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F. (Francisco) Corona Bustamante translation
—El excelente, cándido y confiado sir Roberto Mitchels, prosiguió Rocambole, no perdía sin embargo la esperanza de arrancarme una confesión completa.
Así redoblaba conmigo sus obsequios, y no perdía ocasión de mostrarme su extremada amabilidad.
Todos los días me permitían ver al condenado a muerte, y me dejaban entera libertad para hablarle y prodigarle mis consuelos.
Pero todos los días también, me repetía sir Roberto invariablemente:
—¿No es verdad que es un horrible espectáculo el que presenta un hombre que va a morir?
Así trascurrían monótonamente los días.
Una noche, y cuando menos lo esperaba, el gobernador vino de improviso a mi calabozo.
—¿Sabéis que es para mañana? me dijo.
—¿Qué?
—La ejecución del reo.
—¡Ah! pobre hombre!
—¿Persistís en ver la ejecución?
—¿Qué duda tiene?
—Entonces, es necesario que cambiéis de calabozo.
—¡Ah!
—Y que os trasladéis al piso bajo.
—Sea como queráis.
—Y hasta es posible.....
Aquí sir Roberto pareció vacilar, y me miró con aire indeciso.
—Acabad, le dije.
—Y hasta... si queréis pasar la noche con él...
—¡Oh! no tengo inconveniente.
—Estoy convencido de que vuestra conversión no resistirá a esta última prueba.
—¡Ah! sí, ya me lo dijisteis la otra vez: ¡la vista del triste espectáculo!!...
—Eso en primer lugar. Pero presenciar además las crueles angustias de un desgraciado a quien solo quedan algunas horas de vida.....
—Es terrible en efecto, le contesté con frialdad.
—¡Oh! estoy seguro, dijo sir Roberto sonriéndose siempre, que eso os inspirará un terror saludable.
—Ya veremos.
—Y que sabréis atraeros la benevolencia de vuestros jueces, haciendo una revelación franca, bien completa...
Yo no le respondí, y mi buen hombre prosiguió:
—Por lo demás, no estaréis solo con el reo.
—¿De veras?
—Dos Hermanas de la agonía pasarán allí la noche rezando. Ya veréis como es lúgubre.
—Pero los reglamentos, observé al gobernador, ¿no se oponen a que yo asista?....
—Al contrario, me respondió.
—¡Bah!
—La ley permite que el reo pase su última noche con un pariente, un amigo y, hasta si lo solicita, con un preso de la misma cárcel.
—¡Ah! bien: entonces yo seré ese preso.
—Esperad, prosiguió sir Roberto, hay todavía una particularidad que ignoráis de seguro, y que voy a haceros saber.
—Veamos.
—El cuerpo del ajusticiado pertenece a Calcraft, el cual lo vende ordinariamente a los cirujanos.
—Ya lo sé.
—Su ropa y lo poco que tiene en la cárcel, pertenece también al verdugo.
—Bien.
—Pero la cuerda, por prescripción formal de la ley, es propiedad del ajusticiado.
—¿Es posible?
—Tal como os lo digo: y tiene el derecho de legarla a quien mejor le parezca.
—¿La cuerda del ahorcado es pues un talismán que protege a su posesor?
—Así lo dicen.
—De modo que si el reo me legase su cuerda, tendría yo probabilidades de no ser ahorcado a mi vez.......
—Sobre todo, dijo sir Roberto, si hacéis cuantas revelaciones os exijan.
Yo me eché a reír.
—No creo mucho en las virtudes de la cuerda de ahorcado, prosiguió sir Roberto, pero, en fin, si el reo os la deja en herencia, no veo en ello ningún inconveniente: y aun cuidaré de que os la remitan en tiempo oportuno.
—Sois el más amable de todos los gobernadores posibles, le respondí.
—¿Qué queréis? dijo suspirando; cada cual tiene su flaco en este mundo, y el mío es el de una benevolencia sin límites. Me sois muy simpático, y si declaráis con toda sinceridad, os querré como a un hijo.
Y con esto me estrechó afectuosamente la mano y me dejó.
Una hora después, me condujeron al calabozo del condenado a muerte.
Las Hermanas de las agonía se encontraban ya allí, y se disponían a ejercer su santo ministerio.
El marido de Betzy-Justice me recibió sonriéndose.
—Es para mañana, me dijo.
—¿No tenéis miedo a la muerte? le pregunté.
—No.
Y levantando la mano hacia la ventana del calabozo, a través de la cual se veía un reducido punto del cielo:
—Cuando un hombre muere por haber cumplido con su deber, dijo, ese hombre muere resignado y tranquilo.
—¿No os queda nada que decirme?
—Nada más. Ya lo sabéis todo. ¡Ah! olvidaba... os lego mi cuerda..... En esto hago uso de mi derecho.
—Ya lo sé: el gobernador me lo ha dicho.
—¡Ah!
—Y aun parece agradarle el que yo sea vuestro heredero.
El infeliz reo se sonrió tristemente.
—¡Pobre hombre! dijo aludiendo al gobernador, no es fuerte por cierto para luchar con vos.
La noche se pasó así.
Las Hermanas de la agonía no cesaron en sus oraciones, y el reo y yo seguimos hablando en voz baja.
En fin, a las cinco de la mañana se abrió la puerta del calabozo.
Uno de los carceleros conducía al sacerdote que debía exhortar al reo a bien morir; y al verlo entrar, las Hermanas de la agonía salieron del calabozo.
Yo abracé al condenado a muerte por última vez.
—Acordaos de lo que me habéis prometido, me dijo.
—Morid en paz, le respondí.
Y salí a mi vez.
El carcelero me siguió, y me dijo al llegar a los corredores:
—Tengo órden de conduciros a un calabozo, cuya ventana da al patio de la ejecución.
—Muy bien, le respondí.
El calabozo donde entramos era bastante espacioso, y tenía una ventana mayor que todas los otras.
Bastaba subirse en un banco, para llegar cómodamente a aquella ventana.
Esto es lo que yo hice; y entonces pude ver todo el patio, y la horca que estaba ya levantada.
Eran las seis de la mañana y el día empezaba a aparecer, o más bien una dudosa claridad que pasaba penosamente a través de la niebla.
Algunas sombras confusas se agitaban acá y allá alrededor del cadalso.
El día fue avanzando poco a poco, y entonces pude ver, primero dos filas de soldados, y luego a sir Roberto Mitchels en grande uniforme.
Sir Roberto iba de un lado a otro con la sonrisa en los labios.
Tan luego como me descubrió, me envió un saludo amistoso, y llevó después su cortesía hasta el punto de acercarse a mi ventana.
—Desde ahí veréis perfectamente, me dijo.
—Así lo creo, le respondí. Pero, ¿quiénes son todos esos hombres vestidos de negro que veo allá bajo?
—Son los jurados que han condenado al reo, y que la ley obliga a asistir a la ejecución.
—Muy bien. ¿Y aquel otro grupo que permanece aparte?
—Son redactores de diversos periódicos.
—¡Ah! mil gracias!
—Excusadme, dijo sir Roberto, voy a decir dos palabras a Calcraft.
Y me dejó precipitadamente.
Quedé pues de nuevo solo, esperando con ansiedad el momento supremo.
Aquel desgraciado, que me era enteramente desconocido tres semanas antes, me interesaba ahora y había llegado a amarlo desde que conocía su secreto; y la idea de que iba a morir me oprimía el corazón de una manera indecible.
A las siete menos cuarto se presentaron Calcraft y sus segundos, subieron al cadalso, engrasaron la cuerda, ensayaron el movimiento de báscula de la trampa, y se retiraron en seguida.
Por último, a las siete en punto se abrió una puerta en el fondo del patio, y apareció el reo.
Venía un poco pálido, pero marchaba con paso seguro y la cabeza erguida.
Cuando se halló sobre el cadalso, me buscó con la vista y acabó por descubrirme.
Nuestras miradas se encontraron un momento.
—¡Acordaos! gritó con voz esforzada.
—¡Morid en paz! le repetí por segunda vez.
Pusiéronle en aquel instante el gorro negro, y Calcraft le echó al cuello el nudo corredizo.
Un segundo después estaba en la eternidad.
En seguida se dispersaron los espectadores y tan luego como hubieron partido, sir Roberto Mitchels se apresuró a venir a mi calabozo.
—¿Y bien? me dijo.
—Y bien, le respondí, lo he visto todo.
—Y... ¿qué impresión os ha causado?
—Ninguna.
Y solté una carcajada.
—¡Ah! veo que no queréis confesar! exclamó con acento de despecho.
—Ya veremos más tarde, le respondí.
Y diciendo esto, Rocambole se puso de pie.
—¡Ah! añadió interrumpiéndose, el Támesis ha llegado a su mayor altura. ¿Quieres que nos echemos al agua?
—Pero... dijo Milon, la cuerda.....
—Ya te he dicho que la tengo.
—¿Dónde?
—Rodeada a la cintura.
—Pero, ¿no me decís cuál es el secreto que el marido de Betzy-Justice os confió antes de morir?
—Más tarde.
—¡Ah! exclamó Milon con despecho.
—Por ahora, es necesario pensar en que no nos sorprenda aquí el día.
—Bien, pero ¿adónde iremos?
—No lo sé, ya pensaremos en ello después. ¡Vamos! sígueme!
Y Rocambole, asiéndose al borde de la ventana, se arrojó al Támesis, cuyas aguas azotaban con furor las casas de sus orillas.
Milon no tardó en seguirle.
Ambos desaparecieron por un momento bajo las olas, pero no tardaron en subir a la superficie, y se pusieron a nadar tranquilamente en dirección del puente de Londres.