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La cuerda del ahorcado

XI

F. (Francisco) Corona Bustamante translation

Volvamos ahora a Marmouset, a quien hemos dejado con Shoking y Vanda, a la puerta de una casa de Carl street.

Marmouset, como hemos visto, después de haber indicado la inscripción que estaba sobre la puerta:

Farlane y Compañía

Marmouset, decimos, se quedó mirando a sus dos compañeros.

—Puesto que no habéis comprendido todavía, les dijo, escuchadme antes de pasar adelante.

—Veamos, acabad, dijo Vanda con ansiedad.

—Esta casa debe de estar, según os he dicho, justamente encima de la galería subterránea, y entre los dos hundimientos que hemos podido observar.

—¿Y qué? dijo Vanda.

—Además, prosiguió Marmouset, pertenece a un fenian, lo que es ya un gran punto.

—¿Cómo?

—Esperad. Evidentemente, esta casa tiene una cueva, y si logramos, como lo lograremos, bajar a ella, no habrá más que abrir un agujero para llegar a la galería.

—Y para libertar al Hombre gris, añadió Shoking.

—Sí, todo eso está muy bien, dijo Vanda, pero.... ¿estáis seguro, Marmouset?

—¿De que la casa se halla situada sobre la galería subterránea?

—Sí.

—Completamente seguro.

—¿Cómo podéis saberlo?

Marmouset se sonrió con cierto aire de presunción.

—No ignoráis, dijo, que he seguido durante algunos años la carrera de ingeniero y que paso por un buen matemático.

—¡Ah! sí; en cuanto a eso...

—He calculado perfectamente la distancia, la situación de la casa respecto a la galería, y creo mis cálculos exactos.

—¡Dios lo quiera!

—Y aun creo poder afirmar que necesitaremos abrir un agujero de quince a diez y ocho pies de profundidad.

—Entonces, dijo Shoking, no hay más que entrar en la casa y dirigirnos en seguida a master Farlane.

—De ningún modo, repuso Marmouset.

—¿Y por qué razón? exclamó Vanda.

—Porque Farlane no nos conoce, y como no somos fenians, no podemos hacerle el signo misterioso que sirve de contraseña a su partido.

—Entonces, ¿qué medio adoptar?

—El más sencillo, dijo Marmouset: Shoking va a volver inmediatamente a Farringdon street.

—Bueno, respondió Shoking.

—Y verá al jefe fenian que le acompañaba, lo pondrá al corriente de la situación y le suplicará que venga en seguida a ponernos en contacto con master Farlane.

—Voy corriendo, dijo Shoking.

—Bien, repuso Marmouset, nosotros esperamos aquí.

Shoking no aguardó más y partió como una flecha.

Vanda y Marmouset permanecieron en la calle inmóviles y con los ojos fijos en aquella casa donde no se veía luz ni el menor movimiento, pero cuya puerta se abriría de seguro al presentarse el jefe fenian.

No tuvieron que esperar mucho tiempo.

Shoking tenía buenas piernas, y en esta ocasión supo servirse de ellas con fruto.

Un cuarto de hora después estaba de vuelta, y venía, como Marmouset lo había pedido, en compañía del jefe fenian.

Shoking lo había puesto perfectamente al corriente, pues ambos venían cargados con los herramientas necesarias para cavar la tierra y, aun si era necesario, para abrir una trinchera en la roca.

El jefe fenian saludó a Vanda y Marmouset.

En seguida se acercó a la puerta, y en vez de levantar la aldaba, se puso a golpear con los nudillos, como si tocase un tambor, de un modo particular.

Así se pasaron algunos minutos.

La casa permanecía en tanto silenciosa, y no aparecía luz en ninguna ventana.

—Parece que duermen bien, exclamó Marmouset impaciente.

—Un poco de paciencia, dijo el jefe fenian.

Y se puso a golpear por segunda vez, pero de un modo muy distinto del primero.

Esto fue también en vano: ni ruido, ni luz respondió a este llamamiento.

—Pero... ¿esta casa está desierta? exclamó Vanda.

—No, repuso el jefe fenian.

Y golpeó por tercera vez, empleando siempre un ritmo diferente.

Entonces apareció de pronto una luz por la imposta de la puerta, y se oyó un paso lento y mesurado que venía del interior.

Poco después, en fin, se abrió la puerta, y Marmouset y Vanda vieron aparecer un hombre de pequeña estatura, pero recio de miembros y vigoroso, con la cabeza hundida entre los hombros, los cabellos y barba rojos e incultos, y que venía a medio vestir y con una linterna en la mano.

Este singular individuo era master Farlane.

El jefe, antes de hablar una palabra, le hizo un signo rápido.

Farlane respondió con otro signo, y su mirada recelosa e inquieta al principio, cuando vio a Marmouset y Vanda, se serenó inmediatamente, y franqueó el paso con cortesía.

Los cuatro entraron pues en la casa, y Farlane cerró la puerta.

Después vino al jefe fenian y fijándose en él:

—¿Y bien? le dijo, ¿la explosión ha dado buen resultado?

—No, respondió el jefe.

—Sin embargo, prosiguió Farlane, yo he creído que la mitad de Londres se desplomaba.

—¿Se ha sentido algo por aquí?

—Lo mismo que un violento terremoto. Creí por un momento que mi casa se venía abajo.

—¿De veras?

—Y tanto que sospecho que han debido sufrir algo mis bodegas. No extrañaré encontrar en ellas algún hundimiento.

—Vas a convencerte de seguida, pues precisamente venimos a visitar tu bodega.

Farlane miró con curiosidad a las personas que acompañaban al jefe.

—Ya te explicaremos todo eso, dijo este; pero empecemos por bajar a la cueva.

—¿Qué pretendéis hacer con esos instrumentos?

—Ya lo verás.

Farlane era uno de los jefes influyentes del fenianismo, pero sin duda inferior en grado al que Shoking había ido a buscar a Farringdon street, puesto que no insistió en sus preguntas, ni hizo ninguna otra observación.

Por toda respuesta, fue a abrir una puerta baja que se hallaba en el vestíbulo, y Vanda y Marmouset que iban detrás de él, pudieron ver entonces una estrecha escalera que bajaba a las cuevas.

El jefe fenian cerraba la marcha.

Así bajaron unos treinta escalones, y al fin de ellos se encontraron delante de una nueva puerta.

Esta daba a una estrecha galería que se perdía en la oscuridad; y al entrar en ella, Vanda y Marmouset sintieron una violenta ráfaga de aire que les hirió momentáneamente el rostro.

A los pocos pasos encontraron una doble hilera de toneles.

El jefe fenian detuvo entonces a Marmouset y le dijo:

—Ahora, orientaos, y ved si vuestros cálculos son exactos.

Marmouset hizo un signo de asentimiento, y tomó la linterna que llevaba Farlane.

—Esperadme aquí, dijo.

Y se adelantó solo en dirección del sitio de donde venía el aire frío y húmedo.

La galería descendía insensiblemente describiendo una línea curva; pero a cierta distancia se prolongaba en sentido recto, lo que permitía que la vista pudiese penetrar hasta el fondo de aquella cueva.

Así Marmouset, apenas hubo andado algunos pasos, descubrió a lo lejos una claridad blanquecina que parecía indicar una salida. Avanzó algunos pasos más, y reconoció entonces que lo que veía eran los primeros albores de la mañana, y que aquella cueva iba a salir al Támesis.

El río había llegado a su mayor altura, y la marea que venía del largo lo rechazaba hacia los puentes de Londres.

—Es lo mismo que yo creía, pensó Marmouset.

Y volvió por donde había venido.

Vanda, los dos fenians y Shoking habían permanecido junto a la puerta.

Pero aquella puerta daba al centro de la galería, y esta se prolongaba también hacia el norte.

—Por aquí, dijo Marmouset.

Y adelantándose a todos, llegó a un sitio donde el suelo se había desplomado.

—Estaba seguro, dijo Farlane, ved lo que ha hecho la explosión.

Marmouset puso la linterna en el borde de la abertura, y se aventuró por aquel abismo cuya profundidad no le era posible sondar. Afortunadamente sus pies encontraron un punto de apoyo.

—Alargadme la linterna, dijo entonces levantando las manos sobre la cabeza.

Shoking se la pasó, arrodillándose en el suelo, y el joven desapareció en aquella profundidad.

Vanda y sus compañeros se quedaron entonces en tinieblas.

Pero no habían pasado cinco minutos cuando la luz apareció de nuevo, y Marmouset volvió poniéndose de un salto en la cueva.

Su rostro estaba radiante de alegría.

—¡El capitán se ha salvado! dijo.

—¡Salvado! exclamó Vanda.

—¿Estáis bien seguro? preguntó Shoking.

—Los dos han escapado a la catástrofe, él y Milon, añadió Marmouset.

—Pero, ¿dónde se hallan?

—Han pasado por aquí.

—¿Qué sabéis? dijo de nuevo Shoking.

—¡Oh! repuso Marmouset, yo no suelo engañarme; seguídme y lo veréis.

Y dejando colgar la linterna a algunas pulgadas del suelo, se dirigió, examinándolo cuidadosamente, hacia la ventana que daba sobre el río.

El suelo de la cueva presentaba algunos sitios acá y allá cubiertos de un lodo espeso, producido por la humedad y el derrame de los toneles de cerveza.

—¡Mirad!... ¡mirad! dijo Marmouset señalando las pisadas húmedas que habían dejado pasos recientes.

Siguiendo estas huellas, más o menos visibles, llegaron en fin a la ventana.

El río resonaba al pie luchando aún contra la marea.

—¿Comprendéis ahora?..... dijo Marmouset.

Y extendiendo la mano hacia las agitadas aguas del Támesis, añadió:

—Ya sabéis que ambos son buenos nadadores, ¿no es verdad?

Vanda cayó de rodillas y, por toda respuesta, elevó su alma a Dios en acción de gracias.

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