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Paisajes Argentinos

XI LAS MANSIONES Y LOS HOMBRES IMAGINARIOS

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¿Qué cosa es lo real? Por el supremo valor que le damos al dinero, nos inclinamos a respetar como la cosa más real y positiva, un Banco, por ejemplo. Sin embargo, en Buenos Aires he perdido yo el respeto que me merecían, como a todos los hombres pobres, los Bancos.

Junto a los Bancos de la City se reúne una multitud de escritorios y pequeñas oficinas, de distintos tamaños, de nacionalidades diversas. Al principio sentía yo un gran respeto por esas oficinas, adornadas con todo el lujo de rótulos dorados, extensos cristales, tableros con cifras y cotizaciones, ingentes armarios de hierro. También me causaban respeto una especie de antros, a cuya puerta veía clavadas muchas, infinitas placas de cobre con un nombre o una firma comercial. Miraba al pasar el fondo de aquellas habitaciones, y descubría allí dentro un algo misterioso, una suerte de esfuerzos heroicos en que estaban empeñadas gentes audaces y patrióticas. Pero también les he perdido el respeto a esos antros... Ahora los miro como lugares cómicos, pintorescos, nidos de aventuras novelables.

Son unos locales espaciosos, compuestos de un patio largo al que convergen numerosos cuartos y gabinetes; en los pisos altos se continúa la misma distribución de habitaciones autónomas. Cada gabinete ostenta un número, como las celdas de una cárcel o de un hospital; junto a la puerta, una placa de porcelana o de cobre indica el apellido del dueño. Estos dueños asumen las más variadas y antagónicas profesiones. Unos son abogados, otros ingenieros, contratistas, rematadores de tierras, registradores, notarios, agentes comerciales, representantes de compañías navieras, de compañías pobladoras, de compañías de seguros; otros negocios y profesiones suele haber que lindan con lo fantástico. Cualquier persona que tenga el propósito de especular, pone su placa a la puerta de un gabinete, planta una mesa y cuatro sillas, compra una máquina de escribir y se pone a operar. ¿Sobre qué opera? Sobre nada, sobre el vacío. Ya es una empresa de seguros, ya una sociedad de avisos, de colonización, de cualquier cosa. En muchos de estos gabinetes se sientan, es claro, verdaderos abogados, verdaderos comisionistas y evidentes sociedades de colonización y de seguros; pero quienes dan carácter a la cosa son los otros, los imaginarios, los increíbles e inauditos.

¿Qué habrá ahí dentro?—me preguntaba yo antes.—Hay hombres serios que trabajan y operan sobre realidades; pero una muchedumbre opera sobre sombras y palabras. Allí dentro no hay nada, o hay cosas de apariencia y de ilusión. Este, por ejemplo, tiene en su mesa o tiradas por los divanes, muestras de un alambre nuevo para cercar campos; el otro presenta unas espigas de trigo cosechadas en un campo «que se dice que se vende y es una pichincha»; otros no presentan ni eso, como no sea una placa con un nombre, que es un enigma.

Pero en ningún escritorio faltan planos y mapas de pueblos y territorios lejanos. Los terrenos aparecen cortados por líneas simétricas, en forma de parcelas cuadradas: son los terrenos, los eternos terrenos que se ofrecen a la especulación, las fichas de este gran tapete verde de la república donde se juega a la compra y venta de fantasías.

Allí se fraguan negocios extraños. Pulula por allí una gitanería internacional, un picarismo cosmopolita, digno de la pluma de un Dickens. Nadie tiene allí punta ni asomo de idiota; todos son perfectamente linces, educados en la escuela de lo maravilloso. Se ve a un italiano asociarse con un andaluz, a un vasco con un ruso, a un inglés con un dálmata. Unos se engañan a otros, se echan la zancadilla, en un torneo de astucia. Esperan a los incautos y a los ilusos. Viajan en viajes repentinos y anónimos, para volver con informes y hallazgos recogidos tierra adentro. Tienden la red, como las arañas, y aguardan a la presa.

Allí se fabrican reputaciones sorprendentes. Los campos secos, con cuatro flacos novillos, pasan a convertirse en fértiles terrenos de pasturaje. Enseñan muestras de pasto, o plantas de lino y maíz de gran desarrollo. Con el dedo se recorren los mapas, hechos con la ciencia aduladora de los técnicos que están en el secreto del negocio; se miden en el mapa los terrenos y se ponderan sus perfecciones. Por aquí ha de pasar el ferrocarril; allá se ha de fundar una colonia agrícola; por aquel lado irá un canal de riego... Y las tierras se venden, se compran, sin que nadie las haya visto. En ellas no hay cultivo, ni rinden ninguna renta. No se compran por su valor esencial, sino por el valor que se supone han de alcanzar más tarde. Como todos tienen interés en sostener la farsa, la farsa sigue su curso. Ved un tapete inmenso, en cuya verde superficie se reflejan las ambiciones y fantasías de tanto soñador, de tanto aventurero.

Un ambiente así, tan recargado de especulaciones monetarias, ha tenido que producir muchas locuras. Uno de los locos más típicos, es el que llamo yo «creador de proyectos». Su locura no cae dentro de los límites del manicomio; no es un demente de clínica: es simplemente un maniático, como el enamorado, como el artista. Tiene la monomanía de los proyectos, tiene el ideal de la fortuna, así como para el enamorado y para el artista sus ideales se convierten en obsesión fija y constante.

El proyectista se levanta pensando en sus colosales negocios, y se duerme con sus sueños de fortuna; pero la fortuna no se le aparece en una forma material, sino fantástica e idealista. No quiere él la fortuna como los hombres prácticos, para conseguir cosas y satisfacciones reales: él desea la fortuna por la fortuna misma, ama el proyecto por el proyecto. Algo parecido a Don Quijote, el creador de proyectos se ha imaginado una Dulcinea, y por su bello amor vive, sueña, batalla, corre, habla.

Le veréis en cualquier punto del centro de la ciudad. Está en los cafés, en los «bars», en los pasillos de los teatros. Como si su excitación cerebral no fuera suficiente, aun la aumenta con los aperitivos y estimulantes. Bebe vermut, copa tras copa; bebe sucesivas tazas de espeso café; ingiere a borbotones la cerveza. Borracho por su monomanía, apenas se da cuenta de la embriaguez alcohólica. Los alcoholes no añaden locura a su borrachera idiosincrásica, permanente.

¡Oh soñador, soñador empedernido, soñador de fantasías metálicas! El oro de las libras esterlinas, la sedosidad de los billetes de banco, lo envuelven en continuas sinfonías ideales. Y marcha por la vida escuchando el sonoro retintín de las monedas, estimulado por su música interior, enloquecido por la sarcástica excitación de su demonio íntimo.

Un loco hace cien locos. El proyectista comunica a sus semejantes su locura, y allí donde va deja un rastro de utopías. Escoge por lo regular las naturalezas blandas y propicias, tal como los recién desembarcados. Entonces ocurre que el que llega, en cuanto pisa tierra, choca con el creador de proyectos, y el hombre se pierde irremediablemente. Desembarcar en América, en el país del oro, y tropezar con un hombre que baraja negocios, que hila y amontona proyectos, esto es tan terrible como caer por la boca de un abismo. Así se explica que las calles del centro estén pobladas por una muchedumbre rara, hiperbólica, febricitante, que manotea epilépticamente al conjuro de una idéntica locura. Todos hablan de proyectos enormes, de ganancias monstruosas. Sobre las mesas de los cafés, de pie ante el mostrador de un «bar», en mitad de la calle, los proyectistas gesticulan entusiasmados, o hablan muy bajito, misteriosamente, para que nadie les sorprenda la idea y les malogre el descomunal negocio.

Negocios descomunales, sí; negocios estupendos. Pensar en grandes destinos, o no pensar en nada. Unas veces se trata de crear una ciudad; otras veces el asunto consiste en regar un desierto y valorizar las tierras en proporciones de dos a mil; otras veces se habla de un invento prodigioso, o de una nueva forma de reclamo, o de sociedades anónimas con capitales inauditos. Las cifras más altas, los miles y millones de pesos, bailan una danza extraña dentro de esas imaginaciones espoleadas. Las demás cosas del mundo las encuentran insensibles; no salen nunca del riñón de la ciudad, y en esas calles apasionadas y ruidosas, ellos encuentran un placer morboso que los enajena. El estrépito de tranvías y carros, el vocear de los chicos, los tropezones, la continua alarma de la calle, todo eso los enardece.

Absortos en su ideal, temblando siempre ante la inminencia del éxito, su cerebro se convierte en una colmena de ilusiones. Dentro de sus almas hay fuegos fatuos, sombras siniestras, iluminaciones repentinas y maravillosas. Riman cantidades, como el poeta rima bellos adjetivos. Poetas del negocio, idealistas estrambóticos en un medio cartaginés, ellos vienen a ser las mariposas o la flor romántica del centro de la ciudad. Flores morbosas y enfermizas, caldeadas por la locura.

Hasta que caen lentamente en la indigencia, y se convierten en atorrantes. O una noche cualquiera, no pudiendo sus pobres cabezas resistir tan alta presión, revientan y se mueren.

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