LIBRO QUINTO CUYO FIN NO SE PARECE AL PRINCIPIO
J. A. R. translation
I La soledad y el cuartel en combinación
El dolor de Cosette, tan punzante aún y tan vivo cuatro ó cinco meses antes, había entrado en convalescencia, sin ella advertirlo.
La naturaleza, la primavera, la juventud, el amor hacia su padre, la alegría de los pájaros y de las flores, infiltraban poco á poco, día por día, gota á gota, en aquella alma tan virgen y tan joven, una cosa muy parecida al olvido.
¿Se apagaba completamente el fuego, ó se iban formando solamente capas de ceniza? El hecho es, que no sentía ya apenas nada doloroso ni abrasador.
Un día pensó de repente en Mario.
—¡Calle!—dijo.—Ya no pienso en él.
Durante la misma semana se fijó, al pasar por delante de la verja del jardín, en un lindo oficial de lanceros, con talle de avispa, brillante uniforme, mejillas de niña, sable debajo el brazo, bigotes encerados y chascás charolado. Además: pelo rubio, ojos azules, cara redonda, vana, insolente y linda: todo lo contrario de Mario.
Llevaba su cigarro en la boca.
Cosette pensó que aquel oficial pertenecía al regimiento acuartelado en la calle de Babilonia.
Al día siguiente le vió pasar otra vez, y notó la hora.
Desde aquel momento le vió pasar casi todos los días.
Los camaradas del oficial notaron que había en aquel jardín «mal cuidado» y detrás de aquella verja barroca, una linda muchacha, que estaba allí, casi siempre, cuando pasaba el bizarro teniente, el cual no es desconocido del lector, pues se llamaba Teódulo Guillenormand.
—¡Hola!—decíanle.—Hay ahí una muchacha que se fija en ti; obsérvalo.
—¡Para esto tengo el tiempo...—respondía el lancero,—si tuviera que fijarme en todas las muchachas que me miran!
Esto sucedía precisamente en los momentos en que Mario, descendiendo hasta la agonía, decíase:
—¡Si pudiese solamente volver á verla antes de morir!
Si se hubiera realizado su deseo; si hubiera visto en aquel instante á Cosette mirando á un lancero, no habría podido pronunciar una palabra; habría muerto de dolor.
¿Y de quién habría sido la culpa? De nadie.
Mario tenía uno de esos temperamentos que se sumergen en la tristeza y viven en ella.
Cosette, por el contrario, se sumergía, pero volvía á salir.
Cosette, además, atravesaba el momento peligroso, fase fatal del ensueño femenil, abandonado á sí mismo, en que el corazón de una joven aislada se asemeja á los sarmientos de la vid que así se enraman por casualidad al chapitel de una columna de mármol, como al poste de una taberna.
Momento rápido y decisivo, crítico para toda huérfana, ya sea pobre ó rica, porque la riqueza no impide una mala acción, realizándose casamientos desiguales, porque la verdadera desigualdad es la de las almas; de igual manera que más de un joven ignorado, sin nombre, sin familia y sin fortuna, es un chapitel de mármol que sostiene un templo de elevados sentimientos y de grandes ideas, existen hombres de mundo, satisfechos y opulentos que calzan botas brillantes, y hablan charolado, que si se les mira, no al exterior, sino al interior, es decir, á lo que está reservado á la mujer, no son más que un poste estúpido, obscuramente manejado por las pasiones violentas, inmundas y vinosas; es decir, el poste de una taberna.
¿Qué había en el alma de Cosette?
Una pasión calmada ó adormecida: amor en estado flotante; algo que era límpido, brillante; turbio á cierta profundidad, sombrío más abajo.
La figura del lindo oficial se reflejaba en la superficie.
¿Había algún recuerdo en el fondo? ¿Muy en el fondo?
Tal vez; pero Cosette no lo sabía.
En esto sobrevino un incidente singular.
II Miedos de Cosette
Durante la primera quincena de abril hizo Juan Valjean un viaje.
Esto sucedía, como sabe el lector, algunas veces muy de tarde en tarde; y estaba ausente uno ó dos días á lo más.
¿Dónde iba? Nadie lo sabía, ni la misma Cosette.
Sólo una vez, en uno de sus viajes, le había acompañado ésta en coche hasta la esquina de un callejón sin salida, en cuya esquina había leído: Callejón de la Planchette.
Allí se había apeado, y el coche había regresado con Cosette á la calle de Babilonia.
Generalmente Juan Valjean hacía estos viajes cuando faltaba dinero en casa.
Juan Valjean estaba, pues, ausente; al marcharse había dicho: «Volveré dentro de tres días».
Por la noche, Cosette estaba sola en la sala.
Para matar el fastidio había abierto el piano y empezado á cantar, acompañándose ella misma, el coro de Euryanthe: ¡Cazadores perdidos en los bosques! que es quizá lo más bello que existe en música.
Cuando hubo acabado se quedó pensativa.
De repente creyó oir que andaban por el jardín.
No podía ser su padre, porque estaba ausente; ni la tía Santos, porque se había acostado.
Eran las diez de la noche.
Se dirigió á la ventana de la sala que estaba cerrada, y aplicó el oído.
Le pareció que oía el paso de un hombre que andaba suavemente.
Subió con rapidez al primer piso, á su cuarto, abrió un ventanillo que había en el postigo, y miró al jardín.
La luna estaba en su cuarto lleno alumbrando como el día.
No había nadie.
Abrió la ventana.
El jardín estaba absolutamente silencioso; y lo que se veía en la calle, desierto como siempre.
Cosette pensó haberse engañado; había creído oir aquel ruido, y todo era un alucinamiento producido por el sombrío y prodigioso coro de Weber, que abre ante el espíritu abismos insondables, que aparecen trémulos á la vista como un bosque vertiginoso en que se oye el crujido de las ramas muertas bajo el paso inquieto de los cazadores, casi envueltos en el crepúsculo.
Y no pensó más en ello.
Además, Cosette no era de naturaleza asustadiza.
Había en sus venas algo de la sangre de gitana y aventurera de desnudos pies.
Recuérdese que era mejor alondra que paloma, y tenía su fondo de valor y de energía.
Al día siguiente, más temprano, á la caída de la noche, se estaba paseando por el jardín, y en medio de los confusos pensamientos en que estaba sumergida, creyó oir claramente un ruido semejante al de la víspera, como de alguna persona que anduviera en la obscuridad bajo los árboles, y no muy lejos de ella; pero ella se decía que nada se asemeja tanto á los pasos sobre la yerba como el roce de dos ramas que se separan por sí mismas, y no hizo caso; además, no veía nada.
Salió de la «maleza»; tenía que atravesar un espacio alfombrado de menuda yerba para llegar á la gradería del pabellón.
La luna, que acababa de aparecer á sus espaldas, proyectó su sombra delante de ella, sobre aquella alfombra, en cuanto salió de la espesura.
Cosette se paró aterrorizada.
Al lado de su sombra, la luna proyectaba claramente sobre el césped otra sombra singularmente espantosa y terrible; una sombra que llevaba sombrero redondo.
Parecía la de un hombre que estuviese de pie junto á la espesura y á pocos pasos detrás de Cosette.
Permaneció un minuto sin poder hablar, ni gritar, ni moverse, ni volver la cabeza.
Pero al fin, reuniendo todo su valor, se volvió resueltamente.
No había nadie.
Miró al suelo; la sombra había desaparecido.
Entró nuevamente en la espesura, registró valerosamente todos los rincones, llegó hasta la verja, y no encontró á nadie.
Quedóse verdaderamente helada. ¿Había sido también aquello una alucinación? ¡Cómo! ¡Dos días seguidos! Una alucinación, pase; ¿pero dos?
Lo que la inquietaba sobre todo, era el que la sombra no fuera seguramente un fantasma, porque los fantasmas no llevan sombrero redondo.
Al día siguiente volvió Juan Valjean.
Cosette le refirió lo que había creído ver y oir.
Esperaba que su padre la tranquilizaría y que encogiéndose de hombros, le diría: «Eres una loquilla».
Juan Valjean se puso pensativo.
—Puede no ser nada,—dijo.
Separóse con algún pretexto, y se fué al jardín. Cosette observó que examinaba la verja con mucha atención.
Por la noche se despertó; esta vez estaba segura de oir pasos cerca de la escalinata, por bajo de su ventana, y la abrió.
En efecto, en el jardín vió á un hombre con un garrote en la mano.
Iba ya á gritar, cuando la luna iluminó el rostro del hombre. Era su padre.
Volvió, pues, á acostarse, pensando:
—¡Está inquieto, en realidad!
Juan Valjean pasó aquella noche y las dos siguientes en el jardín, y Cosette le observó por el ventanillo.
La tercera noche la luna estaba en su cuarto menguante, y salía más tarde. Sería como la una; Cosette oyó una carcajada, y la voz de su padre, que la llamaba:
—¡Cosette!
Saltó de la cama, se puso una bata, y abrió la ventana.
Su padre estaba en el jardín en el césped.
—Te despierto para tranquilizarte,—la dijo.—Mira; aquí tienes la sombra del sombrero redondo.
Y le enseñó sobre el césped una sombra que se proyectaba á la luz de la luna, y que parecía, en efecto, la de un hombre con sombrero redondo.
Era la silueta producida por el recortado de un tubo de chimenea de hierro con chapitel, que se elevaba por encima de un tejado vecino.
Cosette se echó á reir también; se borraron todas sus lúgubres suposiciones, y á la mañana siguiente, cuando almorzaba con su padre, se chanceó sobre el siniestro jardín visitado por las sombras de los tubos de chimenea.
Juan Valjean se tranquilizó completamente, y Cosette no se paró á examinar si el cañón de chimenea estaba en la misma dirección que la sombra que había visto ó había creído ver, y si la luna estaba en el mismo punto del cielo.
No se interrogó acerca de la singularidad de un cañón de chimenea, que teme ser sorprendido en flagrante delito, y se retira cuando ven su sombra; porque la sombra había desaparecido cuando Cosette se volvió, y Cosette creía estar segura de ello.
La joven se tranquilizó por completo.
La demostración le pareció evidente, y creyó que era un efecto de imaginación, lo mismo que los pasos de alguno que anduviese por el jardín por la tarde ó la noche.
Sin embargo, algunos días después ocurrió un nuevo incidente.
III Enriquecido con comentarios de la tía Santos
En el jardín y cerca de la verja que daba á la calle, había un banco de piedra, guardado por una cerca de carpintos, de las miradas de los curiosos, pero hasta el cual podía llegar el brazo de un transeúnte á través de la verja y del follaje.
Una tarde del propio mes de abril, había salido Juan Valjean; y Cosette después de haberse puesto el sol, se había sentado en dicho banco.
El viento penetraba por entre los árboles; Cosette meditaba; una tristeza, sin objeto, iba apoderándose poco á poco de ella; esa tristeza invencible que produce la tarde, y que proviene tal vez del misterio de la tumba entreabierta á esa hora.
Fantina estaba quizá en aquella sombra.
Cosette se levantó, dió lentamente una vuelta por el jardín, andando sobre la hierba inundada de rocío, y diciéndose á través de la especie de sonambulismo melancólico en que estaba sumergida:
—Debe una calzar chanclos ciertamente para andar por el jardín á estas horas; es fácil constiparse.
Después volvió de nuevo al banco.
En el momento en que iba á sentarse, observó en el sitio que había ocupado una gran piedra, que no estaba antes.
Cosette miró pensativa aquella piedra, preguntándose qué significaba.
Pero de repente, la idea de que aquella piedra no se había ido sola al banco, de que alguno la había puesto allí, de que un brazo había pasado á través de la verja; esta idea, decimos, se le presentó, y le dió miedo; un miedo verdadero esta vez, porque la piedra estaba allí, y no era posible dudar; no la tocó; huyó sin atreverse á mirar detrás de sí; se refugió en la casa; cerró enseguida los postigos con barras y la puerta-vidriera de la escalinata con cerrojos, y preguntó á la tía Santos:
—¿Ha vuelto mi padre?
—Todavía no, señorita.
(Ya hemos dicho de una vez para siempre que la tía Santos era tartamuda. Permítasenos no ortografiar sus palabras como tal; nos repugna la notación musical de una enfermedad).
Juan Valjean, como hombre pensativo y paseante nocturno, solía retirarse bastante tarde por la noche.
—Santos,—dijo Cosette,—¿tenéis cuidado de cerrar bien por la noche las ventanas, las que dan al jardín, al menos con barras, y de poner bien los pasadores de hierro en los anillos?
—¡Oh! podéis estar tranquila, señorita.
La tía Santos no dejaba de hacerlo, y Cosette lo sabía bien; pero no pudo menos de añadir:
—¡Qué desierto está esto!
—Es verdad,—dijo la tía Santos.—La asesinarían á una sin tener tiempo para decir ¡uf! con eso de no dormir el señor en casa. Pero no temáis nada, señorita: cierro las ventanas como si fuese una fortaleza. ¡Ah, mujeres solas! ¡Esto hace temblar! Figuraos que entran hombres en el cuarto por la noche, y le dicen á una: «¡Cállate!» y empiezan á cortarle la cabeza. No es tanto la muerte, porque al fin se muere una, y sabe demasiado que se ha de morir; pero es una cosa horrible sentir que os pone esa gente la mano encima. ¡Y luego sus puñales! ¡Oh, qué mal deben cortar, Dios mío!
—¡Callad!,—dijo Cosette,—cerradlo todo bien.
Atemorizada del melodrama improvisado por la tía Santos, y quizá también por el recuerdo de las apariciones de la otra semana, no se atrevió á decirle: «Id á ver la piedra que han puesto en el banco», de miedo de volver á abrir la puerta del jardín, y de que entrasen los «hombres».
Hizo cerrar por todas partes las puertas y ventanas, hizo que la tía Santos registrase la casa desde la cueva al granero: se encerró en su cuarto, echó los cerrojos, miró debajo de los muebles y debajo de la cama; se acostó y durmió mal.
Toda la noche estuvo viendo la piedra, grande como una montaña, y llena de cavernas.
Cuando salió el sol,—es propio del sol naciente hacernos reir de todos nuestros terrores nocturnos, y la risa que produce es siempre proporcionada al miedo que se ha tenido,—al salir el sol, decimos, se despertó Cosette, pensó horrorizada en su sueño, y se dijo: «¿Qué he estado soñando? ¡Lo mismo es esto que los pasos que me parecía haber oído la otra semana de noche en el jardín! ¡Lo mismo que la sombra del cañón de chimenea! ¿Voy á volverme ahora cobarde?».
El sol que entraba por las rendijas de los postigos, y coloreaba de púrpura las cortinas de damasco, la tranquilizó de tal manera, que todo se borró en su imaginación, incluso la piedra.
—No había piedra ninguna en el banco, como no había ningún hombre con sombrero redondo en el jardín. He soñado lo de la piedra como lo demás.
Vistióse; bajó al jardín; corrió al banco y sintió un sudor frío.
La piedra estaba allí.
Pero aquello no duró más que un momento; el miedo de noche es curiosidad de día.
—¡Bah!—dijo:—veamos lo que es.
Y levantó la piedra, que era bastante grande.
Debajo había algo que parecía una carta.
Era un sobre de papel blanco; Cossette lo cogió, y vió que no tenía ni dirección escrita por un lado, ni oblea por el otro; pero aunque estaba abierto no estaba vacío.
Entreveíanse papeles dentro.
Cosette lo examinó; ya no tenía miedo, ni curiosidad, sino un principio de impaciencia.
Sacó del sobre lo que contenía, que era un cuadernillo de papel, de hojas numeradas, en cada una de las cuales tenía algunas líneas que parecieron á Cosette de bonita y elegante letra.
Cosette buscó un nombre, pero no lo había; buscó una firma, tampoco la había.
¿Á quién iba dirigido aquello?
Á ella probablemente, puesto que una mano había depositado aquel paquete en su banco.
¿De quién venía aquello?
Una fascinación irresistible se apoderó de ella; trató de separar los ojos de aquellos papeles que temblaban en su mano; miró al cielo, á la calle, á las acacias llenas de luz, á las palomas que volaban sobre un tejado próximo, y después su vista cayó rápidamente sobre el manuscrito, y se dijo que debía leer lo que contenía.
He aquí que leyó:
IV Un corazón bajo una piedra
La reducción del universo á un solo ser, la dilatación hasta Dios de un solo ser, he aquí el amor.
El amor es la salutación de los ángeles á los astros.
¡Qué triste está el alma cuando está triste por el amor!
¡Qué vacío como el de la ausencia del ser que por sí solo llena el mundo! ¡Oh! ¡Cómo es verdad que el ser amado se convierte en Dios! Se comprendería que Dios tuviese celos, si el Padre de todo no hubiera hecho evidentemente la creación para el alma, y el alma para el amor.
Basta una sonrisa vislumbrada á lo lejos bajo las alas de un sombrerito de crespón blanco con adornos de lila, para que el alma entre en el palacio de los sueños.
Dios está detrás de todo; pero todo oculta á Dios. Las cosas son negras, las criaturas son opacas. Amar á un ser es hacerle transparente.
Era un sobre de papel blanco: Cosette lo cogió y observó que no tenía dirección

Ciertos pensamientos son oraciones. Hay momentos en los cuales sea la que fuere la actitud del cuerpo, el alma está de rodillas.
Los amantes que están separados, engañan la ausencia con mil cosas quiméricas, que tienen, no obstante, su realidad. Aunque estén privadas de verse, y no puedan escribirse, tienen una multitud de medios misteriosos de correspondencia. Se envían el canto de los pájaros, el perfume de las flores, la risa de los niños, la luz del sol, los suspiros del viento, los rayos de las estrellas, toda la creación. ¿Y por qué no? Todas las obras de Dios están hechas para servir al amor. El amor es bastante poderoso para emplear á toda la naturaleza en sus mensajes.
¡Oh primavera, tú eres la carta que le escribo!
El porvenir pertenece más á los corazones que á las almas. El amor es lo único que puede ocupar y llenar la eternidad. El infinito necesita lo inagotable.
El amor es una parte del alma misma, es de la misma naturaleza que ella. Como ella es una chispa divina; como ella es incorruptible, indivisible, imperecedero. Es una partícula de fuego que está en nosotros, que es inmortal é infinita, á la cual nada puede limitar, ni amortiguar. Se la siente arder hasta en la médula de los huesos, y se la ve brillar hasta en el fondo del cielo.
¡Oh amor, adoración, deleite de dos almas que se comprenden, de dos corazones que se cambian, de dos miradas que se penetran! ¿Vendréis á mí, no es verdad, felicidades? ¡Paseos de dos almas en la soledad! ¡Días benditos y radiantes! Á veces he soñado que de vez en cuando las horas se desprendían de las vidas de los ángeles y venían aquí abajo á recorrer los destinos de los hombres.
Dios no puede añadir nada á la dicha de los que se aman más que la duración sin fin. Una eternidad de amor, después de una vida de amor, es un aumento, en efecto; pero acrecentar en su intensidad misma la felicidad inefable que el amor da al alma desde este momento, le es imposible aun á Dios mismo. Dios es la plenitud del cielo; el amor es la plenitud del hombre.
Contempláis una estrella por dos motivos, porque es luminosa y porque es impenetrable; pues á vuestro lado tenéis una radiación más dulce y un misterio mayor, la mujer.
Todos, sin excepción, tenemos nuestros seres respirables. Si estos nos faltan, nos falta el aire y nos ahogamos. Entonces morimos. Morir por falta de amor es horrible. ¡Es la asfixia del alma!
Cuando el amor ha fundido y mezclado dos seres en una unidad angélica y sagrada, estos seres han hallado el secreto de la vida; no son más que los dos términos de un mismo destino; no son más que las dos alas de un mismo espíritu. ¡Amad, pues! ¡Elevaos!
El día en que una mujer que pasa delante de nosotros desprende luz al andar, estamos perdidos; es que la amamos. Ya no podemos hacer sino una cosa; pensar en ella con tal insistencia, que ella se vea obligada á pensar en nosotros.
Lo que el amor empieza, sólo puede ser acabado por Dios.
El amor verdadero se desespera y se encanta por un guante perdido, ó por un pañuelo encontrado, y necesita la eternidad para sus sacrificios y sus esperanzas. Se compone á la vez de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño.
Si sois piedra, sed imán; si planta, sensitiva; si hombre, amor.
Nada basta al amor. Si se tiene la felicidad, se desea el paraíso; si se tiene el paraíso, se desea el cielo.
¡Oh! vosotros los que os amáis, todo esto se halla en el amor. Aprended á encontrarlo. El amor tiene como el cielo la contemplación, y además el deleite.
¿Va ella todavía al Luxemburgo?—No, señor.—¿Es en esta iglesia donde oye misa, verdad?—Ya no viene.—¿Vive todavía en esta casa?—Se ha mudado.—¿Adónde ha ido á vivir?—No lo ha dicho.
¡Qué cosa tan sombría es ignorar las señas de la casa de nuestra alma!
El amor tiene niñerías, las otras pasiones tienen pequeñeces. ¡Vergüenza para las pasiones que empequeñecen al hombre! ¡Honor á la que le hace niño!
Una cosa extraña me sucede. ¿Sabéis cuál? Estoy en la obscuridad. Existe un ser que al irse se me ha llevado el cielo.
¡Oh! Estar echados juntos en la misma tumba con las manos enlazadas, y de cuando en cuando, en medio de las tinieblas, acariciarnos suavemente un dedo; esto satisfaría mi eternidad.
Los que padecéis porque amáis, amad más aún. Morir de amor, es vivir.
Amad. Una transfiguración sombría y estrellada se mezcla con este suplicio. Hay éxtasis en la agonía.
¡Oh, dicha de las aves! Tenéis el canto, porque tenéis nido.
El amor es una respiración celestial del aire del paraíso.
Corazones profundos, espíritus ilustrados, tomad la vida como Dios la ha hecho; la vida es una larga prueba, una preparación ininteligible para el destino desconocido. Este destino, el verdadero, principia para el hombre en el primer escalón interior de la tumba. Entonces se le aparece algo, y comienza á distinguir lo definitivo. ¡Lo definitivo! Pensad en esta palabra. Los vivos ven lo infinito; lo definitivo no se deja ver más que de los muertos. Mientras esperáis, amad y padeced, esperad y contemplad. ¡Desgraciado el que no haya amado más que cuerpos, formas, apariencias! La muerte se lo arrebatará todo. Procurad amar las almas, y volveréis á encontrarlas.
He encontrado en la calle un joven muy pobre que amaba. Su sombrero era viejo, su vestido usado y raído por los codos; el agua le entraba por los zapatos, y los astros penetraban en su alma.
¡Qué cosa tan grande es ser amado! ¡Pero aún es más grande amar! El corazón se hace heroico á fuerza de pasión. No se compone sino de pureza; se apoya solamente en lo más grande y elevado. En él no puede germinar un pensamiento indigno, como no puede germinar una ortiga en un ventisquero. El alma elevada y serena, inaccesible á las pasiones y á las emociones vulgares, que domina las nubes y las sombras de este mundo, las locuras, las mentiras, los odios, las vanidades, las miserias, habita en el azul del cielo, y no siente más que las conmociones profundas y subterráneas del destino, como las cumbres de las montañas sienten los temblores de tierra.
Si no hubiera alguien que amase, se extinguiría el sol.
V Cosette después de la carta
Durante esta lectura, Cosette iba poniéndose pensativa poco á poco.
En el instante en que levantó los ojos de la última línea del cuaderno, el lindo oficial pasó triunfante por delante de la verja.
Cosette le encontró repugnante.
Volvió á fijarse en el cuaderno.
Está escrito, pensaba Cosette, con una letra encantadora; de la misma mano, pero con diversa tinta, ya negra, ya blanquecina como cuando se echa la tinta en el tintero, y por consiguiente en distintos días.
Era, pues, aquello, un pensamiento que se había derramado allí, suspiro á suspiro, irregularmente, sin orden, sin elección, sin objeto, al azar.
Cosette no había leído nunca nada semejante.
Aquel manuscrito en que veía más luz que obscuridad, le causaba el mismo efecto que un santuario entreabierto.
Cada una de sus misteriosas líneas resplandecía á sus ojos, inundaba su corazón de una luz extraña.
La educación que había recibido le había hablado siempre del alma y nunca del amor; así como si se hablase del tizón sin hablar de la llama.
Aquel manuscrito de quince páginas le revelaba suave y repentinamente todo el amor, el destino, la vida, la eternidad, el principio y el fin.
Era como una mano que se hubiese abierto y le hubiese arrojado súbitamente un puñado de rayos.
Descubría en aquellas líneas una naturaleza apasionada, ardiente, generosa, honrada; una voluntad sagrada, un inmenso dolor, y una esperanza inmensa; un corazón oprimido, y un éxtasis manifestado.
¿Y qué era aquel manuscrito? Una carta. Una carta sin señas, sin nombre, sin fecha, sin firma, apremiante y desinteresada, enigma compuesto de verdades; mensaje de amor escrito para ser llevado por un ángel, y leído por una virgen; cita dada fuera de la tierra; billete amoroso de un fantasma á una sombra.
Era un ausente tranquilo y oprimido, que parecía dispuesto á refugiarse en la muerte, y que enviaba á la ausente el secreto de su destino, la clave de la vida: el amor.
Aquello había sido escrito con los pies en la tumba y el dedo en el cielo.
Aquellas líneas, que habían caído una á una sobre el papel, podrían llamarse gotas del alma.
Pero ¿de quién podían ser aquellas páginas? ¿Quién las había escrito?
Cosette no dudó ni un instante. Sólo un hombre.
¡Él!
Habíase iluminado su alma; todo había vuelto á aparecer; sentía una alegría indecible y una angustia profunda.
¡Era él! ¡Él, quien escribía! ¡Él, que estaba allí! ¡Él, que había pasado el brazo á través de la verja! Mientras ella le olvidaba, él la había encontrado.
Pero ¿le había olvidado? ¡No! ¡Nunca!
Era una locura creerlo un sólo instante; le había amado y adorado siempre.
El fuego se había cubierto, y había estado oculto algún tiempo; pero ella le veía; no había hecho más que ahondar un poco, y ya brillaba de nuevo y la abrasaba toda entera.
Aquel cuaderno era como una chispa de otra alma caída en la suya.
Sentía renacer el fuego; nuevamente se penetraba de cada palabra del manuscrito:
—¡Ah, sí!—decía.—¡Cómo reconozco todo esto! Es lo que he leído en sus ojos.
Cuando acababa de leer por tercera vez, el teniente Teódulo volvió á pasar delante de la verja haciendo sonar las espuelas, lo que hizo que levantara Cosette los ojos y que le pareciese soso, tonto, necio, vano, fatuo, desagradable, impertinente y feo.
El oficial creyó que debía dirigirle una sonrisa.
Cosette se volvió avergonzada é indignada. De buena gana le hubiera tirado algo á la cabeza.
Marchóse pues, entró en la casa, y se encerró en su cuarto para volver á leer el manuscrito, para aprendérselo de memoria, y para pensar.
Cuando lo hubo leído y releído, lo besó y se lo guardó en el corsé.
Era ya un hecho; Cosette había caído en la profundidad del amor seráfico; acababa de abrirse el abismo Edén.
Cosette pasó todo el día sumida en una especie de aturdimiento.
Apenas pensaba; sus ideas estaban en el estado de un ovillo enredado en su cerebro; no acertaba á conjeturar; esperaba al través de su turbación ¿el qué? algo vago.
No se atrevía á prometerse nada, y nada quería desechar; cruzaban su frente sombras pálidas, y temblaba su cuerpo.
Parecíale á veces que penetraba en lo quimérico, y se decía: «¿Es esto real?». Y tentaba el papel querido bajo su vestido, le oprimía contra su corazón, sentía los dobleces sobre su pecho; y si Juan Valjean la hubiera visto en aquel momento, se habría estremecido ante aquella alegría luminosa y desconocida que brotaba de sus ojos.
—¡Oh, sí!—pensaba ella.—¡Es indudablemente él! ¡Esto es de él para mí!
Y creía que una intervención de los ángeles, que una casualidad celestial lo había puesto á su alcance.
¡Oh transfiguraciones del amor! ¡Oh sueños! Aquella casualidad celestial, aquella intervención de los ángeles, era la bolita de pan lanzada de un ladrón á otro ladrón; del patio de Carlomagno á la cueva de los Leones, por encima de los tejados de la Fuerza.
VI Los viejos están hechos para ser oportunos
Llegada la noche salió Juan Valjean, y Cosette se vistió.
Peinóse del modo que le sentaba mejor, y se puso un vestido, cuyo cuerpo había recibido una tijeretada más, y descubría por la escotadura el nacimiento del cuello; era, como dicen las jóvenes, «algo inocente».
No lo era en realidad, ni en grado mínimo, pero era más bonito que otro.
¡Se vistió de aquel modo sin saber por qué!
¿Quería salir? No.
¿Esperaba alguna visita? Tampoco.
Al anochecer bajó al jardín. La tía Santos estaba ocupada en la cocina, que daba al patio de detrás.
Empezó á pasear bajo los árboles, separando las ramas de cuando en cuando con la mano, porque las había muy bajas.
Así llegó al banco. Allí estaba todavía la piedra.
Sentóse, y dejó caer su blanca mano sobre la piedra, como si quisiese acariciarla y manifestarle agradecimiento.
De pronto sintió esa impresión indefinible que experimentamos aún sin ver, cuando está detrás de nosotros alguien de pie.
Volvió la cabeza, y se levantó. Era él.
Tenía la cabeza descubierta; parecía pálido y flaco; apenas se distinguía su traje negro.
El crepúsculo blanqueaba su hermosa frente, y cubría sus ojos de tinieblas.
Tenía algo propio de la muerte y de la noche, bajo un velo de incomparable dulzura.
Su rostro aparecía iluminado por la claridad del día que muere, y por el pensamiento de un alma que se va.
Parecía que no era aún fantasma; pero que no era ya hombre.
Su sombrero estaba caído á algunos pasos entre la yerba.
Cosette, próxima á desfallecer, no dió ni un grito.
Retrocedió lentamente, porque se sentía atraída.
Él no se movió. Cosette sentía la mirada de sus ojos, que no podía distinguir entre el velo inefable y triste que le rodeaba.
Cosette, al retroceder, encontró un árbol y se apoyó en él; sin aquel árbol, hubiera caído al suelo.
Entonces oyó su voz, aquella voz que realmente no había oído nunca, y que apenas sobresalía del susurro de las hojas, y que murmuraba:
—Perdonadme, aquí estoy. Tengo el corazón henchido; no podía vivir como estaba, y he venido. ¿Habéis leído lo que he puesto en ese banco? ¿Me conocéis? No tengáis miedo de mí. ¿Os acordáis de aquel día, hace ya mucho tiempo, en que me mirasteis? Fué en el Luxemburgo, junto al Gladiador. ¿Y del día que pasasteis cerca de mí? El 16 de junio y el 2 de julio, hace cerca de un año. ¡Cuánto tiempo he pasado sin veros!
«He preguntado á la alquiladora de sillas, y me ha dicho que ya no os veía. Vivíais en la calle del Oeste en un tercer piso de una casa nueva; ya veis que lo sé. Yo os seguía. ¿Qué había de hacer? Después desaparecisteis. Creí veros pasar una vez cuando estaba yo leyendo los periódicos bajo los arcos del Odeón, y corrí; pero no, era una joven que llevaba un sombrero como el vuestro.
«Por la noche vengo aquí. No temáis, nadie me ve; vengo á mirar de cerca vuestras ventanas. Ando muy quedo para que no lo oigáis, porque podríais tener miedo. La otra noche estaba detrás vuestro; os volvisteis y huí. Una vez os oí cantar, y fuí dichoso. ¿Os incomoda que os oiga cantar á través de las persianas? Esto no os molesta, ¿verdad?
«Ya lo veis, sois mi ángel; dejadme venir; creo que me voy á morir. ¡Sí supierais! ¡Os adoro! Perdonadme; os hablo, y no sé lo que os digo. Os incomodo tal vez. ¿Es verdad que os incomodo?».
—¡Oh, madre mía!—dijo Cosette.
Y se dobló sobre sí misma como si se muriera.
Él la cogió; ella desfallecía. Tomóla en sus brazos, la apretó estrechamente sin tener conciencia de lo que hacía, y la sostuvo vacilante.
Estaba como si tuviese la cabeza llena de humo; veía pasar relámpagos ante sus ojos; sus ideas se desvanecían; le parecía que realizaba un acto religioso, y que cometía una profanación.
Por lo demás, no experimentaba el menor deseo hacia aquella mujer seductora, cuyas formas sentía sobre su pecho.
Estaba perdido de amor.
Le tomó una mano y se la puso sobre el corazón.
Sintió el papel que tenía allí, y balbuceó:
—¿Me amabais pues?
Cosette respondió en una voz tan baja, que no era sino un suspiro casi imperceptible:
—¡Cállate; ya lo sabes!
Y ocultó su frente ruborizada en el pecho del joven altivo y embriagado.
Cayó él sobre el banco, y ella á su lado.
No tenían ya palabras.
Las estrellas empezaban á brillar.
¿Cómo fué que sus labios se encontraron?
¿Cómo es que el pájaro canta, que la nieve se funde, que la rosa se abre, que mayo extiende su fragancia, que el alba blanquea detrás de las negras arboledas en la cumbre ondulante de las colinas?
Un beso; esto fué todo.
Los dos se estremecieron, y se miraron en la sombra con ojos deslumbradores.
No sentían ni el frío de la noche, ni la frialdad de la piedra, ni la humedad de la tierra, ni la yerba mojada. Se miraban, y tenían el corazón lleno de pensamientos.
Se habían cogido las manos sin saberlo.
Ella no le preguntaba nada; no pensaba ni aún por dónde había entrado, y cómo había penetrado en el jardín.
¡Le parecía ya tan sencillo que estuviese allí!
De cuando en cuando la rodilla de Mario tocaba la rodilla de Cosette, y ambos se estremecían.
Por intervalos, Cosette tartamudeaba alguna palabra vaga.
Su alma temblaba en sus labios como una gota de rocío en una flor.
Poco á poco se hablaron.
La expansión sucedió al silencio, que es la plenitud.
La noche brillaba serena y espléndida sobre sus cabezas.
Aquellos dos seres puros como dos espíritus, se lo dijeron todo; sus sueños, sus felicidades, sus éxtasis, sus quimeras, sus desfallecimientos; cómo se habían adorado de lejos, cómo se habían deseado, y su desesperación cuando habían dejado de verse.
Se confiaron en una intimidad ideal, que nada podía aumentar lo que tenían más oculto y misterioso.
Se contaron con una fe cándida en sus ilusiones todo lo que el amor, la juventud y el resto de la infancia que había en ellos les hacía pensar.
Aquellos dos corazones se derramaron uno en otro, de modo que al cabo de una hora, él poseía el alma de ella y ella el alma de él.
Se compenetraron, se encantaron, se deslumbraron.
Cuando acabaron, cuando se lo hubieron dicho todo, ella reposó su cabeza en el hombro de Mario, y le preguntó:
—¿Cómo os llamáis?
—Me llamo Mario,—dijo él.—¿Y vos?
—Yo me llamo Cosette.