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La cuerda del ahorcado

XII

F. (Francisco) Corona Bustamante translation

Ocho días habían trascurrido después de estos acontecimientos.

Si la curiosidad o un interés cualquiera nos hubiera impulsado a seguir a Marmouset y Vanda, hubiéramos podido encontrarlos juntos, en el piso principal de una casa de Saint-George street, en el Wapping. Era casi de noche, y empezaban a encender los reverberos de las calles.

Vanda y Marmouset hablaban por lo bajo, sentados junto a la ventana, y echaban de vez en cuando una mirada hacia la calle, como si esperasen a alguno.

—En fin, decía Vanda, todas nuestras pesquisas, todos nuestros esfuerzos han sido inútiles durante ocho días. ¿Qué ha sido de Rocambole?... ¡Oh! mucho temo que haya muerto.

—Es imposible, dijo Marmouset. Si él y Milon se hubiesen ahogado en el Támesis, ya hubieran sacado sus cadáveres.

—¿Quién sabe?

—He visto todos los ahogados que han sacado del río; y además, añadió Marmouset, ya sabéis que ambos son buenos nadadores.

—Pero, ¿qué ha sido de ellos?

—Hasta ahora es un misterio impenetrable, respondió Marmouset.

—Los fenians han buscado al Hombre gris por todas partes.

—No digo que no.

—Miss Ellen, que ha venido de nuevo esta mañana, nos afirma que la policía inglesa no ha vuelto a cogerlo. Pero miss Ellen, al decir esto, ¿está acaso segura?

—¡Oh! sí, repuso Marmouset, debe de estarlo.

—¿Por qué razón?

—Porque se ha reconciliado con lord Palmure su padre.

—Bien. Pero.....

—Lord Palmure se interesa ahora por el Hombre gris tanto como antes lo odiaba, y lord Palmure es par de Inglaterra, y como tal tiene el derecho de hacerse abrir las prisiones y de visitar a los presos que hay en ellas.

—Lo que acabáis de decirme, Marmouset, debería tranquilizarme, y sin embargo........

—Vuestro temor es mayor que nunca, ¿no es esto?

—Sí.

—Pero ¿por qué? veamos.

—Porque pienso en el reverendo Patterson, el más terrible e implacable enemigo del Hombre gris.

Marmouset levantó los hombros con desprecio.

—Patterson, dijo, no es bastante fuerte para luchar con Rocambole.

—En fin, murmuró Vanda, ¿cómo es que Rocambole no ha venido a reunirse con nosotros?..... ¿Nos cree acaso enterrados en el subterráneo?

Marmouset no respondió a esta observación y permaneció pensativo algunos instantes.

Después, levantando de pronto la cabeza, añadió:

—Tal vez, amiga mía, el capitán ha partido de Londres, pero de cualquier modo que sea, nosotros somos bien culpables.

—¿Culpables?... exclamó Vanda asombrada.

—Sí, porque hemos olvidado una cosa importante.

—¿Cuál?

—Hemos faltado a las prescripciones de Rocambole. ¿No recordáis sus últimas palabras? En el momento de poner fuego al barril de pólvora nos dijo:—Es necesario preverlo todo. Es posible que yo sucumba..... y que nos hallemos para siempre separados..... En ese caso, vosotros continuaréis mi obra.

—Sí, repuso Vanda, el capitán nos dijo eso en efecto, y nos encargó, que si perecía en la empresa, fuésemos a Rothnite, al otro lado del túnel, y que buscásemos allí a una pobre vieja conocida con el nombre de Betzy-Justice.

—Justamente. Y bien, hasta ahora, nada de eso hemos hecho.

—Porque esperábamos, y porque esperamos aún que el capitán no ha muerto.

—En hora buena, pero por ahí sin embargo debíamos haber empezado nuestras pesquisas.

—¿Por qué?

—Porque acaso Rocambole ha ido ya a casa de esa mujer.

—¡Ah! exclamó Vanda, ¡si pudierais decir verdad!

—¿Quién sabe?

—Pero entonces, vamos; partamos de seguida.

—No; ahora es necesario esperar.

—¿Esperar, qué?

—La visita de Farlane, que debe venir a darnos cuenta del resultado de las investigaciones hechas por los fenians.

Marmouset no había acabado de hablar, cuando se levantó haciendo un gesto de satisfacción:

—¡Y a propósito, mirad! exclamó, cuando se habla del ruin de Roma.....

—¿Farlane? dijo Vanda.

—Sí, acaba de atravesar la calle.

—¿Solo?

—No; viene con él Shoking.

En efecto, poco después se oyó ruido de pasos en la escalera, luego llamaron a la puerta, y Marmouset corrió a abrir.

Farlane el fenian y nuestro antiguo amigo Shoking, entraron en el aposento.

Ambos venían tristes y abatidos.

—¿Y bien? preguntó Marmouset.

—Nada, dijo Farlane.

—¡Absolutamente nada! murmuró Shoking.

—Es que acabamos por donde deberíamos haber empezado, dijo Marmouset.

—¿Qué queréis decir? preguntó Shoking.

—¿Sabes dónde está Adam street?

—Sí, por cierto, respondió Shoking; está en Rothnite.

—Pues bien; ve a buscar un cab.

Shoking no se lo hizo repetir dos veces, y se precipitó como un alud por la escalera.

Vanda pasó a su cuarto a ponerse un abrigo, y durante ese tiempo Marmouset se quedó hablando con Farlane.

—Esperad a mañana, dijo el joven al fenian, para poner de nuevo vuestros hombres en campaña.

—¿Por qué? preguntó Farlane.

—Porque es muy posible que tengamos mañana un punto de partida más seguro para continuar nuestras pesquisas.

—Como gustéis, respondió Farlane con su imperturbable flema británica.

Cinco minutos después entró Shoking con la misma precipitación.

—El cab está abajo, dijo falto de aliento.

Marmouset tendió la mano al fenian.

—Hasta mañana, le dijo.

—Hasta mañana temprano, respondió Farlane.

Y despidiéndose de Vanda que volvía vestida para salir, tomó la puerta.

—Vamos pronto, dijo entonces Marmouset.

—¿No queréis que os acompañe? preguntó Shoking.

—Ven, si quieres.

Vanda y Marmouset entraron en el coche, y Shoking subió al pescante, al lado del cabman o cochero, que partió rápidamente.

El cab bajó a escape por Saint-George street, pasó en seguida por delante de la torre de Londres, entró en Thames street, y atravesando el puente de Londres, llegó a la orilla derecha y se dirigió hacia Rothnite. Al aproximarse a Rothnite-Church, es decir, a la iglesia de Rothnite, Marmouset gritó al cabman que se detuviese.

Shoking bajó inmediatamente a abrir la portezuela y Marmouset y Vanda descendieron del coche.

—Nos hallamos en un barrio miserable, de calles fangosos y estrechas, dijo Marmouset. Es pues inútil el continuar en carruaje y llamar inoportunamente la atención.

Y acabado de decir esto, pagó el carruaje y lo despidió.

En seguida los tres siguieron a pie su camino.

Además, Adam street, que es una de las callejuelas más miserables de aquel barrio, se hallaba a dos pasos.

Marmouset se acordaba perfectamente del número que le había dado Rocambole, y bien pronto se halló a la puerta de la casa designada.

Esta era una vieja casucha de tres pisos, bastante degradada, y de aspecto triste y sombrío.

Se entraba en ella por un portal estrecho y oscuro, en medio del cual había un ventanillo que daba a la tienda de un pescadero.

Este, al oír pasos en el portal, se asomó al ventanillo.

—¿Adónde vais? preguntó.

—¿No es aquí donde vive Betzy-Justice? preguntó Marmouset.

—Sí, en el tercer piso. No hay más que una puerta.

—¿Sabéis si está en su cuarto?

—¡Oh! ya lo creo! La pobre mujer está en cama desde el día en que ahorcaron a su marido.

Al oír esto, Marmouset, Vanda y Shoking tomaron la escalera.

Llegados al tercer piso, Marmouset llamó discretamente, a pesar de haber visto que la llave estaba a la puerta.

—¡Entrad! gritó una voz débil desde el interior.

Betzy-Justice estaba acostada en un miserable jergón extendido en el suelo, y parecía hallarse en un estado de postración extrema.

Al ver entrar a aquellas tres personas desconocidas, dejó escapar un grito de espanto.

—¡Ah! exclamó, ¿venís acaso a buscarme, a mi también, para encerrarme en la cárcel como a mi pobre Tom, y colgarme en seguida como lo habéis colgado a él?—¡Oh! no vale la pena, añadió, miradme bien, y veréis que me estoy muriendo.

—Os engañáis, pobre Betzy, respondió Marmouset; nosotros no somos agentes de justicia, sino amigos vuestros.

—¡Ah!... ¿no me engañáis? dijo la vieja.

Y sacando sus manos descarnadas, separó con los dedos la maraña de cabellos canos que le cubrían la frente.

—De veras..... bien de veras, ¿no me engañáis? repitió.

—No; nosotros somos amigos y compañeros del Hombre gris.

Este nombre arrancó a la vieja una exclamación de alegría.

—¿Del Hombre gris? dijo, ¿del Hombre gris?

—Sí.

—¿No está ya en la cárcel?

Al oír esta pregunta, Marmouset y Vanda se miraron con estupor.

Su última esperanza acababa de desvanecerse.

Betzy-Justice no había visto al Hombre gris, y hacía ya ocho días que Rocambole y Milon habían salido del subterráneo de Newgate.

—¡Ah! exclamó Vanda exhalando un tristísimo gemido, ya os decía que había muerto.

Betzy se incorporó sobre su miserable lecho.

—¿Quién ha muerto? preguntó con ansiedad.

Y fijó sobre aquellas tres personas desconocidas, sus ojos inflamados por la fiebre y las lágrimas.

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