XIV
F. (Francisco) Corona Bustamante translation
En el momento en que atravesaban el cementerio, Shoking cogió vivamente las manos del abate Samuel.
—¡Ah! exclamó, decidme que lo habéis visto.
—¿A quién?
—Al Hombre gris.
—Sin duda que lo he visto.
—¿Cuándo? ayer..... hoy? preguntó Shoking con voz ahogada por la emoción.
—No, dijo el abate Samuel; lo he visto en Newgate hace unos quince días.
Shoking dejó escapar un grito de sorpresa.
—¡Ah! exclamó; en ese caso, no sabéis nada.
El sacerdote se quedó mirándolo con extrañeza.
—¿No sabéis pues, prosiguió Shoking, que el Hombre gris no está ya en Newgate?
—Sí, ya lo sé.
—Entonces..... no ignoráis dónde se halla.....
Y al decir esto, Shoking empezó a recobrar la esperanza.
—Lo ignoro, respondió el abate Samuel.
—Nosotros creemos que ha muerto.
—¡Ah! dijo el sacerdote.
Y permaneció impasible.
—¡Oh! exclamó Shoking, vos sabéis muchos cosas que nosotros ignoramos.
—Es muy posible.
Shoking no dijo más, pero se hizo para sí esta reflexión:
—Ahora estoy seguro de que el Hombre gris no ha muerto. Si se oculta de todos, es que tiene poderosas razones para hacerlo.—Y esas razones, veo perfectamente que las conoce el abate Samuel y que no quiere revelarlas.
Partiendo de esta idea, Shoking guardó un silencio lleno de reserva.
Así salieron del cementerio, y montaron en el cab que esperaba a Shoking en el square.
—Rothnite-Church, dijo al cochero.
El cab partió con la misma velocidad.
Llegados a la iglesia de Rothnite, el abate y Shoking echaron pie a tierra y despidieron el cab.
Después continuaron su camino a pie y llegaron a Adam street.
Marmouset los esperaba en el umbral de la puerta.
—¡Ah! venid pronto, dijo, venid pronto.
—¿Qué hay de nuevo? preguntó Shoking.
—Hay... que la pobre anciana se muere.
—¿Betzy?
—Después que nos dejaste, prosiguió Marmouset, ha tenido una crisis nerviosa, a la que se ha seguido una gran postración y debilidad; y en este momento apenas respira. No hay que perder tiempo, si es que ya puede reconocer al padre.
Y Marmouset saludó al abate Samuel.
—Tranquilizaos, caballero, dijo este en francés. Conozco a Betzy y la he visto muchas veces en ese estado, sobre todo después de la muerte de su marido.
Y hablando así, subieron a la miserable buhardilla.
Vanda continuaba a la cabecera de la pobre anciana, que yacía como inerte en su miserable lecho.
Pero cuando Betzy-Justice vio aparecer al abate Samuel, su rostro se trasfiguró y un sentimiento de satisfacción inefable se pintó en su mirada.
—¡Ah! exclamó, he creído morir antes de vuestra llegada.
El abate Samuel la tomó afectuosamente la mano.
—Cobrad ánimo, Betzy, la dijo.
—¡Oh! no me falta, respondió la vieja: además, debo cumplir las últimas voluntades de mi pobre Tom: es necesario que su muerte no haya sido inútil.
Y mirando a Shoking añadió:
—¿Conocéis a este hombre?
—Sí, respondió el abate Samuel.
—¿Es un amigo del Hombre gris?
—Sí.
—¡Ah! ¿Y vienen todos estos de su parte?
—Así es, dijo el sacerdote católico.
—Entonces... ¿puedo decirles donde están los papeles?
—Ciertamente.
Betzy hizo un esfuerzo supremo, y logró con gran trabajo incorporarse de nuevo en su lecho.
—Entonces, dijo, escuchadme..... escuchadme con atención.
Las cuatro personas que asistían a esta escena, rodearon el lecho de la pobre anciana, cuya voz se debilitaba por instantes.
—¿Conocéis la iglesia de Rothnite? dijo.
—Sí, respondió el abate Samuel.
—Está rodeada de un cementerio.
—Como todas las iglesias de Londres.
—Pues bien; en el cementerio de Rothnite hay una sepultura que tiene por epitafio un solo nombre: Robert.
—Acabad, dijo Shoking.
—Sobre esa sepultura hay una cruz de hierro, continuó Betzy-Justice. Las cruces de hierro son raras, ¡muy raras! en el pobre cementerio de Rothnite: así encontraréis fácilmente la sepultura de que os hablo.
—¿Y los papeles se hallan en esa sepultura?
—Sí.
—Está bien, dijo Marmouset, vamos a buscarlos de seguida.
—No es posible, observó Betzy. No podréis hacerlo, pues la iglesia y el cementerio están cerrados de noche.
—Pasaremos por encima de la verja.
—No hay necesidad de eso, dijo Shoking.
—¿Qué quieres decir? preguntó Marmouset mirando a Shoking con curiosidad.
—Quiero decir, respondió este, que tengo un medio seguro de penetrar en el cementerio sin escalar rejas ni forzar ninguna puerta.
El abate Samuel hizo un signo afirmativo que quería decir:
—Yo también.
—En ese caso, vamos, dijo Marmouset.
—Pero, observó Vanda, no podemos dejar a esta pobre mujer sola. En tanto que volvéis, yo permaneceré a su lado.
—¡Oh! exclamó Betzy con voz doliente, ¡no permaneceréis por mucho tiempo!..... Creo que por esta vez todo está concluido. Sin embargo, no quisiera morir sin saber que tenéis esos papeles.......
—Descuidad: volveremos aquí tan pronto como estén en nuestro poder, respondió el abate Samuel.
Y salió el primero del aposento.
Marmouset y Shoking, le siguieron inmediatamente, y bajaron con precipitación la escalera.
Tan luego como se hallaron en la calle, el sacerdote dijo a Marmouset:
—Hay una cosa que no sabéis, que no podéis saber, pero que el Hombre gris conoce perfectamente.
—¡Ah!
—Y es que el cementerio de Rothnite ha servido muchas veces de lugar de reunión de los fenians.
—¿Es posible?
—Y de consiguiente vamos a tomar el mismo camino que ellos, para penetrar en ese sitio.
—¡Ah! dijo Marmouset, ya que me habláis del Hombre gris.......
—¿Qué?
—¿Sabéis que ha sido de él?
—Se ha escapado de Newgate.
—Sí; pero ¿y después?
—Después..... ¡Toma!.....
Y el sacerdote pareció embarazado.
Marmouset movió tristemente la cabeza.
—Mucho temo, dijo, que haya muerto.
—¡Oh! no, dijo el abate Samuel.
—¡Ah! ¿creéis que no ha muerto?
—Sí.
—Pero..... ¿estáis seguro?
—Tal vez.....
—Y... en fin, ¿le habéis visto?
—No, pero puedo afirmaros que vive.
—Y yo lo creo firmemente, dijo Shoking.
Marmouset sentía latir su corazón con violencia.
—¡Oh! padre mío! exclamó, ¡por favor!..... Si tenéis alguna noticia reciente del que vos llamáis el Hombre gris y a quien nosotros reconocemos como nuestro jefe.....
—No insistáis, caballero, respondió con embarazo el abate Samuel, no insistáis, pues no me es posible responderos. Básteos saber que el Hombre gris vive..... y que lo veréis un día.
Marmouset bajó la cabeza y no insistió más.
Rocambole vivía y esto le bastaba por el momento.
Además, Marmouset recordaba ahora otras circunstancias análogas que contribuían a tranquilizarlo.
Recordaba que hacía tres o cuatro años, el capitán había desaparecido súbitamente, y que después, cuando menos lo esperaban había vuelto del mismo modo.
Hablando así, el abate Samuel y sus dos compañeros llegaron a la plazuela de Rothnite-Church.
En ella había un public-house, que cerraba todas las noches muy temprano, pero donde debían velar hasta bien tarde, pues se veía filtrar un rayo de luz por los postigos de la tienda a hora muy avanzada.
Shoking llamó a la puerta de aquella taberna de un modo particular.
En seguida se oyó ruido en el interior, pero a pesar de ello la puerta permaneció cerrada.
Entonces Shoking se volvió al abate Samuel.
—El publican espera el santo y seña, dijo, y yo no sé cuál es.
—Esperad.....
Y el abate Samuel aproximó los labios a una hendedura de la puerta, y pronunció algunas palabras en dialecto irlandés.
Apenas pronunciadas, la puerta se abrió como por encanto.
El publican, un irlandés de pura raza, hizo un gesto de admiración al ver al abate Samuel.
—¡Ah! exclamó, pero..... hoy no es día de reunión.
Esto aludía a las conferencias misteriosas de los fenians.
—Ya lo sé, dijo el abate, pero venimos para un negocio particular al cementerio.
—¡Ah! eso es otra cosa!
El tabernero conocía a Shoking, pero, en cuanto a Marmouset, era la primera vez que lo veía.
Así se quedó mirándolo con extremada curiosidad, hasta que el abate Samuel le dijo:
—Este gentleman es un amigo del Hombre gris.
El publican lo saludó con respeto; y yendo en seguida a encender una linterna en la lámpara que ardía sobre el mostrador, se volvió y dijo:
—¡Vaya! puesto que tenéis que hacer en el cementerio, venid.
Y levantó la trampa que se encontraba en medio del public-house, la cual cubría una escalera de mano por donde se bajaba a la bodega del establecimiento.