscientos años, la pobre casa de los Pilares no puede con el peso de los infinitos y memorables acontecimientos de que fué teatro durante dos siglos; aquella pobre casa amenaza ruina en el reinado de Francisco I, y el Cabildo de Paris, que habia dejado la barraca del Sena para ocupar la casa de los Delfines, concibe ahora el pensamiento de derribar la antigua casa de los Delfines, para levantar un palacio que corresponda á la importancia de la corporacion y de la ciudad. Llegó el 15 de Julio de 1533, y Pedro Viole, preboste de los mercaderes, seguido de los síndicos y regidores de la ciudad, puso solemnemente la primera piedra del futuro palacio, entre el clamoreo de las campanas de San Juan y de Santiago de la Giferia. El edificio se terminó en 1836; bajo Luis Felipe, que deberia llamarse en la historia el rey completador.

La vista de este alcázar deja en nuestro ánimo una impresion particular, en que influye, menos indudablemente el género de su arquitectura, que el carácter de su historia, el gusto, por decirlo así, de sus recuerdos, la arquitectura de su pasado, esa arquitectura que está más allá de la piedra que vemos.

No es un edificio del renacimiento, ni del feudalismo, y sin embargo, nos parece que tiene algo del feudalismo y del renacimiento; algo del siglo X y del siglo XIV. Tiene lo que debe tener un palacio; no tiene nada de lo que tiene una abadía ó un convento, y sin embargo, menos que la idea de palacio me suministra la idea de una abadía, con su pórtico, sus columnas, sus ventanas, sus torreones y las esbeltas y atrevidas agujas de sus para-rayos, que parecen ser veletas de un templo. Sin dejar de tener la gravedad de la magnitud, el aire espléndido de la grandeza, la magnificencia liberal de la pompa, encontramos en ese alcázar algo festivo, algo risueño, algo popular. Es un noble, un magnate, un monarca, que sin dejar de ser monarca, magnate ó noble, tiene algo del antiguo preboste de los mercaderes. Sin dejar de ser un palacio grandioso, un monumento colosal, tiene algo de la humilde casa de los Pilares, algo de la pobre barraca del Sena, del primitivo locutorio; algo de aquello que pasó para la arquitectura, que no ha pasado, que no pasará nunca para el espíritu del hombre; sobre todo, para el espíritu de los pueblos. Hay algo popular que arranca de ahí, que de ahí se desprende y viene á buscar al espectador.

El palacio del Ayuntamiento forma un extensísimo paralelógramo, flanqueado por dos pabellones intermedios y cuatro pabellones en los ángulos.

Encima de la entrada principal, que da á la plaza, se ve un bajo-relieve, ejecutado en bronce, el cual representa á Enrique IV montado á caballo. El patio está circuido de graciosos pórticos, y exornado por una estátua de Luis XIV, obra de Coysevox, reliquia preciosa para el arte, que la aprecia más que las numerosas estátuas de los hijos célebres de Paris, que decoran el frontis de este opulento alcázar.

En la fachada del Norte, que cae al Sena, se ven doce estátuas alegóricas, y al pié, verde, humilde y gracioso, un jardincito limitado por una verja, la cual lo separa del borde del rio. No es una perspectiva arrebatadora; pero es ingénua, cándida, inocente como los recuerdos de la niñez. Al ver esos hierros, esa verdura y las aguas del Sena, parece que vemos al Paris feudal, y nos acordamos naturalmente de Abelardo y Eloisa.

Tal es el edificio por fuera; visto por dentro, no es un edificio, sino un mundo fascinador. Son notabilísimas la sala de los Arcades, el salon del Emperador, el de la Paz, el de las Cariatides, el del Zodiaco, la galería de piedra, la de las fiestas, adornada con una profusion que excede á todo exagerado encarecimiento, y el salon de las artes. Pero más que todos esos fastuosos salones, más que todas esas ricas exposiciones de la entusiasta imaginacion de un pueblo brillante y fantástico, más que todos esos fatigosos alardes de lujo y de riqueza, hieren y cautivan nuestra atencion tres salas extensísimas, casi desnudas, silenciosas, solemnes: la sala del trono, con sus doce enormes arañas, destinada primitivamente á las recepciones, á los banquetes y festines, y las dos salas de los Prebostes, de esos magistrados del pueblo, de esos reyes de la ciudad, de esos alcaldes absolutos que eran los amos de Paris, como los padres de la edad media eran los amos de su familia, como los señores feudales eran los amos de su feudo y de su castillo. El preboste era el guardian de aquel convento; era el abad de aquella abadía.

La sala del trono, con cierto aire de grave y reposada aristocracia, con la elocuencia imponente, venerable y austera de la antigüedad, con la fantasía lúgubre y poderosa del pasado: y las dos salas de los prebostes, con cierto aire de cordialidad y de franqueza, de barbarie agreste y de recta justicia, con esa mistura de desenfado y de miramiento que veneramos en los antiguos, el desenfado del hombre rudo, y el miramiento religioso del hombre de bien; esas tres salas, que pudieran llamarse de los cristianos viejos, nos atraen magnéticamente con dos emociones distintas: la emocion de la historia, y la emocion de la poesía; esa poesía que va unida al orígen de todas las cosas, porque la infancia, la niñez, es naturalmente poética; la poesía que tiene la cuna, en donde la madre cria á sus hijos. Aquí pensamos y sentimos; todas esas figuras caen á un mismo tiempo sobre nuestra cabeza y nuestro corazon.

La casa de la Villa como agradecida á sus buenos padres, como si no quisiera divorciarse de la pobre casa de la Greve, y de la húmeda barraca del Sena, como la familia que pone en la sala principal de su casa el retrato de sus mayores, como el hijo que guarda la cuna en que su madre le crió; la casa de la noble villa de Paris (la gratitud y la lealtad son dos virtudes nobilísimas) nos presenta en estos dos inmensos salones, en estas dos inmensas galerías históricas, los bustos de varios prebostes del pueblo, desde Evreux, que capitaneó el cabildo de Paris en 1205, hasta Tradaine, que reinó, por decirlo así, en 1705.

Esta reverencia hácia el pasado, este saludo á nuestros mayores, este gusto de historia y este sentimiento de poesía, son cosas que me encantan en todas partes; en Paris tambien: he pasado un rato delicioso, y no puedo pagar esta deuda del alma, sino dando mi humilde enhorabuena á los creadores de este palacio, y al pueblo que lo guarda, que lo venera y que lo admira.

¡Adios, afortunados mármoles, que nos representais hombres sencillos, valerosos y honrados! ¡Adios, mármoles, que dais testimonio de que existieron en el mundo la barbarie, la valentía, el cumplimiento de la palabra, la lealtad y la buena fe! ¡Adios bustos! ¡Adios prebostes! ¡Adios, cristianos viejos! ¡Adios, vosotros que fuisteis aquí, lo que los antiguos alcaldes fuéron en mi patria! ¡Dios os tenga en su reino, que harto merecen la gloria eterna, los que siendo incultos, supieron ser cristianos!

Hasta aquí he hablado de la historia de la piedra. Ahora tengo que decir dos palabras acerca de la historia del libro.

Ahí, en medio de esa sala del trono, el pueblo de Paris, puesto de rodillas, saludó á Enrique IV y á Luis XIV.

Ahí, en medio de esa sala del trono, en donde Paris arrodillado saludó á Enrique IV y á Luis XIV, se instaló la Comision revolucionaria del memorable 10 de Agosto.

Ahí organizó la rebelion que la hizo triunfar de un monarca, encerrado en las Tullerías.

Ahí, en medio de esa sala del trono, en donde una crísis turbulenta arrancó á un monarca de su palacio, cayó herida y exánime la revolucion con Robespierre en el memorable dia 9 de Thermidor.

Ahí, en ese balcon de la fachada principal, se asomó el general Lafayette, presentando al duque de Orleans, que luego se llamó Luis Felipe.

Ahí, en los tramos de esa magnífica escalera, casi debajo del balcon en que Luis Felipe habia sucedido á otro rey, el movimiento del 48 presentó al tribuno y poeta Lamartine la bandera republicana, esa bandera que sucedió á Luis Felipe, como Luis Felipe habia sucedido á Cárlos X.

Esta plaza, la plaza de la Greve, cuyo nombre hace brotar en nuestra fantasía tantos espectros ensangrentados, sirvió de lugar á las públicas ejecuciones hasta 1830.

Si esas piedras pudiesen decir lo que han visto; si esta tierra pudiese hablar, ¡cuántos crímenes, cuántas agonías, cuantas lágrimas, cuántos gemidos, cuántos arcanos y cuántos y cuán graves remordimientos vendrian á caer sobre la conciencia de Paris!

Me quité el sombrero ante el ilustre y orgulloso sucesor de la casa de los Delfines y de la barraca del Sena, me metí en el coche: al arco de la Estrella, grité al cochero, y á los quince ó veinte minutos me encontraba bajo esta pirámide colosal, bajo este enorme catafalco.

Pero me olvidaba de una coincidencia que me hirió de un modo muy raro. Á los trescientos ó cuatrocientos pasos de la casa de la Ciudad, vi un edificio grande, muy grande, negruzco, pesado, macizo, como si estuviese apilado sobre sus cimientos: un palacio lóbrego, que parece más bien una fortaleza, ó una prision de Estado. Era el palacio de las Tullerías. Y dije para mí: no en balde se encuentra este palacio en la misma línea que la casa de la Ciudad; no en balde se hallan en una misma zona geográfica, bajo un meridiano, por decirlo así. Esos dos monumentos históricos y políticos son dos poderes, dos recuerdos, que se miran y se provocan. Las Tullerías son la morada del silencio, de la ceremonia y de la reserva. El palacio del Ayuntamiento es la morada de la discusion, de la franqueza y de la libertad. Esta es la casa de la tradicion; aquella es la casa de la historia. Son dos tronos, en el de aquí se sienta el rey; en el de allí se sienta el pueblo. Aquí reina la Monarquía; allí reina la Francia. Pero vamos al trofeo de Napoleon.

Llego al arco de la Estrella á las siete y cuarto. El sol acaba de ponerse, y brilla el Occidente á las últimas ráfagas del astro del dia, sin embargo de que ya se insinúan las primeras sombras de la noche, formando esa atmósfera vaga é indecisa, medio brillante y medio turbia, en que no sabemos si miramos luces ó sombras. Pero yo habia logrado mi objeto. No queria sino dominar de una mirada aquel maravilloso conjunto; no quería sino recibir la impresion de aquel enorme promontorio, y veo perfectamente hasta los menores detalles.

Este coloso que contemplo es el arco de más magnitud de que habla la historia. Acaso Babilonia, Tebas, Nínive ó Mitilene ofrecieron á la admiracion de aquellos siglos un arco más grande; pero esos monumentos, si existieron, se han perdido para la historia.

Los cimientos de este arco monstruoso, sublimemente monstruoso, tienen cerca de 9 metros de profundidad, segun el cochero me asegura, más de 54 de longitud y 27 de latitud. Su elevacion raya en 50 metros, sobre una latitud de 44 y un espesor de 22 ó 23. Napoleon puso la primera piedra en 15 de Agosto de 1806, y se terminó en 1832, bajo Luis Felipe.

Las sombras de la noche empiezan á indicarse, dejando en el aire cierto tinte oscuro, como si empañasen el ambiente. En este momento se encienden los faroles de la gran plaza, cuyo centro ocupa este gigantesco panteon histórico, y la luna aparece á poco, entre nubes ligeras, por detrás de los árboles de las Tullerías, de las fuentes y del obelisco de la plaza de la Concordia.

La fachada principal del arco está decorada por dos trofeos simbólicos: el uno representa la partida, y el otro la vuelta del ejército. Otros dos emblemas exornan la fachada opuesta, que mira á Neuilly: la resistencia y la paz.

Entre la imposta del arco principal y el cornisamento, se ven cuatro hermosos bajo-relieves, los cuales figuran las exequias de Marceau, la batalla de Aboukir, dada en 1798, en ocasion en que Murat hace prisionero al bajá de Roumelia; el puente de Arcola, tomado portentosamente por Napoleon en medio del fuego enemigo, y la toma de Alejandría, á fines del siglo XVIII.

Un bajo-relieve de Marocheti, que representa la batalla de Jemmapes, en 1792, orna el frontis lateral del Norte, y otro bajo-relieve, que representa la batalla de Austerlitz, orna la fachada lateral del Mediodía.

Arriba, sobre el friso, como una corona que está ciñendo una cabeza, se ven grupos inmensos, los cuales figuran la ida y la vuelta de los ejércitos franceses. ¡Cuánta belleza!

Palmas, cabezas de Medusa, coronas, famas de Pradier, rótulos, victorias, todo completa la ilusion del triunfo. Así como en la Magdalena no puede pensarse en los santos, aquí no se puede dejar de pensar en los héroes. Si la Magdalena fuese una basílica como este arco es un trofeo, si el espíritu de la religion dominase tanto en aquel alcázar, como el espíritu de la heroicidad y del entusiasmo domina en esta poderosa creacion, la Magdalena seria un gran templo.

Penetré en el arco, y escritos sobre las anchurosas paredes y sobre las altísimas bóvedas, divisé los nombres de noventa y tantas victorias, además de las representadas en los bajo-relieves del frontis, de trescientos ochenta y cuatro generales, y de varios cuerpos de division que tomaron parte en las guerras de la Revolucion y del primer Imperio.

Este arco prodigioso es la verdadera divinizacion de Bonaparte. El alma no puede menos de formar una idea muy grande, muy atrevida, muy gigantesca, una idea casi maravillosa, casi fantástica, del hombre que con ese monton de mármoles da las gracias á sus compañeros de lucha, de triunfo y de gloria; porque esa enormísima y espléndida pirámide no es otra cosa que las gracias que da un general á sus fieles y valientes soldados. La gratitud que así se insinúa, podrá no ser muy fervorosa; pero es magnífica.

Yo permanecia embobado leyendo en las paredes y en las bóvedas los nombres memorables de los generales y de las batallas, cuando la luna se oscurece repentinamente, ocultándose en un celaje espeso, la luz de los faroles de la plaza no penetraba por el arco, y me vi envuelto en sombras, pareciéndome que me encontraba en el fondo de un grande osario. El arco habia dejado de ser un trofeo, para convertirse en un panteon. En este momento la luna se despeja, ilumina la sombra que me rodeaba, y quitándome instantáneamente el punto de vista, me pareció que el arco se movia, y que avanzaba, con todos sus huéspedes y sus combates, hácia la plaza de la Concordia. Yo me creí arrostrado por aquel empuje descomunal, figurándoseme que iba en el vientre de un mónstruo deforme. Sentí escalofrios en toda la espalda, y con los cabellos erizados y un estremecimiento nervioso que no podia evitar, salí á cielo raso. Cien magníficas farolas alumbraban la plaza del arco del Triunfo; están encendidos todos los faroles que se extienden, en dos líneas simétricas, hasta el jardin de las Tullerías; veo á lo léjos tres variados grupos de luces, como si fuesen otras tantas hogueras: eran los tres cafés cantantes de los Campos Elíseos; veo tambien profusamente iluminada la puerta del baile de Mabille, del castillo de las flores…. Esto no es un paraje público, no es un paseo; es un teatro; más que un teatro, una especie de encantamiento. Esta perspectiva es una de esas imaginaciones con que los poetas han idealizado los valles y los bosques de la Normandía; esto es un lago de hadas; una fantasía de Osian, no tan delicada, no tan tierna, no tan expresiva, no tan grata al espíritu; pero brillante, deslumbradora, francesa, parisiense, es decir, dramática.

Subí al coche, y bajamos pausadamente á través de los Campos Elíseos, hasta la plaza de la Concordia. Allí me apeé, y me dirigí hacia las fuentes. La luna caia sobre los borbotones de agua y de espuma, y daba á la nube de agua que las fuentes arrojan, la diafanidad y el brillo del nácar, de la concha ó del cristal, mientas que en medio de las dos fuentes, emblemático y silencioso, se levantaba el monumento de otras edades, la creacion de otra raza, el peregrino de otras religiones, un viajero de otros climas, de climas remotos y poéticos; el obelisco de Loupsor, cerca del Cairo. Al llegar al pié del obelisco, volví los ojos instintivamente como para ver si descubria el arco del Triunfo, lo descubrí en efecto como desde la mar se descubre un monte, y una idea ardiente cruzó como un rayo por mi imaginacion. Me figuré que los dos monumentos se miraban; me figuré que dos mundos distintos y contrarios sacudian el polvo de su honda tumba, para pedirse cuentas ante la historia: me figuré ver el Asia y la Europa, Mahoma y Jesucristo, Sesostris y Napoleon. Clavado al pié de aquel trofeo de otras victorias, procuré ver si podia distinguir algun geroglífico, á favor de los rayos de la luna, deseando probar el efecto que produciria en mi inteligencia. Despues de empinarme sobre la punta de los piés, y de estirar el cuello; despues de esforzar á un mismo tiempo los ojos y la voluntad, alcancé á distinguir una figura, que era una especie de cuadrilátero, emblema tal vez de los cuatro elementos. Pasaron cuatro ó cinco minutos, y no sabia cómo desasirme del encanto que me tenia sujeto á las paredes de aquella mágica columna. Y allí me preguntaba: ¿por qué el obelisco cautiva de tal modo nuestra atencion?

Escritores notables son de parecer que el interés que el obelisco nos inspira procede de la circunstancia de ser una columna, compuesta de una sola pieza; más claro, de la circunstancia de ser una maravilla de mármol. Para estos escritores no hay otra razon que la magnitud, la forma, el arte, la arquitectura. Esto explica algo; pero está muy distante de explicarlo todo. No, no es únicamente la arquitectura. ¿Qué arquitectura tiene una cruz? Sin embargo, halle el hombre más indiferente una cruz humilde en medio de un desierto, en el silencio de la soledad; mire aquella cruz que le está diciendo que allí descansan las cenizas de un hermano suyo, como sus cenizas descansarán mañana en otra parte, y el hombre se destoca, palidece ó reza. Visitemos un valle frondoso, y entre flores verdes y lozanas, encontremos una flor marchita. ¿Qué arquitectura tiene esa pobre flor? Sin embargo, al mirar la flor seca, no podemos menos de suspirar; aquella flor se mústia como se marchita nuestra vida, como se marchitan nuestras ilusiones, nuestros amores, nuestras esperanzas, nuestros sueños, nuestros delirios. Aquella flor seca es la historia de nuestro corazon, un eco que resuena hondamente en nuestra alma. No es una flor del valle; es una memoria, un sentimiento, un vaticinio de la vida; es una poesía triste, una poesía que hace llorar.

El obelisco no nos atrae, no nos llama, no nos interesa, no nos seduce, sino porque es una especie de escritura sagrada, un geroglífico que no comprendemos, un pensamiento que no adivinamos, el símbolo de una creencia, un símbolo de fe, un símbolo de religion. No es el arte, no es la arquitectura, no es la forma, no es la magnitud lo que nos llama en ese monumento emblemático; es la religion, el misterio, el espíritu.

Aquello es un arco; esto es una plegaria. Aquello es un trofeo; esto es un enigma. Allí admiro el orgullo de un hombre. Aquí venero el arcano de una esperanza.

Esto es más que aquello, lo ha sido, lo es, lo será eternamente, porque para la idea de Dios el tiempo es una escala que, no tiene tramos. El geroglífico misterioso de Sesostris, es más que la soberbia fastuosa de Napoleon. Sí, repetia yo interiormente, el obelisco me atrae más que el arco, porque esto es más que aquello, y al pronunciar estas palabras me volví, y alcancé á ver, como una aparicion trémula, casi flotante, el suntuoso pórtico de la Magdalena, que parecia nadar sobre sus columnas. Entonces, sin poder resistir á mis ideas, dije en alta voz: y aquello es más que esto; la iglesia cristiana es más que el obelisco asiático; la caridad del Redentor del mundo es más que el misterio de Sesostris.

Me dirigí al coche, al mismo tiempo que el cochero avanzaba hácia mí, porque habiéndome oído hablar, se imaginó que le llamaba, ó quizá que estaba maniático ó que me habia vuelto loco.

—¿Est-ce que vous m'appelez, monsieur? (¿Me llama usted, señor?)

—Pas du tout. (No.)

—Mais j'ai entendu…. (Es que he oído….)

—Je n'ai rien dit. Á l'hôtel des Étrangers! (Nada he dicho; á la fonda de los Extranjeros), y me metí en el coche. No habian pasado quince minutos, cuando me apeaba en la calle de Feideau. Mi pobre mujer me esperaba asomada al balcon, significando cierta impaciencia, pagué al cochero y subí la escalera como un relámpago.

—¿De dónde vienes?

—De la casa de la Ciudad y del arco del Triunfo.

—¿Y qué traes?

—Muchas cosas, muy grandes y muy buenas.

Mi mujer tomó una friolera y se acostó. Yo empecé á escribir esta desaliñada Revista, que me entretuvo hasta la una y media. Pero no quiero terminar este dia sin dar parte al lector de que tengo una curiosidad, casi un deseo, casi una ilusion: la ilusion de visitar un monumento de Paris; un monumento en que he pensado muchas veces, que he creido ver desde España, porque uno cree ver todo aquello que le hace sentir, y algo ve realmente, puesto que el corazon tiene tambien ojos; un monumento que amo mucho, tanto como si fuera de mi país, aunque los monumentos no tienen países. El arte es como el sol: donde brilla allí reina; tiene por patria todo lo que alumbra.

Al acostarme, vi que mi mujer estaba despierta. ¿Cuándo visitarémos, la dije, el edificio de que te he hablado tantas veces?

—En la semana entrante, contestó mi mujer.

—En la semana entrante, respondí yo; queda convenido.

Hoy es miércoles; de modo que tenemos seis ó siete dias para darnos en cuerpo y alma por esas plazas y calles de Dios, por esos cafés, por esos teatros, por ese bullicioso y reluciente laberinto, á caza de impresiones y curiosidades de sociedad. Despues volverémos á la historia y á la piedra, alternando con cuadros de costumbres, de carácter, de raza, por decirlo así, hasta que logremos formar una idea provechosa de este fabuloso conjunto. Si no hallo el camino de agradar al lector, acháquelo á falta de talento y de habilidad, no á falta de intencion, de deseo y hasta de cariño.

=Dia sétimo=.

Vistas de Paris.

Un amigo viene á buscarnos muy de mañana, y á propuesta suya, hemos empleado casi todo el dia en ver á Paris desde tres puntos diferentes: desde lo alto del arco del Triunfo, desde una orilla del Sena, y desde las alturas de Montmartre.

La vista desde el arco es extensa, varia, pintoresca, rica, grandiosa. Paris entero se ve desde allí, como se distinguen todas las figuras de un panorama bien descrito.

La vista del Sena es más delicada, más graciosa, más elegante. Hay allí algo poético, algo ideal. Una parte de Paris se nos ofrece como si estuviera cimentada sobre los arcos de los puentes; parece un pueblo que vive y se mueve sobre un rio, y esto causa una impresion extraña y agradable.

Por fin, la vista desde las alturas de Montmartre no tiene que ver nada con las otras. Es una perspectiva especial, en que apenas sabemos lo que miramos. Desde aquellas alturas no es Paris, sino el embrion de una ciudad de un millon de almas; una mesa revuelta de veletas, agujas, torreones, cúpulas, campanarios. Al fijarnos en aquel grupo indefinible é interminable, creemos que unas casas se han edificado encima de otras, y que Paris está como hacinado, como arrollado sobre sí mismo. Es un todo revuelto, deforme, confuso, extravagante, casi sublime.

Los tres grabados que acompañan sobre el asunto, dan una idea exactísima de cada una de las situaciones indicadas. Figúrese el lector que está viendo á Paris en miniatura desde las alturas de Montmartre, desde el arco del Triunfo, y desde una orilla del Sena.

[Ilustración: Vista de Paris desde la cima del arco del Triunfo.]

[Ilustración: Vista de Paris desde una orilla del Sena.]

=Dias octavo, noveno y décimo=.

Dos dias de encierro.—Provisiones.—Los libros de mi mujer.—Un español.—Compras.—Patriotismo de mi compañera.—Carácter capital de las mujeres.

Llueve á cántaros, y hemos invertido dos dias en asuntos privados. Mi mujer ha dispuesto el equipaje y yo he escrito á mis buenos amigos de España, más un artículo para La América, titulado, filiacion de los partidos en política.

La cuestion de comida nos preocupa muy sériamente, é ignoro á dónde irémos á parar. Desde que salí de Madrid no he hecho una verdadera digestion, y ya mi estómago principia á volverse contra su sueño. No entienda el lector que somos dados á la gula; no se trata de gozar sino de vivir, y cosa es esta para no ser mirada de cualquier modo.

Buscando recursos contra esta penuria artificial, mi mujer y yo hemos ido al pasaje de los Panoramas, que dista pocos pasos de nuestro hotel, y nos hemos provisto de jamon dulce, salchichon, una caja de sardinas escabechadas, un cestillo de fresas y pan. Un tabernero de la acera de enfrente, el buen Jeannin, nos ha enviado dos botellas de vino Macon (á 20 cuartos el cuartillo), y una lechera de la vecindad nos ha hecho el favor de enviar á su niña con un cuartillo de leche de vaca.

Los fiambres no podrán ser el alimento de muchos dias, al menos para mí; pero son el recurso de hoy.

Mi mujer está empeñada en que con tres litros de cinta tiene bastante para aderezarse el sombrero. Despues de querer la cinta por litros, que es como si dijéramos por azumbres ó por celemines, estoy viendo que cualquier dia va á pedir un metro de vino.

Esta mañana hice cierta pregunta á un caballero que encontramos cerca de la fuente de Moliére, calle de Richelieu; el caballero me contestó que no me comprendia porque era de otras tierras. Esto lo dijo en español. Á mi mujer le pareció que habia sacado la lotería.

—¿Es usted español? ¡Bendito sea el cielo! Venga usted acá, hable usted español, hablemos español: apenas vuelva á España, estaré hablando el español durante un mes seguido.

Aquel caballero debia marcharse al dia siguiente, y nos dió las señas de su habitacion en Barcelona, en el Lóndres de España; un Lóndres tan activo, tan laborioso, tan inteligente, tan moral como Lóndres; tan desgraciado como Barcelona.

Mi mujer estaria aquí todo lo bien que puede estar una mujer léjos del país de sus afecciones, de sus conocimientos y de sus hábitos, cuando comprendiera y hablara el idioma: no hablándolo ni comprendiéndolo, vive mártir ó poco menos. No poder hablar es para la mujer una contínua irritacion, una perdurable indigestion de palabras y de deseos, una especie de hidrofobia. Quien inventó el silencio, no tuvo necesidad de inventar infierno para las mujeres.

Sin embargo, es cosa de la Providencia que no sepa francés, porque si lo supiera, ¿qué dirian los franceses al oirse llamados animales á cada momento?

—Pero, hombre, ¿no ves qué bestias son estas gentes? Hé aquí una de las frases más indulgentes de mi compañera. Los llama bestias, porque no entiende su idioma.

Hemos empleado una gran parte de la mañana en hacer varias pequeñas compras.

Mi mujer. Compremos ahora un ovillo de hilo.

Yo. Es que yo ignoro cómo se llama el ovillo en francés.

Mi mujer. Pues, compremos trencilla para atar las botas.

Yo. Es que yo ignoro cómo se llama la trencilla en francés.

Mi mujer. Pues compremos siquiera los camisolines.

Yo. Es que ignoro tambien cómo se llaman los camisolines en francés.

Mi mujer. Llevemos al menos los manguitos.

Yo. Es que ignoro cómo se llaman los manguitos.

En resumidas cuentas, tuvimos que volver al hotel, y tomar una porcion de notas del Diccionario. ¡Trencilla, ovillo, manguitos, camisolines! He pasado hoy el estrecho de Magallanes en plena tempestad.

Nuestra venida á Francia me ha hecho comprender un sentimiento que yo no conocia en mi compañera, al menos desarrollado en tan grande escala. Mi mujer es una patriota acérrima, intransigente, absoluta. No oye hablar de España sin que la sangre se la suba al rostro. ¡Ay del mundo si su voluntad se cumpliera! ¡España pesaria como una cadena de bronce sobre el cuello de la humanidad!

Bien es verdad que el amor á su país, lo que llamamos nuestro país, no es el atributo de una mujer, sino de la mujer, especialmente cuando se ha educado en uno de esos pueblos en donde imperan aún las costumbres del Asia. En el amor ardiente, imaginativo, vaporoso, poético, que la mujer profesa á su tierra natal, hay un algo que pone la naturaleza, y otro algo que ponen la educacion y el hábito.

Evidentemente, la mujer está llamada por la naturaleza á no poder vivir sin una pasion efectiva; su ciencia grande, su gran vida tiene por centro el corazon. Por esto mismo es la destinada á concebirnos en sus entrañas y á darnos su sangre con placer. No bastaba el tierno alimento con que nos nutre. La mision de la madre, esa mision augusta, la más augusta que el cielo encomendó al género humano, no es una tarea mecánica; la tarea autómata de sacar el pecho y llevarlo á la boca del hijo, no: es una tarea de cariño, de efusion, de delicia; es una tarea santamente providencial.

La ley de la mujer es amar, amar desde luego, lo primero que ve, lo primero que oye; porque lo primero que oye y que ve la hace sentir, y en la mujer sentir es amar.

Ve la flor, y ama la flor. Canta un ave, y ama aquel ave. ¿Cómo no se ha de enamorar de su país, cuando se enamora de las flores que ve crecer, de las aves que oye cantar? ¿Cuántas mujeres no han vertido lágrimas amargas bajo la impresion del arrullo tardío y doloroso de una tórtola?

En esta estructura sentimental é imaginativa de la mujer; en este carácter radical y profundo, entra indudablemente la naturaleza. Nuestras madres son por naturaleza afectivas, y como el afecto obra instantáneamente sobre la fantasía, son tambien por naturaleza fantásticas, pero si la naturaleza pone una parte, la educacion y el hábito ponen otra, como antes dije.

La sociedad histórica tiene hasta hoy dos revelaciones capitales: la sociedad egipcia y la sociedad humana; es decir, la sociedad referida á la tradicion, y la sociedad referida á la misma sociedad.

Estas dos transiciones históricas están reflejadas en todas las faces de la humanidad; por consecuencia en todas las faces de la mujer.

Mujer asiática y mujer social: mujer religiosa y mujer política.

La mujer sepultada en su casa desde que nace hasta que muere; la mujer á quien se representa como un vacío insondable el espacio que media entre la cuna y el sepulcro; que está acostumbrada á mirar en aquel vacío un ataud, cuya gasa negra no puede suspender; una madre, una esposa, una hija que tiene el hábito de enamorarse hasta del espejo en que se contempla, hasta de la vajilla en que come, hasta del dedal de su costurero: esa mujer cuyo destino está cifrado en amar lo que ve, y no ve otra cosa que el misterio que la rodea; esa mujer que se habitúa á enamorarse de su propio misterio, no puede menos de ser ardientemente patriótica, porque es ardientemente doméstica. Yo he conocido á una señora que lo guardaba todo en un gran cofre que tenia, como si fuera una reliquia preciosa: hasta la cáscara de los huevos, y más de un vivo podria atestiguar la verdad de este caso. Diga ahora conmigo el lector: ¿qué significacion podria tener en la casa de esa señora el nombre humanidad? Ese nombre allí hubiera sido una palabra peregrina, intrusa, repugnante. ¿Qué sitio del cofre habia de ocupar? La palabra mundo, humanidad, género humano, no ocupaba en el cofre sitio alguno: la cáscara de huevo, sí; esta cáscara valia más para la señora que el género humano, que el mundo, que toda abstraccion, que todo idealismo por más universal y grande que fuese.

Hé aquí la mujer asiática; la mujer del primer período histórico; la esclava del marido, el misterio profano de la familia, el perfume quemado en los altares de Faraon.

Pero esa mujer halla abiertas un dia las puertas de su casa; sale á la calle, la permiten salir; habla, piensa, obra; oye pensar, ve hacer; entra en la revolucion de las opiniones y de los derechos; la nueva moral la auxilia; la nueva religion la llama; se asocia, por fin, á la vida pública; por fin, se asocia; siente este vínculo, siente la relacion social, como antes sintió el cariño á la aguja con que cosia: comprendiendo y sintiendo la razon que la une á un pueblo, á una raza política, comprende y siente por intuicion lógica las razones que existen para que una raza se asocie á otra raza; para que un pueblo llame hermano á otro pueblo, y de escala en escala, de idea en idea, de emocion en emocion, de regocijo en regocijo, de dignidad en dignidad: ¡sí! de virtud en virtud, de alteza en alteza, en su cerebro y en su corazon se va criando una figura alentada y noble, una síntesis que no es otra cosa, en resúmen, que la idea y el sentimiento de su propio sér, extendido á toda su esfera, á su magnánima nacionalidad; á la nacionalidad de un poder que creó para un mundo un cielo y una tierra.

En toda el Asia, en toda la Turquía de Europa, en Italia, en Grecia, en casi toda España, en Portugal, en la mayor parte de América; en la América tradicional por hábito, aunque sea social por instituciones que no han tenido tiempo de renovar la faz política; en todos esos pueblos enumerados la mujer pertenece al primer período: es egipcia; es la esclava del Faraon que se llama marido; familia, hogar; es la flor que se cria en el jardin para que la huela su amo.

La mujer alemana (en una gran parte de aquel país), la mujer francesa y la de algunos puntos de los Estados-Unidos del Norte americano, pertenecen al período segundo: son el sepulcro de Jesucristo reconquistado por una cruzada que se llama civilizacion, como podria llamarse derecho, justicia, amor, dogma.

En estos pueblos las mujeres son casi hombres: hombres afectuosos, imaginarios, tiernos: hombres como pueden serlo una madre y una hija, porque la naturaleza no puede mentir; pero personalidades humanas, verdaderos poderes en la familia, en la opinion, en el derecho, en las creaciones sociales; personas de razon, porque la educacion no puede dejar de enaltecer, libertando al esclavo; porque la libertad es la sancion divina del albedrío; porque el albedrío es la sancion divina del hombre; porque el hombre es la sancion divina de la sociedad; la libertad es el mismo Dios que se filtró en nuestra conciencia: sed semejantes á mí, quiere decir sed libres. «Si no sois libres, nos dice Dios, ¿con qué virtud me vais á amar?»

Es indecible la complacencia con que estudio á las mujeres de Paris. No conozco la representacion de la mujer inglesa y rusa, y este es uno de los motivos porque más deseo visitar á Lóndres y San Petersburgo. Á una mujer debo toda mi vida, y natural parece desquitarme de semejante deuda, consagrándola una pequeña parte de aquella vida tan empeñada.

Reasumo este asunto diciendo que mi mujer es muy patriótica, porque es muy doméstica: quiero decir, porque pertenece á la historia asiática. Ve en su país una humanidad más excelente, un Israel profético, y es una Judit que ama su tierra, como Judit amaba su Betulia.

Yo trabajo por hacerla cristiana; pero ella está conforme con ser el enigma escondido en el palacio de Faraon; digo mal, en el palacio de dos Faraones: uno es España.

Probablemente ninguno de los dos serémos muy tiranos con ella.

Nos dirigimos á las Tullerías y al Louvre, atravesamos el inmenso patio de este inmenso alcázar, torcimos á derecha para tomar el Puente Nuevo; á poco estábamos en el muelle de Voltaire, y luego en la famosa calle de la Universidad. Por allí anduvimos á la ventura durante tres cuartos de hora, atravesando calles y callejuelas, como para ver si notábamos esa especie de gusto clásico que debe reinar en unos lugares donde manda la ciencia. Efectivamente, hay aquí algo de la vida revuelta del estudiante, y del silencio austero del aula. Yo creia percibir cierto aroma de pensamiento, cierto olor de libro; así se lo dije á mi mujer, la cual movió pomposamente la cabeza, en señal de una negacion monda y lironda, lisa y llana.

—Yo no huelo nada, dijo mi compañera; lo único que huelo es que mis piernas se cansan ya, y que debíamos aproximarnos á las Tullerías para tomar asiento en los sillones imperiales.

—¡Enhorabuena! contesté yo, pero me parece que deberias mostrarte más respetuosa con esta antigüedad científica, porque has de saber que te encuentras en lo que se llama el barrio latino, un barrio muy célebre, aunque no sea sino por los muchos grandes hombres que aquí se han formado, que de aquí han salido para ilustrar al mundo, y que pisaron estas mismas piedras que pisamos nosotros en este momento.

—Pues con perdon de esos grandes hombres, contestó mirándome mi mujer, y de las piedras que esos grandes hombres pisaron, te digo y te repito que estoy cansada, y que si no nos vamos á las Tullerías, me tendré que sentar en medio de esta acera…. Al decir esto, se paró como si quisiera dar más fuerza á su argumento, cuando oimos los agudos chillidos de un perro, que salia casi ardiendo de un portal de enfrente. Era un perro de lana; habia entrado sin duda en la cocina, alguna chispa habia saltado de los hornillos, la lana habia prendido fuego, y el pobre animal salia á la calle medio ardiendo y chillando de un modo horrible. El amo le seguia, llevando en la mano derecha un baston ó cosa semejante. El pobre animal retrocedia, avanzaba, ladraba, se mordia á sí mismo, chillaba, gruñia, y cuanto más se meneaba, más se encendia la lana. El amo le llamaba, y queria apagar el fuego, pasando el baston á raíz de la piel; pero el palo le lastimaba las quemaduras, y el perro aturdido hacia ademan de morder al amo, con una rabia y un atolondramiento indefinibles. El amo entonces extendia el palo, como para rechazar al animal, y el infeliz perro, al notar que su amo le amenazaba con el baston…. ¡Oh ejemplo que asombra! ¡Oh virtud que aturde! ¡Oh lealtad que debia dar vergüenza á los hombres! Aquel pobre perro que se quemaba vivo, que se mordia á sí propio, que tenia la rabia del frenesí, al notar que su amo le amenazaba con el palo, pegaba el vientre al suelo y lamia el extremo del baston. Este ejemplo de abnegacion sublime, de sublime heroicidad, nos enterneció de tal modo que nos aproximamos resueltamente; otros vecinos acudieron, y entre todos, en embrion, en tropel, apagamos el fuego con las manos y con los pañuelos del bolsillo. Yo estaba entre aquella gente, y hablaba á todos como si fueran individuos de mi familia. Despues que apagamos el fuego, dije al amo que debia untar las quemaduras con manteca sin sal, y no bien hube acabado de pronunciar estas palabras, cuando una jóven de catorce ó diez y seis años echó á escape, y trajo un papel con bastante porcion de manteca. La juventud es tan ardiente como generosa. El amo sujetaba al perro, y á despecho de sus alaridos y convulsiones, le untamos bien todas las quemaduras. Luego, temblando de dolor, entró en su casa detrás del amo. Una de las mujeres que asistieron al lance, dijo algunas palabras á mi compañera, que la contestó en buen castellano: no la entiendo á usted. Aquella mujer que no comprendió que mi mujer no la comprendia, se me quedó mirando, como si esperase que yo la explicara el asunto. Mi señora ha contestado á usted, la dije, que no entiende el francés. La mujer se quedó parada, y echaba unos grandes ojazos á mi compañera, al mismo tiempo que exclamaba con mucho asombro: ¡Madame ne comprend pas le français! ¡La señora no entiende el francés! Esto queria decir: ¿esa señora no sabe el francés y está en Francia? ¿Cómo lo va á pasar ignorando la lengua del país? ¿Pero, de dónde viene esa señora que no sabe el francés? Yo que comprendí perfectamente toda la intencion de aquella mirada, y que me sentí algo picado por la negra honrilla de mi compañera, la dije con un marcado aplomo: Madame ne comprend pas vôtre langue, ainsi que vous ne comprenez pas la langue de Madame. (Esta señora no comprende la lengua de usted, así como usted no comprende la lengua de esta señora.) Y luego añadí: Madame ne comprend pas la langue de votre pays; mais elle comprend une autre langue plus necessaire, plus universelle, plus savante: la langue de la charité. (Esta señora no entiende el lenguaje de este país; pero entiende otro lenguaje más necesario, más universal, más sabio: el lenguaje de la caridad.)

Esta salida convenció á la buena mujer: oui, monsieur; oui, monsieur (sí, señor; sí, señor), decia repetidamente, y se fué haciéndonos una reverencia. En efecto, la caridad es una religion que hace á todos los hombres hermanos.

Nos dirigimos al muelle de Voltaire, y á los pocos minutos entrábamos, cogidos del brazo, por el Puente Nuevo. Aquí presenciamos otra escena, de un interés muy superior. Los héroes de la nueva aventura son un campesino, su mujer y un muchacho como de veinte años, poco más ó menos. El matrimonio se dirigia hácia la parte del Luxemburgo, mientras que el jóven caminaba hacia las Tullerías; pero tanto el hombre como la mujer, la mujer particularmente, volvian la cara con frecuencia para mirar al jóven; el jóven la volvia tambien, y en el movimiento tardío y embarazoso de los tres, no era cosa difícil adivinar que aquellas buenas gentes se separaban con dolor. Por fin, la labriega vuelve el semblante, el muchacho lo vuelve al mismo tiempo, sus ojos se encuentran, entre ellos pasó lo que Dios sabe; corre la mujer hácia el jóven, el jóven corre hácia la mujer, se abrazan estrechísimamente y rompen á llorar; pero á llorar de un modo que era capaz de quebrantar las piedras. Nosotros, con el corazon desgarrado al oir aquellos sollozos, nos quedamos estáticos delante de aquel grupo interesantísimo. El labriego aturdido siguió á su mujer, y á los cuatro ó seis pasos de distancia, bajó la cabeza y dejó caer ambos brazos. Parecia un difunto que se tenia de pié. ¡Qué arte tan sábio es el amor! ¿Qué Rachel, qué actriz del mundo, hubiera corrido como corrió aquella mujer, hubiera dado aquel abrazo como aquella mujer lo dió, y hubiera arrancado á llorar como lloraba la infeliz campesina? ¿Ni qué Talma, ni que Latorre, hubiera bajado la cabeza, y dejado caer los brazos con la ruda y austera poesía con que lo hizo aquel pobre paleto? ¡Ah! Los padres son los grandes actores, los eminentes trágicos, cuando llega la hora solemne de verter lágrimas por sus hijos. Excuso decir á mis lectores que la labriega era la madre, y el labriego el padre del muchacho. A este tocó la suerte de soldado, habia ingresado en caja, se quedaba en Paris, y aquel abrazo, dulce y desgarrador al mismo tiempo, era la despedida. Mi compañera y yo no tuvimos ánimo de presenciar el desenlace, y seguimos nuestro camino, penosamente impresionados de aquella aventura.

—Mira, me dijo mi mujer; este muchacho irá ahora á la guerra; quizá un jefe indiscreto le manda asaltar un castillo, y tal vez muere en aquella empresa temeraria. Y pasará un dia y otro dia, y acaso la madre le guarda la silla en que solia sentarse, y no quiere que nadie ocupe el lugar de la mesa que él ocupaba. Y pasa un mes, y pasa un año; la madre esperará á su hijo, y el hijo no entrará por la puerta de la casa de sus padres, ni se sentará en la silla en que antes se sentaba, ni ocupará el lugar de la mesa que ocupó desde niño. Un hombre extraño le ha mandado morir, y ha muerto. Un hombre extraño ha robado aquel hijo á su madre; á esa madre que lo ha concebido, que lo ha criado, que lo amaba con todas las veras de su corazon, que se estaba mirando en él como en un espejo. La madre sabrá al cabo que su hijo murió en la guerra, y su alma gemirá para siempre en un abismo de perdicion y de amargura. ¡No, no! añadió mi mujer vivamente; los hombres son injustos, haciendo ciertas cosas sin consultar el voto de las madres. Ninguna guerra se debia emprender, sin oir antes el consejo de una gran asamblea de mujeres. Es bien seguro que de ese modo no habria tantas guerras. Yo dije sonriendo á mi mujer: ¿para qué más guerra que una gran asamblea de mujeres? Luego añadí: tal vez sucederá á ese muchacho lo que tú acabas de decir; pero ¿quién sabe si va á Sebastopol contra la Rusia, y es el primer soldado que clava la bandera en la torre de Malacoff, salvando á Europa en las alturas de Crimea?

—¿Es decir, arguyó mi mujer, que tú estás porque haya guerras en el mundo?

—No, hija mia, respondí yo; yo no estoy porque haya en el mundo guerras injustas, egoistas, tiránicas; pero estoy por las guerras que se hacen en nombre de la civilizacion, del derecho y de la moral. Y ¿la sangre que se derrama y humedece la tierra? dirás tú. Y ¿el rayo que cae de las nubes y nos devora? digo yo. Ese rayo que nos devora, es indispensable para purgar el aire de los malos miasmas que lo infestan; sin ese rayo destructor, el ambiente nos mataria. Pues bien, la sangre que se vierte en una guerra justa, es indispensable del mismo modo, para que los hombres comprendan lo que están obligados á hacer, para que se guarde la justicia. Aquella sangre es como el agua de salud con que se riega el árbol de la libertad de los pueblos; es el Jordan de ese bautismo; bautismo costoso, pero santo, como es santa la lágrima que aquella buena madre vierte al despedirse de su hijo, por más que aquella lágrima la queme los ojos y la desgarre el corazon. Cuando llega la hora en que el hombre debe sufrir, no hay otro recurso que disponer el alma para el sufrimiento, y cuanto más sufrimos, cuantos más dolores experimentamos, más sagrado es nuestro dolor. Sí, amiga mía, la sangre que se vierte en ciertas batallas, es como el rayo que viene á purgar el ambiente de otro horizonte, el aire de otra atmósfera: es un dolor que debemos sufrir, cuando llega la hora de los dolores; es una lágrima que otra madre derrama por sus hijos. La madre que lloraba en el puente Nuevo, se llama mujer. La madre que llora en los campos de ciertas batallas, se llama moral, se llama historia, se llama destino, se llama Providencia. Y á esto sin duda se refiere San Pablo cuando dice: la letra con sangre entra; y cuenta, hija mia, que San Pablo es al mismo tiempo un grande hombre, un gran santo, un gran apóstol, y la inteligencia más práctica y organizadora que ha conocido el mundo.

Conversando así como buenos amigos, llegamos á la esquina de la calle del Acaso (Rue du hasard), y vemos un letrero que dice: restaurant de Santa Teresa. Teresa se llamaba mi madre, y la veneracion y el respeto que debo á ese nombre, me decidieron repentinamente. Tiré del brazo á mi compañera, que comprendió luego mi intencion y aprobó mi idea con alegría, porque siente hácia mi buena madre el mismo respeto que yo.

Comimos una sopa, dos platos de carne, uno de pescado, otro de verdura y unas fresas. El criado que debia servir nuestra mesa no estaba allí, y nos sirvió una hija de la casa, con amable y graciosa galantería. Es una jóven blanca, muy blanca, rubia, esbelta, flexible, de mirada apacible é ingénua. Seguramente no es francesa del Norte, debe ser de Tolon: es decir, de un punto que raye con Italia. Es un tipo perfectamente italiano. Tiene la candidez de la juventud, la gracia de una juventud bella, y la seduccion de una actriz. Pegada al mostrador hay una silla, y sentado en la silla hay un hombre, tipo perfectamente parisiense. Con perdon del francés y de mi compañera, digo y declaro que ella me gusta más que él. El buen parisiense no la quita ojo, y la buena francesa del Mediodía le manda tambien de cuando en cuando alguna miradilla furtiva, picaresca, como robada. Esto quiere decir que esos dos tipos diferentes, representan un tipo comun, íntimo, idéntico; un tipo que conviene á todas las fisonomías, á todas las naciones, á todos los siglos, á todas las razas: el tipo de amantes. ¡Dios los haga buenos casados! Luego que concluimos de comer, llamamos á nuestra linda servidora, pagamos, nos levantamos y nos despedimos, empeñando palabra formal de que iriamos á comer con mucha frecuencia. En esto sale una señora de grande cara, de tez muy morena y vellosa, de pecho enorme, de vientre más enorme aún, pequeña, aplastada, casi roma, de tal manera, que más que mujer parecia una bola, una urca, una abutarda. Se adelantó hácia nosotros, y el vientre caminaba dos ó tres palmos delante de ella. Yo me acordé del célebre soneto de Quevedo que principia:

Erase un hombre á una nariz pegado,

porque, en efecto, la situacion era muy semejante; aquí se trata de

Una mujer pegada á una barriga.

El parisiense se levantó, la mujer rechoncha y la niña nos despidieron hasta la puerta, coreando un saludo de doscientas ó trescientas gracias, unas detrás de otras. Las gracias son el género más barato de Paris. Vale menos que el aire, que el agua y que la luz. ¡Qué baratura de género!

—Pero, señor, me decia mi mujer al salir: ¿puedes tú comprender que esa muchacha tan flexible y graciosa, pueda ser hija de ese fenómeno? ¡Milagros del amor!

Llegamos á casa cerca de oscurecer, y hemos pasado una buena parte de la velada recordando tres cosas: la señora del restaurant, el abrazo del puente Nuevo, y el perro que ardia; aquel animal que se quemaba y lamia el baston de su amo. No lamia la mano del dueño; no lamia sus piés; sino un palo que le lastimaba y que le heria; pero que era el palo con que le castigaba el que le daba de comer. Víctor Hugo ha dicho:

La virtud que en el mundo está en destierro, Hombre no pudo hacerse … y se hizo perro.

=Dia duodécimo=.

Bustos de azúcar y de chocolate.—Hombres que no debian comer.—Apuros.—Primer restaurant del pasaje de los Panoramas.—Segundo restaurant.—Vajilla de Luis Felipe.—Francia.—Inglaterra.—Pequeño restaurant de Lóndres.

Empiezo este dia por dos curiosidades que hemos visto ayer, y que nos causaron suma extrañeza. En los escaparates de una confitería en la calle de San Honorato descubrimos un Pio IX de azúcar, y en la esquina del gran hotel del Louvre, hácia la plaza del Palacio Real, un Napoleon de chocolate, montado á caballo.

Digo la verdad, sin embargo de no ser pontífice ni emperador, no me sabria bien que una escultura tan original confiase el secreto de mi fama al chocolate y al azúcar. No faltará lector que crea que me doy á inventar ciertas especies, con el objeto de zaherir la sociedad francesa, halagando así nuestro espíritu nacional. Á esa duda, que yo me imagino, contesto que si alguno, francés ó español, me prueba que adultero el menor detalle, la minuciosidad que menos signifique, consiento desde luego que se me tenga por una persona deshonrada. Afirmo, bajo mi palabra de honor, que hemos visto aquellos bustos originales en los lugares indicados; el de azúcar, en una de las confiterías de la calle de San Honorato, y el de chocolate, en la esquina del gran hotel del Louvre.

Pero estaban admirablemente ejecutados, se dirá. Sí, por cierto, contesto yo; admirablemente ejecutados; pero lo hábil de la ejecucion no quita al hecho su natural é inevitable extravagancia, porque es una cosa extravagante que el chocolate y el azúcar, objetos puramente privados, artículos puramente domésticos, se vean convertidos en sustancia artística. Es extravagante, es y no puede menos de ser ridículo, que la escultura, el arte divino de Miguel Angel, se nos muestre en un escaparate de confites. Pero, lo tendré que decir mil veces: cuando llega la hora de ganar dinero á trueque de un efecto cómico, los franceses no respetan á emperadores, ni á pontífices, ni á Miguel Angel, ni á nadie del mundo. Creo que si la idea de la eternidad pudiera prestarse á un relumbron, el hombre francés la expondria sin escrúpulo en un escaparate. Estaria bien sitiada, con algun adorno gracioso, herida por algun reflejo brillante, rodeada de algun golpe mágico, eso sí, pero la idea sagrada de la eternidad estaria expuesta al público curioso en los escaparates de un mercader. Tal vez este retrato es algo atrevido; pero bien sabe Dios que es UN RETRATO AL NATURAL.

Vuelvo á la reseña de este dia.

La Providencia hubiera hecho al mundo un bien muy grande, no habiendo dado necesidades materiales á los hombres que se consagran á la vida intelectual, especialmente tratándose de aquellos que son peregrinos en el presente; peregrinos que, con el báculo de la verdad en la mano y una esperanza valerosa en el corazon, cogen hoy espinas que mañana se convierten en flores, y sirven de corona á las generaciones venideras. Estos hombres, estos mártires de la historia, estos santos de la conciencia, estos sacrificios sagrados de donde saca el mundo su fuerza mejor, debian tener bastante con su culto, como el alambique que contiene un fluido eléctrico, tiene bastante con aquel fluido. Estos hombres debian estar dotados de una existencia elemental como la tierra, como el agua, como el aire: debian ser luces á quienes bastara su natural calórico: debian vivir y conservarse por su propia virtud, de la misma manera que la esperanza vive y se conserva por virtud intrínseca y divina del deseo: debian vivir y conservarse en su espíritu, en su esencia, en esa misteriosa infusion de la mente hacedora, como el perfume de una flor vive y se conserva en los poros sutiles de sus tallos.

A más de un escritor debia bastar su oficio, como basta su claustro al monje. ¿Qué son algunos escritores, sino monjes de otro convento, frailes de otra religion? ¡Ay! no está en esto lo penoso de la órden, sino en que son monjes sin claustro.

En efecto, difícilmente se concebirá una situacion más terrible que la del hombre que dedica su vida entera al esclarecimiento y propagacion de una verdad; de una verdad extraña todavía á la civilizacion particular del siglo ó del pueblo en que vive. Todo lo ha puesto en manos de su idea: vigilias, patrimonio, salud, amor, destino…. ¿Para qué? Para oir en una hora, en un momento, la voz de una mujer, de una hermana, de una madre: mira que no tenemos que comer; mira que no podemos pagar al casero; mira que es necesario abandonar esos papeles indigestos, y buscar recursos, tal vez pedir, quizá sufrir la afrenta de quien vale menos, porque sirve menos, porque está mucho más distante de los altos fines que la vida humana tiene que cumplir en el mundo.

¿Qué se hace? Dejar los papeles (el vulgo de las mujeres los llama papeluchos) y buscar dinero; pedirlo; sentir en el rostro el calor tremendo de la vergüenza.

¡Qué poco meditan sobre esto los legisladores que condenan al escritor, como se condena al malhechor ó al vago!

¡Ay! La tierra que pisa ese hombre, el palmo de tierra donde pone su planta, esa piedad que debe á la creacion, está mojada de su sudor y de su sangre. ¿Quereis que á eso se junte la argolla del presidio? ¿Tambien ha de comer la vitualla en el patio inmundo de una cárcel? El que está á su lado es un ratero, un traidor, tal vez un asesino; él es el misionero del alma, el apóstol de la verdad, el astro de la vida, el cáliz de la revelacion; un cáliz donde se custodia una chispa del pensamiento providencial que mide y gobierna el universo: el que está á su lado es un maldiciente, un perjuro, un espía; él es el sacerdocio del porvenir; un siglo grande que no cabe en su siglo; un pueblo muy grande que no cabe en su pueblo; la ley de los hombres que no cabe en la ley de un hombre; él es la victoria que se inmola para hacer bien al hijo de su propio sacrificador.

¡Ay! Pónganse los legisladores la mano sobre su conciencia; mediten un instante dentro del secreto de su corazon; miren por un momento esa cuna donde ahora dormitan sus hijos; esos hijos á quienes aman, esos hijos que serán hombres á su vez; esos hijos que en su dia serán padres; esos hijos á cuya descendencia no ha dado nadie un monton de cenizas para que sobre él deje caer la frente helada; esos hijos que son una cifra infinita en el cálculo de la Providencia: lean los legisladores en ese arcano por un momento, un momento más; no les pido más tiempo que el necesario para ver un cometa que aparece repentinamente en los aires: vuelvan los ojos á esas criaturas que ahora dormitan, esas criaturas que mañana se educarán, que mañana aprenderán moral y ciencia, que aprenderán de este modo á ser hombres en el libro del presidiario; esas criaturas que tarde ó temprano han de recibir el bautismo bajo la concha del escritor que come y vive con el asesino y con el espía.

¡Ay! Todo lo ha puesto en manos de una idea: vigilias, patrimonio, salud, amor, destino: tambien la libertad; es un preso: tambien la honra; es un infame.

¡Ay! Si un hijo del legislador, uno de esos hijos que ahora duermen bajo la leve gasa que cubre su semblante; si ese niño llega á ser un hombre de sabiduría, de lealtad, de abnegacion; si llegase á ser el propagador de una verdad mayor que su siglo, el conductor de un fluido para el que la vida de hoy no tiene tubo ni alambique; si debiese al destino el don soberano de tener genio; es decir, el don de una virtud suprema, porque no hay genio sin virtud, no hay genio deshonrado, no hay genio infame, porque no existe el talento de picar, porque la víbora no tiene talento: si en el testamento de la predestinacion universal, recibiera ese niño aquella manda gloriosa y divina ¿qué diria el legislador, qué diria el padre, cuando supiera que su hijo comia la vitualla del presidio con el espía, con el asesino, con el traidor, con el ratero?

¡Ay! Pongan una mano sobre los latidos de su corazon, y que respondan una vez: ¿es eso justo?

Todo lo dan: ¿han de dar hasta la honra, como la madre que falta de alimento, da al hijo sus lágrimas?

¿Pero por qué hay hombres que propagan ideas mayores que su siglo ó su pueblo?

¡Escrúpulo curioso en verdad! ¿Por qué hay rayos que purgan la atmósfera? ¿Por qué hay volcanes que purgan la tierra? ¿Por qué hay torrentes que se precipitan y corren cubiertos de espuma? ¿Por qué hay tubos que conducen el fluido eléctrico? ¿Por qué hay chispa eléctrica? ¿Qué me decis á mí de todo eso? ¡Preguntádselo á Dios!

No es nuestra ciencia; es una ciencia mucho más alta. Propiamente hablando, es la ciencia.

He dicho algo á mi compañera sobre lo bueno que seria á ciertos hombres el poderse mantener con la virtud espiritual del pensamiento; el vivir de una manera infusa, por revelacion, pero mi compañera me responde que en vano doy que hacer á mi fantasía, porque no hay más medio que resignarse á la calamidad de comer. Ella dice que el mismo fuego necesita sustancia que lo nutra, que el mismo aire parece ser el alimento de la atmósfera, como la atmósfera parece ser el alimento del espacio. Dice que la chispa escondida dentro del pedernal necesita un golpe para salir; pero yo no puedo consolarme. El pedernal no anda rodando por las aceras de Paris, á caza de un guisado que no tenga harina, y de un trozo de carne que no esté dura y ensangrentada, y de una botella de vino que no esté agrio, amargo, salado, picante, y no sé cuantas cosas más.

He dicho todo esto, porque la cuestion de comer se hace cada dia más apremiante y amenazadora. Los fiambres no bastan á un estómago débil como el mio, especialmente cuando está acostumbrado á otro método; el método de una mujer inteligente, cuidadosa y que debe quererme algo, segun las muestras.

En fin, la imaginacion de la comida (uso la palabra imaginacion para quitar á la palabra hambre lo que tiene de bajo y grotesco) nos reasume, nos absorbe, nos tiraniza.

Salimos á la calle con el fin de probar fortuna. Entramos en una galería del pasaje de los Panoramas, y vemos un aviso en que se ofrece dar de almorzar bien (confortablemente) por dos francos.

No anduvimos más. Nos sentamos en una mesa del rincon, y á los pocos minutos teniamos dos platos delante y una botella de vino Macon. Un plato es de carne y otro de pescado. La carne está dura, muy dura; el pescado tiene salsa blanca, muy blanca; el vino es amargo, muy amargo. Hice á mi mujer una seña, ella resistia por miramiento á los cuatro francos; pero otra señal la decidió, y salimos como habiamos entrado; digo mal salimos con 82 sueldos menos, pues á los 80 de estatuto tuve que añadir dos de propina; aunque la propina es un estatuto tambien..

En otra galería del mismo pasaje, nos dimos de cara con otro rótulo que promete tres platos fuertes, vino de Burdeos y sorbete al fin, todo por tres francos.

Subimos al piso principal; al entrar nos dieron una contraseña, y á poco se presenta un garçon con frac negro y corbata blanca. Bajo el influjo de la primera impresion creí hallarme en el memorable restaurant Champeaux, plaza de la Bolsa, é hice involuntariamente ademán de irme, pero la memoria de los tres francos me detuvo. Nos sirven una buena sopa, un plato de gallina, dos entremeses, una botella de Burdeos inferior; y al llegar á los postres, el elegante garçon entra con una batea llena de primores: porciones de manteca, ruedas delgadas de salchichon, peras, ciruelas, rábanos muy pequeños, dulces y otras curiosidades. Nosotros nos imaginamos ver abiertas las puertas del paraíso terrenal. Mi mujer empezó á proveerse, tomando sin duda revancha de los contratiempos sufridos, cuando el garçon la dice en un tono muy bajo y muy meloso:

—Perdone usted señora: no se pueden tomar más que dos porciones á eleccion. (Pardon, madame: on ne peut prendre que deux portions au choux.)

—Ya me parecia, me dijo mi mujer, que esto era demasiada suerte para nosotros.

—Si usted quiere tomar más porciones, añadió el garçon, será aparte….

—¡Gracias! ¡gracias! contestó mi mujer precipitadamente, como si temiera ver un papel de aguas inglesas con 27 francos en medio.

Mi compañera tomó manteca y una fruta del tiempo; yo tomé tres porciones de fruta, dos que tocaban á mi cubierto, y una que me tocaba á mí por no tomar sorbete.

Mi mujer tomó el suyo, pagamos y nos salimos á la calle, y cualquiera hubiera conocido en nuestras caras que estábamos de mejor humor. Pero aquello era caro para la comida normal, y proseguimos nuestras excursiones.

Despues de mucho discurrir al azar, oliendo donde se guisa, atravesamos una de las galerías del Palacio Real, y en un bazar de porcelana hemos visto un juego de platos, que perteneció á Luis Felipe.

Acerca de la autenticidad no hay duda alguna, puesto que los platos son de lo mejor que se hace en la famosa fábrica de Sevres, y tiene en el fondo la corona y nombre de Luis Felipe. Esto nos induce á dar crédito á la señora del almacen de los Panoramas, sobre el baston de Richelieu, puesto que lógico parece que descuide el baston del cardenal, quien descuida la vajilla de un rey. Se conoce que la nobleza francesa tiene poco gusto tradicional; lo cual quiere decir poco gusto de si misma, poca conciencia de su ejecutoria, poca sensatez. ¿Cómo seria posible que un lord consintiese que decorara el escaparate de un mercader, una vajilla que hubiese servido en la mesa de uno de sus monarcas?

La Francia, siendo inmensamente más grande que la Gran Bretaña por la ley de la naturaleza, no debe entrar en lucha con el pueblo inglés: tiene una desventaja capitalísima; es menos lógica, como ya he dicho, y la lógica es un poder inmenso; sino inmenso, es un formidable poder: La Francia lo tiene; pero la Inglaterra lo tiene mayor. Francia tiene uno; el del país, el poder social. En el Reino Unido hay un millon de lores y de hombres de gobierno ó de empresa: hé aquí un millon de poderes; el privilegio portentoso de una casta política, la cual, pordioseando por todo el mundo conocido, hace que todo el mundo conocido la pida limosna.

La Inglaterra es la especialidad más rara que se ha verificado en la historia, el fenómeno más curioso de estos tiempos fenomenales. Caerá sin duda, caerá mañana, porque hoy representa lo que representaba el mundo que cayó, el mundo que no pudo menos de caer, que caerá siempre y en todas partes que tenga creaciones análogas; que tenga ídolos sociales que adorar. La casta antigua le llamó mago, por ejemplo; el mago inglés se llama cañon, pólvora, buque, lord, renta, capital; pero de cualquier modo es la antigua casta, el mago persa ó el brahman indio.

Esto caerá, como cayó aquello, reproduciendo las sublimes palabras de Víctor Hugo.

La Inglaterra caerá; pero no caerá sino como cae una masa enorme: caerá como cayó el templo de Belo, como cayó el coloso de Rodas, como cayó el Partenon de Grecia, ó el Capitolio de Italia, como caerán las Pirámides de Egipto; como caen los milagros del hombre.

Comimos en el pequeño restaurant de Lóndres, cerca de la fuente de Molière. Á más de lo que ofrecen por franco y medio, pedí un pichon, el cual me ha costado 9 reales. Advierta el lector que hay pichones por 14 sueldos. Me han llevado 31 por aderezarlo, algo más del 200 por 100. Vaya esta especie AL PARIS MORAL. Mi mujer dice que no volverá más, lo cual quiere decir que no volverémos los dos.

De vuelta hácia casa, hemos presenciado cierto alboroto, acaecido en una taberna de la calle de Richelieu. Dos suizos empezaron á discutir sobre religion. El uno era del canton del Tesino, y defendia el culto católico. El otro era de uno de los cantones protestantes, y defendia el culto reformado. La disputa acabó por tirarse las copas á la cara, y no debieron andar por el aire las copas solamente, sino alguna botella, porque uno de los contrincantes tenia una herida bastante profunda, hácia la quijada derecha.

Recomiendo al jóven que haya de salir de su casa, especialmente de su país, que no olvide el consejo que voy á darle: guárdese muy bien de hablar nunca de su religion y de su patria. Son los dos asuntos que ofrecen un peligro más general y más inevitable. No hay hombre que no esté persuadido de que su Dios y su país son los mejores de la tierra. Disputad con él sobre todo; pero no le toqueis su país y su Dios. ¡De cuántos lances he sido testigo, y cuántas cabezas se han roto, y cuántos hombres han ido al Campo Santo por una imprudencia de este género!

Llegamos á casa y dije á mi mujer:

—Mañana es lunes; mañana principia la semana que aplazaste para la visita del monumento que tanto anhelo visitar. ¿Cuándo lo visitamos? Mi compañera me miró sonriéndose, y con la magnanimidad orgullosa del que otorga una gracia ó concede un perdon, responde á secas:

—Mañana.

—¡Dios te lo pague! contesté yo muy satisfecho.

=Dia décimo tercero=.

Almuerzo.—Coche.—Nuestra Señora de Paris.—Hija deshonrada.—Comida de campo.

Salimos del hotel á las diez y media. Despues de veinte minutos de marcha forzada, nos vemos en la calle de la Grand'Batelière. Hácia el comedio de la calle, encontramos un restaurant de mediano coturno, y allí hemos almorzado, no muy bien, por seis francos y algunos sueldos de propina. Volvimos á caminar á la aventura, y ya cansados, cerca del pasaje de Jouffroi, tomamos un bienhechor fiacre.

—¿Où allons-nous? ¿Á dónde vamos? Gritó el cochero desde el pescante.

—A Notre Dame, á Nuestra Señora, contesté desde dentro, é inmediatamente el carruaje comenzó su marcha.

Hace media hora larga que atravesamos un verdadero laberinto de calles, unas espaciosas y claras, otras húmedas, estrechas y sombrías. Apenas habrá un espectáculo más original, más extraño y curioso, que estudiar una poblacion como Paris desde la portezuela de un carruaje. Cada calle nueva, cada nueva plaza, cada barrio distinto, cada diferente localidad, se nos presenta como si fuese un lienzo que se va desdoblando de un interminable panorama. Uno espera á cada momento que se concluya; espera salir á cielo raso; espera ver campos, árboles, montañas, llanuras; espera verse libre de aquella red que lo va circuyendo por todas partes, y vienen calles y más calles, callejuelas y más callejuelas, plazas y más plazas, y llega un instante en que nos sentimos fatigado el pecho, y cansada la respiracion. No tuve la curiosidad de ver cuánto tardamos en la travesía; pero á mí me pareció sumamente larga. Excuso decir que á mi mujer la pareció infinitamente más larga que á mí, porque no se fija en las cosas con la intencion de estudiar y aprender, sino con el ahinco, franca y netamente español, de hacer burla de los franceses, y el aliciente de la murmuracion dura poco. La murmuracion es como la salsa de la visita; mi mujer no halla en mí una compañera con quien murmurar, y así es que se aburre.

[Ilustración: Frontis de Nuestra Señora.]

[Ilustración: Plaza de la Bastilla.—Columna de Julio.]

Despues de torcer millares de esquinas, y cuando ya casi teniamos turbada la vista de tanto mirar á izquierda y derecha, asomamos á una explanada que nos pareció alegre y deliciosa; luego atravesamos un puente; dirigimos precipitadamente una mirada á lo largo del rio, iluminado por los rayos de un sol de Junio, llegamos á la márgen opuesta, caminamos unos momentos…. ¡NOTRE DAME! ¡NUESTRA SEÑORA! Gritó el cochero con voz reposada y severa, como si su acento participase de lo venerable del lugar que nos anunciaba. Al oir el anuncio del cochero, experimentamos cierto sentimiento religioso, y otra sensacion que difícilmente podria explicarse. Es una sensacion parecida al miedo. Cuando nos hallamos al pié de un monumento célebre, de uno de esos monumentos que muchas veces hemos creido ver, que nos ha hecho sentir, que nosotros queremos como si fuera un individuo de nuestra familia, un individuo más grande que los otros, porque nuestra imaginacion lo ha divinizado á su manera: cuando sabemos que nos vamos á dar de cara con ese personaje misterioso, con ese ídolo de nuestra fantasía, con esa vaga creacion de nuestros recuerdos, parece que nos preocupa la misma idea que embarga nuestro ánimo, en el momento de recibir á un sábio, á un santo, á un apóstol, á un héroe, á un poeta; es decir, á un prodigio. Nuestra admiracion es una mágia que adoran muchos magos, ó bien es un mago que adora muchas mágias, y Nuestra Señora de Paris era para nosotros una especie de hechicería; hechicería sagrada, venerable, augusta, pero hechicería.

—¡Anda! dije á mi mujer, con el mismo tono con que la hubiera dicho: el mago nos espera.

Saltamos del carruaje, y nuestra ávida y respetuosa mirada se fijó en el frontis de la gran basílica. Aquella fachada es pintoresca, festiva, graciosa, sin dejar de ser grave, religiosa y solemne. Hay allí ese espíritu aventurero, esa galantería varia y confusa, esa poesía melancólica, apasionada, infantil, inocente, pero arrebatadora, de los edificios de la edad media, ora sea un templo, ora un palacio, ora un castillo, ora una cárcel. Aquella poesía indefinible no es un carácter de este ó del otro estilo arquitectónico; no es una revelacion del arte; sino una revelacion de aquella edad, el arte especial de aquellos siglos; una emocion de aquellos hombres y de aquellos tiempos, una verdadera emocion histórica.

Las treinta y cuatro columnas, altas, delgadas y sencillas, que sostienen la plataforma de esta gran fábrica, dan al edificio una gracia ateniense, fantástica, aérea; parece que nadan por la atmósfera. Aquellas columnas tienen la arrogancia atrevida y la idealidad misteriosa del obelisco.

Yo permanecí algun tiempo, sin moverme, sin poderme mover, como si sintiese agobiada mi alma bajo el peso de tantos recuerdos y tradiciones. En efecto, esa catedral que ahora contemplo, esa masa enorme, quieta, silenciosa, insensible; pero tan elocuente y tan entusiasta en medio de su silencio y de su quietísmo; ese monton de piedras que estoy viendo, es como el testimonio de otra raza, de otro pensamiento, de otro dogma, de otro mundo.

Este lugar, decia yo para mí, formaba parte de la antigua Citè. Este magnífico y caprichoso templo sucedió á una iglesia cristiana, levantada en el siglo IV al primero de los mártires, á San Estéban. Á este San Estéban, á esta humilde y primitiva basílica del cristianismo, único monumento religioso de la Citè, unió otra iglesia el rey Childeberto, hijo de Clovis, á instancias del obispo San German, bajo la advocacion de Nuestra Señora, de donde trae su orígen el nombre actual de esta suntuosa metropolitana de Paris.

Y la iglesia de San Estéban, así como la basílica del hijo de Clovis, habia sucedido á un templo pagano, levantado á Júpiter durante el reinado de Tiberio. Mucho despues, á mediados del siglo XII, un hombre ilustre, un oscuro hijo del pueblo que ganó la mitra á fuerza de talento, de virtudes y de piedad, Mauricio de Sully, concibió el pensamiento de construir la iglesia que ahora admiro. Un solo hombre principió esta obra gigantesca; siete siglos la terminaron.

Aquí han trabajado sucesivamente el Papa Alejandro III, que puso la primera piedra en 1163, Felipe Augusto, el Cardenal de Noailles, Juan de Montaigu, Felipe el Hermoso, San Luis, Luis XIV, Luis Felipe y Napoleon III.

Bajo La Convencion, Nuestra Señora de Paris se vió convertida en templo de la Razon.

Bajo el Consistorio, la secta de los teofilántropos estableció aquí su culto.

En 1801 tuvo lugar el famoso y raro concilio, á que asistieron ciento veinte obispos constitucionales.

Bajo el Consulado, se restableció el culto católico, prévios una misa y un Te Deum, pomposamente celebrados en presencia de los tres cónsules.

En 1804, el Papa Pio VII puso la corona del Imperio sobre la cabeza del gran Napoleon.

Aquí tiene el lector la historia artística y social de NUESTRA SEÑORA DE PARIS, de este gran libro escrito en piedra.

Pasadas estas primeras impresiones, atravesamos el umbral de la basílica. Necesitaria escribir un año, si tuviese que hacer la descripcion de los infinitos y curiosos detalles de escultura que encierra este templo. En este sentido, Nuestra Señora de Paris es quizá el monumento más rico y más precioso de la edad media. Tanta estátua, tanto dentellon, tanta columna, tanto relieve, tanto arabesco, tanta profusion de trabajo, le quita belleza, porque le quita sencillez; le quita majestad, porque le quita simetría; pero lo que le quita como arte, se lo da como historia; lo que le quita como iglesia, se lo da como conservatorio ó museo. No es una gran arquitectura; pero es un gran libro.

Ciento veinte pilares sostienen las lujosas bóvedas; hemos contado veintisiete capillas, y admiro los bajo-relieves, en bronce dorado, del altar mayor, un precioso grupo de mármol, que representa el descenso de la cruz, la estátua de la Vírgen, la de San Cristóbal, de nueve ó diez metros de altura, y otro grupo de mármol llamado el voto de Luis XIII, que representa una cruz de piedra blanquísima, medio cubierta por un paño con una maestría notable; al pié de la cruz aparece sentada la Vírgen María, teniendo en sus brazos al niño Jesus. Á cada lado de la Vírgen, se ven las figuras de Luis XIII y Luis XIV, que presentan una corona á la madre del Salvador. La escultura de estos verdaderos monumentos no pertenece á la escuela del edificio, por decirlo así; contradicen la lógica del arte; en una palabra, son otros tantos anacronismos, pero al cabo son preciosísimas creaciones de una civilizacion santa y grande, creaciones de un arte sublime, de un arte sin segundo, del arte cristiano, y nuestra fantasía, nuestro sentimiento y nuestra inteligencia se ven fascinados por un encanto irresistible. En un paraíso, tan lleno de esperanzas y de armonías, el alma no piensa; se embriaga y duerme.

Hemos admirado tambien las maderas y el enrejado del coro, los cuadros de Luis de Bologne, de Touvenet, de Hallé, de Coypell y de Felipe de Champagne; los opulentos mausoleos del conde de Harcourt, del cardenal de Belloy, de…. En fin, he admirado tantas cosas, que si las hubiera de decir, seria menester que escribiera un libro, como dije antes. Pero aunque sea de paso, no quiero dejar de hacer mencion de una pintura que nos ha impresionado vivamente. No recuerdo en qué sacristía he visto aquel cuadro; pero recuerdo que lo he visto para no olvidarlo jamás. Este cuadro representa al venerable monseñor Affre, al caritativo y valeroso arzobispo de Paris, herido gravemente por una bala en las barricadas del célebre arrabal de San Antonio, en Junio de 1848, y la bala que se ha extraido de la sangrienta y mortal herida. Hay una verdad tan ingénua, tan provocativa, por decirlo así, en la pintura y un interés tan grande en el asunto, que el espectador no puede menos de quedarse clavado ante aquel lienzo. Aquello es una triple epopeya, una para el arte, otra para la sociedad, otra para la fe.

La gran campana de Nuestra Señora de Paris, la mayor que hay en Francia, pesa treinta mil libras, ó sea mil doscientas arrobas. Como la María de Sevilla, sólo deja oir su voz grave y solemne en los grandes sucesos, ó en las grandes festividades.

Pero aún no he hablado de una de las curiosidades más notables que se encuentran en este curiosísimo monumento. Me refiero al maderámen de la techumbre, cubierto por mil doscientas treinta y seis planchas de plomo, cuyo peso no baja de cinco mil quintales.

Pero se hacia tarde y la cabeza principiaba á dolerme. Habiamos dado demasiado pasto á la inteligencia, á la imaginacion y al sentimiento; experimentaba irresistiblemente la necesidad de respirar al aire libre, de espaciar la vista por el horizonte, é hice una señal imperativa á mi mujer. Salimos y subimos al coche.

—A l'hôtel Saint-Antoine, rue Beauregard; al hotel de San Antonio, calle de Buenavista, dije al cochero.

Al poco tiempo atravesábamos el puente, y mi mujer y yo nos mirábamos sin hablar, como si hubiésemos dado cima á una grande empresa, tan grande, que no nos dejaba ni aún aliento para abrir la boca.

El grupo de la Vírgen y del niño Jesus, es una de las cosas que nos han dejado una emocion más agradable y más duradera. Esto no procede únicamente de la maestría de la ejecucion, de la habilidad del artista, sino de otro arte más poderoso, más rico, más maestro, más grande; de un arte que está dentro de aquellas concepciones, y que da vida al mármol y al mismo escultor. En aquellas estátuas hay ese viso de ingenuidad, de candidez, de fervor é inocencia que encontramos en el Evangelio, en ese libro que tantos cristianos ignoran, que tan pocos cristianos leen, que tan pocos cristianos estudian, que tan pocos cristianos entienden; sobre todo, que tan pocos cristianos practican. En aquellas estátuas se ve algo del carácter más santo y expresivo que conoce la historia; algo del tipo más bello, más noble y generoso que venera el mundo; algo de la Vírgen María. La Vírgen María quiere decir: candor, pasion y fe: inocencia, dolor y esperanza. La Vírgen María lleva en sí la idea y la encarnacion de todo un mundo nuevo, es una civilizacion que vale por todas.

Cuando calculé que ya íbamos á entrar en las calles, me asomé por la portezuela, y dirigí un saludo con la mano a Nuestra Señora de Paris, como quien se despide de un amigo.

Pasamos muchas calles, muchas plazas, muchas travesías, muchas callejuelas, que no parecen de Paris, y al atravesar la calle del famoso y novelesco Temple, presenciamos, á despecho nuestro, una escena muy fea y muy repugnante. ¡El egoismo es la más voraz de todas las fieras, el más rastrero de todos los reptiles, el más asqueroso de todos los insectos! Estando avecindado entre los hombres, Dios no tuvo necesidad de crear un infierno para este mundo. Un padre, halagado por ciertas esperanzas de lucro, habia vendido la honra de la menor de sus tres hijas. Aquel hombre (no merece que le demos el nombre venerando de padre) aquel hombre egoista, idiota, cruel, bajaba la cabeza y fumaba su pipa negra. La pobre de su hija, muchacha como de catorce ó quince años, le reconvenia furiosamente en medio de la calle. Estaba pálida como una muerta, desgreñada como una loca, trémula y llorosa como una mujer deshonrada. Allí oimos cosas que no olvidarémos, y de que no podemos dar parte á nuestros benignos lectores.

Llegamos, por fin, á nuestro hotel. Pagué al cochero siete francos, uno de propina, y subimos á nuestra habitacion, que nos pareció el templo de la Paz. ¡Qué silencio tan apacible! ¡Qué dicha!

Repuesto un poco de esa especie de sopor ó letargo que causa en nuestro ánimo la admiracion, principié á meditar sobre lo que habia visto, mientras que mi mujer se ponia un traje de casa. La verdad, me veo turbado; apenas puedo desenredar, si así puede decirse, las primeras ideas y sensaciones. Si en este instante me preguntaran si he visto una iglesia, un alcázar, un panteon ó un baluarte, casi no sabria qué responder.

Efectivamente, Nuestra Señora de Paris nos deja una memoria confusa, tan confusa como deliciosa, porque confuso y delicioso es el arte misto que allí impera. Aquel arte no es un monarca, es un tirano, pero un tirano creador y espléndido.

Al ver el monumento de que hablo, sentimos lo que cuando hallamos muchas huellas como amontonadas y confundidas. El rastro confundido no es un rastro; pero la mente lo adivina. El pensamiento tiene tambien sus goces, y aquella adivinacion es el primero de los goces intelectuales.

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