LIBRO PRIMERO ALGUNAS PÁGINAS DE HISTORIA
J. A. R. translation
I Bien cortado
Los dos años que siguen inmediatamente á la revolución de julio 1831 y 1832, son uno de los momentos históricos más particulares y más notables. Estos dos años, en medio de los que los preceden y de los que les siguen, aparecen como dos montañas: tienen la grandeza revolucionaria; descúbrense en ellos precipicios. Las masas sociales, los mismos asientos del edificio de la civilización, el grupo sólido de los intereses sobrepuestos y adherentes, los perfiles seculares de la antigua formación francesa, aparecen y desaparecen á cada instante al través de las nubes tempestuosas de los sistemas, de las pasiones y de las teorías. Tales apariciones y desapariciones han sido calificadas de resistencia y movimiento. Á intervalos se ve brillar entre ellas la verdad, luz del alma humana.
Esta época notable está muy circunscrita, y principia á alejarse bastante de nosotros, para que puedan apreciarse desde ahora sus líneas principales.
Vamos á probarlo.
La Restauración había sido una de esas fases intermedias, difíciles de definir, en que se encuentra cansancio, zumbido, murmullos, sueño y tumulto; que no son más que la llegada de una gran nación á una etapa. Estas épocas son singulares, y engañan á los políticos que quieren explotarlas. Al principio, la nación no pide más que el reposo; no tiene más que sed de paz, ni más ambición que ser pequeña. Lo cual es la traducción de permanecer tranquila. Los grandes acontecimientos, las grandes casualidades, las grandes aventuras, los grandes hombres, á Dios gracias, se han visto tanto, que llega á fatigarnos. Hay ocasiones en que se daría á César por Prusias, y á Napoleón por el rey de Ivetot. «¡Qué buen reyezuelo era aquél!». Cuando se ha caminado desde el amanecer, cuando se ha andado una jornada larga y penosa, cuando se ha hecho la primera parada con Mirabeau, la segunda con Robespierre, y la tercera con Napoleón, se encuentra uno derrengado del todo, y cada cual pide su cama.
La fidelidad cansada, el heroísmo envejecido, las ambiciones satisfechas y las fortunas adquiridas, buscan, reclaman, imploran y solicitan, ¿qué? Un lugar de descanso. Y le tienen; toman posesión de la paz, de la tranquilidad, del ocio; y catadlos satisfechos. Entretanto, surgen ciertos hechos, se dan á conocer, y llaman á la puerta cada uno por su lado. Estos hechos salen de la revolución y de las guerras, y existen, viven, tienen el derecho de instalarse en la sociedad, y se instalan; y la mayor parte del tiempo los hechos son aposentadores y furrieles, que no hacen más que preparar la habitación á los principios.
He aquí entonces lo que se presenta á los filósofos políticos.
Al mismo tiempo que los hombres cansados piden el reposo, los hechos consumados piden garantías. Las garantías para los hechos son como el reposo para los hombres.
Es lo que Inglaterra pedía á los Estuardos después del Protectorado; lo que Francia pedía á los Borbones después del Imperio.
Estas garantías son una necesidad de los tiempos, y es preciso concederlas. Los príncipes las «otorgan», pero en realidad las da la fuerza de las cosas; verdad útil y profunda que ignoraron los Estuardos en 1662, y lo que los Borbones no entrevieron tampoco en 1814.
La familia predestinada que volvió á Francia cuando cayó Napoleón, tuvo la inocencia fatal de creer que era ella la que daba, y que lo que había dado lo podía volver á tomar; que la casa de Borbón poseía el derecho divino; que la Francia no poseía nada, y que el derecho político concedido en la Carta de Luis XVIII no era más que una rama del derecho divino, separada por la casa de Borbón, y concedida graciosamente al pueblo, hasta el día en que el rey quisiera recogerla de nuevo.
Sin embargo, la casa de Borbón podía haber conocido por el mismo disgusto que le causaba el otorgarle, que no procedía de ella esta concesión. Presentóse esquiva en el siglo XIX; puso mala cara á las expansiones de la nación; y para servirnos de una palabra trivial, es decir, popular y verdadera, regañó los dientes. El pueblo lo vió.
Creyó que tenía fuerza, porque el Imperio había desaparecido delante de ella como una decoración de teatro, sin conocer que ella había venido de la misma manera. No vió que estaba en las mismas manos que había quitado de allí á Napoleón.
Creyó que estaba arraigada en el pueblo, porque era lo pasado; y se engañaba. Era una parte de lo pasado; pero todo lo pasado era Francia. Las raíces de la sociedad francesa no estaban en los Borbones, sino en la nación; aquellas raíces profundas no constituían el derecho de una familia, sino la historia de un pueblo, y estaban en todas partes, menos debajo del trono.
La casa de Borbón era para la Francia el nudo ilustre y sangriento de su historia; pero no el elemento principal de su destino, ni la base necesaria de su política. Podía pasar perfectamente sin los Borbones, como había ya pasado sin ellos veintidós años. Había habido una solución de continuidad, pero ellos lo dudaban. ¿Y cómo no habían de dudarlo ellos, que se figuraban que Luis XVII reinaba el 9 de termidor, y que Luis XVIII reinaba el día de Marengo? Nunca; desde el origen de la historia, había habido príncipes tan ciegos en presencia de los hechos y de la parte de la autoridad divina que esos hechos contienen y promulgan; nunca esa pretensión humana, que se llama el derecho de los reyes, había negado hasta tal punto el derecho de lo alto.
Error capital que condujo á esta familia á poner mano en las garantías «otorgadas» en 1814, en las concesiones, como ella las calificaba. ¡Triste cosa en verdad! ¡Llamar concesiones suyas á lo que eran nuestras conquistas; llamar usurpaciones á lo que eran nuestros derechos!
La Restauración, cuando le pareció llegada la hora, cuando se creyó victoriosa sobre Bonaparte, y arraigada en el país; es decir, cuando se imaginó fuerte y profunda, tomó bruscamente su partido, y se arriesgó á dar un golpe. Una mañana se levantó encarándose con Francia, y alzando la voz, disputó el título colectivo y el título individual; á la nación la soberanía, y al ciudadano la libertad. Ó en otros términos, negó á la nación lo que la hacía nación, y al ciudadano lo que le hacía ciudadano. Ésta es la esencia de esos actos célebres, que se llaman los Decretos de julio.
La Restauración cayó.
Y cayó con justicia, aunque debamos decir aquí que no fué absolutamente hostil á todas las formas del progreso. Hiciéronse grandes cosas, estando ella al lado.
Bajo la Restauración, la nación se había acostumbrado á discutir en calma, lo cual faltó en tiempo de la República; y á la grandeza en la paz, de lo cual careció durante el Imperio. El espectáculo de la Francia, libre y fuerte, había sido estímulo para los demás pueblos de Europa; la Revolución había tenido la palabra en tiempo de Robespierre, el cañón en tiempo de Bonaparte; pero en tiempo de Luis XVIII y Carlos X le llegó su turno á la palabra de la inteligencia.
Cesó el viento, y resplandeció nuevamente la antorcha; viéndose á la sazón brillar en las serenas alturas la luz del pensamiento. Espectáculo magnífico, útil y agradable.
Vióse trabajar durante quince años en plena paz, en medio de la plaza pública, á esos grandes principios, tan antiguos para el pensador y tan nuevos para el hombre de Estado: la igualdad ante la ley, la libertad de conciencia, la libertad de la palabra, la libertad de la prensa, la accesibilidad de todas las aptitudes á todos los empleos. Esto duró hasta 1830.
Los Borbones fueron un instrumento de civilización que se rompió en manos de la Providencia.
La caída de los Borbones resultó rodeada de grandeza, no por su parte, sino por la de la nación.
Dejaron el trono lleno de gravedad, pero desautorizado, su caída, en medio de la noche, no fué una de esas desapariciones solemnes que dejan una emoción sombría en las páginas de la historia; no fué ello ni la tranquilidad espectral de Carlos I, ni el grito de águila de Napoleón.
Se fueron; esto fué todo.
Depusieron la corona, y no conservaron la aureola. Fueron dignos, pero no augustos; faltaron hasta cierto punto á la majestad de su desgracia.
Carlos X, en el viaje de Cherburgo, haciendo cortar una mesa redonda para cuadrarla, pareció más cuidadoso de la etiqueta en peligro que de la ruinosa monarquía. Esta pequeñez entristeció á los hombres fieles que amaban sus personas, y á los hombres graves que honraban su raza.
El pueblo estuvo admirable; la nación, atacada una mañana á mano armada por una especie de insurrección real, se sintió tan poderosa, que no tuvo ni siquiera cólera; se defendió, y se contuvo; volviendo sencillamente las cosas en su lugar; el gobierno á la ley, y los Borbones al destierro; pero ¡ah! se detuvo.
Tomó al viejo rey Carlos X debajo del dosel que había cobijado á Luis XIV, y le dejó en tierra suavemente; no tocó á las personas reales, sino con tristeza y precaución.
Esto no lo hizo un hombre, no lo hicieron algunos hombres; lo hizo Francia, la Francia entera, la Francia victoriosa y embriagada con su victoria, que parecía recordar, y que practicó á los ojos del mundo entero estas graves palabras de Guillermo Du Vair, después de la jornada de las barricadas:
«Es muy propio de los que se han acostumbrado á desflorar los favores de los grandes, saltando como los pájaros de rama en rama, de una situación aflictiva á otra floreciente, manifestarse insolentes contra su príncipe en la adversidad; pero por mi parte, la suerte de mis reyes será siempre venerable, y principalmente la de los afligidos».
Los Borbones se llevaron el respeto, pero no el sentimiento. Como hemos dicho, su desgracia fué más grande que ellos. Desvaneciéronse en el horizonte.
La revolución de julio tuvo inmediatamente amigos y enemigos en el mundo entero. Los unos se precipitaron hacia ella entusiasmados y alegres, los otros le volvieron la espalda, cada cual según su naturaleza.
Los príncipes de Europa, en el primer momento, como búhos de aquella aurora, cerraron los ojos, heridos y estupefactos, y no los abrieron sino para amenazar: temor que se comprende; cólera que se disculpa.
Aquella extraña revolución apenas había sido un choque; no había hecho al realismo vencido ni siquiera el honor de tratarle como enemigo y verter su sangre.
Á los ojos de los gobiernos despóticos, siempre interesados en que la libertad se calumnie á sí misma, la revolución de julio había cometido la falta de presentarse formidable y ser benévola.
Por lo demás, nada se intentó ni maquinó contra ella. Los más descontentos, los más irritados, los que más se estremecieron, la saludaban.
Sean lo que fueren nuestro egoísmo y nuestros rencores, siempre sale un respeto misterioso de los sucesos, en que se descubre la colaboración de alguien que trabaja más alto que el hombre.
La revolución de julio es el triunfo del derecho derrocando el hecho; un algo lleno de esplendor.
El derecho derrocando el hecho. De ahí el éxito de la revolución de 1830, y de ahí también su benevolencia. El derecho que triunfa no tiene ninguna necesidad de ser violento.
El derecho es lo justo y lo verdadero.
Lo propio del derecho es permanecer constantemente hermoso y puro. El hecho, aún el más necesario en apariencia, aún el mejor aceptado por los contemporáneos, si no existe más que como hecho, si no contiene en sí más que poquísimo ó nada de derecho, está destinado infaliblemente á ser, con el tiempo, deforme, inmundo, y tal vez monstruoso.
Si se quiere conocer de una mirada hasta qué grado de miseria puede llegar el hecho, visto á la distancia de los siglos, mírese á Maquiavelo.
Maquiavelo no es el genio del mal, ni es un demonio, ni un escritor cobarde y miserable; no es más que el hecho; y no es solamente el hecho italiano, es el hecho europeo, el hecho del siglo XVI. Parece horrible, y lo es realmente, comparado con la idea moral del siglo XIX.
Esta lucha del derecho y del hecho, existe desde el origen de las sociedades. Terminar el duelo, amalgamar la idea pura con la realidad humana, introducir pacíficamente el derecho en el hecho, y el hecho en el derecho, he aquí el trabajo de los sabios.
II Mal cosido
Pero el trabajo de los sabios es uno, y otro el de los hábiles. La revolución de 1830 se detuvo muy pronto.
En cuanto se calma la tempestad revolucionaria, los hábiles se apoderan del buque.
Los hábiles, en nuestro siglo, se han concedido á sí mismos el calificativo de hombres de Estado; si bien esta palabra «hombre de Estado» ha acabado por tener algo de germanía. No se olvide, que allí donde no hay más que habilidad, hay necesariamente pequeñez.
Decir los «hábiles», equivale á decir: «las medianías».
Del mismo modo que decir: «los hombres de Estado», equivale algunas veces á decir: «los traidores».
Á creer, pues, á los hábiles, las revoluciones, como la de julio, son arterias cortadas, y es preciso hacer pronto la ligadura.
El derecho, proclamado en toda su grandeza, estremece; y una vez afirmado el derecho, es necesario afirmar el Estado. Asegurada la libertad, es preciso pensar en el poder.
En esto, los sabios no se separan aún de los hábiles, pero principian á desconfiar. El poder, sea; pero ante todo, ¿qué es el poder? Y luego, ¡de dónde procede!
Los hábiles aparentan no comprender esta objeción, y prosiguen su maniobra.
Según estos políticos ingeniosos, para cubrir las ficciones utilizables con una máscara de necesidad, lo que primero hace falta á un pueblo, después de una revolución, cuando este pueblo forma parte de un continente monárquico, es proporcionarse una dinastía. De este modo, dicen, puede tener la paz después de su revolución; es decir, el tiempo necesario á curar sus heridas y reparar su casa.
La dinastía oculta el andamiaje, y cubre los hospitales de sangre.
Pero no siempre es fácil encontrar una dinastía.
En rigor, basta el primer hombre de genio, ó el primer hombre de fortuna, para hacer de él un rey. En el primer caso, resulta un Bonaparte; en el segundo, un Itúrbide.
Más para hacer una dinastía no basta una familia cualquiera. Debe haber necesariamente cierta cantidad de antigüedad en una raza; y las arrugas de los siglos no se improvisan.
Colocándonos bajo el punto de vista de los «hombres de Estado», hechas todas las reservas convenientes, preguntamos: después de una revolución, ¿cuáles son las cualidades del rey que de ella sale?...
Puede ser, y es útil que sea revolucionario, es decir, partícipe personal de esta revolución, por haber puesto en ella la mano, ó haberse comprometido ó distinguido en ella, ó haber tocado el hacha ó manejado la espada.
¿Cuáles son las cualidades de una dinastía?...
Debe ser nacional, es decir, revolucionaria á cierta distancia; no por sus actos consumados, sino por las ideas aceptadas; debe componerse de lo pasado, y ser histórica; componerse del porvenir, y ser simpática.
Todo esto explica porqué las primeras revoluciones se contentan con encontrar un hombre, llámese Cromwell ó Napoleón; y porqué las segundas quieren, absolutamente, encontrar una familia, la casa de Brunswick ó la casa de Orléans.
Las familias reales se asemejan á esas higueras de la India, cuyas ramas se encorvan hasta la tierra, echan raíces, y se convierten en nuevos troncos. Cada rama puede ser una dinastía; con la única condición de bajarse hasta el pueblo.
Tal es la teoría de los hábiles.
He aquí, pues, el arte sublime: hacer que un acontecimiento suene algo á catástrofe, para que los que se aprovechen de él tiemblen; sazonar con un poco de miedo un paso de hecho; aumentar la curva de la transición hasta el retardamiento del progreso; endulzar la obra; denunciar y apartar las molestias del entusiasmo; cortar los ángulos y las uñas; acolchar el triunfo, arropar el derecho; envolver al gigante pueblo con mantillas de bayeta y acostarle presto; imponer dieta á ese exceso de salud; tratar á Hércules como convaleciente; diluir el acontecimiento en el expediente; ofrecer á los ánimos sedientos del ideal ese néctar aguado con tisana; tomar sus precauciones contra el éxito demasiado grande: tapar la revolución con una pantalla.
En 1830 se practicó esta teoría, aplicada ya en Inglaterra en 1688.
La de 1830 fué una revolución detenida á media cuesta; progreso á medias; casi derecho. Pero la lógica ignora el casi, absolutamente lo mismo que el sol ignora que haya velas.
¿Y quién detiene la revolución en mitad de la pendiente? La burguesía.
¿Por qué?
Porque la burguesía es el interés satisfecho; ayer era el apetito, hoy es la plenitud, mañana será la saciedad.
El fenómeno de 1814, después de Napoleón, se reprodujo en 1830, después de Carlos X.
Se ha querido equivocadamente hacer de la burguesía una clase. La burguesía es buenamente la parte satisfecha del pueblo. El burgués es el hombre que tiene ahora tiempo para sentarse; y una silla no es una casta.
Mas por querer sentarse demasiado pronto se puede detener la marcha del género humano; y ésta ha sido casi siempre la falta de la burguesía.
No constituye una clase el cometer una falta. El egoísmo no es ninguna de las divisiones del orden social.
Por lo demás, debemos ser justos, aun con el egoísmo; el estado á que aspiraba, después de la conmoción de 1830, esa parte de la nación que se llama burguesía, no era la inercia, que se complica con la indiferencia y la pereza, y que es algo vergonzosa; no era la somnolencia, que supone un olvido momentáneo, accesible á los ensueños: era un alto.
Hacer alto es una frase que tiene un doble sentido singular, y casi contradictorio; tropa en marcha, quiere decir movimiento; alto, quiere decir reposo.
Hacer alto es reparar las fuerzas; es el reposo armado y despierto; es el hecho consumado que pone centinelas y se mantiene en guardia. El alto supone combate ayer, y combate mañana.
Éste es el intermedio de 1830 á 1848.
Lo que aquí llamamos combate puede también llamarse progreso.
Necesitaba, pues, la burguesía, como los hombres de Estado, un hombre que representase esta palabra: ¡Alto! Un Sin embargo, un Por qué, una individualidad compuesta que significase revolución y estabilidad; ó en otros términos, afianzamiento del presente por medio de la compatibilidad evidente del pasado con el porvenir.
Este hombre «se encontró fácilmente». Llamábase Luis Felipe de Orléans.
Los 221 hicieron rey á Luis Felipe; Laffayette se encargó de la consagración, llamando á la nueva monarquía la mejor de las repúblicas. La casa Ayuntamiento de París reemplazó á la catedral de Reims.
Esta sustitución de un medio trono á un trono completo, fué la «obra de 1830».
Cuando los hábiles hubieron concluido, apareció el vicio inmenso de su solución: todo se había hecho fuera del derecho absoluto.
El derecho absoluto gritó: ¡Protesto! Y después, y esto fué lo más formidable, se volvió á la sombra.
III Luis Felipe
Las revoluciones tienen el brazo terrible y la mano buena; pegan firme y escogen bien. Aun incompletas, aún bastardeadas y prematuras, aún sofocadas y reducidas al estado de revolución menor de edad; como la revolución de 1830, les queda casi siempre bastante lucidez providencial para no caer mal.
Su eclipse no es nunca abdicación.
Sin embargo, no nos envanezcamos demasiado; las revoluciones se engañan también, y se han visto grandes equivocaciones.
Volvamos á 1830. 1830 en medio de su extravío tuvo acierto. En el establecimiento, que se llamó orden después de la revolución, detenida de súbito, el rey valía más que el realismo. Luis Felipe era un hombre raro.
Hijo de un hombre, á quien la historia juzgará seguramente con circunstancias atenuantes, y tan digno de aprecio, como lo fué su padre de censura, tenía todas las virtudes privadas, y algunas públicas; era cuidadoso de su salud, de sus bienes, de su persona y de sus negocios.
Conocía el valor de un minuto, y no siempre el de un año; sobrio, sereno, pacífico, sufrido; buen hombre y buen príncipe.
Dormía con su mujer, y tenía en su palacio lacayos encargados de enseñar el lecho conyugal á los burgueses; había alhajado su alcoba con un lujo regular, útil después de las antiguas ostentaciones ilegítimas de la rama principal.
Poseía todas las lenguas de Europa, y lo que es más notable, sabía y hablaba el idioma de todos los intereses; admirable representante de la «clase media»; pero siempre superior á ella, y más avanzado que ella.
Tenía el singular talento, sin dejar de apreciar la sangre de su familia, de medirse por su valor intrínseco; y en cuanto á la cuestión de raza, declararse Orléans y no Borbón, primer príncipe de la sangre, mientras no había sido más que alteza serenísima; pero hombre campechano desde el día en que fué majestad.
Difuso en público, conciso en la intimidad; avaro señalado pero no probado; económico en el fondo pero fácilmente pródigo con relación á su fantasía ó su deber; literato, poco sensible á las letras; hidalgo, pero no caballeresco; sencillo, sereno y fuerte; adorado de su familia y de su casa; de conversación seductora; hombre de Estado desengañado; frío interiormente, dominado por el interés inmediato; gobernando siempre lo más preciso; incapaz de rencor ni de agradecimiento; gastando sin compasión los talentos superiores en cosas medianas; hábil en quitar la razón, por medio de las mayorías parlamentarias, á esas unanimidades misteriosas que murmuran sordamente bajo los tronos; expansivo y, á veces, imprudente en su expansión, pero de maravillosa destreza en esta imprudencia; fecundo en expedientes, en fisonomías, en máscaras; dando miedo á la Francia con Europa, y á la Europa con Francia.
Amante seguramente de su país, pero mucho más de su familia.
Apreciando más la dominación que la autoridad, y la autoridad más que la dignidad; disposición que tiene algo de funesta, porque dirigiéndose únicamente al éxito, admite la astucia y no repudia absolutamente la bajeza; pero que tiene también algo de útil, porque preserva á la política de los choques violentos, al Estado de las rupturas, y á la sociedad de las catástrofes.
Minucioso, correcto, vigilante, atento, sagaz, infatigable; contradiciéndose alguna vez y desmintiéndose otras; arrogante contra el Austria en Ancona; tenaz contra Inglaterra en España; bombardeando á Amberes, y pagando á Pritchard; cantando con convicción la Marsellesa; inaccesible al abatimiento, al cansancio, al gusto de lo bello y de lo ideal, á las generosidades temerarias, á la utopía, á la quimera, á la cólera, á la vanidad y al temor.
Poseyendo todas las formas de la intrepidez personal; como general en Valmy, como soldado en Jemmapes; probado ocho veces por el regicidio, y siempre sonriente; valiente como un granadero, animoso como un pensador; inquieto solamente ante las eventualidades de una conmoción europea, é incapaz para las grandes aventuras políticas; siempre dispuesto á arriesgar su vida, pero jamás su obra; disfrazando su voluntad con la influencia, á fin de ser obedecido, antes que como rey como inteligencia; dotado de observación, y no de adivinación; parándose poco en los talentos, pero conocedor de los hombres, es decir, necesitando ver para juzgar; buen sentido, pronto y penetrante; sabiduría práctica, palabra fácil, memoria prodigiosa; haciendo uso constante de esta memoria: su único rasgo de semejanza con César, Alejandro y Napoleón.
Sabiendo los hechos, los pormenores, las fechas, los nombres propios, é ignorando las tendencias, las pasiones, los talentos diversos de la multitud, las aspiraciones interiores, los levantamientos ocultos y oscuros de las almas; en una palabra, todo lo que podría llamarse las corrientes invisibles de las conciencias. Aceptado superficialmente, pero poco acorde con la Francia inferior; saliendo adelante con su habilidad, gobernando demasiado y no reinando bastante, siendo él su propio primer ministro; excelente para hacer de la pequeñez de las realidades un obstáculo á la inmensidad de las ideas; mezclando con una verdadera facultad creadora de civilización, de orden y de organización, cierto extraño espíritu de procedimientos quisquillosos; fundador y procurador de una dinastía; teniendo algo de Carlomagno, y algo de abogado. En suma, grande y original figura: príncipe que supo consolidar el poder, á pesar de las inquietudes de la Francia, adquiriendo fuerza exterior á pesar de los recelos de Europa.
Luis Felipe será calificado como una de las eminencias de su siglo; y sería colocado entre los gobernantes más ilustres de la historia, si hubiese amado un poco la gloria, y hubiese tenido el sentimiento de lo grande, como tenía el sentimiento de lo útil.
Luis Felipe había tenido muy buena figura; y viejo ya, era todavía gracioso; no siempre había sido bien acogido por la Francia, pero lo había sido por la multitud; agradaba porque tenía el don de seducir.
Su majestad no se le adaptaba; era rey, y no llevaba la corona; era anciano, y no tenía el cabello blanco.
Sus modales eran del antiguo régimen, y sus costumbres del moderno; mezcla de noble y de burgués que convenía á 1830.
Luis Felipe era la transición reinante; había conservado la antigua pronunciación y la ortografía antigua, poniéndolas al servicio de las opiniones modernas.
Amaba la Polonia y la Hungría; pero escribía los polacos (polonais), y pronunciaba los húngaros (hongrois).
Vestía el uniforme de la guardia nacional, como Carlos X, y llevaba el cordón de la Legión de Honor, como Napoleón.
Iba poco á la iglesia; nunca de caza; jamás á la ópera. Incorruptible á los sacristanes, á los monteros y las bailarinas; lo cual contribuía algo á su popularidad menestral.
No tenía la menor corte.
Salía con su paraguas bajo el brazo; paraguas que ha formado por mucho tiempo parte de su aureola.
Entendía algo de albañilería, un poco de jardinería y no ignoraba del todo la medicina; sangró á un postillón que se cayó del caballo: porque Luis Felipe no iba nunca sin lanceta, como no iba nunca Enrique III sin su puñal.
Los realistas se reían de este rey ridículo, el primero que ha derramado sangre para curar.
Entre los cargos de la historia contra Luis Felipe, hay algo que descontar. El que acusa al realismo, el que acusa al reinado y el que acusa al rey, tres columnas diversas que dan cada una su total diferente.
El derecho democrático confiscado; el progreso mirado como un interés secundario; las protestas de la calle reprimidas violentamente; la ejecución militar de las insurrecciones; el motín pasado por las armas; la calle Transnonain, los Consejos de guerra, la absorción del país natural por el país ficticiamente legal; el gobierno de cuenta y mitad con trescientos mil privilegiados: representan el hecho del realismo.
La Bélgica rechazada; la Argelia rudamente conquistada como la India por los ingleses, con mayor suma de barbarie que de civilización; la falta de fe con Abd el Kader; Blaye, Deutz comprados, Pritchard pagado: son el hecho del reinado.
Y la política, más de familia que nacional, es el hecho del rey.
Como se ve, deducido el descuento, disminuye el cargo del rey.
Su gran falta fué ésta: Haber sido modesto en nombre de Francia.
¿De dónde provino esta falta?
Vamos á decirlo.
Luis Felipe fué un rey demasiado padre; y esta incubación de una familia que quiere hacerse dinástica, tiene miedo de todo, y no quiere aventurarse mucho; de ahí la timidez excesiva é importuna al pueblo que cuenta un 14 de julio en su tradición civil, y un Austerlitz en su tradición militar.
Por lo demás, si prescindimos de los deberes públicos que exigen el primer lugar, la profunda ternura de Luis Felipe hacia su familia, la familia se la merecía.
Aquel grupo doméstico era admirable; las virtudes se hermanaban con el talento.
Una de las hijas de Luis Felipe, María de Orléans, introducía el nombre de su raza entre los artistas, como Carlos de Orléans lo había inscrito entre los poetas. Habiendo ella hecho de su alma un mármol, al cual había llamado Juana de Arco.
Dos de los hijos de Luis Felipe habían arrancado á Metternich este elogio demagógico: Son jóvenes como se ven pocos, y príncipes como no se ven.
He ahí, sin disimular ni agravar la verdad sobre Luis Felipe.
Ser el príncipe igualdad, encarnar la contradicción de la Restauración y de la Revolución; tener la parte inquieta del revolucionario que se convierte en confiada en el gobernante; fué ésta la fortuna de Luis Felipe en 1830. Jamás hubo una adaptación más completa entre un hombre y un acontecimiento. Penetró el uno en el otro, y resultó la encarnación.
Luis Felipe en 1830 hecho hombre.
Además, tenía una gran circunstancia para el trono, el destierro. Había estado proscrito, errante, pobre; había vivido de su trabajo.
En Suiza, aquel heredero de los dominios más ricos de Francia, había tenido que vender un caballo para comer. En Reichenau había dado lecciones de matemáticas, mientras su hermana Adelaida bordaba y cosía.
Estos recuerdos, unidos á un rey, entusiasmaban á los menestrales.
Había demolido por su mano la última jaula de hierro del monte de San Miguel, construida por Luis XI, y utilizada por Luis XV.
Era compañero de Dumouriez, y amigo de Laffayette.
Había pertenecido al club de los jacobinos.
Mirabeau le había dado golpecitos familiares en el hombro.
Dantón le había dicho: ¡Hola, joven!
Á los veinticuatro años, en 1793, siendo duque de Chartres, había asistido desde el fondo de una obscura tribuna de la Convención al proceso de Luis XVI, tan bien calificado con el nombre de aquel pobre tirano.
La ciega previsión de la Revolución, rompiendo la majestad en el rey, y el rey con la majestad, sin echar de ver siquiera al hombre en la feroz destrucción de la idea; la vasta tempestad de la asamblea tribunal, la cólera pública interrogando. Capeto no sabiendo qué responder, la terrible vacilación estupefacta de aquella cabeza real bajo aquel álito sombrío, la inocencia relativa de todos en aquella catástrofe, así de los que condenaban como de aquel que era condenado. Luis Felipe había visto todo aquello, había contemplado aquellos vértigos; había visto comparecer los siglos á la barra de la Convención; había visto, detrás de Luis XVI, infortunado transeúnte responsable, alzarse en las tinieblas á la formidable acusada, la monarquía; y habíasele quedado en el alma el espanto respetuoso de aquellas inmensas justicias del pueblo, casi tan impersonales como la justicia de Dios.
La huella que en él había dejado la Revolución era prodigiosa. Su recuerdo era como una marea viviente de aquellos grandes años, punto por punto.
Un día, ante un testigo de que nos es imposible dudar, rectificó de memoria toda la letra A de la lista alfabética de la Asamblea constituyente.
Luis Felipe fué un rey en plena luz.
En su reinado, la prensa fué libre, la tribuna libre, la conciencia y la palabra libres. Las leyes de septiembre eran transparentes.
Conociendo como conocía el poder roedor de la luz sobre los privilegios, dejó su trono expuesto á la luz. La historia le tendrá en cuenta esta lealtad.
Luis Felipe, como todos los hombres históricos que han salido ya de la escena, está sujeto al juicio de la conciencia humana; su proceso está aún en primera instancia.
Aún no ha sonado para él la hora en que la historia habla con acento venerable y libre; aún no ha llegado el momento de pronunciar sobre este rey el juicio definitivo; hasta el austero é ilustre historiador Luis Blanc ha modificado hoy su primer veredicto.
Luis Felipe fué el elegido de esos dos oasis que se llaman 221 y 1830; es decir, de un casi parlamento, y de una casi revolución; y en todo caso, desde el punto de vista superior en que debe colocarse la filosofía, no podríamos juzgarle aquí, como se ha podido descubrir en lo que llevamos dicho, sino con ciertas reservas en nombre del principio democrático absoluto.
Á los ojos de lo absoluto, fuera de los dos derechos, el del hombre primero y el del pueblo después, todo es usurpación.
Pero hechas estas reservas, lo que podemos desde ahora decir es que, en resumen y de cualquier manera que se le considere, Luis Felipe, examinado en sí mismo y bajo el punto de vista de la bondad humana, será, sirviéndonos del lenguaje de la historia antigua, uno de los mejores príncipes que se han sentado en el trono.
¿Qué tiene, pues, contra sí? El mismo trono.
Quitad de Luis Felipe el rey, dejando el hombre, y el hombre es bueno; bueno, algunas veces, hasta admirable.
Con frecuencia, en medio de los más graves cuidados después de un día de lucha contra toda la diplomacia del continente, volvía por la noche á su cuarto, y allí, abatido por el cansancio, rendido por el sueño, ¿qué hacía? Tomaba un proceso, y pasaba la noche revisando una causa criminal, creyendo que era algo hacer frente á la Europa, pero que era asunto más importante todavía arrancar un hombre al verdugo.
Disputaba con el ministro de Justicia; defendía palmo á palmo el terreno de la guillotina contra los procuradores generales, esos charlatanes de la ley, como él les llamaba.
Algunas veces, un montón de procesos cubría su mesa; los examinaba todos, porque era angustioso para él abandonar aquellas pobres cabezas condenadas.
Un día decía al mismo testigo que hemos citado hace poco: Esta noche hemos ganado siete.
En los primeros años de su reinado, estuvo como suprimida la pena de muerte; y la elevación del cadalso fué como una violencia hecha al rey.
Habiendo desaparecido la plaza de Grève, en que se ajusticiaba en tiempo de la rama primogénita, se instituyó una Grève ciudadana, bajo el nombre de Barrera de Santiago; los «hombres prácticos» conocieron la necesidad de una guillotina casi legítima; y en esto fué donde obtuvo una de sus victorias Casimiro Perier, que representaba la parte mezquina de la clase media, contra Luis Felipe, que representaba la parte liberal.
Luis Felipe había anotado por su mano á Beccaria; y escribía después del atentado de Fieschi: ¡Qué lástima que yo no haya sido herido! Hubiera podido perdonar.
Otra vez, aludiendo á la resistencia de sus ministros, escribía á propósito de un condenado político, que es una de las más generosas figuras de nuestro tiempo: Su perdón está concedido, no me falta más que obtenerlo.
Luis Felipe era afable como Luis IX, y bueno como Enrique IV.
Ahora bien, para nosotros, en la historia, donde la bondad es una perla rara, el que ha sido bueno, pasa casi antes que el que ha sido grande.
Habiendo sido Luis Felipe juzgado severamente por los unos, y duramente tal vez por los otros, es muy natural que un hombre que es hoy también un fantasma, y que ha conocido á este rey, venga á deponer en su favor ante la historia; esta declaración, cualquiera que sea, es evidente, y sobre todo desinteresada; un epitafio escrito por un muerto es sincero; una sombra puede consolar á otra sombra; la participación de las mismas tinieblas da el derecho de alabanza, y no es de temer que se diga nunca de dos tumbas en el destierro: «Ésta ha adulado á aquélla».
IV Grietas en la base
En el momento en que el drama que vamos narrando va á penetrar en el espesor de una de las nubes trágicas que cubren los principios del reinado de Luis Felipe, no es necesario equívoco alguno, y es preciso que este libro dé explicaciones acerca de aquel rey.
Luis Felipe había adquirido la autoridad real sin violencia, sin acción directa por su parte, por un giro revolucionario, evidentemente muy distinto del verdadero fin de la revolución, pero en el cual el duque de Orléans no había tenido ninguna iniciativa personal.
Había nacido príncipe, y se creía elegido rey.
No se dió á sí mismo este poder, no lo tomó; se le ofrecieron, y lo aceptó; convencido, equivocadamente, es cierto, pero convencido de todos modos, de que el ofrecimiento era conforme á derecho, y de que la aceptación era un deber. De ahí nació una posesión de buena fe.
Pues bien: debemos decir en conciencia, que estando Luis Felipe de buena fe en su posesión, y la democracia de buena fe en su ataque, la cantidad de espanto que se desprende de las luchas sociales no recae sobre el rey ni sobre la democracia.
El choque de principios se parece al choque de elementos.
El océano defiende al agua; el huracán defiende al viento; el rey defiende la dignidad real; la democracia defiende al pueblo; la monarquía, que es lo relativo, resiste á lo absoluto, que es el pueblo; la sociedad vierte sangre en este conflicto; pero lo que es hoy sufrimiento será salud mañana y, en todo caso, no debe culparse á los que luchan; uno de los dos partidos se equivoca evidentemente, porque el derecho no está, como el coloso de Rodas, sobre dos riberas á la vez, con un pie en el pueblo y otro en el trono; es indivisible, está todo de una parte; pero los que se engañan, se engañan sinceramente; un ciego no es un culpable, como un vendeano no es un bandido.
No imputemos, pues, más que á la fatalidad de las cosas, estas colisiones terribles.
Cualesquiera que sean estas tempestades, siempre está entre ellas la irresponsabilidad humana.
Acabemos esta explicación.
El gobierno de 1830 tuvo desde el principio una vida difícil. Nació ayer, y tuvo que combatir hoy.
Apenas instalado, sentía ya por todas partes vagos movimientos de tracción el aparato de julio, tan recientemente armado, y tan poco sólido.
La resistencia nació al día siguiente; quizá había nacido ya á la víspera.
Cada mes crecía la hostilidad; y de sorda se trocó en patente.
La revolución de julio, poco aceptada fuera de Francia por los reyes, había sido interpretada en Francia diversamente, como hemos dicho.
Dios manifiesta á los hombres sus voluntades visibles en los acontecimientos, texto obscuro escrito en una lengua misteriosa.
Los hombres le traducen enseguida, y hacen traducciones apresuradas; incorrectas, llenas de faltas, de vacíos y de contrasentidos.
Son escasísimas las inteligencias que comprenden la lengua divina.
Las más sagaces, las más serenas, las más profundas descifran lentamente, y cuando llegan con su texto, todo se ha verificado hace tiempo; hay ya veinte traducciones en la plaza pública.
De cada traducción nace un partido; de cada contrasentido una facción; y cada partido cree tener el único texto verdadero, y cada facción cree poseer la luz.
Frecuentemente el poder mismo es una facción.
Hay en las revoluciones nadadores contra la corriente; son los partidos viejos.
Por aquéllos de éstos que se refieren al derecho hereditario por la gracia de Dios, se cree que habiendo nacido las revoluciones del derecho de insurrección, tienen también el derecho de rebelión. Esto es un error, porque en las revoluciones, el insurrecto no es el pueblo; es el rey. Revolución es precisamente lo contrario de insurrección.
Siendo, toda revolución, el cumplimiento de una función normal, contiene en sí su legitimidad; legitimidad que algunas veces deshonran los falsos revolucionarios; pero que persiste, aún deshonrada; que sobrevive, aún ensangrentada.
Las revoluciones surgen, no de un accidente, sino de la necesidad. Una revolución es la vuelta de lo ficticio á lo real; existe, porque debe existir.
Los antiguos partidos legitimistas no por eso dejaron de atacar la revolución de 1830 con todas las violencias que brotan del falso raciocinio.
Los errores son excelentes proyectiles.
Hiriéronla diestramente por donde era vulnerable; en el vacío de su coraza, en su falta de lógica; atacaban á la revolución en su majestad real, y gritaban: «Si eres Revolución, ¿por qué tienes rey?». Las facciones son ciegos que apuntan en lo cierto.
Los republicanos daban este mismo grito; pero en ellos era lógico.
Lo que era ceguedad para los legitimistas, era lucidez en los demócratas.
La revolución de 1830 había hecho bancarrota para el pueblo, y la democracia indignada se lo echaba en cara.
Entre el ataque del pasado y el ataque del porvenir, rebatíase el establecimiento de julio.
Representaba al momento, luchando por un lado con los siglos monárquicos y por otro con el derecho eterno.
Además, con respecto al exterior, no siendo ya revolución, y trocándose en monarquía, 1830 se veía obligado á seguir el paso de Europa. Debía, pues, conservar la paz, y esto aumentaba la complicación. Una armonía deseada contra el sentido natural, es muchas veces más onerosa que una guerra.
De este sordo conflicto, siempre amordazado, pero gruñendo siempre, nació la paz armada, ese ruinoso expediente de la civilización, recelosa de sí misma.
La monarquía de julio, á pesar de ser monarquía, se encabritaba enganchada entre los arreos de los gabinetes europeos.
Metternich le hubiera echado de buena gana las correas. Impulsada en Francia por el progreso, impulsaba en Europa á las monarquías retrógradas; siendo remolcada, remolcaba.
Entretanto, en el interior, pauperismo, proletariado, salario, educación, penalidad, prostitución, suerte de la mujer, riqueza, miseria, producción, consumo, repartición, cambio, moneda, crédito, derecho del capital, derecho del trabajo, todas estas cuestiones se multiplicaban sobre la superficie de la sociedad; terrible gravamen.
Por fuera de los partidos políticos propiamente dichos, se manifestaba un nuevo movimiento.
Á la fermentación democrática respondía la fermentación filosófica. La parte más culta estaba conmovida como la turba; de otra manera, pero tanto.
Los pensadores meditaban, mientras que el suelo, es decir, el pueblo, atravesado por las corrientes revolucionarias, temblaba á sus pies por no sé qué vagas sacudidas epilépticas.
Estos pensadores, aislados unos, otros reunidos en familias y casi en comunión, removían las cuestiones sociales, pacífica, pero profundamente; mineros impasibles, que abrían tranquilamente sus galerías en las profundidades de un volcán, distraídas apenas por las sordas conmociones y los fuegos lejanos que se entreveían.
Aquella tranquilidad no era por cierto uno de los peores espectáculos de aquella época agitada.
Aquellos hombres dejaban á los partidos políticos la cuestión de los derechos, ocupándose de la cuestión de la felicidad.
El bienestar del hombre: he aquí lo que pretendían extraer de la sociedad.
Llevaban las cuestiones materiales, las cuestiones de agricultura, de industria y de comercio, casi hasta la dignidad de una religión.
En la civilización, tal como se va produciendo, un poco por Dios y un mucho por el hombre, los intereses se combinan, se agregan, se amalgaman hasta formar una verdadera roca dura, según una ley dinámica pacientemente estudiada por los economistas, que son los geólogos de la política.
Aquellos hombres que se ocupaban bajo distintos nombres, pero que puede uno designarlos á todos con el título genérico de socialistas, trataban de horadar esta roca y hacer salir de ella el agua viva de la felicidad humana.
Desde la cuestión del patíbulo, hasta la cuestión de la guerra, sus trabajos lo abrazaban todo. Al derecho del hombre proclamado por la revolución francesa, añadían el derecho de la mujer y el derecho del niño.
Nadie extrañará que, por varias razones, no tratemos aquí á fondo bajo el punto de vista teórico las cuestiones promovidas por el socialismo. Nos limitamos á indicarlas.
Todos los problemas que los socialistas se proponían, prescindiendo de las visiones cosmogónicas, los delirios y el misticismo, pueden reducirse á dos problemas principales.
Primer problema:
Producir la riqueza.
Segundo problema:
Repartirla.
El primer problema importa la cuestión del trabajo.
El segundo, la cuestión del salario.
En el primer problema se trata del empleo de las fuerzas.
En el segundo, de la distribución de los goces.
Del buen empleo de las fuerzas resulta el poder público.
De la buena distribución de los goces resulta la felicidad individual.
Por buena distribución debe entenderse, no la distribución igual, sino la distribución equitativa. La primera igualdad es la equidad.
De estas dos cosas combinadas, poder público en el exterior y felicidad individual en el interior, nace la prosperidad social.
Prosperidad social, esto quiere decir: el hombre dichoso, el ciudadano libre, la nación grande.
Inglaterra resuelve el primero de estos dos problemas. Produce admirablemente la riqueza, pero la distribuye mal; y esta solución, que sólo es completa por un lado, la lleva fatalmente á estos dos extremos; opulencia monstruosa, miseria monstruosa. Todos los goces para algunos; todas las privaciones para los demás: es decir, para el pueblo; el privilegio, la excepción, el monopolio, el feudalismo nacen del trabajo mismo.
Situación falsa y resbaladiza que asienta el poder público sobre la miseria particular, y que arraiga la grandeza del Estado en los padecimientos del individuo.
Grandeza mal compuesta en que se combinan todos los elementos materiales, y en la cual no entra ningún elemento moral.
El comunismo y la ley agraria creen resolver el segundo problema. Pero se engañan.
Su repartición mata la producción; la distribución igual mata la emulación, y por consiguiente el trabajo; es una repartición de carnicero, que mata lo que reparte.
Es, pues, imposible detenerse en estas falsas soluciones: Matar la riqueza, no es repartirla.
Ambos problemas exigen una solución común para estar bien resueltos; las dos soluciones deben estar combinadas de manera que formen una sola.
No resolviendo más que el primer problema, seréis Venecia, ó seréis Inglaterra; tendréis, como Venecia, un poder artificial, ó como Inglaterra, un poder material; tendréis el mal del rico, y moriréis por la vía del hecho, como ha muerto Venecia, ó por la bancarrota, como caerá Inglaterra.
Y el mundo os dejará morir y caer; porque el mundo deja caer y morir todo lo que no es más que egoísmo, todo lo que no representa para el género humano una virtud ó una idea.
Entiéndase bien que con las palabras Venecia é Inglaterra, designamos, no los pueblos, sino las construcciones sociales, la oligarquía sobrepuesta á la nación, y no la nación misma.
Las naciones tienen siempre nuestro respeto y nuestra simpatía. Venecia como pueblo, renacerá; Inglaterra como aristocracia, caerá; pero Inglaterra como nación es inmortal.
Dicho esto, prosigamos.
Resolved los dos problemas: animad al rico y proteged al pobre; suprimid la miseria; poned término á la explotación del débil por el fuerte; poned freno á los inicuos celos del que está en camino contra el que ya ha llegado; ajustad matemática y fraternalmente el salario al trabajo; mezclad la enseñanza gratuita y obligatoria con el desarrollo de la infancia, y haced de la ciencia la base de la virilidad; desarrollad las inteligencias ocupando al mismo tiempo los brazos; sed á la vez un pueblo poderoso y una familia de hombres felices; democratizad la propiedad, no aboliéndola, sino universalizándola, de manera que todo ciudadano, sin excepción, pueda ser propietario, cosa más fácil de lo que se cree; en una palabra, sabed producir la riqueza y sabed repartirla, y tendréis entonces reunidas la grandeza material y la grandeza moral, y entonces seréis dignos de llamaros Francia.
He aquí lo que, fuera y por encima de algunas sectas que se extraviaban, decía el socialismo: eso era lo que buscaba en los hechos, lo que bosquejaba en los espíritus.
¡Esfuerzos admirables! ¡Tentativas sagradas!
Estas doctrinas, estas teorías, estas resistencias, la necesidad inesperada para el hombre de Estado de contar con los filósofos, confusas evidencias vislumbradas, una política nueva que crear, de acuerdo con el mundo antiguo y sin grandes discordancias con el ideal revolucionario, una situación en la cual era preciso emplear á Lafayette en defender á Polignac, la intuición del progreso transparente bajo el motín de las cámaras y la calle, las competencias para equilibrarse en torno suyo, su fe en la revolución, tal vez cierta resignación eventual nacida de la vaga aceptación de un derecho definitivo superior, el deseo de continuar siendo como los de su raza, su espíritu de familia, su sincero respeto al pueblo, su propia honradez, preocupaban á Luis Felipe casi dolorosamente, y por momentos; y por más fuerte y animoso que fuese, le anonadaban bajo la dificultad de ser rey.
Sentía bajo sus pies una desgregación temible, que no era, sin embargo, un puñado de polvo, porque la Francia era más Francia que nunca.
Tenebrosos nubarrones cubrían el horizonte.
Una sombra extraña que iba aproximándose, se extendía poco á poco sobre los hombres, sobre las cosas, sobre las ideas; sombra que procedía de la cólera y de los sistemas.
Todo lo que había sido ahogado precipitadamente, se removía y fermentaba.
Á veces la conciencia del hombre honrado retenía su aliento; tal era el malestar que había en aquel aire, donde los sofismas se mezclaban con las verdades.
Los ánimos temblaban en la ansiedad social, como las hojas cuando se aproxima la tempestad.
La tensión eléctrica era tal, que en ciertos momentos un cualquiera, un desconocido, iluminaba; y después volvía á caer la obscuridad crepuscular.
Á intervalos, profundos y sordos murmullos podían hacer juzgar de la intensidad del rayo que encerraba la nube.
Apenas había transcurrido veinte meses desde la revolución de julio, y ya el año 1832 había empezado con aspecto amenazador.
La miseria del pueblo, los trabajadores sin pan, el último príncipe de Condé que había desaparecido en las tinieblas; Bruselas expulsando á los Nassau, como París á los Borbones; Bélgica ofreciéndose á un príncipe francés y entregada á un príncipe inglés; el odio ruso de Nicolás; detrás de nosotros dos demonios del Mediodía, Fernando en España y Miguel en Portugal; la tierra temblando en Italia. Metternich extendiendo la mano sobre Bolonia, Francia haciendo frente al Austria en Ancona, en el norte cierto ruido siniestro del martillo que remachaba los clavos de Polonia en su ataúd, en toda Europa miradas irritadas que acechaban á Francia; Inglaterra, aliada sospechosa pronta á empujar lo que cayese, y á echarse sobre lo que hubiera ya caído; la cámara de los Pares, apoyándose en Beccaria para negar cuatro cabezas á la ley; las flores de lis borradas del coche del rey, la cruz arrancada de la catedral de Notredame, Lafayette en decadencia, Laffitte arruinado, Benjamín Constant muerto en la indigencia, Casimiro Perier muerto en la decadencia del poder, la enfermedad política y la enfermedad social declarándose á la vez en las dos capitales del reino, la una en la ciudad del pensamiento, y la otra en la ciudad del trabajo; en París la guerra civil, en Lyon la guerra servil; en ambas ciudades el mismo resplandor de un horno; un cráter de púrpura en la frente del pueblo; el Mediodía fanatizado, el Occidente turbado, la duquesa de Berry en la Vendée, los complots, las conspiraciones, los levantamientos y el cólera, añadían al sombrío rumor de las ideas el tumulto de los acontecimientos.
V Hechos de los que sale la historia y que la historia ignora
Hacia fines de abril todo se había agravado. La fermentación se había trocado en ebullición.
Desde 1830 había habido aquí y allá, pequeños tumultos parciales, fácilmente reprimidos, pero que retoñaban enseguida; señal de una vasta conflagración subyacente.
Algo terrible se estaba formando.
Entreveíanse bosquejos, aún poco marcados y mal iluminados, de una revolución posible.
La Francia se fijaba en París, y París en el arrabal de San Antonio.
El arrabal de San Antonio, sordamente caldeado, entraba en ebullición.
Las tabernas de la calle de Charonne estaban graves y tempestuosas por más que la unión de estos dos adjetivos parezca singular aplicada á las tabernas.
El gobierno era allí, pura y simplemente, el objeto de la cuestión; discutíase públicamente «la cosa para combatir ó para permanecer tranquilos».
Había trastiendas en que se hacía jurar á los obreros que saldrían á la calle al primer grito de alarma, y «que pelearían sin contar el número de los enemigos».
Una vez admitido el compromiso, un hombre sentado en un rincón de la taberna, «alzaba una voz sonora» y decía: ¡Lo oyes! ¡Lo has jurado!
Algunas veces subíase al primer piso, á un cuarto cerrado, y allí pasaban escenas casi masónicas. Se hacía prestar al iniciado juramentos «para socorrerle como á los padres de familia». Tal era la fórmula.
En las salas bajas se leían folletos «subversivos». Fustigábase al gobierno, dice un informe secreto de aquel tiempo.
Oíanse frases como éstas: «Ignoro los nombres de los jefes. Nosotros no sabremos el día sino con dos horas de anticipación».
Un obrero decía: «Somos trescientos; demos cada uno diez sueldos, y se reunirán ciento cincuenta francos para hacer balas y pólvora».
Decía otro: «No digo seis meses; no digo ni aún dos: antes de quince días nos pondremos al igual del gobierno. Con veinticinco mil hombres ya se le puede hacer frente».
Otro decía: «No me acuesto, porque durante la noche hago cartuchos».
De cuando en cuando algunos hombres, vestidos «de caballero y con buenos trajes», venían dándose «importancia», y con aire de «mando» daban apretones de manos «á los más principales», y se iban. Nunca estaban más de diez minutos.
Se cambiaban en voz baja palabras significativas: «el complot está maduro; la cosa está rebosando».
«Y todos los que estaban allí murmuraban esto mismo», según la frase de uno de los concurrentes.
La exaltación era tal, que un día, en medio de la taberna, exclamó un obrero: ¡No tenemos armas!
Y uno de sus camaradas respondió: «Los soldados las tienen», parodiando así, sin saberlo, la proclama de Bonaparte al ejército de Italia.
«Cuando tenían algo más secreto, añade un informe, no se lo comunicaban». Apenas se comprende lo que podían ocultar después de decir lo que decían.
Las reuniones eran algunas veces periódicas; y á ciertas, de ellas sólo asistían ocho ó diez, siempre los mismos.
En otras entraba el que quería, y la sala se llenaba de tal modo, que tenían que estar de pie.
Unos asistían por entusiasmo y pasión; otros porque «era su camino para ir al trabajo».
Lo mismo que durante la gran revolución, había en estas tabernas mujeres patriotas que abrazaban á los neófitos.
Observábanse con frecuencia otros hechos expresivos.
Un hombre entraba en una taberna, bebía, y salía diciendo: «Tabernero, la Revolución pagará lo que debo».
En una taberna situada enfrente de la calle de Charonne, se elegían agentes revolucionarios. El escrutinio se hacía en las gorras.
Otros obreros se reunían en casa de un maestro de esgrima, que daba asaltos en la calle de Cotte; allí había un trofeo de armas, formado con espadones de madera, estoques, garrotes y floretes.
Un día quitaron los botones á los floretes, y decía un obrero: «Somos veinticinco, pero no cuentan conmigo, porque me miran como una máquina». Esta máquina fué después Quenisset.
Las cosas que se premeditaban tomaban poco á poco una extraña notoriedad. Una mujer, estando barriendo en el portal, le decía á otra: «Hace mucho tiempo que trabajan sin descanso en hacer cartuchos».
Se leían en medio de la calle proclamas dirigidas á los guardias nacionales de los departamentos. Una de estas proclamas estaba firmada por «Burtot, comerciante en vinos».
Un día, á la puerta de un licorista del mercado Lenoir, un hombre barba corrida y acento italiano, se subió á un guarda cantón, y leyó en alta voz un escrito singular, que parecía emanar de un poder oculto.
Los grupos que se habían formado á su alrededor le aplaudían, y los pasajes que impresionaron más á la multitud fueron recogidos y anotados.
«...Nuestras doctrinas son perseguidas; nuestras proclamas se hacen pedazos; nuestros fijadores de carteles son acechados y encarcelados».
«La baja que acaba de verificarse en los algodones ha traído hacia nosotros á muchos partidarios del justo medio».
«...El porvenir de los pueblos se elabora en nuestras obscuras filas».
«...He aquí la cuestión clara: acción ó reacción; revolución ó contra-revolución. Porque en nuestra época no se cree ya en la inercia ni en la inmovilidad. Por el pueblo ó contra el pueblo; ésta es la cuestión, y no hay otra.
«...El día en que no os convengamos ya, rechazadnos; pero hasta entonces, ayudadnos á marchar».
Todo esto en pleno día.
Otros hechos, más atrevidos aún, eran sospechosos al pueblo á causa de su misma audacia.
El 4 de abril de 1832, un transeúnte subía en el guarda cantón situado en la esquina de la calle de Santa Margarita y gritaba: «¡Soy babuvista!». Pero bajo la máscara de Babeuf, el pueblo adivinaba á Gisquet.
Entre otras cosas, decía aquel transeúnte:
—«¡Abajo la propiedad! La oposición de la izquierda es infame y traidora. Cuando quiere tener razón predica la revolución; es demócrata para que no se la ataque, y realista para no combatir. Los republicanos son animales de pluma; desconfiad de los republicanos, ciudadanos trabajadores».
—¡Silencio, ciudadano polizonte!—gritó un obrero.
Y este grito puso fin al discurso.
Sucedían algunos incidentes misteriosos.
Al anochecer un obrero se encontraba junto al canal con «un individuo bien vestido», que le decía:
—¿Adónde vas, ciudadano?
—Señor,—respondió el obrero,—no tengo el honor de conoceros.
—Yo te conozco mucho.
Y el hombre añadía:
—No temas. Soy el agente del comité. Se sospecha que no eres muy fiel: sabes que si descubres algo se te vigila.
Y después daba al obrero un apretón de mano y se iba diciendo:
—Pronto nos volveremos á ver.
Los escuchas de la policía recogían, no sólo en las tabernas, sino en la calle, diálogos singulares:
—Haz que te reciban pronto,—decía un tejedor á un ebanista.
—¿Por qué?
—Habrá fuego que hacer.
Dos transeúntes cubiertos de harapos cambiaban estas respuestas notables, llenas de aparente jacquería[1]:
—¿Quién nos gobierna?
—El señor Felipe.
—No, la burguesía.
Se equivocará el que creyese que usamos la palabra jacquería en mal sentido. Los jacques eran los pobres.
Otras veces oíase al pasar un hombre que le decía á otro:
—Tenemos un buen plan de ataque.
De una conversación íntima entre cuatro hombres acurrucados en una zanja de la rotonda de la barrera del Trono, no pudo sacarse en claro más que eso:
—Se hará lo posible para que él no se pasee ya más por París.
—¿Quién era este él? Obscuridad amenazadora.
«Los principales jefes», como se decía en el arrabal, se mantenían al paño; y se creía que se reunían, para ponerse de acuerdo, en una taberna junto al ángulo de San Eustaquio.
Uno llamado Aug—jefe de la sociedad de socorros á los sastres, en la calle Mondetour, pasaba por intermediario central entre los jefes y el arrabal de San Antonio. Sin embargo, hubo siempre mucha obscuridad acerca de las personas de estos jefes, y no hay ningún hecho cierto que pueda debilitar la altivez singular de la siguiente respuesta dada posteriormente por un acusado ante el tribunal de los Pares.
—¿Quién ha sido vuestro jefe?
—No conocía á ninguno ni reconocí á nadie.
Mas todo esto no pasaba todavía de ser sino palabras transparentes, pero vagas; y algunas veces frases al aire, rumores, noticias. Otros indicios iban sobreviniendo.
Un carpintero, que estaba en la calle de Ruelly clavando las tablas de una empalizada alrededor de un terreno en que se alzaba una casa en construcción, encontró en dicho terreno un fragmento de carta rota, en el que aún se podían leer estas líneas:
«...Es preciso que el comité tome medidas para impedir el reclutamiento en las secciones para las diversas sociedades...».
Y en una postdata:
«Hemos sabido que había fusiles en la calle del Faubourg Poissonnière, núm. 5 (bis), en número de unos cinco ó seis mil, en casa de un armero. La sección carece de armamento».
Lo que hizo que el carpintero se asustase y enseñase la carta á sus vecinos, fué que á pocos pasos recogió otro papel rasgado también, y más significativo aún, cuya configuración reproducimos, á causa del interés histórico de estos raros documentos:
Q C D E
Aprended esta lista de memoria; después rompedla. Los individuos admitidos harán otro tanto luego que les hayáis trasmitido órdenes. Salud y fraternidad, L. u og a1 fe
Los que estuvieron en el secreto de este hallazgo no pudieron comprender hasta mucho después la significación de estas cuatro mayúsculas: quinturiones, centuriones, decuriones, exploradores; y el sentido de estas letras u og a1 fe, que era una fecha, que quería decir el 15 de abril de 1832.
En la columna de cada mayúscula estaban inscritos nombres seguidos de indicaciones muy características.
Por ejemplo: Q. Bannerel. 8 fusiles. 83 cartuchos. Hombre seguro.
C. Boubière. 1 pistola. 40 cartuchos.
D. Rollet. 1 florete. 1 pistola. 1 libra de pólvora.
E. Tessier. 1 sable. 1 canana. Exacto.
Terreur. 8 fusiles. Valiente, etc.
Por último, el carpintero halló también en el mismo recinto de la empalizada un tercer papel, en el cual estaba escrita con lápiz, pero muy claramente, esta especie de lista enigmática:
Unidad. Blanchard: Arbre Sec. 6.
Barra. Soize. Sala del Conde.
Kosciusko. ¿Aubry le Boucher?
J. J. R.
Cayo Graco.
Derecho de revisión. Dufond. Four.
Caída de los Girondinos. Derbac. Maubuée.
Washington. Pinzón. 1 pistola. 86 cart.
Marsellesa.
Souver. del pueblo. Miguel. Quincampoix. Sable.
Hoche.
Marceau. Platón. Arbre-Sec.
Varsovia. Tilly, vendedor del Popular.
El honrado paisano en cuyas manos fué á parar esta lista, supo al fin su significación. Parece que era la nomenclatura completa de las secciones del cuarto distrito de la sociedad de los Derechos del Hombre, con los nombres y habitaciones de los jefes de sección.
Hoy, que todos estos hechos han quedado en la sombra, ya no pertenecen más que á la historia, y pueden publicarse.
Es preciso añadir que la fundación de la sociedad de los Derechos del Hombre parece haber sido posterior á la fecha en que fué encontrado este papel. Quizá no fué más que un esbozo.
Mientras tanto, tras los propósitos y las palabras, tras los indicios escritos, comenzaban á despuntar hechos materiales.
En la calle Popincourt, en casa de un prendero, se cogieron en el cajón de una cómoda siete pliegos de papel gris, todos doblados del mismo modo, á lo largo, en cuatro partes; estos pliegos contenían veintiséis cuadrados del mismo papel gris, en forma de cartucho, y una tarjeta, en la cual se leía:
Salitre, 12 onzas
Azufre, 2 onzas
Carbón, 2 onzas y media
Agua, 2 onzas
El proceso verbal de embargo hacía constar que el cajón despedía un fuerte olor á pólvora.
Un albañil, al volver á su casa después del trabajo, se dejó olvidado un paquetito en un banco cerca del puente de Austerlitz. Este paquete fué llevado al cuerpo de guardia: le abrieron, y encontraron dos diálogos impresos, firmados por Lahautière, una canción titulada: Obreros, asociaos, y una caja de hoja de lata llena de cartuchos.
Un obrero, bebiendo en compañía de un camarada, le hacía tentar su cuerpo para que viese cuánto calor tenía; el otro tentaba una pistola bajo la blusa.
En una zanja en el camino de ronda, entre el cementerio del Padre Lachaise y la barrera del Trono, en el paraje más desierto, jugando unos chicos, descubrieron bajo un montón de virutas y mondaduras un saco que contenía un molde de hacer balas, otro de madera para hacer cartuchos, una cazuela con granos de pólvora de caza, y una marmita pequeña de hierro, cuyo interior ofrecía señales evidentes de plomo fundido.
Los agentes de policía entraron de repente á las cinco de la mañana en casa de un tal Pardón, que perteneció después á la sección de la Barricada-Merry, y murió luego en la insurrección de abril en 1834, encontrándole de pie junto á su cama, con cartuchos en la mano, que estaba haciendo todavía.
Á la hora en que descansan los obreros, se había visto encontrarse dos hombres entre el portillo Picpus y el de Charentón, en un caminito de ronda entre dos tapias, cerca de una taberna que tiene un juego de bolos delante de la puerta.
Uno de ellos sacó de bajo la blusa una pistola y se la dió al otro.
Pero en el momento de dársela, notó que la trastroca de su pecho había humedecido algo la pólvora. La cebó, añadiendo pólvora á la que tenía en la cazoleta.
Después se separaron.
Un tal Gallais, muerto después en la calle Beaubourg en los sucesos de abril, se envanecía de tener en su casa setecientos cartuchos y veinticuatro piedras de fusil.
El Gobierno recibió un día aviso de que se acababan de distribuir armas en el arrabal y doscientos mil cartuchos.
La semana siguiente se repartieron treinta mil cartuchos; y es de notar que la policía no pudo coger ninguno.
Una carta interceptada decía: «No está lejos el día en que en el término de cuatro horas se pongan sobre las armas ochenta mil patriotas».
Esta fermentación era pública, y casi puede decirse que tranquila.
La insurrección inminente preparaba la tempestad con calma frente del Gobierno.
Ninguna singularidad faltaba á esta crisis, subterránea todavía, pero ya perceptible.
Los burgueses hablaban pacíficamente á los obreros de lo que se preparaba, y les decían: «¿Cómo va el motín?». Del mismo modo que podrían haber dicho: «¿Cómo está vuestra mujer?».
Un almacenista de muebles de la calle Moreau preguntaba:
—Y ¿cuándo atacáis?
Otro tendero decía:
—Se atacará muy pronto, ya lo sé. Hace un mes érais quince mil; ahora sois veinticinco mil.
Éste ofrecía su fusil, y un vecino suyo ofrecía un cachorrillo, que quería vender en siete francos.
Por lo demás, la fiebre revolucionaria adelantaba. Ningún punto de París ni de Francia estaba ya libre de ella.
La arteria latía en todas partes. Lo mismo que esas membranas que nacen en ciertas inflamaciones y se forman en el cuerpo humano, la red de las sociedades secretas empezaba á extenderse sobre el país.
De la asociación de los Amigos del Pueblo, pública y secreta á la vez, nacía la sociedad de los Derechos del Hombre, que fechaba así una orden del día: «Pluvioso, año 40 de la era republicana», y la cual debía sobrevivir aún después de las sentencias de los tribunales de jurados ordenando su disolución, y que no vacilaba en dar á sus secciones nombres tan significativos como éstos:
—Picas.
Somatén.
Cañón de alarma.
Gorro frigio.
21 de enero.
Mendigos.
Truhanes.
Adelante.
Robespierre.
Nivel.
Esto marcha.
La sociedad de los Derechos del Hombre engendraba la sociedad de Acción. Eran éstos los impacientes que se separaban y corrían adelante.
Otras sociedades trataban de reclutarse en las grandes sociedades-madres. Los seccionarios se quejaban de verse atraídos. De ahí nació «la sociedad gálica» y «el comité organizador de las municipalidades». De ahí las asociaciones para «la libertad de imprenta», para «la libertad individual», para «la instrucción del pueblo contra los impuestos indirectos»; además la sociedad de los Obreros Igualadores, que se dividía en tres fracciones: los niveladores, los comunistas y los reformistas.
Luego había el Ejército de las Bastillas, especie de cohorte organizada militarmente, que tenía para cada cuatro hombres un cabo, para cada diez un sargento, para cada veinte un subteniente, para cada cuarenta un teniente, y en la cual no había más de cinco que se conociesen; creación en que la precaución estaba combinada con la audacia, y la cual parece llevaba el sello de Venecia.
Del comité central, que era la cabeza, nacían esos dos brazos, la sociedad de Acción y el Ejército de las Bastillas.
Una asociación legitimista, los Caballeros de la Fidelidad, se movía en medio de estas afiliaciones republicanas; pero había sido denunciada y repudiada.
Las sociedades parisienses tenían ramificaciones en las principales ciudades: Lyon, Nantes, Lila y Marsella, tenían su sociedad de los Derechos del Hombre, la Carbonaria, y los Hombres libres, Aix tenía una sociedad revolucionaria, que se llamaba la Cougourde. Ya hemos escrito otra vez esta palabra.
En París, el arrabal de San Marcelo no estaba menos conmovido que el de San Antonio, y las escuelas no menos entusiasmadas que los arrabales.
Un café de la calle de San Jacinto y el fumadero de los Siete Billares, calle de Mathurins Saint Jacques, servían de punto de reunión á los estudiantes.
La sociedad de los amigos del A B C, afiliada á los mutualistas de Angers y á la Cougourde de Aix, se reunía, como ya se ha visto, en el café Musain. Estos mismos jóvenes se reunían también en una hostería cerca de la calle Mondetour, llamada Corinto.
Estas reuniones eran secretas; otras eran tan públicas como podían serlo; y puede juzgarse de su atrevimiento por el siguiente trozo de un interrogatorio en uno de los procesos ulteriores:
—¿Dónde se celebró esa reunión?
—En la calle de la Paz.
—¿En casa de quién?
—En la calle.
—¿Qué secciones asistieron?
—Una sola.
—¿Cuál?
—La sección Manuel.
—¿Quién era el jefe?
—Yo.
—Sois muy joven para haber tomado sólo la grave resolución de atacar al Gobierno. ¿De dónde recibíais instrucciones?
—Del comité central.
El ejército estaba minado al mismo tiempo que el paisanaje, como lo probaron después los movimientos de Beford, de Luneville y de Epinal. Se contaba con el quincuagésimo-segundo regimiento, y con el quinto, el octavo, el trigésimo tercero y con el vigésimo ligero.
En Borgoña y en las ciudades del mediodía se plantaba el árbol de la Libertad; es decir, un mástil con un gorro encarnado.
Tal era la situación.
Entonces el arrabal de San Antonio, más que ningún otro grupo de población, como hemos dicho ya al principio, aparecía temible y caracterizaba la situación. Allí era donde se sentía el dolor de costado.
Aquel antiguo arrabal, poblado como un hormiguero, laborioso, animado y colérico como una colmena, se estremecía esperando y deseando la conmoción. Todo se agitaba en él, sin que por esto se interrumpiese el trabajo.
Nada podría dar idea de aquella fisonomía viva y sombría. En aquel arrabal hay dolorosos infortunios bajo el techo de una buhardilla, y hay también inteligencias ardientes y raras. En materia de infortunio é inteligencia, es precisamente más peligroso el que los extremos se toquen.
El arrabal de San Antonio tenía además otras causas conmovedoras; porque allí se siente la reacción de las crisis comerciales, de las quiebras, de la carestía, de la falta de trabajo, inherentes á los grandes estremecimientos políticos.
En tiempo de revolución, la miseria es á la vez causa y efecto. El golpe que la hiere, rebota.
Aquella población, llena de altiva virtud, capaz del mayor grado de calórico latente, siempre dispuesta á tomar las armas, pronta en las explosiones, irritada, profunda, minada; parecía que sólo aguardaba la caída de una chispa.
Siempre que flotan en el horizonte algunos resplandores impulsados por el viento de los sucesos, no puede uno desviar el pensamiento del arrabal de San Antonio, y en la temible fatalidad que ha colocado á las puertas de París aquel polvorín de padecimientos y de ideas.
Las tabernas del arrabal San Antonio, mencionadas más de una vez en el bosquejo que acaba de leerse, tienen celebridad histórica. En tiempo de turbulencias embriaga en ellas, menos que el vino, la palabra. Una especie de espíritu profético, un efluvio de porvenir, circula allí, llenando los corazones y engrandeciendo las almas.
Las tabernas del arrabal San Antonio se parecen á aquéllas otras del monte Aventino, edificadas sobre el antro de la Sibila y en comunicación con los profundos soplos sagrados; tabernas cuyas mesas son casi trípodes, y donde se bebía lo que Emilio llamaba el vino sibilino.
El arrabal de San Antonio es un depósito de pueblo.
La conmoción revolucionaria hace allí grietas, por donde se filtra la soberanía popular.
Esta soberanía puede hacer daño; engañarse como otra cualquiera; pero aún engañada, sigue siendo grande. Puede decirse de ella como del cíclope ciego: Ingens.
En 1793, según era la idea que flotaba buena ó mala, según era la luz del fanatismo ó del entusiasmo, partían del arrabal de San Antonio, ora legiones salvajes, ora falanges heroicas.
Salvajes. Expliquemos esta palabra. Aquellos hombres de erizado cabello que en los días genesíacos del caos revolucionario se lanzaban haraposos, feroces, blandiendo la cachiporra, levantada la pica en alto, aullando contra el viejo París trastornado, ¿qué querían?
Querían el fin de la opresión, el fin de la tiranía, el fin del sable; querían el trabajo para el hombre, la instrucción para el niño, la dulzura social para la mujer; la libertad, la igualdad, la fraternidad; el pan para todos, la idea para todos, la conversión del mundo en Edén: el progreso.
Y esa cosa santa, buena y dulce, el progreso, la reclamaban terriblemente, medio desnudos, con la mano en la maza y el rugido en la boca. Eran los salvajes, sí, pero los salvajes de la civilización.
Proclamaban furiosos el derecho; querían obligar al género humano á entrar en el paraíso, aunque fuese por medio del terror y del espanto.
Parecían bárbaros, y eran salvadores; reclamaban la luz con la máscara de la noche.
Enfrente de estos hombres feroces y espantosos, convenimos en ello, pero feroces para el bien, hay otros hombres, risueños, bordados, dorados, engalonados, con medias de seda, plumas blancas, guantes amarillos, botas de charol, que apoyando los codos en una mesa cubierta de terciopelo al lado de una chimenea de mármol, insisten templadamente en la conservación y permanencia de lo pasado, de la Edad media, del derecho divino, del fanatismo, de la ignorancia, de la esclavitud, de la pena de muerte, de la guerra, glorificando, á media voz y con finura, el sable, la hoguera y el cadalso. Por nuestra parte, si nos viéramos obligados á elegir entre los bárbaros de la civilización y los civilizados de la barbarie, escogeríamos á los bárbaros.
Pero á Dios gracias no nos hallamos en esta alternativa; no es necesaria ninguna caída brusca ni hacia adelante ni hacia atrás.
Ni despotismo, ni terrorismo. Queremos el progreso por una pendiente suave.
Dios provee á él. La suavización de las pendientes constituye la política divina.
VI Enjolrás y sus tenientes
Poco más ó menos hacia dicha época, Enjolrás, previendo la posibilidad de los sucesos, hizo una especie de recuento misterioso.
Todos estaban en conciliábulo en el café Musain. Enjolrás, mezclando con sus palabras algunas metáforas medio enigmáticas, pero significativas, decía así:
—«Conviene saber dónde estamos y con quién se puede contar. Si se quieren combatientes, es preciso hacerlos. Tener con qué herir, no puede estorbar.
«Los que caminan tienen más peligro de recibir una cornada cuando hay bueyes al paso, que cuando no los hay. Contemos, pues, el rebaño. ¿Cuántos somos?
«No se trata de dejar esto para mañana. Las revoluciones deben ir siempre deprisa, porque el progreso no tiene tiempo que perder. Desconfiemos de lo inesperado, y no nos dejemos coger desprevenidos. Se trata de planchar las costuras que hemos hecho, y ver si están firmes; y este negocio debe quedar apurado hasta el fondo hoy mismo.
«Courfeyrac, tú verás á los politécnicos; hoy miércoles es día de salida. Feuilly, tú verás á los de la Glacière. Combeferre me ha prometido ir á Picpus; allí hay un hormiguero excelente. Bahorel visitará la Estrapada.
«Prouvaire, los masones se entibian; tú nos traerás noticias de la logia de la calle Grenelle Saint Honoré. Joly irá á la clínica de Dupuytren, y tomará el pulso á la Escuela de Medicina. Bossuet dará una vuelta por la Audiencia y hablará con los pasantes de abogado. Yo me encargo de la Cougourde».
—Vedlo, todo arreglado,—dijo Courfeyrac.
—No.
—¿Qué falta pues?
—Una cosa importantísima.
—¿Qué es ello?—preguntó Combeferre.
—El portillo de Maine,—respondió Enjolrás.
Quedóse Enjolrás un momento como absorto en sus reflexiones, y añadió:
—En el portillo de Maine hay marmolistas, pintores, los prácticos de los talleres de escultura. Es una familia entusiasta, pero sujeta al enfriamiento, y no sé lo que tienen hace algún tiempo; piensan en otra cosa, y se entibian; pasan el tiempo en jugar al dominó. Sería urgente ir á hablarles un poco y firme. Se reúnen en casa de Richefeu, donde se los encontrará entre doce y una. Es preciso soplar en aquellas cenizas; yo había pensado para esto con el distraído de Mario, quien en el fondo es bueno; pero ya no viene. Necesito uno para el portillo de Maine, y no le tengo.
—¿Pues y yo?—dijo Grantaire.
—¿Tú?
—Yo.
—¡Tú, adoctrinar republicanos! ¡Tú volver el calor, en nombre de los principios, á los corazones enfriados!
—¿Por qué no?
—¿Acaso puedes tú servir para algo?
—Tengo la vaguedad de la ambición,—dijo Grantaire.
—Tú no crees en nada.
—Creo en ti.
—Grantaire, ¿quieres hacerme un favor?
—Cuantos quieras; hasta limpiarte las botas.
—Pues bien; no te mezcles en nuestros asuntos. Bebe tu ajenjo.
—Eres un ingrato, Enjolrás.
—¡Serías tú hombre para ir al portillo de Maine! ¡Serías capaz!
—Soy capaz de bajar por la calle de Grés, atravesar la plaza de San Miguel, torcer por la calle de Monsieur le Prince, tomar la calle Vaugirard, pasar los Carmelitas, volver á la calle de Assas, llegar á la calle de Cherche Midi, dejar atrás el Consejo de Guerra, medir la calle de las Viejas Tullerías, pasar de una zancada el boulevard, seguir la calzada de Maine, salir del portillo y entrar en casa de Richefeu. Soy capaz de todo esto; mis zapatos son capaces de lo mismo.
—¿Conoces algo á nuestros camaradas de Richefeu?
—No mucho. Nos tuteamos únicamente.
—¿Y qué vas á decir?
—Les hablaré de Robespierre, pardiez; de Dantón; de los principios.
—¡Tú!
—¡Yo! Veo que no me hacéis justicia; cuando me comprometo, soy terrible. He leído á Proudhomme, conozco el Contrato social, sé de memoria la Constitución del año dos. «La Libertad del ciudadano concluye allí donde empieza la Libertad de otro ciudadano». ¿Me tienes acaso por un bruto? Tengo un antiguo asignado en mi gabeta. Los Derechos del Hombre, la soberanía del pueblo, ¡caramba! Soy además un poco hebertista; y puedo estar hablando seis horas de reloj, con reloj en mano, de cosas soberbias.
—Sé formal,—dijo Enjolrás.
—Soy terrible,—respondió Grantaire.
Enjolrás pensó algunos segundos, é hizo el gesto del hombre que ha tomado una resolución.
—Grantaire,—dijo gravemente,—consiento en ponerte á prueba. Irás al portillo de Maine á hablar con los artistas.
Grantaire vivía en una casa de huéspedes cerca del café Musain. Salió y volvió á los cinco minutos; había ido á ponerse un chaleco á la Robespierre.
—Rojo,—dijo al entrar,—mirando fijamente á Enjolrás.
Y después, con enérgico ademán, cruzó sobre el pecho las dos solapas escarlata del chaleco.
Y aproximándose á Enjolrás, le dijo al oído:
—Queda tranquilo.
Se puso el sombrero resueltamente, y salió.
Un cuarto de hora después, la sala interior del café Musain estaba desierta. Todos los amigos del A B C se habían ido, cada uno por su lado, á cumplir su misión. Enjolrás, que se había reservado la Cougourda, partió el último.
Los de la Cougourde de Aix, que estaban en París, se reunían entonces en el llano de Issy, en una de aquellas canteras abandonadas, tan abundantes por aquel extremo de París.
Enjolrás, caminando hacia aquel lugar de la cita, iba pasando revista á la situación.
La gravedad de los sucesos era visible. Cuando los hechos, precursores de una especie de enfermedad social latente, se mueven con torpeza, la menor complicación los detiene y enreda, fenómeno de donde salen los hundimientos y los renacimientos.
Enjolrás descubría un levantamiento luminoso bajo los tenebrosos velos del porvenir. ¿Y quién sabe? Se aproximaba el instante tal vez.
¡El pueblo reasumiendo el derecho! ¡Qué hermoso espectáculo! La Revolución volviendo á tomar majestuosamente posesión de la Francia, y diciendo al mundo: «Se continuará».
Enjolrás estaba contento. EL horno ardía.
En aquel mismo instante tenía un reguero de pólvora de amigos extendido por París. Componía en su imaginación, con la elocuencia penetrante y filosófica de Combeferre, el entusiasmo cosmopolita de Feuilly, la verbosidad de Courfeyrac, la risa de Bahorel, la melancolía de Juan Prouvaire, la ciencia de Joly y los sarcasmos de Bossuet, una especie de chisporroteo eléctrico que comunicaba á la vez el fuego en todas partes.
Todos á la obra. De seguro el resultado correspondería al esfuerzo. Aquello marchaba.
Pero aquello mismo le hizo pensar en Grantaire.
—¡Calla!—se dijo.—El portillo de Maine está casi en mi camino. ¡Si yo llegase hasta casa de Richefeu! Veamos lo que hace Grantaire, y dónde está.
Daba la una en el campanario de Vaugirard cuando Enjolrás llegó al fumadero de Richefeu. Empujó la puerta, entró, cruzó los brazos, dejando cerrarse la hoja que le dió en la espalda, y miró en la sala, llena de hombres, de mesas y de humo.
De en medio de aquella bruma salía una voz vivamente cortada por otra voz. Era Grantaire disputando con su adversario.
Grantaire estaba sentado enfrente de otro, al lado de una mesa de mármol jaspeado sembrada de granos de salvado y llena de fichas de dominó, y golpeaba el tablero con el puño.
He aquí lo que oyó Enjolrás:
—Seis doble.
—Cuatro.
—¡Diablo! No tengo.
—Estás muerto, con dos.
—Seis.
—Tres.
—Un as.
—Me toca á mí.
—Cuatro puntos.
—Difícilmente.
—Ahora tú.
—He cometido una falta enorme.
—Vas bien.
—Quince.
—Siete más.
—Con estos son veintidós. (Pensando). ¡Veintidós!
—¿No esperabas el doble seis? Ya lo creo. Si le hubiese puesto al principio habría cambiado todo el juego; y perdía la partida.
—Dos otra vez.
—As.
—¡As! Pues bien, cinco.
—No tengo.
—¿No tienes, eh? Buena te espera.
—Allá veremos.
—¿Has puesto tú, creo?
—Sí.
—Blanca.
—¡Tienes suerte! ¡Mucha suerte! (Larga meditación). Un dos.
—Un as.
—Ni cinco, ni as. Esta es la tuya.
—Dominó.
—Nombre de perro.
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