XIII ESCENAS MARINERAS
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Los grandes puertos son sugestivos y amenos como una novela. En un barco anclado hay siempre un mundo de imaginaciones, de posibilidades y de heroicas inminencias. Pero el puerto de Buenos Aires es una novela mucho más complicada y entretenida que las otras. Le conceden interés dramático y pintoresco, no sólo los barcos y las mercaderías exóticas, sino además los hombres.
Los hombres que desembarcan en muchedumbre, y que traen en sus rostros el gesto emocionado, estupefacto, de los descubridores. Como Colón en otro tiempo se abalanzó a la proa de su nave y quedó ensimismado ante la tierra soñada y al fin descubierta, los inmigrantes también corren a la punta del barco y miran, con un silencio trascendental, aparecer en el horizonte las cúpulas de Buenos Aires. Y más allá de las cúpulas ven lo ignoto, lo misterioso de un porvenir que tanto tiempo se complacieron en soñar.
Ir errante por los muelles del puerto; he ahí un placer de nómada y de visionario. Muchas veces me he complacido yo en evadirme de las cárceles cotidianas, salir de la cuadrangular población y perderme a lo largo de las dársenas. Confundirme con la multitud de los estibadores y gabarreros, y sentirme pequeño, ignorado, insignificante, allí donde las grúas rechinan con tanta fuerza y las sirenas de los vapores lanzan sus alaridos tan gigantescos. Polvo, ruido, aglomeración.
Todo tiene allí una energía descomunal. Las cosas son fuertes, enormes, fatales. Los mismos hombres sugieren una impresión de fuerza poco habitual. Lobos de mar, gavieros hirsutos, pilotos de andar zambo y ojos grises, encalmados como un mediodía oceánico, pero que al mandar en la maniobra se enardecen, chispean como un acero vibrante. Y la diversidad de lenguas, la multiplicación de los tipos, cobrizos unos, otros negros, rubios otros. Todos mezclados en el puerto, como en una resurrección del mito de Babel.
Aquí reposan los grandes y lujosos transatlánticos, con su turba de camareros y marmitones, con sus oficiales galoneados. En otra dársena, los chatos y ciclópeos buques de carga arrojan a tierra su varia mercancía. Más allá están los vapores carboneros, con el pabellón británico sobre el tope. Luego vienen los buques fluviales, largos, llenos de ventanillas circulares, cómodos como un vagón de ferrocarril, los suaves buques que se deslizan por la plateada anchura de los ríos y que se sumen en la tórrida magnificencia del lejano Paraguay. Después las dársenas se acaban y comienza la sinuosa y pintoresca región del Riachuelo, atiborrado de bergantines, lleno de marineros tartajeantes, con denso olor a brea, con un aire como de folletín romántico. Y entre las dársenas y los pesados buques un enjambre de bateles, de gabarras, de remolcadores, una actividad de hormiguero, una confusión clamorosa, animada, tonificante.
Y los ruidos. ¡Qué significación de colosal energía tienen los ruidos de un puerto! Las máquinas chirrían y crujen; los vagones ruedan sordamente; los cajones de mercancías caen con golpes agrios o rotundos. Se escuchan los gritos de los capitanes que dirigen la maniobra. Un buque se desprende del muelle, suelta las amarras, parte. ¡Quién sabe a qué bellos países partirá!...
Un buque es un monstruo hecho para lanzarse corriendo sobre las libres olas. Dentro de las dársenas se mueve torpemente, marcha ciego, conducido y guiado por los rechonchos remolcadores. La menor negligencia puede hacerle chocar contra los malecones y abrirse en dos pedazos. Por eso el capitán grita con gritos de ira y alarma. Los marineros, injuriados por la voz del capitán, corren sobre cubierta, escalan veloces los mástiles, hacen vibrar las maquinillas auxiliares. Y el buque, lentamente, va salvando los obstáculos, pasa de una dársena a otra, gana por fin la boca del puerto, aprieta los resortes de la hélice, se lanza corriendo en busca de la alta mar hermosa. Entonces su sirena vomita un alarido de triunfo, de gloria, de libertad.
Y entonces, ¡con qué envidia sigue al barco valiente nuestra alma viajera! Viajar, soltar las amarras, irse. Irse a cualquier parte; ir por el placer de ir. Desprenderse de los muelles, desamarrarse de lo cotidiano y convencional. Huir de lo habitual. Huir de la muerte, en suma, porque todo lo que se inmoviliza se muere. Porque la muerte no es más que un detenimiento. Y porque la vida es sólo un viaje. ¡Viajar, vivir!...
Para un artista o un soñador, los buques modernos no tienen todavía suficiente encanto. En cambio los barcos de vela traen a la fantasía un torbellino de recuerdos, sugericiones de aquellos siglos en que había negreros, piratas y abordajes imprevistos. Por eso me gusta a mí alejarme de las dársenas donde atracan los grandes buques de vapor y zambullirme en los recodos pintorescos del Riachuelo, en los muelles destinados a las fragatas, a las bellas corbetas, a las lindas goletas, frágiles, graciosas y femeninas.
Pero en los días de labor aquellos muelles están sacudidos por la fiebre del trabajo, y el encanto es menor. De los ventrudos barcos sacan montones de madera, adoquines, fardos y barriles químicos. En las tardes del domingo es cuando los muelles esos adquieren su mayor curiosidad. Entonces las grúas descansan, los carreros no alteran con sus voces maldicientes la paz del lugar, y los barcos veleros semejan viejos lobos de mar que reposan y sueñan una suerte de sueños colosales y exóticos. Las finas arboladuras se lanzan al espacio, como queriendo extraviarse en la pureza gris del cielo invernizo. Y las proas, tan parecidas al semblante de un hombre, miran con sus ojos pacíficos la turbia quietud de las aguas dormidas. Todo es pensativo y ensoñador en esos barcos arcaicos, en esas naves de leyenda que la civilización ha condenado a morir.
Los marineros, como las naves, reposan también, sumidos en su nostalgia. De bruces sobre la borda miran la tierra, las casas, los escasos transeúntes; pero aunque miran no ven; sus almas andan lejos, en el confín del mundo, en los puertos natales. Cabezas rubias de noruego, ojos glaucos de inglés, melenas rizosas de italiano. Unos fuman su pipa beatíficamente, sin un guiño ni la menor muestra de emoción; otros pasean en silencio con las manos hundidas en los profundos bolsillos del pantalón. Alguno de ellos, tal vez de vuelta de la taberna, rezonga y balbucea como un animal aturdido, y marcha a ocultarse en su camarote.
La atmósfera, que recuerda al cristal, tiene la rigidez tenue de las finas cosas quebradizas. Se teme que cualquier choque brusco, o cualquier agrio sonido, fueran a romper el cristal finísimo, imponderable, de la atmósfera. Sólo caben allí los sonidos tenues y a la sordina. Por eso es grato oír en esas horas inefables la voz gangosa y apagada de los acordeones marineros. A veces suena un acordeón dentro de un barco, y no se sabe dónde está el músico; parece que es el barco quien canta, con aquella voz gangosa que rememora al órgano, o mejor todavía a los armoniums místicos de las pequeñas capillas privadas. Pero no, es un marinero de grandes barbas rubias, o un grumete lampiño. El músico busca un lugar propicio en el seno del barco. Y son cantatas populares de los fiord noruegos, o de los lagos suecos, o de las estepas moscovitas... Todo ello envuelto en olor de brea, ese olor que es el alma de los barcos y el acicate más vivo para una imaginación viajera.
Cosmopolita, confuso, formidable y sugeridor, ¡oh gran puerto colmado de ilusiones!, tú eres un mundo mucho más grave y trascendental que el de las vanas y cuadrangulares calles ciudadanas. Energía, fuerza, civilización. Tabernas genovesas del barrio de la Boca; ciclópeos almacenes del paseo de Colón; fonduchos del paseo de Julio donde humean las fritangas más inverosímiles. Letreros en inglés, en francés, en italiano, en turco, en ruso. Olor a polenta y a macarrones, a whisky y a caviar, a puchero y a sopas picantes. Grandes pizarras con sus inscripciones trazadas en blanco: «se desean braceros para un ferrocarril de Tucumán». Hombres lentos y ociosos que pasean con sus botas altas, sus ponchos al brazo, sus chambergos deformados, buscando donde contratar sus músculos para no se sabe qué raras o remotas labores. Locomotoras que gritan imperiosamente arrastrando trenes enormes. El transatlántico que parte, los pañuelos de despedida, el llanto de los que se quedan en el muelle, el humo solemne y triunfal de las chimeneas en marcha. ¡Adiós, adiós!...
Todo esto, que es imprevisto, lejano, accidental, enérgico, forzudo y aéreo; todo esto que es viaje, azar, y que huele intensamente a aventura, es lo que hace a un puerto profundamente emocionante como la más loca novela.