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Obras selectas de la celebre monja de Mejico, sor Juana Ines de la Cruz

ROMANCES.

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Illustration from Obras selectas de la celebre monja de Mejico, sor Juana Ines de la Cruz: precedidas de su biografia y juicio crítico sobre todas sus producciones

I.

A los condes de Paredes, vireyes de Méjico, con motivo de haber concurrido á una fiesta en el monasterio de San Gerónimo.[F]

Hoy que las luces divinas De uno y otro luminar Se avecinan á la tierra Sin ocultarse en el mar: Hoy que se muestran benignos, Depuesto el tono real, Jove sin vibrar el rayo, Juno sin la majestad: Hoy que Vénus de sus cisnes Desunce el carro triunfal, Y por América olvida De Chipre la amenidad: Hoy que gloriosa Belona Tremola señas de paz, Y por el ramo de oliva Depone el asta fatal: Hoy que Apolo ardiente deja El monte de fatigar, Y dejadas las saetas Usa la lira no mas: Hoy que pacífico Marte Deja el estruendo marcial, Y en tranquila paz conmuta El estrépito campal: Hoy que Alcídes apacible En dulce tranquilidad Y con mejor Yole cambia Lo fuerte por lo galan: Hoy, en fin, que en esta casa Humanada la deidad, Cuanto está mas disfrazada, Tanto está mas celestial, Su dueño, que en reverentes Obsequios quiere mostrar Que solo paga en deseos Lo que no puede pagar, No intenta pedir perdones, Aunque ve su cortedad, Pues sabe que en los favores El primero es perdonar; Y pedir lo que se ha dado Fuera querer estrechar De una peticion al voto Tanta liberalidad; Pues sabe que las deidades No tienen necesidad, Como obran independientes, De méritos para obrar; Porque ántes en el indigno Hace la grandeza mas: Que es la estrechez del mendigo Lisonja del liberal; Que á no haber necesitados No hallara objeto capaz, Y era frustránea potencia A faltar necesidad. El bien es comunicable, Y si llegara á faltar Con quien, siempre fuera bien, Mas no fuera utilidad. Y así gustoso en su esfera, Otra no quiere envidiar, Pues merece que tres soles Le lleguen á iluminar; Y remitiendo al silencio Lo que no puede esplicar, A sí mismo de sus dichas Los parabienes se da.

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II

Dando el parabien á un doctorado.

Gallardo jóven ilustre, Que en bien logrados abriles De sazon temprana ofreces Frutos que el Otoño envidie. Tú que en gloriosa palestra De las literarias lides, Al alto honor de las ciencias Nuevo añades sacro timbre; Cuyo nombre será siempre, En inscripciones plausibles, Fatiga honrosa á los bronces, Dulce afan á los buriles; Hoy que doctoral insignia Tu dichosa frente ciñe, Y que de la amarga siembra Gustosos frutos percibes, Goza el laurel, goza el premio Que tu fama te apercibe, Puro blason que te adorne, Cándido honor que te anime; Gózale honroso, aun que corto Desigualmente compite El que tus sienes halaga Al que tus méritos piden; Gózale, excepcion del tiempo, Y porque el mundo te admire, Vive tanto como sabes, Goza tanto como vives.

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III

A un caballero español que dirigió á la autora un romance, diciéndola haber hallado en ella el fénix.

Válgate Apolo por hombre [No acabo de santiguarme Mas que vieja cuando Jove Dispara sus triquitraques] De tan paradoja idea, De tan remoto dictámen; Sin duda que este el autor Es de los estravagantes. Buscando dice que viene Aquel pájaro que nadie, Por mas que lo alaben todos, Ha sabido á lo que sabe; Para quien las cetrerias Se inventaron tan en balde, Que es un gallina el alcon Y una mandria el gerifalte, El azor un avechuelo, Una marimanta el sacre, Un cobarde el tagarote Y un menguado el gavilane; A quien no se le da un bledo De que se prevenga el guante, Pihuelas y capirote, Con todos los demas trastes, Que bien mirados son unos Trampantojos borëales, Que inventó la golosina Para alborotar el aire; De cuyo antojo quedaron, Por mucho que lo buscasen, Sardanápalo en ayunas, Heliogábalo con hambre. De él el pobre caballero Dice que viene al alcance, Revolviendo las provincias Y trasegando los mares; Que para hallarlo, de Plinio Un itinerario trae, Y un mandamiento de Apolo Con las señas de rara avis. ¿No echas de ver, peregrino, Que el fénix sin semejante Es de Plinio la mentira Que de sí misma renace? En fin, hasta aquí es nonada; Mas nunca falta quien cante Daca el fénix, toma el fénix, En cada esquina de calle. Es lo mejor que es á mí A quien quiere encenizarme, O enfenixarme, supuesto Que allá uno y otro se sale. Dice que yo soy la fénix Que, burlando las edades, Ya se vive, ya se muere Ya se entierra, ya se nace; La que hace de cuna y tumba Diptongo tan admirable, Que le mece de nacida La que le guardó cadáver; La que en fragantes incendios De las gomas mas suaves, Es parecer consumirse Volver á vivificarse; La mayorazga del sol, Que, cuando su pompa esparce, Le engasta Ceilan el pico, Le enriza Ofir el plumage; La que mira con záfiros, La que vuela con diamantes, La que pica con rubíes Y respira suavidades; La que Atrópos y Laquésis Es de su vital estambre; Pues es la que corta el hilo Y la que vuelve á enhebrarle. Que yo soy, jurado Apolo, La que vive de portante, Y en la vida como en venta, Ya se mete, ya se sale. Que es Arabia la feliz Donde sucedió á mi madre Mala noche y parir hembra, Segun dicen los refranes. (Refranes, dije, y es que Me lo rogó el consonante, Y porque hay regla que dice; Pro singulare plurale) En fin, donde se pasó La rota de Roncesválles; Aunque quien nació de nones no debiera tener pares. Que yo soy la que andar suele En símiles elegantes, Abultando los renglones Y engalanando romances. El lo dice, y de manera Eficaz lo persüade Que casi estoy por crerlo, Y de afirmarlo por casi. ¡Qué fuera, que fuera yo Y no lo supiera ántes! Pues ¿quién duda que es el fénix El que ménos de sí sabe? Por Dios, yo lo quiero ser, Pésele á quien le pesare; Pues de que me queme yo No hay razon que otro se abrase. Yo no pensaba en tal cosa; Mas si él gusta graduarme De fénix, ¿he de echar yo Aqueste honor á la calle? ¿Qué mucho que yo lo admita? Pues nadie puede espantarse De que haya quien se enfenice, Cuando hay quien se ensalamandre, Y de esto segundo vemos Cada dia los amantes, Al incendio de unos ojos Consumirse sin quemarse; Pues luego no será mucho, Ni cosa para culparme, Si hay solamandras barbadas Que haya fénix que no barbe, Quizá por esto nací Donde los rayos solares Me mirasen de hito en hito, No vizcos, como á otras partes. Lo que mas gusto me ha dado Es ver que de aquí adelante Tengo solamente yo De ser todo mi linage. ¿Hay cosa como saber Que no dependo de nadie, Que he de vivirme y morirme Cuando á mí se me antojare? ¿Que no soy término ya De relaciones vulgares, Ni ha de cansarme el pariente Ni molestarme el compadre? ¿Que yo soy toda mi especie, Y que á nadie he de inclinarme, Pues cualquiera debe solo Amar á su semejante? ¿Que al médico no he de ver Hacer juicio de mi achaque, Pagándole el que me cure Tanto como el que me mate? ¿Que mi tintero es la hoguera Donde tengo de quemarme, Supliendo los algodones Por aromas orientales? ¿Que las plumas con que escribo Son las que al viento se baten, No ménos para vivirme Que para resucitarme? ¿Que no he de hacer testamento, Ni cansarme en item mases, Ni inventario, pues yo misma He de volver á heredarme? Gracias á Dios que ya no He de moler chocolate, Ni me ha de moler á mí Quien viniere á visitarme. Ya con estas buenas nuevas De hoy mas tengo de estimarme, Y de etiquetas de fénix No he de perder un instante. Ni tengo ya de sufrir Que en mí los poetas hablen, Ni ha de verme de sus ojos El que no me lo pagare. ¿Cómo? Eso se querrian Tener el fénix de balde: ¿Para qué tengo yo pico Si no es para despicarme? ¡Qué dieran los saltimbancos Para poder agarrarme, Y llevarme como monstruo Por esos andurrïales De Italia y Francia, que son Amigas de novedades! Y ¡qué pagaran por ver La cabeza del gigante, Diciendo: “Quien ver el fénix Quisiere, dos cuartos pague, Que lo muestra maese Pedro En la posada de Jáques!” Aqueso no, no vereis En este fénix, vergantes, Que por eso está encerrado Debajo de treinta llaves. Y supuesto, caballero, Que á costa de mil afanes En la Invencion de la Cruz Vos la del fénix hallásteis. Por modo de privilegio De inventor, quiero que nadie Pueda, sin vuestra licencia, A otra cosa compararme.

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IV

A la condesa de Paredes, escusándose de enviarla un cuaderno de música.

Despues de estimar mi amor, Excelsa, bella María, El que en la divina vuestra Conserveis memorias mias; Despues de haber admirado Que en vuestra soberanía, No borrada de mi amor Se mantenga la noticia; Paso á daros la razon Que á no obedecer me obliga Vuestro precepto, si es que hay Para esto disculpa digna. De la música un cuaderno Pedis, y es cosa precisa Que me haga á mí disonancia Que me pidais armonías. ¿A mí, señora, conciertos, Cuando yo en toda mi vida No he hecho cosa que pudiera Sonarme bien á mí misma? ¿Yo arte de composiciones, Reglas, caracteres, cifras, Proporciones, cantidades, Intervalos, puntos, líneas? Quebrándome la cabeza Sobre cómo son las sismas, Si son cabales las comas, En qué el tono se divisa; Si el semitono incantable En número impar estriba, A Pitágoras sobre esto Revolviendo las cenizas; Si el diatesaron ser debe Por consonancia tenida, Citando una estravagante En que el papa Juan lo afirma; Si el temple de un instrumento Al hacerlo necesita De hacer participacion De una coma que hay perdida; Si el punto de alteracion A la segunda se inclina, Mas porque ayude á la letra, Que porque á las notas sirva; Si el modo mayor perfecto En la máxima consista, Y si el menor toca al longo, Cual es altera, cual tripla; Si la imperfeccion que causa A una nota otra mas chica, Es total, ó si es parcial, Esencial ó advenediza; Si la voz que, como vemos, Es cantidad sucesiva, Valga solo aquel respeto Con que una voz de otra dista; Si el diapason y el diapente En ser perfectos consista En que ni ménos ni mas Su composicion admita; Si la tinta es á las notas Quien todo el valor les quita, Siendo así que muchas hay Que les da valor la tinta; Lo que el armónico medio De sus dos estremos dista, Y del geométrico en que, Y aritmético, distinga; Si á dos mesuras es toda La música reducida, La una que mida la voz, Y la otra que el tiempo mida; Si la que toca á la voz O ya intensa, ó ya remisa Subiendo, ó bajando, el canto Llano solo la ejercita; Mas la exterior que le toca Al tiempo en que es preferida, Mide el compas y á las notas Varios valores asigna; Si la proporcion que hay Del ut al re, no es la misma Que del re al mi, ni el fa, sol Lo mismo que el sol, la dista; Que aunque es cantidad tan tenue, Que apénas es percibida, Sexquioctava, ó sexquinona, Son proporciones distintas; Si la enarmónica ser A práctica reducida Puede, ó si se queda en ser Cognicion intelectiva; Si lo cromático el nombre De los colores reciba De las teclas, ó lo vario De las voces añadidas; Y en fin, andar recogiendo Las inmensas baratijas De calderones, guiones, Chaves, reglas, puntos, cifras, Pide otra capacidad Mucho mayor que la mía, Que aspire en las catedrales A gobernar las capillas. Y mas si es porque en él la Bella doña Petronila A la música en su voz Nueva añada melodía. ¡Enseñar música á un ángel! ¿Quién habrá que no se ria De que la rudeza humana Las inteligencias rija? Mas si he de hablar la verdad, Es lo que yo algunos dias, Por divertir mis tristezas, Dí en tener esa manía; Y empecé á hacer un tratado Para ver si reducia A mayor facilidad Las reglas que andan escritas. En èl, si mal no me acuerdo, Me parece que decia, Que es una línea espiral, No un círculo, la armonía; Y por razon de su forma Revuelta sobre sí misma La intitulé Caracol, Porque esa revuelta hacia; Pero este está tan informe, Que no solo es cosa indigna De vuestras manos, mas juzgo Que aun le desechan las mias. Por esto no os le remito; Mas como el Cielo permita A mi salud mas alientos, Y algun espacio á mi vida, Yo procuraré enmendarle, Porque teniendo la dicha De ponerle á vuestros pies, Me cause gloriosa envidia. De don Pedro y don Martin No podreis culpar de omisas Las diligencias, que juzgo Que aun excedieron de activas. Y mandadme, que no siempre Ha de ser tal mi desdicha, Que queriendo obedeceros, Con querer, no lo consiga. Y al gran marques, mi señor, Le direis de parte mia, Que aun en tan muertas distancias Conservo memorias vivas; Que no olvido de su mano Las mercedes recibidas; Pues no son ingratos todos Los que, al parecer, se olvidan; Que si no se lo repito, Es por la razon ya dicha, De escusar que lo molesta Ostente lo agradecida; Que no le escribo, porque Siendo alhaja tan baldía La de mis letras, no intento Que de embarazo le sirva; Y que ya que mi desgracia De estar á sus pies me priva, Le serviré en pedir solo A Dios la vuestra y su vida.

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V

A la condesa de Galve, en su cumpleaños.

Si el dia en que tú naciste, Bellísima excelsa Elvira, Es ventura para todos, ¿Porqué no lo será mia? ¿Nací yo acaso en las yerbas O criéme en las ortigas? ¿Fué mi ascendiente algun risco O mi cuna alguna sima? ¿No soy yo gente? ¿No es forma Racional la que me anima? ¿No desciendo, como todos, De Adan por muy recta línea? ¿No hay sindéresis en mí Con que lo mejor elija, Y ya que bien no lo entienda, Por lo ménos lo perciba? Pues ¿porqué no he de ir á verte, Cuando todos te visitan? ¿Soy ave nocturna para No poder andar de dia? Si porque estoy encerrada Me tienes por impedida, Para esos impedimentos Tiene el afecto sus limas. Para el alma no hay encierro Ni prisiones que la impidan, Pues que solo la aprisionan Las que se forja ella misma. Sutíl y ágil el deseo, No hay, cuando sus plumas gira, Solidez que no penetre Ni distancia que no mida. Contento con mi carencia, Mi respeto sacrifica Por el culto que te doy El gusto que se me quita. Entre el gusto y el decoro Quiere la razon que elija Lo que es adoracion tuya, Antes que la fruicion mia. Yo me alegro de no verte, Porque fuera grosería Que te cueste una indecencia El que yo logre una dicha. ........... Allá voy á verte; pero Perdóname la mentira, Que mal puede ir á un lugar El que siempre en él habita. Yo siempre de tu asistencia Soy la mental estantigua, Que te asisto, y no me sientes, Que te sirvo y no me miras. Yo envidiosa de la esfera Dichosa que tu iluminas, Formo con mis pensamientos Las alfombras que tu pisas; Y aunque invisible, allí el alma Te venera tan rendida, Que apénas logra el deseo Desperdicios de tu fimbria. Mas cierto que del asunto Estoy mas de cuatro millas, Que leguas dijera, á no Ser el asonante en ía; Revístome de dar años, Que aunque tan no apetecida Dádiva en las damas, es De la que tu necesitas; Pero es tan breve el espacio De tu juventud florida, Que á otras se les darán años, Mas á tí se te dan dias. Yo te los doy, y no pienses Que voy desapercibida De las alhajas que observa Hoy la etiqueta precisas; Pues si de los años es Una cadena la insignia, Tengo la de ser tu esclava; Mira si hay otra mas rica. Por joyel un corazon, Que en vez de diamantes brilla El fondo de mi fineza, El resplandor de mi dicha. Góceslos como deseo, Como mereces los vivas, Que en lo que quiero y mereces Dos infinitos se cifran. No quiero cansarte mas, Porque de que estés es dia Hermosa á mas no poder, Y de adrede desabrida.

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VI

A la misma condesa.

Sobre si era atrevimiento, Bella Elvira, responderte, Y sobré si tambien era Cobardía el no atreverme, He pasado pensativa Sobre un libro y un bufete, Porque vayan otros sobres Sobre el amor que me debes, No sé yo qué tantos dias; Porque como tu en tí tienes Reloj de sol, no hay quien mida Lo que vive ó lo que muere. Y si no lo has por enojo, Despues que estaba el caletre Cansado asaz de pensar Y de revolver papeles, Resuelta á escribirte ya En todos los aranceles De jardines y de luces, De estrellas y de claveles, No hallé en luces ni en colores Comparacion conveniente, Que con mas de quince palmos A tu hermosura viniese; Con ser que no perdoné Trasto que no revolviese En la tienda de Timántes Ni en el obrador de Apéles. Pues á los poetas ¡cuánto Les revolví los afeites Con que hacen que una hermosura Dure, aunque al tiempo le pese! En Petrarca hallé una copia De una Laura ó de una duende, Pues dicen que ser no tuvo Mas del que en sus versos tiene. Cubierta como de polvo, Del griego una copia breve Hallé de Helena, de Homero Olvidada en un retrete. Pues de Virgilio el coturno No dejó de entrenerse Con Elisa en el quam Lae Ti te genuare parentes. A Proserpina en Claudiano Ni aun me diò gana de verle La su condenada faz Llena de hollines y peces. De Lucrecia la romana, Aquella beldad valiente, Persuadiendo honor estaba A las matronas de allende. Florinda vana decia A los moros alquiceles: “Tanto como España valgo, Pues toda por mí se pierden.” Lavinia estaba callada, Dejando que allá se diesen Turno y el páter Enéas, Y despues, ¡viva quien vence! En Josefo Marïamne, Al ver que sin culpa muere, Dijo: “Si me mata Heródes, Claro es que muero inocente.” Angélica en Arïosto Andaba de hueste en hueste Alterando paladines Y descoronando reyes. En Ovidio, como es Poeta de las mujeres, Hallé que al fin los pintores Eran como los quereses; Y hallé á escoger como en peras Unas bellezas de á veinte, A lo de qué quereis, pluma, Que están diciendo, comedme; En los prados mas que flores, En el campo mas que nieve, En las plantas mas que frutos, En las aguas mas que peces. A la rubia Galatea Junto á la cándida Tétis, A la florida Pomona, Y á la chamuscada Céres; A la gentil Aretusa, Y á la música Canente A la encantadora Circe Y á la desdichada Héles; A la adorada Corónis, A la infelice Semele, A la agraciada Calixto Y á la jagtante Climene; Y otra gran tropa de ninfas Acuátiles y silvestres, Sin las mondongas que á cuestas Guardaban los adherentes; A la desdeñosa Dafne, A la infausta Nictimene, A la lijera Atalanta, Y á la celebrada Asterie; Y en fin la casa del Mundo Que tantas pinturas tiene De bellezas vividoras Que están sin envejecerse, Cuya dura fama el tiempo, Que todas las cosas muerde Con los bocados de siglos, No les puede entrar el diente, Revolví, como ya digo, Sin que entre todas pudiese Hallar una que siquiera En el vestido os semeje. Con que de comparaciones Desesperada mi mente Al viste y al así como Hizo ahorcar en dos cordeles; Y sin tratar de pintarte, Sino solo de quererte, Porque esta aunque culpa, es culpa Muy fácil de cometerse; Y esotro imposible, y culpa, Y mas que culpa, se temen De Icaro los precipicios Y de Faeton los vaivenes. Mira ¡que vulgar ejemplo! Que hasta los niños de leche Faetonizan é icarizan La vez que se les ofrece. Y en fin, no hallo que decirte, Sino solo que ofrecerte, Adorando tus favores, Las gracias de tus mercedes. De ellos me conozco indigna; Mas eres sol y amaneces Por beneficio comun Para todos igualmente. Por ellos, señora mia, Postrada beso mil veces La tierra que pisas, y Los pies, que no sé si tienes.

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VII

Desahogos del corazon.

A fuera, á fuera, ansias mias, No el respeto os embarace, Que es lisonja de la pena Perder el miedo á los males. Salga el dolor á las voces, Si quiere mostrar lo grande, Y acredite lo insufrible Con no poder ocultarse. Salgan signos á la boca De lo que el corazon arde, Que nadie creerá el incendio Si el humo no da señales. No á impedir el grito sea El miramiento bastante, Que no es muy valiente el preso Que no quebranta la cárcel. El que su cuidado estime Sus sentimientos no calle, Que es agravio del motivo No hacer del dolor alarde. Mayor es que yo mi pena, Y esto supuesto, mas fácil Será que ella á mí me venza, Que no que yo en ella mande.

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VIII

un caballero que decia tener el pecho de nieve.

Allá va, Julio de Enero, Ese papel, no á tus manos, Sino al alma, que si es nieve, Será de mis tiros blanco. Arma de loriga el pecho, Anima aliento bizarro, Y á puntas de mis desdenes Preven marmoreos reparos. Dilata del corazon Los senos mas reservados, Y en inútiles defensas Dobla á mi favor el lauro. Arma el alma de cordura, De sufrimiento el cuidado, De reflexion lo atrevido, Y de prudencia lo vano; Que no bastará á librarte De mi desden irritado Ni las defensas del pecho, Ni los esfuerzos del brazo; Pues llevo para rendirte Por ministros del estrago Enojo que brota furias, Desden que graniza rayos: Yo que á la deidad montera Crezco el desdeñoso bando, A quien en desden excedo, Si en hermosura no igualo; Yo que en diamantino pecho Guardo un corazon de mármol, Que aun en los tardos latidos Da escasas señas de humano; Yo que en la tabla del tiempo Ejemplos mirando tantos, Hago resguardo presente Los infortunios pasados; Yo á cuyos duros rigores, A cuyo desden helado Templa sus ardores Vénus, Afloja Cupido el arco, A tí que de mi despego Pretendes ser el retrato, Sin advertir lo que dista Lo vivo de lo pintado, Quizá porque así pretendes, Sagazmente temerario, Hacer á la semejanza Tercera del agasajo; Porque talvez en el mundo Hay caprichos tan extraños, Que conceden al desprecio Lo que al amor le negaron. ¡Oh discurso irracional! ¿Que quepa en pechos humanos Lo que al exámen de un bruto Sale siempre condenado? ¿Qué fiera la mas furiosa, Terror del bosque y del campo, Si la sujeta la fuerza No la domestica el trato? Si debí tan mal concepto, Julio, á tu sentir errado, A costa de tus desprecios Comprarás el desengaño. Lo que es razon no es capricho, No es delito lo alentado, No es injusticia lo activo, Ni es culpa lo que es recato. Si porque el amor se ofende Intentas disimularlo, Será doblada la ofensa Por amor y por engaño. Que no es acertada enmienda, En términos cortesanos, Indicarse de grosero Por eximirse de honrado; Si el amor por sí es plebeyo, No es medio proporcionado Querer que parezca noble Con un disfraz tan villano; Y mas habiendo delitos De afectos tan encontrados; Que aunque es delito el hacerlos Es pundonor sustentarlos; Que ya una vez proferidos Insultos de enamorados, Mejor que lo arrepentido Suele quedar lo obstinado. Demas que si sé tu amor, ¿Qué importa que tus cuidados Los pronuncies como risa, Si los oigo como llanto? Varias denominaciones A una misma cosa hallamos, Sin que la sustancia inmute Lo exterior de los vocablos. Y así en tu dolor será, Cuando muestras desenfado, Mudar el nombre á la queja, Mas no mejorar el daño. Si el fin que lleva la industria Es de conseguir mi agrado, Malograrás ofendiendo Lo que no alcanzaste amando. Deja la imposible empresa, Si no quieres temerario Que se rematen castigos Los que avisos empezaron. Ya, Julio, te he visto en juego; Juega limpio y habla claro, No me vistas de fineza Con apariencias de agravio; Que ántes que amor en mi pecho El cetro empuñe tirano, Fuente me verá su fuego, Laurel me hallarán sus rayos; Que aunque es verdad que castigo Del desden parece casto, Vencedor tronco ser quiero, Mas que vencida ser astro.

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IX

Entre la obligacion y el afecto.

Supuesto, discurso mio, Que gozais en todo el orbe Entre aplausos de entendido De agudo veneraciones, Mostradlo en el duro empeño En que mis ansias os ponen, Dando salida á mis ansias, Dando aliento á mis temores. Empeño vuestro es el mio; Mirad que será desórden Ser en causa ajena agudo Y en la propia vuestra torpe; Ved que es querer que las causas Con efectos desconformes Nieves el fuego congele, Que la nieve llamas brote. Manda la razon de estado Que, atendiendo á obligaciones, Las partes de Fabio olvide, Las prendas de Silvio adore; O que al ménos, si no puedo Vencer tan fuertes pasiones, Cenizas de disimulo Cubran amantes ardores; Que vano disfraz las juzgo, Pues harán cuando mas obren Que no se mire la llama, No, que el ardor no se note. ¿Cómo podré yo mostrarme, Entre estas contradicciones, A quien no quiero, de cera, A quien adoro, de bronce? ¿Cómo el corazon podrá, Cómo sabrá el labio torpe Fingir halago, olvidando, Mentir, amando, rigores? ¿Cómo sufrir abatido Entre tan bajas acciones Que lo desmienta la boca Podrá un corazon tan noble? ¿Cómo la boca podrá, Cuando el corazon se enoje, Fingir cariños, faltando Quien le ministre razones? ¿Podrá mi noble altivez Consentir que mis acciones De nieve y de fuego sirvan A ser fábula del orbe? Y yo doy que tanta dicha Tenga, que todos lo ignoren; Para pasar la vergüenza, ¿No basta que á mí me conste? Que aquesto es razon me dicen Los que la razon conocen; Pues ¿cómo la razon puede Forjarse de sinrazones? ¿Qué te costaba, hado impio, Dar, al repartir tus dones, O los méritos á Fabio, O á Silvio las perfecciones? Dicha y desdicha de entrambos, La suerte les descompone, Con que el uno su desdicha Y el otro su dicha ignore. ¿Quién ha visto que tan varia La fortuna se equivoque, Y que el dichoso padezca Porque el infelice goce? No me conviene el ejemplo Que en el Mongibelo ponen, Que en él es natural gala, Y en mí violencia disforme; Y resistir el combate De tan encontrados golpes No cabe en lo sensitivo, Y puede sufrirlo un monte. ¡Oh vil arte, cuyas reglas Tanto á la razon se oponen; Que para que se ejecuten Es menester que se ignoren! ¿Qué hace en adorarme Silvio? Cuando mas fino blasone Quererme, ¿es mas que seguir De su inclinacion el norte? Gustoso vive en su empleo Sin que disgustos le estorben: Pues ¿qué vence, si no vence Por mí sus inclinaciones? ¿Qué víctimas sacrifica, Qué incienso en mis aras pone, Si cambia sus rendimientos Al precio de mis favores? Mas hago yo, pues no hay duda Que hace finezas mayores Que el que voluntario ruega, Quien violenta corresponde; Porque aquel sigue obediente De su estrella el curso dócil, Y esta contra la corriente De su destino se opone. El es libre para amarme Aunque otra su amor provoque, Y ¿no tendré yo la misma Libertad en mis acciones? Si él restituirse no puede, Su incendio mi incendio abone; Violencia que á él le sujeta, ¡Qué mucho que á mí me postre! ¿No es rigor, no es tiranía, Siendo iguales las pasiones, o poder él reportarse Y querer que me reporte? Quererle porque él me quiere, No es justo que amor se nombre: Que no ama quien para amar El ser amado supone. No es amor correspondencia, Causas tiene superiores Que las concilian los astros, O lo engendran perfecciones. Quien ama porque es querida, Sin otro impulso mas noble, Desprecia al amante, y ama Sus propias adoraciones. Del humo del sacrificio Quiere los vanos honores, Sin mirar si el oferente Ha méritos que le adornen. Ser potencia y ser objeto A toda razon se opone, Porque es ejercer en sí Sus propias operaciones. Aparte rey se distingue El objeto que conoce, Y lo amable, no lo amante, Es blanco de los harpones. Amor no busca la paga De voluntades conformes; Que tan bajo interes fuera Indigna usara en los dioses. No hay cualidad que en él pueda Imprimir alteraciones Del hielo de los desdenes, Del fuego de los favores. Su ser es inaccesible Al discurso de los hombres, Que aunque el efecto se sienta, La esencia no se conoce. Y en fin cuando en mi favor No hubiera tantas razones, Mi voluntad es de Fabio, Silvio, y el mundo perdone.

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X

En que cultamente espresa ménos aversion de la que afectaba un enojo.

Si el desamor ó el enojo Satisfacciones admite, Y si talvez los rigores De urbanidades se visten, Escucha, Fabio, mis males, Cuyo dolor, si se mide, Aun el mismo padecerlo No lo sabrá hacer creible; Mira mi altivez postrada, Porque son incompatibles Un pundonor que se ostente, Con un amor que se humille; Escucha de mis afectos Las tiernas voces humildes Que en enfáticas razones Dicen mas de lo que dicen; Que si despues de escucharme Rigor en tu pecho asiste, Informaciones de bronce Te acrediten de insensible. No amarte tuve propuesto; Mas proponer ¿de qué sirve Si á persuacion de Sirenas No hay propósitos de Ulíses? Pues es, aunque se prevenga, En las amorosas lides El griego ménos prudente, Y mas engañosa Circe. Ni ¿qué importa que en un pecho Donde la pasion reside Se resista la razon, Si la voluntad se rinde? En fin, me rendí ¿Qué mucho Si mis errores conciben La esclavitud como gloria, Y como pension lo libre? Aun en mitad de mi enojo Estuvo mi amor tan firme, Que, á pesar de mis alientos, Aunque no quise, te quise. Pensé desatar el lazo Que mi libertad oprime, Y fué apretar la lazada El intentar desasirme. Si de tus méritos nace Esta pasion que me aflije, ¿Cómo el efecto podrá Cesar si la causa existe? ¿Quién no admira que el olvido Tan poco del amor diste, Que quien camina al primero Al segundo se avecine? No, pues, permitas, mi Fabio, Que en ti el mismo afecto vive, Que un leve enojo blasone Contra un amor invencible. No hagas que un amor dichoso Se vuelva en afecto triste, Ni que las aras de Antéros A Cupido se dediquen. Deja que nuestras dos almas, Pues un mismo amor las rige, Teniendo la union en poco, Amantes se identifiquen; Un espíritu amoroso Nuestras dos vidas anime, Y Láchesis al formarlas De un solo copo las hile. Nuestros dos conformes pechos Con solo un aura respiren; Un destino nos gobierne, Y una inclinación nos guie. Y en fin, á pesar del tiempo Pase nuestro amor felice De las puertas de las Parcas, Unidad indivisible, Donde siempre, amantes sombras, Nuestro eterno amor envidien Los Leandros y las Heros, Los Píramos y las Tisbes.

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XI

Preludios del dolor de una ausencia.

Ya que para despedirme, Dulce idolatrado dueño, Ni me da licencia el llanto, Ni me da lugar el tiempo, Háblente los tristes rasgos, Entre lastimosos ecos, De mi triste pluma, nunca Con mas justa causa negros. Y aun esta te hablará torpe Con las lágrimas que vierto, Porque va borrando el agua Lo que va dictando el fuego. Hablar me impiden los ojos, Y es que se anticipan ellos, Viendo lo que he de decirte, A decírtelo primero. Oye la elocuencia muda Que hay en mi dolor, sirviendo Los suspiros de palabras, Las lágrimas de conceptos; Mira la fiera borrasca Que pasa en el mar del pecho, Donde zozobran turbados Mis confusos pensamientos; Mira cómo ya el vivir Me sirve de afan grosero, Que se averguenza la vida De durarme tanto tiempo; Mira la muerte que esquiva Huye porque la deseo, Que aun la muerte, si es buscada, Se quiere subir de precio; Mira como el cuerpo amante Rendido á tanto tormento, Siendo en lo demás cadáver, Solo en el sentir es cuerpo; Mira como el alma misma Aun teme, en su ser esento, Que quiera el dolor violar La inmunidad de lo eterno. En lágrimas y suspiros Alma y corazon á un tiempo, Este se convierte en agua, La otra se resuelve en viento. Ya no me sirve la vida, Esta vida que poseo, Sino de condicion sola Necesaria al sentimiento. Mas ¿porqué gasto razones En contar mi pena, y dejo De decir lo que es preciso, Por decir lo que estás viendo? En fin, te vas. ¡Ai de mí! Dudosamente lo pienso; Pues si es verdad, no estoy viva, Y si viva, no lo creo. ¿Posible es que ha de haber dia Tan infausto, tan funesto, En que sin ver yo las tuyas Esparza sus luces Febo? ¿Posible es que ha de llegar El rigor á tan severo, Que no ha de darle su vista A mis pesares aliento? ¿Que no he de ver tu semblante? ¿Que no he de escuchar tus ecos? ¿Que no he de gozar tus brazos Ni me ha de animar tu aliento? ¡Ai mi bien! ¡aí prenda mia! ¡Dulce fin de mis deseos! ¿Porqué me llevas el alma Dejándome el sentimiento? Mira que es contradiccion Que no acabe en un sujeto Tanta muerte en una vida, Tanto dolor en un muerto. Mas ya que es preciso ¡aí triste! En mi infelice suceso, Ni vivir con la esperanza, Ni morir con el tormento, Dame algun consuelo tú En en dolor que padezco, Y quien en el suyo muere, Viva siquiera en tu pecho. No te olvides que te adoro, Y sírvante de recuerdo Las finezas que me debes, Si no las prendas que tengo. Acuérdate que mi amor Haciendo gala del riesgo, Solo por atropellarlo Se alegraba de tenerlo. Y si mi amor no es bastante, El tuyo mismo te acuerdo, Que no es poco empeño haber Empezado ya en empeño. Acuérdate, señor mio, De tus nobles juramentos, Y lo que juró tu boca No lo desmientan tus hechos; Y perdona si en temer Mi agravio, mi bien, te ofendo, Que no es dolor el dolor Que se contiene en lo atento. Y á Dios, que con el ahogo Que me embarga los alientos, Ni sé ya lo que te digo. Ni lo que te escribo leo.

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XII

Los celos prueban amor.

(FRAGMENTOS.)

........... Son ellos de que hay amor El signo mas manifiesto, Como la humedad del agua Y como el humo del fuego. No son, que dicen, de amor Bastardos hijos groseros, Sino legítimos, claros Sucesores de su imperio. Son crédito y prueba suya, Pues solo pueden dar ellos Auténticos testimonios De que es amor verdadero; Porque la fineza, que es De ordinario el tesorero A quien remite las pagas Amor de sus libramientos, ¿Cuántas veces motivada De otros impulsos diversos Ejecuta por de amor Decretos de galanteo? El cariño ¿cuántas veces, Por dulce entretenimiento Fingiendo quilates, crece La mitad del justo precio? ¿Y cuántas mas el discurso, Por ostentarse discreto, Acredita por de amor Partos del entendimiento? ¿Cuántas veces hemos visto Con disfraz de rendimientos A la propia conveniencia, O á la tema, ó al empeño? Solo los celos ignoran Fábricas de fingimientos, Que como son locos tienen Propiedad de verdaderos. ........... Del frenético que fuera De su natural acuerdo Se despedaza, no hay quien Juzgue que finge el estremo. En prueba de esta verdad Mírense cuantos ejemplos En biblioteca de siglos Guarda el archivo del tiempo. A Dido fingió el troyano, Mintió á Ariadna Teseo, Ofendió á Mínos Pasífae, Y engañaba á Marte Vénus; Semíramis mató á Nino, Elena deshonró al griego, Jasson deshonró á Medea, Y dejó á Olimpia Vireno; Bersabé engañaba á Urias, Dálila al caudillo hebreo, Jael á Sisara horrible, Judit á Holoférnes fiero. Estos y otros que mostraban Tener amor, sin tenerlo, Todos fingieron amor, Mas ninguno fingió celos; Porque aquel puede fingirse Con otro color; mas estos Son la prueba del amor Y la prueba de sí mesmos. ........... Ellos solos se han con él Como la causa y efecto: ¿Hay celos? luego hay amor. ¿Hay amor? luego habrá celos. De la fiebre ardiente suya Son el delirio mas cierto, Que como están sin sentido Publican lo mas secreto. ........... Para tener celos basta Solo el temor de tenerlos, Que ya está sintiendo el daño Quien está sintiendo el riesgo. ........... Decir que este no es cuidado Que llega á desasosiego, Podrá decirlo la boca, Mas no comprobarlo el pecho. ........... Y aunque ellos en sí no pasen El término de lo cuerdo, ¿Quién lo podrá persuadir A quien los mira con miedo? Aplaudir lo que yo estimo Bien puede ser sin intento Segundo; mas ¿quién podrá Tener mis temores quedos? Quien tiene enemigos, suele Decirse, no tenga sueño; Pues ¿como ha de sosegarse El que los tiene tan ciertos? Quien en frontera enemiga Descuidado ocupa el lecho, Solo parece que quiere Ser del contrario trofeo. Aunque inaccesible sea El blanco, si los flecheros Son muchos, ¿quién me asegura Que alguno no tenga acierto? Quien se alienta á competirme Aun en menores empeños, Es un dogal que compone Mis ahogos con su aliento; Pues ¿qué será el que pretende Excederme en los afectos, Mejorarme en las finezas Y aventajarme en deseos? ¿Quién quiere usurpar mis dichas? ¿Quién quiere ganarme el premio? Y ¿quién en galas del alma Quiere quedar mas bien puesto? ¿Quién para su exaltación Procura mi abatimiento, Y quiere comprar sus glorias A costa de mis desprecios? ¿Quién pretende con los suyos Deslucir mis sentimientos, Que en los deleites del alma Es el mas sensible duelo? ........... La confianza ha de ser Con proporcionado medio; Que deje de ser modestia Sin pasar á ser despego. El que es discreto, á quien ama Le ha de mostrar que el recelo Lo tiene en la voluntad Y no en el entendimiento. Un desconfiar de mí, Y un estar siempre temiendo Que pueda exceder al mio Cualquiera mérito ageno; Un temor que la fortuna Pueda con airado ceño Despojarme, por indigno, Del favor que no merezco; No solo no ofende, y ántes Es el esmalte mas bello Que á las joyas de lo fino Les puede dar lo discreto. Y aunque algo exceda la queja, Nunca queda mal, supuesto Que es gala de lo sentido Exceder de lo modesto. Lo atrevido de un celoso Irracional, y lo terco, Prueba es de que amor la beca Ha menester de un colegio. Y aunque muestre que se ofende, Yo sé que por allá dentro No le pesa á la mas alta De mirar tales estremos. La mas airada deidad Al celoso mas grosero Le está aceptando servicios Los que riñe atrevimientos. La que se queja oprimida Del natural mas estrecho, Hace ostentacion de amada El que parece lamento. De la triunfante hermosura Tiran el carro soberbio El desdichado con quejas, El celoso con despechos. ........... ...........

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XIII

Al marques de la Laguna.

(FRAGMENTOS.)

........... Vivid, y vivid discreto, Que es solo vivir felice; Pues dura y no vive quien No sabe apreciar que vive. Si no sabe lo que tiene Ni goza lo que recibe, En vano blasona el jaspe El don de lo incorruptible. No en lo diuturno del tiempo La larga vida consiste: Talvez del seso las canas Honran años juveniles. ........... Las canas se han de buscar Antes que el tiempo las pinte, Que al que las pretende, alegran, Y al que las espera, afligen. Quien para ser viejo espera Que los años se deslicen, Ni conserva lo que tiene, Ni lo que espera consigue; Con lo cual casi al no ser Viene el necio á reducirse, Pues ni la vejez le llega, Ni la juventud le asiste. Quien vive por vivir solo, Sin buscar mas altos fines, De lo viviente se precia, De lo racional se exime. Y ni aun de la vida goza, Pues si bien llega á advertirse, El que vive lo que sabe Solo sabe lo que vive. Quien llega necio á pisar De la vejez los confines, Vergüenza peina y no canas, No años, afrentas repite. ...........

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XIV

La ciencia inútil.

Finjamos que soy feliz, Triste pensamiento, un rato; Quizá podreis persuadirme, Aunque yo sé lo contrario. Que, pues solo en la aprension Dicen que estriban los daños, Si os imaginais dichoso No sereis tan desdichado. Sírvame el entendimiento Alguna vez de descanso, Y no siempre esté el ingenio Con el provecho encontrado. Todo el mundo es opiniones Y pareceres tan varios, Que lo que los unos negro, Los otros prueban que es blanco. A unos sirve de atractivo Lo que otros conciben malo, Y lo que este por alivio Aquel tiene por trabajo. El que está triste censura Al alegre de liviano, Y el que está alegre se enoja De ver al triste penando. Los dos filósofos griegos Bien esta verdad probaron, Pues lo que en el uno risa Causaba en el otro llanto. Célebre su oposicion Ha sido por siglos tantos, Sin que cual acertó este Hasta agora averiguado; Antes en sus dos banderas El mundo todo alistado, Conforme el humor le dicta Sigue cada cual su bando. Uno dice que de risa Solo es digno el mundo vario, Y otro que sus infortunios Solo son para llorados. Para todo se halla prueba Y razon en qué fundarlo, Y no hay razon para nada, De haber razon para tanto. Todos son iguales jueces, Y siendo iguales y varios, No hay quien pueda decidir Cuál es lo mas acertado. Pues si no hay quien lo sentencie, ¿Porqué pensais vos errado Que os cometió Dios á vos La decision de los casos? O ¿porqué contra vos mismo Severamente inhumano, Entre lo amargo y lo dulce Quereis elegir lo amargo? Si es mio el entendimiento, ¿Porqué siempre he de encontrarlo Tan torpe para el alivio, Tan agudo para el daño? El discurso es un acero Que sirve por ambos cabos: Para dar muerte la punta, El pomo para resguardo. Si vos, sabiendo el peligro, Quereis por la punta usarlo, ¿Qué culpa tiene el acero Del mal uso de la mano? No es saber, saber formar Discursos sutiles, vanos, Que el saber consiste solo En elegir lo mas sano. Especular las desdichas Y examinar los presagios, Solo sirve de que el mal Crezca con anticiparlo. En los trabajos futuros La atencion sutilizando, Mas formidable que el riesgo Suele fingir el amago. ¡Qué feliz es la ignorancia Del que indoctamente sabio Halla de lo que padece En lo que ignora sagrado! También es vicio el saber; Que si no se va atajando, Cuando ménos se conoce Es mas nocivo el estrago; Y si el vuelo no le abaten, En sutilezas cebado, Por cuidar de lo curioso Olvida lo necesario. Si culta mano no impide Crecer al árbol copada, Quita la sustancia al fruto La locura de los ramos. Si andar á nave ligera No estorba lastre pesado, El vuelo sirve á que sea El precipicio mas alto. En amenidad inútil, ¿Qué importa al florido campo, Si no halla fruto el otoño, Que ostente flores el mayo? ¿De qué le sirve al ingenio El producir muchos partos, Si á la multitud se sigue El malogro de abortarlos? Y á esta desdicha, por fuerza, Ha de seguirse el fracaso De quedar el que produce, Si no muerto, lastimado. El ingenio es como el fuego, Que con la materia ingrato Tanto la consume mas Cuanto se ostenta mas claro. Es de su propio señor Tan revelado vasallo, Que convierte en sus ofensas Las armas de su resguardo. Este pésimo ejercicio, Este duro afan pesado, A los hijos de los hombres Dios dió para ejercitarlos. ¿Qué loca ambicion nos lleva De nosotros olvidados? Si es para vivir tan poco, ¿De qué sirve saber tanto? ¡Oh! si como hay de saber Hubiera algun seminario O escuela donde á ignorar Se enseñaran los trabajos! ¡Qué felizmente viviera El que flojamente cauto Burlara las amenazas Del influjo de los astros! Aprendamos á ignorar, Pensamiento, pues hallamos Que cuanto añado al discurso, Tanto le usurpo á los años.

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XV.

Dando las pascuas á la condesa de Paredes.

(FRAGMENTO.)

Allá van para que pases Gustosas pascuas, señora, Con aquestos bobos versos Aquesas gallinas coplas. Como quien soy te regalo, Como quien eres perdona, Y ambas habremos cumplido Con todo lo que nos toca. Tú eres reina, yo tu hechura; Tú deidad, yo quien te adora; Tú eres dueño, yo tu esclava; Tú eres mi luz, yo tu sombra. Yo no tengo que ofrecerte, Pues de mi misma persona, Por mas antiguo derecho Es tu hermosura acreedora. Y si ahora quiero darme En retorno de tus honras, Será cometer un robo Por hacer una lisonja. Y querer satisfacer La deuda á su propia costa, No es cumplir con la conciencia, Sino con la ceremonia. Pero quien á las deidades Pone víctimas devotas, De los mismos beneficios Los beneficios retorna. ¿No es de las deidades todo? ¿A su influjo no se adornan De vida y sentido el bruto, Las plantas de frutas y hojas? Con su beneficio el campo Doradas espigas brota, Pace el cordero y las plantas Destilan fragantes gomas. Y no obstante vemos que Sobre sus aras se corta A aquel el cuello, y que el ámbar Es exhalado en aromas. Pues así yo nuevamente A tus plantas generosas Mi esclavitud ratifico Con reiteradas memorias. Recibe, divina Lisi, De una alma que se te postra El deseo de ser muchas, Porque de muchas dispongas. ...........

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XVI.

Con ocasion de haberse sacado por suerte, en una diversion de año nuevo, un galan para cada dama.

(FRAGMENTO.)

........... Empezó á sacar la suerte Con tal ajuste y destreza, Que hizo entónces el acaso Mas que la eleccion pudiera. A don Juan salió Matilde, Cuyas dulces niñas bellas Son acreedoras de amor De las mas doradas flechas; A don Miguel, Amarílis, Beldad en cuyas cadenas En dulce esclavitud gimen Tantas libertades presas; A don Cárlos salió Julia, Para que en mejor esfera Sepa nueva astrologia, Que se incluye en dos estrella; Silvia á Guevara, con cuya Belleza, donaire y prendas Es un desairado garbo La discrecion de una necia; A don Luis le cupo Lisi, A don Adolfo, Marcela, A don Teobaldo, Felicha, Y á don Manuel salió Celia. A vos, por sor mas galan, (Dicho en paz de todos sea, Pues no es bien llegue á los hombres La mujeril competencia) Os cupo, claro se estaba, Lo peor, que es cosa cierta Que no se aviene Fortuna Jamas con naturaleza; Antes enemiga siempre Y á su dictámen opuesta, Lo que ella desdeña, ampara, Lo que ella ampara, desdeña. Yo juzgo que lo hace adrede Y no acaso, como piensan, Y que tiene en hacer mal Su poquito de advertencia; Pues, al uso de las lindas, Anda forjando soberbia De méritos ultrajados Los triunfos de su grandeza. Ella es Fálaris de gustos, Ella es Nerona de haciendas, Y hace de abrasadas Romas Luminarias en sus fiestas. Mas no quiero murmurarla, Que no es razon que se entienda Que á quien debo un beneficio Le pago con una ofensa. En la suerte, en fin, señor, Ella, como siempre ciega, Por serme á mí favorable, Anduvo con vos adversa: Saliéronnos parecidas Las suertes, de esta manera, La vuestra como mi cara, La mia como la vuestra. No os ofendió en esto nada, Pues ántes dispuso cuerda Que á vista de un mal empleo Resalten mas vuestras prendas: No fuera el sol tan lucido Si á su dorada madeja Talvez por negras lazadas No adornaran nubes densas; No ostentara el monte altivo Su robusta corpulencia, Si la bajeza del valle No exaltara su grandeza; No saliera tan hermosa La aurora vertiendo perlas, Si no avivaran sus luces Los lejos de las tinieblas; No campara de florida Lozana la Primavera, Si no viniera el Estio Pisando sus verdes huellas; No presumiera en el prado De cándida la azucena, Si no la hiciera lucir Lo oscuro de la violeta. ...........

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XVII

A doña María de Guadalupe Alencastre.

(FRAGMENTOS.)

........... Desde la América enciendo Aromas á vuestra imágen, ........... ........... Desinteresada os busco, Que el afecto que os oplaude, Es aplauso á lo entendido Y no lisonja á lo grande; Porque ¿para qué, señora, En distancia tan notable Habrán vuestras altiveces Menester mis humildades? Y no he menester de vos Que vuestro favor me alcance Favores en el consejo, Amparo en los tribunales; Ni que acomodeis mis deudos, Ni que ampareis mi linage, Ni que mi alimento sean Vuestras liberalidades: Que yo, señora, nací En la América abundante, Compatrïota del oro, Paisana de otros metales; A donde el comun sustento Se da casi tan de balde, Que en ninguna parte mas Se ostenta la tierra madre. De la comun maldicion Libres parece que nacen Sus hijos, segun el pan No cuesta sudor y afanes. Europa mejor lo diga, Pues há tanto que insaciable De sus abundantes venas Desangra los minerales. Y cuantos el dulce lotos De sus riquezas les hace Olvidar los propios nidos, Despreciar los patrios lares; Pues entre cuantos la han visto Se vé con claras señales Voluntad en los que quedan Y violencia en los que parten. Demas de que en el estado Que Dios fué servido darme, Las riquezas solamente Sirven para despreciarse: Que para volar segura De la religion la nave, Ha de ser la carga poca Y muy crecido el velamen; Porque si algun contrapeso Pide para asegurarse, De humildad, no de riqueza, Ha menester hacer lastre. Pues ¿de qué cargar sirviera De riquezas temporales, Si en llegando la tormenta Era preciso alijarse? Con que por cualquiera de estas Razones, pues es bastante Cualquiera, estoy de pediros Inhibida por dos partes. ...........

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XVIII

A Fílis.

(FRAGMENTOS.)

........... Pues alentar esperanzas, Alegar merecimientos, Solicitar posesiones, Sentir sospechas y celos, Es de bellezas vulgares Indigno bajo trofeo, Que en pretender ser vencidas Quieren fundar vencimientos; Mal se acreditan deidades Con la paga, pues es cierto Que á quien el servicio paga No se debió el rendimiento; Que distinta adoracion Se te debe á tí, pues siendo Indignos aun del castigo, Mal aspirarán al premio. Yo, pues, mi adorada Fílis, Que tu deidad reverencio, Que tu desden idolatro Y que tu rigor venero: Bien así cual mariposa Amante, que en tornos ciegos Es despojo de la llama, Por tocar su lucimiento: Como el niño que inocente Aplica incauto los dedos, A la cuchilla, engañado Del resplandor del acero, Y herida la tierna mano, Aun sin conocer su yerro, Mas que el dolor de la herida, Siente apartarse del reo. ........... Pero ¿para qué es cansarse? Como á ti, Fílis, te quiero, Que en lo que mereces, este Es solo encarecimiento. Ser mujer ni estar ausente No es de amante impedimento, Pues sabes tú que las almas Distancia ignoran y sexo. ........... ¡Oh! quién pudiera rendirte, No las riquezas de Creso, Que materiales tesoros Son indignos de tal dueño, Sino cuantas almas libres, Cuantos arrogantes pechos, En fe de no conocerte Viven de tu yugo exentos! ........... Si crédito no me das, Dalo á tus merecimientos, Que es, si registras la causa, Preciso hallar el efecto. ¿Puedo yo dejar de amarte, Si tan divina te advierto? ¿Hay causa que no produzca? ¿Hay potencia sin objeto? Vuelve á ti misma los ojos, Y hallarás en ti y en ellos, No solo el amor posible, Mas preciso el rendimiento. ...........

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XIX.

autora á su Mecénas, enviándole unos versos.

Ilustre Mecénas mio, Cuya nobleza é ingenio Es de ascendientes tan claros Una igualdad, otro exceso; Vos en quien de los Alfonsos Se triplica lo perfecto, Pues se hallan en vuestras partes El Casto, el Sabio y el Bueno; Vos á quien naturaleza En tan alto nacimiento Hizo agravio, mas que halago, En haceros caballero: Pues fué por impedir solo El que, naciendo plebeyo, Lo que os negaba la sangre Consiguiese vuestro esfuerzo; Vos que sobre tanta gala Teneis tanto entendimiento, Que anda siempre lo galan Vencido de lo discreto; En cuya mesura admira Quien oye vuestros conceptos Que le deje lo ingenioso Tanto lugar á lo cuerdo; Vos en cuya autoridad Se aviene tan bien lo atento, Que ni es vulgar lo apacible, Ni cansado lo severo, Recibid aquestos rasgos, Que en mi rústico talento Fueron de tristeza y ocio Incultos divertimientos. Esos que en ratos perdidos Formó el discurso travieso, Porque no tomase el juicio La residencia del tiempo; Y porque no pareciese Que era en culpable sosiego Cesar de lo operativo, Descansar de la molesto, Pasen por descuidos mios, Pues jamas pensé ponerlos Al exámen de los doctos Ni á la censura del pueblo; Ni el que pasasen jamas Cupiera en mi pensamiento De la bajeza de mios A la elevacion de vuestros. Mas, pues vos lo pedis, juzgo Que no es el dároslos yerro, Pues no es don muy corto el que Os tiene de costa el ruego. Si el ir á vuestra censura Pareciere atrevimiento, Lo que peco en lo que exhibo Subsano en lo que obedezco. Recibid, pues, de mi pluma Este tan debido obsequio, Que no doy lo que remito, Si remito lo que debo.

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XX.

Responde á un caballero peruano que la habia elogiado, y revela su nombre.

Allá va, aunque no debiera, Incógnito señor mio, La respuesta de portante A los versos de camino. No debiera, porque cuando Se oculta el nombre, es indicio Que no habeis querido ser Hombre de nombre conmigo; Por lo cual fallamos que Fuera muy justo castigo, Sin perdonaros por pobre, Dejaros por escondido. Pero el diablo del romance Tiene en su oculto artificio En cada copla una fuerza, Y en cada verso un hechizo; Tiene un agrado tirano, Que en lo blando del estilo El que suena como ruego Apremia como dominio; Tiene una virtud, de quien El vigor penetrativo Se introduce en las potencias Sin pasar por los sentidos; Tiene una altiva humildad Que con estruendo sumiso Se rinde para triunfar Con las galas de rendido; Tiene qué sé yo que yerbas, Qué conjuros, qué exorcismos, Que ni los supo Medea, Ni Tesalia los ha visto; Tiene unos ciertos sonsaques, Instrumentos atractivos, Garfios del entendimiento, Y del ingenio gatillos, Que el raigon mas encarnado Del dictámen mas bien fijo Que haya de callar, harán Salir la muela y el grito; Por esto como forzada, Sin saber lo que me digo, Os respondo como quien Escribe sin albedrio. Vi vuestro romance, y Una vez y otras mil visto, Por mi fe jurada, que Juzgo que no habla conmigo. Porque yo bien me conozco, Y no soy por quien se dijo Aquello de haber juntado Milagros y basiliscos. Verdad es que acá á mis solas, En unos ratos perdidos, A algunas vueltas de cartas Borradas las sobrescribo; Y para probar las plumas, Instrumentos de mi oficio, Hice versos, como quien Hace lo que hacer no quiso. Pero esto no pasó de Consultar acá conmigo, Si podré entrar por fregona De las madamas del Pindo, Y si beber merecia De los cristales nativos Castalios, que con ser agua Tienen efecto de vino, Pues luego al punto levantan Unos flatos tan nocivos, Que dando al seso vaivenes Hacen columpiar el juicio; De donde se ocasionaron Los traspieses que dió Ovidio, Los tropezones de Homero, Los vaguidos de Virgilio, Y de todos los demas Que, fúnebres ó festivos, Conforme los tomó el Númen, Se han mostrado en sus escritos, Entre cuyos jarros yo Busqué, por modo de vicio, Si les sobraba algun trago Del sabroso bebedizo; Y, si no me engaño, hallé En el asiento de un vidrio, De una mal hecha infusion Los polvos mal desleidos. No sé sobras de quien fueron; Pero, segun imagino, Fueron de un bribon aguado, Pues hace efectos tan frios. Versifico desde entónces, Y desde entónces poetizo, Ya en Demòcritas risadas, Ya en Eráclitos gemidos. Consulté á las nueve hermanas, Que con sus flautas y pitos Andan de una en otra edad Alborotando los siglos; Híceles mi invocacion, Tal cual fué Apolo servido, Con necesitadas plagas Y con clamores mendigos. Y ellas con piedad, de verme Tan hambrienta de ejercicios, Tan sedienta de conceptos, Y tan desnuda de estilos, Ejercitaron las obras (Que nos manda el catecismo) De misericordia, viendo Que tanto las necesito. Dióme la madama Euterpe Un retazo de Virgilio, Que cercenó desvelado, Porque lo escribió dormido; Talía me dió unas nesgas Que sobraron de un corpiño De una tabernaria Escena Cuando la ajustó el vestido; Melpómene una bayeta De una elegía que hizo Séneca, y que á Héctor sirvió De funesto frontispicio; Urania, musa estrellera, Un astrolabio en que vido Las maulas de los planetas Y las tretas de los signos; Y así todas las demas, Que con pecho compasivo Vestir al soldado pobre Quisieron jugar conmigo. Ya os he dicho lo que soy, Ya he contado lo que he sido; No hay mas que lo dicho, si En algo vale mi dicho. Con que se sigue que no Puedo ser objeto digno De los tan mal empleados Versos, cuanto bien escritos. Y esto no es humildad, porque No es mi genio tan bendito Que no tenga mas filaucia Que cuatrocientos Narcisos. Mas no es tan desbaratado, Aunque es tan desvanecido, Que presuma que merece Lo que nadie ha merecido. De vuestra alabanza objeto No encuentro, en cuantos he visto, Quien pueda serlo, si ya No se celebrare él mismo. Si Dios os hiciera humilde Como tan discreto os hizo, Y os ostentáseis de claro Como campais de entendido, Yo en mi lógica vulgar Os pusiera un silogismo, Que os hiciera confesar Que este fué solo el motivo; Y que cuando en mí empleais Vuestro ingenio peregrino, Es manifestar el vuestro Mas que celebrar el mio. Conque quedándose en vos Lo que es solo de vos digno, Es una accion inmanente, Como verbo intransitivo; Así yo no os agradezco, Pues solo quedo al oiros Deudora de lo enseñado, Pero no de lo aplaudido. Y así sabed que no estorba El curioso laberinto En que, Dédalo escribano, Vuestro nombre ocultar quiso; Aunque se quedó encerrado, Tiene tan claros indicios, Que si no es el Mino-Tauro, Se conoce el Paulo-minus. Pues si la combinatoria, En que á veces kirkerizo, En el cálculo no engaña, Y se yerra en el guarismo. Uno de los anagramas Que salen con mas sentido De su volumosa suma Que ocupara muchos libros, Dice... Lo diré? Mas temo Que os enojaréis conmigo, Si del título os descubro La fe, como del bautismo. Mas ¿cómo podré callarlo, Si he comenzado á decirlo, Y un secreto ya revuelto Puede dar un tabardillo? Así, para no tenerle, Diré lo que dice, y digo Que es el Conde de la Granja. Laus Deo. Lo dicho, dicho.

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XXI.

En reconocimiento á los autores europeos que elogiaron los versos de la poetisa.

(Fragmentos.)

........... ¿De dónde á mí tanto elogio? ¿De dónde á mí encomio tanto? ¿Tanto pudo la distancia Añadir á mi retrato? ¿De qué estatura me haceis? ¿Qué coloso habéis labrado, Que desconoce la altura Del original lo bajo? No soy yo la que pensais, Sino es que allá me habeis dado Otro ser en vuestras plumas, Y otro aliento en vuestros labios; Y diversa de mí misma Entre vuestras plumas ando, No como soy, sino como Quisísteis imaginarlo. A regiros por informes, No me hiciera asombro tanto, Que ya sé cuanto el afecto Sabe agrandar los tamaños; Pero si de mis borrones Vísteis los humildes rasgos, Que del tiempo mas perdido Fueron ocios descuidados, ¿Qué os pudo mover á aquellos Mal merecidos aplausos? ¿Así puede á la verdad Arrastrar lo cortesano? A una ignorante mujer, Cuyo estudio no ha pasado De ratos á la precisa Ocupación mal hurtados, ........... ........... ¿Se dirigen los elogios De los ingenios mas claros Que en púlpitos y en escuelas El mundo venera sabios? ¿Cuál fué la ascendiente estrella Que, dominando los astros, A mí os ha inclinado, haciendo Lo violento voluntario? ¿Qué mágicas infusiones De los indios herbolarios De mi patria, entre mis letras El hechizo derramaron? ¿Qué proporcion de distancia El sonido modulando De mis versos, hacer pudo Cónsono lo destemplado? ¿Qué siniestras perspectivas Dieron aparente ornato Al cuerpo compuesto solo De unos mal distintos trazos? ¡Oh cuántas veces, oh cuántas, Entre las ondas de tantos No merecidos loores, Elogios mal empleados! ¡Oh cuántas encandilada En tanto golfo de rayos, O hubiera muerto Faetonte, O Narciso, peligrado, A no tener en mí misma Remedio tan á la mano, Como el conocerme, siendo Lo que los pies para el pavo! Vergüenza me ocasionais Con haberme celebrado, Porque sacan vuestras luces Mis faltas á lo mas claro. Vosotros me concebísteis A vuestro modo, y no estraño Lo grande, que esos conceptos Por fuerza han de ser milagros. La imágen de vuestra idea Es la que habeis alabado, Y siendo vuestra es bien digna De vuestros mismos aplausos. ¡Celebrad ese de vuestra Propia aprension simulacro, Para que en vosotros mismos Se vuelva á quedar el lauro! ...........

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XXII.

(FRAGMENTOS.)

........... Si es lícito y aun debido Este cariño que tengo, ¿Por qué me han de dar castigo Porque pago lo que debo? ¡Oh cuánta fineza! oh cuántos Cariños he visto tiernos! Que amor que se tiene en Dios Es calidad sin opuestos. De lo lícito no puede Hacer contrarios conceptos, Porque es amor que al olvido No puede vivir espuesto. Yo me acuerdo (oh nunca fuera!) Que he querido en otro tiempo, Lo que paso de locura Y lo que excedió de estremo. Mas como era amor bastardo Y de contrarios compuesto, Fué fácil desvanecerse De achaque de su ser mesmo; Mas ahora ¡ay de mí! está Tan en su natural centro, Que la virtud; razón Son quien aviva su incendio. ........... ¡Oh humana flaqueza nuestra A donde el mas puro afecto Aun no sabe desnudarse Del natural sentimiento! Tan precisa es la apetencia Que á ser amados tenemos, Que aun sabiendo que es inútil Nunca dejarla sabemos. Que corresponda á mi amor Nada añade; mas no puedo, Por mas que lo solicito, Dejar yo de apetecerlo. Si es delito, ya lo digo; Si es culpa, ya la confieso; Mas no puedo arrepentirme Por mas que hacerlo pretendo. Bien ha visto quien penetra Lo interior de mis secretos, Que yo misma estoy forjando Los dolores que padezco; Bien sabe que soy yo misma Verdugo de mis deseos, Pues muertos entre mis ansias Tienen sepulcro en mi pecho. Muero ¡quién creyera! á manos Del objeto que mas quiero, Y el motivo de matarme Es el amor que le tengo. Así alimentando triste La vida con el veneno, La misma muerte que vivo Es la vida con que muero, Pero valor, corazon, Porque á tan dulce tormento, En medio de cualquier suerte No dejar de amar protesto!

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XXIII

Fragmento del auto historial “El cetro de Josef”. La mujer de Putifar á Josef.

Espera, galan hebreo, Y si á obligarte no bastan Las prendas de mi belleza, Los adornos de mi gracia; Si en los rizos de mi pelo Los tesoros de la Arabia No te aprisionan, porque Son en fin cadenas blandas; Si de mis ojos los rayos, Si de mi frente la plata, Si en mi boca los rubíes, Si en mis mejillas el nácar No te mueven ni te incitan, Ni á que me enamores bastan, Porque son prendas caducas Que pagan al tiempo parias, Muévate una alma rendida, Que los tesoros del alma No pagan pension al tiempo Ni tributo á las mudanzas. No huyas, Josef, espera, Vuelve siquiera la cara; Mírame, que con la vista Tu fidelidad no manchas. Vuelve los ojos. Josef.—No quiero, Que quien la vista no guarda, No guardará el corazon, Pues abre su puerta franca.

Lo que no le es al deseo Lícito, no es bien que haga Lícito á mis ojos yo; Que aunque el precepto no caiga Sobre el ver, como la vista Ministra especies al alma Que despierten el deseo Y que susciten su llama, Si yo una vez las recibo, Será imposible borrarlas Y difícil resistirlas; Y es muy necia confianza Que yo mismo á mi enemiga Admita dentro de casa. Muj. Pues ingrato, vive el cielo, Que supuesto que no bastan La terneza, ni el cariño A tu condicion ingrata, La ha de vencer la violencia, Y así de esta suerte...Josef.—Aparta! Suéltame! Mujer.—Cómo soltarte? Primero...Josef.—El cielo me valga! Profecía. Ya te vale, porque el cielo Nunca á quien le invoca falta. Huye, Josef; porque Dios Solo á quien se guarda, guarda. Muj. Huyó el ingrato! y dejóme Solo en las manos la capa. Qué nuevo furor me incita? Ya todo el amor es rabia! ...........

Illustration from Obras selectas de la celebre monja de Mejico, sor Juana Ines de la Cruz: precedidas de su biografia y juicio crítico sobre todas sus producciones

XXIV.

Lucha entre la virtud y la costumbre.

Miéntras la gracia me excita Por elevarme á la esfera, Mas me abate á lo profundo El peso de mis miserias. La virtud y la costumbre En el corazon pelean, Y el corazon agoniza En tanto que lidian ellas. Y aunque es la virtud tan fuerte, Temo que talvez la venza, Que es muy grande la costumbre, Y está la virtud muy tierna. Oscurécese el discurso En tan confusas tinieblas; Pues ¿quién podrá darme luz, Si está la razon á ciegas? De mí mesma soy verdugo Y soy cárcel de mí mesma: ¿Quién vió que pena y penante Una propia cosa sean? Causo disgusto á lo mismo Que mas agradar quisiera, Y del disgusto que doy En mí resulta la pena. Amo á Dios y siento en Dios, Y hace mi voluntad mesma De lo que es alivio, cruz, Del mismo puerto, tormenta. Padezca, pues Dios lo manda; Mas de tal manera sea, Que si son las penas culpas, No sean culpas las penas.

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XXV.

Elogio de María en el misterio de la Encarnacion.

Que hoy bajó Dios á la tierra, Es cierto: pero mas cierto Es que bajando á María Bajó Dios á mejor cielo. Por obediencia del Padre Se vistió de carne el Verbo; Mas tal que le pudo hacer Comodidad el precepto. Conveniencia fué de todos Este divino misterio, Pues el hombre de fortuna Mejoró, y Dios de asiento. Su sangre le dió María A logro, porque á su tiempo La que recibe encarnando Restituya redimiendo. Un arcángel á pedir Bajó su consentimiento, Guardándole en ser rogada De reina los privilegios. ¡Oh grandeza de María! Que cuando usa el Padre Eterno De dominio con su Hijo, Use con ella de ruego!

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XXVI.

Ave Regina cælorum.

¡Salve, Reina de los cielos, Y de los ángeles reina! ¡Salve de Jesé raiz Y de la luz clara puerta! Gózate, Vírgen gloriosa, Sobre todas las mas bella; Vive la mas exaltada, Y por nos á Cristo ruega. Para cantarte alabanzas Da dignidad á mi lengua, Y contra tus enemigos Dame tu virtud y fuerza. Y tú, Señor poderoso, Concedédle por defensa El presidio de tu Madre A la fragilidad nuestra, Para que con el auxilio De su maternal clemencia De nuestras iniquidades Levantemos la cabeza.

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XXVII.

A Cristo sacramentado, en el dia de la comunion.

Amante dulce del alma, Bien soberano á que aspiro, Tú que sabes las ofensas Castigar á beneficios; Divino iman en que adoro, Hoy que propicio te miro, Que me influyes la osadía De poder llamarte mio; Hoy que en union amorosa Imaginó tu cariño Que si no estabas en mí, Era poco estar conmigo; Hoy que para examinar El amor con que te sirvo, Al corazon en persona Has penetrado tú mismo: Pregunto ¿es amor ó celos Tan cuidadoso escrutinio? Que quien lo registra todo, Da de sospechar indicios. Mas ¡ay bárbara ignorante! Y ¡qué de errores he dicho, Como si el estorbo humano Obstara al Lince divino! Para ver los corazones No has menester asistirlos, Que para tí son patentes Las entrañas del abismo. Con una intuicion presente Tienes en vuestro registro El infinito pasado Hasta el presente finito; Luego no necesitabas Para ver el pecho mio, Si lo estás mirando sabio, Entrar á mirarlo fino.

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XXVIII

A San Pedro.

Del descuido de una culpa Un gallo, Pedro, os avisa; Que un irracional reprende A quien la razon olvida. ¡Qué poco la Providencia De instrumentos necesita, Pues á un apóstol convierte Con lo que un ave predica! Exámen fué vuestra culpa Para vuestra prelacía, Que peligra de muy recto Quien de frágil no peligra. Tímido mueve el impulso De la mano compasiva Quien en su castigo propio Tiene del dolor noticia. En las agenas flaquezas Siempre la vuestra se os pinta, Y el estruendo del que cae Os recuerda la caida. Así templan vuestros ojos Con la piedad la justicia, Cuando lloran como reos Lo que como jueces miran.

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XXIX

A Santa Catarina mártir.

(FRAGMENTOS.)

Un áspid al blanco pecho Aplicó amante Cleopatra: ¡Oh que escusado era el áspid A donde el amor estaba! ........... El pecho ofrece al veneno La valerosa gitana. Que no siente herir el cuerpo La que tiene herida el alma. Amor y valor imita, Pero mejora la causa Catarina, porque sea La imitación con ventaja: Porque no triunfase Augusto De la beldad soberana Se mata Cleopatra, y precia Mas que la vida la fama. Así Catarina heróica Tiende la ebúrnea garganta Al filo, porque el infierno No triunfe de su constancia. Infamia en Cleopatra ó muerte La dulce vida amenazan; Pero ella elige por ménos Mal la muerte que la infamia. Así mejor Catarina A las cortantes navajas Ofrece los miembros bellos, Y al triunfo aspira gallarda.

En la profesion de una religiosa.

¿Qué puede escribir la pluma De asunto tan soberano, Si por mas que se remonte Siempre se le va por alto? Vosotros siempre felices, Celestiales cortesanos, Que de tan glorioso triunfo Gozais el eterno lauro, La piedad de vuestro Rey Celebrad con dulce canto, Que de unirse á una criatura Amoroso se ha dignado. Y vos, poderoso Rey, Que en vuestro tálamo sacro, La que esclava rescatásteis Esposa habeis coronado; Pues tanto os preciais de amante Y ostentais de tan bizarro, Que haceis gala lo rendido Y primor lo enamorado, Conservadla en tal grandeza, Sin que los viles humanos Bajos vapores se atrevan A empañar candores tantos.

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