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Paisajes Argentinos

I EN EL RÍO URUGUAY

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La belleza de navegar

Uno de los más grandes tormentos que pueden asaltarle al hombre es la necesidad de permanecer inmóvil en un sitio. El hombre sedentario es como un árbol o como un pilar clavado en tierra. Por el contrario, ¡qué bello es viajar! El mundo es ancho, es hermoso, está lleno de curiosidades; el mundo, además, lo hicieron indudablemente para que el hombre lo recorriera. ¡Ya nos quedará tiempo después, cuando la hora amarga llegue, de permanecer inmóviles, bien inmóviles y resignados, debajo de una losa de piedra!

Es bello viajar; pero todavía es más deseable el navegar. La navegación conserva aún el picor sugestivo de las antiguas emociones errantes, y aunque no vayamos ahora, como en los tiempos de Ulises, ni tan siquiera como en los de Colón, embarcados en alígeras carabelas por los remotos mares desconocidos, sin embargo, al pisar la cubierta de un barco de vapor, sentimos un cosquilleo particular en el alma. El mar se mantiene siempre en su puesto arrogante. ¡El mar sigue siendo una cosa seria! Por eso la navegación nos reserva aún un especial encanto: el encanto del peligro.

La grandeza del río

He hablado del mar con alguna precipitación. Porque, en realidad, las aguas que surca este barco no son salobres, ni verdes, ni azules. Esto no es el mar, seguramente; no es más que el río de la Plata, con sus aguas dulces, turbias, lisas y superficiales. Pero con un poco de esfuerzo imaginativo, el río de la Plata puede suplantar al Océano: un Océano canicular, ecuatorial, de calma chicha.

Por otra parte, esas aguas que miradas de cerca se nos representan de un color tan sucio, contempladas desde lejos recuerdan bastante bien la lontananza atlántica. El Río de la Plata debe mirarse a conveniente distancia, como las pinturas escenográficas: entonces se da un efecto muy aceptable de alta mar azul.

Tampoco hay que mirar muy prolijamente el vapor. Ya se sabe que es un buque limitado, de ruedas y de falsa quilla; pero cerrando los ojos a ciertos detalles, el viajero puede lograr una perfecta ilusión de buque transatlántico. Hasta nos apoya la aparición en medio de la inmensa agua, de una costa remota, una isla, una playa. Es como cuando se navega en la mar abierta y súbitamente surge el encanto de la costa deseada.

Sólo que aquí, en nuestro caso, la costa se complica con exceso. No es una costa la que aparece, sino dos. Y estas dos costas van estrechándose, poco a poco, hasta formar dos riberas fluviales. Sí: estamos en un río. La ilusión del mar se desvanece del todo y nos resignamos a la idea de que navegamos por un río.

Este es el río Uruguay. El vapor de ruedas lo enfila con entusiasmo, corriente arriba, a toda marcha. ¡Ancho, soberbio, generoso río de aguas calmas! Es el gemelo del Paraná: los dos hermanos vienen a verter sus caudales inmensos en la majestad del Plata. Ayer mismo, en sus márgenes selváticas tendía el indio su arco, amenazando al cauteloso tigre; hoy, en su lugar, el caballero pastor acosa a las reses pacíficas; mañana se levantarán ciudades populosas e innumerables. Porque nada es tan propicio a la civilización como un río caudaloso. Las grandes civilizaciones han nacido al favor de las corrientes fluviales, como la babilónica, la egipcia, la brahmánica. Y un gran río suele ser siempre el compañero de una gran ciudad. Nadie se explicaría la magnificencia de Menfis o de Tebas sin el Nilo opulento, ni concebimos la existencia de Babilonia sin el riego bienhechor del Eufrates. Hasta tal punto, que casi hallamos cuerda la célebre frase gedeónica: «Bendigamos a la providencia que hizo pasar un gran río junto a cada gran ciudad.»

Las islas

En algunos momentos de esta navegación encantada yo desearía suplicarle al capitán del barco: Señor, vire un poco hacia tierra; déjeme desembarcar y siga después adelante.

Me asalta este deseo cuando surge ante los ojos, en el centro del ancho río, una isla poblada de maleza. Disculpadme: siento un infantil sentimentalismo al ver las frondosas islas de los ríos americanos. Se opera en mí, en tal momento, una regresión inevitable, un salto atrás, una vuelta hacia los días crédulos de la infancia. Viendo las islas de los ríos argentinos me achico, me empequeñezco, me convierto en un muchachito quimérico. Y el estado de mi espíritu entonces es el mismo que cuando tenía diez años.

Me veo sentado ante una mesa, con las piernas colgando y el ceño fruncido al imperio de una reconcentrada atención. Tengo un libro en la mano. Es cualquiera de los mágicos libros que escribió aquel bondadoso hombre llamado Julio Verne, el escritor que más ha espoleado las imaginaciones infantiles. Sí; al descubrir las islas frondosas, surgiendo de las plateadas aguas del gran río, yo no soy el hombre actual, de bigote lacio y frente científica; soy, al revés, un muchacho crédulo que lee una novela de Julio Verne.

Y una vez más, como en los años antiguos, se me despierta la ambición de echar pie a tierra, tomar posesión de una de estas islas y hacer vida robinsoniana. Antiguamente, cuando me dormía sobre las páginas del libro estimado, soñaba que era un navegante, un descubridor... ¿Existe entre los niños americanos la obsesión de los descubrimientos? Tal vez no; ésta debe de ser una manía europea, un atavismo de las razas anteriores, aquellas que se lanzaron en un momento dado a descubrir islas y continentes por todo el mundo, cuando los mares parecían abrirse en una fantástica cosecha de archipiélagos perfumados.

Hoy también, igual que en los años mozos, delante de una isla me siento descubridor y conquistador. Quisiera desembarcar, y vivir allí novelescamente. Construir una choza. Subir a la copa de los árboles para recoger los frutos exóticos. Cobijarme a la sombra de una palmera. Cazar aves de plumas repintadas. Buscar al tigre entre la maleza y matarlo de un certero tiro. Pescar peces policromos. Oír la voz musical de los pájaros. Asistir a la gloriosa asunción de la luna sobre los bosques. Y emocionarme con los peligros, sorpresas y épicos trabajos de la naturaleza virgen...

Pero el vapor pasa de largo, y las islas, una a una, van quedándose atrás. En ellas podría un hombre vivir una vida libre, sencilla e intensa a la vez, lejos de las leyes y pragmáticas de la sociedad, solo ante la naturaleza, dueño de su destino, feliz y rico en su pobreza aparente, con abundancia de peces, pájaros, aire, sol, claros paisajes. Pero las islas pasan y yo no me atrevo a desembarcar. Me ha estropeado la civilización.

Las goletas

De repente, en un recodo del río, se descubre una goleta sin velas, atracada a la costa. ¿Qué hace ahí esa goleta? La costa es desierta, y está poblada de bosque; el barquito se arrima a la arboleda, como si quisiera cubrirse y esconderse.

¿Qué hace ahí ese barco? No hay muelle, ni puerto, ni pueblo, ni siquiera una mala casucha. El lugar no puede ser más desolado. Y otra vez entra en acción la fantasía novelesca. Ahora son las novelas de Mayne Reid las que reviven en la memoria. Y reanudo en seguida las lecturas de los diez años, tremendas lecturas en que un barco filibustero se arrimaba a las costas tropicales, o subía por la corriente del Missisipí, del Orinoco, y los piratas, al abrigo de la selva, sorprendían un poblado, se llevaban cautivas las mujeres, se reembarcaban y huían por los vericuetos inexplorados de los archipiélagos...

La calma tórrida del mediodía

En la hora central del día, el río se convierte en una lámina de plata. No se mueve ni un pliegue de aire. La atmósfera duerme su siesta.

Si no fuera por la máquina del buque, el silencio sería total. El buque, sin embargo, no cesa: las dos ruedas potentes arañan el agua, la sacuden, y el río se riza con olas oblicuas, largas, como las varillas simétricas de un abanico.

Duermen los bosques de la orilla, duerme el aire, todo está inmóvil. Bajo la pereza del mediodía, el barco resbala sobre el río. Y allá lejos, en lo alto de las colinas, las palmeras aisladas, derechas, quietas, aparentan la suma expresión de la molicie, con sus palmas curvadas hacia el suelo, indolentemente. Entre dos palmeras, ¡qué bien se tendería una hamaca, y se dormiría allí, al arrullo de los moscardones sonsoneantes!

Todo está hablando alrededor de cosas lejanas, de vidas diferentes, de primitivismo. Unas pocas horas han bastado para alejarnos enormemente de la civilización y del europeísmo. Lo que nos rodea tiene sabor americano, pero de americanismo legendario. Parece que nos separan miles de leguas de las ciudades, y que Buenos Aires se ha retirado muy lejos, pero muy lejos.

De tal modo, que el ánimo está preparado para todo fenómeno fantástico. Si nos dijeran que un tigre ha rugido entre los cañares de la orilla, lo consideraríamos muy natural; tampoco nos extrañaría ver avanzar una banda de indios armados con agudas lanzas. Encontraríamos perfectamente lógico que un barco pirata nos embistiese de proa, y que nos lanzara dos cañonazos detonantes.

Hasta que el sol, inclinándose al horizonte, modera su fuerza, ilumina las cosas de costado y hace desaparecer la modorra y la tensión de la fantasía. Entonces la luz se vuelve dorada, las sombras se alargan y acentúan. El río adquiere matices variados. Llega la hora de la dulzura y la melancolía, el antecrepúsculo de oro. Si el barco se aproxima a las márgenes, pueden distinguirse los detalles de las arboledas, los trenzados impenetrables de las lianas y la amorosa paz de algunas ensenadas.

Los arroyos

Muchas veces tienen los fenómenos sencillos la virtud de despertar en nuestra mente complicados pensamientos. Que un arroyo desemboque en un río, es un acto perfectamente natural; nada tiene de extraordinario, en efecto. No obstante, la conjunción de un arroyo en un ancho río me sugiere siempre una grave curiosidad.

Si vemos caer un arroyo en un río, desde la parte de tierra, la cosa no nos merece mayor atención; pero visto el fenómeno desde la parte del río, cobra un valor simbólico muy grande. Yo veo desembocar los arroyos en el río, y ¿podrá creérseme?: en aquel momento se me figura que estoy al otro lado de la vida, más allá de la barrera de la muerte. En fin: los arroyos confluentes se me representan como vidas que concluyen.

El final de una existencia, indudablemente, no es más que eso: un acto de caer, de rendirse, de sumirse en la extensión anuladora de las grandes aguas. El arroyo es una vida. Su historia está repetida desde el principio del mundo y se repetirá hasta la extinción del mundo. Como una vida, nada más. Nacer de una fuente matriz, saltar y jugar entre las peñas, borbotar entre los guijarrillos, correr por entre márgenes floridas, ensancharse en el valle, ir majestuosamente por el llano: y al final, caer humildemente en el gran río de aguas numerosas, anuladoras. Anularse, morir.

Los arroyos, como las vidas, ofrecen rasgos característicos en su momento terminal. Hay arroyos trágicos, como hay vidas de tragedia. Los que caen al mar o al río caudaloso desde una altura, en forma de cascada, son arroyos dramáticos, inquietos y violentos, que corresponden a las vidas trágicas de un César, de un Borgia o de un Cromwell. Otros arroyos vierten sus aguas finales con una serena resignación; su muerte es filosófica y austera como la de un Sócrates, o también como la de una persona buena que ha cumplido honestamente su misión en el mundo y entra con grave sencillez en la muerte.

De esta última clase son los arroyos que confluyen en el río Uruguay, arroyos tranquilos y mansos, que salen de la espesura, abren un hueco en la maleza y entran en el río sin protestas, sin resistirse ni espumajear: como verdaderos seres filosóficos.

¡Oh arroyos simbólicos y representativos! Seáis vosotros el alto ejemplo que me inspire a mí la manera de pasar, noble y decorosamente, el umbral de aquella última hora definitiva.

Los hombres a caballo

A medida que el vapor avanza, la costa se hace más abrupta. En algunos sitios se descubren imponentes acantilados, cortados con tajo brusco sobre el agua. El terreno es más alto, más ondulado. Se entra en la región de las pequeñas colinas, más bien de los collados, o empleando el vocablo territorial: cuchillas.

En lo alto de estas cuchillas se eleva de tarde en tarde alguna casa, alguna choza misérrima: no es raro divisar también la blancura confortable de una estancia. Otras veces, la cumbre de estas cuchillas está tomada por algún rebaño de novillos, quienes comen mansamente su hierba providencial sin dignarse volver la mirada hacia el barco que pasa.

Pero en ocasiones suele ser un hombre el que ocupa la eminencia de esas colinas. Un hombre montado en su caballo. Un hombre que se para en seco, enhiesto sobre su montura, vueltos los ojos hacia la embarcación que sube río arriba. Y ese hombre ahí parado, no sé por qué, se me figura que vierte una mirada de antipatía hacia el rugiente barco.

Su destino es uno, y el del barco es otro. El hombre ése representa el pasado, mientras que el barco de vapor representa lo evolutivo, lo revolucionario y transformador. Ese hombre sintetiza la vida fácil, libre y romántica de la tradición pastoril. Cabalgar desde que apunta el día, recorrer las praderas pobladas de copiosos rebaños, comer la carne sobre la hoguera que sirvió de fogón y de abrigo, dormir bajo el manto constelado; no inquietarse por el porvenir, sino esperar que el mismo destino provea a nuestras necesidades; amar, cantar melancólicamente; reñir y guerrear si es preciso, y terminar de una recta puñalada al corazón, en una noche de contraria suerte.

El vapor significa lo opuesto. El vapor sube por la corriente arriba, paralelo al ferrocarril, llevando arados, ladrillos, alambres cercadores. Representa el sedentarismo, la agricultura, la economía, la organización municipal, la fundación de bancos, la población numerosa, la tierra acotada, la supresión de aquella vida libre, deliciosamente anárquica, generosamente sobria, de los confusos tiempos pastoriles.

El hombre ese que se detiene sobre la montura de su caballo, en lo alto de la cuchilla, siente que cada vapor que remonta el río es un nuevo asalto a la tradición. Y lo mira pasar seriamente, llena el alma de tristeza y de odio.

El hombre y el vapor son enemigos por necesidad, opuestos entre sí, mutuamente incomprensibles. El hombre a caballo no comprende la prisa, ni el entusiasmo codicioso que lleva el vapor, porque él aprecia mucho más el sangrante churrasco devorado en la rasa llanura, que los suculentos manjares comidos en cerradas habitaciones. No concibe que un hombre construya su casa con ladrillos sobrepuestos y bien ensamblados, cuando unas tablas o unos adobes recubiertos de hierba seca, bastan para cobijarle. Y entiende que todo lo demás sirve solamente de nudo y de cadena. Ciertamente: cada nueva comodidad, cada seguridad nueva que nos presta la civilización, es una nueva hipoteca que le hacemos a la libertad personal.

Pero de los dos adversarios, el vapor es el más poderoso. El saldrá vencedor. Y las orillas del río se cubrirán de pueblos, de casas, de alquerías. La belleza salvaje y solitaria de ahora, se cambiará por otra hermosura distinta. Las aguas mansas del río reflejarán árboles civilizados, recortados, obedientes, en lugar de las malezas insubordinadas de ahora. Los ranchos misérrimos habrán de convertirse en casitas pintadas, coquetonas. A la soledad majestuosa de las llanuras, seguirán los campos labrados, cercados por setos florecidos. Niños que van a la escuela en tropel; golpes de martillo; silbar de locomotoras; los carros henchidos de frutas sazonadas; cantos y alborozo de las vendimias.

Si una poesía decrece, otra renacerá. La naturaleza no renuncia jamás a su dominio estético, y sabe siempre ser noble, lo mismo en la grandeza de las selvas vírgenes, que en los trabajos de los valles cultivados, de las ciudades atareadas...

El sol se ha puesto. Tímidamente asoman, una a una, las estrellas. El río se vuelve negro: sobre la sombra de sus aguas, un lucero pone su blanco punto ideal. La noche es muda, como un silencio estupefacto. En medio de este silencio, el buque, un poco pedante, persiste en su ritmo bronco: bum, burrum, bum.

Octubre, 1912.

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