LIBRO PRIMERO LA GUERRA ENTRE CUATRO PAREDES (continued 2)
J. A. R. translation
Enjolrás no parecía escuchar; pero cualquiera que hubiese estado junto á él, le hubiera oído pronunciar á media voz esta palabra: Patria.
No había cesado aún de reirse Bossuet, cuando Courfeyrac gritó:
—¡Noticia!
Y con la voz de un pregonero en el acto de anunciar, añadió:
—Me llamo Pieza de á Ocho.
En efecto, un nuevo personaje acababa de salir á la escena. Era otro cañón.
Los artilleros, maniobrando con rapidez, colocaron en batería la segunda pieza al lado de la primera.
Con esto empezaba ya á bosquejarse el desenlace.
Algunos instantes después, las dos piezas, perfectamente servidas, tiraban de frente contra el reducto, y las descargas cerradas del batallón de línea y del de las afueras sostenían á la artillería.
Oíanse también cañonazos á cierta distancia; y era que al mismo tiempo que estas dos piezas se encarnizaban en la barricada de la calle de la Chanvrerie, otras dos bocas de fuego, una en la calle de San Dionisio, y otra en la de Aubry le Boucher, acribillaban el reducto de San Merry.
Los cuatro cañones se repercutían lúgubremente.
Los sombríos perros de la guerra se respondían mutuamente con sus ladridos.
De las dos piezas asestadas á la sazón contra la barricada de la calle de la Chanvrerie, tiraba la una con metralla y con bala rasa la otra.
Esta última tenía la puntería algo más alta, y el tiro estaba calculado de manera que la bala hiriese la extremidad de la arista superior de la barricada, la desmochase, é hiciese saltar los pedazos menudos de adoquines sobre los insurrectos como nueva metralla.
Esta dirección del tiro tenía por objeto alejar á los combatientes de la cima del reducto, obligándolos á apiñarse en lo interior; es decir, que esto anunciaba el asalto.
Una vez ahuyentados los combatientes de lo alto de la barricada por las balas, y de las ventanas del figón por la metralla, las columnas de ataque podrían adelantar por la calle, sin que les apuntaran, y quizá, hasta sin ser vistas, escalar atropelladamente el reducto, como la noche anterior, y ¿quién sabe? si tomarlo por sorpresa.
—Es absolutamente preciso disminuir el daño que nos hacen esas piezas,—dijo Enjolrás, y gritó:—¡Fuego contra los artilleros!
Todos estaban preparados. La barricada, que por tanto tiempo se había mantenido silenciosa, hizo fuego desesperadamente, sucediéndose siete ú ocho descargas con una especie de rabia mezclada de alegría.
La calle se llenó de un humo espesísimo, y al cabo de algunos minutos por entre aquella bruma rayada de llamaradas, se pudo distinguir confusamente á las dos terceras partes de los artilleros tendidos bajo las ruedas de los cañones.
Los que habían quedado en pie continuaban en el servicio de las piezas con severa tranquilidad; pero el fuego se había amortiguado.
—Vamos bien,—dijo Bossuet á Enjolrás.—¡Victoria!
Enjolrás, meneando la cabeza, contestó:
—Con un cuarto de hora más que dure esta victoria no quedarán ya más de diez cartuchos en la barricada.
Parece que Gavroche oyó la frase.
XV Gavroche fuera
De repente, Courfeyrac vió un bulto á la parte de afuera de la barricada blanco de las balas.
Gavroche había tomado del figón una cesta de las que sirven para poner botellas, y saliendo por la cortadura, se ocupaba tranquilamente en vaciar en su cesta las cartucheras llenas de los guardias nacionales muertos en el declive del reducto.
—¿Qué haces ahí?—gritóle Courfeyrac.
Gavroche levantó la nariz.
—Estoy llenando el cesto, ciudadano.
—¿No ves la metralla?
Gavroche respondió:
—Ya lo veo, llueve; ¿y qué más?
Gritóle de nuevo Courfeyrac:
—¡Vuelve adentro!
—Enseguida,—contestó Gavroche.
Y de un salto penetró en la calle.
Recordemos que la compañía de Fannicot, al retirarse, había dejado en pos de sí un rastro de cadáveres.
Como unos veinte de éstos yacían acá y allá á lo largo de la calle, sobre el empedrado; eran veinte cartucheras para Gavroche, y una provisión de cartuchos para la barricada.
El humo formaba en la calle como una niebla.
Cualquiera que haya visto una nube en una garganta de montañas entre dos alturas perpendiculares, puede figurarse aquel humo encerrado y como condensado por dos sombrías líneas de altas casas. Subía lentamente y se renovaba sin cesar, resultando de ahí una obscuridad gradual, que empañaba la luz del sol en medio del día.
Los combatientes se distinguían apenas de un extremo á otro de la calle, no obstante la cortedad de la distancia.
Aquella obscuridad, probablemente prevista y calculada por los jefes que debían dirigir el asalto de la barricada, fué útil á Gavroche.
Bajo los pliegues de aquel velo de humo, y gracias á su pequeñez, pudo avanzar por la calle, sin que le viesen, y desocupar las siete ú ocho primeras cartucheras sin gran peligro.
Arrastrábase boca abajo, andaba á gatas, cogía la cesta con los dientes, se torcía, se deslizaba, ondulaba, culebreaba de un cadáver á otro, y vaciaba las cartucheras como un mono abriendo las nueces.
Desde la barricada, á pesar de estar aún bastante cerca, no se atrevían á gritarle que volviese por miedo de llamar la atención hacia él.
En el bolsillo del cadáver de uno encontró un frasco de pólvora.
—Para la sed,—dijo guardándoselo.
Á fuerza de seguir avanzando, llegó adonde la niebla de la fusilería se volvía transparente, tanto, que los tiradores de la tropa de línea, apostados detrás de su parapeto de adoquines, y los del batallón de las afueras, en el ángulo de la calle, notaron que se movía algo entre el humo.
En el instante en que Gavroche vaciaba la cartuchera de un sargento que yacía junto á un guarda-cantón, una bala dió en el cadáver.
—¡Diablo!...—dijo Gavroche.—Me matan mis muertos.
Otra bala arrancó chispas del empedrado junto á él. La tercera volcó el cesto.
Gavroche miró, y vió que el fuego procedía de los guardias nacionales de las afueras.
Púsose en pie con los cabellos esparcidos al viento, los brazos en jarra, los ojos fijos en los guardias nacionales, y cantó:
Si son feos en Nanterre, Es por culpa de Voltaire, Si tontos en Palaiseau, Es por culpa de Rousseau.
Luego recogió la cesta, volviendo á meter en ella, sin perder uno, los cartuchos que habían rodado por el suelo, y sin miedo á los tiros dirigióse á desocupar otra cartuchera.
Otra cuarta bala no logró acertarle tampoco. Gavroche cantó:
Voltaire es el culpado Si no soy abogado; Si soy un pajarillo, Rousseau es quien lo ha querido.
La quinta bala no produjo otro efecto que el de inspirarle la tercera copla:
Es mi genio alegrillo Porque Voltaire lo quiso; Si soy un pobre yo, La culpa es de Rousseau.
Así continuó por algún tiempo.
El espectáculo era á la vez que espantoso, entretenido.
Gavroche, blanco de las balas, se mofaba de los fusiles. Parecía divertirse en ello.
Era el gorrión picoteando á los cazadores.
Á cada descarga respondía con una copla.
Apuntábanle sin cesar, jamás le acertaban.
Los guardias nacionales y los soldados se reían al apuntarle.
Echábase en el suelo, volvía á levantarse, se ocultaba en el ángulo de una puerta; saltaba, luego desaparecía; tornaba á aparecer, huía; presentábase de nuevo, respondiendo á la metralla con gestos harto libres, y entre tanto pillaba los cartuchos, vaciaba las cartucheras, y llenaba su cesto.
Los insurrectos, casi sin respirar, le seguían con mirada ansiosa.
La barricada temblaba mientras él cantaba sin pensar en la muerte.
No era un niño, ni un hombre; era una hada en forma de pilluelo, como si dijéramos el enano invulnerable de la lucha burlándose de los gigantes.
Las balas corrían tras él, pero él era más listo que las balas.
Jugaba con la muerte á una especie de horroroso escondite, y cada vez que el espectro asomaba su descarada faz, el pilluelo le daba un bufido.
Sin embargo, una bala, mejor dirigida ó más traidora que las otras, acabó por alcanzar á aquel muchacho, fuego fatuo.
Viósele vacilar y luego caer.
Toda la barricada lanzó un grito.
Pero había algo de Anteo en aquel pigmeo; para el pilluelo tocar el empedrado, es como para el gigante tocar la tierra.
Gavroche no había caído sino para volver á levantarse. Al incorporarse una prolongada franja de sangre le cruzaba la cara.
Levantó ambos brazos al aire, miró hacia el punto de donde había salido el tiro, y se puso á cantar:
Heme por fin caído Por culpa de Voltaire; De narices en tierra Por culpa de...
No pudo acabar. Otra bala del mismo tirador le cortó la frase. Esta vez cayó de bruces contra el suelo, y no volvió á moverse.
Aquella pequeña grande alma había volado.
XVI De cómo un hermano puede trocarse en padre
Había á aquella misma sazón en el jardín del Luxemburgo—pues la mirada del drama debe alcanzar á todas partes,—dos niños que andaban cogidos de la mano. Podría contar el uno siete años, y el otro cinco.
Mojados por la lluvia, habían elegido los paseos donde daba el sol. El mayor acompañaba al más pequeño; ambos iban cubiertos de andrajos y pálidos.
El más pequeño decía:
—Tengo mucha hambre.
El mayor, ya con ciertas ínfulas de protector, llevaba al otro de la mano izquierda, y en la derecha tenía una varita.
Hallábanse solos en el jardín, pues la policía había mandado cerrar las verjas con motivo de la insurrección, y el jardín estaba desierto. Las tropas que habían vivaqueado ahí por la noche, habían marchado al combate.
¿Cómo estaban allí aquellas criaturas?
¿Se habían evadido quizá de algún cuerpo de guardia entreabierto? ¿Acaso en las cercanías, en la puerta del Infierno, en la explanada del Observatorio, ó en la encrucijada próxima que domina el frontón, donde se lee: Invenerunt parvulum pannis involutum, había alguna barraca de saltimbanquis de la que pudieran haber escapado?
¿Quizá la víspera por la tarde, burlando la vigilancia de los inspectores del jardín, al tiempo de cerrar la verja, se habían quedado y pasado la noche en alguno de los kioscos donde se leen periódicos?
El hecho es que vagaban por allí á su sabor, y que parecían libres.
Vagar y parecer libres es estar perdido; y en efecto, lo estaban aquellos pobres niños.
Eran los mismos cuya suerte había tenido inquieto á Gavroche, y que el lector recordará. Hijos antes de Thénardier, alquilados por la Magnon, atribuidos á Guillenormand, y á la sazón hojas caídas de todas aquellas ramas sin raíces, y rodando por tierra á impulsos del viento.
Sus vestiditos, limpios en tiempo de la Magnon, y que le servían de prospecto para con el señor Guillenormand estaban hechos jirones.
Aquellos dos seres pertenecían ya á la estadística de los «Niños abandonados», que la policía comprueba, recoge, extravía y vuelve á encontrar en medio del arroyo en París.
Sólo en un día de tanta confusión se comprende que aquellos miserables rapazuelos estuviesen en el jardín del Luxemburgo. Si los inspectores los hubiesen visto, habrían arrojado de allí semejantes andrajos.
Los chicos pobres no entran en los jardines públicos; sin embargo debería pensarse que, como niños que son, tienen derecho á las flores.
Encontrábanse, pues, allí, gracias á haberse mandado cerrar la verja. Estaban de contrabando. Habíanse escurrido en el jardín y se quedaron dentro.
Los inspectores no deben dejar de vigilar, aunque se cierre la verja; se supone que continúan funcionando, pero la vigilancia es menor y hasta escasa.
Los inspectores aquel día, participando de la ansiedad pública, y más ocupados en lo exterior que en lo interior, no se ocupaban del jardín, y así no vieron á los dos delincuentes.
Había llovido la víspera y también un poco por la mañana; pero en junio los chaparrones es como si no cayeran. Apenas se conoce una hora después de la tormenta que tan hermoso y sonrosado día ha vertido lágrimas. El suelo se seca tan pronto como las mejillas de un niño.
En ese instante del solsticio, la luz del mediodía es, digámoslo así, punzante. Se apodera de todo. Se duplica y se superpone á la tierra con una especie de succión. Diríase que el sol tiene sed.
Un chaparrón es un vaso de agua. La lluvia es absorbida al momento.
Por la mañana todo son arroyos que corren; por la tarde, polvo que se levanta.
Nada hay tan admirable como el verdor que lava la lluvia y que enjuga el sol; es la frescura caliente.
Los jardines y las praderas, con el agua en sus raíces y el sol en sus flores, se convierten en cazoletas de incienso, y exhalan á un tiempo todos sus perfumes.
Todo sonríe, canta y se ofrece. Se siente uno suavemente embriagado.
La primavera es un paraíso provisional, y el sol ayuda al hombre á tener paciencia mientras viene el paraíso definitivo.
Hay seres que no piden más; vivientes que, teniendo el azul del cielo, dicen: ¡me basta! Pensadores absortos ante el prodigio, sacando de la idolatría de la naturaleza la indiferencia hacia el bien y el mal; contempladores del Cosmos, radiosamente distraídos del hombre, que no comprenden que exista quien fije la atención en el hambre de unos, en la sed de otros, en la desnudez del pobre durante el invierno, en la curvatura linfática de una pequeña espina dorsal, en el jergón, en la buhardilla, en el calabozo, en los harapos de infelices muchachas tiritando de frío, cuando se puede soñar bajo la sombra de los árboles; espíritus serenos y terribles despiadadamente satisfechos.
¡Cosa rara! El infinito les basta.
Ignoran esa grande necesidad del hombre, lo finito, que cabe en un abrazo.
No se acuerdan de lo finito que admite el progreso, el trabajo sublime.
Huye de su mente lo indefinido, que nace de la combinación humana y divina, de lo infinito y de lo finito.
Con tal de ponerse frente á frente de la inmensidad, se sonríen.
Para ellos no hay alegría, sino éxtasis.
Abismarse: tal es su vida.
En su concepto, la historia de la humanidad no es más que un plano fraccionario donde no se halla el Todo. El verdadero Todo existe fuera.
¿Para qué ocuparse el hombre, de los pormenores de esa pequeña fracción?
Decís que el hombre padece; es muy posible; pero mirad en cambio cómo se eleva Aldebaran.
Decís que á la madre se le ha agotado la leche, que el recién nacido se está muriendo; así será, no lo sabemos; pero en cambio, contemplad ese admirable rosetón que forma la albura del abeto examinada con el microscopio. ¡Comparad á esto el encaje más rico!
Esos pensadores se olvidan de amar. Es tanto lo que influye en ellos el zodíaco, que les impide ver al niño que llora. Dios les eclipsa el alma.
Es una familia de inteligencias pequeñas y grandes á la vez.
Horacio pertenecía á ese número, y Goethe, y puede que también Lafontaine; magníficos egoístas del infinito; espectadores tranquilos de dolor, que no ven á Nerón si hace buen tiempo, á quienes el sol oculta la hoguera, que mirarían guillotinar buscando en el suplicio un efecto de luz; que no oyen ni el grito, ni el sollozo, ni el estertor, ni el somatén; para quienes todo está bien, puesto que hay un mes de mayo; que se declaran satisfechos mientras buscan sobre su cabeza nubes de púrpura y oro, y que están decididos á ser felices mientras los astros brillen y canten las aves.
Son cuerpos radiantes que demiten tinieblas, sin sospechar que son dignos de lástima; y lo son en realidad.
Quien no llora, no ve.
Es preciso admirarlos y compadecerlos, como se compadecería y admiraría á un ser que fuese á la vez noche y día, que no tuviese ojos bajo las cejas, y en mitad de cuya frente brillase un astro.
Según algunos, la indiferencia de esos pensadores es una filosofía superior. En buen hora; pero es una superioridad enfermiza.
Se puede ser inmortal y cojo; testigo Vulcano.
Se puede ser más que hombre y menos que hombre.
Lo incompleto-inmenso está en la naturaleza. ¿Quién sabe si el sol no es tal vez ciego?
Mas entonces, ¿de quién fiarse? Solem quis dicere falsum audeat? ¿Cómo han de engañarse ciertos genios, ciertos Altísimos humanos, ciertos hombres astro?
¿Cómo lo que está á tan gran altura, en la cima, en la cúspide, en el zenit; lo que envía á la tierra tanta luz, ha de ver poco, ha de ver mal, ó no ha de ver?
¿No es esto para desesperar? No.
Pues ¿qué hay sobre el sol? Dios.
El 6 de junio de 1832, á las once de la mañana, el Luxemburgo, solitario y despoblado, estaba encantador.
Los arriates y los parterres se cambiaban, en medio de la luz, perfumes y resplandores. Las ramas, locas con la claridad del medio día, parecían querer abrazarse.
Había en los sicómoros una batahola de currucas; los gorriones celebraban su triunfo; otros pajarillos trepaban por los castaños, picoteando en los agujeros de la corteza.
La platabanda aceptaba la legítima supremacía de los lirios. El más augusto de los perfumes es el que sale de la blancura.
Respirábase el olor aromático de los claveles. Las viejas cornejas de María de Médicis sentían el amor sobre los gigantescos árboles.
El sol doraba, teñía de púrpura y encendía los tulipanes, que no son otra cosa que las variedades de la llama trocadas en flores.
En torno de los bancales de tulipanes revoloteaban las abejas, chispas de aquellas flamígeras flores.
Todo era goce y alegría, hasta la próxima lluvia; esta reincidencia, de que debían aprovecharse los lirios y las madreselvas, no tenía nada de alarmante; las golondrinas hacían la graciosa amenaza de volar bajo.
El que estaba allí respiraba felicidad; la vida olía bien; toda aquella naturaleza exhalaba candor, socorro, asistencia, paternidad, caricia, aurora.
Los pensamientos que caían del cielo eran dulces como la manita de un niño que besamos.
Las estatuas, bajo los árboles, desnudas y blancas, llevaban ropajes de sombra trepados de luz; eran diosas con harapos de sol; de todas colgaban rayos.
Alrededor del gran estanque, la tierra estaba ya seca y aún caliente.
Se movía bastante viento para levantar acá y allá pequeños remolinos de polvo; y algunas hojas amarillas, restos del último otoño, se perseguían alegremente como niños juguetones.
La abundancia de la claridad tenía un no sé qué de tranquilizadora.
La vida, la savia, el calor, los efluvios se desbordaban; sentíase bajo la creación lo enorme del manantial; en todos aquellos soplos impregnados de amor, en aquel vaivén de reverberaciones y de reflejos, en aquella prodigiosa expendición de rayos, en aquel derramamiento indefinido de oro fluido, se sentía la prodigalidad de lo inagotable; y detrás de tanto esplendor, como detrás de una cortina de llamas, se entreveía á Dios, el millonario de estrellas.
Gracias á la arena, no había una mancha de lodo; gracias á la lluvia, no había un solo grano de polvo.
Los ramilletes acababan de lavarse; todo el terciopelo, todo el raso, todos los barnices, todo el oro que sale de la tierra en forma de flores, se ofrecían á la vista con espléndida pureza.
Toda aquella magnificencia respiraba aseo.
El gran silencio de la dichosa naturaleza llenaba el jardín. Silencio celeste, compatible con mil músicas, arrullos de los nidos, zumbidos de los enjambres, latidos del viento.
Toda la armonía de la estación se completaba en un agradable conjunto. Las entradas y salidas de la primavera se verificaban con el mayor orden y regularidad; concluían las lilas y empezaban los jazmines; algunas flores se retrasaban, y por otra parte se adelantaban algunos insectos; la vanguardia de las mariposas encarnadas de junio fraternizaba con la retaguardia de las blancas mariposas de mayo.
Los plátanos mudaban la piel. La brisa formaba ondulaciones en los magníficos grupos de castaños.
El espectáculo era espléndido.
Un veterano del próximo cuartel que miraba á través de la verja, decía:
—Es la primavera armada de todas armas, y vestida de gala.
Toda la naturaleza se desayunaba; la creación se había sentado á la mesa, pues había dado la hora. El gran mantel azul estaba tendido bajo el cielo, y el gran mantel verde sobre la tierra.
El sol alumbraba á toda luz.
Dios servía el banquete universal. Cada ser tenía su alimento ó su ración.
La paloma zorita encontraba cañamones, el pinzón mijo, el jilguero anahálida, el petirojo gusanos, la abeja flores, la mosca infusorios, el verderón moscas.
Comíanse también de vez en cuando los unos á los otros, que tal es el misterio del mal mezclado con el bien; pero ni un solo animal tenía el estómago vacío.
Los dos niños abandonados habían llegado junto al estanque; y como si les asustase toda aquella luz, procuraban esconderse; instinto del pobre y del débil hasta delante de la magnificencia impersonal; y se pusieron detrás de la barraca de los cisnes.
Por intervalos, cuando soplaba viento, se oían confusamente gritos, un ruido, especie de estertor tumultuoso, que era el fuego de los fusiles; y golpes sordos, que eran los cañonazos.
Notábase humo sobre los tejados por el lado del Mercado, y sonaba á lo lejos una campana, que parecía llamar.
Los niños no daban indicios de notar ninguno de aquellos ruidos.
El más pequeño repetía de cuando en cuando á media voz:
—Tengo hambre.
Casi á la par que los dos chiquitines, arrimábase otra pareja al estanque.
Era un buen señor de unos cincuenta años, que llevaba de la mano á otro buen muchacho de seis; sin duda un padre en compañía de su hijo.
El niño de seis años tenía un bollo grandísimo.
En aquella época, en ciertas casas vecinas de la calle Madame y del Infierno, tenían sus inquilinos derecho á una llave para entrar en el Luxemburgo cuando estaban cerradas las verjas; tolerancia que después se ha suprimido. Aquel padre y aquel hijo salían indudablemente de una de dichas casas.
Los dos pobrecillos vieron venir aquel caballero y se ocultaron aún más.
Era el tal un burgués, tal vez el mismo á quien Mario un día, en medio de su amorosa fiebre, había oído, junto al propio estanque, aconsejar á su hijo «que evitase los excesos».
Tenía el aire afable y altivo, y su boca, no cerrándose nunca, sonreía siempre. Esa sonrisa mecánica, producida por exceso de mandíbula y escasez de piel, pone de manifiesto, no el alma, sino los dientes.
El niño, con su bollo mordido, sin seguir comiéndolo parecía estar algo ceñudo.
Llevaba el uniforme de guardia nacional, seguramente á causa del motín, y el padre iba vestido de paisano, por prudencia.
Detuviéronse el padre y el hijo junto al estanque, donde se holgaban los cisnes.
Aquel señor parecía profesar una admiración especial á estos animales. Asemejábase á ellos en el modo de andar.
Á la sazón los cisnes nadaban; éste es su principal talento; y estaban magníficos.
Si los dos pobrecillos se hubiesen puesto á escuchar y tenido edad para comprender, habrían podido recoger las palabras de un hombre grave. El padre le decía al hijo:
—El sabio se contenta con poco. Toma ejemplo en mí. No me gusta el fausto. No se me ve nunca con vestidos galoneados de oro y piedras preciosas. Dejo ese falso brillo para las almas mal organizadas.
En aquel instante los gritos profundos que venían del lado del Mercado estallaron con redoble de campanas y otros rumores.
—¿Qué es eso?—preguntó el niño.
El padre respondió:
—Son saturnales.
De repente vió á los dos niños harapientos que continuaban inmóviles detrás de la casita verde de los cisnes.
—Ése es el principio,—dijo.
Y añadió tras un breve silencio:
—La anarquía entra en este jardín.
Entretanto, el hijo volvió á morder el bollo, escupió el bocado, y se puso á llorar bruscamente.
—¿Por qué lloras?—preguntó el padre.
—No tengo gana,—contestó el muchacho.
El padre sonrió con mayor expresión.
—No se necesita tener gana para comer un bollo.
—Me repugna el bollo. Está duro.
—¿No quieres más?
—No.
El padre le mostró los cisnes.
—Arrójalo á esos palmípedos.
El niño vaciló. Aunque no se quiera el bollo, no es ello una razón para regalarlo.
El padre prosiguió:
—Sé humano. Es preciso tener lástima de los animales.
Y tomando el bollo de mano del muchacho, lo tiró al estanque.
El bollo cayó bastante cerca de la orilla.
Los cisnes estaban lejos, en medio del estanque, y ocupados con alguna otra presa; así fué que no vieron al señor ni su bollo.
El buen señor, conociendo que este último corría peligro de perderse, y pesaroso de un naufragio inútil, comenzó á ejecutar movimientos telegráficos, con lo que consiguió llamar la atención de los cisnes.
Divisaron éstos algo que sobrenadaba, viraron de bordo, como barcos que son, y se dirigieron hacia el bollo lentamente, con esa beatucha majestad que sienta tan bien á los animales blancos.
—Los cisnes comprenden las señales,—dijo el burgués, muy satisfecho de su propio ingenio.
En aquel momento el tumulto lejano de la ciudad creció de súbito. Esta vez tenía algo de siniestro. Hay ciertas bocanadas de aire que hablan con mayor claridad que otras.
La que soplaba á la sazón llevó hasta allí claramente redobles de tambor, gritos, descargas cerradas y las lúgubres respuestas de la campana y del cañón. Coincidió esto con una nube negra que de improviso ocultó al sol.
Todavía los cisnes no habían llegado al bollo.
—Volvámonos,—dijo el padre;—atacan las Tullerías.
Cogió otra vez la mano de su hijo, y prosiguió:
—De las Tullerías al Luxemburgo no hay más distancia que la que separa la dignidad de rey de la dignidad de par. No es mucho. Van á llover balas.
Miró la nube.
—Y quizá también va á descargar la lluvia. El cielo se mezcla en todo esto. La rama segunda está condenada. Volvámonos aprisa.
—Quisiera ver á los cisnes comerse el bollo,—dijo el niño.
El padre respondió:
—Sería una imprudencia.
Y se llevó á su hijo.
El niño, sintiendo dejar los cisnes, volvió la cabeza hacia el estanque hasta que un grupo de árboles se lo ocultó.
Entretanto; y al mismo tiempo que los cisnes, los dos chicos vagabundos se habían por su parte acercado hacia donde estaba el bollo.
Flotaba éste sobre el agua. Mientras el más pequeño no apartaba los ojos del bollo, dirigía el mayor la vista al caballero que se marchaba.
El padre y el hijo entraron en el laberinto de paseos, que conduce á la escalera grande del grupo de árboles por el lado de la calle Madame.
En cuanto se perdieron de vista, el mayor se tendió inmediatamente boca abajo en el borde circular del estanque, y aferrándose á él con la mano izquierda, inclinado sobre el agua, casi expuesto á caer, extendió con la mano derecha su varita hacia el bollo.
Los cisnes, viendo el enemigo, se dieron prisa; y al apresurarse, produjeron un efecto de pecho favorable al niño pescador. El agua refluyó delante de ellos, y una de esas suaves ondulaciones concéntricas empujó tranquilamente el bollo hacia la varita del chico.
Al mismo tiempo que llegaban los cisnes tocó la varita al bollo; el muchacho dió un golpe vivo, lo atrajo hacia sí, asustó á los cisnes, lo cogió, y se levantó.
El bollo estaba mojado, pero los niños tenían hambre y sed.
El mayor lo dividió en dos partes, una grande y otra pequeña; tomó la pequeña para sí, dió la grande á su hermanito, y le dijo:
—Carga con este taco tu fusil.
XVII Mortuus pater, filium moriturum expectat
Mario se había lanzado fuera de la barricada, seguido de Combeferre; pero ya era tarde.
Gavroche estaba muerto.
Combeferre se encargó del cesto con los cartuchos, y Mario del chico.
¡Ay! Iba pensando que lo que el padre de Gavroche había hecho por su padre, él lo hacía por el hijo; sólo que Thénardier había cargado con su padre aún vivo, y él llevaba muerto al pobre niño.
Cuando Mario entró en el reducto con Gavroche en brazos, tenía, como el pilluelo, el rostro inundado de sangre.
En el instante de bajarse para coger á Gavroche, una bala le había pasado rozando el cráneo sin que él lo advirtiese.
Courfeyrac se quitó la corbata y vendó la frente de Mario.
Púsose á Gavroche en la misma mesa que á Mabeuf, y sobre ambos cuerpos se tendió el pañuelo negro, suficiente á cubrir el anciano y el niño.
Combeferre distribuyó los cartuchos del cesto que había traído.
Esto proporcionaba á cada hombre quince tiros más.
Juan Valjean seguía en el propio sitio, sin moverse. Cuando Combeferre le presentó sus quince cartuchos, sacudió la cabeza.
—¡Qué excéntrico tan raro!—dijo en voz baja Combeferre á Enjolrás.—Halla medio de no batirse en esta barricada.
—Lo que no le impide defenderla,—contestó Enjolrás.
—El heroísmo tiene sus hombres originales,—repuso Combeferre.
Y Courfeyrac, que había oído, añadió:
—Es un género distinto del de Mabeuf.
Es curioso notar, que el fuego que se hacía contra la barricada apenas turbaba los ánimos en el interior.
Los que no han atravesado jamás el torbellino que constituye esta clase de guerras, no pueden imaginar los singulares momentos de tranquilidad que se mezclan á sus convulsiones. Se va y viene, se habla, se dicen chistes, se pasa el tiempo.
Una persona á quien conocemos oyó decir á un combatiente, en medio de la metralla:
—Estamos aquí como en un almuerzo de amigos.
El reducto de la calle de la Chanvrerie, lo repetimos, parecía muy tranquilo en el interior. Todas las peripecias y todas las fases habían sido ó iban á ser agotadas.
La posición, de crítica que era, habíase convertido en amenazadora, é iba probablemente á volverse desesperada.
Á medida que la situación se obscurecía, la luz heroica teñía más y más de púrpura la barricada.
Enjolrás la dominaba gravemente con la actitud de un joven espartano, consagrando su espada desnuda al sombrío genio de Epidotas.
Combeferre, con el mandil atado á la cintura, curaba á los heridos.
Bossuet y Feuilly hacían cartuchos con la pólvora del frasco que Gavroche encontró en el morral del cabo; y Bossuet le decía á Feuilly:
—Vamos pronto á tomar la diligencia para otro planeta.
Courfeyrac, sentado en los adoquines que se había reservado junto á Enjolrás, disponía y arreglaba todo un arsenal, su bastón de estoque, su fusil, dos pistolas de arzón y un aro de puño, todo con el cuidado de una joven que pone en orden sus avíos de tocador.
Juan Valjean, mudo, miraba la pared que tenía enfrente.
Un obrero se sujetaba á la cabeza con una cuerda un gran sombrero de paja de la tía Hucheloup, por miedo á los rayos del sol, decía.
Los jóvenes de la Cogurda de Aix departían alegremente unos con otros, como si tuviesen prisa de hablar en su dialecto por última vez.
Joly, que había descolgado el espejo de la tía Hucheloup, estaba examinando en él su lengua.
Varios combatientes, habiendo encontrado mendrugos de pan, casi mohosos, en un cajón, se los estaban comiendo ávidamente.
Mario estaba inquieto, pensando en lo que su padre iba á decirle.
XVIII El buitre convertido en presa
Insistamos en un hecho psicológico natural en las barricadas. No debe omitirse nada de lo que caracteriza esta guerra sorprendente de las calles.
Sea cual fuere la extraña tranquilidad interior de que acabamos de hablar, la barricada, para los que están dentro, continúa siendo como una visión.
Hay algo de apocalíptico en la guerra civil; todas las brumas de lo desconocido se mezclan á sus terribles resplandores; las revoluciones son esfinges, y todo el que ha estado en una barricada cree haber tenido un sueño.
Lo que se siente en tales sitios, como ya hemos indicado á propósito de Mario, y veremos luego las consecuencias, es más, y es menos que la vida. Ya fuera de la barricada, no se sabe lo que en la barricada se ha presenciado.
Ha estado uno terrible, y lo ignora. Ha estado uno circuido de ideas que combatían, que tenían rostros humanos, y la cabeza del patriarca se ha iluminado con la luz del porvenir.
Había allí cadáveres tendidos, y fantasmas en pie. Las horas eran colosales, y parecían horas eternas.
Se ha vivido en la muerte. Se han visto pasar sombras.
¿Qué era aquello? Había allí manos ensangrentadas; un ruido espantoso, y al mismo tiempo un horrible silencio; bocas abiertas que gritaban, y otras bocas abiertas que no decían nada; se estaba en medio del humo, de la noche quizás.
Créese haber tocado el siniestro borde de las profundidades desconocidas, y se mira uno á las uñas, donde aparecen unas como manchas encarnadas. Hase olvidado todo.
Volvamos á la calle de la Chanvrerie.
De repente, entre dos descargas, se oyó el toque lejano de la hora que sonaba.
—Son las doce,—dijo Combeferre.
Aún no habían acabado de dar las doce campanadas, cuando Enjolrás, poniéndose de pie, dijo con voz tonante desde lo alto de la barricada:
—Súbanse adoquines á la casa, y colóquense en el reborde de la ventana y de la buhardilla. La mitad de la gente á los fusiles, y la otra mitad á las piedras. No hay un minuto que perder.
Una partida de zapadores bomberos, con el hacha al hombro, acababa de aparecer, en orden de batalla, al extremo de la calle.
Aquella tenía que ser la cabeza de una columna. ¿Y de cuál? De la de ataque indudablemente.
Los zapadores-bomberos, encargados de demoler la barricada, deben preceder siempre á los soldados que han de escalarla.
No cabía duda de que llegaba ya el instante, denominado por Clermont Tonnerre, en 1822, «el collerazo».
La orden de Enjolrás fué ejecutada con la correcta exactitud propia de los buques y de las barricadas, los dos únicos sitios de combate de los cuales es imposible la evasión.
En menos de un minuto, las dos terceras partes de los adoquines, que Enjolrás había hecho amontonar en la puerta de Corinto, fueron subidos al primer piso y al desván; y antes de que transcurriese otro minuto, aquellos adoquines, colocados artísticamente uno sobre otro, tapiaban hasta la mitad de su altura la ventana del uno y los tragaluces del otro.
Feuilly, principal constructor, tuvo cuidado de dejar algunos claros para los cañones de los fusiles.
Aquella especie de parapeto en las ventanas pudo formarse con tanta mayor facilidad, cuanto que la metralla había cesado.
Las dos piezas tiraban ahora con bala al centro del reducto, á fin de abrir un agujero, y, si era posible una brecha para el asalto.
Cuando los adoquines destinados á la defensa estuvieron en su sitio, Enjolrás mandó llevar al primer piso las botellas que había colocado debajo de la mesa donde estaba Mabeuf.
—¿Quién, entonces, beberá esto?—preguntó Bossuet.
—Ellos,—contestó Enjolrás.
Se tapió enseguida la ventana del piso bajo, y se aprontaron los travesaños de hierro que servían para cerrar de noche por dentro la puerta del bodegón.
La fortaleza estaba completa. La barricada era el baluarte y era la taberna el torrejón.
Con los adoquines que quedaron se cerró la cortadura.
Como los defensores de una barricada se ven siempre obligados á economizar las municiones, y los sitiadores lo saben, estos combinan su plan con una especie de regodeo irritante, exponiéndose antes de tiempo al fuego, más aún en apariencia que en realidad, y permitiéndose todas las comodidades.
Los preparativos de ataque se hacen siempre con cierta lentitud metódica; después viene el rayo.
Esta lentitud permitió á Enjolrás revisarlo y perfeccionarlo todo. Conocía que, ya que semejantes hombres iban á morir, su muerte debía ser una obra maestra.
Dijo á Mario:
—Somos los dos jefes. Voy adentro á dar algunas órdenes; quédate fuera tú, y observa.
Apostóse Mario de vigía en la cúspide de la barricada.
Enjolrás mandó clavar la puerta de la cocina, que, como recordará el lector servía de hospital.
—Que no alcancen las salpicaduras á los heridos,—dijo.
Dió las últimas instrucciones en la sala baja con voz breve, pero profundamente tranquila; Feuilly escuchaba y respondía en nombre de todos:
—Que haya hachas dispuestas en el primer piso para cortar la escalera. ¿Las hay?
—Sí,—dijo Feuilly.
—¿Cuántas?
—Dos hachas y un machete.
—Está bien. Somos veintisiete hombres aptos para el combate. ¿Cuántos fusiles hay?
—Treinta y cuatro.
—Sobran ocho. Que estén á la mano esos ocho fusiles, cargados como los demás. En el cinto los sables y las pistolas. Veinte hombres en la barricada. Seis, emboscados en la buhardilla y en la ventana del primer piso para hacer fuego contra los sitiadores por las troneras de los adoquines. Que no quede aquí ni un solo trabajador inútil. Luego, cuando el tambor toque á atacar, que los veinte de abajo se precipiten á la barricada. Los que primero lleguen se colocarán mejor.
Dadas estas órdenes, se volvió á Javert, y le dijo:
—No me olvido de ti.
Y poniendo sobre la mesa una pistola, añadió:
—El último que salga de aquí levantará la tapa de los sesos á ese espía.
—¿Aquí mismo?—preguntó una voz.
—No; no mezclemos ese cadáver con los nuestros. Se puede atravesar la pequeña barricada de la callejuela de Mondetour. Sólo tiene cuatro pies de alta. El hombre está bien amarrado. Se le conducirá y ejecutará allí. En aquel momento había uno de los presentes más impasible que Enjolrás; era Javert.
Presentóse Juan Valjean.
Estaba confundido en el grupo de los insurrectos.
Salió y dijo á Enjolrás:
—¿Sois vos el jefe?
—Sí.
—Me habéis dado las gracias hace poco.
—En nombre de la República. La barricada tiene dos salvadores; Mario Pontmercy y vos.
—¿Creéis que merezco recompensa?
—Sin duda.
—Pues bien; pido una.
—¿Cuál?
—La de permitirme levantar la tapa de los sesos á ese hombre.
Javert alzó la cabeza, vió á Juan Valjean, hizo un movimiento imperceptible, y dijo:
—Es muy justo.
Enjolrás había vuelto á cargar de nuevo la carabina, y miró alrededor.
—¿No hay quién reclame?
Y dirigiéndose á Juan Valjean, le dijo:
—Tomad el polizonte.
Juan Valjean tomó, en efecto, posesión de Javert, sentándose al extremo de la mesa.
Cogió la pistola, un débil ruido seco anunció que acababa de montarla.
Casi al mismo instante se oyó el toque de una corneta.
—¡Alerta!—gritó Mario desde lo alto de la barricada.
Javert se puso á reir con aquella risa sorda que le era propia, y mirando fijamente á los insurrectos, les dijo:
—No gozáis de mucha más salud que yo.
—¡Todo el mundo afuera!—gritó Enjolrás.
Los insurrectos se lanzaron en tropel, y al salir recibieron en la espalda (permítasenos la frase) estas palabras de Javert:
—¡Hasta luego!
XIX Venganza de Juan Valjean
En cuanto Juan Valjean se quedó sólo con Javert, desató la cuerda que sujetaba al prisionero por la mitad del cuerpo, y cuyo nudo estaba debajo de la mesa. Enseguida le hizo seña de que se levantase.
Javert obedeció, con aquella indefinible sonrisa en que se condensa la supremacía de la autoridad encadenada.
Juan Valjean tomó á Javert de la gamarra, como se tomaría á una acémila del diestro y conduciéndole en pos de sí, salió del figón con lentitud, porque Javert, trabado de piernas, no podía dar sino pasos muy cortos.
Juan Valjean llevaba en la mano la pistola.
Atravesaron de este modo el trapecio interior de la barricada.
Los insurrectos, atentos todos al inevitable ataque, estaban de espaldas.
Solamente Mario, ladeado en la extremidad izquierda del parapeto, los vió pasar. Aquel grupo del paciente y el verdugo se iluminó con la luz sepulcral que había en su alma.
Juan Valjean, no sin algún trabajo, hizo escalar á Javert, atado y todo, sin soltarle un instante, la pequeña trinchera de la callejuela de Mondetour.
Cuando hubieron pasado este parapeto, se encontraron solos en la calle.
Nadie los veía.
El ángulo que formaban las casas los ocultaba á los ojos de los insurrectos.
Á pocos pasos de allí formaban un terrible montón los cadáveres retirados de la barricada.
En aquel hacinamiento de muertos se distinguía un rostro lívido, una cabellera suelta, una mano agujereada, y un seno de mujer medio desnudo: era Eponina.
Javert se fijó, de soslayo, en aquel cuerpo, y dijo á media voz, profundamente tranquilo:
—Paréceme que conozco á esa muchacha.
Después se volvió hacia Juan Valjean.
Juan Valjean se puso la pistola bajo el brazo, y fijó en Javert una mirada que no necesitaba palabras para decir:
—Javert, soy yo.
Javert respondió:
—Desquítate.
Valjean sacó una navaja del bolsillo, y la abrió.
—¡Un flamenco!—exclamó Javert.—Tienes razón. Esto te cuadra más.
Juan Valjean cortó la gamarra que Javert tenía al cuello, luego cortó las cuerdas de las muñecas, y por último, bajándose, hizo lo mismo con la cuerda de los pies. Después, poniéndose otra vez derecho, díjole con fría serenidad:
—Estáis libre.
Javert no era hombre que se asombrase fácilmente. Sin embargo, á pesar de ser tan dueño de sí mismo, no pudo evitar cierta emoción. Se quedó admirado é inmóvil.
Juan Valjean prosiguió:
—No creo que salgáis de aquí. No obstante, si por casualidad salieseis, vivo con el nombre de Fauchelevent en la calle del Hombre Armado, número 7.
Javert sintió una especie de fruncimiento de tigre, que le hizo entreabrir un lado de la boca, y murmuró entre dientes:
—Guárdate.
—Idos,—dijo Juan Valjean.
—Javert repuso:
—¿Has dicho Fauchelevent, calle del Hombre Armado?
—Número 7.
Javert repitió á media voz:
—Número 7.
Abrochóse su levitón, tomó cierta actitud militar, dió media vuelta, cruzó los brazos, apoyando la barba en una de las manos, y echó á andar tomando la dirección de los Mercados. Juan Valjean le seguía con la vista.
Después de dar algunos pasos, Javert se volvió y dijo á Juan Valjean:
—Me habéis fastidiado. Prefiero que me matéis.
Javert, sin advertirlo, no tuteaba ya á Juan Valjean.
—Idos,—repitió Juan Valjean.
Javert se fué alejando poco á poco. Un momento después doblaba la esquina de la calle de Predicadores.
Cuando Javert hubo desaparecido, Juan Valjean descargó su pistola al aire.
Después, entrando de nuevo en la barricada, dijo:
—Ya está.
Entretanto he aquí lo que había pasado.
Mario, más ocupado en lo de afuera que en lo de adentro, no se había fijado hasta entonces en el espía amarrado en el fondo obscuro de la sala baja.
Cuando le vió á la luz del día, atravesando la barricada camino de la muerte, le conoció.
Un recuerdo súbito penetró en su alma. Acordóse del inspector de la calle de Pontoise y de las dos pistolas que le había entregado, las que le sirvieron en aquella misma barricada; y no sólo se acordó de la fisonomía, sino también del nombre.
Sin embargo, era un recuerdo nebuloso y confuso, como todas sus ideas.
No fué una afirmación, sino una pregunta que se hizo á sí mismo.
—¿No es ese el inspector de policía que me dijo llamarse Javert?
Quizá era tiempo todavía de intervenir en favor de aquel hombre; pero, ante todo, había que cerciorarse de si era en realidad Javert.
Mario interpeló á Enjolrás, que acababa de colocarse al otro extremo de la barricada:
—¡Enjolrás!
—¿Qué?
—¿Cómo se llama ese hombre?
—¿Quién?
—El agente de policía. ¿Sabes su nombre?
—Sin duda; él mismo nos lo ha dicho.
—¿Cómo se llama?
—Javert.
Mario se levantó.
En aquel instante se oyó el pistoletazo.
Juan Valjean volvió á aparecer, diciendo:—«Ya está».
Un frío interior atravesó el corazón de Mario.
XX Los muertos tienen razón y los vivos no se equivocan
La agonía de la barricada iba á empezar.
Todo contribuía á aumentar la trágica majestad de aquel momento supremo; mil misteriosos fracasos en el aire, el soplo de las masas armadas puestas en movimiento en calles que no se veían, el galope intermitente de los caballos, el pesado rodar de las piezas de artillería en marcha, las descargas cerradas y los cañonazos cruzándose en el laberinto de París, el humo dorado de la batalla subiéndose á los tejados, gritos lejanos, vagos, terribles, relámpagos amenazadores en todas partes, la campana de San Merry, que parecía entonces sollozar, la dulzura de la estación, el esplendor del cielo lleno de sol y de nubes, la belleza del día y el espantoso silencio de las casas.
Porque, desde la víspera, era el silencio ciertamente terrible; las dos hileras de casas de la calle de la Chanvrerie se habían convertido en murallas, murallas espantosas, con las puertas cerradas, y cerradas también ventanas y postigos.
En aquellos tiempos, tan diferentes de los actuales, cuando había llegado la hora en que el pueblo quería derrocar una situación demasiado larga, ó acabar con una carta otorgada, ó con un país legal; cuando la cólera universal se difundía en la atmósfera; cuando la ciudad consentía en la sublevación de sus adoquines; cuando la insurrección hacía sonreír á la burguesía cuchicheándole al oído el santo y seña, entonces el habitante, penetrado, digámoslo así, de motín, auxiliaba al combatiente, y la casa fraternizaba con la fortaleza improvisada que se apoyaba en ella.
Cuando la situación no había aún madurado; cuando la insurrección no era consentida decididamente; cuando la masa rechazaba el movimiento, ¡ay de los combatientes! la ciudad se convertía en desierto alrededor de los sublevados, las almas se helaban, los asilos se cerraban, y la calle se cambiaba en desfiladero para ayudar al ejército á tomar la barricada.
No se hace andar á un pueblo por sorpresa más aprisa de lo que él quiere. ¡Desgraciado del que quiera violentarle!
Un pueblo no se deja manejar. Entonces abandona la insurrección á sus propias fuerzas, y mira á los insurrectos como apestados, y la casa es una escarpadura, la puerta un rechazo, la fachada un muro. Muro que ve, oye y se hace el sordo. Pudiera entreabrirse y salvarle.
Pero no. Aquel muro es un juez. Mira y condena.
¡Qué sombrío aspecto el de las casas cerradas! Parecen muertas y viven. La vida, que se encuentra allí como en suspenso, persevera.
Nadie ha salido de allí hace veinticuatro horas; pero tampoco falta nadie.
En el interior de aquella roca se va, se viene, se acuesta la gente y se levanta; se vive en familia, se bebe, se come, y se tiene miedo; ¡cosa terrible! El miedo disculpa aquella terrible inhospitalidad, y el susto que con él se mezcla es una circunstancia atenuante.
Algunas veces se han visto ejemplos de ello; el miedo se convierte en pasión; el susto puede cambiarse en furia, como la prudencia en cólera. De ahí aquella frase tan profunda: ¡Esos rabiosos de moderados!
Hay resplandores de espanto supremo, de donde sale como un humo lúgubre, la cólera.
¿Qué quieren estas gentes?...
No están nunca contentos. Comprometen á los hombres pacíficos...
¡Como si no tuviésemos ya revoluciones de sobra!...
¿Qué han venido á hacer aquí?...
Que busquen medio de salvarse: y si no lo encuentran, tanto peor para ellos; suya es la culpa...
Les está bien...
Nada de eso nos atañe...
Pues, ¿y nuestra pobre calle? ¡Cómo nos la han acribillado á balazos!...
Son un hato de perdidos...
Sobre todo, que no se les abra la puerta...
Y la casa entonces toma el aspecto de una tumba.
El insurrecto agoniza delante de aquella puerta; ve llegar la metralla y los sables desnudos; si grita, sabe que le oyen, pero sabe también que no han de ir á abrirle.
Hay allí paredes que podrían protegerle; hay hombres que podrían salvarle; y tienen aquellas paredes oídos de carne, y los hombres aquellos entrañas de piedra.
¿Á quién acusar?
Á nadie y á todo el mundo.
Á los tiempos incompletos en que vivimos.
Así es que la utopía se transforma siempre de su cuenta y riesgo en insurrección, pasando de protesta filosófica á protesta armada; de Minerva á Palas.
La utopía, que se impacienta y se vuelve motín, sabe lo que la espera; lo común es que se anticipe demasiado.
Entonces se resigna y acepta estoicamente, en lugar del triunfo, la catástrofe.
Sirve sin quejarse, y hasta disculpa á los que reniegan de ella; su magnanimidad es consentir en el abandono.
Es indomable contra el obstáculo, é indulgente con la ingratitud.
¿Pero es, en efecto, ingratitud?
Sí, bajo el punto de vista humano.
No, bajo el punto de vista individual.
El progreso es el modo de ser del hombre.
La vida general de la especie humana se llama Progreso; el paso colectivo de la especie humana se llama igualmente Progreso.
El progreso camina; hace el gran viaje humano y terrenal hacia lo celestial y lo divino; tiene sus paradas, durante las cuales reúne el rebaño cuando se queda atrás; tiene sus estaciones en que medita, ante alguna tierra de Canaán espléndida, descubriendo de improviso su horizonte; tiene sus noches en que duerme; y una de las más dolorosas ansiedades del pensador es ver sombras en el alma humana, y tocar, en medio de las tinieblas, sin poder despertarle, al progreso dormido.
Dios está muerto tal vez, decía un día al que escribe estas líneas, Gerardo de Nerval, confundiendo el progreso con Dios, y tomando la interrupción del movimiento por la muerte del Ser.
El que desespera se equivoca.
El progreso se despierta infaliblemente: y en suma, pudiera decirse que marcha, dormido y todo, por lo que crece. Cuando se le ve nuevamente de pie, se le encuentra más alto.
Estar siempre apacible no depende del progreso, ni más ni menos que del río. No elevéis ninguna barrera; no arrojéis ninguna roca, que el obstáculo hace espumar al agua y hervir la humanidad.
De ahí los disturbios; pero después de los disturbios se conoce el camino andado.
Hasta que el orden, que no es otra cosa que la paz universal, se haya establecido; hasta que reinen la armonía y unión, el progreso tendrá por etapa las revoluciones.
¿Qué es el progreso entonces? Acabamos de decirlo: la vida permanente de los pueblos.
Ahora bien; algunas veces sucede que la vida momentánea de los individuos resiste á la vida eterna del género humano.
Confesémoslo sin amargura; el individuo tiene su interés distinto, y puede, sin prevaricación, estipular en favor de ese interés y defenderlo. Tiene el presente, posee su parte excusable de egoísmo; la vida momentánea tiene su derecho, y no está obligada á sacrificarse eternamente por el porvenir.
La generación, á la que toca actualmente dar la vuelta al mundo, no se halla constituida en el deber de abreviar su viaje por otras generaciones que, bien considerado todo, son iguales á ella, y cuyo turno llegará más tarde.
Yo existo, murmura ese alguien que se llama Todo. Soy joven y estoy enamorado; soy viejo y quiero descansar; soy padre de familia, trabajo, prospero, emprendo buenos negocios, poseo casas de alquiler; tengo créditos del Estado, soy feliz; tengo mujer é hijos, amo todo esto, deseo vivir, dejadme tranquilo.
De ahí, en ciertas horas, esa profunda frialdad hacia la magnánima vanguardia del género humano.
La utopía, por otra parte, convengamos en ello, sale de su irradiación apelando á las armas.
Siendo la verdad de mañana, toma prestada su regla de conducta á la batalla y la mentira de ayer. Siendo el porvenir, se agita como el pasado. Siendo la idea pura, se convierte en vía de hecho.
Complica su heroísmo con una violencia, de que debe responder en justicia; violencia de lance y de expediente, contraria á los principios, y por la que es fatalmente castigada.
La utopía-insurrección combate con el antiguo código militar en la mano; fusila á los espías, ejecuta á los traidores, suprime seres vivientes, y los arroja en las tinieblas desconocidas.
Se sirve de la muerte: ¡cosa grave!
Parece que la utopía ha perdido la fe en la irradiación, que es su fuerza irresistible é incorruptible.
Descarga la espada; y como no hay espada simple, pues todas tienen dos filos, quien hiere con el uno se hiere con el otro.
Hecha esta salvedad, y hecha severamente, nos es imposible dejar de admirar, triunfen ó no, á los gloriosos combatientes del porvenir, á los confesores de la utopía.
Aun cuando aborte su acción, son venerables; y quizá es su majestad mayor siendo vencidos.
La victoria, en el sentido del progreso, merece el aplauso de los pueblos; pero una derrota heroica merece su tierna simpatía.
La una es magnífica, la otra sublime.
Nosotros, que preferimos el martirio al triunfo, creemos á Juan Brown más grande que Washington, y á Pisacana más grande que Garibaldi.
Es necesario que alguien esté por los vencidos.
El mundo es injusto con esos grandes ensayadores del porvenir, cuando abortan.
Acúsase á los revolucionarios de sembrar el espanto.
Toda barricada parece un atentado.
Se acriminan sus teorías, se recela de su objeto, se teme su segunda intención, se denuncia su conciencia.
Se les echa en cara que elevan, construyen y acumulan contra el hecho social reinante un montón de miserias, dolores, iniquidades, agravios y desesperaciones, y que arrancan de las hondonadas pedruscos de tinieblas para parapetarse y combatir.
Se les grita: «¡Desempedráis el infierno!». Á lo que podrían ellos contestar: «Por esto es que nuestra barricada está hecha de buenas intenciones».
Lo mejor, sin duda, es la solución pacífica.
En suma, convengamos en que cuando se ven las huellas se piensa en el oso, y es esa una buena voluntad de que la sociedad preocupa.
Pero de la sociedad depende salvarse así misma; y nosotros apelamos á su natural buena voluntad.
Ningún remedio violento es necesario.
Estudiar buenamente el mal, hacerle constar y luego curarle. Esto es á lo que la invitamos.
Quien quiera que sean, aún caídos, sobre todo caídos, son augustos los hombres, que, en todos los puntos del universo, fija la vista en Francia, luchan por la grande obra con la inflexible lógica del ideal.
Dan su vida pura y simplemente por el progreso; cumplen la voluntad de la Providencia verificando un acto religioso. Al llegar la hora señalada con tanto desinterés como un actor á quien le toca entrar en escena, obedeciendo al director divino, bajan á la tumba.
Y esa lucha sin esperanza y esa desaparición estoica, la aceptan para conducir á sus espléndidas y supremas consecuencias universales el majestuoso movimiento humano, irresistiblemente comenzado el 14 de julio de 1789; semejantes soldados son sacerdotes.
La Revolución francesa es un gesto de Dios.
Por lo demás... y conviene añadir esta distinción á las ya indicadas en otro capítulo, existen las insurrecciones aceptadas que se llaman revoluciones, y las insurrecciones rechazadas que se llaman motines.
Una insurrección que estalla, es una idea que expone su examen ante el pueblo.
Si el pueblo deja caer la bola negra, la idea es un fruto seco, la insurrección es un acaloramiento.
Armarse en guerra á cada intimación, y siempre que la utopía lo desea, no es propio de los pueblos. Las naciones no tienen á todas horas el temperamento de los héroes y de los mártires.
Son positivas. Á priori, la insurrección les repugna, primero, porque frecuentemente su resultado es una catástrofe; y en segundo lugar, porque siempre su punto de partida es una abstracción.
Porqué, y esto es lo hermoso, los que se sacrifican lo hacen siempre por el ideal, por el ideal sólo.
Una insurrección es un entusiasmo. El entusiasmo puede montar en cólera, de ahí el acudir á las armas.
Pero toda insurrección que apunta á un gobierno ó á un régimen, no se dirige solamente á ese gobierno ó á ese régimen; apunta más alto.
Así, por ejemplo, insistamos en ello; lo que combatían los jefes de la insurrección de 1832, y en particular los jóvenes entusiastas de la calle de la Chanvrerie, no era precisamente á Luis Felipe.
La mayor parte, cuando hablaban con toda franqueza, hacían justicia á las cualidades de aquel rey, mediador entre la monarquía y la revolución. Ninguno le odiaba.
Pero atacaban la rama segunda del derecho divino en Luis Felipe, como habían atacado la rama primogénita en Carlos X; y lo que querían derrocar, derrocando el trono en Francia, era, ya lo hemos dicho anteriormente, la usurpación del hombre por el hombre, y del privilegio sobre el derecho en todo el universo.
París sin rey, da por repercusión el mundo sin déspotas.
Así era como ellos raciocinaban.
Su objeto, lejano sin duda, vago quizá, y retrocediendo ante el esfuerzo era, no obstante, grande.
Y así es en efecto. Sacrifícase uno por esos fantasmas que, para los sacrificados, son ilusiones casi siempre; pero ilusiones á las que, en conclusión, se mezcla toda la certidumbre humana.
El insurrecto poetiza y dora la insurrección. Lánzase en esos trágicos acontecimientos embriagándose en lo que va á hacer. ¿Quién sabe? Tal vez triunfe...
Son el menor número; tienen contra sí todo un ejército; pero defienden el derecho, la ley natural, la soberanía del individuo sobre sí mismo, que no es posible abdicar; la justicia, la verdad; y si llega el caso, mueren como los trescientos espartanos.
No se piensa en don Quijote, sino en Leónidas.
Y siguen adelante; y una vez comprometidos, ya no retroceden.
Se lanzan de cabeza, teniendo por esperanza una victoria inaudita, la revolución consumada, el progreso libre, el engrandecimiento del género humano, la emancipación universal y, en último caso, las Termópilas.
Frecuentemente, esos torneos guerreros en favor del progreso salen frustrados; ya hemos dicho el por qué.
La multitud se muestra reacia al impulso de los paladines. Las masas pesadas, las muchedumbres, frágiles por su peso mismo, temen las aventuras, y hay siempre algo de aventura en lo ideal.
Por otra parte, no debe olvidarse que entran también en juego los intereses, poco amigos de lo ideal y de lo sentimental. Muchas veces el estómago paraliza el corazón.
La grandeza y la belleza de Francia consiste en que cría menos vientre que otros pueblos, se ajusta más fácilmente el cordón á la cintura.
Es la primera en vestirse y la última que se acuesta.
Marcha adelante siempre. Le gusta descubrir.
Esto prueba su espíritu de artista.
Lo ideal no es sino el punto culminante de la lógica, como no es la belleza otra cosa que la cima de la verdad.
Los pueblos artistas son también los pueblos consecuentes. Amar la belleza es ver la luz.
Por esto la antorcha de Europa, es decir, de la civilización, fué llevada al principio por Grecia, que la traspasó á Italia, y ésta, hizo lo propio con Francia.
¡Divinos pueblos, exploradores! Vitæ lampada tradunt.
¡Cosa admirable! La poesía de un pueblo es el elemento del pueblo. La cantidad de civilización se mide por la cantidad de imaginación.
Solamente los pueblos civilizadores deben considerar varoniles. Corinto, sí; Sibaris, no.
El que se afemenina se envilece. No hay necesidad absoluta de ser dilettante, ni virtuose, pero es indispensable ser artista.
En materia de civilización, no ha de buscarse el refinamiento, sino lo sublime. Así es como se da al género humano el modelo de lo ideal.
El ideal moderno tiene su tipo en el arte, y sus medios en la ciencia. Con la ciencia se realizará esa visión augusta de los poetas: la belleza social. Se reconstruirá el Edén con el A + B.
Al punto á que ha llegado la civilización, lo exacto es un elemento necesario de lo espléndido, y el órgano científico no sólo sirve, sino que completa el sentimiento artístico. La fantasía debe calcular.
El arte, que es el que conquista, debe tener por punto de apoyo la ciencia, que es la que marcha. La solidez de la montura es importantísima.
El espíritu moderno es el genio de Grecia con el genio de la India por vehículo: Alejandro montando el elefante.
Las razas petrificadas en el dogma, ó desmoralizadas por el lucro, son impropias para dirigir la civilización.
La genuflexión ante el ídolo ó ante el escudo, atrofia el músculo que anda y la voluntad que va.
La absorción hierática ó comercial aminora la irradiación de un pueblo, rebaja su horizonte rebajando su nivel, y le quita esa inteligencia humana y divina á la vez, del fin universal, que constituye las naciones misioneras.
Babilonia no tiene ideal, ni Cartago lo tiene. Atenas y Roma tienen y conservan todavía al través de la espesa noche de los siglos, aureolas de civilización.
Francia es un pueblo de las cualidades de Grecia é Italia.
Es ateniense por lo bello, y romana por lo grande.
Es más inclinado á la abnegación y al sacrificio que los otros pueblos.
Solamente que esta propensión la toma y deja. Esto es un gran peligro para los que corren cuando ella no quiere sino andar, ó para los que andan cuando ella desea estarse quieta.
Francia tiene sus recaídas de materialismo, y en ciertos instantes, las ideas que obstruyen ese cerebro sublime, no muestran ya nada que recuerde la grandeza francesa, y son de las dimensiones de un Missouri, ó de una Carolina del Sur.
¿Qué remedio? El gigante representa el papel del enano. La inmensa Francia tiene sus tonterías de pequeñez. Eso es todo.
Á esto no hay nada que objetar. Los pueblos, como los astros, tienen el derecho de eclipsarse.
No importa, con tal que la luz vuelva y el eclipse no degenere en noche.
Alba y resurrección son sinónimos.
La reaparición de la luz es idéntica á la perseverancia del yo.
Hagamos constar estos hechos con calma. La muerte es en la barricada, ó la tumba en el destierro, son contratiempos aceptables para el sacrificio.
El verdadero nombre del sacrificio es desinterés.
Que los abandonados se dejen abandonar, que los desterrados se dejen desterrar, y limitémonos á suplicar á los grandes pueblos que no retrocedan demasiado lejos, cuando retroceden.
No se debe, so pretexto de volver á la razón, avanzar demasiado en el descenso.
La materia existe, el minuto existe, los intereses existen, el estómago existe; pero es preciso que no sea el estómago el único sabio.
La vida momentánea tiene su derecho; concedido; pero la vida permanente tiene también el suyo. ¡Ay! el haber subido no guarda de caer.
Vese esto en la historia más frecuentemente que se quisiera. Una nación es ilustre; toma el gusto á lo ideal, y luego muerde el polvo y le sabe bien.
Si se le pregunta cómo es que abandona á Sócrates por Falstaff, responde: «Porque me gustan los hombres de Estado».
Una palabra antes de volver á la lucha.
Una batalla como la que estamos refiriendo, no es otra cosa que una convulsión hacia lo ideal.
El progreso con trabas es enfermizo, y padece esta especie de epilepsias trágicas.
Hemos debido tropezar con esa enfermedad del progreso, la guerra civil. Es una de las fases fatales, acto y entreacto á la vez de este drama, cuyo eje es un condenado social, y cuyo verdadero título es: El Progreso.
¡El Progreso!
Este grito, que lanzamos con frecuencia, encierra todo nuestro pensamiento; y en el punto del drama á que hemos llegado, teniendo que experimentar alguna prueba más aún la idea que abraza, quizá nos sea permitido, si no descorrer el velo, al menos dejar transparentar claramente la luz.
El libro que el lector tiene á la vista, es de un extremo á otro, en su conjunto como en sus detalles, sean cuales fueren las intermitencias, las excepciones ó las flaquezas, el camino que va del mal al bien, de lo injusto á lo justo, de lo falso á lo verdadero, de la noche al día, del apetito á la conciencia, de la descomposición á la vida, de la brutalidad al deber, del infierno al cielo, de la nada á Dios.
Punto de partida, la materia; punto de llegada el alma.
La hidra al principio, el ángel al final.
XXI Los héroes
De súbito el tambor llamó á la carga.
El ataque fué el huracán. Á la víspera, en medio de la obscuridad, los sitiadores se habían aproximado á la barricada silenciosamente como serpientes.
Á la sazón, en pleno día, en aquella calle abierta, la sorpresa era de todo punto imposible; además, la viva fuerza se había desenmascarado, el cañón había empezado á rugir, y el ejército se precipitó sobre el reducto.
Entonces la furia era habilidad.
Una poderosa columna de infantería de línea, cortada á intervalos regulares por guardia nacional y guardia municipal de á pie, y apoyada en masas profundas, que se las oía sin verlas, desembocó en la calle á paso de carga, tocando tambores y clarines, con las bayonetas caladas y los zapadores á la cabeza, é imperturbable ante los proyectiles, cayó sobre la barricada con la fuerza de una viga de bronce sobre un muro.
El muro resistió.
Los insurrectos hicieron fuego impetuosamente, y el reducto escalado ostentó una cabellera de relámpagos.
El asalto fué tan furibundo, que por un momento se vió la barricada llena de sitiadores; pero sacudió los soldados, como sacude el león los perros, y no se cubrió de combatientes sino como de espuma el arrecife, para reaparecer luego escarpada, negra y formidable.
La columna, obligada á replegarse, permaneció compacta en la calle, al descubierto, pero terrible, y contestando al reducto con un horroroso tiroteo de fusilería.
Cualquiera que haya visto fuegos artificiales, recordará el haz de cohetes voladores que se denomina ramillete.
Represéntese pues el lector ese ramillete, no vertical sino horizontal, con una bala, una posta ó un casco de metralla en la punta de cada espiga de fuego, y lanzando la muerte al desgranar sus espigas de rayos.
La barricada estaba debajo.
Por ambas partes había igual denuedo.
El valor era casi bárbaro, complicándose con una especie de ferocidad heroica, que comenzaba por el sacrificio de sí mismo.
Era la época en que un guardia nacional se batía como un zuavo.
La tropa quería terminar; la insurrección anhelaba la lucha.
La aceptación de la agonía en plena juventud y en salud plena, trueca la intrepidez en frenesí.
Cada uno tenía allí el engrandecimiento de la hora suprema. La calle se cubrió de cadáveres.
La barricada tenía en uno de los extremos á Enjolrás, y en el otro á Mario.
Enjolrás, que traía toda la barricada dentro de la cabeza, se reservaba y se ponía al abrigo de las balas; tres soldados cayeron uno tras otro al pie de su almena sin haberle visto siquiera.
Mario combatía al descubierto. Presentábase blanco de los fusiles enemigos, pues más de la mitad de su cuerpo sobresalía por cima del reducto.
No hay mayor pródigo que el avaro entregándose al despilfarro, ni hay hombre más terrible en la pelea que el pensador.
Mario aparecía formidable y meditabundo. Estaba en la batalla como en un sueño. Hubiera podido decirse que era un fantasma disparando tiros.
Agotábanse los cartuchos, pero no los sarcasmos. Dentro de aquel torbellino del sepulcro en que se encontraban, se reían.
Courfeyrac iba con la cabeza descubierta, sin absolutamente nada que la protegiera.
—¿Qué has hecho del sombrero?—le preguntó Bossuet.
Courfeyrac respondió:
—Han acabado por llevársemelo á cañonazos.
Ó bien decían otras cosas más elevadas.
—¡Cómo comprender,—exclamaba amargamente Feuilly,—á esos hombres (y citaba los nombres, de hombres conocidos y hasta célebres, algunos del antiguo ejército) que habían ofrecido unírsenos, jurando ayudarnos; que se habían comprometido por su honor; que son nuestros generales, y que nos abandonan!
Y Combeferre se limitaba á contestar con grave sonrisa:
—Hay personas que observan las reglas del honor como se observan las estrellas, de lejos.
El interior de la barricada estaba lleno de cartuchos rotos, que parecía haber nevado.
Los sitiadores tenían la ventaja del número; los insurrectos la de la posición. De lo alto de una pared hacían fuego á boca de jarro contra los soldados, quienes tropezaban con los muertos y heridos, enredándose en la pendiente.
Aquella barricada, construida como estaba, y admirablemente apoyada, era en verdad una posición en la que un puñado de hombres podía resistir á una legión.
No obstante, la columna de ataque, reforzada continuamente, y engrosando bajo la lluvia de balas, se acercaba inexorablemente; y ya el ejército, poco á poco, paso á paso, pero con seguridad, estrechaba la barricada, como el husillo á la prensa.
Sucedíanse los asaltos. El horror aumentaba.
Entonces estalló entre aquel montón de adoquines, en aquella calle de la Chanvrerie, una lucha digna de las murallas de Troya.
Aquellos hombres extenuados, harapientos, cansados, que no habían comido hacía veinticuatro horas, que tampoco habían dormido, que sólo contaban con algunos tiros más, que se tentaban los bolsillos vacíos de cartuchos, heridos casi todos, vendada la cabeza ó el brazo con lienzos húmedos y ennegrecidos, de cuyos trajes agujereados brotaba sangre, armados apenas de malos fusiles y de sables viejos mellados, se convirtieron en titanes. Diez veces seguidas fué cercado, asaltado y escalado el reducto, pero nunca tomado.
Para tener idea de aquella lucha, convendría figurarse el fuego aplicado á un montón de espíritus terribles, y contemplar el incendio.
No era aquello un combate, sino el interior de un horno; las bocas respiraban llamas, los rostros tenían algo de extraordinario. La forma humana parecía imposible; los combatientes resplandecían, y era monstruoso ver ir y venir por entre el humo rojizo aquellas salamandras de la lucha.
Renunciamos á pintar las escenas sucesivas y simultáneas de aquella grandiosa matanza. Sólo la epopeya tiene derecho á llenar doce mil versos con una batalla.
Podía llamarse el infierno del bracmanismo, el más formidable de los diez y siete abismos á que el Veda da el nombre de Selva de las espadas.
Se luchaba cuerpo á cuerpo, palmo á palmo, á pistoletazos, á sablazos, á puñadas, de lejos, de cerca, de arriba, de abajo; de todas partes, de los tejados de la casa, de las ventanas del figón, de los tragaluces de la cueva adonde se habían retirado algunos. Era la pelea de uno contra sesenta.
La fachada de Corinto, á medio demoler, estaba horrorosa.
La ventana, acribillada de metralla, había perdido vidrios y marcos, y no era más que un agujero informe precipitadamente tapado con adoquines.
Bossuet fué muerto, Feuilly lo fué también, como lo fueron igualmente Joly y Combeferre.
Combeferre, atravesado el pecho por tres bayonetazos en el momento en que estaba levantando un soldado herido, no tuvo más tiempo que el de mirar al cielo, y espirar.
Mario, combatiendo siempre, estaba acribillado de heridas, particularmente en la cabeza, tanto, que el rostro desaparecía bajo la sangre, de manera que hubiera podido decirse que lo llevaba cubierto con un pañuelo rojo.
Enjolrás era el único que se mantenía ileso.
Cuando no tenía arma, extendía la mano á derecha é izquierda y un insurrecto le ponía en ella otra cualquiera. De cuatro espadas no le quedaba ya sino un trozo; una más que Francisco I en Mariñano.
Homero dice: «Diómedes degüella á Axilo, hijo de Teutránide, que habitaba en la feliz Arisba; Eurialo, hijo de Mecisteo, extermina á Dresos y Ofeltios, á Esepo y á Pedaso, el que la nayade Abarbarea concibió del irreprensible Bucolionte; Ulises derriba á Pídites de Percosa; Antíloco á Ablero; Polípetes á Astialo; Polidamas á Otos de Cilene, y Teucro á Aretaonte. Megantios muere atravesado por la pica de Euripiles. Agamenón, rey de los héroes, derriba á Elatos, nacido en la escarpada ciudad que baña el sonoro río Satnois».
En nuestros antiguos poemas de heroicidades, Esplandían ataca con un hacha de fuego al gigante marqués de Swantibore, el cual se defiende apedreando al caballero con las torres que va arrancando.
Nuestros antiguos frescos murales nos muestran los dos duques de Bretaña y de Borbón, armados y pertrechados con sus escudos y arreos de guerra á caballo, embistiéndose uno á otro, empuñando el hacha de arma, enmascarados de hierro, calzados de hierro y enguantados de hierro, el uno caparazonado de armiño y el otro gualdrapado de azul; el de Bretaña con su león entre ambos cuernos de la corona, y el de Borbón cubierto con un casco cuya visera es una monstruosa flor de lis.
Pero, para aparecer soberbio, no se necesita llevar, como Ivón, el morrión ducal, ni empuñar, como Esplandían, una llama viva, ni haber traído de Epiro, como Files, padre de Polidamas, una buena armadura, regalo de Eufeto, rey de los hombres; basta dar la vida por una convicción ó por lealtad.
Ese simple soldado, aldeano ayer de la Beauce ó del Limosin, que ronda, con el machete al lado, en torno de las niñeras del Luxemburgo. Y ese estudiante pálido, inclinado sobre un estuche de anatomía ó sobre un libro, rubio adolescente, que se afeita con tijeras; coged á uno y otro, inspiradles el soplo del deber; ponedlos frente á frente en la encrucijada de Boucherat, ó en el callejón sin salida de Planche-Mibray, haciendo que luche por su bandera el uno, y que pelee el otro por su ideal; y que se imaginen los dos que luchan por la patria; y el choque resultará colosal, tanto, que la sombra que proyectarán en el gran campo épico de las luchas humanas nuestro soldadito y nuestro pisaverde, igualará á la sombra de Megarionte, rey de la Licia, llena de tigres, cerrando cuerpo á cuerpo contra el inmenso Ayax, rival de los dioses.
XXII Palmo á palmo
Cuando no quedaron ya más jefes vivos que Enjolrás y Mario en los dos extremos de la barricada, el centro, que habían sostenido largo tiempo Courfeyrac, Joly, Bossuet, Feuilly y Combeferre, cedió. El cañón, sin abrir brecha alguna practicable, había rebajado largamente la parte media del reducto. El borde superior había desaparecido, desmoronándose á fuerza de balazos; y los escombros que caían, ya interior, ya exteriormente, acabaron de formar, amontonándose á ambos lados, dos taludes, uno dentro y otro fuera.
El talud exterior ofrecía á los sitiadores un plano inclinado.
Intentóse un asalto decisivo, y esta vez salió bien. La masa erizada de bayonetas, marchando al paso gimnástico, llegó con irresistible empuje; y el espeso frente de batalla de la columna de ataque apareció entre el humo en lo alto de la escarpa. No hubo, esta vez, remedio alguno.
El grupo de insurrectos que defendía el centro retrocedió atropelladamente.
Entonces se despertó en algunos el sombrío amor á la vida. Viéndose blanco de aquella selva de fusiles, muchos de ellos no querían ya morir. Fué aquel uno de estos instantes en que el instinto de la conservación lanza alaridos, y en que el animal reaparece en el hombre.
Estaban acorralados contra la casa de seis pisos que servía de fondo al reducto. Dicha casa podía ser para ellos la salvación. Hallábase atrancada y como tapiada de arriba abajo.
Antes que la tropa de línea estuviese en el interior del reducto, hubiera podido abrirse y cerrarse una puerta; para esto bastaba el espacio de un relámpago; y la puerta de la casa entreabierta de súbito y vuelta á cerrar inmediatamente, era la vida para aquellos desesperados; detrás de la casa había calles; facilidad de fuga, el espacio.
Empezaron á pegar culatazos con los fusiles y á dar con el pie contra la puerta, llamando, gritando, suplicando, juntando las manos.
Nadie abrió. Desde el ventanillo del tercer piso los estaba mirando la cabeza del muerto.
Pero Enjolrás, Mario y siete ú ocho más que les seguían, acudieron á protegerles.
Enjolrás había gritado á los soldados: «¡Deteneos!», y como un oficial no obedeciese la intimación, Enjolrás mató al oficial.
Encontrábase á la sazón en el pequeño espacio interior del reducto, apoyado contra la casa de Corinto, con la espada en una mano y la carabina en la otra, teniendo abierta la puerta del figón, é impidiendo traspasarla á los sitiadores. Desde allí gritó á los desesperados:
—No hay más que una puerta abierta. Ésta.
Y cubriéndolos con su cuerpo, y haciendo él solo cara á un batallón, les dió tiempo para que pasasen por detrás.
Todos se precipitaron dentro.
Enjolrás, haciendo con su carabina, de la que se servía como si fuera un palo, lo que los peritos en ello llaman molinete, paraba cuantos bayonetazos se le dirigían, y entró el último.
Hubo un instante horrible, al querer penetrar los soldados y querer los insurrectos cerrar la puerta.
Cerróse ésta por fin con tal violencia, que al encajar en el quicio, dejó ver cortados y pegados al dintel los cinco dedos de un soldado que se había asido á ella.
Mario quedó afuera; un tiro acababa de romperle la clavícula. Sintióse desvanecer y cayó.
En aquel momento, ya cerrados los ojos, experimentó la conmoción de una mano vigorosa que le cogía; su desmayo le permitió apenas este pensamiento mezclado con el supremo recuerdo de Cosette:
—Soy prisionero y me fusilarán.
Enjolrás, no viendo á Mario entre los que se refugiaban en el figón, tuvo la misma idea. Pero habían llegado al punto en que no le quedaba á cada cual más tiempo que el de pensar en su propia suerte.
Enjolrás sujetó la barra de la puerta, echó el cerrojo, dió dos vueltas á la llave, hizo lo propio con el candado, mientras que, por la parte de afuera, atacaban furiosamente los soldados con las culatas de los fusiles y los zapadores con sus hachas.
Empezaba el sitio de la taberna.
Los soldados, fuerza es decirlo, estaban encendidos en cólera.
La muerte del sargento de artillería los había irritado; y lo que era aún más terrible, en las pocas horas anteriores al ataque había circulado entre ellos la noticia de que los insurrectos mutilaban á los prisioneros, y que se veía en el figón el cadáver de un soldado sin cabeza.
Estos rumores terribles acompañan de ordinario á las guerras civiles; uno de ellos causó más adelante la catástrofe de la calle Transnonain.
Cuando estuvo la puerta atrancada, Enjolrás dijo á los demás:
—Vendámonos caros.
Luego se acercó á la mesa donde estaban tendidos los cuerpos de Mabeuf y Gavroche.
Veíanse bajo el paño negro dos formas estiradas y rígidas, grande la una y pequeña la otra, ambas caras se dibujaban vagamente bajo los fríos pliegues de la mortaja. Una mano saliendo del sudario, colgaba hacia el suelo. Era la del anciano.
Enjolrás se inclinó y besó aquella mano venerable, como había el día antes besado la frente.
Fueron los dos únicos besos que dió en su vida.
Abreviemos: la barricada había luchado como una puerta de Tebas; la taberna luchó como una casa de Zaragoza.
Tales resistencias son feroces.
Nada de cuartel. Nada de capitulación posible. Se quiere morir para poder matar.
Cuando Suchet dice:
—Capitulad...
Responde Palafox:
—Después de la guerra de cañón, la de cuchillo.
Nada faltó á la toma por asalto de la taberna de Hucheloup; ni los adoquines lloviendo desde la ventana y el tejado sobre los sitiadores, exasperando á los soldados con aplastamientos horribles, ni los disparos desde la cueva y la buhardilla, ni el furor del ataque, ni la rabia de la defensa, ni en fin, cuando cedió la puerta, la frenética demencia del exterminio.
Los sitiadores, al resbalar dentro del bodegón, con los pies enredados en las tablas de la puerta hecha astillas, no hallaron un sólo combatiente.
La escalera de caracol, cortada á hachazos, yacía en medio de la sala baja; algunos heridos acababan de espirar; los que vivían aún estaban en el piso principal; y allí, por el agujero del techo que había servido de encaje á la escalera comenzó un espantoso fuego.
Eran los últimos cartuchos.
Una vez quemados, sin pólvora ya, ni balas, aquellos formidables agonizantes, tomaron cada cual en la mano dos de las botellas reservadas por Enjolrás, de que antes hemos hablado, é hicieron frente al escalamiento con aquellas mazas horriblemente frágiles. Eran botellas de agua fuerte.
Narramos estos hechos lúgubres del encarnizamiento tal cual son. El sitiado ¡ay! se sirve de todo.
El fuego griego no ha deshonrado á Arquímedes, ni la pez derretida á Bayardo. La guerra es todo espanto, y no hay en ella nada que elegir.
La fusilería de los sitiadores, á pesar de la dificultad de tener que dirigirse de abajo arriba, era mortífera.
El borde del agujero del techo se vió luego rodeado de cabezas de muertos, de las que corría sangre en hilos rojos y humeantes.
El estrépito era indecible; un humo concentrado y ardiente derramaba casi la noche sobre aquel combate.
Carecemos de palabras para expresar el horror cuando se llega á semejante extremo.
No había hombres en aquella lucha, entonces infernal.
No eran ya gigantes contra colosos. Parecíase todo aquello más á las descripciones de Milton y Alighieri que á Homero.
Los demonios atacan, y resistían los espectros.
Era la monstruosidad del heroísmo.
XXIII Orestes en ayunas y Pilades borracho
En fin, subiéndose unos sobre otros, ayudándose con el armazón de la escalera, trepando por las paredes, asiéndose del techo, acuchillando en el borde mismo de la trampa á los últimos que se resistían, unos veinte de los sitiadores, entre soldados, guardias nacionales y guardias municipales, desfigurados la mayor parte por heridas recibidas en el rostro al verificar aquella terrible ascensión, cegados por la sangre, furiosos y salvajes, precipitáronse en la sala del piso principal.
No quedaba allí más que un sólo hombre de pie, Enjolrás.
Sin cartuchos, sin espada; no tenía en la mano más que el cañón de su carabina, cuya culata había roto contra la cabeza de los que entraban.
Se había situado de manera, que el billar le separaba de sus enemigos, retrocediendo hasta el ángulo de la sala; y allí con la mirada altiva, erguida la cabeza y ostentando aquel pedazo de arma en la mano, inspiraba aún el temor suficiente á que nadie se le acercase.
Oyóse un grito:
—Es el jefe. Él es quien mató al artillero. Ya que se ha colocado aquí, está perfectamente. Que se quede. Fusilémosle aquí mismo.
—Fusiladme,—dijo Enjolrás.
Y arrojando el trozo de carabina, y cruzando los brazos, presentó el pecho. La audacia del que debe morir, conmueve siempre á los hombres.
En cuanto cruzó los brazos Enjolrás desafiando á la muerte, cesó en la sala el ruido atronador, convirtiéndose de repente aquel caos en una especie de solemnidad sepulcral.
Parecía que la amenazadora majestad de Enjolrás, desarmado é inmóvil, pesaba sobre el tumulto, y que, con la sola autoridad de su tranquila mirada, aquel joven, el único que no había sido herido, soberbio, ensangrentado, bello é indiferente como si fuera invulnerable, obligase á aquella siniestra turba á matarle respetuosamente.
Su belleza, realzada en aquel momento por la altivez, aparecía radiante; y como si no pudiera alcanzarle el cansancio, como no le habían alcanzado las balas durante aquellas horribles veinticuatro horas que acababan de transcurrir, aparecía fresco y sonrosado.
Quién sabe si se referiría á Enjolrás el testigo que dijo después ante el consejo de guerra:
—Había un insurrecto á quien oí llamar Apolo.
Uno de los guardias nacionales que le apuntaba, bajó el cañón del fusil, diciendo:
—Paréceme que voy á fusilar una flor.
Doce hombres se formaron en pelotón en el ángulo opuesto á Enjolrás, montando sus fusiles en silencio.
Después gritó un sargento:
—¡Apunten!
Intervino un oficial.
—Esperad,—dijo.
Y dirigiéndose á Enjolrás:
—¿Queréis que se os vendan los ojos?
—No.
—¿Sois vos, en efecto, quien mató al sargento de artillería?
—Sí.
Hacía poco que se había despertado Grantaire.
Grantaire, como recordará el lector, dormía desde la víspera en la sala alta del figón, sentado en una silla y recostada la parte superior del cuerpo sobre una mesa.
Realizaba, en toda su energía, la antigua metáfora: borracho muerto.
El horrible filtro alcohólico de ajenjo le había aletargado. La mesa que tenía delante era pequeña, y no sirviendo pues para la barricada, se la dejaron.
Seguía en la misma postura, doblado el cuerpo y apoyada la cabeza en el brazo, cercado de vasos, copas y botellas.
Dormía con el sueño profundo del oso atontado, ó de la sanguijuela harta.
Ni el fuego de los fusiles, ni el del cañón, ni la metralla que penetraba por la ventana en la sala donde estaba, ni la prodigiosa baraúnda del asalto le despertaron. Sólo, de vez en cuando, respondía al cañón con un ronquido.
Parecía estar esperando á que una bala le ahorrase el trabajo de abrir los ojos nuevamente.
En torno de él yacían algunos cadáveres, y á primera vista, no se le distinguía de los que dormían el profundo sueño de la muerte.
El ruido no despierta á un borracho, pero sí le desvela á veces el silencio.
Es una observación que se ha hecho más de una vez.
La caída de todos alrededor de Grantaire, aumentaba su letargo como un arrullo; pero la especie de alto que hizo el tumulto delante de Enjolrás, fué una sacudida para aquel pesado sueño.
Es el efecto de un carruaje á galope que se detenga inesperadamente.
Los que duermen dentro del coche, despiertan entonces.
Grantaire levantó la cabeza sobresaltado, extendió los brazos, se frotó los ojos, miró, bostezó y comprendió.
La embriaguez que termina se parece á una cortina que se descorre.
Vese en conjunto y de una sola vez cuanto se ocultaba detrás.
Todo acude de repente á la memoria, y el borracho, que no sabe nada de lo que ha pasado durante veinticuatro horas, no ha acabado aún de abrir los párpados cuando ya está enterado de todo.
Las ideas le vuelven con súbita lucidez; la opacidad de la embriaguez, especie de vapor que obscurecía el cerebro, se disipa y da lugar á la clara y despejada percepción de la realidad.
Retirado como estaba Grantaire en un rincón, y al abrigo de la mesa de billar, los soldados, que no apartaban la vista de Enjolrás, no habían reparado en él; y ya el sargento se preparaba á repetir la orden ¡apunten! cuando oyó de improviso gritar con voz robusta:
—¡Viva la república! Aquí estoy yo.
Grantaire se había levantado.
El inmenso resplandor del combate á que él no había asistido, apareció en la brillante mirada del borracho transfigurado.
Repitiendo ¡viva la república! atravesó la sala con paso firme, y fué á colocarse delante de los fusiles, en pie, junto á Enjolrás.
—Matad á dos de un golpe,—dijo.
Y volviéndose á Enjolrás, añadió con tierno acento:
—¿Me lo permites?
Enjolrás le estrechó la mano sonriendo.
No había acabado aún de sonreír cuando sonó la detonación.
Enjolrás, atravesado por ocho tiros, quedó arrimado contra la pared, como si las balas le hubiesen clavado allí. No hizo más que inclinar la cabeza.
Grantaire cayó á sus pies como herido de un rayo.
Poco después, los soldados desalojaban á los últimos insurrectos que se habían refugiado en lo alto de la casa.
Tirábase dentro del desván desde las vigas cruzadas. Se peleaba por entre la misma armazón del tejado.
Arrojábanse cuerpos por las ventanas, algunos de ellos vivos todavía. Dos cazadores que intentaban levantar el ómnibus hecho pedazos, fueron víctimas de dos tiros de carabina disparados de la buhardilla. Un hombre de blusa, á quien precipitaron desde aquella altura, atravesado el vientre de un bayonetazo, se revolcaba en el suelo agonizando. Un soldado y un insurrecto se deslizaron juntos por la pendiente del tejado, sin querer soltarse, cayendo asidos en feroz abrazo. En la cueva se luchaba igualmente. Gritos, tiros, espantosos extertores y silencio luego.
Se había tomado la barricada.
Los soldados empezaron entonces el registro de las casas vecinas y la persecución de los fugitivos.
XXIV Prisionero
Mario era prisionero en efecto; prisionero de Juan Valjean.
La mano que le había asido por detrás en el momento de caer, y cuya presión había sentido al desmayarse, era la de Juan Valjean.
Juan Valjean no había tomado otra parte en el combate que la de exponer la vida. Sin él, en aquella fase suprema de la agonía, nadie hubiera pensado en los heridos. Gracias á él, presente como una providencia en todas partes durante la matanza, los que caían eran levantados, llevados á la sala baja, y curados.
En los intervalos, reparaba la barricada.
Pero nada que pudiera parecer un golpe, un ataque, ni siquiera un rasgo personal, salió de sus manos. Callaba y socorría.
Por lo demás, apenas tenía algunas rozaduras. Las balas le habían respetado. Si el suicidio entró por algo en el plan que se propuso al encaminarse á aquella tumba, el éxito no le había favorecido. Pero dudamos de que hubiese pensado en el acto irreligioso del suicidio.
Juan Valjean, en medio de la densa niebla del combate, no aparentaba ver á Mario, siendo así que no le perdía de vista un solo instante.
Cuando un balazo derribó á Mario, Juan Valjean saltó con la agilidad del tigre, se abalanzó sobre él como sobre una presa, y se lo llevó.
El torbellino del ataque estaba en aquel instante tan violentamente concentrado sobre Enjolrás y la puerta del bodegón, que nadie vió á Juan Valjean, llevando en sus brazos á Mario desmayado, atravesar el desempedrado pavimento de la barricada, y desaparecer detrás del ángulo de la casa de Corinto.
El lector recordará ese ángulo, que formaba una especie de cabo en la calle, y protegía de las balas, de la metralla, y hasta de las miradas, algunos pies cuadrados de terreno.
Hay á veces, en los incendios, una habitación que no arde, y en los mares más alborotados, detrás de un promontorio, ó al final de una serie de escollos, un rincón tranquilo.
En aquella especie de repliegue del trapecio interior de la barricada había agonizado Eponina.
Allí se detuvo Juan Valjean, dejó á Mario en el suelo, se apoyó en la pared, y miró en derredor.
La situación era espantosa.
Por de momento, y quizá durante de dos ó tres minutos, aquel lienzo de pared era un abrigo; pero ¿cómo salir y librarse de la matanza?
Recordaba la angustia que había experimentado ocho años antes, en la calle de Polonceau, y de qué manera había conseguido salir del apuro; pero si entonces era difícil, era imposible á la sazón.
Tenía delante aquella casa sorda é implacable de seis pisos, que no parecía habitada más que por el hombre muerto del ventanillo; á la derecha estaba la barricada bastante baja que cerraba la Petite Truanderie; y aunque no ofrecía gran dificultad salvar este obstáculo, distinguíase por encima del parapeto una hilera de puntas de bayoneta. Era la tropa de línea acechando al otro lado de la barricada.
No cabía duda de que atravesar el parapeto equivalía á ir á buscar una descarga cerrada, y que toda cabeza que se atreviera á aparecer en lo alto de la pared de adoquines, serviría de blanco á una descarga de sesenta tiros. Á la izquierda tenía el campo de batalla. Detrás del ángulo de la pared estaba la muerte.
¿Qué hacer?
Sólo un pájaro hubiera podido salir de allí.
Y era preciso decidirse enseguida, hallar un recurso, tomar una resolución. Á dos pasos de aquel sitio se peleaba, y por fortuna se encarnizaban todos contra un punto único, contra la puerta del figón; pero si se le ocurría á un soldado, á uno solo, dar la vuelta á la casa, ó atacarla por el flanco, todo habría concluido.
Juan Valjean miró la casa de enfrente, luego la barricada de la derecha, y por último el suelo, con la violencia del apuro supremo, extraviado, y como si hubiese querido abrir con los ojos un agujero.
Á fuerza de mirar, bosquejóse y llegó á adquirir forma ante él una cosa vagamente perceptible en aquella agonía, como si la vista tuviera poder para hacer brotar el objeto deseado. Vió á los pocos pasos, y al pie del pequeño parapeto, con tanto rigor custodiado y vigilado exteriormente, bajo un hundimiento de adoquines, que ocultaba en parte, una reja de hierro colocada de plano y al nivel del piso. Aquella reja, compuesta de barrotes trasversales, tenía unos dos pies cuadrados. El marco de adoquines que la sostenía había sido arrancado, y estaba como desencajada. Al través de los barrotes se entreveía una abertura obscura, parecida al cañón de una chimenea ó al brocal de una cisterna. Abalanzóse Juan Valjean.
Su antigua experiencia de las evasiones le iluminó el cerebro como un rayo de luz.
Apartar los adoquines, levantar la reja, cargarse á Mario á cuestas, inerte como un cuerpo muerto, bajar con esta carga, sirviéndose de los codos y de las rodillas, á aquella especie de pozo, afortunadamente poco profundo; volver á dejar caer la pesada trampa de hierro, que los adoquines derrumbándose cubrieron de nuevo; asentar el pie en una superficie embaldosada á tres metros del suelo, todo esto fué ejecutado como lo que se hace en el delirio, con la fuerza de un gigante y la rapidez del águila: apenas necesitó unos cuantos minutos.
Encontróse Juan Valjean, con Mario siempre desmayado, en una especie de corredor largo y subterráneo.
Entre la más profunda paz y el silencio más absoluto de la noche.
La impresión que había experimentado otra vez al caer de la calle al convento renació en él, con la diferencia de que á la sazón no llevaba consigo á Cosette sino á Mario.
Apenas oía sobre de su cabeza cierto vago murmullo; era el formidable tumulto de la taberna.