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Paisajes Argentinos

III VIAJE A LAS MISIONES JESUÍTICAS

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Paisaje civilizado

Era una brillante mañana de primavera cuando emprendí aquella expedición hacia los países remotos e inhabitados del interior de América (como un conquistador que hubo de llegar demasiado tarde).

Alma de explorador, fantasía de viajero, yo, que a los quince años soñaba con descubrir un nuevo Amazonas, ahora podía por último lanzarme a la aventura de la América florida, selvática y prodigiosa. No dudé en aceptar la generosa invitación de mi amigo el señor Errecaborde, que se dirigía al pueblo de San Javier con propósito de subastar unas cuantas leguas de tierra. Y en compañía de dos distinguidos «rematadores», provistos de maletas, armas y provisiones, todos juntos y en buena disposición de ánimo emprendimos la marcha hacia el territorio de las Misiones.

Plana y verde, sembrada de quintas y de «chacras», la fértil llanura de Buenos Aires tendía al paso del tren su opulencia agricultora. Aquel país monótono y civilizado no era todavía el mundo salvaje y novelesco que mi imaginación deseaba. Pero más allá del pueblo de Zárate comenzó la decoración a complicarse. El tren se trasladó todo entero a un «ferry boat» que lenta y suavemente nos puso en la otra margen del río Paraná... Y mientras cruzaba las aguas parduscas y tranquilas del ancho río, mis ojos pudieron admirar los primeros signos del paisaje indiano; ceibas de encarnada flor, bosques de caña «tacuara», y unas palmeras a lo lejos, flotando sobre las malezas de los campos anegadizos.

Empieza el exotismo

Salió el tren del «ferry boat» y recuperó el dominio de los carriles. Y se lanzó a la carrera por las soledades de la provincia de Entre Ríos, patria de hombres valientes, hábiles en el manejo de la lanza y del cuchillo cuando las «montoneras» y las guerras civiles conmovían continuamente el territorio del Plata. Cruzábamos un paisaje denso y austero, solitario y noble, que por estar moteado de pequeñas y onduladas lomas, por la vastedad religiosa y por los grupos de árboles parecidos a encinas, me recordaba mucho el grave paisaje castellano.

Vino la noche, divinamente sembrada de estrellas, y el aire, al paso del tren, nos traía vagos presagios del Trópico. A veces, en la pausa de una estación, veíamos volar las mágicas luminarias de las luciérnagas. Perfumes dulces y pesados, de magnolias y jazmines, llegaban a nosotros desde el fondo de la llanura como ingenuas tentaciones voluptuosas. La gente caminaba sin prisa. Los pueblos aparecían inmensamente distanciados. De los chozos o «ranchos» del camino surgían mujeres de piel cobriza y muelles ademanes. Los hombres, a caballo, portaban sobre los riñones, cruzado en bandolera el largo y puntiagudo «facón» de los famosos «gauchos»... ¡Hallábame, pues, en la verdadera América de mis sueños!

En el pueblo de Santo Tomé acabó la primera etapa de nuestro viaje. Hasta entonces pudimos beneficiarnos de las comodidades y delicias de la civilización: vagón corrido, restaurant, cama. Desde ahora empezaba la lucha con lo desconocido y con lo indisciplinado. Ibamos a usar todos los medios imaginables de locomoción, y tendríamos que someternos a la cocina fantástica de las posadas, donde quiméricos cocineros italianos nos servirían manjares incomestibles. Y dormiríamos, claro es, en la vecindad de toda suerte de insectos. Para estas contingencias del porvenir decidimos reposar y abastecernos en el pueblo de Santo Tomé.

Es un pueblo amable, bastante crecido y de contornos deliciosos. Su nombre de santo antiguo indica desde luego que fué creado por los Jesuítas. En efecto, desde Santo Tomé, hacia las espesuras del Brasil y el Paraguay, entre los grandes ríos Uruguay y Paraná, extendíanse las célebres Misiones Jesuíticas, ese noble intento de una república cristiano-comunista que dió lugar a tantas leyendas y a tan contradictorios comentarios.

En Santo Tomé viví dos días; no podré contar en mi vida muchos días que sean más serenos. Una suavidad del aire, un perfume de jazmines, el panorama del caudaloso río, y una paz de lentitud y de pereza en las gentes... En Santo Tomé parece que las cosas esperan a alguien. Esta espera es la misma que la del rebaño que perdiera su pastor. Los pueblos misioneros tenían en los jesuítas su pastor. Estos eran el cerebro, la conciencia y la voluntad, la providencia que evita el dolor y el cálculo que previene; los sencillos indios no necesitaban pensar ni agitarse, ni desear siquiera. Sobre sus vírgenes y sumisas naturalezas en que faltaba principalmente la voluntad, ¡con qué alegría y entusiasmo ensayaron los hijos de Loyola su programa cristiano-social!

Armados de revólver...

En fin, partimos de Santo Tomé en un tren explorador que marchaba con un cargamento de obreros hasta el límite de la línea. Nos acomodamos en un furgón sin techumbre, y en esta poco sibarítica forma hicimos un recorrido de tres horas. La línea del ferrocarril terminaba en seco en mitad de una llanura desierta y rasa. Descendimos a tierra, y con nosotros bajaron los obreros.

Acababan de llegar de Europa. Eran inmigrantes novicios, reclutados en todos los rincones de España, de Italia, de Turquía y de Rusia. Venían deshechos, sucios, hambrientos. Al saltar a tierra formaron en grupos, y los capataces los escogían, los distribuían de aquí para allá. En seguida pusiéronse a encender fuego. Prepararon el «mate» y lo sorbían a grandes tragos, mojando en la caliente infusión la dura galleta.

Nosotros teníamos apercibida una «galera», regularmente desvencijada. Nos instalamos allí, y a un trallazo del mayoral las mulas arrancaron a correr por el infame camino polvoriento. Eran cuatro mulas en las varas; otras dos iban delanteras; y a la cabeza de la tropilla, jinete en un caballejo, marchaba un muchacho con su rebenque.

El mayoral llevaba un cuchillo enorme cruzado a la cintura; el que hacía de jefe o intendente de la galera mostraba un buen revólver bajo el chaleco. Entrábamos, pues, en una comarca semidesierta, fronteriza al Brasil y al Uruguay, nido de contrabandistas y desterrados... Mis compañeros de viaje buscaron en sus maletas y sacaron sendos revólveres, que prendieron de sus cinturas. Yo no tenía armas. Esta ausencia de previsión marcial me avergonzó bastante y me dejó en situación de manifiesta inferioridad.

Entonces, viendo mi actitud humillada e indefensa, alguien me alargó un revólver que sobraba. Como el revólver era de grueso calibre y yo carecía de cinto y de funda, me ví perplejo ante aquella arma, que no sabía en donde aposentar. Opté por guardarla en el bolsillo de la chaqueta.

—¡Qué hace usted, señor! Con los tumbos que da el coche, ¿no imagina usted que se dispare y se hiera, o nos hiera a nosotros?

En resolución, tuve que entregar el revólver a quien me lo quiso prestar. Y puesto que tan mala maña demostraba yo para el manejo de las armas, decidimos que mi persona era inútil en cuanto a las contingencias de asaltos, sorpresas y bandidajes, y que mis compañeros asumían la responsabilidad de defenderme.

En seguida nos lanzamos por el camino polvoriento, que, a causa de ser muy roja la tierra de Misiones, semejaba una herida palpitante y sanguinolenta en mitad de las hinchadas colinas.

Un camposanto en el desierto

Marchábamos en la galera desvencijada por aquel camino infernal, y sin embargo del fatigoso viaje iba yo bastante alegre; porque sin mucho esfuerzo imaginativo podía considerarme entonces como un explorador de antaño o como un personaje de Julio Verne.

Sentía la extraña y directa impresión de haber retrocedido muchos años en la cuenta del tiempo. Todo a mi alrededor hablaba de cosas remotas y antiguas, desde el arcaico tintineo de las muías hasta la soledad primitiva y salvaje del campo. A veces el mayoral cruzaba con el zagalillo algunas palabras en idioma «guaraní», o animaba a las bestias con gritos de raro y gutural acento: «¡Oh, oh! ¡Perico!...», y las mulillas trotaban valientemente haciendo crujir al coche a cada arrancada.

En la ondulada llanura que cruzábamos no se distinguían ni pueblos, ni «estancias» ni campos de cultivo. De tarde en tarde descubríamos un seto artificial, un «alambrado», y aquel cerco, símbolo de propiedad, era el único vestigio de civilización. Algún «rancho», mísera cabaña perdida en la vastedad, nos advertía que por alguna parte existiera gente humana. Las enigmáticas lechuzas de circulares ojos fijos, posadas en las puntas de los postes solitarios, miraban el paso de la galera con una hierática o supersticiosa obstinación. Y las bandadas de cuervos volaban lentamente sobre los descampados.

Caía el sol de plano sobre la tierra, donde un manto de hierba escuálida se requemaba bajo la brasa del cielo. Las nubes se abombaban en el horizonte y hacían magníficas combinaciones de grandes masas de rosa y blanco. El paisaje, ondulado y liso, semejaba un mar de olas pacíficas; sólo en las encañadas y cortaduras crecían bellos grupos de árboles, vírgenes y sin dueño, que daban fresca sombra a regocijantes y encantadores arroyos. Fuera de estos bosquecillos, la tierra ofrecía un ardiente color encarnado, como regada con sangre.

Recuerdo ahora mismo la tristísima impresión que me produjo, a lo largo de la marcha, ver de pronto surgir en aquel desierto un rudimentario camposanto. Eran unos palos irregulares y mal reunidos, que a cierta distancia aparentaban formas de un culto idolátrico, y que, aproximándonos, vimos que eran efectivamente toscas cruces. Para resguardar a los muertos de las reses vagabundas, alguien había cercado con alambre de púas el santo lugar. Una cruz, menos tosca y más grande que las demás, hacía allí el efecto de un pastor, o era como un espectro macabro y piadoso que vigilaba la inseguridad y el misterio del horizonte. Un cementerio nos entristece siempre y nos perturba. ¡Pero aquel pobre camposanto en el desierto, tan abandonado de los vivos y tan sin contacto con la vida! ¡Aquellos pobres muertos sin nombre, indefensos en la soledad, temerosos en la misma muerte, abrasados por el sol tórrido!...

Un pueblo de polacos

Más adelante empezamos a descubrir frecuentes cabañas y pequeños cultivos de maíz. Por último avistamos algunos edificios de canto y cal y pabellones de madera. Estábamos en una colonia de polacos, llamada Apóstoles.

De estas poblaciones exóticas e intrusas existen bastantes en la Argentina. Suelen formarse con rusos, judíos, polacos, galenses, y en la inmensidad del territorio viven una vida poco próspera, estacionaria por lo general, puesto que se componen de gentes ignorantes y de mezquinos labriegos. La colonia que nosotros acabábamos de descubrir se componía de polacos de la Galitzia austriaca, polacos rusos y rutenos. Eran bastante numerosos. Cultivaban sus campos de maíz y de trigo y pastoreaban algunas reses vacunas. Los de religión ortodoxa tenían su «pope», y los católicos habían traído también su sacerdote de lengua polaca. Un intendente o administrador dirigía la colonia y velaba por el orden. Era de Varsovia; un hombre joven, rubio, de rostro fino y soñador y mirada inteligente.

Los pobres polacos, nacidos en la servidumbre y la ignorancia, venían, pues, a substituir a los indios en la tierra de Misiones. Tenían éstos, como los antiguos indígenas, una especie de fatalismo perezoso y conformista y una inhabilidad para vivir sin la ayuda del jefe y del pastor. Traían también la honda religiosidad de los indios. En los cruces de los senderos, en las lindes de los sembrados, constantemente veíamos grandes cruces votivas y protectoras. En ellas había a veces inscripciones. Pedimos que nos tradujeran una de aquellas leyendas, y decía: «¡Señor Dios, dadme este año una buena cosecha de maíz!...»

Nos albergamos en una mísera posada, donde en desvencijados catres pudimos dormir a la noche. Y tan pronto el día alumbraba, encomendándonos a nuestros ángeles familiares, volvimos a ir dentro de la galera por el camino de la soledad.

Y cuando la mañana se hizo más calurosa, tropezamos con un arroyo bastante ancho que carecía de puente y hubo necesidad de atravesar haciendo raras gimnasias. Allí contemplé por vez primera un vehículo muy americano, muy curioso y que, usual y único antes de la importación del ferrocarril, ha quedado hoy constreñido a las comarcas más desviadas del país.

Se trataba de una «carreta». Antiguamente hacían esas «carretas» el camino de las Pampas y eran a modo de caravanas rodantes que en viajes lentos, peligrosos, largos de muchos meses, conducían mercaderías y personas desde los Andes hasta el litoral del Plata. La carreta que yo veía era grande, con un tosco armazón de madera y enormes ruedas pesadas. Un techo de paja cubría el armatoste, dándole aspecto de cabaña verdadera, rodante y vagabunda. Una familia brasileña viajaba en el carro. Tres parejas de bueyes lo arrastraban, obedeciendo al aguijón de un muchachuelo que trotaba y se revolvía constantemente, jinete en un potro.

Como los nómadas de la prehistoria, como los personajes de una novela, marchando lentamente por un país suave, cruzando selvas y ríos, durmiendo bajo las estrelladas y cálidas noches... ¡confieso que sentí un poco de envidia por los viajeros de aquella cabaña rodadora!

Tuve que resignarme a montar en la galera, que nuevamente nos llevó dando tumbos por un camino cada vez más impracticable. Y así dimos vista al pueblo de Concepción de la Sierra, precisamente la víspera de la festividad de la Concepción.

Misticismo eslavo

Tan trabajado me sentía por el penoso viaje, el polvo y el calor tórrido, que me tendí a dormir en la posada una siesta profunda, como de piedra. Apenas concluí de cenar, otra vez busqué la cama y me hundí en un sueño profundo. Pero al alba me despertaron unos cohetes y un campaneo estrepitoso. ¡Bien! El pueblo se disponía a celebrar la fiesta de su Patrona, la Virgen de la Concepción.

Salí pronto a la plaza, y frente a la iglesia hube de tentarme el cuerpo para convencerme de que no dormía, de que, en efecto, yo estaba en un pueblo de la América meridional.

Todos los polacos del contorno habían acudido al pueblo de Concepción de la Sierra. Llegaban en sus largos carros típicos, vistiendo a usanza de su país; ellos con trajes gruesos y obscuros y botas altas, los bigotes lacios y la melena hasta el hombro; las mujeres con una falda de color, chaleco liso y camisa de mangas amplias. Los cuerpos toscos, las caras feas y juanetudas, y un olor a grasa y sudor rancio... Pero su impresionante misticismo les disculpaba de todas las imperfecciones físicas.

Al entrar en el templo, las mujeres se arrojaban de bruces y besaban el polvo. Próximos al altar veíanse cuatro hombres, especie de acólitos encargados de corear las palabras litúrgicas del cura celebrante. Cantaban, pero con una voz tan triste, tan perfectamente triste, que producía angustia. La misma rudeza de las voces aumentaba la sugestión del canto y lo hacía más sincero y hondo. Parecía un eco que llegase de la estepa remota, helada, infinita, o un lamento trascendental y místico que interpretase el doloroso anhelo de la melancólica raza eslava...

Salí de la iglesia con un hipo de dolor, y busqué en el aire encendido y brillante una compensación aliviadora. Los zorzales, en los patios sombrosos, modulaban sus ternezas amatorias; y los jazmines llenaban con su perfume voluptuoso el ambiente quieto y cálido.

Pero un campaneo desenfrenado rompe a sonar; todo el pueblo acude a la plaza. Está saliendo la procesión por la puerta de la iglesia. Tiene esta procesión un sabor raro, original, maravilloso. El ambiente es luminoso y tropical, mientras que los personajes vienen ataviados a la usanza rusa; y de esta unión estrambótica surge el efecto más inverosímil.

No traen más imagen que la de la Virgen; toda está rodeada de flores. El honor de escoltar a la Virgen se lo han adjudicado las mujeres del pueblo, y algunos paisanos del contorno, con sus bombachas nuevas y la gran espuela calada, se reservan el derecho de llevar las andas. Los polacos, privados de todo honor, se resignan a escoltar la imagen, humildemente. No pueden ellos cargar las andas ni tocar la imagen; pero como perros fieles, como rendidos siervos, rodean el objeto amado y lo miran con ávidos ojos. Descubiertos como van, el sol misionero les hiere en los cráneos y hace rebrillar sus cabelleras rubias, aceitosas. Y se achicharran dentro de sus capotes de paño grueso. Las mujeres tiran y arrastran a sus pequeñuelos. Los más ancianos siguen al cortejo montados en sus carros. Van cantando.

Cantan una triste, una desgarradora melopea. El canto se extiende por la plaza y llena el pueblo entero. Parece una voz antigua y remota que viene a saludar a un amigo. Al conjuro de aquel canto religioso, yo no sé qué raras interpretaciones se entremezclan en mi espíritu. Me figuro que las voces cristianas de los polacos llaman a las almas de los indios que allí residieron un día y que dispersó la fatalidad. En aquella misma plaza de Concepción de la Sierra, dos siglos antes habían pasado los indios guaraníes, rodeando la imagen de la Virgen. Un jesuíta, revestido de su pompa eclesiástica, los dirigía, dándoles la pauta del canto. Los indios fueron aventados, y ahora, pasados los siglos, otros hombres indefensos forman en rebaño y piden a Dios, con místicos clamores, la firmeza y la felicidad que sus pobres almas inseguras no saben procurarse en los azares y las luchas de la vida...

Ruinas en la selva

Habíamos salido del pueblo de la Concepción en medio de un diluvio relampagueante. De estas tormentas aparatosas no es conveniente hacer mucho caso en los países próximos a la zona tropical. En efecto, muy pronto nos vimos otra vez bajo un sol abrasador y un cielo brillante, con el espectáculo de una naturaleza recién lavada y rica en primores de color.

Para almorzar más a placer (galleta dura y cecina criolla) nos refugiamos en un bosque. Ya no se trataba de un simple grupo de árboles, como los que antes habíamos visto; aquello era la «selva», interminable y profunda, inexplorada y misteriosa; la selva virgen que avanzaba hacia el Paraguay y el Brasil, con sus tigres y sus sorpresas.

El mayoral del coche nos dijo:

—Ahí en el bosque hay un pueblo jesuítico; pueden verlo, porque está cerca.

—¿Un pueblo de las antiguas misiones jesuíticas?...

—Sí, señor. Por esa «picada» es el camino. Se llama Santa María Mártir.

Me apresuré a internarme en la selva por una «picada», o sea un camino abierto en la espesura. A los pocos minutos me hallé frente a una maravilla arqueológica, mudo de sorpresa, de admiración.

Oprimida y sofocada por la frondosidad del bosque, descubrí una plaza rectangular, grande como de cien metros de lado. Allí podía comprobarse la forma que adoptaban los misioneros para construir sus ciudades. En uno de los lienzos de la plaza levantaban la iglesia, el convento y el almacén; en los otros lados se hallaban las dependencias más importantes, las habitaciones de los jefes y de los caciques, y los talleres comunales, que surtían de cosas al «falansterio» místico y tributaban riquezas a la Compañía.

La plaza tenía un pórtico corrido, apto para guarecer a las gentes del sol o de las tormentas. Esta disposición de las poblaciones misioneras estaba a mis ojos claramente expuesta; las ruinas sufrieron poco, los hombres no se habían llevado los sillares para construir tapias ni chozas; la misma bravura del bosque defendía la muerta ciudad de la barbarie o inconsciencia humana.

Dos lienzos de la plaza conservábanse en pie, hasta la altura del primer piso; los pilares, cuadrados y de sencillos capiteles, permanecían erguidos aún. En el centro de la plaza asomaba la boca de un profundo pozo, que se comunicaba con un subterráneo cuya boca quedaba abierta en un muro lateral, de proporciones ciclópeas.

Dentro del muro ciclópeo, capaz de resistir la furia de un cañón, contemplé una especie de nicho, resto de capilla o de celda. Sobre un altar improvisado, una imagen de la Virgen mantenía aún en sus brazos al Niño, que la injuria del tiempo había maltratado, cortándole los brazos y las narices.

Después los macizos muros se desprendían de la plaza céntrica y alejábanse en varias direcciones, hasta perderse y desaparecer bruscamente, como indescifrables interrogaciones en el misterio de la selva. Nada tan extraño e imponente como aquellos muros decapitados, hechos de grandes sillares rojos, ocultos en la sombra de los inmensos árboles enlazados por las lianas. Una impresión del soñado Indostán se avivaba en mi mente, y me figuraba asistir al espectáculo de las raras arquitecturas místicas en los bosques del Ganges...

Cuando me alejaba, una cotorra pasó chillando sobre mi cabeza. El fruto de los naranjos comenzaba a sazonar. Eran unos naranjos silvestres, nobiliarios y perseverantes, hijos de aquellos otros que los misioneros importaron y cultivaron. Uno tras otro, los árboles de fruto de oro iban sucediéndose en el secreto de la selva, como tácitos transmisores de la tradición. Bajo la sombra de los naranjos, los cándidos indios guaraníes sesteaban después de la labor reglamentaria. Trabajaban para el común; nadie tenía propiedad individual; vivían acuartelados con una distribución inteligente y suave de todas sus horas. Dirigidos por los misioneros, gobernados por los caciques de su propia raza, tenían limpios trajes de algodón, impresionantes y poéticas fiestas religiosas, procesiones, luminarias, bailes y ceremonias, tan caras a la imaginación del indio.

El confín del mundo

En fin, nuestro pintoresco y laborioso viaje hubo de llegar a su término, y una tarde, efectivamente, penetramos en un pueblo que se llama, si no falla mi memoria, Itacaruaré. En aquel pueblo radicaban las extensas tierras cuya subasta íbamos nosotros a realizar.

Yo no he visto en toda mi vida un pueblo más extraño como el de Itacaruaré. Era pueblo, pero al mismo tiempo carecía de realidad. Existía de hecho, pero no de derecho... En suma, era un verdadero pueblo americano, ligeramente fantástico, algo cómico por su duplicidad de cosa efectiva y no existente, y sin embargo admirable como una concepción de Walt Whitman.

En la extensión inhabitada de la selva, gentes del Brasil y de la Argentina habían hecho su nido. Hoy era un italiano que, subiendo desde las provincias pobladas del Sur, estimaba bueno establecerse en aquel ángulo desierto del mundo; después era un sueco o un alemán, que abandonando los estados vecinos del Brasil tomaban posesión de un trozo de selva; o era un español, un sirio, un judío de la Besarabia, un ruso de Crimea, un croata, un francés, un irlandés los que llegaban a establecerse. Cuantos hombres de diverso origen vagan y pululan por aquellas naciones de inmigración, aportaban alguna representación al pueblo novato de Itacaruaré.

Como el territorio estaba abandonado y la selva era grande, cada nuevo colono escogía un pedazo de país, quemaba los árboles, y sobre la tierra virgen y fértil plantaba tabaco, arroz, legumbres. Si la tierra se fatigaba, no había más que incendiar un nuevo trozo de selva y plantar en terreno virgen, fecundo. En seguida acudieron algunos comerciantes. Los colonos, poco a poco, se asociaban más estrechamente, contrataban un maestro y una maestra, establecían un Ayuntamiento rudimentario y daban a su ciudad la consistencia de un organismo civilizado...

Yo me admiraba de ver aquel fenómeno de espontaneidad cívica, operado con gentes tan contrarias y diversas, en quienes no había nada de común, ni la religión, ni la raza, ni las tradiciones. Sólo les unía el destino, la identidad de intereses, y una aspiración de crearse una «estirpe». Aventureros de Europa, piedras rodantes, traqueteados en las aventuras y los fracasos, con las vidas truncadas, ¡ahora querían «construirse» su vida, fundar una casa, una familia, una propiedad, una patria!...

Pero entonces, cuando llegaban al triunfo de sus afanes, ¡he ahí que se entrometía la Ley! Ellos habían «creado» su propiedad, su casa, su campo, su huerto, su familia; pero en Buenos Aires, unos hombres severos oponían unos papeles sellados, en los que se decía que los campos de Itacaruaré no eran de sus pobladores, sino de otro señor...

Afortunadamente, este señor, propietario de derecho, iba dispuesto a la concordia y a ser generoso con aquellos bravos «pioneers».

Antes de llegar a la vista del pueblo, los colonos de Itacaruaré formaron una nutrida cabalgata y salieron a saludarnos al camino. Desde lejos comenzaron a disparar cohetes.

Nos recibieron a caballo en dos filas, muy galantemente, rodeando nuestro coche en actitud de respetuosa escolta. Venían todos armados con cuchillos y grandes revólveres, sin duda porque no pudieron todavía contratar algunos gendarmes. Cada uno era el guardia y el juez de sí mismo...

¡Ah! ¡Episodio romántico y novelesco, caído en mitad de mi vida como un premio a mis largas y fervorosas aspiraciones adolescentes! ¡Qué aroma de primitivismo, qué ráfaga de plena naturaleza llenó entonces mi alma, en aquel rincón del mundo donde confluía la selva virgen y la civilización naciente! ¡Qué ruda franqueza en las vidas de aquellos hombres, cuyo pasado estaría tal vez moteado de raras aventuras, de tragedias íntimas, quién sabe si de crímenes!...

Noviembre, 1909.

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