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Obras selectas de la celebre monja de Mejico, sor Juana Ines de la Cruz

SONETOS.

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Illustration from Obras selectas de la celebre monja de Mejico, sor Juana Ines de la Cruz: precedidas de su biografia y juicio crítico sobre todas sus producciones

I.

Satisfaccion cumplida.

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba, Como en tu rostro y tus acciones via Que con palabras no te convencia, Que el corazon me vieses deseaba; Y amor, que mis intentos ayudaba, Venció lo que imposible parecía, Pues entre el llanto que el dolor vertia El corazon deshecho destilaba. Baste ya de rigores, mi bien, baste; No te atormenten mas celos tiranos, Ni vil sospecha tu quietud contraste Con sombras necias, son indicios vanos, Pues ya en líquido humor viste y tocaste Mi corazon deshecho entre tus manos.

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II.

En el dia de dias de un hermano de la poetisa.

¡Oh quien, amado Anfriso, te ciñera Del mundo las coronas poderosas! Que á coronar tus prendas generosas El círculo del orbe corto fuera. ¡Quién para eternizarte hacer supiera Mágicas confecciones poderosas, O tuviera las yerbas milagrosas Que feliz gustó Glauco en la ribera! Mas aunque no halla medio mi cuidado Para que goces de inmortal la palma, Otro mas propio mi cariño ha hallado Que el curso de tu vida tenga en calma: Pues juzgo que es el mas proporcionado De alargarte la vida, darte mi alma.

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III.

Con el dolor de la mortal herida De un agravio de amor me lamentaba, Y por ver si la muerte se llegaba Procuraba que fuese mas crecida. Toda en el mal el alma divertida Pena por pena su dolor sumaba, Y en cada circunstancia ponderaba Que sobraban mil muertes á una vida. Y cuando al golpe de uno y otro tiro Pendido el corazon daba penoso Señas de dar el último suspiro, No sé con qué destino prodigioso Volví en mi acuerdo y dije: ¿Qué me admiro? ¿Quién en amor ha sido mas dichoso?

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IV.

¡Detente, sombra de mi bien esquivo! ¡Imágen del hechizo que mas quiero! ¡Bella ilusion por quien alegre muero! ¡Dulce ficcion por quien penosa vivo! Si al iman de tus gracias atractivo Sirve mi pecho de obediente acero, ¿Para qué me enamoras lisongero, Si has de burlarme luego fugitivo? Mas blasonar no puedes satisfecho De que triunfa de mí tu tirania; Que aunque dejas burlado el lazo estrecho Que tu forma fantástica ceñia, Poco importa burlar brazos y pecho Si te labra prision mi fantasía.

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V.

Yo no puedo tenerte ni dejarte, Ni sé por qué al dejarte ó al tenerte Se encuentra un no sé qué para quererte, Y muchos sí sé qué para olvidarte. Pues ni quieres dejarme ni enmendarte, Yo templaré mi corazon de suerte Que la mitad se incline á aborrecerte, Aunque la otra mitad se incline á amarte. Si ello es fuerza querernos, haya modo, Que es morir el estar siempre riñendo: No se hable mas de celo ni sospecha, Y quien da la mitad no quiera todo; Y cuando me la estás allá haciendo, Sabe que estoy haciendo la deshecha.

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VI.

Yo adoro á Lisi, pero no pretendo Que Lisi corresponda á mi fineza, Pues si juzgo posible su belleza, A su decoro y mi aprehension ofendo. No emprender solamente es lo que emprendo, Pues sé que á merecer tanta grandeza Ningun mérito basta, y es simpleza Obrar contra lo mismo que yo entiendo. Como cosa concibo tan sagrada Su beldad, que no quiere mi osadía A la esperanza dar ni aun leve entrada; Que, cediendo á la suya mi alegria, Por no llegarla á ver mal empleada Aun pienso que sintiera verla mia.

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VII.

Al que ingrato me deja, busco amante; Al que amante me sigue, dejo ingrata; Constante adoro á quien mi amor maltrata; Maltrato á quien mi amor busca constante. Al que trato de amor, hallo diamante, Y soy diamante al que de amor me trata; Triunfante quiero ver al que me mata, Y mato á quien me quiere ver triunfante. Si á este pago, padece mi deseo; Si ruego á aquel mi pundonor enojo: De entrambos modos infeliz me veo. Pero yo por mejor partido escojo, De quien no quiero ser violento empleo, Que de quien no me quiere vil despojo.

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VIII.

Feliciano me adora, y le aborrezco; Lisardo me aborrece, y yo le adoro; Por quien no me apetece, ingrato, lloro; Y al que tierno me llora, no apetezco. A quien mas me desdora el alma ofrezco. A quien me ofrece víctimas, desdoro; Desprecio al que enriquece mi decoro, Y al que le hace desprecios, enriquezco. Si con mi ofensa al uno reconvengo, Me reconviene el otro á mí ofendido, Y á padecer de entrambos modos vengo; Pues ambos atormentan mi sentido, Aquese con pedir lo que no tengo, Y aqueste en no tener lo que le pido.

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IX

Fabio, en el ser de todos adoradas Son todas las beldades ambiciosas, Porque tienen sus aras por ociosas Si no las ven de víctimas colmadas; Y así, si de uno solo son amadas, Viven de la fortuna querellosas, Porque piensan que mas que ser hermosas Constituye deidad el ser rogadas. Mas yo soy en aquesto tan medida, Que en viendo á muchos mi atencion zozobra, Y solo quiero ser correspondida De aquel que de mi amor reditos cobra; Porque es la sal del gusto ser querida, Y daña lo que falta y lo que sobra.

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X.

Miró Celia una rosa que en el prado Ostentaba feliz su pompa vana, Y con afeites de carmin y grana Bañaba alegre el rostro delicado; Y dijo: Goza sin temor del hado El curso breve de tu edad lozana; Pues no podrá la muerte de mañana Quitarte lo que hubieres hoy gozado. Y aunque llega la muerte presurosa Y tu fragante vida se te aleja, No sientas el morir tan bella y moza; Mira que la esperiencia te aconseja Que es fortuna morirte siendo hermosa, Y no ver el ultraje de ser vieja.

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XI.

A Lucrecia.

¡Oh famosa Lucrecia! gentil dama De cuyo desgarrado noble pecho Salió la sangre que extinguió, á despecho Del rey injusto, la lasciva llama! ¡Oh con cuánta razon el mundo aclama Tu virtud! pues por premio de tal hecho Aun es para tus sienes cerco estrecho La amplísima corona de tu fama. Pero si el modo de tu fin violento Puedes borrar del tiempo y sus anales, Quita la punta del puñal sangriento Con que pusiste fin á tantos males, Que es mengua de tu honrado sentimiento Decir que te valiste de puñales.

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XII.

A la misma.

Intenta de Tarquino el artificio A tu pecho, Lucrecia, dar batalla: Ya amante llora, ya modesto calla, Ya ofrece toda el alma en sacrificio. Y cuando piensa ya que mas propicio Tu pecho á tanto imperio se avasalla, El premio, como Sísifo, que halla Es empezar de nuevo el ejercicio. Arde furioso y la amorosa tema Crece en la resistencia de tu honra, Con tanta privacion mas obstinada. ¡Oh providencia de deidad suprema! Tu honestidad motiva tu deshonra, Y tu deshonra te eterniza honrada.

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XIII.

La esposa de Pompeyo.

La esposa heroica de Pompeyo altiva, Al ver su vestidura en sangre roja, Con generosa cólera se enoja De sospecharlo muerto y estar viva. Rinde la vida en que el sosiego estriva De esposo y padre, y con mortal congoja La concebida sucesion arroja, Y de la paz con ella á Roma priva. Si el infeliz concepto que escondia En sus entrañas Julia, no abortara, La muerte de Pompeyo escusaria. ¡Oh tirana fortuna! quién pensara Que con el mismo amor que le tenia, Con ese mismo amor se la causara!

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XIV.

A Porcia.

¿Qué pasion, Porcia, que dolor tan ciego Te obliga á ser de tí fiera homicida? O ¿en qué te ofende tu inocente vida Que así le das batalla á sangre y fuego? Si la fortuna airada, al justo ruego De tu esposo se muestra endurecida, Bástele el mal de ver su accion perdida, No acabes con tu muerte su sosiego. Deja las brasas, Porcia, que mortales Impaciente tu amor elegir quiere; No al fuego de tu amor el fuego iguales; Porque, si bien de tu pasion se infiere, Mal morirá en las brasas materiales Quien en las llamas del amor no muere.

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XV.

¿Vesme, Alcino, que atada á la cadena De amor, sufro en sus hierros aherrojada Mísera esclavitud, desesperada De libertad, y de consuelo ajena? ¿Ves de dolor y angustia mi alma llena, De tan fieros tormentos lastimada, Y entre las vivas llamas abrasada, Juzgarse por indigna de su pena? ¿Vesme seguir, sin alma, un desatino Que yo misma condeno por estraño? ¿Vesme derramar sangre en el camino, Siguiendo los vestigios de un engaño? ¿Muy admirado estás? Pues mira, Alcino, Mas merece la causa de mi daño.

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XVI.

Despues de una enfermedad de la autora. A la vireina, marquesa de Mancera.

En mi vida, que siempre tuya fué, Laura divina, y siempre lo será, La parca fiera, que en seguirme da, Quiso asentar por triunfo el duro pié. Yo de su atrevimiento me admiré, Que si debajo de tu imperio está, Tener fuero no puede en ella ya, Pues del suyo contigo me libré. Para cortar el hilo, que no hiló, La tijera mortal abierta ví: “¡Ay parca fiera! dije entonces yo, Mira que Laura sola manda aquí.” Ella corrida al punto se apartó, Y dejóme morir solo por ti.

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XVII.

(CONSONANTES FORZADOS.)

Aunque eres, Teresilla, tan muchacha, Le das qué hacer al pobre de Camacho, Porque dará tu disimulo un cacho A aquel que se pintare mas sin tacha. De los empleos que tu amor despacha Anda el triste cargado como un macho, Y tiene tan crecido su penacho, Que ya no puede entrar, si no se agacha. Estás á hacerle burlas ya tan ducha, Y á salir de ellas bien estás tan hecha, Que de lo que tu vientre desembucha. Sabes darle á entender, cuando sospecha, Que has hecho, por hacer su hacienda mucha, De ajena siembra suya la cosecha.

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XVIII.

(CONSONANTES FORZADOS.)

Ines, yo con tu amor me refocilo, Y viéndome querer me regodeo; En mirar tu hermosura me recreo, Y cuando estás celosa me reguilo. Si á otros miras, de celos me aniquilo, Y tiemblo de tu gracia y tu meneo, Porque sé, Ines, que tu con un boleo No dejarás humor ni para quilo. Cuando estás enojada, no resuello; Cuando me das picones, me refino; Cuando sales de casa, no reposo; Y espero, Ines, que entre esto y entre aquello Tu amor, acompañado de mi vino, Dé conmigo en la cama ó en el coso.

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XIX.

A la esperanza.

Diurna enfermedad de la esperanza, Que así entretienes mis cansados años, Y en el fiel de los bienes los daños Tienes en equilibrio la balanza, Que siempre suspendida, en la tardanza De inclinarse, no dejan tus engaños Que lleguen á exceder en los tamaños La desesperacion ó la confianza; ¿Quién te ha quitado el nombre de homicida? Pues lo eres mas severa, si se advierte, Que suspendes el alma entretenida; Y entre la infausta ó la felice suerte No lo haces tú por conservar la vida, Sino por dar mas dilatada muerte.

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XX.

¿Qué es esto, Alcino? ¿Cómo tu cordura Se deja así vencer de un mal celoso, Haciendo con estremos de furioso Demostraciones más que de locura? ¿En qué te ofendió Celia, si se apura? O al amor ¿por qué culpas de engañoso, Si no aseguró nunca poderoso La eterna posesion de su hermosura? La posesion de cosas temporales, Temporal es, Alcino, y es abuso El querer conservarlas siempre iguales. Conque, tu error ò tu ignorancia acuso; Pues fortuna y amor de cosas tales La propiedad no han dado, sino el uso.

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XXI.

Silvio, yo te aborrezco, y aun condeno El que estés de esta suerte en mi sentido, Que infama el hierro el escorpion herido, Y mancha, á quien lo huella, inmundo el cieno. Eres como el mortífero veneno Que daña á quien lo vierte inadvertido; Y, en fin, eres tan malo y fementido Que aun para aborrecido no eres bueno. Tu aspecto vil á mi memoria ofrezco, Aunque con susto me lo contradice, Por darme yo la pena que merezco; Pues cuando considero lo que hice, No solo á ti, corrida, te aborrezco, Pero á mí, por el tiempo que te quise.

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XXII.

Dices que yo te olvido, Celio, y mientes En decir que me acuerdo de olvidarte, Pues no hay en mi memoria alguna parte En que, aun como olvidado, te presentes. Mis pensamientos son tan diferentes Y en todo tan ajenos de tratarte, Que ni saben si pueden olvidarte, Ni si te olvidan saben si lo sientes. Si tù fueras capaz de ser querido, Fueras capaz de olvido, y ya era gloria Al ménos la potencia de haber sido; Mas tan léjos estás de esa victoria, Que aqueste no acordarme, no es olvido, Sino una negacion de la memoria.

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XXIII.

Al rey de España, con ocasión de un acto piadoso para con el Santísimo Sacramento.

Altísimo señor, monarca hispano, Que á Dios entre accidentes escondido Cuando quereis mostraros mas rendido Es cuando os ostentais mas soberano. Aquesta accion, señor, que al luterano Asombró en Cárlos quinto esclarecido, Y esa por quien el gran Rodulfo vido Del mundo el cetro en su piadosa mano, Aunque aplaudida en el hispano suelo Ha sido con católica alegria, No causa admiracion á mi desvelo: Quede admirado aquel que desconfia, Y de vuestra piedad, virtud y celo Esa y mas religion no suponía.

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XXIV.

Firma Pilato la que juzga agena Sentencia, y es la suya. ¡Oh caso fuerte! ¿Quién creerá que firmando ajena muerte El mismo juez en ella se condena? La ambición de tal modo le enagena, Que con el vil temor, ciego, no advierte Que carga sobre sí la infausta suerte Quien al justo sentencia á injusta pena. Jueces del inundo, detened la mano, Aun no firmeis: mirad si son violencias, Las que os pueden mover, de odio inhumano; Examinad primero las conciencias, Mirad no haga el Juez recto y soberano Que en la ajena firmeis vuestras sentencias.

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XXV.

A la muerte del duque de Veráguas.[G]

Ves, caminante: en esta triste pira La potencia de Jove está postrada; Aquí Marte rindió la fuerte espada, Aquí Apolo rompió la dulce lira; Aquí Minerva triste se retira, Y la luz de los astros eclipsada Toda está en la ceniza venerada Del excelso Colon, que aquí se mira. Tanto pudo la fama encarecerlo, Y tanto las noticias sublimarlo, Que sin haber llegado á conocerlo, Llegó con tanto estremo el reino á amarlo, Que muchos ojos no pudieron verlo, Mas ningunos pudieron no llorarlo.

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XXVI.

Al mismo asunto.

Deten el paso, caminante: advierte Que aun esta losa guarda enternecida, Con triunfos de su diestra no vencida, Al capitan mas valeroso y fuerte; Al duque de Veráguas, ¡triste suerte! Que nos dió en su noticia esclarecida, En relacion los bienes de su vida, Y en posesion los males de su muerte. No es muerto el duque, aunque su cuerpo abrace La losa que apiadada le recibe: Pues porque á su vivir el curso enlace, Aunque el mármol su muerte sobrescribe, En las piedras verás el aquí yace, Mas en los corazones, aquí vive.

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XXVII.

En la muerte de la marquesa de Mancera.

Mueran contigo, Laura, pues moriste, Los afectos que en vano te desean, Los ojos á quien privas de que vean La hermosa luz que un tiempo concediste. Muera mi lira infausta en que influiste Ecos, que hoy lamentables te vocean; Y hasta estos rasgos mal formados sean Lágrimas negras de mi pluma triste. Muévase á compasión la misma muerte Que precisa no pudo perdonarte, Y lamente el amor su amarga suerte; Pues si ántes ambicioso de gozarte Deseó tener ojos para verte, Ya le sirvieran solo de llorarte.

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XXVIII.

Quejas de la autora por los aplausos de que era objeto.

¿Tan grande ¡ay hado! mi delito ha sido, Que, por castigo de él ó por tormento, No basta el que adelanta el pensamiento, Sino el que le previenes al oido? Tan severo en mi contra has procedido, Que me persuado de tu duro intento, A que solo me diste entendimiento Porque fuese mi daño mas crecido. Me diste aplausos para mas baldones, Subir me hiciste para penas tales; Y aun pienso que me dieron tus traiciones Glorias á mi desdicha desiguales, Porque viéndome rica de tus dones Nadie tuviese lástima á mis males.

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XXIX.

Píramo y Tisbe.

De un funesto moral la negra sombra De horrores mil y confusiones llena, En cuyo hueco tronco aun hoy resuena El eco que doliente á Tisbe nombra, Cubrió la verde matizada alfombra En que Píramo amante abrió la vena Del corazon, y Tisbe de su pena Dió la señal, que aun hoy al mundo asombra. Mas viendo del amor tanto despecho La muerte, entonces de ellos lastimada, Sus dos pechos juntó con lazo estrecho. Pero ¡ay de la infeliz y desdichada Que á su Píramo dar no puede el pecho Ni aun por los duros filos de una espada!

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XXX.

Desahogos de un celoso.

Yo no dudo, Lizarda, que te quiero, Aunque sé que me tienes agraviado; Mas estoy tan amante y tan airado, Que afectos que distingo no prefiero. De ver que odio y amor te tengo, infiero Que ninguno estar puede en sumo grado; Pues no me puede el odio haber ganado, Sin haberme perdido amor primero. Y si piensas que el alma que te quiso Ha de estar siempre á tu aficion ligada, De tu satisfaccion vana te aviso; Pues si el amor al odio ha dado entrada El que bajó de sumo á ser remiso, De lo remiso pasará á ser nada.

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