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La cuerda del ahorcado

XV

F. (Francisco) Corona Bustamante translation

Llegados a la cueva, el abate Samuel tomó la linterna de manos del publican.

—Ya no tenemos necesidad de ti, le dijo.

—¿Puedo volver a la tienda?

—Sí.

—¿Y no esperáis a nadie?

—A nadie absolutamente.

—Está bien, repuso el tabernero. Y se volvió por la escala, dejando a Shoking, Marmouset y el abate Samuel en la cueva.

Entonces este último pasó la mano por el fondo de aquella pared húmeda, buscando sin duda un resorte oculto; y en efecto, no tardó en abrir una puerta, tan hábilmente disimulada, que se confundía con el muro.

—He aquí nuestro camino, dijo el sacerdote.

La puerta descubría un estrecho corredor subterráneo, y todos tres entraron por él uno después de otro.

Marmouset iba el último, cerrando la marcha, y el abate Samuel caminaba delante, alumbrando con la linterna que había tomado al publican.

El pasadizo subterráneo, bajo y estrecho, tenía la forma de un conducto de desagüe, y se prolongaba por un espacio de más de treinta metros, hasta llegar a una pequeña escalera de seis peldaños gastados y desiguales.

Esta escalera iba a parar a una puerta que se hallaba solamente entornada, pues cedió al empujarla el abate Samuel.

Entonces el sacerdote apagó la linterna.

—¿Qué hacéis? preguntó Marmouset.

—Soy prudente.

—¿Pues dónde estamos?

—En un panteón de familia.

—¡Ah!... ¿es posible?.....

—Mirad, añadió el abate Samuel, ahora que estamos sin luz, fijad la vista a vuestro frente.

—Bien.

—¿No descubrís nada?

—Me parece que veo el cielo a través de una ventana.

—No es una ventana, sino una puerta.

En efecto, la bóveda donde acababan de penetrar por tan singular camino, tenía naturalmente una pequeña puerta que daba al cementerio.

El abate Samuel descorrió un cerrojo, y abrió con precaución la puerta.

—Yo sé dónde está la sepultura, añadió el sacerdote irlandés.

Y hablando así, salió delante para guiar a sus compañeros.

La noche era oscura y la niebla extremadamente densa.

—Seguídme, dijo de nuevo el abate Samuel, y marchad con precaución: es necesario evitar en lo posible el andar sobre las tumbas..... es una profanación.

A pesar de la oscuridad, el sacerdote se orientaba bastante bien.

—¡Ah! dijo Marmouset en voz baja, ¿sabéis en efecto cuál es la sepultura?

—Sí, me acuerdo haber notado la cruz de hierro y la breve inscripción que forma el epitafio.

—¿Sabíais también que contenía esos papeles?

—No; y sin embargo.....

—Sin embargo... ¿qué? preguntó Marmouset.

—Sé vagamente lo que encierran esos papeles.

—¡Ah!

—Hace unos tres meses, prosiguió el abate Samuel, un día vino un hombre a la iglesia de Saint-George, y solicitó hablarme.

—¿Quién era ese hombre?

—Tom, el marido de Betzy-Justice.

—¡Ah! no lo habían preso aún.....

—No: tampoco había cometido el crímen que le ha costado la vida. Tom me contó pues su historia, y me suplicó que me interesase por él.

El desgraciado me creía omnipotente, y me decía que si yo tomaba su causa entre manos, la consideraba como ganada.

Desgraciadamente Tom era escocés y protestante, y de consiguiente no pertenecía al fenianismo.

Estaba pues seguro de antemano que nuestros hermanos se negarían a ayudarle, y así se lo dije.

El infeliz no quiso oír más, y se fue haciéndome un gesto de a Dios desesperado.

Dos días después, Tom asesinaba a lord Evandale.

—Pero decidme, preguntó Marmouset, ¿no le hablasteis entonces del Hombre gris?

—De ningún modo.

—Entonces, ¿cómo el Hombre gris ha podido saber?.......

—Se han visto en Newgate.

—¡Ah! es verdad.

Y Marmouset añadió para sí:

—Reconozco en este rasgo al capitán y su carácter caballeresco:—para que Rocambole haya aceptado la herencia de Tom el ajusticiado, es necesario que esa causa sea justa.

El abate Samuel se detuvo en este momento.

—Aquí es, dijo.

La noche estaba demasiado oscura para que pudiesen leer el epitafio, pero se veía distintamente la cruz de hierro.

—Yo traigo fósforos en el bolsillo, dijo Shoking.

—¿Y para qué?

—¡Toma! para ver bien si el nombre que está escrito ahí es el que ha dicho Betzy.

—Es inútil. Estoy seguro que esta sepultura es la que nos ha designado.

Aquel sepulcro consistía en una simple losa extendida por tierra.

—No tenemos instrumentos para levantar la piedra, dijo Marmouset.

—No hay necesidad de ellos, respondió el abate.

—¡Ah! ¿lo creéis así?

—Ved sino. Y el sacerdote cogió la losa por el borde, con ambas manos, y la levantó fácilmente, tanto era ligera.

Aquella losa, que parecía puesta allí, más como una puerta, que como piedra sepulcral, cubría una fosa cuyas paredes eran de mampostería.

En el fondo de la fosa se entreveía un ataúd.

Shoking no pudo contener un movimiento de terror.

—¿Tienes miedo? le dijo Marmouset.

—Un poco, respondió Shoking.

—¿Por qué?

—Porque..... de seguro, los papeles están en el ataúd.

—Es probable.

—¡Oh! exclamó Shoking, yo no podré nunca poner mis manos sobre un cadáver..... ¡oh!... ¡no!

Marmouset no respondió una palabra y descendió a la fosa.

La oscuridad era allí tan profunda, que no veía nada absolutamente, pero trató de suplir la vista con el tacto.

Tocó en todos sentidos el féretro, y encontró en uno de sus costados un tornillo, luego otro y en fin, cuatro.

En Londres no se clavan los féretros, sino que se cierran con tornillos.

Marmouset sacó inmediatamente un cortaplumas que contenía muchas hojas, y escogiendo una que era redonda por la punta, se sirvió de ella como de un destornillador.

Shoking se separó a un lado, apartándose de la sepultura.

El abate Samuel, por su parte, permaneció al borde de la fosa, prestando cuidosamente el oído, y con la vista fija en la verja del cementerio, escrutando también de vez en cuando todos los sitios que le avecinaban.

El cementerio no tenía guarda sin embargo, ni tampoco la iglesia que ocupaba el centro; pero se hallaba dominado por muchas casas inmediatas, y además podía suceder que algún fenian tuviese el capricho de venir allí, penetrando por el mismo camino que ellos habían traído.

Afortunadamente la operación no fue larga.

En menos de diez minutos Marmouset logró sacar los cuatro tornillos.

—Está hecho, dijo.

Shoking retrocedió algunos pasos más y volvió a otro lado la cabeza.

Marmouset levantó entonces con cuidado la tapa del ataúd.

—¡Ah! exclamó, puedes venir, Shoking.

—¿Eh? dijo Shoking con voz temblorosa.

—El ataúd está vacío.

—¿Vacío?

El abate Samuel y Shoking se inclinaron al borde de la fosa.

—No hay ningún cadáver, añadió Marmouset.

—¿Ni papeles tampoco?

—¡Ah! sí..... creo que sí.

Y Marmouset encontró en efecto, en un rincón de aquel féretro vacío, un paquete envuelto en un pedazo de hule, cerrado con cinco sellos de lacre negro.

En seguida echó el paquete al abate Samuel, y cerrando el ataúd, sin detenerse en colocar de nuevo los tornillos, saltó vivamente fuera de la fosa, y ayudó al sacerdote a poner en su sitio la piedra sepulcral, de modo que no se conociera la aparente profanación que acababan de llevar a cabo.

El abate Samuel se puso otra vez a guiar la marcha, y cinco minutos después llegaban al public-house, salían en seguida de él furtivamente, y se dirigían a toda prisa hacia Adam street.

Cuando llegaron a la casa de Betzy, la pobre mujer estaba agonizando.

Sin embargo, al ver aparecer al abate Samuel, un resto de vida, como el último fulgor de una luz que va a apagarse, pareció animar su mirada.

—He aquí los papeles, dijo el sacerdote.

—Si, murmuró la anciana con voz apagada, eso es..... ¡Ah!... Ahora... ya puedo morir.

Estas fueron sus últimas palabras.

Su respiración se hizo fatigosa, sus ojos se vidriaron, y se agitó con algunos movimientos convulsivos.

Un instante después exhaló el último aliento.

Betzy-Justice acababa de morir, mientras que el sacerdote católico la daba la absolución.

Vanda y sus tres compañeros pasaron la noche al lado del cadáver de la pobre Betzy.

Durante esta velada, Marmouset abrió el paquete tan cuidadosamente envuelto, y encontró en él un voluminoso manuscrito en inglés que llevaba este título extraño:

Diario de un loco de Bedlam.

Y después de hojearlo, leyó en alta voz lo siguiente:

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