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Los miserables - Tomo 2 (de 2)

LIBRO OCTAVO EL MAL POBRE (continued 2)

J. A. R. translation

—Mira,—dijo Bossuet,—ahí va Mario.

—Ya le he visto,—dijo Courfeyrac.

—No le hablemos.

—¿Por qué?

—Anda preocupado.

—¿Por qué?

—¿No le ves la cara?

—¿Qué cara?

—La de cualquiera que va siguiendo á alguien.

—Es verdad,—dijo Bossuet.

—Mira qué ojos,—observó Courfeyrac.

—¿Pero á quién diablos andará siguiendo?

—¡Á algún pimpollo hermoso y florido! Está enamorado.

—Pero,—reparó Bossuet,—es que por aquí no veo ni pimpollos, ni flores, ni nada que sepa á mimos en toda la calle. No se ve una mujer.

Courfeyrac miró y exclamó:

—Sigue á un hombre.

Un hombre, en efecto, cubierto con una gorra, y cuya barba gris se distinguía, aun cuando no se le veía más que la espalda, caminaba á unos veinte pasos delante de Mario.

Aquel hombre vestía un sobretodo nuevo, demasiado holgado para él y con un asqueroso pantalón destrozado y ennegrecido por el barro.

Bossuet soltó la carcajada.

—¿Qué especie de hombre es ése?

—¿Ése?—replicó Courfeyrac.—Será algún poeta. Los poetas suelen llevar generalmente pantalones de vendedor de pieles de conejo, y gabán de par de Francia.

—Veamos á dónde va Mario,—dijo Bossuet;—veamos dónde va ese hombre. Sigámoslos, ¿eh?

—Bossuet,—exclamó Courfeyrac.—Águila de Meaux, sois un bruto prodigioso. ¡Seguir á un hombre que sigue á otro hombre!

Y retrocedieron.

Mario, en efecto, había visto pasar á Jondrette por la calle Mouffetard, y le espiaba.

Jondrette caminaba delante de él sin sospechar que se le vigilase.

Dejó la calle de Mouffetard, y Mario le vió entrar en una de las más horribles covachas de la calle Gracieuse, donde estuvo como un cuarto de hora, y luego volvió á la calle Mouffetard, parándose en casa de un quinquillero que había en aquella época en la esquina de la calle de Pièrre-Lombard, y algunos minutos después le vió Mario salir de la tienda, llevando en la mano un gran escoplo, con mango de madera blanca, que ocultó bajo el gabán. Á la altura de la calle del Petit-Gentilly volvió á la izquierda, dirigiéndose rápidamente á la calle del Petit-Banquier. El día iba cayendo; la nieve, que había cesado por unos momentos, volvía á comenzar. Mario se ocultó detrás de la esquina misma de la calle del Petit Banquier, que estaba como siempre desierta, y no siguió á Jondrette. Hizo bien, porque en cuanto llegó á la tapia baja, donde Mario había oído al hombre cabelludo y al hombre barbudo, Jondrette se volvió, se aseguró de que nadie le seguía ni le veía; luego saltó la tapia y desapareció.

El terreno baldío que cercaba aquella tapia comunicaba con el corral de un antiguo alquilador de carruajes, de bastante mala fama, que había quebrado, y que tenía aún bajo los cobertizos algunas berlinas viejas.

Mario creyó que sería prudente aprovechar la ausencia de Jondrette para entrar en la casa; además, la hora se venía encima. Todas las tardes la tía Bougón, al marchar para ir á fregar la vajilla en algunas casas, acostumbraba á echar la llave á la puerta principal de la casucha, la cual al anochecer quedaba irremisiblemente cerrada. Mario había dado su llavín al inspector de policía; era, pues, importante que se apresurase.

La noche había llegado, y casi cerrado por completo; no había ya en el horizonte ni en la inmensidad más que un punto iluminado por el sol: era la luna. Ésta se levantaba rojiza por detrás de la cúpula baja de la Salpetrière.

Mario llegó á grandes pasos al número 50-52. La puerta estaba todavía abierta á su llegada. Subió la escalera de puntillas, y se deslizó á lo largo de la pared del corredor hasta su cuarto. Recuérdese que aquel corredor tenía á ambos lados varios tabucos, que por el momento estaban todos vacíos y por alquilar. La tía Bougón dejaba por lo regular sus puertas abiertas. Al pasar por delante de una de aquellas puertas, Mario creyó divisar en una de las celdas deshabitadas cuatro cabezas de hombre inmóviles, blanqueadas vagamente por un rayo de luz crepuscular que penetraba por una claraboya. Mario no trató de ver, no queriendo ser visto, y apresuró su cauteloso paso. Consiguió entrar en su cuarto sin ser visto y sin ruido. Había llegado á tiempo. Á los pocos momentos oyóse á la tía Bougón que se iba, y la puerta de la casa que se cerraba.

XVI Donde volverá á encontrarse la canción sobre música inglesa de moda en 1832

Mario se sentó sobre la cama. Podían ser las cinco y media; media hora solamente le separaba de lo que iba á suceder. Sentía latir sus arterias tan claramente como se oye el movimiento de un reloj en la obscuridad. Pensaba en la doble marcha que se efectuaba en aquel momento en las tinieblas: el crimen avanzando de un lado, la justicia viniendo del otro. No tenía miedo; pero no podía pensar sin cierto sobresalto en lo que iba á pasar.

Como todo aquél á quien repentinamente asalta una aventura sorprendente, todo lo de aquel día le causaba el efecto de un sueño, y para no creerse juguete de una pesadilla, necesitaba sentir en sus bolsillos el frío de los dos cachorrillos de acero.

Ya no nevaba; la luna, cada vez más clara, se desprendía de las nubes, y su luz, mezclada con el reflejo blanquecino de la nieve que había caído, daba á la habitación un aspecto crepuscular.

En el tugurio de los Jondrette había luz. Mario veía brillar el agujero del tabique, con una claridad rojiza que le parecía sangrienta.

Era evidente que aquella claridad no podía ser producida por una vela. Además, en casa de los Jondrette no se notaba el menor movimiento. Nadie se movía, nadie hablaba, no se oía una mosca; el silencio era glacial y profundo, y sin aquella luz se hubiera podido creer que se estaba al lado de un sepulcro.

Mario se quitó suavemente las botas y las metió debajo de su cama.

Transcurrieron algunos minutos. Mario oyó la puerta de la calle girar sobre sus goznes; unas pisadas pesadas y rápidas subieron la escalera y recorrieron el corredor; levantóse ruidosamente el pestillo de la puerta; era Jondrette que entraba.

Oyéronse enseguida muchas voces. Toda la familia estaba en el desván. Solamente que en ausencia del dueño se callaban todos, como se callan los lobeznos en ausencia del lobo.

—Soy yo,—dijo él.

—Buenas noches, papaíto,—chillaron las hijas.

—¿Y bien?—dijo la madre.

—Todo va perfectamente,—respondió Jondrette;—pero tengo un frío de perros en los pies. ¡Bueno! Eso es, te has vestido. Será preciso que puedas inspirar confianza.

—Estoy preparada para salir.

—¿No se te olvidará nada de lo que te he dicho? ¿Lo harás todo bien?

—Descuida.

—Es que...—dijo Jondrette. Y no acabó la frase.

Mario le oyó dejar algo pesado sobre la mesa; probablemente el escoplo que había comprado.

—¡Ah!—exclamó Jondrette.—¿Se ha comido aquí?

—Sí,—respondió la madre,—he traído tres grandes patatas y sal. He aprovechado el fuego, ya que le había, para asarlas.

—Bueno,—replicó Jondrette.—Mañana os llevaré á comer conmigo. Habrá pato y sus accesorios. Comeréis á lo Carlos X. ¡Todo va bien!

Después añadió, bajando la voz:

—La ratonera está abierta. Los gatos están ahí.

Bajó todavía más la voz, y dijo:

—Pon esto en el fuego.

Mario oyó el ruido del carbón removido con una tenaza ú otro instrumento de hierro, y Jondrette continuó:

—¿Has dado sebo á los goznes de la puerta para que no metan ruido?

—Sí,—respondió la madre.

—¿Qué hora es?

—Las seis van á dar, porque la media hace ya rato que dió en San Medardo.

—¡Diablo!—exclamó Jondrette.—Es menester que las chicas vayan á ponerse en acecho.—Venid aquí vosotras y escuchad.

Hubo un cuchicheo.

Volvió á levantar Jondrette la voz:

—¿Ha marchado la tía Bougón?

—Sí,—dijo la madre.

—¿Estás segura de que no hay nadie en el cuarto del vecino?

—No ha vuelto en todo el día, y ya sabes que ésta es su hora de comer.

—¿Estás segura?

—Segurísima.

—Es igual,—replicó Jondrette;—pero no estará de más entrar en el cuarto y ver si está.—Y volvióse á su hija mayor:

—Chica,—dijo,—coge la luz y míralo.

Mario se dejó caer sobre sus manos y sus rodillas escurriéndose silenciosamente debajo de su cama.

Apenas se había escondido, cuando divisó la luz á través de las junturas de la puerta.

—Papá,—gritó una voz,—ha salido.

Mario conoció la voz de la hija mayor.

—¿Has entrado?—preguntó el padre.

—No,—respondió la hija;—pero cuando la llave está en la puerta es señal de que ha salido.

El padre gritó:

—Entra, no obstante.

La puerta se abrió, y Mario vió entrar á la muchacha con una vela en la mano. Estaba como por la mañana, solamente algo más espantosa por efecto de aquella luz.

Marchó directamente hacia la cama. Mario pasó un inexplicable momento de ansiedad; pero cerca de la cama había un espejo colgado en la pared, y allí era adonde se dirigía ella. Empinóse sobre las puntas de los pies, y se miró en él.

Oyóse un ruido como de remover hierro viejo en la habitación inmediata.

Ella se alisó el pelo con la palma de la mano, y dirigió al espejo varias sonrisas, cantando entretanto por lo bajo con voz ronca y sepulcral:

Duraron mis amores, entera una semana, Pero ¡ay! ¡que de la dicha son los instantes breves! ¡Que adorarse ocho días es no adorarse nada! ¡Y el tiempo de quererse debiera durar siempre! ¡Debiera durar siempre! ¡debiera durar siempre!

Entretanto Mario estaba temblando. Parecíale imposible que ella no oyese su respiración.

La muchacha se dirigió á la ventana y miró al exterior, hablando en voz alta, con aquel aire medio alocado que le era propio:

—¡Qué feo es París cuando se pone camisa blanca!—dijo.

Volvióse otra vez á mirarse al espejó haciendo nuevas muecas, y contemplándose sucesivamente de frente, de espalda y por todos lados.

—¡Y bien!—gritó el padre.—¿Qué es lo que haces?

—Estoy mirando debajo de la cama y de los muebles,—respondió, y continuó alisándose el pelo;—no hay nadie.

—¡Ea!—aulló el-padre.—Pronto aquí, y no perdamos tiempo.

—¡Voy, voy!—contestó ella.—¡No hay tiempo para nada en esta casucha!

Poniéndose á tararear:

Si me abandonas para irte á la gloria, Mi triste corazón te seguirá.

Lanzó una mirada postrera al espejo, y salió, cerrando tras sí la puerta.

Poco después Mario oyó el ruido de los pies descalzos de las chicas en el corredor, y la voz de Jondrette que les gritaba:

—¡Mucho cuidado! La una del lado del portillo, la otra á la esquina de la calle del Petit-Banquier. No perdáis de vista un minuto la puerta de la casa; y en notando la menor cosa, inmediatamente aquí. ¡En un brinco! Tenéis ya llave para entrar.

La hija mayor murmuró:

—¡Estar de centinela con los pies descalzos sobre la nieve!

—Mañana tendréis botas de seda color de escarabajo,—dijo el padre.

Bajaron las muchachas la escalera, y algunos segundos después el golpe de la puerta principal, que se cerraba, anunció que estaban fuera.

No quedaban ya en la casa más que Mario y los Jondrette, y probablemente también los misteriosos seres entrevistos por el joven á la luz del crepúsculo, detrás de la puerta del cuarto deshabitado.

XVII Empleo de la moneda de cinco francos de Mario

Mario creyó que había llegado el instante de volver á ocupar su puesto en su observatorio. En un abrir y cerrar de ojos, y con la ligereza de sus pocos años, se encontró de nuevo junto al agujero del tabique divisorio.

Observó y miró.

El interior de la habitación de los Jondrette ofrecía un aspecto singular, y Mario se explicó la extraña claridad que en ella había observado. En un candelero de cobre ardía una vela de sebo; pero no era ésta la que alumbraba realmente el cuarto. Todo el desván aparecía iluminado por la reverberación de un gran hornillo de palastro colocado en la chimenea, y lleno de carbón encendido. Era el brasero que la mujer de Jondrette había preparado por la mañana. El carbón estaba hecho ascua, y el hornillo enrojecido; una llama azulada vagaba oscilante sobre el fuego, y ayudaba á distinguir la forma del escoplo comprado por Jondrette en la calle de Pierre Lombard, el cual se enrojecía metido entre las ascuas. En un rincón cerca de la puerta, y como para un uso ya previsto, se veían dos montones, que parecían ser uno de objetos de herraje y otro de cuerdas. Todo esto, para el que no hubiese sabido lo que se preparaba, hubiera hecho vacilar la imaginación entre una idea siniestra y otra muy sencilla. El desván, así iluminado, parecía antes una fragua que una boca del infierno; pero Jondrette, con aquella claridad, tenía más aires de demonio que de herrero.

El calor del brasero era tal, que la vela colocada sobre la mesa se deshacía por el lado del fuego, consumiéndose como cortada á bisel. Una antigua linterna de latón, digna de Diógenes convertido en Cartouche, estaba sobre la chimenea.

El hornillo, colocado en el mismo hogar al lado de los tizones casi apagados, enviaba su vapor hacia el conducto de la chimenea, y no despedía mal olor.

La luna, entrando por los cuatro cristales de la ventana, arrojaba su luz blanquecina en el purpúreo y flamante desván; y á la poética imaginación de Mario, soñador aún en el momento de la acción, parecíale como un pensamiento celeste, mezclado con los deformes desvaríos terrenales.

Una corriente de aire que entraba por el vidrio roto, contribuía á disipar el olor del carbón y á disminuir el calor.

La cueva Jondrette estaba, si se recuerda cuanto hemos dicho sobre la casucha de Cuervo, admirablemente situada, para servir de teatro á un hecho violento y sombrío, y de envoltorio á un crimen. Era el cuarto más retirado de la casa más aislada del boulevard más desierto de París. Si las sorpresas criminales no hubiesen existido, allí se hubieran podido inventar.

Todo el espesor de una casa y una multitud de cuartos deshabitados, separaban aquel antro del boulevard, y la única ventana que tenía daba á solares desiertos, cerrados con tapias ó empalizadas.

Jondrette había encendido su pipa; estaba sentado sobre la silla rota y fumando. Su mujer le hablaba por lo bajo.

Si Mario hubiera sido Courfeyrac, es decir, uno de los hombres que se ríen en todos los casos de la vida, habría soltado la carcajada cuando su mirada topó con la mujer de Jondrette. Llevaba un sombrero negro con plumas, bastante parecido á los sombreros de los heraldos cuando la consagración de Carlos X; un inmenso pañuelo tartán cubriendo su refajo de punto, y los zapatos de hombre que su hija había desdeñado por la mañana. Este tocado es el que había arrancado á Jondrette aquella exclamación:

—¡Bueno! ¡Te has vestido! ¡Has hecho bien! Es preciso que puedas inspirar confianza.

Jondrette no se había quitado el sobretodo nuevo y holgadísimo para él, que le había dado el señor Leblanc, y su traje seguía ofreciendo el contraste de la levita y pantalón, que constituía á los ojos de Courfeyrac el ideal del poeta.

De pronto Jondrette alzó la voz:

—¡Á propósito: ahora se me viene á la imaginación! Con el tiempo que hace vendrá en coche. Enciende la linterna, cógela y baja. Quédate detrás de la puerta. En el momento en que oigas parar el carruaje, abrirás enseguida y le alumbrarás por la escalera y el corredor; y mientras él entra aquí, tú bajarás á todo escape, pagarás al cochero y despedirás el carruaje.

—¿Y el dinero?—preguntó la mujer.

Jondrette rebuscó en los bolsillos del pantalón, y le entregó una moneda de cinco francos.

—¿Qué es esto?—exclamó la mujer.

Jondrette respondió con dignidad:

—Es el monarca que dió el vecino esta mañana.

Y añadió:

—¿Sabes que aquí hacen falta dos sillas?

—¿Para qué?

—Para sentarse.

Mario sintió recorrer por su cuerpo un estremecimiento glacial al oir á la mujer dar esta sencilla respuesta:

—¡Pardiez! Voy á buscar las del vecino.

Y con un rápido movimiento abrió la puerta del desván y salió al corredor.

Mario no tenía materialmente tiempo para bajar de la cómoda, ir hasta la cama, y acurrucarse.

—Toma la luz,—gritó Jondrette.

—No,—dijo ella,—me estorbaría, tengo que cargar con las dos sillas. La luna alumbra lo bastante.

Mario oyó la pesada mano de aquella mujer buscar á tientas en la obscuridad la llave de su cuarto. Abrióse la puerta. Mario se quedó clavado en su puesto sobrecogido de sorpresa y estupor.

La mujer entró.

La ventanilla abuhardillada dejaba pasar un rayo de luna entre dos grandes manchas de sombra. Una de aquellas manchas cubría enteramente la pared, á la cual estaba pegado Mario, de modo que desaparecía en la obscuridad.

La mujer Jondrette levantó los ojos sin ver á Mario, cogió las dos sillas únicas que éste poseía, y se marchó, dejando que la puerta se cerrase ruidosamente detrás de ella.

Y entró de nuevo en su madriguera.

—Aquí están las dos sillas.

—Y aquí la linterna,—dijo el marido.—Baja enseguida.

Obedeció ella inmediatamente, y Jondrette quedó solo.

Colocó las dos sillas á los dos lados de la mesa, dió una vuelta al escoplo en el brasero, puso delante de la chimenea un biombo viejo que ocultaba el hornillo; luego fué al rincón donde estaba el montón de cuerdas, y se bajó como para examinar alguna cosa. Mario conoció entonces que lo que había tomado por un montón informe, era una escala de cuerda muy bien hecha, con travesaños de madera y dos garfios para colgarla.

Aquella escala y algunos gruesos utensilios, verdaderas mazas de hierro que estaban entre un montón de herraje detrás de la puerta, no se hallaban por la mañana en el domicilio de los Jondrette, y evidentemente habían sido llevados allí aquella tarde durante la ausencia de Mario.

—Son herramientas de cerrajero,—pensó Mario.

Si hubiera sido un poco más entendido en aquel oficio, habría reconocido en lo que tomaba por herramientas de cerrajero, ciertos instrumentos buenos para forzar una cerradura ó desquiciar una puerta, y otros á propósito para hendir ó cortar: las dos clases de instrumentos siniestros que los ladrones llaman ganzúas y ruiseñores.

La chimenea y la mesa, con las dos sillas, se hallaban precisamente enfrente de Mario. Estando oculto el brasero por el biombo, sólo iluminaba el cuarto la luz de la vela; el menor objeto colocado sobre la mesa ó sobre la chimenea, producía una gran sombra. La de un jarro de agua destortillado ocultaba la mitad de una pared. Había en aquel cuarto cierta calma terrible y amenazadora. Sentíase como la espera de algo horroroso.

Jondrette había dejado apagar su pipa, grave signo de meditación, y había vuelto á sentarse. La luz hacía resaltar los ángulos fieros y delgados de su fisonomía; grandes fruncimientos de cejas y bruscos movimientos de su mano derecha, parecían indicar como que contestaba á los últimos consejos de un sombrío monólogo interior.

En una de esas obscuras réplicas que se daba á sí mismo, tiró vivamente hacia sí del cajón de la mesa, cogió de él un ancho cuchillo de cocina que allí estaba guardado, y probó el filo sobre su uña. Hecho lo cual, volvió á dejar el cuchillo en el cajón y cerró.

Mario, por su parte, sacó el cachorrillo que tenía en el bolsillo derecho, y lo montó.

La pistola produjo al montarla un pequeño ruido claro y seco.

Jondrette se estremeció y casi se levantó de la silla.

—¿Quién anda ahí?—gritó.

Mario contuvo su respiración; Jondrette escuchó un momento, y luego se echó á reir, diciendo:

—¡Qué torpe! Es el tabique que cruje.

Mario conservó el cachorrillo en la mano.

XVIII Las dos sillas de Mario frente á frente

De pronto, la lejana y melancólica vibración de una campana, conmovió los cristales. Daban las seis en San Medardo.

Jondrette marcó cada campanada con un movimiento de cabeza. Al oir la sexta, despabiló la vela con los dedos.

Después se puso á andar por el cuarto, escuchó en el corredor, paseó y escuchó nuevamente.

—¡Con tal que venga!—murmuró. Y se volvió á sentar.

Apenas se había sentado nuevamente, se abrió la puerta.

Habíala abierto su mujer, y quedándose en el corredor hizo una horrible mueca de amabilidad, iluminada de abajo arriba por uno de los agujeros de la linterna sorda.

—Pasad, señor,—dijo.

—Adelante, mi bienhechor,—repitió Jondrette, levantándose precipitadamente.

Apareció el señor Leblanc.

Tenía tal aire de serenidad que le hacía singularmente venerable.

Puso sobre la mesa cuatro luises de oro.

—Señor Fabantou,—dijo,—aquí tenéis para el alquiler y para vuestras primeras necesidades. Luego ya veremos.

—Dios os lo pague, mi generoso bienhechor,—dijo Jondrette.

Y acercándose rápidamente á su mujer añadió:

—¡Despide el coche!

La mujer se marchó en tanto que el marido prodigaba sus saludos y ofrecía una silla al señor Leblanc. Poco después volvió á parecer, y le dijo al oído:

—Ya está.

La nieve que había caído todo el día era tan espesa que no se había oído la llegada del carruaje, ni se le oyó marchar.

Entretanto, habíase sentado el señor Leblanc.

Jondrette tomó posesión de la otra silla enfrente del bienhechor.

Ahora, para formarse una idea de la escena que se prepara, debe imaginarse el lector una noche helada, las soledades de la Salpetrière cubiertas de nieve, y blancas á la luz de la luna como inmensos sudarios, la claridad de lamparilla de los reverberos acá y acullá, alumbrando los trágicos boulevares y las largas filas de negros olmos; ni un transeúnte quizá en un cuarto de legua á la redonda. La casucha de Cuervo en su más alto punto de silencio, de horror y de obscuridad; y en medio de aquella soledad, en medio de aquella sombra, el vasto desván de Jondrette, iluminado por una vela de sebo; y en aquella madriguera dos hombres sentados junto á una mesa. El señor Leblanc, tranquilo; Jondrette, risueño y espantoso; su mujer, la madre loba, en un rincón, y detrás del tabique, Mario, invisible, en pie, no perdiendo una palabra, ni un movimiento; la mirada en acecho, la pistola en la mano.

Mario, por su parte, sentía una horrorosa emoción, pero ningún temor. Apretaba la culata de la pistola, y se sentía tranquilo.

—Detendré la acción á ese miserable cuando quiera,—pensaba.

Comprendía, por otra parte, que la policía andaba por allí, emboscada en alguna parte, esperando la seña convenida y pronta á extender el brazo.

Esperaba, además, que de aquel violento encuentro entre Jondrette y el señor Leblanc, brotaría alguna luz que aclarase todo lo que él tenía interés en conocer.

XIX Preocuparse de los fondos oscuros

Apenas sentado el señor Leblanc, volvió la vista hacia los lechos que estaban vacíos.

—¿Cómo está la pobre niña herida?—preguntó.

—Mal,—respondió Jondrette con una sonrisa desconsolada y agradecida;—muy mal, mi digno señor. Su hermana mayor la ha acompañado al hospital de la Bourbe para que la curen. Pronto la veréis, pues van á volver enseguida.

—La señora Fabantou me parece algo mejorada,—replicó el señor Leblanc, fijando la vista en el extraño arreo de la mujer, que de pie, entre él y la puerta, como si guardase ya la salida, le miraba en actitud amenazadora y casi de combate.

—Está muriéndose, señor,—dijo Jondrette;—pero ¡qué queréis, señor! ¡Tiene tantos bríos! ¡Qué mujer! Esto no es mujer, es un toro.

La mujer, halagada por el cumplimiento, exclamó con un arrumaco de monstruo acariciado:

—¡Ah, Jondrette! ¡Tú siempre has sido bueno para mí!

—¡Jondrette!—exclamó Leblanc.—¡Yo creía que os llamabais Fabantou!

—Fabantou, alias Jondrette,—replicó vivamente el marido.—Es un apodo de artista.

Y dirigiendo á su mujer un encogimiento de hombros que el señor Leblanc no vió, prosiguió en tono enfático y cariñoso:

—¡Ah! Siempre hemos hecho buenas migas mi mujer y yo. ¿Qué nos quedaría, si no nos quedase el cariño? ¡Somos tan desgraciados, mi respetable señor! ¡Hay brazos, pero no trabajo! ¡Hay voluntad, pero falta obra! ¡No sé cómo el Gobierno arregla esto; pero, ¡palabra de honor, caballero! yo no soy jacobino ni realista, yo no le quiero mal; pero, si yo fuera ministro, juro por lo más sagrado que esto habría de marchar de otra manera. Por ejemplo, yo he querido poner á mis hijas á hacer cajas de cartón. Me diréis: «¡Cómo! ¿Un oficio?» ¡Sí, señor! ¡Un simple oficio, un medio de ganar el pan de cada día! ¡Qué caída, mi bienhechor! ¡Qué degradación, cuando uno ha sido lo que yo! ¡Ay! ¡Nada nos queda del tiempo de nuestra prosperidad! Nada más que una cosa, un cuadro que aprecio en mucho, pero del cual me desharía, sin embargo, porque es preciso vivir. Sí, señor, ¡es preciso vivir!

Mientras Jondrette hablaba con una especie de desorden aparente, que en nada debilitaba la expresión reflexiva y sagaz de su fisonomía, Mario alzó los ojos y vió en el fondo del cuarto un bulto, que hasta entonces no había visto. Acababa de entrar un hombre; pero tan calladamente, que no se habían oído sonar los goznes de la puerta. Aquel hombre vestía una almilla de punto morado, vieja, usada, manchada, con jirones en todos los pliegues; un ancho pantalón de pana, babuchas en los pies, sin camisa, el cuello desnudo, los brazos desnudos y pintarrajeados, y la cara tiznada de negro. Se había sentado en silencio y con los brazos cruzados, sobre la cama más próxima; y como estaba detrás de la mujer de Jondrette, sólo se le distinguía confusamente.

Esa especie de instinto magnético que advierte á la mirada, hizo que el señor Leblanc se volviese casi al mismo tiempo que Mario, no pudiendo evitar un movimiento de sorpresa, que no se le escapó á Jondrette.

—¡Ah, ya; comprendo!—exclamó Jondrette abrochándose con cierto aire de complacencia.—¿Miráis vuestro sobretodo? ¡Oh! ¡Me sienta muy bien! ¡Perfectamente!

—¿Quién es ese hombre?—preguntó el señor Leblanc.

—¿Ése?—dijo Jondrette,—es un vecino. No hagáis caso.

El tal vecino tenía un aspecto singular. Sin embargo, en el arrabal de San Marcelo abundaban las fábricas de productos químicos; y muchos de sus obreros podían tener la cara negra. Todo en la persona del señor Leblanc respiraba una confianza cándida é intrépida.

Y repuso:

—Perdonad: ¿qué me estabais diciendo, señor Fabantou?

—Os decía, mi venerable protector,—contestó Jondrette, apoyando los codos sobre la mesa, y fijando en Leblanc tiernas miradas, bastante parecidas á las de la serpiente boa,—os decía que tenía un cuadro de venta.

Oyóse en la puerta un ligero ruido. Acababa de entrar otro hombre, que fué á sentarse también en la cama detrás de la mujer de Jondrette.

Tenía como el primero los brazos desnudos y la cara ennegrecida con tinta ú ollín.

Aun cuando aquel hombre, más bien que entrado, se había deslizado en el cuarto, no pudo impedir que le viese el señor Leblanc.

—No tengáis cuidado,—dijo Jondrette;—son gentes de la casa.—Decía, pues, que me quedaba un cuadro precioso... Ahí está, señor; vedlo.

Levantóse, se dirigió á la pared contra la cual estaba arrimado el bastidor de que hemos hablado, y le volvió, manteniéndole apoyado en la pared misma. Era, en efecto, algo que se parecía á un cuadro, iluminado un poco por la luz de la vela. Mario no podía distinguir nada, porque Jondrette se había colocado entre el cuadro y él; solamente divisaba un embadurnamiento grosero con una especie de personaje principal, iluminado con esa crudeza chillona de los lienzos de ferias y de las pinturas de biombo.

—¿Qué es eso?—preguntó el señor Leblanc.

Jondrette exclamó:

—¡Una obra maestra! ¡Un cuadro de gran mérito, mi bienhechor! Lo estimo tanto como á mis hijos. ¡Despierta en mí recuerdos! Pero ya os lo he dicho, y no me desdigo de ello; soy tan desgraciado que me desharía de él.

Fuese casualidad, fuese que hubiera en él un principio de inquietud, al examinar el cuadro el señor Leblanc, volvió la vista hasta el fondo de la estancia.

Había ya allí cuatro hombres, tres sentados en la cama y uno en pie cerca de la puerta; los cuatro con los brazos desnudos, inmóviles, y el rostro tiznado de negro. Uno de ellos, que estaba sentado en la cama, se apoyaba en la pared y tenía los ojos cerrados; hubiérase dicho que dormía.

Era viejo; sus cabellos blancos sobre su cara negra eran horribles; los otros dos parecían jóvenes; el uno era barbudo, y cabelludo el otro. Ninguno tenía zapatos; los que no llevaban babuchas tenían los pies desnudos.

Jondrette observó que la mirada del señor Leblanc se fijaba en aquellos hombres.

—Son amigos,—dijo,—son de la vecindad. Están tiznados, porque trabajan en carbón, son fumistas. No os ocupéis de ellos, mi bienhechor, compradme mi cuadro. Tened lástima de mi miseria. No os lo venderé caro. Á vuestro entender, ¿cuánto vale?

—Pero,—dijo el señor Leblanc, mirando á Jondrette entre ambos ojos, y como hombre que se pone en guardia:—eso no pasa de ser una muestra de taberna, y valdrá solamente unos tres francos.

Jondrette replicó con amabilidad:

—¿Tenéis ahí vuestra cartera? Me contentaré con mil escudos.

El señor Leblanc se puso en pie, apoyó la espalda en la pared, y paseó rápidamente su mirada por el cuarto.

Tenía á Jondrette á su izquierda, del lado de la ventana, y la mujer y los cuatro hombres á su derecha, por el lado de la puerta. Los cuatro hombres no pestañeaban, y ni aún parecían verle.

Jondrette había comenzado de nuevo su arenga con acento tan plañidero, miradas tan vagas y entonación tan lastimera, que el señor Leblanc podía imaginarse que la miseria había vuelto loco á aquel hombre.

—Si no me compráis mi cuadro, mi querido bienhechor,—decía Jondrette,—no tengo recurso ninguno, ni me queda otro medio que tirarme al río. ¡Cuando pienso que he querido que mis hijas aprendan á hacer cajas de cartón, entrefinas, de aguinaldo! Pues bien: hace falta una mesa con una tableta en el fondo para que no se caigan los tarros al suelo; es preciso una hornilla hecha expresamente para el caso, un cacillo con tres divisiones para los diferentes grados de fuerza que debe tener la cola, según que se emplea para madera, papel ó tela; una cuchilla para cortar el cartón, un molde para dar forma á las piezas, un martillo para clavar los aceros, pinceles, demonios, ¡qué sé yo! ¡Y todo esto para ganar cuatro sueldos al día y trabajar catorce horas! ¡Y cada caja pasa trece veces por la mano de la obrera! ¡Y mojar el papel! ¡Y no manchar nada! ¡Y tener la cola caliente! ¡Los diablos! Digo... ¡Y ocho cuartos por día! ¡Cómo queréis que se viva!

Hablando así, Jondrette no miraba al señor Leblanc que le observaba. La mirada del señor Leblanc estaba fija en Jondrette, y la de Jondrette en la puerta.

La atención anhelante de Mario iba de uno á otro. El señor Leblanc parecía preguntarse: ¿es un idiota? Jondrette repitió dos ó tres veces con toda clase de inflexiones variadas de género llorón y suplicante: ¡No tengo más remedio que tirarme al río! ¡El otro día bajé ya tres escalones para hacerlo, por el lado del puente de Austerlitz!

De pronto su apagada pupila se iluminó con un horrible fulgor; aquel hombrecillo se enderezó y apareció espantoso; dió un paso hacia el señor Leblanc, y le gritó con voz tonante:

—¡No se trata de nada de esto! ¿Me conocéis?

XX La emboscada

La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente, y dejaba ver tres hombres con blusas de tela azul, cubiertas las caras con máscaras de papel negro. El primero era flaco, y llevaba un largo garrote herrado; el segundo, que era una especie de coloso, llevaba cogido por el medio del mango y el mazo hacia abajo un mallete de los destinados á matar bueyes. El tercero, fornido de hombros, menos flaco que el primero y menos macizo que el segundo, empuñaba una enorme llave, robada quizá de la puerta de alguna cárcel.

Parece que Jondrette esperaba la llegada de aquellos hombres.

Empeñóse un diálogo rápido entre él y el hombre del garrote: el flaco.

—¿Está todo pronto?—preguntó Jondrette.

—Sí,—contestó el flaco.

—¿Dónde está Montparnasse?

—El primer galán se ha parado á hablar con tu hija.

—¿Con cuál?

—Con la mayor.

—¿Hay abajo un carruaje?

—Sí.

—¿Está enganchada la carraca?

—Enganchada está.

—¿Con dos buenos caballos?

—Excelentes.

—¿Espera donde he dicho que esperase?

—Sí.

—Bien,—dijo Jondrette.

El señor Leblanc estaba muy pálido. Miraba todo lo de aquella madriguera en torno suyo, como hombre que comprende donde ha caído, y su cabeza alternativamente dirigida hacia todas las cabezas de los que le rodeaban, se movía sobre su cuello con lentitud cautelosa y asombrada, pero sin que hubiese en su ademán nada que se pareciese al miedo. Habíase formado con la mesa un improvisado atrincheramiento; y aquel hombre que momentos antes sólo tenía el aspecto de un buen anciano, se había convertido súbitamente en una especie de atleta, y apoyaba su puño robusto sobre el respaldo de la silla con un gesto temible y sorprendente.

Aquel anciano, tan firme y tan valiente ante semejante peligro, parecía ser de esas naturalezas que son valerosas, de igual manera que son buenas, fácil y sencillamente. El padre de la mujer á quien amamos no es nunca un extraño para nosotros. Mario se sintió orgulloso de aquel desconocido.

Tres de los hombres de quienes Jondrette había dicho ser fumistas, habían cogido de entre el montón de hierro, el uno unas grandes tijeras, el otro la barra de una romana, y el tercero un martillo, y se habían colocado delante de la puerta sin decir una palabra. El viejo se había quedado sobre la cama, y solamente había abierto los ojos. La mujer de Jondrette se había sentado junto á él.

Mario pensó que antes de pocos segundos sería llegado el momento de intervenir, y levantó su mano derecha hacia el techo en dirección del corredor, pronto á soltar el pistoletazo.

Luego que Jondrette terminó su coloquio con el hombre del garrote, volvióse de nuevo hacia el señor Leblanc, y repitió su pregunta, acompañándola con esa risa apagada, contenida y terrible, que le era peculiar—¿Con que no me reconocéis?

El señor Leblanc le miró á la cara, y respondió:

—No.

Entonces Jondrette se llegó hasta la mesa. Inclinóse por encima de la vela, cruzó los brazos, aproximando su mandíbula angulosa y feroz al rostro sereno del señor Leblanc, y avanzando cuanto podía, sin que este se retirase, y en aquella postura de fiera montaraz que va á morder le gritó:

—Yo no me llamo Fabantou, ni me llamo Jondrette; ¡me llamo Thénardier! ¡Soy el posadero de Montfermeil! ¿Lo ois bien? ¡Thénardier!... ¡Vaya! ¿Me conocéis ahora?

Un imperceptible rubor pasó por la frente del señor Leblanc, que contestó sin que la voz le temblase y sin levantarla con su ordinaria placidez:

—Tampoco.

Mario no oyó esta respuesta. Quien le hubiese visto en aquel instante en la obscuridad, le habría hallado atontado, estúpido, como herido de un rayo. En el momento en que Jondrette había dicho llamarse Thénardier, Mario se había extremecido, teniendo que apoyarse en la pared, como si hubiese sentido el frío de una espada que le atravesase el corazón. Luego su brazo derecho, pronto ya á dar la señal, se había bajado lentamente; y en el momento en que Jondrette había repetido: «¿Lo ois bien? ¡Thénardier!» los desfallecidos dedos de Mario habían estado á punto de dejar caer la pistola. Jondrette, al descubrir quien era, no había conmovido al señor Leblanc, pero había trastornado á Mario. Aquel nombre de Thénardier, que el señor Leblanc parecía no conocer, Mario le conocía. Recuérdese lo que este nombre era para él.

Ese nombre le llevaba sobre su corazón, escrito en el testamento de su padre; le llevaba en el fondo de su pensamiento, en el fondo de su memoria, en esta sagrada recomendación. «Un tal Thénardier me ha salvado la vida. Si mi hijo le encuentra hará por él todo lo que pueda». Recuérdese que este nombre era uno de los cultos de su alma; iba mezclado con el nombre de su padre. ¿Cómo? ¡Era aquel el Thénardier, el posadero de Montfermeil, á quien había buscado en vano durante largo tiempo! ¡Le hallaba al fin! ¡Pero cómo! El salvador de su padre era un bandido; aquel hombre por el que Mario hubiera querido sacrificarse, era un monstruo. Aquel libertador del coronel Pontmercy estaba á punto de cometer un atentado, cuya forma no veía aún Mario distintamente, pero que se parecía á un asesinato. ¡Y el asesinato de quién! ¡Gran Dios! ¡Qué fatalidad! ¡Qué amargo sarcasmo de la suerte! Su padre le mandaba desde el fondo de su ataúd que hiciera todo el bien posible á Thénardier; hacía cuatro años que Mario no tenía otra idea que pagar esta deuda de su padre, y en el instante en que iba á hacer que la Justicia cogiera á un criminal en el acto de cometer un crimen, el destino le gritaba: ¡Es Thénardier! Iba, en fin, á pagar la vida de su padre salvada entre una granizada de metralla en el campo heroico de Waterloo, ¡y pagarla con el cadalso! Habíase prometido, si llegaba á encontrar á Thénardier, no acercarse á él sino echándose á sus pies, y le hallaba en efecto; pero para entregarlo al verdugo.

Su padre le había dicho:—¡Socorre á Thénardier!—Y él contestaba á esta voz adorada y santa aniquilándole. ¡Dar por espectáculo á su padre en su tumba al hombre que le había librado de la muerte con peligro de su vida, ejecutado en la plaza de Santiago por culpa de su hijo, de aquel Mario á cuya protección le había encomendado! ¡Qué irrisión! ¡Haber llevado tan largo tiempo en su pecho la última voluntad de su padre, escrita de su mano, para hacer horriblemente todo lo contrario! Pero, por otra parte, ¡asistir á aquella emboscada premeditada y no impedirla! ¡Cómo! ¿Condenar á la víctima y salvar al asesino? ¿Por ventura debía Mario conservar la menor gratitud á semejante miserable?

Todas las ideas que Mario tenía hacía cuatro años se hallaban como trastornadas por aquel golpe inesperado. Temblaba. Todo dependía de él; tenía en su mano, sin que ellos lo supiesen, la suerte de aquellos seres que se agitaban allí bajo sus ojos.

Si disparaba el cachorrillo, el señor Leblanc se había salvado, y Thénardier estaba perdido. Si no tiraba, Leblanc era sacrificado, y ¿quién sabe? Thénardier se salvaba. Precipitar al uno, ó dejar caer al otro; remordimiento por ambos lados.

¿Qué hacer? ¿Qué escoger?

¡Faltar á los más imperiosos recuerdos, á tantos y tantos compromisos como consigo mismo había contraído, al más santo deber, al texto más venerado! ¡Faltar al testamento de su padre ó dejar que se consumase un crimen! Parecíale por un lado oir á su «Úrsula» suplicarle en nombre de su padre, y por otro al coronel que le recomendaba á Thénardier. Estaba loco; doblábansele las rodillas; no tenía tiempo para deliberar, porque la escena que tenía ante los ojos se precipitaba furiosa hacia el desenlace. Era como un torbellino, del cual se había creído dueño y le arrastraba consigo. Estuvo á punto de desmayarse.

Entre tanto Thénardier, á quien ya no nombraremos de otro modo, se paseaba á lo largo y ancho por delante de la mesa en medio de una especie de extravío y de triunfo frenético.

Cogió el candelero y le colocó sobre la chimenea, dando con él un golpe tan violento, que le faltó poco para apagarse la vela, y salpicando de sebo la pared.

Luego se volvió hacia el señor Leblanc, y en ademán espantoso vomitó, mejor que pronunció, estas palabras:

—¡Chamuscado! ¡Ahumado! ¡Guisado! ¡Mechado!

Y volvió á pasear nuevamente en el más alto grado de paroxismo.

—¡Ah!—gritaba.—¡Al fin os encuentro, señor filántropo, señor millonario raído! ¡Señor regalador de muñecas! ¡Viejo bragazas! ¡Ah! ¡No me conocéis! ¡No sois vos quien fué á Montfermeil, á mi posada, hace ocho años, la noche de Navidad de 1823! ¡No sois vos quien se llevó de mi casa la hija de Fantina! ¡La Alondra! ¡No sois vos quien llevaba un carric amarillo, no! ¡Y un paquete de trapos en la mano, como el de esta mañana!

¡No es verdad, mujer! ¡Parece que es su manía, llevar á las casas paquetes de medias de lana! ¡Viejo caritativo! ¡Ya, ya! ¿Sois gorrero, señor millonario? ¡Regaláis á los pobres los géneros de vuestra tienda, santo varón! ¡Qué farsante! ¿Con que no me conocéis? Pues bien; yo sí os conozco, os reconocí enseguida, en cuanto metisteis aquí el hocico. Al fin va á verse que no es todo rosas el ir así á casa de las gentes, con pretexto de que son posadas, vistiendo miserablemente, con el aire de un pobre á quien se le puede dar una limosna, para engañar á las personas, hacerse el generoso, quitarles su modo de ganarse la vida, y amenazar en el bosque; y que no es una indemnización, cuando esas personas están arruinadas, el ir á llevarles un gabán desproporcionado y dos malas mantas de hospital, ¡viejo miserable, ladrón de criaturas!

Detúvose un momento pareciendo hablar consigo mismo. Hubiérase dicho que su furor caía como el Ródano en algún agujero. Luego, como si acabase en alta voz cosas que había comenzado á decirse interiormente, dió un puñetazo en la mesa, y exclamó:

—¡Con su aire bonachón!

Y apostrofando al señor Leblanc, continuó:

—¡Pardiez! ¡Bien os burlasteis de mí entonces! ¡Sois causa de todas mis desgracias! ¡Por mil quinientos francos adquirió una muchacha que yo tenía, y que seguramente procedía de gente rica, la cual me había producido ya bastante dinero, y en que tenía yo que sacar para ir pasando toda mi vida! ¡Una chica que me hubiera indemnizado de todo lo que perdí en aquel abominable bodegón, donde se corrían grandes francachelas, y donde me comí como un imbécil toda mi santa fortunilla! ¡Oh! ¡Quisiera que todo el vino bebido en mi casa se volviese veneno para los que lo bebieron! ¡En fin, no importa! Decidme: ¡Os debí parecer muy grotesco cuando os llevasteis mi Alondra! ¡En el bosque teníais vuestro palo! Érais el más fuerte; ahora lo soy yo. Hoy tengo yo los triunfos. ¡Estáis cogido, amiguito! ¡Oh! Pero es cosa de risa; ¡y es para reir de veras! ¡Cómo habéis caído en el garlito!

Le dije que era actor, que me llamaba Fabantou, que había trabajado con la célebre señorita Mars y con la Muche; que mi casero quería ser pagado mañana 4 de febrero, sin ver que es el 8 de enero y no el 4 de febrero cuando vence el plazo. ¡Estúpido babieca! ¡Y me trae cuatro malos luises! ¡Canalla! ¡Ni aún ha tenido valor para llegar á los cien francos! ¡Y cómo creía en todas mis simplezas! ¡Era divertido! Yo me decía: ¡Anda, majadero! ¡Ya te cogí! ¡Esta mañana te lamía las manos, pero te arrancaré el corazón esta noche!

Thénardier se calló. Estaba sin aliento. Su estrecho y reducido pecho resollaba como el fuelle de una fragua. Su mirada estaba llena de esa ignoble satisfacción de una criatura débil, cruel y cobarde, que consigue al fin derribar al que ha temido, é insultar al que ha halagado; alegría de un enano que pusiera su talón sobre la cabeza de Goliat; alegría de un chacal que comienza á destrozar un toro enfermo, suficientemente acabado para no defenderse ya, y bastante vivo todavía para poder sufrir.

El señor Leblanc no le interrumpió; pero le dijo cuando hubo acabado:

—No sé lo que queréis decir. Os equivocáis. Soy un hombre pobre, y estoy muy lejos de ser millonario. No os conozco; me tomáis sin duda por otro.

—¡Ah!—rugió Thénardier.—¡Me gusta el zarandeo! Os empeñáis en seguir la broma. ¡Ah! ¡Os escurrís, buen viejo! ¿Con que no os acordáis? ¿Con que no sabéis quién soy?

—Perdonad,—respondió el señor Leblanc con un acento de política, que era en semejante momento algo extraño y poderoso;—estoy viendo que sois un bandido.

¡Quién no ha observado que los seres odiosos tienen su susceptibilidad y que los monstruos son quisquillosos! Á la palabra bandido, la mujer de Thérnadier se levantó de la cama, y el marido cogió una silla como si fuera á romperla entre sus manos.—¡No te muevas!—gritó á su mujer. Y volviéndose al señor Leblanc, añadió:

—¡Bandido! Sí, ya sé que nos llaman así los señores ricos. ¡Calle! ¡Es verdad, he quebrado, me oculto, no tengo pan, no tengo un céntimo, soy un bandido! ¡Tres días hace que no como, soy un bandido! ¡Ah! Vosotros os calentáis los pies; vosotros tenéis zapatillas de Sakoski; usáis gabanes entretelados como unos arzobispos; vivís en piso principal, en casa con portero; coméis trufas, y espárragos á cuarenta francos el manojo en el mes de enero, y guisantes, y os atracáis; y cuando queréis saber si hace frío, miráis en el periódico los grados que marca el termómetro del ingeniero Chevalier. Nosotros, nosotros sí que somos los termómetros. No necesitamos ir á la esquina de la Torre del Reloj para ver á cuántos grados está el frío, sino que sentimos coagularse la sangre en nuestras venas, y llegarnos el hielo al corazón, y decimos: «¡No hay Dios!». ¡Y vosotros venís á nuestras cavernas á llamarnos bandidos! ¡Pero ya os comeremos! ¡Os devoraremos, entes miserables! ¡Ah! Señor millonario, sabed que yo he sido un hombre con establecimiento propio; que he pagado contribución, que he sido elector. ¡Soy ciudadano; y vos, vos acaso no lo seáis!

Aquí Thénardier dió un paso hacia los hombres que estaban junto á la puerta, y añadió con cierto extremecimiento:

—¡Cuando pienso que se atreve á venir á hablarme como á un remendón!

Luego, dirigiéndose al señor Leblanc con recrudescencia de frenesí, añadió:

—¡Y sabed también, señor filántropo, que yo no soy un hombre obscuro, no! Yo no soy un hombre cuyo nombre se ignora, que va á robar criaturas á las casas. ¡Yo soy un antiguo soldado francés, que debería estar condecorado! ¡Yo estuve en Waterloo, y salvé en la batalla á un general llamado el conde de no sé qué. Me dijo su nombre, pero su maldita voz era tan débil que no le entendí. Oí sólo Mercy. Más hubiera querido tener su nombre que su agradecimiento. Así habría podido encontrarle luego. Este cuadro que estáis viendo, y que pintó David en Bruqueselles, ¿sabéis qué es lo que representa? Pues me representa á mí. David quiso inmortalizar este hecho de armas. Yo llevo al general sobre mis hombros y atravieso por en medio de la metralla. ¡Tal es la historia! ¡Nunca hizo por mí nada el tal general; no valía mucho más que los otros! ¡Y con todo yo le salvé la vida á riesgo de la mía; y llevo llenos los bolsillos de certificados! ¡Soy soldado de Waterloo, mil rayos de los demonios! Y ahora que he tenido la bondad de deciros esto, concluyamos: ¡me hace falta dinero, mucho dinero, una suma enorme, con mil truenos y centellas!

Mario había cobrado algún imperio sobre sus angustias y escuchaba. La última posibilidad de duda acababa de desvanecerse. Aquél era efectivamente el Thénardier del testamento. Mario se extremeció al oir la reconvención de ingratitud dirigida á su padre, y que él estaba á punto de justificar tan fatalmente. Redoblóse su perplejidad.

Por lo demás, había en todas las expresiones de Thénardier, en el acento, en el gesto, en la mirada que hacía brotar llamas de cada palabra, había en aquella explosión de una naturaleza perversa al descubierto, en aquella mezcla de fanfarronada y de abyección, de orgullo y de pequeñez, de rabia y de tontería; en aquel caos de agravios positivos y de sentimientos falsos; en aquel impudor de un malvado saboreando la voluptuosidad de la violencia; en aquella desvergonzada desnudez de una alma repugnante; en aquella conflagración de todos los sufrimientos combinados con todos los odios, había algo que era horrible como el mal, y doloroso como la verdad.

El cuadro de David, la obra maestra de pintura cuya adquisición había propuesto al señor Leblanc, no era como el lector habrá adivinado, sino la muestra de su figón, pintada, ya se recordará, por él mismo, único resto que había salvado de su naufragio de Montfermeil.

Como Thénardier había cesado de interceptar el rayo visual de Mario, éste podía ya mirar aquella cosa, y en aquellos brochazos distinguió realmente una batalla, un fondo de humo, y un hombre que llevaba á cuestas otro. Era el grupo de Thénardier y de Pontmercy, el sargento salvador y el coronel salvado. Mario estaba como ebrio; aquel cuadro le hacía, en cierto modo, el efecto de su padre vivo; no era ya la muestra del figón de Montfermeil, era una resurrección, era una tumba que se entreabría, un fantasma que se levantaba. Mario sentía latir su corazón en sus sienes, tenía el cañón de Waterloo en los oídos; su padre ensangrentado, vagamente pintado en aquel lienzo siniestro, le aterraba; parecíale que aquella figura informe le miraba de hito en hito.

Cuando Thénardier cobró otra vez aliento, fijó sobre el señor Leblanc sus sangrientas pupilas, y le dijo con voz baja y breve:

—¿Qué tienes que decir antes que te ensarten?

El señor Leblanc no contestó.

En medio de aquel silencio, una voz ronca lanzó desde el corredor este lúgubre sarcasmo:

—Si hace falta partir leña, aquí estoy yo.

Era el hombre del mazo, que se chuleaba.

Al mismo tiempo apareció en la puerta una enorme cara, erizada y terrosa, sonriendo espantosamente, y enseñando, no dientes, sino garfios.

Era la cara del hombre del mazo.

—¿Por qué te has quitado la careta?—le gritó Thénardier enfurecido.

—Para reir,—replicó el hombre.

Hacía algunos instantes que el señor Leblanc parecía seguir y espiar todos los movimientos de Thénardier, el cual, cegado y deslumbrado por su propia rabia, iba y venía por el cuarto con la confianza de tener la puerta guardada, de estar armado contra un hombre indefenso, y de ser nueve contra uno, aún suponiendo que la mujer no se contase más que por un hombre.

En su apóstrofe al del mazo, volvía la espalda al señor Leblanc. Éste aprovechó el momento, rechazó la silla con el pie, la mesa con la mano; y dando un salto, con prodigiosa agilidad, antes que Thénardier hubiera tenido tiempo de volverse, estaba en la ventana. Abrirla, escalarla y montarse el antepecho, fué obra de un segundo. Ya tenía fuera la mitad del cuerpo, cuando seis robustos puños le cogieron y le volvieron á meter enérgicamente adentro. Eran los tres «fumistas» que se habían lanzado sobre él. Al mismo tiempo la Thénardier le había asido por los cabellos.

Al pataleo que se armó acudieron los otros bandidos del corredor. El viejo que estaba en la cama y parecía borracho, se levantó también, y llegó vacilante con un martillo de picapedrero en la mano.

Uno de los «fumistas», cuyo rostro tiznado iluminaba la vela, y en quien Mario, á pesar de su tizne, había reconocido á Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, levantaba sobre la cabeza del señor Leblanc una especie de maza formada por dos bolas de plomo en los dos extremos de una varilla de hierro.

Mario no pudo resistir á este espectáculo, y ¡Padre mío, pensó: perdonadme!

Y su dedo asió el gatillo de la pistola.

Iba ya á salir el tiro, cuando la voz de Thénardier gritó:

—¡No le hagáis daño!

Aquella tentativa desesperada de la víctima en vez de exasperar á Thénardier, le había calmado.

Existían en él dos hombres: el hombre feroz y el hombre diestro. Hasta aquel instante, en el desbordamiento del triunfo, ante la presa abatida é inmóvil, el hombre feroz había dominado. Cuando la víctima intentó luchar y se movió, el hombre diestro volvió á reaparecer tomando su ascendiente natural.

—¡No le hagáis daño!—repitió;—y sin sospecharlo siquiera, en primer lugar detuvo la pistola de Mario, pronta á disparar, y luego paralizó la acción del joven, para el cual desapareció la urgencia, no viendo inconveniente ante esta nueva fase en esperar aún.

¿Quién sabe si no había de surgir algún incidente que le libertase de la horrible alternativa de dejar perecer al padre de Úrsula, ó de perder al salvador del coronel?

Habíase empeñado una lucha hercúlea. De un puñetazo en la espalda, el señor Leblanc había echado á rodar al viejo en medio del cuarto; de un revés de cada mano había tirado á dos de los que le atacaban, y tenía sujetos á otros dos bajo las rodillas; los miserables se ahogaban bajo aquella presión, como bajo una mole de granito, pero los otros cuatro habían cogido al temible anciano por los dos brazos y la nuca, y le tenían doblegado sobre los dos «fumistas», que yacían en el suelo.

Así, dueño de unos y dominado por los otros; aplastando á los de abajo y ahogado por los de arriba, oponiéndose en vano á todos los esfuerzos de los que se agrupaban sobre él, desaparecía el señor Leblanc bajo el grupo horrible de bandidos, como un jabalí bajo la aulladora traílla de mastines y sabuesos.

Consiguieron echarle sobre la cama más próxima á la ventana, y detener allí sus esfuerzos. La Thénardier no le había soltado de los cabellos.

—Tú,—díjole el marido,—no te mezcles en eso. Te vas á desgarrar el pañuelo.

Ella obedeció como la loba obedece al lobo con un gruñido.

—Vosotros,—añadió Thénardier,—registradle.

El señor Leblanc parecía haber renunciado á toda resistencia.

Le registraron. No tenía más que una bolsa de cuero que contenía seis francos, y su pañuelo.

Thénardier se guardó el pañuelo en el bolsillo.

—¡Cómo! ¿No lleva cartera?—preguntó.

—Ni reloj,—respondió uno de los «fumistas».

—Es igual,—murmuró con voz de ventrílocuo el hombre enmascarado que llevaba la gran llave;—es un viejo duro.

Thénardier fué al rincón de la puerta; allí cogió un manojo de cuerdas, y se las arrojó, diciéndoles:

—Atadle al banquillo.

Y viendo al viejo que había permanecido tendido en medio del cuarto del puñetazo que le había asestado el señor Leblanc, y notando que no se movía, preguntó:

—¿Está muerto acaso Boulatruelle?

—No,—respondió el Colmenero,—está borracho.

—Barredle á un rincón,—dijo Thénardier.

Dos de los «fumistas» empujaron al borracho con el pie hasta el montón de hierro viejo.

—Babet, ¿por qué has traído tanta gente?—dijo Thénardier por lo bajo al hombre del garrote.—Era inútil.

—¡Qué quieres!—replicó el del garrote.—Todos han querido ser de la partida; el tiempo es malo, y apenas se hacen negocios.

El lecho sobre el que el señor Leblanc había sido derribado, era una especie de cama de hospital, sostenida por un par de banquillos de madera y toscamente labrados.

El señor Leblanc les dejó hacer.

Los bandidos le ataron sólidamente, derecho, y con los pies sujetos al banquillo más separado de la ventana y más próximo á la chimenea.

Cuando quedó apretado el último nudo, Thénardier cogió una silla y fué á sentarse casi enfrente de Leblanc.

Thénardier se había trasformado; en breves instantes su fisonomía había pasado de la violencia desenfrenada á la dulzura tranquila y astuta.

Mario apenas podía conocer en aquella sonrisa política de oficinista la boca casi bestial que momentos antes espumeaba. Contemplaba estupefacto aquella metamorfosis fantástica y alarmante, y sentía lo que sentiría un hombre cualquiera que viese á un tigre cambiarse en procurador.

—Caballero...—dijo Thénardier.

Y apartando con el gesto á los ladrones, que aún tenían puestas las manos sobre el señor Leblanc, añadió:

—Apartaos un poco, y dejadme hablar con este caballero.

Todos se retiraron hacia la puerta.

Thénardier prosiguió.

—Caballero, habéis hecho mal en querer saltar por la ventana, porque hubierais podido romperos una pierna. Ahora, con vuestro permiso, vamos á hablar tranquilamente. Ante todo debo comunicaros una observación que he hecho, y es que todavía no habéis lanzado el menor grito.

Thénardier tenía razón; este detalle era positivo, aún cuando en su turbación Mario no lo había notado.

El señor Leblanc apenas había pronunciado algunas palabras sin alzar la voz, y hasta en su lucha junto á la ventana con los seis bandidos, había guardado el más profundo y singular silencio.

Thénardier prosiguió:

—¡Vive Dios! que aún cuando hubierais gritado: ¡ladrones! no me habría parecido inconveniente. Se grita á veces: ¡al asesino! y esto no lo habría yo tomado á mal. Es muy natural que se meta un poco de ruido cuando uno se encuentra con personas que no le inspiran suficiente confianza. Aunque lo hubierais hecho, no por eso os habríamos incomodado; ni aún siquiera os habríamos puesto una mordaza. Y voy á deciros porqué. Este cuarto es muy sordo. No tiene más que esta cualidad, pero la tiene. Es una cueva. Aunque reventase aquí una bomba, el ruido que se sentiría en el cuerpo de guardia más próximo no pasaría de ser lo que el ronquido de un borracho. Aquí el cañón haría ¡bun! y el trueno ¡puf! Es un alojamiento cómodo. Pero, en fin, no habéis gritado, tanto mejor; os felicito en verdad, y voy á deciros lo que pienso de ello. Cuando se grita, mi buen señor, ¿quién acude? La policía. ¿Y después de la policía? La justicia. Pues bien; vos no habéis gritado; luego no os interesa más que á nosotros el que acudan la justicia y la policía. Ya hace tiempo que me lo sospechaba. Vos tenéis algún interés en ocultar alguna cosa. Por nuestra parte, tenemos el mismo interés: Así pues podemos entendernos.

Hablando así, parecía que Thénardier, fija su pupila en el señor Leblanc, trataba de hundir sus puntas agudas que salían de sus ojos hasta la conciencia de su prisionero. Por lo demás, su lenguaje, sazonado con cierta insolencia suave y socarrona, era reservado y casi escogido; y en aquel miserable, que poco antes era un bandido, se revelaba entonces «el hombre que ha estudiado para clérigo».

El silencio guardado por el prisionero, aquella precaución que llegaba hasta el olvido de cuidar de su vida, aquella resistencia opuesta al primer movimiento de la naturaleza, que es gritar; todo unido, es preciso decirlo, desde que había sido observado y realizado, importunaba á Mario y le asombraba dolorosamente.

La fundada observación de Thénardier obscurecía aún más para Mario las misteriosas sombras bajo las cuales se ocultaba aquella figura grave y extraña, á la que Courfeyrac había puesto el apodo del señor Leblanc.

Pero, fuese quien fuere, atado, rodeado de verdugos, medio sumido, por así decirlo, en una zanja que se abría debajo de él más y más á cada instante, ya ante el furor, ya ante la dulzura de Thénardier, aquel hombre permanecía impasible, y Mario no podía menos de admirar en semejante momento aquel rostro soberbiamente melancólico.

Era evidentemente una alma inaccesible al miedo, é ignorante de lo que fuese la desesperación. Era uno de esos hombres que dominan las situaciones apuradas. Por extrema que fuese la crisis, por inevitable que fuese la catástrofe, no había allí nada de la agonía del ahogado que abre debajo del agua ojos horribles.

Thénardier se levantó sin afectación, fué á la chimenea, separó el biombo, que arrimó contra la cama inmediata, dejando al descubierto la hornilla llena de ardientes ascuas, en la que el prisionero podía ver perfectamente el escoplo, enrojecido hasta el blanco y moteado de brillantes estrellitas bermejas.

Luego Thénardier volvió á sentarse inmediato al señor Leblanc.

—Continúo,—dijo,—Podemos entendernos; arreglemos esto amigablemente. Hice mal en incomodarme hace poco; no sé dónde tenía la cabeza; he ido demasiado lejos, y he dicho mil barbaridades. Por ejemplo, porque sois millonario, os he dicho que exigía dinero, mucho dinero, enorme cantidad de dinero. Esto no sería razonable; tenéis la suerte de ser rico, pero tendréis también vuestras obligaciones; ¡quién no tiene las suyas! No quiero arruinaros; al fin y al cabo, yo no soy un desollador. No soy de ésos que porque tienen la ventaja de la posición se aprovechan de ella para ridiculizarse. Oíd, pues; yo cedo algo, y hago un sacrificio por mi parte. Necesito solamente doscientos mil francos.

El señor Leblanc no dijo una palabra.

Thénardier prosiguió:

—Ya veis que dejo de aguar bastante mi vino. No conozco el estado de vuestra hacienda; pero sé que no tenéis mucho apego al dinero; y un hombre benéfico como vos, bien puede dar doscientos mil francos á un padre de familia que no es feliz.

Vos sois ciertamente razonable, y ya calcularéis que no me habré tomado el trabajo de hoy, y organizado la cosa de esta noche, que es un trabajo muy acabado, según confesión de estos señores, para ir á pediros solamente con que echar un trago de lo tinto de á doce y comer ternera en casa de Desnoyers. Doscientos mil francos es lo que esto vale.

«Una vez desembolsada por vos esta bagatela, yo os respondo que todo queda concluido, y no tenéis ya que temer nada absolutamente. Me diréis: «¡Pero yo no tengo aquí doscientos mil francos!». ¡Oh! No soy exagerado; no exijo eso. Sólo os pido una cosa. Tened la bondad de escribir lo que voy á dictaros».

Aquí Thénardier suspendió su arenga, y luego añadió, acentuando mucho sus palabras, y dirigiendo una sonrisa hacia el lado del hornillo:

—Os advierto que no admitiré la escusa de no saber escribir.

Un inquisidor general hubiera podido envidiar aquella sonrisa.

Thénardier empujó la mesa inmediata al señor Leblanc, y sacó tintero, pluma y papel del cajón, que dejó entreabierto, y en el cual brillaba la ancha hoja del cuchillo.

Puso el pliego de papel delante del señor Leblanc.

—Escribid,—dijo.

El prisionero habló por fin:

—¿Cómo queréis que escriba si estoy atado?

—Es cierto; ¡perdonad!—prorrumpió Thénardier.—Tenéis muchísima razón.

Y volviéndose hacia el Colmenero, le dijo:

—Desatadle el brazo derecho al señor.

Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, ejecutó la orden de Thénardier.

Cuando estuvo libre la mano derecha del prisionero, Thénardier mojó la pluma en el tintero, y se la presentó.

—Tened muy presente,—dijo,—que estáis en nuestro poder, á nuestra discreción; que ningún poder humano puede sacaros de aquí, y que nos afligiría verdaderamente el vernos obligados á recurrir á extremos desagradables. No sé ni vuestro nombre, ni las señas de vuestra casa; pero os prevengo que seguiréis atado aquí hasta que vuelva la persona encargada de llevar la carta que vais á escribir. Ahora tened la bondad de poner.

—¿Qué?—preguntó el prisionero.

—Lo siguiente:

El señor Leblanc cogió la pluma.

Thénardier comenzó á dictar:

—«Hija mía...».

El prisionero se estremeció, y levantó los ojos hasta Thénardier.

—Escribid: «Mi querida hija»,—dijo Thénardier.

El señor Leblanc obedeció.

Thénardier continuó:

—«Ven al momento...».

Aquí se detuvo á preguntar:

—La tuteáis, ¿verdad?

—¿Á quién?—preguntó Leblanc.

—¡Pardiez!—exclamó Thénardier,—á la chica, á la Alondra.

El señor Leblanc respondió sin la menor emoción aparente:

—No sé lo que queréis decir.

—De todos modos, continuad,—dijo Thénardier; y se puso á dictar nuevamente:

—«Ven enseguida. Necesito absolutamente de ti. La persona que te entregará esta carta lleva el encargo de acompañarte donde yo estoy. Te aguardo. Ven confiada».

El señor Leblanc lo había escrito todo.

Thénardier añadió:

—¡Ah! Borrad el ven confiada; esto podría hacer suponer que la cosa no es natural, y que la desconfianza es posible.

El señor Leblanc borró las dos palabras.

—Ahora,—prosiguió Thénardier,—firmad. ¿Cómo os llamáis?

El prisionero dejó la pluma, y preguntó:

—¿Para quién es esta carta?

—¡Bah! Ya lo sabéis,—respondió Thénardier;—para la chica, acabo de decíroslo.

Era evidente que Thénardier evitaba nombrar á la joven de que se trataba.

Decía «la Alondra», «la chica», pero no pronunciaba el nombre. Precaución de hombre hábil, guardando su secreto entre sus cómplices. Decir el nombre, hubiera sido entregarles todo el negocio, y enseñarles más de lo que tenían necesidad de saber.

Continuó:

—Firmad. ¿Cuál es vuestro nombre?

—Urbano Fabre,—dijo el prisionero.

Thénardier, con el movimiento propio de un gato, se metió la mano en el bolsillo y sacó el pañuelo cogido al señor Leblanc. Buscó la marca y se aproximó á la luz.

—U. F. Eso es. Urbano Fabre. Pues bien; firmad U. F.

El prisionero firmó.

—Como se necesitan las dos manos para cerrar la carta,—dádmela,—la cerraré yo.

Hecho esto, Thénardier añadió:

—Poned el sobre, Señorita Fabre, en vuestra casa. Sé que no vivís muy lejos de aquí, por los alrededores de Santiago de Haut-Pas, pues que allí vais á misa todos los días; pero no sé la calle. Veo que comprendéis vuestra situación. Como no habéis mentido al decir vuestro nombre, tampoco mentiréis para vuestra dirección. Ponedla vos mismo.

El prisionero permaneció un momento pensativo; luego cogió la pluma y escribió:

—Señorita Fabre, casa Urbano Fabre, calle Saint Dominique d'Enfer, número 17.

Thénardier tomó la carta con una especie de convulsión febril.

—¡Mujer!—gritó.

Acercóse la Thénardier.

—Aquí tienes esta carta. Ya sabes lo que hay que hacer. Abajo encontrarás un coche. Marcha inmediatamente, y vuelve ídem.

Y dirigiéndose al hombre del mazo, le dijo:

—Tú que te has quitado el tapa-bocas, acompaña á la ciudadana. Subirás en la trasera del coche. ¿Sabes dónde has dejado la carraca?

—Sí,—contestó el hombre.

Y dejando su mazo en un rincón, siguió á la mujer de Thénardier.

Cuando ya se iban, Thénardier sacó la cabeza por la puerta entreabierta, y gritó en el corredor:

—¡Cuidado con perder la carta! Mira que van en ella doscientos mil francos.

La voz ronca de la mujer respondió:

—Descuida. La he guardado en el pecho.

No había transcurrido un minuto, cuando se oyó el chasquear de un látigo, que fué disminuyendo y se apagó rápidamente.

—¡Bien!—murmuró Thénardier.—Van á buen paso. Como sigan corriendo de este modo, la ciudadana estará aquí de vuelta, dentro de tres cuartos de hora.

Acercó una silla á la chimenea, y se sentó cruzando los brazos, acercando sus botas enlodadas al hornillo.

—Tengo frío en los pies,—dijo.

Ya no quedaban en el desván con Thénardier y el prisionero, más que cinco bandidos.

Aquellos hombres, á través de las caretas ó de la untura negra que les cubría el rostro, parecían, según el miedo de quién los mirase, carboneros, negros ó demonios; tenían el aire embotado y triste, por el que se conocía que ejecutaban un crimen como un trabajo cualquiera, tranquilamente, sin cólera y sin lástima, con cierta especie de aburrimiento. Hallábanse en un rincón amontonados como bestias. Thénardier se calentaba los pies y se callaba.

El prisionero había vuelto á caer en su taciturnidad. Una sombría calma había sucedido al feroz estrépito que llenaba el desván momentos antes.

La vela, que había producido un largo pábilo, iluminaba apenas el inmenso tugurio; el fuego había palidecido, y todas aquellas cabezas monstruosas proyectaban sombras deformes en las paredes y en el techo.

No se oía otro ruido que la tranquila respiración del viejo borracho que dormía.

Mario esperaba con ansiedad siempre creciente. El enigma era más impenetrable que nunca. ¿Quién era aquella «chica» á quien Thénardier había llamado la Alondra? ¿Era su «Úrsula?». El prisionero no había parecido conmovido al oir esta palabra, la Alondra, y había contestado lo más naturalmente del mundo: «No sé lo que queréis decir». Por otra parte, las dos letras U. F. estaban explicadas: era Urbano Fabre, y Úrsula no se llamaba ya Úrsula. Esto era lo que Mario veía más claro.

Una especie de fascinación horrible le retenía clavado en su sitio, desde donde observaba y dominaba toda la escena. Estaba allí, casi imposibilitado de reflexionar y de moverse, como aniquilado por ver de cerca cosas tan altamente abominables.

Aguardaba un incidente cualquiera; no importaba cuál, no pudiendo reunir sus ideas, y no sabiendo qué partido tomar.

—De cualquier modo,—decía, si la Alondra es ella, la veré, porque la mujer de Thénardier va á traerla aquí. Entonces todo acabará; daré mi vida y mi sangre, si es menester, pero la libertaré. Nada me detendrá.

Después de pasar así una media hora, Thénardier parecía absorto en una tenebrosa meditación; el prisionero no se movía.

Sin embargo, Mario creía oir por intervalos, y desde hacía algunos instantes, un ligero ruido sordo hacia el lado del prisionero.

De pronto Thénardier apostrofó á este último:

—Señor Fabre, atended lo que voy á deciros desde luego.

Estas pocas palabras parecían ser el principio de una declaración. Mario prestó oído.

Thénardier continuó:

—Mi mujer va á volver; no os impacientéis. Creo que la Alondra es verdaderamente vuestra hija, y encuentro muy natural que la guardéis vos. Pero oíd: con vuestra carta ha ido mi mujer á buscarla. La había dicho yo que se vistiese, como habéis visto, para que vuestra hija consienta en seguirla sin dificultad. Las dos subirán al carruaje, y mi camarada en la trasera. Hay en cierta parte, fuera de puertas, una «carraca» enganchada en dos buenos caballos. Llevará allí á vuestra hija; se apeará del coche, mi camarada subirá con ella en la «carraca», y mi mujer volverá aquí á decirnos: «Ya está hecho». En cuanto á vuestra hija, no se le hará ningún daño; la «carraca» la llevará á un sitio donde estará tranquila; y en cuanto me hayáis dado esos miserables doscientos mil francos, os será devuelta. Si hacéis que me prendan, mi camarada dará el martillazo á la Alondra, y listos.

El prisionero no articuló una palabra. Después de una pausa, Thénardier prosiguió:

—Esto como veis, es sencillísimo. No habrá nada malo, si vos no queréis que lo haya. Os cuento simplemente la cosa; es decir, os la anticipo para que la sepáis.

Se detuvo; el prisionero no rompió el silencio, y Thénardier continuó:

—Cuando mi esposa haya vuelto y me haya dicho «la Alondra está en camino», os soltaremos, y seréis dueño de ir á dormir si gustáis á vuestra casa. Ya veis que no tenemos malas intenciones.

Espantosas imágenes cruzáronse por la mente de Mario. ¡Cómo! Aquella joven á quien robaban, ¿no iba á ser llevada allí? ¿Uno de aquellos monstruos iba á arrebatarla en la sombra? ¿Dónde?... ¿Y si era ella? ¡Y claro está que lo era! Mario sentía apagarse los latidos de su corazón.

¿Qué hacer? ¿Disparar el tiro? ¿Poner en manos de la justicia á todos aquellos miserables?

Pero no por eso el hombre horrible del mazo dejaría de estar fuera de todo alcance con la joven, y Mario pensaba en estas palabras de Thénardier, cuya sangrienta significación entreveía: Si hacéis que me prendan, mi camarada dará el martillazo á la Alondra.

Ahora ya no le detenía solamente el testamento del coronel, sino también su mismo amor, el peligro de la que amaba.

Esta espantosa situación, que duraba ya más de una hora, cambiaba de aspecto á cada instante.

Mario tuvo la fuerza de pasar revista sucesivamente á las más dolorosas conjeturas, buscando, y no hallando, una esperanza.

El tumulto de sus pensamientos contrastaba con el fúnebre silencio de la madriguera.

En medio de aquel silencio se oyó el ruido de la puerta de la calle, que se abría, y luego volvía á cerrarse.

El prisionero hizo un movimiento en sus ligaduras.

—Aquí está la ciudadana,—dijo Thénardier.

Apenas acaba de hablar, cuando, en efecto, se precipitó su mujer en el cuarto, amoratada, desalentada, jadeante, echando chispas por los ojos, y exclamando después de pegar con sus dos manazas sobre sus dos muslos:

—¡Dirección falsa!

El bandido que había ido con ella asomó detrás, y se dirigió á coger su mazo.

—¿Dirección falsa?—repitió Thénardier.

La mujer repuso:

—¡Nadie! En la calle de Saint Dominique, número 17, no vive ningún Urbano Fabre. Nadie da razón de él.

Detúvose sofocada, y luego continuó:

—Mira, Thénardier; ese viejo te la ha pegado; tú eres demasiado bueno. Ya ves; yo que tú le hubiera abierto en canal para empezar; y si se hubiera hecho rogar, le habría asado vivo. Entonces le hubiera sido preciso hablar, y decir dónde está su hija y dónde tiene el gato. Así es cómo hubiera yo manejado el negocio. Bien dicen que los hombres son más bestias que las mujeres. ¡Nada; no había nadie en el número 17! Es una puerta cochera grandísima. ¡En la calle de Saint-Dominique no hay ningún señor Fabre! ¡Y á escape, y propina al cochero, y todo! He hablado al portero y á la portera, que es una buena mujer, y no le conocen.

Mario respiró.

Ella, Úrsula ó la Alondra, aquella á quien no sabía cómo llamar, estaba á salvo.

En tanto que la mujer, exasperada, vociferaba, Thénardier se había sentado sobre la mesa; permaneció algunos instantes sin pronunciar palabra, moviendo su pierna derecha, que colgaba, y contemplando el hornillo con aire de salvaje meditación.

Por fin, le dijo el prisionero con inflexión lenta y singularmente feroz:

—¡Dirección falsa! ¿Qué es, entonces, lo que te has figurado?

—¡Ganar tiempo!—gritó el prisionero con acento expansivo.

Y en el mismo momento sacudió sus ligaduras; estaban rotas. El prisionero sólo quedaba atado á la cama por una pierna.

Antes de que los siete hombres hubiesen tenido tiempo de comprender la situación y de lanzarse sobre él, Leblanc se inclinó hacia la chimenea, extendió la mano hacia el hornillo, y luego se enderezó. Thénardier, su mujer y los bandidos, rechazados por el asombro al fondo del desván, le miraban estupefactos cómo levantaba por encima de su cabeza el escoplo hecho ascua, del que se desprendía una claridad siniestra, casi libre y en formidable actitud.

La sumaria á que más adelante dió lugar la aventura de la casucha de Cuervo, hizo constar, que en uno de los reconocimientos de la policía se halló en el desván un céntimo cortado y trabajado de un modo particular. Aquella moneda era una de esas maravillas de industria que la paciencia del presidio engendra en las tinieblas y para las tinieblas; maravillas que no son otra cosa sino instrumentos de evasión. Estos productos deformes y delicados, de un arte prodigioso, son en la bisutería lo que las metáforas de la germanía son en la poesía. Hay Benvenutos Cellini en los presidios, como hay Villons en el idioma. El infeliz que aspira á la libertad encuentra medios á veces sin instrumentos, con un cortaplumas, un cuchillo viejo, para serrar un céntimo en dos hojas delgadas, de ahuecar éstas sin tocar el grabado monetario, practicando una muesca ó rosca sobre el corte de la moneda, de modo que las dos hojas se puedan adherir de nuevo. Así se juntan ó separan á voluntad, formando una caja. En esa caja se guarda fácilmente un muelle de reloj, y este muelle, bien manejado, corta los grillos y las barras de hierro. Se cree que el infeliz presidiario no tiene más que un céntimo, cuando posee con ello su libertad. Una moneda de esta clase fué la que halló la policía en sus pesquisas ulteriores, abierta y en dos mitades, debajo de la cama, cerca de la ventana. Se descubrió igualmente una sierrecilla de acero pavonado, que podía ocultarse muy bien en dicha moneda.

Es probable que en el momento que los bandidos registraron al prisionero, llevase consigo esta moneda, la que conseguiría esconder entre los dedos, y que teniendo enseguida la mano libre, la abrió y se sirvió de la sierra para cortar las cuerdas que le ataban, lo cual explicaría el ligero ruido y los movimientos imperceptibles que Mario había observado.

No habiendo podido bajarse por temor de ser descubierto, no había cortado las ligaduras de su pierna izquierda.

Los bandidos habían vuelto de su primera sorpresa.

—No tengas cuidado,—dijo el Colmenero á Thénardier.—Está todavía sujeto por una pierna, y no se irá. Yo te respondo de ello, pues he sido yo quien le he atado la pata.

Sin embargo, el prisionero levantó la voz:

—¡Sois unos miserables: pero mi vida no vale la pena de defenderla tanto! En cuanto á imaginaros que me haréis hablar, que me haréis escribir lo que yo no quiera escribir, que me haréis decir lo que yo no quiera decir...

Y levantando la manga del brazo izquierdo, añadió:

—Mirad.

Al mismo tiempo alargó el brazo, y puso sobre la carne desnuda el escoplo enrojecido que tenía en la mano derecha, cogido por el mango de madera.

Oyóse el chirrido de la carne quemada, esparciéndose por el desván el olor propio de las cámaras de tortura.

Mario vaciló sobrecogido de horror; los bandidos mismos se estremecieron; el rostro del enigmático anciano apenas se contrajo; y en tanto que el hierro enrojecido penetraba en la humeante herida, impasible él y casi augusto, fijaba en Thénardier su tranquila mirada sin odio, en la que se desvanecía el dolor bajo una majestad serena.

En las naturalezas grandes y elevadas, la rebelión de la carne y los sentidos en lucha con el dolor físico, obligan á salir al alma y la hacen aparecer en la frente, como las rebeliones de la soldadesca obligan á aparecer al capitán.

—¡Miserables!—dijo.—No tengáis más miedo de mí que el que yo tengo de vosotros.

Y arrancando el hierro de la herida, lo arrojó por la ventana, que había quedado abierta; el horrible instrumento abrasado desapareció girando en la obscuridad, cayendo á lo lejos, y yendo á apagarse en la nieve.

El prisionero añadió:

—Haced de mí lo que queráis.

Estaba ya desarmado.

—¡Sujetadle!—gritó Thénardier.

Dos bandidos le echaron mano á los hombros, y el enmascarado, con voz de ventrílocuo, se colocó en frente de él pronto á hundirle el cráneo de un llavazo al menor movimiento.

Al mismo tiempo oyó Mario por lo bajo, al pie del tabique, pero de tal modo que no podía ver á los que hablaban, este coloquio sostenido en voz baja:

—No hay más que una cosa que hacer.

—Abrirle en canal.

—Eso.

Eran el marido y la mujer, celebrando consejo.

Thénardier marchó lentamente hacia la mesa, abrió el cajón y cogió el cuchillo.

Mario estaba dando tormento á la culata de la pistola. ¡Perplejidad inaudita! Hacía una hora que se elevaban dos voces en su conciencia; la una le decía que respetase el testamento de su padre, la otra le gritaba que socorriese al prisionero. Aquellas dos voces continuaban sin interrupción su lucha, poniéndole á él en la agonía. Había esperado vagamente hasta aquel momento el hallar un medio de conciliar los dos deberes; pero nada posible había surgido.

Entretanto, el peligro apremiaba; había ya traspasado el último límite de la espera; á pocos pasos del prisionero, Thénardier cavilaba con el cuchillo en la mano.

Mario, alocado, paseaba sus miradas en torno suyo, último y maquinal recurso de la desesperación.

De repente se estremeció.

Á sus pies, sobre la cómoda, un clarísimo rayo de la luna iluminaba como para mostrarle una hoja de papel. En aquella hoja leyó esta línea escrita en grandes caracteres aquella misma mañana por la hija mayor de Thénardier:

—Los corchetes están ahí.

Una idea, una luz cruzó por la imaginación de Mario; era el medio que buscaba, la solución de aquel horrible problema que le torturaba: librar al asesino y salvar á la víctima.

Se arrodilló sobre la cómoda, alargó el brazo, cogió el papel, arrancó suavemente un yesón del tabique, lo envolvió en el papel, y arrojó el todo por el agujero en medio del desván.

Ya era tiempo.

Thénardier había vencido sus últimos escrúpulos ó sus últimos temores, y se dirigía hacia el prisionero.

—¡Algo han tirado!—gritó su mujer.

—¿Qué es?—preguntó él.

La mujer se había abalanzado y recogido el yeso envuelto en el papel, entregándoselo á su marido.

—¿Por dónde ha venido esto?—preguntó Thénardier.

—¡Pardiez!—prorrumpió ella.—¿Por dónde quieres que haya entrado? Por la ventana.

—Yo lo he visto pasar,—dijo el Colmenero.

Thénardier desenvolvió rápidamente el papel, y se acercó á la luz.

—Es la letra de Eponina. ¡Diablo!

Hizo una seña á su mujer, que se acercó vivamente, y le enseñó lo escrito en el papel, añadiendo luego con voz sorda:

—¡Pronto! ¡La escala! Dejemos el tocino en la ratonera, y cedamos el campo.

—¿Sin degollar al hombre?—objetó la Thénardier.

—No hay tiempo.

—¿Por dónde?—preguntó el Colmenero.

—Por la ventana,—respondió Thénardier.—Puesto que Eponina ha tirado la piedra por la ventana, es señal de que la casa no está cercada por este lado.

El enmascarado de voz de ventrílocuo dejó en el suelo su llave, levantó los dos brazos, y abrió y cerró tres veces rápidamente las manos, sin decir una palabra.

Fué como la voz de zafarrancho en una tripulación. Los bandidos que tenían asido al prisionero le soltaron; en un abrir y cerrar de ojos fué desarrollada la escala por fuera de la ventana, y sujetada sólidamente al marco con los dos ganchos de hierro.

El prisionero no fijaba la atención en lo que pasaba en torno suyo. Parecía soñar ó rezar.

Una vez fijada la escala, Thénardier gritó:

—¡Ven, mujer!

Y se precipitó hacia la ventana.

Pero cuando iba á echar la pierna por ella, el Colmenero le cogió bruscamente del cuello.

—¡Todavía no, viejo farsante! ¡Después de nosotros!

—¡Después de nosotros!—aullaron los bandidos.

—Sois unos chiquillos,—dijo Thénardier;—estamos perdiendo el tiempo. Los podencos nos están ya pisando los talones.

—Pues bien,—dijo uno de los bandidos,—echemos á la suerte quién pasará el primero.

Thénardier exclamó:

—¡Estáis locos! ¡Estáis borrachos! ¡Vaya un atajo de mandrias! ¡Perder así el tiempo! Echar á la suerte, ¿no es verdad? ¿Echaremos chinas? ¿Echaremos pajas? ¡Escribiremos nuestros nombres, los pondremos en una gorra!...

—¿Queréis mi sombrero?—gritó una voz desde el umbral de la puerta.

Todos se volvieron: Era Javert.

Tenía el sombrero en la mano, y se lo ofrecía sonriendo.

XXI Se debería empezar siempre por prender á las víctimas

Javert, al caer de la noche, había apostado su gente, y él mismo se había emboscado detrás de los árboles de la calle de la Barrera de los Gobelinos, que daba frente al casucho Cuervo por el otro lado del boulevard. Había empezado por abrir «su bolsillo», metiendo en él á las dos muchachas encargadas de vigilar las inmediaciones de la madriguera. Pero sólo había «enjaulado» á Azelma. Eponina no estaba en su puesto; había desaparecido, y no había podido cogerla.

Luego Javert se había puesto en acecho, atento el oído á la señal convenida. Las idas y venidas del coche le habían llamado la atención. Por fin, había acabado por perder la paciencia, y seguro de que allí había un nido, seguro de estar de suerte, habiendo conocido á muchos de los bandidos que habían entrado, acabó por decidirse á subir sin esperar el pistoletazo.

Recuérdese que tenía el llavín de Mario.

Había llegado á punto.

Los bandidos asustados se arrojaron sobre las armas, que habían abandonado en el momento de evadirse. En menos de un segundo, aquellos siete hombres espantosos se agruparon en actitud de defensa, uno con su machete, otro con su llave, otro con la barra de hierro, los otros con tenazas, pinzas y martillos. Thénardier cogió su cuchillo; la mujer cogió un enorme adoquín que estaba en el ángulo de la ventana, y que servía á sus hijas de taburete.

Javert volvió á ponerse el sombrero, dió dos pasos por el cuarto con los brazos cruzados, el bastón debajo del brazo y el espadín en la vaina.

—¡Alto ahí!—dijo.—No saldréis por la ventana, sino por la puerta. Es menos peligroso. Sois siete, nosotros somos quince. No nos agarremos como ganapanes. Seamos formales.

El Colmenero sacó una pistola que llevaba oculta bajo la blusa, y la puso en la mano de Thénardier, diciéndole al oído:

Es Javert. Yo no me atrevo á disparar contra ese hombre. ¿Te atreves tú?

—¡Pardiez!—respondió Thénardier.

—Pues bien; tírale.

Thénardier tomó la pistola y apuntó á Javert.

Javert que se hallaba á tres pasos de él le miró fijamente, y se contentó con decirle:

—¡No tires! El tiro te va á fallar.

Thénardier apretó el gatillo; el tiro falló en efecto.

—¡Cuando yo te lo decía!—prorrumpió Javert.

El Colmenero arrojó su rompecabezas á los pies de Javert, diciéndole:

—¡Eres el rey de los diablos! Me entrego.

—¿Y vosotros?—preguntó Javert á los otros bandidos.

—Nosotros también.

Javert repitió con calma.

—Bien, bueno; ya decía yo que seríais formales.

—Sólo pido una cosa,—añadió el Colmenero,—y es que no se me niegue el tabaco mientras esté guardado.

—Concedido,—dijo Javert.

Y volviéndose y llamando detrás de él, dijo:

—¡Entrad ya!

Una escuadra de municipales sable en mano, y de agentes armados de bastones y garrotes, se precipitó en la habitación y ató á los bandidos á la voz de Javert.

Aquella multitud de hombres, apenas iluminados por una vela, llenaba de sombra la madriguera.

—¡Esposas á todos!—gritó Javert.

—¡Acercaos un poco!—rugió una voz, que no era voz de hombre, pero de la que nadie hubiera podido decir: «es voz de mujer».

La Thénardier se había atrincherado en uno de los ángulos de la ventana, y ella era quien acababa de lanzar aquel rugido.

Los municipales y agentes retrocedieron.

Se había quitado el pañuelo, pero conservaba puesto su sombrero; su marido, agachado detrás de ella, desaparecía casi bajo el pañuelo caído; además, ella le cubría con su cuerpo, levantando con ambas manos por cima de su cabeza el adoquín, con el balanceo de un gigante que va á lanzar una roca.

—¡Cuidado!—gritó.

Todos se agolparon hacia el corredor, quedando un gran trecho desierto en medio del desván.

La Thénardier dirigió una mirada á los bandidos que se habían dejado maniatar, y murmuró con acento gutural y ronco:

—¡Cobardes!

Javert sonrió, y se adelantó por el espacio vacío que la mujer llenaba con sus feroces miradas.

—¡No te acerques! ¡Vete,—gritó ella,—ó te aplasto!

—¡Qué buen granadero!—prorrumpió Javert.—Vaya, aunque tengas barbas como un hombre, yo tengo uñas como una mujer.

Y continuó avanzando.

La mujer, desmelenada y terrible, abrió las piernas, dobló el cuerpo hacia atrás, y arrojó el adoquín á la cabeza de Javert con furia loca.

Javert se bajó, la piedra pasó por encima de él, dió en la pared de enfrente, haciendo saltar un gran pedazo de yeso, y volvió repercutiendo de un ángulo á otro al través del desván, vacío por fortuna, á morir á los pies de Javert.

En el mismo instante llegaba Javert junto á la pareja Thénardier. Una de sus anchas manos cayó sobre el hombro de la mujer, y la otra sobre la cabeza del marido.

—¡Las manillas!—gritó.

Los polizontes entraron en tropel, y algunos segundos después la orden de Javert estaba cumplida.

La mujer, abatida, miró sus muñecas agarrotadas y las de su marido, y dejándose caer en el suelo, exclamó llorando:

—¡Hijas mías!

—Están ya á la sombra,—dijo Javert.

En tanto, los agentes habían descubierto al borracho dormido detrás de la puerta, y le sacudían á puñadas y empellones.

Despertóse balbuceando:

—¿Acabó ya eso Jondrette?

—Sí,—respondió Javert.

Los seis bandidos amarrados estaban de pie, conservando todavía sus caras de espectros; tres tiznados de negro y tres enmascarados.

—Guardad vuestras caretas,—dijo Javert.

Y pasándoles revista con la mirada de un Federico II en la parada de Postdam, dijo á los tres «fumistas»:

—¡Hola! Colmenero. ¡Hola! Brujón. ¡Hola! Dosmillones.

Luego, volviéndose hacia los tres enmascarados, dijo al hombre del mazo:

—¡Hola, Tragamares!

Y al hombre del garrote:

—¡Hola! Babet.

Y al ventrílocuo:

—Salud, Chascasueldos.

En aquel instante distinguió al prisionero de los bandidos, el cual desde la entrada de los agentes de policía no había pronunciado una palabra, y se mantenía cabizbajo:

—Desatad al señor,—dijo Javert,—y que nadie salga.

Dicho esto, se sentó soberanamente ante la mesa donde habían quedado la vela y el tintero, sacó papel sellado del bolsillo, y comenzó su sumario.

Cuando hubo escrito las primeras líneas, que no eran sino las fórmulas de siempre, levantó la vista:

—Haced que se acerque el caballero á quién estos señores habían atado.

Los agentes miraron en derredor.

—Y bien,—preguntó Javert,—¿dónde está?

El prisionero de los bandidos, el señor Leblanc, el señor Urbano Fabre, el padre de Úrsula ó de la Alondra, había desaparecido.

La puerta estaba guardada, pero la ventana no lo estaba.

En cuanto se vió libre, y en tanto que Javert sumariaba, aprovechóse de la confusión, del tumulto, de la multitud, de la obscuridad, y de un momento en que la atención no estaba fija en él, para arrojarse por la ventana.

Un agente corrió á ella y miró. No se veía nadie afuera.

La escala de cuerda temblaba todavía.

—¡Diablo!—exclamó entre dientes Javert.—Éste debía ser el más listo.

XXII El chiquillo que lloraba en la segunda parte

Al día siguiente en que se verificaron estos acontecimientos en la casa del boulevard del Hospital, un muchacho, que parecía venir del lado del puente de Austerlitz, subía por la línea de la derecha en dirección á la barrera de Fontainebleau.

Era ya bien entrada la noche.

Aquel chico estaba pálido y flaco; iba vestido de harapos, con un pantalón de lienzo en el mes de febrero, y cantaba á grito pelado.

En la esquina de la calle de Petit-Banquier una vieja encorvada andaba buscando entre un montón de basura, á la luz del farol. El chico la empujó al pasar, y retrocedió enseguida, exclamando:

—¡Calle! ¡Y yo había tomado esto por un enorme, enormísimo perro!

Pronunció la palabra enormísimo con un ronquido gangoso y burlón, que solo con letras mayúsculas podría expresarse: ¡Un enorme, ENORMÍSIMO perro!

La vieja se enderezó furiosa.

—¡Desvergonzado!—murmuró.—¡Si no hubiera estado agachada, ya sé donde te hubiera dado con el pie!

El chico estaba ya bastante lejos.—¡Kiss! ¡Kiss!—gritó volviendo la cara;—ya veo que no me había engañado.

La vieja, sofocada de indignación, se levantó, y el resplandor del farol dió de lleno en su cara lívida, angulosa y arrugada, con patas de gallo que le bajaban casi hasta los ángulos de la boca. El cuerpo se perdía en la sombra, y sólo se veía la cabeza. Habríase dicho que era la máscara de la Decrepitud recortada por una luz nocturna.

El muchacho la contempló un momento.

—Señora,—dijo,—no es éste el género de belleza que me convendría.

Y prosiguió su camino, cantando:

El rey de loe zuecazos se marchaba á la caza, á la caza de cuervos...

Al acabar el tercer verso se interrumpió.

Había llegado delante del número 50-52, y encontrando la puerta cerrada, había comenzado á descargar sobre ella sendas patadas, patadas resonantes y heroicas, que revelaban más bien los zapatos de hombre que llevaba, que los pies de niño que tenía.

Entretanto, aquella misma vieja con quien había tropezado en la esquina de la calle de Petit Banquier, corría detrás de él, exclamando y prodigando gestos desmesurados.

—¿Qué es eso? ¿Qué es eso? ¡Santo Dios! ¡Echan abajo la puerta! ¡Están echando abajo la casa!

Las patadas continuaban.

La vieja gritaba á más no poder:

—¡Es así como se trata ahora á las casas!

De pronto se detuvo; había reconocido al pilluelo.

—¡Cómo! ¿Eres tú, Satanás?

—¡Calle! Es la vieja,—dijo el muchacho.—Buenos días, Bourgonmucha. Vengo á ver á mis ascendientes.

La vieja respondió con una mueca del orden compuesto, admirable improvisación del odio, sacando partido de la caducidad y de la fealdad, que se perdió desgraciadamente en la obscuridad.

—No hay nadie, carátula.

—¡Bah!—replicó el chico.—¿Entonces dónde está mi padre?

—En la cárcel de la Fuerza.

—¡Calle! ¿Y mi madre?

—En la de San Lázaro.

—¡Bravo! ¿Y mis hermanas?

—En las Magdalenas.

El chico se rascó detrás de la oreja, y mirando á la tía Bougón, le dijo:

—¡Ah!...

Después giró sobre sus talones, y un momento después la vieja, que se había quedado en el umbral de la puerta, oyó que iba entonando con voz clara y tierna, perdiéndose entre los negros olmos que estremecía el cierzo del invierno:

El rey de los zuecazos Se marchaba á la caza, Á la caza de cuervos, Andando sobre zancas; Y por pasar entre ellas Dos sueldos le pagaban.

CUARTA PARTE EL IDILIO DE LA CALLE DE PLUMET Y LA EPOPEYA DE LA CALLE DE SAN DIONISIO

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