LIBRO TERCERO.
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Insurrección general contra los franceses.
Encontrados afectos habían agitado durante dos meses a las vastas provincias de España. Tras la alegría y el júbilo, tras las esperanzas tan lisonjeras como rápidas de marzo habían venido las zozobras, las sospechas, los temores de abril. El 2 de mayo había llevado consigo a todas partes el terror y el espanto, y al propagarse la nueva de las renuncias, de las perfidias y torpes hechos de Bayona, un grito de indignación y de guerra lanzándose con admirable esfuerzo de las cabezas de provincia, se repitió y cundió resonando por caserías y aldeas, por villas y ciudades. A porfía las mujeres y los niños, los mozos y los ancianos arrebatados de fuego patrio, llenos de cólera y rabia, clamaron unánime y simultáneamente por pronta, noble y tremenda venganza. Renació España, por decirlo así, fuerte, vigorosa, denodada; renació recordando sus pasadas glorias; y sus provincias conmovidas, alteradas y enfurecidas se representaban a la imaginación como las describía Veleyo Patérculo, tam diffusas, tam frequentes, tam feras. El viajero que un año antes pisando los anchos campos de Castilla hubiese atravesado por medio de la soledad y desamparo de sus pueblos, si de nuevo hubiese ahora vuelto a recorrerlos, viéndolos llenos de gente, de turbación y afanosa diligencia, con razón hubiera podido achacar a mágica transformación mudanza tan extraordinaria y repentina. Aquellos moradores como los de toda España, indiferentes no había mucho a los negocios públicos, salían ansiosamente a informarse de las novedades y ocurrencias del día, y desde el alcalde hasta el último labriego, embravecidos y airados, estremeciéndose con las muertes y tropelías del extranjero, prorrumpían al oírlas en lágrimas de despecho. Tan cierto era que aquellos nobles y elevados sentimientos, que engendraron en el siglo decimosexto tantos portentos de valor y tantas y tan inauditas hazañas, estaban adormecidos, pero no apagados en los pechos españoles, y al dulce nombre de patria, a la voz de su rey cautivo, de su religión amenazada, de sus costumbres holladas y escarnecidas se despertaron ahora con viva y recobrada fuerza. Cuanto mayores e inesperados habían sido los ultrajes, tanto más terrible y asombroso fue el público sacudimiento. La historia no nos ha transmitido ejemplo más grandioso de un alzamiento tan súbito y tan unánime contra una invasión extraña. Como si un premeditado acuerdo, como si una suprema inteligencia hubiera gobernado y dirigido tan gloriosa determinación, las más de las provincias se levantaron espontáneamente casi en un mismo día, sin que tuviesen muchas noticias de la insurrección de las otras, y animadas todas de un mismo espíritu exaltado y heroico. A resolución tan magnánima fue estimulada la nación española por los engaños y alevosías de un falso amigo que, con capa de querer regenerarla desconociendo sus usos y sus leyes, intentó a su antojo dictarle otras nuevas, variar la estirpe de sus reyes, y destruir así su verdadera y bien entendida independencia, sin la que desmoronándose los estados más poderosos, hasta su nombre se acaba y lastimosamente perece.
Este uniforme y profundo sentimiento quiso en Asturias,[*] Levantamiento de Asturias. (* Ap. n. 3-1.) primero que en otra parte, manifestarse de un modo más legal y concertado. Contribuyeron a ello diversas y muy principales causas. Juntamente con la opinión que era común a toda España de mirar con desvío y odio la dominación extranjera, aún se conservaba en aquel principado un ilustre recuerdo de haber ofrecido su enmarañado y riscoso suelo seguro abrigo a los venerables restos de los españoles esforzados, que huyendo de la irrupción sarracénica dieron principio a la larga y porfiada lucha que acabó por afianzar la independencia y unión de los pueblos peninsulares. Le inspiraba también confianza su ventajosa y naturalmente resguardada posición. Bañada al norte por las olas del océano, rodeada por otras partes de caminos a veces intransitables, la ceñían al mediodía fragosas y encumbradas montañas. Acertó igualmente a estar entonces congregada la junta general del principado, reliquia dichosamente preservada del casi universal naufragio de nuestros antiguos fueros. Sus facultades, no muy bien deslindadas, se limitaban a asuntos puramente económicos; pero en semejante crisis, compuesta en lo general de individuos nombrados por los concejos, se la consideró como oportuno centro para legitimar y dirigir atinadamente los ímpetus del pueblo. Reuníase cada tres años, y casualmente en aquel cayó el de su convocación, habiendo abierto sus sesiones el 1.º de mayo.
A pocos días con la aciaga nueva del 2 en Madrid llegó a Oviedo la orden para que el coronel comandante de armas Don Nicolás de Llano Ponte publicase el sanguinario bando que el 3 había Murat promulgado en la capital del reino. Los moradores de Asturias conmovidos y desasosegados al par de los demás de España, habían ya en 29 de abril apedreado en Gijón la casa del cónsul francés, de resultas de haber este osado arrojar desde sus ventanas varios impresos contra la familia de Borbón. En tal situación y esparciéndose la voz de que iban a cumplirse instrucciones rigurosas remitidas de Madrid por el desacato cometido contra el cónsul, se encendieron más y más los ánimos en gran manera estimulados por las patrióticas exhortaciones del marqués de Santa Cruz de Marcenado, de su pariente Don Manuel de Miranda y de Don Ramón de Llano Ponte, canónigo de aquella iglesia, quien habiendo servido antes en el cuerpo de guardias estaba adornado de hidalgas y distinguidísimas prendas.
Decidida pues la audiencia territorial de acuerdo con el jefe militar a publicar el 9 el bando que de Madrid se había enviado, empezaron a recorrer juntos las calles, cuando a poco tiempo agolpándose y saliéndoles al encuentro gran muchedumbre a los gritos de viva Fernando VII y muera Murat, los obligaron a retroceder y desistir de su intento. Agavillándose entonces con mayor aliento los alborotados, entre los que se señalaron los estudiantes de la universidad, reunidos todos enderezaron sus pasos a la sala de sesiones de la junta general del principado. Hallaron allí firme apoyo en varios de los vocales. Don José del Busto, juez primero de la ciudad, y en secreto de inteligencia con los amotinados, arengó en favor de su noble resolución; sostuviéronle el conde Marcel de Peñalva y el de Toreno [padre del autor de esta historia], y sin excepción acordaron sus miembros desobedecer las órdenes de Murat, y tomar medidas correspondientes a su atrevida determinación. La audiencia en tanto desamada del pueblo, ya por estar formando causa a los que habían apedreado la casa del cónsul francés, y ya también porque compuesta en su mayor parte de agraciados y partidarios del gobierno de Godoy, miraba al soslayo unos movimientos que al cabo habían de redundar en daño suyo, procuró por todos medios apaciguar aquella primera conmoción, influyendo con particulares y con militares y estudiantes, y dando sigilosamente cuenta a la superioridad de lo acaecido. Consiguió también que en la junta el diputado por Oviedo Don Francisco Velasco, apoyado por el de Grado, Don Ignacio Flórez, discurriese largamente en el día 13 acerca de los peligros a que se exponía la provincia por los inconsiderados acuerdos del 9, y no menos la misma junta habiéndose excedido de sus facultades. El Velasco gozando de concepto por su práctica y conocida experiencia, alcanzó que se suspendiese la ejecución de las medidas resueltas, y solo el marqués de Santa Cruz de Marcenado que presidía, se opuso con fortaleza admirable, diciendo que «protestaba solemnemente, y que en cualquiera punto en que se levantase un hombre contra Napoleón tomaría un fusil y se pondría a su lado.» Palabras tanto más memorables cuanto salían de la boca de un hombre que rayaba en los sesenta años, propietario rico y acaudalado, y de las más ilustres familias de aquel país: digno nieto del célebre marqués del mismo nombre, distinguido escritor militar y hábil diplomático, que en el primer tercio del siglo último, arrastrado de su pundonor, había perecido gloriosa pero desgraciadamente en los campos de Orán.
Noticiosos Murat y la junta suprema de Madrid de lo que pasaba en Asturias procuraron con diligencia apagar aquella centella, llenos del recelo de que saltando a otros puntos no acabase por excitar una general conflagración. Dieron por tanto órdenes duras a la audiencia, y enviaron en comisión al conde del Pinar, magistrado conocido por su cruel severidad, y a Don Juan Meléndez Valdés, más propio para cantar con acordada lira los triunfos de quien venciese que para acallar los ruidos populares. Se mandó al propio tiempo al apocado Don Crisóstomo de la Llave, comandante general de la costa cantábrica, que pasase a Oviedo para tomar el mando de la provincia, disponiendo que concurriesen allí a sus órdenes un batallón de Hibernia procedente de Santander, y un escuadron de carabineros que estaba en Castilla.
Mas estas providencias en vez de aquietar los ánimos solo sirvieron para irritarlos. Los complicados en los acontecimientos del 9 vieron en ellas la suerte que se les preparaba, y persistieron en su primer intento. Vinieron en su ayuda los avisos de Bayona que provocaban cada día más a la alteración y al enojo, y la relación que del sanguinario día 2 de mayo hacían los testigos oculares que sucesivamente llegaban escapados de Madrid. Redoblaron pues su celo los de la asonada del 9, y pensaron en ejecutar su suspendida pero no abandonada empresa. Citábanse en casa de Don Ramón de Llano Ponte, y con tan poco recato que de distintas y muchas partes se acercaba a aquel foco de insurrección gente desconocida con todo linaje de ofrecimientos. Asistimos recién llegados de la corte a las secretas reuniones, y pasmábanos el continuo acudir de paisanos y personas de todas clases que con noble desprendimiento empeñaban y comprometían su hacienda y sus personas para la defensa de sus hogares. Se renovaban las asonadas todas las noches, habiendo sido bastantemente estrepitosas las del 22 y 23; pero se difirió hasta el 24 el final rompimiento por esperarse en aquel día al nuevo comandante la Llave, enviado por Murat. Para su ejecución se previno a los paisanos de los contornos que se metiesen en Oviedo al toque de oraciones, circulando al efecto Don José del Busto esquelas a los alcaldes de su jurisdicción. Se tomaron además otras convenientes prevenciones, y se cometió el encargo de acaudillar a la multitud a los Señores Don Ramón de Llano Ponte y Don Manuel de Miranda. Antes de que llegase la Llave, con gran priesa se le había anticipado un ayudante del mariscal Bessières, napolitano de nación, quien estuvo muy inquieto hasta que vio que el comandante se acercaba a las puertas de la ciudad. Entró por ellas el 24 acompañado de algunas personas sabedoras de la trama dispuesta para aquella noche. Se había convenido en que el alboroto comenzaría a las once de la misma, tocando a rebato las campanas de las iglesias de la ciudad y de las aldeas de alrededor. Por equivocación habiéndose retardado una hora el toque se angustiaron sobremanera los patriotas conjurados, mas un repique general a las doce en punto los sacó de pena.
Fue su primer paso apoderarse de la casa de armas, en donde había un depósito de 100.000 fusiles, no solamente fabricados en Oviedo y sus cercanías, sino también trasportados allí por anteriores órdenes del príncipe de la Paz. Favorecieron la acometida los mismos oficiales de artillería partícipes del secreto, señalándose con singular esmero Don Joaquín Escario. Entretanto se encaminaron otros a casa del comandante la Llave, y de puerta en puerta llamando a los individuos de la junta del principado, se formó esta en hora tan avanzada de la noche agregándosele extraordinariamente vocales de afuera. Entonces reasumiendo la potestad suprema afirmó la revolución, nombró por presidente suyo al marqués de Santa Cruz, y le confió el mando de las armas. Al día siguiente 25 se declaró solemnemente la guerra a Napoleón, y no hubo sino un grito de indecible entusiasmo. ¡Cosa maravillosa que desde un rincón de España hubiera habido quien osase retar al desmedido poder ante el cual se postraban los mayores potentados del continente europeo! A frenesí pudiera atribuirse, si una resolución tan noble y fundada en el deseo de conservar el honor y la independencia nacional no mereciese más respeto.
La junta se componía de personas las más principales del país por su riqueza y por su ilustración. El procurador general Don Álvaro Flórez Estrada, enterado de antemano de la conmoción urdida, la sostuvo vigorosamente, y la junta en cuerpo adoptó con actividad oportunas medidas para armar la provincia y ponerla en estado de defensa. Los carabineros reales llegaron muy luego así como el batallón de Hibernia, y ni unos ni otros pusieron obstáculo al levantamiento. Los primeros pasaron después a Castilla a las órdenes de Don Gregorio de la Cuesta, y se entresacaron del último varios oficiales, sargentos y cabos para cuadros de la fuerza armada que se iba formando. La junta había resuelto poner en pie un cuerpo de 18.000 hombres. Multiplicó para ello inconsideradamente los grados militares, y con razón se le hicieron justos cargos por aquella demasía. Sin embargo disculpola algún tanto la escasez en que se encontraba de oficiales veteranos para llenar plazas que exigía el completo del ejército que se disciplinaba. Echose mano de estudiantes o personas consideradas como más aptas, y en verdad que de los nuevos salieron excelentes oficiales que o se sacrificaron por su patria, o la honraron con su conducta, denuedo y adelantamiento en la ciencia militar. No poco contribuyeron a la presteza de la nueva organización los dones cuantiosos que generosamente se ofrecieron por particulares, y que entraban todos los días en las arcas públicas.
Como en el alzamiento de Asturias habían intervenido las personas de más valía del país, no se había manchado su pureza con ningún exceso de la plebe, y menos con atropellamientos ni asesinatos. Pero transcurridos algunos días estuvo a riesgo de representarse un espectáculo lastimoso y sumamente trágico. Los comisionados de Murat de que arriba hablamos, el conde del Pinar y Don Juan Meléndez Valdés, por su propia seguridad habían sido detenidos a su arribo a Oviedo juntamente con el comandante la Llave, el coronel de Hibernia Fitzgerald y el comandante de carabineros Ladrón de Guevara, que solos se habían separado de la unánime decisión de los oficiales de sus respectivos cuerpos. Desde el principio el marqués de Santa Cruz, pertinaz y de condición dura, no había cesado de pedir que se les formase causa. Halagaba su opinión a la muchedumbre; pero la junta dilataba su determinación esperando que se templase la ira que contra los arrestados había. Acaeció en el intermedio que acudiendo sucesivamente de los puntos más distantes los nuevos alistados, llegaron los de los concejos que median entre el Navia y Eo, y notose que eran más inquietos y turbulentos que los de los otros partidos. Recelosa la junta de algún desmán, resolvió poner a los detenidos fuera de los lindes del principado. Por atolondramiento u oculta malicia de mano desconocida, se trató de sacarlos en medio del día y públicamente, para que en coche emprendiesen su viaje. A su vista gritaron unas mujerzuelas que se marchan los traidores; y juntándose a sus descompasados clamores un tropel de los reclutas mencionados, cogieron en medio a los cinco desventurados y los condujeron al campo de San Francisco extramuros de la ciudad, en donde atándolos a los árboles se dispusieron a arcabucearlos. En tamaño aprieto felizmente se le ocurrió al canónigo Don Alonso Ahumada buscar para la desordenada multitud el freno de la religión, único que ya podía contenerla, y con el sacramento en las manos y ayudado de personas autorizadas salvó de inminente muerte a los atribulados perseguidos, habiéndose mantenido impávido en el horroroso trance el coronel de Hibernia. Con lo que al paso que se preservaron sus vidas, quedó terso y limpio de todo lunar el bello aspecto del levantamiento de Asturias. Raro ejemplo de moderación en tiempos en que desencadenándose el furor popular se da a veces suelta bajo el manto de patriotismo a las enemistades personales.
Misión de Inglaterra.
Desde el momento en que la junta de Asturias se pronunció y declaró soberana, trató de entablar negociaciones con Inglaterra. Nombró para que con aquel objeto pasasen a Londres a Don Andrés Ángel de la Vega y al vizconde de Matarrosa, autor de esta historia, así entonces llamado por vivir todavía su padre. La misión era importante y de empeño. Pendía en gran parte de su feliz resultado dar fortunada cima a la comenzada empresa. El viaje por sí presentó dificultades, no habiendo en aquel momento crucero inglés en toda la costa asturiana, y era arriesgado para el deseado fin aventurarse en barco de la propia nación. A los tres días de la insurrección y muy al caso apareció sobre el cabo de Peñas un corsario de Jersey, el cual sospechando engaño resistió al principio entrar en tratos; mas con el cebo de una crecida suma convino en tomar a su bordo los diputados nombrados, quienes desde Gijón se hicieron a la vela el 30 de mayo.
No es de más ni obra del amor propio el detenernos en contar algunos pormenores de la mencionada misión, habiendo servido de cimiento a la nueva alianza que se contrajo con la Inglaterra, y la cual dio ocasión a tantos y tan portentosos acontecimientos. En la noche del 6 de junio arribaron los diputados a Falmouth, y acompañados de un oficial de la marina real inglesa se dirigieron en posta y con gran diligencia a Londres. No eran todavía las siete de la mañana cuando pisaron los umbrales del almirantazgo, y su secretario Mr. Wellesly Pool apenas daba crédito a lo que oía, procurando con ansia descubrir en el mapa el casi imperceptible punto que osaba declararse contra Napoleón. Poco después y en hora tan temprana se avistó con los diputados Mr. Canning, ministro entonces de relaciones extranjeras. En vista de las proclamas y del calor y persuasivo entusiasmo que animaba a los enviados asturianos [común entonces a todos los españoles], no dudó un instante el ministro inglés en asegurarles que el gobierno de S. M. B. protegería con el mayor esfuerzo el glorioso alzamiento de la provincia que representaban. Su pronta y viva penetración de la primera vez columbró el espíritu que debía reinar en toda España cuando en Asturias se había levantado el grito de independencia, previendo igualmente las consecuencias que una insurrección peninsular podría tener en la suerte de Europa y aun del mundo.
Ya con fecha de 12 de junio Mr. Canning comunicaba a los diputados de oficio y por escrito: [*] (* Ap. n. 3-2.) «el rey me manda asegurar a VV. SS. que S. M. ve con el más vivo interés la determinación leal y valerosa del principado de Asturias para sostener contra la atroz usurpación de la Francia una contienda en favor de la restauración e independencia de la monarquía española. Asimismo S. M. está dispuesto a conceder todo género de apoyo y de asistencia a un esfuerzo tan magnánimo y digno de alabanza... El rey me manda declarar a VV. SS. que está S. M. pronto a extender su apoyo a todas las demás partes de la monarquía española que se muestren animadas del mismo espíritu que los habitantes de Asturias.»
Siguiose a esta declaración el envío a aquella provincia de víveres, municiones, armas y vestuarios en abundancia: no fue al principio dinero por no haber los diputados creídolo necesario. Fueron nombrados para que pasasen a Asturias dos oficiales y el mayor general sir Thomas Dyer, quien desde entonces fue el protector constante y desinteresado de los desgraciados patriotas españoles.
Era a la sazón primer lord de la tesorería el duque de Portland, y los nombres tan conocidos después de Castlereagh, Liverpool y Canning entraban a formar parte de su ministerio. Tenían por norma de su política las reglas que habían guiado a Mr. Pitt, con quien habían estado estrechamente unidos. Pero en cuanto a la causa española todos los partidos concurrieron en la misma opinión, sin que hubiese la menor diferencia ni disenso. Claramente apareció esta conformidad en la discusión parlamentaria del 15 de junio en la cámara de los comunes. Mr. Sheridan uno de los corifeos de la oposición, célebre como literato, y célebre como orador, decía en aquella sesión:[*] (* Ap. n. 3-3.) «¿El denodado ánimo de los españoles no tomará mayor aliento cuando sepa que su causa no solo ha sido abrazada por los ministros aisladamente, sino también por el parlamento y el pueblo de Inglaterra? Si hay en España una predisposición para sentir los insultos y agravios que sus habitantes han recibido del tirano de la tierra, y que son sobrado enormes para poder expresarlos con palabras, ¿aquella predisposición no se elevará al más sublime punto con la certeza de que sus esfuerzos han de ser cordialmente sostenidos por una grande y poderosa nación? Pienso que se presenta una importante crisis. Jamás hubo cosa tan valiente, tan generosa, tan noble como la conducta de los asturianos.»
Ambos lados de la cámara aplaudieron aquellas elocuentes palabras que expresaban el común sentir de todos sus individuos. Trafalgar y las famosas victorias alcanzadas por la marina inglesa nunca habían excitado ni mayor alegría ni más universal entusiasmo. El interés nacional anduvo unido en esta ocasión con lo que dictaban la justicia y la humanidad, y así las opiniones más divergentes y encontradas en otros asuntos, se juntaron ahora y confundieron para celebrar en común y de un modo inexplicable el alzamiento de España. Bastó solo la noticia del de Asturias para causar efecto tan prodigioso. No les era dado a los diputados moverse ni ir a parte alguna sin que se prorrumpiese enderredor suyo en vítores y aplausos. Detenemos aquí la pluma ciertos de que se achacaría a estudiada exageración el repetir aun compendiosamente lo que en realidad pasó.[*] (* Ap. n. 3-4.) En medio sin embargo de la universal satisfacción estaban los diputados contristados, habiendo transcurrido más de quince días sin que aportase barco ni aviso alguno de las costas de España. No por eso menguó el entusiasmo inglés: más bien, a ser posible, vino a aumentarle y a sacar a todos de dudas y sobresalto la llegada de Don Francisco Sangro enviado por la junta de Galicia, y el cual traía consigo no solamente la noticia del levantamiento de tan importante y populosa provincia, mas también el de toda la península.
Levantamiento de Galicia.
Galicia en efecto se había alzado el 30 de mayo, día de San Fernando. La extensión de sus costas, sus muchas rías y abrigados puertos, la desigualdad de su montuoso terreno, su posición lejana y guarecida de angostas y por la mayor parte difíciles entradas, sus arsenales, y en fin sus cuantiosos y variados recursos realzaban la importancia de la declaración de aquel reino.
Además de la inquietud, necesaria y general consecuencia del 2 de mayo, conmovió con particularidad los ánimos en la Coruña la aparición del oficial francés Mongat comisionado para tomar razón de los arsenales de armas y artillería, de la tropa allí existente, y para examinar al mismo tiempo el estado del país. Por ausencia del capitán general Don Antonio Filangieri mandaba el mariscal de campo Don Francisco Biedma, sujeto mirado con desafecto por los militares y vecinos de la ciudad, e inhábil por tanto para calmar la agitación que visiblemente crecía. Aumentola con sus providencias, porque colocando artillería en la plaza de la capitanía general, redoblando su guardia y viviendo siempre en vela, dio a entender que se disponía a ejecutar alguna orden desagradable. El Biedma obraba en este sentido con tanto mayor confianza cuanto quedaban todavía en la Coruña, a pesar de las fuerzas destacadas a Oporto en virtud del tratado de Fontainebleau, el regimiento de infantería de Navarra, los provinciales de Betanzos, Segovia y Compostela, el segundo de voluntarios de Cataluña y el regimiento de artillería del departamento. Para estar más seguro de estos cuerpos pensó también granjearse su voluntad, proponiéndoles conforme a instrucciones de Madrid la etapa de Francia que era más ventajosa. Hubo jefes que aceptaron la oferta, otros la desecharon. Pero este paso fue tan imprudente que despertó en los soldados viva sospecha de que se fraguaba enviarlos del otro lado de los Pirineos, y llenar su hueco con franceses. Sobrecogiose asimismo el paisanaje de temor de la conscripción, en el que le confirmaron vulgares rumores con tanta más prontitud creídos en semejantes casos, cuanto suelen ser más absurdos. Tal fue por ejemplo el de que el francés Mongat había mandado fabricar a la maestranza de artillería miles de esposas destinadas a maniatar hasta la frontera a los mozos que se enganchasen. Por infundada que fuese la voz no era extraño que hallase cabida en los prevenidos ánimos de los gallegos, a cuyos oídos había llegado la noticia de violencias semejantes a las que en la misma Francia se cometían con los conscriptos.
En medio del sobresalto llegó a la Coruña un emisario de Asturias, portador de las nuevas de su primera insurrección, con intento de brindar a las autoridades a imitar la conducta del principado. Se presentó al señor Pagola, regente de la audiencia, quien con la amenaza de castigarle le obligó a retirarse sigilosamente a Mondoñedo. Con todo súpose, y más y más se pronunciaba la opinión sin que hubiera freno que la contuviese. Alcanzaron en tanto a Madrid avisos del estado inquieto de Galicia, y se ordenó pasar allí al capitán general Don Antonio Filangieri, hombre moderado, afable y entendido, hermano del famoso Cayetano, que en su elocuente obra de la legislación había defendido con tanta erudición y celo los derechos de la humanidad. Adorábanle los oficiales, le querían cuantos le trataban; pero la desgracia de haber nacido en Nápoles le privaba del favor de la multitud, tan asombradiza en tiempos turbulentos. Sin embargo habiendo quitado la artillería de delante de sus puertas, y mostrádose suave e indulgente, hubiera quizá parado la revolución si nuevos motivos de desazón y disgusto no hubiesen acelerado su estampido. Primeramente no dejaba de incomodar la arrogancia desdeñosa con que los franceses establecidos en la Coruña miraban a su vecindario desde que el oficial Mongat los alentó con su altivez intolerable, si bien a veces templada por la prudencia de Mr. Fourcroi, cónsul de su nación. Pero más que todo, y ella en verdad decidió el rompimiento, fue la noticia de las renuncias de Bayona, y de la internación en Francia de la familia real, con lo que al paso que el poder de la autoridad se entorpecía y menguaba, creció el ardor popular saltando la valla de la subordinación y obediencia.
Algunos patriotas encendidos del deseo de conservar la independencia y el honor nacional, se juntaban a escondidas con varios oficiales para dar acertado impulso al público descontento. Asistían individuos del regimiento de Navarra, de lo que noticioso el capitán general mandó que aquel cuerpo se trasladase al Ferrol; medida que tal vez influyó en su posterior y lamentable suerte. En lugar de amortiguarse aviváronse con esto los secretos tratos, y ya tocaban al estado de sazón, cuando la víspera de San Fernando entró a caballo por las calles de la Coruña un joven de rostro halagüeño, gallardo en su porte, y tan alborozado que atravesándolas con entusiasmados gritos movió la curiosidad de sus atónitos vecinos. Avistose con el regente de la audiencia, quien cortándole toda comunicación le hizo custodiar en la casa de correos. Allí se agolpó al instante la muchedumbre, y averiguó que el desconocido mozo era un estudiante de la ciudad de León, en donde a imitación de Asturias había la población tratado de levantarse y crear una junta. Con la nueva espuela determinaron los que secretamente y de consuno se entendían, no aguardar más tiempo, y poner cuanto antes el reino de Galicia en abierta insurrección.
El siguiente día 30 ofreciose como el más oportuno impeliendo a su ejecución un impensado incidente. Era costumbre todos los años en dicho día enarbolar la bandera en los baluartes y castillos, y notose que en este se había omitido aquella práctica que solamente se verificaba en conmemoración de Fernando III llamado el Santo, sin atender a que el soberano reinante llevara o no aquel nombre. Mas como ahora desagradaba su sonido al gobierno de Madrid, fuera por su orden o por lisonjearle, se suspendió la antigua ceremonia. El pueblo echando de menos la bandera se mostró airado, y aprovechando entonces los secretos conjurados la oportuna ocasión, enviaron para acaudillarle a Sinforiano López, de oficio sillero, hombre fogoso, y que, dotado de verbosidad popular, era querido de la multitud y a su arbitrio la gobernaba. Luego que se acercó al palacio del capitán general, envió por delante para tantear el ánimo de la tropa algunos niños que con pañuelos fijos en la punta de unos palos, y gritando viva Fernando VII y muera Murat, intentaron meterse por sus filas. Los soldados, en cuyo número se contaban bastantes que estaban de concierto con los atizadores, se reían de los muchachos, y los dejaban pasar y gritar, sin interrumpirlos en su aparente pasatiempo. Alentados los instigadores se atropellaron de golpe hacia el palacio, diputando a unos cuantos para pedir que según costumbre se tremolase la bandera. Aquel edificio está sito dentro de la ciudad antigua; y al ruido de que era acometido, concurrió la multitud de todos los puntos, precipitándose por la puerta Real y la de Aires. Los primeros que en diputación habían penetrado dentro de los umbrales de palacio, alcanzado que hubieron que se enarbolase la bandera, pidieron que volviera a la Coruña el regimiento de Navarra, y como acontece en los bullicios populares, a medida que se condescendía en las peticiones, fuéronse estas multiplicando: por lo que y encrespado el tumulto, Don Antonio Filangieri se desapareció por una puerta excusada y se refugió en el convento de dominicos. No así Don Francisco Biedma y el coronel Fabro, quienes a pesar del odio que contra ambos había como parciales del príncipe de la Paz, osaron salir por la puerta principal. Caro hubo de costarles el temerario arrojo: al Biedma le hirieron de una pedrada, pero levemente; y al Fabro que puesto al frente de los granaderos de Toledo, de cuyo cuerpo era jefe, dio con su espada de plano a uno de los que peroraban a nombre del pueblo, reciamente le apalearon, sin que sus soldados hiciesen ademán siquiera de defenderle: tan aunados estaban militares y paisanos.
Como era día festivo y también por avisos circulados a las aldeas había acudido a la ciudad mucha gente de los contornos, y todos juntos los de dentro y los de fuera asaltaron el parque de armas, y le despojaron de más de 40.000 fusiles. En la acometida corrió gran peligro el comisario de la maestranza de artillería Don Juan Varela, a quien falsamente se atribuía el tener escondidas las esposas que habían de atraillar a los que se llevasen a Francia. Muy al caso le ocurrió a Sinforiano López sacar en procesión el retrato de Fernando VII, con cuya artimaña atrayendo hacia sí a la multitud, salvó a Varela del fatal aprieto.
En fin por la tarde se formó una junta, y a su cabeza se puso el capitán general; entrando en ella las principales autoridades y representantes de las diferentes clases y corporaciones ya civiles ya eclesiásticas. Por indisposición de Filangieri presidió los primeros días la junta el mariscal de campo Don Antonio Alcedo, hombre muy cabal y prudente, y permitió en el naciente fervor que cualquiera ciudadano entrase a proponer en la sala de sesiones lo que juzgase conveniente a la causa pública. Púsose luego coto a una concesión que en otros tiempos hubiera sido indebida y peligrosa.
La junta anduvo en lo general atinada, y tomó disposiciones prontas y vigorosas. Dio igualmente desde el principio una señalada prueba de su desprendimiento en convocar otra junta, que elegida libre y tranquilamente por las ciudades de Galicia, no tuviese la tacha de ser fruto de un alboroto, y de solo representar en ella una pequeña parte de su territorio. Para alcanzar tan laudable objeto se prefirió a cualquiera otro medio el más antiguo y conocido. Cada seis años se congregaba en la Coruña una diputación de todo el reino de Galicia, compuesta de siete individuos escogidos por los diversos ayuntamientos de las siete provincias en que está dividido. Celebrábase esta reunión para conceder la contribución llamada de millones, y elegir un diputado que en unión con los de las otras ciudades de voto en cortes concurriese a formar la diputación de los reinos, que constando de siete individuos, y removiéndose de seis en seis años residía en Madrid, más bien para presenciar festejos públicos y obtener individuales favores que para defender los intereses de sus comitentes. Conforme a su digna resolución expidió la junta sus convocatorias, y envió a todas partes comisionados que pusiesen en ejecución las medidas que había decretado de armamento y defensa. Siendo idéntica la opinión de todos los pueblos, fueron aquellos a doquiera que llegaban recibidos con aplauso y sumisamente acatados. En algunos parajes habían precedido alborotos a la noticia del de la Coruña, y en todos ellos se respetaron y obedecieron las providencias de la junta, corriendo la juventud a alistarse con el mayor entusiasmo. Solamente en el Ferrol hubiera podido desconocerse la autoridad del nuevo gobierno por la oposición que mostraban el conde de Cartaojal, comandante de la división de Ares, y el jefe de escuadra Obregón, que mandaba los arsenales; pero los demás oficiales y soldados conformes con el pueblo en sus sentimientos, y pronunciándose altamente, desbarataron los intentos de sus superiores.
Conmovido así todo el reino de Galicia se aceleró la formación y organización de su ejército. Se incorporaron los reclutas en los regimientos veteranos, y se crearon otros nuevos, entre los que merece particular distinción el batallón llamado literario, compuesto de estudiantes de la universidad de Santiago, tan bien dispuestos y animados como todos los de España en favor de la causa sagrada de la patria. La reunión de estas fuerzas con las que posteriormente se agregaron de Oporto, ascendía en su totalidad a unos 40.000 hombres.
No tardaron mucho en pasar a la Coruña los regidores nombrados por los ayuntamientos de las siete capitales de provincia en representación de su potestad suprema; instalándose con el nombre de junta soberana de Galicia. Asociaron a su seno al obispo de Orense que entonces gozaba de justa popularidad, al de Tuy y a Don Andrés García, confesor de la difunta princesa de Asturias, en obsequio a su memoria. Se mandó asimismo que asistiesen a las comisiones administrativas, en que se distribuyesen los diversos trabajos, personas inteligentes en cada ramo.
El levantamiento de Galicia tuvo como el de toda España su principal origen en el odio a la dominación extranjera, y en la justa indignación provocada por los atroces hechos de Madrid y Bayona. Fueron en aquel reino los militares los primeros motores, sostenidos por la población entera. El clero si bien no dio el impulso, aplaudió y favoreció después la heroica resolución, distinguiéndose más adelante los curas párrocos, quienes fomentaron y mantuvieron la encendida llama del patriotismo. Sin embargo miraron allí con torvo rostro las conmociones populares dos de los más poderosos eclesiásticos, cuales eran Don Rafael Múzquiz, arzobispo de Santiago, y Don Pedro Acuña, ex-ministro de gracia y justicia. Celosos partidarios del príncipe de la Paz asustáronse del advenimiento al trono de Fernando VII, y trabajaron en secreto y con porfiado ahínco por deshacer o embarazar en su curso la comenzada empresa. El de Santiago, portentoso conjunto de corrupción y bajeza, procuraba con aparente fanatismo encubrir su estragada conducta, disfrazar sus vicios y acrecentar el inmenso poderío que le daban sus riquezas y elevada dignidad. Astuto y revolvedor tiró a sembrar la discordia so color de patriotismo. Había entre Santiago, antigua capital de Galicia, y la Coruña que lo era ahora, añejas rivalidades; y para despertarlas ofreció un donativo de tres millones de reales con la condición sediciosa de que la junta soberana fijase su asiento en la primera de aquellas ciudades. Muy bien sabía que no se accedería a su propuesta, y se lisonjeaba de excitar con la negativa reyertas entre ambos pueblos que trabasen las resoluciones de la nueva autoridad. Mas la junta mostró tal firmeza que atemorizado el solapado y viejo cortesano se cobijó bajo la capa pastoral del obispo de Orense para no ser incomodado y perseguido.
A pocos días de la insurrección una voz repentina y general difundida en toda Galicia de que entraban los franceses, dio desgraciadamente ocasión a desórdenes, que si bien momentáneos, no por eso dejaron de ser dolorosos. Así fue que en Orense un hidalgo de Puga mató de un tiro a un regidor a las puertas del ayuntamiento, por habérsele dicho que el tal era afecto a los invasores. Bien es verdad que Galicia dentro de su suelo no tuvo que llorar otra muerte en los primeros tiempos de su levantamiento.
Tuvo sí que afligirse y afligir a España con el asesinato de Don Antonio Filangieri, que saliendo de los lindes gallegos había fijado su cuartel general en Villafranca del Bierzo, y tomado activas providencias para organizar y disciplinar su gente, el cual creyendo oportuno, así para su propósito como para cubrir las avenidas del país de su mando, sacar de la Coruña sus tropas [en gran parte bisoñas y compuestas de gente allegadiza], las situó en la cordillera aledaña del Bierzo, extendiendo las más avanzadas hasta Manzanal, colocado en las gargantas que dan salida al territorio de Astorga. Lo suave de la condición de dicho general y el haberle llamado la junta a la Coruña, alentó a algunos soldados de Navarra, cuyo cuerpo estaba resentido desde la traslación al Ferrol, para acometerle y asesinarle fría y alevosamente el 24 de junio en las calles de Villafranca. Los abanderizó un sargento, y hubo quien buscó más arriba la oculta mano que dirigió el mortal golpe. Atroz y fementido hecho matar a su propio caudillo, respetable varón e inocente víctima de una soldadesca brutal y desmandada. Por largo tiempo quedó impune tan horroroso crimen: al fin y pasados años recibieron los que le perpetraron el merecido castigo. Había sucedido en el mando por aquellos días al desventurado Filangieri Don Joaquín Blake, mayor general del ejército, y antes coronel del regimiento de la Corona. Gozaba del concepto de militar instruido y de profundo táctico. La junta le elevó al grado de teniente general.
De Inglaterra llegaron también a Galicia prontos y cuantiosos auxilios. Su diputado Don Francisco Sangro fue honrado y obsequiado por aquel gobierno, y se remitieron libres a la Coruña los prisioneros españoles que gemían hacía años en los pontones británicos. Arribó al mismo puerto Sir Carlos Stuart, primer diplomático inglés que en calidad de tal pisó el suelo español. La junta se esmeró en agasajarle y darle pruebas de su constante anhelo por estrechar los vínculos de alianza y amistad con S. M. Británica. Las demostraciones de interés que por la causa de España tomaba nación tan poderosa, fortificaron más y más las novedades acaecidas, y hasta los más tímidos cobraron esperanzas.
Levantamiento de Santander.
Santander agitado y conmovido ponía en sumo cuidado a los franceses, estando casi situado a la retaguardia de una parte considerable de sus tropas, y pudiendo con su insurrección impedir fácilmente que entre sí se comunicasen. También temían que la llama una vez prendida se propagase a las provincias vascongadas, y los envolviese a favor del escabroso terreno, en medio de poblaciones enemigas, fatigándolos y hostigándolos continuadamente. Así fue que el mariscal Bessières no tardó desde Burgos en despachar a aquel punto a su ayudante general Mr. de Rigny, que, después se ha ilustrado más dignamente con los laureles de Navarino. Iba con pliegos para el cónsul francés Mr. de Ranchoup, por los que se amonestaba al ayuntamiento, que en caso de no mantenerse la tranquilidad pasaría una división a castigar con el mayor rigor el más leve exceso. Semejantes amenazas lejos de apaciguar acrecentaron el disgusto y la fermentación. Estaba en su colmo, cuando una leve disputa entre Mr. Pablo Carreyron, francés avecindado, y el padre de un niño a quien aquel había reprendido, atrajo gente, y de unas en otras se enardeció el pueblo clamoreando que se prendiese a los franceses.
Tocaron entonces a rebato las campanas de la catedral y los tambores la generala, resonando por las calles los gritos de viva Fernando VII y muera Napoleón y el ayudante de Bessières. Armado como por encanto el vecindario, arrestó a los franceses, pero con el mayor orden; y conducidos al castillo cuartel de San Felipe, se pusieron guardias a las puertas de las respectivas casas de los presos para que no recibiesen menoscabo en sus propiedades. Era aquel día el 26 de mayo, y como de la Ascensión festivo; por lo que arremolinándose numerosa plebe cerca de la casa del cónsul francés, se desató en palabras y amenazas contra su persona y la de Mr. de Rigny. Sus vidas hubieran peligrado si los oficiales del provincial de Laredo que guarnecían a Santander, no las hubieran puesto en salvo exponiendo las suyas propias. Los sacaron de la casa consular a las once de la noche, y colocándolos en el centro de un círculo que formaron con sus cuerpos, los llevaron al ya mencionado cuartel de San Felipe, dejándolos bajo la custodia de los milicianos que le ocupaban.
Al día inmediato 27 se compuso una junta de los individuos del ayuntamiento y varias personas notables del pueblo, las que eligieron por su presidente al obispo de la diócesis Don Rafael Menéndez de Luarca. Hallábase este ausente en su quinta de Liaño a dos leguas de la ciudad, no pudiendo por tanto haber tomado parte en los acontecimientos ocurridos. El gobierno francés que con estudiado intento no veía entonces en el alzamiento de España sino la obra de los clérigos y los frailes, achacó al reverendo obispo de Santander la insurrección de la provincia cantábrica. Mas fue tan al contrario que en un principio aquel prelado se resistió obstinadamente a admitir la presidencia que le ofreció la junta, y solo a fuerza de reiteradas instancias condescendió con sus ruegos. Era el de Santander eclesiástico austero en sus costumbres, y acatábale el vulgo como si fuera un santo: estaba ciertamente dotado de recomendables prendas, pero las deslucía con terco fanatismo y desbarros que tocaban casi en locura. Dio luego señales de su descompuesto temple, autorizándose con el título de regente soberano de Cantabria a nombre de Fernando VII y con el aditamento de alteza.
A poco se supo la insurrección de Asturias con lo que tomó vuelo el levantamiento de toda la montaña de Santander, y aun los tibios ensancharon sus corazones. Inmediatamente se procedió a un alistamiento general, y sin más dilación y faltos de disciplina salieron los nuevos cuerpos a los confines y puertos secos de la provincia. Mandaba como militar Don Juan Manuel de Velarde, que de coronel fue promovido a capitán general, y el cual se apostó en Reinosa con artillería y 5000 hombres, los más paisanos mezclados con milicianos de Laredo. Su hijo Don Emeterio, muerto después gloriosamente en la batalla de la Albuera, ocupó el Escudo con 2500 hombres, igualmente paisanos. Otros 1000 recogidos de partidas sueltas de Santoña, Laredo y demás puertecillos se colocaron en los Tornos. Por aquí vemos como Santander a pesar de su mayor proximidad a los franceses se arriesgó a contrarrestar sus injustos actos y a emplear contra ellos los escasos recursos que su situación le prestaba.
Levantamiento de León y Castilla la Vieja.
Osadía fue sin duda la de esta provincia, pero guarecida detrás de sus montañas no parecía serlo tanto como la de las ciudades y pueblos de la tierra llana de Castilla y León. Sus moradores no atendiendo ni a sus fuerzas ni a su posición, quisieron ciegamente seguir los ímpetus de su patriotismo, y a los pueblos cercanos a tropas francesas salioles caro tan honroso como irreflexionado arrojo. Apenas había alzado Logroño el pendón de la insurrección, cuando pasando desde Vitoria con dos batallones el general Verdier, fácilmente arrolló el 6 de junio a los indisciplinados paisanos, retirándose después de haber arcabuceado a varios de los que se cogieron con las armas en la mano, o a los que se creyeron principales autores de la sublevación. No fue más dichosa en igual tentativa la ciudad de Segovia. Confiando sobradamente en la escuela de artillería establecida en su alcázar, intentó con su ayuda hacer rostro a la fuerza francesa, cerrando los oídos a proposiciones que por medio de dos guardias de Corps le había enviado Murat. En virtud de la repulsa se acercó a la ciudad el 7 de junio el general francés Frère, y los artilleros españoles colocaron las piezas destinadas al ejercicio de los cadetes en las puertas y avenidas. No había para sostenerlas otra tropa que paisanos mal armados, los cuales al empeñarse la refriega se desbandaron dejando abandonadas las piezas. Apoderose de Segovia el enemigo, y el director Don Miguel de Cevallos, los alumnos y casi todos los oficiales se salvaron y acogieron a los ejércitos que se formaban en las otras provincias.
Al mismo tiempo que tales andaban las cosas en puntos aislados de Castilla, tomó cuerpo la insurrección de Valladolid y León, fortificándose con mayores medios y estribando sus providencias en los auxilios que aguardaban de Galicia y Asturias. Desde el momento en que la última de aquellas provincias había en el 23 y 24 de mayo proclamado a Fernando y declarádose contra los franceses, había León imitado su ejemplo. Como a su definitiva determinación hubiesen precedido parciales conmociones, en una de ellas fue enviado a la Coruña el estudiante que tanto tumultuó allí la gente. Mas el estar asentada la ciudad de León en la tierra llana, y el serles a los franceses de fácil empresa apaciguar cualquiera rebelión a sus mandatos, había reprimido el ardor popular. Por fin habiéndose enviado de Asturias 800 hombres para confortar algún tanto a los tímidos, se erigió el 1.º de junio una junta de individuos del ayuntamiento y otras personas, a cuya cabeza estaba como gobernador militar de la provincia D. Manuel Castañón. No eran pasados muchos días cuando se transfirió la presidencia al capitán general bailío Don Antonio Valdés, antiguo ministro de marina, y quien habiendo honrosamente rehusado ir a Bayona, tuvo que huir de Burgos a Palencia y abrigarse al territorio leonés. Fueron de Asturias municiones, fusiles y otros pertrechos, con cuya ayuda se empezó el armamento.
Estaba en Valladolid de capitán general Don Gregorio de la Cuesta militar antiguo y respetable varón, pero de condición duro y caprichudo, y obstinado en sus pareceres. Buen español, acongojábale la intrusión francesa, mas acostumbrado a la ciega subordinación miraba con enojo que el pueblo se entrometiese a deliberar sobre materias que a su juicio no le competían. El distrito de su mando abrazaba los reinos de León y Castilla la Vieja, cuya separación geográfica no ha estorbado que se hubiesen confundido ambos en el lenguaje común y aun en cosas de su gobierno interior. La pesada mano de la autoridad los había molestado en gran manera, y el influjo del capitán general era extremadamente poderoso en las provincias en que aquellos reinos se subdividían. Con todo pudiendo más el actual entusiasmo que el añejo y prolongado hábito de la obediencia, ya hemos visto como en León, sin contar con Don Gregorio de la Cuesta, se había dado el grito del levantamiento. Era la empresa de más dificultoso empeño en Valladolid, así porque dentro residía dicho jefe, como también por el apoyo que le daba la chancillería y sus dependencias. Sin embargo la opinión superó todos los obstáculos.
En los últimos días de mayo el pueblo agavillado quiso exigir del capitán general que se le armase y se hiciese la guerra a Napoleón. Asomado al balcón resistiose Cuesta, y con prudentes razones procuró disuadir a los alborotados de su desaconsejado intento. Insistieron de nuevo estos, y viendo que sus esfuerzos inútilmente se estrellaban contra el duro carácter del capitán general, erigieron el patíbulo vociferando que en él iban a dar el debido pago a tal terquedad, tachada ya de traición por el populacho. Dobló entonces la cerviz Don Gregorio de la Cuesta, prefiriendo a un azaroso fin servir de guía a la insurrección, y sin tardanza congregó una junta a que asistieron con los principales habitantes individuos de todas las corporaciones. El viejo general no permitió que la nueva autoridad ensanchase sus facultades más allá de lo que exigía el armamento y defensa de la provincia; conviniendo tan solo en que a semejanza de Valladolid se instituyese una junta con la misma restricción en cada una de las ciudades en que había intendencia. Así Ávila y Salamanca formaron las suyas, pero la inflexible dureza de Cuesta y el anhelo de estos cuerpos por acrecer su poder, suscitaron choques y reñidas contiendas. Valladolid y las poblaciones libres del yugo francés se apresuraron a alistar y disciplinar su gente, y Zamora y Ciudad Rodrigo suministraron en cuanto pudieron armas y pertrechos militares.
Enlutaron la común alegría algunos excesos de la plebe y de la soldadesca. Murió en Palencia a sus manos un tal Ordóñez que dirigía la fábrica de harinas de Monzón, sujeto apreciable. Don Luis Martínez de Ariza, gobernador de Ciudad Rodrigo, experimentó igual suerte, sirviendo de pretexto su mucha amistad y favor con el príncipe de la Paz. Lo mismo algún otro individuo en dicha plaza; y en la patria del insigne Alonso del Tostado, en Madrigal, fue asesinado el corregidor, y unos alguaciles odiados por su rapaz conducta. Castigó Cuesta con el último suplicio a los matadores; pero una catástrofe no menos triste y dolorosa afeó el levantamiento de Valladolid. Don Miguel de Cevallos, director del colegio de Segovia, a quien hemos visto alejarse de aquella ciudad al ocuparla los franceses, fue detenido a corta distancia en el lugar de Carbonero, achacando infundadamente a traición suya el descalabro padecido. De allí le condujeron preso a Valladolid. Le entraron por la tarde, y fuera malicia o acaso, después de atravesar el portillo de la Merced, torcieron los que le llevaban por el callejón de los toros al campo grande, donde los nuevos alistados hacían el ejercicio. A las voces de que se aproximaba levantose general gritería. Iba a caballo y detrás su familia en coche. Llovieron muy luego pedradas sobre su persona, y a pesar de querer guarecerle los paisanos que le escoltaban, desgraciadamente de una cayó en tierra, y entonces por todas partes le acometieron y maltrataron. En balde un clérigo de nombre Prieto buscó para salvarle el religioso pretexto de la confesión: solo consiguió momentáneamente meterle en el portal de una casa, dentro del cual un soldado portugués de los que habían venido con el marqués de Alorna le traspasó de un bayonetazo. Con aquello enfureciose de nuevo el populacho, arrastró por la ciudad al desventurado Cevallos, y al fin le arrojó al río. Partían el alma los agudos acentos de la atribulada esposa, que desde su coche ponía en el cielo sus quejas y lamentos, al paso que empedernidas mujeres se encarnizaban en la despedazada víctima. Espanta que un sexo tan tierno, delicado y bello por naturaleza, se convierta a veces y en medio de tales horrores en inhumana fiera. Mas apartando la vista de objeto tan melancólico, continuemos bosquejando el magnífico cuadro de la insurrección, cuyo fondo, aunque salpicado de algunas oscuras manchas, no por eso deja de aparecer grandioso y admirable.
Levantamiento de Sevilla.
Las provincias meridionales de España no se mantuvieron más tranquilas ni perezosas que las que acabamos de recorrer. Movidos sus habitantes de iguales afectos no se desviaron de la gloriosa senda que a todos había trazado el sentimiento de la honra e independencia nacional. Siendo idénticas las causas, unos mismos fueron en su resultado los efectos. Solamente los incidentes que sirvieron de inmediato estímulo variaron a veces. Uno de estos notable e inesperado influyó con particularidad en los levantamientos de Andalucía y Extremadura. Por entonces residía casualmente en Móstoles, distante de Madrid tres leguas, Don Juan Pérez Villamil secretario del almirantazgo. Acaeció en la capital el suceso del 2 de mayo, y personas que en lo recio de la pelea se habían escapado y refugiado en Móstoles, contaron lo que allí pasaba con los abultados colores del miedo reciente. Sin tardanza incitó Villamil al alcalde para que escribiendo al del cercano pueblo pudiese la noticia circular de uno en otro con rapidez. Así cundió creciendo de boca en boca, y en tanto grado exagerada que cuando alcanzó a Talavera pintábase a Madrid ardiendo por todos sus puntos y confundido en muertes y destrozos. Expidiéronse por aquel administrador de correos avisos con la mayor diligencia, y en breve Sevilla y otras ciudades fueron sabedoras del infausto acontecimiento.
Dispuestos como estaban los ánimos, no se necesitaba sino de un levísimo motivo para encenderlos a lo sumo y provocar una insurrección general. El aviso de Móstoles estuvo para realizarla en el mediodía. En Sevilla el ayuntamiento pensó seriamente en armar la provincia, y tratose de planes de armamento y defensa. Órdenes posteriores de Madrid contuvieron el primer amago; pero conmovido el pueblo se alentaron algunos particulares a dar determinado rumbo al descontento universal. Fue en aquella ciudad uno de los principales conmovedores el conde de Tilly, de casa ilustre de Extremadura, hombre inquieto, revoltoso y tachado bastantemente en su conducta privada. Aunque dispuesto para alborotos, e igualmente amigo de novedades que su hermano Guzmán, tan famoso en la revolución francesa, nunca hubiera conseguido el anhelado objeto, si la causa que ahora abrazaba no hubiese sido tan santa, y si por lo mismo no se le hubiesen agregado otras personas respetables de la ciudad.
Juntábanse todos en un sitio llamado el Blanquillo hacia la puerta de la Barqueta, y en sus reuniones debatían el modo de comenzar su empresa. Apareciose al propio tiempo en Sevilla un tal Nicolás Tap y Núñez, hombre poco conocido y que había venido allí con propósito de conmover por sí solo la ciudad. Ardiente y despejado peroraba por calles y plazas, y llevaba y traía a su antojo al pueblo sevillano, subiendo a punto su descaro de pedir al cabildo eclesiástico doce mil duros para hacer el alzamiento contra los franceses; petición a que se negó aquel cuerpo. Se ejercitaba antes en el comercio clandestino, y con el título intruso de corredor tenía mucha amistad con las gentes que se ocupaban en el contrabando con Gibraltar y la costa, a cuyo punto hacía frecuentes viajes. Callaban las autoridades temerosas de mayor mal, y los que con Tilly maquinaban procuraron granjearse la voluntad de quien en pocos días había adquirido más nombre y popularidad que ningún otro. Buscáronle y fácilmente se concertaron.
No transcurría día sin que nuevos motivos de disgusto viniesen a confirmarlos en su pensamiento, y a perturbar a los tranquilos ciudadanos. En este caso estuvieron varios papeles publicados contra la familia de Borbón en el Diario de Madrid que se imprimía desde el 10 de mayo bajo la inspección del francés Esménard. Disonaron sus frases a los oídos españoles no acostumbrados a aquel lenguaje, y unos papeles destinados a rectificar la opinión en favor de las mudanzas acordadas en Bayona, la alejaron para siempre de asentir a ellas y aprobarlas. Gradualmente subía de punto la indignación, cuando de oficio se recibió la noticia de las renuncias de la familia real de España en la persona de Napoleón. Parecioles a Tilly, Tap y consortes que no convenía desaprovechar la ocasión, y se prepararon al rompimiento.
Se escogió el día de la Ascensión 26 de mayo y hora del anochecer para alborotar a Sevilla. Soldados del regimiento de Olivenza comenzaron el estruendo dirigiéndose al depósito de la real maestranza de artillería y de los almacenes de pólvora. Reunióseles inmenso gentío, y se apoderaron de las armas sin desgracia ni desorden. Adelantose a aquel paraje un escuadron de caballería mandado por Don Adrián Jácome, el cual lejos de impedir la sublevación, más bien la aplaudió y favoreció. Prendiendo con inexplicable celeridad el fuego de la revolución hasta en los más apartados y pacíficos barrios, el ayuntamiento se trasladó al hospital de la Sangre para deliberar más desembarazadamente. Pero en la mañana del 27 el pueblo apoderándose de las casas consistoriales abandonadas, congregó en ellas una junta suprema de personas distinguidas de la ciudad. Tap y Núñez procediendo de buena fe era por su extremada popularidad quien escogía los miembros, siendo otros los que se los apuntaban. Así fue que como forastero obrando a ciegas, nombró a dos que desagradaron por su anterior y desopinada conducta. Se le previno, y quiso borrarlos de la lista. Fueron inútiles sus esfuerzos y aun le acarrearon una larga prisión, mostrándose encarnizados enemigos suyos los que tenía por parciales. Suerte ordinaria de los que entran desinteresadamente e inexpertos en las revoluciones: los hombres pacíficos los miran siempre, aun aplaudiendo a sus intentos, como temibles y peligrosos, y los que desean la bulla y las revueltas para crecer y medrar, ponen su mayor conato en descartarse del único obstáculo a sus pensamientos torcidos.
Instalose pues la junta, y nombró por su presidente a Don Francisco Saavedra, antiguo ministro de hacienda, confinado en Andalucía por la voluntad arbitraria del príncipe de la Paz. De carácter bondadoso y apacible, tenía saber extenso y vario. Las desgracias y persecuciones habían quizá quitado a su alma el temple que reclamaban aquellos tiempos. A instancias suyas fue también elegido individuo de la junta el asistente Don Vicente Hore, a pesar de su amistad con el caído favorito. Entró a formar parte y se señaló por su particular influjo el Padre Manuel Gil, clérigo reglar. La espantadiza desconfianza de Godoy que sin razón le había creído envuelto en la intriga que para derribarle habían urdido en 1795 la marquesa de Matallana y el de Malaespina, le sugirió entonces el encerrarle en el convento de Toribios de Sevilla, en el que se corregían los descarríos ciertos o supuestos de un modo vergonzoso y desusado ya aun para con los niños. Disfrutaba el padre Gil, si bien de edad provecta, de la robustez y calor de los primeros años: con facilidad comunicaba a otros el fuego que sustentaba en su pecho, y en medio de ciertas extravagancias más bien hijas de la descuidada educación del claustro que de extravíos de la mente, lucía por su erudición y la perspicacia de su ingenio.
La nombrada junta intitulose suprema de España e Indias. Desazonó a las otras la presuntuosa denominación; pero ignorando lo que allende ocurría, quizá juzgó prudente ofrecer un centro común, que contrapesando el influjo de la autoridad intrusa y usurpadora de Madrid, le hiciese firme e imperturbable rostro. Fue desacuerdo insistir en su primer título luego que supo la declaración de las otras provincias. Su empeño hubiera podido causar desavenencias que felizmente cortaron la cordura y tino de ilustrados patriotas.
Para la defensa y armamento adoptó la junta medidas activas y acertadas. Sin distinción mandó que se alistasen todos los mozos de dieciséis hasta cuarenta y cinco años. Se erigieron asimismo por orden suya juntas subalternas en las poblaciones de 2000 y más vecinos. La oportuna inversión de los donativos cuantiosos que se recibían, como también el cuidado de todo el ramo económico, se puso a cargo de sujetos de conocida integridad. En ciudades, villas y aldeas se respondió con entrañable placer al llamamiento de la capital, y en Arcos como en Carmona, y en Jerez como en Lebrija y Ronda no se oyeron sino patrióticos y acordes acentos.
En la conmoción de la noche del 26 y en la mañana del 27 nadie se había desmandado, ni se habían turbado aquellas primeras horas con muertes ni notables excesos. Estaba reservado para la tarde del mismo 27 que se ensangrentasen los muros de la ciudad con un horrible asesinato. Ya indicamos como el ayuntamiento había trasladado al hospital de la Sangre el sitio de sus sesiones. Dio con este paso lugar a hablillas y rencores. Para calmarlos y obrar de concierto con la junta creada, envió a ella en comisión al conde del Águila procurador mayor en aquel año. A su vista se encolerizó la plebe, y pidió con ciego furor la cabeza del conde. La junta para resguardarle prometió que se le formaría causa, y ordenó que entre tanto fuese enviado en calidad de arrestado a la torre de la puerta de Triana. Atravesó el del Águila a Sevilla entre insultos, pero sin ser herido ni maltratado de obra. Solo al subir a la prisión que le estaba destinada, entrando en su compañía una banda de gente homicida, le intimó que se dispusiese a morir, y atándole a la barandilla del balcón que está sobre la misma puerta de Triana, sordos aquellos asesinos a los ruegos del conde y a las ofertas que les hizo de su hacienda y sus riquezas, bárbaramente le mataron a carabinazos. Fue por muchos llorada la muerte de este inocente caballero, cuya probidad y buen porte eran apreciados en general por todos los sevillanos. Hubo quien achacó imprudencias al conde; otros, y fueron los más, atribuyeron el golpe a enemiga y oculta mano.
Rica y populosa Sevilla, situada ventajosamente para resistir a una invasión francesa, afianzó, declarándose, el levantamiento de España. Mas era menester para poner fuera de todo riesgo su propia resolución contar con San Roque y Cádiz, en donde estaba reunida la fuerza militar de mar y tierra más considerable y mejor disciplinada que había dentro de la nación. Convencida de esta verdad despachó la junta a aquellos puntos dos oficiales de artillería que eran de su confianza. El que fue a San Roque desempeñó su encargo con menos embarazos, hallando dispuesto a Don Francisco Javier Castaños que allí mandaba, a someterse a lo que se le prescribía. Ya de antemano había entablado este general relaciones con Sir Hugo Dalrymple, gobernador de Gibraltar, y lejos de suspender sus tratos por la llegada a su cuartel general del oficial francés Roquiat, de cuya comisión hicimos mención en el anterior libro, las avivó y estrechó más y más. Tampoco se retrajo de continuarlos ni por las ofertas que le hizo otro oficial de la misma nación despachado al efecto, ni con el cebo del virreinato de Méjico que tenían en Madrid como en reserva para halagar con tan elevada dignidad la ambición de los generales, cuya decisión se conceptuaba de mucha importancia. Es de temer no obstante que las pláticas con Dalrymple en nada hubieran terminado, si no hubiese llegado tan a tiempo el expreso de Sevilla. A su recibo se pronunció abiertamente Castaños, y la causa común ganó con su favorable declaración 8941 hombres de tropa reglada que estaban bajo sus órdenes.
Tropezó en Cádiz con mayores obstáculos el conde de Teba, que fue el oficial enviado de Sevilla. Habitualmente residía en aquella plaza el capitán general de Andalucía, siéndolo a la sazón Don Francisco Solano, marqués del Socorro y de la Solana. No hacía mucho tiempo que había regresado a su puesto desde Extremadura y de vuelta de la expedición de Portugal, en donde le vimos soñar mejoras para el país puesto a su cuidado. Después del 2 de mayo solicitado y lisonjeado por los franceses, y sobre todo vencido por los consejos de españoles antiguos amigos suyos, con indiscreción se mostraba secuaz de los invasores, graduando de frenesí cualquiera resistencia que se intentase. Ya antes de mediados de mayo corrió peligro en Badajoz por la poca cautela conque se expresaba. No anduvo más prudente en todo su camino. Al cruzar por Sevilla se avistaron con él los que trabajaban para que aquella ciudad definitivamente se alzase. Esquivó todo compromiso, mas molestado por sus instancias pidió tiempo para reflexionar, y se apresuró a meterse en Cádiz. No satisfechos de su indecisión, luego que tuvo lugar el levantamiento del 27, siendo ya algunos de los conspiradores individuos de la nueva junta, impelieron a esta para que el 28 enviase a aquella plaza al mencionado conde de Teba, quien con gran ruido y estrépito penetró por los muros gaditanos. Era allí muy amado el general Solano: debíalo a su anterior conducta en el gobierno del distrito, en el que se había desvelado por hacerse grato a la guarnición y al vecindario. En idolatría se hubiera convertido la afición primera, si se hubiese francamente declarado por la causa de la nación. Continuó vacilante e incierto, y el titubear de ahora en un hombre antes presto y arrojado en sus determinaciones, fue calificado de premeditada traición. Creemos ciertamente que las esperanzas y promesas con que de una parte le habían traído entretenido, y los peligros que advertía de la otra examinando militarmente la situación de España, le privaron de la libre facultad de abrazar el honroso partido a que era llamado de Sevilla. Así fue que al recibir sus pliegos ideó tomar un sesgo con que pudiera cubrirse.
Convocó a este propósito una reunión de generales, en la que se decidiese lo conveniente acerca del oficio traído por el conde de Teba. Largamente se discurrió en su seno la materia, y prevaleciendo como era natural el parecer de Solano, se acordó la publicación de un bando cuyo estilo descubría la mano de quien le había escrito. Dábanse en él las razones militares que asistían para considerar como temeraria la resistencia a los franceses, y después de varias inoportunas reflexiones se concluía con afirmar que puesto que el pueblo la deseaba, no obstante las poderosas razones alegadas, se formaría un alistamiento y se enviarían personas a Sevilla y otros puntos, estando todos los once, que suscribían al bando, prontos a someterse a la voluntad expresada. Contento Solano con lo que se había determinado le faltó tiempo para publicarlo, y de noche con hachas encendidas y grande aparato mandó pregonar bando por las calles, como si no bastase el solo acuerdo para dar suficiente pábulo a la inquietud del pueblo.
La desusada ceremonia atrajo a muchos curiosos, y luego que oyeron lo que de oficio se anunciaba, irritáronse sobremanera los circunstantes, y con el bullicio y el numeroso concurso pensaron los más atrevidos en aprovecharse de la ocasión que se les ofrecía, y de montón acudieron todos a casa del capitán general. Allí un joven llamado Don Manuel Larrús, subiendo en hombros de otro, tomó la palabra y respondiendo una tras de otra a las razones del bando, terminó con pedir a nombre de la ciudad que se declarase la guerra a los franceses, y se intimase la rendición a su escuadra fondeada en el puerto. Abatiose el altivo Solano a la voz del mozo, y quien para dicha suya y de su patria hubiera podido, acaudillándolas, ser árbitro y dueño de las voluntades gaditanas, tuvo que arrastrarse en pos de un desconocido. Convino pues en juntar al día siguiente los generales, y ofreció que en todo se cumpliría lo que demandaba el pueblo.
La algazara promovida por la publicación del bando siguió hasta rayar la aurora, y la muchedumbre cercó y allanó en uno de sus paseos la casa del cónsul francés Mr. Le Roi, cuyo lenguaje soberbio y descomedido le había atraído la aversión aun de los vecinos más tranquilos. Refugiose el cónsul en el convento de S. Agustín y de allí fue a bordo de su escuadra. Acompañó a este desmán el de soltar a algunos presos, pero no pasó más allá el desorden. Los amotinados se aproximaron después al parque de artillería para apoderarse de las armas, y los soldados en vez de oponerse los excitaron y ayudaron.
A la mañana inmediata 29 de mayo celebró Solano la ofrecida junta de generales, y todos condescendieron con la petición del pueblo. Antes había ya habido algunos de ellos que en vista del mal efecto causado por la publicación del bando, procuraron descargar sobre el capitán general la propia responsabilidad, achacando la resolución a su particular conato: indigna flaqueza que no poco contribuyó a indisponer más y más los ánimos contra Solano. Ayudó también a ello la frialdad e indiferencia que este dejaba ver en medio de su carácter naturalmente fogoso. No descuidaron la malevolencia y la enemistad emplear contra su persona las apariencias que le eran adversas, y ambas pasiones traidoramente atizaron las otras y más nobles que en el día reinaban.
Por la tarde se presentó en la plaza de S. Antonio el ayudante Don José Luquey anunciando al numeroso concurso allí reunido que según una junta celebrada por oficiales de marina, no se podía atacar la escuadra francesa sin destrozar la española todavía interpolada con ella. Se irritaron los oyentes y serían las cuatro de la tarde cuando en seguida se dirigieron a casa del general. Permitiose subir a tres de ellos, entre los que había uno que de lejos se parecía a Solano. El gentío era inmenso y tal el bullicio y la algazara que nadie se entendía. En tanto el joven que tenía alguna semejanza con el general se asomó al balcón. La multitud aturdida tomole por el mismo Solano, y las señas que hacía para ser oído, por una negativa dada a la petición de atacar a la escuadra francesa. Entonces unos sesenta que estaban armados hicieron fuego contra la casa, y la guardia mandada por el oficial San Martín, después caudillo célebre del Perú, se metió dentro y atrancó la puerta. Creció la saña, trajeron del parque cinco piezas y apuntaron contra la fachada, separada de la muralla por una calle baja, un cañón de a veinticuatro de los que coronaban aquella. Rompieron las puertas, huyó Solano, y encaramándose por la azotea se acogió a casa de su vecino y amigo el irlandés Strange. Al llegarse encontró con Don Pedro Olaechea, hombre oscuro, y que habiendo sido novicio en la Cartuja de Jerez, se le contaba entre los principales alborotadores de aquellos días. Presumiendo este que el perseguido general se habría ocultado allí, habíasele adelantado entrando por la puerta principal. Sorprendiose Solano con el inesperado encuentro, mas ayudado del comandante del regimiento de Zaragoza Creach que casualmente entraba a visitar a la señora de Strange, juntos encerraron al ex-cartujo en un pasadizo, de donde queriendo el tal por una claraboya escaparse se precipitó a un patio, de cuyas resultas murió a pocos días. Pero Solano no pudiendo evadirse por parte alguna, se escondió en un hueco oculto que le ofrecía un gabinete alhajado a la turca, donde la multitud corriendo en su busca desgraciadamente le descubrió. Pugnó valerosa, pero inútilmente, por salvarle la esposa del señor Strange Doña María Tuker; hiriéronla en un brazo, y al fin sacaron por violencia de su casa a la víctima que defendía. Arremolinándose la gente colocaron en medio al marqués y se le llevaron por la muralla adelante con propósito de suspenderle en la horca. Iba sereno y con brío, no apareciendo en su semblante decaimiento ni desmayo. Maltratado y ofendido por el paisanaje y soldadesca, recibió al llegar a la plaza de San Juan de Dios una herida que puso término a sus días y a su tormento. Revelaríamos para execración de la posteridad el nombre del asesino, si con certeza hubiéramos podido averiguarlo. Bien sabemos a quién y cómo se ha inculpado, pero en la duda nos abstenemos de repetir vagas acusaciones.
Reemplazó al muerto capitán general D. Tomás de Morla, gobernador de Cádiz. Aprobó la junta de Sevilla el nombramiento, y envió para asistirle y quizá para vigilarle al general Don Eusebio Antonio Herrera, individuo suyo. Se hizo marchar inmediatamente hacia lo interior parte de las tropas que había en Cádiz y sus contornos, no contándose en la plaza otra guarnición que los regimientos provinciales de Córdoba, Écija, Ronda y Jerez, y los dos de línea de Burgos y Órdenes militares, que casi se hallaban en cuadro. El 31 se juró solemnemente a Fernando VII y se estableció una junta dependiente de la suprema de Sevilla. En la misma mañana parlamentaron con los ingleses el jefe de escuadra Don Enrique Macdonnell y el oidor Don Pedro Creux. Conformáronse aquellos con las disposiciones de la junta sevillana, reconocieron su autoridad y ofrecieron 5000 hombres que a las órdenes del general Spencer iban destinados a Gibraltar.
Cobrando cada vez más aliento la junta suprema de Sevilla hizo el 6 de junio una declaración solemne de guerra contra Francia, afirmando «que no dejaría las armas de la mano hasta que el emperador Napoleón restituyese a España al rey Fernando VII y a las demás personas reales, y respetase los derechos sagrados de la nación que había violado, y su libertad, integridad e independencia.» Publicó por el mismo tiempo que esta declaración otros papeles de grande importancia, señalándose entre todos el conocido con el nombre de Prevenciones. En él se daban acomodadas reglas para la guerra de partidas, única que convenía adoptar; se recomendaba el evitar las acciones generales, y se concluía con el siguiente artículo, digno de que a la letra se reproduzca en este lugar: «se cuidará de hacer entender y persuadir a la nación que libres, como esperamos, de esta cruel guerra a que nos han forzado los franceses, y puestos en tranquilidad y restituido al trono nuestro rey y señor Fernando VII, bajo él y por él se convocarán cortes, se reformarán los abusos y se establecerán las leyes que el tiempo y la experiencia dicten para el público bien y felicidad; cosas que sabemos hacer los españoles, que las hemos hecho con otros pueblos sin necesidad de que vengan los... franceses a enseñárnoslo...» Dedúzcase de aquí si fue un fanatismo ciego y brutal el verdadero móvil de la gloriosa insurrección de España, como han querido persuadirlo extranjeros interesados o indignos hijos de su propio suelo.
Jaén y Córdoba se sublevaron a la noticia de la declaración de Sevilla, y se sometieron a su junta, creando otras para su gobierno particular, en que entraron personas de todas clases. En Jaén desconfiándose del corregidor Don Antonio María de Lomas, le trasladaron preso a pocos días a Valdepeñas de la Sierra, en donde el pueblo alborotado le mató a fusilazos. Córdoba se apresuró a formar su alistamiento, dirigió gran muchedumbre de paisanos a ocupar el puente de Alcolea, dándose el mando de aquella fuerza armada, llamada vanguardia de Andalucía, a Don Pedro Agustín de Echevarri. Aprobó la junta de Sevilla dicho nombramiento; la que por su parte no cesaba de activar y promover las medidas de defensa. Confió el mando de todo el ejército a Don Francisco Javier Castaños, recompensa debida a su leal conducta, y el 9 de junio salió este general a desempeñar su honorífico encargo.
Rendición de la escuadra francesa surta en Cádiz.
Entre tanto quedaba por terminar un asunto que al paso que era grave interesaba a la quietud y aun a la gloria de Cádiz. La escuadra francesa surta en el puerto todavía tremolaba a su bordo el pabellón de su nación, y el pueblo se dolía de ver izada tan cerca de sus muros y en la misma bahía una bandera tenida ya por enemiga. Era además muy de temer, abierta la comunicación con los ingleses, que no consintiesen estos tener largo tiempo casi al costado de sus propias naves y en perfecta seguridad una escuadra de su aborrecido adversario. Instó por consiguiente el pueblo en que prontamente se intimase la rendición al almirante francés Rossilly. El nuevo general Morla, fuera prudencia para evitar efusión de sangre, o fuera que anduviese aún dudoso en el partido que le convenía abrazar [sospecha a que da lugar su posterior conducta], procuraba diferir las hostilidades divirtiendo la atención pública con mañosas palabras y dilaciones. El almirante francés con la esperanza de que avanzasen a Cádiz tropas de su nación, pedía que no se hiciese novedad alguna hasta que el emperador contestase a la demanda hecha en proclamas y declaraciones de que se entregase a Fernando VII: estratagema que ya no podía engañar ni sorprender a la honradez española. Aprovechándose de la tardanza mejoraron los franceses su posición, metiéndose en el canal del arsenal de la Carraca, y colocándose de suerte que no pudieran ofenderles los fuegos de los castillos ni de la escuadra española. Constaba la francesa de cinco navíos y una fragata: su almirante Mr. de Rossilly hizo después una nueva proposición, y fue que para tranquilizar los ánimos saldría de bahía si se alcanzaba del británico, anclado a la boca, el permiso de hacerse a la vela sin ser molestado; y si no, que desembarcaría sus cañones, conservaría a bordo las tripulaciones y arriaría la bandera, dándose mutuamente rehenes, y con el seguro de ser respetado por los ingleses. Morla rehusó dar oídos a proposición alguna que no fuese la pura y simple entrega.
Hasta el 9 de junio se habían prolongado estas pláticas, en cuyo día temiéndose el enojo público se rompió el fuego. El almirante inglés Collingwood que de Toulon había venido a suceder a Purvis, ofreció su asistencia, pero no juzgándola precisa fue desechada amistosamente. Empezó el cañón del Trocadero a batir a los enemigos, sosteniendo sus fuegos las fuerzas sutiles del arsenal y las del apostadero de Cádiz que fondearon frente de Fort-Luis. El navío francés Algeciras incomodado por la batería de morteros de la cantera, la desmontó: también fue a pique una cañonera mandada por el alférez Valdés y el místico de Escalera, pero sin desgracia. La pérdida de ambas partes fue muy corta. Continuó el fuego el 10, en cuyo día a las tres de la tarde el navío Héroe francés que montaba el almirante Rossilly, puso bandera española en el trinquete, y afirmó la de parlamento el navío Príncipe, en el que estaba Don Juan Ruiz de Apodaca comandante de nuestra escuadra. Abriéronse nuevas conferencias que duraron hasta la noche del 13, y en ella se intimó a Rossilly que a no rendirse romperían fuego destructor dos baterías levantadas junto al puente de la nueva población. El 14 a las siete de la mañana izó el navío Príncipe la bandera de fuego, y entonces se entregaron los franceses a merced del vencedor. Regocijó este triunfo, si bien no costoso ni difícil, porque con eso quedaba libre y del todo desembarazado el puerto de Cádiz, sin haber habido que recurrir a las fuerzas marítimas de los nuevos aliados.
En tanto Sevilla, acelerando el armamento y la organización militar, envió a todas partes avisos y comisionados; y Canarias y las provincias de América no fueron descuidadas en su solícita diligencia. Quiso igualmente asentar con el gobierno inglés directas relaciones de amistad y alianza, no bastándole las que interinamente se habían entablado con sus almirantes y generales: a cuyo fin diputó con plenos poderes a los generales D. Adrián Jácome y D. Juan Ruiz de Apodaca, que después veremos en Inglaterra. Ahora conviene seguir narrando la insurrección de las otras provincias.
Levantamiento de Granada.
Hemos referido más arriba que Córdoba y Jaén habían reconocido la supremacía de Sevilla. No fue así en Granada. Asiento de una capitanía general y de una chancillería, no había estado avezada aquella ciudad, así por esto como por su extensión y riqueza a recibir órdenes de otra provincia. Por tanto determinó elegir un gobierno separado, levantar un ejército propio suyo, y concurrir con brillantez y esfuerzo a la común defensa. En los dos últimos meses se habían dejado sentir los mismos síntomas de desasosiego que en las otras partes; pero no adquirió aquel descontento verdadera forma de insurrección hasta el 29 de mayo. A la una de aquel día entró por la ciudad a caballo y con grande estruendo el teniente de artillería Don José Santiago, que traía pliegos de Sevilla. Acompañado de paisanos de las cercanías y de otros curiosos que se agregaron con tanta más facilidad cuanto era domingo, se dirigió a casa del capitán general.
Éralo a la sazón Don Ventura Escalante, hombre pacífico y de escaso talento, quien aturdido con la noticia de Sevilla se quedó sin saber a qué partido ladearse. Por de pronto con evasivas palabras se limitó a mandar al oficial que se retirase, con lo que creció por la noche la agitación, y agriamente se censuró la conducta tímida del general. Ser el día siguiente 30 el de San Fernando, no poco influyó para acalorar más los ánimos. Así fue que por la mañana agolpándose mucha gente a la plaza nueva, en donde está la chancillería, residencia del capitán general, se pidió con ahínco por los que allí se agruparon que se proclamase a Fernando VII. El general, en aquel aprieto, con gran séquito de oficiales, personas de distinción y rodeado de la turba conmovida salió a caballo, llevando por las calles como en triunfo el retrato del deseado rey. Pero viendo el pueblo que las providencias tomadas se habían limitado al vano aunque ostentoso paseo, se indignó de nuevo, e incitado por algunos acudió de tropel y por segunda vez a casa del general, y sin disfraz le requirió que desconfiándose de su conducta era menester que nombrase una junta, la cual encargada que fuese del gobierno, cuidara con particularidad de armar a los habitantes. Cedió el Escalante a la imperiosa insinuación. Parece ser que el principal promovedor de la junta, y el que dio la lista de sus miembros, fue un monje jerónimo llamado el P. Puebla, hombre de vasta capacidad y de carácter firme. Eligiose por presidente al capitán general, y más de cuarenta individuos de todas clases entraron a componer la nueva autoridad. Al instante se pensó en medidas de guerra: el entusiasmo del pueblo no tuvo límites, y se alistó la gente en términos que hubo que despedir gran parte. Llovieron los donativos y las promesas, y bien pronto no se vieron por todos lados sino fábricas de monturas, de uniformes y de composición de armas. Granada puede gloriarse de no haber ido en zaga en patriotismo y heroicos esfuerzos a ninguna otra de las provincias del reino. Y ¡ojalá que en todas hubiera habido tanta actividad y tanto orden en el empleo de sus medios!
Pero, ciudad extendida e indefensa, hubiera sin embargo corrido gran riesgo si alguna fuerza enemiga se hubiera acercado a sus puertas. Se hallaba sin tropas, destinadas a otros puntos las que antes la guarnecían. Un solo batallón suizo que quedaba, por orden de la corte se había ya puesto en marcha para Cádiz. Felizmente no se había alejado todavía, y en obediencia a un parte de la junta retrocedió y sirvió de apoyo a la autoridad.
Declarada con entusiasmo la guerra a Bonaparte, requisito que acompañaba siempre a la insurrección, se llamó de Málaga a Don Teodoro Reding, su gobernador, para darle el mando de la gente que se armase, y tuvo la especial comisión de adiestrarla y disciplinarla el brigadier Don Francisco Abadía, quien la desempeñó con celo y bastante acierto. Todos los pueblos de la provincia imitaron el ejemplo de Granada. En Málaga pereció desgraciadamente el 20 de junio el vicecónsul francés Mr. D’Agaud y Don Juan Croharé, que sacó a la fuerza el populacho del castillo de Gibralfaro en donde estaban detenidos. Pero sus muertes no quedaron impunes, vengándolas el cadalso en la persona de Cristóbal Ávalos y de otros dos, a quienes se consideró como principales culpados.
La junta de Granada no contenta con los auxilios propios y con las armas que aguardaba de Sevilla, envió a Gibraltar en comisión a Don Francisco Martínez de la Rosa, quien a pesar de su edad temprana era ya catedrático en aquella universidad, y mereció por sus aventajadas partes ser honrado con encargo de tanta confianza. No dejó en su viaje de encontrar con embarazos, recelosos los pueblos de cualquiera pasajero que por ellos transitaba. Siendo el segundo español que en comisión fue a Gibraltar para anunciar la insurrección de las provincias andaluzas, le acogieron los moradores con júbilo y aplauso. No tanto el gobernador Sir Hugo Dalrymple. Prevenido en favor de un enviado de Sevilla que era el que le había precedido, temía el inglés una fatal desunión si todos no se sometían a un centro común de autoridad. Al fin condescendió en suministrar al comisionado de Granada fusiles y otros pertrechos de guerra, con lo que, y otros recursos que le facilitaron en Algeciras, cumplió satisfactoriamente con su encargo. A la llegada de tan oportunos auxilios se avivó el armamento, y en breve pudo Granada reunir una división considerable de sus fuerzas a las demás de Andalucía, capitaneándolas el mencionado Don Teodoro Reding, de quien era mayor general Don Francisco Abadía, y teniendo por intendente a Don Carlos Veramendi, sujetos todos tres muy adecuados para sus respectivos empleos.
Deslustrose el limpio brillo de la revolución granadina con dos deplorables acontecimientos. Don Pedro Trujillo, antiguo gobernador de Málaga, residía en Granada, y mirábasele con particular encono por su anterior proceder y violentas exacciones, sin recomendarle tampoco a las pasiones del día su enlace con Doña Micaela Tudó, hermana de la amiga del príncipe de la Paz. Hiciéronse mil conjeturas acerca de su mansión, e imputábasele tener algún encargo de Murat. Para protegerle y calmar la agitación pública, se le arrestó en la Alhambra. Determinaron después bajarle a la cárcel de corte, contigua a la chancillería, y esta fue su perdición, porque al atravesar la plaza nueva se amontonó gente dando gritos siniestros, y al entrar en la prisión se echaron sobre él a la misma puerta y le asesinaron. Lleno de heridas arrastraron como furiosos su cadáver. Achacose entre otros a tres negros el homicidio, y sumariamente fueron condenados, ejecutados en la cárcel, y ya difuntos puestos en la horca una mañana. Al asesinato de Trujillo siguiéronse otros dos, el del corregidor de Velez-Málaga y el de Don Bernabé Portillo, sujeto dado a la economía política, y digno de aprecio por haber introducido en la abrigada costa de Granada el cultivo del algodón. Su indiscreción contribuyó a acarrearle su pérdida. Ambos habían sido presos y puestos en la cartuja extramuros para que estuviesen más fuera del alcance de insultos populares. El 23 de junio, día de la octava del Corpus, había en aquel monasterio una procesión. Despachábase por los monjes con motivo de la fiesta mucho vino de su cosecha, y un lego era el encargado de la venta. Viendo este a los concurrentes alegres y enardecidos con el mucho beber, díjoles: «más valía no dejar impunes a los dos traidores que tenemos adentro.» No fue necesario repetir la aleve insinuación a hombres ebrios y casi fuera de sentido. Entraron pues en el monasterio, sacaron a los dos infelices y los apuñalaron en el Triunfo. Sañudo el pueblo parecía inclinarse a ejecutar nuevos horrores, maliciosamente incitado por un fraile de nombre Roldán. Doloroso es en verdad que ministros de un Dios de paz embozados con la capa del patriotismo se convirtiesen en crueles carniceros. Por dicha el síndico del común llamado Garcilaso distrajo la atención de los sediciosos, y los persuadió a que no procediesen contra otros sin suficientes y justificativas pruebas. La autoridad no desperdició la noche que sobrevino: prendió a varios, y de ellos hizo ahorcar a nueve, que cubiertas las cabezas con un velo, se suspendieron en el patíbulo, enviando después a presidio al fraile Roldán. Aunque el castigo era desusado en su manera, y recordaba el misterioso secreto de Venecia, mantuvo el orden y volvió a los que gobernaban su vigoroso influjo. Desde entonces no se perturbó la tranquilidad de Granada, y pudieron sus jefes con más sosiego ocuparse en las medidas que exigía su noble resolución.
Levantamiento de Extremadura.
La provincia de Extremadura había empezado a desasosegarse desde el famoso aviso del alcalde de Móstoles, que ya alcanzó a Badajoz en 4 de mayo. Era gobernador y comandante general el conde de la Torre del Fresno, quien en su apuro se asesoró con el marqués del Socorro general en jefe de las tropas que habían vuelto de Portugal. Ambos convocaron a junta militar, y de sus resultas se dio el 5 una proclama contra los franceses, la primera quizá que en este sentido se publicó en España, enviando además a Lisboa, Madrid y Sevilla varios oficiales con comisiones al caso e importantes. Obraron de buena fe Torre del Fresno y Socorro en paso tan arriesgado; pero recibiendo nuevos avisos de estar restablecida la tranquilidad en la capital, así uno como otro mudaron de lenguaje y sostuvieron con empeño el gobierno de Madrid. Habían alucinado a Socorro cartas de antiguos amigos suyos, y halagádole la resolución de Murat de que volviese a su capitanía general de Andalucía para donde en breve partió. Su ejemplo y sus consejos arrastraron a Torre del Fresno que carecía de prendas que le realzasen: general cortesano y protegido como paisano suyo por el príncipe de la Paz, aplacíale más la vida floja y holgada que las graves ocupaciones de su destino. Sin la necesaria fortaleza aun para tiempos tranquilos, mal podía contrarrestar el torrente que amenazaba. La fermentación crecía, menguaba la confianza hacia su persona, y avivando las pasiones los impresos de Madrid que tanto las despertaron en Sevilla, trataron entonces algunas personas de promover el levantamiento general. Se contaban en su número y eran los más señalados Don José María Calatrava, después ilustre diputado de cortes, el teniente rey Mancio y el tesorero Don Félix Ovalle, quienes se juntaban en casa de Don Alonso Calderón. Concertose en las diversas reuniones un vasto plan que el 3 o 4 de junio debía ejecutarse al mismo tiempo en Badajoz y cabezas de partido. En el ardor que abrigaban los pechos españoles no era dado calcular friamente el momento de la explosión como en las comunes conjuraciones. Ahora todos conspiraban, y conspiraban en calles y plazas. Ciertos individuos formaban a veces propósito de enseñorearse de esta disposición general y dirigirla; pero un incidente prevenía casi siempre sus laudables intentos.
Así fue en Badajoz, en donde un caso parecido al de la Coruña anticipó el estampido. Había ordenado el gobernador que el 30, día de San Fernando, no se hiciese la salva, ni se enarbolase la bandera. Notose la falta, se apiñó la gente en la muralla, y una mujer atrevida después de reprender a los artilleros cogió la mecha y prendió fuego a un cañón. Al instante dispararon los otros, y a su sonido levantose en toda la ciudad el universal grito de viva Fernando VII y mueran los franceses. Cuadrillas de gente recorrieron las calles con banderolas, panderos y sonajas, sin cometer exceso alguno. Se encaminaron a casa del gobernador, cuya voz se empleó exclusivamente en predicar la quietud. Impacientáronse con sus palabras los numerosos espectadores, y ultrajáronle con el denuesto de traidor. Mientras tanto y azarosamente llegó un postillón con pliegos, y se susurró ser correspondencia sospechosa y de un general francés. Ciegos de ira y sordos a las persuasiones de los prudentes, enfureciéronse los más y treparon sin demora hasta entrarse por los balcones. Acobardado Torre del Fresno se evadió por una puerta falsa, y en compañía de dos personas aceleró sus pasos hacia la puerta de la ciudad que da al Guadiana. Advirtiendo su ausencia siguieron la huella, le encontraron, y rodeado de gran gentío se metió en el cuerpo de guardia sin haber quien le obedeciese. Cundió que se fugaba, y en medio de la pendencia que suscitó el quererle defender unos y acometerle otros, le hirió un artillero, y lastimado de otros golpes de paisanos y soldados fue derribado sin vida. Arrastraron después el cadáver hasta la puerta de su casa, en cuyos umbrales le dejaron abandonado. Víctima inocente de su imprudencia, nunca mereció el injurioso epiteto de traidor con que amargaron sus últimos suspiros.
El brigadier de artillería Don José Galluzo fue elevado al mando supremo, y al gobierno de la plaza el teniente rey Don Juan Gregorio Mancio. Interinamente se congregó una junta de unas veinte personas escogidas entre las primeras autoridades y hombres de cuenta. Los partidos constituyeron del mismo modo otras en sus respectivas comarcas, y unidos obedecieron las órdenes de la capital. Hubo por todas partes el mejor orden, a excepción de la ciudad de Plasencia y de la villa de los Santos, en donde se ensangrentó el alzamiento con la muerte de dos personas. Las clases sin distinción se esmeraron en ofrecer el sacrificio de su persona y de sus bienes, y los mozos acudieron a enregimentarse como si fuesen a una festiva romería.
Entristeció sin embargo a los cuerdos el absoluto poder que por pocos días ejerció el capitán Don Ramón Gavilanes, despachado de Sevilla para anunciar su pronunciamiento. Al principio con nueva tan halagüeña colmó su llegada de júbilo y satisfacción. Acibarose luego al ver que por la flaqueza de Don José Galluzo procedió el Gavilanes a manera de dictador de índole singular, repartiendo gracias y honores, y aun inventando oficios y empleos antes desconocidos. La junta sucumbió a su influjo, y confirmó casi todos los nombramientos; mas volviendo en sí puso término a las demasías del intruso capitán, procurando que se olvidase su propia debilidad y condescendencia con las medidas enérgicas que adoptó. Después ella misma legitimó la autoridad provincial convocando una junta a que fueron llamados representantes de la capital, de los otros partidos, de los gremios y principales corporaciones.
Casi desmantelada la plaza de Badajoz y desprovistos sus habitantes de lo más preciso para su defensa, fue su resolución harto osada, estando el enemigo no lejos de sus puertas. Ocupaba a Elvas el general Kellerman, y para disfrazar el estado de la ciudad alzada, se emplearon mil estratagemas que estorbasen un impensado ataque. La guarnición estaba reducida a 500 hombres. La milicia urbana cubría a veces el servicio ordinario. Uno de los dos regimientos provinciales estaba fuera de Extremadura, el otro permanecía desarmado. Las demás plazas de la frontera, débiles de suyo, ahora lo estaban aún más, arruinándose cada día las fortificaciones que las circuían. Todo al fin fue remediándose con la actividad y celo que se desplegó. Al acabar junio contó ya el ejército extremeño 20.000 hombres. Sirvieron mucho para su formación los españoles que a bandadas se escapaban de Portugal a pesar de la estrecha vigilancia de Junot: y de los pasados portugueses y del propio ejército francés pudo levantarse un cuerpo de extranjeros. Importantísimo fue para España y particularmente para Sevilla el que se hubiera alzado Extremadura. Con su ayuda se interrumpieron las comunicaciones directas de los franceses del Alentejo y de la Mancha, y no pudieron estos ni combinar sus operaciones, ni darse la mano para apagar la hoguera de insurrección encendida en la principal cabeza de las Andalucías.
Conmociones en Castilla la Nueva.
Ocupadas u observadas de cerca por el ejército francés las cinco provincias en que se divide Castilla la Nueva, no pudieron en lo general sus habitantes formar juntas ni constituirse en un gobierno estable y regular. Procuraron con todo en muchas partes cooperar a la defensa común, ya enviando mozos y auxilios a las que se hallaban libres, ya provocando y favoreciendo la deserción de los regimientos españoles que estaban dentro de su territorio, y ya también hostigando al enemigo e interceptando sus correos y comunicaciones. El ardor de Castilla por la causa de la patria caminaba al par del de las otras provincias del reino, y a veces raros ejemplos de valor y bizarría ennoblecieron e ilustraron a sus naturales. Más adelante veremos los servicios que allí se hicieron, sobre todo en la desprevenida y abierta Mancha. Ya desde el principio se difundieron proclamas para excitar a la guerra, y aun hubo parajes en que hombres atrevidos dieron acertado impulso a los esfuerzos individuales.
Penetradas de iguales sentimientos y alentadas por la protección que las circunstancias les ofrecían, lícito les fue a las tropas que tenían sus acantonamientos en los pueblos castellanos, desampararlos e ir a incorporarse con los ejércitos que por todas partes se levantaban. Entre las acciones que brillaron con más pureza en estos días de entusiasmo y patriotismo, asombrosa fue y digna de mucha loa la resolución de Don José Veguer, comandante de zapadores y minadores, quien desde Alcalá de Henares y a tan corta distancia de Madrid partió en los últimos días de mayo con 110 hombres, la caja, las armas, banderas, pertrechos y tambores, y desoyendo las promesas que en su marcha recibió de un emisario de Murat, en medio de fatigas y peligros, amparado por los habitantes, y atravesando por la sierra de Cuenca, tomó la vuelta de Valencia, a cuya junta se ofreció con su gente. Al amor de la insurrección que cundía, buscaron los otros soldados el honroso sendero ya trillado por los zapadores. Así se apresuraron en la Mancha a imitar su glorioso ejemplo los carabineros reales, y en Talavera sucedió otro tanto con los voluntarios de Aragón y un batallón de Saboya que iban con destino a domeñar la Extremadura. ¿Qué más? De Madrid mismo desertaban oficiales y soldados sueltos de todos los cuerpos y partidas enteras, como se verificó con una de dragones de Lusitania y otra del regimiento de España, la cual salió por sus mismas puertas sin estorbo ni demora. Fácil es figurarse cuál sería la sorpresa y aturdimiento de los franceses al ver el desorden y la agitación que reinaban en las poblaciones mismas de que eran dueños, y la desconfianza y desmayo que debían sembrarse en sus propias filas. Por momentos se acrecentaban sus zozobras, pues cada día recibían la nueva de alguna provincia levantada, y no poco los desconcertó el correo portador de lo que pasaba en la parte oriental de España que vamos a recorrer.