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Los miserables - Tomo 2 (de 2)

LIBRO OCTAVO EL MAL POBRE

J. A. R. translation

I Buscando Mario una joven con sombrero, encuentra un hombre con gorra

Pasóse el verano y después el otoño, y llegó el invierno. Ni el señor Leblanc ni la joven habían vuelto á poner los pies en el Luxemburgo. Mario no tenía más que un pensamiento, volver á ver aquel dulce y adorable rostro; buscábale sin cesar; buscábale en todas partes, pero no lo encontraba nunca. No era ya Mario el soñador entusiasta, el hombre resuelto, ardiente y firme, el audaz provocador del destino, el cerebro amontonaba porvenir sobre porvenir, con la imaginación llena de planes, de proyectos, de vanidades, de ideas y de voluntades: era un perro perdido. Cayó en una negra tristeza; todo había concluido. El trabajo le repugnaba, el paseo le cansaba, la soledad le aburría; la vasta naturaleza, tan llena para él en otro tiempo de formas, de irradiaciones, de voces, de consejos, de perspectivas, de horizontes y de enseñanzas, se presentaba ahora vacía ante sus ojos. Se le figuraba que todo había desaparecido.

Continuaba pensando, porque no podía hacer otra cosa; pero ya no se complacía en sus pensamientos; y á todo lo que estos le proponían en voz baja, respondía él en la sombra: ¿Con qué objeto?

Hacíase á sí mismo frecuentes reproches. ¿Por qué la he seguido? ¡Yo era tan feliz con solo verla! Me miraba; ¿y no era esto ya una dicha inmensa? Parecía que me amaba. ¿No era esto todo? ¿Y qué es lo que he querido tener? No hay nada después de eso. He cometido un absurdo. Ahí está mi error etc., etc. Courfeyrac, á quien nada confiaba, porque así era su carácter, pero que adivinaba algo en todo, por ser éste también su carácter, había empezado felicitándole por su amor, pero asombrándose por otra parte. Viendo después á Mario sumergido en aquella melancolía, había concluido por decirle:—Veo que has sido simplemente un animal. Anda, vente al baile de la Chaumière.

Una vez, confiando en un hermoso sol de septiembre, Mario se había dejado llevar al baile de Sceaux por Courfeyrac, Bossuet y Grantaire, creyendo, ¡qué ilusión! que tal vez la encontraría allí. Como era de esperar, no encontró á quien buscaba. Y sin embargo, aquí se encuentran todas las mujeres perdidas, murmuraba Grantaire para sí. Mario dejó á sus amigos en el baile, y se volvió á pie, solo, postrado, febril, con los ojos turbados y tristes, fijos en la noche, aturdido por el ruido y el polvo levantado por los alegres carruajes llenos de bulliciosos cantantes que volvían de la fiesta, y pasaban á su lado, mientras él, desalentado, aspiraba para refrescar la cabeza, el acre olor de los nogales del camino.

Dedicóse entonces á vivir más y más solitario, abatido, entregado solo á su angustia interior, dando vueltas en torno de su dolor como el lobo en la trampa, buscando en todas partes el ser ausente, embrutecido de amor.

Otra vez tuvo un encuentro que le produjo un efecto singular. Se había tropezado en las callejuelas próximas al boulevard de los Inválidos, con un hombre vestido como un obrero que llevaba encasquetada una gorra de gran visera, dejando salir algunos mechones de cabellos blanquísimos. Mario fué sorprendido por la belleza de aquellos cabellos blancos, y examinó á aquel hombre que andaba á paso lento, y como absorto en alguna meditación dolorosa; y ¡cosa extraña! creyó reconocer en él al señor Leblanc; eran sus mismos cabellos, su mismo perfil, en toda la parte que dejaba la gorra al descubierto; y el mismo aspecto, solamente más triste. Pero, ¿por qué aquel traje de obrero? ¿Qué quería aquello decir? ¿Qué significaba semejante disfraz? Mario se quedó absorto. Cuando volvió en sí, su primer movimiento fué seguir á aquel hombre; ¿quién sabe si había dado con el rastro de lo que buscaba? En todo caso, era preciso ver al hombre más de cerca y aclarar aquel enigma. Pero esta idea se le ocurrió ya demasiado tarde; el hombre había desaparecido.

Sin duda se había metido por alguna de las calles laterales, y no pudo alcanzarle. Este encuentro le preocupó algunos días, hasta que se desvaneció.

Después de todo, se decía, no pasará de ser una semejanza.

II Hallazgo

Mario no había dejado de vivir en la casucha de Cuervo, donde no hacía caso de nadie.

En aquella época no había ya en dicha casa otros vecinos que él y aquellos Jondrette por quienes había pagado una vez el alquiler, sin haber nunca hablado al padre, á la madre ni á las hijas. Los demás inquilinos se habían mudado, habían muerto ó habían sido echados por malos pagadores.

Un día de aquel invierno había aparecido el sol poco después del medio día; pero era el dos de febrero, es decir, el día de la Candelaria, en que el traicionero sol, precursor de un frío de seis semanas, inspiró á Mateo Laensberg estos dos versos, que se han hecho justamente clásicos:

Que brille el sol ó que llueva, se vuelve el oso á la cueva.

Mario acababa de salir de la suya; caía la noche. Era la hora de ir á comer, porque había tenido necesidad de volver á comer como antes. ¡Oh debilidad de las pasiones ideales!

Acababa de pasar el umbral de su puerta, que estaba barriendo la tía Bougón, mientras murmuraba este memorable monólogo:

—¿Qué es lo que está ahora barato? Todo está caro. No hay nada barato sino las penas. ¡Esto sí que se da de balde! ¡penas del mundo!

Mario subía lentamente por el boulevard hacia la barrera en dirección á la calle de Santiago. Iba pensativo y cabizbajo.

De repente recibió un empujón entre la bruma; volvióse, y vió dos muchachas andrajosas, alta y delgada la una, y la otra algo más baja, que pasaban rápidamente desalentadas, asustadas y en ademán de huir. Iban en dirección contraria; no le habían visto, y le habían topado al pasar. Mario distinguió entre el crepúsculo sus figuras lívidas, sus cabezas despeinadas, sus cabellos esparcidos, sus horribles gorras, sus sayas andrajosas y sus pies descalzos. La mayor decía en voz baja:

—Los corchetes han venido; por poco me pinzan.

La otra respondió:

—Yo los vi; pero les he chasqueado, chasqueado, chasqueado.

Mario comprendió, al través de esta conversación siniestra, que los gendarmes ó los agentes de policía habían tratado de prender á estas dos muchachas, y ellas se habían escapado.

Metiéronse por entre los árboles del boulevard, á espaldas de él, dibujando por algún tiempo entre la obscuridad una sombra blanquecina que se iba desvaneciendo.

Mario se detuvo un momento.

Iba ya á continuar su camino, cuando vió en el suelo á sus pies un paquetito; se bajó y lo cogió. Era una especie de envoltorio, y parecía contener papeles.

—¡Bueno,—dijo;—se les habrá caído á esas infelices!

Volvió atrás, llamó, pero no las encontró. Creyó que estarían ya lejos; se metió el paquete en el bolsillo y se fué á comer.

Siguiendo su camino, vió en un lado de la calle Mouffetard un ataúd de niño, cubierto con un paño negro, colocado sobre tres sillas y alumbrado por una vela. Las dos muchachas que había visto en el crepúsculo reaparecieron en su imaginación.

—¡Pobres madres!—pensó.—Hay todavía una cosa más triste que ver morir á los hijos, y es verlos entregados á mala vida.

Después, estas sombras que distraían su tristeza, abandonaron su pensamiento y cayó en sus habituales meditaciones. Volvió á pensar en aquellos seis meses de amor y de felicidad que había pasado al aire libre y en plena luz, bajo los hermosos árboles del Luxemburgo.

—¡Qué sombría se ha hecho mi existencia!—decía.—Las muchachas se me aparecen siempre. Pero antes eran ángeles, y ahora son abismos.

III Cuatro personajes

Por la noche, cuando se desnudaba para acostarse, encontró en el bolsillo de la levita el paquete que había recogido en el boulevard. Ya no se acordaba. Creyó que sería útil abrirle, ya porque tal vez el paquete podía contener las señas del domicilio de aquellas muchachas, si en realidad les pertenecía; ó en otro caso, los indicios necesarios para restituirselo á la persona que lo había perdido.

Abrió el paquete.

No estaba pegado, y contenía cuatro cartas igualmente abiertas.

Todas tenían dirección.

Las cuatro despedían un olor de tabaco que apestaba.

La primera iba dirigida:

Á la señora marquesa de Grucheray, plaza frontera á la Cámara de Diputados. núm...

Mario se dijo que encontraría probablemente en ella las indicaciones que buscaba, y que además, no estando cerrada la carta, parecíale que podía ser leída sin inconveniente.

Estaba concebida en estos términos:

«Señora marquesa:

«La virtud de la clemencia y de la piedad es la que une más estrechamente la sociedad. Abrid paso á vuestros sentimientos cristianos, y dirigid una mirada de compasión á este desgraciado español, víctima de la lealtad y fidelidad á la causa sagrada de la legitimidad, que ha sellado con su sangre; la cual ha consagrado su fortuna, todo por defender esta causa, y hoy se encuentra en la mayor pobreza. No duda que vuestra honorable persona le concederá un socorro para conservar una existencia extremadamente penosa para un militar de educación y de honor, cubierto de heridas; cuenta de antemano con la humanidad que os anima, y con el interés que la señora marquesa tiene por una nación tan desdichada. Su súplica no será vana, y su agradecimiento conservará vuestro encantador recuerdo.

«Tengo el honor de ofrecer mis sentimientos respetuosos, y ser, señora,

«Don Álvarez, capitán español de caballería, realista refugiado en Francia, de camino para su patria, y carece de recursos para proseguir su viaje».

No se incluía dirección alguna al pie de la firma.

Mario esperó encontrar las señas en la segunda carta, cuyo sobre decía:

Á la señora condesa de Montvernet, calle Cassette, núm. 9.

He aquí lo que en ella leyó Mario:

«Señora condesa:

«Os escribe, señora, una desgraciada madre de familia con seis hijos, el menor de los cuales sólo tiene ocho meses. Yo, enferma desde mi último parto, abandonada de por mi marido desde hace cinco meses, no teniendo ningún recurso en el mundo, en la más horrorosa indigencia.

«Esperando en la señora condesa, tiene el honor de ser, señora, con profundo respeto,

F. de Balizard».

Mario pasó á la tercera carta, que era, como las precedentes, una petición. Decía así:

«Señor Pabourgeot, elector, comerciante en gorras al por mayor, calle San Dionisio, esquina á la de los Hierros:

«Me tomo la libertad de dirigiros esta carta para rogaros me concedáis el favor precioso de vuestras simpatías, y de interesaros por un literato que ha presentado un drama al Teatro Francés.

«El argumento es histórico, y la acción pasa en Auvernia, en tiempo del Imperio; creo que el estilo es natural, lacónico y puede tener algún mérito. Contiene algunos versos cantables en cuatro escenas distintas. Lo cómico, lo serio y lo imprevisto se mezclan en él con la variedad de los caracteres, y con un tinte de romanticismo esparcido ligeramente en toda la intriga, que marcha misteriosamente, caminando de peripecia en peripecia á un estrepitoso desenlace lleno de efectos.

«Mi fin principal es satisfacer el deseo que anima progresivamente al hombre de nuestro siglo, es decir, á la moda; esa caprichosa y extraña veleta que cambia casi á cada viento nuevo.

«Á pesar de estas cualidades, tengo mis temores de que la envidia y el egoísmo de los autores privilegiados consiga mi exclusión del teatro, porque no ignoro las amarguras que se hacen beber á los autores noveles.

«Señor Pabourgeot, vuestra justa reputación, como protector ilustrado de los que se dedican á las letras, me anima á mandaros mi hija, que os expondrá nuestra situación indigente, sin pan, sin lumbre, en esta estación de invierno. Deciros que os ruego admitáis la dedicatoria que deseo haceros de mi drama y de todos los que haga, es probaros cuánto ambiciono la honra de colocarme bajo vuestra égida, y engalanar mis escritos con vuestro nombre. Si os dignáis honrarme con la más modesta ofrenda, me ocuparé pronto en hacer una loa en verso para pagaros mi tributo de reconocimiento. Esta loa, que trataré de hacer tan perfecta como me sea posible, os la enviaré antes de insertarse al principio del drama y de recitarse en la escena.

«Al señor y señora de Pabourgeot, mis homenajes más respetuosos,

«Genflot, literato.

«P. S. Aunque no sean más que cuarenta sueldos.

«Perdonad que os envíe mi hija, y que no me presente yo mismo; pero tristes razones de tocador no me permiten ¡ay de mí! salir de casa...».

Mario abrió por fin la cuarta carta. El sobre era éste: Al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas. Contenía las siguientes líneas:

«Hombre bienhechor:

«Si os dignáis acompañar á mi hija, veréis una calamidad miserable, y os enseñaré mis certificados.

«Á la vista de estos documentos, vuestra alma generosa se conmoverá con un sentimiento de sensible benevolencia, porque los verdaderos filósofos experimentan siempre vivas emociones.

«Convenid, hombre compasivo, en que es preciso experimentar la necesidad más cruel, y que es dolorosísimo para alcanzar algún consuelo atestiguarlo con la autoridad, como si uno no fuese libre para padecer ó para morir de inanición, esperando que sea socorrida nuestra miseria. El destino es harto fatal para unos, y demasiado pródigo para otros.

«Espero vuestra visita ó vuestro socorro, si os dignáis darle, y os ruego que recibáis los sentimientos respetuosos con que se honra de ser, hombre verdaderamente magnánimo, vuestro muy humilde y muy obediente servidor,

«P. Fabantou, artista dramático».

Después de haber leído estas cuatro cartas, no se encontró Mario mucho más enterado que antes. En primer lugar, ningún firmante ponía su dirección.

Y luego, parecían provenir de cuatro individuos diferentes: el capitán Álvarez, la mujer de Balizard, el poeta Genflot, y el artista dramático Fabantou; pero tenían la particularidad de estar escritas por la misma mano.

¿Qué se podía deducir de ello sino que procedían todas de la misma persona?

Por otra parte, y esto hacía más verosímil esta sospecha, las cuatro tenían el mismo papel grueso y amarillento, las cuatro olían igualmente á tabaco; y aun cuando se había tratado evidentemente de variar el estilo, las mismas faltas de ortografía se repetían con tranquilidad profunda, y el literato Genflot no las cometía menores que el capitán español.

Esforzarse en adivinar este pequeño misterio, era trabajo inútil. Si no hubiese sido un hallazgo, habría parecido una burla, y Mario estaba demasiado triste para recibir bien una broma de la casualidad y para prestarse al juego que parecía quería entablar con él el empedrado de la calle. Creía que estaba jugando á la gallina ciega entre las cuatro cartas que se burlaban de él.

Nada indicaba, por otro lado, que estas cartas perteneciesen á las muchachas que Mario se había encontrado en el boulevard. Además, eran evidentemente papelotes sin valor alguno.

Mario las volvió á meter otra vez en su cubierta, las tiró á un rincón, y se acostó.

Á eso de las siete de la mañana del día siguiente, cuando acababa de levantarse y desayunarse é iba á ponerse á trabajar, oyó llamar suavemente á la puerta.

Como nada tenía, nunca quitaba la llave de la cerradura, sino muy raras veces, cuando estaba ocupado en algún trabajo que corría prisa. Aun cuando salía, se dejaba la llave siempre en la puerta.—Mirad que os robarán,—le decía la tía Bougón.—¿Qué?—preguntaba Mario.

Sin embargo, es lo cierto que le robaron un día un par de botas viejas, con gran satisfacción de la previsora tía Bougón.

Oyóse un segundo golpe tan suave como el primero.

—Adelante,—dijo Mario.

Abrióse la puerta.

—¿Qué se os ofrece, señora Bougón?—dijo Mario sin levantar los ojos de los libros y manuscritos que tenía encima de la mesa.

Una voz, que no era la de la tía Bougón, respondió:

—Perdonad, caballero...

Era una voz sorda, cascada, ahogada, áspera; una voz de viejo enronquecida por el aguardiente.

Mario volvió inmediatamente la cabeza, y vió á una joven.

IV Una rosa en la miseria

Una muchacha estaba en pie en el hueco que dejaba la puerta entreabierta. La claraboya del desván por donde entraba la luz venía precisamente enfrente de la puerta, é iluminaba aquel rostro con un resplandor vago. Era una criatura pálida, miserable y descarnada; no llevaba más que una mala camisa y una peor saya sobre su temblorosa y helada desnudez. Llevaba por cinturón un bramante; otro le servía para sujetar el pelo; los hombros puntiagudos, saliéndose de la camisa; una palidez rubia y linfática, clavículas terrosas, manos amoratadas, boca entreabierta y desfigurada, con algunos dientes de menos; ojos mates, atrevidos y bajos, las formas abortadas de una joven, y la mirada de una vieja corrompida; cincuenta años mezclados con quince; uno de esos seres que son á la vez débiles y horribles, y que estremecen á quien no hacen llorar.

Mario se había levantado, y contemplaba con cierto estupor á aquel ser, casi semejante á las formas de la visión que atraviesa la fantasía en los sueños.

Lo que era sobre todo doloroso, es que aquella muchacha no había venido al mundo para ser fea. En su primera infancia debió haber sido bonita. La gracia de la edad luchaba todavía contra la horrible y prematura vejez de la disolución y de la pobreza. Un resto de hermosura moría en aquel rostro de diez y seis años, como ese pálido sol que se apaga entre tenebrosas nubes durante el alba de un día de invierno.

Aquella cara no era del todo desconocida á Mario. Creía recordar haberla visto en alguna parte.

—¿Qué queréis, joven?—le preguntó.

La muchacha contestó con su voz de presidiario borracho:

—Traigo una carta para vos, señor Mario.

Llamaba á Mario por su nombre; él no podía dudar que era á él á quien se dirigía; pero ¿quién era aquella muchacha? ¿Cómo sabía su nombre?

Sin aguardar que le dijese que pasara adelante, se entró ella en la habitación. Entró resueltamente, mirando con cierta especie de seguridad, que oprimía el corazón, todo el cuarto y la deshecha cama. Iba descalza. Grandes jirones en su vestido dejaban ver sus prolongadas piernas y flacas rodillas.

Estaba tiritando.

Tenía efectivamente en la mano una carta, que presentó á Mario.

—Traigo una carta para vos, señor Mario,—contestó la joven con voz de presidiario borracho

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Mario, al abrir esta carta, observó que la oblea grande y enorme estaba húmeda todavía. El mensaje no podía venir, por lo tanto, de muy lejos. Leyó:

«Mi amable y joven vecino:

«He sabido vuestras bondades para conmigo, que pagaste mi alquiler hace seis meses. Yo os bendigo, joven.

«Mi hija mayor os dirá que estamos sin un pedazo de pan, hace dos días, cuatro personas y mi esposa enferma.

«Si mi corazón no me engaña, creo deber esperar de la generosidad del vuestro que se humanizará á la vista de este espectáculo, y que le dominará el deseo de serme propicio, dignándoos prodigarme algún ligero socorro.

«Soy con la distinguida consideración que se debe á los bienhechores de la humanidad,

«JONDRETTE.

«P. D. Mi hija esperará vuestras órdenes, querido señor Mario».

Esta carta, en medio de la aventura nocturna que ocupaba la imaginación de Mario desde la noche anterior, era como una luz en una cueva. Todo quedó bruscamente aclarado.

Aquella carta venía de donde habían salido las otras cuatro. Era la misma letra, el mismo estilo, la misma ortografía, el mismo papel y el mismo olor á tabaco.

Había cinco misivas, cinco historias, cinco nombres, cinco firmas, y un solo firmante. El capitán español don Álvarez, la desgraciada señora de Balizard, el poeta dramático Genflot, el viejo cómico Fabantou, se llamaban todos cuatro Jondrette, si es que el mismo Jondrette se llamase Jondrette en realidad.

Hacía ya mucho tiempo que Mario vivía en la casucha; pero como ya hemos dicho, eran poquísimas y muy raras las ocasiones que había tenido de ver, ó más bien de entrever á su ínfima vecindad. Tenía la imaginación en otra parte, y donde está la imaginación está la mirada. Más de una vez había debido cruzarse con los Jondrette en el corredor ó en la escalera, pero no eran para él más que sombras; tan poco había reparado en ellos, que la víspera por la noche había tropezado en el boulevard, sin conocerlas, con las hijas de Jondrette, pues evidentemente eran ellas; y por cierto que, con gran trabajo, la que acababa de entrar en su cuarto había despertado en él, á través del disgusto y de la piedad, un vago recuerdo de haberla visto en otra parte.

Á la sazón lo estaba viendo claramente todo. Comprendía que su vecino Jondrette tenía por industria, en su miseria, explotar la caridad de las personas benéficas cuyas direcciones se proporcionaba; y que escribía bajo nombres supuestos á personas á quienes juzgaba ricas y caritativas, cartas que sus hijas llevaban de su cuenta y riesgo; porque aquel padre había llegado al extremo de aventurar á sus hijas; jugaba una partida con el destino, y sus hijas eran la apuesta. Mario comprendía que probablemente, á juzgar por su fuga de la víspera, por su precipitación, por su terror y por la jerga de sus palabras, aquellas desgraciadas desempeñaban además ciertos trabajos sombríos, y que de todo ello habían resultado en medio de la sociedad humana, tal como está montada, dos miserables seres, que no eran niñas doncellas, ni mujeres, sino esta especie de monstruos impuros é inocentes producidos por la miseria.

Tristes criaturas sin nombre, sin edad, sin sexo, para quienes no es ya posible el bien ni el mal; y que al salir de la infancia no poseen ya nada en este mundo, ni libertad, ni virtud, ni responsabilidad; almas abiertas ayer, marchitas hoy; semejantes á esas flores caídas en medio de la calle, manchadas por toda clase de lodo, mientras esperan la llegada de una rueda que las aplaste.

Sin embargo, mientras Mario fijaba en ella una mirada de asombro doloroso, la muchacha iba y venía por el cuarto con cierta audacia de espectro. Andaba y se movía sin cuidarse para nada de su desnudez. Á veces su camisa rota y desgarrada se le caía casi hasta la cintura. Movía las sillas, desarreglaba los objetos de tocador colocados sobre la cómoda, tocaba los vestidos de Mario, y andaba buscando lo que había por los rincones.

—¡Calla!—exclamó.—¡Tenéis un espejo!

Y como si estuviese sola tarareaba coplas de vaudeville, estribillos ligeros y picarescos, que su voz gutural y ronca volvía lúgubres.

Bajo aquel desenfado asomaba á veces cierto encogimiento, cierta inquietud y humillación. El descaro es una vergüenza.

Nada más triste que verla ir de un lado para otro, ó por mejor decir, revolotear por el cuarto con los movimientos de un pájaro que se asusta de la luz ó que tiene una ala rota. Comprendíase que con otras condiciones de educación y de fortuna, el aire alegre y libre de aquella muchacha habría podido resultar más dulce y simpática. Nunca entre los animales la criatura nacida para ser paloma se trueca en garduña. Esto no se ve más que entre los hombres.

Mario meditaba, y la dejaba hacer.

Acercóse á la mesa.

—¡Ah!—exclamó.—¡Libros!

Y un rayo de luz cruzó sus vidriosos ojos.

Volvió á hablar, y en su acento manifestó el placer de poder envanecerse de algo, placer al cual no hay criatura que sea insensible:

—Yo también sé leer.

Y cogiendo vivamente el libro que estaba abierto sobre la mesa, leyó con bastante soltura:

«...El general Bauduin recibió la orden de apoderarse, con los cinco batallones de su brigada, del castillo de Hougomont, situado en medio de la llanura de Waterloo...».

Aquí se interrumpió diciendo:

—¡Ah! Waterloo. Yo sé algo de eso. Se trata de una batalla de otros tiempos. Mi padre estuvo en ella. Mi padre ha servido en el ejército. ¡Ah! Nosotros en casa somos muy bonapartistas. Fué contra los ingleses. ¡Waterloo!

Dejó el libro, cogió una pluma, y exclamó:

—¡Y también sé escribir!

Mojó la pluma en el tintero, y se volvió hacia Mario:

—¿Queréis verlo?—¡Yaya!—Voy á escribir una palabra para que veáis.

Y antes de que Mario hubiera tenido tiempo de contestar, escribió sobre un pedazo de papel blanco que había sobre la mesa: Los corchetes están ahí.

Luego, arrojando la pluma, añadió:

—No hay faltas de ortografía, podéis verlo. Mi hermana y yo hemos recibido educación. No siempre hemos sido lo que somos. No estábamos criadas para...

Aquí se paró; fijó su apagada pupila en Mario, y soltó la carcajada, diciendo con cierta entonación que contenía todas las angustias ahogadas por todos los cinismos:

—¡Bah!

Y se puso á cantar esta letra de un aire alegre:

Tengo gana, padre, Y no hay pan ni sopa; Tengo frío, madre, Y no tengo ropa. ¡Tirita Lolita! ¡Solloza La moza!

Apenas hubo acabado la canción, exclamó:

—¿Vais alguna vez al teatro, señor Mario? Yo sí, voy. Tengo un hermanito que es amigo de los artistas, y algunas veces me da billetes. Pero no me gustan los bancos de galería. Se está allí incómodo, no se está bien. Hay á veces mucha gente, y otras veces hay gente que huele mal.

Luego contempló á Mario un momento, y tomando un aire particular dijo:

—¿Sabéis, señor Mario, que sois un guapo mozo?

Y al mismo tiempo se les ocurrió á ambos la misma idea, que hizo que ella sonriera y él se ruborizase.

Acercósele ella, y le puso una mano sobre el hombro, diciendo:

—Vos no habéis reparado en mí; pero yo os conozco, señor Mario. Os suelo encontrar en la escalera, y os veo entrar algunas veces en casa de un tal Mabeuf, que vive hacia el barrio de Austerlitz, cuando paseo por allí. ¡Qué bien os sienta el pelo rizado!

Su voz procuraba ser dulce, pero no conseguía ser más que voz de bajo. Una parte de sus palabras se perdía en el trayecto de la laringe á los labios, como sobre un teclado donde faltan notas.

Mario se había retirado suavemente.

—Señorita,—dijo con su fría gravedad,—tengo un paquete que creo os pertenece. Permitidme que os lo devuelva.

Y le alargó el sobre que contenía las cuatro cartas.

Palmoteó ella de contenta, exclamando:

—¡Lo habíamos buscado por todas partes!

Después cogió vivamente el paquete, y lo desenvolvió, diciendo:

—¡Dios de Dios! ¡Pues apenas hemos buscado mi hermana y yo! ¿Sois vos quien os lo habéis encontrado? ¿En el boulevard, verdad? Se nos cayó cuando íbamos corriendo. La tonta de mi hermana es la que cometió tal torpeza. Al volver á casa nos hallamos sin él. Como no queríamos que nos pegasen, porque esto es inútil, dijimos que habíamos llevado las cartas, y que nos habían dicho:—¡No hay de qué!—¡Pobres cartas, aquí están! ¿Y en qué habéis conocido que eran mías? ¡Ah! Sí, en la letra. ¿Luego erais vos con quien tropezamos al pasar ayer noche? ¡No se veía nada, nada! Yo le pregunté á mi hermana: «¿Es algún caballero?», y ella me respondió:—«Sí, creo que es un señor».

Mientras hablaba había desplegado la súplica dirigida al señor benéfico de la iglesia de «Santiago de Haut-Pas».

—¡Calla!—dijo.—Ésta es para ese viejo que va á misa. Y ésta es la hora. Voy á llevársela. Tal vez nos dará algo con que desayunarnos.

Después se echó á reir, añadiendo:

—¿Sabéis de qué nos servirá el almuerzo de hoy, si es que almorzamos? Nos servirá para almuerzo de anteayer, para la comida de anteayer, para el almuerzo de ayer y para la comida de ayer. Y todo esto de una vez, hoy por la mañana. ¡Pardiez! Si no estáis contentos, reventad, perros.

Esto hizo recordar á Mario lo que aquella desgraciada había ido á buscar á su casa.

Registró su chaleco, y no encontró nada.

La joven continuaba, y parecía hablar como si ignorase que Mario estuviese allí.

—Á veces salgo por la noche. Otras no vuelvo á casa. Antes de vivir aquí, el otro invierno, vivíamos bajo los arcos de los puentes. Nos estrechábamos unos contra otros para no helarnos. Mi hermanita lloraba. ¡Qué triste es el agua! Cuando pensaba en ahogarme, decía. «No, está muy fría». Salgo sola cuando quiero, y duermo á veces en los fosos. Por la noche, cuando voy por el boulevard, veo los árboles como horcas, veo las casas negras y abultadas como las torres de Notredame, me figuro que las paredes blancas son el río, y me digo: «¡Toma, ahí está el agua!». Las estrellas me parecen candilejas de iluminación; diríase que arrojan humo, y que el viento las apaga. Me siento aturdida, como si tuviera junto al oído caballos resoplando; aunque sea de noche, me parece oir organillos y telares, y que sé yo qué más. Creo que me tiran piedras, huyo sin saberlo; todo da vueltas, todo, todo. Cuando se está en ayunas, ¡qué cosas tan raras!

Y miraba á Mario con aire espantado.

Á fuerza de buscar y rebuscar en sus bolsillos, había acabado Mario por reunir cinco francos y diez y seis sueldos. Era todo cuanto en el mundo tenía. «Mi comida de hoy, pensó, hela aquí. Mañana Dios dirá». Y guardándose los diez y seis sueldos, dió los cinco francos á la muchacha.

Ésta tomó la moneda.

—¡Bueno!—exclamó.—¡Ya salió el sol!

Y como si el sol hubiera tenido la propiedad de fundir en su cerebro torrentes de jerga, prosiguió:

—¡Cinco francos! ¡brillante! ¡Un monarca! Sois un chabó de punta. Béseos los calcos. ¡Viva el rumbo! ¡Ríndoos mi palpitante! ¡Dos días de bureo! Llenaremos la coba; jamaremos de lo lindo con manró de lo blanco y peñascaró. ¡Viva el jaleo!

Recogió su camisa sobre sus hombros, hizo un profundo saludo á Mario, después una seña familiar con la mano, y se dirigió á la puerta diciendo:

—Buenos días, caballero. Lo mismo da. Voy á buscar á mi viejo.

Viendo, al pasar, sobre la cómoda una corteza de pan seco casi enmohecida con el polvo, lanzóse sobre ella y la mordió, murmurando:

—¡Caramba, si está duro! casi me va á romper los dientes.

Y se fué enseguida.

V El ojo de la Providencia

Mario hacía cinco años que vivía en la pobreza, en la desnudez, en la indigencia; pero entonces advirtió que no había conocido aún la verdadera miseria. La verdadera miseria era la que acababa de ver. Era aquella larva que acababa de pasar ante sus ojos. Y en efecto, quien no ha visto más que la miseria del hombre, no ha visto nada. Es menester ver la miseria de la mujer. Y quien no ha visto más que la miseria de la mujer, no ha visto tampoco nada. Es menester ver la miseria de los niños.

Cuando el hombre ha llegado al último extremo, llega también á los últimos recursos. ¡Desgraciados de los seres sin defensa que le rodean! El trabajo, el salario, el pan, el fuego, el valor, la buena voluntad, todo le falta á la vez. La luz del día parece apagarse en el exterior, y la luz moral se apaga en el interior; en esta sombra, el hombre encuentra la debilidad de la mujer y la debilidad del niño, y las doblega ambas violentamente á la ignominia.

Entonces todos los horrores son posibles. La desesperación está cercada de frágiles barreras que lindan con el vicio ó con el crimen.

La salud, la juventud, el honor, las santas y esquivas delicadezas de la carne, nueva todavía; el corazón, la virginidad, el pudor, esa epidermis del alma, son siniestramente manoseados por ese tacto incierto que busca recursos, y que encuentra el oprobio y se acomoda. Padres, madres, hijos, hermanos, hermanas, hijas, se adhieren y se agregan, casi como una formación mineral, en esa brumosa promiscuidad de sexos, de parentescos, de edades, de infamias y de inocencias. Se agrupan, pegados los unos á los otros, en una especie de cavidad maldita. Allí se contemplan tristemente. ¡Oh, desgraciados! ¡Qué pálidos están! ¡Qué frío tienen! ¡Parece que se encuentran en un planeta mucho más lejano, que el nuestro, del sol!

Aquella muchacha fué para Mario una especie de mensajera de las tinieblas.

Le reveló todo un lado espantoso de la noche.

Mario se reprochó casi por los sueños de delirio y pasión que le habían impedido hasta aquel día dirigir una mirada á sus vecinos. Haberles pagado su alquiler había sido un impulso maquinal; todo el mundo podía sentir aquel impulso de pura lástima sin conciencia del bien; pero Mario debía haber hecho algo más. ¡Cómo! Le separaba solamente un tabique de aquellos seres abandonados, que vivían á tientas en medio de la noche, fuera del resto de los vivientes; codeábase con ellos; era en cierto modo el último eslabón del género humano que ellos tocaban; los había oído vivir, ó más bien suspirar al lado suyo, ¡y no había fijado su atención en ellos! Todos los días, á cada instante, al través de la pared los oía andar, ir, venir, hablar, ¡sin parar mientes! Cuando en sus palabras había gemidos ¡que tampoco escuchaba! Su pensamiento estaba en otra parte, soñando, ocupado en visiones imposibles, en amores al aire, en locuras; y sin embargo, criaturas humanas, sus hermanos en Jesucristo, sus hermanos del pueblo agonizaban á su lado, ¡agonizaban inútilmente! Él tenía parte en su desgracia y la agravaba. Porque si hubiesen tenido otro vecino, un vecino menos entregado á quimeras y más atento, un hombre cualquiera pero caritativo, evidentemente su indigencia hubiera sido notada, sus señales de angustia hubieran sido vistas, y haría ya largo tiempo tal vez que estarían recogidos y salvados.

Parecían, sin duda, muy depravados, muy corrompidos, muy envilecidos, hasta muy odiosos; ¡pero son tan raros los que han caído y no se han degradado! Por otra parte, hay un punto en que los infortunios y las infamias se confunden y mezclan en una sola palabra, palabra fatal: los miserables; ¿de quién es la culpa? Y luego, ¿no es cuando la caída es más profunda, que la caridad debe ser mayor?

Haciéndose estas reflexiones, que eran lecciones de moral, porque había momentos en que Mario, como todos los corazones verdaderamente honrados, se erigía en su propio mentor y se reprendía más de lo que merecía, contemplaba la pared que le separaba de los Jondrette, y hubiera querido hacer pasar al través de aquel tabique su mirada compasiva, para con ella reanimar á aquellos desgraciados.

La pared estaba formada por una pequeña capa de yeso, sostenida por listones y traviesas, que, como acabamos de decir, dejaba distinguir perfectamente el ruido de las palabras y de las voces. Era preciso ser el soñador Mario para no haberlo notado todavía. No había pegado papel ninguno en la pared, ni por el lado de los Jondrette, ni por el de Mario; manifestábase completamente al descubierto la grosera construcción.

Mario, sin saber casi lo que se hacía, examinaba la pared; algunas veces la meditación examina, observa y escudriña como lo haría el pensamiento. De pronto se levantó; acababa de notar hacia lo alto, frente al techo, un agujero triangular, resultado de tres listones que dejaban un hueco entre sí. Faltaba la masa que debía llenar aquel hueco, y subiéndose sobre la cómoda, podía ver por aquel agujero el interior del desván de los Jondrette. La conmiseración tiene y debe tener su curiosidad. Aquel agujero formaba una especie de trampilla. No está prohibido mirar á traición al infortunio para socorrerle.

—Veamos, pues, lo que son esas gentes,—pensó Mario,—y lo que hacen.

Encaramóse en la cómoda, aproximó la vista á la abertura, y miró.

VI El hombre embrutecido, en su madriguera

Las ciudades, como los bosques, tienen sus antros, donde se recoge todo lo que ellos encierran de más malo y temible. Solamente que en las ciudades lo que se oculta de tal manera es feroz, inmundo y pequeño, es decir, feo; y en las selvas, lo que se oculta es feroz, salvaje y grande, es decir, bello. Madrigueras por madrigueras, son preferibles las de las fieras á las de los hombres. Las cavernas valen más que los desvanes.

Lo que Mario veía era un desván.

Mario era pobre, y su cuarto carecía de todo; pero así como su pobreza era noble, era limpia su buhardilla.

El tugurio en que se hundía su mirada en aquel momento era abyecto, sucio, fétido, infecto, tenebroso y sórdido. Por todo mueblaje, una silla de paja, una mesa coja, algunos cacharros viejos, y en dos rincones dos miserables é indescriptibles lechos. Por toda luz, una ventanilla de un pie en cuadro con cuatro vidrios, adornada de telas de araña. Por este agujero entraba la luz suficiente para hacer que una cara de hombre pareciese la de un fantasma. Las paredes tenían un aspecto roñoso, y estaban cubiertas de costurones y cicatrices, como un rostro desfigurado por alguna enfermedad horrible. Destilaba á través de ellas cierta humedad legañosa, y se veían dibujos obscenos, groseramente trazados con carbón.

El cuarto que Mario ocupaba estaba embaldosado de ladrillos ya destrozados; pero aquél no estaba ni embaldosado, ni enyesado: se andaba por cima de la primera trabazón de fábrica, ennegrecida por el roce de los pies. Sobre este suelo desigual, donde el polvo parecía como incrustado, y que sólo tenía una virginidad, la de la escoba, se agrupaban caprichosamente constelaciones de calcetines viejos, de zapatillas y andrajos repugnantes. Por lo demás, aquel cuarto tenía una chimenea; así es que su alquiler subía á cuarenta francos anuales. De todo había en aquella chimenea: una estufilla, una marmita, tablas rotas, trapos colgados en clavos, la jaula de un pájaro, ceniza y hasta un poco de lumbre.

Dos miserables tizones humeaban tristemente.

Una cosa aumentaba el horror de aquel desván, y era el ser grande.

Tenía salidas, rincones, cavidades obscuras, camaranchones, bahías y promontorios.

Allí se veían horribles rincones insondables, donde parecía que debían encastillarse las arañas gordas como puños, correderas largas como el pie, y quién sabe si tal vez algunos seres humanos monstruosos.

Una de las tarimas que servían de lecho estaba cerca de la puerta, y la otra junto á la ventana. Ambas camas tocaban por uno de sus extremos á la chimenea, viniendo frente á Mario. En un ángulo, próximo á la abertura por donde miraba Mario, colgaba de la pared, en un cuadro de madera negra, una estampa iluminada con un gran letrero abajo, que decía: EL SUEÑO. Representaba una mujer dormida y un niño dormido, éste en el regazo de la madre; un águila en una nube con una corona en el pico, y la mujer apartando la corona de la cabeza del niño, por supuesto, sin despertarse; en el fondo, Napoleón en una gloria, apoyándose en una columna de azul obscuro, con un capitel amarillo, adornado con esta inscripción:

MARENGO AUSTERLITZ JENA WAGRAMM ELOT

Por debajo de este cuadro había colocado en el suelo, apoyando en plano inclinado contra la pared, una especie de tablero de madera más largo que ancho. Tenía esto el aire de un cuadro vuelto del revés, de un bastidor probablemente pintarrajeado por el lado opuesto lado, de algún marco descolgado de la pared y olvidado allí, esperando que lo volvieran á colgar.

Cerca de la mesa, sobre la cual distinguía Mario pluma, tinta y papel, estaba sentado un hombre de sesenta años aproximadamente, pequeño, flaco, lívido, huraño, de aire sagaz, cruel é inquieto; un bribón redomado.

Si Lavater hubiera examinado aquel rostro, habría hallado en él al buitre mezclado con el fiscal, al ave de rapiña y el curial agregándose mutuamente su propia fealdad, y completándose el uno con el otro, el hombre de curia haciendo innoble al ave de rapiña, el ave de rapiña haciendo horrible al curial.

Aquel hombre tenía una larga barba gris. Estaba vestido con una camisa de mujer, que dejaba ver su pecho velludo y sus brazos desnudos, erizados de pelos grises. Bajo la camisa se veía un pantalón lleno de barro hasta las corvas y unas botas agujereadas, por las cuales asomaban los dedos de los pies.

Tenía una pipa en la boca, y fumaba. En aquella vivienda ya no había pan, pero había tabaco todavía.

Escribía, probablemente alguna carta como las que Mario había leído.

En un ángulo de la mesa se divisaba un tomo viejo, rojizo, descabalado, y cuyo tamaño, que era el antiguo dozavo de los gabinetes de lectura, revelaba ser una novela. En la cubierta campeaba este título, impreso en grandes letras: DIOS, EL REY, EL HONOR Y LAS DAMAS, por Ducray Duminil. 1814.

Mientras iba escribiendo, el hombre hablaba en voz alta, y Mario le oyó estas palabras:

—¡Decir que ni en la muerte hay igualdad! ¡Véase si no el cementerio del Padre Lachaise! Los grandes, los que son ricos, están en lo alto, en la alameda de las acacias, que está empedrada. Se puede llegar allí en carruaje. Á los pequeños, á la gente pobre, ¡vamos! todos los infelices, los ponen abajo, donde hay barro hasta las rodillas, en las charcas, en la humedad. ¡Los meten allí para que se descompongan más presto! No se puede ir á verlos sin hundirse en la tierra...

Detúvose aquí, pegó un puñetazo sobre la mesa, y añadió rechinando los dientes:

—¡Oh! ¡Me comería el mundo!

Una mujer gruesa, que lo mismo podía tener cuarenta años que ciento, estaba acurrucada cerca de la chimenea sobre sus talones desnudos.

Tampoco ella tenía más traje que una camisa y un refajo de punto, remendado con pedazos de paño viejo. Un delantal de tela muy grosera ocultaba la mitad del refajo. Aunque aquella mujer estaba doblada y recogida en sí misma, se conocía que era de elevada estatura. Parecía una especie de gigante al lado de su marido. Tenía ásperos cabellos rubios entre rojos y canos, que removía de cuando en cuando con sus enormes y relucientes manos de aplastadas uñas.

Á su lado estaba, en el suelo, abierto por completo, un tomo del tamaño del otro, y probablemente de la misma novela.

En una de las camas, Mario entreveía una especie de chica larguirucha, sentada, casi desnuda, con los pies colgando, pareciendo por su aire, que ni escuchaba, ni veía, ni vivía.

Era, sin duda, la hermana menor de la que había estado en su cuarto. Parecía tener de once á doce años. Pero, examinándola con atención, se veía que tenía muy bien catorce. Era la muchacha que la víspera por la noche iba diciendo en la alameda: «Les he chasqueado, chasqueado, chasqueado».

Pertenecía á esa especie enfermiza que permanece atrasada largo tiempo, y crece luego casi de repente. La indigencia es la que produce estas tristes plantas humanas. Semejantes criaturas no tienen infancia ni adolescencia. Á los quince años aparentan doce; á los diez y seis, veinte. Hoy niña, mañana mujer. Diríase que traspasan de un brinco la vida para concluir más pronto.

En aquel momento, aquel ser tenía el aire de niña.

Nada revelaba en aquella habitación la presencia de ningún trabajo; ni bastidor, ni rueca, ni instrumento de labor. En un rincón había algunos objetos de hierro de aspecto dudoso. Era aquello la triste y sombría pereza que sigue á la desesperación, y precede á la agonía.

Mario contempló por algún tiempo aquel interior fúnebre, más espantoso que el interior de una tumba, porque allí se sentía remover el alma humana, y palpitar la vida.

El desván, la cueva ó la fosa, donde ciertos indigentes se arrastran en lo más bajo del edificio social, no llega á ser del todo sepulcro, es su antesala; pero como esos ricos que adornan con sus mayores magnificencias la entrada de sus palacios, parece que la muerte que está al lado ostenta sus más grandes miserias en ese vestíbulo.

El hombre se había callado, la mujer no hablaba, la muchacha parecía que ni respiraba.

Oíase el roce de la pluma sobre el papel.

El hombre masculló sin dejar de escribir:

—¡Canalla, canalla; todo es canalla!

Este variante al epifonema de Salomón, arrancó un suspiro á la mujer, que le dijo:

—Cálmate, amiguito, cálmate. No te pongas malo, querido. Eres demasiado bueno escribiendo á todas esas gentes, esposo mío.

Con la miseria los cuerpos se contraen y estrechan mutuamente, como con el frío; pero los corazones se alejan. Aquella mujer, según todas las apariencias, había amado á aquel hombre con toda la cantidad de amor que hubiere en ella; pero probablemente, con las reconvenciones cotidianas y recíprocas de una espantosa miseria que pesaba sobre todo el grupo, aquel cariño se había extinguido. No había ya en ella para su marido más que las cenizas de una afección. Sin embargo, los apelativos cariñosos, como sucede frecuentemente, habían sobrevivido.

Le llamaba querido, amiguito, esposo mío, etc., con la boca, pero el corazón permanecía mudo.

El hombre se había puesto á escribir nuevamente.

VII Estrategia y táctica

Mario con el corazón oprimido, iba á bajarse de la especie de observatorio que se había improvisado, cuando cierto ruido llamó su atención obligándole á permanecer en su puesto.

La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente. La hija mayor apareció en el umbral.

Llevaba gruesos zapatos de hombre, manchados de barro, que la había salpicado hasta sus amoratados tobillos, é iba cubierta con una vieja manta hecha jirones, que Mario no le había visto una hora antes; pero que habría probablemente dejado á la puerta para inspirarle más lástima, recogiéndola luego al salir. Entró, cerró la puerta tras sí, se detuvo para tomar aliento, porque iba muy fatigada, y luego gritó con expresión de alegre triunfo:

—¡Viene!

El padre volvió los ojos, la madre la cabeza, y la hermanita no se movió.

—¿Quién?—preguntó el padre.

—El señor.

—¿El filántropo?

—Sí.

—¿De la iglesia de Santiago?

—Sí.

—¿El viejo?

—Sí.

—¿Y va á venir?

—Viene siguiéndome.

—¿Estás segura?

—Segurísima.

—¿Con que de veras viene?

—En un coche de alquiler.

—¡En coche! ¿Es Rotschild?

El padre se levantó.

—¿Pero estás segura? Si viene en coche, ¿cómo es que has llegado antes que él? ¿Le has dado al menos bien las señas? ¿Le has dicho bien claro: la última puerta al fondo del corredor, á la derecha? ¡Con tal que no se equivoque! ¿Le has encontrado entonces en la iglesia? ¿Ha leído mi carta? ¿Qué es lo que te ha dicho?

—¡Ta, ta, ta!—dijo la muchacha.—¡Y cómo corres, buen hombre! Oye: entré en la iglesia; estaba en el sitio de costumbre; le hice una reverencia; le di tu carta; la leyó, y me dijo: «¿Dónde vivís, hija mía?». Y le contesté: «Yo os acompañaré, caballero». Y me dijo: «No, dadme las señas; mi hija tiene que hacer algunas compras; tomaré un carruaje, y llegaré á vuestra casa al mismo tiempo que vos». Le di, pues, las señas. Cuando le dije la casa, pareció sorprenderse y vaciló un instante; pero luego añadió: «Es igual, iré». Concluida la misa, le vi salir de la iglesia con su hija y subir los dos en un coche. Le especifiqué bien, la última puerta, al extremo del corredor, á la derecha.

—¿Y quién te asegura que vendrá?

—Que acabo de ver el coche, que llegaba ya por la calle del Petit-Banquier. Por eso he venido corriendo.

—¿Cómo sabes que es el mismo coche?

—Porque había mirado el número. ¡Vaya!

—¿Qué número era?

—440.

—Bien; eres una chica de talento.

La muchacha miró alternativamente á su padre, y señalando su sucio y grosero calzado, añadió:

—Una chica de talento, es posible; pero digo que no me volveré á poner estos zapatos, que no los quiero; primero por la salud, y luego por la limpieza. No hay nada más feo ni más incómodo que unas suelas que gruñan haciendo gri, gri, gri, todo el camino. Prefiero ir descalza.

—Tienes razón,—contestó el padre en tono bastante dulce que contrastaba con la rudeza de la joven;—pero entonces no te dejarían entrar en las iglesias; es preciso que los pobres tengan zapatos. No se puede ir con los pies desnudos á la casa de Dios,—añadió amargamente.

Luego, volviendo al objeto que le preocupaba, repuso:

—Pero, ¿estás segura, segura de que viene?

—Viene pisándome los talones,—replicó ella.

El hombre se enderezó, apareciendo su rostro como iluminado.

—Mujer,—gritó,—ya lo oyes. Ahí tienes al filántropo. Apaga la lumbre.

La madre, estupefacta, no se movió.

El padre, con la agilidad de un saltimbanquis, agarró un puchero desportillado que había sobre la chimenea, y arrojó el agua sobre los tizones.

Luego, dirigiéndose á su hija mayor, añadió:

—¡Tú! Rompe las pajas de la silla.

Su hija no comprendió.

Cogió él la silla, y de un talonazo le quitó, ó mejor dicho, hundió el asiento.

Pasó su pierna por el agujero que acababa de abrir. Al retirarle, preguntó á la muchacha:

—¿Hace frío?

—Muchísimo. Está nevando.

Volvióse el padre hacia la hija menor, que estaba echada sobre un harapiento jergón, cerca de la ventana, gritándole con voz tonante:

—¡Pronto! ¡Fuera de la cama, haragana! ¡Nunca servirás para nada! ¡Rompe un vidrio!

La criatura saltó de la cama espantada y tiritando.

—¡Rompe un vidrio!—repitió.

La chica se quedó sin saber lo que le pasaba.

—¿No me oyes?—repuso el padre.—Te digo que rompas un vidrio.

La chica, con una especie de obediencia pavorosa, se alzó de puntillas, y pegó un puñetazo en uno de los vidrios, el cual se rompió cayendo con estrépito.

—¡Bien!—dijo el padre.

Estaba grave y brusco. Su mirada recorría rápidamente todos los rincones del desván.

Hubiérase dicho que era un general haciendo los últimos preparativos en el momento que va á empezar la batalla.

La madre, que aún no había dicho una palabra, se levantó, y preguntó con voz lenta, sorda, cuyas palabras parecían salir como cuajadas:

—Querido, ¿que es lo que vas á hacer?

—Échate en la cama,—respondió el marido.

La entonación no admitía réplica. La madre obedeció y se dejó caer pesadamente sobre uno de los jergones.

Mientras tanto, oíanse sollozos en un rincón.

—¿Qué es eso?—preguntó el padre.

La hija menor, sin salir de la sombra en que se había guarecido enseñó su puño ensangrentado. Al romper el vidrio se había herido, habiendo ido á colocarse junto á la cama de su madre, lloraba allí en silencio.

Tocóle ahora el turno á la madre de levantarse y gritar.

—¡Ya lo ves! ¡Las brutalidades que tú haces! Al romper el vidrio se ha cortado la mano.

—¡Tanto mejor!—dijo el marido.—Lo había previsto.

—¿Cómo tanto mejor?—replicó la mujer.

—¡Calma!—replicó el padre.—Suprimo la libertad de imprenta.

Y desgarrando la camisa de mujer que llevaba puesta, arrancó de ella una tira de tela, con la cual envolvió apresuradamente el puño ensangrentado de la chiquilla.

Hecho lo cual, fijó su mirada satisfecha en su desgarrada camisa.

—¡Y la camisa igualmente!—dijo.—Todo tiene el carácter que corresponde.

El viento helado silbaba al pasar por el vidrio roto entrando en el cuarto. La bruma exterior penetraba en él, y se dilataba como algodón en rama, vagamente desmenuzado por dedos invisibles. Al través del vidrio roto se veía caer la nieve. El frío prometido la víspera por el sol de la Candelaria había llegado, en efecto. El padre paseó una mirada á su alrededor para asegurarse de que nada había olvidado.

Cogió una paleta vieja, y echó con ella ceniza sobre los tizones mojados hasta ocultarlos completamente.

Luego, enderezándose y arrimándose á la chimenea:

—Ahora,—dijo,—ya podemos recibir al filántropo.

VIII El rayo de luz en la caverna

La hija mayor se acercó, y puso su mano sobre la de su padre.

—Toca que fría estoy,—le dijo.

—¡Bah!—respondió el padre.—Más lo estoy yo.

La madre gritó impetuosamente:

—¡Tú lo tienes siempre todo mejor que los otros! ¡Hasta lo malo!

—¡Échate!—dijo el hombre.

La mujer, viendo la especie de mirada que se le dirigía, se calló.

Hubo en el desván un momento de silencio. La hija mayor arrancaba con aire indiferente el barro de los extremos de su manta; la pequeña continuaba sollozando; la madre le había cogido la cabeza entre las manos y la cubría de besos, diciéndole por lo bajo:

—¡Tesoro mío! No llores, te lo pido yo; eso no será nada. Mira que se va á enfadar tu padre.

—No,—gritó el padre;—al contrario, llora, llora; esto va muy bien.

Después, volviéndose á la mayor, añadió:

—¡Ya, pero ese hombre no llega! ¡Si no viniese! ¡hubiera apagado la lumbre, desfondado mi silla, desgarrado mi camisa y roto el vidrio para nada.

—¡Y herido á la niña!—murmuró la madre.

—¿Sabéis,—repuso el padre,—que hace un frío de perros en este desván del diablo? ¡Si ese hombre no viniera! ¡Oh, cómo se hace esperar! Él dirá: «Me esperarán: ¡allí están para eso!». ¡Oh, cuánto les aborrezco! ¡Con qué júbilo, con qué alegría, con qué entusiasmo, con qué satisfacción ahogaría á todos esos ricos! ¡Esos ricos, esos supuestos hombres caritativos, que se hacen los benditos, que van á misa, que andan con la clerigalla; sermoncico aquí, sermoncico allá; los beatos que vienen á humillarnos y á traernos «ropa», como ellos dicen, trapos que no valen cuatro sueldos, y pan! ¡No es eso lo que yo quiero, atajo de canallas, sino dinero! ¡Ah, dinero, nunca! Porque dicen que iríamos á beberlo, y que somos unos borrachos y unos holgazanes. ¿Y ellos? ¿Qué es lo que son y lo que fueron en su tiempo? ¡Ladrones! Si no, no se hubieran enriquecido. ¡Oh! ¡Debiera cogerse á la sociedad entre las cuatro puntas de una manta, y arrojarlo todo al aire! Todo se rompería, es posible; pero al menos nadie tendría nada, y eso habríamos ganado. Pero, ¿qué es lo que hace el mastín de tu benéfico señor? ¿Vendrá? ¡Tal vez el animal habrá olvidado las señas! Apostemos á que ese bestia de viejo...

En este instante dieron un ligero golpe á la puerta; el hombre se precipitó hacia ella y la abrió exclamando con profundos saludos y sonrisas de adoración:

—Entrad, señor; dignaos entrar, mi respetable bienhechor, así como vuestra encantadora hija.

Un hombre de edad avanzada y una joven, aparecieron en la puerta del desván.

Mario no había dejado su puesto. Lo que sintió en aquel momento no está al alcance de ninguna lengua humana.

Era ella.

Quienquiera que haya amado, sabe cuántas irradiaciones esplendorosas contienen las pocas letras de esta palabra: Ella.

Ella era efectivamente. Mario apenas la distinguía á través del luminoso vapor que se había esparcido súbitamente por sus ojos. Era aquel dulce ser ausente, aquel astro que para él había lucido durante seis meses: era aquella pupila, aquella frente, aquella boca, aquel hermoso rostro desvanecido, que al marcharse le había dejado sumido en las tinieblas. La visión se había eclipsado y reaparecía.

¡Reaparecía entre aquella obscuridad, en aquel desván, en aquella deforme madriguera, en aquel horror!

Mario se estremecía perdidamente. ¡Cómo! ¡Era ella! Las palpitaciones de su corazón le turbaban la vista. Sentíase próximo á deshacerse en llanto. ¡Cómo! ¡La volvía á ver, después de haberla buscado tanto tiempo! Parecíale que había perdido su alma, y que acababa de encontrarla.

Seguía siendo la misma, pero algo más pálida; formaba el marco de su delicado rostro un sombrero de terciopelo violeta, y ocultaba su talle una manteleta de raso negro. Bajo su larga falda se entreveía su pequeño pie, aprisionado en una botita de seda.

Iba, como siempre, acompañada del señor Leblanc.

Dió algunos pasos hacia dentro de la habitación, dejando un gran paquete sobre la mesa.

La Jondrette mayor se había retirado detrás de la puerta, mirando con ojos tristes aquel sombrero de terciopelo, aquel abrigo de seda y aquel gracioso semblante irradiando felicidad.

IX Jondrette casi llora

Hasta tal punto estaba obscuro aquel chiribitil, que las personas que venían de fuera sentían al entrar lo mismo que si penetrasen en una bodega. Los dos recién llegados avanzaron con cierta vacilación, distinguiendo apenas formas vagas en torno suyo, en tanto que eran perfectamente vistos y examinados por los habitantes del desván, acostumbrados á aquel crepúsculo.

El señor Leblanc se aproximó con su mirada bondadosa y triste, y dijo á Jondrette padre:

—Señor, en ese paquete encontrareis algunas prendas nuevas, medias y cobertores de lana.

—Nuestro angelical bienhechor nos abruma,—dijo Jondrette inclinándose hasta el suelo.

Luego, acercándose al oído de su hija mayor, mientras que los dos visitantes examinaban aquel lamentable interior, añadió por lo bajo y rápidamente:

—¡Ves! ¿Lo que te decía? Trapos, pero no dinero. ¡Todos son lo mismo. Á propósito, ¿cómo estaba firmada la carta para este torpe?

—Fabantou,—respondió la hija.

—¡El artista dramático, bueno!

Á tiempo se había acordado Jondrette, porque en aquel instante el señor Leblanc se volvía hacia él, y le decía con ese aire de quien busca un nombre:

—Veo que sois muy digno de lástima, señor...

—Fabantou,—respondió vivamente Jondrette.

—Señor Fabantou, sí, eso es. Ya recuerdo.

—Artista dramático, señor, que ha obtenido algunos triunfos.

Aquí Jondrette creyó evidentemente llegado el momento de apoderarse del «filántropo», y exclamó con ese sonido de voz que participa á la vez de la charla del titiritero en las ferias, y de la humildad del mendigo en las carreteras. ¡Discípulo de Talma! ¡Señor, he sido discípulo de Talma! La fortuna me ha sonreído en otros tiempos. ¡Ah! Ahora le ha llegado su turno á la desgracia. ¡Ya lo veis, mi bienhechor, ni pan, ni fuego! Mis pobres hijas no tienen un ascua á que arrimarse. ¡Mi única silla sin asiento! ¡Un vidrio roto! ¡Y con el tiempo que hace! ¡Mi esposa en la cama enferma!

—¡Pobre mujer!—dijo el señor Leblanc.

—¡Mi hija herida!—añadió Jondrette.

La muchacha, distraída con la llegada de los dos visitantes, estaba contemplando á «la señorita», y había dejado de llorar.

—¡Llora, chilla!—le dijo por lo bajo Jondrette.

Y al mismo tiempo la pellizcó en la mano herida. Todo esto con una verdadera ligereza de escamoteador.

La chica puso el grito en el cielo.

La adorable joven, que Mario llamaba en su corazón «su Úrsula», se le acercó vivamente.

—¡Pobre muchacha!—exclamó.

—Ya lo veis, hermosa señorita,—prosiguió Jondrette;—su puño está ensangrentado. Es un accidente que le ha ocurrido trabajando en una máquina para ganar seis sueldos al día. Quizá habrá necesidad de cortarle el brazo.

—¿De veras?—dijo alarmado el buen anciano.

La chica, tomando estas palabras por lo serio, comenzó á llorar con mayor fuerza.

—¡Ay, sí, mi bienhechor!—respondió el padre.

Hacía algunos instantes que Jondrette contemplaba «al filántropo» de un modo extraño. Mientras continuaba hablando, parecía escudriñar con atención, como si tratase de buscar algo en sus recuerdos. De pronto, aprovechando el momento en que los recién venidos preguntaban con interés á la niña sobre la herida de la mano, pasó cerca de su mujer, que estaba en la cama con aire abatido y estúpido, diciéndola vivamente por lo bajo:

—¡Fíjate en ese hombre!

Luego, volviéndose hacia el señor Leblanc, prosiguió en sus lamentaciones:

—¡Ya lo veis, señor; tengo por todo vestido una camisa de mujer! ¡Y desgarrada! ¡En el rigor del invierno! No puedo salir de casa, pues carezco de ropa. Si la tuviera, por mala que fuese, iría á ver á la célebre actriz Mars, que me conoce, y me quiere mucho. ¿No vive aún en la calle de la Tourdes Dames? ¿No lo sabéis, señor? Hemos trabajado juntos en provincias. He compartido sus laureles. ¡Celimene vendría á mi socorro, caballero! ¡Elmira daría limosna á Besilario! ¡Pero, nada! ¡Y ni un céntimo en casa! Mi mujer enferma, mi hija peligrosamente herida, y ¡ni un céntimo! Mi mujer padece espasmos, efecto de la edad, complicados con una afección del sistema nervioso. ¡Necesita ciertos cuidados, así también como mi hija! Pero, ¡el médico y la botica! ¿Cómo pagar? ¡Ni un ochavo siquiera! ¡Ante un céntimo me arrodillaría, señor! ¡Á qué se ven reducidas las artes! ¿Y sabéis, hermosa señorita, y vos, mi generoso protector, vos que respiráis la virtud y la bondad, y que perfumáis esa iglesia donde mi pobre hija, al ir á rezar, os ve siempre todos los días...? pues yo educo religiosamente á mis hijas: sabed que yo no he querido que se dedicasen al teatro. ¡Ah, las picaruelas! Que las vea yo torcerse... ¡No gasto bromas yo! ¡Las sermoneo mucho sobre el honor, sobre la moral, sobre la virtud! ¡Ya podéis preguntarles! Es menester que anden derechas. Tienen padre. No son de esas desgraciadas que comienzan por no tener familia y acaban por casarse con el público; que al principio son la señorita Nadie, y después se convierten en la señora de Todo el mundo. ¡Mala peste! ¡Nada de eso en la familia Fabantou! Yo trato de educarlas virtuosamente, y que sean honradas y buenas y que crean en Dios, ¡vive Cristo! Y bien, señor, mi digno señor, ¿sabéis lo que va á pasar mañana? Mañana es el 4 de febrero, el día fatal, el último plazo que me ha concedido el casero; si esta noche no le pago, mañana mi hija mayor, yo, mi esposa con su calentura, mi hija menor con su herida, los cuatro seremos arrojados de aquí y echados á la calle, al boulevard, sin abrigo, bajo la lluvia, sobre la nieve. Así sucederá, señor. ¡Debo cuatro trimestres, un año! Es decir, sesenta francos.

Jondrette mentía. Cuatro trimestres no hubieran hecho más que cuarenta francos, y no podía deber cuatro, pues no hacía seis meses que Mario había pagado dos.

El señor Leblanc sacó cinco francos del bolsillo, y los echó sobre la mesa.

Jondrette tuvo tiempo de murmurar al oído de su hija mayor:

—¡Avaro! ¿Qué querrá que haga yo con sus cinco francos? ¡Con eso no me paga siquiera la silla y el vidrio! ¡Puede uno hacer gastos!

Entretanto el señor Leblanc se había quitado un gran gabán obscuro que llevaba sobre su levita azul, y le había echado sobre el respaldo de la silla.

—Señor Fabantou,—dijo,—no traigo aquí más que esos cinco francos; pero voy á llevar á mi hija á casa, y volveré esta noche. ¿No es esta noche que debéis pagar?

La cara de Jondrette se iluminó con una extraña expresión, y contestó vivamente:

—Sí, mi respetable señor. Á las ocho debo estar en casa del propietario.

—Vendré á las seis, y os traeré los sesenta francos.

—¡Oh, mi bienhechor!—exclamó Jondrette casi delirante.

Y añadió por lo bajo:—¡Mírale bien, mujer!

El señor Leblanc había cogido el brazo de su linda hija, y se volvió hacia la puerta.

—Hasta la noche, amigos míos,—dijo.

—¿Á las seis?—preguntó Jondrette.

—Á las seis en punto.

En aquel momento la hija mayor se fijó en el sobretoto que estaba sobre la silla.

—Señor,—dijo,—olvidáis vuestro gabán.

Al oir esto Jondrette, lanzó á su hija una mirada furibunda, acompañada de un encogimiento de hombros formidable.

El señor Leblanc se volvió, y contestó sonriendo:

—No lo olvido, lo dejo.

—¡Oh, mi protector,—dijo Jondrette,—mi augusto bienhechor! Me deshago en llanto. Permitid que os acompañe hasta vuestro carruaje.

—Si salís,—dijo el señor Leblanc,—poneos ese abrigo. En realidad hace mucho frío.

Jondrette no se lo hizo repetir segunda vez. Embutióse precipitadamente en el gabán.

Y loa tres salieron del desván, Jondrette precediendo á los dos visitantes.

X Tarifa de los carruajes de alquiler: dos francos por hora

Mario no había perdido nada de toda aquella escena, y sin embargo, nada había visto en realidad. Sus ojos habían estado constantemente fijos en la joven; su corazón se había, por así decirlo, apoderado de ella, envolviéndola toda por completo, desde que puso los pies en el desván. Durante todo el tiempo que ella estuvo allí, Mario había vivido esa vida del éxtasis, que suspende las percepciones materiales y precipita toda el alma sobre un solo punto. Contemplaba, no á aquella joven, sino aquella luz que llevaba una manteleta de raso y un sombrero de terciopelo. Si la estrella Sirio hubiera entrado en el desván no le habría deslumbrado más.

Mientras la joven abría el paquete, desplegaba las prendas y las mantas, interrogando á la madre enferma con bondad y á la muchacha herida con enternecimiento, Mario espiaba todos sus movimientos y procuraba oir sus palabras. Conocía sus ojos, su frente, su belleza, su talle, su andar; lo que no conocía era su voz. Había creído oir algunas de sus palabras cierto día en el Luxemburgo; pero no estaba absolutamente cierto de ello. Hubiera dado diez años de su vida por oirla, por poder llevar en su alma un poco de aquella música. Pero todo se perdía en las declamaciones lastimeras y en las jeremiadas de Jondrette; lo cual irritaba verdaderamente á Mario, aún en medio de su éxtasis. No apartaba de ella los ojos. No podía imaginarse que fuera realmente aquella criatura divina la que veía en medio de seres tan inmundos en aquel monstruoso tugurio. Parecíale ver un colibrí entre sapos.

Cuando salió la joven, él ya no tuvo más que un pensamiento: seguir sus huellas, no dejarla hasta saber dónde vivía; no volverla á perder, después de haberla hallado tan milagrosamente. Saltó de la cómoda y cogió su sombrero. Al poner la mano en el picaporte, cuando iba ya á salir, detúvole una reflexión. El corredor era largo, la escalera estrecha y empinada, Jondrette muy hablador, el señor Leblanc no habría aún subido en su coche; y si volviéndose en el corredor, en la escalera ó en el portal, le veía en aquella casa, evidentemente se alarmaría y hallaría medio de escapar de nuevo, y otra vez se habría acabado todo. ¿Qué hacer? ¿Esperar un poco? Pero mientras esperaba, el carruaje podría marchar. Mario estaba perplejo. Por fin se arriesgó, y salió de su cuarto. No había ya nadie en el corredor. Corrió á la escalera; tampoco en la escalera había nadie. Bajó á escape, y llegó al boulevard, á tiempo de ver un coche de alquiler dar la vuelta á la esquina de la calle del Petit-Banquier, y entrar en París.

Mario se precipitó en aquella dirección. Al llegar al ángulo del boulevard, volvió á ver el coche, que bajaba rápidamente por la calle Mouffetard. El carruaje estaba ya muy lejos, y no había medio de alcanzarle. ¿Qué hacer? ¿Correr detrás de él? Imposible. Además, desde el carruaje podrían observar que un individuo corría á todo escape para alcanzarle, y el padre le conocería. En aquel momento, ¡casualidad inaudita y maravillosa! vió Mario un cabriolé de alquiler que pasaba vacío por el boulevard. No había sino un partido que tomar; subir en el cabriolé y seguir al coche. Esto era seguro indudablemente.

Mario hizo seña al cochero de que parara, y le gritó:

—¡Por horas!

Mario iba sin corbata, y llevaba puesto el traje viejo de trabajar, al cual le faltaban algunos botones, y su camisa estaba rasgada á lo largo de uno de los pliegues de la pechera.

El cochero se detuvo, guiñó el ojo, y extendió hacia Mario su mano izquierda, frotando suavemente el índice con el pulgar.

—¿Qué?—preguntó Mario.

—Paga anticipada,—respondió el cochero.

Mario se acordó que no llevaba consigo más que diez y seis sueldos.

—¿Cuánto?—preguntó.

—Cuarenta sueldos.

—Á la vuelta pagaré.

El cochero por toda contestación silbó algunas notas de la canción de la Palisse y aplicó un latigazo al caballo.

Mario vió alejarse al cabriolé, con aire consternado. Por veinte y cuatro sueldos que le faltaban, perdía su alegría, su felicidad, su amor, y ¡volvía á caer en las tinieblas! Había visto y quedaba nuevamente ciego. Pensó amargamente, y preciso es decirlo, con profundo pesar, en los cinco francos que aquella misma mañana había dado á aquella miserable muchacha.

Si hubiera tenido sus cinco francos, estaba salvado; renacía, salía del limbo y de las sombras; salía del aislamiento, del esplín, de la viudez; reanudaba el negro hilo de su destino á aquel hermoso hilo de oro que ante sus ojos acababa de flotar y romperse otra vez. Entró de nuevo desesperado en la casucha.

Habría podido pensar que el señor Leblanc había prometido volver por la noche; y que sólo de él dependía arreglárselas mejor entonces para seguirle; pero en su contemplación apenas se había enterado de nada.

En el momento de subir la escalera, divisó al otro lado del boulevard junto á la desierta pared de la calle de la Barrera de los Gobelinos, á Jondrette envuelto en el sobretodo del «filántropo», el cual estaba hablando con uno de esos hombres de figura poco tranquilizadora, á quienes se ha convenido en llamar vagos de las afueras; gentes de aspecto dudoso, de monólogos sospechosos, que tienen aire de malos pensamientos, y que duermen comúnmente, de día, lo que hace suponer que trabajan de noche.

Aquellos dos hombres, hablando inmóviles bajo la nieve que caía á grandes copos, formaban un grupo, que á un agente de policía le habría de seguro llamado la atención, pero que Mario apenas lo notó.

Sin embargo, por dolorosa que fuese su preocupación, no pudo menos de decirse que aquel vago de las afueras con quien hablaba Jondrette se parecía á un tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, que Courfeyrac le había enseñado una vez, y que pasaba en el barrio por un paseante nocturno asaz peligroso. Ya hemos visto en el libro precedente el nombre de este hombre. El tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, figuró posteriormente en muchas causas criminales, y llegó á ser un célebre bribón. Entonces no era todavía más que un bribón famoso; y hoy día existe en estado de tradición entre los bandidos y ladrones. Á fines del último reinado formaba escuela. Y por la tarde, al anochecer, á la hora en que se forman grupos y se habla en voz baja, se hacía mención de él en la Fuerza, en el Foso de los leones. En dicha cárcel, precisamente en el sitio por donde pasaba bajo el camino de ronda la alcantarilla, que sirvió para la inaudita fuga á mitad del día de treinta presos en 1843, se podía leer, encima de los ladrillos de la atarjea, su nombre, Panchaud, audazmente grabado por él en la pared en una de sus tentativas de evasión.

En 1832 la policía le vigilaba; pero aún no había debutado seriamente.

XI Ofertas de servicio de la miseria al dolor

Mario subió la escalera de la buhardilla á paso lento; cuando iba á entrar en su celda, vió detrás de él á la hija mayor de Jondrette, que le seguía. Aquella muchacha resultaba odiosa á sus ojos; ella era quien tenía sus cinco francos, y era ya demasiado tarde para reclamárselos; el cabriolé no estaba ya allí, y el coche del señor Leblanc pasaba ya muy lejos. Además, no se los iba á devolver. En cuanto á preguntarle por la casa de los que hacía poco habían estado allí, era inútil, pues evidentemente no lo sabía, toda vez que la carta firmada Fabantou iba dirigida al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas.

Mario entró en su cuarto, y empujó la puerta tras de sí.

No acababa de cerrarse, y volviéndose vió una mano que mantenía la puerta entreabierta.

—¿Qué hay?—preguntó.—¿Quién está ahí?

Era la hija de Jondrette.

—¿Sois vos?—repuso Mario con dureza.—¡Otra vez!—¿Qué me queréis?

Ella parecía pensativa y no le miraba. No tenía la misma seguridad de aquella mañana. No había entrado, y se mantenía en la sombra del corredor, donde Mario la veía por entre la puerta entreabierta.

—¿Contestáis, ó no?—prorrumpió Mario.—¿Qué es lo que me queréis?

Levantó ella su vista apagada, en la que parecía encenderse vagamente cierta claridad, y le dijo:

—Señor Mario, parece que estáis triste. ¿Qué es lo que os pasa?

—¡Á mí!—dijo Mario.

—Sí, á vos.

—Nada.

—¡Sí!

—No.

—Yo os digo que sí.

—¡Dejadme en paz!

Mario empujó nuevamente la puerta, pero ella continuó reteniéndola.

—Mirad,—dijo ella,—eso no está bien. Aun cuando no seáis rico, habéis sido bueno para conmigo esta mañana; sedlo ahora también. Ya que me habéis dado para comer, decidme lo que os pasa. Que tenéis alguna pena, eso es bien claro. Yo no quisiera veros apesadumbrado. ¿Qué hay que hacer para aliviárosla? ¿Puedo yo servir de algo? Disponed de mí. No os pregunto vuestros secretos; no necesito que me los digáis; pero, en fin, puedo seros útil. Bien puedo ayudaros, pues ayudo á mi padre. Cuando es menester llevar cartas, ir á las casas, preguntar de puerta en puerta, encontrar una dirección, seguir á alguno, yo sirvo para eso. Pues bien; confiadme lo que tenéis; yo iré á hablar á las personas; algunas veces con que alguien hable á las personas, basta para que se sepan las cosas y todo se arregla. Servíos de mí.

Una idea cruzó por la imaginación de Mario. ¿Quién desdeña una rama cualquiera cuando se siente caer?

Acercóse á la muchacha.

—Oye... le dijo.

Ella le interrumpió con un transporte de alegría en los ojos.

—¡Sí, sí, tuteadme! Prefiero eso.

—Pues bien,—repuso él;—¿tú has traído aquí á ese caballero anciano con su hija?

—Sí.

—¿Sabes dónde viven?

—No.

—Averígualo.

La mirada de la niña Jondrette, de triste se había vuelto alegre, y de alegre se tornó sombría.

—¿Es eso lo que queréis?—preguntó ella.

—Sí.

—¿Los conocéis acaso?

—No.

—Es decir,—replicó ella con viveza,—no la conocéis, pero queréis conocerla.

Aquellos los convertidos en la, tenían cierto no sé qué significativo y amargo.

—En fin; ¿puedes averiguarlo?—dijo Mario.

—Tendréis la dirección de la hermosa señorita.

Había en las palabras «hermosa señorita» un tonillo que molestó á Mario, el cual replicó:

—¡En fin, no importa! La dirección del padre y de la hija. La dirección, ¿comprendes?

La muchacha le miró fijamente.

—¿Qué es lo que me vais á dar por ello?

—Todo lo que quieras.

—¿Todo lo que yo quiera?

—Sí.

—Tendréis la dirección.

Bajó la cabeza; y luego, con un movimiento resuelto, tiró de la puerta, que se cerró.

Mario volvió á quedar solo.

Dejóse caer sobre una silla, la cabeza y los codos apoyados en la cama, abismado en pensamientos que no podía retener, y como poseído de un vértigo. Todo lo que había pasado aquella mañana, la aparición del ángel, su desaparición, lo que aquella muchacha acababa de decirle, un rayo de esperanza brillando en su inmensa desesperación, todo esto llenaba confusamente su cerebro.

De pronto le sacaron violentamente de sus meditaciones.

Oyó la voz alta y dura de Jondrette pronunciando estas palabras, que para él tenían el más extraño interés:

—Te digo que estoy seguro de ello, y que le he conocido.

¿De quién hablaba Jondrette? ¿Á quién había conocido? ¿Al señor Leblanc, al padre de «su Úrsula»? ¿Acaso Jondrette le conocía? ¿Iba Mario á tener de aquel modo brusco é inesperado todas las noticias, sin las cuales su vida era obscura aún para él mismo? ¿Iba á saber, por fin, á quién amaba? ¿Quién era aquella joven, y quién su padre? ¿Estaba á punto de iluminarse la espesa sombra que les cubría? ¿Iba á romperse el velo? ¡Oh cielos!

Saltó, mejor que subió sobre la cómoda, y volvió á su puesto arrimado al agujero del tabique.

Volvió, pues, á observar el interior de la pocilga de Jondrette.

XII Empleo de la moneda de cinco francos del señor Leblanc

Nada había cambiado en el aspecto de la familia, como no fuese la mujer y las hijas, que habían sacado del paquete y se habían puesto medias y camisetas de lana. Dos mantas nuevas estaban tendidas sobre ambas camas.

Jondrette acababa evidentemente de entrar. Estaba agitado todavía como una especie de sobrealiento producido por el cansancio. Sus hijas estaban sentadas en el suelo cerca de la chimenea, la mayor curándole la mano á la menor. Su mujer estaba como acurrucada en la cama inmediata á la chimenea, como asombrada.

Jondrette paseaba de una á otra parte del desván, á largos pasos, y sus ojos miraban de una manera extraordinaria.

La mujer, que parecía tímida y como herida de estupor ante su marido, se atrevió á preguntarle:

—Pero ¿de veras? ¿Estás seguro?

—¡Seguro! ¡Hace ya ocho años! ¡Pero le conozco! ¡Oh, sí, le conozco! ¡Le conocí enseguida! ¡Cómo! ¿No te ha saltado á la vista?

—No.

—Y sin embargo, te dije que fijaras la atención. Pero es su estatura, su cara, apenas más viejo; hay gentes que no envejecen nunca; no sé cómo lo hacen; es su mismo eco de voz. Mejor vestido; es la única diferencia. ¡Ah, viejo misterioso del diablo, ya te tengo!

Se paró, y dijo á sus hijas:

—¡Vosotras, idos de aquí!... Es raro que no te haya saltado á la vista.

Las muchachas se levantaron para obedecer.

La madre balbuceó:

—¿Con su mano mala?

—El aire le será bueno,—dijo Jondrette.—Idos.

Evidentemente aquel hombre era de ésos á quien no se replica. Las dos muchachas salieron.

En el momento que iban á atravesar el umbral de la puerta, el padre detuvo á la mayor por el brazo, y dijo con un acento particular:

—Estaréis aquí las dos á las cinco en punto; las dos. Os necesito.

Mario redobló su atención.

Jondrette, solo ya con su mujer, se puso á pasear nuevamente por el cuarto, dando dos ó tres vueltas en silencio. Después ocupó algunos minutos en hacer entrar y salir por la cintura del pantalón el faldón de la camisa de mujer que llevaba puesta.

De pronto volvióse hacia su mujer, se cruzó de brazos, y exclamó:

—¿Quieres que te diga una cosa? La señorita...

—¿Y bien, qué?—repitió la mujer.—¿La señorita?...

Mario no podía dudar; era de ella de quien se hablaba. Escuchaba con ardiente ansiedad. Toda su vida estaba en sus oídos.

Pero Jondrette se había inclinado y hablado por lo bajo á su mujer.

Luego se levantó, y terminó levantando la voz:

—¡Es ella!

—¿Ésa?—dijo la mujer.

—Ésa,—contestó el marido.

No hay palabra que pueda expresar lo que quería decir aquel ésa de la madre. Estaban unidos á un tiempo la sorpresa, la rabia, el odio y la cólera, mezclándose y combinándose en monstruosa entonación.

Habían bastado algunas palabras, el nombre sin duda que su marido le había dicho al oído, para que aquella mujer gorda y adormecida despertase de súbito, y de repugnante se volviera espantosa.

—¡Imposible!—exclamó.—Cuando pienso que mis hijas van descalzas, y que no tienen un mal vestido que ponerse. ¡Cómo se entiende! ¡Una manteleta de raso, sombrero de terciopelo, borceguíes y todo! ¡Más de doscientos francos en trapos! ¡Cualquiera creería que es una señora! ¡No, te engañas! En primer lugar, la otra era horrible, y ésta no es fea; ¡de veras, no es fea! ¡No puede ser ella!

—Te digo que es ella. Ya verás.

Á aquella afirmación tan absoluta, alzó la mujer su ancho, rojo y rubio semblante, y miró al techo con una expresión deforme. En aquel momento le pareció á Mario más terrible aún que su marido. Era una marrana con la mirada de un tigre.

—¡Cómo!—replicó enseguida.—Esa horrible linda señorita que miraba á mis hijas con aire de lástima, ¿sería aquella miserable holgazana? ¡Oh! ¡Quisiera reventarla á zapatazos!

Saltó de la cama, y permaneció un instante en pie, despeinada, con las ventanas de la nariz dilatadas, entreabierta la boca, crispados los puños y echados hacia atrás. Luego se volvió á dejar caer sobre el lecho.

El hombre iba y venía sin fijar la atención en su hembra.

Después de unos instantes de silencio, se aproximó y detuvo delante de ella con los brazos cruzados, como lo había hecho poco antes.

—¿Y quieres que te diga otra cosa?

—¿Qué?—preguntó ella.

Jondrette respondió en voz baja y breve:

—Que tengo hecha mi fortuna.

La mujer le miró con esa mirada que quiere decir: «¡Si estará loco el que habla!».

Él continuó:

—¡Truenos y rayos! Hace ya mucho tiempo, me parece, que soy feligrés de la parroquia «muérete de hambre si tienes fuego, muérete de frío si tienes pan». ¡Ya he sufrido bastante miseria; mi carga y la de los demás! ¡Ya esto no me divierte; ya basta de comedias y de equívocos, vive Dios! ¡No más farsas, Padre Eterno! ¡Quiero que mi hambre coma y que mi sed beba! ¡Tragar, dormir, y no hacer nada! ¡Quiero que llegue mi vez antes de reventar! ¡Vaya! ¡Quiero ser un poco millonario!

Dió la vuelta al cuarto y añadió:

—Como los demás.

—¿Qué quieres decir?—preguntó la mujer.

Sacudió él la cabeza, guiñó los ojos, y levantó la voz como un charlatán de plazuela que va á hacer una demostración:

—¿Lo que quiero decir? ¡Oye!

—¡Chist!—murmuró la mujer.—¡No tan alto, si son asuntos que no conviene que los oigan!

—¡Bah! ¿Quién nos ha de oir? ¿El vecino? Acabo de verle salir hace poco; y además es un gran simplón, que ni oye ni entiende; y luego, como te digo, le he visto salir.

Sin embargo, por una especie de instinto, Jondrette bajó la voz, pero no lo bastante para evitar que sus palabras llegasen á oídos de Mario. Una circunstancia favorable, y que había permitido á Mario no perder nada de esta conversación, es que la nieve que había caído, amortiguaba el ruido de los carruajes en el boulevard.

Mario oyó lo siguiente:

—Escúchame. El creso está cogido, ó como si lo estuviera; es cosa hecha; todo está arreglado. He visto algunos amigos. Él vendrá á las seis. Traerá sesenta francos. ¡Canalla! ¡Has visto cómo le he embaucado con los sesenta francos, con el casero, con el 4 de febrero, que no hace siquiera un trimestre! ¡Qué torpe! Vendrá, pues, á las seis. Á esa hora el vecino se habrá ido á comer; la tía Bougón estará fregando en la ciudad; no habrá nadie en toda esta casa. El vecino no vuelve nunca hasta las once; las chicas estarán de escucha; tú nos ayudarás. Él se ejecutará sin remedio.

—¿Y si no se ejecuta?—preguntó la mujer.

Jondrette hizo un gesto siniestro, y dijo:

—Nosotros le ejecutaremos.

Y se echó á reir.

Era la primera vez que Mario le veía reir. Aquella risa era fría y dulce, y hacía estremecer.

Jondrette abrió un armario que estaba cerca de la chimenea, y sacó de él una gorra vieja, que se puso después de haberla limpiado con la manga.

—Entretanto,—dijo,—voy á salir. Tengo aún que ver á algunos, de los buenos. Ya verás cómo esto marcha. Estaré fuera el menor tiempo posible. Es un buen golpe el que vamos á dar. Guarda la casa.

Y con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, permaneció un momento pensativo; luego exclamó:

—¿Sabes que ha sido una suerte el que no me haya conocido? Si me hubiera reconocido, no volvería. ¡Se nos escapaba! Mi barba es la que nos ha salvado. ¡Mi perilla romántica! ¡Mi linda perilla romántica!

Y se echó á reir otra vez.

Después se acercó á la ventana. Continuaba cayendo nieve, rayando de blanco el plomizo fondo del cielo.

—¡Qué tiempo tan perro!—exclamó.

Y abrochándose luego el gabán:

—Tiene el pelo muy largo, añadió... Es igual; ha hecho endiabladamente bien en dejármelo el tunante del viejo. Sin esto no habría podido salir yo, y todo se lo hubiera llevado la trampa. ¡Qué casualidades tan raras!

Y encasquetándose la gorra hasta los ojos, salió.

Apenas había tenido tiempo de dar algunos pasos fuera, cuando la puerta se volvió á abrir, y su perfil fiero é inteligente reapareció por la abertura.

—Se me olvidaba,—dijo.—Ten preparado un brasero encendido.

Y arrojó sobre el delantal de su mujer la moneda de cinco francos que le había dejado el «filántropo».

—¿Un brasero de carbón?—preguntó la mujer.

—Sí.

—¿Cuánto carbón?

—Una arroba.

—Costará treinta sueldos. Con el resto traeré que comer.

—¡Diablo! no.

—¿Por qué?

—No vayas á gastar el total de los cien sueldos.

—¿Por qué?

—Porque por mi parte tendré que comprar algo.

—¿Qué?

—Algo.

—¿Cuánto necesitarás?

—¿Dónde hay por aquí un quinquillero?

—En la calle Mouffetard.

—¡Ah! Sí, en la esquina de la calle; recuerdo la tienda.

—Pero dime ¿cuánto te hace falta para lo que has de comprar?

—Cincuenta sueldos; tres francos.

—Quedará bien poco para la comida.

—Hoy no se trata de comer, hay algo más importante que hacer.

—Basta, hijo mío.

Con este cariño de su mujer, Jondrette cerró la puerta, y esta vez Mario oyó alejarse sus pasos por el corredor del casucho y bajar rápidamente la escalera.

La una daba en aquel instante en San Medardo.

XII Solus cum solo, in loco remoto, non cogitabuntur orare pater noster

Por soñador que fuese Mario, ya hemos dicho que era una naturaleza firme y enérgica. Los hábitos de recogimiento solitario, desarrollando en él la simpatía y la compasión, habían disminuido tal vez la facultad de irritarse; pero habían dejado intacta la facultad de indignarse. Tenía la benevolencia de un bracmán y la severidad de un juez; se apiadaba de un sapo, pero aplastaba las víboras. Ahora bien; su mirada había penetrado en un agujero de víboras; era aquél un nido de monstruos que tenía á la vista.

—¡Es preciso aplastar á esos miserables!—dijo.

Ninguno de los enigmas que esperaba ver disiparse se había aclarado: al contrario, casi todos se habían obscurecido aún más tal vez. Nada más sabía sobre la hermosa joven del Luxemburgo, ni sobre el hombre á quien llamaba el señor Leblanc, sino que Jondrette los conocía. Al través de las tenebrosas palabras que había oído, sólo entreveía una cosa clara, y era que se preparaba una emboscada obscura, pero terrible; que los dos corrían un peligro, la joven probablemente, y el padre de seguro; que era menester salvarlos; que era preciso burlar las espantosas combinaciones de los Jondrette y romper la tela de aquellas arañas.

Observó un momento á la mujer de Jondrette. Había sacado de un rincón un hornillo viejo de palastro y andaba revolviendo en una espuerta de hierro viejo.

Bajóse de la cómoda lo más suavemente que pudo, procurando no hacer el menor ruido.

Entre su miedo por lo que se preparaba, y el horror que los Jondrette le habían causado, sentía una especie de alegría con la idea de que le sería dado prestar un gran servicio á la que amaba.

¿Pero qué hacer? ¿Advertir á las personas amenazadas? ¿Dónde encontrarlas? No sabía su domicilio. Habían reaparecido un instante á sus ojos, y vuéltose á hundir después en las inmensas profundidades de París. ¿Esperar al señor Leblanc á la puerta por la noche, á las seis, en el momento en que llegase, y prevenirle del lazo?

Pero Jondrette y su gente le verían espiar; el sitio estaba desierto: serían más fuertes que él; no les faltarían medios de cogerle ó de alejarle, y aquél á quien Mario pretendía salvar quedaría perdido. Acababa de dar la una; la emboscada no debía verificarse hasta las seis. Mario tenía cinco horas de que disponer.

No había que hacer más que una cosa.

Púsose su frac presentable, atóse un pañuelo al cuello, cogió el sombrero y salió, sin hacer más ruido que si hubiese caminado sobre musgo con los pies descalzos.

Entretanto la mujer de Jondrette continuaba revolviendo en su hierro viejo.

Ya fuera de la casa, siguió hasta la calle del Petit-Banquier.

Al estar como á la mitad de esta calle, junto á una tapia muy baja, que se podía saltar en ciertos puntos, la cual daba á un terreno erial, caminaba lentamente y pensativo; la nieve amortiguaba el ruido de sus pasos. De repente oyó voces que hablaban muy cerca de él. Volvió la cabeza; la calle estaba desierta; no se veía á nadie siendo la hora más clara del día, y sin embargo, se oían distintamente dos voces.

Ocurriósele mirar por encima de la pared que iba siguiendo.

Había allí en efecto, dos hombres arrimados á la tapia, sentados en la nieve, y hablando por lo bajo.

Aquellas dos figuras le eran desconocidas; el uno era un hombre barbudo con blusa, y el otro un hombre cabelludo y harapiento.

El barbudo llevaba un gorro griego, el otro la cabeza descubierta y nieve en los cabellos.

Alargando la cabeza por encima de ellos, Mario podía oir.

El cabelludo empujaba al otro con el codo, diciéndole:

—Con Patrón-Minette la cosa no puede fallar.

—¿Lo crees así?—dijo el barbudo.

Y el cabelludo replicó:

—Siempre dará para cada uno un lote de quinientos bultos, y lo peor que pueda suceder: ¡cinco años, seis, diez á lo más!

El otro contestó con cierta vacilación, y tiritando bajo su gorro griego:

—Eso es cosa segura, y no hay que andar pensando en tales cosas.

—Te digo que el negocio no puede fallar,—repuso el cabelludo;—se cogerá todo el alijo por completo.

Luego se pusieron á hablar de un melodrama que habían visto la víspera en el teatro de la Gaité.

Mario prosiguió su camino.

Parecíale que las palabras obscuras de aquellos hombres, tan extrañamente ocultos detrás de la pared y acurrucados sobre la nieve, no dejaban tal vez de tener alguna relación con los abominables proyectos de Jondrette. Éste debía ser el negocio.

Dirigióse hacia el arrabal de San Marcelo, y preguntó en la primera tienda qué encontró, dónde podía encontrar un comisario de policía.

Indicáronle el número 14 de la calle Pontoise.

Mario se dirigió allá.

Al pasar por delante de una panadería, compró un panecillo de dos sueldos y se lo comió, previendo que no comería más aquel día.

Mientras iba andando, hizo justicia á la Providencia. Pensó que si no hubiese dado por la mañana aquellos cinco francos á la hija de Jondrette, hubiera seguido el coche del señor Leblanc, y por consiguiente lo habría ignorado todo; nada se habría opuesto á la celada de los Jondrette, y el señor Leblanc estaba perdido, é indudablemente su hija con él.

XIV Donde un agente de policía proporciona dos cachorrillos á un abogado

Al llegar al número 14 de la calle de Pontoise, subió al piso principal, y preguntó por el comisario de policía.

—El señor comisario de policía no está,—contestó uno de los ordenanzas de oficina;—pero hay un inspector que le sustituye. ¿Queréis hablarle? ¿Es cosa urgente?

—Sí,—dijo Mario.

El ordenanza le introdujo en el despacho del comisario. Un hombre de elevada estatura estaba allí en pie, detrás de un enrejado, apoyado en una estufa, levantándose con ambas manos los faldones de un gran carric de tres esclavinas.

Su cara era cuadrada, la boca pequeña y firme, espesas patillas entrecanas muy cerdosas, y una mirada capaz de distinguir hasta el fondo de los bolsillos. Hubiérase podido decir de su mirada, no que penetraba, sino que registraba.

Aquel hombre tenía el aire no menos feroz y temible que Jondrette; muchas veces causa tanto miedo el encuentro de un perro de presa como el de un lobo.

—¿Qué se ofrece?—dijo á Mario, sin añadir caballero.

—Ver al señor comisario de policía.

—Está ausente; yo le sustituyo.

—Es para un asunto muy reservado.

—Entonces, hablad.

—Y muy urgente.

—Entonces, hablad pronto.

Aquel hombre, sereno y brusco, era á la vez temible y tranquilizador; inspiraba miedo y confianza. Mario le refirió la aventura: que una persona, á quien no conocía más que de vista, debía ser atraída por la noche á una emboscada. Que habitando en el cuarto inmediato á la madriguera, él, Mario Pontmercy, abogado, había oído todo el complot á través de la pared. Que el malvado que había ideado el plan era un hombre llamado Jondrette. Que tendría cómplices, probablemente entre los vagos de las afueras, y entre otros un tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero. Que las hijas de Jondrette estarían en acecho. Que no había medio alguno de prevenir á la persona amenazada, toda vez que ni aun se sabía su nombre. Y por último, que todo esto debía verificarse á las seis de la tarde, en el punto más desierto de la alameda del Hospital en la casa número 50-52.

Al oir este número el inspector levantó la cabeza, y dijo fríamente:

—¿Es pues en el cuarto del extremo del corredor?

—Precisamente,—dijo Mario, y añadió:—¿Por ventura conocéis la casa?

El inspector permaneció un momento silencioso; luego contestó calentándose el tacón de la bota en la puertecilla de la estufa:

—Puede.

Y continuó entre dientes, hablando, más que con Mario, con su corbata:

—Algo de Patrón-Minette debe haber en ello.

Este nombre llamó la atención de Mario.

—¡Patrón-Minette!—dijo.—Efectivamente, he oído pronunciar este nombre.

Y refirió al inspector el diálogo del hombre cabelludo con el hombre barbudo, sobre la nieve, detrás de la tapia baja de la calle del Petit-Banquier.

El inspector murmuró:

—El cabelludo debe ser Brujón, y el barbudo debe ser Medio Ochavo, alias Dos Millones.

Y habiendo bajado nuevamente los ojos, meditaba.

—En cuanto al tío Fulano, ya casi le veo ¡Vaya en gracia! ¡Pues no he ido á quemarme el carric! ¡Siempre llenan demasiado de fuego estas malditas estufas!... Número 50-52, antigua casa de Cuervo.

Luego fijó la vista en Mario.

—¿No habéis visto más que á ese barbudo y á ese cabelludo?

—Y á Panchaud.

—¿Y no habéis visto también rondar por allí á cierto petimetrillo endiablado?

—No.

—¿Ni á un mocetón macizo, que se parece al elefante del Jardín Botánico?

—No.

—¿Ni á un mala facha, que tiene todo el aire de un antiguo cola roja?

—Tampoco.

—En cuanto al cuarto, nadie le ve, ni sus mismos ayudantes, dependientes ó empleados. No es, pues, extraño que no le hayáis visto.

—No. Pero ¿qué vienen á ser todos esos individuos?—preguntó vivamente Mario.

El inspector respondió:

—Además que tampoco es ésa su hora.

Volvió á guardar silencio; luego continuó:

—50-52. Conozco esa casucha. Imposible que nos ocultemos en su interior sin que lo noten los artistas, y entonces saldrían del paso con dejar para otro día la función. ¡Son tan modestos, que les incomoda el público!

—¡Nada de eso! ¡Nada de eso! Quiero oirles cantar y hacerlos bailar.

Terminado este monólogo, se volvió hacia Mario, y le preguntó, mirándole fijamente:

—¿Tendríais miedo?

—¿De qué?—dijo el joven.

—De esos hombres.

—Ni más ni menos que de vos,—replicó rudamente Mario, que comenzó á notar que el polizonte no le había llamado aún caballero.

El inspector miró á Mario con mayor fijeza todavía, y replicó con cierta solemnidad sentenciosa:

—Habláis como un hombre valiente y como un hombre honrado. El valor no teme al crimen, ni la honradez teme á la autoridad.

Mario le interrumpió:

—¡Bueno! Pero ¿qué pensáis hacer?

El inspector se limitó á contestarle:

—Los inquilinos de esa casa tendrán su llavín para entrar en ella por la noche. ¿Vos debéis tener uno?

—Sí,—dijo Mario.

—¿Le lleváis ahí?

—Sí.

—Dádmelo,—dijo el inspector.

Mario sacó su llavín del bolsillo, se lo dió al inspector, y añadió:

—Si queréis creerme, haríais bien en ir acompañado.

El inspector dirigió á Mario la misma mirada que hubiera dirigido Voltaire á un académico de provincia, que le hubiese dado un consonante. Sumergió con un solo movimiento sus dos manos, que eran enormes, en los dos inmensos bolsillos de su carric, y sacando de ellos dos pistolas pequeñas de acero de las llamadas cachorrillos, se las presentó á Mario, diciéndole vivamente y con tono breve:

—Tomad esto. Volveos á vuestra casa, y ocultaos en vuestro cuarto de modo que crean que habéis salido. Están cargados, cada uno con dos balas. Observaréis por el agujero que hay en la pared, como me habéis dicho. Esa gente irá. Dejadla obrar un tanto; y cuando juzguéis la cosa á punto, y que es tiempo de pararla, soltad un pistoletazo; no muy pronto. Lo demás corre de mi cuenta. Un tiro al aire, al techo, no importa adónde. Sobre todo, que no sea demasiado pronto. Aguardad á que haya dado principio la ejecución; vos sois abogado, y sabéis lo que esto quiere decir.

Mario tomó las pistolas y las metió en el bolsillo interior de su frac.

—Esto abulta mucho y se ve,—dijo el inspector.—Mejor es que os las guardéis en los bolsillos del pantalón.

Mario ocultó las pistolas en los bolsillos del pantalón.

—Ahora,—prosiguió el inspector,—no hay que perder un minuto. ¿Qué hora es? Las dos y media ¿No habéis dicho á las siete?

—Á las seis,—dijo Mario.

—Tengo tiempo,—respondió el inspector;—pero sólo el tiempo preciso. No olvidéis nada de cuanto os he dicho. ¡Pun! ¡Un pistoletazo!

—Descuidad,—respondió Mario.

Y al poner Mario la mano en el pestillo de la puerta para salir, el inspector le gritó:

—Á propósito; si de aquí á entonces tuviereis necesidad de mí, venid ó mandadme recado. Preguntad por el inspector Javert.

XV Jondrette hace sus compras

Algunos momentos después, á eso de las tres, Courfeyrac pasaba por casualidad por la calle de Mouffetard en compañía de Bossuet.

La nieve redoblaba llenando el espacio. Bossuet estaba diciéndole á Courfeyrac:

—Al ver caer tantos copos de nieve, diríase que en el cielo hay peste de mariposas blancas.—De pronto Bossuet divisó á Mario, que subía la calle hacia el portillo con un aire particular.

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