VI LA TENTACIÓN AGRARIA
Reading edition
Los trenes suelen delatar las características de las naciones con una veracidad insubstituible. Yo he aprendido mucha psicología americana en el fondo de un vagón...
Sentémonos en el restaurant de un tren argentino. Cuatro o cinco naciones están allí representadas. Se oye el suave acento de los ingleses, el apasionado hablar de los italianos, el rudo seseo de los españoles. No se advierte en ningún semblante asomo de melancolía o decaimiento. Tratan de comprar novillos, de vender campos, de construir galpones, de adquirir semillas. Al través de los cristales, la sequía pasada deja ver su castigo. Pero nadie hace caso de esta evidente ruina. Todos hablan con el fervor del que tiene por delante la inmensidad del tiempo y del espacio. En efecto, el tiempo es largo y traerá nuevas lluvias, y en cuanto al espacio, ahí está la llanura interminable que aguarda a que la mano del hombre la acaricie con el arado.
La psicología de esas gentes del campo es simple como la del marino, como la del jugador. Puede ser que carezcan de la profundidad que tienen los seres de los países viejos y definitivamente acotados. Son gentes que ignoran el ahorro, la previsión, y por tanto el miedo. Para ellos la tierra es un tapete verde donde se juega a juegos de azar. Lejos de su ánimo las virtudes de la cautela, de los actos bien meditados, de la sujeción a las formas seculares; ellos poseen otras virtudes, que a los sociólogos timoratos pueden parecer defectos: poseen la virtud, o el defecto si se quiere, de la temeridad. Se lanzan a sembrar sin tener semillas, ni herramientas, ni hombres; esto, en Europa, parecería una locura, pero en América resulta perfectamente real. Ponen a una carta todo cuanto tienen. Si ganan, su vida adquiere un tono de increíble arrogancia; si pierden, no han perdido nada, porque vuelven a empezar. Esto también parecería en Europa fantástico, donde el que se arruina una vez ya no se levanta más.
Esta temeridad o inconsciencia, acompañada del valor, no es una cosa antipática, sino al contrario. La temeridad presta a la vida americana un tono ágil, vigoroso y alegre. Más que negociar, se juega. Del fondo de este juego continuo surge una aura de esperanza y optimismo. Porque todos se ven con derecho a jugar, y todos juegan. La especulación alcanza a los más ínfimos y a los más altos. El médico que ahorra cinco mil pesos, compra tierras y las vende luego; el artista construye una casa y la enajena por el doble de su costo; el humilde limpiabotas acude a un remate, compra, vende, juega al alza y baja. El hombre más espiritual, aquel que en Europa no soñaría nunca con adulterar su vida de ensueño y meditación, se entrega él también a la vorágine de la compra y venta. ¡Cuántos deliciosos poetas habrán fracasado en la Argentina por haber substituido el ritmo del oro por el ritmo del verso!
Saliendo en tren de Buenos Aires, cualquiera que sea la línea, el viajero caminará todo el día sin haber salido del mismo paisaje. La unidad topográfica de la mayor parte de la república es uno de sus principales caracteres. Llanura, siempre llanura. El extranjero se siente al principio deprimido por esa falta de variedad panorámica, y si se le pregunta por la belleza del país, confesará que el país tiene bien poca hermosura. La extensión de la planicie fatiga, con la fatiga del océano. Todo se presenta dotado de abrumadora extensión. Cuando la llanura se interrumpe, surge un río también extenso, uniforme, fatigador. El ánimo siente angustia delante de tanta inmensidad, la angustia que nos invade ante el vacío.
Pero más tarde el europeo encuentra una sensación nueva dentro de esa llanura argentina. La necesidad de lo íntimo se pierde, dando paso a un sentimiento extraño. Este sentimiento debe parecerse al que sentirá el marino, cuando su barco, en mitad del Atlántico, vuela al ímpetu del viento. Ese sentimiento se llama «libertad». En el centro de la llanura, el hombre, después que ha sabido matar la angustia de lo interminable, siente la impresión nueva, radiante, juvenil, de la alta mar. Se ve solo en la inmensidad. Sabe que su esfuerzo es la única ayuda que le sirve en la lucha con los elementos. Conoce entonces el placer que debió gozar Robinson, cuando se vió dueño de la naturaleza. La sensación del propio y absoluto mérito hincha todos los músculos físicos y morales del hombre abandonado a su propia iniciativa. Y la libertad, la deseable libertad, le llena el alma de indecible alegría. El cielo claro, la tierra infinita, todo le habla al espíritu de libertad. Entonces se olvida de los paisajes antiguos, de las bellezas que tanto amaba; concibe otra clase de belleza, dentro de la simplicidad de la llanura: conoce la belleza moral de esa llanura inextinguible...
Ahora le pido licencia al lector para revelarle un secreto.
Asomado a la ventanilla del tren, miraba yo una extensión muy grande de trigo. Estaba aquel trigo tan lozano, que los ojos no se cansaban de verlo. Recordé todos los trigales contemplados por mí en el curso de la vida: las pequeñas y modestísimas parcelas del país cantábrico, las mieses de Castilla, los perfectos y casi académicos sembrados del interior de Francia.
Comparaba aquellos recuerdos con la realidad actual, y sacaba yo en consecuencia que estos extensos trigales superaban en magnitud a todos los vistos anteriormente. Los sembrados del país cantábrico eran, sin duda, más amables, porque su pequeñez surgía de entre setos frondosos, de entre rientes praderías, en forma que el oro del trigo parecía estar guardado primorosamente en el fondo de almohadillas felpudas y verdes. Los trigales de Castilla aparentaban tener, cuando mi imaginación los evocaba, un valor histórico, más bien legendario; no es posible asistir al espectáculo de la llanura castellana sin que se levanten las imágenes del Romancero, el paso de las mesnadas del Cid, el relumbrar de los hierros marciales y antiguos: el blanco y sabroso pan de Castilla parece que nutre al mismo tiempo nuestro estómago y nuestra fantasía. Los trigos de Francia tienen a su favor la intensidad y la sabiduría; son campos regulares de líneas precisas, de conjunto armónico e impecable; los bordes del sembrado tienen una corrección clásica; indudablemente, en esos trigales intensos e inteligentes se descubre el alma ordenada de Francia, todo medida, todo corrección y disciplinada inteligencia.
Después de repasar mis recuerdos hundía la mirada en los trigos que corrían delante del tren, y me parecían los más grandes, los más «fastuosos». Podían ser otros más intensos y más científicos, pero estos de aquí poseían la virtud de lo inmenso. Quizá incorrectos, tal vez desordenados, pero inmensos y fastuosos. Entre los trigales argentinos y los europeos, había la diferencia de un parque urbano a una selva tropical.
Si los bosques, los ríos, las cataratas, las cordilleras y las llanuras de América se distinguen por su grandeza, las formas que adoptase la agricultura debían ser también gigantescas. Pero he hallado la palabra conveniente: los trigales argentinos se me figuran gigantescos.
Y entonces—aquí está el secreto que anunciaba—me asaltó una idea súbita. ¿Por qué no había yo de convertirme en agricultor?...
Todos los que seamos un poco sentimentales, y especialmente aquellos que sufren la tiranía aniquilante de la ciudad, hemos suspirado alguna vez por el ideal de Horacio: tener un huerto, un jardín, una casa pacífica en la ladera de un collado. Pero este ideal guarda relación con la literatura; es un programa literario-filosófico, en que la labranza es lo de menos, en que lo importante sería el ocio aristocrático dentro de un marco sereno. No era esta tentación la que yo sentí. Era una tentación nueva, un impulso de hombre primitivo, un deseo puramente labrador. La tentación me sugería ideas nuevas que me sorprendían. No ambicionaba el huerto horaciano, para descansar de mis trabajos y lecturas; deseaba el campo abierto, para cansarme allí, pero con un cansancio corporal, cansancio de músculos, de sudor, de callos. Convertirme en chacarero.
El concepto masculino de la agricultura se me introdujo en la mente, y comprendí de pronto la infinita hermosura de una vida agraria en esa gigantesca llanura platense. Todas estas especulaciones mentales con que distraemos nuestras horas, ¿no serán un poco femeninas? Lo viril, lo masculino, es el trabajo muscular sobre la tierra; lo noble es el esfuerzo que va de nuestra voluntad a la tierra, en un viaje de simpatía amorosa que tiene por fin la concepción.
Olvidé el huerto horaciano, excesivamente intelectual; olvidé la afición bucólica del siglo XVIII, motivo, cuando más, para decorar tapices. Estas manos ¿por qué han de rehuir la herramienta áspera? A un lado la agricultura simple; ésa es la noble. Llenarse de honrados callos. Sentir la aspereza de la tierra sobre la piel. Hundir los pies en el barro. Ofrecer el rostro a los latigazos del viento. Soportar con firmeza las caricias brutales del sol. Empaparse en las aguas torrenciales del cielo. Contemplar sin pavor la brusca tormenta y el fulgor del rayo. Cabalgar. Dominar potros reacios, imponiéndoles el imperio de las piernas contraídas y del freno tenso. Levantarse cuando en el cielo se apagan las lámparas nocturnas. Tenderse en la cama dura con un espasmo de placer, todos los músculos cansados como piedras. Dormir sin sueños, al modo de los niños, inocentemente. No hacerle ascos a ninguna comida. Comer de pie, a grandes bocados, y sentir que los manjares se resuelven en sangre y en alegría. Olvidarse de las dispepsias sedentarias, de las jaquecas afeminadas, de los achaques poco varoniles. Y luego convencerse de la eficacia de las propias aptitudes para dirigir la siembra, para conocer el punto de madurez de las plantas, para recolectar a tiempo y con habilidad. Correr, gritar a las peonadas, disciplinar las fuerzas de los hombres y las bestias, revelarse dueño ante los subordinados, y después beber con ellos a su salud...
La tentación agraria no se ofrece sólo en el campo; se ofrece lo mismo en las ciudades. Sobre la sociedad argentina se levanta invariablemente la eterna conversación: la cosecha. El campo está allí siempre de moda. Y como adondequiera que uno vaya, así sea el perfumado gabinete de una señorita, se encuentra con el tópico de la cosecha, termina uno por preocuparse seriamente de los trigos y del maíz. En otros países podrá ser la agricultura una ocupación ordinaria y plebeya; en la Argentina es la ocupación aristocrática por excelencia. Una fortuna no se considera respetable si no cuenta con ricos campos de cultivo; hablarle del maíz a una señorita no es en Buenos Aires ninguna impertinencia, como lo sería en París o Viena.
Luego viene otro agente de tentación: el reclamo periodístico. Abriendo un gran diario nos encontramos con hojas enteras destinadas a anunciar las ventas de campos; ahí aparecen en fotografía las «chacras», o salen grabados los mapas, con sus ríos, pueblos y heredades. Y el reclamo de esas ventas y remates adopta un calor, un apasionamiento tan grande, que el hombre más frío se siente arrastrado por la pasión.
¡Los campos de tal punto son inmejorables!—gritan los anuncios. ¡Compren los campos de riego! ¡No descuiden sus negocios, y compren tierras! ¡Las tierras son fortuna! ¡El porvenir está en nuestras tierras!...
Carteles por las calles, anunciando remates. Carteles en las estaciones de ferrocarril, y un ejército de agentes que ponderan de mil modos las ventajas agrícolas. Se advierte, en fin, tal entusiasmo por la agricultura, que uno termina por sugestionarse: entonces se trastornan los conceptos pasivos que una vida sedentaria o libresca ha logrado infundir a nuestra mente, y lo que nos parecía grosero y sin gracia, ahora nos parece hermoso y hasta elegante. Preparado así el ánimo para la conversión, un momento cualquiera, un incidente vulgar provoca la nueva profesión de fe. Yo estaba bien preparado para la conversión; la vista de los extensos trigales maduros fué el rayo divino, el camino de Damasco; y una voz me gritó por último: Hazte chacarero...
Pero la vida me arrastró por otros caminos, haciendo fracasar el agricultor a la americana que indudablemente había en mí.