XIX
F. (Francisco) Corona Bustamante translation
diario de un loco de bedlam.
IV
CONTINUACION.
Afortunadamente, al lado de lady Evelina, sola y desesperada, había un hombre animoso y resuelto.
Este hombre era Tom.
El honrado Escocés no perdió la cabeza, y adivinó de seguida por qué habían robado el niño.
En Londres es esto tan común, como el robo de una bolsa o de un pañuelo; y aún constituye un comercio bastante lucrativo.
Hay tal o cual mendiga que logra a duras penas conseguir al día una limosna, y que haría una fructuosa colecta, si llevase un niño en sus brazos cuando implora la caridad pública.
Hay también maestras de niños, siniestras industriales cuyo tipo sólo florece en Londres, que han hecho desaparecer en el fondo del Támesis las pobres criaturas que les confiaran en secreto.
El día menos pensado, los padres de esos hijos del amor vienen a reclamarlos.
Es necesario pues que estén preparadas para poder reemplazar con niños robados, los que han dejado de existir después de largo tiempo, y cuya pensión se ha cobrado religiosamente.
Y en fin, hay además los gitanos, los saltimbanquis y los cómicos de la legua, que andan siempre a caza de niños y los roban con una destreza admirable.
Pero Tom no pensó un solo momento en los mendigos, gitanos ni saltimbanquis.
Su primera idea fue justa y lógica.
—El ladron, se dijo, es sir Arturo Jorge Pembleton, oficial de la marina real.
Mucho tiempo hacía que sir Jorge no se veía en Londres, ostensiblemente al menos.
Lady Evelina no lo había vuelto a ver desde la noche fatal.
Pero Tom había visto una tarde rondar a un hombre por Hyde-Park, y—aunque aquel hombre iba vestido como un rough,—Tom lo había reconocido.
El supuesto rough era sir Jorge.
Tom se puso en busca de sir Jorge, seguro de que el niño estaba en su poder.
El fiel servidor y confidente de lady Evelina era Escocés, pero había pasado su infancia en Londres, y conocía perfectamente todos los misterios de la gran capital.
Así no tardó mucho en encontrar a sir Jorge.
Este se había ocultado en una callejuela del Wapping, hacia los confines de Withe-Chapelle, en una casa alta y sombría, habitada únicamente por gente del pueblo.
Tom cayó en aquella casa como un rayo, a una hora de la mañana en que el gentleman se hallaba aun en el lecho.
Tom se presentó en su cuarto con una pistola en cada mano.
Sir Jorge estaba sin armas.
El joven le asestó una pistola a la frente y le dijo:
—Si no me entregáis el niño, os mato.
Sir Jorge aparentó al principio una gran sorpresa.
—¿De qué niño hablas, miserable? le preguntó.
—Del hijo mayor de lady Evelina.
Sir Jorge protestó enérgicamente.
—No he visto al hijo de lady Evelina, contestó, ni comprendo lo que me quieres decir.
Pero Tom añadió fríamente:
—Os doy cinco minutos. Si dentro de cinco minutos no me habéis devuelto el niño, sois hombre muerto.
La mirada del Escocés expresaba tan fría y decidida resolución, que sir Jorge tuvo miedo, y lo confesó todo.
El hijo de lady Evelina había sido entregado a unos saltimbanquis que debían adiestrarlo en su oficio.
Tom podía encontrar esos saltimbanquis en Mail Road, muy cerca de la Work-house.
Pero Tom movió la cabeza y contestó:
—Creo lo que decís, sir Jorge. Sin embargo, quiero que vengáis conmigo.
Y os advierto que si intentáis escaparos, os mato como a un perro.
Y obligó a sir Jorge a vestirse.
Sir Jorge Pembleton había dicho la verdad.
Los saltimbanquis estaban en Mail Road, y el niño se hallaba con ellos.
Tom lo tomó en brazos, y huyó con él sin entrar en más explicaciones.
Aquel mismo día, sir Jorge desapareció de nuevo, y pasaron muchos meses sin que nadie volviera a verlo.
¿Por qué sir Jorge había robado al hijo de lady Evelina?
Sir Jorge era un miserable: odiaba con toda su alma a su hermano lord Pembleton, de quien sólo había recibido beneficios; aborrecía a lady Evelina, después de haberla amado con tan violenta pasión; pero en cambio adoraba al hijo segundo de su cuñada, a aquel niño, vivo testimonio de un crímen, a su propio hijo en fin.
Esto explicaba su conducta. Haciendo desaparecer al hijo mayor, al primogénito que debía suceder a lord Evandale en su bienes y títulos, ¿no era asegurar esos mismos títulos y bienes al hijo segundo, es decir, al hijo de sir Jorge?
Después de este grave incidente, Tom no se separó ya de día ni de noche del hijo de lord Evandale.
Lady Evelina no salía jamás sola, y Tom estaba sin cesar a su lado.
Así pasaron algún tiempo, hasta que al fin llegó la noticia de la muerte de lord Evandale Pembleton.
Entonces, como queda dicho, lady Evelina se refugió a su castillo de los montes Cheviot, se rodeó de una guarnición numerosa, y no se decidió a bajar a New-Pembleton, hasta que llegó a saber que sir Arturo Jorge Pembleton se había embarcado de nuevo para las Indias.
V
Tal era el espantoso secreto que Lady Evelina había confesado por escrito, y puesto después ante los ojos de lord Ascott su padre.
Lord Ascott, como hemos visto, la había estrechado en sus brazos diciéndola:
—Tu hermano te vengará.
Y en efecto, tres meses después, sir James dejó la Inglaterra y volvió a la India.
Sir Jorge estaba en Calcuta cuando llegó allí sir James.
Aquella misma noche había un baile en el palacio del gobernador, y el oficial Pembleton se hallaba en sus salones y parecía el hombre más alegre del mundo.
Sir James, que asistía también a esta recepción, se acercó a él y lo saludó.
Sir James era hermano de lady Evelina, y además había sido condiscípulo y amigo de infancia de sir Jorge.
El primero no era aún más que midshipman, es decir guardia marina: el segundo era teniente de navío.
Sir James saludó pues al oficial y le dijo:
—Llego de Londres y traigo un encargo para vos. Dentro de un rato, cuando se halle más animado el baile, podremos reunimos, si gustáis, en la azotea que da al mar.
—Allí me hallaréis, respondió sir Jorge.
Y se fue a bailar con la hija de un nabab que era tan bella como su padre rico, lo que no es poca ponderación.
Un cuarto de hora después, los dos jóvenes volvían a encontrarse, y se paseaban absolutamente solos en una de las azoteas del palacio.
Entonces Sir James miró fijamente a sir Jorge y le dijo:
—He abreviado mi tiempo de licencia sólo por venir a veros.
—¡Y bien!.....
—Lo sé todo.
Sir Jorge se estremeció, pero repuso reponiéndose prontamente:
—¿Qué es lo que sabéis?
—Que habéis hecho traición a vuestro hermano.
—¿Y qué os importa?
—Habéis deshonrado a mi hermana.
Sir Jorge se encogió de hombros.
—Y necesito toda vuestra sangre, añadió sir James.
—Estoy a vuestras órdenes, respondió tranquilamente el hermano de lord Evandale.
—Muy bien, dijo sir James, pero es necesario pensar en que sois mi superior y que no puedo batirme sin infringir las ordenanzas.
—¡Oh! que no quede por eso, respondió sir Jorge, yo me encargo de allanar esa dificultad.
—¡Ah!
—El almirante que manda la escuadra de evoluciones, anclada en el puerto, os autorizará, a petición mía, a batiros conmigo.
—Permitidme una observación, dijo sir James; olvidáis que nos unen lazos de parentesco o al menos de afinidad.....
—¿Y qué importa?
—Importa mucho. No quiero que nuestro duelo haga nacer la menor sospecha contra mi hermana.
—Pues bien, dijo sir Jorge, nos batiremos sin testigos.
—Iba a proponéroslo.
—¡Ah! muy bien.
—Y aun quería algo más.
—Veamos.
—¿No hay un bosque a poca distancia de la ciudad?
—Sí.
—¿Un bosque poblado de tigres?
—Como todas las selvas de la India.
—¡Magnífico! en ese caso, iremos mañana a ese bosque, cada uno por nuestro lado, a puestas del sol.
—¿Y después?
—Muy sencillo. Los tigres harán desaparecer el cadáver del que sucumba en la demanda.
—Aceptado, dijo sir Jorge.
Al día siguiente, en efecto, sir James y sir Jorge se encontraban en el bosque a la hora indicada.
¿Qué sucedió entre ellos?
Nadie lo ha sabido jamás.
Pero el hecho es que sir James volvió solo a Calcuta, a la hora en que aparecían las primeras estrellas en el cielo magnífico de la India.
Y aquella misma noche, el joven guardia marina dirigió un despacho a lord Ascott, concebido en estos términos:
«Nuestro honor queda satisfecho.—Ella está vengada.»
Al día siguiente, unos cazadores encontraron en el bosque los restos informes de un cadáver medio devorado por los tigres, cubierto aun con algunos pedazos de uniforme.
Y pronto se esparció el rumor por la ciudad de que sir Jorge Pembleton, víctima de su pasión por la caza, había tenido un fin horrible.
Tom y lady Evelina estaban, o creían estar al menos, tranquilos para siempre.