IV LOS ANDES
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El mundo muerto
Cuando un viajero de mediana cultura atraviesa los Andes por primera vez, irremediablemente le asaltará una idea admirativa. Considerará asombrado la suma de valor y de persistencia ideal que fué necesaria para traspasar esas ingentes montañas con los recursos primitivos de los conquistadores.
Pero aquello fué antes, en los tiempos del heroísmo; actualmente el ferrocarril conduce al hombre sin mayores peligros materiales por la sinuosidad de las barrancadas, de un lado al otro de la cordillera. El peligro material ha desaparecido. Pero queda el otro peligro de la imaginación. ¿Has preguntado por la razón de este nuevo peligro, lector?... Pero este es un peligro familiar a todas las cabezas algo desvaídas.
Hay un peligro en los Andes, indudablemente. Sentir que de dentro del ser, pero de lo más íntimo del ser, fluyen arrebatadamente ideas y sentimientos extraños; sentir que el orden de los razonamientos cotidianos se invierte, como se invierte la aguja magnética de los marinos en determinados climas; sentirse, en una palabra, propenso a enloquecer, ¿no es este un grave y bien temible peligro? Puesto que otros hablan del mal del «puna» y de otros males serranos, yo me permito hablar del mal de la imaginación, peculiar a todas las ascensiones montañesas, pero mucho más agudo y temeroso en el seno de los Andes.
¿Y por qué es más agudo el mal en los Andes? Quizá porque la impresión imaginativa es allí descendente, al contrario que en otras montañas, donde se presenta en forma ascendente. En las montañas que pudiéramos llamar naturales—Pirineo, Alpes, Cárpatos—la sensación es entusiasta, pletórica y optimista; mientras que en los Andes nos sentimos oprimidos por no sabemos qué rara angustia, y cuanto más nos elevamos sobre sus cumbres, sufrimos una depresión mayor y más negativa.
Por eso tal vez son los Andes las montañas únicas en el mundo, las de una originalidad más intensa. Habréis visitado las gargantas peñascosas de las sierras de España, las sumidades húmedas de Suiza, las lomas cálidas y olorosas del Apenino, hasta las musgosas laderas del litoral noruego, o las montañas floridas de los archipiélagos tropicales: después de haber ascendido a tantas alturas, os faltará conocer lo principal. Porque las otras montañas, aparte los accidentes de luz, de clima y de vegetación, se parecen todas: son, al fin, protuberancias terrenas, perfectamente lógicas, con vegetación de árboles, de hierbas o de musgos, con animales que las pueblan, con ruidos leves o airados que las animan. Los Andes son otra cosa. No pertenecen a este mundo. Son hinchazones hiperbólicas, sin vida, sin musgo, sin ruido, sin nada. Es un algo atormentado y trágico; pero trágico sin teatralidad; sincera, íntimamente trágico.
Sin embargo, uno ha visto alguna vez ese paisaje. ¿En dónde?... Es un paisaje casi familiar. ¡Sí, el recuerdo llega, finalmente! Un paisaje como el de los Andes lo vió uno allá remoto, cuando leía los libros sugestionantes de Astronomía, en los grabados que transcribían la posible forma de las anfractuosidades selenitas. Paisaje lunar: esto son los Andes. En oposición a las otras montañas, que son paisajes terrenales.
Desde lejos, situándose en la llanada de Mendoza, el viajero cree que ha de poder sumergirse impunemente dentro del mundo andino. Más allá de las primeras estribaciones, que forman un muro sombrío, las cumbres nevadas se deslizan, como si dijéramos, en el aire límpido, y ascienden a alturas milagrosas. Pero nada de esto presupone pavor ni emociones extranaturales: al contrario, vistas desde la llanura, aquellas olímpicas cumbres que ascienden en el espacio finísimo, sugieren ideas dichosas. Después, cuando se ha penetrado en el laberinto de la cordillera, el ánimo queda encogido, nuestro ser se inmuta todo entero, y sobreviene la angustia capital, la angustia andina; una angustia moral, hecha de náuseas, como la angustia material de la «puna» se resuelve en náuseas y opresión de las sienes.
Todo el orden del paisaje se ha invertido, y las ideas, las impresiones, se invierten también. A la falta de lógica en la naturaleza, corresponde en nuestra mente un trastorno mental. Comienza a desaforarse nuestra imaginación.
Surgen ideas de milenario... Y a medida que pasan las horas, el recuerdo de los países que se han dejado atrás, desaparece: llega, entonces, el momento en que nos consideramos desprendidos del mundo real, y que habitamos un astro muerto. Y persistiendo en la creencia de que el astro está muerto, del todo y para siempre muerto, nos asalta un inaudito asombro: ¿cómo estamos, pues, vivos nosotros, si el astro que nos retiene se ha muerto?... ¿O acaso nos habremos muerto, realmente, y esta apariencia de vida mental no será más que una pausa de sueño, un sueño quimérico soñado por un cadáver?...
Este efecto se conseguirá nada más que apartándose de la línea férrea y de las mezquinas, aisladas señales de vida real que se escalonan a lo largo de los rieles. Doblando cualquier recodo y subiendo a una mediana altura, la sensación andina, total y magna, se precipita en nuestro ser. Ved ahí que todo ha terminado. Los ojos, con una angustiosa inquisición, escrutan las montañas y las hondonadas, por ver si descubren algún signo de vida; el oído se abre atento: pero la vida no aparece. Silencio, soledad, desolación terminante y definitiva. ¿Quedará, en tal caso, la compensación grave e indecible de las emociones místicas? Pero la religiosidad, considerada esta palabra en su sentido más amplio y eterno, no acude al alma. Uno se siente sumergido en panteísmo dentro de la naturaleza animada, múltiple y vigorosa de las alturas medias; aun allá, en la cima de las otras montañas, en aquel silencio bienhechor, el espíritu se mece en pensamientos de una dulce eternidad; pero en el seno de los Andes, la eternidad se representa como un algo vacío y yerto. Hasta la eternidad, o la idea del infinito, adquiere en los Andes forma de cosa muerta.
¡Y aquel color ocre de las montanas! ¡Oh, la monótona y extraña coloración de esas cumbres colosales! Color ocre, repetido hasta la fatiga. Pero dentro del ocre, ¡qué inmensidad de matices! Y los matices llegan de repente, sin gradación, sin lógica; sobre una ladera extensa y rasa, pintada de cobre mate, salta, por ejemplo, una gran verruga de color vivo, como oro. Pero el sol, por su parte, se entretiene en jugar con las montañas, colorándolas a su capricho; así es como pueden sorprenderse, de repente, sobre la larga cresta de una sierra, un filete encendido, al modo de una barra de oro ígneo. Otras veces el sol sume en la sombra una montaña pequeña, y la montaña se va poniendo obscura, obscura, como el bronce sucio de las estatuas en los climas húmedos.
¡Humedad! ¡Sagrada palabra! De la humedad nos viene todo lo bueno, lo substancioso y lo poético; las plantas, los granos, la salud y el vigor, y también las nieblas, que son la madre de la poesía. Pero en los Andes no existe la humedad. Si hubiese allí nieblas, nuestra alma descansaría, porque las nieblas montañesas ejercen una acción sedante en el espíritu. Pero no hay nieblas, y el espíritu queda tenso, siempre tenso, a punto de quebrarse en locura. Y el aire es tan neto, tan fino y transparente, que las cosas simulan haber perdido su condición gradual; la más pequeña piedra se distingue a largas distancias, y es como si el paisaje, en su totalidad, se nos viniese encima de los ojos.
¿Pero es un paisaje en realidad? Nuestra costumbre clasificadora entiende que un paisaje debe estar formado por árboles, por arbustos, por hierbas siquiera, sin contar los otros aditamentos de las aguas, las viviendas, los seres animados. En tal sentido, los Andes no son un paisaje. Falta allí todo rastro de vida animada, y en la vertiente de las montañas no arraiga el más mínimo liquen. Las nieves grandes se licuaron. Sólo en algunos sitios hay manchas blancas; pero esa misma nieve, contagiada por la universal desolación, adopta un aspecto seco: se diría que la nieve se ha fosilizado. ¡Ah, todo el paisaje es un inmenso fósil!...
Pero aunque el viajero haya de huir alarmado de ese laberinto trágico, ¡nunca agradecerá bastante a su fortuna el poder haberlo sentido, vivido y padecido! En todo el resto del mundo no hay una cosa tan gigantesca y sugeridora. Nada es tan imprevisto y original como esos Andes augustos, malditos del cielo, desheredados, atormentados; pero únicos.
Los pájaros escapan, los animalillos rastreros y viles huyen también; quizá en ninguna primavera nacerá allí una humilde flor... Las montañas están limpias, como puede estar limpia una osamenta bajo la injuria de un sol tórrido. Y aquel cielo de las alturas, ¡cómo es de nítido! A la hora del crepúsculo, después que el sol desaparece, el firmamento toma un matiz opalino, de una finura imponderable. Después la atmósfera se enfría intensa y bruscamente. Cae sobre los espacios vacíos y hondos, un velo; cabría decir que el paisaje se inmuta, al amago de un terror inefable. Es el terror de la noche que llega. Bajo la luz del sol, la muerte misma olvida su muerte; pero viene la noche y aquellas montañas cadáveres se reintegran a la evidencia de su muerte.
El destino de esas montañas se ha consumado: ¡nunca más han de vivir! ¿Y todas las demás montañas del globo, todos los valles y llanuras rientes, que son hoy encanto del hombre, se doblarán a su vez bajo el mismo destino mortal?... Será muy tarde; será en un lapso inconmensurable de tiempo, pero alguna vez será. Como estos cadavéricos Andes ha de morir toda nuestra combatida y afanosa tierra. Y para entonces—¡oh pensamiento desolador!—no quedará ni un alma que pueda considerar la muerte del mundo. Los hombres todos habrán fenecido. Sobre el cadáver de la Tierra no habrá comentarios de hombres. ¡Los miserables hombres estarán conversos en polvo!
Como los místicos suelen mostrar a la arrogancia humana, para abatirla, el ejemplo de un cadáver, los Andes se nos presentan también en actitud conminatoria. El duque de Gandía contempló el cadáver de la mujer que tanto veneraba, y al verlo putrefacto, en un instante reaccionó su espíritu hacia el lado divino, y aborreció las galas terrenales. Así también los Andes se nos presentan como predicadores de renunciación. ¡Renunciemos a la soberbia, en efecto! Más temprano o más tarde, el mundo que tanto admiramos, se convertirá, como esos cerros, en frío, en silencio, en inanidad.
Por el espacio ruedan mundos que tuvieron fronda de árboles y lujo de flores encantadas; hoy giran yertos, en una imperturbable rueda de amaneceres y de anocheceres sin objeto. Como esos mundos sin vida rodará también nuestro mundo, nuestra anhelante tierra, esta bola fenomenal que nuestras pasiones llenan de crímenes, de amores y de glorias.
Abajo, detrás de las barreras andinas, hacia los caminos de la llanura y de los grandes ríos, numerosos pueblos se afanan por levantarse, engrandecerse y convertirse en cosas gloriosas; más allá de la llanura y de los ríos, sobre los anchos continentes, otros pueblos buscan asimismo el poder, la grandeza y la victoria. ¡Descomunal hormiguero de pasiones! Y un siglo tras otro, desde lontananzas inaccesibles a nuestra percepción, desde el principio de la vida moral, los hombres luchan, guerrean, padecen, lloran, nada más que por conseguir el derecho a la inmortalidad. Sedienta de inmortalidad ha estado siempre la especie humana. Un poeta con un verso, un guerrero con una hazaña, un sabio con una idea nueva, se encaraman sobre el montón de la multitud reclamando la inmortalidad. ¡Ea, pues, tomad vuestra inmortalidad! Aquí hay una estatua, un libro de historia, una palma indeleble; vuestros nombres son inmortales. ¿Y después?... Contemplad esas montañas supremas, esos cadáveres eminentes: ¡considerad que el globo entero será una cosa tan yerta como lo son ahora esas montañas!
Y el mundo yerto, el mundo cadáver, girará sin tregua por los circulares senderos del infinito. El sol hará que amanezcan sobre él las radiantes auroras, y que la noche, dulce reposo, venga a envolverlo en sus negros pliegues. Pero la aurora y la noche, los siglos todos, encontrarán insensible a nuestra muerta Tierra. La historia de sus grandezas, quedará enterrada en el mismo cadáver. La muerta Tierra guardará su secreto, y los esfuerzos descomunales que hizo el hombre por la conquista del pensamiento o de las fuerzas naturales, allá permanecerán fracasados, interrumpidos, estériles. Acaso entonces, desde un mundo lejano, otros seres inteligentes, mediante aparatos y recursos colosales, investigarán el secreto de la yerta Tierra, y por inducciones sacarán alguna verdad, y someterán nuestra antigua existencia a investigaciones y comentarios filosóficos. Pero, ¿y si hasta esta última esperanza nos fracasase? ¿Si ocurriera, por ejemplo, que en ningún otro astro pueda haber nunca seres de mediana talla intelectual, capaces de interpretar nuestra historia?... Entonces sería cuando la Tierra habría perecido del todo.
«Refugio» de Puente del Inca, 1909.
El cóndor solitario
Sobre la más alta cumbre, y en la porción más luminosa del cielo, una nota obscura aparece, apenas un punto en aquella inmensidad. Y se mantiene inmóvil largo tiempo, y luego desciende rápido a la región de la sombra, ocultándose en el secreto de los abismos. Más tarde surge otra vez a la luz, y en la luz vuela, con vuelo largo, lento, onduloso, magnífico.
Es el cóndor, el señor de los Andes, el rey exclusivo de las alturas. Su majestad reina sobre cosas precarias, según la interpretación del hombre positivo: reina sobre cosas estériles, como son la nieve, el hielo, la roca, el rayo o el huracán. Pero dominando sobre esas cosas infructíferas, el ave colosal se siente bien. ¿Qué le importan a ella las interpretaciones de los hombres?
¿Por qué sube tan alto esa ave solitaria? ¿Es por verse más cerca del cielo? ¿O es por huir más lejos de la tierra? ¿Cuáles son sus sentimientos? ¿Sed de luz divina, o aborrecimiento de la pequeñez terrena? ¿Ansia de subir hasta Dios, o anhelo de escapar al Hombre?...
Aquí abajo, sobre la evidente corteza terrenal, el hombre rastrea las cosas útiles, necesarias, positivas: allá arriba asciende el ave caudal por la escala luminosa del infinito. Cosas útiles, ¡cuánto nos cuestan! Hay frutos, y minas, y carnes sabrosas sobre la tierra; hay gloria, y triunfos, y placeres: y los hombres vamos rastreando, en pos de las cosas deseadas, odiándonos y mordiéndonos, asesinándonos si es preciso. Mientras tanto, el cóndor augusto se sumerge en su remota soledad, lejos de la tierra, lejos de las cosas útiles que pueden dar placer y que concitan odios.
¡Ave caudal, solitaria! ¡Quién pudiera entender el sentido de tu alma rebelde, y saber remontarse también a la región limpia y virginal en donde no existen las cosas útiles! ¡Quién pudiera acompañarte en tu soledad austera! Y sobre todo, ¡quién pudiera huir del hombre!
Tú tienes garras potentes y pico de hierro; pero el hombre, ¡qué peligrosas y triturantes garras posee! Y el pico del hombre es feroz cuando se lanza sobre la presa. La Humanidad es una muchedumbre de garras y de picos aprestados, prontos a la lucha, dispuestos a desgarrar, ávidos de la carne fresca de las víctimas, o de la carne hedionda de los cadáveres.
¿Y para qué, finalmente? La muerte nos espera a todos, ahí cerca, escondida en la sombra. Si esta fenomenal comedia de la vida tuviese la virtud de la eternidad, aun entonces merecería el dolor de disputarla. Pero esto acaba ingenuamente, como una luz corta y estúpida...
Sobre el cadáver de la cordillera pedregosa, el cóndor atisba el secreto del mundo: vive en contacto con las cimas peladas, con las rocas que nunca han reverdecido, con los horizontes de eterna desolación. Prejuzga ya la hora final que ha de tragarse a los cóndores, a los hombres y a la tierra accidental. Y esta visión exacta de la vida le empuja cada vez más lejos, hacia lo eterno infinito. En tanto que el hombre, alucinado por la rotación de las estaciones y por el florecer constante de las primaveras, se figura, obcecado, que él mismo ha de ser una primavera rediviva. Y no piensa en la miseria del tiempo, y en que un poco más tarde, la Tierra fría será como son ahora los Andes: una osamenta irredimible. Y dentro del cadáver de la tierra, blanqueará el cadáver del hombre, y blanquearán asimismo los cadáveres de sus glorias, de sus odios, de sus enormes anhelos...
Sobre la más alta cumbre, el cóndor abre sus alas poderosas y se mantiene vibrando largo tiempo, inmóvil en el centro del espacio.
Bebe el último rayo de luz solar.
Cuando la luz se ha ido totalmente, el ave se abisma en la tiniebla, y en ella se envuelve, digno manto regio para su majestad solitaria.
Puente del Inca, 1909.
Los Andes a la luz de la luna
Sobre la nieve de las cumbres el último claror del crepúsculo se desvanece, se diluye en blancura, y desde entonces la noche se apodera definitivamente de la cordillera. Sucede al día una vaguedad de ensueño, una media luz extraña que no tiene relación con ninguna otra luminosidad; una media luz que no es siquiera penumbra, y que no se acierta a discernir por completo. No se sabe si es reflejo de nieve, resto postrero del crepúsculo o alba de luna. Y en aquel instante supremo y trascendental, el silencio, que tan absoluto era de día, ahora se convierte en algo infinito y alucinador. En el sepulcro, los cadáveres deben de sentir un silencio como éste.
La primera hora de la noche va asociada en nuestra imaginación con ideas y emociones familiares. Nada tan íntimo y amoroso como la preparación del sueño. Las bestias más brutales y feroces se amansan y endulzan cuando les invade el sueño, y en la copa de los árboles los pájaros errabundos declinan su independencia al morir el día, y allí gimen y cuchichean, se juntan y aprietan cariñosamente. Y nosotros, los hombres, tenemos impresa en el alma, para toda la vida, la huella de aquel momento en que reclinábamos nuestra cabeza indómita en el seno maternal, y caía el sueño sobre nuestro ser, empapado en el efluvio materno.
Pero la noche de los Andes carece de familiaridad y de ternura. En los Andes no hay lugar para el idilio, sino para la tragedia. Como un mundo que cuenta ya muchos milenarios de muerte, hasta el recuerdo de la vida ha desaparecido. No hay árboles, ni hierbas, ni insectos, ni apenas musgos. La vida está ya olvidada. ¿Qué importa, pues, que brille el sol o que llegue la noche? La naturaleza cadavérica de los Andes no cuenta ya los días, ni los milenarios, ni menos el transcurso efímero de las horas de luz y sombra. Es un esqueleto que se ha entregado definitivamente a la eternidad. Ya no le importan los días. ¿Cómo han de importarle los días al infinito?
En el precario hotel que se levanta sobre el barranco, los pasajeros buscan la manera de olvidar el sitio donde se hallan. Pesa demasiado sobre sus frágiles espíritus la enormidad de las montañas, y, sobre todo, la sugestión de esa naturaleza trágica. Buscan el calor de la estufa, el olvido en la revista ilustrada, la conversación amistosa entre humo de cigarros, teniendo las ventanas bien cerradas. Así logran aislarse de la naturaleza que les abruma, como quien se hunde en un submarino. Lejos de la realidad actual, muy lejos del sitio donde están, pensando en la vida de los países llanos y sociables.
La luna, mientras tanto, una luna incompleta y oblicua, ha salido imprevistamente de la montaña. La nieve ha adquirido una nitidez de fantasía. Todo el cielo se ha purificado, y la atmósfera está como cernida.
Las rocas desnudas que se encaraman en aquella cima lejana han recuperado su matiz rojizo; el tono enérgico de su color extemporáneo destaca furiosamente de entre la universal blancura y de esta unánime transparencia sutil. Parece una llaga, un manchón de carne herida, un algo cualquiera que recuerde a la vida. Pero no. Aquellas mismas rocas han muerto. Ni aun con el sudario de la muerte desean vestirse o engalanarse. Su antigua muerte está exenta ya de las primeras vanidades suntuarias que acompañan al joven cadáver.
¡Naturaleza! ¿Qué se hicieron tus galas, tus furores, tus hecatombes, tus rugidos y tus primaveras? En este momento concibe el alma la fugacidad de todo, el secreto del destino que nos aguarda a todos. Los Andes han terminado ya su misión, como la luna quizá, como seguramente muchos astros que ruedan inútiles por el vacío. Es un miembro inerte de ese gran cuerpo terráqueo que tanto nos apasiona. Un aviso de lo que ha de suceder más tarde. Como este paisaje yerto, alguna vez será toda la Tierra.
Del mismo modo que al llegar a una cumbre se complace la mirada en revisar las cosas que quedaron abajo, también aquí se apresura la mente a revisar la historia del mundo. Surge esa historia como una síntesis, a grandes rasgos, en procesos milenarios. Vista desde lejos, la historia se reduce a unos cuantos gestos o ademanes, a unos cuantos nombres representativos. Toda Babilonia se sintetiza en unos jardines aéreos, en una quimérica torre de ladrillo y en la figura tambaleante de Nabucodonosor. Sócrates, Platón, Anacreonte... Bajo un cielo azul vemos unas columnas de mármol, y los filósofos, como sombras de sueño, que frasean vagamente: eso nada más es Grecia. Otros pueblos se nos representan en un ademán único. Los normandos los vemos remar, todos a un tiempo, con rumbo hacia las tierras de botín. La España del siglo XVI vémosla caminar con el arcabuz y la pica al hombro, toda unánime, hacia un sacrificio de estéril gloria. ¿Pero no vemos de la misma manera a las personas en nuestro recuerdo? Fulano es el hombre que ríe, y siempre le recordamos riendo; otro es el hombre que declama, y le vemos hablando, accionando, en nuestra imaginación. Porque el recuerdo es gráfico sobre todo. Nuestra mente está hecha para las imágenes visibles. La inteligencia, en su fondo, es gráfica, como la vida, en fin de cuentas.
Y todo eso se irá simplificando, sintetizándose cada vez más. La historia, proceso de eliminación. Cuanto más avanzamos, lo de lejos se simplifica más. Ahora todavía percibimos un gesto, una figura, un nombre: mañana, nada. Hasta que finalmente el mundo todo será una síntesis absoluta. Una gran bola sin vida que da vueltas sistemáticas. ¡Suprema estupidez!
Sin embargo, nuestra imaginación se rebela siempre, y ve formas de vida en donde no las hay. Aquí, cuando todo está inmóvil y muerto, todavía la imaginación insiste en representar formas aparentes de vida. De este modo, aquella cumbre recuerda la cabeza de un hombre pensativo, aquella roca parece el dorso de un monstruo, aquella nubecilla copia el vuelo de una grande y prodigiosa ave. Así logra el espíritu llenarse de consolador engaño e imaginarse que, hasta en esta siniestra concavidad de los Andes muertos, la vida no cesa de existir. Démosle, pues, gracias a la imaginación. Ella nos envuelve con cendales de ensueño, y ella se encarga de revestir a la razón con toda suerte de alentadoras mentiras. Por virtud de la imaginación se olvida el ser vivo de que existe la muerte. Merced a esa maga protectora hemos inventado los hombres la ficción de la inmortalidad. Donde la razón termina con una linde desoladora, allá acude vigorosa, rauda, juvenil, la imaginación nuestra, a sugerirnos lontananzas inacabables, mentiras del más allá. ¡Qué fuera de nosotros sin esas mentiras!
Y ahora, que rompa el alba con su claror este delirio de la noche de luna. Que venga el tren a llevarnos, rumbo a las tierras normales, sociales, llenas de gratas mentiras. Volver a contemplar los árboles, las flores, los pájaros, los pueblos. Sumirnos en la enorme ilusión del mundo rodante y agitado. Olvidar estas montañas inertes, anticipo y promesa de la última muerte universal. Y entrar en la vorágine de las ilusiones, oír la voz materna de la imaginación que nos habla de inmortalidad.
Puente del Inca, 1909.