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Paisajes Argentinos

VII EL CANTO DE LA SEMILLA

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Sobre la llanura plana e inmensa, el invierno ha tendido su hielo, su escarcha y su nieve. Desde el Plata hasta los Andes, desde los matorrales del Chaco hasta los acantilados de la Tierra de Fuego, la llanura, la descomunal e inaudita llanura, se ha arrebujado en ese manto invernal, y duerme. Está cansada de producir. La cosecha de flores de la primavera, la cosecha de mieses del verano, la han rendido. Quiere ahora reposar...

Pero no hay reposo para ti, oh fecunda llanura. El destino te ha condenado a una eterna, creciente y acelerada germinación. El mundo tiene hambre, y el mundo piensa que tú tienes la misión de alimentarle. Estás condenada a germinar eternamente, cada vez más intensamente. No puedes dormir. No duermes, ni ahora, cuando el hielo, la escarcha y la nieve te cubren con su manto. La semilla está despierta, la semilla te aguija por dentro, y vive en tu interior, lacerándote las entrañas maternales.

Ya se acabaron tus días de reposo. Desde que la luz se hizo sobre la Tierra, sobre tu rasa superficie no cruzó nunca la aguja de un arado. Jamás el hombre te atormentó con los golpes de la azada, y el indio ingenuo, vagabundo, errante, iba al azar por entre las cañas de los bañados, por entre las matas de los valles, sin rozarte más que con la huella de su planta desnuda. Los ligeros guanacos, los aéreos avestruces, el ondulante y liviano tigre, eran tus únicos dueños. En aquel tiempo feliz y alboreal, nadie exigía a tus entrañas que pariesen más, siempre más, en una febril sucesión de cosechas. Si creabas, tu creación era platónica y gratuita; dabas al viento tus flores y tus hierbas, como un poeta simple da a la ventura sus versos desinteresados.

Pero cierto día vinieron unos hombres barbudos. Su mirada traía un reflejo satánico, y su gesto significaba claramente el más demoníaco de los vicios: la codicia. Detrás de ellos, en aquel continente lejano donde toda tragedia tuvo su escenario, aguardaban otros hombres, millones de gentes ávidas. Los exploradores volvieron, alabando la virgen prodigalidad de la nueva tierra de promisión. Y desde entonces no hay paz para ti. El nervioso caballo, el filosófico buey, la inocente oveja, se multiplicaron hasta el infinito, exigiendo de tus praderas más producción, siempre más. Y con el arado, más tarde, rayaron lo incólume de tu superficie, ¡oh, llanura inmensa, para sepultarnos a nosotras, las semillas!

Somos la semilla, el trigo dorado, la benéfica harina. Somos extrañas para ti, llanura americana. Venimos de un continente viejo y trabajado, donde nada se produce ya espontáneamente. Somos, dentro de la agricultura, un producto de la industria. Somos las hijas del pensamiento humano. Somos humanas, humanas.

Representamos el eje de la idea del hombre: el pan. Para que el hombre viva, para que sus esperanzas puedan efectuarse en el campo de la ciencia y del ideal, es preciso que nosotras existamos, las semillas, y que demos eternamente el alimento del pan. Hay en nosotras algo de la fiebre humana; la tragedia humana nos ha tomado de colaboradoras. Toda la historia humana está influida de nuestro nombre, y Dios, cuando maldijo al hombre, le habló del pan como del supremo tormento. ¡Ay! Somos tormento, inquietud y angustia. El miserable nos evoca en sus momentos de desolación, y esa tragedia social que ahora llega a su punto máximo, tiene como fondo siniestro la palabra precisa: pan.

Germinad, compañeras, bajo la tierra dormida. No descansemos nunca. La tragedia humana nos necesita; el ideal del hombre nos necesita también. Para la tragedia, para el anhelo, para las alegrías y para el ideal, germinad, compañeras, hasta la consumación de los siglos.

El invierno ha extendido su manto helado; no importa. Nosotras, las semillas, estamos vigilando despiertas en el seno de la llanura. Apenas se nos advierte. La mirada indocta piensa que todo ha terminado, y que la quietud más absoluta reina debajo del invierno. Tal vez aparece sólo un musgo verde, una hierba sutil y tímida, por entre las rayas que trazó el arado; pero los surcos revivirán, y una gloria opulenta se levantará con las primeras brisas primaverales. Y en llegando la hora solar, cuando las ráfagas del viento sean de suaves como una caricia de amor, entonces nosotras daremos a la tierra una insuperable fronda de verdor. Y toda la llanura resplandecerá de gloria. Semejará un mar sin orillas, un océano fastuoso; desde los matorrales del Chaco hasta los acantilados de la Tierra de Fuego, la llanura se cubrirá de opulencia. Y el viento que surja de las hondonadas de los Andes irá a morir en el estero del Plata después de jugar con ese mar de verdura. Y luego vendrán las espigas, y la obra nuestra se habrá consumado. Y entonces la llanura parecerá un mar de oro, una fantasía de los cuentos de hadas, una promesa hecha fruto y un sueño convertido en oro.

Germinad, compañeras. Somos el símbolo supremo; representamos la idea que se mete en la entraña, y que en el silencio labora, para surgir al fin en flores y frutos de realidad. De una idea del infinito brotaron los mundos; semillas siderales son los astros, que han de germinar en el silencio del Cosmos, hasta dar su cosecha fenomenal. ¿Qué era, sino una semilla, esta tierra asombrosa que nos sustenta? Llevaba dentro de sí los gérmenes de toda grandeza y también de todo crimen; la semilla se manifestó, nació la vida y ahora la tierra es un fruto grande y magnífico—quizá un poco amargo, ¡pero siempre magnífico!

El mundo tiene hambre. ¡No descanséis, compañeras! En Europa nos aguardan los hombres numerosos, los que bullen en las ciudades, los que arrancan en las fábricas los objetos amados de la civilización. Nos aguarda el miserable, tanto como el potentado. Ninguna mesa nos repudia. El facineroso arranca violentamente el pan codiciado, y marcha a devorarlo en su cubil; así como la delicada doncella rompe el lindo pan crujiente y lo acaricia con su dentadura de marfil. Nadie se libra de nuestra tentación. Con pan se nutre la soberbia del hombre.

Representamos el germen, esa cosa llena de misterio, de tentación, de curiosidad y de infinitas posibilidades. El germen es lo más misterioso y lo más inefable. En el germen está escondida la solución de todos los actos que después servirán de admiración. En un germen humano puede preexistir un Napoleón, un Sócrates o un desalmado. De gérmenes incontables está hecha la vida, y toda la vida es un germen florecido. También nosotras, gérmenes del pan, floreceremos en rubias espigas, como una filosofía que se resuelve en sublimes realidades. La realidad del pan caliente y restaurador: ésa ha de ser nuestra realidad futura.

Laboremos, compañeras, bajo la helada tierra de la llanura. Después vendrá el sol tibio de la primavera, y las espigas ondularán graciosamente. Y vendrá el sol cálido del estío, y las mieses tomarán el color sagrado del oro. Y los hombres transitarán contentos por los campos. Se levantarán montañas de trigo. Los trenes correrán enardecidos, conduciendo afanosos el rico grano. Y los trenes desembocarán en el puerto, donde las naves enormes estarán aguardando la preciosa carga. Para llevarla a los cuatro ángulos del mundo.

Y de las sucesivas cosechas, el mundo devolverá el regalo del trigo con montañas de oro acuñado. Y así se realizará el sueño de una nación cada vez más rica y populosa. Nacerán ciudades nuevas, se cubrirá la llanura de gentes afanadas. Finalmente vendrá una cosecha de ideas, que tal vez hoy viven en germen...

Laborad, compañeras.

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