XIII
F. (Francisco) Corona Bustamante translation
Betzy-Justice seguía mirando con ansiedad a las tres personas que rodeaban su lecho.
Pero ninguna de ellas había osado proferir una palabra después de la exclamación de Vanda.
La pobre vieja, después de contemplarlos un momento, se irguió violentamente, y dijo con voz ronca animada por la fiebre:
—¡No!... ¡no!... ¡os engañáis!... ¡eso no puede ser..... el Hombre gris no ha muerto!
—Es de esperar que así sea, repuso Marmouset.
Vanda movió tristemente la cabeza y no respondió.
—El Hombre gris prometió a mi pobre Tom que él haría justicia, y el Hombre gris no ha podido morir antes de haber cumplido su palabra. Además, añadió, el Hombre gris no es un hombre como los demás.
—Eso es verdad, dijo Shoking abriendo su pecho a la esperanza.
—El Hombre gris no puede morir, repitió Betzy.
Y luego, mirándolos de nuevo con espanto, añadió:
—¿A qué habéis venido aquí?
—A buscar al Hombre gris.
—¿Y decís que sois sus amigos?
—Sí.
Y como se quedase mirándolos con aire de duda, Marmouset añadió:
—En el momento de separarnos, el Hombre gris nos dijo: es posible que no nos volvamos a ver.
—¡Ah!... ¿Os ha dicho eso?
—Sí; y nos ha ordenado venir a buscaros.
—¿A mí?
—Para suplicaros en su nombre que nos entreguéis unos papeles.
Betzy los miró con desconfianza, y quedó un momento en silencio.
—No, no, dijo en fin, vosotros no venís de su parte.
—Os juro que sí, buena Betzy, repuso Shoking.
—Y yo..... no os creo.
Marmouset tomó afectuosamente una de las descarnadas manos de la vieja, y la dijo con acento penetrante:
—Miradme bien, ¿tengo acaso el aire de una persona que miente?
—No lo sé.
—Reflexionad, prosiguió Marmouset, que si el Hombre gris ha muerto, y vos no queréis confiar en nosotros.....
—Yo no tengo que reflexionar más que en una cosa, dijo Betzy.
—¿Cuál?
—En lo que me encargó mi pobre Tom cuando lo llevaron preso..... me dijo que no confiara los papeles a nadie.....
—¿Ni aun al Hombre gris?
—¡Oh! sí.
—Pues bien, puesto que nos envía.....
—Dadme la prueba de ello.
Y esta mujer a quien el pesar y la miseria habían puesto a las puertas de la muerte, y a la que quedaban sólo tal vez algunas horas que vivir, esta mujer, decimos, manifestó resueltamente su decisión de no deshacerse de los misteriosos documentos que se hallaban en su poder.
—Querida amiga, dijo entonces Shoking, ¿no me conocéis a mí?
—No, repuso Betzy. Sin embargo, me parece haberos visto en alguna parte.
—Me llamo Shoking.
Este nombre pareció despertar un recuerdo en la débil inteligencia de Betzy-Justice.
—¡Ah! sí, respondió, ¿Shoking el mendigo?
—Precisamente.
—Ya recuerdo. Hemos pasado una noche juntos en el Work house de Mail-Road.
—Es verdad, dijo Shoking.
—Pero eso no me prueba que vengáis de parte del Hombre gris.
—Yo soy su amigo.
—¿Y quién me lo prueba?
—Veamos, dijo Shoking que era paciente y obstinado como verdadero inglés, ¿conocéis en Londres alguna persona que os inspire absoluta confianza?
—Si, conozco a un sacerdote católico.
—¿Tal vez el abate Samuel?
—¿Le conocéis también? preguntó Betzy fijando los ojos en su interlocutor con tenaz atención.
—No solamente lo conozco, dijo Shoking, sino que puedo afirmaros que él atestiguará, si es preciso, que vengo de parte del Hombre gris.
—Pues bien, respondió Betzy, que el abate Samuel venga aquí a decirme que puedo entregaros los papeles.
—¿Y nos los daréis entonces?
—Sí.
Shoking consultó a Marmouset con la mirada.
Este la comprendió y dijo resueltamente:
—Nuestro jefe nos ha dado una órden, y debemos ejecutarla. Tengo la convicción íntima de que nuestro jefe vive.......
—Yo también, dijo Shoking.
—¡Dios lo quiera! murmuró Vanda.
—Pero debemos obrar como si hubiese muerto.
—Tal es mi opinión, repuso Shoking.
—Pero en fin, prosiguió Marmouset, ¿dónde encontrar al abate Samuel?
—Yo me encargo de ello, dijo Shoking; y si queréis esperarme aquí.....
—¿Aquí?
—Sí; tomando un cab, estaré de vuelta antes de una hora.
—Está bien: esperaremos, repuso Marmouset.
—Que el abate Samuel me diga que puedo tener confianza en vosotros, y en seguida os entregaré los papeles, dijo Betzy.
Marmouset contemplaba en tanto aquel miserable aposento que no tenía más muebles que una mesa de pino y dos sillas rotas, además del jergón donde Betzy estaba acostada.
La pobre vieja creyó comprender aquella mirada.
—¡Ah! exclamó, buscáis dónde he podido ocultar los papeles, ¿no es verdad?
Y soltando una carcajada nerviosa, que hacía daño oír, añadió:
—¡Oh! no están aquí; podéis creerme..... Se hallan muy lejos de esta casa.
—¡Ah! dijo Marmouset.
—Y si venís en efecto de parte del Hombre gris.....
—Muy pronto tendréis la prueba, Betzy, dijo Shoking.
Y tomó precipitadamente la puerta, mientras que Vanda y Marmouset se sentaban a la cabecera de aquella pobre mujer.
Shoking era hijo de Londres, y de consiguiente conocía aquella vasta ciudad hasta en sus menores detalles.
Una vez fuera de Adam street, torció hacia Rothnite-Church, donde sabía que encontraría en el fondo de un patio una estación de carruajes de alquiler.
Allí halló en efecto un cab, y subiendo en él, dijo al cochero:
—Saint-George-Church.
—¿En el Southwarck? preguntó el cabman.
—Sí. Y tendrás seis peniques de propina si me llevas a buen paso.
El cabman dio riendas a su trotón irlandés y salió a escape.
La carrera fue tan sostenida, que veinte minutos después el cab se detenía delante de la verja del cementerio que rodea la iglesia católica.
Shoking se apeó y atravesó el cementerio.
Después, en vez de entrar en la iglesia por la puerta principal, se dirigió al postigo que daba acceso a la sacristía.
Nada había sufrido el menor cambio en Saint-George-Church.
Tal como lo hemos visto en otra ocasión, tal se encontraba ahora, y el mismo viejo sacristán que conocemos guardaba el santuario, y venía a abrir la puerta cuando llamaban de cierta manera.
Shoking llamó, y el buen anciano vino a abrir de seguida.
Al ver a Shoking, sus ojos medio apagados se animaron con una súbita alegría.
—¡Ah! exclamó, ¡mucho tiempo hace que no os dejáis ver, querido amigo!
—He estado ausente, respondió Shoking.
—¿De veras?
—He estado en Francia.
—¡Ah! muy bien.
—Y quisiera ver al abate Samuel. ¿Está allá arriba?
Y diciendo esto, designaba con la vista la puerta del campanario.
—Si, dijo el anciano con un movimiento de cabeza.
Shoking subió en seguida a la torre y llamó a la puerta disimulada en el muro, que daba al cuartito secreto donde el abate Samuel, el Hombre gris y todos los que el reverendo Patterson perseguía con su odio implacable, habían encontrado sucesivamente un asilo.
El abate Samuel se hallaba entregado a sus oraciones.
Al oír llamar en la forma convenida, vino a abrir la puerta y, al ver a Shoking, soltó, como el sacristán, una exclamación de alegre sorpresa.
—Padre mío, le dijo Shoking, ya sabéis que yo era el fiel amigo del Hombre gris, o mejor dicho, su servidor más adicto.
—Ya lo sé, repuso el abate.
—¿Tendríais inconveniente en atestiguarlo?
—Ninguno.
—En ese caso os suplico que vengáis conmigo.
—¿Adónde?
—A Rothnite, en Adam street.
—Bien, dijo el abate Samuel, ya sé lo que queréis.
—¡Ah!
—Habéis ido a pedir ciertos papeles a la viuda de un ajusticiado.
—Sí.
—Que llaman Betzy-Justice.
—Ese es en efecto su nombre.
—¿Y no ha querido creer que vais de parte del Hombre gris?
—No lo creerá si no venís a afirmarlo.
—Pues bien, dijo el sacerdote, vamos; estoy pronto a seguiros.
Shoking se quedó mirando al abate Samuel.
—¿Conocéis por ventura, padre mío, le dijo, la historia de esos papeles?
—Sí.
—¿Quién os la ha contado?
—El Hombre gris mismo.
Shoking lanzó una exclamación de alegría.
—¡Ah! si es así, dijo, bendigo mil veces al cielo, pues eso me prueba que el Hombre gris, a quien creíamos muerto, vive todavía.
El abate Samuel bajó la cabeza y no respondió.