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Los miserables - Tomo 2 (de 2)

LIBRO PRIMERO LA GUERRA ENTRE CUATRO PAREDES

J. A. R. translation

I La Caribdis del arrabal de San Antonio, y la Scila del arrabal del Temple

Las dos barricadas más memorables que el observador de las enfermedades sociales puede mencionar, no pertenecen al período en que tuvo lugar la acción de este libro. Esas barricadas, símbolo ambas, bajo distintos aspectos, de una terrible situación, surgieron durante la fatal insurrección de junio de 1848, la guerra más grande de las calles que ha visto la historia.

Acontece á veces que, así contra los principios, como contra la libertad, la igualdad y la fraternidad, y aún contra el voto universal, contra el gobierno de todos para todos, desde el fondo de sus descorazonamientos, de sus angustias, de sus desalientos, de su desnudez, de su fiebre, de sus aflicciones, de sus miasmas, de su ignorancia y de sus tinieblas, esa gran desesperada, la canalla protesta, y el populacho da la batalla al pueblo.

Los indigentes atacan el derecho común; la oclocracia se insurrecciona contra el demos.

Son estos días lúgubres, porque existe siempre, en esa misma demencia, cierta parte de derecho; hay algo de suicidio en ese duelo; y estas mismas palabras, que parecen ser otras tantas injurias: indigente, canalla, oclocracia y populacho, prueban ¡ay! antes la culpa de los que reinan, que la de los que sufren; mejor la falta de las clases privilegiadas que la de los desheredados.

Por nuestra parte nunca pronunciamos esas palabras sin dolor y respeto; porque cuando la filosofía sondea los hechos á que corresponden, encuentra en ellos frecuentemente muchas grandezas al lado de las miserias.

Atenas era una oclocracia, los mendigos formaron la Holanda, el populacho salvó muchas veces á Roma, y la canalla seguía á Jesucristo.

No es propio de pensadores dejar de contemplar á veces las magnificencias de abajo.

En esa canalla pensaba sin duda San Jerónimo, en esas pobres gentes, en todos esos vagabundos, en todos esos miserables, de donde salieron los apóstoles y los mártires, cuando dijo esta misteriosa frase: Fex urbis, lex orbis.

Las exasperaciones de la muchedumbre que sufre y mana sangre; sus violencias contrarias á los principios que constituyen su vida; sus atropellos al derecho común, son golpes de Estado populares, y deben ciertamente reprimirse.

El hombre probo se sacrifica á hacerlo, y combate á esa muchedumbre por lo mismo que la ama.

Pero ¡cuán excusable le parece á pesar de combatirla! ¡Cómo la venera á pesar de resistirla!

Es uno de esos momentos raros en que, haciendo lo que debe hacerse, se siente uno algo desconcertado y como disuadido de seguir adelante.

Es preciso insistir; pero la conciencia siente una triste satisfacción, y el cumplimiento del deber se resiente de la angustia del corazón.

Lo acontecido en junio de 1848, apresurémonos á decirlo, fué un hecho aparte y casi imposible de clasificar en la filosofía de la historia.

Todas las palabras que acabamos de escribir están de más, tratándose de este motín extraordinario, donde se vió la santa ansiedad del trabajo reclamando sus derechos.

Fué necesario combatirle, y era un deber hacerlo, porque atacaba á la república; pero en el fondo, ¿qué fué junio de 1848? Una rebelión del pueblo contra sí mismo.

Donde no se pierde de vista el asunto, no hay digresión. Así, permítasenos llamar por un momento la atención del lector hacia las dos barricadas, únicas en su clase, que acabamos de nombrar, y que caracterizaron aquella insurrección.

Cerraba la una la entrada del arrabal de San Antonio; cerraba la otra, el paso al arrabal del Temple.

Aquéllos, ante cuyos ojos se levantaron á la luz del hermoso cielo azul de junio, estas dos terribles obras maestras de la guerra civil, no las olvidarán jamás.

La barricada de San Antonio era monstruosa. Tenía la altura de tres pisos y la anchura de setecientos pies.

Cerraba de uno á otro ángulo la vasta embocadura del arrabal, es decir, tres calles; abarrancada, dentellada, cortada en picachos, con una inmensa hendidura por almena, con sus contrafuertes á guisa de baluartes, con sus rebellines y cabos aquí y allá, fuertemente apoyada en los dos grandes promontorios de casas del arrabal, elevábase como una calzada ciclópea en el fondo de la terrible plaza que ha visto el 14 de julio.

Diez y nueve barricadas se sucedían en la profundidad de las calles, detrás de esa barricada madre.

Sin más que verla, sentíase en todo el arrabal el inmenso sufrimiento de agonía, llegado ya el punto extremo en que la desesperación quiere convertirse á todo trance en catástrofe.

¿De qué estaba hecha aquella barricada? De los destrozos de tres casas de seis pisos, demolidas expresamente para ello, decían unos; del prodigio de todas las iras, decían otros.

Tenía el deplorable aspecto de todas las construcciones del odio: la ruina.

Podía decirse á un mismo tiempo: ¿quién ha edificado esto? ¿quién ha destruido esto?

Era la obra improvisada de la fermentación.

¡Ea! ¡Esa puerta! ¡Esa reja! ¡Aquel alero! ¡Ese dintel! ¡Aquel hornillo roto! ¡Aquellas ollas melladas! ¡Ea! ¡Venga todo! ¡Que venga todo acá; cavad allá! ¡Arrojadlo todo! ¡Echad, desmantelad, derribad, demoledlo todo!

Era la cooperación del adoquín, de la piedra, de la viga, del barrote, del trapo, del cascote, de la silla desfondada, del troncho de col, del pingajo, del harapo y de la maldición.

Era una mezcla de lo grande y de lo pequeño; el abismo parodiado por el barullo; la masa junto al átomo; el lienzo de la pared derribada y la escudilla rota; una fraternización amenazadora de todos los escombros.

Sísifo había arrojado allí su peñasco, y Job su tiesto.

Era una suma terrible. Era el acrópolis de los descamisados.

Carretas volcadas accidentaban el declive; un inmenso carromato aparecía tumbado al través con el eje hacia arriba, semejando una cuchillada en aquel frontispicio tumultuoso; un ómnibus, subido alegremente á fuerza de brazos á la cima de aquel hacinamiento de cosas, como si los arquitectos de aquella salvajada hubiesen querido añadir la burla del pillastre al espanto, ofrecía su lanza sin arreos á los ignorados caballos del aire.

Aquella masa gigantesca, aluvión del motín, figuraba al espíritu el Osa sobre el Polión de todas las revoluciones; el 93 sobre el 89, el 9 de Termidor sobre el 10 de agosto; el 18 de Brumario sobre el 21 de enero; Vendimiario sobre Pradial; 1848 sobre 1830.

La situación valía la pena, y semejante barricada era digna de aparecer en el punto mismo de donde había desaparecido la Bastilla.

Si el océano construyese diques, los construiría de igual manera.

La furia de la ola estaba impresa en aquel obstáculo deforme.

¿Pero qué ola? la muchedumbre.

Creíase ver el tumulto petrificado. Creíase oir zumbar, sobre la barricada, como sobre una colmena, á las enormes abejas tenebrosas del progreso violento.

¿Era aquello un conjunto de malezas? ¿Era una bacanal? ¿Era una fortaleza?

El vértigo parecía haberlo construido con sus alas.

Tenía aquel reducto algo de cloaca, y algo de olímpico aquel montón.

Veíanse, en una mezcolanza llena de desesperación, caballetes de tejados, pedazos de buhardillas con su papel pintado, vidrieras enteras esperando el cañón sobre los escombros, chimeneas arrancadas, armarios y mesas, bancos en imponente confusión, y los mil y mil desechos del mendigo mismo, que contienen á la vez el furor y la nada.

Habríase dicho que era el andrajo de un pueblo, andrajo de madera, de hierro, de bronce y de piedra; y que el arrabal de San Antonio lo había lanzado á su puerta de un escobazo colosal, haciendo de su miseria su barricada.

Pedruscos que parecían tajos, cadenas dislocadas, armazones de vigas en forma de horcas, ruedas horizontales, todo esto, saliendo de entre los escombros, amalgamaba á aquel edificio de la anarquía el sombrío aspecto de los antiguos suplicios sufridos por el pueblo.

La barricada de San Antonio echaba mano de todo; todo cuanto la guerra civil puede arrojar á la cabeza de la sociedad salía de ella.

No era un combate, sino un paroxismo.

Las carabinas que defendían aquel reducto, entre las cuales había algunos trabucos, enviaban cascos de loza, huesecillos, botones, incluso ruedecillas de butacas, proyectiles peligrosos á causa del cobre.

La barricada estaba frenética, atronaba los aires con un clamor indecible; en ciertos instantes, provocando al ejército, se cubría de gente y de tempestad; coronábala una cohorte de flameantes cabezas; hervía dentro un hormiguero; tenía una cresta espinosa de fusiles, sables, palos, hachas, picas y bayonetas; una inmensa bandera roja parecía abofetear el viento á sus mismos impulsos; oíanse las voces de mando, las canciones de ataque, los redobles del tambor, los llantos de las mujeres y las carcajadas tenebrosas de los muertos de hambre.

Era descomunal y viviente, y como del lomo de un animal eléctrico, salía de su superficie un continuado centelleo.

El espíritu de la Revolución envolvía en su nube aquella cima, en donde resonaba la voz del pueblo, semejante á la de Dios mismo.

Desprendíase una majestad extraña de aquella titánica espuerta de escombros.

Era un montón de inmundicia, y era al propio tiempo el Sinaí.

Como hemos dicho antes, atacaba en nombre de la Revolución, ¿á quién? á la Revolución.

Aquella barricada, el acaso, el desorden, el azoramiento, el error, lo desconocido, tenía frente de sí á la Asamblea constituyente, á la soberanía del pueblo, el sufragio universal, la nación y la república; era la Carmañola desafiando á la marsellesa.

Desafío insensato, pero heroico; porque ese antiguo arrabal es un héroe.

El arrabal y su reducto se auxiliaban mutuamente.

El arrabal se apoyaba en el reducto, y el reducto tenía su apoyo en el arrabal.

La inmensa barricada se ostentaba como un arrecife, en el cual se estrellaba la estrategia de los grandes generales de la guerra de África.

Sus cavernas, sus excrecencias, sus verrugas, sus jorobas, gesticulaban, por así decirlo, y se mofaban bajo el humo.

La metralla se perdía en lo deforme; los obuses se sumergían y engolfaban allí; las balas no servían sino para hacer agujeros en los agujeros.

¿Á qué objeto cañonear el caos?

Y los regimientos, acostumbrados á las más espantosas visiones de la guerra, miraban con inquietos ojos aquella especie de reducto, fiera salvaje; jabalí, por lo erizado, y montaña, por lo enorme.

Á un cuarto de legua de allí, de la esquina de la calle del Temple, que desemboca en el boulevard, cerca del Château d'Eau, si se sacaba atrevidamente la cabeza fuera de la punta formada por el pórtico del almacén Dallemagne, se percibía á lo lejos, más allá del canal, en la calle que enfila las rampas de Belleville, en el punto culminante de la subida, un muro extraño que llegaba al segundo piso de las fachadas, especie de guión entre las casas de la derecha y de la izquierda, como si la calle hubiese doblado por sí misma su pared más alta para cerrarse bruscamente.

Esta pared estaba construida de adoquines, y era recta, perpendicular, nivelada con la escuadra, tirada á cordel, alineada con la plomada.

Faltábale, sin duda, la argamasa: pero, como en ciertos muros romanos, esto no alteraba su rígida arquitectura.

Adivinábase la profundidad de todo aquello viendo su elevación.

La cornisa era matemáticamente paralela á la base.

Distinguíanse á trechos sobre la plomiza superficie, troneras casi invisibles, parecidas á hilos negros, y separadas unas de otras por espacios iguales.

La calle, hasta donde alcanzaba la vista, estaba desierta, y todas las puertas y ventanas cerradas.

Surgía en el fondo aquella barrera, que transformaba la calle en callejón sin salida, la pared inmóvil y tranquila, donde no se veía á nadie, ni se oía nada, ni siquiera un grito, ni el más leve ruido, ni un soplo. Como si se tratara de un sepulcro.

El resplandeciente sol de junio inundaba con su luz aquel terrible objeto.

Era la barricada del arrabal del Temple.

Aun los más atrevidos, desde que llegaban á aquel sitio y la veían, no podían dejar de quedar pensativos ante aquella misteriosa aparición.

Era una obra bien proporcionada; las partes ajustaban y encajaban perfectamente; el todo rectilíneo, simétrico y fúnebre.

Había allí ciencia y tinieblas. Conocíase que el jefe de la barricada era un geómetra ó un espectro.

Mirábase aquello y se hablaba en voz baja.

De cuando en cuando, si alguno, soldado, oficial ó representante del pueblo, se aventuraba á atravesar la calzada solitaria, oíase un silbido agudo y débil, y el transeúnte caía herido ó muerto, ó si se libraba, veíase penetrar en algún postigo cerrado, en el hueco entre dos piedras ó en el rebozo de la pared, una bala ó un casco de metralla.

La gente de la barricada había hecho de dos trozos de tubos de bronce de los del gas, tapados en un extremo con estopa y tierra refractaria, dos cañoncitos.

No se gastaba inútilmente la pólvora; casi todos los tiros daban en el blanco.

Había acá y allá algunos cadáveres, y charcos de sangre en el arroyo de la calle.

El autor conserva el recuerdo de una mariposa blanca que volaba de un lado á otro. El estío no abdica jamás.

En los alrededores, el piso de las puertas cocheras estaba cubierto de heridos.

Conocía uno allí que era blanco de algún fusil invisible, y que toda la calle estaba bajo la puntería de las bocas de fuego.

Los soldados de la columna de ataque, agrupados detrás de la especie de joroba que forma, á la entrada del arrabal del Temple, el puente cintrado del canal, observaban, graves y pensativos, aquel lúgubre reducto, aquel objeto inmóvil, impasible, de donde salía la muerte.

Algunos se arrastraban á cuclillas hasta lo alto de la curva del puente, cuidando de que no asomasen sus chacós.

El valiente coronel Monteynard admiraba estremecido aquella barricada.

—¡Qué bien construida está!—decía á un representante.—No hay una piedra que salga más que otra. Parece una porcelana.

En aquel momento una bala le rompió la cruz que llevaba sobre el pecho, y cayó.

—¡Cobardes!—gritaban otros.—Pero ¡si no se presentan! ¡Que se los vea al menos! ¡No se atreven! ¡Se esconden!

La barricada del arrabal del Temple, defendida por ochenta hombres nada más, y atacada por diez mil, resistió tres días.

Al cuarto se hizo como en Zaatcha y Constantina; se agujerearon las casas, se entró en ellas por los techos, y así pudo tomarse la barricada.

Ninguno de aquellos ochenta cobardes pensó en huir: todos fueron muertos, excepto el jefe, Barthélemy, de quien hablaremos luego.

La barricada de San Antonio era el tumulto de los truenos, la del Temple era el silencio.

Entre ambos reductos había la misma diferencia que entre lo formidable y lo siniestro.

Parecía el uno la boca de una fiera; el otro, la de un mascarón.

Admitiendo que la gigantesca y tenebrosa insurrección de junio se compusiera de una cólera y de un enigma, sentíase en la primera barricada al dragón, y detrás de la segunda la esfinge.

Aquellas dos fortalezas habían sido edificadas por dos hombres, llamados Cournet el uno, y Barthélemy el otro.

Cournet había hecho la barricada de San Antonio, y Barthélemy la barricada del Temple.

Cada una de ambas era la imagen de aquél que la había levantado.

Cournet era hombre de elevada estatura, anchas espaldas, rostro colorado, fuerza colosal, corazón atrevido, alma leal, ojo sincero y terrible. Era intrépido, enérgico, irascible, violento; el más cordial de los hombres y el más formidable de los combatientes. La guerra, la lucha y la reyerta eran su elemento y le ponían alegre. Había sido oficial de marina, y en sus gestos y voz se adivinaba que salía del Océano y que procedía de la tempestad: continuaba el huracán en la batalla.

Salvo el genio, había en Cournet algo de Dantón, así como, prescindiendo de la divinidad, había en Dantón algo de Hércules.

Barthélemy, flaco, de pobre apariencia, pálido, taciturno, era una especie de pilluelo trágico, que abofeteado por un municipal, le acechó, le aguardó y le mató, habiendo ido á presidio á los diez y siete años. Salió é hizo aquella barricada.

Algún tiempo después (¡complicación fatal!), estando en Londres proscriptos ambos, Barthélemy mató á Cournet. Fué éste un duelo fúnebre.

Más tarde, cogido en el engranaje de una de esas misteriosas aventuras en que se mezcla la pasión, catástrofe en que la justicia francesa ve circunstancias atenuantes, y la justicia inglesa sólo ve la muerte, Barthélemy fué ahorcado.

La sombría construcción social está hecha de manera que, gracias á la desnudez material y gracias á la obscuridad moral, aquel desgraciado ser que contenía una inteligencia indudablemente social, grande quizá, empezó por el presidio en Francia, y acabó por la horca en Inglaterra.

Barthélemy, cuando llegaba el caso, no enarbolaba más que una bandera: la negra.

II Qué se ha de hacer en el abismo sino hablar

Diez y seis años se habían pasado en la subterránea educación del motín, y junio de 1848 era más sabio que junio de 1832.

La barricada de la calle de la Chanvrerie era sólo un esbozo y un embrión, comparada con las dos colosales barricadas que acabamos de delinear; mas para su época, era formidable.

Los insurrectos, bajo la inspección de Enjolrás, pues Mario no veía ya nada, habían aprovechado la noche.

La barricada había sido, no sólo reparada, sino reforzada. Había crecido dos pies más.

Algunas barras de hierro, saliendo de entre las piedras, parecían lanzas en ristre.

Escombros agregados de diferentes clases, traídos de todas partes, complicaban el armazón exterior.

El reducto había sido hábilmente rehecho por dentro como pared y por fuera como maleza.

Habíase recompuesto la gradería de adoquines que permitía subir á él como al muro de una ciudadela.

Se había dado un limpión á la barricada: la parte baja estaba libre de estorbos, la cocina del bodegón convertida en hospital, y la cura de los heridos practicada; se había recogido la pólvora esparcida por el suelo, y en las mesas fundido balas, fabricado cartuchos, aprontado hilas, distribuido las armas caídas, barrido el interior del reducto, quitado los escombros y llevado los cadáveres.

Los muertos habían sido depositados en la callejuela de Mondetour, de la que los insurrectos continuaban siendo dueños.

Por mucho tiempo siguieron las manchas rojas sobre el empedrado.

Entre los muertos había cuatro guardias nacionales de las afueras, cuyos uniformes mandó recoger Enjolrás.

Había aconsejado Enjolrás dos horas de sueño; un consejo suyo era una consigna, y sin embargo, sólo se aprovecharon de él tres ó cuatro.

Feuilly empleó aquellas dos horas en grabar esta inscripción en la pared frontera á la taberna:

¡VIVAN LOS PUEBLOS!

Estas tres palabras, grabadas en la piedra con un clavo, se leían allí en 1848 todavía.

Las tres mujeres habían aprovechado el descanso de la noche para desaparecer definitivamente; con lo cual respiraban más á sus anchas los insurrectos.

Sin duda habían hallado medio de refugiarse en alguna casa vecina.

La mayor parte de los heridos podían y querían combatir aún.

Había en la cocina, que hacía las veces de hospital, sobre una litera formada de colchones y haces de paja, cinco hombres gravemente heridos, entre ellos dos guardias municipales. Á estos últimos se les había atendido en primer lugar.

En la sala baja no quedaron más que Mabeuf, cubierto con el paño negro, y Javert atado al poste.

—Ésta es la sala de los muertos,—dijo Enjolrás.

En lo interior de esta sala, apenas alumbrada por una vela, hacia el fondo, hallándose la mesa mortuoria detrás del poste, como una barra horizontal, resultaba una especie de cruz vaga formada por Javert de pie y Mabeuf tendido.

La lanza del ómnibus, aunque rota por los disparos de la fusilería, estaba aún en disposición de sostener una bandera, y Enjolrás que poseía las cualidades propias de un jefe, ejecutando siempre lo que decía, ató á aquella asta el levitón ensangrentado y hecho jirones del viejo mártir.

No era posible comida ninguna, pues carecían de pan y carne.

Los cincuenta hombres de la barricada, en las diez y seis horas que llevaban de estar allí, habían consumido pronto las mezquinas provisiones del figón.

En un instante dado, toda barricada que resiste se convierte inevitablemente en la balsa de los náufragos de la Medusa.

Fué preciso resignarse á tener hambre.

Eran las primeras horas del 6 de junio, de aquel día espartano, en que Jeanne, en la barricada de San Merry, rodeado de insurrectos que le pedían pan, cuando todos aquellos combatientes decían: ¡Á comer!, respondió:

—¿Para qué? Si son ya las tres, y á las cuatro todos habremos muerto.

Como no había que comer, Enjolrás prohibió que se bebiera.

Privóles del vino, y puso tasa al aguardiente.

Habíanse encontrado en la cueva quince botellas llenas, herméticamente tapadas.

Enjolrás y Combeferre las examinaron.

El último dijo mientras subía:

—Esto pertenece al antiguo almacén del tío Hucheloup, que empezó por tener tienda de comestibles.

—Debe ser verdadero vino,—observó Bossuet.—Es una fortuna que Grantaire duerma; pues de que no, peligrarían esas botellas.

Enjolrás, á pesar de los murmullos, puso su veto á las quince botellas; y para que nadie las tocara y se las considerase como sagradas, las mandó colocar debajo de la mesa donde yacía Mabeuf.

Á eso de las dos de la madrugada se contaron los combatientes; aún quedaban treinta y siete.

El día empezaba á despuntar, y apagaron la antorcha que se había vuelto á colocar en su alvéolo de adoquines.

El interior de la barricada, especie de patio usurpado á la calle, estaba anegado en tinieblas, y se asemejaba, á través del vago horror crepuscular, al puente de un navío desamparado.

Los combatientes, yendo y viniendo, se movían allí como formas negras.

Por encima de aquel aterrador nido de sombra, se bosquejaban lívidamente los pisos de las casas mudas, y en la parte superior se veía blanquear las chimeneas.

El cielo ofrecía aquel su hermoso é indeciso matiz entre blanco y azul.

Los pájaros volaban, cantando alegremente.

La casa alta que formaba el fondo de la barricada, mirando hacia Levante, ostentaba en su techo un reflejo de color de rosa.

En el ventanillo del tercer piso, el aire de la mañana agitaba los blancos cabellos de la cabeza del hombre muerto.

—Me alegro de que hayan apagado la antorcha,—decía Courfeyrac á Feuilly.—Dábame grima verla doblarse á impulso del viento; parecía tener miedo. La luz de las antorchas es como la prudencia de los cobardes; alumbra mal porque tiembla.

El alba despierta los ánimos, como despierta á los pájaros; todos hablaban.

Joly, al ver á un gato andando sobre la canal de un tejado, prorrumpió en este arranque filosófico:

—¿Qué es el gato? Es un correctivo. Después de haber hecho Dios el ratón,—exclamó:—«¡Vaya! He hecho una tontería». É hizo inmediatamente al gato. El gato es la fe de erratas del ratón. El ratón y el gato, son la prueba revisada y corregida de la creación.

Combeferre, rodeado de estudiantes y de obreros, hablaba de los muertos, de Juan Provaire, de Bahorel, de Mabeuf, y hasta de Cabuc y de la tristeza severa de Enjolrás, y decía:

—Armodio y Aristógiton, Bruto, Chereas, Estéfano, Cromwell, Carlota Corday, Sand, todos han sentido, después del golpe, su momento de angustia. Nuestro corazón es tan propenso á estremecerse, y la vida humana es un misterio tan grande, que, aun en el caso de un homicidio cívico, de un homicidio libertador, si los hay, el remordimiento de haber herido á un hombre excede á la alegría de haber servido al género humano.

Y un instante después, como acontece de ordinario en el laberinto de la palabra, por una transición á que dieron lugar los versos de Juan Provaire, Combeferre se puso á comparar entre sí á los traductores de las Geórgicas, á Raux con Cournand, á Cournand con Délille, indicando los pasajes traducidos por Malfilatre, sobre todo los prodigios de la muerte de César.

El nombre de César le condujo naturalmente á hablar de Bruto.

—César,—decía Combeferre,—mereció caer. Cicerón trató con severidad á César, y tenía razón para ello. Aquella severidad suya no es en modo alguno la diatriba. Zoilo insultando á Homero, Mevio insultando á Virgilio, Visé insultando á Molière, Pope insultando á Shakespeare, Frerón insultando á Voltaire, es el cumplimiento de una antigua ley de envidia y de odio; el genio atrae la injuria; los grandes hombres son siempre más ó menos zaheridos.

«Pero Zoilo y Cicerón son dos: Cicerón es el justiciero del pensamiento, como es Bruto el justiciero de la espada.

«Por mi parte, vitupero esta última justicia, la espada; pero la antigüedad la admitía.

«César, violador del Rubicón, confiriendo, como procedentes de él, las dignidades que procedían del pueblo, no levantándose á la entrada del Senado, hacía, como dice Eutropio, cosas de rey y casi de tirano; regia ac pene tyrannica.

«Era un grande hombre; tanto peor, ó tanto mejor; pues así la lección es más alta. Sus veintitrés heridas me afectan menos que la saliva escupida á la frente de Jesucristo. César es acuchillado por senadores; Cristo es abofeteado por lacayos. Á mayor ultraje, mayor sentimiento de Dios.

Bossuet, dominando desde la cima de un montón de adoquines toda aquella charla, gritaba, carabina en mano:

—¡Oh Cydathenaeum! ¡Oh Myrrhinus! ¡Oh Probalintho! ¡Oh Gracias de la Æántide! ¡Oh, quién me diera el pronunciar los versos de Homero como un griego de Laurio ó de Edapteón!».

III Luz y sombra

Enjolrás había ido á hacer un reconocimiento, saliendo por la callejuela de Mondetour, y serpenteando á lo largo de las casas.

Los insurrectos, debemos decirlo, estaban llenos de esperanza.

La manera como habían rechazado el ataque de la noche, les inducía casi á despreciar anticipadamente el ataque de la mañana. Aguardábanle sonriendo, y creían en el triunfo tanto como en la causa que sustentaban.

Por otra parte iba á llegarles evidentemente un socorro, y contaban con él.

Arrastrados por esa facilidad de profecía victoriosa, que es una de las fuerzas del francés combatiendo, dividían en tres fases seguras el día próximo á alumbrar: á las seis de la mañana pronunciamiento de un regimiento que estaba ya trabajado; á las doce, insurrección de todo París; á la puesta del sol, la Revolución.

Oíase la campana de San Merry, que no había cesado un solo minuto de tocar á rebato desde la víspera, lo cual probaba que la otra barricada, la grande, la de Jeanne, seguía resistiendo.

Todas estas esperanzas se comunicaban de uno á otro grupo con una especie de cuchicheo alegre é imponente á la vez, que parecía el zumbido belicoso de una colmena.

Enjolrás apareció de nuevo. Volvía de su sombrío paseo de águila en la obscuridad exterior. Escuchó un instante todo aquel regocijo con los brazos cruzados y la mano en la boca.

Después, fresco y sonrosado, en medio de la blancura matinal creciente, díjoles:

—Todo el ejército de París está sobre las armas. La tercera parte de esa tropa pesa sobre la barricada que defendéis, y además la Guardia nacional. He distinguido los chacós del quinto de línea, y los banderines de la legión sexta. Dentro de una hora seremos atacados. En cuanto al pueblo, ha mostrado ayer efervescencia, pero hoy ya no se mueve. No hay nada que esperar; ni un arrabal, ni un regimiento. Estamos abandonados.

Estas palabras cayeron sobre los bulliciosos grupos, produciendo el efecto de la primera gota de la tempestad sobre un enjambre. Todos quedaron mudos y como anonadados.

Hubo un momento de inexplicable silencio, en que se hubiera oído volar á la muerte.

Este momento fué breve.

Una voz, que salió del fondo de los grupos, gritó á Enjolrás:

—Está bien. Elevemos la barricada á veinte pies de altura, y muramos aquí todos. Ciudadanos, hagamos la protesta de los cadáveres. Mostremos que, si el pueblo abandona á los republicanos, los republicanos no abandonamos al pueblo.

Esas palabras expresaban, en medio de la nube penosa de ansiedades individuales, el pensamiento de todos, y así fueron acogidas de uno á otro extremo de la barricada con aclamación entusiasta.

Nunca ha llegado á saberse el nombre del individuo que habló así; alguno quizá de éstos que visten blusa, ignorado, desconocido, olvidado; un héroe del momento, ese grande anónimo que se mezcla siempre en las crisis humanas y en los génesis sociales, y que en un instante dado pronuncia con tono sublime la palabra decisiva, desvaneciéndose en las tinieblas, después de representar por un instante la luz del relámpago, al pueblo y á Dios.

Esa resolución inexorable estaba de tal manera en el ambiente del 6 de junio de 1832, que casi á la misma hora, en la barricada de San Merry, los insurrectos lanzaban este clamor, conservado por la historia y consignado en el proceso que se formó luego:

—Désenos ó no se nos dé auxilio, ¡qué importa! Hagámonos matar desde el primero al último.

Como se ve, las dos barricadas, aunque materialmente aisladas, se comunicaban.

IV Cinco de menos y uno más

Después que hubo hablado el desconocido que derrotó «la protesta de los cadáveres», dando la fórmula del sentimiento común, salió de todas las bocas un grito terrible de extraña satisfacción; fúnebre por el sentido y triunfal por el acento.

—¡Viva la muerte! Nadie salga de aquí.

—¿Por qué todos?—dijo Enjolrás.

—¡Todos! ¡Todos!

Enjolrás repuso:

La posición es buena, la barricada es fuerte. Si bastan treinta hombres ¿á qué sacrificar cuarenta?

Ellos replicaron:

—Porque ninguno querrá marcharse.

—Ciudadanos,—exclamó Enjolrás con cierta vibración casi irritada de su acento,—la república no es tan rica en hombres que pueda hacer inútiles dispendios. La vanagloria es un despilfarro. Sí, para algunos, resulta el deber de marcharse, hay que cumplirlo como otro deber cualquiera.

Enjolrás, el hombre principio, tenía sobre sus correligionarios la singular omnipotencia que se desprende de lo absoluto; y sin embargo, por grande que fuera su poderío, empezaron á oírse murmullos.

Enjolrás, jefe hasta la punta de los dedos, viendo que había quien murmuraba, insistió, y repuso con altivez:

—Que los que teman no ser treinta, lo digan desde luego.

Redobláronse los murmullos.

—Además,—observó una voz de entre el grupo,—marcharse es cosa muy fácil de decir. La barricada está cercada por todas partes.

—Menos por la del Mercado,—dijo Enjolrás.—La calle Mondetour está libre, y siguiendo la de Predicadores se puede llegar á la plazuela de los Inocentes.

—Y allí,—añadió otra voz del grupo,—no habrá medio de escapar. Se tropezará con alguna patrulla de tropa de línea ó de las afueras, que al ver á un hombre de blusa y gorra le preguntará: ¿De dónde vienes? ¿De la barricada quizá? Y examinando las manos del fugitivo, y viendo que huelen á pólvora, le fusilarán.

Enjolrás, sin responder, tocó á Combeferre en el hombro, y ambos entraron en la sala baja.

Después de un momento salieron. Enjolrás traía en sus dos manos los cuatro uniformes que había mandado reservar, y Combeferre le seguía con las fornituras y chacós.

—Vistiendo este uniforme,—dijo Enjolrás,—es fácil mezclarse en las filas y huir. Hay aquí para cuatro.

Y arrojó en el suelo desempedrado los cuatro uniformes.

Nadie se movió en aquel estoico auditorio.

Combeferre tomó la palabra:

—Vamos,—dijo,—es preciso tener un poco de lástima. ¿Sabéis de qué se trata? Pues se trata de las pobres mujeres. Vamos á ver. ¿Hay esposas? ¿sí ó no? ¿Hay hijos? ¿sí ó no? ¿Hay ó no hay madres que mecen las cunas con sus pies, y que tienen alrededor de sí un ato de chiquillos? Aquél de entre vosotros que no haya visto jamás el seno de una madre criando que alce el dedo.

«¡Ah! ¿Queréis morir? También yo, yo que os estoy hablando, pero no quiero ver junto á mí espectros de mujeres retorciendo los brazos de desesperación. Morid, si así lo deseáis, pero no ocasionéis la muerte. Los suicidios, como el que va á verificarse aquí, son sublimes; pero el suicidio debe reducirse á los más estrechos límites; y en cuanto se extienda á vuestros parientes toma el nombre de asesinato. Acordaos de las cabecitas rubias; pensad en los cabellos blancos.

«Ahora bien, oídme. Enjolrás, hace un instante, según me ha dicho, ha visto en la esquina de la calle del Cisne una pobre ventana de un quinto piso, con luz, y al través de los vidrios la vacilante sombra de una cabeza de anciana, que tenía trazas de haber pasado la noche aguardando. Quizá sea la madre de alguno de vosotros. Pues bien, ése que se marche, que se dé prisa á ir en busca de su madre, y decirle: «¡Madre, aquí estoy!», y que vaya tranquilo, pues no dejaremos por eso de cumplir nuestro deber.

«Cuando se sostiene á los parientes con el trabajo de los brazos, no hay derecho á sacrificarse, porque equivale á desertar de la familia.

«Pero, ¡y los que tienen hijas, los que tienen hermanas! ¿Habéis pensado en ello bien? Desafiar la muerte, morir; en buen hora. ¿Y mañana? Ahí quedan esas muchachas sin pan... ¡Porvenir terrible! El hombre mendiga; la mujer se vende.

«¡Ah! Esos bellísimos seres tan llenos de gracia y dulzura, que se adornan la cabeza con flores, que llenan la morada de castidades, que cantan, que charlan, que son como un perfume viviente, que prueban la existencia de los ángeles en el cielo con la pureza de las vírgenes en la tierra; esa María, esa Luisita, esa Lola, adorables y honestas criaturas, que son vuestra bendición y vuestro orgullo... ¡Pobrecitas! ¿Van á tener hambre!

«¡Qué! ¿Queréis que os lo diga? Hay un mercado de carne humana; y no serán vuestras sombras, con sus manos trémulas alrededor de ellas, las que las guarden de entrar en él. Pensad en la calle; pensad en las aceras llenas de transeúntes; pensad en las tiendas, por delante de las cuales pasan y vuelven á pasar mujeres descotadas y sumidas en el fango. También esas mujeres han sido puras. Aquéllos de vosotros que tengan hermanas deben pensar en ello.

«La miseria, la prostitución, los agentes municipales, la cárcel de San Lázaro, tales son los abismos que se abren ante esas delicadas y bellas muchachas frágiles maravillas del pudor, del donaire y de la belleza, más frescas que las lilas de mayo. ¡Ah! ¡Morir vosotros! ¡No estar ya á su lado! Perfectamente; habréis querido librar al pueblo de los reyes, entregando vuestras hijas á la policía.

«Amigos, tened, cuando menos, compasión. ¡Se piensa de ordinario tan poco en las mujeres, en las infelices mujeres! Se fía en que no han recibido la educación de los hombres; se les impide leer, pensar, ocuparse en política... Pero ¿se les impedirá que vayan esta tarde al depósito de la Morgue, y reconozcan allí vuestros cadáveres?

«¡Ea! Es preciso que los que tengan familia se hagan el cargo de su deber como buenos, que nos den un apretón de manos y se marchen, dejándonos aquí solos con nuestra faena. Comprendo que se necesita valor para marcharse, que es difícil; pero cuanto mayor es la dificultad, mayor resulta el mérito.

«Dícese: «Tengo un fusil, estoy en la barricada, y me quedo». Estas cosas se dicen fácilmente; pero, amigos míos, hay un mañana, y ese mañana no amanecerá para vosotros, y sí para vuestras familias. Y ¡cuántos sufrimientos!

«¿Sabéis lo que es de un lindo niño, sano, fresco y colorado como una manzana, que picotea, retoza, ríe y exhala dulcísimo frescor al darle un beso, en cuanto se le abandona?

«He visto uno que apenas levantaba tres palmos del suelo. Su padre había muerto, y unas pobres gentes le habían recogido por caridad. Pero es el caso que no tenían pan para sí, y el niño estaba siempre hambriento. Era en invierno. No lloraba.

«Veíasele arrimado á la estufa donde jamás había lumbre, y cuyo tubo, como sabéis, se ajusta con tierra amarilla. El pobre niño arrancaba con sus deditos un poco de esa tierra, y se la comía.

«Tenía la respiración ronca, la cara lívida, las piernas flojas, el vientre abultado. No decía nada. Si le hablaban, no respondía.

«Murió. Le llevaron á morir al hospicio de Necker. Estando yo allí de practicante le vi.

«Ahora, si hay entre vosotros algún padre de los que tienen á dicha ir á pasear el domingo, llevando de su robusta mano la manita de su tierno hijo, vea en aquel niño el suyo.

«¡Pobrecillo! Me parece verle todavía desnudo sobre la mesa de disecciones, con las costillas asomándole bajo la piel, como las fosas bajo la yerba de un cementerio. Se le encontró una cosa parecida á lodo en el estómago, y ceniza en los dientes.

«¡Vamos! Probemos á consultar nuestra conciencia y nuestro corazón. La estadística demuestra que la mortalidad de los niños abandonados es de cincuenta y cinco por ciento. Lo repito; aquí se trata de las esposas, de las madres, de las hijas, de los niños. Nadie habla de nuestras propias personas.

«Harto se sabe lo que valéis todos; harto se sabe que sois todos unos valientes; ¡pardiez! que os alegráis y envanecéis de dar la vida por la santa causa, que os creéis elegidos para morir útil y dignamente, y que todos queréis participar del triunfo. Enhorabuena. Pero no estáis solos en el mundo. Hay otras personas en quienes es preciso pensar, y no debemos ser egoístas».

Todos bajaron la cabeza con aire sombrío.

¡Extrañas contradicciones del corazón humano en sus momentos más sublimes! Combeferre, que hablaba así, no era huérfano. Acordábase de las madres de los otros y olvidaba la suya. Iba á morir; era «egoísta».

Mario, en ayunas, calenturiento, sucesivamente burlado en todas sus esperanzas, embarrancado en el dolor, el más sombrío de todos los náufragos, saturado de emociones violentas, y sintiendo aproximarse el fin, estaba cada vez más sumido en ese visionario estupor que precede siempre á la hora fatal, voluntariamente aceptada.

Un fisiólogo hubiera podido estudiar en él los síntomas crecientes de esa absorción febril, conocida y clasificada por la ciencia, y que es respecto del sufrimiento lo que la voluptuosidad respecto del placer.

También la desesperación tiene sus éxtasis, y éste era el éxtasis de Mario.

Asistía á todo lo que allí pasaba, como si lo contemplase desde afuera.

Conforme hemos dicho antes, las cosas que sucedían á su vista se le figuraban lejanas; aunque distinguía el conjunto, no percibía los pormenores.

Veía á los que iban y venían al través de un inmenso resplandor. Las voces llegaban á él como si saliesen del fondo de un abismo.

Pero, sin embargo, eso le conmovió.

Había en aquella escena algo que penetró hasta él, y le despertó.

Su única idea era la de morir, y no quería distraerse de ella un solo instante; pero comprendió en su sonambulismo fúnebre, que por el mero hecho de perderse, no le estaba vedado salvar á alguien.

Levantó la voz:

—Enjolrás y Combeferre tienen razón,—dijo;—nada de sacrificios inútiles. Opino como ellos, y hay que darse prisa. Lo que Combeferre ha dicho no admite réplica. Entre vosotros se encuentran algunos que tienen familia, madres, hermanas, esposas, hijas. Salgan ésos de las filas.

Nadie se movió.

—¡Salgan de las filas los hombres casados, y los que son el sostén de sus familias!—repitió Mario.

Su autoridad era grande; pues si bien se consideraba á Enjolrás como jefe de la barricada, mirábase á Mario como su salvador.

—Lo mando,—exclamó Enjolrás.

—Os lo ruego,—dijo Mario.

Entonces, conmovidos por el discurso de Combeferre, por la orden de Enjolrás, y por la súplica de Mario, aquellos hombres heroicos empezaron á denunciarse unos á otros.

—Cierto,—decía un joven á un hombre ya formado; tú eres padre de familia. Márchate.

Á ti es á quien te toca irse,—respondía el hombre,—pues mantienes á tus dos hermanas.

Y empeñóse una lucha inaudita, no queriendo ninguno dejarse de poner á la puerta del sepulcro.

—Despachemos,—dijo Combeferre;—dentro de un cuarto de hora ya será tarde.

—Ciudadanos,—prosiguió Enjolrás,—reina aquí la república, y el sufragio universal con ella. Designad vosotros mismos quiénes deben irse.

Obedecieron.

Á los pocos minutos fueron designados cinco por unanimidad, y salieron de las filas.

—¡Son cinco!—exclamó Mario.

No había más que cuatro uniformes.

—Bueno,—dijeron los cinco.—Es preciso que se quede uno.

Y empezó de nuevo la generosa querella, buscando cada cual razones para no marcharse, y para convencer á los otros de que debían hacerlo.

—Tú tienes una mujer que te ama.

—Tú tienes á tu madre anciana.

—Tú no tienes padre ni madre; ¿qué va á ser de tus hermanitos?

—Tú eres padre de cinco hijos.

—Tú tienes derecho á vivir, pues sólo cuentas diez y siete años. Sería morir demasiado pronto.

Esas grandes barricadas revolucionarias eran centros de heroísmo. Lo inverosímil parecía allí sencillo, y aquellos hombres no se admiraban unos de otros.

—Despachemos,—repitió Courfeyrac.

Desde los grupos gritaron á Mario:

—Designad vos el que deba quedarse.

—Sí,—dijeron los cinco;—elegid y os obedeceremos.

Mario no se creía ya capaz de emociones, y sin embargo, á la idea de elegir un hombre para la muerte, toda su sangre refluyó hacia el corazón. Se hubiera puesto pálido, si le hubiese sido posible aún palidecer.

Dirigióse á los cinco, que le aguardaban con la sonrisa en los labios, cada uno de los cuales, brillando en sus ojos esa gran llama que se ve en el fondo de la historia sobre las Termópilas, le gritaba:

—¡Yo! ¡yo! ¡yo!

Y Mario los contó como un estúpido. No había remedio; ¡eran cinco! Luego fijó la vista en los cuatro uniformes.

En aquel instante el quinto uniforme cayó, como llovido del cielo, sobre los otros cuatro. El quinto hombre se había salvado.

Mario alzó los ojos y reconoció al señor Fauchelvent.

Juan Valjean acababa de entrar en la barricada.

Sea en virtud de indicaciones recibidas, sea por instinto, sea por casualidad, llegaba por la callejuela de Mondetour. Gracias á su uniforme de guardia nacional, nadie le había puesto el menor obstáculo.

El centinela, colocado por los insurrectos en la calle de Mondetour, no creyó dar la señal de alarma tratándose de un guardia nacional solo. Dejó que se internara en la calle, diciéndose: «será probablemente un refuerzo, y cuando no, un prisionero».

El momento era demasiado grave para que el centinela pudiera distraerse de su deber y dejar su puesto de observación.

Al entrar Valjean en el reducto, nadie le echó de ver, estando todos los ojos fijos en los cinco individuos elegidos y en los cuatro uniformes.

Juan Valjean lo había visto y oído todo; y despojándose silenciosamente de su uniforme, lo arrojó, como dejamos dicho, en el montón de los cuatro.

La emoción fué indescriptible.

—¿Quién es ese hombre?—preguntó Bossuet.

—Un hombre que salva á los demás,—contestó Combeferre.

Mario añadió con voz grave:

—Le conozco.

Esta afirmación satisfacía á todos.

Enjolrás se volvió á Juan Valjean, diciéndole:

—Bienvenido, ciudadano.

Y añadió:

—Ya sabéis que aquí se va á morir.

Juan Valjean, sin decir una palabra, ayudó al insurrecto, á quien acababa de salvar, á vestir su uniforme.

V ¡El horizonte que se descubre desde lo alto de la barricada!

La situación de todos en aquella hora fatal y en aquel lugar inexorable, tenía por resultado extremo la suprema melancolía de Enjolrás.

Enjolrás abarcaba dentro de sí la plenitud de la revolución, y no obstante, era tan incompleto como pueda serlo lo absoluto. Tenía demasiado de Saint Just, y no lo bastante de Anacarsis Clootz.

Su espíritu, sin embargo, en la sociedad de los amigos del A B C, había acabado por someterse á la influencia magnética de las ideas de Combeferre. Hacía algún tiempo que, saliendo poco á poco del estrecho molde del dogma, cedía al empuje del progreso, llegando á aceptar, como evolución definitiva y magnífica, la trasformación de la gran república francesa en la inmensa república humana.

En cuanto á los medios inmediatos, dada una situación violenta, queríalos también violentos; en esta parte no había variado, y permanecía fiel á la escuela épica y formidable, que se resume en este número: Noventa y tres.

Enjolrás estaba de pie sobre la gradería de adoquines, con un codo apoyado en el cañón de su carabina.

Meditaba, y de vez en cuando se estremecía, como si sintiese pasar un hálito misterioso... En los lugares que visita la muerte, suelen notarse esos efectos de las antiguas trípodes.

De sus pupilas, que reflejaban la mirada interior, salían como llamas comprimidas.

De repente levantó la cabeza; sus cabellos rubios como el oro cayeron hacia atrás, como los del ángel sobre el sombrío carro de estrellas, semejantes á la melena de un león erizada en forma de resplandeciente aureola. Entonces Enjolrás habló así:

—Ciudadanos, imaginaos el porvenir. ¡Las calles de las ciudades inundadas de luz, ramas verdes en los umbrales, las naciones hermanas, los hombres justos, los viejos bendiciendo á los niños, el pasado amando lo presente, los pensadores en libertad completa, los creyentes iguales entre sí, por religión el cielo, Dios, sacerdote directo, la conciencia humana convertida en altar, extinguido el odio; el taller y la escuela fraternizando, por penalidad y por recompensa la notoriedad; para todos el trabajo, para todos el derecho, la paz para todos, sin más derramamientos de sangre, sin más guerras, y las madres dichosas!

«El primer paso es sojuzgar la materia; el segundo realizar el ideal.

«Reflexionad en lo que ha hecho ya el progreso hasta nuestros días.

«En otros tiempos las primeras razas humanas veían aterrorizadas pasar ante sus ojos la hidra que soplaba sobre las aguas, el dragón que vomitaba fuego, el grifo que era el monstruo del aire, y que volaba con alas de águila y garras de tigre; espantosas fieras que resultaban superiores al hombre.

«Sin embargo, el hombre ha tendido sus redes, las sagradas redes de la inteligencia, y ha acabado por coger en ellas á los monstruos.

«Hemos domado á la hidra, y ahora se le llama buque de vapor; hemos domado al dragón, y ahora se le llama locomotora; estamos á punto de domar el grifo, le tenemos ya cogido, y se llama ya globo.

«El día en que esta obra de Prometeo termine, unciendo el hombre definitivamente al carro de su voluntad, la triple Quimera antigua, la hidra, el dragón y el grifo, ese día será dueño del agua, del fuego y del aire, y vendrá á ser para el resto de la creación animada, lo que para él eran en otro tiempo los antiguos dioses.

«¡Valor, y adelante! ¿Adónde vamos, ciudadanos? Á la ciencia convertida en gobierno, á la fuerza de las cosas erigida en única fuerza pública, á la ley natural con su sanción y su penalidad en sí misma y promulgada por la evidencia, á una alborada de verdad que corresponda al albor del día.

«Caminamos á la unión de los pueblos; caminamos á la unidad del hombre.

«No más ficciones, no más parásitos. Lo real gobernado por lo verdadero; éste es el fin.

«La civilización celebrará sus asambleas en las alturas de Europa, y luego en el centro de los continentes, en un gran Parlamento de la inteligencia.

«Hase visto ya algo parecido á esto. Los anfictiones tenían dos juntas al año; una en Delfos, mansión de los dioses, y otra en las Termópilas, mansión de los héroes.

«Europa tendrá sus anfictiones, y el globo los tendrá también á su vez.

«Francia lleva dentro de su seno ese porvenir sublime. En ella está la gestación del siglo XIX. Lo que bosquejó Grecia, merece ser terminado por Francia.

«Oye, tú, Feuilly, valiente obrero, hombre del pueblo, hombre de los pueblos. Yo te venero. Sí, tú ves con claridad las futuras edades; sí, tienes razón.

«Carecías de padre y madre, Feuilly, y has adoptado por madre la humanidad y por padre el derecho. Vas á morir aquí; esto es, á triunfar.

«¡Ciudadanos! Suceda hoy lo que quiera, venzamos ó seamos vencidos, vamos á producir una revolución. Así como los incendios iluminan toda una ciudad, las revoluciones iluminan todo el género humano.

«¿Y qué revolución produciremos? Acabo de decirlo: la revolución de lo Verdadero.

«Bajo el punto de vista político, no hay más que un principio: la soberanía del hombre sobre sí mismo. Esta soberanía del yo sobre el yo se llama Libertad.

«Desde el punto en que dos ó más de estas soberanías se asocian, comienza el Estado. Pero en esta asociación no hay abdicación ninguna.

«Cada soberanía cede cierta parte de sí misma para formar el derecho común; parte que es igual para todos. Y esta identidad de concesiones hechas por los individuos en beneficio de la humanidad se llama Fraternidad.

«El punto de intersección de todas estas soberanías que se agregan, es lo que recibe el nombre de Sociedad. Siendo esta intersección una unión, el punto en que se verifica es un nudo. De ahí lo que se llama vínculo social.

«Algunos dicen contrato social, y viene á ser lo mismo, por cuanto la palabra contrato se forma etimológicamente con la idea de vínculo.

«Entendámonos acerca de la igualdad; puesto que si la libertad es la cima, la igualdad es la base.

«La igualdad, ciudadanos, no significa toda la vegetación á nivel; una sociedad de matas grandes y de robles pequeños; un vecindario de envidiosos mordiéndose entre sí; civilmente, la igualdad significa el camino abierto á todas las aptitudes; políticamente, los votos de todos teniendo un mismo peso; religiosamente, todas las conciencias poseyendo igual derecho.

«La igualdad tiene un órgano, y este órgano es la instrucción gratuita y obligatoria. El derecho al alfabeto: por ahí es por donde se debe empezar.

«La escuela primaria impuesta á todos; la escuela secundaria ofrecida á todos: tal es la ley.

«De la escuela idéntica sale la sociedad igual.

«¡Sí, enseñanza! ¡Luz! ¡Luz! De la luz emana todo, y todo vuelve á ella.

«Ciudadanos, el siglo XIX es grande; pero el siglo XX será dichoso.

«Entonces no habrá nada que se parezca á la antigua historia; no habrá que temer, como hoy, una conquista, una invasión, una usurpación, una rivalidad de naciones á mano armada, una interrupción de civilización por el casamiento de algún rey; no habrá que temer un nacimiento de las tiranías hereditarias, un reparto de pueblos acordado en congresos, desmembraciones por hundimientos de dinastías, combates de religiones al encontrarse frente á frente, como los machos cabríos, en la sombra, sobre el puente de lo infinito; no habrá que temer el hambre, la explotación, la prostitución por la miseria, la miseria por falta de trabajo, y el cadalso y la cuchilla, y las batallas y todos esos latrocinios del acaso en la obscura selva de los acontecimientos.

«Casi pudiera decir, que no habrá ya acontecimientos, porque en la marcha natural del progreso no hay sacudidas ni accidentes.

«Todos serán felices.

«El género humano cumplirá su ley, como el globo terrestre cumple la suya; la armonía entre el alma y el astro se restablecerá; el alma gravitará en torno de la verdad, como el astro en torno de la luz.

«Amigos, la hora en que estamos y en que os hablo es una hora sombría: pero tales son las terribles condiciones de la conquista del porvenir.

«Una revolución es un peaje.

«¡Oh! El género humano será libertado, sacado de su postración, consolado. Lo afirmamos desde esta barricada.

«¿De dónde ha de salir el grito de amor, sino del altar del sacrificio?

«¡Oh, hermanos míos! Aquí está el lazo de unión entre los que piensan y los que sufren; esta barricada no está hecha ni de adoquines, ni de maderos, ni de hierro viejo; está hecha de dos hacinamientos, uno de ideas, otro de dolores.

«La miseria se encuentra en ella con lo ideal.

«En ella, el día abrazado á la noche, le dice: Voy á morir contigo, y tú conmigo vas á renacer.

«Del estrecho abrazo de todas las aflicciones brota la fe. Los padecimientos traen aquí su agonía, y las ideas su inmortalidad.

«Esta agonía y esta inmortalidad van á mezclarse y á componer nuestra muerte.

«Hermanos, el que muere aquí, muere en la irradiación del porvenir, y nosotros bajamos á una tumba completamente iluminada por la aurora».

Enjolrás se detuvo; era ello más bien una interrupción que el fin de su discurso.

Sus labios seguían moviéndose en silencio, como si continuase hablando consigo mismo; y sus compañeros, atentos y ansiosos de recoger aquellas palabras, no apartaban la vista de él.

No hubo aplausos, pero se cuchicheó durante un buen rato.

La palabra es un soplo; los estremecimientos de la inteligencia se parecen al estremecimiento de las hojas.

VI Mario rudo y Javert lacónico

Digamos lo que pasaba en la imaginación de Mario.

Recuérdese el estado de su alma.

Como hemos vuelto á indicar, para él ahora todo se había reducido á una visión. Sus ideas eran confusas.

Mario, repitámoslo, se hallaba bajo las sombras de las grandes alas de lo tenebroso, abiertas sobre los agonizantes. Sentía que había penetrado en él el sepulcro, y parecíale que estaba al otro lado de la barrera, no viendo ya las caras de los vivos sino por los ojos de un muerto.

¿Cómo y por qué se encontraba allí el señor Fauchelvent? ¿Qué iba á hacer á la barricada? Mario no trató de averiguar nada de esto; pues siendo propio de nuestra desesperación extenderse á cuanto nos rodea, encontraba lógico que todos fuesen á morir en aquel sitio.

Pensó, sin embargo, en Cosette, con indecible angustia.

Por lo demás, el señor Fauchelvent no le habló, ni le miró siquiera, y hasta pareció no haber oído cuando Mario, levantando la voz, dijo: «Le conozco».

Esta actitud del señor Fauchelvent aliviaba á Mario de un gran peso, y aun diríamos que le agradaba, si tratándose de tales impresiones, pudiera emplearse semejante palabra.

Habíase sentido siempre incapaz de hablar á aquel hombre enigmático, que era para él á la vez equívoco é imponente.

Además, hacía mucho tiempo que no le había visto, lo cual, unido al carácter tímido y reservado de Mario, aumentaba más aún la imposibilidad.

Los cinco hombres designados salieron de la barricada por la callejuela de Mondetour; parecían verdaderos guardias nacionales.

Uno de ellos se fué llorando. Antes de partir, dieron un abrazo á los que se quedaban.

Cuando aquellos cinco hombres, devueltos á la vida, se marcharon, Enjolrás pensó en el sentenciado á muerte, y entró en la sala baja.

Javert, atado al poste, meditaba.

—¿Necesitas algo?—le preguntó Enjolrás.

Javert contestó:

—¿Cuándo me mataréis?

—Aguarda. En este momento necesitamos todos nuestros cartuchos.

—Entonces, dadme de beber,—dijo Javert.

Enjolrás le presentó él mismo un vaso de agua, y como Javert estaba atado, le ayudó á beber.

—¿Quieres algo más?—preguntó de nuevo Enjolrás.

—Estoy mal en este poste,—respondió Javert.—Habéis tenido alma para dejarme pasar así la noche. Atadme como queráis, pero bien podíais echarme sobre una mesa como al otro.

Y con un movimiento de cabeza indicaba el cadáver del señor Mabeuf.

Recordará el lector que en el fondo de la sala había una mesa grande, donde se habían fundido balas y hecho cartuchos; empleada, pues, toda la pólvora, y hechos todos los cartuchos, aquella mesa quedaba libre.

Por orden de Enjolrás, cuatro insurrectos desataron á Javert del poste, mientras un quinto hombre apoyaba en su pecho una bayoneta.

Dejáronle las manos atadas detrás, sujetáronle los pies con una cuerda delgada, pero fuerte, de modo que pudiera dar pasos de quince pulgadas, como se hace con los que van á subir al patíbulo, y se le condujo hasta la mesa del fondo, tendiéndole allí, y atándole perfectamente por la mitad del cuerpo.

Para mayor seguridad, y por medio de una cuerda fijada al cuello, se añadió el sistema de ligaduras, que le ponían en la imposibilidad de evadirse, esa especie de lazo, llamado en las cárceles gamarra, que partiendo de la nuca se bifurca en el estómago, y llega á las manos después de haber pasado por entre las piernas.

Mientras sujetaban á Javert, un hombre, en el umbral de la puerta, le estaba contemplando con atención singular.

La sombra que producía aquel hombre hizo volver la cabeza á Javert. Alzó los ojos y reconoció á Juan Valjean. Sin el menor estremecimiento volvió á bajarlos de nuevo con cierta altivez, limitándose á decir:

—¡No tiene nada de particular!

VII La situación se agrava

El día adelantaba rápidamente, pero las ventanas y las puertas permanecían cerradas. Era la aurora, no el despertar.

El extremo de la calle Chanvrerie, opuesto á la barricada, había sido evacuado por las tropas, como hemos dicho; parecía pues estar libre, dando paso al transeúnte con una tranquilidad siniestra.

La calle de San Dionisio estaba muda como el paseo de las esfinges en Tebas. Ni un solo ser viviente se veía en las encrucijadas que blanqueaba un reflejo de sol.

Nada hay tan lúgubre como esa claridad de las calles desiertas.

Aunque no se veía á nadie, en cambio se oía.

Notábase á cierta distancia un movimiento misterioso.

Era evidente que el instante crítico iba á llegar.

Como la víspera por la noche, los centinelas se replegaron, pero esta vez no quedó ninguno.

La barricada estaba más fuerte que en el primer ataque, y desde la partida de los cinco se la había elevado más aún.

Enjolrás, avisado por el vigía á quien tocó observar la parte del Mercado, temeroso de ser sorprendido por ella, adoptó una resolución grave. Mandó hacer una barricada en la pequeña bocacalle de la de Mondetour, que había permanecido libre hasta entonces.

Para eso fué preciso arrancar algunas hiladas más de adoquines.

De este modo la barricada, tapiando tres calles, la de la Chanvrerie por delante, la del Cisne y la Petite Truanderie á la izquierda, y la de Mondetour á la derecha, era en verdad casi inexpugnable, si bien constituía igualmente un encierro fatal.

Tenía tres frentes, pero no le quedaba salida.

—Fortaleza y ratonera al mismo tiempo,—dijo riéndose Courfeyrac.

Enjolrás mandó hacinar junto á la puerta del bodegón unos treinta adoquines, «arrancados de más»,—decía Bossuet.

El silencio era ya tan profundo por el lado de dónde debía venir el ataque, que Enjolrás hizo que cada cual ocupase de nuevo su respectivo puesto.

Distribuyóse á todos una ración de aguardiente. Nada hay más curioso que una barricada preparándose á recibir el asalto.

Cada cual elige su sitio como en el teatro. Se recuestan, apoyan los codos, se respaldan, y hasta algunos forman sillones con los adoquines.

Si la esquina de una pared incomoda, todos se apartan; si sobresale un ángulo protector, á él se acogen todos.

Los zurdos hacen buena obra, pues ocupan los sitios que molestan á los otros.

Muchos se disponen á combatir sentados, queriendo estar cómodos así para matar como para morir.

En la funesta guerra de junio de 1848, un insurrecto que tenía una puntería terrible y que hacía fuego desde una azotea, había dispuesto que le llevasen un sillón á la Voltaire: en él murió de un casco de metralla.

En cuanto el jefe manda el zafarrancho de combate, todos los movimientos desordenados cesan; no más empellones, no más corrillos, no más apartes; todo lo que bulle en los ánimos converge y se cambia en ansiedad, esperando la embestida.

Antes del peligro una barricada es el caos; en el peligro es la disciplina. Del peligro nace el orden.

Desde que Enjolrás tomó su carabina de dos cañones, y se situó en una especie de almena que se había reservado, todos callaron.

Oyóse un ruido de golpes secos resonar confusamente en toda la extensión de la barricada. Era que se montaban los fusiles.

Por lo demás, reinaba allí más grandeza de ánimo, más confianza que nunca; el exceso del sacrificio fortalece. No tenían ya esperanza, pero les quedaba la desesperación; la desesperación, última arma, que á veces conquista la victoria: Virgilio lo ha dicho.

Los recursos supremos emanan de las resoluciones extremas.

Embarcarse en la muerte, suele ser á veces el medio de evitar el naufragio, y la tapa del ataúd se convierte en estos casos en tabla de salvación.

Como la víspera por la noche, la atención de todos se dirigía, y casi pudiera decirse que se apoyaba, en el extremo de la calle, claro y visible á la sazón.

No aguardaron mucho tiempo.

El movimiento empezó á oírse claramente por el lado de San Leu, aunque no se parecía al del primer ataque.

El crujido de cadenas, el alarmante sacudimiento de una masa, la trepidación del bronce al saltar sobre el empedrado, especie de ruido solemne, anunciaron que se acercaba alguna siniestra armazón de hierro.

Estremeciéronse las entrañas de aquellas vetustas y tranquilas calles, abiertas y construidas para la fecunda circulación de los intereses y de las ideas, y no para que rodasen por ellas con monstruoso estrépito los carros de guerra.

La fijeza de las pupilas de todos los combatientes clavada en el extremo de la calle, tomó una expresión feroz.

Apareció una pieza de artillería.

Los artilleros, la venían empujando colocada ya sobre las muñoneras y desenganchada del avantrén. Dos de ellos sostenían el afuste, cuatro empujaban las ruedas, y otros seguían con el arcón.

Veíase humear la mecha encendida.

—¡Fuego!—gritó Enjolrás.

Toda la barricada hizo fuego, y la detonación fué espantosa; una tempestad de humo envolvió y obscureció la pieza de artillería y los hombres.

Después de unos instantes se disipó la nube, y el cañón y los hombres reaparecieron.

Los artilleros acababan de colocarla enfrente de la barricada, con lentitud, en toda regla, sin precipitación de ningún género.

No había ni uno herido.

Enseguida el jefe, apoyándose en la culata para elevar el tiro, se puso á apuntar el cañón con la gravedad de un astrónomo que asesta el anteojo.

—¡Bravo por los artilleros!—gritó Bossuet.

Y toda la barricada aplaudió.

Un momento después, la pieza, perfectamente situada en medio de la calle, como si dijéramos, á caballo sobre el arroyo, estaba ya en batería.

Era una boca formidable que se abría ante la barricada.

—¡Magnífico!—exclamó Courfeyrach.—Aquí está la brutalidad. Después del cachete el puñetazo. El ejército extiende su garra hacia nosotros. La barricada va á sentirse sacudir seriamente. Los fusiles tantean, el cañón atrapa.

—Es una pieza de á ocho, de nuevo modelo y de bronce,—añadió Combeferre.—Esa clase de piezas, por poco que se exceda de la proporción de diez partes de estaño por ciento de cobre, están expuestas á reventar. El exceso de estaño las hace demasiado blandas, y sucede entonces que se forman escarabajos en el oído. Para obviar ese peligro y poder forzar la carga, tal vez convendría volver al procedimiento del siglo XIV, y reforzar exteriormente la pieza con un sistema de anillos de acero sin soldadura, desde la culata á los muñones. Entretanto, se remedia ese defecto como mejor se puede; se consigue descubrir dónde están los escarabajos en el oído de un cañón, haciendo uso de la sonda; pero es preferible emplear la estrella móvil de Gribeauval.

—Sí,—respondió Courfeyrac,—eso aumenta la potencia balística, pero disminuye la precisión del tiro. En el tiro, á corta distancia, la trayectoria no tiene toda la tensión debida, y exagerándose la parábola, el camino del proyectil no es bastante rectilíneo para poder herir los objetos intermedios, lo cual es, sin embargo, una necesidad del combate, cuya importancia crece con la aproximación del enemigo y la precipitación de los disparos. Esta falta de tensión de la curva del proyectil en los cañones rayados del siglo XVI, consistía en lo escaso de la carga; y las cargas pequeñas en las piezas de guerra, son una exigencia de las necesidades balísticas, tales, por ejemplo, como la conservación de los afustes.

«En suma, el cañón, ese déspota, no puede todo lo que quiere; la fuerza es una gran debilidad. Una bala de cañón no anda más que seiscientas leguas por hora; la luz recorre sesenta mil en un segundo. Tal es la superioridad de Jesucristo sobre Napoleón.

—Carguen otra vez,—dijo Enjolrás.

¿De qué manera iba á recibir el revestimiento de la barricada el embate de la artillería? ¿Abrirían brecha en ella las balas? Ésta era la cuestión.

Mientras los insurrectos cargaban de nuevo sus fusiles, los artilleros hacían lo propio con el cañón.

La ansiedad era profunda en el reducto.

Partió el tiro, y sonó la detonación.

—¡Presente!—gritó una voz alegre.

Y al mismo tiempo que la bala dió contra la barricada, vióse á Gavroche precipitarse dentro.

Llegaba por el lado de la calle del Cisne, y había andado listo en saltar la barricada accesoria que estaba enfrente del laberinto de la Petite Truanderie.

Gavroche hizo en la barricada más efecto que la bala.

La bala se había perdido en los escombros, logrando á lo sumo romper una rueda del ómnibus, y destrozar la carreta vieja de Anceau.

Los de la barricada, al ver esto, se echaron á reir.

—Proseguid,—gritó Bossuet dirigiéndose á los artilleros.

VIII La artillería se va poniendo seria

Todos rodearon á Gavroche.

Pero Mario, sin darle tiempo de decir nada, se lo llevó aparte, y le preguntó estremecido:

—¿Qué vienes á hacer aquí?

—¡Toma!—respondió el chico.—¿Y vos?

Y mirando fijamente á Mario con un descaro épico, sus dos ojos se agrandaban por efecto de la arrogante lucidez que despedían las órbitas.

Mario prosiguió con acento severo.

—¿Quién te ha dicho que volvieras? Supongo que habrás entregado mi carta.

No dejaba de escocerle algo á Gavroche lo relativo á aquella carta; pues en la prisa de volver á la barricada, mejor que entregarla, lo que hizo fué deshacerse de ella.

No podía dejar de decir en sus adentros, que la había confiado con sobrada ligereza á aquel desconocido, cuyo rostro no logró distinguir siquiera, á pesar de tener descubierta la cabeza.

En una palabra, reprendíase interiormente, y temía los cargos que Mario pudiera dirigirle.

Para salir de apuros, eligió el medio más sencillo, el de mentir abominablemente.

—Ciudadano, entregué la carta al portero. La señora dormía, y se la darán en cuanto despierte.

Mario, al enviar aquella carta, se había propuesto dos cosas: despedirse de Cosette y salvar á Gavroche. Tuvo que contentarse con la mitad de lo que quería.

El envío de su carta y la presencia del señor Fauchelvent en la barricada ofrecían cierta correlación, que no dejó de presentarse á su espíritu, y dijo á Gavroche, mostrándole aquel hombre:

—¿Le conoces?

—No,—contestó Gavroche.

En efecto, como acabamos de recordar, el chico no había visto á Juan Valjean sino de noche.

Las turbias y enfermizas conjeturas que habían confusamente aparecido en el espíritu de Mario, se disiparon.

¿Conocía él por ventura las opiniones del señor Fauchelvent?

¿No podía ser republicano; y de ahí naturalmente su presencia en el sitio del combate?

Gavroche estaba ya al otro extremo de la barricada, gritando:

—¡Mi fusil!

Courfeyrac mandó que se le entregasen.

Gavroche advirtió á los «camaradas», como él los llamaba, que el bloqueo de la barricada era cosa hecha; que á él le había costado mucho trabajo llegar. Un batallón de línea, cuyos pabellones estaban en la Petite Truanderie, tenía tomadas las salidas de la calle del Cisne, y por el lado opuesto, la guardia municipal se había apostado en la calle de Predicadores. Enfrente estaba el grueso del ejército.

Dadas estas explicaciones, añadió Gavroche:

—Os autorizo para que los zurréis de lo lindo.

Entretanto Enjolrás, desde su almena, espiaba con oído atento.

Los sitiadores, poco satisfechos sin duda de su cañonazo, no le habían repetido.

Una compañía de infantería de línea ocupó el extremo de la calle detrás de la pieza. Los soldados desempedraban el suelo, y construían allí con los adoquines una pared baja, especie de parapeto, que apenas excedía de diez y ocho pulgadas de altura y daba frente á la barricada.

En el ángulo izquierdo de este parapeto veíase la cabeza de un batallón de las afueras, formado en masa en la calle de San Dionisio.

Enjolrás, desde su atalaya, creyó percibir este ruido particular que se hace al sacar del arcón las cajas de metralla, y pudo el jefe cambiar la puntería é inclinar ligeramente la boca del cañón á la izquierda. Después, los artilleros se pusieron á cargar la pieza.

El mismo jefe cogió el bota fuego y lo acercó al oído.

—¡Bajad la cabeza!—gritó Enjolrás.—¡Arrimarse á la pared! ¡Todos de rodillas á lo largo de la barricada!

Los insurrectos, esparcidos delante del figón y que habían dejado su puesto de combate á la llegada de Gavroche, corrieron en pelotón á la barricada; pero aún no se había ejecutado la orden de Enjolrás, cuando se oyó el tiro, con ese ronquido terrible de las descargas de metralla. Era, en efecto, un metrallazo.

La carga, dirigida á la cortadura del reducto, había rebotado contra la pared, y de este espantoso rebote resultaron dos muertos y tres heridos.

Continuando así, la barricada no habría podido sostenerse por más tiempo. Penetraba en ella la metralla.

Hubo un rumor de consternación.

—Impidamos al menos el segundo metrallazo,—dijo Enjolrás.

Y, bajando la carabina, apuntó al jefe que, inclinado en aquel momento sobre la culata del cañón, rectificaba y fijaba definitivamente la puntería.

El jefe era un guapo sargento de artillería, joven, rubio, de rostro apacible, con ese aire inteligente propio del arma predestinada y tremenda que, á fuerza de perfeccionarse en el horror, ha de acabar por matar la guerra.

Combeferre, de pie junto á Enjolrás, contemplaba á aquel joven.

—¡Qué lástima!—dijo.—¡Qué horribles son estas matanzas! Por fin, cuando ya no haya reyes, no habrá guerras. Enjolrás; tú apuntas á ese sargento, pero no le miras. Figúrate que es un buen mozo; es intrépido, no cabe duda; se le ve calcular. Son muy instruidos esos jóvenes artilleros. Tiene padre, madre, familia; probablemente ama. Representa á lo sumo veinticinco años. Podría ser hermano tuyo.

—Lo es,—dijo Enjolrás.

—Sí,—prosiguió Combeferre,—y también mío. No le matemos, pues.

—Déjame. Lo que es preciso, es preciso.

Y una lágrima rodó lentamente por la mejilla de mármol de Enjolrás.

Al mismo tiempo oprimió el gatillo de su carabina y salió el tiro.

El artillero giró dos veces sobre sí mismo abriendo los brazos y levantando la cabeza como para aspirar el aire; luego cayó de costado sobre la pieza, sin volver á moverse.

Brotábale de la espalda un arroyo de sangre. La bala le había atravesado el pecho de parte á parte.

Estaba muerto.

Fué preciso retirarle, y reemplazarle.

Habíanse ganado efectivamente algunos minutos.

IX Empleo de aquel talento de cazador furtivo y de aquella puntería infalible, que influyó en la condena de 1796

Los pareceres eran diversos en la barricada.

La pieza de artillería iba á funcionar de nuevo, y con aquella metralla todo habría concluido en un cuarto de hora. Era de absoluta necesidad atenuar la fuerza de los tiros.

Enjolrás pronunció esta orden.

—Es preciso poner allí un colchón.

—No hay ninguno,—respondió Combeferre.—Los ocupan los heridos.

Juan Valjean, sentado aparte en un guarda-cantón junto á la esquina del figón, con el fusil entre las piernas, no había tomado parte hasta entonces en nada de lo que pasaba.

Parecía no oir á los combatientes exclamar, aludiéndole:—«Un fusil inútil».

Al dar Enjolrás la orden, Juan Valjean se levantó:

Recordará el lector, que cuando llegó el tropel de gente á la calle de la Chanvrerie, una vieja, por miedo á las balas, había puesto un colchón delante de su ventana.

Esta ventana pertenecía á una buhardilla, y estaba sobre el techo de una casa de seis pisos, algo separada de la barricada.

El colchón, colocado de través y apoyado por debajo en dos varas de tender ropa, estaba sostenido por arriba con dos cuerdas, que desde lejos parecían dos hilos, atadas á clavos fijos en el dintel de la buhardilla.

Veíanse destacarse claramente aquellas cuerdas como dos cabellos.

—¿Puede alguien prestarme una carabina de dos cañones?—dijo Juan Valjean.

Enjolrás, que acababa de cargar de nuevo la suya, se la entregó.

Juan Valjean apuntó á la buhardilla, y tiró.

Una de las cuerdas quedó rota, y el colchón no pendía más que de un hilo. Juan Valjean disparó el segundo tiro, y la segunda cuerda dió contra los vidrios de la buhardilla.

El colchón resbaló por entre las dos varas y cayó á la calle.

La barricada aplaudió.

Todos gritaron:

—¡Ya tenemos colchón!

—Sí,—dijo Combeferre;—pero ¿quién irá por él?

El colchón había caído, en efecto, fuera de la barricada, entre los sitiados y sitiadores; y como la muerte del sargento de artillería había exasperado á la tropa, los soldados, hacía unos instantes, se habían tendido boca abajo detrás de la línea de adoquines levantada por ellos; y para suplir el forzoso silencio de la pieza, enmudecida hasta reorganizar su servicio, habían roto el fuego contra la barricada.

Los insurrectos no respondían á aquellas descargas de fusilería para ahorrar municiones.

La fusilería se estrellaba contra la barricada, pero llenaba de balas la calle, dándole un aspecto terrible.

Juan Valjean salió por el boquete, penetró en la calle, atravesó aquel huracán de balas, fué en busca del colchón, cargó con él á cuestas, y volvió á la barricada.

Él mismo colocó el colchón en el boquete, fijándolo contra la pared de modo que no lo viesen los artilleros.

Hecho esto, aguardóse la descarga de metralla.

No se hizo esperar. El cañón vomitó rugiendo su paquete de metralla, pero no hubo rebote. Las postas abortaron contra el colchón.

Habíase logrado el efecto previsto, y la barricada se había salvado.

—Ciudadano,—dijo Enjolrás á Juan Valjean,—la República os da las gracias.

Bossuet, admirado y riéndose,—exclamó:

—¡Es inmoral que un colchón tenga tanta virtud! ¡Es el triunfo de lo flexible sobre lo fulminante! Pero de todos modos, ¡bendito sea el colchón, que anula el cañón!

X Aurora

En aquel momento se despertaba Cosette.

Su cuarto era estrecho, aseado, discreto, con una gran ventana á Oriente, que daba al patio interior de la casa.

Cosette no sabía nada de lo que pasaba en París.

No estaba á la víspera, y se había retirado ya á su cuarto, cuando la tía Santos dijo: «Parece que hay jarana».

Durmió pocas horas, pero bien. Tuvo dulces sueños, contribuyendo algo quizá á ello la extremada blancura de su cama.

Habíasele aparecido Mario inundado de claridad; y como al despertar daba el sol de lleno en sus ojos, se le figuró que continuaba soñando.

Su primer pensamiento, cuando salió de aquel ensueño, fué de alegría. Cosette se sintió tranquila.

Experimentaba, como Juan Valjean algunas horas antes, esa reacción del alma que no admite bajo concepto alguno la desgracia, y se puso con todas sus fuerzas á esperar, sin saber el por qué.

De improviso le asaltó una angustia indecible. ¡Hacía tres días que no había visto á Mario!

Pero reflexionó que debía haber recibido su carta, que sabía donde estaba, y que hallándose dotado de tanto talento, encontraría medio de llegar hasta ella... Y muy pronto, sin duda, quizá aquella misma mañana.

Era día claro, mas por la disposición horizontal de los rayos de luz creyó que amanecía. Había que levantarse, no obstante, para recibir á Mario.

Sentía que le era imposible vivir sin Mario, y parecíale ello razón suficiente para que viniese.

No había nada que objetar; el argumento era concluyente.

Pues ¡no llevaba ya tres días de padecer! ¡Tres días sin ver á Mario! ¡Atrocidad del cielo!

Dios había querido probarla; pero la prueba había terminado, y Mario iba á volver portador de buenas nuevas.

Tal es la juventud; se enjuga pronto los ojos; y considerando inútil el dolor, no lo acepta.

La juventud es la sonrisa del porvenir ante un desconocido, que es el porvenir mismo.

Nada para ella más natural que ser dichosa; parece que su respiración está hecha de esperanza.

Por lo demás, Cosette no acertaba á recordar lo que Mario le había dicho á propósito de aquella ausencia, que sólo debía durar un día, ni cómo se la había explicado.

Todo el mundo sabe la facilidad con que una moneda que cae en el suelo corre á ocultarse y mortifica al que la busca. Hay pensamientos que divierten de igual modo á costa nuestra, escondiéndose en un rincón del cerebro.

En vano corremos tras ellos; la memoria no consigue apoderarse del fugitivo.

Cosette no dejaba de sentir cierto despecho al notar que el recuerdo le era rebelde, pues juzgaba criminal en ella el olvido de las palabras que Mario había pronunciado.

En cuanto dejó el lecho, se apresuró á cumplir con las dos atenciones del alma y del cuerpo: la oración y el tocador.

Puédese en rigor introducir al lector en una alcoba nupcial, pero no en el dormitorio de una virgen.

Apenas se atrevería á ello el verso, y no debe intentarlo la prosa.

Es el interior de una flor cerrada aún; es una blancura en la sombra; es la celdilla íntima de un lirio cerrado, que no debe mirar el hombre mientras no le haya mirado el sol.

La mujer, todavía capullo, es sagrada.

Ese lecho inocente que se descubre, esa adorable semidesnudez que tiene miedo de sí misma, ese blanco pie que se refugia en una chinela, esa garganta que se vela delante de un espejo, como si el espejo tuviera ojos, esa camisa que se apresura á subir y ocultar los hombros al menor ruido de un mueble que cruje, ó de un carruaje que pasa, esas cintas atadas, esos corchetes abrochados, esos cordones atacados, esos estremecimientos, esos temblores de frío y de pudor, ese azoramiento exquisito de todos los movimientos, esa inquietud casi alada donde nada hay que temer, esas fases sucesivas del vestido, tan bellas como las nubes de la aurora, todas esas cosas no conviene referirlas, y es ya demasiado indicarlas.

La mirada del hombre debe mostrarse aún más religiosa ante la virgen que sale del lecho, que ante la estrella que aparece en el horizonte. La posibilidad de alcanzar debe convertirse en acrecentamiento de respeto.

El aterciopelado del melocotón, el polvillo de la ciruela, el radiante cristal de la nieve, el ala de la mariposa polvoreada de plumas, son objetos groseros, si se comparan con esta castidad que ni aun sabe que es casta.

La joven es un fulgor de sueño, sin ser todavía una estatua.

Ocúltase su alcoba en la parte sombría del ideal.

El indiscreto tacto de la mirada ofende brutalmente su vaga penumbra. Contemplar, en semejante caso, es profanar.

No mostraremos, pues, nada de ese suave rebullir de Cosette al levantarse.

Un cuento oriental dice, que Dios había hecho blanca la rosa; pero que habiéndola mirado Adán en el momento de entreabrirse, tuvo vergüenza, y se coloreó. Nosotros somos de los que se quedan suspensos delante de las vírgenes y de las flores, por creerlas dignas de veneración.

Cosette se vistió muy pronto y se peinó, lo cual era sencillísimo en aquel tiempo, pues entonces las mujeres no se ahuecaban los bucles y el rodete con almohadillas, ni embutidos de tul ó de cerda.

Después abrió la ventana y miró alrededor, esperando descubrir algún trozo de calle, un ángulo de casa ó de empedrado, y ver en él á Mario. Pero no se veía nada de lo que pasaba fuera, por estar el patio interior rodeado de altas paredes, y sin más vista que á unos jardines.

Cosette declaró que aquellos jardines eran horribles, y por la primera vez de su vida le parecieron feas las flores.

Mucho más le habría gustado ver el menor pedazo de calle, y así tomó el partido de dirigir los ojos al cielo, como si creyese que Mario podía también venir de allí.

De repente empezó á llorar, y no era efecto de la movilidad de su aire, sino consecuencia de las esperanzas frustradas por el abatimiento: tal era su situación.

Sintió confusamente algo horrible, una de esas visiones que lleva el aire dentro de sí, y dijo en su interior, que no estaba segura de nada; que perderse de vista, era de todos modos perderse; y la idea de que Mario pudiera venir hacia ella del cielo, se le representó, no ya con colores agradables, sino lúgubres.

Después, así con semejantes nubecillas, recobró la calma y la esperanza, brillando nuevamente en su rostro esa sonrisa inconsciente, pero que espera en Dios.

Todos dormían aún en la casa. Reinaba un silencio de provincia, y no se había abierto ningún postigo.

La portería estaba cerrada. La tía Santos no se había levantado, y Cosette supuso naturalmente que le sucedería lo propio á su padre.

Preciso era todo lo que había sufrido, y lo que entonces sufría para acusar duramente á su padre, por haberla así sacado de su jardín y su pabellón queridos, para llevarla á aquel cuarto estrecho y escondido; pero contaba con Mario, pues el eclipse de aquella luz amorosa era de todo punto imposible.

Percibía de vez en cuando, á cierta distancia, como sacudimientos sordos, y decía:

—¡Es raro que se abran y cierren las puertas-cocheras tan temprano!

Eran los disparos de cañón contra la barricada.

Había, á algunos pies más abajo de la ventana de Cosette en la antigua cornisa negruzca de la pared, un nido de vencejos. Este nido resaltaba un poco, de suerte que se podía, desde arriba, ver el interior de aquel pequeño paraíso.

La madre cubría á la sazón con sus alas, en forma de abanico, á sus hijuelos, y el padre revoloteaba, iba y volvía, trayendo en el pico comida y besos.

El naciente día doraba aquella casa feliz: la gran ley de la naturaleza «Multiplicaos», se veía allí risueña y augusta, y aquel dulce misterio se derramaba en la gloria de la mañana.

Cosette con los cabellos al sol y el alma en las quimeras, iluminada interiormente por el amor y fuera por la aurora, se inclinó maquinalmente al parecer, y casi sin atreverse á confesar que pensaba al mismo tiempo en Mario, se puso á contemplar aquellas aves, aquella familia, aquel macho y aquella hembra, aquella madre y aquellos pequeñuelos, con la profunda turbación que un nido produce en una virgen.

XI Un tiro que no deja de ser certero ni mata á nadie

El fuego de los agresores continuaba. La fusilería y la metralla alternaban, sin producir, á la verdad, gran daño.

Solamente padecía bastante la parte alta de la fachada de Corinto; poco á poco iba perdiendo su forma la ventana del primer piso como las buhardillas del tejado, acribilladas á balazos, y cascos de metralla. Los combatientes apostados allí tuvieron que retirarse.

Por lo demás, ésta es la táctica que se observa generalmente en el ataque de barricadas; se tira por mucho tiempo, á fin de agotar las municiones de los insurrectos, si éstos cometen la falta de contestar.

Cuando se conoce, por la disminución del fuego, que no tienen ya balas ni pólvora, se da el asalto.

Enjolrás no había caído en el lazo, y la barricada no contestaba.

Á cada descarga, Gavroche ahuecaba el carrillo con la lengua, signo despreciativo en alto grado.

—Bueno,—decía;—romped la tela; tenemos mucha necesidad de hilas.

Courfeyrac interpelaba á la metralla por el poco efecto que producían sus cascos, y le decía al cañón:

—¡Te vuelves difuso, amigo mío!

En la batalla hay también sus intrigas como en los bailes de máscaras.

Por eso, probablemente, el silencio del reducto empezaba á inquietar á los sitiadores, y el temor de algún incidente imprevisto excitó en ellos el deseo de ver claro al través de aquel montón de adoquines, y de saber lo que pasaba detrás de aquella pared impasible, que recibía los tiros sin dignarse contestar.

De pronto divisaron los insurrectos un casco que brillaba con el sol sobre un tejado próximo.

Era un bombero que, apoyado en una chimenea, parecía estar allí de centinela, dominando con su vista toda la barricada.

—Es un vigilante incómodo,—dijo Enjolrás.

Juan Valjean había devuelto la carabina á Enjolrás, pero tenía su fusil.

Sin decir palabra, apuntó al bombero, y un segundo después el casco, herido por la bala, cayó con estrépito á la calle.

El bombero, asustado, se alejó más que de prisa.

Reemplazóle en su sitio otro observador. Era un oficial.

Juan Valjean, que había vuelto á cargar su fusil, apuntó al recién venido, y el casco del oficial fué á reunirse con el del soldado.

El oficial no insistió más, desapareciendo con igual presteza que el soldado.

Esta vez comprendieron la advertencia, y nadie sustituyó á aquellos dos, renunciando todos á espiar la barricada.

—¿Por qué no habéis matado á esos hombres?—preguntó Bossuet á Juan Valjean.

Éste no respondió.

XII El desorden partidario del orden

Bossuet murmuró por lo bajo á Combeferre:

—No ha contestado á mi pregunta.

—Es un hombre que hace el bien á tiros,—dijo Combeferre.

Los que conservan algún recuerdo de aquella época, ya lejana, saben que la guardia nacional de las afueras peleó con bizarría contra las insurrecciones.

Mostróse particularmente encarnizada é intrépida en las jornadas de junio de 1832.

Los buenos figoneros de Pantin, de Vertus ó de la Cunette, cuyos establecimientos dejaba el motín sin parroquia, se volvían leones ante el espectáculo de sus salas de baile desiertas, sacrificándose en aras del orden representado por el figón.

En aquel tiempo, vulgar y heroico á la vez, ante las ideas que tenían sus caballeros, tenían los intereses sus paladines.

El prosaísmo del móvil no le quitaba nada al valor del movimiento.

Los banqueros, viendo disminuirse sus montones de escudos, entonaban la Marsellesa.

Vertíase líricamente la sangre en favor del mostrador, defendiendo con entusiasmo lacedemoniano la tienda, ese inmenso diminutivo de la patria.

En el fondo, justo es decirlo, era allí todo muy formal. Los elementos sociales entraban en lucha, esperando el día de entrar en equilibrio.

Otro de los signos de aquel tiempo, era la anarquía mezclada con el gubernamentalismo (nombre bárbaro del partido correcto).

Defendíase el orden con indisciplina.

El tambor tocaba á llamada de repente, por orden y antojo de tal ó cual coronel de la guardia nacional; éste ó el otro capitán iba al fuego por inspiración propia; éste ó aquel guardia peleaba de imaginación «y por su propia cuenta».

En los minutos críticos, en las «jornadas» se seguía menos el consejo de los jefes que el de los instintos.

Había en el ejército del orden, verdaderos guerrilleros, los unos de espada, como Fannicot, los otros de pluma, como Enrique Fonfrede.

La civilización, desgraciadamente representada en aquella época más bien por un agregado de intereses que por un grupo de principios, estaba, ó se creía, en peligro, y lanzaba el grito de alarma. Todos, constituyéndose en centro, la defendían, le prestaban auxilio y protección, y el primero que llegaba se imponía la obligación de salvar la sociedad.

Á veces, el celo llegaba hasta el exterminio. Un piquete de guardia nacional se constituía, por autoridad privada, en consejo de guerra, y juzgaba y ejecutaba en cinco minutos á los insurrectos que caían prisioneros.

Una improvisación de esa clase juzgó y condenó á Juan Provaire. Ferocísima ley de Lynch, que ningún partido tiene derecho de echar en cara á los demás, pues así se aplica por la república en América, como por la monarquía en Europa.

Complicábase esa ley de Lynch con las equivocaciones que resultaban.

Cierto día de motín, un joven poeta, llamado Pablo Amado Garnier, fué perseguido en la Plaza Real por un soldado con la bayoneta calada, y no pudo evitar la muerte, sino refugiándose en la puerta-cochera del número 6. Oíase gritar: «¡Á ése, que es sansimoniano!» y querían matarle.

Ahora bien; la causa de todo aquello era que llevaba bajo el brazo un tomo de las Memorias del duque de San Simón; un guardia nacional había leído en el dorso del libro San Simón y bastó para que gritase: «¡Matarle!».

El 6 de junio de 1832, una compañía de guardias nacionales de las afueras, que mandaba el capitán Fannicot antes citado, se hizo diezmar por gusto ó por capricho en la calle de la Chanvrerie. El hecho, aunque raro, consta de la sumaria formada á consecuencia de la insurrección de 1832.

El capitán Fannicot, ciudadano impaciente y osado, especie de bandolero del orden, de esos que acabamos de caracterizar, gubernamentalista fanático é indómito, no pudo resistir al incentivo de hacer fuego antes de tiempo y á la ambición de tomar la barricada por sí sólo únicamente, es decir, con su compañía.

Exasperado por la aparición sucesiva de la bandera roja y del vestido viejo, que él tomó por la bandera negra, censuraba á todos los generales y jefes de cuerpo, los cuales celebraban consejo, y eran de opinión que no había llegado aún el momento del asalto decisivo, y dejaban, según la expresión célebre de uno de ellos, que «la insurrección se fuese asando con su misma grasa».

Á él, por su parte, le parecía que la barricada estaba madura; y como lo que está maduro debe caer, probó.

Mandaba hombres tan resueltos como él, «furiosos», según el dicho de un testigo.

Su compañía, la misma que había fusilado al poeta Juan Provaire, era la primera del batallón situado en el ángulo de la calle.

Cuando menos se esperaba, el capitán lanzó su gente contra la barricada.

Este movimiento, ejecutado con mejor deseo que estrategia, costó caro á la compañía Fannicot. Antes que llegase á los dos tercios de la calle, una descarga general de la barricada la recibió, y cuatro de los más audaces que corrían á la cabeza, fueron muertos á boca de jarro al pie del reducto.

Entonces, aquel pelotón de guardias nacionales, valientes, pero sin la tenacidad militar, hubo de replegarse, después de alguna vacilación, dejando tras de sí quince cadáveres.

Aquel instante de vacilación dió á los insurrectos tiempo para volver á cargar las armas, y otra descarga muy mortífera alcanzó á la compañía antes de que pudiera doblar la esquina de la calle, que era su abrigo.

Hubo un momento en que se encontró entre dos fuegos, porque el cañón, no habiéndose dado orden en contra, seguía con sus disparos.

El intrépido é imprudente Fannicot fué una de las víctimas de la metralla. Matóle el cañón, esto es, el orden.

Aquel ataque, más furioso que formal, irritó á Enjolrás.

—¡Imbéciles!—dijo.—Envían su gente á morir, y nos hacen gastar las municiones inútilmente.

Enjolrás hablaba como verdadero general de motín.

La insurrección y la represión no luchan nunca con armas iguales. La insurrección, fácilmente agotable, no tiene sino un número limitado de tiros y de combatientes; imposible es reemplazar una cartuchera que se vacía ó un hombre que sucumbe.

La represión, como cuenta con el ejército, no se cuida de los hombres; y como tiene el parque de Vincennes, poco le importa desperdiciar la pólvora ni las balas. Dispone de tantos regimientos como defensores hay en la barricada, y de tantos arsenales como cartucheras poseen los insurrectos.

Son, pues, luchas de uno contra ciento, que terminan siempre por destruir la barricada, á menos que la revolución, surgiendo bruscamente, no vaya y arroje en la balanza su flamígera espada de arcángel.

Cuando eso sucede, el levantamiento se hace general, los empedrados entran en efervescencia, pululan los reductos populares, París se estremece soberanamente, despréndese el quid divinum, hay en el aire un 10 de agosto, hay un 29 de julio, aparece una prodigiosa luz, las abiertas bocas de la fuerza retroceden; y el ejército, ese león, ve ante sí, de pie y tranquilo, á ese profeta: la Francia.

XIII Luces que pasan

En el caos de sentimientos y de pasiones que defienden una barricada, se encuentra de todo: valor, juventud, pundonor, entusiasmo, idealismo, convicción, encarnizamiento de jugador, y más que nada, intermitencias de esperanza.

Una de esas intermitencias, uno de esos vagos estremecimientos de esperanza, atravesó súbitamente, cuando menos se creía, la barricada de la Chanvrerie.

—Oíd,—exclamó de repente Enjolrás desde su atalaya;—paréceme que París se despierta.

Es sabido que en la mañana del 6 de junio tuvo la insurrección por una ó dos horas, cierta recrudescencia.

La obstinación de la campana de San Merry reanimó algunas ilusiones.

En las calles de Poirier y de Gravilliers se empezaron á levantar barricadas.

Delante de la puerta de San Martín, un joven, armado con una carabina, atacó sólo á un escuadrón de caballería. Al descubierto, en medio del boulevard, puso una rodilla en tierra, apuntó, tiró, mató al que mandaba el escuadrón, y se volvió diciendo: «Otro más que ya no nos hará daño».

Fué acuchillado.

En la calle de San Dionisio, una mujer colocada detrás de una celosía corrida, hacía fuego contra la guardia municipal; á cada tiro se veían temblar las hojas de la celosía.

Un chico de catorce años, que llevaba los bolsillos llenos de cartuchos, fué preso en la calle de la Cossonnerie.

Varios cuerpos de guardia fueron atacados.

Á la entrada de la calle Martín Poirée, un fuego de fusilería muy vivo y de todo punto inesperado, recibió á un regimiento de coraceros, á cuya cabeza marchaba el general Cavaignac de Barague.

En la calle Planche Mibray, arrojaron de lo alto de los tejados sobre la tropa cascos de loza vieja y utensilios de cocina: mala señal; así que al darse parte de este hecho al mariscal Soult, al veterano de Napoleón, se puso pensativo, acordándose de la frase de Suchet en Zaragoza: «Estamos perdidos, cuando las viejas nos vierten el vaso de noche en la cabeza».

Aquellos síntomas generales que se manifestaban en el instante de creerse localizado el motín, aquella fiebre iracunda que volvía á sobreponerse, aquellas pavesas que volaban acá y allá por encima de aquellas masas profundas de combustible llamadas los arrabales de París, todo aquel conjunto alarmó á los jefes militares, que se dieron prisa á apagar aquellos principios de incendio.

Aplazóse para después que esas chispas se extinguieran el ataque de las barricadas Chanvrerie y San Merry, á fin de tener que habérselas con ellas solas, y de acabarlo todo de una vez.

Lanzáronse columnas á las calles donde había fermentación, barriendo las grandes, sondando las pequeñas, á derecha é izquierda, ya con precaución y lentamente, ya á paso de carga.

La tropa derribaba las puertas de las casas donde se había hecho fuego, y al mismo tiempo piquetes de caballería dispersaban al trote ó á la carrera los grupos de los boulevares.

No se verificó, pues, aquella represión sin ruido, sin el estrépito tumultuoso propio de los choques entre el ejército y el pueblo.

Y eso era lo que percibía Enjolrás en los intervalos de la fusilería y la metralla.

Había visto además pasar por la esquina de la calle, heridos en parihuelas, y dijo á Courfeyrac:

—Esos heridos no son de aquí.

La esperanza duró poco; aquella claridad no tardó en eclipsarse. En menos de media hora lo que había en el aire se desvaneció; fué á modo de un relámpago sin rayo, y los insurrectos sintieron volver á caer sobre ellos esa especie de losa de plomo que la indiferencia del pueblo arroja sobre los que se obstinan en resistir después de abandonados.

Había abortado el movimiento general que pareció bosquejarse vagamente; y así, la atención del ministro de la Guerra y la estrategia de los generales podían concentrarse ya en las tres ó cuatro barricadas que se sostenían aún. El sol subía en el horizonte.

Un insurrecto interpeló á Enjolrás:

—Tenemos hambre. Pero ¿es verdad que vamos á morir aquí sin comer?

Enjolrás, siempre apoyado en su almena, y sin apartar los ojos del extremo de la calle, hizo con la cabeza una señal afirmativa.

XIV Donde se leerá el nombre de la querida de Enjolrás

Courfeyrac, sentado en un adoquín junto á Enjolrás, continuaba insultando al cañón, y cada vez que pasaba, con su monstruoso ruido, esa sombría nube de proyectiles llamada metralla, lanzábale una bocanada de ironía.

—Echa los bofes, infeliz animal; me das lástima; te desgañitas en vano. Eso no es trueno; es tos.

Y todo el mundo reía á su alrededor.

Courfeyrac y Bossuet, cuyo valeroso buen humor se aumentaba con el peligro, sustituían, como la señora Scarron, el chiste al alimento; y puesto que faltaba el vino, escanciaban á todos alegría.

—Admiro á Enjolrás,—decía Bossuet.—Su impasible temeridad me maravilla. Vive solo, y quizá esto le tenga un poco triste. Enjolrás se queja de su grandeza, que le ata á la viudez. Todos nosotros, más ó menos, tenemos queridas que nos vuelven locos; es decir, valientes. Cuando se está enamorado como un tigre, no es un gran mérito pelear como un león. Así nos vengamos de las malas pasadas que nos juegan las buenas mozas. Roldán se hace matar por hacer rabiar á Angélica. Todos nuestros actos heroicos provienen de nuestras mujeres. Un hombre sin mujer es una pistola sin gatillo: la mujer es la que hace disparar al hombre. Pues bien; Enjolrás no tiene mujer, no está enamorado, y sin embargo, halla medio de ser intrépido. Es una gran cosa eso de poder ser frío como la nieve y atrevido como el fuego.

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